Martha Robles

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Autora de ensayos, novelas, cuentos y prosas, la escritora Martha Robles nació en Guadalajara, Jalisco, México.  Si Alfonso Reyes la contagió de su pasión por Grecia, Yourcenar de la reinvención del pasado. Más que influencias, ciertos libros y autores nutrieron su curiosidad: Malraux, por su manera de relacionarse con el arte y María Zambrano mediante la estética del pensamiento. Largas estancias en Europa, Estados Unidos e India le revelaron el potencial de la tragedia y los mitos para entender la complejidad humana. Asidua de Woolf, Borges, Steiner, Manguel, Camus, Paz, Sergio Pitol y Pessoa, por ejemplo, sus obras avivaron un temprano culto por la lectura, tanto del pasado remoto como de autores contemporáneos. Fiel a la que llama “ficción verdadera”, la diversidad de sus temas oscilan entre la ficción, la cultura ateniense, las “biografías clandestinas” y el drama de nuestros días, sin descuidar la crítica ni la realidad femenina. Tal variedad de intereses  consta en 26 libros y plaquetas publicados, además de una vasta hemerografía.

Tres cosas aprendió durante su breve estancia infantil en su Guadalajara natal: caminar, leer y observar. Cuando por razones políticas su numerosa familia se trasladó a la ciudad de México al filo de los años sesenta, descubrió que para sobrevivir las consecuencias de la disidencia paterna tenía que entender las durezas de un medio históricamente cerrado, antifemenino y dominado por prejuicios y supersticiones. Ni el conservadurismo extremo del medio siglo le impidió cultivar su pasión por el lenguaje. En su escuela de monjas, la biblioteca era el salón de los castigos: sin más títulos que unos cuantos dedicados a vidas de santos, a las niñas se les prohibía acceder a la literatura y no se les enseñaba más filosofía que la propia de “la defensa de la religión”. La necesidad de sortear innumerables obstáculos no sólo fortaleció su fervor por la lectura, también determinó su destino de escritora al considerar la palabra como instrumento de liberación. Kafka, Dovstoievski, Tolstoi, Hemingway, Graves, Mercé Rodoreda, Sábato, Carpentier y una larga lista de escritores españoles e ingleses la encaminaron hacia la búsqueda de autores inimaginables en un ámbito regulado por la exigencia de no pensar ni criticar, rechazar lo distinto e ir creciendo en estado de simulación permanente.

La Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM era, a finales de la década de los sesenta, un hervidero de rebeldía juvenil, de lucha generacional y propaganda ideológica. El movimiento estudiantil de 1968, cargado de persecuciones policiacas, de difusos ideales democratizadores y de aportaciones feministas, le permitiría atreverse con las primeras transgresiones al final de su adolescencia.  Salir del país y descubrir maestros principalmente en Nueva York, Berkeley y Holanda fue indispensable para emprender un verdadero proceso de iniciación intelectual durante los años setenta. Su interés por desentrañar lo femenino en un mundo colmado de máscaras y contradicciones le ha permitido, desde entonces, romper con la tradición y encontrar una voz propia.

“Hay que ver en Martha Robles un caso sui géneris de las letras mexicanas -escribió la poeta Tita Valencia: “Solitaria, autosuficiente, soberbia y a su manera humilde, ha desarrollado su profesión al margen de capillas, talleres, corrientes y proselitismos con el rigor disciplinario de un monje budista o de una bailarina del Bolshoi; pero, en todo caso, con un rigor más propio de las ciencias exactas que de las artes libres”.

Martha descubrió oportunamente que eran inconciliables las exigencias burocráticas de la academia y la transgresión implícita en la creación literaria, a pesar de haberse graduado con Mención Honorífica en Sociología, en 1973, y de haberle otorgado la UNAM la medalla Gabino Barreda “al más alto mérito universitario”, en 1988, por su Maestría en Letras Hispánicas. A cambio de probarse como escritora independiente en un medio mexicano de espaldas a los libros, renunció en 1989 a su destacada carrera de investigadora en el Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Tal elección acentuó su aislamiento, aunque le ha permitido explorar los límites de la libertad no sólo al fincar un estilo, sino al atreverse con temas y posturas críticas sólo posibles en pleno ejercicio de la autonomía moral.

Ernesto de la Peña escribió que Martha Robles sabe convertir la glosa cotidiana en advertencia pública, humanística, que podría servir para otros momentos de la vida y, como complemento, la trueca en evocación de un pretérito al que la escritora confiere, con irónica, sabia ingenuidad, un tinte prestigioso y un halo de asepsia”.
A excusa del temblor que devastó la Ciudad de México, en septiembre de 1985 irrumpió en el cerrado ámbito periodístico. Después de algunos años de colaborar semanalmente en la Página Editorial consiguió convertirse, en 1991, en la primera escritora mexicana que conquistaba con análisis políticos, artículos de fondo y reflexiones sobre la cultura, un espacio semanal en la Primera Plana de Excélsior, sitio que conservó hasta  2006, una vez vendido este diario a un empresario local. Distinguida en 1996  con el Premio Nacional de Periodismo “Carlos María de Bustamante”, otorgado por el Club de Periodistas de México, suele decirse de ella que no deja de ser escritora en el diario ni desdeña la agilidad propia del periodista para enriquecer sus ficciones.

Libro a libro ha escapado a la tentación de las clasificaciones. Sus biografías noveladas en primera persona exhiben el saber recóndito. Invariablemente busca la raíz, la verdad oculta de las cosas. Su exploración de lo sagrado la ha remitido a la interpretación de mitos que, especialmente griegos y femeninos,  hacen de sus letras una forma peculiar de entender nuestro tiempo. La tarea radiofónica ha completado la literaria durante distintas etapas de su vida. “Son los vasos comunicantes con los que la circunstancia mundial incorpora al escritor a las modalidades expresivas del arte de la palabra”. Así ha demostrado que la Antigüedad, la poesía o las referencias clásicas o modernas no sólo atraen el interés sostenido del gran público, sino que pueden convertirse en asuntos capaces de competir con programas que el prejuicio comercial considera privativos del entretenimiento.

Además de analizar la situación femenina y el triste estado de la educación mexicana, refleja su pasión por la historia de la cultura en la diversidad temática de su obra. Sus referencias principales se sitúan no sólo en la raíz de las religiones, sino en la antigüedad griega y el helenismo, de donde ha venido a centrar su curiosidad por la idea del Destino, la actualidad de los mitos, el significado del héroe y la presencia de lo sagrado en el pensamiento contemporáneo. Sin embargo, puede afirmarse que la creación literaria en sí y el misterio de la Palabra son sus preocupaciones más perdurables.

Entender su circunstancia, por otra parte, exigía estudiar sus orígenes culturales. De ahí que fuera la primera en historiar y examinar la obra de las escritoras mexicanas, desde el siglo XVII hasta el XX: una larga trayectoria –dice-, sembrada de tentativas, omisiones y, después de Sor Juana, algunas muestras de calidad indudable que aún aguardan el reconocimiento que merecen en un medio que no solamente tiende a desdeñar el verdadero talento femenino, sino que se caracteriza por la escasez alarmante de lectores.

Reconoce que para las escritoras mexicanas ha sido arduo el camino hacia el ensayo, quizá porque en nuestra historia cultural prevalecen las causas que todavía impiden a las mujeres dar el salto a la escritura reflexiva y, consecuentemente, a la literatura de gran aliento.