Ya no hay una Ítaca a donde ir. La geografía se ha achicado y la hostilidad aumentado. Aguantamos mal los abusos. Al no saber cómo evitarlos ni sancionarlos, los banalizamos. Ensombrecidas por la sobrepoblación de bribones, criminales, oportunistas y chapuceros, las personas íntegras no se dejan sentir; tampoco se las echa en falta porque se ha generalizado el desprecio a las virtudes y a la razón educada. Desde luego, la maldad no es nueva; lo novedoso es cómo avanza la infamia más descontrolada y, al volverse costumbre, provoca un peligroso estado de desaliento que opaca el principio de la espera y la esperanza, que tanto contribuye a confiar en que las soluciones son viables.
Siempre ha habido perversidad y horrores en el mundo. Para nuestra desgracia, sin embargo, la brutalidad se ha integrado a la vida cotidiana con la facilidad con la que un modelo económico infame ha modificado lo que fuera bueno, bello e inclusive sagrado.
En realidad, cabe preguntarse cómo es que hemos caído en tan tremendo absurdo. Observo a los gobernantes de las potencias o de los países menores y tiemblo porque parecen castigo apocalíptico. Y digan si no lo es desde los Estados Unidos hasta Irán; desde Nicaragua hasta Israel y Afganistán… Y así sucesivamente hasta abarcar todos los continentes. De pronto dejaron de importar el pasado y el futuro. Nada, absolutamente nada se ha ganado con eso, con excepción de millones de toneladas de basura y sabe Dios cuántos asesinados. Ni siquiera los nuevos poderes han enseñado a ser más felices, en armonía con la naturaleza y con el resto de animales. En vez de humanizar con los más altos legados, la globalización mercantilista potencia el desorden y la violencia de manera inmisericorde. Esta codicia ha dado al traste con la previsión y el cuidado, pues el provenir carece de sentido frente al abrumador predominio de fantasías virtuales.
En nuestros días, la historia parece no haber comenzado. No más arquitectura para durar ni obras de arte con espíritu de continuidad. Inclusive las letras, el poder absoluto y la música coinciden en absorber la futilidad imperante. Somos efímeros, con fecha de caducidad, despojados de una razón de vivir para avanzar hacia adelante. El consumismo nos ha igualado a los objetos orgullosamente elaborados para usar y tirar. Y no es pesimismo; es lo inobjetable, lo real verdadero.
Supeditados a la realidad virtual, la mayoría se hizo indiferente al sufrimiento, al efecto de la brutalidad y a las necesidades imperiosas. Pocos creemos que el mundo pueda ser reconstruido. Al perder lo que se suponía valioso, se dejó avanzar a toda velocidad una subespecie humana con la robotización, la futilidad consumista, el culto a lo efímero y un escaso sentimiento de solidaridad. Inclusive está superada la “sociedad líquida” -definida por Karl Popper,- con todo y su laxitud permisiva, porque el monetarismo ha consagrado el imperio la degradación, multiplicado las sociedades desarticuladas y la autodestrucción como divisa de progreso.
En medio de tanta discrepancia, se ha extremado el ruido para distraer y atontar a la gente en los espacios sociales. Ajenos a la moderación, micrófono en mano y a tono con el desorden, los políticos chillan como hienas amenazantes dizque para persuadir, pero a todas luces su propósito es atarantar mucho y decir nada. De hecho, ese es el tono general, que responde a la dramática necesidad de gritar para ser notados, a pesar de que -ocupados en mirarse a sí mismos-, a nadie le importa ver ni reconocer al otro. Tribus de solitarios aglutinados: en eso nos convertimos. No es que me declare pesimista, es que contemplo el acontecer mundial aunque sin renunciar, todavía, a la fe en el despertar para que la vida se preserve.
La amenaza que se cierne sobre nosotros exige meditar en vez de hacer la vista gorda o de huir. No podemos pedir, como Mafalda, que “detengan el mundo que quiero bajarme”. Debemos reflexionar para que cada uno a su manera recupere lo mejor de sí y vayamos frenando esta dinámica nefasta. Ya sabemos que el silencio y el saber son enemigos de las masas; sin embargo, hay que insistir en interponer pausas espirituales para contribuir a la tambaleante salud mental.
No podemos negar que, a excusa de la democracia, cuyo propósito también se ha degradado, la muchedumbre acude a las urnas con la cabeza hueca y la voluntad torcida. Sólo por esa necedad -o más bien imbecilidad moral- se entiende que la temible “mayoría” otorgue poderes absolutos a una cáfila de orates, psicópatas, populistas y autócratas, campantemente adueñados de nuestro destino y del destino del planeta. Con seriedad debemos revisar las distancias inconciliables entre simples “electores” y verdaderos demócratas, ya que esas categorías letales que se han creado entre “gobernantes” y “gobernados” normalizan no políticas ciudadanas, sino la justificación del orden delictivo y hasta criminal, disfrazado de bien común.
En fin, que sean estas líneas una invitación a meditar para contrarrestar el desaliento y la frustración. No vaya a ser que, tarde o temprano, tengamos que aceptar el fracaso de la vida.
