No se en quien ampararme para levantar la voz por la tolerancia. Con ella hay aceptación de lo distinto, ajeno e incomprendido. Sin tolerancia como virtud cívica no hay bienestar en la población, naturalmente diversa y plural. De tanto que se ha vulnerado este derecho esencial ya no se menciona la palabra que la nombra. Rehenes del sectarismo, debemos repetir hasta la fatiga que así como intolerancia, injusticia y crueldad van de la mano, tolerancia y democracia se fortalecen mutuamente en el cuidado de la vida, el respeto a la dignidad y en la defensa de derechos y libertades. Tolerar nos hace mejores personas y alivia la convivencia en medios más sanos, pacíficos y equilibrados.
A partir de que López Obrador hizo del desprecio su estilo personal de gobernar, empeoró la intolerancia en nuestra sociedad. A la par se fue con todo contra las aún incipientes instituciones democráticas y, en consecuencia, se multiplicaron los feminicidios, el número de personas desaparecidas, los casos de inaudita violencia y la expansión del imperio de la corrupción y la narcodelincuencia. Desde su poder absoluto y con un descarado lenguaje grotesco, también consiguió dañar desde la raíz el sentimiento de comunidad, al grado de sustituir derechos con privilegios de validos y militares, además de garantizar impunidad a los narcocriminales, en detrimento de la justicia y de la acción civilizadora de científicos, creadores y pensantes.
La descomposición cultural, política y económica subsecuente hizo de su reconocido resentimiento social instrumento ideológico y guía del vocabulario ya tipificado de su MORENA, afianzada en el régimen unipartidista vigente: facción, ésta, dedicada a inventar chivos expiatoriorios para encubrirse y responsabilizar a otros de sus fechorías y defecciones. Asi resulta que “los conservadores” (¿?) -abstracción sin nombre, filiación ni apellido-, encabezan la lista de entes, adversarios y enemigos a perseguir. Móvil de expresiones oficiales de odio, “los conservadores” son la supuesta causa del atraso mexicano y de cuanta bajeza y arbitrariedad se comete dentro y fuera del territorio. Desde que el jefe de jefes validara la confrontación entre sus correligionarios, se arraigó la costumbre popular de repudiar ideas, comportamientos, estratos sociales y creencias contrarias a su manera excluyente de concebir “la izquierda” como revelación divina.
De no ser parte de una tendencia mundial a imponer el populismo y las autocracias, el expresidente y ahora mandamás escondido en su “ranchito” tabasqueño sería nada más uno de tantos dictatorzuelos que, con mayor o menor trascendencia y furor, han sido parte de la peor historia latinoamericana. Sin embargo y como indica el estudio del pasado, de tanto en tanto se definen “edades” entre cambios sustanciales. Ahora tenemos la “edad de la intolerancia” como resultado del fin de la Guerra Fría, la caídad del Muro de Berlín y la instauración del nuevo orden global ante el fracaso del comunismo como promesa mesiánica y el reacomodo del capitalismo bajo premisas “neoliberales”. Apurados en inventar las nuevas democracias en las postrimerías del siglo XX y al filo del XXI, El efímero “Tercer Orden”, con sus improvisaciones, fue uno de los fenómenos que más agujeros y pendientes sin resolver ha dejado como antesala forzada de las aspiraciones democráticas. El resultado, a tono con los desarrollos de cada país, está a la vista: invención, ascenso y proliferación de autocracias, populismos y figuras nefastas “elegidas” democráticamente. El verdadero poder, mientras tanto, es el poder económico con su consumismo desenfrenado, individualismo y una violencia expansiva que, montada en la sinrazón, puede inclusive acabar con la vida en el planeta.
La intolerancia armada no se contenta con prodigar odios y expresiones de desprecio a propios y extraños, empezando por los aborrecidos “condenados de la tierra” que emigran en busca de oportunidades. A su vez y despojado por el dinero como dominio absoluto, el poder político, para subsistir, se inventa leyes a modo; por ejemplo, apoyarse más y peor en las fuerzas militares y en organizaciones delicuenciales: nada que no observemos, todos los días, en las conductas desquiciadas de numerosos gobernantes, encabezados por los más peligrosos a nivel global: Trump, Netanyahu, Putin, etc… Y, en escala descendente de la que forma parte López Obrador, y según la posición de cada país en el panorama internacional, la cáfila de sujetos que arrastra a los pueblos al desastre y no hace más que multiplicar desgracias que se ciernen sobre nuestro futuro inmediato.
El hecho es que la intolerancia y sus consecuencias avanzan mediatizando a la población y haciendo que la mayoría baje la cabeza al ras del suelo, como las avestruces. El caos, mientras tanto, arrastra consigo el beneficio de pensar y explorar soluciones comunitarias y para nuestro planeta enfermo. Hay que insistir en que el intolerante, al sentirse amenazado, persigue por lo que imagina y, desde el mando, la educación, el conocimiento y logros cuturales por una causa: la intolerancia se gesta en espíritus insatisfechos y crece como la mala yerba hasta trasmutar en agresividad y violencia.
