Robo

Empujé la puerta con la sospecha de que los rateros se habían servido a sus anchas. El primer vistazo no me pareció tan desalentador, pero todos los muebles estaban abiertos y el agujero de los faltantes fue creciendo mientras mi corazón retumbaba. De golpe despertó mi memoria y supe, casi con precisión, que “esto y aquello no están donde debían estar; tampoco mi pequeña laptop, ni mis plumas cargadas de historia, ni, ni…”, Intactos en las dos bibliotecas, los libros en perfecto orden contrastaban el vacío que dejan objetos y personas amadas cuando desaparecen abruptamente.

Mi intimidad, mi espacio había sido violentado. Ante semejante agresión, me sentí profundamente vulnerada, indefensa. Las ausencias dotaban de una fuerza extraña a los símbolos, mientras que el pasado adquiría forma ante la evidencia de lo perdido; es decir, en lo que ya no está ni nos pertenece, aunque continúa cargado de ayeres que seguirán como hoy por mucho tiempo. “Qué extraño es todo esto”, pensaba. “¡Y qué hondo, que inabarcable es el desamparo!” ¿A quién acudir? ¿En qué hombro apoyarme? ¿por dónde empezar?" Solo en casos así sabemos cuán importantes son no los apegos, sino los referentes que completan nuestra identidad y nos hacen sentir de dónde somos, de qué materia estamos hechos y cuán complejas son las abstracciones que nos permiten forjar un carácter. “Cierra los ojos -me dije-: esta es tu realidad y debes enfrentarla…”

¿Cuántos vinos y otras botellas decidieron que “eran lo suyo”? Cogieron a discreción... Venían por la plata y cuanto pudieran transportar en una maleta, desde luego mía, además de en mis bolsos finos, fundas y sabe dios en qué más. Lo asombroso es que pudieran sacar los bultos con tal desfachatez, a pesar de que existe un equipo de vigilancia bancaria en la colonia que ahora lo se, cumple muy mal con su deber.   Recorrí con cautela la planta baja rogando amparo al ángel guardián, pero mi angelito tenía rato ocupado en otros menesteres. Así lo comprobé al entrar a mi recámara: mi orden convertido en caos, como en un bombardeo. La flor, la jarrita del té, la manta que ha cobijado las horas más tristes: todo estaba manoseado por uno o dos miserables que no me inspiran la mínima compasión. Y todo estaba mermado de manera grosera. Así, frente a una escena de saqueo y devastación, no pude menos que realizar mentalmente el inventario de horrores: cajones rotos, estuches vacíos regados de cualquier modo, bolsos y mis collares, aretes y brazaletes robados, zapatos, fotografías, trapos, sillones movidos.... 

Inhala exhala, repetía al darme cuenta de cuán benéficas han sido en mi vida tantas décadas de practicar yoga.  Reconocí una suerte de ecuanimidad, algo que fluía con la certeza de que la vida es un río, las cosas se mueven, nada permanece y solo debemos aspirar a que lo esencial prevalezca por encima de lo secundario.

Pasado el trance y la reflexión inicial decidí actuar: hablé a la vigilancia local y a mi yerno y, casi al punto, se dejó venir la solidaridad de los vecinos. Comenzó así un vértigo que me dejó insomne todo la noche y que no para, no para... Puertas rotas, chapas forzadas y una patrulla apostada frente a mi casa porque me quedé a los cuatro vientos. Durante horas de oscuridad y de dejar en libertad al inconsciente figuré de todo, reconocí sonidos, sensaciones extrañas y una remota, remotísima paz quizá porque en situaciones así todo se modifica en nuestro interior. Tuve que contratar a una tira de operarios.  A primera hora apareció el cerrajero para poner chapas nuevas en toda la casa: un dineral... ¡Santo cielo! Luego, el herrero para reparar y rehacer la reja: otro cheque y tronar de dedos. Llegaron más agentes, mucha gente y, aunque me resistí hasta donde pude, a media mañana acudí a denunciar al Ministerio Público: una hazaña  porque soy de los que creen que no sirve de nada.
Gastar horas en esos recintos de dolor e incertidumbre equivalen a una doble lección de humanidad, humildad e inhumanidad. Contagiadas del vicio de estar pulsando con obsesión el Iphone, las uniformadas mal se fijaban en lo que sucedía a su alrededor. Me pregunto por qué las oficinas públicas tienen que ser tan astrosas, porque sus locales deben igualarse a partir de lo más feo, lo más corriente y vejatorio para quienes acuden con sus preocupaciones en pos de auxilio. La "situación" se realizaba en tres tiempos: al entrar, nos recibía la uniformada que se saca las cejas -como sus colegas- para lograr que su cara gordita y repintada impresione a partir de esas dos rallas que nos hacen imaginar cosas muy feas. Sin soltar su teléfono hacían pares para tomar un dato aquí, indicar algo allá, medio apuntar "la descripción de los hechos" y seguir dándole al telefonito como si de veras tuvieran algo que mensajear, qué descubrir o qué decir. Pasar a la cola un buen rato y repetir lo mismo, pero frente a la del computador que se equivocaba constantemente; y, a "la sala de espera" hasta que el judicial nos llamara... Más horas y rematar con "el investigador..." Es espectáculo, pura sociología, evidencia de la calidad de vida de nuestro país. Tristeza, desamparo, penas y más penas; robos y más robos de toda índole, golpes, riñas, asaltos, de todo: el DF es una jungla, aunque no se cansan de recordarnos que somos los menos los que nos atrevemos a denunciar. Lo peor, según comentaba con un generosísimo acompañante, administrador de la asociación de vecinos de mi fraccionamiento, es la evidencia de la mujeres golpeadas. Una en especial, sin soltar a un infortunado bebé que a su cortísima edad ya es víctima “de su mal karma”, caminaba de un lado a otro con alguna vecina llevando en el rostro las huellas de la infamia en estado puro. Golpeada hasta la ignomínia, uno de sus ojos había desaparecido bajo la hinchazón, una herida sangrante le cursaba la frente y su cara, toda, era el más perfecto mapa de la indefensión desgraciada.

Es tal el cúmulo de arreglos y de trámites obligados que yo, por mi parte, sigo embarcada con resignación en este infierno.Anoche mismo se aparecieron en casa "los peritos" y una vez "levantada la evidencia", me permitieron empezar la limpieza.  Todos los que aguardábamos en la antesala o íbamos de uno a otro escritorio para llenar papeles y firmas con relatos reiterados coincidíamos, de cerca o de lejos, en la misma certeza: la Justicia no existe en México y con cumplidas razones las autoridades se han ganado el descrédito, pero si la ciudadanía no ejerce su derecho a la denuncia, si no nos tomamos la enorme -ENORME- molestia de padecer este tránsito burocrático nada va a cambiar.

Vivimos en México con el alma desgarrada. Debe haber algún santo varón o una buena mujer que no padezca ni se de cuenta del hervidero de atrocidades que ocurre cada segundo en un país que, literalmente, subsiste de milagro.