Alberto Manguel

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Vivir en los dos lados de la palabra –silencio y comunicación-  es su verdadera patria. Hijo de diplomático argentino, canadiense por adopción y residente en el sur de Francia por razones de amor, entre viajes, lenguas y alguna institutriz avezada, forjó la personalidad del apasionado de las letras que habría de convertirlo en lector elegido por un Borges casi sexagenario, ciego y convencido –de todos los modos posibles- de que “cada hombre ha sido todos los hombres”. Al advertir que el muchacho de 16 años trabajaba después de la escuela en la librería anglo-alemana Pigmalion, Borges, guiado por su madre, supo o acaso intuyó que era uno de los suyos.  Fue un gesto o cierta manera de hablar y desplazarse sin titubeos de una a otra lengua. Es factible que percibiera en su andar sigiloso un reflejo leve de su propia persona.  Tal vez también anticipó la precocidad del lector entrenado que tarde o temprano sabría, como el mago soñador de “las ruinas circulares”, que “es el sueño del otro”. Lo cierto es que antes de que él mismo lo asimilara como marca de su destino, Borges supo que el mundo de Alberto Manguel era el libro y su pasión, como buen fabulador, explorar las infinitas posibilidades del misterio y del destino; es decir, que el jovencito estaba tocado por “el perdurable fin de la literatura”.

Muchos años, experiencias y textos después, a la vera de recuerdos entreverados de verdades ficticias y sueños fabulados, un reconocido Manguel, que para su escritura eligió el inglés antes que el español, publicó en En el bosque del espejo “Borges enamorado”: semblanza del maestro evocado desde sus pobres danzas con un Eros que si alguna vez lo flechó, lo hizo con letras. Consciente del poder que adquiere el detalle en el perfil del personaje, cuidado tuvo de apuntar “la eficacia con que Borges usaba el temblor de su voz”. El relato fluye con soltura inusual en Manguel y hasta deja entrever la desastrosa intimidad  de su fugaz matrimonio con Elsa Astete de Millán, recomendada por su madre porque “era viuda y conocía la vida”.  No que se ignoraran episodios como éste, es que Manguel lo fusionó al  amo de la palabra y amante inepto para mostrarlo en el difícil contraste que mejor lo humanizaba: un hombre de pies increíblemente chicos que “saludaba dando una mano flácida, como sin huesos, como si le resultara incómodo soportar el contacto”. Un hombre, pues,  capaz de inventar la historia del Aleph, “un lugar en el que se ha reunido la existencia entera”, y dolorosamente pequeño a la sombra de las mujeres.

Líneas como ésta no tienen desperdicio: <<En Harvard, a donde habían invitado a Borges a dar una conferencia, (Elsa) insistió en que le pagaran más y le dieran un alojamiento más lujoso. Una noche un profesor se encontró a Borges fuera de la residencia, en pantuflas y pijama. “Mi mujer me echó de la pieza”, explicó profundamente embarazado. El profesor lo alojó por esa noche y a la noche siguiente se enfrentó con Elsa: “A usted no le toca verlo debajo de las sábanas”, le respondió ella>>.

Desde que en una hermosa y antigua librería madrileña descubrí Guía de lugares imaginarios, escrita en colaboración con Gianni Guadalupi, no he dejado de leerlo. Quizá desde los ochenta he seguido con puntualidad la obra de este editor acucioso, traductor, prologuista y autor de antologías tan claramente relacionadas con las aficiones de Borges, como los dos volúmenes de literatura fantástica, titulados Black Water 1 y 2. Lector arquetípico, ensayista, narrador y borgeano por determinación de las Moiras, todos sus libros son uno solo y cada uno me incita a releerlo como un circular, ascender y descender la mítica Torre de Babel sin que jamás deje de fascinarme la Esagila o templo de Marduk ni concluya el misterio sobre el enredo de lenguas que consagró el zigurat Etemenanki desde que el hombre quiso igualarse con Dios.

Como no ser al divino Borges, Alberto Manguel no se parece a ninguno y solo a él vislumbro encerrado en “la celebrada Biblioteca de Babel, que algunos llaman ‘el Universo’ y contiene todos los libros posibles, incluida ‘la relación verídica de tu muerte’. Únicamente el autor de Ficciones pudo haber discurrido el resumen de “la infinita biblioteca” “en un solo libro de páginas infinitamente finas…” que Manguel –conocedor absoluto de sus obras y respectivas traducciones, notas, comentarios y todo lo demás- habría auscultado con todos los alfabetos e interpretaciones posibles. No es extraño por eso que también descubriera que “mucho más que el laberinto, lo que insistentemente aparece en su escritura (de Borges) es la idea de un objeto, lugar, persona o momento que es todos los objetos, lugares, personas o momentos.”

Un título me llevó al otro y al mismo de nuevo. Así e invariablemente comencé a imaginarlo integrado al Museion, durante el esplendor alejandrino, discutiendo con Eratóstenes de Cirene sobre las ventajas de aumentar los rollos de la Biblioteca o experimentando con registros temáticos, ya discurridos por Zenódoto de Éfeso. Sus títulos, el libro en sí, la fantasía libresca, el rescate de universos en donde todo es posible y la aventura erudita que suele fijar en el eje de sus ensayos, más narrativos que reflexivos y más circulares que emparentados al Michel de Montaigne que casi todos los ensayistas llevamos en el alma, reflejan esa filiación teñida de identidad con el Borges de carne y hueso que conoció al dedillo.

Más que al frágil ciego a quien le fascinaba el cine y el que tras sus malos negocios con Eros reconoció que “el destino del héroe moderno es no llegar a Ítaca ni alcanzar el santo Grial”, Manguel lleva en sus venas al enamorado de los libros, al coleccionista de historias y al peculiar perplejo que dejaba a sus escuchas boquiabiertos. Un Alberto Manguel con todos los Borges y uno creó su nombre propio con la certeza de que nuestras vidas, las verdaderas,  de tiempo atrás han quedado encerradas en los libros.

Como quien realiza la misma y paradójicamente distinta exploración del libro -esa prodigiosa “extensión de la memoria y la imaginación”-, Manguel ha realizado su propia e intransferible historia de la lectura, sus relecturas y extravíos de la razón, sus ensueños y su Babel particular, donde guarda su sitio Lewis Carroll y sin que lo arredren los saltos de Platón al Medievo, del Renacimiento a las glorias de Shakespeare, de Dante a los enciclopedistas ni el inacabado paseo por 6 mil años de escritura hasta rematar en el lenguaje de la web.

Exquisito como pudo ser el filólogo alejandrino que aguardaba en el puerto de Pharos el desembarco forzado de cualquier libro que se encontrara en las naves; sensible al olor del papel, a las texturas, ilustraciones, capitulares, signos, tipos o caligrafías, imagino a Alberto Manguel en su “Biblioteca de noche” mascullando el arte de arrancarle historias nuevas a voces viejas, recreando la escena en que su totémico Borges describía el asombro de Dante cuando Beatriz, en un instante, se vuelve para siempre hacia la eterna fuente de luz. No me extraña advertir que este mullido hombre “de antes”, delicado si los hay en esta selva poblada de intelectuales feroces o desgraciadamente invisibles, es un bibliotecario en estado puro, un lector extraído de los mejores logros ptolemaicos que se antoja intocado por el tiempo.

Por eso no es difícil biografiarlo con y entre sus propios párrafos, pues si como lector particular de Borges la universidad le aburría, no le quedó más que fundirse al espíritu del libro para desplazarse como un soñador universal por su biblioteca de noche: un lugar “gratamente disparatado”, como lo reconoce, donde comparte tránsitos nocturnos de Stevenson y Kipling, celebra un hallazgo de la Enciclopedia Brockhaus o acaricia con fervor las varias ediciones comentadas de Dante. Borgeano al fin, no le son ajenas las voces ficticias ni las apariciones reales en sus múltiples espejos de personajes tan amados como Sherezada y Humpty Dumpty, Montesquieu y san Agustín, Chesterton y algún oscuro o luminoso medieval que, quizá residente de la pequeña localidad de Poitou-Charentes, dejó su alma entre muros de la granja renovada donde él y su compañero, Craig Stevenson, decidieron instalarse al iniciar el siglo.

Tema, sustento y entorno de su vocabulario inequívoco, la biblioteca de casi 40 mil ejemplares  no es uno más de sus hermosos “lugares imaginarios”, sino el paraíso “disparatado” donde comprueba que “un libro se remodela con cada lectura” y donde se aventura en la noche “con la seguridad supersticiosa de que una jerarquía de letras o de números me conducirá algún día al destino prometido”.

Burocracia cultural

Biblioteca del Traductor

Biblioteca del Traductor

 Un paquidermo envejecido que mira atrás con indiferencia, no sabe dónde está y pisa con torpeza hacia delante: así se percibe la cultura mexicana en pleno siglo XXI. De tan cerrada y sometida a la pachorra excluyente del CONACULTA, pareciera que no hay talento ni ideas ni vitalidad. Tampoco voluntad de modificar la fatalidad que se cierne sobre el país. Pareciera que el arte y el pensamiento quedaron en un pasado inamovible y que la medianía es lo único o más presentable dentro y fuera de este pobre México aporreado. Miedo, indolencia, melancolía, incapacidad, complicidad o falta de imaginación: el resultado es el mismo. Y nada es más dramático en un tiempo urgido de vencer su postración que esta cultura burocratizada.

Tras las nefastas administraciones pasadas, creí que la política cultural, como el Ave Fénix, renacería de sus cenizas, pero no fue así. El declive continuó en picada o en ninguneo, como si en México no hubiera inteligencia ni aportaciones a la altura de los mejores de nuestro tiempo. Convencida de que en crisis tan prolongada deberíamos redoblar esfuerzos para mejorar y dignificarnos, creí que los conacultos sentían un doble pavor a los intelectuales “no alineados” y marginadosy al descontento del gobierno. A fuerza de observar la necia repetición de limitaciones, concluí que la pereza o el menor esfuerzo es en realidad lo suyo porque ni siquiera se toman la molestia de averiguar qué cabezas pensantes trabajan en vez de “grillar”. Lo peor es que el neoliberalismo y la tramposa “libre competencia” poco o nada ayudan al cultivo y divulgación de las obras del espíritu.

Es un hecho, pues, que los encargados de la política cultural no se interesan en averiguar dónde está lo novedoso, creativo, crítico e interesante o cuáles son las aportaciones singulares, oportunas y/o necesarias que contribuyan a sacudir esta murria que hace parecer al país un buque desgastado y pulguiento.  La obviedad así lo demuestra, inclusive en cuestiones editoriales o más bien, para empezar, en las ventanas editoriales: la comodidad, las alianzas o las complicidades los hace elegir y privilegiar al mundillo que los rodea, en tanto y discriminan  lo incómodo e inorgánico, en términos de Gramsci.

Música, artes plásticas, arquitectura, literatura, teatro, cine… Si observamos el plan de exposiciones, por ejemplo, nada hay, absolutamente nada que muestre la producción contemporánea, la riqueza plástica, el rumbo social de la arquitectura y la necesaria crítica que cuestione el diseño en un urbe enferma y sobrepoblada… Más allá, tampoco se ventila el compromiso de la ciencia o la dirección de las artes plásticas.  Hasta parece que la creatividad se echó a dormir después del trillado tema de los muralistas y sus cuates. La buena Frida ya es agobiante, una caricatura de sí misma. Me parece muy bien darle un lugar sagrado a los amos del Renacimiento y recobrar algunos muertos, pero hay un lenguaje vivo y actuante que no tiene por qué permanecer oculto, que tiene algo qué expresar y sabe cómo hacerlo.

Debemos enterarnos de cómo el arte, la estética, la invención, la fábula y el pensamiento responden a la injusticia y a los terribles problemas que nos aquejan. Ya es hora de ponerle nombre a nuestra situación y dar acceso al lenguaje a los millones de marginados que, de tan despojados de todo, no tienen palabras, solo rabia y dolor, solo carencias y desgracias. Por eso hay que insistir: la cultura libera e iguala hacia arriba; la cultura participa del despertar de la razón o se niega a sí misma.

Al Conaculta corresponde fomentar la lectura y apoyar a los escritores para abatir con ideas, con saber y mediante el poderoso recurso del lenguaje las desigualdades que marginan no solo de la cultura, sino de la vida activa a cuando menos 52 millones de mexicanos. Son los condenados a nacer, crecer, multilicarse y morir en su infierno de ignorancia sin redención. Son los que carecen de opción electiva. Son, pues, los marcados por el estigma del vencido que solo puede acudir a su cuerpo como instrumento de trabajo.

¿Para qué sirve y es la cultura si no para mejorar la vida, para hacernos mejores personas y dar un sentido ético y estético a la existencia? Sin alardes, sin pretensiones ni listas de “favoritos” o de moda, los escritores y creadores en general ya deberíamos estar integrados a un sistemático y regular programa de conferencias y conversaciones, cuando menos con alumnos de educación media. Mover las obras, ventilar el espíritu de la letra, mostrar y examinar motivos de orgullo y de grandeza moral de nuestro pueblo, dar el valor que merece la inteligencia para dignificar al país o, en lo más elemental, salir a las calles, como en su hora con enormes y rápidos resultados, hicieron los miembros del Ateneo de la Juventud. Y aunque entonces jóvenes en un México no menos atribulado que el actual, no eran figuras menores: Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Antonio Caso, Jesús T, Acevedo, Martín Luis Guzmán…

No solo en zonas rurales o en pueblos olvidados de Dios, también en las ciudades y en el laberíntico y lumpenizado DF hay millones de personas de todas las edades que jamás han oído hablar a un escritor, a un músico, un museógrafo, un arquitecto, un científico… Se trata de aportar algo positivo -de preferencia mediante el pensamiento crítico y conscientes del valor del compromiso-, a una sociedad rasgada, lastimada, humillada. Una sociedad que no sabe qué le ocurre ni cómo salir de su postración. Una sociedad que para empezar a curarse de sus males, debe ponerle nombre a su situación, a su infierno.

A una crisis como la desencadenada a partir de 1929 en los Estados Unidos, el presidente Roosevelt respondió con su celebrérrimo “New Deal”: reto totalizador para echar a andar a la sociedad desde el peldaño cultural. Capa a capa,  de abajo ariba y e lado a lado el trabajo rebotaría en la recuperación económica, como de hecho ocurrió. Que todos necesitaban participar con talento, saber de experiencia o aptitud concreta. A intelectuales, deportistas, actores, músicos y creadores, que desempeñaron un papel decisivo en este proceso, correspondió asumir la defensa moral, la crítica, el fortalecimiento del espíritu y el rescate de la memoria. Quienes ostentaban la responsabilidad del poder, de este modo, encargaron enseñanzas, conferencias, biografías, historias regionales, publicaciones… Emprendieron proyectos tan originales como la recuperación de músicas, cuentos y cantos tradicionales, casi olvidados. Se construyeron museos, escuelas, talleres, monumentos… En fin, el país se movió como una sola máquina, sin perder de vista el valor de los fundamentos culturales para recuperar la confianza colectiva, para sanear el dolor, abatir el hambre, arreglar la tierra, generar empleos y activar, en resumen, la dinámica del bien común y compartido.

La historia lo demuestra: no es la economía lo que salva a los pueblos; es la cultura la que da sentido a la economía para que se salven los pueblos. Cuando asciende la cultura media la civilidad se incrementa, mejora la convivencia, disminuyen las agresionesy los gobiernos tienden a reducir vicios tan arraigados como la prevaricación, la ilegalidad, la impunidad y el montón de causas evitables de sufrimiento e injusticia, propias de la ignorancia.

Sobran razones para indignarse. Somos los escritores quienes debemos interpretarlas, hacer visible lo evidente, mirar para donde nadie mira, nombrar las injusticias con inteligencia crítica, con razón contestataria, con rebeldía e inconformidad no despojadas de compromiso moral ni de la certeza de que la cultura enseña a rebelarse, a elegir algo mejor y posible. Nuestra misión está ceñida al poder del lenguaje, a su capacidad esclarecedora y al cultivo de la razón que nos hace menos débiles y menos expuestos a la servidumbre y a la humillación.

Nada más alejado del provocador, del gritón fanatizado, del empeñado en encender la furia irracional que la obra de la cultura.  La ignorancia hace dóciles, manipulables y fáciles de engañar a los ignorantes. El intelectual no puede ni debe dejar de insistir en que esa es una sociedad de esclavos. Una sociedad sin palabras es una sociedad sometida, expuesta a los vaivenes del poder del dinero y de los intereses espurios. Formar ejércitos de lectores ciertamente carece de fines utilitarios y ni siquiera nos salva de nada, pero sin duda un lector o estudioso regular aprende a pensar, a formar carácter y a decidir lo mejor, lo posible u oportuno en ámbitos adversos.

En tiempos de crisis, como la que llevamos como segunda piel, lo sensato sería aplicarse a mejorar y no, como se ha optado sistemáticamente en este mundo del revés, castigar lo esencial por considerarlo prescindible. Para los que suponen que el progreso consiste de destruir ciudades con profusión de adefesios, combatir el poder de la razón, abatir la Naturaleza “para atraer al turismo”, industrializar para el consumismo, confundir cultura con actividades sociales, componendas e intereses creados y reducir el concepto del hombre a su ínfima expresión en vez de cultivar atributos, hay que ponerles enfrente el mundo y el país que han creado. No hay más: la verdad es lo que es.

