Martha Robles

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El descenso de México

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Un torneo de medianías. A eso se reduce el espectáculo de las contiendas, sin descontar el capítulo de las esposas/sucesoras: conjunto de nadie, mujeres sacadas de la nada que no sirven para nada. Sin ideas ni proyecto nacional; sin patriotismo, sin sensibilidad cultural ni estructura política; sin propuestas innovadoras ni visión del desarrollo con progreso; sin biografía que avale probidad y congruencia en sus aspiraciones: un desfile, en suma, de las peores características del realismo mexicano que cada sexenio renace y se reinventa con si el pasado no existiera. Cada sexenio seguir con fidelidad la tendencia a descender, a no saber qué hacer en presente para dejar el porvenir en manos del azar o para "vivir al día, como la lotería...", como cantara Ramón López Velarde.

Los candidatos nos acosan con veleidades cada vez más obvias y pagamos mucho, muchísimo dinero, esfuerzo y costo social  para que el puñadito que va tras el Ejecutivo federal o estatal, tras una curul, una recompensa plurinominal o cualquier otra denominación vinculada al hueso protagonice un simulacro de democracia. No hay seriedad. Tampoco nada que esperar de la contienda que ya es feroz, bajuna, carente de ideas. Una mal llamada precampaña electoral sin signos comprometedores y sobrecargada de señales que indican que   siempre se puede ir a peor; siempre se puede descender más y más y cínicamente demostrar que amar al país no es requisito para gobernarlo ni es necesario aplicarse para dar lo mejor de sí mismos en bien de la dignidad que tanta falta hace.

Muerto el nacionalismo a golpes de odio a las ideologías, México quedó sin nada porque, a decir verdad, era muy poco lo creado como sedimento para el futuro. Tras aquella pantalla de desmesurada pasión  por “nuestro país”, que se mantuvo viva y “disciplinada” durante casi siete décadas, resulta que ni había patria ni sustento cultural para construir la democracia. Tampoco se formó la población para que entendiera, valorara y defendiera el significado de pertenencia responsable a un territorio y a un Estado específico. Esa es la desgracia, que por el peso ancestral del paternalismo el mexicano no tenga la iniciativa ni el espíritu de superarse. Siempre está con la mano tendida a la espera de que el padre otorgue, de que el padre premie, reconozca, bendiga, maldiga o castigue. ¿Cómo cambiar esa naturaleza dependiente?

Vacíos, pues, de responsabilidad moral, de decencia  y de compromisos: así nos quedamos cuando, a la muerte del PRI histórico y con el subsecuente estrechamiento de las clases medias, quedó a la vista la inexistencia de estructuras políticas, sociales, educativas y económicas suficientemente sólidas para que las nuevas generaciones construyeran el México del siglo XXI.  Al respecto, todavía falta llamar a cuentas al sindicalismo charro, que tanto daño hizo a la población. Dos décadas han transcurrido desde que el presidencialismo se autodestruyera y nada, absolutamente nada digno de reconocimiento ha surgido de los polvos de aquellos lodos. Como no sea una partidocracia espuria, subsidiada y carente de ideario y principios no hay evidencia de que la vida política, la propia ciudadanía y el sistema de gobernar hayan superado los vicios de sus antecesores; antes bien podría asegurase, dadas la injusticia social, la impunidad, la delincuencia descontrolada y una corrupción totalizadora y sin antecedentes, que el México “antipri”, el de los parásitos dizque forjados a la luz de la democracia, es moral, social y culturalmente mejor al que lo engendró en las postrimerías del siglo pasado. Y eso es precisamente lo que, con impudicia, se ha puesto de manifiesto en este torneo de deslealtades partidistas, acomodos y tales arribismos que sujetos tan abiertamente descarados como el tal Lozano pueden brincotear vociferando de una facción a otra sin siquiera un poco de discreción a la hora de presumir sus traiciones. ¿Algún compromiso de Meade con este tipo?

¡Pobre México! y pobres mexicanos tan incapaces de echarse palante. Pobre pueblo de vencidos y agachados, tan fácil de convencer con tan poco… ¿Y que sigue después de proferir tantos insultos? ¿Cuál es el país a construir? ¿Cuál el modelo, el ideal a seguir?

Ninguno de los candidatos siquiera imagina que las personas, cuyo voto es lo único que requieren y pretenden con avidez rayana en lo neurótico, somos sujetos sociales y políticos. Los electores tenemos pasado y pretendemos prefigurar un futuro menos desalentador. Ansiamos motivos para enorgullecernos. Requerimos razones para no avergonzarnos. Necesitamos país. Urge justicia, decencia, confianza. Deseamos patria y, en suma, estamos hartos de la chabacanería tercermundista que encumbra la mala vida y la marginación como sinónimo de buena gente. De eso ya está agotado el discurso mesiánico y más que probada su infecundidad.

Los adjetivos son lancetas hirientes, no alegatos. Ningún insulto sustituye al indispensable proyecto sociopolítico que no se ve, no se intuye, no se discurre en cabeza alguna. Y no lo hay porque los contendientes carecen de apegos partidistas, ignoran lo que es el patriotismo. No hay en sus antecedentes lealtades precisas ni convicciones definidas. Lo mismo sirven para un barrido que para un trapeado. Da igual inclinarse a la derecha, a la izquierda, vociferar, tambalear en el centro o dar vueltas sin sentido, como la burra alrededor de la noria.  

De hecho y por donde se los vea, los partidos políticos están muertos. Ahora se presumen “ciudadanos”.  De idearios y de partidos no quedan ni las divisas, tampoco cenizas ni sombra de compromiso. Mucho menos la vieja y necesaria formación de cuadros que encumbrara al IEPES. A cambio de ideas deslumbran los dispendios económicos de los que también estamos hartos los mexicanos; pero sobre todo, estamos avergonzados. Estamos atenazados, pues, por una banda de mediocres y ambiciosos  de poder que, bajo ninguna circunstancia, parece dispuesta a comprometerse con el pensamiento y la acción. Pensar los males obliga a discurrir remedios. El problema es que la mayor crisis que padece el país es precisamente de inteligencia, de ideas, de calidad y congruencia moral.

Por todos los medios campea la  demostración del descenso general de la sociedad. Y los contendientes, cada uno en lo suyo, son ejemplos representativos de la miseria cultural que, a querer o no y década a década ha jalado hacia abajo a la población. Allí está sumida la mayoría de miserables, de pobres y clasemedieros:  en el pozo de la rabia, donde los males colectivos mejor se complican y resuena con nitidez el grito airado de millones de atrapados. Ése, así, es el saldo de décadas de degradación en el modo de gobernar. Si la clase política asimila para sí logros, vicios y aspiraciones de ciudadanía mancillada, la ya abultada criminalidad comanda el desafío de aniquilar resabios de orden e institucionalidad y la muchedumbre que pulula sin rumbo ni garantías facilita, con su actitud infecunda, que el caos se expanda de lo público a lo privado y al revés.

¡Qué impotencia sufrimos lo que aún creemos que México es un país con reservas éticas y culturales! Qué sensación de tristeza tan profunda atestiguar todos los días y minuto a minuto que la política se ha reducido a carrera imparable hacia el retroceso y la traición a los grandes ideales de los fundadores de la República!

¿Qué hacer con tal desaliento?