No es que me quisiera, es que despreciaba lo suyo. Deseaba lo que no tenía con tanto furor, que saltó sobre mí como perro hambriento. Estaba tan distraída haciendo lo que se hace cuando hay que crecer, que no me percaté del peligro. Tampoco me protegí de la intensidad con la que me perseguía. Éramos tan disímiles que no cabía sospechar una invasión a mi intimidad. Pasaba por buen hombre y cultivaba fama de comprensivo: un lobo con piel de cordero que iba de profesor por la vida, especialmente con jóvenes adelantadas que aspiraban a algo más de lo que el medio esperaba de ellas. Lo movía la avidez de apoderarse de lo que carecía o que no había logrado por indolencia, torpeza o por el defecto de postergar lo fundamental a cambio de la menor resistencia. Yo vagaba sin verlo ni repudiarlo porque estaba en la edad de los descubrimientos trascendentales. Registraba cuánto admiraba el poder, pero mi irresponsabilidad pasaba por alto su condición de dominador.
Elogiaba mi disciplina a excusa de que lo impulsaba a atreverse con grandes cambios, pues estaba cansado del tedio, de un matrimonio que decía aborrecer y de no haber logrado el destino que suponía merecer. Lejos me hallaba del mismo mal pues, a diferencia de él, andaba lámpara en mano cargada de dudas, como Diógenes de Sinope, para poner con firmeza los pies en el suelo y algo de luz en mi tiempo menesteroso. El ánimo y los destiempos entre nosotros eran totales. A él le sobraban argucia y delirio; yo carecía de edad y experiencia para prever que el hombre mayor que cede a la revolución interior trasmuta en bestia irrefrenable, obsequiosa y amarga. Ataca sin freno y envuelve a la presa, a pesar de que lo siguen las Furias con amenazas fatídicas. Persistió a pesar de las advertencias y yo, insegura y tonta aunque lectora de Homero y de Freud, de los trágicos, de Flaubert, Nabokov y del montón de escritores que apilaba en el anaquel sin considerar sus lecciones, separé la ficción de la verdad verdadera. El resultado no pudo ser peor.
Crear historias sin contarlas es tesoro reservado al silencio. Surtidor sin reposo, los sentidos se mantienen en punta y el ojo en alerta. Zeus redivivo, el deseador es huracán y quiere más: lo que está presente y lo que no está, lo que se imagina y lo que interpreta. En vano lo mueve un solo propósito: la pretensión de llenar la totalidad, ser lo absoluto para la otra, encarnar el estereotipo del héroe, combatir rivales y sombras sin dejar de ser Zeus, portador del rayo y seductor de incautas. No es eros el móvil ni el dulce agape de los amores mansos lo que agita el nervio dolido de los falsos enamoramientos tardíos. Es el miedo a la vejez y a la muerte. Ese pavor giraba en su mente con tal fruición que como un poseso alimentaba el delirio. Lo comprendí al profundizar en la definición de phantasia de Aristóteles: “la que le cuenta una historia a la mente”. Tal phantasia estaba habitada por el deseo de ser otro y poseer a cualquier precio el objeto deseado que tanto lo trastornaba.
Más atenta a lo que ignoraba que a lo que tenía en mis narices, mis ojos estaban puestos en la turbulencia que me cercaba. Muchos años después entendí que entre dioses, héroes, poetas, artistas y pensadores helenos campeaban las respuestas a mis dudas. Supe también que no se sabe lo que se sabe ni para qué se sabe hasta que ocurre el milagro de estar en condiciones de ver, pensar, asociar, actuar y asimilar lo vivido. Aceptar la debilidad significó comprender la piedad; no en su versión medieval y cristiana, sino la piedad como compasión por la complejidad humana. Lo entendí por la escena en que Príamo se humilla al arrodillarse ante Aquiles para rogarle la entrega del cadáver de Héctor, su hijo. Aceptar la piedad como revelación abriría compuertas inimaginadas de lo humano. Detrás de esas compuertas siempre, irremisiblemente, estaría el dominador colérico, el Zeus domiciliario con el rayo en ristre, un bravucón que atizaba la cólera para tapar su cobardía.
Abrirme a “la historia que phantasia cuenta a la mente”, me situó en otro espacio de la interpretación que me habitaba. Todo era agitación y violencia a mi alrededor: disgusto social que se adueñaba más de los hombres que de las mujeres. Corrupción en lo grande y lo pequeño. Máscaras y simulación disfrazadas de nacionalismo exacerbado. Mentiras y enredos en el sagrario de la patria. ¿Por qué habría de ser distinto el que se proclamó defensor de la patria? El lenguaje estaba torcido, especialmente por feminismos gritados y no asimilados; y a nadie importaba. Quien se proclamaba liberal odiaba las libertades, el conservador rezaba mientras protegía lo mucho o poco que atesoraba y los indiferentes ni cuenta se daban de que la democracia era un juguete ciego y deforme, de lengua larga y con los pies de trapo: un monigote que bailoteaba con Pan cuando en las calles o en los periódicos los inconformes gritaban. De lo que él más se enorgullecía era de ser patriota: abstracción celebrada a la voz de que por encima de todo amaba al país.
En mis inicios, imaginaba entre libros la que iba a ser; él, en alerta frente al umbral terrible de la vejez, estaba empeñado en abolir su pasado. Eran impensables las posibilidades entre nosotros. Aun así, él avanzaba al ritmo en que yo bajaba la guardia porque, curiosa por desvelar el misterio contrario al de la caverna que me enseñara Platón, avanzaba no a la luz, sino hacia los esclavos. Rayo en mano, él administraba el dominio como arma de destrucción. Y yo protestaba, pero no me movía.
En los enamoramientos tardíos reina Pan, el macho cabrío adorado por almas agrestes. Su edad era el fardo que no podía soportar. En la mía cabían la espera y la esperanza. Le pesaba su atrás malogrado y me exigía aportar el porvenir para rellenar sus faltantes. A fin de cuentas, acepté que el destino otorga lo que a cada uno toca; que es lo que es, así nos encaprichemos por perseguir lo contrario. Lo humano, al final, está en la piedad y, con ella, la comprensión de nuestra débil y pobre naturaleza.
