Noticias del infierno


Llevamos la idea del infierno pegada a la piel como segunda naturaleza. Al crecer, la angustia supera las fantasías dantescas de creyentes azuzados por demonios que atizan llamas eternas. Lugar o no-lugar, es la pesadilla que iguala al hombre moderno con culturas remotas. Más allá, ultratumba, averno, abismo, antro, tártaro: ninguno de sus nombres mitiga el efecto del miedo ni de la tiniebla en almas afectadas por una íntima vergüenza, la incertidumbre o el remordimiento que sube a la superficie después de haber sufrido o cometido faltas extremas.

Si para Sartre el infierno “es el otro”, hoy sabemos que su reino subyace en las honduras del ser. Lo llevamos en la memoria con la misma eficacia con que las Erinias, en la remota Grecia, perseguían desde dentro a los culpables de ciertos crímenes, para hacerles pagar el daño causado en su propia conciencia, hasta reducirlos a piltrafa. Tan prolongada creencia en un poder justiciero y tremendo nos lleva a suponer que, sin tales amenazas, administradas con habilidad por las religiones, nada detendría el impulso de una humanidad inclinada al Mal. Y es de creer que algo fallido hay en nuestra naturaleza, pues si la infamia es de pies ligeros, el Bien exige siglos y enormes esfuerzos civilizadores, siquiera para lograr pequeños avances.

Lo cierto es que si los pueblos se conocen por sus dioses, el lado oscuro proyecta el poder que lo ignoto, el terror y la crueldad ejercen en la conducta. En la historia de las creencias, el infierno es un traslado sin retorno hacia más allá del ser, a la región de los muertos; sin embargo, ninguna ficción se compara al padecimiento real de los vivos. Para unos, el averno es desgarrador, sombrío y en incesante lucha contra el absurdo y el sufrimiento. Para otros simboliza el vacío, la nada o el peso insoportable del remordimiento. En mayoría carentes de luz, los submundos figurados derrochan desesperanza, tristeza o melancolía. Ciertas pinturas los representan con aberturas para mostrar el infortunio de los vivos-sin vida y sin vía de expiación. Su íntima turbación se proyecta en el  espejismo “creado” mediante ilusiones que, con puntualidad, resaltan el carácter de cada época. De ahí la abundancia de ejemplos que ilustran el angustioso poder del Miedo, con o sin mediación de la fe religiosa.

Para que el infierno lo sea, se requieren demonios o agentes perversos para ejecutar las condenas correspondientes. Enkidú, el primero de todos, fue amigo y servidor del heroico Gilgamés. A él se atribuye la supuesta existencia, en Mesopotamia, de espíritus con mala suerte: tropa de réprobos, los edimú, encargados de atormentar a otros que, en su común amargura, emponzoñan cuanto tocan.

Desde 50.000 años a.C, los entierros rituales dejaron constancia de la necesidad de creer en algo después de la muerte. El tránsito hacia lo inanimado sugiere un vacío que ni mitos ni credos pudieron llenar. Antiguo como la maldad, el infierno es por ello una de las figuras más sugestivas y permanentes del proceso cultural. Las versiones primitivas carecen de retribución o condena. De atmósfera enrarecida, para los ancestros los infiernos fueron solo lugares de muerte: lo más allá de la vida; algo exánime para alojar a la nada. Con los  indicios éticos en el orden comunitario, sin embargo, prosperó la idea del castigo en un reino de sombras: fantasmas errantes, sin alegría, marcados por la nostalgia. Según Enkidú, “ahí el cuerpo está roído por la polilla, como un viejo vestido”. Sus huéspedes no son perversos, pero tuvieron en vida tan mala suerte que quedaron sin sepultura y sin dejar tras de sí una buena memoria. Por consiguiente, los “condenados al olvido” abandonaron el mundo de los vivos sin nadie que se ocupara de su espíritu.

La mitología babilónica, heredera de Sumer y Akkad, muestra hacia el segundo milenio a.C, el primer código de exigencia moral –el Hamurabi-, que regula el orden social con penas proporcionales a los delitos. Otros textos sumerios o acadios demuestran que así sea de polvo o tinieblas, la estancia en los infiernos no ofrece remanso. Los espíritus desnudos vuelan al azar, alimentados con barro. Carecen de opción y de juicio y permanecen atrapados en un sufrimiento intemporal. No hay salida ni esperanza de redención. La diosa Ereshkigal, dueña de los lugares siniestros, jamás otorga reposo a sus víctimas. Otras versiones agregan a los espíritus alados una cohorte de dioses monstruosos, que tampoco paran de prodigar castigos.

