Por karma, maldición, talante o malas decisiones, sobre nuestras cabezas sigue repiqueteando el lamento del poeta náhuatl que, ante el fin de “la quinta edad o Sol en que se vive”, lloró en unos versos la desgracia de su pueblo. Eso pasó hace quinientos años cuando, a la caída de Tenochtitlan, el cuicapicqui anónimo reconoció que su herencia era una red de agujeros… Siglos, cambios y ajustes después, la herencia nefasta sigue llena de agujeros, salvo que ya no requiere naves foráneas, ni cruces redentoras ni conquistadores feroces; tampoco traidores hipócritas para padecer la crueldad porque ahora el mexicano lleva en su propia sangre la codicia, la impiedad y el odio suficientes para sembrar la tierra con los huesos mancillados de su gente.
Dramática de por sí, esta realidad es más sombría al darnos cuenta de que no solo sigue viva la costumbre del disimulo, sino que la sinceridad carece de valor en este México complejísimo y casi inescrutable; tan complejo como Coatlicue; tan tremendo como Huitzilopochtli o tan estremecedor como el Xipec Tótec. Con tantas narcoalianzas y complicidades el doblez ha conseguido situarse a la cabeza de las dizque “habilidades” de gobernantes y funcionarios. No hay que ir lejos para ver, a propósito de narcoescándalos en boga, que a pesar de probar sus faltas y delitos, el gran taimado lo niega con cinismo haciéndose el suavecito.
Duro de vencer, el taimado, ladino, artero o malintencionado apenas da golpe bajita la mano. Se muestra tan bueno y decente que se asume víctima de quien descubre su farsa o su fraude y lo exhibe aun a sabiendas de que jamás aceptará la verdad. Vale recordar la máxima de los adúlteros que a voz en pecho recomiendan: Niégalo aunque te maten. Desde la cuna nos enseñan a dar por sentadas las mentiras haciéndonos creer que el taimado es avezado, mientras que la persona engañada, humillada, ofendida o defraudada es un pobre idiota. Engatusa el infiel, el constructor, el albañil, el electricista, el mecánico, el diputado, el pederasta… Vaya, que en este universo no hay para dónde arrimarse.
En nuestra lógica del revés el probo es el malintencionado y levanta falsos. Por eso es tan difícil hacer crítica de cualquier índole -pública o privada-, y no se diga política o literaria. Es tal el repudio a la verdad y al cuestionamiento, que el solapado responde sobreactuando la taimería entre una tormenta de adjetivos para desacreditar la verdad. En la malicia del que busca su provecho a cualquier precio no hay daños ni principio moral que lo contengan. Engaña tanto el que mete la fruta pasada en el mercado como quien vende una casa o cualquier cosa dañada, el adúltero o el gobernante que, en buen español, es un perfecto hipócrita cuando se propone tomarnos el pelo.
Sería interesante investigar si esta conducta tan característica de “lo mexicano” -como observaron Samuel Ramos, Rodolfo Usigli, Paz, etc.- proviene de los remotos abuelos o surgió como reacción del siervo contra el amo. Por los cronistas sabemos que durante la Colonia ya exhibía prendas de ingenuidad y obediencia para ocultar su verdadera naturaleza haciéndose la “mosquita muerta”. En suma se trata del fingimiento amañado para engañar y dar un golpe artero. Luego, ante el consabido yo no fui, encubrirse tras un chivo expiatorio y salirse con la suya.
Lo fácil ha sido negar la realidad al grito de Sartre en A puerta cerrada: “el infierno son los otros”. La verdad es que, con Independencia o sin ella, se han escalado niveles criminales en la añosa costumbre de culpar a los demás de carencias, defectos y padecimientos propios. Montada en el México ficticio, la mentira del ladino, taimado o hipócrita ha deformado tanto lo real que no sabemos en qué o en quiénes nos hemos convertido. Por más que se pretenda lo contrario, somos los únicos responsables de nuestros actos y fracasos. ¿Cuál es la razón histórica por la que no podemos aceptarlo? Acaso la peor consecuencia de tal defección sea la incapacidad de formar una sociedad demócrata y dispuesta a asumir y corregir sus errores.
Si un pueblo engaña también acepta ser engañado. Este doble juego perverso garantiza complicidad, sumisión o indiferencia. La minoría inconforme sabe que no hay mentiras ni enredos inofensivos. Si en privado la hipocresía causa daños tremendos, la pública rebota de manera geométrica en el ejercicio del poder. Fray Diego Durán dio cuenta de sus zipizapes con los taimados y sus consecuencias. Que eran tan incapaces de mostrar sus verdaderas intenciones como rápidos al hacerse los “humilditos” y disimulados para salirse con la suya. Cuesta creer que aún siguen vivísimos defectos tan impresentables.
En la taimería o cualidad del taimado se reconoce lo demás del carácter forjado en las tretas: golpeador artero, bribón enmascarado, hipócrita, sinvergüenza y cabrón. Persona que simula ingenuidad y buena fe, pero es capaz de traicionar al amigo. Como el también mexicanísimo ojete, el ladino o taimado muerde la mano de quien le hace un favor.
Recordémoslo para denunciar el vicio de aprovecharse, hacer y dar lo menos con el máximo beneficio; engañar, abusar, defraudar y zaherir a discreción. Pongamos en evidencia al taimado para que dejen de hacernos creer que es la pobrecita víctima y no el simulador abusivo cuyas perversiones rebotan y nos igualan hacia abajo.
