Pasión por la lectura

 Pequeña parte de la biblioteca de Alberto Manguel en el Sur del Valle del Loire. (Pinterest)

Pequeña parte de la biblioteca de Alberto Manguel en el Sur del Valle del Loire. (Pinterest)

Quienes desde pequeños hemos sido atrapados por los libros y sus juegos de despistes, vislumbres y espejismos, sabemos cuán verosímil es lo dicho en el octavo libro de la Odisea:  que los dioses tejen desdichas para que a las generaciones no les falte algo que contar.  Es lo que se ha hecho desde que existe memoria: recrear lo visto, imaginado, soñado, temido, padecido y actuado. Aventurarse en la ficción verdadera y transitar por éste y el otro lado de las palabras es uno de los deleites compartidos por los nómadas del desierto, el solitario lector que ama su biblioteca y cualquier dotado para descubrir y disfrutar historias detrás de la historia.

Como lo hicieran otros bibliófilos antes que yo, también me pregunto si la necesidad  de contar y ser contados equivale a pensar y ser pensados o a ver y ser vistos, acaso para confirmar  la certeza de León Bloy de que “no hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es”. A la larga o a la corta podemos acostumbrarnos a nosotros mismos e inclusive a los que suponemos cercanos, pero continúan sin respuesta interrogantes tan esenciales como ¿qué hemos venido a hacer a este mundo? ¿A qué corresponden nuestros actos, nuestros sentimientos, nuestras ideas? Observamos a partir de supuestos y más bien tendemos a igualar más que a diferenciar. Así nos rendimos a los reflejos de nuestro lado del espejo hasta darnos cuenta de que, como en el cuento de Borges, hubo un tiempo en que “el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados.” Precisamente por su respectiva diversidad, hubo un momento o un mundo en que no coincidían los seres, las formas ni los colores. A diferencia de nuestro atribulado “modelo global”, aquellos seres vivieron en paz hasta que estallaron entre ellos batallas sangrientas.  “Una noche, la gente del espejo invadió la tierra”. Así, pues, comenzó a desdoblarse la versión de las repeticiones fatales.

Reducidos a meros reflejos serviles por las artes mágicas del emperador Amarillo, los invasores quedarían encarcelados en los espejos. El monarca vencedor les impuso la tarea de repetir, “como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres.” Aunque privados de su natural fuerza y figura, un día los reflejos serviles, sin embargo, “sacudirán ese letargo mágico”. Con “La muralla y los libros”, debo a “Los animales en los espejos” y “Parábola del palacio”, entre tantas páginas fusionadas a mi repertorio íntimo, mi acceso al universo de los enigmas, atesorado por Borges acaso para rendir culto al supremo valor de la lectura: además de atributo que lo distingue entre los escritores, unívoca facultad de conservar aquella diversidad; es decir, la que preservaba a los seres de confundir, como nosotros, lo real con lo soñado.

Supongo que por estar inmersa en las inquietudes complementarias de Jorge Luis Borges y Alberto Manguel, se han fortalecido dudas que supuse adormecidas, como la que tanto inquietara a Bloy: “¿cuál es nuestro nombre verdadero, el  imperecedero Nombre en el registro de la luz…?” Eso, con las incógnitas que desdibujan la idea del destino. Agréguese el sinfín de vacilaciones  sobre la obra de Dios, implícitas en una afirmación tan indescifrable como: En el principio era el Verbo…

Desde mis primeras lecturas, el versículo del evangelio de Juan me remitió al logos absoluto: divino dominio de lo nombrado y sin nombrar y lo que aguardaría a los constructores de Babel, en caso de conquistar el proscrito continente de lo sagrado.  La supuesta fusión del principio y lo divino desencadenaría el sin fin de preguntas, todavía sin resolver. Principio, Dios y Verbo han sido voces tan estremecedoras e inseparables en mi vocabulario personal que me provocarían, a partir de san Juan, un  choque decisivo de fe desde una edad muy temprana.  Ocurriría a consecuencia de la necia enseñanza de que Dios no tiene principio ni fin.

