Don Quijote: El esqueleto de un sueño, 2

  Picasso

Picasso

Al alborear y salir al camino desde su primera etapa, don Quijote fue al encuentro de un sueño de amor que lo salvara de lo real y lo dotara de una identidad elegida desde la razón sin razón que lo convirtió en protagonista de una libertad inseparable del anhelo de realizarse y triunfar en su propia invención. Disfrutó y persistió en la fábula de ser otro, a pesar de que más y peor iba probando el peligro de ceder a una ambigüedad entre la naturaleza de Alonso Quijano y el descubrimiento de sí mismo como Caballero Andante, sin prefigurarse en el porvenir. El dilema entre ser y querer ser estalló al filo de la muerte, cuando en su agonía Alonso Quijano repasó su pasado, vislumbró en soledad el trasfondo del desvarío y, cansado de la existencia, dejó que el silencio mantuviera en suspenso el misterio de si es o no posible cambiar el destino mediante lo que María Zambrano llamara “el sueño creador”.

La tentativa de ir contra el impulso de la propia historia es, en todo caso, la originalidad cervantina al situar en la metáfora del camino una huía existencial hacia adelante, supeditada a la invención de uno mismo al través de un sueño; un sueño, en este caso, de amor, nobleza y heroicidad. Precisamente por balancearse entre la soñación, el ideal y el ridículo, el Quijote experimentó una forma de libertad imposible en el aparente estado de cordura. Al menos mientras duró la aventura novelesca de probar los alcances de  su bondad esencial, exploró su verdad y, con ella, el carácter que habría de universalizarlo. Eso es lo excepcional de esta obra teñida de drama y visos trágicos. Por eso, por la complejidad implícita en un personaje que se desdobla en sí mismo, en su creador, en su escudero, en la España profunda, en el hombre que fue y el que creyó, son incontables las tentativas de interpretar cuanto envuelve a esta ficción, generación tras generación.

Cervantes emprendió su propia trasmutación en personaje y relator al parodiar las novelas de caballería, sin sospechar que había cocinado al héroe más perdurable y representativo de la lengua y la vida española.  Tuvo en claro que a nadie le gusta mostrar su parte más débil ni reconocerse en el dislate que exhibe la fragilidad de lo humano. Y, al amparo de la enajenación, depositó en un protagonista el drama del miedo a no ser amado, a ser sin vida propia y no ser el que se desea o se sueña ser.  Y, en medio de venturas alucinantes y desventuras lastimosas, dejó más de una constancia de hasta donde el miedo, inclusive a lo imaginario, es más poderoso que cualquier enemigo. Peor incluso que la locura. El Quijote se cuidó de él, salvo cuando, con Sancho, fueran apedreados y desvalijados por los galeotes a quienes previamente había “liberado”.

Sobre los hechos de armas y en especial cuando más tundido quedaba, solía decir a su buen y paciente escudero que el miedo infunde sus malas artes al hechicero y arremete con saña para allanar el camino no sólo a las Furias, sino a los herederos de la Santa Hermandad o al ejército de sombras que se regodean exaltando o paralizando a sus presas, de acuerdo a sus muchas y amañadas leyes. A la luz, donde mejor se realiza el trabajo de perturbar el buen ánimo, el miedo ofrece ocasión, incluso a los más valientes, de ceder el mando a las fuerzas oscuras. Nos hace abandonar el campo en pleno combate empeorando el error, envileciendo los desaciertos y reduciéndonos a prisioneros de sus más bajos impulsos:

 “Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia en la generosidad y buen pecho; a la ira en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza con andar en todas las partes del mundo buscando las ocasiones que nos pueden hacer y hagan, sobre cristianos famosos caballeros”, agregaría nuestro iluso soñador años después, al tomar por tercera y última vez el camino del Toboso, cuando ya la lucidez daba señas de remontar una sabiduría primordial, sin la cual ninguna esperanza es posible.

De entre la vasta población de hechiceros y encantadores que frecuentan la historia y sin cuya intervención el de La triste Figura no hubiera transitado de la enajenación a un conmovedor heroísmo, destaca la urgencia íntima que, más que liberar a los débiles, pide ser liberada. Y es que el destino trágico, siempre por delante de los enigmas de la conciencia, muestra a sus víctimas el escenario, el suceso que desencadena la lógica errática y las consecuencias nefastas que conlleva una acción que, inevitable de acuerdo a las leyes del hado, trastoca la función aclaradora del pensamiento hasta ofuscar el sentido del bien, lo real y el principio esperanza en el que se funda la historia.

