RELEYENDO A PAZ

 Foto por: DANIEL MORDZINSKI

Foto por: DANIEL MORDZINSKI

Con Ortega y Gasset, Octavio Paz es el ensayista más deslumbrante de la literatura española. No es mérito menor: si la poesía es la gracia, el ensayo el género más difícil y exigente de las letras. Requiere condiciones poco frecuentadas en la tradición mexicana, lo que explica la escasez de representantes de calidad: saber enciclopédico, ideas propias, estilo, rigor y pasión por la palabra. A su versión crítica de nuestra realidad, que le arrendó detractores furibundos en pleno fervor nacionalista, Octavio agregó una interpretación tan sugestiva del mestizaje y del régimen político que desveló el fantasma del alma mexicana: máscara y sombra perdida en el laberinto de una soledad nostálgica del ayer imposible y urgida del futuro inalcanzable. 

Leerlo asombra, pero releerlo deja cierta sensación de desnudez, como si en un estallido de voces y de símbolos se atreviera con la máscara de una vez por todas. Descubrir el rostro mexicano, el de la historia oculta, era su propósito. No por nada gustaba repetir que no somos más que una inmensa interrogación, quizá una mezcla imperfecta que aún no atina a mirar en su justa realidad a los abuelos mexicas ni a reconocer a los no menos feroces de la Península.

Lo apuntado en su Laberinto inicial, el de 1950, continúa desenvolviéndose años, décadas después, con movimientos serpentinos y algunos añadidos que más y mejor confirman sus tesis sobre la doble realidad que nos distingue: “ser un hecho histórico y ser una representación simbólica de nuestra historia subterránea e invisible.” Es decir: llevamos impreso en el inconsciente un acto ritual, un sacrificio inacabado.

En Cuadrivio, en El Laberinto…, en El ogro filantrópico y en tantos títulos  más se perciben dos temas/cifra que lo acompañaron hasta la tumba: la mexicanidad y la otredad, piezas complementarias de la imagen desorientada del alma mexicana. Un alma y un cuerpo atados a la incapacidad de aceptar la verdad y enajenados a la prehispánica dualidad destrucción/construcción de la pirámide. Alma que es a un tiempo carácter y sello cultural petrificado en el señorío, en el centralismo autoritario y, al mismo tiempo, en un ancestral sentimiento de culpa traído de lejos, acaso desde antes de la Conquista, que se “transfigura en la glorificación de la víctima”.

Como un arco en tensión entre el rostro y la máscara, entre México-Tenochtitlan y el mito de la Revolución, entre el síndrome de la derrota y la capacidad transgresora del lenguaje, las dos obras paradigmáticas de Paz -El laberinto de la soledad y Las trampas de la fe-, comparten la tesis que sostiene que, desde sus orígenes, fue crítica la tradición de las letras mexicanas. Tal supuesto lo llevó a creer que si la palabra es subversiva y capaz de desafiar todas las prohibiciones, escribir es de suyo una transgresión. Si poca fuera su certeza del poder desafiante y liberador de las letras, al biografiarla (y desentrañarla) abundó en la prodigiosa rebeldía de sor Juana desde varias perspectivas. Una de ellas, decisiva en la Carta a Sor Filotea de la Cruz, confirma que pensar deslinda y esclarece; y al esclarecer, por virtud del juicio y del propio saber, aparece la crítica. 

Todo ese drama del pensar, del transgredir y de la inmolación ritual de la víctima, sin embargo, se ha complicado desde la Colonia con los vestigios asimilados y jamás resueltos, del mundo prehispánico.  Por el drama de la continuidad y su ruptura, también examinado por él al identificarse de manera temprana con el destino y la significación de Sor Juana, trasciende el espíritu mexicano y penetra el carácter de sus letras, tal y como deliberara en Posdata y en Pasión crítica. Agréguese que si de por si las letras son transgresoras, todo se embrolla cuando el idear proviene de un talento femenino atrapado en una cultura ceñida al estigma dual de la pirámide y el sacrificio ritual, de la ortodoxia inquisitorial y de la fiesta devastadora. Mar de fondo hay entre los párrafos del Laberinto; párrafos cargados de una verdad hiriente, ahora disfrazada por la demagogia, pero igualmente real, inacabada. Y la mujer, siempre la mujer por todos los lados posibles:

<<Entre la mujer y nosotros se interpone un fantasma: el de su imagen, el de la imagen que nosotros nos hacemos de ella y con la que ella se reviste. Ni siquiera podemos tocarla como carne que se ignora a sí misma, pues entre nosotros y ella se desliza esa visión docil y servil de un cuerpo que se entrega. Y a la mujer le ocurre lo mismo: no se siente ni se concibe sino como objeto, como “otro”.>> 

