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Martha Robles

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Meditación sobre el desaliento

January 28, 2026 Martha Robles

Ya no hay una Ítaca a donde ir. La geografía se ha achicado y la hostilidad aumentado. Aguantamos mal los abusos. Al no saber cómo evitarlos ni sancionarlos, los banalizamos.  Ensombrecidas por la sobrepoblación de bribones, criminales, oportunistas y chapuceros, las personas íntegras no se dejan sentir; tampoco se las echa en falta porque se ha generalizado el desprecio a las virtudes y a la razón educada. Desde luego, la maldad no es nueva; lo novedoso es cómo avanza la infamia más descontrolada y, al volverse costumbre, provoca un peligroso estado de desaliento que opaca el principio de la espera y la esperanza, que tanto contribuye a confiar en que las soluciones son viables.

Siempre ha habido perversidad y horrores en el mundo. Para nuestra desgracia, sin embargo, la brutalidad se ha integrado a la vida cotidiana con la facilidad con la que un modelo económico infame ha modificado lo que fuera bueno, bello e inclusive sagrado.  

En realidad, cabe preguntarse cómo es que hemos caído en tan tremendo absurdo. Observo a los gobernantes de las potencias o de los países menores y tiemblo porque parecen castigo apocalíptico. Y digan si no lo es desde los Estados Unidos hasta Irán; desde Nicaragua hasta Israel y Afganistán… Y así sucesivamente hasta abarcar todos los continentes. De pronto dejaron de importar el pasado y el futuro.  Nada, absolutamente nada se ha ganado con eso, con excepción de millones de toneladas de basura y sabe Dios cuántos asesinados. Ni siquiera los nuevos poderes han enseñado a ser más felices, en armonía con la naturaleza y con el resto de animales. En vez de humanizar con los más altos legados, la globalización mercantilista potencia el desorden y la violencia de manera inmisericorde. Esta codicia ha dado al traste con la previsión y el cuidado, pues el provenir carece de sentido frente al abrumador predominio de fantasías virtuales.

En nuestros días, la historia parece no haber comenzado. No más arquitectura para durar ni obras de arte con espíritu de continuidad. Inclusive las letras, el poder absoluto y la música coinciden en absorber la futilidad imperante.  Somos efímeros, con fecha de caducidad, despojados de una razón de vivir para avanzar hacia adelante. El consumismo nos ha igualado a los objetos orgullosamente elaborados para usar y tirar. Y no es pesimismo; es lo inobjetable, lo real verdadero.

Supeditados a la realidad virtual, la mayoría se hizo indiferente al sufrimiento, al efecto de la brutalidad y a las necesidades imperiosas. Pocos creemos que el mundo pueda ser reconstruido. Al perder lo que se suponía valioso, se dejó avanzar a toda velocidad una subespecie humana con la robotización, la futilidad consumista, el culto a lo efímero y un escaso sentimiento de solidaridad.  Inclusive está superada la “sociedad líquida” -definida por Karl Popper,- con todo y su laxitud permisiva, porque el monetarismo ha consagrado el imperio la degradación, multiplicado las sociedades desarticuladas y la autodestrucción como divisa de progreso.

En medio de tanta discrepancia, se ha extremado el ruido para distraer y atontar a la gente en los espacios sociales. Ajenos a la moderación, micrófono en mano y a tono con el desorden, los políticos chillan como hienas amenazantes dizque para persuadir, pero a todas luces su propósito es atarantar mucho y  decir nada. De hecho, ese es el tono general, que responde a la dramática necesidad de gritar para ser notados, a pesar de que -ocupados en mirarse a sí mismos-, a nadie le importa ver ni reconocer al otro. Tribus de solitarios aglutinados: en eso nos convertimos. No es que me declare pesimista, es que contemplo el acontecer mundial aunque sin renunciar, todavía, a la fe en el despertar para que la vida se preserve.

La amenaza que se cierne sobre nosotros exige meditar en vez de hacer la vista gorda o de huir.  No podemos pedir, como Mafalda, que “detengan el mundo que quiero bajarme”. Debemos reflexionar para que cada uno a su manera recupere lo mejor de sí y vayamos frenando esta dinámica nefasta. Ya sabemos que el silencio y el saber son enemigos de las masas; sin embargo, hay que insistir en interponer pausas espirituales  para contribuir a la tambaleante salud mental.

No podemos negar que, a excusa de la democracia, cuyo propósito también se ha degradado, la muchedumbre acude a las urnas con la cabeza hueca y la voluntad torcida. Sólo por esa necedad -o más bien imbecilidad moral- se entiende que la temible “mayoría” otorgue poderes absolutos a una cáfila de orates, psicópatas, populistas y autócratas, campantemente adueñados de nuestro destino y del destino del planeta. Con seriedad debemos revisar las distancias inconciliables entre simples “electores” y verdaderos demócratas, ya que esas categorías letales que se han creado entre “gobernantes” y “gobernados” normalizan no políticas ciudadanas, sino la justificación del orden delictivo y hasta criminal, disfrazado de bien común.

En fin, que sean estas líneas una invitación a meditar para contrarrestar el desaliento y la frustración. No vaya a ser que, tarde o temprano, tengamos que aceptar el fracaso de la vida.

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USA quita. USA pone: herencia nefasta

January 8, 2026 Martha Robles

Imagen creada por IA

Lo peor: la banalidad de la infamia. Considerar nimiedad una intromisión colonialista, disfrazada de captura de un dictador, es tan bajo e inmoral como la agresión directa de una potencia a un país vulnerable. No hay arista rescatable en el episodio Maduro vs Trump. Tampoco se puede creer que éste sea un hecho aislado porque es indefendible la postura de los países que, embriagados con la novedad de las urnas, eligen monstruos para ser “gobernados” y terminan, poco después, rendidos a la seducción del verdugo, inmovilizados por el miedo, la ignorancia, la conformidad o la conveniencia.

La tragedia en América Latina, desde la consumación de las independencias y de manera persistente a partir de que Washington desplazara a otros invasores, es que USA quita, USA pone a discreción, y el pueblo humillado se acostumbra a los ciclos de su infortunio. Sin voluntarismo inteligente para vencer lo que con razón identificamos como maldición del vencido, la cadena histórica sigue repitiéndose y cerrándose sobre sí misma, incluso cuando se presume superada por la falacia de los procesos electorales.

Aunque las formas difieran por la teatralidad y la palabrería de los protagonistas, el fondo del proceso intervencionista es el mismo: instauración de una dictadura o gobierno espurio que dura hasta que incomoda económicamente o deja de funcionarle al interés extranjero. La cadenita, entonces, se activa y no deja lugar a duda: caída del tirano, impostura de títeres “transitorios”, elecciones amañadas, corrupción arraigada, más caudillos populistas,  autocracia, atraso, mesianismo… Intervención… Leyes e instituciones locales inmaduras o mancilladas…

Cambian las formas, pero el fondo permanece. El estigma compartido es la incapacidad de formar estados de derecho, sociedades demócratas, ciudadanías responsables y modernas. Venezuela, hoy, encarna esta situación exhausta, agravada por la inquietante celebración sumisa de propios y extraños por la manera en que el comando gringo se llevó a Maduro y su esposa.  Si, también a la esposa actuante, porque hay que decir que algunos tiranuelos -incluido Ortega- comparten con mujeres el poder absoluto, como si la reivindicación de lo femenino maquillara el despotismo.

Entre reacciones de júbilo servil y llamados al derecho internacional, el Gran Hermano se erige en redentor y líder intocable de la poderosísima potencia en expansión.  Trump gesticula y baila de alegría con ademanes que horrorizan, porque además recuerdan a Mussolini,  aunque Trump es Trump: un carácter intransferible, que cumple lo que anuncia y lo hace valer sin ahorro de violencia. A nivel internacional, su palabra es mandato y su decisión de “hacer una América grande”, principio de otra edad en la historia nefasta del imperialismo. De manera abierta, lo suyo es el cínico saqueo de los recursos naturales, ejecutado ante el timorato estupor del resto del mundo.

Sin eufemismos diplomáticos ni moralinas que tanto gustan “acá, en este lado”, se encumbra sin rival un dominador inusitadamente peligroso: Donald Trump. Su descaro ya no requiere enredos discursivos. No disimula. No engaña. Dice lo que pretende y lo celebra con procacidad. Se burla de los derechos humanos y de la democracia.  El botín es lo suyo: territorios, minerales, petróleo, posiciones estratégicas… Su lenguaje no es político, es mercantil; no es estadista, es un mercachifle. Sin la consabida hipocresía que se asocia al poder, él adopta la franqueza del depredador.

Venezuela no es un Estado. Es reserva explotable que aguarda al nuevo amo quien, a su manera y con la complaciente colaboración de los ayer implacables y amenazantes chavistas-maduristas de la “República Bolivariana”, normaliza el colonialismo del siglo XXI. Su estilo: retórica expansionista, desprecio a las soberanías y autoexaltación para que el saqueo sea recibido por los afectados incluso con esperanza: tal la devastación moral a la que hemos llegado al aceptar la indignidad y la dominación convertida en espectáculo.

El sentido y la memoria de las independencias sólo han servido para que la muchedumbre aplauda los desfiles militares que tanto disfruta. La realidad es que nuestras “independencias” han sido pródigas en redentores y gobernantes espurios. Sólo cambian  atavíos y discursos incendiarios, sin distinción entre derechas e izquierdas, militares y católicos o casi alfabetizados y letrados. En tanto y persista la incapacidad de formar sociedades auténticamente democráticas seguiremos confundiendo fuerza y autocracia con salvación.

El imperio no domina sólo porque impone: lo consigue en este continente con la complicidad de pueblos dispuestos a obedecer. En nuestro caso latinoamericano es peor la costumbre de aceptar las humillaciones de propios y extraños que la fatalidad histórica. Expertos en crear y sostener gobernantes que nos dejan la cara roja de vergüenza, acá se banalizan las bajezas porque la dignidad todavía nos es tan ajena como la identidad y las virtudes cívicas.  

Maduro no estaba sólo; además de sus compinches internos, se apoyaba en dictaduras tan impresentables como las de Nicaragua y Cuba, además de otras “simpatías” quesque ideológicas,  como las de México y Bolivia, que han fortalecido el círculo de las amistades peligrosas. No sería de extrañar, en panorama tan aciago, por consiguiente, que seguirán brotando ejemplos que, lejos de enaltecernos, incrementen la condena de los vencidos de ayer y del siglo XXI.

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Furor decembrino, mi disgusto

December 17, 2025 Martha Robles

Ilustración para mi blog de IA

Diciembre en la CDMX es un torbellino insufrible que arrastra nuestras vidas a otros círculos del infierno que asustarían al mismísimo Dante: entre que los de MORENA deciden parchar en horas pico los baches que dejaron crecer durante todo el año hasta honduras abismales; los rateros y extorsionadores no dan tregua, los mercachifles dejan en libertad su codicia insaciable; los pedigüeños acosan en las calles y en las casas con alcancías de plástico y sobrecitos con leyendas impresas; las diputadas se desgreñan con la ausencia de estilo y de materia gris que caracteriza su invaluable y muy bien pagado no-desempeño político; la innovadora burguesía morenista despliega a la luz del día y con lujo de cinismo su atareada decisión de sobrepasar con creces los niveles históricos de corrupción, encubrimiento, mentiras e impunidad actuando como si su rapacidad fuera el triunfo social  sobre el derrotado compromiso de institucionalizar la revolución; que si la gobernanta, en su inaceptable fidelidad al patrón, insiste en voltear para otro lado para proteger “hasta sus últimas consecuencias” intereses y aliados de su figura tutelar; a la par y frotándose las manos, el residente de La Chingada se regodea mirándose en el espejito yo-yo de la grandeza, y su compita tabasqueño, agradecido, se constituye en eficientísimo agente quesque literario para que su librucho se corone como el gran best seller del año, del sexenio, de la década y aun de la historia de la no-lectura en México; infatigable en su degradación, la mal llamada justicia –reducida a la ley de “porque lo digo yo”- se entretiene prodigando escándalos mediáticos y bajezas sin límite para humillar hasta la ignominia a sus chivos expiatorios; las pelis navideñas inundan con su cursilería gringa la televisión “cargada” de mensajes de inmensa alegría, amoríos reganados, esperanzas cumplidas, sesiones de perdón y triunfos sobre los grinch durante entretenimientos amenizados con harto chocolate caliente coronado con crema  batida y malvaviscos; y, para alentar el espíritu navideño, dulces por toneladas, galletas de gengibre, ingentes cantidades de  guirnaldas y luces dispuestas a encandilar al mismísimo firmamento; que por eso, por “la contaminación lumínica” los satélites allá arriba andan como desviados, con el rumbo perdido y los mensajes alterados; pero eso sí: la publicidad no cesa de vender la ilusión de un mundo idílico, poblado de hombres y mujeres tan ricos, exitosos y felices como jóvenes, hermosos, ociosos y depositarios del secreto de la inmortalidad autosatisfecha.

¿Cómo no molestarse si por donde vamos tropezamos con perros ridículamente vestidos, sustitutos de hijos paseados en carreolas; caniches que presumen a sus amos; amos/rehenes, limpiadores de sus cacas, aunque también disfrutones a tiempo completo; y no faltan los beneficiaros de aguinaldos y premios electoreros que se amotinan en los comercios para consumir lo inimagible e inecesario… Furor decembrino éste, sí, que con preclara caracterización morenista levanta el tapete de la pura verdad. Una verdad, para quien sepa mirar,  que deja al descubierto el deseo de no ser el que es sino ser el otro, el imaginario, el inalcanzable, el aborrecido, el envidiado, el adversario, el combatido que lo continúa superando a su pesar. Ser el otro, por supuesto, el que con tanto enjundia critican y pretenden imitar, ridiculizándose ellos mismos.

Salir de casa es una aventura de alto riesgo que me deja sin aliento; pero, sobre todo, aborrezco tanto el consumismo y la idiotez abultada en masa que solo se me ocurre pedir al cielo un único milagro, el más difícil de todos: cordura; cordura, Diosito, para esta humanidad contaminada y aferrada con tanto celo a sus defecciones. Cordura, pues, que tanto urge para combatir tanta miseria moral, política, social… Y es que, cuando leo que la humana es la única especie dotada de razón, miro a mi alrededor, veo las noticias con estupor, observo a la multitud, me asomo a las “noticias” del Congreso… Veo las lindezas de Trump, de Netanyahu, de Putin, de Sánchez el español, y de la interminable lista de malos y peores monstruos con poder y en el Poder que, en su pequeñez, no se cansan de culpar que si a la derecha, que si a la izquierda, que si al pasado, que si al futuro, que si a los conservadores, que si a los populistas, los autócratas, los extintos comunistas y reaccionarios que hasta el nombre han perdido, que si enemigos, que si activistas, que si iguales o desiguales… ¡Dios, Dios!, ¿en qué clase de circo has convertido tu sagrada creación? No ceso de preguntarme si la supuesta razón es como los premios de la lotería: invisible, pero deseable y promisoria; tentadora, aunque inaccesible; iluminadora, pero injustamente selectiva.

Para colmo, mi disgusto decembrino se agudiza cuando, no sin estupor, observo la pasión popular por esos horrendos y desmesurados monos inflables que, más que espíritu navideño son una demostración fehaciente de la chabacanería; una vulgaridad que encumbra el santo y seña del estilo de gobernar y  de una facción, que sin pudor, celebra su aborrecimiento a la cultura y a la inteligencia educada.

Si este que nos enajena es el “espíritu navideño” entiendo el envilecimiento de lo demás.

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De la violencia, el secreto y las Furias

December 1, 2025 Martha Robles

Las Erinias o Furias

Si no tuviéramos heridas secretas no existirían la literatura ni los padecimientos psíquicos. Tampoco habría escritores, lectores ni traumas psicológicos. Unos por narrar la complejidad, otros por tratar de entenderla o meterse al lado oscuro, a todos nos atrae lo inmencionado, a condición de no tocar lo que nos atormenta. Si algo sabemos es que lo que se calla a la luz del día revienta en nuestro interior.  Aunque quiera disfrazarse, este huésped incómodo se deja sentir entre silencios y pausas; se convierte en ansiedad, angustia y movimientos nerviosos, en escritura, al oído del terapeuta, en rogativas al cielo o confidencia en el  otrora confesionario; pero es ley de vida que algún indicio se escapa y que alguien lo reconoce. Los secretos más íntimos van a parar a tan diversos basureros del alma y de la sociedad que por silenciados en complicidad, enmascarados o reprimidos, por miedo o vergüenza, se manifiestan con rabia, dolor, tristeza, agresión, daño moral y en el mal vivir que llamamos neurosis.