En esa batalla entre la cordura y la tribulación, decisiva para un ser en pos del sentido de vida, triunfó el protagonista de la novela, pues entrevió un dilema trascendental entre lo fabulado y la realidad y por fin se sintió libre, al menos para enfrentar con sosiego a la muerte. Libre de sombras y figuras perturbadoras. Libre de su propio trastorno y desprendido del recuerdo y del olvido para dejar un hombre a solas con la fuerza consagrada del verbo original, primicio y fundador, que lo dotó de sentido.

Mito ambiguo, siempre actual y sugestivo. En sí conlleva la cifra de la palabra y su correspondiete sueño, así como el de muchas obras y muchas palabras que remontan el espíritu hasta entronizarse en la complejidad de las letras. Son éstas las que sitúan a un lector en su tiempo y las que borran el tiempo de un personaje que, entre otras hazañas, logró la mayor de burlar el cerco del calendario. Finalmente al Quijote corresponde una fusión sin igual del silencio y su voz; una voz encontrada en el paisaje manchego, la voz del camino, la de la aventura y la ficción verdadera.

Otra es la palabra, distinta en lo esencial a la del aventurero andante, la del moribundo que avanza hacia el estado de lucidez cuanto menor es su saldo de vida. Así, en páginas/instante que sellan el destino de creador y criatura, de Cervantes y el Quijote, del lector y la obra, la historia de pronto adquiere otro rumbo, otro ritmo y una solemnidad que, casi, linda en lo sagrado. Se manifiesta mediante un leve fulgor que  cede al estado de lucidez que le permite a Alonso Quijano morir viviendo en libertad, dueño de sí mismo: algo insólito que confirma la mudanza anticipada en la primeras páginas de la aventura y la misma que, al llegar a su término, se convierte en principio de algo perturbador, cuyo enigma perdura expuesto al juego de la interpretación después de cuatrocientos años.

Por la palabra se gesta una historia de desvaríos en los que el lenguaje, más allá de ser el portador del misterio trágico del personaje, resulta eje de su figura mitificada: la letra es saldo de memoria creativa y barullo alucinante del pensamiento perturbado. Es también aspiración de escritura para contar los “extraordinarios sucesos” del caballero de la triste figura y, por su natural ambiguo, vía enajenante y de salvación. Por la palabra don Quijote se redime de pendencias, delirios, espectros y malos tratos y se dispone a morir en su tierra dicen que con el juicio recuperado, pero más bien se antoja creer que des-encantado de la tremenda aventura que lo llevó a conocer sus límites; y, con ellos, los del ser de razón que aun durante la sin razón cultiva las más altas virtudes.

Y la virtud inevitablemente lo iluminaba para entender la trascendencia de lo que solía pregonarse: “amar y después morir”. Frase que equivale, en su caso, a ser compasivo y comprensivo ante la vaguedad que define el estado de humanidad. De ahí el poder sugestivo e incómodo del autor, de la novela y el mito; y de ahí, también, la derrama de dudas que continúa prodigando la imagen yacente de aquel manchego que reinventó su mundo para hacer tolerable la realidad que lo habitaba.

En el trance de Alonso Quijano al caballero andante y de éste a Alonso Quijano el Bueno de quien, después de su íntimo y lacónico acto de confesión sólo quedara una interrogante, Cervantes creó la saga e inclusive la leyenda de una cultura que nos alcanza no nada más por el poder de la lengua, también por los signos que congregan tragedia y búsqueda ancestral del hombre que pugna por manifestarse detrás del ser en su circunstancia. Y más allá de un silencio peculiar, parecido a una pausa que anticipara el advenimiento del hombre nuevo, el lector vislumbra en la meditación quijotesca, desde la distancia del calendario y la geografía cultural, no al agónico Alonso ni al caballero que se despide del mundo rodeado de afectos, sino al prodigioso Miguel de Cervantes que a su vez se vaciara de sí por deshacer el equívoco que dejara en vilo el esqueleto de un sueño; un sueño de ser libre y creativo; un sueño como traído desde la hondura de la conciencia y que, pese a todo, no acaba de manifestarse.

Compasivo de principio a fin, es el hombre de letras quien suscita el despertar del “famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso” y de su escudero Sancho Panza, quien “tenía más gracias que llovidas”. Y ambiguos tenían que ser el creador, el protagonista y su mito, porque el manco jugaba a quitarle y ponerle velos a la apariencia hasta dejar al desnudo el nervio que impele al espíritu a igualarse a los dioses, en tanto y sus criaturas se debatían entre la reincidencia del yerro y la búsqueda de claridad o al menos de paz.

