También en capacidad de destrucción se empeñan los hombres en superar a los dioses. Unos con armas, contaminantes, chapuzas y monstruosidades sin fin y las entidades con terremotos, tsumamis, inundaciones, incendios, huracanes, relámpagos y volcanes, ambos consiguen abrir las puertas del infierno, con una salvedad: Los Inmortales no avisan ni dan explicaciones al causar sucesos inevitables tanto en la naturaleza como en la conducta: eso es destino, la “Necesidad” o lo imponderable. Los humanos, en cambio, actúan con premeditación y con frecuencia de manera irresponsable, aun a sabiendas de que es delgada la hebra entre las malas decisiones y los efectos nefastos que acarrean la evitable fatalidad.
En pos de su propio beneficio, los seres humanos prefieren alterar el orden natural de la vida y de las cosas en vez de respetar su curso y sus ritmos. Prepotentes, no aprecian su capacidad de defender la vida ni aprenden de sus errores. Sin serlo, se creen invulnerables, como los dioses. Ocultan la mano que daña y, en vez de rectificar, prefieren echar la culpa al azar o a los demás de sus desdichas; es decir, aun a sabiendas de los riesgos que conllevan nuestras acciones, nosotros mismos nos convertimos en instrumento de la fatalidad. A diferencia de la intervención divina, que pone en evidencia la humana vulnerabilidad ante lo inevitable, el sufrimiento provocado por nuestra especie es evitable casi en su totalidad. En ese sentido y a diferencia del destino, la fatalidad es consecuencia de la obra humana. La ananké o hado, en cambio, es una fuerza sobrenatural imbatible que actúa sobre los mortales de manera irremisible.
El destino elige dónde, cuándo y cómo nacemos: ese accidente azaroso no depende de nosotros ni podemos intervenir en el hecho en sí: su determinación es el misterio. Algo muy distinto ocurre cuando el hombre toma por su cuenta el rumbo suyo y de los demás y por ceguera, deseo, codicia o estupidez o curiosidad se aventura a modificar el Mandato. Los ejemplos saltan a la vista en cada catástrofe, como los recientes terremotos en Venezuela. Todos sabemos que los temblores son inevitables; pero tanto sufrimiento y mortandad serían evitables en buena medida si lo peor de los hombres no quedara en evidencia en la pésima calidad de las construcciones en las que quedan literalmente enterradas cientos o miles de personas. El sismo es obra del destino, pero la fatalidad se manifiesta en las víctimas de gobiernos y constructoroes corruptos.
Cuando destino y fatalidad coinciden en la que llamamos tragedia se vuelve insoportable el dolor porque quedan al desnudo el sufrimiento en si y la inminencia de la muerte. Al margen de cualquier creencia, es cierto que nada ni nadie altera la determinación del destino. Que es el misterio, decimos desde la impotencia como en una oración cada vez que lo tremendo nos rebasa. Lo susurramos también cuando la desdicha nos deja como vacíos y sumidos en un estado de humanidad absoluta: el desamparo. En contrapunto, suele ser bastante acomodaticia nuestra actitud cuando se trata de enfrentar las consecuencias de nuestros defectos.
Los terremotos nos impiden creer en un orden comprensible. Entre ruinas de varillas, cemento, cosas y utensilios destruidos surge la pregunta de por qué unos sobreviven y otros no. Por qué unos arrastran de por vida daños biológicos y psicológicos y otros salen fortalecidos de la experiencia. Ahora Venezuela, como ayer Tokio, Chile, México y tantos lugares expuestos al furor terrestre, provoca la duda de si en realidad existe o no el poder del destino. Y casi se toca la Determinación o anaké al observar que, después de días atrapados entre los escombros, hay personas y especialmente niños que son rescatados con vida y hasta casi sanos mientras permanecían horas y hasta días al lado de sus parientes muertos. No hay ciencia que explique esta selección; si, en cambio, existe la ingienería para revelar las causas del colapso. Es allí donde interviene la moral o la corrupción en el rumbo de “lo que a cada quién toca”, como dirían los abuelos griegos.
Precisamente por vivir en un país que lleva la corrupción y la injusticia en las venas como su alimento sagrado, aprendí a reflexionar sobre los contrapuntos entre destino y fatalidad; entre lo inevitable y lo evitable; entre el supremo poder de las Moiras y la indignidad humana que desafía el Mandato. No ha sido difícil comprender que la fatalidad elige el escenario de la indignidad y gusta enmascararse y/o hacer mutis para eludir la responsabilidad; al destino, en cambio, corresponde la elección de personas extraordinarias que parecen llamadas a realizar esos actos también extraordinarios que salvan a nuestra especie de sí misma, de sus bajezas y lados oscuros.
Cada terremoto me enseña hasta dónde es ciego el poder de la naturaleza: un poder supremo que asociamos al de los Inmortales y que, a pesar de todo, mantiene intacto el secreto de ofrecer una posibilidad de rebelarse contra en destino, como indica la aparición de la solidaridad encarnada en los rescatistas: héroes que aparecen como de la nada para convertirse en símbolo e instrumento de lo que áun es posible al carácter humano, no obstante la evidencia de su partes nefastas.
Creo, pues, que en eso consiste la esperanza: en confiar en que es posible activar una suerte de fondo vital en nuestro espíritu para triunfar sobre la fatalidad justo en el instante en que se manifiesta el destino. En mi caso y en los momentos más difíciles, al creer que no hay salida o que la oscuridad me rebasa, he tenido que aceptar la exitencia de una extraña tensión entre la Necesidad, lo ineludible, el Dictado y la historia humana, de la que no puedo sustraerme. Ese balanceo entre destino y fatalidad me permite comprender, no sin cierta compasión, el sentido de lo humano.
