Crónicas oscuras, 2 Robert Tsuovas

  Nick Ut - Petite fille brûlée au napalm

Nick Ut - Petite fille brûlée au napalm

El horror selló su existencia. Ni otros soldados como él, destinados a combatir en Vietnam, asimilaron con tal eficacia el fanatismo que nutrió su juventud. Desde niño admiró el uniforme. Jugaba a entrenar compañeros que ensayaban bajo su mando pequeñas y grandes batallas entre pandillas, armados de palos y piedras. De su madre aprendió a alimentarse correctamente y de su padre a encauzar la violencia por la vía de la disciplina. Coleccionó emblemas nacionalistas y, consciente de la alta misión que entrañaba un símbolo de barras y estrellas, se asignó la tarea de aniquilar comunistas, para bien de la democracia.

Su generación coincidió con una época de contrastes: al lado de comunas, meditadores, pacifistas y una visión psicodélica de la vida, se multiplicaban defensores del orden y buenas costumbres: “el Establisment primero”, decían. A la popularidad de un líder negro respondía el Ku Kux Klan; si los gobernantes conquistaban la Luna, allí estaban los discrepantes para protestar en las calles por la cerrada actitud de una sociedad satisfecha del consumo en abonos mensuales. Si se inconformaban las minorías por la injusticia contra mujeres, inmigrantes tercermundistas o la población de color, se imponían las inmobiliarias para transformar el paisaje de la pobreza con edificaciones monumentales. Apoyada en el creciente negocio del cine y la televisión, la publicidad nutría los valores del pueblo elegido que, dentro o fuera de sus fronteras, se consideraba legítimo portador de los atributos de Dios.

Robert Tsuovas, hijo de asalariado y ama de casa, era bebedor de cerveza. Hablaba poco y se distraía con la lectura de la página roja. Completaba su formación con la pantalla televisiva y llevaba un registro puntual de los crímenes coronados al tiempo por cierto satánico en la ciudad de Los Ángeles. No le era difícil participar de la inquina contra el enemigo ficticio ni despreciar el mensaje de “paz y amor”, divulgado por hippies que preferían el hacinamiento a enrolarse en las filas del conservadurismo excluyente. Su escasa originalidad lo condujo al camino destinado a la tropa, donde encontraría ocupación y cauce a su inédita colección de desprecios. 

Durante el reparto del rancho y en horas de asueto, la soldadesca aflojaba los rigores del uniforme para dar rienda suelta a sus furores verbales. Eslabonaban humillaciones a risas y actitudes soeces; se burlaban de las deficiencias ajenas o adquirían frente a las mujeres una vulgaridad similar a la frecuentada para insultar a los hippies quienes, indiferentes al mesianismo castrense, acentuaban su ánimo transgresor con el retorno al ser primitivo, encumbrado en su hora por Diógenes. Así, mientras unos se dedicaban a perseguir lo distinto, otros se retiraban de las exigencias mundanas en un medio propicio a los desahogos, aunque poco dispuesto a soportar los efectos cambiantes de las protestas. Tsuovas, al enrolarse, estaba más inclinado a creer en la pulcritud pregonada por su familia que a aceptar, siquiera en atención a una esperada rebeldía juvenil, la suciedad que se iba expandiendo desde el semillero de las comunas, donde, entre el consumo de drogas y  ensayos de libertad amorosa, se fomentaba un movimiento imparable contra la guerra, que no desdeñaba el poder transformador de las artes.

Cuando las estadísticas quisieron atribuir el destino de Robert Tsuovas al desasosiego infantil, se encontraron con una familia estable, representante de la clase media y la insignia de la tenacidad en su nombre. Estudiante sin gloria, jamás alteró la tranquilidad del hogar ni se interpuso en la obra de sus maestros. Patriota, prefirió el deporte a los libros. Desempeñó trabajos por horas para concluir su enseñanza media; era obediente, nunca se opuso a sus superiores ni participó en atentados contra la autoridad. Por más que buscaron razones para justificar su conducta, las investigaciones no arrojaron miserias visibles ni aspiraciones incómodas; más bien se confirmó el perfil de un estadounidense ejemplar, digno de destacar entre la oficialía del ejército.

Durante la segunda mitad de su corta vida se dedicó a vagar y beber. Pernoctaba en subterráneos, puentes o basureros. Robaba monedas en teléfonos públicos o vendía botellas para proveerse de alcohol, sin cobrar sus pensiones. Escupía las vidrieras bancarias, maldecía a uniformados y hombres de traje y sin pudor se orinaba frente a la bandera de las barras y las estrellas. Ganaba en suciedad cuanto perdía en interés por conservar las costumbres. Le asaltaban apetitos extraños, como desnudarse o vomitar en escuelas y oficinas públicas. Sermoneaba en las esquinas, parado sobre un arriate, pero pocos se detenían a escuchar. Lucía sus andrajos, con el pecho forrado de condecoraciones, y pasaba del llanto a la carcajada al encontrarse con grupos de niños, especialmente en los parques. 