Hace miles de años conocemos a las Erinias o Furias porque fustigan con sentimientos terribles las faltas cometidas. Anteriores a las leyes humanas y a los remedios terapéuticos, atacaban la conciencia de los antepasados con tal intensidad que ni realizando trabajos sobrehumanos o prefiriendo la muerte Heracles pudo aliviar su angustia. Para estas entidades monstruosas no existe secreto que les impida cumplir su tarea punitiva: todo ven, todo saben y, presumiblemente, ningún delito dejan sin vengar. Reparten condenas tan punzantes como la culpa, el remordimiento y el autodesprecio para no dejar daño sin castigo. Aunque Inmortales, su azote se ha transformado porque, a diferencia de tantos crímenes cometidos en el pasado, actualmente son más intensas y sofisticadas las razones del sufrimiento, y también las mañas para burlar sanciones. Pensemos, por ejemplo, en la violencia que generan la cólera, la ira, la lujuria, los maltratos, los saqueos, las violaciones, el engaño, la indolencia, la mentira, los abusos, los secuestros, las rivalidades, la envidia, la codicia… Por la corrupción normalizada aun en las religiones, la justicia prefiere ignorar muchas agresiones y delitos, como si los instrumentos del Mal fueran inofensivos.

Las devaluadas Euménides, Erinias, Furias o Vengadoras, por desgracia, no alivian el dolor de las víctimas, que mayoritariamente son mujeres y niños. Hasta en la mitología pesa el patriarcado. Las religiones enseñaron a refundir y “soportar” la agresión al grado de que culturalmente hay que resignarse al Mal, enquistado dentro y fuera de casa. En consecuencia y por más que se trate de mantenerlo en secreto, el sufrimiento rebota con potencia agregada. Para mayor desgracia, los secretos engendran padecimientos psicológicos, morales y físicos tan agudos que son santo y seña del carácter.

Vengadoras emblemáticas, las Furias aguijonan a verdugos y transgresores que aún conservan cierta capacidad de arrepentimiento; sin embargo, ignoran tanto a las víctimas que nos hacen creer que la piedad, la compasión  y la reparación del daño son atributos accesorios y prescindibles. Hemos llegado a tal extremo de perversión que la intensidad delictiva escapa tanto al poder punitivo de las Furias -cuyo azote psicológico se ha devaluado por la profusión de psicópatas, cínicos, narcisistas y machos-, como al del paupérrimo orden judicial. Por datos de INEGI sabemos que, en México, 7 de cada 10 niñas y mujeres mayores de 15 años, hemos sufrido violencia machista; es decir: 70% de la población femenina, con el agravante de que la cifra tiene a crecer anualmente un 4%.

La violencia feminicida deja CADA DÍA más de 11 mujeres asesinadas en el país. Eso, sin contar encubrimientos ni “desaparecidas” que no se registran y quedan en el limbo. Mejor citar a INEGI para no abominar de la justicia humana ni de la divina: “la violencia psicológica es la más predominante, con un 51,6%, seguida de la sexual, con 49,7%; la física, 34,7%, y la económica y patrimonial, 27,4%, según los datos de la encuesta realizada del 4 de octubre al 30 de noviembre de 2021. Con respecto a los resultados de 2016, el organismo destaca que el cambio entre las dos encuestas es estadísticamente significativo.”

Por consiguiente, es delgada la hebra entre secreto y violencia. Ponerle nombre a lo que se calla ayuda a pronunciarlo, pues la justicia requiere de palabras. Por amarga que sea, la agresión debe nombrarse, denunciarse y castigarse para evitar que el “secreto” añada otra agresión evitable. Hay un momento en que las mujeres entendemos que los secretos son silencios enfermos y acciones malignas que encubren al agresor. Como escritora entendí tardíamente que México se apoya en una red de historias ocultas, expedientes extraviados, crímenes solapados, secretos y brutalidades disfrazadas de supuesta protección marital, familiar y social, “razón de Estado”, “seguridad nacional” o “conveniencia política”. Todo comienza en el ámbito domiliciario y, como ola expansiva, el secreto teje de arriba abajo y de lado a lado la terrible realidad inmencionada. Cuando las mujeres levantemos el velo a lo silenciado surgirá desde el lado oscuro la verdadera historia, inédita todavía.

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Paul Auster, su invención/mi invención del padre

November 13, 2025 Martha Robles

Paul Auster

Un día está ahí, y de repente aparece la muerte. Así de tremenda es la muerte del padre: un umbral de historias que rascan el hueso de la memoria. No importa si era brutal, ausente, abandonador, indiferente, amoroso, irresponsable, simpático, cumplido, mediocre o loco de atar, es que el padre es la frontera simbólica entre la razón y la sin razón, entre lo imaginario y lo real, entre el deseo y la frustración, entre la aceptación y el rechazo, entre el yo y el otro. El padre es la palabra, el silencio y el misterio indescifrable, como el luto de Electra, la devoción filial de Antígona o el incondicional apego de Atenea por Zeus. No importa si el hijo cierra los párpados del cuerpo yacente, si la hija cubre con un lienzo finísimo el rostro que un día miró y ella supo quién era; tampoco hay diferencia entre recibir a distancia la noticia de su fallecimiento o encargarse del funeral, porque el golpe de la ausencia se reduce al instante en que creemos que el mundo se desmorona. Pero no, en realidad todo se reduce a un extrañamiento puro, que no se parece a ninguno.

Lo leo en Paul Auster y un par de frases se vuelve hebra larguísima de un relato sobre la genealogía perdida. Yo misma, en su hora, escribí La Ley del Padre y mientras las palabras fluían como dictadas por el Destino, la mano se reservaba más de lo que la mente gritaba. Después del libro siguió la confesión del espejo. Aparecieron la rabia y la conformidad, lo que sabía, lo que ignoraba o me negaba a aceptar hasta corroborar que la escritura, en su mejor acepción, es medida de todas las cosas.  Como Auster, acudí a la palabra para disponerme a reconocer lo que queda después del olvido, de la conformidad y de la aceptación de que lo que es no sólo es lo que es, sino también lo que fue y lo que no pudo ser. Por consiguiente y tiempo después, desde la lectura/relectura, confirmo con él que, ya sin padre, el hijo se adentra en la región de sombras donde participamos del misterio de la vida vivida al margen del afecto.

Padre él mismo, con la tragedia de su hijo a cuestas, saberse puente entre dos generaciones que le fueran ajenas lo llevaron a atreverse con los vínculos indescifrables. Excelente narrador, como se confirma en Experimentos con la verdad, por no citar una lista de títulos que confirman su lugar en la gran narrativa estadunidense, Invención de la soledad fue ese intento de descifrar lo indescifrable. Me pregunto si el enredo de paternidades es un mismo enigma o filón del gran misterio que determina el carácter, nuestras relaciones afectivas y un modo de entender o confrontar el mundo.

Auster, fiel a su costumbre de convertir la experiencia en escritura, comprendió que su padre se había marchado sin dejar rastro: Pensé: mi padre ya no está y si no hago algo de prisa, su vida entera se desvanecerá con él. Esa preocupación suya me inquietó especialmente, porque recordé que al observar el cadáver de mi padre me pregunté qué de su “vida entera” se iba con él, qué quedaba en mí a pesar de mí o quién era en realidad ese hombre que ostentaba con tanto orgullo su donjuanismo. Al paso de la Invención… se impuso mi reinvención al grado de intercalar sus historias, las mías, las reales, las imaginarias y las más caprichosas de la memoria, esa gran chapucera. Al final confirmé que tanto en su caso como en el mío, la literatura ha sido una invaluable vía de salvación.

Al paso de las páginas tuve que aceptar que toda historia comienza por el final. Escritor de raza, la suya se fue desdoblando -a propósito de la figura paterna- entre autores, libros, referencias y símbolos: muchos y oportunos símbolos para situar el vacío que se crea entre hablar o morir…  porque mientras uno siga hablando, no morirá. Fue curioso ver cómo iba intercalando su biografía a la relación del hijo/hijo e hijo/padre: eterna Scherezade, era la historia dentro de otra historia y hacia otra para desdoblar la suya propia. Cuando  otras ficciones aparecían como soportes o accesorios del relato me daba cuenta de hasta dónde puede enmascararse el peso de una ausencia.  Padre de familia él mismo, al morir de cáncer de pulmón el 30 de abril de 2024, a los 77 años de edad, dejó tras de sí la sensación de que, impreciso en lo esencial, ausente de sí y de los demás, describió al suyo como una “vida tenaz y opaca, como si fuera inmune al mundo”. Curioso…

Si al través de la memoria del padre Paul descubrió la parte del hombre hecho de silencios, él mismo prefiguraba al que durante años no habló con su hijo problemático, a quien aguardaba un destino trágico.  Si bien Invención… data de 1982, con seguridad sufrió un vacío palpable y una mordida feroz al alma al conocer el espantoso final de la nieta y del hijo, muchos años después.  Víctima de adicciones terribles desde su adolescencia, Daniel murió de sobredosis, a los 44 de edad, en abril de 2022. Su cuerpo fue encontrado tirado en una estación del metro. Dos semanas antes había sido acusado de homicidio de su bebé, Ruby, de 10 meses de edad. Supuestamente, Daniel la estaba cuidando en su casa de Brooklyn cuando el 1 de noviembre de 2021, la pequeña quedó inconsciente por sobredosis de fentanilo y heroína y no fue posible reanimarla.

Si supuso que la muerte de su padre era el rayo, imagino que la Invención de la soledad fue nada ante el vértigo emocional que aguardaba a Paul Auster, como protagonista de su propia paternidad.  Considerado durante varias décadas “miembro de la realeza literaria de Nueva York”, quizás el silencio trágico que siguió a la muerte de la nieta y del hijo le impidió sellar su propia existencia con el relato del dolor más profundo. Sobrevivió con mucho a su padre, pero el hijo lo dejó devastado pues, fumador empedernido, a poco de la tragedia familiar se le diagnosticó el cáncer de pulmón que se lo llevó a la tumba.

En Auster no sólo he hallado el retrato de una generación que enfrenta el vacío como recurso de identidad, también la fragilidad de los vínculos humanos. Lo cierto es que las búsquedas de Auster se convirtieron en dialogo con la sombra y testamento del alma ante la incógnita del origen.

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TIEMPO DE TIRANOS

October 18, 2025 Martha Robles

Se han juntado y no hay quien los pare. Son hombres comunes, vulgares de preferencia, que por su prepotencia, demagogia populista, odio a las instituciones democráticas y una enorme capacidad de desprecio para ser temidos y no respetados, se han adueñado del destino colectivo, inclusive por medio de triunfos electorales. Cada uno peor a los otros, el puñado de demonios mundiales lleva el Mal por divisa, las amenazas en el discurso y las armas con la cancelación de derechos y libertades como instrumentos de intimidación. Ninguno se libra de ser ni de parecer un fantoche que linda en lo caricaturesco; las masas, sin embargo, se supeditan a sus delirios deshumanizantes con más docilidad que la dispensada a monarcas divinizados en la Antigüedad remota.

Puede decirse que distintos en apariencia pero semejantes en lo esencial,  Netanyahu, Trump, Putin, Kim Jong-un, Ortega y Maduro retratan de manera atroz las expectativas fallidas del siglo XXI.  Equilibristas entre la megalomanía, la crueldad y la locura, estos impresentables saben que, ante el fracaso de las democracias, el poder ejercido como espectáculo no necesita legitimidad, sino decisiones radicales, ruidosas y sostenidas con grandes mentiras.  Sin excepción, el yo dictatorial se impone a las razones de Estado.  Para nuestra desgracia, estos monstruos dominadores hacen suya la lección de Goebbels  que dicta que, a fuerza de repetirla, la mentira se convierte en verdad aplaudida por la muchedumbre: una maniobra mucho más efectiva y de largo alcance que la legalidad si consideramos que la conciencia crítica ha sido gravemente vulnerada por las redes sociales y las nuevas tecnologías. 

Aun en los casos de tiranuelos de segunda, como han dado en multiplicarse en nuestras regiones latinoamericanas, el diablo ya no necesita el truco de hacernos creer que no existe. A cielo abierto, el poder absoluto se encumbrado con cinismo, teatralidad, menosprecio y dos infaltables: impunidad garantizada y corrupción en cadena. Hasta en la cerrada tiranía de Corea del Norte, donde el aislamiento de la población se mantiene con una feroz intimidación, la dictadura hereditaria impone “su autoridad” con amenazas de muerte. La obediencia obligada incluye el aplauso indiscriminado para eliminar cualquier vestigio de razón o de resistencia.

Nuestro tiempo se ha rendido a la supremacía de los tiranos: sujetos extraídos de los bajos fondos y empeñados en participar de los grandes capitales en connivencia con el crimen organizado. Aunque se hagan presentes, ya no se requieren ideologías ni uniformes militares ni discursos marciales; tampoco  monarcas revestidos de divinidad. Los poderes de hoy están en manos de individuos sin escrúpulos y sin interés por la vida de los otros, sean humanos, animales o vegetales.  La autocracia se arraiga desde la legalidad aparente y, una vez reconocida, mediante la opresión se erige en dueña de la verdad y del destino colectivo. Con recursos tecnológicos, económicos, militares y de propaganda cada vez más avanzados, nuestro mundo está padeciento -encarnecido por las innovaciones-, el retorno del temible autoritarismo.

Antes de que Donald Trump se atreviera a reducir la potencia estadunidense a peligrosísimas bufonadas intimidantes que espejean su ambición y sus tendencias persecutorias, Vladimir Putin ya había convertido al estado ruso en prolongación de su cuerpo: una macisa maquinaria de guerra, de espionaje, de asesinatos furtivos, acosos y silencio obligado. Formado en la KGB, la URSS es su arma y el pasado imperial su nostalgia política. Sabe como el que más que quien domina el miedo domina el medio y que las invasiones armadas son el sustento de los poderes absolutos, basados en la imposición que oscila entre la autoridad y la barbarie. En ese sentido, no ahorra esfuerzos ni vidas para encarecer sus triunfos letales.

Más allá, en la península más aislada del mundo, Kim Jong-un perpetúa una dinastía de terror basada en la esclavitud. No se sabe qué es más espantable: un pueblo espectral y obediente o la sombra que proyecta su imagen omnipresente, de adoración obligada. Y acá, en nuestra región, nada tenemos que envidiar a la degradación de los otros países.  Pródigos en “revolucionarios” feudales, nuestra aportación a las autocracias modernas parecen inagotables. Maduro y Ortega, por ejemplo, han hecho de sus países su botín personal, sin dejar de auto encumbrarse caudillos. Ambos controlan el pensamiento disfrazado de libertad. Encarcelan al pueblo en nombre del pueblo y no sueltan un ápice de dominio para evitar cualquier indicio de oposición o resistencia. Cada cual es más fantoche y ridículo que el otro, la verborrea del venezolano contrasta sin embargo el silencio del pequeño e idiotizado Ortega. Hay que verlo sin quitarse jamás la cachucha de beisbolista ni la pijama azul con la que fuera aclamado héroe sandinista para llorar el infortunio nicaragüense. Acaso enfermo de demencia senil, dejó el poder en manos de Rosario Murillo, quien hace política con brujería y reparte castigos y exilios con sorna de pandillero.  Tan extravagante y “peculiar” esposa se ostenta vicepresidenta, lo que le permite hacer de este pobre país un reducto del infierno, donde cualquier expresión del Mal está permitido.

Catálogo de ejemplares y situaciones kafquianas, el tiempo de tiranos que nos ha tocado en suerte no tiene desperdicio: la teatralidad de Trump, su lengua viperina, la mentira como religión, el afán de dividir, degradar, marginar; su antifeminismo insultante y pobreza de juicio… Como pocos esgrime la arrogancia como método y reduce la democracia a idolatría… Pobre mundo nuestro con estas joyas. Y qué agregar del peor del todos: un representante del pueblo judío, que de víctima histórica trasmuta en verdugo genocida… Nadie como él ha cruzado el límite moral que debe garantizar el Estado. Incapaz de compasión, todo para él está permitido. Su discurso contra el terrorismo de HAMAS justifica los crímenes que han encendido la indignación mundial ante el genocidio y la destrucción de la Franja de Gaza. Su propósito es exterminar a un pueblo entero mediante el sufrimiento más inaudito…

Desde tiempos inmemoriales se repite que el verdugo existe hasta que la víctima se levanta y que los pueblos tienen los gobernantes que merecen o que reflejan el alcance de sus miedos. En realidad, el Poder absoluto es una de las tentaciones incesantes que se repite y debilita lo mejor de las civilizaciones. Los malos gobernantes son el peor producto de la historia y nada tienen que ver con merecimientos de los gobernados. En todo caso, hay que insistir en la razón educada porque es la única defensa contra la bajeza, la cobardía popular y el autoritarismo.   