VIVIR EN TIEMPOS HORRIBLES

Cuando era niña el mundo era ancho, el futuro muy largo y las fantasías posibles. No que deseara aventuras irrealizables ni que no cupiera mi realidad en los bolsillos de mi vestido azul con lunares blancos que tanto apreciaba.  Tampoco es que atesorara motivos de presunción en la caja gris de metal donde en vez de herramientas escondía mis secretos. Es que unos cuantos objetos me permitían fantasear muchas y muy convenientes boberas. Podía percibir, por ejemplo, la inmensidad del misterio que me marcaría de por vida con un perfumito de sándalo traído de India y una piedra blancuzca dizque de Grecia. La pequeñita aunque laboriosa talla en marfil de un chino estrambótico me inspiraba historias extraordinarias. Así también la noble energía de un pañuelo finísimo, bordado a mano, que sabe Dios de dónde saqué, pero doblarlo, repasarlo con el borde de los dedos y desdoblarlo otra vez para examinar sus puntadas era una de muchas simplezas que me hacían inmensamente feliz. Ni qué decir de la Esterbrook azul de punto fino: primera pluma que tuve y conservo a la fecha, y del tintero antiguo de tapa dorada que solía rellenar como si se tratara del Santo Grial. Coleccionaba además hojas de árboles, flores secas y cositas pequeñas, el Kempis en miniatura que alguien me dio y jamás comprendí, la moneda antigua que supuse romana y creo que una campanita de plata, quizá regalo de nacimiento. Eran objetos de origen anónimo, de los que nunca se sabe cómo ni de dónde llegan a nuestras manos pero tan cargados de significado que miles de años después sigo creyendo que vinieron a mí como guías del destino. 

No recuerdo una edad específica ni sucesos tan singulares que merecieran contarse. Tampoco los cumpleaños se dejaban sentir como frontera de cambios drásticos. La provincia era un calendario de repeticiones ociosas, a veces péndulo interrumpido por relatos de viajeros ocasionales, enfermedades puntuales e invariables recuentos sobre abandonadores, adúlteros  y muertes “que apenas podían creerse”. Y yo, un niña incapaz de conformarse con la medianía que impregnaba los días aprendí a estar en las partes sin estar en ninguna. Crecí con el oído y los ojos abiertos en mi Guadalajara natal, cuyos árboles maravillosos contrarrestaban el desfile de analfabetos, locos, majaderos, borrachos y furibundos que hoy me parecen de broma frente a la cáfila de criminales, funcionarios corruptos, ladronzuelos de cuello blanco o descamisados, narcotraficantes y uniformados que, adueñados de las vidas de los demás, saquean, extorsionan, intimidan, asaltan, torturan y matan sin que les tiemble la mano y sin que para ellos exista una ley divina o humana que castigue y frene sus fechorías. 

No obstante el engolamiento de nacionalistas exacerbados que publicitaban las glorias del México “como no hay dos”, la fealdad urbana era simiente traída de lejos que se iba apoderando, a pasos agigantados, de construcciones antiguas, monumentos, símbolos y espacios abiertos que, pese a mi corta edad, me parecían hermosos y dignos de aprecio. De entonces data mi repudio a la índole depredadora de esta cultura, agravada por la arrogancia que primero con timidez y con agresividad hacia el fin de siglo, impuso la convicción de los necios de que, en nombre de la modernidad, a la Naturaleza había que abatirla, explotarla y degradarla para sembrar en su lugar cemento, plástico, químicos irrespirables, asfalto y edificaciones monstruosas. 

El resultado de la demolición ambiental, desencadenada con ferocidad a partir de la segunda mitad del siglo pasado, confirma que la pobreza estética del mexicano es correlativa a su incapacidad secular para labrarse un destino digno. Esa conducta contraria al dictado de la moral, al amor por la vida, a la compasión y al sentimiento de fraternidad es propia de pueblos vencidos o de espíritus intocados por la pasión de aprender y sobreponerse a la adversidad. No solo percibí el lado oscuro de un mestizaje forjado en el caldero del odio, también, al inaugurar mi estancia universitaria, me di cuenta de que Cronos continuaba devorando a su hijos y nada ni nadie podría evitar que, en lo sucesivo, los jóvenes fueran tenidos por estirpe maldita, condenada al fracaso o a empeorar el deterioro social mediante la multiplicación de delitos cada vez más espantables. 

En realidad tan aciaga aprendí que para sobrevivir había que aislarse para reflexionar, estudiar con ahínco y escribir sin desatender los asuntos del mundo, pues respecto de los locales y más inmediatos nadie podría sustraerse. Entre actos de rebeldía, alguna esperanza que a mi pesar ha burlado mi natural pesimismo y alegrías que no faltan porque nada es tan negro tan negro que nos refunda en una irremisible melancolía, también descubrí que aún tenemos país por “los garbanzos de a libra” y que debemos más a los menos –que son los mejores- que a la cohorte de aduladores, codiciosos, bribones e insaciables que década a década se echan a saco sobre nuestros recursos como si los pájaros, los ríos, las semillas, el aire, las personas y la tierra fueran eternos o pudieran renovarse como milagro del cielo.

Ser mujer, elegir la soledad creadora y vivir en México ha sido por consiguiente un desafío que no acaba ni deja de ser fatigante. La ignorancia mayoritaria es como un plomo que aplasta lo que queda de vivo, colorido, respirable y alegre en este Altiplano cuya riqueza biológica fue alguna vez de las más altas del planeta. Me repito que la criminalidad, la ínfima calidad moral de los gobernantes y el envilecimiento social alguna vez podrán subsanarse, aunque no toque a mi generación ni acaso a las que nos siguen probar el orgullo de pertenecer a un Estado confiable y decente. 

No se requería en el pasado, como ahora tampoco, una inteligencia notable para darse cuenta de que la sabiduría no estaba ni está entre las aspiraciones mayoritarias. Más bien la autocomplacencia del mentecato relucía en las dos expresiones imborrables del carácter que aún nos distingue: el machismo ranchero –ahora contaminado por la narcosociedad y la demagogia política- y su complementaria discriminación femenina, invariablemente teñida de tal violencia, gestecillos de ridícula irracionalidad y menosprecio que cualquier expresión de agudeza, ingenio, originalidad, imaginación o curiosidad femenina era acreedora de etiquetas vitalicias, sin distingo de edad,  que estigmatizaban a las mujeres calificándolas de “peligrosas”, “descocadas” o de “malas inclinaciones”. 

De que en unas décadas mucho ha cambiado, nadie lo duda, aunque es innegable que el desmesurado crecimiento demográfico no ha contribuido a construir un habitat mínimamente satisfactorio. Hoy, como ayer, los prejuicios persisten aunque en vez de atosigarnos con el trillado discurso de “los gobiernos de la Revolución”, padecemos galimatías enredadas a mentiras insostenibles sobre los logros de la ciudadanía. No faltan promesas cargadas de supuestas reformas redentoras y el infierno en la tierra se exhibe mediante una partidocracia que no hace más que espejear la ínfima calidad de nuestro sistema político. Y es que todo viene de atrás y todo sigue anudado a la mala herencia.

Cuesta reconocerlo, pero desde los días de la Independencia hasta los crímenes cometidos hoy la historia del poder no ha hecho más que avergonzarnos y dejarnos la cara roja de vergüenza. 

Pese a la evidencia que nadie en su sano juicio puede negar, el amor a la vida es más fuerte que la espantosa realidad que nos ha tocado en suerte. Debemos insistir en que hay mucha gente que sin alarde y sin ruido es mejor que las sombras empeñadas en reducirnos a nada. La fraternidad, la compasión, el entendimiento esencial, el trabajo ordenado y la alegría de amanecer cada mañana con el deseo de contribuir a mejorar lo que tenemos a mano es suficiente razón para no ceder a la tentación del desaliento.

Ya no tengo el resguardo de mi vestidito azul de la infancia ni conservo una caja con objetos sagrados, pero ahí está la página blanca para mostrarme cuán sanadora puede ser la palabra, cuán maravilloso es el lenguaje y cómo se alegra la vida cuando fluyen los nombres después de la primera frase.

Más consumo y menos mundo

Desde que los primeros hombres miraron al cielo para crear a sus dioses hasta las muchedumbres congregadas en plazas y templos para honrar al Único-uno; del Hades al Infierno dantesco y al urbano actual, el peor de todos; del Gilgamesh al Bhagavad Gita; de Homero y Sófocles a Shakespeare, Cervantes e inclusive en la hora de Borges, la humanidad fincó su estado social a partir de la indiscutible certeza de qué es lo que había que hacer, quiénes tenían que hacerlo y para qué; es decir: la moral surgió para salvar al hombre de sí mismo. En cuanto se impuso la complejidad en las relaciones comunitarias y el consumo alteró el orden y la conducta, la política hizo su aparición a la cabeza de las culturas, para consolidar la función reguladora del Poder y del Estado.

Mancuerna inseparable de lo que al tiempo habría de denominarse economía, el Poder hizo su entrada triunfal en el deslinde de gobernantes y gobernados para que unos decidieran cuáles acciones tenían que llevarse a cabo y los otros las realizaran de acuerdo a su jerarquía. De proceso tan prolongado y no menos laberíntico puede decirse que en los registros de la humana memoria el comercio estuvo en el eje de avances, enfrentamientos y retrocesos, de riquezas y empobrecimientos e incluso en las modalidades estéticas, artísticas, artesanales y recreacionales.

Expuesta a enfermedades, hambrunas, accidentes y guerras, la humanidad conservó durante milenios un involuntario equilibrio entre nacimientos y muertes, hábitos de consumo, creencias, costumbres y con la Naturaleza. Todo cambió con el “estado de bienestar” que, amparado por la “modernidad”, consagró el capitalismo como antes a los dioses. Así, el hombre fue cediendo indistintamente a su condición de consumidor, dependiente de la tecnología y partícipe activo en el gradual pero efectivo deterioro del “estado social”: uno de los síntomas más críticos de los ecosistemas.

Aturdido por la sobreproducción y su complementaria publicidad, inmerso en una superpoblación asegurada por antibióticos y sistemas sanitarios; invariablemente dócil a la multiplicación de necesidades prescindibles y deseos dirigidos por la industrialización y el consumo masivo, el hijo del siglo XX –condenado a la sazón a vivir hasta convertirse en bisabuelo o tatarabuelo-, revirtió en unas décadas el equilibrio mantenido durante millones de años en el planeta.  En apenas tres o cinco décadas los apetitos insatisfechos de las masas se dispararon hasta volverse rehenes del consumismo y títeres individualistas. En tanto y “los condenados de la Tierra” fueron despojados de patria y destino, los países más ricos se rindieron al dictado neoliberal y la indiferencia aniquiló la otrora función estabilizadora de la ética.

No hay misterio en el estado del hombre actual ni nada que justifique su impulso de muerte: la degradación del planeta no es accidental ni sorpresiva. Los más avezados denunciaron con oportunidad la veloz extinción de especies animales y vegetales, la desertificación y la contaminación. Como sería de esperar y en atención al síndrome de la infortunada Casandra que con el don de la profecía recibió de Apolo la condena de no ser creída, los ambientalistas también advirtieron que se requerirían los recursos de cinco planetas en vez del único que disponemos para cubrir las necesidades de una población mundial que pronto alcanzará la cifra de 10 mil millones de habitantes cuya mayoría, indiscutiblemente, no solo estará en niveles de miseria extrema, sino de furia e inconformidad extrema.

Ésta, así, es la era de la tecnología sofisticada, de las autopistas de la información, la publicidad, los jets y los trenes/bala. Reino del mercado global y del monetarismo, sus excesos habrían sobrepasado la imaginación más diabólica del pasado. Nada qué ver con el mundo de Confucio en su China inescrutable, con los hallazgos de Herodoto allende el Mediterráneo o con los días en que filósofos y artistas viajaban a pie prodigando el saber. Eran siglos de fundación y de un porvenir tan largo y desconocido como los caminos frecuentados por las caravanas de camellos, carros, burros donde los hubiere o tamemes entrenados a cargar como bestias, que hacían del comercio una de las actividades más intrépidas, necesarias y lucrativas de cuantas han existido en la historia.

Nuestra especie no es la racional, también la única industriosa y mercantil de cuantas han poblado el planeta. Las oscuras horas del trueque precedieron a las ciudades y a la formación del Estado, al grado de que aun los nómadas y las tribus más apartadas practicaron el comercio como recurso de sobrevivencia. Una temprana y complicada invención de los equivalentes a pagarés, cheques y letras de cambio contribuyó a proteger a los comerciantes de asaltos y abusos desde el próspero Cinere, en Egipto, y por todo el Mediterráneo hacia el Norte y el Oriente y al revés, quizá hasta abarcar zonas cada vez más impenetrables y peligrosas, como la legendaria China. Por consiguiente y previo al helenismo alejandrino, el sistema bancario creció y se multiplicó bajo el dictado de las mercancías y los correlativos créditos al tanto por ciento, destinados a producir y/o distribuir toda suerte de artículos: aceite, vino, telas, cerámica, muebles, especias, té, joyas…

Tanto el empleo de guías y guardias armados como el uso corriente del sustituto del dinero tuvieron que ajustarse a las condiciones del mercadeo. El establecimiento regulado de divisas y papeles bancarios, de tal modo, trajo consigo una gran diversificación de valores que, además de mejorar las condiciones de vida y ensanchar comunicaciones marinas y terrestres,  fortalecieron las relaciones diplomáticas y civiles entre los pueblos. No hay modo de menospreciar el efecto que el comercio ha tenido tanto en el correo entre culturas como en el historial de las guerras de invasión o conquista; su extralimitación, no obstante, se convirtió en un arma letal, la más nociva de todas.

La literatura es un registro invaluable del enigmático y naturalmente mercantil universo oriental. Si poco fuera el puente imaginativo entre Las noches árabes y la memoria de Marco Polo, allí están la Biblia, las mitologías y una rica narrativa popular para recrear lo que la seda, las especias, la música, la artesanía, el ganado, los granos o los metales dejaron en el imaginario colectivo. Desde que la llamada civilización occidental se hizo de las riendas de una súper industrialización global y en nombre del capitalismo a ultranza se creó la mayor amenaza para nuestra supervivencia en la Tierra, se predispuso a nuestro hogar compartido al autosacrificio.

No es pues el comercio en sí la causa de nuestra veloz degradación. Es la codicia insaciable, la inmoralidad de la minoría de ricos que ha fomentado el consumismo y dado al traste con la otrora función del Estado y la sociedad. En su vejez, al filo de la muerte pero animado por un profundo sentimiento de humanidad, el sabio Sygmunt Bauman conserva arrestos para insistir en la obligación moral de demostrar el fracaso del actual modelo económico. Aferrarse a este delirio augura el peor fin.

“Este podría ser el momento –escribió-  de reconducir la responsabilidad moral hacia su manifiesta vocación: la garantía mutua de supervivencia.” No hay más camino para crear las condiciones reparadoras que revertir el proceso, desmercantilizar el impulso moral, volver a lo fundamental del ser y recobrar la moral que en más de una ocasión ha demostrado que no hay más noble y perdurable invención que un imperativo ético.

IGNORANCIA Y BARULLO

A más reparo en la pobreza del habla en México, mayor mi interés por descifrar el enredo de historia e intrahistoria en nuestra enferma cultura dominante. Quizá no hay nada qué decir, por eso se mal-dice, dice nada o mejor aún: se balbucean y gritan insultos eslabonados a lugares comunes y muchas, muchísimas banalidades ofensivas. Ni ideas, imágenes u observaciones; mucho menos expresiones originales: somos el pueblo condenado a la imitación y al tartajeo, a la negación de sí mismo, al miedo a mirarse y reconocerse en su verdadero ser. Por desgracia y sobre todo, somos aún el pueblo supeditado a los poderes monopólicos, partidistas y gubernamentales, del que buena cuenta dio un Paz pesimista ante el “tiempo nublado” que, pertinaz y agarrado a vicios ancestrales, se cierne todavía sobre nosotros.

En cada rincón del territorio, como tumor infeccioso, es inocultable la misma evidencia de la añosa y acumulada derrota educativa. Se trata de la más grave traición contrarrevolucionaria arrastrada desde la fundación de la SEP, en 1921, hasta nuestros días, con todas sus consecuencias. Si la máscara emblemática se aliña con proyectos y reformas sexenales vueltos alarde y ceniza,  la debilidad del idioma español pervive doliente en el verdadero rostro. No es que no haya nada qué enseñar ni que el magisterio se caracterice desde la noche de los tiempos por su cabal ineptitud pedagógica; tampoco se trata de discurrir el método maravilla que nadie ha inventado, desde los griegos remotos hasta los nórdicos de hoy, es que se enseña lo que se sabe, se exhibe lo que se tiene y también se trasmite lo que se padece o se ignora. Y en eso el magisterio mexicano no es excepcional sino producto puntual de su herencia y de su carácter gremial e institucional. 

La raíz del monstruo que pervive detrás de la máscara de la CENTE no es regional ni particular. Lo mismo existe en Michoacán, en Morelos, en el DF…, con la salvedad de que el pus brotó por lo más vulnerable, donde habría de ponerse a prueba el dilema del país: se comienza a limpiar el pudridero desde la simiente y sin simulaciones, se cultiva la crítica pública y se fortalece la sociedad civil para que controle y exija el recto cumplimiento de sus deberes a instituciones o gobernantes o el declive continuará avanzando hasta ahogarnos, hasta ponernos a unos contra otros, hasta encargarnos de nuestra propia destrucción.

