Lo peor: la banalidad de la infamia. Considerar nimiedad una intromisión colonialista, disfrazada de captura de un dictador, es tan bajo e inmoral como la agresión directa de una potencia a un país vulnerable. No hay arista rescatable en el episodio Maduro vs Trump. Tampoco se puede creer que éste sea un hecho aislado porque es indefendible la postura de los países que, embriagados con la novedad de las urnas, eligen monstruos para ser “gobernados” y terminan, poco después, rendidos a la seducción del verdugo, inmovilizados por el miedo, la ignorancia, la conformidad o la conveniencia.
La tragedia en América Latina, desde la consumación de las independencias y de manera persistente a partir de que Washington desplazara a otros invasores, es que USA quita, USA pone a discreción, y el pueblo humillado se acostumbra a los ciclos de su infortunio. Sin voluntarismo inteligente para vencer lo que con razón identificamos como maldición del vencido, la cadena histórica sigue repitiéndose y cerrándose sobre sí misma, incluso cuando se presume superada por la falacia de los procesos electorales.
Aunque las formas difieran por la teatralidad y la palabrería de los protagonistas, el fondo del proceso intervencionista es el mismo: instauración de una dictadura o gobierno espurio que dura hasta que incomoda económicamente o deja de funcionarle al interés extranjero. La cadenita, entonces, se activa y no deja lugar a duda: caída del tirano, impostura de títeres “transitorios”, elecciones amañadas, corrupción arraigada, más caudillos populistas, autocracia, atraso, mesianismo… Intervención… Leyes e instituciones locales inmaduras o mancilladas…
Cambian las formas, pero el fondo permanece. El estigma compartido es la incapacidad de formar estados de derecho, sociedades demócratas, ciudadanías responsables y modernas. Venezuela, hoy, encarna esta situación exhausta, agravada por la inquietante celebración sumisa de propios y extraños por la manera en que el comando gringo se llevó a Maduro y su esposa. Si, también a la esposa actuante, porque hay que decir que algunos tiranuelos -incluido Ortega- comparten con mujeres el poder absoluto, como si la reivindicación de lo femenino maquillara el despotismo.
Entre reacciones de júbilo servil y llamados al derecho internacional, el Gran Hermano se erige en redentor y líder intocable de la poderosísima potencia en expansión. Trump gesticula y baila de alegría con ademanes que horrorizan, porque además recuerdan a Mussolini, aunque Trump es Trump: un carácter intransferible, que cumple lo que anuncia y lo hace valer sin ahorro de violencia. A nivel internacional, su palabra es mandato y su decisión de “hacer una América grande”, principio de otra edad en la historia nefasta del imperialismo. De manera abierta, lo suyo es el cínico saqueo de los recursos naturales, ejecutado ante el timorato estupor del resto del mundo.
Sin eufemismos diplomáticos ni moralinas que tanto gustan “acá, en este lado”, se encumbra sin rival un dominador inusitadamente peligroso: Donald Trump. Su descaro ya no requiere enredos discursivos. No disimula. No engaña. Dice lo que pretende y lo celebra con procacidad. Se burla de los derechos humanos y de la democracia. El botín es lo suyo: territorios, minerales, petróleo, posiciones estratégicas… Su lenguaje no es político, es mercantil; no es estadista, es un mercachifle. Sin la consabida hipocresía que se asocia al poder, él adopta la franqueza del depredador.
Venezuela no es un Estado. Es reserva explotable que aguarda al nuevo amo quien, a su manera y con la complaciente colaboración de los ayer implacables y amenazantes chavistas-maduristas de la “República Bolivariana”, normaliza el colonialismo del siglo XXI. Su estilo: retórica expansionista, desprecio a las soberanías y autoexaltación para que el saqueo sea recibido por los afectados incluso con esperanza: tal la devastación moral a la que hemos llegado al aceptar la indignidad y la dominación convertida en espectáculo.
El sentido y la memoria de las independencias sólo han servido para que la muchedumbre aplauda los desfiles militares que tanto disfruta. La realidad es que nuestras “independencias” han sido pródigas en redentores y gobernantes espurios. Sólo cambian atavíos y discursos incendiarios, sin distinción entre derechas e izquierdas, militares y católicos o casi alfabetizados y letrados. En tanto y persista la incapacidad de formar sociedades auténticamente democráticas seguiremos confundiendo fuerza y autocracia con salvación.
El imperio no domina sólo porque impone: lo consigue en este continente con la complicidad de pueblos dispuestos a obedecer. En nuestro caso latinoamericano es peor la costumbre de aceptar las humillaciones de propios y extraños que la fatalidad histórica. Expertos en crear y sostener gobernantes que nos dejan la cara roja de vergüenza, acá se banalizan las bajezas porque la dignidad todavía nos es tan ajena como la identidad y las virtudes cívicas.
Maduro no estaba sólo; además de sus compinches internos, se apoyaba en dictaduras tan impresentables como las de Nicaragua y Cuba, además de otras “simpatías” quesque ideológicas, como las de México y Bolivia, que han fortalecido el círculo de las amistades peligrosas. No sería de extrañar, en panorama tan aciago, por consiguiente, que seguirán brotando ejemplos que, lejos de enaltecernos, incrementen la condena de los vencidos de ayer y del siglo XXI.