Cuando no deambulaba en callejuelas de servicio, le daba por marchar al frente de dos o tres perros jadeantes que lo seguían con la lengua de lado. Caminaba de prisa en torno de la manzana, en medio de peatones y coches que lo evitaban con miedo. Gesticulaba señas de mando, saludaba como soldado y permanecía en firmes al golpetear entre sí los tacones de las que alguna vez fueron botas pulimentadas. Cumplido el rondín, se tumbaba sobre cartones contra una pared e impávido, gastaba las horas de luz sumido en un lastimoso silencio. Allí se quedaba, bajo un tapadizo inmundo en los barrios bajos de su ciudad natal, sin moverse ni beber, sin pestañear ni sentir necesidad de alimento.

Al amanecer de cualquier semana de noviembre de 1987, un policía descubrió su cadáver bajo el puente de Pittsburgh. Harapiento, apestoso, con barba de meses o años y capas de mugre que le engrosaban la piel, estaba tan flaco que el oficial confundió sus clavículas con armas ocultas en los andrajos. Tirado de cualquier modo, el oficial tuvo que usar la macana para verle la cara. Ostentaba en la frente un agujero de bala y, de tan abiertos y pavorosos, nadie se atrevió a cerrarle los ojos.

Entre apuestas y bolas negras, los del forense se rifaron el turno de auscultación porque nunca sintieron tal asco ante un pordiosero, “desconocido y varón”, que llegaba a la morgue con andrajosos atavíos militares. Al dar cuenta de la identidad del difunto, intervino el Pentágono y a su pesar corrió la noticia como reguero de pólvora. El informe oficial no mereció más de tres líneas: “Robert Tsuovas, destacado combatiente en Vietnam, murió en los pasados días bajo el puente de Pittsburgh. Condecorado en más de cinco ocasiones, nunca se desprendió de su Medalla al Valor”.

Prófugo de la memoria, jamás encontró reposo. Sabía que donde estuviera irían con él los recuerdos ensangrentados. Su nombre se funde al de otros que quizá también prefirieron alcoholizarse o morir a sobrellevar la carga de sus acciones. Los informes difieren. El mundo, no obstante, se estremeció con la fotografía de una niña que, empavorecida, corría desnuda por un sendero para huir de las balas. A cargo de su comando, la masacre duró unos minutos. Destrozados, cien o más cuerpos fueron amontonados antes de ser arrojados  a una fosa común. Quedaron intactos los cuencos de arroz, peroles sobre el fogón, ropa recién lavada y pequeños vestigios de un pueblo sorprendido por el invasor y la muerte. 

Corría el mes de marzo de 1968. My Lai era una pequeña aldea habitada por ancianos, mujeres y niños. Nadie sabe por qué fue elegida por Tsuovas y sus hombres para realizar una tarea de escarmiento. La  “hazaña”, sin embargo, encabezó las protestas contra los crímenes de guerra que, años después, contribuyeron a la derrota estadunidense en aquella región oriental. Cumplida su misión, no se supo más de aquellos soldados.

El forense comprobó que Robert Tsuovas tenía un barril de vodka en el cuerpo y que rellenaba con drogas el espacio sobrante de sus venas. Durante años de mal vivir y no dormir, de padecer el rebumbio de las balas y el obcecado eco de los gritos de dolor, el patriota repasó la escena de My Lai hasta el instante de empuñar el arma y sellar el episodio con su muerte. Misteriosamente conservaba, oculta en su zapato, la placa que lo identificó durante sus horrendas campañas. Tembloroso, el médico leyó. Miró el cadáver en la plancha y sólo susurró: U.S. ARMY. Robert Tsuovas. Veterano de Vietnam.

A partir de entonces, no todo quedaría en los surcos borrosos de su gesto, ni bajo la red piojosa de sus greñas; tampoco entre las uñas inmundas, largas como garras, que nunca más probaron la calidez de una caricia. Una sola imagen desnudaría la crueldad para siempre inocultable: My Lai, la niña que corría, Vietnam asolado por los gases, la guerrilla, un arrozal destruido a machetazos, ríos envenenados, rostros deformados, una edad enloquecida… Todo quedó absorbido por la sarna, el sembradío de llagas, la inmundicia de un suicida que hasta el final exhibió su patriotismo.

Por última vez apareció su nombre en las noticias. Por última vez, piltrafa uniformada, Robert Tsuovas ventiló sus trapos sucios y se orinó en una bandera que envolvía el envase de vodka que se encontró junto a su cuerpo.