Entregado devotamente a la verdad del revés que iba eslabonando en medio de desatinos y muestras de la más noble sabiduría, la figura de un hombre urgido de hacer justicia y bien al desamparado que vaga sin rumbo y sin embargo con la guía de un ideal es ofrecida a los niños como arquetipo de humanidad y cifra de la más perfecta literatura. Locura de voz que anda en pos de una palabra esencial, alucinación que congrega el habla de un tiempo, el saber de una vida, el idealismo y la transición permanente de la realidad a la fábula, el delirio de Alonso Quijano provocó en la niña lectora e imaginativa que fui el primer brote de compasión que aún sin saber que tal sentimiento existía y podía ser nombrado me condujo a la búsqueda de esa tan suya “verdad verdadera” que con la intensidad de su sola certeza lo llevó a afirmar: “yo se quién soy…” en una España que, ensombrecida por el fanatismo eclesial, parecía empeñada no solo en que nadie fuera el que era, sino que simplemente no fuera.

El Quijote, además, me encaminó a la pasión por desentrañar lo que la historia no cuenta. Me orientó al texto inacabable, en eterno proceso, que subyace bajo lo más aparente y solo mediante la poesía accede a manifestarse. Historia o raíz de vida que tarde o temprano, si no triunfa, al menos enseña lo verdaderamente fundamental, como sucede con las criaturas apasionadas que solo el genio de Shakespeare consiguiera desmenuzar.

Don Quijote de la Mancha, como todo cuento transmutado en mito, contiene tantas versiones cuantos ojos se acercan a él en busca no del héroe idealizado sobre el ridículo, sino de la celebración misma que lo aclama como cifra de originalidad, calidad moral, ambigüedad e ironía emotiva: signos, éstos, de un carácter que, para nuestra era caótica, representan el desfiguro cuando confrontan la existencia de un poder inescrutable detrás del poder.

En principio creí que cierta lucidez aunada al cultivo del espíritu podría liberar a los hombres no únicamente de sí mismos, sino de los “encantadores” que continúan confundiendo a los protagonistas de ciertas hazañas tenidas por extraordinarias. Luego, por necesidad de inquirir la ambigüedad del saber, de la vida y la mente, comencé a auscultar los juegos de la memoria y reapareció en mi curiosidad el misterioso Alonso Quijano y su par Pierre Menard, que lo reescribió “letra por letra, sin que faltara ninguna”, por el prodigio inicial de Unamuno y después, gracias al genio de Jorge Luis Borges para volver ficción desprendida de otra ficción. Todo se transformó entonces, a la luz de la cultura que ahora no da rostro a todos: Uno que soñaba con hacer más de los que los libros de caballería le habían enseñado, y otro por trascender las fronteras de la lucidez y del sueño, creador y criatura encarecen todavía sus prodigios en la escritora que soy. Perdura la mirada infantil que me llevó a sorprenderme ante la extraña peculiaridad del caballero a lomo de Rocinante. Reconozco aún el temor que experimenté durante la primera lectura y el deslumbramiento que siguió a tan afortunada ocasión de adentrarme en el trasfondo de las palabras.

Necesitaba, sin embargo, un puente de voces para entender, para esclarecer el enigma que entraña el mito de un hombre salvado por la palabra. Gracias a la formación espiritual que adquiriera de la otra España, la de Valle Inclán, Machado, Ortega y Zambrano. La de Velázquez, Goya, Picasso y Miró. La España también peregrina que trajo a esta tierra ciencia, amor y poesía, comprendí que no hay razón pura sin tintes de sin razón. Entonces releí y miré a Cervantes con pretensión de madurez y cordura. Reconocí la consagración del lenguaje y, con la misma mirada infantil, me detuve ante el moribundo Alonso hasta darme cuenta del más puro sentido que alberga la compasión. Entonces pude nombrar este sentimiento que tanto bien podría hacernos en este mundo violento y entendí la grandeza que se sobrepone a una mentira por la cual participamos de la vida y lo vivo como prisioneros de la conciencia. A diferencia de los remotos Heracles, Perseos, Jasones o aun de un Odiseo que fundó la novela, don Quijote sintió en su interior el acicate de ser hombre: de ahí el verdadero hechizo. Y de ahí, también, su soledad insondable, el esqueleto de su “verdad verdadera”.