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Tlaltelolco: una cicatriz de fuego

October 2, 2025 Martha Robles

La memoria toda cambia y nos transforma

De la tarde nefasta recuerdo cierta neblina con llovizna que ensombrecía la atmósfera. La memoria es una gran inventora y, al tiempo, todo cambia y nos transforma. Sobre faltantes y sobrantes conservo una narrativa de sensaciones. A distancia se divisaba una mancha humana, colorida y en movimiento. Apostados en el edificio Chihuahua, miembros del Comité de Lucha y/o de Huelga “calentaban” la plaza con arengas y lances contra el gobierno: nada que no hubiéramos oído hasta el hartazgo, incluido el “pliego petitorio” que leído a la distancia de las décadas, era casi infantil. En realidad, todo era agitación hasta que se desencadenó la tragedia. Éramos unos mocosos sin ninguna experiencia, con fantasías reivindicadoras o cuando menos transgresoras. Mal se entendían los discursos allá abajo, en la Plaza, a pesar de los altavoces. Nada grave: una sola frase bastaba para adivinar lo demás. En realidad, a nadie le importaba ni se enteraba. La multitud espejeaba la vitalidad juvenil. Infrecuente aún, el pantalón femenino era acampanado en los bajos y ajustado a la altura de la cadera.  Dominaban los rojos, los rosas, azules, amarillos…, blusones floreados, minifaldas en línea, camisetas ajustadas, melenas, boinas, diademas o bandas en la cabeza, ojos maquillados, anillos, pulseras… Sin atender el blablabla de líderes en posesión del micrófono, reparé en la sensación de ser y no parte de la multitud. Agorafóbica, me quedé en una de las orillas para salir corriendo quizá hacia la Avenida, ya que desde el día anterior se anunció que el mitin sería reprimido. Nunca ni nadie imaginó el alcance de la agresión. No vi la luz de Bengala que según se diría después sirvió de señal al Grupo Olimpia para iniciar el ataque; tampoco me enteré de la presencia de Oriana Fallaci. Herida en la nalga por una ráfaga de metralleta, fue dada por muerta y trasladada a la morgue, creo que del Campo Militar. Mientras repartía extremauciones a diestra y siniestra, se publicó que fue un cura quien se dio cuenta de que la intrépida periodista italiana continuaba con vida. A poco la sacaron de la morgue y desde el hospital la activista florentina, que recién había renunciado a su corresponsalía en Vietnam por cuestiones políticas, declaró a la prensa internacional que la de Tlaltelolco fue “una masacre peor de las que he visto durante la guerra”. Agregó que los soldados le robaron su cámara fotográfica, su grabadora y las notas que enviaría a su periódico. Con toda razón y hasta es de creer que se quedó corta, puso a las autoridades mexicanas del asco y cumplió con la promesa de jamás regresar a México. Fallaci colmaba mis fantasías: corresponsal de guerra de L’Europeo, nada la arredraba. Publicaba en numerosos diarios y revistas internacionales. Realizaba entrevistas y crónicas espléndidas. Su prestigio crecía como espuma y yo la leía con admiración. Desde el desierto mexicano, donde un par de periodistas  se alzaban como logros del ingenio, nombres como Fallaci y Susan Sontag marcaban la diferencia femenina e inclusive intelectual. Por el reconocimiento que le profesé me llevaría una gran decepción al leer, en 2002, su irracional respuesta al ataque de las Torres Gemelas en Rabia y orgullo. No obstante, nada enturbia el respeto que le he profesado y lo que debemos a esta mujer de excepción.

La Plaza de las Tres Culturas en Tlaltelolco era una olla idónea para quedar atrapados por los cuatro costados. Aunque a mi alrededor reconocí rostros de la Facultad, no había modo de protegerse en grupo.  Únicamente percibí el caos bajo el silbido de las balas. Como no fuera la ley de “sálvese quien pueda y como pueda”, hubiera sido imposible salir librados de aquella locura. Con la balacera sentí el rayo. Al divisar a distancia a una embarazada traté de aproximarme, pero en un parpadeo desapareció de mi vista. El gentío comenzó a correr por los cuatro rumbos. Todo era difuso, terrible. Vi cuerpos tirados quizá por los empujones y otros que caían o tambaleaban ensangrentados. Supe al tiempo que mucha gente no advirtió lo que sucedía, mientras la bola se dispersaba entre callejuelas. En situaciones así formamos una sucesión de instantáneas en cámara lenta que se van procesando después. Esto ocurrió a partir de que el boca a boca fue construyendo una historia sin sucesión y sin lógica, cuyos retazos formaron una incoherente memoria colectiva que también me influyó. Imposible reconstruir con precisión los hechos. Medí del horror con la desvandada. Por uno de esos milagros que ocurren cuando el instinto nos hace actuar con insólita agilidad, corrí con rumbo a la Alameda, donde un taxista me llevó, sin cobrarme, hasta la Casa del Lago, en cuya entrada estaba el entonces Director de Difusión Cultural, Gastón García Cantú. Allí le dije, casi sin aliento: “don Gastón, los están matando en Tlaltelolco…” Ni él, ni el Rector Barros Sierra ni ninguno de los funcionarios de la UNAM allí reunidos estaban todavía enterados.

Días después, cumplida la “limpieza”, Díaz Ordaz inauguró los Juegos Olímpicos entre loas periodísticas y muestras de solidaridad, tanto del Congreso bajo sus órdenes como de Fidel Velázquez, líder vitalicio del sindicalismo charro. No faltó el apoyo incondicional de la jerarquía eclesiástica y de quienes, como numerosos empresarios y la cáfila de lambiscones, se sumaron a las fuerzas más encarnizadas que decían que estudiantes era sinónimo de delincuentes de alta peligrosidad. Siguió el oropel de la mascarada. Para los universitarios, en cambio, fue principio de otra manera de ser, de probar alcances del autoritarismo y de orientar la propia vida, con lo que se pudiera. Yo advertí que mi alma se quebraba y supe que en adelante seríamos una generación rota. Los grillos se sumaron a las nóminas y los peores nos ponen, todavía, la cara roja de vergüenza. El trágico octubre de 1968 fechó con sangre el final de los ardientes sesenta mexicanos. También  rompió algo muy hondo y de tajo en nuestro profundo ser. Al menos en lo que respecta a esta generación, el ’68 fue un golpe tan demoledor que destruyó el espíritu y la confianza de los más. Los palos, la cárcel, la amenaza latente, las malas y peores decisiones aunadas a la carga de los muertos dejaron a miles de boomers como sin rumbo, como perdidos, como sin identidad y apesadumbrados por los recuerdos.

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Djuna Barnes: un destino

September 14, 2025 Martha Robles

Djuna, en los años 20 parisimos

No encontré título más hermoso en la portada de un libro que Nightwood y, desde la primera página, me pareció promisorio: Djuna Barnes, la del nombre raro, estaba en el fraseo que sin ser el del verso -como escribiría  T. S. Eliot-, trasmitía tal vitalidad que hace décadas, cuando la descubrí, me apuré a buscarla para que a mí también y como se pudiera, me contara de la noche. Al paso de las páginas confirmé que poco o nada le importó a esta originalísima mujer escribir un relato de sí para satisfacer a los demás porque ella era, como los atribulados que poblaron sus dibujos y sus páginas, “un alma hablando consigo misma en el corazón de la noche”.

Melancólica vitalicia, la libertad fue su pasión y su condena. Amante infortunada, persiguió lo absoluto y falló. El Hado le dio la gracia de la genialidad, pero le negó el sosiego y ser amada por sobre todo.  Su atípico padre se encargó de sembrarle la amargura depresiva que la acompañó hasta la muerte al violarla a sus dieciséis de edad. Se dice que si no fue él “para introducirla en los placeres del boudoir”, quizás un vecino mayor o el hermano de una de sus amantes, lo que se antoja improbable. Tanto el músico fracasado, polígamo, mantenido, abadonador y pintor Wald Barnes, nacido Henry Aaron Budington, como la aún más irreverente y adelantada abuela Zadel Barnes -periodista inglesa, sufragista, culta y recia defensora del amor libre-, se encargaron de trasmitirle su devoción por el arte y el libre pensamiento educándola en casa. Más borrosa, su madre violinista tampoco era ajena a las inclinaciones libertarias. Rodeada de intelectuales desde la cuna, a la voz de “si no me contratan serían unos tontos”, desde su adolescencia colaboró en las principales revistas neoyorquinas con reportajes, relatos y entrevistas que ilustraba ella misma.

Inestabilidad y talento creador eran sinónimos en su entorno.  Absorbió la sofisticación y ruptura de normas que abundaban en la cabaña de troncos donde, con un montón de hermanos y medios hermanos, observaba el Río Hudson desde lo alto de la Storm King Mountain, donde vivían en una especie de comunidad bohemia o antecesora del hippismo. Era un hogar sórdido no sólo por la poligamia paterna, sino por el repudio a los “convencionalismos burgueses” que agravó la precariedad familiar y la inclinó al alcoholismo al grado de  tener que hospitalizarse en varias ocasiones hasta que, hacia la mitad de su vida y tras un largo periodo de sequedad literaria, un día sustituyó la botella por el tintero y con dificultad se apuró a acumular borradores con menos fortuna que la adquirida en El bosque de la noche: obra maestra que, más allá de romper tabúes sobre la homosexualidad, disecciona el alma humana. Tan espléndidos como torturados, sus personajes vagan sin rumbo a través de la noche en busca de satisfacción donde la encuentren o colgados -como Nora- de la felicidad que pudiera ir robando a los otros.

Desde compartir la cama y tanteos sexuales con la abuela, hasta el simulacro de matrimonio que a sus 18 de edad no duró ni dos meses con el editor Percy Faulkner, hermano de Fanny, amante de su padre, su inusual vida fue el germen de sus letras. En sus misivas desenfadadas que intercambió con Zadel dejó caer datos reveladores sobre su peculiar intimidad compartida.  A fines de los años veinte se retrató como la mujer Tom Jones de su tiempo en Ryder y treinta años después -hacia 1960-, demostraría en  The Antyphon -una difícil obra de teatro en verso y con pretensión de tragedia-, que no hubo episodio, etapa o punto de vista en su biografía que se alejara del lado oscuro.

Hay vidas a las que no les está dado el reposo. Lo extraordinario es extraer siquiera una joya del fondo senagoso. Djuna Barnes, inclusive por encima de otras atípicas como Anaïs Nin,  Jane Bowls, Clarise Lispector o Carson McCullers, lo logró al atreverse con las honduras del espíritu, donde subyacen los misterios del ser. No quiso explicarse nada. Sólo, sin más, clavó la mirada y su pluma en las maneras de gastar la vida de los que padecen, sienten y se dejan llevar por la depresión y el laisse-faire en su camino a ninguna parte.

Es ocioso pensar que le atraía la ficción, pues el destino le deparó una realidad entretejida de congoja, pasión, rabia, genio, ironía y delirio que supo convertir en sátira.  Era tan grande su fascinación por James Joyce, a quien conoció y admiró según consta en la entrevista publicada en Vanity Fair en 1922  que, “ante su perfección”, llegó a dudar de su propia escritura. De tendencias suicidas, por más que desafiaba a la muerte ésta de burlaba de sus intentonas. Acaso por compasión o cansancio, a su 90 de edad y con todas las carencias posibles, empezando por su nulo amor propio, la Parca se apiadó de ella en 1982 y dejó que finalmente muriera de inanición. Tal vez se olvidó de comer o, cansada de su longevidad y su enojo, decidió que ya no cabía ninguna apetencia en su cuerpo disminuido. Murió seca como palo, después del aislamiento que sustuvo con ferocidad durante cuarenta y un años, confinada en su apartamentito alquilado de 5 Patchin Place, en el corazón del Greenwich Village neoyorquino.

Es fama que Susan Sontag, “hechizada por la lectura de Nightwood”, frecuentaba la zona con la vana esperanza de toparse con “el milagro”. Carson McCullers o Anaïs Nin no se cansaban de llamar a su puerta ni de recibir la misma respuesta que la anciana gritaba desde la ventana: “Quien sea que esté llamando al timbre, que se vaya al infierno”. Nada más atendía su abultada correspondencia para responder a unos cuantos con peticiones de dinero. Por desencanto, sentimiento de fracaso o alguna secreta reacción contra las relaciones tumultuosas se entregó al silencio. No quiso saber más de los placeres que afilaron su ironía y su maravilloso dominio de las palabras.  En soledad que muchos consideraron lastimosa, se dedicó a escribir, corregir, reescribir y acumular páginas que no publicó y que con seguridad reflejan el estado de su alma herida.

 Todo fue intensidad entre sus 21 y unos cuarenta de edad: etapa en la que formó parte de los expatriados afincados en la rive gauche del famoso París de los años veinte. Todos vosotros sois una generación perdida,  escribiría Hemingway en el epígrafe de Fiesta, en 1926, parafraseando a la mentora Gertrude Stein, quien a su vez parafraseaba a su chófer. Y es que, nacidos en mayoría a fines del XIX,  la Primera Guerra Mundial fue el rayo que los marcó para siempre. Lo cierto es que desubicación e inteligencia congregaban a jóvenes sobrevivientes de la calidad de Dos Passos, Steinbeck, Jean Rhys, Sylvia Beach, Peggy Guggenheim, T. S, Eliot, Ezra Pound, Scott Fitzgerald, el propio Joyce, etc. Con mujeres pensantes, arrojadizas y más que adelantadas, Djuna encontró en los cafés, donde todo era más barato, y en el moderno barrio de Saint-Germain-des-Près, el ámbito idóneo para vivir intensamente y expresarse en libertad. No deja de sorprender que sin los alardes ideológicos actuales ni el vocerío con el que los homosexuales hacen valer su protagonismo en nuestro siglo XXI, lesbianas, gays y transgéneros actuaban a sus anchas y a cielo abierto en aquel universo de entreguerras que, de tan plagado de “salones”, excesos y creatividad, aportó a la cultura uno de los grandes capítulos de la literatura moderna.

Sin exceptuar los ocho años compartidos entonces con la escultora Thelma  Woods -el amor de su vida-, su bisexualidad fue un río vertiginoso en el que abundaron amantes peregrinos, el desamor y la vitalicia falta de dinero. Djuna fue singular de punta a punta: sofisticada, bohemia, elegante y talentosa al grado de convertir el enojo y la agonía en oro puro. A pesar de  ser reconocida como la más misteriosa y vanguardista anglo-estadounidense que halló en la libre expresión su verdadera patria, decidió anticiparse a las etiquetas, que tanto aborrecía, al definirse a sí misma como “la escritora desconocida más famosa del siglo XX”. Se lo dijo su madre al ver su doloroso desgarramiento cuando su adorada amante la abandonó por otra mujer: “tu mayor don consiste en embellecer el horror”.

Y ella, ebria de alcohol y abatimiento, era una pura congoja cuando su querida protectora y mecenas, Peggy Guggenheim, la llevó a vivir entre 1932 y 1933 a Hayford Hall, en Devon, al que los amigos renombraron  Hangover Hall o Salón de la resaca, por obvias razones. Allí y en medio de la intensa actividad social de la famosísima coleccionista y protectora de artistas, Djuna escribió Nightwood  como una errabunda que, inclusive entre las páginas, persiguía a la causante de su tortura aun a sabiendas  de que no habría regreso.

Al filo de la Segunda Guerra Mundial  se había disipado su mundo, los amigos se habían marchado y para ella no quedaba más que la memoria para llevarse consigo, en 1939, el saldo de lo vivido a su Nueva York natal. Decidida a no asomar más la nariz, la oscuridad la habitó y, aunque confesara que “sólo recibía o escribía a los muy conocidos”, la verdad es que detestaba a la gente tanto como a los elogios y comparaciones con los más grandes por parte de quienes la consagraban como la Garbo de las letras o cabeza de las autoras lesbianas.

