La eternidad

POR BORGES, EN SU ANIVERSARIO LUCTUOSO

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La eternidad, “esa fatigada esperanza”, alarga el destino hasta la sinrazón, la oscuridad y el caos.  Tal la pesadilla infaltable en Borges, para quien la idea del tiempo es irreversible y, “de una vez para siempre”, abarca el todo de manera inexorable.  Fijo en su esencia, el infinito está condenado a la duplicidad; es decir, a repetirse. De ahí su obsesión con el espejo, la espiral y el laberinto, cuya infinitud entraña el fatal  desdoblamiento de las cosas, sin descontar la tendencia de los hombres a reproducirse. Para su horror, esa temible dualidad sucesiva le hizo creer que si el orden inferior espejea el orden superior, entonces “las formas de la tierra corresponden a las del cielo”. 
De suyo agregó a la mitología moderna dos sugerentes  signos de la pesadilla, a la que llamó “terror de la noche” u “obstinada repetición de lo cotidiano”: la propia sombra y el “otro yo”, inseparables de sus disquisiciones especulares. Cuando supo que la memoria era una forma de prolongar sus temidas sombras, discurrió que, como el tiempo, el laberinto lineal le resultaba espantoso, por irreversible. Quiso por eso morir completo, morir del todo, para librarse del yugo de esa infinitud que acaso, según afirmara en su  Historia de la eternidad, es el problema “más vital de la metafísica”.  
Al respecto, le intrigó tanto el  fluir del pasado hacia el porvenir como la idea de  la simultaneidad que, acaso emanados de la inteligencia Divina, abarcan todas las cosas. Esta figura de la continuidad infinita fue  una de sus preocupaciones más persistentes, quizá desde que le fascinaran los arquetipos platónicos y el universo unánime sugerido por Plotino, a quien debemos la certeza de que “todos están en todas partes y todo está en todo”.
Lector puntilloso de Schopenhauer, creyó con él que “destino y vida de los leones quieren la leonidad que, considerada en el tiempo, es un león inmortal que se mantiene –o conserva su esencia-  mediante la infinita reposición de los individuos cuya generación y cuya muerte forman el pulso de esa imperecedera figura.”  
Y eso es lo inquietante, desde que los días en que los remotos griegos –y especialmente Platón- pensaron este misterio sin resolver: el tiempo es la sustancia de que estamos hechos.  Una sustancia, sin embargo, que entraña su negación por el temor a la muerte. Así que, como en esa leonidad que hace que el último león sea en cierta forma el primero y que ambos sean eso, león y no otra cosa, el hombre es respecto del tiempo y la idea del tiempo la sucesión de todos los hombres y el mismo hombre. 
La lección de “Refutación del tiempo” consiste en advertir que en todos los hombres existe el deseo de destruir el tiempo, engañarlo, dilatarlo, enmascararlo o convertirlo en rutina, acaso para “vencerlo” de manera ilusoria. Fusionada a  los juegos de la razón que tanto lo fascinaron, perduran en una  sola fórmula terrorífica, no obstante poética y filosófica, los cuatro pilares del  “universo borgeano”: tiempo, espejo, laberinto y pesadilla. 
Al deliberar en este sentido sobre todas las obras que son sólo una, sueño y palabra no le permitieron  desandar el infinito del espejo, como sería de esperar en nuestra “lógica” del tiempo. Kafkiano confeso, prefirió dilucidar sobre el desdoblamiento de la identidad especular mediante los dos planos del sueño creador: uno, ilustrado en “Pierre Menard, autor del Quijote” y el otro, vinculado al   terror en estado de vigilia que leemos en “Borges y yo” y especialmente en “El otro Borges”, un texto verdaderamente fascinante.
En cierta forma, Borges compartió la ansiedad de Edmond Jabés al corroborar que toda tentativa del escritor por desentrañar la voz esencial que se oculta detrás del libro conduce a un irremediable fracaso. Como la citada  leonidad, el libro es el libro, es el libro, aunque en su lectura no nos esté dado más que conocerlo en fragmentos. Somos exploradores limitados, apenas curiosos que ven –o vislumbran- al través de rendijas. El reflejo de tales rendijas, por impreciso, nos lleva a confundir sueño, vigilia  y palabra del mismo modo que ocurre respecto del tiempo y la idea del tiempo, por lo que la figura borgeana del terror se eleva, por necesidad,  a una cuestión metafísica.