La corrupción es el mal mejor extendido en los individuos, en el gobierno, en la enseñanza, en las cárceles…; es decir, es el mal endémico de una sociedad que desde sus orígenes marcados por la independencia de los criollos, compromete, a partes iguales, a funcionarios y sindicalistas, a burócratas  facciosos y aun a la sociedad que más y peor es aplastada, humillada y anulada por los poderes instituidos.  Con el furor de los cambios que anunciaron en el año 2000 nuestra aparición triunfal en la democracia, la partidocracia se encaramó a la jugada y carente de ideas, codiciosa y tan primitiva y de poco fiar como su tentación nerviosa para brincar de aquí para allá entre facciones, sin soltar las nóminas ni dar nada a cambio, contribuyó a empeorar los viejos vicios, a agregar nuevos males y a incorporar a “la cosa pública” más feroces elementos de engaño, simulación y destrucción.

 En todo este enredo que a fin de cuentas va trazando la doble historia del poder y de la cultura en México está el eje educativo y, en el núcleo, el drama de nuestra miseria lingüística. Entre 80 y 100 palabras integran el vocabulario del “ciudadano” medio y dizque favorecido por las aulas. La “cultura” media del mexicano está muy, pero muy por debajo de países organizados. “Igualados hacia abajo”, diría Alfonso Reyes porque del aula a la calle, de las familias comunes al habla popular, del campo a zonas depauperadas y estemos donde estemos, con las excepciones de las minorías  que aún creen en el poder vivificante del saber y la palabra, predomina la misma obviedad: el cultivo del pensamiento es preocupación tan infrecuente como la de conocer. Mejor que nadie los supieron los conquistadores: un pueblo sin memoria y sin palabras es un pueblo anulado, esclavizado y sometido al dictado del amo. Por eso la enseñanza verdadera del idioma no ha sido prioridad de nuestros enfermos sistemas de poder, porque mientras se carezca de significación, de memoria, de derechos, de rostro y de destino propio, los mexicanos seguirán siendo “carne de sacrificio”.

Todo es grave, lastimoso y sujeto de intimidación o abandono en este complejo país nuestro que lleva siglos ceñido a sus represiones y complejos, como la Coatlicue a su faldellín de serpientes. Pensar y hacerlo críticamente no es propio de nuestra cultura. De ahí la insistencia de Paz y otros cuantos escritores en hacer ver los beneficios de la lengua y el pensamiento. No hay más acicate contra el cochinero que el despertar de la conciencia crítica, que el cambio de actitud de la sociedad civil, que la transformación radical de la conducta política.

No hay mayor indefensión que la de un pueblo balbuceante, sin sustantivos ni capacidad de abstracción. El nuestro está esclavizado al pequeño, pequeñísimo mundo que puede nombrar y entender porque su vocabulario es la medida inequívoca de su enajenación. Tampoco hay mayor poder que el de un pueblo que habla, entiende, dice y exige con firmeza y claridad lo que en justicia y por derecho le corresponde. Encerrado en sí mismo, presa de su ignorancia, el mexicano atrapado en la compleja escala de la pobreza arrastra consigo la imposibilidad de elegir y modificar su destino. 

Y, asolados por una sobrepoblación que exagera los excesos y errores de nuestros antepasados, los millones de hombres y mujeres que reproducen “el sentimiento de soledad” que, según Paz, estalla cada vez con mayor violencia no conduce a la rectificación sino a una mayor anulación de sí mismos, a la enajenación que nos ahoga.

Hubo un tiempo y una generación de escritores que antepusieron el valor del idioma a los “falsos” alegatos de modernidad que, pese a la entusiasta demagogia de empresarios y hombres del sistema, no devino en el bienestar prometido a las mayorías, no igualó hacia arriba a la población ni propició el ascenso de mejores gobernantes;  tampoco condujo a una explotación racional de nuestros recursos. 

Y todo este horror comenzó como una gran mentira, elevada a motivo de fe y consagrada en los altares de la derrota.  Entonces se nos dijo que Dios hablaba la lengua del conquistador, aunque nada dijera a los naturales. Para los dominadores el idioma era el Verbo, lo sagrado, el poder, ruta asegurada hacia la gloria prometida; para los de la otra orilla, los aplastados y derrotados, balbuceo hacia el sometimiento, obediencia, olvido de sí, la condena de estar Nepantla, de ser Ninguno, extranjero en su tierra, esclavo… El choque entre dos universos y expresiones distintas de lo humano haría de la palabra impuesta el vehículo más efectivo para fundar la historia del país que nos contiene, aunque los idiomas y sus significados sigan separándonos. 

RELEYENDO A PAZ

Foto por:&nbsp;DANIEL MORDZINSKI

Foto por: DANIEL MORDZINSKI

Con Ortega y Gasset, Octavio Paz es el ensayista más deslumbrante de la literatura española. No es mérito menor: si la poesía es la gracia, el ensayo el género más difícil y exigente de las letras. Requiere condiciones poco frecuentadas en la tradición mexicana, lo que explica la escasez de representantes de calidad: saber enciclopédico, ideas propias, estilo, rigor y pasión por la palabra. A su versión crítica de nuestra realidad, que le arrendó detractores furibundos en pleno fervor nacionalista, Octavio agregó una interpretación tan sugestiva del mestizaje y del régimen político que desveló el fantasma del alma mexicana: máscara y sombra perdida en el laberinto de una soledad nostálgica del ayer imposible y urgida del futuro inalcanzable. 

Leerlo asombra, pero releerlo deja cierta sensación de desnudez, como si en un estallido de voces y de símbolos se atreviera con la máscara de una vez por todas. Descubrir el rostro mexicano, el de la historia oculta, era su propósito. No por nada gustaba repetir que no somos más que una inmensa interrogación, quizá una mezcla imperfecta que aún no atina a mirar en su justa realidad a los abuelos mexicas ni a reconocer a los no menos feroces de la Península.

Lo apuntado en su Laberinto inicial, el de 1950, continúa desenvolviéndose años, décadas después, con movimientos serpentinos y algunos añadidos que más y mejor confirman sus tesis sobre la doble realidad que nos distingue: “ser un hecho histórico y ser una representación simbólica de nuestra historia subterránea e invisible.” Es decir: llevamos impreso en el inconsciente un acto ritual, un sacrificio inacabado.

En Cuadrivio, en El Laberinto…, en El ogro filantrópico y en tantos títulos  más se perciben dos temas/cifra que lo acompañaron hasta la tumba: la mexicanidad y la otredad, piezas complementarias de la imagen desorientada del alma mexicana. Un alma y un cuerpo atados a la incapacidad de aceptar la verdad y enajenados a la prehispánica dualidad destrucción/construcción de la pirámide. Alma que es a un tiempo carácter y sello cultural petrificado en el señorío, en el centralismo autoritario y, al mismo tiempo, en un ancestral sentimiento de culpa traído de lejos, acaso desde antes de la Conquista, que se “transfigura en la glorificación de la víctima”.

Como un arco en tensión entre el rostro y la máscara, entre México-Tenochtitlan y el mito de la Revolución, entre el síndrome de la derrota y la capacidad transgresora del lenguaje, las dos obras paradigmáticas de Paz -El laberinto de la soledad y Las trampas de la fe-, comparten la tesis que sostiene que, desde sus orígenes, fue crítica la tradición de las letras mexicanas. Tal supuesto lo llevó a creer que si la palabra es subversiva y capaz de desafiar todas las prohibiciones, escribir es de suyo una transgresión. Si poca fuera su certeza del poder desafiante y liberador de las letras, al biografiarla (y desentrañarla) abundó en la prodigiosa rebeldía de sor Juana desde varias perspectivas. Una de ellas, decisiva en la Carta a Sor Filotea de la Cruz, confirma que pensar deslinda y esclarece; y al esclarecer, por virtud del juicio y del propio saber, aparece la crítica. 

Todo ese drama del pensar, del transgredir y de la inmolación ritual de la víctima, sin embargo, se ha complicado desde la Colonia con los vestigios asimilados y jamás resueltos, del mundo prehispánico.  Por el drama de la continuidad y su ruptura, también examinado por él al identificarse de manera temprana con el destino y la significación de Sor Juana, trasciende el espíritu mexicano y penetra el carácter de sus letras, tal y como deliberara en Posdata y en Pasión crítica. Agréguese que si de por si las letras son transgresoras, todo se embrolla cuando el idear proviene de un talento femenino atrapado en una cultura ceñida al estigma dual de la pirámide y el sacrificio ritual, de la ortodoxia inquisitorial y de la fiesta devastadora. Mar de fondo hay entre los párrafos del Laberinto; párrafos cargados de una verdad hiriente, ahora disfrazada por la demagogia, pero igualmente real, inacabada. Y la mujer, siempre la mujer por todos los lados posibles:

<<Entre la mujer y nosotros se interpone un fantasma: el de su imagen, el de la imagen que nosotros nos hacemos de ella y con la que ella se reviste. Ni siquiera podemos tocarla como carne que se ignora a sí misma, pues entre nosotros y ella se desliza esa visión docil y servil de un cuerpo que se entrega. Y a la mujer le ocurre lo mismo: no se siente ni se concibe sino como objeto, como “otro”.>> 

Peculiar por su carga de símbolos, aunque no menos brillante, su versión de la historia de México no puede dejar a nadie indiferente. La raíz espiritual de lo que somos, ese rostro difuso que hay que buscar entre la bruma, la explicación del fracaso como señal en la frente, la Coatlicue intimidante, Culebra/hembra ataviada con corazones-frutos-de-nopal  que reina imperturbable en el Museo Nacional de Antropología e Historia para recordarnos desde su espantosa inmensidad que “en ese espejo no nos abismamos en nuestra imagen sino que adoramos a la Imagen que nos aplasta”. Todo, pues, esta en esta enorme diversidad, aunque al fin la raíz es siempre la raíz.

Octavio Paz, por si mismo, es una conquista del idioma como en su hora lo fuera Sor Juana, la verdadera fundadora de la cultura mexicana. Al leerlo, su respiración se hace tan inconfundible como sus yuxtaposiciones fulgurantes, su gusto por repetir y cancanear, como si todavía llevara el ritmo con el movimiento de la mano, como si navegara en un mar domesticado. Y eso es lo que hago en mi condición de lectora, crítica y ensayista yo misma: navegar, dejarme llevar por su surtidor esperado/inesperado y asombrarme ante su mente adelantada. Por ejemplo, me topo en cierta página con lo varias veces reiterado sobre su certeza de que no ha habido en la historia revolución más poderosa y trascendental que la del feminismo. Y abunda en lo dicho con la seguridad del que ha encendido el coheterío.

Pero no se equivocó porque vio con puntualidad lo provocado en su entorno por un alma sola, la de la genial sor Juana: inconforme siempre, siempre amenazada, ella no dudó en comunicarlo al obispo de Puebla en su Carta Atenagórica: "Letras que engendran elación, no las quiere Dios en la mujer; pero no las reprueba el Apóstol cuando no sacan a la mujer del estado de obediente". Pensar con fundamento o razonar significa por consiguiente “ponerse contra algo”, algo que Paz practicó en su variadísima ensayística, pero sobre todo al tocar claves sustanciales de la dialéctica mexicana: el mito de la revolución, el fantasma prehispánico y la máscara mestiza.

Por consiguiente y en vista de que interrogar, examinar, entender y desentrañar está en su naturaleza, coincido con él en que el escritor escribe siempre frente algo y contra algo, por lo cual la subversión del lenguaje se muestra también en la actitud del escritor ante la realidad. 

Descubierto en mi adolescencia casi a la par de Alfonso Reyes, Paz me inició en temas que ninguno de sus coetáneos frecuentaba en el país, empezando por un Pessoa desconocido inclusive por los que se decían adelantados, hasta que él lo dotó de presencia en nuestra lengua. Por su parte, Reyes era una vía hacia los clásicos, a Grecia y Roma y a cuanto él mismo –fiel discípulo de Pedro Henríquez Ureña- gustaba valorar como sedimentos culturales. Amplia, tan seductora como los mundo perdidos, erudita, limpia y puntual, las páginas de don Alfonso eran lecciones del maestro aplicado en trasmitir lo más y mejor para prepararnos para la llegada de la Fortuna: no fuera a ser que, a “la hora de América”, “nos encontrara dormidos”. 

No obstante la admiración que le profeso a Reyes, al grado de sentirlo un amigo cercano, su obra no me provoca el mismo picor en los dedos que invariablemente me acomete con el ansia de escribir cuando “dialogo” con ese par de  surtidores de ideas –Ortega y Paz- cuyos párrafos, en semejantes dosis, están cargados de juicios, hallazgos, vislumbres y toda esa riqueza interior que, de escritor a escritor, se vuelve acicate y río de tinta.

Pozo inmenso aún por explorar, por desentrañar. A Paz debemos mirarlo desde dentro, desde sus palabras/guía, en sus preocupaciones perdurables, en su yo entrelazado al alfabeto serpentino, en su innegable diversidad. Hoy más que nunca su obra es oportuna justamente porque el régimen piramidal se desmorona y entre culebras, regueros de sangre, violencia al modo chichimeca y altares redivivos del México-Tenochtitlan, el yo que compartimos tambalea de nuevo como en los peores ciclos presididos por Huitzilopochtli y su madre Cuatlicue, su tlatoani, sus culebras, los signos rotos y las piedras…

 

COLECCIONISTA

Evaristo Sóter, comerciante acaudalado del barrio de Santa Rosa, era también prestamista. Acumulaba billetes y trastos viejos como otros atesoraban recuerdos. Más que todo amaba el dinero, pero descreía de los bancos quizá porque disfrutaba olerlo, sentirlo, acariciarlo y observar a contraluz cada cifra, el sello de agua y algún vestigio que equiparara el valor que ostentaban con alguna historia digna de ser rescatada. No necesitaba respuestas ni era de los que imaginan situaciones extraordinarias, porque aquellos papeluchos gastados tenían el poder de hacerlo sentir en el paraíso. Le bastaba el monólogo frente al caudal entrañable para sentir que su vida adquiría sentido.

Atemorizado por la sospecha de que alguien entrara a robarle, Evaristo aguzó el oído. Se hizo hipersensible al silbido del viento y a los ruidos que lo cercaban. Selló ventanas y puertas para que nada se infiltrara por las rendijas y fue clausurando los cuartos de la casona para evitar su limpieza. Era preferible duplicar aldabas a sufrir la presencia de algún testigo de su riqueza. “Nunca se sabe –pensaba- quién puede estar al acecho para engañarme: la gente está llena de mañas, quizá hasta muestren afecto con tal de saquearme...”

Cierta noche escuchó pisadas al fondo del corredor. La trastienda era oscura y de difícil acceso a causa del montón de cómodas, candiles y bártulos de toda especie que entorpecían aun para él, solo como vivía, el tránsito hacia la calle. Convencido de que algún pillo había conseguido burlar el cerco de los candados, prefirió engullir los billetes antes que arriesgarse a perderlos.

Semanas después, los vecinos percibieron una fetidez repelente. Los bomberos tuvieron que destruir las puertas para descubrir su cadáver. Sóter, el prestamista, estaba tirado a mitad del cuarto del fondo. De un color verdoso e hinchado, su cuerpo comenzaba a ser devorado por los gusanos. Un gato viejo maullaba a su lado.

Al abrir su vientre durante la necrosis, desbordó papel y sólo papel mordisqueado que los médicos jalaban como cadenas, con ceros como eslabones.

Del poder y la cultura

La cultura es el saldo de lo humano, su hechura. Entre lo popular y lo singular se establecen sin embargo las jerarquías. Empezando por la invención de sus dioses, los modos de honrarlos y ejercer y acatar el poder, el carácter de cada pueblo se conoce por tres expresiones del espíritu: el pensamiento, la devoción y la estética. En lo primero, el misterio envolvió el estallido de mentes prodigiosas en geografías tan disímiles como Grecia, Roma o China en la Antigüedad, cuando se gestaron las grandes civilizaciones de Oriente y Occidente. Ritos, liturgias, mitos y credos abultan desde entonces grandes capítulos de la historia universal, en general enredados a conquistas y sistemas de dominio. Y en cuanto a la estética, no hay mejor espejo ni más perdurable que el que consagra lo bello, lo grato y la grandeza.  Dicho de otro modo, el arte trasciende lo gestado entre el sueño y la vigilia para convertirse en una expresión única y sagrada del ser.

No hay régimen ni gobernante que no exhiba su calidad moral mediante la de artistas, pensadores y científicos que distingue o privilegia. Lo semejante, pues, atrae a lo semejante: De Gaulle y Malraux; Mitterrand y Raymond Aron… Y así sucesivamente hasta caer en la sobrepoblación de correspondencias abominables. Odiar, temer, perseguir, corromper, coludirse, fomentar la alta cultura o rivalizar con el poder de crear, pensar o criticar son características frecuentadas en las controversiales relaciones entre políticos e intelectuales. 