Desde las circunstancias de su nacimiento en Cornwall-on-Hudson, en 12 de junio de 1892, quiso el destino que el precio de su talento fuera vivir hasta los 90 de edad a contracorriente, carente de apetito, sin merma de su carácter transgresor y sin renunciar un solo día al afán de descubrir, desafiar y saber sin que nada violentara su libertad. La rebeldía fue eje de su carácter y complemento de la curiosidad intelectual que la convirtió en una escritora fuera de serie, cuya buena pluma y forma de ver y entender la pasión nocturna la llevó a crear el bosque donde vagan los atribulados. Por la riqueza de imágenes, el poder de sugerir y “la asombrosa capacidad de expresión” T. S. Eliot, en 1937, la consideró “el genio más grande de nuestros días”.

Hay mujeres que parecen haber nacido para la intemperie y vidas que no encajan en clasificaciones ociosas. Para ellas, de espaldas a best sellers y multitudes, la literatura era refugio y campo de batalla. Djuna Barnes fue un alma errante que hizo de la escritura no una profesión, sino un destino.

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De la violencia y el olvido

August 3, 2025 Martha Robles

El mundo no se harta de los violentos; los renueva con otros rostros e inventa excusas para justificarlos. Como dijera Borges, al destino le agradan las repeticiones, con o sin variantes. La gente no cesa de frecuentar la crueldad ni las muchas maneras de infligir sufrimiento para imponer su dominio. Se hiere al débil, se lastima a los pueblos y sobre mujeres y niños recae lo peor desde que la masculinidad se fusionó a la prepotencia.  El mismo Zeus se encargó de demostrarle a Atenea  -la más dotada de sus hijas- de quién era la mano que pega y el rayo que manda. Ocurrió cuando, al tratar de actuar y decidir por su cuenta, él la  agrarró de las trenzas y con todo y carro y arreos de guerra, la zarandeó hasta desgreñarla y lanzarla al Cosmos: maltrecha y sometida por el poder absoluto del Padre,  así comenzó y concluyó la intentona femenina que pudo haber derivado en la fundación de otra edad y otra forma de ver y entender la vida.

Ofender, someter y humillar es tan inherente a nuestra condición como la facilidad con la que se resta importancia a las agresiones. Después, los horrores se cuentan con indiferente naturalidad. Inclusive se hace costumbre olvidar las crueldades, por grandes o pequeñas que fueran. Con suerte a las peores se las apunta en la historia, aunque se lean como cualquier cosa, sin estremecimientos ni interés de evitarlas en el futuro.  Respecto de las agresiones “privadas”, domiciliarias o menos visibles dejan dolor en la mente y en el corazón de las víctimas; pero -otra vez al tiempo-, el olvido va aflojando el yugo interior hasta debilitar la intensidad de la memoria.

Que la gente vaya restando importancia a la sujeción demoledora de los violentos hace que se  repitan los mismos o peores agravios, con la salvedad de que si las agresiones se multiplican aritméticamente, es geométrica la de daños y víctimas. Qué mejor ejemplo que la opresión expansiva con que el crimen organizado y sus redes afectan nuestras vidas, empezando por la estructura del Estado. Lo que empezó a niveles controlables se volvió violencia horizontal y vertical para acabar con las instituciones y con logros que disponían el camino a la democracia. Hoy, los violentos campean a sus anchas en un México tan degradado como doblegado por la conformidad colectiva, por no decir complicidad estratégica. Decidida a olvidar para evitar compromisos y más dolor por el peso de recuerdos ingratos, la gente mira las monstruosidades como si no sucedieran o los violentos fueran ficciones que afectan a “otros”.

La memoria es tan corta, acomodaticia y chapucera, que por grave que sea no hay cosa que no olvide o reinvente. Resta importancia a las ofensas para seguir mirando para otro lado. ¿Para qué recordar la ferocidad de la Primera Guerra Mundial? ¿Y la Segunda Guerra…? ¿En cuáles pozos se refundieron las atrocidades de Stalin? ¿Y los historiales negros de las dictaduras? La mayoría prefiere no saber ni recordar para evitar problemas de conciencia y disponerse a las repeticiones con variantes. Así el Holocausto: la gran población prefiere borrar las huellas del sufrimiento ya que no hacerlo haría insoportable su existencia, por una causa: al parecer, se acepta o se tolera más la brutalidad en presente que el repaso de las monstruosidades pasadas. Si el terror viene de lejos, como de Rusia, Afganistán, Irán o Israel, mejor no sacarlo del contexto de las noticias para que lo ajeno siga allá, lejos, como si de Marte u otra humanidad se tratara.

Olvidar o hacer como que no se sabe, paradójicamente, facilita que la violencia se ensañe y se repita como nueva, a pesar de que solo mude de escenarios, sujetos y atavíos. Ayer se sacrificaba a decenas de miles de hombres, mujeres y niños en el Templo Mayor de los aztecas y los remotos abuelos edificaban Tzompantlies y torres a cielo abierto con sus cráneos pelados. Hay que escarbar para dar visibilidad a la evidencia de esos y otros horrores que obligarían a reconsiderar el pasado, pero para los intérpretes ciegos y de ignorancia alarmante, los antiguos mexicanos eran víctimas indefensas del mal de “los otros”, los invasores que -igualmente feroces, aunque “a su manera”, con la cruz y el acero- practicaban la humana costumbre de zaherir, someter, humillar, vejar y aplicar la ley del más fuerte. Sin dioses ni glorias que celebrar, hoy las bandas de criminales hacen lo propio, también “a su manera”: violan, decapitan, desaparecen, torturan, mutilan y matan con impiedad superada a miles y miles de infelices que no dejan cenizas ni rastro. No más zomplantlies ni guerreros ni rituales. La constante son los muertos y el resultado, igual sufrimiento.

Cartago y Numancia fueron antes de Gaza. Los invasores romanos antecedieron en ferocidad al actual ejército israelí en el Medio Oriente. El general Escipión Emiliano asedió durante todo el año 133 a.C a los numantinos para matarlos de hambre y sed, ya que no podían entrar a la ciudad amurallada.  Con las temibles armas de hoy, Netanyaho hace lo propio y peor contra los palestinos en Gaza: dos sitios, dos mandamases demoníacos y violencias similares en siglos distintos, con protagonistas y geografías diferentes y un mismo propósito:  someter a los vencidos, humillarlos, vejarlos hasta la ignominia y adueñarse del territorio. Los residentes de Numancia, agotados y sin salida, decidieron suicidarse antes que rendirse. Su heroica decisión es ejemplo de resistencia. La violencia, en síntesis, es eje de la historia.

Canibalismo, pedofilia, golpes, violaciones, torturas, secuestros, gente y culturas desaparecidas… En todo tiempo y lugar los pueblos aprenden a callar para no volver a temblar. Sobre todo aprenden a mentir, encubrir y negar.

El olvido es una segunda muerte. No hay actos más crueles que encubrir la violencia y convertir el sufrimiento en anécdota. El olvido no es inocente: está hecho de cómplices, de impunidad y de miedo; de poder y de encubrimiento.

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Tántalo, del deseo insaciable

July 24, 2025 Martha Robles

El consumo indiscriminado desquicia el afán de poseer hasta niveles patológicos. Sin distingo de pobres o ricos, el exceso es péndulo del deseo y éste, motor de inequidad.  De ahí que la codicia corone el éxito del monetarismo gracias a que la publicidad incita a desear más y más, a obtener para desechar, aparentar, ostentar o ser envidiado en la contracultura autodestructiva. El mercantilismo nos ha convertido en generadores de basura y devotos de la corrupción. Sin ideales, desaparecieron a la par los escrúpulo. Quedamos  sin visión de futuro y agarrados al hoy, sin expectativas: no más espacios sagrados ni monumentos para la posteridad; tampoco obras, símbolos, logros ni rituales para celebrar la vida, la razón, la grandeza, la memoria, el genio creador, el valor o la probidad. Aun las palabras, la música, la imaginación o las ideas participan del letargo depresivo que sustituye pasión con ruido e intensidad con estallido.  Ante la indiferencia popular, en esta contracultura del exceso y la autodestrucción, el estado del arte y del pensamiento va reflejando el alcance del desprecio a lo mejor del Hombre.  Mediatizados, nos domina la avidez de satisfacción, el deseo no de absoluto sino de cosas, fullerías, ilusiones, movimientos de la nada a ninguna parte.  Los medios se encargan de fomentar el terror a razonar, crecer,  envejecer, vivir o no vivir... Aun la política participa de la devaluación de lo humano con embustes que, encandilantes, nos distraen para impedir el saber de lo real.

Enemigos de la memoria y de atributos que en el pasado reconocían al Hombre, somos víctimas del poder, del dinero, del lucro, la vileza y lo efímero. Mientras se afianza el mantra “lo quiero, lo tengo” o “el deseo es poder”, se multiplican los nuevos Tántalos con apetencias insaciables. Al anhelar lo artificioso, se pretende ser el que no es. Respiramos la codicia ilimitada que llevó al mítico Tántalo a sufrir en el Tártaro uno de los más horribles tormentos: quedar hundido en agua clara hasta la cintura y rodeado de árboles de frutos exquisitos. Por ladrón y codicioso, Zeus lo condenó a no poder agacharse para beber ni alcanzar nada para comer.  

Contrapunto del mito de Sísifo, cabe preguntarse, ¿quién era este Tántalo que tan bien retrata nuestra época? Rey de los frigios, hijo de la ninfa Pluto, padre del legendario Pélope, no fue héroe ni personaje trágico; tampoco realizó hazañas ni cultivó virtudes. Disfrutar era su única razón de ser. Se jactaba de haber convivido con las deidades, de conocer sus placeres y de que, a saber por qué méritos, Zeus le prometió cumplir sus deseos.  Tántalo amaba el poder tanto como el gozo. Para fortalecerlo intrigaba, atesoraba confidencias, robaba y hacía regalos a discreción. Apoyado en Fortuna, utilizaba influencias, presumía y por el capricho de hacerlo declaró, por ejemplo, la guerra a Tros para secuestrar, disfrutar sexualmente de su hijo, el efebo Gaminedes, y acaso después regalarlo al Padre del Cielo para que también lo gozara.

Orgulloso de sus privilegios, organizó un banquete en el Monte Sílipo para agasajar a los dioses con abundancia de ambrosía y néctar: su alimento sagrado. Cuando la comida comenzó a escasear, el anfitrión ordenó descuartizar y cocinar exquisitamente a su hijo Pélope para que las deidades no identificaran el origen de la carne. Dioses al fin, al advertir que eran miembros humanos los que les servían, repudiaron la ofrenda, salvo Deméter. Por estar apesadumbrada por el rapto de su hija Perséfone, ella se comió sin darse cuenta el hombro izquierdo del infeliz muchacho. En un desplante justiciero, Zeus ordenó a Hermes sacar del Hades el alma del joven para reconstruirlo en el caldero sagrado. A Hefesto correspondió forjarle un hombro y cubrirlo con marfil de marsopa. Rehecho por manos divinas, tocó a las moiras dotar a Pélope de vida nueva, con cualidades agregadas a su iniciación en los misterios sagrados, pues solo unos cuantos mortales volvían de la muerte y del Hades. El mismo Poseidón concluiría el proceso en el Olimpo para convertirlo en amante y hacer de él el monarca que protagonizaría una singular historia.

Confiado en la impunidad, porque conseguía lo que deseaba, el insaciable Tántalo no sólo tuvo el arresto de robar néctar y ambrosía de sus convidados, además se atrevió a revelar sus secretos mientras repartía entre  amigos estos alimentos sagrados. La tolerancia de Zeus llegó a su límite al corroborar que este miserable mortal pretendía igualarse con los seres supremos. Decidido a llevar al extremo la promesa de cumplirle lo que pidiera discurrió uno de los castigos más espantosos: confinarlo en el Tártaro -lo más profundo del Inframundo- con una piedra sobre su cabeza y medio cuerpo hundido en el agua fresquísima para que no pudiera beber ni comer los frutos que no alcanzaba a cortar.

No es Tántalo representativo de las figuras que prometen el paraíso y entregan el infierno? Cercados por fortunas mundiales incalculables, nunca antes existieron narcotraficantes, bribones, políticos e industrias dedicadas a fabricar estímulos para exacerbar la enajenación de modos distintos. Nos hemos acostumbrado a vivir rodeados de idiotismo, insatisfacciones, ansiedad, depresión y del sentimiento de vacío que sufren millones de inadaptados y adictos a lo que sea, anodinos y consumidores sin control no solo de alcohol o estupefacientes para dormir, despertar, engordar, enflacar, fantasear, olvidar o dizque “rejuvenecer”, sino a las redes sociales, a los coches y a cuanto pueda distraer el tedio de los que no saben qué hacer con sus vidas. Un síndrome se expande en este planeta enfermo y superpoblado:  el síndrome del deseo insaciable que nos está destruyendo y destruyendo al planeta.

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De razas, apariencia, discriminación y desprecio social

July 15, 2025 Martha Robles

imagen sacada de Internet, s/a

México es un país complicado. Por el añejo drama de identidad, cualquier definición es ociosa.  Quizás por eso, a falta de exactitud, no nos incomoda el mote de surrealistas. Y es que aquí, como en el cuento de Alicia, todo sucede al revés. No es que haya que pararse de cabeza para encontrar el núcleo de la cuestión, pero sí, especialmente siendo mujer, hay que achicarse para andar, aunque azorada, por este mundo de acosos incesantes, sucesos insólitos, alaridos amenazantes, mentirosos irredentos, golpes bajos, máscaras, disimulos, atacantes esquivos y reinas o reyes de corazones que, a su manera aunque invariablemente cruel, sentencian lo mismo: “que le corten la cabeza… que le corten la cabeza…”

Y de cortadores de cabezas sabemos bastante y de tiempo atrás, sean reales, imaginarios  o simbólicos. Acaso esta pasión por pelar al otro hasta disminuirlo o convertirlo en nadie (el ninguneo) se deba a una costumbre ancestral, a una maldición inexpugnable o al secreto placer criminal que desciende  de Xipe Totek, el dios amarillo del maíz que desollaba al enemigo y se revestía con su piel. Lo cierto es que por aquello de la evolución cultural, los mestizos se negaron a renunciar a tan peculiar tradición y con la facilidad que ofrece un medio que carece de justicia, sustituyeron la piel por la capacidad matadora de la lengua para, a punto de insultos y voceríos, reducir al enemigo (imaginario o no), pisotearlo entre escupitajos y cargas de tanto desprecio que la víctima, una vez desollada, queda condenada a andar entre “los vivos” sin cabeza: un esqueleto tambaleante, con la rabia como único alimento.

Si, la historia mexicana es cosa seria. Perdido a saber desde hace cuántos siglos lo mejor del rojo y del negro del sabio tolteca, avanzaron en libertad los legados de Huitzilopochtli y Tezcatlipoca en detrimento de lo que Quetzalcóatl pudo trasmitir a las generaciones como demiurgo civilizador. Y por aquello de que somos naturalmente desmemoriados y producto de una mezcolanza racial, social y lingüística cada vez más intrincada, mal podríamos presumir de conocer esa franja cultural del pasado que, de carácter interracial, permanece en la oscuridad entre la Malinche y nuestros bisabuelos: conjeturas puras y duras -las de acá de este lado- es lo que hay respecto de nuestro pasado verdadero. Es más poderosa  y visible la acción de los genes que la obra incipiente de los estudiosos de la genealogía; es decir, los que descubren nuestros verdaderos orígenes para poder reconstruir el misterio de lo que fuimos, lo que somos y en lo que nos podemos convertir.

Y luego, infaltable aunque aún poco considerada como espejo y reflejo, está la referencia insólita de Coyolxauhqui, la diosa desmembrada. Hay que ver de fijo la piedra “de la de cascabeles en las mejillas” en el Templo Mayor de los aztecas para aceptar, al menos por inferencia, que la crueldad es cosa añeja en esta tierra odiadora de lo que sea o parezca distinto. Y no se diga en tratándose de mujeres; peor si piensan, si muestran carácter, si aspiran a “lo que corresponde a los hombres”, si son “enojonas”, “medio locas” o brabuconas, igual que cualquier machito (¡Y vaya si los hay majaderos, insidiosos y brutales!). Si por lo que sea resultan ser distintas (y mejor no hablar de grandes inteligencias), porque abren el portal de la discriminación “del revés” y al punto desatan tormentas, actos de exclusión, ninguneos expansivos y cuanto cabe en este consabido imperio masculino y masculinizado que, con naturalidad, ejerce el desprecio en todas sus modalidades: desde el social hasta el racial (de ida y vuelta o sin distingo de tonalidad de la piel); hasta, desde luego, el arraigado que se hace imperceptible porque se mide  con la vara de la educación, pues aquí lo políticamente correcto es igualarse hacia abajo. Así que es bastante peligroso ser  educado o culto de verdad y no por cuento ni simulación. Intelectual en serio: pensante y distinto (¡qué peligro!); es decir, lo que más irrita al portador del síndrome del vencido es el pensamiento crítico y el espejo que muestra su verdadera naturaleza. Entonces hay que aislarse a riesgo de que se deje venir el grito de ¡a ningunerla!, “¡que le corten la cabeza...!”

