Pasión por la lectura

 Pequeña parte de la biblioteca de Alberto Manguel en el Sur del Valle del Loire. (Pinterest)

Pequeña parte de la biblioteca de Alberto Manguel en el Sur del Valle del Loire. (Pinterest)

Quienes desde pequeños hemos sido atrapados por los libros y sus juegos de despistes, vislumbres y espejismos, sabemos cuán verosímil es lo dicho en el octavo libro de la Odisea:  que los dioses tejen desdichas para que a las generaciones no les falte algo que contar.  Es lo que se ha hecho desde que existe memoria: recrear lo visto, imaginado, soñado, temido, padecido y actuado. Aventurarse en la ficción verdadera y transitar por éste y el otro lado de las palabras es uno de los deleites compartidos por los nómadas del desierto, el solitario lector que ama su biblioteca y cualquier dotado para descubrir y disfrutar historias detrás de la historia.

Como lo hicieran otros bibliófilos antes que yo, también me pregunto si la necesidad  de contar y ser contados equivale a pensar y ser pensados o a ver y ser vistos, acaso para confirmar  la certeza de León Bloy de que “no hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es”. A la larga o a la corta podemos acostumbrarnos a nosotros mismos e inclusive a los que suponemos cercanos, pero continúan sin respuesta interrogantes tan esenciales como ¿qué hemos venido a hacer a este mundo? ¿A qué corresponden nuestros actos, nuestros sentimientos, nuestras ideas? Observamos a partir de supuestos y más bien tendemos a igualar más que a diferenciar. Así nos rendimos a los reflejos de nuestro lado del espejo hasta darnos cuenta de que, como en el cuento de Borges, hubo un tiempo en que “el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados.” Precisamente por su respectiva diversidad, hubo un momento o un mundo en que no coincidían los seres, las formas ni los colores. A diferencia de nuestro atribulado “modelo global”, aquellos seres vivieron en paz hasta que estallaron entre ellos batallas sangrientas.  “Una noche, la gente del espejo invadió la tierra”. Así, pues, comenzó a desdoblarse la versión de las repeticiones fatales.

Reducidos a meros reflejos serviles por las artes mágicas del emperador Amarillo, los invasores quedarían encarcelados en los espejos. El monarca vencedor les impuso la tarea de repetir, “como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres.” Aunque privados de su natural fuerza y figura, un día los reflejos serviles, sin embargo, “sacudirán ese letargo mágico”. Con “La muralla y los libros”, debo a “Los animales en los espejos” y “Parábola del palacio”, entre tantas páginas fusionadas a mi repertorio íntimo, mi acceso al universo de los enigmas, atesorado por Borges acaso para rendir culto al supremo valor de la lectura: además de atributo que lo distingue entre los escritores, unívoca facultad de conservar aquella diversidad; es decir, la que preservaba a los seres de confundir, como nosotros, lo real con lo soñado.

Supongo que por estar inmersa en las inquietudes complementarias de Jorge Luis Borges y Alberto Manguel, se han fortalecido dudas que supuse adormecidas, como la que tanto inquietara a Bloy: “¿cuál es nuestro nombre verdadero, el  imperecedero Nombre en el registro de la luz…?” Eso, con las incógnitas que desdibujan la idea del destino. Agréguese el sinfín de vacilaciones  sobre la obra de Dios, implícitas en una afirmación tan indescifrable como: En el principio era el Verbo…

Desde mis primeras lecturas, el versículo del evangelio de Juan me remitió al logos absoluto: divino dominio de lo nombrado y sin nombrar y lo que aguardaría a los constructores de Babel, en caso de conquistar el proscrito continente de lo sagrado.  La supuesta fusión del principio y lo divino desencadenaría el sin fin de preguntas, todavía sin resolver. Principio, Dios y Verbo han sido voces tan estremecedoras e inseparables en mi vocabulario personal que me provocarían, a partir de san Juan, un  choque decisivo de fe desde una edad muy temprana.  Ocurriría a consecuencia de la necia enseñanza de que Dios no tiene principio ni fin.

Ante lo tremendo que implicaba la sola  sugerencia de eternidad, visualizaba el Verbo, la palabra en sí y la complejidad del lenguaje como una contradicción esencial, inclusive antes de deslumbrarme con Borges: ¿El Verbo anterior a lo creado? ¿La palabra antes que el objeto? ¿Un logos sin contenido? Y si el Verbo era Dios y estaba en Él, ¿qué significa  principio? Mi aprendizaje iniciático de la lectura, por consiguiente, partiría del misterio del Verbo, cuyo significado primordial ha mantenido un arco en tensión entre lo sagrado y lo profano; entre el indivisible vínculo de la dificultad y la comprensión, entre el pregón de lo eterno que tanta desconfianza suscita y la evidente lección de la temporalidad, la cultura y la muerte.