De Mesopotamia es la fuente inspiradora de la demonología medieval absorbida por varios credos, incluido el cristianismo. No falta en tan rica mitología un “defensor del mal”, abuelo del temible y también alado Satanás, solo que con la cabeza de un ave zu y humanoides sus cuatro pies y sus cuatro manos. Es decir que, desde sus orígenes, cualquier infierno o demonio manifiesta la humanización perversa de la vida.

El nombre del demonio primordial o agente perverso de la Muerte significa “lleva rápido”: “Tenía un cuerpo negro como la brea y su rostro era como el de un zu; llevaba una capa roja, un arco en la mano izquierda y una espada en la derecha: Su pie izquierdo pisaba una serpiente...” Amo del terror, tal estampa simboliza execración y fealdad. Es chillido violento, crueldad reconcentrada y verdugo sobrenatural, encargado de distribuir condenas entre seres inferiores. Arquetipo de la sevicia, el demonio encarna el rechazo deliberado de Dios al ser, él mismo, una fuerza contraria al Bien.  En sus orígenes alejado de la versión bíblica, este ser no incita a los humanos a imitarlo, como en su hora lo haría Lucifer/Satanás con los residentes del Paraíso.

La instauración de normas coincide, según la época y la geografía, con  el Tártaro griego, el Mictlán de los remotos mexicanos, el seol de los antiguos hebreos, el karta (hoyo), vavra (prisión) o parshana (sima) o morada subterránea de los muertos, correspondiente al periodo védico de la India. Por su parte, el Walhalla evolucionó de morada tenebrosa para guerreros vikingos a palacio, donde a los espíritus privilegiados les aguarda una vida espléndida al lado de Odín. Así surgieron también el Hel (lugar oculto) entre los germánicos, el inferum (lugar de abajo) en alusiones monoteístas y el inferi: término reservado por los cristianos para referirse a los infiernos “paganos”, especialmente en las traducciones de la Biblia.

Tanto los monumentos funerarios, la pintura mural, la escultura y la literatura como la estructura política del poder faraónico, contienen elementos metafísicos, propios de un refinado y complejo sistema escatológico. Arquetipo de la vida después de la vida, en el remoto Egipto los muertos reproducen “en negativo” la existencia de este mundo de luz, salvo que en el reino de Osiris su experiencia no corpórea queda expuesta a degradaciones sucesivas, según el veredicto de los dioses. De ahí la perfección adquirida en la técnica para embalsamar cadáveres.

El más allá es el viaje por excelencia. Guiados por el mapa grabado en el sarcófago, los yacentes “entran” a la muerte mediante una complicadísima travesía hacia el Oeste. Según el Libro de los muertos, el difunto, guiado por Anubis, debe enfrentarse a un tribunal implacable. De pie ante Osiris, asistido por cuarenta jueces inmortales, el alma debe examinar la letanía de malas acciones y deslindar, una por una, las cometidas de las no cometidas. Esta es la última oportunidad de arrepentirse y purificarse o, en su defecto, sobre el Ba o alma caerá la sentencia de una segunda muerte.  Si así fuera, el enjuiciado habrá de penar sus faltas con mayor intensidad. Generoso aunque justo en cierta forma, el procedimiento anticipa el valor expiatorio y contrito de la confesión.

El juicio divino entraña numerosos enigmas desde el imperio faraónico hasta nuestros días. Bajo el supuesto de que el mentiroso, tentado por un temor sobrenatural, también pretenderá engañar a sus jueces, algunos egiptólogos suponen que la escena no se realiza frente al alma del difunto, sino que el acusado conserva aún vestigios de vida cuando los dioses lo llaman a cuentas. De tal modo, el moribundo o “muerto” en tránsito tiene una última oportunidad de purificarse mediante el auxilio de sortilegios. Debe no obstante renunciar a faltas tan graves como la ira, la codicia, el orgullo, la envidia, el robo, el asesinato y, desde luego, la mentira.  En caso contrario, por persistir en la negación de la verdad, recibe la condena de la “segunda muerte”, emparentada a la idea moderna del infierno, donde sufrirá una eterna degradación hacia la nada. El castigo es pavoroso para que, al menos por miedo, los vivos elijan la virtud sobre la malicia. Sin duda, la escatología medieval se inspiró en estos modelos al discurrir sanciones correlativas a los pecados capitales.

La esencia del infierno, en cualquier caso, sugiere una frustración radical, un fracaso irremisible de la vida. En tanto y la angustia se entroniza bajo la quimera del progreso, las figuras dantescas se minimizan en el inconsciente colectivo. El mal sueño de los ancestros palidece frente a lo que Freud tuviera por malestar de la cultura y sus sucesores como el tormento interior que, de manera insidiosa y de preferencia expansiva, se exterioriza hasta convertirse en expresión del pensamiento contemporáneo. De este modo, ya no es “el otro” sartreano el infierno de la angustia, sino el yo la causa del verdadero tormento.