Martha Robles

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Una difunta singular


Me dicen que hay que “soltar” a los muertos para que se vayan de una vez por todas. Que no hay que extrañarlos demasiado porque corren el riesgo de seguir “amarrados” a este mundo. Yo oigo con mi escepticismo habitual. “Soltar”, “desapegarse” y “romper ataduras” son voces que, a ciencia cierta, significan todo o nada; es decir, están sujetas a la fe de cada quien.  Ahora resulta que los muertos se quedan o se van a voluntad y que, en cierto modo, de mi depende la liberación definitiva de cuando menos dos personas que echo en falta cuando siento que la vida se quedó como vacía sin sus humoradas maliciosas, sin la amistad que profesábamos.

Rica, simpática, sofisticada, culta, guapísima, elegante, ocurrente y tacaña si las hay, mi amiga rompía todos los esquemas. Gustaba lucir sus numerosos sombreros borsalinos, que le quedaban de maravilla. Así se daba a notar en las bodas, en los toros, en las fiestas y a pleno sol. Transgredía como si nada, como si no se diera cuenta o si en verdad creyera que con llamarse Norma era suficiente para no observar las verdaderas normas. Anarquista natural, actuaba una indefensión “muy femenina” para que cualquiera a su alrededor cargara sus maletas, agilizara trámites, le dieran mesa en restaurantes exigentes, la pasaran a primera clase en los aviones o resolviera cualquier tipo de problemas. Con la fresca se metía por la libre al Lincoln Center, saludando con las de rigor y con la cachiza de hacerse ayudar, en atención a su edad y a cierta cojera tardía, hasta ocupar el mejor asiento. Para colmo, los burlados inclusive agradecían la oportunidad de conocer a señora tan encantadora, “aristócrata seguramente” o una de esas millonarias extravagantes siempre en viaje que ostentan en el rostro su muy apretada biografía.

Pelirroja y asidua de la henna, sus ojos inmensamente azules eran acta de fe de sus raíces escocesas. Además, su inglés era impecable. Al invitarme al mediodía para comer iba desplegando estratagemas para alargar la despedida. A excusa de la anochecida, del tránsito infernal o de lo bien que la pasábamos entre floretes literarios y juegos de palabras, con boberías que nos hacían reír hasta las lágrimas, con el  intercambio de poemas y recetas de cocina, sin omitir ficcionarios extraídos de nuestros pasados amorosos y cuentos sin cuento sobre lados oscuros de los respectivos conocidos, de preferencia intelectuales o políticos, sacaba del cajón un camisón de seda y me aclaraba que “por casualidad” tenía dispuesta la habitación de las visitas. A no querer queriendo me quedaba a seguir la ronda hasta después del desayuno que ella misma preparaba como buen gourmet que era.

Así era Norma Wanless: caprichosa y sabia en lo esencial, aunque su lado más oscuro se antojaba inescrutable. Con frecuencia me enojaban sus abusos, pero igual tenía escondida una sorpresa amable, invariablemente divertida, que me hacía quererla aunque a veces no quisiera. Su inteligencia la salvaba inclusive de los desencuentros con sus hijos. Quizá fui de las pocas que conoció a fondo sus deslices. Me aconsejó cosas tan útiles como tener siempre a la mano un amigo “de enseñar” para las fiestas porque las mujeres solas somos vulnerables. Conocía remedios para el alma y para el cuerpo. Practicaba el don de la amistad, pero mejor se deslizaba con abierto coqueteo con hombres jóvenes, lo que resultaba incómodo para quienes teníamos que aguantar indiscreciones. Era, en fin, un verdadero personaje que podría haber fascinado a Proust, a Flaubert y a algún embajador ávido de relaciones peligrosas.

Casó en primeras nupcias y de manera clandestina con Ernesto de la Peña. Era joven y atrevida a pesar de que nunca renunció al conservadurismo que defendía como conquista de su clase. Procreó con él un hijo de mi edad, primogénito de ambos, que creció sin conocerlo. Un segundo matrimonio con un divorciado mayor la introdujo a los tortuosos no obstante lucrativos caminos de la publicidad en los que volcó su temprana pasión por la poesía. Entre “tus hijos, mi hijo y nuestro hijo”, Norma practicó la charrería que la afamó por sus destrezas a caballo y hermosos atavíos. Trasmutó en abeja reina hasta gobernar el entorno familiar, el social y es de creer que también el económico.

