El símbolo del muro

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La noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, el mundo se contagió de una extraña inquietud: desde Alemania Oriental corrió el anuncio de una nueva era. Hacía unas horas que Günter Schabowski, miembro del Politburó del Partido Socialista Unificado, anunció al final de una tediosa reunión televisada que las restricciones para viajar a Occidente habían concluido. Acostumbrados a resguardar la opresión del “telón de acero” que dividió al mundo durante 28 años, los militares mantenían el ojo en alerta sobre el gentío que se dejó venir hacia la muralla maldita. Luego se supo que la oficialía no supo cómo actuar. En minutos la multitud se congregó a lo largo y en ambos lados del Muro. Ignorantes de las noticias, los elementos del ejército se prepararon “para lo peor”. Se complicaba la agitación popular y nadie comunicó a los mandos las decisiones. Ante el caos y la suma de protestas en varias ciudades, ningún uniformado se atrevió a iniciar la ofensiva para reprimir a la muchedumbre. Mientras unos se disponían a contener a las masas rebeldes, otros clamaban el fin de la República Democrática Alemana y del bloque soviético y los demás abandonaban sus puestosgritando, ondeando banderas y abrazando a quienes encontraran al paso.  Egon Krentz, al mando desde la reciente renuncia de Eric Honneker, en principio consideró la masacre como una opción, pero los manifestantes sobrepasaban los cálculos y por segundos, al grito de libertad, se impuso lo inevitable.

El comunismo soviético tenía sus horas contadas. Las izquierdas también; al menos las del siglo XX, uno de los más violentos de la historia. Cuando la CNN informó que se habían abierto las puertas hacia Occidente, se expandió una imparable cadena de malentendidos. El ayer y el mañana se juntaron hacia las 21.10 horas, porque un policía liberó el puente de Bornholmer y dijo a los allí congregados: “pueden pasar”. Al evocar el suceso, veinte años después, la periodista española Rosa María Artal escribió que los germano-occidentales los esperaban con champán y que, pese al temor, estallaron el júbilo, los abrazos y las lágrimas.

Imposible dar marcha atrás. Los protagonistas en cubierto del derrumbe –Mijail Gorbachov, Helmut Kohl y George Bush padre-, mantuvieron abiertas sus líneas telefónicas. Margaret Tatcher y un prudente François Mitterrand temían que la unificación acelerada afectara la construcción de Europa, pero inclusive su cautelosa desconfianza sería sobrepasada por los hechos. Era obvio que las opiniones estaban divididas ya que, en contrapunto, Felipe González, desde una España entusiasta ante los cambios, sostuvo su apoyo irrestricto a los planes encabezados por Kohl. Aun los estallidos triunfales tienen algo de absurdo: así la noche de la Guerra Fría, los uniformes grises desplazándose en la niebla, el desbordamiento de berlineses exaltados y hasta ayer disciplinados, los corrillos que bullían en libertad… y, más allá, tres jefes de Estado trazando el porvenir de un planeta aún imprevisible.

Tantos años de susurrar, leer lo proscrito bajo la cama, padecer la rigidez de una vida anquilosada y sufrir una inmovilidad forzada marcaron los rostros de manifestantes que pululaban entre cimientos podridos del símbolo del pánico. Los dirigentes locales, defensores de la “línea dura”, midieron su derrota cuando, al pedir ayuda al Kremlin, Gorbachov dio la callada por respuesta: “El ejército soviético no actuará contra la población”. Entonces Egon Krentz entendió lo que entendió y al comprobar que la continuidad de la RDA no valía lo que una hoja de papel, quizá sintió que el hielo lo cubría de punta a punta.

Todos querían celebrar. Nadie sabía qué decir: ¡Muera éste! ¡Viva aquél! ¡Arriba tal! ¡Abajo el otro! Alguien recordaba la efímera revolución espartaquista de 1919. Un anciano gritaba que volvería el esplendor científico, cultural e industrial del Berlín de los años veinte. Otros observaban. Que no más extremismo, clamaban por miles las dobles víctimas de nazis e izquierdistas. Nunca más ejecuciones ni persecuciones ni torturas. Pronto se sabría que Alemania Oriental no era más que una urbe oprimida y atrasada, sembrada de máquinas, industrias y objetos ruinosos, apenas sostenidos con alambres. Demodée, pobre como solo se podía serlo en las economías soviéticas, allí la ropa, coches, tiendas, costumbres, alimentos y calles mantenían intactos los sobrantes de décadas atrás. Permanecían modas ya olvidadas y aun las expresiones y los gustos de los padres ahora envejecidos. Lo que se buscaba se tenía. La victoria estaba ahí. ¿Qué sigue?, preguntaba un infeliz desconcertado. Y repetía, como advertencia, que es de Europa la tendencia a aceptar el mal, a cerrar los ojos y cooperar con autocracias y tiranos; pero, por encima de las voces,  la tensión se fusionaba al regodeo.

De pronto, el panorama cambió y sin saber cómo ni por qué los guardas fronterizos despejaron puntos de acceso al Occidente proscrito, sin darse cuenta de que por dar la vuelta a un picaporte anticiparon el milenio por venir. Se hizo la luz en medio de la oscuridad: cámaras, micrófonos, corresponsales y enviados de cuanta agencia informativa u organización política se interesara en el suceso trasmitían al mundo los pormenores de éste, uno de los más significados fenómenos del siglo XX.  El momento fue estremecedor: primero se veían la gente y los desplazamientos militares, los puestos de vigilancia y un amenazante fulgor de reflectores; luego, sin explicación ni órdenes de mando, el instante en que los berlineses acometieron con todo: picos, palos, martillos, gritos, uñas...