Ante lo tremendo que implicaba la sola  sugerencia de eternidad, visualizaba el Verbo, la palabra en sí y la complejidad del lenguaje como una contradicción esencial, inclusive antes de deslumbrarme con Borges: ¿El Verbo anterior a lo creado? ¿La palabra antes que el objeto? ¿Un logos sin contenido? Y si el Verbo era Dios y estaba en Él, ¿qué significa  principio? Mi aprendizaje iniciático de la lectura, por consiguiente, partiría del misterio del Verbo, cuyo significado primordial ha mantenido un arco en tensión entre lo sagrado y lo profano; entre el indivisible vínculo de la dificultad y la comprensión, entre el pregón de lo eterno que tanta desconfianza suscita y la evidente lección de la temporalidad, la cultura y la muerte.

Debe haber un vínculo no tan secreto entre la escritura y el misterio de lo sagrado, así como en el mundo borgeano no existe frontera entre lo real y lo soñado. Desde pequeña veía letras y palabras impresas como mensajes o signos que resguardan algo que pide ser descifrado.  Quizá por eso me atraparon los quince ensayos reunidos en Cómo Pinocho aprendió a leer. Amante vitalicio del libro y la lectura, y uno de los mayores intérpretes del arte de la palabra, Alberto Manguel nos conduce a los territorios de la oralidad, la escritura y el desierto vital que limita, conteniéndolo, al que sólo aprende a leer sin leer, como el títere de madera “que no es visto ni oído”. Y es que el mundo es más mundo cuando el lector se apropia de significados y significantes. Crece la vida/viva al conquistar mensajes/cifra reservados al otro lado de la mirada, de la comprensión y de las palabras.  Eso es lo reservado al “lector de verdad” al emprender la hazaña de tomar parte de las apropiaciones de otro, tal y como lo hace Humpty Dumpty, en voz de Manguel: “ “En este ambiguo campo entre la posesión y el reconocimiento, entre la identidad impuesta por otros y la identidad que uno mismo descubre, se encuentra, según creo, el acto de leer.”

Conquistar el universo de la diversidad, implícito en el tránsito por entre ambos lados del espejo, es la recompensa de la lectura. Algo de lo que se sabe sin saber que se sabe, uno es el mundo de quienes van por la vida sin ser tocados por el misterio de la lectura y otro, luminoso, vital y cargado de revelaciones, el enriquecido por el arte de la palabra. En eso consiste el paraíso del lector “de verdad”, en llegar al punto donde se juntan imaginación, inteligencia, saber y la inagotable capacidad de asimilar, transformarse y ser sorprendidos por el enigma del Verbo.

Llevada al extremo de ser otro y algo más, sin dejar de ser el mismo, esta pasión animó los sucesivos desdoblamientos de Cervantes en Alonso Quijano, del acucioso  lector de novelas de caballería en Don Quijote y, como si de cumplir un inusitado periplo entre la razón y la sin razón se tratara, dejar que el viaje fantástico rematara  con la “reconquista” de la lucidez del verdadero lector que, con toda su biblioteca en mente, no obstante haber sido quemada, cede a la agonía a sabiendas de que ni la muerte borrará sus historias.

Virtud de la palabra/baúl y andanza parecida a las emprendidas por Alicia y Scherezade, así como a los tránsitos del espejo inseparables de Wan Fo, el fascinante pintor de Marguerite Yourcenar, esto de viajar por éste y el otro lado de las palabras, y aun por encima o debajo de ellas, es la magia reservada a los privilegiados con la gracia de la lectura. La escritura, aunada a la habilidad de contar, enseña que hay una historia que narrar y otra a interpretar, igual que en la vida vivida en los contrastes de los días o durante la visión del durmiente. Desentrañar esta riqueza  oculta es el desafío más fascinante de la verdadera lectura. Nada que ver con rutinas escolares ni técnicas banales de alfabetización ni con campañas huecas dizque a favor del libro. Tales distracciones del hombre/masa no son otra cosa que lecciones para títeres de palo: Pinochos condenados a no ser vistos ni oídos. La imposibilidad de acceder al universo de los libros repite la condena de no formar niños de verdad.

Aladino descifró el enigma al volar en la alfombra que lo llevó a descubrir maravillas que, por su condición original, le estaban proscritas. Lo probó el remoto aprendiz sumerio que un día, al conocer el prodigio del alfabeto, supo que en las tablillas constaba, de todos los modos posibles, la humana batalla contra la ignorancia, la enajenación y la muerte. De aventuras como éstas surgió la fe en las culturas del esfuerzo.  Así lo demostró, también, el títere de palo que intuyó que “para ser un niño de verdad” era indispensable humanizarse: algo sólo posible  mediante el doble misterio de la voluntad y la lectura.

