Analfabetos y el sistema


 Imagen cortesía de radio tezulutlan

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El doctor José Narro, rector de la UNAM, pone el dedo en la llaga: de 118 millones de habitantes, 5 millones son analfabetos, sin incluir indocumentados en los Estados Unidos. Se quedó corto, porque la situación es peor: depende de cómo se interprete la escala de cero escolaridad a la ignorancia progresiva de la población mayoritaria.  Para determinar cuán tremendo es el atraso, habría que calcular el contraste; es decir, a las personas instruidas. En vez de deficiencias, lo cual es relativamente sencillo, se deberían medir categorías básicas como capacidad de expresarse y estar en aptitud de conocer la realidad, emitir juicios, tomar decisiones y plantear y resolver problemas. Se confirmaría cuán pequeña es la minoría de mexicanos a la altura de estándares mundiales.

Sería un milagro saber que hay más de un millón con conocimientos básicos (elementales) en ciencia, arte, política, literatura, historia, economía y gramática. Un millón, cuando menos un millón entre los 115 millones, que puede leer, entender, analizar, criticar y recordar lo esencial de un libro completo, siquiera de ficción, para no complicarnos con el desafío del ensayo ni con la poesía. Con optimismo, pues, hay un millón de coterruños educados, en el estricto significado del término.

Esta pobre cifra, desde luego supuesta, podría ser todavía más pequeña si la población se sometiera a un examen de cultura general. Si nos escandalizan los resultados de la OCDE, el de la mayoría que no excluye a los universitarios nos dejaría la cara roja de vergüenza. Debemos decirlo, aunque duela:  hay país por las individualidades. Son los hombres y mujeres que pese a los gobernantes, por encima de los partidos políticos y no obstante el sin fin de obstáculos escolares, religiosos, sociales, sindicales, económicos, institucionales y de varia índole, persisten con responsabilidad en su tarea de hacer lo que saben con lo mejor que pueden y tienen.

Hay que medir al revés el analfabetismo real, para enterarnos de sus alcances: la mayoría no ha superado su condición primitiva. Así que la estadística de los mexicanos formados sería el único indicador confiable y válido del desarrollo nacional. Con ediciones de mil o dos mil ejemplares que tardan años en venderse, con tirajes de periódicos como recados de familia, con una población que tartajea, insulta y repite porque desconoce el idioma, no es un atrevimiento suponer que la inteligencia educada es cinco o seis veces menor a la población de muchas delegaciones del Distrito Federal; Tlalpan, por ejemplo.

Solo la gran minoría está enterada de los asuntos nacionales e internacionales. Es también la que defiende y valora el sentido ético de la existencia. La que comprende la trascendencia de la dignidad y la democracia, no obstante sus limitaciones. Gracias a este puñado de personas pensantes, formadas y conscientes, las cosas no han sido peores. Únicamente los seres educados comprenden la diferencia entre ser esclavo de la ignorancia y la capacidad de gobernar el  propio destino. En fin, no hay más que abrir los ojos para comprobar que no existe la claridad ni la gente puede comunicarse. Los hechos son inocultables:  cuando menos 114 millones de habitantes desconoce los sustantivos, las preposiciones, los adverbios… y no se diga lo relativo a sinónimos, antónimos y conjugaciones. Esos y no otros, son registros del analfabetismo, con o sin escolaridad.

Durante décadas hemos soportado estoicamente el fraude educativo. No somos un pueblo con ímpetu de superación; todo lo contrario. De ahí que triunfaran la chapuza y la componenda desde los antecedentes sindicales de los años veinte hasta la consolidación del SNTE como un gremio adherido a la Confederación de Trabajadores de México (CTM). Su historia es tan sucia como larga desde que, en 1939, quedó establecida la alianza electoral entre obreros, maestros, campesinos y el “sector popular” para fortalecer el presidencialismo fundado por Lázaro Cárdenas.

Inseparable de la historia del poder, el régimen educativo ha repetido la doble vertiente pública y privada de la economía nacional. Imposible examinar un fenómeno masivo de consecuencias brutales sin considerar que, desde sus orígenes, fue obra de una política de complicidades, encubrimientos y componendas. Cumplir con el deber de educar habría aniquilado al “Sistema”: un modelo de control absoluto que ha subsistido con su esencia intacta, no obstante mínimos ajustes democratizadores y graduales. 

Fiel reflejo de nuestras desigualdades, en las aulas se finca el modelo de privilegios y en ellas se distribuyen, en rigurosa aritmética, la marginación y la hegemonía. No es casual, por consiguiente, que haya más de cincuenta millones de personas en límites de miseria extrema. Tampoco que entre los más ricos del mundo actual destaquen empresarios mexicanos que no se distinguen por ser los mejor formados, sino los que mejor aprovechan los vicios del sistema. Educar, en consecuencia, no ha sido prioridad ni de los gobiernos ni de la sociedad en su conjunto. De ahí que sin freno y con la complacencia colectiva se instituyera la ignorancia como un modo de ser nacional.

Y toda esta gramática del horror ha venido a estallar -¡quién lo dijera!- por obra y gracia del neoliberalismo global. Se nos impuso el límite en que las democracias requieren un punto de partida y otro de llegada. Para la circunstancia mexicana, este requisito es imposible de cumplir en ésta, en la otra y sabe Dios en cuántas generaciones. ¿Cómo educar sin destruir el  sistema? He ahí el reto. ¿Cómo y con cuál prodigio desaparecerán corruptelas y fraudes para ser un país confiable y mínimamente justo? ¿Cómo valorar la dignidad desde la indignidad? ¿Cómo acabar con la batalla del tiburón y las sardinas?

No nos compliquemos: la verdadera educación, desde los días de los griegos, es inseparable de la paideia; es decir, de las fuerzas formativas de la sociedad.  Civismo, congruencia, ética, un ideal de Estado, rectitud, ajuste socioeconómico con miras al equilibrio social y maestros que en verdad lo sean: eso es lo fundamental. La calidad de los gobiernos y los poderes es correlativa a la de sus educadores y, por tanto, a la del tejido social. Lo demás se cultiva familiar e individualmente. Hay que tener una cultura básica para enriquecer la formación con lecturas sistemáticas. Nunca hubo en la histora la riqueza de recursos que nos han tocado en suerte: libros, miles de centros de documentación e investigación, acceso a prácticamente todas las lenguas y, por supuesto, el milagro de nuestra época: la internet. Lo que no se ve, todavía, es el voluntarismo pregonado por Vasconcelos como condición inaplazable si es que se pretender vencer la condición primitiva.