Y por aquello de la actualidad, está en boga el ejemplo de la Güerita bravucona que, supuestamente extranjera (¡vaya agravante!), “anda en boca de todos”. Nada falta para que el Xipe Totek que los mexicanos llevan dentro la desollen hasta dejar sus huesos bien pelados. Su desmesura tiene por lengua un lanza llamas que no duda en arrojar cuchillos y culebras… Nada, por consiguiente, ajeno a las muy arraigadas y cotidianas costumbres masculinas que  aquí, en nuestra santa tierra, son pasadas por alto y aparentemente no indignan a nadie ni causan tanto escozor entre las buenas gentes.

La cuestión es que si algo se aprende en este imperio del machismo y de las máscaras, es que a punta de acumular vejaciones, muchas mujeres emulan lo que en hombres vejatorios es común y corriente, aunque cuando ellas insultan como nacos (según sus términos) o como narcos (a modo de la narcocultura que nos domina), se cae el techo del cielo.  Busquemos la verdad, por favor, pues es difícil, en México, mantenerse indiferente y ecuánime ante el acoso amañado no se diga de los agresores en general, sino de los uniformados que saben todo de la peor corrupción que se practica en la calle a costa de los automovilistas y los incautos. No se de nadie que no haya sido extorsionado una y muchas más veces por esta cáfila de mañosos. No hay defensa para ninguno de los lados en este episodio de agresión compartida, pero no deja de llamar la atención que nada se diga de cuál y cómo fue la causa que enardeció a la lengua de fuego, ahora acusada de discriminación y una sarta de barbaridades. Ahora resulta que este buen hombre que a todas luces la esperaba para ponerle la araña… es la víctima del mal.  Yo, la verdad, no me lo creo, porque en toda mi vida NUNCA me he topado con un mordelón (como se los apodaba), que no haya hecho todo por extorsiornarme a excusa de que “no llevaba bien puesto el cinturón de seguridad”, “se pasó el amarillo”, “dio una vuelta prohibida”, “se le acabó el pago de la estacionada”, así sea de un minuto.. , y la infinita lista de etcéteras que bien conocemos.  No nos hagamos los disimulados. Así que cabe preguntarse, ¿por qué el policía ofendido no cumplió con su deber sin tanto rollo? ¿Por qué se lo ve en el bla bla bla en vez de hacer lo que, idealmente, indica su reglamento? Desde mi punto de vista, el poli no es víctima, sino un pésimo representante de su tarea.

Toda verdad tiene dos lados: la del que la dice y la del que la cree. ¡Cuidado con las consecuencias que provoca la insidia, lo infundado, lo que se supone y se divulga sin fundamento como río desbordado! A esta mujer, al parecer desquiciada y de antemano nada simpática, “ya le cayó el chahuiztle…” Y que Diosito la agarre confesada porque aquí la crueldad es ley. Y ya han comenzado a desollarla.

 Ninguna mexicana, por el hecho de haber nacido en un medio naturalmente hostil, está exenta de tener alguna reacción al rojo. Tarde o temprano descubrimos nuestra hoguera interior y, cuando menos sospechamos, el chamuco enciende una mecha y ¡santo cielo! se quema hasta el último rescoldo de santa, sabia y paciente feminidad.  Nada sabemos del minuto anterior al estallido multipublicitado, pero me cuesta creer que el ofendido fuera una blanca paloma, ajeno a la muy frecuentada costumbre de la extorsión, inseparable del ritual de “hacerse el pendejo” para que “caiga” la amenazada de ser infraccionada “a menos que…” A saber, pues en vista de que no hay justicia y los jueces discurridos por MORENA son parte del mismo caldo de encubrimiento y complicidad, todo, absolutamente todo es posible a condición de provenir del lado oscuro. Lo que puede inferirse de la Güerita en cuestión, ahora elevada a Lady es que, quizá de tanto anidar ofensas, engendró al monstruo que alguien le dejó en el vientre: nada difícil de comprender, por cierto, desde la experiencia femenina.

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La piedad, de ayer y de hoy

July 7, 2025 Martha Robles

Príamo arrodillado frente a Aquiles. Relieve en mármol, sin fecha.

El día en que una madre se arrodilló ante el presidente López Obrador para rogar por su hijo desaparecido, remontó la figura de Príamo quien, en uno de los actos más conmovedores y terribles de la literatura, se arrodilló ante Aquiles para suplicarle el cuerpo ultrajado de su hijo Héctor. Al mirar en las noticias la aflicción suplicante de la mujer reconocí el dolor del anciano troyano. Era idéntica aflicción, igual sentimiento de despojo y la misma fragilidad humana, a pesar de que entre ambos mediaran miles de años.  

Hubo una  diferencia abismal, en cambio, entre la actitud del héroe más prestigiado de la Ilíada y la del gobernante mexicano. Éste, incapaz de piedad, instó a la suplicante a incorporarse y, tras susurrarle unas palabras al oído, la hizo levantarse  para quitársela de encima. Nada resultó de escena tan estremecedora porque el tabasqueño, dueño del poder absoluto, jamás mostró compasión por nadie. Durante aquellos años -por desgracia recientes y marcados por una violencia tremenda-, él no quiso trascender el odio social ni honrar la humanidad de los más vulnerados. A diferencia del héroe griego, el sufrimiento ajeno no lo transformó internamente, por lo que renunció a la oportunidad de un acto de grandeza. Mientras que la memoria de Aquiles se canta en todas las lenguas, la pequeñez del mexicano sin gloria al dejar el cargo debió ocultarse a consecuencia de sus bajezas, y por miedo a enfrentar el desprecio de tantos humillados.

Si solo quedara el canto XXIV de la Ilíada, Homero seguiría siendo inmortal. El gesto  de piedad allí descrito transformó el sentido de la guerra y de la humanidad. Muerto su amado Patroclo a manos de Héctor, quien lo confundió con el héroe, Aquiles lo vengó abatiendo a su vez al ilustre troyano. Su duelo era tal que durante doce jornadas unció los caballos al carro, ató por detrás el cuerpo de Héctor y lo arrastró tres veces alrededor del túmulo. Luego de vejación tan pavorosa se apartaba a  llorar al amante tras dejar el cadáver del enemigo de bruces para seguir ultrajándolo la mañana siguiente.

En situación tan aciaga y quebrado de pena por la suerte de su mejor hijo, el anciano Príamo decide renunciar a toda dignidad regia y dejar al desnudo el dolor del padre. En un acto de  humillación pura,  cruza solo el campo enemigo y se introduce en la tienda de Aquiles sin que nadie lo detenga. Allí, entonces, se arrodilla y se abraza a las rodillas del matador de Héctor para suplicar como ningún hombre había suplicado antes. No apela a la razón, ni a las leyes del combate, ni siquiera al deber religioso, sino que toca su vulnerabilidad al decirle: Acuérdate de tu padre, Aquiles, igual a los dioses…” En ese instante, Aquiles deja de ver al troyano como rey vencido o padre de su adversario y lo convierte en reflejo de sí mismo, de Peleo -su padre viejo y lejano- e inclusive de su propia condición mortal.  

La noble actitud de Príamo conmueve a Aquiles y lo transforma. Por única vez en todo el poema, el héroe no solo llora por Patroclo, también por Héctor y por el dolor compartido con el enemigo. Es el llanto entre el que mató y el que perdió que, sin absolver ni redimir, hace ver al otro viéndose en la hondura de la conciencia, donde la humanidad es lo que es en toda su fragilidad. Aquiles llora por sí mismo y llora con Príamo.  Ambos -el matador y el padre del muerto- se reconocen como hombres heridos por la misma condición: la pérdida, el envejecimiento y la muerte. De ahí la grandeza de saberse igualados por el dolor del otro: piedad en su forma más profunda; es decir, la compasión.

El episodio no transforma, repara. Homero muestra la fragilidad humana y sin ofrecer respuestas, enriquece para siempre la literatura al incorporar la piedad mediante un gesto trascendental: hacer hablar desde el despojo al padre arrodillado que toca las rodillas del otro, el matador de su hijo. Los dos saben lo que saben respecto del destino porque los guerreros seguirán matando. Troya seguirá ardiendo. Los héroes seguirán muriendo. Homero, sin embargo, se concentra en lo fundamental: cuando todo está perdido queda la mirada entre dos que se igualan en ese mundo de violencia, de honor mancillado y sangre derramada. La voz de Príamo desafía el orden heroico: no es la fuerza la que habla como ha hablado a lo largo del poema. Es la piedad. En ese instante la literatura trasciende el relato y empieza a ser conciencia.  No solo nace la ética, sino el poder de la compasión que trasciende el odio, la violencia y la venganza.

Asi entendida, la piedad no es lástima ni condescendencia. Es apertura del alma, expresión del ser alejado del juicio, del odio, de la rivalidad y de lo perdido. Al devolver el cuerpo de Héctor, Aquiles no cede a la súplica del padre, cede a una verdad más honda que la venganza que funda un espacio de humanidad en medio del horror. Bello y terrible, el episodio que anticipa el final de la Ilíada no elimina el conflicto entre griegos y troyanos, pero introduce una ética. Homero no predica la paz, pero muestra cómo, en medio de tanta devastación, caben un gesto conciliador y una palabra redentora. Ese gesto es la piedad que no le fue dada al gobernante mexicano. En vez de enriquecerse con un acto de ética -tan necesario en el país quebrantado-, dejó tras de sí una evidencia lastimosa:  otro fracaso del verdadero vencido, al ser incapaz de mirarse en el otro. No entendió que el dolor ajeno que se honra también honra el nuestro...  Y todos los mexicanos perdimos.

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El país: historial de sueño y pesadilla

June 23, 2025 Martha Robles

Tzompantli. Fotografía de Pinterest.

Quizá alguien, alguna vez, soñó al país de otra manera y su deseo se desarrolló como una pesadilla. Por no distinguir entre la vigilia y el sueño el pionero persuadió a los demás de que era posible inventar algo diferente a lo padecido.  Apresurados, en su empeño por ser distintos ignoraron quiénes eran, qué se proponían y de qué argamasa estaban formados. Ni por sufrir la pesadilla del día después entendieron que no todo corre por el mismo plano -menos aún la vigilia- y que ni un hombre ni un pueblo, como demuestran historias de hoy y de hace cientos de años, pueden desafíar al destino sin saber dónde, cómo y con cuál  estrategia sortear los obstáculos.

No solo una, sino dos y más veces los arrojadizos pretendieron hacer  de su terruño algo diferente y mejor a lo recibido. Con el estigma del error en la frente, supusieron que improvisar solo por haberse soñado de otra manera les aseguraría un porvenir superior; pero otra vez la pesadilla los sorprendió y continuaron acumulado tentativas fallidas. Con cada experiencia peor a la anterior, las generaciones insistieron en desatender el mensaje del destino y, como sería de esperar, volvió a caerles la sanción de los necios: a cada paso ganado retroceder dos o tres. Así los pueblos, cada vez más caóticos e irritados, aunque sin dejar de ser constructores, como sus antepasados, del infaltable tzompantli para montar los cráneos de adversarios, enemigos y víctimas de sacrificios.

Endurecidos por el síndrome de los vencidos, a los protagonistas de cambios malogrados no interesaba  examinar causas ni atender advertencias de los enterados; solo sumaban disgustos e incapaces de conocer la naturaleza del medio y a sí mismos, repetían sueños soñados, suyos o ajenos, convertidos en pesadillas. Fieles a la desgracia que acompaña a los perdedores, preferían buscar culpables de sus errores o seguir imitando sin fundamentos, ya fuera para inisistir en el desacierto por incapacidad e ignorancia o para seguir siendo protagonistas del arraigado complejo de inferioridad, que de antemano negaban, como la cara oculta bajo la máscara.

Pasaron tres y más siglos y nada cambió, salvo los modos de etiquetar supuestos culpables o de incurrir en antiguos y recientes sueños que suponían de renovación. Aun a sabiendas de que allí nadie se atrevía a mirarse y examinar con seriedad lo real, entre pesadillas volvían a la carga por probar fórmulas descolocadas y seguir en la zona de sombras, distintiva del mal soñador. La desgracia fue, desde sus orígenes, quedarse atrapados en el estado impreciso entre el sueño que supusieron luminoso y fecundo, la pesadilla causada  y la vigilia malograda: propensión que en tierra tan dada a reproducirse de manera arbitraria, provocaría que los problemas y la insatisfacción popular se agravaran.

Con gran disgusto, al despertar los reformistas han comprobado que por atractiva o pequeña que sea una fábula, no basta para elevarla a utopía ni sirve como proyecto de vida; tampoco tiene sentido perseguir con nostalgia el pasado primitivo. Y eso fue lo curioso: desconfiar del futuro al dejar de soñar hacia adelante y ceder a la idealización del tiempo perdido, creyendo que el paraíso era el ayer de los remotos abuelos.  Por más que los de entendederas repitieran que “los dioses ciegan a quienes quieren perder”, los necios continúan ignorando que no se es más de lo que se ha podido ser y que ante tantas derrotas acumuladas, la muchedumbre se queda cediendo a la frustración y a las máscaras para hacer soportable el peso de la verdad. No es que no tuvieran una patria o una idea de patria, es que -derrotados y enmascarados- los vencidos arrastran aún el exceso de artificio que ni antes ni después genera nada.

A grandes rasgos, de eso se trata el síndrome de la derrota: de ir y venir del sueño a la pesadilla sin romper el ciclo de frustraciones.   Se menciona la fidelidad al fracaso como si  lo comprendieran, pero explicar el complejo del vencido es tan difícil como aceptarlo y  descifrar una historia inacabada de tentativas, mascaradas y derrotas. Creer que el deseo y los sueños se corresponden y que juntas las visiones nocturnas son más poderosas que lo real genera más y peores frustraciones. Atorados en tal imposibilidad y por urgencia de hallar salida, se siguen inventando máscaras y más excusas  para insistir en ser, parecer y tratar de hacer lo que no se es ni se puede hacer.  

Si la frustración individual agrava el sufrimiento y no genera nada, las desgracias son mayúsculas al fabular  una y otra vez un país deshechurado que se niega a ser lo que es y por necedad sigue inclinado al error con una fidelidad digna de mejores causas.  Entre el sueño y la pesadilla -ya se sabe- está el hecho de soñar: algo parecido a un viaje que comienza en la profundidad del durmiente y, cargado de memoria o de sensaciones de muerte, conduce a lo desconocido, a la pesadilla o al comienzo de algo que podría o no denevir en ficción verdadera, como se supuso en la Antigüedad al dotar lo soñado de contenidos proféticos. No olvido, por ejemplo, que anticipo o advertencia, al comienzo de El proceso Kafka escribió: Josef K. soñó. Líneas después se impuso la pesadilla.

Ni qué decir del fervor de Borges por el sueño y la pesadilla. De tanto que escribió al respecto, comprendo por qué algunos “reformadores” se parecen a los niños y a los primitivos al no distinguir entre la vigilia y el sueño, mientras que, al revés, “los místicos postulan que toda vigilia es un sueño”.  Acá, en estas tierras, la pesadilla comienza y concluye en aras de sacrificio, inframundos tremendos, deidades de la muerte, cráneos colgados en tzompantlies, relatos oscuros, vidas sombrías, máscaras y más mascaras… Si bien por el prodigio literario podemos creer que a partir de los sueños podemos construir la biografía de una persona -o una parte de ella- esa misma aventura, respecto de la historia y de los pueblos, equivale a traza enmascarada, a figuraciones tétricas y sucesión de pesadillas.

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Ser de izquierda. Y eso, ¿qué diablos es?

