Sin cultura, sólo degradación

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Ningún candidato se ha interesado en la cultura. Ni siquiera la mencionan. Acaso  ignoran que la actividad intelectual y/o artística es naturalmente pedagógica y reparadora.  Puede ser, también, que desdeñen una situación comprobada:  que el descenso general de la sociedad, aunado al declive moral de gobernantes e instituciones, es correlativo al paupérrimo estado del proceso formativo e integral  de las generaciones.  Su indiferencia, por no decir desprecio a la capacidad transformadora del arte, la ciencia, el deporte y las ideas es pasmosa. Nada que se asemeje al imperativo ateniense: “mente sana en cuerpo sano”. Tampoco nada fundamente o nutra la democracia ya que, a excepción de un puñado de  individualidades aisladas, todavía no hay demócratas.

Aquí, donde las desapariciones de personas, el robo de niños y jóvenes, la violación y asesinato brutal de mujeres y el que sin duda es terrorismo cotidiano se ventilan sin pudor las noticias del infierno. La bajeza ha tomado el destino de México por su cuenta. El miedo es el estado natural de la gente y la inseguridad causa de infartos, palpitaciones y mucha angustia. Asolados por la desconfianza y la inseguridad reinantes, derivamos al enojo y a la frustración una cantidad de energía que podría encauzarse al saneamiento de la pudrición. Por consiguiente, si atendemos no solo la pobre función de la Secretaría de Cultura, más los discursos y el bla bla bla agobiante de los contendientes, podemos suponer –o anticipar-  que la esperanza en un país mejor, con mejores personas y más confiables propósitos, está de antemano cancelada.

Lo deseable sería encontrarnos con hombres de acción y de pensamiento, con mentalidades capaces de discurrir un proyecto de país y un modelo de mexicano  que al menos, no nos pongan la cara roja de vergüenza. Sin embargo, las tendencias no sugieren ninguna vía de salvación. Tenemos que tener en cuenta, además, que los  estilos de gobernar de las últimas décadas ya han arrojado sobradas evidencias de los que son capaces los acuerdos, los arreglos a la sombra y las negociaciones que sustentan el pragmatismo de quienes, en vez de comprometerse con la población, se arreglan con sus pares, por una causa compartida: no hay amor por el país, no se advierte lucha ninguna por elevar la dignidad de nuestro pueblo, no se respira ese impulso de “patria” que se manifiesta de manera inequívoca en países bien asentados; no existe en lo público y lo privado, en fin, esa fuerza interior que solo activa la cultura cuando dirigida a crear un gran espíritu.

Unos peores a los otros, tanto los candidatos como sus asociados y miembros de los clubes de fans hablan, se comportan y actúan como si el montón de boberas, defecciones, insultos y sin sentidos que espetan con impudicia tuvieran significado. Y eso, también es un lamentable síntoma de la pobreza de nuestra cultura: que las palabras carezcan de valor. Y nada más hay que oír a éste o al otro para corroborar hasta dónde el cancaneo sustituye groseramente la sagrada función del lenguaje: decir, esclarecer, comunicar…

Fanatismo sí que hay. Diría que sobran las manifestación de excitación y que son más airadas e intransigentes cuando más vacías de contenido, de ideas, de conocimiento, de rigor, de entendimiento y juicio crítico.  Ese fenómeno se explica cuando los procesos de la cultura no favorecen vías para nutrir la presencia social de los individuos.  Urge recobrar el derecho a la dignidad, al respeto y a la libertad verdadera, empezando por la libertad de elegir, sólo posible cuando saber y conciencia se juntan.

No somos “votantes” potenciales para engrosar la falacia estadística; tampoco borregos para encumbrar al pastor ni “consumidores” para consagrar el modelo económico: somos personas con derechos y obligaciones que debemos participar en la reconstrucción de un país que, en buena parte, se nos ha ido de las manos.

Hacerse del poder implica un compromiso ético ineludible. Aquí, no obstante, es cuestión de arrebatarse porque el desafío vital de las masas está anudado al triunfo de la rapiña. Son tan pobres, tan pobres de espíritu estos contendientes, que su lenguaje no se levanta un ápice del subsuelo. Así sus aspiraciones: apenas propósitos pedestres, efímeros, correlativos a la desintegración casi total de nuestra sociedad. No hay grandeza ni visión a futuro; tampoco claridad y mucho menos ideario para dejarnos saber cuál es su proyecto de país, cuál el modelo de hombre que se pretende formar desde sus perspectivas educativas y culturales en general y cuál la justicia que dizque va a acabar con el cáncer de la impunidad, el imperio del crimen y la libre ejecución de cualquier clase de delitos.

No debemos ni debemos pasar por alto que las grandes obras humanizan, dignifican, elevan a las personas sobre sus propias deficiencias y las hacen acreedoras de grandes logros y merecimientos. No nos engañemos. En lo que a mí respecta, estoy harta de la excusa del “síndrome de la derrota, del “pueblo de vencidos” y de victimizaciones ya agotadas en nuestra historia de fracasos. Si, estoy harta de agachados, de taimados, simuladores, trepadores, abusivos, sinvergüenzas y oportunistas. ¿Cómo confiar en cabezas tan elementales? ¿Cómo improvisarse hombre de Estado si nuestro Estado exhala pus por todos sus poros? ¿Dónde está el Hombre? Para ser un hombre de Estado se deben cumplir a plenitud cuando menos dos requisitos: entender qué es un hombre y cuál es el deber prioritario del Estado. Esa es la cuestión.

Ciegos y sordos, los candidatos se portan como si de una batalla de apostadores se tratara. Tenemos que insistir en que nuestra única vía de salvación está en forjar un gran espíritu colectivo. ¿Cómo? Con la obra de la razón, con la inteligencia creadora, con música, letras, ideas, conocimiento, arte, arquitectura mucha y buena literatura, ciencia… Es decir, mediante el efecto transformador del saber, el civismo y las bellas artes, inseparables del compromiso moral del hombre del acción y su respectiva tarea formativa.

Para salir del ya agobiante estado de postración es inaplazable apostar por el ejercicio  comprometido de las ciencias, las artes, el pensamiento, las ideas, la crítica, la dignidad, el civismo, el respeto, la decencia: justo lo que se ha confinado hasta el subsuelo del desprecio y  lo que la torpeza política supone prescindible, innecesario.  Lo otro: el embate en pos de la igualdad social, el desarrollo con progreso, la justicia, el poder vivificante de la palabra, etc., jamás serán posibles sin la intervención de una cultura dinámica, atenta a la inteligencia educada y la acción de las individualidades, vigilante de los ideales y consciente de la responsabilidad ética de la razón.

Ninguna otra cosa más que nuestra incultura ha engendrado a esta sociedad pútrida. Así que hay que emprender la tarea a la inversa para empezar a curarnos, aunque sea lento, difícil y costoso el esfuerzo. El culto a la barbarie, a la crueldad y a la codicia son los brazos eternamente dinámicos de la ignorancia.  No hay milagros. Hay que estudiar el pasado para comprobar que no hay un solo ejemplo en la historia que demuestre que, sin sustentos culturales, se logren la equidad, la justicia, la armonía, el respeto a uno mismo, a los demás y a su país, el saneamiento de la sociedad, la tolerancia e inclusive la superación material de los pueblos.  Los mayores logros humanos son inseparables del cultivo sistemático y sostenido de los más altos atributos del hombre: su razón, su capacidad de observar, asociar y crear; su poder de subsanar, transformar, producir y mejorar su hábitat gracias a decisiones acertadas.

La prioridad es el Hombre, cada hombre. Lo demás es demagogia.