Me he preguntado si la invención del lenguaje es un accidente del destino o indica el triunfo primordial del hombre sobre el Verbo absoluto. Vislumbrar el enorme poder de las palabras para construir y destruir, para desvelar y ocultar, para ampliar o reducir el mundo e inclusive para humanizar o deshumanizar me provoca una intensa emoción. Sin embargo, lo frecuente es encontrarse con pinochos o títeres de palo cuya ignorancia de la lectura les impide ser personas de verdad.

Humanizarse significa abrirse a lo diverso, descubrir que hay mucho más que el letargo que entorpece, opaca la razón, ofusca los sentidos y reduce el destino a la triste repetición de reflejos confusos. Justo lo contrario del doloroso padecer de la burra condenada a dar vueltas alrededor de la noria.

Páginas del diario. El Sistema redivivo

 Manos orantes. José Clemente Orozco

Manos orantes. José Clemente Orozco

Los que se atreven con ella lo saben: sin violencia no hay política. Estar dispuesto a ejercerla o padecerla es la adrenalina del poder. Todo se vale al “hacer y arrepentirse, antes que no hacer y arrepentirse”, según Maquiavelo. “Hacer y no arrepentirse” sería sin embargo el santo y seña del sistema mexicano, designado así por Porfirio Díaz al precisar el poder infalible del mandatario por encima de los demás poderes. Con evoluciones perfeccionadas a partir de Calles, en 1929, esta fórmula de dominio personal consumaría el régimen presidencialista, en el emblemático 1939 de Lázaro Cárdenas. “La dictadura perfecta” estableció sus propias y discrecionales leyes,  hasta alcanzar la cima del autoritarismo con Díaz Ordaz, Echeverría y López Portillo. Finalmente el Sistema se fue degradando a partir de De la Madrid, hasta alcanzar honduras de corrupción que trascienden el coto del Poder y se desparraman por el país como agua envenenada.

Entre dimes y diretes, avances, retrocesos y tropiezos, el Sistema se encumbraría en el Anáhuac como Zeus en el Olimpo, gracias a su red de alianzas, componendas, proyectos de desarrollo con movilidad social y una extraordinaria capacidad de acomodo durante oscilaciones entre revolución y contrarrevolución.  Ser “un hombre del Sistema” garantizaba mediante la triunfalista fundación del PRI en enero de 1952, la pertenencia al régimen de privilegios políticos, económicos e institucionalizados, distintivo del capitalismo en ascenso. Creador de prodigios, la mayor virtud del Sistema no sólo sería su ubicuidad (estar en el cielo, en la tierra y en todo lugar), sino su singular destreza para mantener un “centro medio”, trazado para  adaptarse a las más disímiles demandas, presiones, discrepancias y “lo que vaya surgiendo”.

No hay que desdeñar su genio para encumbrar anodinos, hacer lúcidos a bobos, guapos a los horrendos, cultos a los apenas instruidos, sinceros a los embusteros, confiables a los chapuceros y ricos súbitos, muy ricos y atractivos a quienes oportunamente pidieron a la Virgencita de Guadalupe: “No me des; sólo ponme donde hay”. Y sus oraciones fueron desde luego atendidas no únicamente por los más “disciplinados”, también por quienes, desde la oposición, aprendieron en know how del “arte populista de gobernar”: conjunto de técnicas de ascenso,  acomodo, acarreo, recompensa y persuasión de “las bases”; así como apego a las jerarquías y destreza oportuna (u oportunista) para “pegarse” y seguir el destino del “bueno”… Eso entre lo más visible, porque el Sistema acumularía en sus rechimales tenebrosos  un tesoro de artimañas al servicio de iniciados en la “alta escuela” de cochupos, tranzas, vocabularios, discursos populistas, intercambio de favores,  y “arreglos en lo oscurito”.