Precisamente porque no hay mejor manera de conocer la identidad, los ideales, la libertad o el estado de sujeción de los pueblos, historiar la cultura resulta tan fascinante. Y en eso la mexicana, desde los mayas y las legendarias cuevas de Chicomoztoc hasta el imperio financiero del CONACULTA y la administración caprichosa de “becas”, ofrece un largo, muy largo anecdotario sin el cual es imposible resolver desde el trillado dilema de la identidad, hasta el estigma de la derrota y la ancestral incapacidad de aceptar la verdad (consignada primero por Ramos y argumento/eje de Paz en El laberinto de la soledad), que perdura con nuestra imposibilidad de tener gobiernos dignos, confiables y eficientes.

Hace libros y años estudio la serpentina relación entre el poder y las letras. No dejo de sorprenderme cuando miembros de la “alta cultura” se quejan de la conducta abyecta o la indiferencia con que son tratados por políticos y burócratas en general. Entre que la hora ha modificado los términos del proteccionismo y los comentaristas de todo y opinantes improvisados se han echado a saco sobre la que fuera joven e invaluable conquista de la crítica, el México “de la pura verdad” por fin muestra su rostro sin temor al “dardo de la palabra”, al juicio necesario del intelectual y, sobre todo, a la capacidad de seducción que, todavía en el pasado inmediato, ejercía el lenguaje como instrumento de subversión, protesta, rebeldía y esclarecimiento de la realidad. 

Los días de Vasconcelos y Lombardo, de Paz, Cosío Villegas, García Cantú y sus correlativos regímenes y gobernantes…, con sus asegunes y peculiaridades, eran los del autoritarismo ejercido de lo privado a lo público y de lo público a la intimidad enmascarada. La autonomía moral de intelectuales y periodistas era tan relativa como discrecional la acción electiva del “Ogro filantrópico” que, desde el poder absoluto, distribuía a capricho premios, distinciones, castigos, canonjías, congelamientos o muertes civiles. 

Al burocratizar la cultura e institucionalizar las dádivas, el proteccionismo y su complementario repudio en contubernio impusieron un cambio visible no solo en los estilos de gobernar, sino en los modos de tratar a los “exquisitos” que de antemano repudiaban los políticos; y estos, a su vez, los creían necesarios, al menos para legitimarse o no ser condenados públicamente. El neoliberalismo trajo consigo una muy incipiente democratización que no tardó de demostrar a ambas partes que ya no eran interdependientes, atractivos ni útiles entre sí y que en adelante tendrían que encontrar sus propios rumbos para que cada quien hiciera lo que les corresponde: algo irrealizable aún dado el estado de la sociedad y los vicios arraigados en los modos de gobernar, en las instituciones y en los medios de difusión cultural que no dejan de actuar como sistemas de control, aunque mediante procedimientos menos burdos, al menos en lo aparente.

Entre la agitación que llevó a Fox a la Presidencia y la descomposición de la sociedad, varió la función de los escritores. A partir de entonces ni contribuyen a la buena administración ni son requeridos en calidad de consejeros, dialogantes y cuanto les permitiera acceder a las nóminas, a los favores o pagos a la sombra. Ahora, en plena independencia forzada por la circunstancia, corresponde al intelectual hacer de escalpelo de la administración, aunque los medios tienden a menospreciar el valor de “la corona del juicio” como Reyes definiera la crítica. Así, tanto el pensador como el científico y el artista deben aprender a expresarse en un campo minado por intereses monetaristas para hacer valer “la tradición de la ruptura” a la que tanto se refirió Paz cuando no era tan visible, radical ni imprevisible tal aventura. 

Precisamente por el poder electivo y discriminatorio del CONACULTA ahora es impensable, para bien o para mal, cualquier réplica de los que fueran dueños, patriarcas o tlatuanis de la cultura. Su poder real era puente hacia el poder/poder del sistema, de las academias y aun de editoriales y medios de comunicación. Muerto Paz y abatido el régimen que lo encumbró y lo temió, este dominio personal pasó a manos de burócratas con o sin estilo, pero carentes de estatura intelectual y prendas equiparables a las de aquellas individualidades. 

Gracias a la coyuntura política y tras pertenecer a la tradición de escritores diplomáticos, solo Octavio pudo discurrir –y presidir- un desfiguro genial, como fuera su “República de las letras”: réplica enriquecida con imaginación poética del presidencialismo absoluto que una y mil veces criticó y aprovechó de todos los modos posibles, inclusive para escribir sus brillantísimos ensayos. No hay ejemplo más acabado de esta atractiva y compleja dualidad entre el poder y las letras que el contradictorio anecdotario que atrapó a Paz en su laberinto.

Y allí precisamente, en la intersección de los poderes políticos y del pensamiento, es donde mejor convergen la fortaleza y las debilidades del mexicano. Si durante el XIX fue imprescindible la tarea de periodistas y escritores en la creación y defensa de la República, el México posrevolucionario no dudó en llamar a intelectuales para ocupar puestos de importancia. Unos como funcionarios, otros creando instituciones, más allá asesores o diplomáticos, expertos en esto y aquello, los letrados –hombres en su totalidad- formaron legión para construir un país moderno y urgido de ensanchar a las clases medias. La ignorancia y la improvisación eran tan alarmantes hasta muy avanzado el siglo XX que para gobernar una sociedad en harapos fue indispensable, por consiguiente,  apoyarse en quienes estaban en posesión de cualquier nivel de cultura. 

Del vacío educativo mayoritario, por consiguiente, procede el ceñido y contradictorio vínculo entre el poder y las letras: más estrecho y significativo cuanta mayor la presencia social de los escritores, de los políticos y de lo que pronto sería costumbre entre funcionarios en ascenso. La segunda etapa de esta colaboración de amor/odio entre el pensamiento de preferencia crítico y el poder consistió en fusionar la política con la escritura de asuntos políticos o históricos: una aventura peculiar -con excepción de Reyes Heroles y su Liberalismo en México-  de la que no saldrían ideólogos ni grandes  políticos y menos aún escritores notables, pero sí representantes de generaciones mejor formadas que no dudaron en demostrar que para estructurar un México a la altura del siglo XX debía profesionalizarse el difícil arte de gobernar.

En esta revoltura de burocratización de la cultura, partidocracia, retorno degradado del sistema, descenso del periodismo de calidad con sus excepciones, marginación de la inteligencia a cambio de ponderar la opinocracia, los memes y el lugar común entronizado en redes sociales, México ha ganado en corrupción, mediocridad y cinismo lo perdido en calidad de la inteligencia y presencia social de las individualidades. No es que no exista, es que la política cultural retrata al régimen que la inventa y la sostiene en un México que aún aguarda una verdadera democracia.

Bosque pintado de Oma

A partir de que en los años cuarenta el genial Isamu Noguchi empezó a esculpir y pulimentar piedras y trozos magníficos de madera, se modificó el diálogo del artista contemporáneo con el medio ambiente. Hijo de poeta japonés y madre americana, refinó su sensibilidad con lo mejor de Oriente y Occidente. Crecer y desarrollarse entre la palabra esencial, una amplia cultura y la ancestral pasión por la simplicidad que llevaba en los genes aguzó sus sentidos para desentrañar la forma y la estructura íntima de las cosas que, ya inertes, reanimaban su vida oculta gracias al talentoso cincel del artista. 

Noguchi adelgazó la hebra que separaba su gusto por el diseño de la obra escultórica.  Al fusionar su natural minimalismo y su visión de arquitecto paisajista  a las artes plásticas, no solo atinó con una poderosa expresión estética, también creó las bases de lo que en la revolucionaria década de los sesenta se llamaría Land Art: corriente originada en los Estados Unidos, y cultivada posteriormente en Europa, que habría de caracterizarse por estrechar el medio ambiente al sentimiento de humanidad que ya clamaba por el rescate de la conciencia dormida. 

Si bien Noguchi amplió desde los años de la preguerra y hasta su muerte -ocurrida al concluir 1988-, el lenguaje del arte al elegir materiales que se creían impensables, como barro, arena, madera y piedras, quienes dos o tres décadas después encumbraron el diálogo con el mundo vegetal y mineral no fueron indiferentes al ecologismo destinado a encabezar una de las mayores preocupaciones de nuestro tiempo. Crear parques, jardines y áreas abiertas con criterios conservacionistas y sin desdoro de la fusión de estética y espiritualismo, distintiva del Land Art, sería una de tantas aportaciones de los Baby Boomers a la cultura contemporánea. 

Sin este antecedente sería difícil valorar, en su justa dimensión, la extraordinaria obra de Agustín Ibarrola en la Reserva Natural de Urdaibai, realizada a contracorriente entre 1982 y 1985. Tras una obligada estación en Guernica y gracias a la avezada formación de mi hija Sofía, que tantas veces me ha servido de guía y compañera invaluable en hallazgos artísticos, entregarse al paisaje vizcaino ofreció la doble recompensa de revelar pedazos de historia en cada pueblo y de convertir el camino en una de la experiencias más singulares y placenteras, sobre todo cuando el viajante, aunque sepa lo que busca en principio, va dispuesto a absorber lo que lo desconocido le ofrezca. 

A salto de preguntas sin respuesta, de referencias y mapas incompletos y una intuición que desdibujaba el gesto de ¿what? de quienes oían por primera vez el nombre de su paisano pintor y escultor, Agustín Ibarrola, llegamos casi por accidente al Bosque de Oma (Omako basoa en euskera), al detenernos en cierto punto cercano a la otrora residencia del artista para pedir informes en la única casa divisada al pie de la carretera.

“Allá enfrente y arriba del todo”, dijo el hombre en la localidad de Cortézubi, cerca de la Cueva de Santimamiñe, mientras la familia en pleno se acercaba a darnos la bienvenida en euzkera con la advertencia de que había que llegar a pie con dos pequeñitas en brazos sorteando el mal clima y el cerco de las propiedades privadas. De buen grado aceptamos la oferta de comer ahí horas después, a nuestro regreso, tras caminar por veredas más de un kilómetro bajo una llovizna pertinaz y contra el viento helado entre lodazales, pedruscos y agujeros que a gritos pedían el uso de botas que, desde luego, nadie llevaba. Al alcanzar finalmente lo que supusimos la cima, gracias a la destreza de Aldo, mi yerno, así como a los paraguas y a nuestra condición física, descubrimos que aún faltaba una tortuosa ruta por recorrer. De pronto, cuando menos lo imaginamos y ya se imponía la fatiga, se dejaron venir la señales entre la yerba hacia el bosque pintado y sentimos “que la virgen hablaba”.

La bruma y claros aislados en la meseta acentuaron la belleza que estallaba en un verdadero deslumbramiento. Enormes ojos en blanco inauguraban en la ladera el conjunto de troncos húmedos que, vistos desde posiciones distintas, formaban la traza de figuras humanas en movimiento; luego, la geometría intercalada a animales pintados y líneas magníficas que de suyo se antojaban incomunicadas, pero que cobraban unidad y sentido en perspectiva, como si  aquellos brochazos rojos, verdes, amarillos y azules evocaran al dios mineral de una poesía que obligaba al recogimiento.

La lluvia cayó de lleno antes de aproximarnos al borde abismal donde, allá abajo, se divisaba un espléndido paisaje boscoso sembrado de caseríos. Nada nos impidió, sin embargo, sentir hasta el nervio la hermosura de aquella arboleda pintada con indicios de deterioro  que, no obstante la tala deliberada y agresiones organizadas contra el conjunto, sería restaurado en 2013 gracias a la presión ejercida principalmente por el artista nacido en Basauri, en 1930, y cuyo activismo político no disminuye pese a sus agitados 85 años de edad.

Comunista y defensor vitalicio de la Naturaleza y de los obreros, en la biografía de Ibarrola se cuentan varios encarcelamientos y atentados contra sus numerosos “Bosques”, incluido el “Animado” de Oma, a causa de sus batallas políticas y sociales, entre las que destaca  su lucha contra el terrorismo de ETA. Cabe citar su hoy desmantelado “Bosque encantado”, a orillas del río Tormes, en Salamanca, donde el artista auxiliado por sus alumnos pintó un conglomerado de olmos secos y enfermos de la letal grafiosis que afecta a esta especie: ejemplo notable de lo que puede lograrse cuando el arte y la conciencia social se congregan en nombre de la defensa de un bien que enaltece la capacidad transformadora del hombre. Pero también la desaparición del “Bosque encantado” y los reiterados ataques de los propietarios contra el de Oma son una muestra de hasta donde el capitalismo degrada lo mejor de la vida y la inteligencia cuando se antepone el interés económico al equilibrio ecológico.

En la memoria quedó para siempre, no obstante, aquella tarde de plenitud y belleza perfecta. Tan accidentado el descenso como el ascenso, al refugiarnos por fin en la casa donde comenzó la aventura nos aguardaban el coche enfangado, toallas calientes y una comida digna de cinco estrellas que todavía celebramos. Los lugareños hospitalarios nos agasajaron con vino y numerosos platillos locales, entre salados y dulces, y vimos caer la noche en medio de una tormenta que amenazaba con despedazar el techo del cielo. A partir de esta maravillosa experiencia, que nunca me cansaré de agradecer a Aldo y Sofía, me concentré en estudiar a los artistas vascos, con Eduardo Chillida y Jorge Oteiza también en el templo del arte donde dejé consagrado a Ibarrola.

Escritores y genialidades: Un deslinde

Los escritores somos una especie extravagante: nuestra morada es el verbo, disfrutamos de lo oculto, vivimos con el oído y los ojos bien abiertos y profesamos el arte de las letras. Tal es nuestro amor por la palabra que le consagramos nuestras vidas. “Nada de lo humano me es ajeno” -dijo Goethe- y por consiguiente nos incumbe todo lo relativo al lenguaje: lo que se dice, se calla o se enmascara, lo que se piensa, se imagina o intuye  y muy especialmente lo que se escribe, se experimenta o se tacha. Esta no es una definición convencional; es lo que es sin rodeos, sin pretensiones aleatorias ni demagogias: una pasión nutrida con fe que, oscilante entre el abismo, la gloria y el infierno, por momentos se tiñe de religiosidad.

Por fecundo y luminoso que sea el mortal bendecido por la palabra; por acertados, estremecedores o inteligentes que sean sus textos, siempre estarán entre el Olimpo y el mundo terrenal los genios que por su superioridad intelectual y la facultad de incluir en ella todo lo demás, merecen considerarse clásicos. Si bien por las genialidades la humanidad se salva de si misma y  los momentos más graves se hacen soportables, hay mucho que agradecer a los miembros de las subsiguientes jerarquías, donde  grandes narradores, poetas y ensayistas no crean otro Hamlet, un Quijote, un Macbeth, un Adriano, un Orlando o un Gregorio Samsa, pero los frutos de su talento hacen más grata, diversa y comprensible la vida.

Cuando la terca y superpoblada mediocridad engendra en cambio medianías y las editoriales arrojan títulos como baratijas chinas, algo nefasto deja su mala simiente en consumidores igualmente mediocres antes, mucho antes de que el tiempo los vuelva basura. Solo la minoría formada sabe que leer es también una obra de arte y que la lectura no es pasión que pueda despertarse por repetir como loros que “hay que leer”. Todo libro es exigente. Desde el momento de imaginarlo desencadena diversos grados de dificultad que, al modo de las amistades electivas, comprometen comunicación y emociones entre el autor y sus lectores quienes, a su vez y a fuerza de interpretar, crean otro libro, otra lectura, otra historia delimitada por la propia experiencia. De ahí que, por necesidad, a ambos nos someta a un proceso de incesante transformación.  Como la escritura en sí y los grandes autores, la lectura no suele entregarse sin condiciones: exige sensibilidad, curiosidad de saber y capacidad de dialogar con ese mundo y ese autor poblado de enigmas, ideas, revelaciones y cuestionamientos. De qué otra manera nos estremecerían Pessoa, George Steiner, María Zambrano, Jabès, Celine, Olga Orozco… y tantísimos otros que nos han dejado un surtidor de vocablos en el alma y enriquecido al ser que nos define si de antemano no nos aventuramos con la disposición de ser sorprendidos.

Así como nuestros contemporáneos Picasso o Lucien Freud plasmaron su genialidad en el lienzo, en las letras y desde que se inscribieron tablillas de cera, piedra o madera, existe un mosaico de contrastes iluminadores que de Homero y Herodoto a Virgilio y Dante, de Shakespeare y Cervantes a Goethe, Tolstoi e Ibsen o, más acá, de Whitman a Virginia Woolf o Yourcenar, de Kafka a Beckett, a Borges, a Paz, a Cernuda… confirma que no hay modo de confundirse cuando el que es es. No por nada y sin que le temblara la mano al establecer sus controvertidos cánones y listados excluyentes con los que tanto disfruta escandalizar, Harold Bloom agrupa a sus clásicos, cuyas obras no agonizan ni declinan, con el propósito de agregarnos al culto de lo extraordinario. Esto significa que el escritor/escritor, sin sustraerse de su circunstancia y cuando dotado de un talento superior, salta sobre ella y aun sobre sí mismo y su conciencia para atinar con la intemporalidad consagrada por el sin par genio shakesperiano.

En nombre de los sedimentos de la cultura que toda sociedad requiere, hay que agradecer a las almas nobles que educan por donde van y apreciar a quienes acuden a los talleres en busca de la voz, la gracia y el instrumento que Fortuna no puso en sus cunas; sin embargo, el genio es palpable e intrasmisible; se impone a pesar de si mismo y aunque luche contra él por la carga que implica su capacidad de absorber perfecciones y de absorbernos a nosotros, su palabra es y será cifra del carácter, la marca de su estilo y una actitud habitual ante la vida.

