Abril es siempre Eliot y a veces también el mes más cruel. De tiempo atrás, febrero inauguró los funerales. Unos muertos más llorados que otros, comenzó en mis ojos el final de sus historias. Me asombra comprobar que abril es mes de duelos en mi historia; y también es el mes de la memoria de otros duelos, inclusive literarios y sin desmerecer los de un político menor encumbrado otrora como mandatario singular.
Cuando la muerte era novedad en mi experiencia e ignoraba que la vida es viaje, llegué a creer que serían insalvables ciertas ausencias. Sin tardanza supe que cuanto más padecidos por estorbosos, groseros y de bulto, mayor la levedad que me habitaba a partir de los adioses. Por pudor no lo decía, pero es verdad que lo que nos dejan quienes tanto y por tan poco invadieron nuestros días y nuestros años se reduce a recuerdos fugaces, si acaso palabras fusionadas al vocabulario personal y cosas triviales. Por el temor que en especial uno me infundía, entendí hasta dónde el miedo sobrevalora la medianía, las mascaradas, el poder y las defecciones que intimidan.
Los sepelios me sitúan en el momento en que el genial Esquilo piadosamente convirtió a Las Furias en Euménides para mitigar los castigos infligidos por las faltas cometidas. De Vengadoras que torturan la conciencia sin dejar morir en paz a los peores, estas entidades trasmutaron en Benevolentes al instaurar el orden de la polis al través de la Justicia, aunque ya se sabe que ni la divina es tan justa como se espera. Tremendo de por sí, el símbolo del féretro consigue lo impensable: echar a andar esta novedosa indulgencia que prodigan las Benévolas aun en los casos de juzgar una inocultable maldad. Es el momento de fijarse en los tránsitos que se van manifestando hacia el perdón, el rencor, el alivio, el dolor o el desconcierto en el gesto de viudas, amantes, hijas, allegados, víctimas y visitantes insospechados.
Tiempo hay de sobra en los velorios para que dolientes y no dolientes elaboren relatos sobre el yacente. Encarecido de preferencia, nunca falta cuando menos una reinvención progresiva y favorable de su biografía. Inclusive se dan a notar los que aseguran haberlo conocido como nadie. Y en tanto y Nadie se convierte en personaje, las generosas Euménides actúan para que malas acciones del fallecido sean tan efímeras como los adjetivos que lo encumbran. Es tan tremenda la muerte que no deja de ser curioso que, cuando allí tendidos, hasta los más perversos y abominables merecen una versión mejorada de la que fuera su realidad. Es casi costumbre que entonces y para todos, se improvise una versión amable no para que su camino al Inframundo sea más compasivo, sino para que los vivos se sientan menos infortunados. Se consigue un relato de preferencia restaurado del difunto al pensarse y pensar los vericuetos que de cerca o de lejos los relatores compartieron con esa persona en tanto y, de hecho, se desvanece gradualmente en su propia memoria.
Los funerales son la única advertencia que repetimos mirando para otro lado. Dolientes y no dolientes elaboran relatos desmesurados y ajenos, de preferencia, a la realidad verdadera del que yace en el ataúd. Al observar la escena se me ocurre que no hay más que lo que hubo, lo que se ve -que ni era tanto- y lo que queda en el imaginario de los vivos. De haber sido la importancia del otro como se dice o como creímos -y alguno hasta temido en demasía-, la mayoría de las historias ensombrecerían la literatura. Anodinos o furiosos, probos o embusteros, enmascarados o sinceros, seductores o solidarios, taimados o sinceros, todos -hombres y mujeres- acabamos reducidos a unos cuantos gramos de ceniza.
Los niños son los únicos que dejan en el alma una tristeza verdadera. Los hijos ajenos se lloran como propios y, a diferencia de otros duelos, hacen más insoportable la figura de la pérdida. El pasmo sustituye el relato que campea en los funerales de los viejos. Sin historia ni logros que contar, no habrá para ellos palabras, arrepentimientos, tinieblas, amaneceres, amores, desengaños ni sueños alargados en el tiempo que es tiempo todavía para los vivos. Duele por eso tanto la brevedad de sus vidas. Duelen los viajes truncos, las fantasías malogradas, los abrazos, las miradas, las edades incumplidas y el inmenso cariño que se queda colgado de un insondable vacío. Estremecen hasta el hueso los funerales infantiles. El llorado en abril hervía más en el alma que la tierra yerma de Eliot y aun ahora, en este verano adelantado, me roba el sueño y remueve sombras agregadas del pasado que nadie, nunca, quisiera recordar.
La aflicción es la puerta del otro reino de la muerte. Allí la ausencia dura más. Allí se mira diferente el viaje. Allí la sombra queda sola, sin destino.
