Había que ver cómo disfrutaba “Luisito” viendo reír al “Gringo” del Moral, al “Pelón” de la Mora, a Julio de la Peña y al montón de hombres que iba y venía por la Notaría de “don Emiliano”, con el relato de cómo se hizo mi abuelo de un monolito labrado que, “con ojo de coleccionista”, descubrió en uno de sus viajes por los pueblos de Jalisco. Eran años en que México no se daba cuenta de la “Guerra Fría”. Sin idea del mañana, los padres de los boomers se reproducían como conejos. Los días pasaban sin la incertidumbre del “qué será de mi”. Fiel a las buenas costumbres, Papá Emil llevaba de tanto en tanto a la abuela a Ixtlahuacán de los Membrillos para comprar los frutos de sus codiciadas jaleas. Aprovechaba el camino para hacerse de vasijas, sierpes, cascabeles y cuanto cacharro prehispánico aparecía en esas tierras, sin que los lugareños mostraran más interés por ellos que el que profesaban por grillos y hormigueros que pertenecían al paisaje. Que desde el coche divisó la piedra -agregaba Luisito- y nada más presentir su antigüedad sintió “que se le subía el santo al cielo”. A poco, con certeza y sin prisa, caminó por ahí y, seguido por los mirones de costumbre, estudió la pieza, la tocó y no tardó en darse cuenta de con quién y cómo tenía que tratarpara adquirirla.
“Le compro el ídolo –le dijo al campesino en cuyo solar estaba medio enterrada la piedra, quizá durante siglos-, a condición de que me lo lleve a mi casa en Chapala”. El hombre se quitó el ruinoso sombrero de paja, se rascó sus ralos cabellos y discutió el arreglo con parientes y vecinos que, boquiabiertos y bobalicones, los rodeaban sin perder detalle. Papá Emil aguardaba sin dejar de presionarlo con su figura inconmovible. “Lo vamos a hablar”, dijo el cacique sin llegar a nada.
Pasaron días o acaso semanas sin respuesta, hasta que cierto domingo por la mañana apareció frente a la casona de Chapala el indígena calzado con huaraches de correa, vestido con calzón de manta y tocado con su sombrero lleno de agujeros. Tras él venían varios muchachos cubiertos de polvo arreando al asno doblegado por la carga. Que olían a sudor de días, a carbón y nixtamal, contaba Luis Barragán entre carcajadas, mientras mi padre lo interrumpía para enriquecer los detalles.
¡Arre! ¡Arre!, azuzaban los de atrás varita en mano atizándole el cuadril. Sus rebuznos apenas eran eco apagado de rebuznos. Sobre el lomo se mecía, al ritmo de sus patas fatigadas, un lío de sogas y petates que amarraban al gigantesco monolito. Entre cinco fortachones consiguieron con gran dificultad dejar la pieza afuera, a un lado de la reja. Al sentirse liberado, el burro emitió un último rebuzno y allí cayó, completamente muerto, frente a su propietario estupefacto. Mi abuelo no solo tuvo que pagar el monolito, su transporte a cargo del grupo de arreadores y la propina para los que se quedaron “allá atrás, donde ahora a naiden le gusta el agujero, aunque ya le echamos tierra”, también le reclamaron el asno muerto y “la llevada” del cadáver que ya se hinchaba como globo dilatado a la vista de curiosos.
Hay objetos, como aquella misteriosa deidad de las antiguas culturas de Occidente, que se quedan de por vida en los recuerdos. A mí me intimidaban sus ojos como culebras enroscadas en la piedra, pero mis hermanos y los primos jugaban a montarse en su cabeza. Muchos años después, en el Museo de Antropología e Historia creí reconocer el monolito entre otras piezas de la valiosísima colección prehispánica de mi abuelo que, a su muerte, pasó a manos de uno de mis tíos y después, a saber cómo llegó a parar al Museo. Sus descendientes no supieron conservarla aunque, por suerte, algo quedó en manos del Estado y no de saqueadores. Como tantos símbolos, documentos, libros, construcciones y artilugios que atesoraba este abogado singular, decenas o acaso cientos de vasijas y figuras labradas o pintadas se fueron perdiendo del referente familiar por ignorancia, desaire o codicia. Cuando estuve otra vez frente al monolito/cifra de mi infancia, no me pude resistir y lo toqué ya estando en el Museo. Sentí el rayo. Todo se abrió de golpe: la memoria reprimida, la materia dual de mis orígenes, voces, nombres, episodios de la historia, la diversidad que distinguió a mi abuelo, las casas familiares que me unieron de por vida a la genialidad de Barragán y las directrices ancestrales de mi temprana curiosidad intelectual.
En las piedras está inscrita mi memoria. Imagino que así como Virginia Woolf fue sensible al clima, a los árboles, al Victoria & Albert Museum o a los pájaros, a mi me marcaron los monolitos, el barro, los volcanes, colores recios, las jacarandas y los lenguajes cifrados. Se le ha escapado a la literatura esta extraña relación del pasado con el enigma de la tierra. Lo hizo Rulfo, pero halló la muerte viva y al ser encenizado que no acaba de ser ni de no ser. Reconozco al mexicano profundo en la cortedad del habla, en el pie agrietado, en el rostro semi oculto, en lo no dicho y en la aridez del llano: es lo que va y viene por el lado polvoriento de la muerte y el medio vivir sin entender la vida. Llevamos incrustada a la Calaca, al Xipe Tótec, a la Cuatlicue y Huitzilopochtili… No se diga de la diosa desmembrada...
No es melancolía, es que faltó cocción a la raza del maíz, sin hacer aún y mancillada. Quedamos desechurados, sin el legado tolteca. Se nota en la tristeza ancestral de nuestra gente. Un nudo sombrío repta como la culebra en los siglos e, intimidante, envenena aún. Rulfo no fue accidente del destino: los dioses lo eligieron para mostrar la brutalidad que subyace en el llano. Las piedras resguardan el silencio. Lo supe por aquel monolito que, como lo fundamental de aquellos ancestros, sigue impávido, a la espera de decir lo que gente, cosas y tierra no han sabido nombrar ni comprender.