June 3, 2025 Martha Robles

El pensador. Augusto Rodin

Sabemos de qué se tratan los modelos teóricos y conocidos: la URSS, Corea del Norte, Cuba, Vietcong, el horror del Jemer Rojo en Camboya,  Cuba, Nicaragua, Venezuela, la antigua Yugoeslavia… También, con sus variantes y peculiaridades, conocemos los modos de gobernar de los países nórdicos, así como la socialdemocracia en general y en lo que se ha transformado. No tenemos idea, en cambio, de qué se habla cuando en México se habla de izquierda en medio de galimatías y desde una clara concentración del poder para controlar todo el país.

Lo evidente es que los de MORENA se adueñaron del término izquierda como divisa, pero  ignoramos su contenido o ideario, su fundamento teórico o su propuesta política. Observamos impulsos, repudios, resentimientos sociales y caprichos personales; empero, la actitud nada tiene que ver con ser de izquierda. En ningún “morenista” se nota genealogía teórico-histórica para identificar su “pensamiento”, su filiación o sus verdaderas intenciones, como no sea lo establecido por López Obrador: hacerse no del poder sino del Poder absoluto. En amasijo tan heterogéneo, en el que ni siquiera existe un vocabulario político, no hay modo de inferir un ideario, una moral, un modelo de país, pensadores de referencia, indicios de conciencia,  afinidades sobre la educación, el arte, la ciencia, la política social o compromisos con el desarrollo.

Presidente de Senado y por citar uno entre los numerosos correligionarios más visibles, ¿es Noroña divisa de MORENA y lo que debemos considerar hechura y logro “de izquierda”? ¿Es tan singular individuo cabeza de otros ejemplares no menos estratégicos y emblemáticos de lo que podríamos llamar representativos de su Partido, como Ricardo Monreal? Y el intocable e innombrable  Gertz Manero -por fijarnos en tan temible poder monumental-, ¿encabeza también las filas de tan peculiar “izquierda”? Hay tantos ejemplos de chapuzas, plagios académicos, abusos e imposturas que debemos insistir en que merecemos esta aclaración: ¿qué diablos es la izquierda? ¿Qué quiere, qué se propone, cómo? Por la profusión de hombres y mujeres que desde todos los niveles del poder impúdicamente exhiben sus limitaciones educativas, políticas, morales, etc. hay muchas razones para preocuparse y preguntarnos por nuestra situación y futuro inmediato.

En tal revoltura de intereses, fanatismos, fraudes, complicidades y componendas, fantasías políticas, improvisaciones, etc., urge una definición -clara y precisa- para saber que hay detrás de quienes se ostentan "de izquierda". Empezando por las desmesuras irracionales del gurú y creador de Morena, López Obrador, coincidimos con vox pupuli en que priva el enredo en este reino del surrealismo donde todo es posible.  Repaso ideas y lecciones del agitado siglo XX y de Este a Oeste y de Norte a Sur brincan contradicciones, yerros y muchísima intolerancia teñida de fracasos tan dolorosos como monumentales. La historia está ahí, pero hay que estudiarla.  Quienes profesan esta pasión etiquetada "de izquierda" lo presumen a viva voz, como invocando un credo infalible que los consagra. Por oposición lanzan el contrapunto "conservadores" como dardo envenenado para discriminar a "los otros", los que no caben en su club de santos patrones de no se cuál aportación universal a los estilos de gobernar.

 Conservadores... sinónimo de la serpiente del Edén, portadores del Mal universal, instrumentos del fracaso de la Creación. Miembros de la DERECHA: lo temible e igualmente impreciso, pues a tal conglomerado se arroja a demócratas y librepensadores, artistas, políticos moderados, personas con niveles superiores de instrucción, empresarios, comerciantes, religiosos o cualquier infortunado mexicano que antecedió a los redentores de “izquierda”. Los conservadores, en suma, representan la peste y el horror a vencer. Cualquiera que no sea morenista está considerado yugo y desgracia de la buena gente... CONSERVADORES: enemigos de la verdad y lo bueno. IZQUIERDISTAS: emisarios del bien y lo bueno, protagonistas de la inconmensurable “cuarta transformación” (sic).

Estamos asolados por una feligresía que sin credo ni doctrina ni ideas respecto de la justicia, la equidad, las libertades, las leyes, etc, únicamente azotan a los discrepantes a punta de adjetivos y muestras de desprecio social. Por eso, más que nunca, merecemos que los del club aclaren de lo que se trata ya que sin rastros de Marx ni derivados ideológicos, con el comunismo en el sumidero de la URSS, con China convertida en potencia económica tremendamente competitiva con las grandes potencias, con Rusia dominada por un autócrata como el temible Putin y de Corea del Norte ni se diga.. Y luego lo demás que nos rodea como película de terror: Cuba, Venezuela, Nicaragua... En fin, que no existen polvos de aquellos lodos. Por consiguiente los que no estamos en el club del Poder -ínfimas criaturas o meros testigos de esta agitación- merecemos una explicación.

Con la República vapuleada, las instituciones pisoteadas, la justicia abolida, el Congreso aglutinado, las leyes supeditadas al capricho y el poder cada vez más absoluto, por favor, por favor -para que nuestra ignorancia no sea tan lastimosa-, publicar de una vez la definición tanto de izquierda como de derecha y conservadores. No la definición del marxismo ni la de los diccionarios políticos; no por favor, sino la real, comproblable y a modo de MORENA, que es la que nos afecta e interesa. Así al menos sabremos a que atenernos, según el lado que nos toque.

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Página del diario. Caos, signo de nuestro tiempo

May 19, 2025 Martha Robles

Quizá nuestra desgracia se deba a haber nacido en un mundo ya viejo, colmado de peligros creados por los propios hombres, con dioses cansados y en extinción y decididos a des-nacer quizás para volver a ser de otra manera en un orden menos imperfecto. Tan agotadas están las divinidades que se nota su decaimiento en la ausencia de hazañas; pero especialmente lo sentimos en el incremento del fuego devorador que ha dado en llamarse calentamiento global.

La turbulencia no parece ser un acontecimiento cargado de futuro ni un suceso aleatorio con vistas al porvenir. Lo que sucede en nuestro mundo enfermo tiene todos los elementos de una agitación del revés para volver al caos del principio, al origen.  Así lo relataban los mitos y las remotas leyes al referirse a los ciclos de destrucción y construcción. Así consta, también, en las grandes letras de ayer y de hoy. Por su singularidad esclarecedora, hay que acudir a unos cuantos relatos geniales para entender y sobrellevar las vicisitudes que ocultan Nix (la Noche),  el Hado, las horas y los días e inclusive hay que atreverse con el misterio que subyace entre nosotros y los otros.

No puede ser accidente del destino la profusión mundial de gobernantes/bribones que, en conjunto, dan al traste con logros de siglos porque odian las democracias, aborrecen a las personas, eluden la inteligencia y sustituyen cultura con propaganda con el aplauso de las masas.  Nostálgicos del Becerro de Oro, estos engendros dictatoriales encandilan a millones de  bobos con supercherías y abalorios. Es obvio que, inmersos en el deterioro mundial, tampoco son casuales el daño ambiental, la sobrepoblación humana y la correlativa multiplicación de enfermedades mentales.

El Mal, los poderes nefastos y la confusión popular forman parte de un todo cuando se ha conseguido sustituir lo sagrado con la idolatría del dinero y la estupidez. El pasado demuestra que todo está permitido en plena crisis moral y de la razón porque esto y mucho es parte del caos, signo de nuestro tiempo. Y caos es lo que explica el comportamiento errático que se va potenciando con desorden, confusión, vorágine, anarquía y más destrucción. Como lo verdaderamente tremendo, sabemos cómo avanzan  los sucesos caóticos pero nunca cómo se transforman ni cómo terminan.

Kafka demostró que lo más agobiante es lo menos visible y Heinrich Böll que aún al optar por la rebeldía y oponerse al fascismo, a la guerra y a los excesos del poder, nadie escapa al espíritu de su época. Así, pues, el relato de nuestro caos aún aguarda algunas plumas equivalentes ya que sólo los autores/cifra encuentran la aguja en el pajar; sin embargo, los procesos caóticos ensombrecen, menosprecian y marginan a los mejor dotados a cambio de encumbrar la mediocridad y su cohorte de mediocres. De ahí que en el batiburrillo arrojado al cada vez peor concepto de lector, sean rareza las obras literarias que  desvelan lo real, anuncian tormentas o ilustran la hondura de que es capaz el absurdo. Pienso, por ejemplo, en las biografías de Kafka y de Böll al comprobar que unas conciencias se forman desde la crítica y otras son absorbidas por la corriente imperante, pero únicamente los mejores dan en el blanco o crean algo excepcional, como el universo del sinsentido. ¡Ni qué añadir al acierto del universo kafquiano!

Böll, por su parte, se aventuró con el sufrimiento del joven combatiente y con el talante alemán de la posguerra. En Opiniones de un payaso -trágica de por sí- logró describir con precisión de relojero los tres tiempos del infortunado hombre que fue sin maquillaje, el actor grotesco de la vida destrozada y  el sujeto que podría haber sido no en el medio que lo forjó, sino en una circunstancia diferente.

Vale tener en cuenta las existencias quebrantadas porque estamos tan metidos en el absurdo que no es difícil contagiarse de la superficialidad ni en el endiosamiento de lo insustancial. Hay que tener una gran resistencia intelectual y moral para eludir lo efímero y el dominio de lo aparente. Que sea un payaso el personaje central de ésta, una  de las novelas más significativas del siglo XX, hace más visible y angustiante la carga de tragedia y patetismo que, sobre el infeliz payaso, también refleja a nuestra sociedad enmascarada.

El individualismo pretende hacernos creer que el desbarajuste es el triunfo del progreso, a pesar de que todo está dispuesto para enfermar la mente, el cuerpo y el medio ambiente. Al filo del abismo, nos balanceamos entre la confusión, la impotencia y el caos, mientras la voz en off, a todo volumen, repite que la humanidad está al borde del desastre por el calentamiento global que antecede a la destrucción del planeta.

Estamos, pues, atrapados en el caos. Y así lo vemos sin alterarnos demasiado ni buscar la luz propia como el sediento el agua. Permanecemos indiferentes aun a sabiendas de que un país irritado, dividido y descontento influye a los individuos. Insatisfacción y enfermedad es lo que se respira en nuestro mundo. Me pregunto cómo se convirtió el caos en muestra divisa.  ¿Cómo los peores se hicieron del poder… y consiguieron permanecer?

Ante panorama tan horrible y ferozmente real, repaso la tercera Ley de la Termodinámica y pienso en la cantidad inabarcable de energía que se requiere para contener este caos. Todo sería más sencillo si la conciencia fuera simplemente ser consciente. Pero ésta se desgaja, se erige con libertad ante un horizonte de posibilidades. La conciencia puede trascender la realidad y caer en una nada vertiginosa, o bien volverse un Dios en el que todo alcanza su plenitud, pero los dioses están viejos, cansados o dormidos en sus templos, mientras la otrora feligresía se distrae con ruido y sus propios menesteres.

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Insignificancia del Mal

May 5, 2025 Martha Robles

Eichmann, un pobre diablo que obedeció órdenes

Sobrepasados por tantos crímenes, desaparecidos, abusos, timos, fraudes, engaños y una lista enorme de perversiones políticas y sociales, dudo si los mexicanos estamos en shock o nos hemos entregado al consabido conformismo del “ni modo: así son las cosas y yo qué puedo hacer”. Las monstruosidades a las que nos han acostumbrando a excusa de una absurda y amañada “Cuarta Transformación” (¡que invención más tramposa!) me pone cada minuto, entre ceja y ceja, la lección indispensable de Hannah Arendt: pensar es una obligación moral, especialmente porque el Mal puede llegar a considerarse algo banal, insignificante, sin importancia, ordinario y hasta trivial.

Autora, en 1963, de una de las ideas más inquietantes del pensamiento político moderno, al asistir, en Jerusalén, como corresponsal para The New Yorker  al histórico juicio contra Adolf Eichmann, Hannah Arendt se refirió a la banalidad del mal. Esta expresión, desde entonces, ilustra la máxima inhumanidad que puede cometer cualquiera incapaz de pensar críticamente. Lo comprendió al observar al detalle al nazi sin atributos, responsable de la logística del Holocausto: un mediocre cualquiera, burócrata y empleadito o “funcionario” que “obedeció” órdenes sin cuestionar ni pensar.

De todos los presentes (incluidas mentes ilustres) en el famosísimo juicio, la filósofa judía/alemana fue la única que percibió que, contrario a la creencia, no hay que ser un demonio ni un monstruo sádico para cometer las peores infamias. El Mal -escribió en Eichmann en Jerusalén- es algo mucho más ordinario, insustancial y perturbador porque inclusive un ínfimo pobre diablo es capaz de lo más tremendo sin que le tiemble la mano. Aquí, ahora, lo tenemos a la vista y nuestro mundo sigue imperturbable.  Hay que decirlo bien alto: la frecuencia e intensidad del Mal nos ha acostumbrado a enterarnos con indiferencia de un espantoso sufrimiento ajeno, inseparable de secuestrados y torturados, cientos de miles de asesinados, desaparecidos y víctimas y madres dolientes que, ante la indiferencia reveladora de las autoridades en primer término, escarban hasta en el infierno en busca de sus hijos.

El Mal no tiene carta aborrecida. Su facilidad hace tan vulnerable a la democracia.  Sin controles institucionales confiables el Mal permite que, en política, se asimilen y repitan acciones perversas como si tal cosa. Es escandaloso que en pleno siglo XXI y con una historia de fracasos y tentativas a cuestas desde el XIX, en México hayamos llegado al extremo de destruir la incipiente democratización, a excusa de la ocurrencia dictatorial de López Obrador, ahora convertida en supuesta doctrina (¡cuidado!). En el mejor estilo de las movilizaciones populares, lo aplaude la masa carente de juicio crítico. De nada sirven las lecciones de la peor historia mundial porque la perversidad ideológica y sus consecuencias son una de las mayores tentaciones de las mancuernas pueblo obediente-dictador populista.

Hacer pasar por intrascendente el Mal está sucediendo al abolir a dedazo el Poder Judicial para “acomodarlo” a los intereses narcopolíticos. También está detrás de varias decisiones contraproducentes en la salud pública, en la educación, etc. Todo, pues, es posible cuando se carece de juicio moral y no hay orilla divisoria entre el bien y el mal.  Esto explica que en nuestras narices se cometan atrocidades  como si tal cosa, empezando por crímenes impunes. Estamos cercados por un batallón de burócratas, empleadillos y funcionarios que “cumplen” órdenes, a excusa de cliches administrativos.  En circunstancias arbitrarias como las nuestras, el Mal llega a ser más despiadado que el mismísimo Lucifer porque no  se necesita ser un fanático ideológico para actuar sin pensar las consecuencias de los propios actos; mucho menos los ajenos.  En el mejor estilo MORENA, simplemente se hace lo que se hace, empezando por la realidad feroz del crimen organizado.

Gracias a Arendt aprendimos que la malicia ni siquiera surge de manera deliberada. Bastan el conformismo, la obediencia ciega, la incapacidad de cuestionar conductas, normas u órdenes injustas para que personas normales -léase narcos, violadores, torturadores, verdugos, nazis, “revolucionarios”, etc- se atrevan con infamias inusitadas por su falta de pensamiento. De eso se trata la banalidad del mal: de llegar al extremo sin renunciar a su apariencia trivial. Su peligrosidad consiste en que cualquier sujeto sin rasgos malignos ni heroicos pasa sin dificultad de ser un mediocre cualquiera a criminal. Si Eichmann es un ejemplo extremo, no menos grave es la verdad que se oculta en el crimen organizado.

Es inminente considerar la gravedad de nuestra circunstancia. Debemos pensar en lo que oculta la propaganda morenista: acabar con la dignidad esencial de la ciudadanía. Sin Justicia, sin verdadera educación, sin un sistema institucionalizado y moderno de salud pública, sin un eficaz y confiable apoyo a la cultura y sin que el Estado garantice las bondades de la democratización, estos individuos ordinarios que ostentan el poder absoluto se está convirtiendo en nuestras narices en instrumentos de más atrocidades no a la manera de la Alemania nazi, no, sino tal y como lo impone en connivencia el crimen organizado. Y si eso no fuera suficiente evidencia, allí están para pensarse las dictaduras de Cuba, Nicaragua, Venezuela… donde -digámoslo de una vez-  se han hecho del poder personas insignificantes que pasarían por comunes y corrientes.  La realidad nos obliga a pensar nuestra noción de responsabilidad. Pensar la moral y antes que ella la ética porque  el Mal no es accidente del destino sino producto de la idiotez moral. Lo que, por oposición, hace que el Bien y la moral sean el deber más alto y digno de la razón.

