El poder del Padre

Saturno devorando a un hijo Francisco de Goya

Saturno devorando a un hijo

Francisco de Goya

La figura del padre es asunto serio. Unos más que otros saben en qué consiste su Ley y de lo que es capaz su poder. Basta sentir el hachazo emocional de su ausencia para que los espectros se multipliquen en la consciencia desde el pozo insondable de la orfandad. A su sombra el hijo se queda como vacío, expectante y urgido de la palabra que lo dota de realidad, trascendencia y sentido.  Sin él, la vida transcurre en una lucha forzada entre la aceptación, el rechazo y el ir y venir del régimen de autoridad al sentimiento de culpa que determina el comportamiento. Con él, el mundo se delimita, se nombra y aun en la opción de la rebeldía el padre subsiste en el eje oscilante de lo que somos, lo que podemos y lo que aspiramos a ser.

En una obligada batalla de fuerzas opositoras, el destino encuentra su curso a partir de esta figura, la más tremenda de todas. Nadie, hasta ahora, puede ir contra el Dios todopoderoso que está en el cielo, en la tierra y en todo lugar, empezando por la mente inclinada a proyectarse en las divinidades que ella misma discurre, inclusive con la intención de protegerse de sus alcances. El ciclo se complica hasta que el afortunado atina con cierto equilibrio que lo preserve del desamparo y le permita actuar entre la ruptura y la continuidad. Situado a mitad del referente paterno y su anhelo de libertad, el hijo/criatura que logra desanudar una relación expansiva desde la cuna hasta la mortaja debe enfrentarse a las fuerzas oscuras para cumplir victoriosamente, como Hércules, los trabajos impuestos como condición de cordura.  Esta lucha, sin embargo, cifra la independencia del hijo que habrá de repetir la maldición de las sociedades patriarcales que, como la nuestra, no deja lugar a dudas: el Padre y su Ley son tan sagrados como invencibles.

Anodino, piadoso, cruel, amoroso, abandonador o monumental, el patriarca –o su símbolo- gobierna el espacio reservado al secreto/guía del Orden por excelencia, donde subyace el miedo que nos impulsa a actuar para ir tras él, contra él, en pos de su protección o a la sombra de su indeclinable capacidad de construir o destruir al ser que somos o al huérfano que vaga entre el delirio, el sueño y la vigilia fragmentada al modo de un Hamlet atenazado por el espíritu paterno o un Juan Preciado perseguido por las visiones de Comala y Pedro Páramo.

Desde la noche de los tiempos y a partir del mito y la tragedia hasta las más intrincadas novelas, relatos y biografías, la literatura se ha poblado de padres para ilustrar la complejidad existencial. Y es que, supeditado a la potestad divinizada por excelencia, por el hecho de su origen el vástago carece de jurisdicción propia, por una causa: el creador está por encima de la criatura. Como de manera genial lo representa el movimiento trágico, no hay clamor de misericordia ni ansia de libertad o afán de independencia que mitigue la determinación suprema. Si acaso, al hijo estará dado acatar la tensión entre la voluntad y la Necesidad. En juego queda la pugna del pasado con la inseguridad de un presente difuso, pero obligado a reorientar el peso de la memoria convertida en sentimiento de culpa.

Más allá del implacable Saturno, devorador de sus vástagos, en el mundo siguen reinando los Zeus implacables que, portadores del rayo, lo mismo engendran héroes que mortales condenados a batallar contra el infortunio, las fuerzas superiores, el miedo y la pasión que obnubila al grado de convertir al emblemático Gregorio Samsa en un insecto monstruoso.

Siempre estará Kafka para ilustrar la metamorfosis del hijo que, tras un sueño intranquilo, se encuentra una mañana cualquiera “echado sobre el duro caparazón de su espalda”. No soñaba, no, asegura el genio del absurdo en una descripción sin rival en las letras modernas. La habitación era la misma del día anterior, iguales los objetos, aunque el espacio parecía reducido en contraste con el repugnante animal de vientre oscuro e innumerables patas “lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas (que) ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.” Confinado en su indefensión, incapacitado para asumir las responsabilidades impuestas por un Orden sin concesiones, Gregorio, quien solo podía soñar pesadillas que la realidad se encargó de fabricar, dejó de ser Gregorio/Franz al sentirse cucaracha en un escenario doméstico sembrado de situaciones intolerables que lo aniquilarían para siempre.

Borges no se equivocó al afirmar que entre las mayores novelas del siglo XX destacan La metamorfosis y Pedro Páramo. En ambas es aplastante la autoridad del padre. Tanto Juan Preciado como Gregorio Samsa son víctimas de una crueldad invisible, fusionada al orden social. La supremacía masculina elevada a norma es el rasero de la debilidad. Tanto, que después de pretender huir o tratar de entender una situación sin fisuras ni explicaciones, el subyugado enloquece, trasmuta en insecto repugnante, cede a la dinámica del absurdo y finalmente muere de manera horrible, como Josef K, sin sustraerse de la Ley que de antemano lo condena.  Colmada de alusiones alegóricas que refuerzan la sensación de espanto y misterio, la obra kafkiana arroja metáforas espléndidas sobre los desafíos supremos en sociedades que no otorgan consuelo ni ofrecen salida. Así lo confirmó en sus obras y en sus diarios: “Estoy condenado, y no solo estoy condenado hasta el final, también estoy condenado a defenderme hasta el final.”

Desde los días en que los griegos discurrieron al Zeus lujurioso y monumental, los hombres probaron el alcance de su debilidad. Ir contra él, tras él, a su sombra o a por él  -como ejemplifican los casos de Electra, Antígona e inclusive de la mismísima Atenea, la “prudente” inmortal nacida de la cabeza del Padre- señala el camino hacia un mismo propósito: de una parte, plegarse al mandato instituido y, de otra, tomarle el pulso al miedo, asumir el latigazo del sentimiento de culpabilidad  y reconocer que cada uno, como el memorable Josef K, es sujeto de un proceso en el que se habla de muchas cosas a las que no basta la razón para contrarrestar la sentencia de un tribunal que se va convirtiendo paulatinamente en la sentencia irremisible.

 En las honduras del ser se inscribe la supeditación distintiva de nuestra condición de criaturas.  Las religiones entienden y administran la potestad superior de manera magistral. Maestro del secreto motor que activa el poder/poder, Shakespeare puso nombre, rostro y escenario a la dificultad que entraña la relación con el padre. Impotentes ante el hachazo emocional que provoca su ausencia algunos, como Malraux, crearon una ficción verdadera para hacer soportable su existencia. Más sinceros, otros como Joseph Roth se atrevieron con el ajuste de cuentas, no obstante su levedad.  Aun a los escritores más valientes, sin embargo, escapan destellos de culpa al dejar que la palabra explore no los claros, sino las regiones tenebrosas del padre.

En mi caso, al verlo yacente medí su dimensión exacta. Temor y temblor: era la patria. Imposible sustraerme de su influencia, del alcance del rayo, de su significación. Entonces busqué mi lugar, su reflejo y palabras para nombrar cuanto se negaba a ser mencionado. Como si fuera mortaja, me incliné sobre la página en blanco y dejé que el lenguaje trazara el mapa de mi debatida orfandad. Desde el pozo de lo que sabía sin saber que lo sabía desperté una mañana bañada por el lenguaje. Reducido a ceniza hace años, todos los días confirmo que la Ley del Padre es La Ley del Padre es La Ley…