Al enviudar, cuando aún no llegaba a los cincuenta, adquirió la madurez distintiva de los que han probado el sufrimiento, pero sin dejar de comerse la vida a grandes trozos. La conocí por esas fechas y, a pesar de que mediaban dos décadas entre nosotras, su espíritu jovial y su desorden irredento disipaban cualquier distancia entre nosotras. Se tumbaba a llorar dos o tres veces por semana en el diván de un psicoanalista que se llevó a la tumba sus secretos. Al concluir la sesión se reacomodaba las joyas, doblaba su pañuelito bordado, se pintaba los labios y salía a la calle sonriendo a esperar al chofer para que la llevara en el asiento de atrás de su inmenso y demodée cochazo blanco que se negó a cambiar por uno más moderno, “porque ninguno es tan confortable y amplio como éste”.

Fumadora irredenta, igual que su hermana Sylvia, a la que visitábamos juntas todos los sábados de años y años porque vivía enchufada al oxígeno, envejeció como ella con severos problemas respiratorios. Si Sylvia era inmensamente gorda a causa del enfisema que primero la inmovilizó y al fin la acabó, Norma era tan delgada y a veces frágil que se fue consumiendo al tiempo hasta volverse casi una niña. Nunca perdió el glamour ni dejó de hacer travesuras.

Entre enojada y solidaria, la acompañé en su agonía. Antes de que se adelantara en su fase final, los hijos la hicieron dejar su casona de Tlalpan, cuyo jardín adoraba, igual que a su perro, su piano, sus obras de arte, su cocina, sus libros, su independencia, sus amigos, su libertad… La cambiaron a un departamento en la Torre de Palmas, donde padeció cada minuto y sin duda se entregó a la tristeza. Atrás quedaron nuestros viajes a Nueva York, a Nuevo Orleans… Su vida declinó de feo modo: nada qué ver con su talante alegre y ese afán tan suyo de probarlo todo, de conocerlo y disfrutarlo todo. Sin chofer y sin cochazo, atenida a la buena voluntad de los demás, me llamaba para ir al cine, a exposiciones y conciertos; luego, el restaurante, la cena, la copa de vino, los postres y la plática vivísima que la revivía como milagro. Durante sus últimos años extremó sus defectos, aunque nunca perdió el tipo. Cometió errores de los que en ocasiones se arrepintió, pero los asumió con valentía.

No me extrañó que muriera sentada o quizá recostada, pero vestida y despeinada. Llevaba días inmersa en sí misma. Sospeché que se iba cuando dejó de telefonearme a cualquier hora, aunque varias veces al día, pero no hice caso a la intuición y esa tarde me negué a visitarla. Durante sus funerales sentí que me hablaba. No me extrañó: todo podía esperarse de ella. Nunca quiso ser incinerada. Según instruyó, deseaba reposar con su hermana y sus padres en la capilla familiar del Panteón Francés. Y en eso estábamos… Los sepultureros bajaron trabajosamente el ataúd para acomodarlo en un espació en el que a todas luces apenas cabía. Situada con “los dolientes de primer grado”, al frente del grupo que atestiguaba la despedida, sentí la hondura de lo que perdía. Los hombres prepararon la mezcla. Solo se oían las paladas, el movimiento de los ladrillos y, alrededor, un silencio que calaba hasta el hueso. El sol de diciembre quemaba sin calentar y un vientecillo helado me lastimaba más de la cuenta. De pronto, lo inesperado: el ring, ring, ring del teléfono celular llamando desde la fosa. Todos nos miramos. Era obvio que el sonido provenía de la tumba. Los albañiles se espantaron. Ring, ring, ring… otra vez… Con cara de “yo no fui” cada uno revisaba en sus bolsillos, por si acaso. Al corroborar que el sonido provenía del féretro se rompió la solemnidad y reímos a carcajadas.

Así era Norma: se llevó el teléfono móvil en el bolsillo de su chaqueta. No dudo de que fue ella la que llamó, a modo de despedida.

La soñé varias veces tendida en su féretro, como la vi por última vez. No estaba amortajada. Llevaba lo puesto: una blusa estampada, sin aliños y una chaquetita descuidada. Seguramente traía en los bolsillos las bolitas de kleenex que tiraba por todas partes. Después, su nuera me contó que la tarde anterior bajó a la peluquería situada en el sótano de la Torre para que la peinaran. Al final, su hija Margarita depositó sobre su cuerpo un hermoso ejemplar de los Requiems, sus poemas mejor logrados. Yo miré. Todo lo miré con ojos llorosos, inclusive el tránsito fugaz de Ernesto de la Peña quien ya llevaba la muerte dibujada en el rostro. Pensé que después de todo esa historia se cerraba. En ese momento, sin dilación, comencé a extrañarla