Hacía horas que el virtuoso de violonchelo, Mstislav Rostropovitch, no perdía detalle desde París. Proscrito en su patria desde 1970, conocía el dolor del exilio y la fuerza moral de la valentía: no solo defendió al escritor disidente Alexander Solshenizin, perseguido por el régimen soviético desde fines de los 60 y expulsado del país en 1973, también se atrevió a cobijarlo durante cuatro años, con su esposa, en su dacha de las afueras de Moscú, cuando hasta respirar era arriesgado.  Nadie era de fiar, ni siquiera los parientes. Así que Rostropovitch entendió el mensaje profético de aquella turbulencia y por nada quiso faltar a su cita con la historia. Ese mismo día, 9 de noviembre, voló a Berlín. Sin dilación fue a apostarse en la orilla Oeste del Muro para animar a la gentea subir, unirse y seguir golpeando el concreto y el acero. Les pedía continuar liberándose y no parar hasta demoler el estigma vuelto frontera de rebeldía, de opresión y de muerte.

Primer artista en llegar a la capital prusiana y de la Alemania unida en el primer imperio después; capital democrática de la República de Weimar; urbe imperial de Hitler y finalmente ciudad dividida, contagiaba su entusiasmo inclusive a los televidentes que atestiguaban el suceso en casi todos los puntos del planeta. ¡Slava!, ¡Slava!, aclamaban niños, jóvenes y viejos a su alrededor. Y Slava, sentado en una silla sacada de sabe dónde y puesta entre los escombros, interpretó las suites de Bach para cello solo, en el punto de control llamado Checkpoint Charlie. Gloria y perfección quedarían para siempre en la memoria del preludio de la suite #1. 

Todo se movía y nada se movía. Hasta parecía que levitaba al ritmo de las notas, que la magia de la música reinaba y que se estaba cumpliendo lo que se pide como plegaria y se recibe como milagro. Cada instante era más luminoso que el anterior, más esperanzador y más hermoso. Aunque costara creerlo, los que como yo presenciaban el suceso a miles de kilómetros, también lo celebrábamos. La justicia poética, que a veces pone algunas cosas en su sitio, consagró ese símbolo de pureza estética y espiritual alargando las notas del violonchelo hasta el más remoto rincón del Universo. Sus manos, su gesto, las cuerdas, los acordes... Un artista al pie del Muro y en medio del ajetreo... La escena era insólita. El mundo se había empequeñecido. Los camarógrafos iban de aquí para allá en busca de sabe Dios qué, porque cada rostro, cada grito, una corneta aislada y aun las colas de los perros que acompañaban a sus amos, se fusionaban en una sola versión de la victoria. Todos los gestos eran el gesto. Nada ensombrecía el instante.

Que pronto habría una radical transformación de poderes y modos de vida expansivos que se deseaban pacíficos, dijo alguien como si leyera un informe. Nada importaban los anuncios porque, al fin y al cabo, no había referentes para entender lo que, desde el Este, engendraría la era poscomunista. Hoy sabemos que siguió una sucesión de independencias, guerras civiles y enfrentamientos entre credos, razas y naciones. Pero ningún testigo de lejos ni de cerca podría negar entonces que ese acto único haría sentir en las horas, días y semanas subsiguientes el peso, la intensidad y el significado de la historia. Fue de alegría la experiencia y también de asombro, desconfianza y miedo, porque en cualquier minuto podrían aparecer la contraorden y las armas.

Los más aguerridos demolerían estatuas para que la efímera memoria en bronce se redujera a papel confinado en bibliotecas. Ayer enaltecidos, hombres hechos monumento, como Stalin, se irían sumando a los escombros. No más culto a héroes falsos ni espías agazapados, delatores al acecho en el trabajo, entre familias, en las aulas o al interior del Partido Comunista. No más torturadores con nombre y apellido; tampoco ideologías, nacionalismos,  castigos ejemplares, yugos ni mordazas. Cada voz era un oráculo, cada cabeza un anhelo y Berlín, esperanza unificada por venir. El doble colapso de la Guerra Fría y de un sistema totalitario era inevitable: “qué importa lo que siga; nada puede ser peor al infierno que se acaba...”

Dividido el mundo, como siempre, algo ocurrió casi de manera imperceptible, aunque renombrado democracia: el eje del planeta se inclinó por inercia a la derecha al reducir la carga del concreto, de hierros, armas, amenazas, piedras y castigos. Los más sensibles juraron haber sentido el cambio que anticipaba otra edad, otra manera de ser y otro estilo de sometery dominar. Otros aseguraron haber escuchado algo parecido a un chirriar de huesos mientras se rompía latensión de la izquierda sobre el centro de la Tierra. En vez de Este/Oeste surgía una zona limítrofe Norte/Sur que no tardaría en demarcar hemisferios de riqueza y pobreza. Asecendieron el dominio del dinero, el imperio del mercado y la égira de millones de migrantes sin destino y sin empleo. Lo cierto es que percibí el tirón y hasta un leve mareo mientras el cuerpo era sacudido de manera misteriosa. Premonición o fantasía, lo indudable es que el Planeta se movió y que desde entonces se ve, actúa y subsistecomo agachado o yéndose de lado, lamentándose y tendiendo a la derecha, aunque siempre bajo el eco del progreso dirigido por la economía globalizada.