No deja de asombrar que semejante crisol discurrido por mentes apenas escolarizadas, aunque excepcionalmente sagaces y de inaudita perversidad  (empezando por la diarquía Obregón/Calles), primero “limpiara” de caudillos y cabecillas adversas el entorno, y a poco mostrara “su disposición” de dar cabida a lo más disímil para “institucionalizar” el moderno señorío. Al fin adherido al Poder, el Sistema no tardó en acumular beneficios: por su enorme versatilidad, lo mismo pudo “disciplinar” al universitario de altos vuelos que al inconforme,  al acarreador de ambulantes, al ideólogo, al grillo, a la chucha cuerera, al intelectual, al infaltable líder campesino, obrero o estudiantil, al burócrata, al periodista y/o a la creciente organización  sindical; es decir, en cualquier rincón de la sociedad había cabida para todos, a condición de no transgredir las normas que, jamás declaradas, eran de tal modo claras e implícitas en lo cotidiano que sabía lo que arriesgaba el que se atrevía a dar pasos en falso. Precisamente por su equitativa disposición a prodigar recompensas y castigos resultaría tan acertada la metáfora de Octavio Paz para ilustrar la naturaleza de el Sistema: el Ogro filantrópico.

Con el bamboleo que selló el cambio de siglo, del Sistema quedarían “logros y secretos” en el mismo armario donde aún se apretujan cadáveres añosos. Entre las joyas  insuficientemente exploradas de nuestra historia política destacan los misterios de la sucesión, la costumbre de “desaparecer”, ningunear, congelar o anular a discrepantes, incómodos e indisciplinados y ni qué decir respecto del sin fin de “arreglos” y concordatos que encumbraron a personajes y sindicatos tan emblemáticos como la CTM y su inefable Fidel Velázquez: emperador de la negociación y genio tutelar de espantajos como Robles Martínez, la “Güera” Martínez Alcaine, una cohorte de discípulos de válgame Dios y la virreina  Elba Esther Gordillo, adueñada del SNTE y sus respectivas triquiñuelas, hasta que sus adversarios la pusieron temporal e inútilmente tras las rejas. Pródigo en esperpentos de todo pelaje, sin desdoro del impune ejército de cabecillas y redes de hampones adueñados del inframundo mexicano, el Sistema no sólo pudo ser asimilado incluso por sus detractores, sino perdurar dispuesto a adaptarse con su costal de mañas a la nueva partidocracia, sin destruir el hueso que lo ha dotado de sentido y sin renunciar a la versatilidad del “nuevo lenguaje” revestido de democracia.

De vientre generoso y dedos ágiles y a pesar de la infortunada alternancia (que sólo sería tal respecto del cambio de partidos, nunca de la estructura del Poder), “nada puede destruir la esencia el Sistema”, porque sus raíces, bien afianzadas en el ancestral señorío e inseparables del machismo generatriz de nuestra cultura, perdura enquistado en el inconsciente colectivo. Entre indicios obvios en nuestro concepto de autoridad e inclinación popular a cultivar el favor del padre, el batallón de cráneos privilegiados convertidos en “chapulines” y trepadores que transitan entre facciones de tan lastimosa partidocracia demuestra, de manera inequívoca, que mientras los partidos se pudren e inútilmente se fusionan, el Sistema se afianza porque nadie, con su carga de traumas, supersticiones y prejuicios vigentes, puede aún abatir al Padre que lo procreó políticamente.

Sin idiosincrasia, carente proyectos de desarrollo y sensibilidad sociológica para “conocer” la complejidad de la población, y ya despojada del “compromiso de la revolución” que tuviera como guía a la no menos mancillada Carta Magna de 1917, la reciente no obstante fallida partidocracia, sin embargo, ha dejado al desnudo el hueso del codiciado poder. Y eso es lo que nos espeta la muchedumbre de aspirantes al gran, mediano o pequeño poder que se oferta mediante las urnas: un poder condicionado a fuerzas oscuras que ya no es ni sombra del Poder ni rival del alicaído presidencialismo, pero que a toda costa quiere serlo. La causa: no se formaron cuadros políticos durante décadas, no se fomentaron la educación cívica ni la participación ciudadana; tampoco se observó la movilidad social que solía fortalecer al Sistema al través de la acción gubernamental del Partido.

Tan unido está el Sistema a la historia política, social y económica del país que el mal llamado “tejido social”, durante la crisis que se cierne sobre nosotros, quedó hecho jirones, en cabal estado de ingobernabilidad y  víctima de la peor y más expansiva criminalidad de que se tenga memoria. En realidad, se trata de un dramático juego de espejos que, para subsanarse, exige una radical transformación, desde una nueva educación de la sociedad hasta en el estilo de gobernar y ser gobernados.