Para él, la llamada “realidad inmediata”, la que se nos ofrece sin buscarla, está colmada de duplicidades, a pesar de su aparente orden y prolijidad. Dueña de máscaras y subterfugios, en sí contiene una fisura por donde  se infiltra la duda de si en verdad soñamos nuestro mundo ilusorio o estamos soñando la precariedad del universo, la limitación del yo o la inconsistencia del tiempo. Su respuesta a la tergiversación de “lo real” sería la creación de un orbe escritural, un fundamento de “ficciones”, donde la palabra dota de sentido al hombre volviéndolo sujeto o motivo de una trama existencial. Éste –el hombre-  se desentraña al multiplicar alfabetos, sueños y signos que lo incluyen en el movimiento calendárico. Un movimiento que, cuando despojado de su trama, hace insoportable el hecho de vivir: “En cuanto el relato deja de ser necesario puede morir. Es el narrador quien lo mata, puesto que ya no cumple una función”. 
Este genial argentino nunca contempló con igual alcance la posibilidad contraria como fuente del mismo horror, aunque está en su sugerencia. De hecho, si no es el hombre el que sueña el universo, sino el universo el soñador del hombre, resulta que sí, como advierte Jabés, está el Libro anterior a todos los libros; y está la voz, el Verbo del origen, antes que todas las palabras y todos sus significados. Toda habla o escritura, por consiguiente, no hace sino manifestarse en fragmentos. 
Si Borges no fascinara por su obsesiva y necia reflexión sobre los espejos, bastaría la perfecta belleza de su palabra para  reconocerlo fundador de una arquitectura lingüística tan cercana y lejana del idioma heredado, que por sí misma constituye una Summa, un Canon y una ruptura.  Muerto ya, parecen insulsos los días en que se lo impugnaba por “reaccionario”, “libresco”  o “anarquista conservador” (como gustaba definirse). No fue sin embargo indiferente a las cuestiones sociales  que encendían la imaginación y las preferencias de intelectuales coetáneos. La diferencia es que mientras él discurría “ficciones” en torno del hombre que es todos los hombres, los otros reservaban energía para condenarlo, denostarlo y descalificarlo por distinto y ajeno a su “corpus” de ideas o prejuicios peregrinos. Al respecto vale traer a cuento esa jugada del destino que, con suerte, suele encumbrar al impugnado y arrojar al olvido al montón de profetas adueñados de la verdad y lo trascendente. Por fortuna Borges vive en la palabra, en tanto y de sus furibundos detractores no recordamos ni sus nombres.   
Lo pertinente es señalar que el tiempo borgeano, acaso contra su deseo, habría de triunfar sobre los olvidos dirigidos a desdeñar su literatura. Hoy lo ponderan inclusive quienes jamás lo han leído, aunque en su hora participaran del ninguneo que espejeaba la fatalidad del hado, en la que sin duda también creyó. Década tras década, en torno de Borges va creciendo un anecdotario que, de manera irónica, lo encumbra como el personaje ficticio que solía intrigarlo y que ya se antoja mitificado, consagrado sin rival y misterioso, igual que sus ficciones.
 Elevado a “uno de nuestros clásicos” se repiten a coro sus juegos, sus puntales míticos, sus aciertos y sus palabras, a pesar de no que faltan quienes cedan a la tentación  de aclarar que fue “un escritor para escritores”, un “autor complicado”, como si eso tuviera sentido o siquiera importancia: ¿acaso los hay de otra índole? Ya lo dijo Unamuno: El que es, es. Hasta donde sabemos y lo demuestra la historia, nunca, en lugar o tiempo alguno, las masas han sido devotas de las letras. Ni qué decir de la filosofía. Mucho menos frecuentan los libros quienes temen el desafío de la inteligencia. Curioso si los hay, tal vez este destino pertenezca también a una de sus historias fantásticas que leída y releída, al duplicarse se vuelve distinta: un vencedor, desde la tumba, que desafía a sus enemigos con las armas de la razón, con el poder del lenguaje y mediante inacabables juegos de sinrazón.
Nadie como él trataría lo siniestro, la crueldad y la infamia.   Tampoco nadie ha sido capaz, como él -un poeta que “sintió nostalgia del destino épico de sus mayores”-, de ponderar el valor entre las pocas virtudes de que son capaces los hombres. Practicó la sátira. Reconoció que Groussac y Reyes le enseñaron a simplificar el vocabulario. Y como él mismo escribiera en su nota para una supuesta Enciclopedia Sudamericana, “que se publicará en Santiago de Chile el año 2074”, descreyó del libre albedrío.  Nada disfrutaba más, finalmente, que repetir esta sentencia de Carlyle: “La historia universal es un texto que estamos obligados a leer y a escribir incesantemente y en el cual también nos escriben”.