Peculiar por su carga de símbolos, aunque no menos brillante, su versión de la historia de México no puede dejar a nadie indiferente. La raíz espiritual de lo que somos, ese rostro difuso que hay que buscar entre la bruma, la explicación del fracaso como señal en la frente, la Coatlicue intimidante, Culebra/hembra ataviada con corazones-frutos-de-nopal  que reina imperturbable en el Museo Nacional de Antropología e Historia para recordarnos desde su espantosa inmensidad que “en ese espejo no nos abismamos en nuestra imagen sino que adoramos a la Imagen que nos aplasta”. Todo, pues, esta en esta enorme diversidad, aunque al fin la raíz es siempre la raíz.

Octavio Paz, por si mismo, es una conquista del idioma como en su hora lo fuera Sor Juana, la verdadera fundadora de la cultura mexicana. Al leerlo, su respiración se hace tan inconfundible como sus yuxtaposiciones fulgurantes, su gusto por repetir y cancanear, como si todavía llevara el ritmo con el movimiento de la mano, como si navegara en un mar domesticado. Y eso es lo que hago en mi condición de lectora, crítica y ensayista yo misma: navegar, dejarme llevar por su surtidor esperado/inesperado y asombrarme ante su mente adelantada. Por ejemplo, me topo en cierta página con lo varias veces reiterado sobre su certeza de que no ha habido en la historia revolución más poderosa y trascendental que la del feminismo. Y abunda en lo dicho con la seguridad del que ha encendido el coheterío.

Pero no se equivocó porque vio con puntualidad lo provocado en su entorno por un alma sola, la de la genial sor Juana: inconforme siempre, siempre amenazada, ella no dudó en comunicarlo al obispo de Puebla en su Carta Atenagórica: "Letras que engendran elación, no las quiere Dios en la mujer; pero no las reprueba el Apóstol cuando no sacan a la mujer del estado de obediente". Pensar con fundamento o razonar significa por consiguiente “ponerse contra algo”, algo que Paz practicó en su variadísima ensayística, pero sobre todo al tocar claves sustanciales de la dialéctica mexicana: el mito de la revolución, el fantasma prehispánico y la máscara mestiza.

Por consiguiente y en vista de que interrogar, examinar, entender y desentrañar está en su naturaleza, coincido con él en que el escritor escribe siempre frente algo y contra algo, por lo cual la subversión del lenguaje se muestra también en la actitud del escritor ante la realidad. 

Descubierto en mi adolescencia casi a la par de Alfonso Reyes, Paz me inició en temas que ninguno de sus coetáneos frecuentaba en el país, empezando por un Pessoa desconocido inclusive por los que se decían adelantados, hasta que él lo dotó de presencia en nuestra lengua. Por su parte, Reyes era una vía hacia los clásicos, a Grecia y Roma y a cuanto él mismo –fiel discípulo de Pedro Henríquez Ureña- gustaba valorar como sedimentos culturales. Amplia, tan seductora como los mundo perdidos, erudita, limpia y puntual, las páginas de don Alfonso eran lecciones del maestro aplicado en trasmitir lo más y mejor para prepararnos para la llegada de la Fortuna: no fuera a ser que, a “la hora de América”, “nos encontrara dormidos”. 

No obstante la admiración que le profeso a Reyes, al grado de sentirlo un amigo cercano, su obra no me provoca el mismo picor en los dedos que invariablemente me acomete con el ansia de escribir cuando “dialogo” con ese par de  surtidores de ideas –Ortega y Paz- cuyos párrafos, en semejantes dosis, están cargados de juicios, hallazgos, vislumbres y toda esa riqueza interior que, de escritor a escritor, se vuelve acicate y río de tinta.

Pozo inmenso aún por explorar, por desentrañar. A Paz debemos mirarlo desde dentro, desde sus palabras/guía, en sus preocupaciones perdurables, en su yo entrelazado al alfabeto serpentino, en su innegable diversidad. Hoy más que nunca su obra es oportuna justamente porque el régimen piramidal se desmorona y entre culebras, regueros de sangre, violencia al modo chichimeca y altares redivivos del México-Tenochtitlan, el yo que compartimos tambalea de nuevo como en los peores ciclos presididos por Huitzilopochtli y su madre Cuatlicue, su tlatoani, sus culebras, los signos rotos y las piedras…