Guerras no han faltado: llámense USA, Corea, Vietnam, Irak, Israel, Gaza, Irán, Rusia, Ucrania… Tampoco entreguerras, levantamientos internos ni matangas, persecuciones, codicias, invasiones y torturas que, a propósito del pum que se le ponga al armamento, confirman una sola certeza: desde que Caín asesinó a su hermano, se manifestó la índole violenta de nuestra especie. Millones de años después no se percibe remedio: la inclinación al Mal ha sido más persistente que el Bien, su contraparte, cuyos logros no disminuyen el lado oscuro y destructor de la humanidad.
Aunque se mata porque sí, en nombre de Dios, de las libertades, de la fe, de las transgresiones o dizque de la justicia y las buenas costumbres, cada cultura tiene su modo particular de ser feroz. Sea en la hoguera, en la guillotina, a garrote vil, en la horca, a golpes, torturas o cuchilladas, por lapidación, bombazos, fusilamiento, etc., lastimar al otro conlleva un mismo propósito: someter, zaherir, saquear, humillar y aniquilar.
En este fatídico siglo XXI presenciamos la peor agresividad de la historia, administrada a control remoto, mediante artilugios atómicos y tecnológicos que causan daños tan pavorosos que harían palidecer al demonio. El estilo “militar” de guerrear indica que el Mal ha evolucionado a la par del hombre y sus atributos. En vez de ceder su dominio funesto al avance del Bien, la crueldad avanza. Lo hará hasta que la humanidad deje de existir por sus “logros”.
Los caminos del lado oscuro son inabarcables, aunque sus saltos primordiales eligieron a la mujer como móvil de la discordia masculina, para darse con todo entre ellos. Al primitivo deseo de posesión sexual se sumarían territorios y bienes para ampliar el afán de dominio: una ambición que comenzó en el coto privado y se extendió a todos los órdenes de la vida, al grado de crear vocabularios y acciones políticas y sociales para reconocerse.
Acaso la dinámica del Mal fue discurrida por el Creador a excusa de la bíblica Eva, quien haría pagar a su descendencia las consecuencias sufridoras de su desobediencia. Si no fuera suficiente el castigo bíblico que estigmatizó a la mujer, la mítica Pandora completaría el inventario de desdichas al destapar la vasija proscrita y dejar en libertad a las calamidades. Tan seductora y persuasiva como tonta, aunque de mente engañosa, Pandora fue creada por Hefesto por órdenes de Zeus para castigar a la humanidad por haber aceptado el fuego sagrado, robado por Prometeo: otro estigma a lo femenino para referirse al Mal que, sin embargo, suele emplearse con saña. A pesar de las advertencias, Epimeteo -en todo contrario a su hermano Prometeo- cayó rendido de pasión por Pandora y, como sería de esperar, juntos multiplicaron las desdichas al través de su estirpe que, a la fecha y ya sin referentes míticos, empeoran en vez de disminuir.
Sobre la abundancia de conflictos desencadenados por la remota Pandora, los hombres se cansaron de guerrear y acribillarse por culpa de las mujeres. No desapareció el síndrome de Helena, pero después de la destrucción de Troya saquear, violar, borrar pueblos de la faz de la Tierra y multiplicar poderes espurios se volvió más atractivo que las pendencias sexualizadas porque, de manera atemporal, los combatientes continuarían ejerciendo el “derecho” a usar a su antojo a las víctimas femeninas: vileza en activo que, por cierto, carece de geografía y fecha de caducidad. Así, pues, el mundo sigue su curso y las generaciones se ajustan a las referencias bélicas que determinan el “carácter” de cada época y de cada grupo social.
Para no abundar en obviedades, pienso en lo que nos alcanza, desde la Segunda Guerra y el signo del Holocausto, con el subsecuente impulso del imperialismo, el capitalismo salvaje y el monetarismo insaciable que determinó una agitada segunda mitad del siglo pasado y, de rebote, continúa conformando velozmente otras maneras de ser y estar en la sociedad, en la intimidad y en el mundo. Lo comprobamos, por ejemplo, en la correlación tecnológica obvia de la población que no distingue diferencias existenciales entre juegos electrónicos en sus dispositivos, armamentos de última generación, “guerras de galaxias”, destrucción fatídica de Gaza y lo demás, incremento de recursos robotizados y memes violentos manipulados como modelos de simulación.
Inclusive se nota un abismo en las maneras de ser y expresarse en el registro de las edades. Examínese, por ejemplo, la actitud rompedora de los años sesenta y la diversidad de preferencia agresiva que, bajo el rubro de feministas, nos impone ahora un estilo de vida afín a la violencia imperante. Sin menosprecio del súbito influjo del orientalismo espiritual, el “grito” -Howl o Aullido- de Allen Ginsberg marcó la hora del fastidio con ruptura y, como surtidor imparable, todo se renovó: las letras, la arquitectura, la música, el cine, el orden social.... Hora de la pastilla anticonceptiva y audacias femeninas, se trataba de “ir más allá”, a lo inexplorado hasta entonces. Llegó a creerse que el esfuerzo sería recompensado cultural y socialmente. Era el momento de cabezas adelantadas, cuyas obras desafiaban el orden establecido: Oriana fallaci, Hannah Arendt o Susan Sontag -entre otras-.
A propósito de la ferocidad como signo de la hora, creo que Allen Ginsberg enarboló la derrota como si no fuera extraordinario el sufrimiento de un hombre que, débil de por sí -según escribiera William Carlos William- no aceptó ser derrotado porque todo el mundo en esta vida es derrotado alguna vez, pero un hombre, si es un hombre, no es derrotado. Y esa actitud, exactamente, se infiltró en el espíritu caótico de los sesenta: mejor rebeldes que derrotados. Algo que ahora, medio siglo después, sería una reacción benéfica contra el impulso de muerte que llevamos sobre nuestras cabezas como espada de Damocles.
Si, se requieren más voces emblemáticas, más obras/cifra y ávidas de otra manera de ser: las que habrán de librarnos de la tremenda violencia que nos ha convertido en rehenes de un puñado de psicópatas.