Al abundar en la significación de las genialidades literarias y espíritus de su época, Bloom nos recuerda, a propósito de Shakespeare y su reinvención de lo humano, que gracias a estas mentes extraordinarias “vemos lo que de otra manera no podríamos ver, porque él nos ha hecho diferentes”. Tal el prodigio de la gran literatura, de los ensayos que desde la primera línea desencadenan una sucesión de ideas, imágenes y sugerencias y también de la poesía –sobre todo de la poesía- que parece poner nuestro corazón y la mente en sus manos para sacudirnos, deslumbrarnos y después regresarnos distintos a los que éramos a un mundo que también aprendemos a ver “con otros ojos”.

Como cualquier artista, el escritor nace; luego, renace y crece con disciplina. A partir de que sus sentidos perciben la complejidad, se forma asido a la lectura como mancuerna de voces que habrá de llevarlo hasta la suya propia. No existe un modelo de ser escritor ni escuela o deseo que sustituya lo que, para serlo y serle fiel al don recibido, es lo esencial: aceptar el llamado, el ir y venir del texto al silencio y la energía vital que mantiene en constante tensión el vínculo entre el libro y la vida que lo nutre. Se trate de una genialidad o de un escritor talentoso, su cabeza es un almacén de experiencia, memoria y esperanza de lo que no es, pero que puede ser gracias a los vocablos. Dueño de un mundo de voces, el (la) escritor (a) observa a su alrededor, escudriña el pasado y lanza al porvenir el mapa de una visión que puede o no coincidir con lo real, aunque conforma una entidad que, al cerrarse, emprende un nuevo principio.

Al respecto, lo que identificamos con vocación, talento o genio consiste de una combinación individualizada de lo que da forma, impulso y sentido a la aptitud creadora: conocimiento, disciplina, dominio de la palabra como el mayor instrumento de trabajo y una suerte de vocabulario interior que, al tener qué decir y saber cómo hacerlo, deviene en estilo. Posiblemente existe el burro que toca la flauta, pero en caso alguno tiene sentido el prejuicio que ha hecho creer a los ingenuos que el arte de las letras brota por generación espontánea o que es producto de la ociosidad, de la improvisación o, como aseguran los tontos, de la inspiración. Inspiración es la recompensa del trabajo disciplinado. No existe la obra y menos aún la obra de arte, que no lleve atrás una enorme cantidad de horas, meses e incluso años de cultivar en soledad lo que, en sus orígenes, se manifiesta como un don o como el diamante en bruto que se debe pulir con paciencia y maestría.

Luego sigue lo demás y en paralelo que contribuye a formar el anecdotario en torno de la figura pública que, sin renunciar a su mundo, contribuye a convertirlo en símbolo, influencia y/o santo y seña de su tiempo. Me refiero a lo que tanto y tan profundamente ha intervenido en la historia, cuando entre el poder y las letras se tienden puentes, alianzas, complicidades y señales de mutua atracción, de rechazo o intercambio de intereses. Éste es uno de los capítulos más reveladores y fascinantes de la cultura, por la compleja y no siempre honorable relación entre intelectuales y políticos, especialmente en tiempos y situaciones  de cambio y agitación social. De suyo implica un compromiso que pone a prueba, con la palabra en prenda, la capacidad de acción de unos y la de persuadir de otros. En el concreto ejemplo de México, el maridaje nunca ha redituado en favor de los escritores ni de la calidad de sus obras.

Ninguna actividad aleatoria o secundaria ni las consabidas oleadas persecutorias, sin embargo, han impedido que el “escritor de raza” lo sea en cualquier circunstancia con o sin papel en mano, inclusive en situaciones de enorme sufrimiento, como los casos, entre tantos ejemplares, de Primo Levi o Solzhenitsin, que sobrevivieron al terror “en estado de palabra”. Sean los rigores de la mordaza, la represión, guerras o tragedias apretadas en campos de concentración, nada ni nadie arredra al verdadero escritor, salvo la muerte o la desgracia de “haberse secado”, como me confesara Rulfo desde el sentimiento de vaciedad que lo acompañó hasta la tumba.

Al discurrir el término “escritor de raza”, Camilo José Cela deslindó al que lleva la tinta en la sangre de la jungla frecuentada por aves de paso, enfermos de notoriedad, escribanos y ejemplos de toda especie que ignoran que nada es donde falta la palabra. En fin, que libro en mano o frase en mente, hay un momento único en que todo lector entrenado sabe quién es quién y de qué materia está hecha su escritura. Y esa es una de las partes que, además del texto en sí, hace tan atractivo y sustancioso el correlativo universo del escritor y del libro: la historia en paralelo sobre el autor y sus fantasmas, el cuento que se cuenta a costa de sus vidas y la imparable interpretación de lo que, sacado de preferencia de la manga, involucra la necesaria soledad del escritor.

Maestros: El pasado nos alcanza

Concentrada en algunos de los estados más pobres y/o conflictivos de la República –Oaxaca, Guerrero, Michoacán y Chiapas-, la actual rebelión del sector activista del magisterio “no alineado” tiene antecedentes en fondo y forma, sin cuyo examen ni Dios padre desentraña el embrollo que amenaza con desencadenar un enfrentamiento civil.  Las deficiencias del modelo electoral pusieron de manifiesto las tremendas desigualdades de un país cuya crisis prolongada culmina un largo historial de abusos, violencia y errores evitables en la costumbre del poder.

No es que los mexicanos tengan mala memoria, es que no la tienen porque subsidiar la ignorancia ha sido, con la injusticia y el atraso social, el nervio de la historia del poder. Cada vez que un problema no resuelto atenaza a la población, brota nuestra pobreza cultural y deja al desnudo el drama político/social que nos ha hecho rehenes del sistemático y tenaz fraude educativo que, con la ilegalidad, ha hipotecado el desarrollo con progreso.

Pese a que el Constituyente lo dotó de raíz y sentido, el “sistema” no se consolidó por sus compromisos, sino por el régimen de alianzas, componendas e intereses en connivencia que primero –en 1929- fundó la “dictadura perfecta” y una década después encumbró el presidencialismo discurrido por Lázaro Cárdenas.  Con él o a su costa, surgió el actual pluripartidismo que, tramado de viejos vicios y nuevas mañas, hizo suya la frase de Lampedusa: “es preciso que todo cambie para que todo siga igual”.

No obstante su complejidad, tanto el magisterio como la ínfima calidad de la educación contribuyeron, desde el Maximato, a robustecer la atadura de corruptelas, violencia y conflictos sociales que hoy se reproducen como la cabeza de la Hidra. Sin un Heracles que pueda combatirlo, el monstruo mítico que se cierne sobre nosotros no cesa de regenerar dos cabezas por cada una que pierde sin ser previamente quemada. Fracasada desde su anuncio y su supeditación a una estructura enferma, la indispensable reforma educativa no es ni será posible en las condiciones vigentes.

La sentencia de Albert Camus: “hay que barrerlo todo y barrerlo bien” es lo único que puede salvarnos. El aliento envenenado de la Hidra multiplica sus sierpes letales por la incompetencia de quienes pretenden abatirla, fortaleciéndola. Más torpes que sus antecesores y atrapados en una ilegalidad aplastante, las autoridades han elegido el peor de los escenarios: no atreverse con la raíz del conflicto de ingobernabilidad ni plegarse al compromiso esencial de la democracia, que consiste en respetar a la ciudadanía, cumplir sus derechos y elevar su calidad de vida.

En tanto y el gobierno no puede ni sabe cómo ni por dónde cumplir su deber republicano, la población observa con rabia la degradación de su entorno. Adueñada de una violencia tremenda, la cabeza serpentina se agita vivísima desde el umbral del inframundo… La mitología griega abunda en ejemplos que ilustran nuestra realidad y contribuyen a entenderla, pero a falta de astucia o de la destreza en que se fundó una de las culturas más fecundas de cuantas han existido, tenemos que atenernos a lo que hay y mejor define a los mexicanos: la tranza, la tentación de evadir el conflicto, el porrazo irracional, la costumbre de cerrar puertas a la legalidad y la torpe elección de la concesión irracional con tal de evadir problemas que más pronto que tarde contaminan partes menos enfermas.

Como ocurriera en 1956 durante el régimen de Ruiz Cortines, los maestros aparecen en la escena pública teñidos de enfrentamientos sindicales y elementos coyunturales que desafían al gobierno. Así el movimiento del Frente Sindical Magisterial liderado por Othón Salazar y posteriormente, con virulencia en 1958, un “modificado” Movimiento Revolucionario del Magisterio que engendraría facciones cada vez más intransigentes. Al respecto, no deja de ser reveladora la inexistencia en toda la historia de la educación en México, de una sola propuesta magisterial para equiparar la enseñanza a estándares internacionales. No son la calidad de las aulas ni las bibliotecas o servicios colaterales; tampoco los centros de investigación pedagógica ni menos aún la formación depurada de los maestros y sus complementarios programas de actualización lo que los ha llevado a tomar las calles y levantar los puños. Son las “mejoras salariales” y el poder lo que les preocupa, sin darse cuenta de que, a mayor calidad de los maestros y de la enseñanza a su cargo, mejores resultados a corto y largo plazo y más digno un país en aptitud de valorar las conquistas civilizadoras.

Hay que recordar los sucesos de 1958 para desentrañar el irritado carácter de la CNTE. Entonces participaron obreros, profesionistas, intelectuales y cuanta organización disidente activó la animosidad popular que, de triste y mal registrada memoria, no democratizó al país ni vulneró al sistema; tampoco le tiró un pelo al poderosísimo sindicalismo de Fidel Velázquez: amo y señor de la CTM, sino que, en pleno estallido demográfico, empinó la enseñanza pública al desastre que puso en jaque la legitimidad de las instituciones. Aquel México se “arreglaba” con otras leyes que “funcionaban” por el sometimiento y la debilidad de las mayorías. Entre la presión globalizada para democratizar al país, el ascenso de la criminalidad y las demandas del desarrollo capitalista, sin embargo, se hizo inoperante la costumbre del poder que ahora, con terribles contradicciones, rectifica o cede al imperio de la anarquía que, de todas maneras, está dispuesta a "negociar" al filo para sacar lo más posible con el mayor ruido empeñado en protestas sin pies ni cabeza.

No obstante la urgencia de cambios radicales, ningún gobierno de las últimas décadas modificó el trato político y, a cambio de subsanar las instituciones y aferrarse al régimen de derecho, continuó el vicio de las prebendas, agravó la corrupción y no renunció a los tratos “en lo oscurito” que no solo no madura la discrepancia, sino que pone en peligro la estabilidad del Estado.

En cuestión de importancia –solo para recordar- el de abril de 1958 exigió mejoras salariales en pleno periodo electoral. No obstante encaramarse a la agitadísima causa de ferrocarrileros, telegrafistas y médicos y sobre la lista de palos, muertos, encarcelamientos, heridos y “pliegos petitorios” de rigor, el Movimiento Revolucionario del Magisterio (MRM) probó el alcance “efectivo” del sistema, inclusive respecto de las posturas disidentes: represión, intolerancia, fortalecimiento del sindicalismo “charro” y protección “a cualquier precio”, de la campaña electoral que haría presidente a Adolfo López Mateos. A diferencia de aquellas formas de lucha, las presiones actuales entremezclan el recurso de la violencia y la criminalidad a cuestiones ideológicas y facciosas que trascienden los intereses de la educación.

Al final sin embargo y porque hay que tomar en cuenta que López Mateos es el único normalista que ha gobernado al país, gracias a la mediación de su Secretario de Educación Pública, el escritor y diplomático Jaime Torres Bodet –secretario que fuera de José Vasconcelos-, lanzó su Plan de Once Años en 1959, enriquecido con textos gratuitos, servicios médicos, desayunos escolares y programas de construcción de escuelas, entre otros aciertos. A cargo del recién creado Instituto Nacional de Protección la Infancia (INPI) doña Eva Zámano, maestra también, fue la primera consorte que pensó en la salud infantil y procuró su desarrollo totalizador.  Por desgracia, este Plan no vería sus mejores frutos por la desdichada costumbre de “reinventar” al país en cada sexenio sin atender el añoso cáncer ya convertido en metástasis nacional.

Entre dimes, diretes, reformas fallidas, leyes de educación, vicios sindicales, saqueos, complicidades, prebendas y generaciones que se suman al saldo de aulas vergonzosas, funcionarios ineptos, gobiernos que no valoran el poder transformador de la cultura, tanto la CNTE como el SNTE y su respectivo historial nefasto, espetan la única verdad que no acepta máscaras: la aplastante ignorancia que han cultivado tirios y troyanos con idéntica irresponsabilidad, salvo que las circunstancias y demandas del México del medio siglo y el actual son completamente distintas.

En suma, no es la situación electoral lo único que está en juego, sino la democracia en sí, con sus agravantes. El desafío no deja lugar a dudas: sin educación no hay ciudadanía; sin instituciones efectivas no hay gobierno y sin gobierno, sin régimen legal y sin integridad social no existen condiciones para ordenar un Estado en paz y orientado a la justicia que asegure la convivencia regulada por la inaplazable equidad.

El otro es el culpabl

Zev Hoover.

Zev Hoover.

Será obra de viejos o nuevos dioses, herencia de los abuelos remotos, un error genético o del clima, culpa de la Colonia, desgracia cultural o quiste en la memoria colectiva: absurdos y conjeturas sobran, igual que los testimonios de fray Diego Durán sobre la costumbre de los antiguos mexicanos de no limitarse en timos y crueldades, a condición de jamás asumir la responsabilidad y las consecuencias de los propios actos. Lo cierto es que desde la Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme hasta nuestros días el “yo no fui” ni me atrevo con la verdad es complemento histórico de la tristemente célebre afirmación: “nadie ha visto ni oído nada”. 

“El otro es el culpable” preside las versiones de las derrotas y torceduras mexicanas, públicas y privadas. También: “el otro debe hacer lo que me corresponde…” “Yo, ¿por qué?” Y entonces se estira la mano para recibir –según “el sapo”- la dádiva del gobierno, del automovilista, del consumidor en el supermercado, del presupuesto y aun de quien, para sobrevivir el desafío de la calle, debe llevar consigo una talega para repartir monedas entre decenas de pedigüeños que atosigan de todos los modos imaginables. 

Aunque no sea demasiada rica, sólida ni sistemática la bibliografía de nuestro pasado remoto o cercano,  no conozco pasaje que diga: “fallamos… estos son los errores y las mentiras; este el plan para rectificar; aquella la estrategia para crear un gran país en tanto tiempo y bajo tales condiciones…” Eterna víctima de la codicia extranjera, del mal ajeno o del abuso interno, la población se deslinda de cualquier acto responsable, aunque en ello se comprometa su beneficio, como podrían ser mejoras municipales, creación de empresas y tareas educativas o de investigación autogestionadas, por citar mínimos y simples ejemplos de deberes compartidos. 

La sombra del “otro” es tan pertinaz que también se entromete en la intimidad de los desobligados. Y es que solo los bobos y los conformistas suponen cómodo zafarse de lo que implica con precisión en inglés el self commitment y que, en otro extremo cultural, se aplica al “complejo judío” o cultivo ancestral del libro: peculiaridades que buena falta nos hacen. Inclusive el gran Tlatuani se inmiscuye en el legado presidencialista y hasta en los sindicatos, y sea por el poderío católico que anula cualquier iniciativa de superación, porque el paternalismo es la piel del taimado o porque el siglo XX fue caldero de “reaccionarios” y de la rapiña en todos los niveles, lo cierto es que valor, probidad, arrojo, determinación, disciplina, hazañas culturales y grandes ejemplos cívicos y morales no son temas que nutran al patriotismo o cuando menos cierto voluntarismo ya anhelado casi con desesperación por Vasconcelos, Alfonso Reyes y otros miembros del Ateneo de la Juventud. 

Tal vez por eso el civismo está por los suelos y peor que nunca, entre tanta y tan inaudita violencia, la carga de cobardía, deshonor e ignorancia que se respira en el ambiente. Como país, el Masiosare de todas las excusas nos sitúa en lugares vergonzosos en las calificaciones internacionales. Al respecto, no pueden ser más lastimosas las campañas electorales, en las que los aspirantes a beneficiarse de las nóminas ya ni siquiera se molestan en discurrir una idea. Vamos a ganar: me espeta casi a diario un idiota que pretende persuadirme por teléfono de darle mi voto. “¿Ganar? Quiénes y qué vamos a ganar?” Pregunto al cretino. Y vuelve a llamar a la mañana siguiente porque ni siquiera estos acosadores del sufragio ponen alguna señal en sus listas de números telefónicos obtenidos de manera ilegal para invadir nuestra privacidad.

¿Quién tiene la culpa del malestar y la caída mexicana? Pues el “otro”, como escribiera paradigmáticamente Sartre, “El otro… el otro es el infierno”. Inclusive alguien como Masiosare, el extraño enemigo, cultiva la ignorancia colectiva, sexenio a sexenio, y se dedica a convencernos de que solo “al gobierno” corresponde el deber de hacer el presente y disponer el futuro. También “el otro” amasó con habilidad corrupción e injusticia hasta lograr un México bizarro, incapaz de levantarse de su postración e inepto para crearse por sí mismo un destino digno.