Debe haber un vínculo no tan secreto entre la escritura y el misterio de lo sagrado, así como en el mundo borgeano no existe frontera entre lo real y lo soñado. Desde pequeña veía letras y palabras impresas como mensajes o signos que resguardan algo que pide ser descifrado.  Quizá por eso me atraparon los quince ensayos reunidos en Cómo Pinocho aprendió a leer. Amante vitalicio del libro y la lectura, y uno de los mayores intérpretes del arte de la palabra, Alberto Manguel nos conduce a los territorios de la oralidad, la escritura y el desierto vital que limita, conteniéndolo, al que sólo aprende a leer sin leer, como el títere de madera “que no es visto ni oído”. Y es que el mundo es más mundo cuando el lector se apropia de significados y significantes. Crece la vida/viva al conquistar mensajes/cifra reservados al otro lado de la mirada, de la comprensión y de las palabras.  Eso es lo reservado al “lector de verdad” al emprender la hazaña de tomar parte de las apropiaciones de otro, tal y como lo hace Humpty Dumpty, en voz de Manguel: “ “En este ambiguo campo entre la posesión y el reconocimiento, entre la identidad impuesta por otros y la identidad que uno mismo descubre, se encuentra, según creo, el acto de leer.”

Conquistar el universo de la diversidad, implícito en el tránsito por entre ambos lados del espejo, es la recompensa de la lectura. Algo de lo que se sabe sin saber que se sabe, uno es el mundo de quienes van por la vida sin ser tocados por el misterio de la lectura y otro, luminoso, vital y cargado de revelaciones, el enriquecido por el arte de la palabra. En eso consiste el paraíso del lector “de verdad”, en llegar al punto donde se juntan imaginación, inteligencia, saber y la inagotable capacidad de asimilar, transformarse y ser sorprendidos por el enigma del Verbo.

Llevada al extremo de ser otro y algo más, sin dejar de ser el mismo, esta pasión animó los sucesivos desdoblamientos de Cervantes en Alonso Quijano, del acucioso  lector de novelas de caballería en Don Quijote y, como si de cumplir un inusitado periplo entre la razón y la sin razón se tratara, dejar que el viaje fantástico rematara  con la “reconquista” de la lucidez del verdadero lector que, con toda su biblioteca en mente, no obstante haber sido quemada, cede a la agonía a sabiendas de que ni la muerte borrará sus historias.

Virtud de la palabra/baúl y andanza parecida a las emprendidas por Alicia y Scherezade, así como a los tránsitos del espejo inseparables de Wan Fo, el fascinante pintor de Marguerite Yourcenar, esto de viajar por éste y el otro lado de las palabras, y aun por encima o debajo de ellas, es la magia reservada a los privilegiados con la gracia de la lectura. La escritura, aunada a la habilidad de contar, enseña que hay una historia que narrar y otra a interpretar, igual que en la vida vivida en los contrastes de los días o durante la visión del durmiente. Desentrañar esta riqueza  oculta es el desafío más fascinante de la verdadera lectura. Nada que ver con rutinas escolares ni técnicas banales de alfabetización ni con campañas huecas dizque a favor del libro. Tales distracciones del hombre/masa no son otra cosa que lecciones para títeres de palo: Pinochos condenados a no ser vistos ni oídos. La imposibilidad de acceder al universo de los libros repite la condena de no formar niños de verdad.

Aladino descifró el enigma al volar en la alfombra que lo llevó a descubrir maravillas que, por su condición original, le estaban proscritas. Lo probó el remoto aprendiz sumerio que un día, al conocer el prodigio del alfabeto, supo que en las tablillas constaba, de todos los modos posibles, la humana batalla contra la ignorancia, la enajenación y la muerte. De aventuras como éstas surgió la fe en las culturas del esfuerzo.  Así lo demostró, también, el títere de palo que intuyó que “para ser un niño de verdad” era indispensable humanizarse: algo sólo posible  mediante el doble misterio de la voluntad y la lectura.

Me he preguntado si la invención del lenguaje es un accidente del destino o indica el triunfo primordial del hombre sobre el Verbo absoluto. Vislumbrar el enorme poder de las palabras para construir y destruir, para desvelar y ocultar, para ampliar o reducir el mundo e inclusive para humanizar o deshumanizar me provoca una intensa emoción. Sin embargo, lo frecuente es encontrarse con pinochos o títeres de palo cuya ignorancia de la lectura les impide ser personas de verdad.

Humanizarse significa abrirse a lo diverso, descubrir que hay mucho más que el letargo que entorpece, opaca la razón, ofusca los sentidos y reduce el destino a la triste repetición de reflejos confusos. Justo lo contrario del doloroso padecer de la burra condenada a dar vueltas alrededor de la noria.