Era asombroso su parecido con el Mr. Ramsey de Virgina Woolf. Claro que en un medio de pocas letras y muchos recelos, sólo una lectora avezada advertiría el parecido de un personaje típicamente victoriano con un mexicano de carne y hueso, orgulloso de su nacionalismo, a saber por cuáles razones. Al margen de sus abismales diferencias culturales, ambos coincidían en el perfil del escritor que duda de sí mismo, pero se desempeña como alguien al que algo se debe. Con notable similitud tanto el de la Woolf como el de la lectora actuaban su fantasía como autoridad en su materia, apoyados en la fama de quien se alza con pequeños méritos. Hábiles al representar de puertas afuera al hombre de una pieza, independiente y confiable, eran temidos en casa, donde no ocultaban brutalidad ni flaquezas: autoritarios, crueles, demandantes y de tendencias depresivas. Hábilmente se hacían de una cohorte femenina para provocar compasión, ser valorados y sentirse seguros. Habituados a ser servidos, ni siquiera intentaban servir. Si de exigir se trataba, aun en sus mayores debilidades mantenían la guardia del manipulador. Ni su careta de probidad evitaba su insensibilidad por las cosas y los detalles bellos, considerados “característicos del refinamiento femenino”, como la delicadeza, el amor por las flores, los textiles, joyas, bordados o el goce por la brisa durante un atardecer frente al mar.
Virginia Woolf desenmascaró la doble naturaleza de Mr. Ramsey, que encaja a la perfección con ciertos sujetos reales. Sin alardes ni desmesura, consiguió que el retrato de emociones, sentimientos, frustraciones, actitudes o recuerdos fluyera hasta el acontecer domiciliario. No apaciguó a las sombras en Al faro, pero las definió con tal precisión que saltan del papel al ojo y a la memoria lectora hasta confirmar correspondencias. Inclusive en su diario reconoció cuán difícil le era soportar la tiranía paterna y el placer exquisito que suponía para él la conmiseración de las mujeres. Al envejecer, con el historial de defecciones a cuestas, tanto el personaje como el identificado por la lectora cambiaban el perfil del tirano golpeador y despreciable por el del anciano indefenso, dispuesto a cosechar los frutos de la vitalicia sumisión femenina. Hay confesiones que infinidad de esposas, hijas, hermanas o amantes podrían firmar; sin embargo, se las llevan a la tumba como inevitable cicatriz de fuego. En eso de padecerlo Virginia no fue excepción. Como otras, supo que las torturas internas trasmutan en fantasmas difíciles de soportar, porque la complejidad del patriarcado entraña un enredo de emociones que dañan hasta la raíz del alma femenina, aun a las más talentosas y mejor formadas. Su genio agregó el acierto de escribirlo.
Cada vez que la leo brincan en mi mente entrelíneas, intratiempos, silencios y no necesariamente en relación al padre, sino a quienes se entrometieron en nuestras vidas… Sus diarios están plagados de claves como ésta, de 28, 1928: El cumpleaños de papá. Sí, hoy hubiera tenido 96 años, 96 (…) Su vida hubiera destruido la mía por entero. ¿Qué hubiera ocurrido? Nada de escribir, nada de libros…, inconcebible.
Las altas aspiraciones de Mr. Ramsey no se rebajaban al goce simple atribuido a las mujeres. En contrapunto, Mrs. Ramsey (Como Julia, madre versátil y amorosa de Virginia), encontraba en un paseo al faro el motivo de felicidad que sustentaba su fortaleza emocional: justo lo que, tanto el personaje como el sujeto real reconocido por la lectora, requerían para sentirse parte de la vida: vida tejida con la solicitud de mujeres que en el día a día aman y odian a esos hombres en iguales dosis, por una causa: han sido dueños del destino femenino gracias al patriarcado incuestionable. Las coincidencias entre ambos abarcaban desde la crueldad hasta el papel del desolado, urgido de gente que lo compadeciera y cobijara como criatura. Cada uno a su manera, uno y otro se concentraban en uno o dos temas utilizados como plumaje intelectual, mientras dejaban a la intimidad al tirano iracundo que no daba tregua. Tras sus arranques, por cobardía o secreto arrepentimiento acudían a la madre, a la esposa, a la amante, a las hijas o a mujeres cercanas en busca de consuelo y confirmación de atributos.
Virginia consiguió que el machismo saltara desde su escritura en su residencia londinense de 52 Tavistock Square a su estancia de verano en la Monk’s House, en Sussex, y de ahí hasta deslumbrar en cualquier geografía como prodigio literario. Todo está ahí, sin que falte nada al modelo autocompasivo del hipocondríaco ávido de atención y cuidados que, cruel de raíz, sabe mejor recibir que dar. Bajo el aire de intelectual que revestía su vocación de estatua, se ocultó un anciano quejumbroso que reclamaba conmiseración con infantilismos que mal parapetaban su miedo a la muerte: treta para no reconocer que cuanto había hecho y escrito eran proyectos a medias. Lo escribió respecto de Mr. Ramsey, y dio en el blanco: “al alcanzar la Q era incapaz de continuar a la R”.
Dejar a medias tareas de largo alcance era sensación complementaria del fracaso de Mr. Ramsey. Y no solo de él, sino de los que se valen de la complacencia femenina para enmascarar su cobarde debilidad. Asidua desde adolescente de Virginia en diarios, narrativa y ensayos, tuve que aceptar que ni ella, siendo la escritora de excepción que fue y una mujer brillante, se libró del dominio expansivo del emblemático Mr. Ramsey: hombre que el destino, el karma o el infortunio atraviesa en nuestras vidas, quizás para probar nuestra capacidad de supervivencia. Con una complejísima historia a cuestas y autora de una de las literaturas más notables, no consiguió vencer a sus fantasmas reales ni imaginarios. Víctima de depresiones cíclicas y tormentos mentales que cientos de oficiosos han tratado de diagnosticar, en plena Segunda Guerra Mundial, el 28 de marzo de 1941, a sus 59 de edad, llenó los bolsillos del saco con piedras y se encaminó con firmeza hasta ahogarse en el río Ouse, en el Sussex Oriental.
