Martha Robles

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Plaza Comercial Artz Pedregal: Otra arbitrariedad

De la página web de Sordo Madaleno Arquitectos

 

No han existido ciudades ni sociedades idílicas, pero los errores actuales agravan el riesgo que trasciende el mal vivir con la amenaza de nuestra autodestrucción.  Tras atinar con soluciones graduales para mejorar la morada y la convivencia humana, las generaciones recientes han deformado las necesidades básicas mediante la incitación publicitaria del deseo de lo inútil, efímero y prescindible, distintiva del capitalismo salvaje. Mancuernas de la producción en masa, del consumo exacerbado, de la deshumanización de las urbes y del tremendo deterioro medioambiental, las construcciones cada vez más altas, más costosas, más irracionales y agresivas con el entorno se han convertido en monumentos al comercio de la futilidad y templos del nuevo dios monetarista. 

La arbitraria construcción en proceso de la Plaza Comercial Artz Pedregal, situada sobre el Periférico Sur, entre Picacho y Luis Cabrera en nuestra sufrida Ciudad de México, es uno de tantos ejemplos que encumbran dos expresiones de una misma degradación de la sociedad: la extrema corrupción imperante y el desprecio que  inversionistas y autoridades ya no se molestan en ocultar  por la población afectada. No contentos con destruir los ya escasos vestigios de nuestro pasado, casas y espacios que fueran hermosos y puntos de referencia, los siempre coludidos funcionarios, inversionistas y constructores también se van con todo contra los solares y espacios abiertos que, en atención a cualquier plano regulador, deberían destinarse a parques, jardines y zonas de recreación para los millones de niños, jóvenes y ancianos que, en esta ciudad en concreto y en general en todo el país, son simplemente ignorados por las autoridades.

Impresionada por la desmesura, por los obvios daños colaterales y la arbitrariedad con que se alteran y añaden más y más pisos y torres o un costosísimo túnel de lado a lado del Periférico, cada vez que paso por este conjunto siento algo parecido a un bofetón en plena cara. Prueba fehaciente de que el dinero todo justifica, todo puede, todo seca, esteriliza y triunfa sobre la decencia, la moral y el respeto esenciales, el veloz avance de la construcción espeta su verdadero despropósito. Lo que se afirma en su página web, nada tiene que ver con la verdad ni con la calidad urbana. En realidad, este desfiguro es lo que es: un negocio redondo, como sus equivalentes repartidos en zonas de la ciudad donde se concentra la población consumidora. Al presentar su proyecto, leemos  que “en atención a la demanda actual por generar espacios de calidad y constante crecimiento urbano, Sordo Madaleno Arquitectos proyecta ARTZ Pedregal, un conjunto de usos mixtos que promete ser el nuevo ícono en el corazón del sur de la ciudad de México. Este proyecto se encuentra dentro de un paisaje completamente urbano, sobre un terreno de 50,500 m2 y colindante a ejes viales muy importantes.” Nada se dice del uso del agua, nada respecto de los intereses vecinales, nada del tránsito vehicular y nada del montón de problemas ya existentes y por venir. Ese, así, es México: ¡el reino del abuso y la arbitrariedad:

Por lo pronto, las quejas no han faltado desde sus orígenes, empezando por la escasez de agua, los permisos y condiciones de construcción, los daños causados a los edificios aledaños y el uso del terreno, hasta la exigencia vecinal del respeto al obligado espacio verde que debería ser de unos 20 mil m2. Tanto atropello implícito en la actitud de las mal llamadas autoridades, me lleva a repasar, todos los días, lecturas relacionadas con la sociología del urbanismo.  Invariablemente concluyo que desde The City in History de Lewis Munford hasta las ficticias Ciudades invisibles de Ítalo Calvino, no hay indicios de la humana capacidad para vivir con la felicidad en la mira o siquiera productivamente y en paz con sus semejantes. Sin embargo, hay hechos peores a otros y los mexicanos siempre avanzan con pie firme en la lista de lo abyecto.

Consciente de su significado en la calidad de nuestras vidas, el urbanismo fue una de las preocupaciones de Calvino. Con él confirmamos que, a falta de comunicación, en la Antigüedad se preservaban las diferencias, aunque Marco Polo le hiciera notar al Gran Kan (en La ciudades invisibles)  que es más fácil conocer en el atlas las urbes que de manera personal, pues “viajando uno se da cuenta de que las diferencias se pierden: cada ciudad se va pareciendo a todas las ciudades…”: el polvillo informe, cerros de basura, falta de agua, ruinas como letras perdidas de nombres ya indescifrables, cementerios, normas, dioses, sueños, deseos, tentativas y,  lo más obvio en nuestro tiempo, que cierra esta obra:

-El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.[1]

De esos infiernos, cada vez más complejos y disfrazados de progreso, están tramados los inescrupulosos negocios inmobiliarios. Si nada más nos referimos a la CDMX,  todos los días observamos con terror cómo se van multiplicando, como siembras del diablo, estas inmensas moles amontonadas que aplastan los  sedimentos lodosos de la que fuera la Gran Tenochtitlan. A cambio de los remotos y ya inexistentes canales, tan tremenda carga empeora la fragilidad del fango en el subsuelo. La suma de millones de habitantes, vehículos, ladrillos, vigas, concreto, “equipamientos”, maquinarias, materiales contaminantes y cuanto tiliche y mercadería suntuaria inventa el comercio, agrava un peso descomunal al lecho de la ciudad que en muchas zonas ya roza el límite.  No tardarán en cumplirse las advertencias desoídas de algunos especialistas y veremos la expulsión de aguas negras por todas las coladeras. Ríos de caca y residuos pestilentes que más pronto que tarde nos harán creer que la contaminación del aire es nada comparado al muladar de abajo que ya pugna por salir…

Con tanta complejidad y tan escasa sabiduría, no hay equilibrio posible en este país convulso. A pesar de las mejores intenciones, no hay manera de ver con buenos ojos este desfiguro al gobernar. Si la codicia es la peor consejera donde fluye con tal facilidad el dinero, solo quedaría un gobierno justo y recto para contenerla; pero, amarchantados con “mordidas” y corruptelas tasadas por ladrillo y metros cuadrados, los burócratas están dispuestos a aniquilar al país e ir contra la ciudadanía con tal de untarse las manos y salir forrados a costa de sus sucios arreglos y componendas.

Así que si, hay que celebrar la valentía del puñado de ciudadanos que se han atrevido a protestar públicamente por el atropello inocultable de este conjunto que no será el icono del sur, como presumen, sino otra de las vergüenzas que ya no debemos tolerar.

 

 

[1] Calvino, I., Las ciudades invisibles, 3ª. Reimp., Trad. De Aurora Bernárdez, Eds. Minotauro, Barcelona, 1988, p. 175.