Martha Robles

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Fuera de lugar

Sebald on Rober Wasler  apieceofmonolgue.com

 

Los lenguajes, las generaciones y el carácter social cambian a velocidad de la luz. Salvo clásicos como Shakespeare y su genio para tratar pasiones, los escritores no se sustraen a la feroz discriminación del tiempo. Frente a anaqueles repasados con el cariño de las amistades verdaderas,  percibo una sensación extraña: como la que nos habita después de un largo viaje, cuando al regreso añoramos lo de atrás y lo propio ya es ajeno.

Distinto a la costumbre de algunos de frecuentar fotografías, como si de coleccionar pronombres perdidos se tratara, paso la vista por filas de obras cargadas de vida, de referencias atadas a mi historia, páginas que me tuvieron con los ojos bien abiertos, párrafos prendidos como lámpara de luz a mi memoria y versos, muchos versos que llevan en el ritmo la metáfora del deslumbramiento y de la sombra, del silencio, la voz y la gama de emociones que, a querer o no, palpitan en la geografía del alma.

Casi todos familiares en la sección de infaltables y sagrados, nombres como los de Calvino, Sebald, Jabès, Schwob, Dinesen, Virginia Woolf, Steiner, María Zambrano, Gabriel Zaid e inclusive Borges, Pessoa,  y Tabucchi, sin desdoro de los no citados ni afán de menospreciar a mis amados griegos, ni a Cervantes ni a mi querido Daniel J. Boorstin,  me atraviesa a mi pesar una extraña sensación al saberme viva, todavía, y en contacto tan estrecho con sus voces. Así me doy cuenta de que ellos, sus libros, mis libros y yo, estamos fuera de lugar, quizá perdidos en el ilusorio mundo donde la palabra habla, dice mucho y arranca el velo a la apariencia.

No que faltara violencia al ayer o al antier ni que la literatura del siglo XX fuera ajena a la turbulencia que agitaba las décadas, es que la belleza, la palabra, el pensamiento y un equilibrismo delicioso entre el sueño, la vigilia y la verdad, eran bálsamos contra el vocerío que nos cercaba. Muerto joven, como Sebald o Woolf, Calvino abría posibilidades esperanzadoras a la verdad ficticia y a la ficción verdadera. De hecho, él mismo advirtió cuán benéfico era dotar de “consistencia”, exactitud, claridad y rigor al acierto de recrear la vida desde otro lugar: el de lo posible inexistente, como en la hermosa aventura del Barón Rampante, que todo adolescente debería leer para endulzar su rebeldía con la magia de las letras.

Para cada gesto de nuestra descuidada existencia, el lenguaje sacaba el as bajo la manga. Así, también rendida a la palabra, Virginia Woolf conseguía estremecerme  desde su diario o en sus relatos. La jornada de una Mrs. Dalloway transitando del pasado al presente mientras arregla un florero y prepara al detalle una fiesta, me reveló, en mi adolescencia, no sólo el hueso de la burguesía inglesa, sino algo más trascendental y sin fronteras: la tremenda frustración femenina. La literatura siempre era puerto de salida y de llegada que, en mi carácter de extranjera vitalicia, invariablemente me otorgaba identidad y cobijo.

En su lucha contra recuerdos incisivos que lo atormentaban, Max Ferber, uno de los “emigrantes” de W. G. Sebald, decía que mientras el dolor físico tiene un límite porque eventualmente se olvida o se mitiga, el mental es ilimitado y reiterativo quizá porque su sombra o su fantasma permanece. No hay analgésicos, polvos ni sueros para sosegar las penas del alma de, por ejemplo, las víctimas del fascismo, de experiencias punzantes o de la violencia extrema. Ese tipo de recuerdos daña la estructura interior al separar la aflicción profunda de lo demás. Sebald era un experto memorizador: clasificaba, reordenaba y entendía hasta dónde la agitación “provocada” del cerebro crea “atormentados” o “criaturas emocionales”  por no haber estado bendecidos con el olvido.

Aceptó que “en eso” estaba el secreto de su escritura. Sufría al arrancar el velo de lo tenebroso, pero al dirigir la tinta contra las sombras, aquella penumbra adquiría luminosidad, forma y sentido. Entonces caminaba; viajaba y caminaba; otra vez viajaba y volvía a caminar para enfrentar sus demonios en solitario, mientras creaba su inventario de paisajes, lecturas, escenarios y personajes; es decir, él era el sustento de su memoria y a la vez la memoria lo sostenía, reinventándolo.

En algún libro –o en varios- escribió que para distraer el ramalazo que activa las células cerebrales relacionadas con los malos recuerdos acudimos a actividades tales como el estudio, el deporte, la televisión o a cualquier otro quehacer que nos saque de la angustia; no cualquier angustia, sino la alojada enel pozo de la memoria. En mi caso la música, leer y escribir, además de caminar, practicar el silencio y hacer yoga han sido asideros para rediseñarme sin elementos perturbadores. Caminar largas distancias o pasear al perro sacaba a Sebald del “hoyo”.

Resulta irónico que, cuando al parecer aquel extraordinario escritor había dominado un diálogo asociativo con sus sombras, falleciera a los 57 años de edad atropellado por un automovilista en Norkfold, donde había encontrado su verdadera patria. Cuando leí la noticia sentí el rayo: nadie, ni él, pudo triunfar sobre los juegos del recuerdo, la remembranza y el olvido.

Coincido con él en que dejar atrás el pasado o al menos intentarlo exige una doble labor de reconstrucción interior y exterior para atinar con un ser intermedio entre lo rememorado, lo inventado y lo definido en presente. Los recuerdos suelen sellarse, al menos en principio, a fuerza de no mencionarlos para ir encimando, si así pudiera decirse, lo mejor sobre lo indeseado. A nadie le gusta reconocer la ciénaga que sirvió de cuna. A mí tampoco. Omitir sin embargo no significa olvidar, sino reelaborar mediante relatos lanzados al futuro. Quien, como el notabilísimo Sebald, camina largas distancias entregado al proceso de elaborar apuntes y/o copias de la memoria aprende a distinguir puntos de partida y de llegada, estaciones de reposo, senderos engañosos y señales de advertencia. También descubre el lado creativo de hacerse preguntas sobre el destino: cuál y cómo, por ejemplo, es la carga que vamos moldeando para lanzarla al impreciso futuro o al no-lugar donde podamos reconocernos o siquiera cobijarnos. La pasión, el fuego, la incertidumbre, el miedo, el narcisismo, la lucha, el sufrimiento, la maldad… Todo sirve como caldero de historias y personajes que, a querer o no, dependen y se prueban en  las trampas mentales.

Pienso en Penélope, que hacía y deshacía su telar sin ver “el revés” del relato y sin vencer el estigma de la abandonada. Invariablemente “tejía” con fruición, pendiente del porvenir que debía anunciarse por la ventana. Los griegos, exploradores sin par de mensajes herméticos, tuvieron el genio de ilustrar el lado oscuro de las personas primero en los mitos y después, revestidos de una belleza perturbadora, a través de sus personajes trágicos. Gracias a ellos me fascinó la idea del destino, nutriente invaluable de la literatura y por ellos sigo confiando en que el vocerío y el infierno que nos rodean son pasajeros porque el hombre y el mundo tienen remedio.