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De MVL e izquierdas y derechas

April 17, 2025 Martha Robles

Un escritor fallece y se desata la tormenta mediática. No un escritor ni una tormenta cualquiera, sino el que mejor llevaba en la frente y en la pasión por las letras el estigma de la Guerra Fría. A partir de su último aliento se han multiplicado dislates de no-lectores y asiduos del saber de oídas, a excusa de sus oscilaciones políticas. La minoría que sabe quién era puede o no expresar reconocimiento, pero razona la pérdida por conocer lo peligrosa e intimidante que es la inteligencia en todo tiempo y lugar, por una causa: la inteligencia incomoda porque se atreve con la verdad; también rectifica y se modifica, como la naturaleza. En suma, la muerte de un hombre singular agita conciencias, pone de manifiesto fracasos y faltantes individuales, sueños quebrados, limitaciones personales, deseos frustrados y lo imaginado por Freud al asomarse al lado oscuro de sus pacientes.

El fenómeno odio/adoración se manifestó con extremos de ira y exaltación, según sucediera también en los funerales de Paz. Inclusive la viuda de Octavio, a saber por cuáles secretas venganzas, se sumó calladamente a su demolición al dejar la obra, sus bienes y su memoria al garete, acaso para facilitar el quehacer de los buitres. Ahora ha tocado a Vargas Llosa ser ave de tempestades. No caen “sobre el muerto las coronas”, sino un vocerío de detractores, índices apuntando a “lo que omitió” y enojos por ser de éste y no de otro modo o políticamente incorrecto. Llueven saetas envenenadas, como si algo les debiera a los contrariados, como si los hubiera despojado de su certidumbre preciosa, como si en su fuero interno y aún de voz viva no hubiera dicho, como el Quijote, Yo se quién soy y sé qué puedo ser... Hay que repetirlo para que quede claro: al igual que Edgar Allan Poe, Kafka, Melville, Pessoa, García Lorca, Paz…, Mario fue el que fue desde que le fue dada la traza de su destino: así lo inexorable, como aseguraban los griegos.

Hizo suyos los saldos extremos que agitaron el espíritu, las fantasías, los sueños malogrados e inclusive las esperanzas de una época singular en la historia de la cultura: la que estalla con ideologías radicales a partir de la posguerra, en la segunda mitad del siglo XX y, teñido de aspiraciones libertarias que fracasan de manera rotunda, se enceniza a partir del XXI. No es que antes no hubiera sucesos ni autores extraordinarios, es que en unas décadas singulares -como otras en la historia- aparecieron genios mundiales (los Beatles, por ejemplo), que hicieron posible lo inusitado. Respecto de las letras, un puñado de talentos tuvo la fortuna de favorecerse con coincidencias felices cuando contaban y pensaban en nuestra lengua de otro modo lo mismo. Esas coincidencias eran la agente para impulsar sus obras en varios idiomas, la editorial española para publicarlos en grandes tirajes y los boomers con curiosidad literaria para leerlos con devoción inusitada. Es decir, Mario fue parte decisiva de un fenómeno irrepetible. Casi mágico e inimaginable, este fenómeno editorial dio visibilidad mundial a nuestra América al través de sus libros, mientras la conciencia juvenil era agitada por algo tan contrastante como el síndrome del nuevo Diógenes expandido por el antibelicismo de los hippies y la idealización del fervor revolucionario, protagonizado principalmente por Ho Chi Min y Fidel Castro.

Al paso de títulos, páginas, obras, biografías y una curiosidad intelectual que sobrepasa la osadía de ser opacada por “la conjura de los necios”, se confirmaría que Vargas Llosa era lo que Camilo José Cela llamó “un escritor de raza”.  Hasta que la senectud lo limitó, mantuvo la necesidad de leer/vislumbrar el misterio de la existencia al través de la escritura. Cultivó el don de mostrar el otro lado, el que se oculta en silencio. Demostró que el escritor de raza no lo es por su estilo (que también), sino por su genio para integrar al visionario con el  intérprete de los entresijos del ser. Privilegio de unos cuantos, llevar “la tinta en las venas” significa explorar al Hombre en su contexto o fuera de él; significa, además, conocer lo humano reinventándolo, desentrañándolo. Pensado o recreado, el contenido de su escritura no pudo separarse de la interpretación que lo habitaba: aun para entender el pasado, situarse en la realidad y prever el porvenir, todo Hombre es un ser de su tiempo, inclusive siendo una mente adelantada.

Al escritor de raza le atraen el pensamiento, las ideas, la acción y el montón de secretos que construyen el revés de las historias. Con suerte inquiere sombras y luces con que juegan, engañan o esclarecen las palabras y su fondo de pasiones. Le atraen sinrazones, emociones, fantasías, pesadillas, experiencias, silencios, sueños: la existencia en sí.  Piensa la vida y sus vicisitudes desde el lado menos obvio y menos visible. Goza del don de VER lo más profundo de lo humano. Gracias a tan maravillosa singularidad, sus obras nos han revelado aspectos tan intrincados como el miedo, la crueldad, el dolor y el mal, la codicia, el poder, el amor y, en suma, la envidia de los dioses. La materia de sus letras es la vida misma, como sólo han conseguido presentar y representar los elegidos de Apolo, como  Sófocles, Shakespeare y otros grandiosos.

Vargas Llosa fue absorbido por el espíritu del XX, con sus pros y contras. Desde sus primeras líneas palpitó en su mente el carácter de su tiempo. Joven aún, veía, leía y registraba la violencia social, empezando por la de su padre ausente y tardíamente presente.  Miró su entorno e infundido del espíritu revolucionario que flotaba en el ambiente, se interesó  en las luchas sociales, políticas, sexuales y económicas  que bajo nombres, etiquetas y lenguajes diferentes, mudarían de aspecto, de centuria, de milenio, de vocabulario  y de protagonistas, hasta fusionarse en el galimatías de que somos víctimas en el actual XXI. Viene a cuento recordar hasta cuáles extremos llegaba el machismo de quienes se presumían marxistas, comunistas o progresistas “inamovibles” porque, en su idiotez insólita, a más de uno le oí decir en público que cogían como revolucionarios. “Vaya, sinvergüenzas”, pensé mientras dos o tres presumían su “supremacía revolucionaria”.  Tan machista pues, sanguinaria, injusta y brutal era la actitud que ni los más enconados se atreverían a negar que aquel ímpetu “revolucionario”, consagrado por idealistas y ciegos, encumbró la crueldad. Crueldad era divisa de supuesta virtud que reptaba en las calles, en la intimidad, en las escuelas y aun en la manera de vivir e imponer una masculinidad caricaturizada: machismo del peor, pues, o capacidad consagrada  de humillar, violar, torturar, zaherir y matar. Cuando al través del Caso Padilla Vargas Llosa supo en la mismísima Cuba la verdad de la invención de Fidel, valientemente dijo NO con otros intelectuales que, en adelante, también descreyeron del mito del comunismo. Con la verdad y los testimonios en mano, la ruptura con Castro fue definitiva. Entonces cumplió y hasta el último de sus días el “hasta aquí, me voy, no participo de esta farsa criminal”.

Por consiguiente, falleció un gran escritor, no cualquiera. Murió el gran creador de verdades ficticias o ficciones verdaderas. Se redujo a ceniza el ensayista y narrador que con mayor brillo, diversidad, talento y fecundidad dotó de trascendencia literaria la acertada tarea de dos catalanes visionarios: la emprendedora agente Carmen Balcells y el editor Carlos Barral, cuyo logro conjunto giró en torno del puñado de jóvenes escritores (hombres en su totalidad), que a partir de los años sesenta protagonizaron  el trillado Boom o estallido literario. En paralelo, insistir en los términos “derecha” e “izquierda” -directrices de la Guerra Fría que se niegan a desaparecer, pese a su sinsentido-, y asociarlos con falacias políticas tales como progresistas o reaccionarios, es una necedad tan grande como pretender separar al criminal Stalin del Comunismo, a Fidel de la devastación moral de su fantasía revolucionaria, a Hitler del monstruoso nazismo, a los gorilas latinoamericanos y africanos de las honduras dantescas del Mal y así sucesivamente. “Izquierda” o “derecha” no son más que términos explotados por la propaganda que no garantizan un mejor orden social o moral. En idénticas dosis sendos lados de la política tiene cuentas pendientes con las generaciones. Igual engañan, violentan privilegios, transforman constituciones, se atreven con deformaciones que vulneran la legalidad, las libertades, los derechos y deberes de la población. En fin, que ser de izquierda o de derecha no es garantía de nada. Ni siquiera prueba estar a la derecha o a la izquierda de algo fijo, inamovible.

Los aficionados a etiquetar lo bueno y lo malo y lo humano e inhumano como lados políticos tampoco son ni han sido revelación de nada. Aun en la Revolución Francesa, de donde procede la costumbre de situar en el parlamento a los de la derecha y los de la izquierda, se cometieron tantísimos actos de crueldad que repasar los crímenes de las hordas justicieras aún nos pone a temblar. Representativo de los bandazos de la Guerra Fría, Mario Vargas Llosa fue un gran escritor que al margen de sus posturas políticas deja una obra excepcional.  En los hechos, sus simpatías políticas y personales no fueron muy diferentes a las del propio Castro y sus “revolucionarios” aliados, solo que estos mantuvieron sus mascaradas de manera vitalicia, lo que explica que sus tropelías aún se ocultan en un pozo sin fondo. El propio Ortega, el gran monstruo nicaragüense al que consagraron en su hora “revolucionaria”, pasó de guerrillero libertador al gran demonio apareado con bruja que supera la maldad de sus antecesores de “derecha”. No que sean peores a los etiquetados de “conservadores”, pero hay que aceptar que las biografías de los tales héroes de las izquierdas reservan verdades terribles sobre las cargas ideologicas con las que han engañado a los ingenuos y a los crédulos.

No se me ocurriría descalificar a Shakespeare por reaccionario ni etiquetarlo de izquierdas. Impensables tales términos en otras épocas. Imposible someter a mis griegos amados a la necedad discriminadora de las etiquetas ideológicas. Es vicio de nuestro tiempo devaluar aciertos del arte y el pensamiento con cuestiones excluyentes atesoradas por la ortodoxia religiosa o doctrinaria, de por sí cambiante, frágil y engañosa. Debemos a grandes talentos como Conrad, Camus, Malraux, Steiner, Borges, Kawabata, Flaubert, Woolf, Yourcenar, Márai, Vargas Llosa… haberse ocupado del Hombre, inclusive con sus bajezas y sus contradicciones: pensar al Hombre y mostrarlo “con su mísero montón de secretos”, desde la grandeza y sin temor a las honduras menos exploradas de la mente, la conducta y la conciencia; ése es el valor perdurable.

Es imposible someter a los grandes del pasado a adjetivos ociosos. De Vargas Llosa quedarán luces y sombras de su tiempo y de su propia existencia.  Obra que, como pocas, abunda en las maneras de ser y pensar, así como en los contrastes, fantasías y errores de los hombres y mujeres de una época tan tenebrosa, frágil y embustera como la protagonizada por su niña mala. Mojó su tinta en dudas y experiencias de hombres y mujeres atrapados en sus pasiones, en sus fantasías, en historias enredadas a muchos fracasos y desvaríos. De eso se trata la gran, la inmensa literatura: de merodear la hondura humana con el mayor instrumento de su razón: inteligencia, imaginación, claridad y belleza de la palabra.

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De la pasión por los diarios

April 5, 2025 Martha Robles

Sandor Márai. Fotografía en pinterest.com

Asidua de diarios y biografías celosamente escogidos, aprendí de los mejores que no hay como entintar el lado oculto para revelar lo difícil que es la condición humana. Nada que ver con diarios/agenda ni diarios/bitácora ni con panegíricos o páginas-registro para lectores por venir: de eso, nada: jamás detenerse a escrutar la miga en manifiestos narcisistas o abiertamente amañados porque de antemano se asegura el tedio, la impostura o la confesión del revés. En privado y sin la presión del mañana, en el verdadero diario se cuenta a todos lo que no se confía a nadie; y, como de magia, cualquiera que sea la profundidad de su lectura según la natural complicidad del lector, nunca se violenta la intimidad del autor.

En las páginas del alma se vuelca la lengua del uno-mismo. Única en su género, esa lengua habla y dice mediante la escritura lo que se calla ante los demás.  Acaso prolongación simbólica del cordón umbilical que revela lo que estaría fuera de lugar en otros géneros literarios, no importa en cuál idioma se exprese porque, por su esencia, remite por necesidad a la lengua materna, a la palabra del origen; es decir, en la página diaria se vuelve a la voz primera, la que es en sí, aun sin saberlo.

Tengo los  Diarios 1984-1989  de Sandor Márai entre los que mayor impresión me han causado. Al margen de los anteriores, este es un librito de apenas 219 páginas que releo hasta deletrearlo casi sin darme cuenta. Solo, con una debilidad que le impedía valerse por sí mismo, a los 89 años de edad no deja de leer, aunque la memoria le falla, ve borroso y camina con dificultad. La última página es el cierre de su existencia, pero anticipan el drama de su suicidio agudas observaciones sobre la vejez: Vienen a verme curiosos que me miran como si fuera un perro políglota en un teatro de variedades. La vejez convertida en un espectáculo. ‘Mirad -dicen-, todavía no se babea, todavía sabe hablar, sabe contar hasta tres, ¡y a su edad! Es un milagro,’ Se asoman al pozo de la vejez. Todavía no saben que el viejo prefiere la soledad porque es lo único que no le aburre.

Desde hace años, a este brillante escritor húngaro le ha dado por meterse en mi sueño nada más porque sí; quizás porque toca fibras demasiado profundas que aparecen/desaparecen como mensajes cifrados. Casi integrado a mi lenguaje onírico, no sabría si algo agrega a lo no escrito en su obra o solo me hace cavilar en frases que, por la magia de las letras, bucean en la memoria recóndita. Así, por ejemplo: la ira es una emoción humillante indigna del hombre. Quizás porque padecí a un iracundo que solía dividir a la humanidad en dos categorías absolutas: la derecha o la izquierda…, soy especialmente sensible a los estallidos diabólicos que provocan tremendos giros de tuerca en las historias públicas y privadas. Acaso tengo en el inconsciente muchos de sus párrafos porque Márai compartía mi afición por las Meditaciones de Marco Aurelio, o tal vez por la curiosidad compartida que adquiere brillo a medida que voy sabiendo de lo que se trata la cuenta de los días. Y es que, al margen de la edad, Llega el tiempo en que uno ya no espera respuesta, no discute con el destino, lo abraza. Hay que aceptar el destino. No existe otro modo de soportar la crueldad de la vida…

Con él repito la duda de si con la edad nos hacemos sabios o menos brutos, aunque, después de todo, la respuesta carece de importancia. Pienso también si la verdad de los otros se descubre cuando se han ido: algo así como levantar un velo y ver lo que no sabíamos. O si con Schopenhauer decimos ¿Usted todavía necesita a Dios?... A propósito de la enfermedad y la muerte de su esposa, también de avanzada edad, hace una descripción tremendamente cierta de la crueldad del sistema hospitalario estadunidense y del mercantilismo inhumano alrededor de la enfermedad.  Dan ganas de mandarle a la tumba la información faltante de lo que padecemos nosotros acá, en este submundo donde la dignidad, la salud y la muerte  son privilegios que la mayoría desconoce.

Desde el momento de la gestación, la enfermedad es la prueba cotidiana de la realidad social y un indicador inequívoco de la clase de país al que pertenecemos. Cabe decir que en México, por ejemplo, el clasemediero y el pobre forman el conglomerado de los “condenados de la tierra” porque, dada la precariedad de los servicios vinculados a la salud, al cuidado y a la prevención, en su oportunidad sufren en carne propia la ausencia de compasión. Y es que la dignidad humana, en autocracias como la infame que nos ha tocado en suerte, carece absolutamente de importancia. En este sentido y desde la perspectiva del país más rico del mundo, la experiencia de Márai es invaluable.

