Desde el comienzo de mi vida conocí dos maneras complementarias de crecer y estar sin pertenecer en mi entorno: la ferozmente antifemenina, propia del dogmatismo religioso, que no declinó ni con las reformas del Concilio Vaticano II; y el machismo como sujeción piramidal en la sociedad. No había cómo escapar del determinismo. Aunque se ajustaran a discreción estilo de discriminar y lenguaje, se mantenía el eje autoritario que aseguraba la represión. Todo funcionaba según lo establecido a condición de no protestar, no transgredir ni “salirse de huacal”. Por las leyes no escritas había que hacer lo que se esperaba de cada quién, según su sexo y clase social, y sin importar lo absurdo que fuera. A excusa de “educar”, durante la segunda mitad del siglo pasado -como todavía- se aplastaba la dignidad, se pasaba por alto el respeto y se aborrecía lo distinto.
El control público y privado impedía sobre todo a las mujeres singularizarse y crecer intelectual y espiritualmente. Con la suma de los cumpleaños empeoraba mi ansiedad al darme cuenta de la lucha entre dominadores y dominados, cuyo triunfo se consumaba al persuadirnos de ser no-personas.
Cuando no se es lector (a) de amplio espectro esa nulidad se cumple porque solo se conoce el mal-vivir, propio del lado oscuro. La ignorancia asegura eso, el mal vivir. La conformidad constriñe la curiosidad y, con ella, se desvirtúa la capacidad de analizar, decidir, pensar, actuar e imaginar algo mejor. En ese estado nada se renueva, nada trascendental se logra. Por consiguiente y como saben los tiranos, los dictadores y las malas bestias con poder, la ignorancia -mejor con miedo- avasalla con violencia en pueblos, comunidades y familias atrasadas y/o fanatizadas.
Experta en la psicología del pecado y culpas restrictivas, la religión no necesitaba barrotes para exigir obediencia porque tanto la sociedad como el modo de gobernar coincidían en validarse desde un mismo régimen de restricciones. En nombre de Dios o del presidencialismo nacionalista, una especie de pesadilla determinaba los tiempos y las formas de asimilarse en lo que se confundía con destino. Por la ausencia de libertades, del exceso de prohibiciones y de la sobrepoblación de anodinos que me rodeaba, anhelé lo inexistente en mi entorno: un modo digno de vivir con diversidad, respeto y libertad, inclusive para soñar. Sin saberlo deseaba una democracia con acceso al universo del saber y las palabras. Anhelaba, sí, una realidad sin la violencia que nos cercaba; es decir y sin nombrarla aún, aunque sintiendo su ausencia, buscaba respuestas y apertura creadora. Necesitaba un lugar donde la vida/viva fuera respirable y posible. Ese afán de realización me hizo demócrata y diferente.
A efecto de las lecturas, la intuición liberadora chocó en todos los espacios que pisaba, incluida la Universidad. A poco se fortaleció la urgencia de romper ataduras y arbitrariedades que me paralizaban. Por comparación con lo vivido y experimentado en el México cerrado que ostentaba logros sociales, entendí la costumbre de mentir, simular y enmascarar. Sin saber cómo ni por qué abominé no solo de defección tan reveladora del carácter de esta cultura, también del dogmatismo y las ideologías. Llegó así el momento de pensar con María Zambrano. Coincidí con ella al creer que “a la historia humanizada corresponde la sociedad humanizada”. Padecer la crueldad que exhibe sin pudor su talante violento me hizo exigente al saber que, sin demócratas, México nunca podrá salvarse de sí mismo ni conseguirá abolir el estigma de un pasado sembrado de tentativas y derrotas.
“Ser hombre es ser persona”; es vivir dignamente en estado de libertad. Este logro no equivale, en esencia, a ser libre en un medio opresivo que no respeta y, por consiguiente, niega la libertad. Por lo que significa como centro y razón de la convivencia, la persona debe ser móvil de toda acción y razón política, escribió María Zambrano en Persona y democracia: obra escrita como respuesta a los totalitarismos que dejaron a Europa devastada. Siempre actual, su pensamiento me abrió los ojos y, por contraste de la impostura real, repetía con ella una y otra vez estas líneas: “La Democracia como régimen ha de ser la expresión, la resultante de la sociedad democrática. Sociedad que se irá logrando en la medida en que la visión del hombre vaya adquiriendo una visión más justa de su propia realidad y, a través de ella, de la realidad toda; le vaya perdiendo temor.”
Supe además que había “que perderle el miedo” a la condición de no-persona que me impedía pensar con claridad a pesar de que, aunque quisiera, no podría sustraerme de la realidad mexicana, tan prolongadamente enferma. Del bienestar de la persona depende la salud social. De tal vínculo entre individuo y sociedad Marco Aurelio dedujo la certeza de que no hay sabidurías privadas ni creadores que no carguen el pasado en sus espaldas ya que, por individual que sea, la creación repercute sobre el medio y éste en la obra, para bien o para mal.
Hasta donde alcanza mi visión de los hechos y la historia, en México nunca se han tenido en cuenta la dignidad, los derechos ni la libertad; es decir: para la sociedad y sus modos de convivir, de creer y ser gobernados, no somos personas ni individuos merecedores de respeto esencial. Ahora mismo y de tiempo atrás lo demuestra la cifra de decenas y decenas de miles de desaparecidos, cuyas madres encarnan el sacrificio ritual del desamparado. Lo que no se respeta se destruye, se mancilla o se desprecia. Para mayor infortunio, tampoco el medio ambiente merece la consideración y cuidado que le corresponde. Mal tratados, mal vividos y humillados, humanos, animales y recursos naturales somos igualmente víctimas de una realidad sometida a golpes de crueldad, abusos, injusticia y violencia. Así, al grito de “la vida no vale nada”, todavía se proclama la tremenda imposibilidad de ser personas.
