Niños migrantes: víctimas de la injusticia


 Niños migrantes

Niños migrantes

Niños de nadie: sin padres ni patria ni garantías ni dios que los salve. Más de 52 mil menores, en inmensa mayoría sin acompañante, han saturado los establecimientos de acogida temporal tanto en California como en el estado de Texas. Con ser un fenómeno regular, de octubre a la fecha las cifras de llegada de los migrantes se duplicaron respecto de los meses anteriores. La que para el presidente Obama es una “crisis humanitaria” que exige una gran inversión en infraestructura se ha convertido, en cuestión de días, en bomba política y compromiso inaplazable para cinco naciones implicadas: México, Honduras, El Salvador, Guatemala y los Estados Unidos.

Estamos ante el eslabón más frágil de la  movilización de la miseria: una manera dramática de revertir, contra el Norte, siglos de saqueo y codicia que dejaron a los territorios del Sur sin riquezas naturales, sin alternativas de prevención, sin sociedades estables ni gobiernos confiables. La migración sistemática de jóvenes y adultos se toleró mientras los intereses de los países de acogida demandaron mano de obra barata. El fracaso del modelo neoliberal, sin embargo, extremó añosos desequilibrios hasta desencadenar la desesperación de millones de marginados que, expulsados de sus países de origen por la falta de esperanzas activas, se convirtieron en el mayor desafío de los poderes fortalecidos a sus expensas.

La historia no perdona y no se atiende, hasta que un nuevo estallido crítico se revierte contra falsos estándares de bienestar. Tarde o temprano se repiten ciclos aleccionadores que, desde la Edad Media, provocan desplazamientos multitudinarios que desnudan una verdad, válida para todos los tiempos: la acumulación desmesurada de las minorías proviene de una irracional explotación de los más. Cualquier sociólogo lo sabe: las fuentes de riqueza son las mismas y limitadas. Para que uno tenga en demasía tiene que despojar a muchos. Para que este imperativo del capitalismo salvaje imponga sus leyes deben violarse los derechos humanos.

De haber considerado requisitos de equilibrio, los ideales democráticos habrían situado a las personas en el centro de sus intereses. La existencia del puñado de ricos mundiales es prueba fehaciente del gran fracaso de la República y de las democracias contemporáneas. Para serlo, la justicia es equitativa o no es. La situación de los niños, por consiguiente, radicaliza del dilema –ahora global- de los derechos, obligaciones y libertades. Es inminente, por tanto, consensuar una acción inaplazable: modificar el modelo económico/social imperante. Cualquier otra medida es inútil y errática.

Despojados de protección, garantías y derechos, estos miles de niños no pueden ni deber ser sujetos de caridades ni remedios superficiales. Por apreciable que sea la intervención de agrupaciones civiles, ningún paliativo sustituye el deber de los gobiernos implicados. Como si escasearan motivos  de violencia, preocupación e inestabilidad en las fronteras norte y sur, la africanización de una parte de nuestra América exige una cirugía mayor. Parece increíble que apenas comience a considerarse la urgencia de realizar, oficialmente, un registro de origen, identidad, estado de salud y vínculos familiares.  Indocumentados los padres e “ilegales” los infantes, estamos ante “hijos de nadie” reducidos a la papa caliente de gobiernos que no saben qué hacer con una muchedumbre sin vínculos ni destino. En mayoría son “ninguno”. Y como ninguno han sido tratados inclusive al transitar por nuestro país hacia la tierra prometida.

Como en la Edad Media o peor: así se echan al camino a ciegas y, en ocasiones, en manos de “polleros”, traficantes, delincuentes y abusadores, sin sospechar el infierno que les aguarda a lo largo de miles de kilómetros.  Expuestos al azar, inclusive los bebés sedados van siendo sacudidos por los malos y peores vientos hasta dejar a éste aquí y a aquél donde menos lo hubiera imaginado el pariente que, en su comunidad, ilusoriamente pretendió enviar a los más pequeños al lado de sus padres.

Sin atreverse con la red de criminales que lucran con la migración, el problema cambiará de aspecto, pero no podrá resolverse en las condiciones actuales. Deben flexibilizarse las leyes relacionadas con el tránsito de personas y, a la par, modificar políticas internas a favor del desarrollo social, familiar y económico de los países implicados. Hasta el momento no hay para el éxodo infantil propuesta social, política, diplomática ni económica confiable que dignifique su presente y su porvenir. Las medidas que apenas se están esbozando son superficiales e insuficientes. Solo responden al estallido mediático que ha escandalizado a la opinión pública. Las organizaciones civiles carecen de medios jurídicos y materiales para subsanar los horrores a los que están expuestas estas criaturas: hambre, enfermedades, abusos, explotación, violaciones sexuales, persecuciones, maltrato, insultos, miedo y daños psicológicos irreversibles.

De hecho y de tiempo atrás, son un problema para el vientre que los parió, para el país que los expulsa, para el territorio/puente hacia el sueño americano y también para los Estados Unidos. En esta cadena de desgracias, México lleva la peor parte: recibe a la gente, pero carece de sensibilidad, normas, educación e infraestructura para atenderla, tanto de ida como de regreso. Para “la Migra”, en cambio, el conflicto de los indeseados se va subsanando al echarlos o “deportarlos” de su territorio por la puerta trasera de manera indiscriminada.

Es antiguo el lamento mexicano sobre el mal trato que reciben los indocumentados en el país vecino. Buen cuidado tiene la demagogia, en cambio, de ocultar el rosario de sufrimientos que propinamos a los sudamericanos en tránsito. La brutalidad determina su capacidad de sobrevivencia y solo los más fuertes y audaces se libran de mayores consecuencias. Es innegable que México no puede ni debe hacer suyo este grueso eslabón de una conflictiva cadena internacional relacionada con el fracaso de las sociedades modernas. Sin embargo, nada libra al país de su obligación moral y política en un problema que afecta a millones de conciudadanos.

Niños de la calle, niños del camino o niños confinados en albergues inhóspitos, para ellos no valen las clasificaciones ociosas porque son víctimas de una desigualdad que no reconoce fronteras. La historia no es nueva ni única, pero es la que nos atañe. Enterarnos de movimientos masivos de hambrientos, perseguidos o desesperados en Siria, Paquistán, Afganistán o en varias regiones africanas puede o no conmovernos, pero la distancia geográfica contribuye a no sacudir en demasía nuestra buena conciencia. Otra cosa es que nuestros niños estén en el pozo de una atroz injusticia. Estremece que los más pequeños vayan drogados, como lo hacen los pordioseros con los bebés sin que intervengan las autoridades.

Sobrantes de humanidad, su situación los expuso a lo peor que puede ocurrir a un ser humano: carecer de destino. No es el rostro más ingrato de la “crisis humanitaria” en los Estados Unidos. Es la evidencia de una infernal injusticia social en la que México, por supuesto, no tiene las manos limpias.  Grave cosa, para empezar, que aquí se haya amasado la mayor fortuna personal del mundo contemporáneo y que en la exclusiva lista de ricos mundiales  destaquen cuando menos diez mexicanos. Estas no son casualidades ni obra de buenos negocios. Es la causa de la pavorosa desigualdad fusionada a la falta de ética que padecemos.