Cualquiera que haya residido en el extranjero durante meses o años conoce las distancias individuales y culturales que nos separan de los que no aceptan ni quieren el fracaso por destino. Y eso es lo que exaspera de la psicología mexicana: la condición del agachado, su complacencia con la pachorra, la facilidad con que apuntan, acusan y difaman, una débil capacidad de lucha y más pobre voluntad para vencer defectos y limitaciones. Ha sido preferible llorar y lamentarse enredando los dedos que alzar el rostro, enderezar el cuerpo, enfrentar lo que se deba, aplicarse y decidir, de una vez por todas, que ni el lo personal ni en lo social debemos seguir e identificarnos con el batallón de humillados que abulta nuestra historia.

Es cierto que desde la infancia nos inculcan una idea errática de México, de la historia y de nuestras aptitudes. Aceptarla sin rebeldía y sin cuestionamientos es la tragedia. Tragarse la mentira y sumarse al síndrome del Masiosare no significa ser “buenas personas”, como se justifican los pasivos. Hay que ir contra la corriente y hacer lo que debemos y podemos, a condición de hacerlo con inteligencia, generosidad y estudio disciplinado. No importa época, situación o episodio que escape a la influencia de “el otro” porque en todos los casos sobran justificaciones para enmascarar fracasos. Ya es hora de acabar con esta fatalidad.

Reconozco que desespero, porque el muestrario de imbecilidades que se presume “campaña electoral” no es para alentar ninguna esperanza. A veces me tienta la inutilidad de recoger frases de campaña para ilustrar el nivel pedestre no se diga de las candidaturas, sino de la supuesta democracia que las ampara. Mientras tanto, llueven alegatos sobre las bondades o daños colaterales alrededor de si votar por el menos malo (¿?), anular el voto, no votar, reír o llorar… Puros sin sentidos.

En situación tan bajuna votar por nadie o nada y no votar equivale exactamente a lo mismo, porque tiene razón el idiota del teléfono que insiste: ¡Vamos a ganar!  Claro que sí, de antemano toda esa cáfila tiene el triunfo asegurado por falta de rivales, porque no hay de otra ni de otros, porque la mediocridad es la medida de nuestra democracia.

¡Pobre México; y pobres de nosotros que no construimos un país que nos enorgullezca.

Crier au loup

Michel Houellebecq

Michel Houellebecq

“Ahí viene el lobo”, suelen decir los franceses cuando les llega el agua a los aparejos. Entonces mueven la cabeza de aquí para allá entre el miedo, la incertidumbre y la incredulidad. Más de una vez en su historia ha tañido la campana de la advertencia. Cual corresponde y es de esperar, los avisos son desoídos hasta que revienta la olla a presión. De pronto los sucesos se desbordan y los parches sustituyen a los remedios preventivos. En todos los casos y más bien antes que después las letras se infiltran al enredo de estados de ánimo, confusión, efervescencia social y aparente lasitud que enmascara con elegancia la exquisita sensibilidad proustiana; pero inclusive ésta, según consta en los hechos, exhibe con oportunidad su verdadera naturaleza.

Emparentada al poder de los sueños, a la revelación de los mitos y a los mensajes oraculares, las letras trascienden su muy noble asiento en el arte de la palabra. De suyo conlleva el reflejo de lo real y, ficción verdadera o verdad ficticia, no falta el ensayo, el relato, la película o la novela que muestra el revés del espejo para espanto de las “buenas conciencias”. Tal la sacudida que un autor ácido e intolerante como Michel Houellebecq, transgresor si los hay, provoca en el universo globalizado, en cuyo eje se balancea tanto la tragedia de la migración masiva como el hambre, la inconformidad, la melancolía y la amenaza franca del Islam fundamentalista.

Polémico como el que más, este “enfant terrible” de la actual literatura francesa, quien a regañadientes fue distinguido en 2010 con el muy apreciable y no menos conservador premio de la academia Goncourt por su novela El mapa y el territorio, se atrevió con Sumisión cuya trama, sin querer queriendo, exhibe a contracorriente el avance nada sigiloso de la mentalidad xenófoba y con apetito fascista. Sitúa la historia en una sociedad multicultural en la que los inmigrantes árabe-islámicos escalan el poder hasta prefigurar en Francia, hacia el año 2022, el supuesto dominio del líder Ben Abes en el Palacio del Eliseo, con la complicidad de la extrema derecha y todas las consecuencias sociorreligiosas del fundamentalismo. Si posibilidad tan temida está ya servida, el debate no cesa de ventilar la crisis de la democracia en una Europa convulsa que puede aceptar lo distinto y ajeno, a condición de no caer en las redes del enemigo jurado desde los tiempos de las Cruzadas.

Ya se veía en plena ocupación alemana a los distraídos Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir dándole al pedal de la bici, con la canasta y el vino emblemáticos, para disfrutar una linda tarde soleada en plena campiña entre juicios críticos, el infaltable pan y los quesos que con seguridad escaseaban. Mientras tanto el heroico Jean Moulin, perseguido, capturado por la Gestapo y el gobierno del entreguista Vichy, era sometido a torturas terribles a causa de su dirección del Consejo Nacional de la Resistencia.  Durante aquel fatídico julio de 1943 en que el existencialismo apuntalaba su liderazgo, un Moulin asesinado de manera espantosa a sus 44 años recién cumplidos, dejaba constancia de su valía no solo entre los maquies, sino entre quienes entienden, en cualquier tiempo y lugar, que “el suplicio es mucho más profundo que el dialogo entre el hombre y la muerte”.

Divididos precisamente por el trasfondo de dicho dialogo, solo unos cuantos intelectuales midieron, en pleno furor bélico, el verdadero peligro que amenazaba con aniquilar la más alta herencia de la cultura; es decir, el pensamiento aupado a derechos, inteligencia y libertades. Hoy no es distinto porque la comodidad puede más que la razón.  Y la razón, como el conocimiento, nada entiende de democracia. No está de más recordar que seis años antes del hervidero del patriotismo subversivo y furor fascista, Sartre, en 1938, centró en la imaginación de los lectores a un Antoine Ronquetin a quien las palabras se le habían desvanecido y, con ellas, la significación de las cosas. Olvidado de lo que era “la existencia”, Ronquetin se entregó a La náusea que lo llevó a encarnar el sin sentido que, en toda su crudeza, le mostró la devastación de la nada o “la significación pura de la vida”. Con el absurdo kafquiano, La náusea marcó un estado del alma, indiviso de lo real, que Houellebecq reinventa muchas décadas después -y con el agregado del desafío-  al espetar la metáfora del peculiar impulso de muerte fomentado por el doble desgaste existencial y la frustración política, religiosa, económica y social que a todos nos alcanza.

Atrás, muy atrás, quedaron los respectivos mundos de Balzac y Víctor Hugo, Le rouge et le noir de Stendhal, la Mme. Bovary de Flaubert, los relatos de Schwob, los tiempos perdido y recobrado de Proust y un monumental listado de “clásicos” que no solo formaron el “ondulante y caprichoso” gusto literario de numerosas generaciones, sino que inclusive crearon paradigmas –o el Canon Occidental, como gusta dictaminar Harold Bloom- que para algunos lectores rebeldes, como yo desde mis primeras letras, fueron meros puntos de partida para auscultar el sentido de lo humano en el revés de lo aparente, donde la ficción rasga el velo de una verdad que queda en el alma como cicatriz de fuego.

Así la huella transformada en surco a fuerza de tantas lecturas de las Antimemorias de Malraux, cuyas páginas más entrañables suelen visitarme durante el sueño. Nada más estremecedor que su relato sobre el traslado de las cenizas de Jean Moulin al Panteón, aquella memorable noche húmeda de diciembre en París. Y a la mañana siguiente, mientras decía su discurso el que fuera monumental Ministro de Cultura, el viento helado golpeaba sus papeles y el general de Gaulle, de pie e inamovible en su carácter de Francia encarnada y estatua viviente, acentuaba la solemnidad del grave redoble de los tambores de guerra. Aquella ceremonia era la representación de La Patria. La muchedumbre allí congregada compartía un sentimiento de respetuosa grandeza ya extinto, como la más noble expresión de lo humano.  La voz del escritor consagraba el duelo compartido al anunciar que “La gran lucha de la tinieblas ha empezado…”

Todo se ha escrito y todo se ha dicho, pero de maneras y con intensidades diferentes. El hombre necesita reinventarse para significarse y reconocerse en lo esencial de su condición. La necia costumbre de repetirse en lo peor, sin embargo, aventaja la hazaña de superarse y superar lo recibido. Cada generación interpreta a su modo el mismo drama y una similar manera de vivir, padecer o distraer la existencia. Si una generación ausculta el enigma de los sueños, otra, asolada por efectos bélicos, se envuelve en la imagen del dolor y la muerte hasta que la siguiente, abrumada por La náusea incesantemente renovada, atina con la fantasía de su Houellebecq particular no para desvelar el unívoco mundo del escritor, sino para hacernos partícipes de lo que somos capaces en la caída.

Que es un intolerante cabal, pero demócrata que jamás acude a votar, asegura en entrevistas. No duda en agregar que sus juicios son los acertados, por lo que los políticos deberían consultarlo. Excéntrico amante del deterioro, de los excesos y de destrozarse a sí mismo, Huellebecq en realidad es un producto fiel de la sociedad y del tiempo que lo engendraron. De 57 años de edad, tiene el aspecto de un malviviente envejecido. Esgrime sin embargo la pluma como diestro escalpelo que corta hasta el hueso. No teme a la muerte; tampoco a las drogas, al tabaco ni al alcohol; mucho menos al fuego hiriente de las voces extraídas del abismo. Provocador y consciente de “haber hecho muchas mierdas”, se reconoce violento, incómodo, sujeto de envidias a causa de su éxito y profundamente molesto con la sociedad, tal y como discurre a sus personajes.

Más allá del inabarcable anecdotario biográfico, este ruidoso escritor francés, que se traduce a la velocidad de la luz, es el verdadero portador del crier au loup no solo de Francia, sino de la globalización que atenaza y deshumaniza a pasos de gigante. Como el llamado de los cerditos del cuento al gritar “ahí viene el lobo”, su aullido perturba, pero no altera la realidad ni evita el trancazo que viene, que viene... Y esto es y seguirá así hasta que lo real estalle una vez más a manos de la violencia que nos tiene al borde del precipicio.

(In) decencia de Marcelo

Para los fines que fuere menester, decían los abuelos que “el que parece lo es”. Vago dicho y por demás tendencioso, pero feroz al dar en el blanco. Aunque cierto problema ocular no le ayuda, el gesto, la apariencia, la actitud y la manera de hablar de Marcelo Ebrard no corresponden a los de un hombre de honor. Si alguna evidencia faltara a su deshonor, su candidatura plurinominal como suplente de su exempleado René Cervera despeja cualquier duda. Vergüenza para él y peor descrédito para el Consejo General del Instituto Nacional Electoral, cuyos miembros, en mayoría, aprobaron su registro.  Los beneficios de tan ostensible “caída hacia arriba” comienzan con el fuero constitucional con el que el infatigable soñador del poder absoluto escapará de la justicia, como “Juanito” (si es que la mexicana merece tal nombre), a causa del inaudito fraude, aun sin aclarar, de la línea 12 del Metro.

Lo conocí servil y obsequioso con su entonces mentor Manuel Camacho. De mirada esquiva –no inteligente, por cierto-, daba la impresión de mentir y de estar mintiendo. Entre los invitados a la que sería reveladora reunión, una “chucha cuerera”, de las de antes, me dijo al oído: “le falta de todo, le sobra ambición y no entiende las reglas”. Su actitud no ocultaba su apetito de poder. Afamado operador de “concerta-sesiones” -las kafkianas discurridas por Camacho con otros gestecillos populistas del conflictivo salinismo-, Ebrard fue recompensado por Manuel con una subsecretaría en Relaciones Exteriores. También fue tocado por el síndrome del chapulín y gracias a tal “nerviosismo partidista” pudo disfrutar las mieles del acomodo a costa del presupuesto. Como Secretario General del fantasmal Partido del Centro Democrático, renunció a la candidatura a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal en favor de Andrés Manuel López Obrador, entonces en el Partido de la Revolución Democrática.  Lo demás es la historia que alrededor de su nombre todos los días –o casi- atrae a la prensa, a pesar de que lo que oculta es más de lo que enseña.

Lo he visto como producto representativo del moderno sistema político mexicano, lo que no es algo que deba honrarlo. Al observar su conducta y la de otros que exhiben la misma deshonestidad como mérito, pienso en la sociedad que los ha engendrado. Ni siquiera su destino puede considerarse excepcional, lo que hace más grave la indecencia política. Los ciudadanos aguantamos todo con una pasividad pasmosa, por una causa: como estos vivos, nosotros tampoco tenemos patria: de ahí la facilidad con que se la mancilla, se la pisotea, se la burla…

Carecemos de orgullo patrio o siquiera republicano porque México no ha marcado nuestro espíritu con una herencia digna. Esa es la verdad: somos apátridas, en el más riguroso sentido del término, aunque los nacionalistas hagan su propio barullo porque no entienden la diferencia entre patriotismo y nacionalismo. Sobre nuestras cabezas pende un inmensa, ancestral vergüenza a la que, para colmo, se han agregado la delincuencia y la degradación social.

No tenemos nada que defender, ni siquiera territorio, porque ni eso nos queda. Carecemos de pertenencia espiritual. Veo con tristeza el derrumbe de los ideales de algunos mexicanos probos, valientes, inteligentes, como aquellos liberales “rojos” del XIX, como ciertos conservadores que ya quisiéramos entre nosotros, como no pocas mujeres que se dejaban el alma a la sombra de las batallas o al modo de artistas y pensadores que iban consolidando los sedimentos de la cultura para que nosotros, generaciones que llevaban en mente, construyéramos un gran país y encumbráramos lo recibido con nuevas y mejores obras que nos permitieran llevar la cabeza bien alta entre propios y extraños.

El sueño de nuestros viejos admirados, por desgracia, se volvió pesadilla. Pesadilla urbana, política, burocrática, social, económica, ecológica, territorial, electoral, tangible… El pequeño Marcelo no sería de suyo un personaje si no encarnara tan lastimosamente el carácter de nuestros “representantes” a puestos de elección popular. Durante su escalada burocrática hizo más ostensibles sus defectos, al grado de creerse presidenciable, aun a pesar del saldo tenebroso que dejó en el Distrito Federal.  Esta última “jugada” no tiene por qué sorprender a quienes ya estamos fatigados del cúmulo de bajezas que descaradamente campean en el país. Aquí y ahora todo, absolutamente todo es posible porque no hay un solo funcionario que defienda el honor, la probidad, lo justo y necesario, lo que dignifique a la patria.

Ebrard es uno más entre la muchedumbre de darquetas existenciales y chupasangre que enturbian la vida pública. Que sigan gastando fortunas para promover el voto. En lo que a mi respecta no hay dinero, publicidad ni subsidio que encubra esta inmoralidad cargada de fetidez. Hasta las farsas requieren límites. Hemos caído bajo el dominio de bribones y farsantes. Y el que parece, lo es…

El lenguaje es el mensaje

Las relaciones humanas son cada vez más difíciles. No es que seamos demasiado distintos de los cavernícolas o de los griegos remotos, pues igual hay individuos que odian, aman, se ensañan, golpean, lloran, sufren, ríen o se creen redentores, aunque sean disímiles e inclusive incompatibles las maneras de entender y abordar la vida. Como nunca antes, sin embargo, las palabras desunen y las conversaciones se extinguen bajo un barullo que nada dice ni facilita el contacto, cualquier contacto. Eso de que algo "está bien chido, al güey le van a romper la madre, el pinche cabrón es un hijo de puta, me vale verga, hay que chorar unos baros y no manches, pendejo", me ha caído como bomba mientras viajaba en un metrobús al lado de unos “huéspedes de paso” con los que solemos cruzarnos con explicable aprehensión. 

Durante los 40 minutos del trayecto compartido con semejante vocerío no escapó una sola frase inteligible ni en momento alguno disminuyó la estridencia verbal de un grupo de veinteañeros tatuados y mochila al hombro. Unos con cachuchas al revés y otros peinados en revoltura de mechas y picos hacían lo que fuera no solo por darse a notar, sino para intimidar a los pasajeros silentes –y de preferencia fastidiados- que simulaban no advertir tamaño escándalo mientras gente, mucha gente, entraba y salía del vehículo en cada estación de la Avenida Insurgentes. 

Entre que todo es una mierda y ya ni chingas güey, tírate a la vieja, yo trataba, con el libro inútilmente abierto, de concentrarme en la lectura de Michel Houellebec: un autor francés ahora amenazado por sus arrestos desafiantes y sin embargo alejado de este rompecabezas mexicano, al que sobran experiencias dramáticas o demasiado crípticas, como ésta. Al ritmo de su palabrerío babeante,  los jóvenes competían entre sí para alargar el sustituto de conversación. Sin dejar de azuzar, gritar y reírse, movían los dedos a la velocidad de la luz sobre sus teléfonos móviles para duplicar, quizá mediante whatsApp, las frases sin sentido que espejeaban un lenguaje tan mutilado como la realidad fragmentada del país, igual que la vacuidad que campeaba en sus vocablos.

