Desde pequeña advertí que el lenguaje es uno de los grandes misterios porque entraña algo terrible, una violencia intrínseca capaz de transformar el grito en arrebato y proclama; luego, en susurro, pausa, misticismo y deslumbramiento. Describe, expresa, sugiere, calla, engaña, insulta o consuela y hasta revela lo obvio y lo inescrutable con idéntica prontitud. Por su inmensidad e imparable capacidad de crecer y multiplicarse, la palabra contiene algo tan tremendo como la contradicción del humano afán de controlar la vida, la historia, el tiempo, la naturaleza, la mente, la memoria y el cuerpo. Y no hay pretensión más inútil, ya que a cada paso, con cada fracaso, hay que reconocer que el hombre puede avanzar o retroceder, dar vueltas sobre sí mismo o pasmarse, pero no controla nada, ni siquiera los sentimientos ni sus apetitos elementales, mucho menos el surtidor de nombres y voces que, a pesar de dotarlo de identidad y en ocasiones hasta de sentido, acaba demostrando que la percepción es de suyo desajuste, por una causa: vivimos en una tensión dramática que denominamos normalidad. Lo raro es convivir con la ambigüedad cuando las incógnitas superan las respuestas. A fin de cuentas, estamos hechos de una inquietud incesante que nos mantiene naufragando entre el orden y el caos y entre la certidumbre y las dudas.
Cuando reparé en la distancia sustancial entre habla y escritura, entre ruido y silencio y/o entre grito y susurro vi de un solo golpe que la palabra abarca aspectos absolutamente insospechados, según se manifieste lo que nombra. Descubrí además cuan variable puede ser un solo vocablo para englobar lo igual y lo opuesto, lo tangible y lo intangible, lo abstracto y lo concreto, el mal y el bien… La libertad, por ejemplo, es una palabra-baúl que no desdeña significados contrarios: libre es alguien sin ataduras, dueño de sí mismo; pero algo libre de contenido se refiere al vacío. Quizás se dice que un hombre es oscuro por su origen desconocido o porque oculta más de lo que muestra, por carecer de empatía o tal vez porque proyecta energías adversas…. Cualquiera sabe que hay atmósferas y energías oscuras. Oscuro es también alguien simplemente agreste, con curiosidad limitada e ideas pobres. Dovstoievski, Kafka y Edgar Allan Poe eran talentos de natural oscuro; sin embargo, su oscuridad fecunda contrasta la maldad negra de criminales como Eichmann, Himmler o Josef Mengele, el médico de Auschwitz que realizaba experimentos terribles con prisioneros…
La palabra, pues, es enigma vivo como signo, sonido y significado. Crea y se recrea en los límites del alma y de toda luz trasmuta en oscuridad total sin alterar su poder de hacer daño, animar, confundir, aclarar, suavizar o matar. ¿Existe acaso un prodigio similar? Registrar tránsitos sorprendentes de la razón al delirio, de lo agreste a lo sublime, de la boruca a la precisión y de la singularidad a la ignorancia me enseñó que sobre la virtud del habla que habla e inclusive dice algo, el alfabeto y la escritura constituyen la más alta expresión de lo humano: un portento que se renueva, expone y contrarresta el olvido.
Por necesidad de sobrevivencia la pasión por el lenguaje me hizo más afín a la reflexión y a la escritura que al bla bla y las relaciones sociales. También mi inclinación a observar y preguntar en vez de repetir y dar por válido lo aparente facilitó mi interés por el yoga, la meditación y el cultivo del silencio. No solo tendemos a proyectar temores y defectos, también transformamos nuestras limitaciones en certezas, prejuicios e ideologías que se defienden con tal ferocidad que hacen del lenguaje un arma de destrucción. Los budistas saben que el apego y el palabrerío son el verdadero enemigo que actúa desde nuestras miserias, de prefencia expresadas con el auxilio del vocabulario.
La hebra fecunda e inacabada del lenguaje y del silencio/vacío -su contrapunto-, define el carácter del hablante. En mi caso impera la necesidad de preguntar, inclusive como desconfianza o resistencia ante lo recibido. Escribo para entender el mundo donde estoy por destino o causa inexplicable; un mundo que me sobrepasa y me influye aunque me rebele, a pesar de pretender negarlo y por más que me oponga de manera consciente a reconocerlo. La experiencia me ha enseñado que si el habla encierra y determina, la escritura libera al inquirir lo recibido e ir más allá de lo aparente.
Más que por oficio o enamoramiento de las palabras, escribir establece límites y al menos en algo nos defiende de la confusión y el barullo. No existen respuestas definitivas, pero al precisar las preguntas disminuimos el desconcierto y el riesgo de las repeticiones que disfrazan el absurdo y el sinsentido. Sobre el habla que habla, enreda y no dice nada, la escritura y su silencio auxiliar están más cerca de dar en el blanco al fijar la atención en las miserias, engaños, ilusiones, deseos y aciertos humanos que el ruido, pues en su afán de distraer, el palabrerío se reduce a sinrazón o absurdo.
Es curioso pensar en las paradojas de las palabras, pues las necesitamos para comprender y comunicarnos y, a la vez, la verborrea deshumaniza; es decir, en atención al gran misterio que es, el lenguaje humaniza y deshumaniza de manera simultánea, crea y enajena, enriquece el mundo y lo reduce; aclara y oscurece hasta que el silencio surge del lugar en el que las voces no tienen cabida.
Entonces surge la duda de si es en verdad el silencio el que habla y dice… Y todo recomienza.