El Sistema pudo fusionarse a los pilares de la República hasta creerse una y la misma cosa, pero ni la ética republicana enriqueció al Sistema ni el Sistema estuvo dispuesto a madurar un régimen de poder que dañado no obstante inacabado, no corresponde a las presiones de un siglo XXI globalizado ni está a la altura de una población compleja, enfurecida, insatisfecha y a la sazón estancada en la inmovilidad económica y social. Ningún candidato ni facción, en las condiciones actuales, puede acometer semejante dilema dependiente la lógica de la República. Dada la naturaleza enferma de nuestra política, no hay alternativas a la vista capaces de romper con los vicios autoritarios y populistas del viejo poder/Poder. Así que, para nuestra desgracia, el pueblo/pueblo ya dispone el campo florido y vocifera a la espera de su Tlatuani redivivo.

El Sistema ha muerto. ¡Qué viva el Sistema!

Sin cultura, sólo degradación

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Ningún candidato se ha interesado en la cultura. Ni siquiera la mencionan. Acaso  ignoran que la actividad intelectual y/o artística es naturalmente pedagógica y reparadora.  Puede ser, también, que desdeñen una situación comprobada:  que el descenso general de la sociedad, aunado al declive moral de gobernantes e instituciones, es correlativo al paupérrimo estado del proceso formativo e integral  de las generaciones.  Su indiferencia, por no decir desprecio a la capacidad transformadora del arte, la ciencia, el deporte y las ideas es pasmosa. Nada que se asemeje al imperativo ateniense: “mente sana en cuerpo sano”. Tampoco nada fundamente o nutra la democracia ya que, a excepción de un puñado de  individualidades aisladas, todavía no hay demócratas.

Aquí, donde las desapariciones de personas, el robo de niños y jóvenes, la violación y asesinato brutal de mujeres y el que sin duda es terrorismo cotidiano se ventilan sin pudor las noticias del infierno. La bajeza ha tomado el destino de México por su cuenta. El miedo es el estado natural de la gente y la inseguridad causa de infartos, palpitaciones y mucha angustia. Asolados por la desconfianza y la inseguridad reinantes, derivamos al enojo y a la frustración una cantidad de energía que podría encauzarse al saneamiento de la pudrición. Por consiguiente, si atendemos no solo la pobre función de la Secretaría de Cultura, más los discursos y el bla bla bla agobiante de los contendientes, podemos suponer –o anticipar-  que la esperanza en un país mejor, con mejores personas y más confiables propósitos, está de antemano cancelada.

Lo deseable sería encontrarnos con hombres de acción y de pensamiento, con mentalidades capaces de discurrir un proyecto de país y un modelo de mexicano  que al menos, no nos pongan la cara roja de vergüenza. Sin embargo, las tendencias no sugieren ninguna vía de salvación. Tenemos que tener en cuenta, además, que los  estilos de gobernar de las últimas décadas ya han arrojado sobradas evidencias de los que son capaces los acuerdos, los arreglos a la sombra y las negociaciones que sustentan el pragmatismo de quienes, en vez de comprometerse con la población, se arreglan con sus pares, por una causa compartida: no hay amor por el país, no se advierte lucha ninguna por elevar la dignidad de nuestro pueblo, no se respira ese impulso de “patria” que se manifiesta de manera inequívoca en países bien asentados; no existe en lo público y lo privado, en fin, esa fuerza interior que solo activa la cultura cuando dirigida a crear un gran espíritu.

Unos peores a los otros, tanto los candidatos como sus asociados y miembros de los clubes de fans hablan, se comportan y actúan como si el montón de boberas, defecciones, insultos y sin sentidos que espetan con impudicia tuvieran significado. Y eso, también es un lamentable síntoma de la pobreza de nuestra cultura: que las palabras carezcan de valor. Y nada más hay que oír a éste o al otro para corroborar hasta dónde el cancaneo sustituye groseramente la sagrada función del lenguaje: decir, esclarecer, comunicar…

Fanatismo sí que hay. Diría que sobran las manifestación de excitación y que son más airadas e intransigentes cuando más vacías de contenido, de ideas, de conocimiento, de rigor, de entendimiento y juicio crítico.  Ese fenómeno se explica cuando los procesos de la cultura no favorecen vías para nutrir la presencia social de los individuos.  Urge recobrar el derecho a la dignidad, al respeto y a la libertad verdadera, empezando por la libertad de elegir, sólo posible cuando saber y conciencia se juntan.