Claro que siempre estarán Kafka, Virginia Woolf, Pessoa, Anaïs Nin, Malraux, Ana Frank, Sylvia Plath…, entre los infaltables de este género que -bien visto- es cimiento y estructura de las letras. Como diría Cesare Pavese, muestra “el oficio de vivir”, desde la perspectiva del oficio de escribir.  Para los escritores es el día a día de la manera de estar, ver y comprender el mundo. En ese aspecto, las revelaciones de Márai son invaluables, especialmente en la medida en que la edad y sus vicisitudes nos van exponiendo a la deshumanización del entorno e inexorablemente, en la otra orilla, descubrimos que el dolor, la debilidad y la soledad van ocupando espacios de la razón y las emociones antes concentrados en el culto a la vida/viva.

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De la dificultad de ser distinto

March 27, 2025 Martha Robles

El discurso dominante define la época y por contraste también a sus detractores, pero no a los pensadores libres: a diferencia de las mayorías, las individualidades innovan, van a la vanguardia y no se identifican con lo establecido. Sea religioso o político, el propósito del discurso dominante es homologar, eliminar diferencias y debilitar el ímpetu liberador de las culturas; de ahí la costumbre de perseguir y  abolir la crítica, lo distinto y la desobediencia, inseparable de la razón educada. En nombre del poder y del supuesto “interés del pueblo”, la voz directriz, para afianzarse, corrompe derechos y libertades.  Sus propósitos se integran a un lenguaje de exclusiones y repudios que se agravan al sentirse vulnerados por la influencia diversificadora de los “seres únicos”.

Las medianías, siempre en alerta para no violentar el espíritu de la tribu, son el mejor soporte de los discursos dominantes, al grado de constituirse en enemigas protagónicas de las mentes brillantes. Inclusive las letras medianas se corresponden con el gusto y las preferencias en boga. Basta, a modo de ejemplo, darse un paseo por la música, las letras o la arquitectura comunista o fascista para confirmar cuán intimidantes llegan a ser los seres únicos donde imperan los dogmas, las ideologías y la intolerancia.  No hay misterio en los discursos avasalladores cuando de cerrar y mantener el Poder se trata. El discurso dominante es el mensaje. Para entenderlo, hay que bucear en los lenguajes de Hitler, Mussolini, Stalin, Mao, Franco, Perón, Castro, Putin, Trump e inclusive en las peroratas de los pequeños autócratas, a la manera de López Obrador, Ortega, Maduro, Milei, Bukele...

Condenada a la soledad, la naturaleza de las individualidades o “seres únicos” tiene sus  propios rumbos.  Aunque nazcan, crezcan y se desarrollen en ella, independizándose y ensimismándose, no están ni se sienten integrados a la comunidad. A pesar de aislarse, el distinto es visto por los demás y también señalado o ninguneado. Gracias a sus antenas convencionales, el otro ve o percibe lo diferente con más agudeza cuando el ser único se debate entre no darse a notar y no poder evitarlo. De ahí el cuestionamiento vitalicio de figuras tan trascendentales como Sócrates, Diógenes, Fidias, Leonardo, Séneca… Y es que no hay opción: aun a costa de arriesgar la vida o la libertad, el ser único es el que es en sí y, por consiguiente, no puede evitar ir a contracorriente.  

Obsérvese cuán marcado de obstáculos y penurias es el destino de tantos filósofos, pensadores, artistas y escritores no asimilados a las ideologías ni a los credos: Giordano Bruno, Galileo, Newton… La lista de perseguidos de ayer u hoy es estremecedora. Son hombres y algunas mujeres sobre cuyos desafíos descansan importantes frutos. De ellos proceden ideas, obras, vanguardias y revelaciones porque, originales, reflexivos y creativos de por sí, no acatan ni caben en los patrones del clan.  Están dotados para aventurarse con lo menos visible: lo oculto, lo innominado y la dificultad.

A riesgo de marginarse o ser perseguidos (lo que es frecuente), asumen su singularidad expresándola mediante ideas, en el arte, la ciencia o en las letras.  Las singularidades o seres únicos ven, entienden e interpretan desde perspectivas nada convencionales. El más alto ejemplo nos remite a la Grecia clásica, cuando gracias a la independencia de las ciudades estado hubo tal riqueza de individualidades que, milenios después, aun nos maravillan.  Así el Renacimiento: otro surtidor de seres únicos también sellado por el dominio de otra edad y su respectivo discurso dominante para manejar a la tribu.

Es un fenómeno de ida y vuelta. Así como la mayoría y los gobernantes se intimidan ante el que Unamuno diría “un carácter”, el ser único no socializa como lo demás, tampoco acepta ser “uno de nosotros” ni comparte prejuicios que a los demás les son necesarios.  En suma, el ser único está condenado a la soledad o al ostracismo. Inclusive llega a apartarse por decisión propia, por inadaptado, rebelde, visionario, crítico e inconforme.  

Es famosa la hora en que Montaigne decidió retirarse a pensar y escribir sus Ensayos en su torre emblemática. Después de él se multiplicarían tanto los viajeros que no hallaban su lugar como nuevas torres reales o simbólicas. Además de varios genios renacentistas, las biografías de Rousseau, Diderot, Voltaire o de exploradores y genios del siglo XIX como Sir Francis Richard Burton o Lawrence, el de Arabia, ilustran de manera dramática el padecimiento íntimo y las reacciones de “los otros”, inflexibles miembros de la tribu.  No son las mayorías los protagonistas del progreso, sino sus beneficiarias. Los diferentes y talentosos enriquecen la vida en sí y las culturas.  Hay que asomarse al siglo XX para ver más de cerca el destino de genialidades como  Pessoa, Kafka, Hannah Arendt y tantos perseguidos por el fascismo alemán durante el fin del imperio austro-húngaro: Joseph Roth,  Stefan Zweig, Robert Musil, Walter Benjamin….

La reciente lectura del Ser único. Un desafío existencial  del filósofo alemán Rüdiger Safranski me hizo levantar otras páginas y acudir en paralelo a algunos de los autores examinados.  Es flaca aún nuestra cultura y muy pobre en diversidad temática y pensadores. ¡Cuánta falta hace aquí la suma de saber, originalidad y pensamiento! Al margen de sor Juana y más acá también de Octavio Paz o Esther Seligson, este de los seres únicos es un tema inexistente en nuestra tradición literaria. Rüdiger tiene en común con Ortega y Gasset la buena pluma y  la virtud de  provocar y atrapar a sus lectores con sugerencias que, párrafo a párrafo, nos hacen ir más allá de lo escrito; tanto, que por el poder de la libre asociación  sin darnos cuenta nos dejamos llevar a “otros” espacios de la razón, de las biografías y de la imaginación. Es un tesoro de sugerencias. Una vez más ha renovado mi interés por la tensión que se extrema entre el ser singular, la sociedad y los enemigos de la democracia, de la diversidad y de la creación en su más alto sentido. Más allá de sus páginas, coincido con este brillante alemán en creer que la singularidad entraña un verdadero desafío existencial.

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De la ansiedad al sectarismo

March 2, 2025 Martha Robles

El poeta inglés W.H. Auden puso nombre a una época en su célebre poema “La Edad de la ansiedad”, publicado y premiado con el Pulitzer en 1948. Abatidos por la turbulenta posguerra, sobre los supervivientes comenzaba a perfilarse el yugo de la Guerra Fría, comandada por dos potencias mundiales, tan antagónicas como amenazantes: la URSS  y EUA. Durante algo más de cuatro décadas, esta doble supremacía invasora e ideologizada, supeditó a buena parte de la población mundial a sus respectivos intereses intervencionistas. Durante tan prolongada y violenta polarización, la Cortina de Hierro resguardó al comunismo y sus padecimientos internos como tesoro, en tanto y en el capitalismo crecieron protestas y movimientos masivos que reflejaban la inconformodidad de millones de subyugados por el armamentismo, la opresión, la pobreza y/o la falta de libertades.

 Contrario al control del totalitarismo de uno y los intereses capitalistas del otro, bajo el sello  compartido de la ansiedad se transformaron radicalmente las creencias y los modos públicos y privados de creer y relacionarse no sólo con el entorno, con los semejantes o con el medio ambiente, también la Autoridad que los abuelos tuvieron por intocable y sagrada, se tambaleó desde la cima de lo divino hasta la sima de lo profano. De pronto, sobre las ruinas del Muro de Berlín y después de las de la URSS “alguien” se atrevió a reconocer que Dios y el mundo habían cambiado… Desconcertados, se habló de “una tercera vía”: algo tan artificial que sólo concentró el dominio en unos cuantos y afianzó la inseguridad en los más, por una causa:  se arrojó a la mayoría a un mundo sin estilo propio; un mundo dividido que usa y se amaña con todos los estilos, aunque de preferencia los más antidemocráticos.

De las tensiones provocadas durante más de cuatro décadas no surgió un planeta mejor ni las quimeras del comunismo o del capitalismo atinaron con el hilo negro del bienestar. Cada una a su manera, las potencias antagónicas agravaron los niveles de angustia e inseguridad de los oprimidos. La URSS controlaba hasta en pormenores la vida y la información, y los capitalistas presumían democracia sin enmascarar la insatisfacción popular. Baste citar la correlación entre la molestia colectiva y las reivindicaciones para medir la intensidad de las exigencias de cambio; por ejemplo, el feminismo, por los derechos civiles o la justicia social.

Las religiones no se libraron de las sacudidas sociopolíticas y los monoteísmos se pararon ante el dilema de fundamentalismo o sectarismo. A partir de la década de los sesenta se desveló el lado más oscuro de los clasemedieros y la fantasía del american way of life se empañó tanto como la “fe ciega” de los creyentes.  Respecto del catolicismo, después del Concilio Vaticano II de 1962, se anunció que, gracias al ecumenismo, se acababa el dominio excluyente del Dios Único y de una sola verdad, porque la Santa Sede se reconciliaba con las demás iglesias y aceptaba la validez de sus doctrinas. Tanto el clero como la feligresía tradicionalista no tardaron en rebelarse. Marcel Lefebvre casi provoca un cisma al denigrar las “nuevas ideas” y calificarlas de “heréticas”, “satánicas” y “anti-cristianas”. Se impusieron a cuenta gotas algunos cambios (especialmente litúrgicos) y con Iglesia o sin ella todos tuvimos que darnos cuenta de que se avanzaba hacia el siglo XXI con una gran verdad compartida en todas las lenguas: la verdad de la incertidumbre.

En suma y desde los credos y las ideologías de adentro afuera, hacia al final del siglo XX se hicieron imparables los síntomas del sectarismo civil y religioso. Estamos inmersos en la “edad de la confrontación y el sectarismo”, con sus respectivos niveles de altísima agresividad y preocupación sociopolítica. Antes de que los López Obrador, Milei, Ortega, Putin, Netanyahu o Trump dieran al traste con leyes, logros e instituciones y se constituyeran en representantes inequívocos del sectarismo furibundo, fueron los defensores de la visión cristiana y medieval del mundo los que anticiparon las tremendas confrontaciones que amenazan al mundo.

Con más o menos claridad, André Malraux previó los riesgos políticos y culturales que traería consigo el sectarismo aupado a la “muerte de los dioses”. En alerta sobre los indicios de rupturas radicales y de la espantada masiva de creyentes y “vocaciones”, visibles a partir de los años setenta del pasado siglo,  sentenció que el siglo XXI será espiritual o no será. Se referirió a que sin dioses, sin vínculos espirituales ni respeto por lo sagrado, las sociedades se fraccionan, se autodestruyen, se enfrentan entre sí y ceden a la violencia abyecta.   Cuando el “temor a Dios” desaparece y ni siqueira las leyes humanas son suficientemente vigilantes para contener los impulsos devastadores de quienes se adueñan del vacío de poder que dejan las divinidades, se aplica in extremis  lo que Dostoievski puso en boca de Aliosha Karamasov: Si Dios no existe, todo está permitido.  

En eso estamos: la era de la ansiedad se ha montado al sectarismo y no exclusivamente religioso. Si la multiplicación de esa nefasta especie de políticos nos está dejando sin aliento y en la orilla de abismo, no hay más que abrir los ojos y el entendimiento a las rebatiñas que están por estallar desde el lado más oscuro de los intereses del Vaticano, ante la inminente muerte del Papa Francisco.

Pues si, como decía mi abuelo: “Que Dios nos agarre confesados”.

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    • Feb 14, 2014 Amistades líquidas Feb 14, 2014
    • Feb 7, 2014 La tristeza de un genio Feb 7, 2014
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    • Jan 21, 2014 Enero 21 Jan 21, 2014

Culpas viejas, mujeres nuevas. Entrevista. https://youtu.be/9go7A0-hmso

En Huellas de la Historia, con Francisco (Paco) Prieto y Blanca Loolbe, Alejandro el Grande. Los pasos del héroe”, Radio Red, México, https://podcasts.apple.com/mx/podcast/alejandro-magno/id1243780697?i=1000431633702

Entrevista sobre los pasos del héroe, lunes 11 de marzo, 2019, 2019, Fabián Vázquez y Rafael de la Lanza; Revista Gandhi Lee+

https://www.facebook.com/mascultura/videos/451974625342403/

“Del amor a las letras y otras pasiones” en Poéticas de las inteligencia, programa de radio coordinado por Patricia Galeana y Beatriz Saavedra. Conductora Lourdes Enríquez, IMER, CIUDADANA, 660 am, jueves 27 de agosto de 2020. https://www.mixcloud.com/MujeresalaTribuna/po%C3%A9ticas-de-la-inteligencia-del-amor-a-las-letras-y-otras-pasiones/

A partir de septiembre 2020, colaboraciones en La noche es joven, programa de radio de Enríque García Cuéllar, Tuxtla Gutiérrez, Chis.:

Octubre 2, https://www.facebook.com/MuseodelaMujerMexico/videos/325674728612136/

Octubre 10, Casandra en la mitología, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/362463818454782/

Octubre 16, Las migraciones en el mundo, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/2675104412742380/

2020

- https://www.facebook.com/757213191075830/videos/3443483862406877 , “intelectuales y poder”, programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Oct. 26, 2020.

- “Helenismo en Alfonso Reyes”, video conferencia organizada por la Sría de Cultura, el Dep. de Literatura del INBA y la Capilla Alfonsina. Con Javier Garcíadiego (director de la Capilla Alfonsina) y la traductora del griego Natalia Moroleón. Moderadora Beatriz Saavedra, Trasmitido en vivo por Facebook, noviembre 5, 2020. https://www.facebook.com/283189608464004/videos/654522281924283/

“Intelectuales, prensa y poder”, en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Nov. 6, 2020. https://www.facebook.com/757213191075830/videos/1034311790327823

“Mujeres y otras penas”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/286419819321195 en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., , Nov. 13, 2020

“Gobernar con sermones”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/815646722545743, Ibid., Nov. 27, 2020

“La amistad entre Alfonso Reyes y José Vasconcelos”, Capilla Alfonsina, con Javier García Diego y el dr. Hurtado, Capilla Alfonseca, junio 30 de 2021. https://www.facebook.com/watch/?v=357786745726168

 “Actualidad de Marguerite Yourcenar” , Julio 8 de 2021, en el programa La noche es jocen de Enrique García Cuéllar. https://www.facebook.com/100063493035749/videos/834712267158793


Debate 22, entrevista con Javier Aranda, Octubre 10, 2022, Canal 22. (https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=jl5UKjczBPPI52y91C_now&s=03)

https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=LNgpCJXplWwnHJVKfBU9EQ&s=08

“Las palabras, espejos de la vida”, conferencias, Noviembre 9, 16, 23 y 30 de 2023, Plataforma ZOOM, dos horas por semana, Instituto dde la Cultura y las Artes, Cancún, Quintana Roo. Disponibles en YouTube con este enlace: https://www.youtube.com/playlist?list=PLOOto7Tr4g7IWZRngC2m_3zwvuTIrqE4H

Agosto 7, 2024 A medio siglo del fallecimiento de Rosario Castellanos. Capilla Alfonsina. Coordinación Nacional de Literatura. Sigue en directo la charla especial en honor a Rosario Castellanos. Acompáñanos y explora su impacto en la literatura. Una oportunidad única para reflexionar sobre su legado. Participan: Martha...

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“Martha Robles”, entrevista de Beatriz Saavedra para el Diario de Madrid, Noviembre 27, 2024. Entrevista a Martha Robles - https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/critica-literaria/entrevista-martha-robles/20241127090423084011.html?utm_medium=social&utm_source=whatsapp&utm_campaign=share_button

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Enero 16 de 2025, Alfonso Reyes y el exilio, Ateneo Español de México, A.C

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