En épocas de inseguridad, violencia y conflictos como los que nos han tocado en suerte, prosperan en cuestiones trascendentales la mentira, el engaño y la simulación. También es frecuente negar o mitigar la gravedad de las cosas porque el miedo, la ambición o la soberbia impiden al embustero aceptar que lo que es es como es y no como lo fantasea o lo disfraza. Con ser habitual, no es privativo de políticos ni de comerciantes embaucar mediante la persuasión amañada. En la intimidad esta especie se engendra, se impone y se reproduce como plaga. De por sí universal, el vicio del impostor, tramposo, timador, chapucero, embustero o como de tantos modos quiera identificársele, es característico de la herencia colonial que, curiosamente en nuestro caso, se fusionó al eje de nuestra cultura para que no sólo se tolere, sino que se perfeccione al ritmo de los cambios socioeconómicos. No extrañaría que tal defección fuera una de las causas por la que hemos asimilado, con una facilidad pasmosa, el cada vez más complejo avance del capitalismo salvaje.
La novedad que campea en la actualidad, y de manera más señalada en casos extremos, consiste en exhibir patrañas con cinismo hasta niveles tan peligrosos que rozan la amenaza mundial. Si bien es cierto que nunca han faltado gobernantes que se valen de la burla y la insolencia para humillar y creerse por encima de los demás, el cinismo se ha popularizado como estilo personal de gobernar a partir del ascenso de dos fantoches elegidos en las urnas en sus respectivos países: Trump y AMLO. Aunque de alcances y rasgos desiguales, ambos sujetos coinciden en ser ridículamente perversos; y, algo peor: haber transgredido con descaro los límites discrecionales que, como reglas no escritas, exigían a cualquier gobernante cierta conducta “políticamente correcta”.
A partir, pues, de que la grosería de un par de mendaces fuera aceptada por sus respectivos gobernados, la especie de cínicos fantoches se fue multiplicando no solamente entre nuestros vecinos de la América del Sur, también de manera ostensible actúan en España y en Israel, donde la cosa pública se degrada a tal velocidad que no hay día ni ocasión en que inclusive los cómicos ya manifiestan su inconformidad ante deformación tan vergonzosa e intimidante de la democracia, por incipiente o asimilada que se considere en su circunstancia.
Negar la realidad es la actitud complementaria de los que construyen artificios como trofeos. Recordemos, por ejemplo, que al estallar la Primera Guerra Mundial era tan tremenda y difícil de asimilar la amenaza que se cernía sobre Europa que se hizo creer a los jóvenes y a sus familias -festivos e ingenuos en principio-, que batallar en el frente sería cosa menor porque pronto se recuperaría “la normalidad”. Uno de los conflictos armados más sangrientos de la historia moderna, fue una carnicería expansiva (1914-18) que no dejó más que sufrimiento y devastación, especialmente en el Imperio Austrohúngaro, Francia, Alemania, Inglaterra y Rusia: entre civiles y militares, se estimó un saldo entre 15 y 22 millones de muertos. Entre 8.5 y 10 millones fueron bajas militares comprobadas, en tanto y entre 6 y 13 millones correspondieron a víctimas civiles en las naciones involucradas por causas colaterales, como desnutrición, heridas, infecciones, hambre, enfermedades físicas y mentales y, por añadidura, también se desencadenaron los movimientos migratorios…
Que los actuales ataques del binomio Trump/Netanyaho contra Irán no transgredirán las fronteras del Medio Oriente, inventan los timoratos… Pues, lamentablemente, hay que decir que estas no son agresiones menores ni mucho menos localizadas geopolíticamente. Si ninguna agresión es inofensiva, ésta acarreará grandes e imprevisibles consecuencias. Como en anteriores guerras -y ésta con agregado nuclear y tecnología de punta-, además de muertos y víctimas que se van multiplicando de manera geométrica, se esparcen sus efectos en todo el mundo y en todos los órdenes de la vida. Irremisiblemente globalizados, cabe preguntarse cómo será la realidad del día después, del régimen después, y de la política y las experiencias que ya nos estremecen.
Emblema de la ferocidad de nuestra especie y al margen de bandos contendientes, los testimonios del dolor de la Guerra de Trincheras no bastaron para servir de advertencia. En pocas décadas y con Hitler a la cabeza del fascismo en expansión, estallaría el otro episodio bélico de dimensiones tremendas en el siglo XX. A la Segunda Guerra se añadirían el Holocausto y más millones de víctimas. No contentos con afianzar el capitalismo bárbaro durante la subsecuente Guerra Fría, se añadirían invasiones militares, guerras de ocupación, enfrentamientos civiles, guerrillas, genocidios, imperialismos teñidos de ideologías y la imparable lista de movimientos armados que no enseñan nada ni a nadie porque ni las bombas atómicas arrojadas a Hiroshima y Nagasaki ni lo que a poco seguiría en Vietnam, Corea, Indochina, África, Afganistán, Pakistán, Irak, Libia, Medio Oriente, el Báltico, etc., etc., serviría para contener el odio y la codicia de las potencias que se enorgullecen de su riqueza, inseparable de la cada vez más expansiva y letal industria bélica, en la que descansa el actual “estado de bienestar” del club de los ricos.
La historia de algo más de un siglo a esta parte, para no ir más lejos, ofrece ejemplos devastadores de esta inclinación de disfrazar de logros, avances y conquistas lo que en realidad son triunfos retrógrados de timadores y cínicos. ¿Somos mejores personas y países más dignos por los “avances” democráticos? No lo creo. Las patologías deshumanizadoras se han incrementado al ritmo del monetarismo y, sin desmerecimiento de sus beneficios, el lado oscuro dirigido por los peores hombres está haciendo creer a los idiotas que las imposturas son el verdadero triunfo de sus gestiones, porque “el pueblo los ha elegido”.
