Martha Robles

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Tiembla, duele, llora la patria

Milenio.com

Para Roberto Ramos Maza y Enrique García Cuéllar,  

chiapanecos queridos.

 La Naturaleza no tiene moral. Cuando pega, pega sin piedad. Carentes de infraestructura y de políticas de prevención para mitigar el efecto multiplicador de los desastres, a los pobres entre los pobres les toca sufrir la peor parte, tanto a corto como en el largo plazo. Ni diputados ni funcionarios ni la gente próspera que Abel Quezada caricaturizaba con gran ingenio son víctimas del  temblor. Medio contados por decenas de miles, los damnificados pertenecen a “los condenados de la tierra” que dijera Franz Fannon: etnias aisladas o inaccesibles en “su última trinchera” –según definiera Fernando Benítez en Los indios de México-; débiles guardianes de culturas en extinción, dependientes de indocumentados y familias variopintas y numerosas; pequeñísimos comerciantes y quizá campesinos con montones de niños y ancianos  hacinados en condiciones inhóspitas, seguramente bajo techos de lámina, de asbesto o de cartón.

De acuerdo a la tercera Ley de la termodinámica, relacionada con la disipación de la energía, la miseria es carísima para cualquier Estado. Sin embargo esa verdad, con sus costos y consecuencias, sólo se hace visible durante emergencias tremendas.  Sin caminos ni comunicaciones adecuados, con servicios asistenciales, psicológicos y sanitarios precarios o inexistentes, aulas que no merecen ni el nombre en Chiapas y Oaxaca, recursos laborales y alimenticios elementales, y la vida en general como pendiente de un hilo, los procesos reparadores se hacen eternos. Además resultan incosteables porque en vez de realizar planes y proyectos de ingeniería social, se le responde al caos con improvisación o mayor caos. Lo inteligente y más económico, por productivo a mediano plazo, sería racionalizar la restauración con visión futurista.

Lo civilizado sería olvidarse del oportunismo electoral y de soluciones al vuelo para hacer de una vez y responsablemente lo que debió atenderse y planificarse desde hace un montón de generaciones.

La televisión se ha encargado de mostrarnos que la más afectada por el temblor y sus réplicas es la muchedumbre que añade corrales y espacios tan inseguros como sus dormitorios primitivos. Las viviendas endebles que conforman el paisaje de la miseria a lo largo y ancho del territorio se multiplican al ritmo en que la mayoría de las más jóvenes –cual dicta la tradición- regresan a casa de la madre o de la abuela con hijos de Mambrú en brazos o en el vientre. Peor la realidad en Chiapas y Oaxaca: dos estados infaltables en los referentes del atraso y la pobreza extrema y los más dañados por este espantoso terremoto. El México profundo y esencialmente femenino pues, se asoma en toda su desnudez cuando aparecen los males. Al punto salen al quite codicia y rebatiñas políticas, propaganda gubernamental, intereses y chapuzas electorales y mucho oportunismo. Basta observar esa indignidad partidista y “política” en los noticieros para que los televidentes acabemos asqueados. Tan agreste exhibición de dolor,  inequidad social, bajezas y abusos confirma no únicamente que la mujer es el eje reproductor de la miseria, sino que no hay nada positivo que esperar de la gentuza que gobierna o pretende gobernar.

Hay algo, además de esta verdad femenina tan tremenda que vuelve a mostrarse en la desgracia, que nada ni nadie puede ocultar: la patria, esa herencia del Padre/padre que podría definirnos, dotarnos de identidad, pertenencia, orgullo y presencia social, es una de las varias ficciones que no sirven ni como la mascarada con que se pretende disfrazar la realidad del vencido, su síndrome de la derrota.

¡Nuestro pobre, pobre México!, se lamentaba desde los años treinta Manuel Gómez Morín antes, mucho antes de que el PAN estuviera en su lista de fundaciones. Lo recuerdo con frecuencia porque también hoy, como ayer los redentores, ángeles exterminadores, elegidos del Señor y Mesías que prometen convertir el pudridero en tierra de promisión, engolan la voz y apuntan con el índice hacia el porvenir nebuloso mientras escupen su oratoria para bobos.  

Qué triste, qué dolorosa, pero sobre todo qué indignante es esta realidad creada por la  corrupción y por la sociedad que la ha soportado. Lo que es, es, diría san Agustín respecto de la verdad. Y lo que es es que estamos a merced de criminales y delincuentes tan trepadores como oportunistas.  Incivilidad, falta de orgullo, impotencia y hasta el horror oculto tras la desaparición de niñas y jóvenes, el robo y explotación de menores… Todo, de manera inevitable, se pone de manifiesto cuando nuestro infortunado país es víctima de desgracias que dejan tras de sí sufrimientos que podrían ser menores en situaciones más dignas.

Esto tiene que parar. Empecemos por impedir que legisladores, jueces de la Suprema Corte, gobernantes, burócratas privilegiados y validos de la partidocracia sigan hinchándose a costa del presupuesto, y en detrimento de la justicia social. Es inconcebible que esta tribu de oportunistas, trepadores y vivales siga cultivando el parasitismo y la práctica del chapulín sin dar nada, absolutamente nada civilizador y digno de merecimiento a cambio. Se deben disminuir sus ingresos desmesurados para pagar la reconstrucción de los pueblos, como ya exige una parte responsable de la ciudadanía.

Sufrimos la mayor miseria moral de nuestra historia contemporánea. El sistema de poder ha hecho de México un pudridero. Mientras se sirven con la cuchara grande del presupuesto los gobernantes, legisladores, el INE, los partidos y sus gastos electorales, abiertamente se apela a la compasión para que la caridad pública se encargue de sustituir las obligaciones del Estado. No que no debamos ser solidarios, es que hay que concientizar respecto de las causas y las consecuencias de las desigualdades extremas.

 Duele el alma mancillada de la patria, duele la verdad, duele la impotencia y el descenso moral de la cultura política. Fruto del capitalismo salvaje, la inequidad se agrava cuando el agua, la tierra, los vientos y los males arrasan con las comunidades más vulnerables. En el remoto pasado, las calamidades se consideraban castigo divino. En las democracias espurias, en cambio, sus consecuencias son el espejo inequívoco de los errores y deficiencias humanos.