Sagrados en el antiguo Egipto, los gatos siguen siendo venerados por quienes, como María Zambrano, Octavio Paz, Elena Garro, Carlos Mosiváis y una lista enorme de escritores de todos los tiempos, creen que “son la perfección de algo”. Asociados a Bastet, diosa de la belleza, el hogar y la protección, sus relaciones con los humanos alcanzan dimensiones casi míticas. Se los ama o detesta, pero no aceptan vínculos medios. De su sobrevaloración desde tiempos inmemoriales existen pequeñas y grandes historias. Además de cazadores de ratones y serpientes, se han considerado portadores de magia y de misterio, depositarios de la sabiduría ancestral y guardianes de la fertilidad y la armonía domiciliaria. Con ser una de las mascotas más funcionales y apreciadas, ni los perros -ahora humanizados- provocan pasiones tan encendidas y de culto como los gatos que uraños, indolentes y entronizados en sus pedestales, no dejan de ser adorados por sus amos.
Malraux gustaba dibujar un gato de larga cola en libros, cartas y dedicatorias. Su historial de aventurero contrastaba al escritor que confesaba que les platicaba, los soñaba, les ponía nombres tan sofisticados como Essuie-Plume, Lustrée o Fourrure. Durante sus largas conversaciones con De Gaulle los ponderaba como criaturas excepcionalmente inteligentes. Si los también franceses Proust y Schowb trasmiten un no se qué felino en su carácter y estilo literario, para el argentino Julio Cortázar sus amados Teodoro W. Adorno y Flanelle eran imprescindibles en su vida. Considerado símbolo absoluto de libertad, el que se ganó el nombre del filósofo alemán era un callejero que lo visitaba a capricho durante su residencia en el sur de Francia. En La vuelta al día en ochenta mundos escribió que como vino se fue y se daba el lujo de ignorarlo cuando se lo cruzaba en el pueblo. Además de la famosa fotografía en la que aparece sentado en el piso charlando con Flanelle al través de la ventana, inmortalizó a esta gatita rallada en el cuento “Orientación de los gatos”, de Queremos tanto a Glenda.
La devoción que Borges profesó por los gatos no era menos intensa que su relación con las letras. Llamado así por el minino de Lord Byron, el célebre Beppo no se apartaba de él. Jugaba con los cordones de sus zapatos, dormía en su regazo y le dedicó un poema en La cifra al “ver” cómo se fascinaba con su reflejo en el espejo: El gato blanco y célibe se mira/ en la lúcida luna del espejo/ y no puede saber que esa blancura/ y esos ojos de oro que no ha visto/ nunca en la casa son su propia imagen. Quince años disfrutó su compañía. A su muerte confesó que sufrió una de sus mayores pérdidas. Asociaba al joven Odín, en cambio, con su entrañable mitología nórdica y quizás nunca conquistó el trono de Beppo, porque se sabe que sobrevivió casi una década al soñador del oro de los tigres.
No hay que buscar demasiado para hallar relaciones exacerbadas y dramáticas entre amos y gatos. Por docenas aparecen felinos en las memorias literarias. Sin chistar escritores quisquillosos han respirado sus pelos, sus orines, sus olores y sus huellas, a pesar de presumirlos de limpios. Tan campantes han ido y venido entre libros, muebles y espacios proscritos dejándose querer, como ningún otro animal, sin merma de displicencia. Se los relaciona sin embargo con episodios de gravedad, como el del infortunado Carlos Monsiváis, que me dejó pasmada. Adueñados de su casa y su existencia, los 13 gatos que llegó a tener carecían de límites. Algunos como Miau Tse Tung y Catzinger se dieron a conocer en conversaciones públicas y entrevistas. Monsiváis los mantenía tan cerca que con los años el pelaje se adhirió en bola en sus pulmones y le causaron una muerte pavorosa.
Para autores tan connotados como María Zambrano, Octavio Paz, Elena Garro o Hemingway -que tuvo la extravagancia de coleccionarlos de seis dedos-, los gatos eran presencias tan privilegiadas que no cabe menos que preguntarse a qué tanta desmesura si son solo mascotas, no personas. El lado más oscuro de mi querida filósofa española fue el de su obsesión por los gatos. No contentas con alojar a más de 20 callejeros en su casa, María y su hermana Araceli fueron expulsadas de Roma a consecuencia de la cantidad de quejas que atrajeron la intervención de las autoridades, no solo por las molestias causadas por el gaterío, sino por practicar la costumbre, durante su exilio, de alimentar y proteger a decenas que merodeaban maullando en el vecindario. No fue mejor su traslado a París, pues entre Rita, Pelusa, Blanquita, Lucía, tigra y sabe Dios cuántos más, el gaterío adoptado no tardaba en irritar a los asiduos del parque cercano por la exagerada, insalubre e incómoda manera de las dos mujeres para gastar ánimo, afecto, tiempo y recursos en su cuidado. Durante sus viajes llegaban al extremo de alquilar dos habitaciones: una para ellas y la otra para sus gatos. Conociendo su biografía, no me extraña que desde su muerte, ocurrida en abril de 1991, los gatos vinieran a echarse a la tumba de María en el Cementerio de Vélez-Málaga, donde está enterrada.
Si la genial pensadora amerita un capítulo aparte en el historial de autores y gatos, lo mismo podría decirse respecto de esta demencial dependencia protagonizada por Octavio Paz y Elena Garro. Entre tragedias y dramas, estuvieran juntos o separados, sus respectivas biografías quedarían incompletas sin la enfermiza presencia de los gatos en sus vidas. Para desgracia del poeta, el amoníaco de los orines impregnado en cables eléctricos provocó el corto circuito que desencadenó el incendio de su casa. Tanto pesar sintió el poeta por libros, recuerdos, pinturas y bienes perdidos que a la depresión siguió un herpes tan terrible que su cuerpo quedó como el Cristo de la pasión. Tras permanecer unos seis meses en el hotel Camino Real, el gobierno de México lo instaló en la que fuera Casa de Alvarado, en Coyoacán, donde murió a sus 84 años de edad, en abril de 1998, sin que la tristeza se borrara de su gesto ni disminuyera el efecto de pena tan grande.
Por su parte el vitalicio apego de Elena por unos 30 o más gatos, encontró cabida en lo grande y lo pequeño de su peculiar existencia: en su narrativa, en su intensísimo y pasajero amorío con Bioy Casares, en la larguísima etapa que calificó de “exilio” y, como no podía ser de otra forma, también al regresar a México en su vejez desdichada. Además de la indiscreción con la que exhibía su intimidad, los gatos coreaban su ruidosísima enfermedad y agonía en el pequeño departamento que le facilitó su hermano para pasar sus últimos años con su hija Helena, en Cuernavaca. Entre la sobrepoblación gatuna y las ingentes cantidades de tabaco que la dejaron sin pulmones y sin oxígeno, murió a los 81 años de edad dejando tras de sí un inabarcable anecdotario de querellas y lamentos que, a pesar del agregado de los gatos, no conseguirían ensombrecer su obra maestra: Los recuerdos del porvenir.