No somos “votantes” potenciales para engrosar la falacia estadística; tampoco borregos para encumbrar al pastor ni “consumidores” para consagrar el modelo económico: somos personas con derechos y obligaciones que debemos participar en la reconstrucción de un país que, en buena parte, se nos ha ido de las manos.

Hacerse del poder implica un compromiso ético ineludible. Aquí, no obstante, es cuestión de arrebatarse porque el desafío vital de las masas está anudado al triunfo de la rapiña. Son tan pobres, tan pobres de espíritu estos contendientes, que su lenguaje no se levanta un ápice del subsuelo. Así sus aspiraciones: apenas propósitos pedestres, efímeros, correlativos a la desintegración casi total de nuestra sociedad. No hay grandeza ni visión a futuro; tampoco claridad y mucho menos ideario para dejarnos saber cuál es su proyecto de país, cuál el modelo de hombre que se pretende formar desde sus perspectivas educativas y culturales en general y cuál la justicia que dizque va a acabar con el cáncer de la impunidad, el imperio del crimen y la libre ejecución de cualquier clase de delitos.

No debemos ni debemos pasar por alto que las grandes obras humanizan, dignifican, elevan a las personas sobre sus propias deficiencias y las hacen acreedoras de grandes logros y merecimientos. No nos engañemos. En lo que a mí respecta, estoy harta de la excusa del “síndrome de la derrota, del “pueblo de vencidos” y de victimizaciones ya agotadas en nuestra historia de fracasos. Si, estoy harta de agachados, de taimados, simuladores, trepadores, abusivos, sinvergüenzas y oportunistas. ¿Cómo confiar en cabezas tan elementales? ¿Cómo improvisarse hombre de Estado si nuestro Estado exhala pus por todos sus poros? ¿Dónde está el Hombre? Para ser un hombre de Estado se deben cumplir a plenitud cuando menos dos requisitos: entender qué es un hombre y cuál es el deber prioritario del Estado. Esa es la cuestión.

Ciegos y sordos, los candidatos se portan como si de una batalla de apostadores se tratara. Tenemos que insistir en que nuestra única vía de salvación está en forjar un gran espíritu colectivo. ¿Cómo? Con la obra de la razón, con la inteligencia creadora, con música, letras, ideas, conocimiento, arte, arquitectura mucha y buena literatura, ciencia… Es decir, mediante el efecto transformador del saber, el civismo y las bellas artes, inseparables del compromiso moral del hombre del acción y su respectiva tarea formativa.

Para salir del ya agobiante estado de postración es inaplazable apostar por el ejercicio  comprometido de las ciencias, las artes, el pensamiento, las ideas, la crítica, la dignidad, el civismo, el respeto, la decencia: justo lo que se ha confinado hasta el subsuelo del desprecio y  lo que la torpeza política supone prescindible, innecesario.  Lo otro: el embate en pos de la igualdad social, el desarrollo con progreso, la justicia, el poder vivificante de la palabra, etc., jamás serán posibles sin la intervención de una cultura dinámica, atenta a la inteligencia educada y la acción de las individualidades, vigilante de los ideales y consciente de la responsabilidad ética de la razón.

Ninguna otra cosa más que nuestra incultura ha engendrado a esta sociedad pútrida. Así que hay que emprender la tarea a la inversa para empezar a curarnos, aunque sea lento, difícil y costoso el esfuerzo. El culto a la barbarie, a la crueldad y a la codicia son los brazos eternamente dinámicos de la ignorancia.  No hay milagros. Hay que estudiar el pasado para comprobar que no hay un solo ejemplo en la historia que demuestre que, sin sustentos culturales, se logren la equidad, la justicia, la armonía, el respeto a uno mismo, a los demás y a su país, el saneamiento de la sociedad, la tolerancia e inclusive la superación material de los pueblos.  Los mayores logros humanos son inseparables del cultivo sistemático y sostenido de los más altos atributos del hombre: su razón, su capacidad de observar, asociar y crear; su poder de subsanar, transformar, producir y mejorar su hábitat gracias a decisiones acertadas.

La prioridad es el Hombre, cada hombre. Lo demás es demagogia.