Vivimos mundos aparte. Si es que podemos decir que alguno nos define, nos acerca u ofrece siquiera un espacio como de sentirse en casa. Identificarse con algo, al menos con un estado de ánimo cargado de insatisfacción, es ya imposibilidad compartida en esta ciudad tan parecida al laboratorio conductual de Skinner. El Marshall McLuhan de mis años universitarios resbalaba en mi memoria como lápiz desgastado: “El medio es el mensaje”, recordaba mientras imágenes de La rebelión en la granja, de un Orwell nacido en la India británica y asimilado en la bohemia romántica de París se encimaban al paisaje de marginación que trasciende las condiciones terribles que se perciben en los desencuentros callejeros. Veía ilustrado el lenguaje como extensión de aquellos cuerpos que “hablaban” con más  energía que su incapacidad verbal para expresarse. Leía también en su nerviosismo evidente, en su agresividad a flor de piel y en la pobre vestimenta menos sofisticada que consecuente con su marginación social una historia de desaliento y crueldades. Afloraba con la incultura esa verdad que fluye y palpita a pesar de vagar enmascarados.   Llevaban consigo la herida abierta de un quebranto añoso, defensivo, hiriente como puede ser el gesto de un anciano desvalido que exhibe en la mirada el fracaso de su vida.

No hay como viajar en metro o en metrobús en horas pico para medir la temperatura social, psicológica, económica y emocional de esta compleja urbe que nunca conseguimos abarcar. Apretada en un vagón, iba expuesta al azar de entrada por salida, sin ceder a la tentación de huir. Por momentos era más fuerte la curiosidad sociológica que mi natural repudio a las conductas intimidantes. Sentí que en espacio tan cerrado la humanidad desplegaba sus gestos más íntimos y, desde el temor hasta la compasión y de la falsa indiferencia a las actitudes provocadoras, en solo unos minutos de sofocante hacinamiento se imponía la certeza del Orestes sartreano, en Las moscas, cuando en voz de un actor aseguraba que el otro… el otro es el infierno. Angustia; angustia pura se respiraba en todas sus modalidades, a sabiendas de que las personas a menudo se empeñan en distinguirse mediante rasgos de carácter, defectos o actitudes nada sutiles.

Duele, sí, el grueso filón de un país que con frecuencia y en situaciones distintas nos hace creer que su tensión interna puede estallar en un segundo. Al margen de este encuentro furtivo que muestra más de lo que oculta, en las masas que frecuentan los saturados transportes públicos de nuestra agobiada Capital se percibe la llama de una hoguera que poco a poco va creciendo. Es imposible no darse cuenta de que algo se está gestando en esta sociedad deshechurada. Las carencias se reflejan en la ropa, en los rostros, en los centavos estirados, en cientos o miles de figones de frituras pestilentes y tendidos de toda suerte de chinerías baratas que se venden en calles inmundas en las que ya ni existen los perros de nadie que décadas atrás formaban parte del paisaje urbano. 

Ignoro cómo fueron los síntomas del día a día que al término del Porfiriato y durante el maderismo derivaron en el levantamiento armado. Al margen de los registros generales, a pesar de nombres y de cambios consignados en los libros, imaginé que algo equivalente a este temblor apretujado debió gestarse entonces. Los males no se ocultan, salvo en sus orígenes. Y aquí hay indudablemente un cáncer que, aunque muchos no lo quieran aceptar, ya despide hedores fétidos. Cuándo, cómo y hasta dónde explotarán las llagas colectivas es la duda que ni el más listillo nos podrá aclarar.

La otra verdad: niños y adolescentes

En 2009, según la UNICEF, había en México casi trece millones de adolescentes entre 12 y 17 años de edad. Más del 55% eran tan pobres que uno de cada cinco registraron ingresos que no cubrían la alimentación mínima requerida. Condenados a crecer en situación de riesgo social, económico, migratorio y judicial, tres millones no asistían a la escuela y muchos más trabajaban. Capacidades y aprendizaje estaban supeditados al imperio de las calles. Sus oportunidades vitales eran nulas y de esperar la incorporación de un buen porcentaje a la delincuencia o a subsistir en condiciones infrahumanas o indignas. Para ellos, hoy, seis años después de divulgar estos datos y en edad de reproducirse, el Estado no solo no ha sido capaz de ofrecerles una realidad menos gravosa, tampoco hay salidas laborales, sanitarias ni educativas que modifiquen esa miseria ya extensiva a su prole.

Para colmo, la supuesta reforma educativa de Peña Nieto es un rotundo fracaso y la mejor ventana para prever en el destino infantil el legado del sexenio. El de mañana se anticipa como  un México que, de tiempo atrás, solo se pone a prueba en las crisis, en el enojo popular, en las carencias y en los despojos. Es de suponer que no solo a la población juvenil sino a los millones agregados a los índices de miseria, les aguarda un porvenir  tanto o más espantoso que el de su precariedad actual.

El problema nos involucra por la multiplicación del deterioro social, radicalizado por un modelo económico que concentra la riqueza y sus beneficios en un puñado de privilegiados. No hay partido, candidato, estructura ni oferta política dispuesto a comprometerse para subsanar este cáncer medular. Si además de la situación de niños y adolescentes consideramos el inminente envejecimiento de la población, en menos de tres décadas la franja económicamente activa no podrá sobrellevar la carga de servicios, gastos y demandas de una sociedad sin planeación ni administración inteligente de sus recursos humanos, ecológicos, culturales y materiales.

Entre los millones de ambos sexos que no asistían a la escuela en años pasados y los que sucesivamente abandonan las aulas por la pésima calidad de la educación, 16 mil adolescentes, en mayoría niñas, eran víctimas de explotación sexual solo en el 2008. Es de creer que si el gobierno de Felipe Calderón acumuló decenas de miles de muertos por violencia, las noticias arrojadas en este renglón durante el régimen de Peña Nieto no son más alentadoras. Si según datos de UNICEF en 2007 morían asesinados ocho menores de 17 años a la semana, otros tantos suicidados y cuando menos 3 por accidentes de tránsito, hoy las fosas comunes y los entierros clandestinos se atiborran de jóvenes anónimos que, con una indiferencia social pasmosa, fueron tratados en vida como sobrantes de humanidad. Eso, sin contar miles de caídos y humillados, inclusive latinoamericanos, durante su trayecto migratorio hacia la frontera norte.

La drogadicción temprana y los embarazos prematuros son para ponernos la cara roja de vergüenza: en 2005 –hace una década-  casi 150 mil adolescentes dieron a luz sin haber concluido la primaria. Los datos de madres menores de 20 años con más de un hijo ascendieron solo ese año a 189,408. Transcribo las cifras por considerarlas reveladoras de un problema desatendido que recae sobre los hijos de padres y madres impreparados, expuestos a multiplicar déficits de atención, aprendizaje y otros males propios de la pobreza extrema: En 2008 se registró un alto porcentaje de adolescentes casadas, en unión libre, divorciadas (19.2%) con respecto a los hombres de la misma edad (4.5%) o solteras sin ingresos que tampoco estudiaban. En 2009, 44% de los adolescentes convivía con fumadores; el 7% fumaba y/o bebía desde los 10 años de edad; 45%, entre 11 y 14 años, inició el consumo. 20% de estudiantes de secundaria ya eran fumadores activos…

Entre robos de vehículos, asaltos, pandillerismo, riñas, delitos menores e incorporación a grupos de narcos y mendicidad, la delincuencia temprana es asunto tan grave como el  del trabajo infantil que involucra a 2.5 millones de niños (según reconoció hace días el Secretario de Trabajo) en un rango tan inaudito como el que abarca de los 5 a los 7 años de edad, sin distingo de sexo. Obligados a mantenerse a sí mismos, a contribuir a la subsistencia familiar y en el caso de las niñas a hacerse cargo de los hermanos pequeños, así como de las tareas domésticas, la explotación infantil no puede sustraerse de la inequidad complementaria de la situación femenina en todo el país: madres abandonadas y a su vez abandonadoras, trasmiten la miseria con ignorancia que envilece y margina a las criaturas de los derechos esenciales desde las condiciones de su nacimiento.

Ningún discurso, patraña o demagogia enmascara la verdad. Y la verdad de México comienza por la situación de la infancia y la adolescencia. Nada más injustificable que el estado que guarda la educación, cada día más desigual y extemporánea. La complicidad de los gobiernos perpetúa el drama: en maestros apenas alfabetizados y enajenados a sindicatos espurios descansa el futuro de las generaciones. En los millones de abandonados por el Estado debería depositarse la más alta inversión humana, material, mental y espiritual en bien de la democracia. Sin embargo, los más vulnerables son legión invisible para los intereses dominantes. Expuestos a la emigración, explotados o reducidos por la delincuencia, la desesperanza y la disolución social, estos hijos de la desgracia serán mañana reproductores de la infelicidad progresiva.

Niños robados, abusados sexualmente, explotados o echados por la mala de su patria, con dolencias físicas, emocionales y mentales, subsisten expuestos a las peores expresiones de la violencia, la desnutrición y la crueldad. La precariedad de más de la mitad de la población es el saldo de un siglo de malos y peores gobiernos. Al filo de costosísimos procesos electorales, el teatro pseudodemocrático no ofrece esperanza porque no hay en quién confiar ni proyecto o partido dispuesto a comprometerse con los ideales aún incumplidos de la República.

Más de 32 mil niños menores de 17 años fueron repatriados de los Estados Unidos en 2008 y el número se incrementa anualmente sin que educativa o socialmente su propio país les ofrezca alternativas de salvación. La tendencia indica que un buen número de ellos son padres a la fecha, lo que significa que, atrapados en una realidad crítica, enfrentamos un panorama desolador. Esto hace más inmoral e inaceptable la propaganda electorera, el dispendio a nuestra costa, la inutilidad de un subsidio que tampoco garantiza que la publicidad redunde en democracia.

Si tan irracional dispendio se invirtiera en proyectos formativos y sociales se lograrían beneficios más perdurables y efectivos que la elección del batallón de ineptos que no hacen más que demostrar su cortedad, en todos sentidos. La pregunta que todos nos hacemos permanece sin respuesta: ¿dónde está el proyecto de país que debemos respetar? ¿Dónde las esperanzas? La sociedad, de una vez por todas, debe despertar.

Dulcinea, Este es gallo

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“Todo es artificio y traza”, dijo el Quijote a Sancho tras un amañado encuentro con el Caballero de los espejos. Estaba convencido de que las apariencias engañan; pero, para él, ¿dónde se ocultaba el engaño? Si los que hallaron en el camino eran o no en realidad el bachiller Sansón Carrasco y su agreste escudero Tomé Cecial era duda que ya comenzaba a despabilar su juicio. Lo cierto es que el hijo del comedido vecino de Alonso Quijano, Bartolomé Carrasco, en su empeño por llevar al amigo de vuelta a casa, discurrió una fallida celada que no tendría término hasta que en la playa de Barcelona, camuflado como Caballero de la Blanca Luna, conseguiría vencerlo en otro de sus peculiares lances para hacerlo traer por fin de regreso al pueblo.

No deja de ser curioso que el bachiller, portador simbólico de la letra, cerrara el círculo de una ficción que fuera por sí misma un proyecto de vida. Al envejecer quizá picado de aburrimiento, Alonso Quijano, Quijana, Quesada o como se llamara en ese momento, amaneció cierto día convertido en el sueño que, en cuerpo y mente, le permitió atreverse con otra forma de ser libre y humano. El personaje nació del libro y, novelesco, adquirió nombre y destino propios, como si de una conversión se tratara al asumir para sí el modelo de los imaginarios caballeros andantes. La conversión, sin embargo, ampliaría sus miras originales al ir transformando su nombre según los sucesos y el talante apropiado durante el curso de su aventura. Así aparecieron el Caballero de la Triste Figura, El Caballero de los Leones o el pastor Quijótiz, más para completar que para renunciar a la identidad elegida en principio. Que fueran muchos en uno, no cabe duda; pero nunca varió el eje de su bondad justiciera. No se trataba de eliminar la naturaleza del Quijote -verdadero protagonista de un ambicioso sueño-, sino de ampliar la perspectiva de lo que iba interpretando a lomo de Rocinante y en sostenido diálogo con su escudero Sancho sobre lo que debía ser y no lo que era.

Creerse capaz de enderezar entuertos y desfacer agravios no es infrecuente en hombres atenazado por la vejez.  Sucede que, afectados por una sensación de vacío, quienes avanzan hacia la última estación discurren cualquier disparate con tal de agarrarse a los saldos de vida. Abatido, ajado y avergonzado, lo vino a entender Alonso cuando ya estaba de vuelta en casa. Cavilaba bajo las sábanas y sentí que su cuerpo se estremecía. Con claridad se dio cue nta de cómo se revuelve todo cuando a ciertos hombres, presas de aburrimiento, reparan en sus faltantes al filo de la vejez. Entonces les ataca la añoranza de juventud y más que nunca pretenden amar, ser amados y arrojarse a las grandes hazañas. Confinado en el tedio doméstico, Alonso Quijano miraba pasar los años y “carecía de argumento”, como observaría con agudeza Unamuno. Sólo un enamoramiento encendido podría otorgarle el horizonte de una esperanza en algo que, aún siendo nada, lo re/presentara todo. Y ficción producto de otra ficción, Dulcinea apareció en su mente como antorcha de la pasión. Y qué mejor excusa que una mujer moldeada en el pensamiento para entregarse a la acción, ahora sí argumentada con este motivo, no obstante sujeta a la lógica quijotesca.

Para sobrellevar la fatalidad desde el personaje asumido, el Quijote tuvo que multiplicar los desdoblamientos de su identidad ficticia. El fenómeno ocurre todos los días y tiende a ser más complejo y frecuente en la medida en que nuestro modelo de vida no acepta que el que es, es como es; es decir, hay que “ser otro” para ser visto y reconocido. Desde redentores y ecologistas hasta guerrilleros, falsos iluminados, punks, justicieros o sanadores de pacotilla: la gama imaginativa es más rica e incluso conmovedora en la medida en que el medio agudiza la soledad y la sensación de desvalimiento de la mayoría.  A partir del estallido hippie, nuestra época ha sido pródiga en caracteres cambiantes y desmesurados, pero sin la autenticidad arrojadiza de esta creación cervantina que, no conforme con asegurar en voz de su personaje que sabe quién es, agrega que sabe qué puede ser en el porvenir; es decir, un caballero capaz de aventajar hazañas como las de “todos los doce Pares de Francia, y aun los nueve de la Fama”. Esta significativa certeza de ser él mismo superior a sus héroes abarca por tanto el futuro mediante el carácter que puede llegar a ser, inclusive en su multiplicidad enajenada.

En eso consistió la genialidad de Cervantes, en hallar un personaje único, original e intermedio entre él mismo y Alonso Quijano. Como Quijote, a su vez, protagonizó historias que, asidas al ideal de lo bueno y lo bello, consagraron las chifladuras.  De estructura perfecta el relato transcurre entre el delirio y la ficción verdadera, para cerrar el ciclo confrontado la ilusión a golpes de lucidez hasta dar paso franco al estado amoroso y al fin sosegado de un Quijano que dejaba ir en su mente al Quijote imbuido de compasión. Su hallazgo de mismidad –como le gustaría decir a Julián Marías- desencadena errores y aciertos entre actos descabellados que “orientan” al proyecto de vida pre/destinado. De otra manera, de haber dejado al hidalgo sentado e imaginando, a la sombra de las lecturas y coreado por las rutinas de la sobrina, España no tendría el espejo del Quijote ni el Quijote hubiera absorbido la sucesiva fragmentación de la vida española.

Literatura y mujer ideal se habían fusionado en el ánimo de Alonso Quijano, antes de imaginarse Quijote, bajo la figura de un ídolo tan inaccesible como enredado al fantasma de Aldonza Lorenzo. Aunada al afán de atreverse con lo desconocido que indudablemente pedía ser probado, Dulcinea –la dulce como la miel- todo llenaba en su alma: un contorno invisible y la presencia idílica que agitaba su espíritu. Sus fábulas trazaban un dibujo vital risible y por consiguiente colmado de posibilidades para quien no estaba dispuesto a resignarse al tedio. Al transmutar o más bien convertirse en Quijote, Alonso Quijano adoptó el revés de un saldo biográfico alojado en su corazón y en sus figuraciones. Esa otra forma de ser, hasta entonces inexplorada,  por única vez lo hizo sentirse útil y libre. Libre de ataduras, como no fueran las de su sueño caballeresco, que ésas al fin y al cabo eran tan aleatorias y sorpresivas como el camino que le iba tocando en suerte. Y útil, porque como hombre común y cuerdo no podría combatir el mal ni imponer su justicia por desfachatada que fuera.

