De las sufragistas a Simone de Beauvoir, de Erika Jung al #Me Too y a la ola de protestas por feminicidios, desaparecidas y explotación sexual, los movimientos feministas y femeninos se han diversificado tanto como las múltiples maneras de presionar y expresarse de las nuevas generaciones, que ya no se apoyan en doctrinas ni ideologías para gritar su inconformidad.
Sobre tantísimas luchas por los derechos civiles y humanos, que desde los días de nuestros bisabuelos el mundo ha visto triunfar, abandonar o modificarse, las demandas femeninas han sido las más persistentes e inacabadas, desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, al menos en Occidente. Aunque relativa o incipiente en numerosísimos países, la equidad ha avanzado con el capitalismo y los procesos democráticos que, mal que bien, van garantizando derechos y libertades. Ni pensar en las abismales distancias que hay en las teocracias y en regímenes cerrados, donde la fusión de fundamentalismo, ignorancia, represión y barbarie impone costumbres tan infernales como la mutilación genital, el uso forzado de burka o del hiyab, el confinamiento, la sumisión a los privilegios masculinos y la negación absoluta de todo, empezando por el derecho a pensar, educarse y expresarse.
A pesar de la conquista de espacios antes vedados en el arte, la ciencia, la economía, la política y la cultura en general, la globalización, la mercadotecnia, la tecnología y el monetarismo han traído consigo nuevas formas de supeditación y desigualdad al través del consumismo, el yoísmo y la proliferación de “modelos de ser mujer”, distintivos del siglo XXI. La manipulación directa e indirecta se ejerce con efectividad al través de las redes sociales y del consumismo para homologar fobias y filias, empezando por las maneras de ser, parecer, vestirse, comportarse, comer e inclusive expresarse, lo que nos somete a la presión de otro fenómeno enajenante: el repudio generalizado a la individualidad y al envejecimiento. Obligadas a depender de lo aparente, se nos fuerza a repudiar nuestros cuerpos con sus imperfecciones. En suma, hay que homogeneizarse ante el temor a ser repudiadas por singulares y distintas.
Tomando en cuenta que no me refiero a la pavorosa situación de mujeres, homosexuales y niños en los fundamentalismos y en dictaduras y comunidades intolerantes, la cuestión sexual ha dejado de ser prioridad en las corrientes feministas. Los temas que comprometen el aborto, la libertad sexual, las uniones libres, los modelos familiares y cuanto fuera tema de acoso, repudio y persecución en el pasado, se ha limitado a debate moralista entre conservadores y liberales: algo impensable, por electivo según las creencias de cada quién, en generaciones tan cercanas como la de nuestras madres, que ni siquiera tuvieron acceso a la píldora anticonceptiva.
Tratándose de controlar, la imaginación masculina y masculinizada ha sido inabarcable al limitar el desarrollo personal y colectivo de las mujeres. Tiempo de paradojas, tenemos libertades anheladas por nuestras antepasadas: somos profesionistas, publicamos, protestamos, decidimos cómo, dónde y qué de la maternidad y nuestras relaciones; y lo mejor: las emancipadas somos autosuficientes, inclusive económicamente; ¡ah!, pero los escenarios de exigencia van acompañados de expectativas y estándares restrictivos para sobresalir o confinarse a tono con la imagen que debemos cultivar según la edad y condición. Hay que acatar el dictado a riesgo de exclusión, sin desatender el aspecto “emocional”, ya regulado por la industria de la autoayuda, el mercado de las terapias y los lenguajes en boga que, lejos de disminuirlas, aumentan las cargas que debemos sobrellevar.
La cuestión de la emancipación -eje de los feminismos de ayer, basados en la equidad y la libertad de elegir-, conlleva muchas contradicciones. Las tecnologías digitales han sido invaluables para desenmascarar agresiones y abusos, así como para publicar denuncias y visibilizar problemas históricamente silenciados. Por internet se divulgan protestas, ideas, movimientos y cualquier cantidad de opiniones. Sin embargo, tan liberador como represor, es también el instrumento de cosificación y tortura psicológica por excelencia, así como divulgador de mentiras, vicios de pederastas y tanta violencia que a diario nos enteramos de niñas y adolescentes que son utilizadas, fotografiadas, engañadas y expuestas de forma tan brutal que algunas prefieren el suicidio al no soportar sufrimiento causado.
La realidad, por consiguiente, ha conseguido sobreponerse a las reivindicaciones antes apoyadas por doctrinas e ideologías. Me refiero a los feminicidios, la trata de personas, la desaparición de mujeres y niñas ante una insoportable impunidad por parte de los gobiernos. Por todo lo anterior, debemos pensar que el peso de lo real impone la justicia al alegato de la equidad de nuestras mayores. Es obvio que la cuestión femenina no debe ni puede considerarse un bloque homogéneo. Las demandas y presiones se miden en la actualidad de acuerdo a nuestra situación personal y social, pero persisten las reivindicaciones generales respecto de las causas intocadas de la discriminación por razones económicas, religiosas, culturales y sociales.
Para decirlo de una vez: la libertad debe equitativa y ser equivalente a la seguridad. No basta conquistar derechos en lo general porque estos no valen de nada sin transformar la conciencia colectiva: de ahí la gravedad de que en México se haya vulnerado de manera tan lastimosa el Poder Judicial en primer término y no se diga la educación pública.
La mujer del siglo XXI debe ser libre, instruida y segura. El desafío feminista: vivir sin miedo. Hacer valer el respeto y las oportunidades vitales para todas. Ser persona, con la dignidad que solo se consigue en una verdadera democracia: tales son ideales no doctrinarios que en México se ven tan lejanos como la superficie de Marte.
