México en vilo


Baño en escuela o aula rural en Las Margaritas, Chiapas

Baño en escuela o aula rural en Las Margaritas, Chiapas

Esta es la mayor fractura del país, después del Levantamiento Armado. La población llegó al límite. Ya no es la gobernabilidad lo que está a debate. Es el Estado el que se balancea sobre el abismo. En hora tan aciaga, la única reforma confiable, oportuna inaplazable y exigida por unanimidad, es la que compete a la costumbre del poder. Y ésta no requiere más tarea que aplicar la Ley. Tal cual. Ni Comisiones de investigación, ni inventos tramposos, ni comités de la verdad ni grupitos sacados de la manga y metidos a las nóminas para distraer inconformes. Corrupción y más corrupción, en todas su modalidades y jerarquías, es lo que flota como nata inmunda en el territorio. Apuntados con el dedo y bajo reflectores, las fechorías son públicas e incontables. Todos nos enteramos de “negocios”, tantos por ciento, arreglos, componendas, alianzas, embutes, fraudes, extorsiones. Con la impunidad prosperó el cinismo, lo que permitió que los pillos trabajaran de honrados, decentísimos, académicos y acumuladores de salarios tan desmesurados como “legales”. Ya no es posible caer más bajo.

La población se tardó en reaccionar.  La tragedia guerrerense no es, por desgracia, un caso aislado, pero encendió la bomba. Decapitados, torturados y tirados en fosas clandestinas, basureros o a cielo abierto, miles antes que ellos abultaron las estadísticas de jóvenes víctimas de violencia. Otros tantos continúan engrosando las cifras. Se trata de un encarnizamiento de adultos contra muchachos, en mayoría de sexo masculino. Algo como un enorme filicidio, un odio extremo de padres contra hijos, una torcedura de la rivalidad implícita en la lucha generacional, pero a la inversa. Aquí son los mayores los que aplastan a los que vienen para impedir que los superen, los llamen a cuentas y/o conquisten su propio lugar en el mundo.

 El fenómeno no se circunscribe a los crímenes. El estado miserable de las escuelas rurales, así como de las normales y recintos supuestamente dedicados a la formación de nuevas generaciones, conforma este complejo fenómeno de desprecio extremo a los jóvenes. Simbolizado por el Cronos devorador de sus hijos, aquí lo encabezan los gobernantes y las mal llamadas autoridades. De hecho, el sistema político fundó su autoritarismo en esta monstruosidad paternal. Y el modelo no pudo conciliarse mejor con el machismo, hasta rematar con esta carnicería. Aquí “La Ley del Padre” se impone con sujeción totalizadora, con impedimentos al natural desarrollo de los vástagos, con malos tratos sociales  y actos de indignidad  para cerrar puertas y vejar de todos los modos posibles. Ni alternativas laborales o de recreación ni formativas de calidad; tampoco un saber a la altura de los tiempos, servicios adecuados, ni derechos ni actividades cívicas: el medio condena a los jóvenes a la ignominia. No es casual, por consiguiente, que el Gobierno, en todas sus instancias, actúe como si de manera consciente estuviera decidido a exterminarlos, a envilecerlos y degradarlos. La conducta social también lleva su parte de responsabilidad. Y eso debe cambiar.

En vez de invertir en establecimientos, maestros y materiales para las nuevas generaciones, se ha optado por pervertir la función de educarlos. No hay más que asomarse a recintos e internados rurales, como la normal guerrerense, para comprobar que su situación miserable es un espejo fiel del ultraje  al que me refiero. El colmo es que el Estado espera una dócil conformidad y hasta agradecimiento de los humillados, al modo de los hijos maltratados. Y si esto es el núcleo a donde van a parar los males, los círculos concéntricos se ensanchan en complejidad y pudrición hasta perderse de vista: allí está el sucio historial de los sindicatos y manos amigas, allá los tejemanejes, las plazas vendidas, trampas, saqueos, improvisación, castigos presupuestales, engaños, encubrimientos delictivos, fraudes, deficiencias, y agréguele usted a la lista negra para exhibir la mugre nacional, de una vez por todas.

Complemento de lo anterior, llegamos a creer eterno, intocable, invencible y sagaz el triunfo de los bribones. Es innegable que el lavadero no es exclusivo de narcos inventa/dinero/limpio. También fluye en el surtidor de salarios, pensiones, “bonos”, sobresueldos, aviadurías, gratificaciones y otras ocurrencias perversas, cuyos beneficios no se detienen en los tres poderes de la República. El abuso en connivencia se multiplica con alegre libertad a lo largo y ancho del presupuesto, e inclusive hay suficiente para satisfacer ensoñaciones partidistas, falacias judiciales y de derechos humanos, así como otras desviaciones impensables en sociedades democráticas.

En resumen: la frustración crece por minutos y la peligrosidad está a la vuelta de la esquina. El agujero mexicano, abierto desde Iguala, ya no acepta parches. Con el índice internacional presionando, esta realidad cambia o dejamos que la disolución social, política y económica se meta hasta las cunas. Por primera vez hay consenso en la población. Tanto es así, que los partidos políticos han quedado aplastados, encuerados, inutilizados y, no obstante su fracaso, aún agarrados a los subsidios, como bestias acosadas. Está por ver por cuál de las puertas falsas pretenden salvarse.

Es momento de barrer con la cáfila de pillos que tanto daño hacen a las generaciones. Momento para sanear la justicia y obligar al SNTE y anexas a utilizar fondos para restaurar escuelas y daños colaterales. Como solución de emergencia, este sería un golpe político invaluable. Después de esta experiencia, el Gobierno ya no puede hacer la vista gorda ante el pudridero. Tampoco seguir alentándolo. La fotografía que tomé de un “baño” en Las Margaritas, Chiapas, aledaño al aula única y paupérrima, muestra el agujero que sirve de excusado. Y así lo demás. ¿Reforma educativa sin instalaciones decorosas? Da pena abundar en lo inocultable, en lo que se explica por sí mismo.

Hace falta inteligencia política. Falta destreza para atender conflictos paralelos y evitar mayores hogueras. Los tiempos en política son exigentes, pero implacables: se atienden o se cobran con mayores consecuencias. Por desgracia, pesan aún usos y vicios del estilo de poder que impide aplicar este principio invaluable. Con un dedo de previsión o sensibilidad, el Secretario de Educación ya debería haber emprendido la tarea de restauración de las normales. Prioritarios, los internados rurales ya tendrían lo que durante años no cesan de demandar, y los alumnos no continuarían aguardando en vano camas, alimentos, accesorios laborales y servicios dignos.

No se puede esperar al desenlace de  la tragedia porque otras ya están en gestación y hay que evitarlas. Si algo enseñan los griegos –sabios en tanto- es que el movimiento trágico es eso, precisamente: movimiento imparable, lo que significa que, en su vorágine sangrienta, arrastra a sus víctimas sin que el clamor  de piedad o misericordia impida la sucesión de crueldades.

Lo fundamental es romper por alguna arista la psicología del desastre. Qué mejor que emprender la tarea de reconstrucción y dejar que la sociedad participe, ahora sí, de manera organizada y responsable.