El Menchu corría con sus compinches entre la arboleda aledaña a Tatalpa creyendo que acaso vestido de mujer salvaría su vida, mientras yo, ajena a los cuentos que circulan tras el ajetreo de balazos, traiciones, alianzas, complicidades, acciones militares, mentiras y mensajes intercambiados entre la acción y la “espera de instrucciones”, disfrutaba releyendo a Heródoto convencida de que, en lo que respecta a bajezas y vicios, el Hombre de hoy en poco o nada difiere del peor de los bárbaros de hace miles de años.
Heródoto narra atrocidades que nos paran los pelos de punta, a pesar de que Nuño de Guzmán, durante la Conquista, compitió en maldad con el peor de los demonios. Las noticias del día se igualan en horror con prácticas comunes en el Helesponto y regiones aledañas. Cronistas como fray Diego Durán describen banquetes de los antiguos mexicanos en los que se ofrecía al convidado el cuerpo cocinado del hijo o se le plantaba un guardia ataviado con la piel de la hija. Leemos notas policíacas sobre narcos, violencia vicaria o doméstica, abusos de autoridad y formas indiscriminadas de causar sufrimiento que ni nos hacen parpadear. Al lado de triunfos deportivos, películas o anuncios de conciertos se publican crueldades, decapitaciones, desaparecidos, violaciones, venta de niños, torturas y cuanta brutalidad haría palidecer a Alejandro el Grande, cuando condenó al joven Calístenes, sobrino de Aristóteles, a morir en una piojera.
Es insondable la imaginación perversa de la cáfila de torturadores que han pasado a la historia. El Mal carece de mapa y fecha de caducidad. Desde Afganistán a Gaza, de Ucrania al Altiplano y en cualquier latitud es idéntica la ferocidad humana. Puede modificarse el estilo del inquisidor, la del empalador o de cualquier verdugo, pero no cambia la satisfacción perversa de quien disfruta humillar al otro y/o ridiculizarlo después de muerto, en especial al que se envidiaba o se temía cuando vivo.
Circulan tantos bulos que cuesta creer que el tal Menchu daba zancadas atorándose en un faldón más rojo que su conciencia hasta caer reventado a balazos. Él sabía que, llegada la hora, ni haciéndose pasar por mujer conseguiría esconderse para burlar a sus matadores. Tan perverso como el criminal vencido, se presiente un fondo cenagoso en el vengador. No se ocultó esa saña justiciera cuando, abatido por la Marina en diciembre de 2009, se publicó una infamante fotografía de Arturo Beltrán Leyva -el “Barbas”-, con el pantalón ridículamente bajado hasta las rodillas y el cuerpo cubierto de billetes ensangrentados.
Al enterarme de la supuesta artimaña del capo pensé que hasta el mismísimo Aquiles, a quien su madre ocultó entre doncellas con el inútil propósito de evitar que muriera joven, no pudo engañar a Ulises cuando, con otros aqueos, fue a reclutarlo a la corte de Licomedes, porque, sin él, no podrían batallar en Troya. Renombrado Pirra y haciéndose pasar por hija del rey, como sería de esperar era el que era a pesar del tapujo porque dejó preñada a la verdadera princesa antes de que, al preferir un arma en vez de abalorios y telas con que los huéspedes lo tentaron, el héroe exhibió su verdadera naturaleza.
Al genial Heródoto debemos haber caminado por pueblos de escitas, egipcios, griegos y persas para fundar la historia recolectando evidencias sobre lo que hace iguales o diferentes a todos los hombres, sin distingo de conocimientos ni geografía: desear lo del otro, arrebatar, invadir, acumular, dominar, someter y, de ser posible, disiparse y superar la supremacía de los Inmortales. El cautivador relato del geógrafo y primer escritor de raza de que tengamos noticia, abunda en testimonios sobre lo mejor y peor de las acciones humanas. Y lo peor triunfa cuando se hace costumbre en connivencia con las mal llamadas autoridades.
Respecto del dominio de criminales en complicidad con empresarios, políticos, gobernantes, encubridores y la cohorte de miserables que han convertido a México en reducto del Mal, difiere de pueblos y excesos del pasado en que, en vez de refinar límites al través de la cultura y la impartición de justicia, hacen del estilo de mandar, corromper y matarse una forma tolerada y “legal” de igualar a la población hacia abajo para obligarla a aceptar que “todo está permitido”.
Tan iguales y tan distintas a las ocurrencias caprichosas del poder o del no poder, las Historias de Heródoto nos parecen fascinantes porque, al través de engaños, artimañas, invasiones, traiciones y acuerdos o desacuerdos nos permiten entender, asociar y reconocer el estado de humanidad en el que nos encontramos. A fin de cuentas, el destino es una necia repetición de tramas y modos de conducirse, hasta que triunfa la cultura y consigue establecer límites morales, públicos y privados. No puedo acabar esta reflexión sin considerar que ahora se “castiga” a la naturaleza corrompiéndola o destruyéndola, como ayer se le ocurrió a Ciro sancionar a un importante río cuando, en ruta hacia Babilonia, trató de pasar el Gindes que, navegable, desembocaba en el Tigris. Al zafarse del control de sus cuidadores, uno de sus sagrados caballos blancos saltó y quiso pasarlo a fuerza. Sin tardanza, el río lo cubrió y el animal desapareció bajo las aguas.
Enfurecido, el rey infligió al río un castigo ejemplar: dejarlo tan desvalido que las mujeres podrían cruzarlo sin mojarse las pantorrillas. Para reducirlo detuvo la expedición y, durante todo el verano y parte de la primavera, dividió al ejército en dos partes. En cada orilla del Gindes ordenó tender cordeles para marcar 180 acequias que serían cavadas por la muchedumbre de tropa en todas direcciones. Éstas quedarían divididas en 360 canales que, efectivamente y después de meses de trabajo, dejarían escuálido y sin dignidad al otrora río navegable.
Humillar y zaherir a nuestros semejantes o castigar a la naturaleza… Ni en eso somos mejores a los remotos antepasados las generaciones “civilizadas” del siglo XXI.
