Enrique Vila-Matas se preguntó por qué escribe y por qué lleva tantos años haciéndolo sin saber por qué y sin dejar de hacerlo. Picada de lo mismo, y con más razones en mi circunstancia, cada palabra suya sobre escribir y reflexionar la escritura propia o de otros me tocó como el rayo. Igual a una oración que pide ser respondida, repito cada mañana la misma duda cuando, casi sin darme cuenta, algo comienza a fluir desde sabe Dios dónde, pero relacionado con la luz y las sombras. Dueños de cierta idea que viene hacia mí, como de magia los vocablos me indican que no hay goce mayor al de la claridad que empuja la noche oscura. Como milagro, todo se ordena entonces, a pesar de que el caos se expande en el mundo y de que, con la edad, se pierden certezas.
Después de horas de estar concentrada en el prodigio de la escritura -figuraciones, sueños y pensamientos incluidos-, me pregunto además si mi percepción de lo real se refina como el amanecer o el oído del músico, o si acaso ocurre lo contrario: ver la realidad de golpe y concentrarme tanto en la reflexión que quizás abandono el propósito comunicador del lenguaje, para vagar por un camino paralelo al de los eremitas ávidos de entendimiento y liberación espiritual. En ambos casos, la experiencia de la anhelada iluminación me es ajena no obstante atractiva, aunque la magia de la escritura al menos permite imaginar su proceso.
No considero casualidad la importancia del mito de la caverna pues, aislados en sus cuevas de los Himalaya, ascetas y yoguis, en pos de iluminación, exploran la verdadera naturaleza del ser y de las cosas. Los vi, nos miramos, los tuve cerca y quizá, por un instante, me invadió el misterio. Desde la distancia de Occidente, acudí al budismo para confirmar las limitaciones que nos separan de lo distinto y ajeno, así como de lo aparente y lo oculto o menos visible. La atracción de lo ignorado, del clarear y del saber ancestral es tan fuerte que durante semanas temblé después de leer La Antártida empieza aquí, de Benjamín Labatut, quien no supo de nada peor al ir, durante un estado profundo de conciencia, de la oscuridad a la luz y al revés, hasta probar el vacío generatriz o creador y transformarse en otro, sin dejar de ser él mismo.
Podría decir que yo también, desde medios diferentes, me aventuro en lo desconocido por mero apetito de saber o afán de luz. Durante su íntima confrontación, los grandes maestros se fusionan al ir y venir de la mente hacia el vacío con el auxilio de respiraciones, quietud y abandono de sí. En esa suerte de suspensión metafísica perciben estados ocultos, inexplorados o profundos de conciencia que, por sufrirlos antes de escribir El verdor terrible y Maniac, harían decir a Labatut que los abismos de la razón humana son insoportables, aunque lo abrieron al universo que aguardaba “después de la luz”.
Con la relatividad del caso, al ir más allá de lo aparente y traspasar la evidencia de las palabras, es cierto que la mente, mediante recursos que ni siquiera imaginamos, se abre a un nuevo saber, a lo inesperado y a veces oscuro o esclarecedor de manera indistinta, aunque intensa por necesidad en ambos casos. Según noticias de informados de primera mano, los más consistentes exploradores del espíritu acceden a un conocimiento supranatural que nos es ajeno al común de los mortales. Sin embargo, unos cuantos y alguna vez podemos intuirlo, no obstante la imposibilidad de describirlo o definirlo: es lo inefable, lo intransferible, lo sagrado, el arrebato que se manifiesta sin saber cómo ni por qué… También me pregunto si algo tan esencialmente humano como la experiencia mística estará al alcance de la inteligencia artificial cuando, además de redactar, acomodar, plagiar, resumir y ajustar -poemas incluidos-, pueda abundar en los espacios del éxtasis, la iluminación y las vivencias trascendentales.
Mientras que Vila-Matas se aventura en la tradición “para aportar algo distinto (…) y comentar la realidad ampliándola”, de antemano yo desconfío de lo supuestamente real porque me parece engañoso. Reconozco que al escribir busco sin saber qué busco, a sabiendas de que existe una visión previa que me inclina a repetir las mismas rutas, quizás para esquivar la tentación del abismo. Escribir no significa ir en pos de creencias, sino de cuanto aclare el entendimiento y otorgue algo de tranquilidad al espíritu ya que, por inescrutable y tremendo, desde la noche de los tiempos se ha dejado en manos de las religiones.
Que es el anhelo de lo absoluto, el asombro o cierta obsesión de tipo fáustico lo que lo impulsa a escribir, ha dicho reiteradamente el muy original escritor Benjamín Labatut. Fascinante, su obra confirma la tremenda atracción por el lado oscuro que lo incita a explorar más y más hondo en el misterio de la mente; misterio que, de maneras diferentes, nos habita sin que la ciencia ni el poder del lenguaje nos permita descifrarlo, todavía.
He leído y escuchado decenas de respuestas a la pregunta de por qué y para qué escribir: nada que deslumbre. Que si para que los quieran, por los cinco minutos de fama, por vocación, para ser notados o sentirse vivos…; en suma, boberas inabarcables. Se escribe por asombro y continuidad en la huída primordial del esclavo de la alegoría o mito de la caverna. Lo convincente es la sinceridad de Labatut al reconocer que lo mueve la obsesión fáustica o impulso irracional de conocer lo absoluto. Obsesión idéntica a la del esclavo que escapa de las sombras en pos de luz: no hay más… ¿O si?