 La clave de toda esta historia es otra de las quijotadas que deslizaba el novelista en sus parrafadas, como ésa de involucrar al supuesto relator de la historia que iba narrando. Sujeto de otra conversión, también Cervantes se incluye sutilmente en la trama y, en voz del Quijote, dice de sí mismo, como si se tratara de otro, que el autor de la historia es “un ignorante hablador, que a tiento y sin algún discurso se puso a escribir, salga lo que saliere”. Y hace burla de su pluma para responder al comedimiento del bachiller Carrasco cuando le cuenta al Caballero las nuevas que andaban rondando a los cuatro vientos sobre el personaje en que se había convertido a ojos de los lectores. Ocurrente y aún citándolo cuando menos dos veces en situaciones distintas, Cervantes infiltra un hábil juego de espejos al comparar su escrito con la pintura de Orbajena, un pintor que estaba en Úbeda a quien, sin atinar con la forma, solían preguntar qué pintaba, porque nadie entendía nada. “Si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo <<Éste es gallo>>, porque no pensasen que era zorra”. Así la traza y la unidad de esta obra, la del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, que desprendida de desbarajustes, también aclara que <<esto es locura>>.  Y es el propio Quijote quien afirma que, para entenderlo, hay que interpretarlo. Así agrega que tal vez Orbajena pintaba un gallo, “de tal suerte y tan mal parecido, que era menester que con letras góticas escribiese junto a él <<Éste es gallo>>. Y así debe ser mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla”.

Y gallo es el de la Triste Figura. No cabe duda. Gallo de punta a punta y con toda la gama de color en sus plumas. Más gallo cuanto más leal a la propia locura a la que no falta la locura de amor por el objeto inexistente de su deseo. Ídolo o fantasma o excusa de vida, al final, con la hazaña realizada al hacer camino, ya no tendrá necesidad de confirmar su existencia. Rica y cambiante, Dulcinea es motor que mueve sin ser movido. Su referencia despliega y anuda la historia. En lo suyo y a propósito de tal desvarío ficticio, Cervantes consuma en nuestra lengua y respecto de la locura lo que su coetáneo Shakespeare descifraría al universalizar la pasión del poder y, con ella, la verdadera representación de la vida humana. Los dos se aventuraron a explorar el revés del ser. Y esa realidad tenebrosa, en la que andan mezclados la ilusión, el sueño, la verdad y la sin razón, es lo que fascina e intriga de un personaje que, siempre desmesurado, se atreve a probar los límites proscritos a la supuesta cordura.

En eso nos mantiene ocupados el hábil Miguel de Cervantes no nada más con los dobleces mentales del personaje, sino con la sombra y cobijo de una doncella, la más misteriosa y sustentadora de todas, que aparece/desaparece en ficción, en bulto y en letra sin dejarse mirar, tocar ni sentir. Siempre presente en el nombre que la invoca y la comprende, su ausencia es el hilo conductor del quijotismo.

A diferencia de los desvaríos ocurridos durante la primera parte de la novela, en su tercera y concluyente salida, no serían más las ventas castillos ni las pueblerinas princesas: un cambio nada quijotesco que con sutileza dejaba caer que tanto el autor como el protagonista sentían sobre si la fatiga del tiempo y el desafío de rematar con memoria el olvido. Y aunque el de la Triste Figura vivía a plenitud su sueño de amor y Dulcinea continuaba inspirando sus correrías, la evidencia lo colocaba en la situación más difícil para quien, como él, tambaleaba entre disparates, insinuación de cordura y destellos de sabiduría. Perdido aún en la caricatura caballeresca y sometido a sus leyes caducas que ya los lectores daban por bien servidas, no le quedaba más que entregarse al delirio o invertir, lentamente, el curso de un sueño cifrado por el enamoramiento ilusorio que coronaba tan peculiar desdicha con el agravante de sus fantasías seniles.

Al decidirse por la profesión de las armas, los encantadores le hicieron ver enemigos y sucesos extraordinarios, que a esas alturas ya andaban de boca en boca y divulgados en letra impresa; pero otra cosa era desconcertarlo en nuevos capítulos con verdades tan verdaderas que, en vez de animarlo como antes, los magos perversos lo sumían en una extraña melancolía. Así que ante el desconcierto desencadenado por Sancho en el episodio en que debía identificar a su dama para postrarse ante ella, era mejor para el caballero tener las evidencias por artimañas que aceptar que no era tal el engaño. El golpe de vista estaba no obstante dado, aunque admitir que lo que es es como es, hubiera acabado con toda la historia en ese preciso instante.

Maloliente y grotesca, a horcajadas en su montura, quiso la suerte que la elegida bravía que venía del Toboso acompañada de dos aldeanas impresionara tanto al Quijote que hubiera deseado que el embeleco fuera sólo una burla de sus sentidos y no el punto culminante de su locura. ¿Qué se juntaba en experiencia tan lamentable? Memoria no había de su amada ejemplar porque, a diferencia de sus modelos librescos y como no fuera por las referencias inventadas por Sancho, él nunca la había visto ni hablado con ella. Tampoco se trataba de discurrir porque sí un cuento amoroso, ni el futuro ofrecía para él, por disparatado que fuera, la esperanza de obtener la devoción femenina. Necesitaba su ausencia para hacer soportable su realidad. Necesitaba el bien y la belleza a distancia, por ficticia que fuera, para continuar en la hondura febril del sueño. Necesitaba el amor para amar porque sí, porque sin amor sólo quedaría para él la melancolía, una caballo ruinoso, algunas costillas rotas y su horizonte vacío.

No obstante y como su andanza, la demanda de aventura venía naturalmente delimitando el cerco del propio engaño, pues no hay locos tan locos que ignoren que los destellos de luz contrastan la mente en sombra. Y ahí estaba pendiente el ideal femenino, como el trapecio que iba y venía para confirmar que, más allá de la desgastada intención de practicar resabios de amor cortés, al Quijote lo había atacado un mal muy frecuente en hombres entrados en años. Era el deseo por tanto tiempo incumplido no sólo de ser amado por una doncella virtuosa, sino de ser reconocido y quizá venerado por sus dignas empresas toda vez que fortuna no había para facilitar sus favores.

En atención a lo publicado en la primera parte del libro, un Quijote aún más pobre y maltrecho, enfermo y cansado, ahora vagaba por los caminos sirviendo de burla poco piadosa y distracción de los otros que aprovechaban con mofas sus desatinos. Sobre la impostura de Alonso Fernández de Avellaneda a quien Martín de Riquer asoció con el aragonés Gerónimo de Pasamonte, compañero de milicia del autor y maltratado en la obra, Cervantes mismo no únicamente estaba atrapado entre la memoria de lo narrado, lo ficticio y la certidumbre, sino ofendido por las alusiones desagradables con que el rival envolvía con un halo de estupidez a sus personajes. Tenía que atinar con el triunfo del genio sobre el ingenio para concluir dignamente la que sería una edad en el tiempo del héroe y de la novela. Debía el autor además resolver el desdoblamiento de caracteres que, como las letras del siglo, transitaban de la parodia a la realidad en medio de hechos dramáticos en una España cerrada, inquisitorial e inclinada mucho más a la picaresca que al drama.

Daba sin embargo el Quijote licencia a la chifladura, que de eso era su esencia, y aun, en la sugestiva Cueva de Montesinos, se entregaría a rendirle tributo a las fantasías como si, en estado de éxtasis, fuera a ajustar cuentas con el poder de sus sueños para resolver entre otros, el ensalmo de Dulcinea. Fusionada a la impostura caballeresca, la fábula de la dama perfecta, no atribuible por cierto a cualquier señora, como se probaría con la inteligente Dorotea, impuesta en el papel de princesa Mocomicona cuando cae a sus plantas, debía deslizarse con dignidad para un Alonso Quijano que si bien había sido víctima de los libros, más lo era de la vejez con pobreza y en soltería: una combinación más que propicia para exacerbar el deseo de alcanzar los favores intransferibles de una doncella joven, hermosa, discreta y también a la altura de perdurar en estampa: invención nada alejada de delirios seniles que ingenuamente pretenden distraer a la Parca; aunque, a diferencia de Orlando, no fuera solo de amores la causa del mal del Quijote, sino de ficciones leídas cual hechos verídicos. Y lo que a efecto de libros perdería en sensatez el hidalgo manchego también sería recobrado como saldo benéfico durante el retorno de la cordura pues, agónico y silencioso, un Alonso Quijano tan reflexivo como piadoso ve y entiende su desvarío cuando la Muerte se acerca para llevarlo consigo.

La aventura emprendida en un sueño anuda el enredo al congregar la fantasía y lo real mediante el acceso simbólico a la caverna: un subterfugio de notable agudeza por espejear la hondura del inconsciente o siquiera evocar el mito platónico. Allá, en las profundidades de lo ignorado, donde se adentra en solitario el hidalgo que en cierto punto desatiende la extensión de la cuerda que lo vincula al mundo de afuera, de lo aparente y tangible, no sólo desaparece para él el sentido del tiempo, sino que desfilan visiones que sellan linderos entre la razón y la sinrazón que sólo el Quijote, auxiliado por el mismo saber que en la vejez lo arrojó al disparate, habría de desentrañar con habilidad propia de las letras modernas: un prado paradisíaco, un alcázar de magnífica transparencia y, a sus puertas, el anciano barbado, de cuyo nombre tomaba la cueva el suyo, que lo aguardaba para mostrarle maravillas soterradas en el espacio traslúcido donde se juntaban el mito, la fábula y la leyenda. En sala baja, tendido en sepulcro marmóreo, estaba nada menos que Durandarte, “flor y espejo de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo”, con la mano puesta del lado del corazón que Montesinos le había sacado con una daga después de muerto. Presa del encantamiento quizá de Merlín “quien supo un punto más que el diablo”, como los muchos personajes que había allí, el yacente suspiraba y emitía quejidos de vivo de vez en vez. Un muerto vivo, cuyo gran corazón se homologaba a su valentía, según lo reconociera el cinco veces centenario guía quien a la sazón vendría a decirle al difunto que  don Quijote, “con mayores ventajas que en los pasados siglos ha resucitado en los presentes la ya olvidada andante caballería, por cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemos desencantados...” Feliz consuelo éste de ofrecer un sentido de ser para nuestro caballero que allí atinaba con la razón des-encantadora que avalaba sus correrías y confirmaba la trascendencia de sus ensueños.

Parodia sobre parodia, en lo de Durandarte se hallaba cuando divisó en otra sala las dos hileras de doncellas fantasmagóricas que sollozaban en luto. Remataba la procesión doña Belerma, una dama también de negro, turbante alto y con tocas blancas tan largas que “besaban la tierra”. Llevaba en sus manos un lienzo con el corazón seco de Durandarte, su malogrado amante. Gracias al comentario de Montesinos, que ensalzaba la belleza de la también encantada doña Belerma igualándola con Dulcinea y a ésta comparándola con el mismo cielo, el Quijote se percataría de que amor y misterio son una y la misma cosa. Y allá, sumido en la sombra, vislumbra a su Dulcinea silente, ataviada de modo agreste, como la infortunada del camino al Toboso. Hace el intento de hablarle, pero ella le da la espalda y se va huyendo dejando tras de sí la certeza de que su infortunio es obra de alguien de o algo: un hechizo que fatalmente la trivializa.

El sinsentido empeora con la aparición de las dos sirvientas que, en nombre de su ama, le piden dinero a cambio de una prenda de cotonía. Asombrado ante petición tan extraña, supo entonces el Quijote por Montesinos que la necesidad ni a los hechizados perdona. Dio a las sirvientas sus únicos cuatro reales sin tomar prenda a cambio. Pidió que le hicieran saber a su dueña el pesar que le causaban sus padecimientos e insistió en cuánto deseaba que se dejase ver y tratar. Además –agregó- haría lo que fuera para desencantarla.

Acaso no hay otro episodio en obra tan rica que iguale el contraste de oscuridad y perspicacia, como éste que representa la situación del espíritu. Dar por hechizado al ideal lo conminaba a insistir en el desvarío porque no podía resignarse a abandonar el horizonte inventado. Justificaba con Dulcinea su misión redentora. Ella no estaba ni estaría jamás en su realidad; y de tan ausente, nunca se ausentaba. Era en sí misma tan vivaz y real en su enamoramiento y sobre todo en su integridad que la supo arisca, irreductible, exenta.  Su inexistencia cifraba su certidumbre, su fe en lo inefable, en la poesía pura. Gracias a ella, el Quijote fortalecía paso a paso y encaminado un compromiso en algo que tampoco era nada, pero, hacia el final de la empresa, la sola intención de desencantarla lo obligaba no ya a deformar los hechos como antes, sino a invertir el proceso de búsqueda de fama y amor por el de salvación de la amada. Salvarla de los poderes oscuros significaba liberarse él mismo, des/enajenarse hasta concluir que ya no necesitaba verla porque el ensueño había terminado.

Esta transición que iba desmembrando la lógica quijotesca para orientarlo hacia la piedad pura que anticiparía su derrota ante el Caballero de la Blanca Luna hace más cruel el episodio de los duques que, para divertirse a su costa, crean en sus dominios el escenario y la trama de una locura que, por artificiosa, hace inclusive inmisericordes a los actores y terribles a los remedios propuestos para desencantar a Dulcinea. Hacer traer de una falsa muerte a Altisidora, aquella que actuó una falsedad amorosa que, más que persuadir al Quijote lo haría afirmar su devoción al ideal de mujer perfecta; y por perfecta, inasible, inabarcable, sagrada.

Lo que siguió no sería más que su memorial de derrotas, una sensación de amargura y la búsqueda de la palabra como única opción purificadora. Don Quijote entendió que el ciclo de sus hazañas estaba por fin concluido. Renunció entonces al movimiento, al símbolo del camino, pero no al enamoramiento. El movimiento y los hechos estaban ahí, como Aldonza, para acentuar la fealdad, la pesadumbre y la tristeza de vivir. El enamoramiento en cambio se mantenía y lo mantenía suspendido, entregado a la unidad que, más allá de lo imaginado, colmaba su corazón y su ser completo hasta permitirle un desprendimiento de lo demás. Aldonza era horrible como aldeana, incapaz de aproximarse a su ensoñación. Dulcinea en cambio estaba hecha de luz, de eternidad, de algo más espiritual y poético que la simple figura de una mujer. Dulcinea era el sueño vívido al final de la vida. Y estaba su presencia tan firme y clara como los eventos que tenía que contar, sin que se le pasara ninguno.

Contar y repasar, sí, hasta entrever su liberación verdadera, sin merma del ideal. Todos y todo iban perdiendo gracia, significación y encanto en la medida en que sus sentidos se adentraban en el desmentido. Aún así, se resistía a asumir las señales de cordura que ya anticipaban el regreso a Alonso Quijano el Bueno, al revés de su conversión o mejor aún, a su definitivo renacimiento. Pero, con tanta vida y perturbación a cuestas, ¿dónde, cómo identificar el regreso a casa o a sí mismo? El horizonte, entonces, por única vez le indicó sus límites.

Esta alma tan pura transitaba ya hacia la consumación del mayor suceso de amor que hombre alguno hubiera vivido. Entreveía formas blancas que a veces se precisaban en la figura femenina. Imaginaba que acaso caería muerta en sus brazos y quedarían así, fusionados, en un silencio definitivo. “El amor o muero”, reiteró en su agonía. Y el amor, único acto fiel a su condición esquiva e inalcanzable le ofrece por fin la imagen pura del amor en su inexistencia pura. Una sensación casi mística que encamina a Alonso Quijano a su estación definitiva. Dulcinea no era suya ni de nadie. Era el amor, la fuerza de una luz tan encendida que más se purificaba y enrarecía cuanta mayor su proximidad a esa suerte de paraíso que por fin lo liberaba mediante la comunión tan largamente esperada.

“Qué yo, Sancho, nací para vivir muriendo”. Se lo dijo como si en esa orilla, donde ya la muerte aguardaba, tuviera opción entre la verdad y la vida. Esa verdad verdadera que va disolviendo la vida del más peculiar de los personajes deja detrás de sí y por encima del calendario, la blanca figura que, para todos los tiempos, será la inexistencia del amor en forma de mujer ilusoria, potencia pura y consagración redentora y vivificante.

Advertencias desatendidas

Las sociedades, como los individuos y a pesar del propósito unificador de la globalización, tienen sus propias capacidades de desarrollo y expresión. Unas más que otras emergen, maduran y florecen o declinan de maneras diferentes, inclusive en la Comunidad Europea. El misterio es por qué unos se rehacen como el Ave Fénix y otros ceden al  estancamiento o al impulso autodestructivo. Con carácter y esfuerzo coordinado más de una vez pudimos salir reforzados de las crisis, pero invariablemente nos asimilamos entre yerros a la rabia, al lamento separatista y a la tentación de enajenar nuestros mejores recursos materiales y espirituales. La tendencia al declive parece indicar que el autodesprecio teñido de complacencia no habrá de parar hasta convertirnos en la sombra de lo que pudimos ser como nación libre, productiva y soberana.

Desde el ascenso de los racionalistas, la gran pregunta de por qué unas culturas se vuelven punteros de la civilización mientras otras parecen condenadas a la derrota, sigue sin respuesta satisfactoria. Lo frecuente es acudir al argumento de la dominación y la ignorancia si no para justificar al menos explicar un sistemático e inclusive secular atraso que los voluntaristas consideran evitable. El subdesarrollo, de tan arraigado en numerosas regiones, generó conjeturas raciales o de condición del espíritu que no dejaron indiferentes a mentes tan avezadas como Nietszche, Wittgenstein o Spengler por no citar una larga lista de pensadores ingleses y alemanes, concentrados en el análisis del progreso y la significación inequitativa del actual imperio de la ciencia y la economía.

En su espléndida Historia intelectual del siglo XX, Peter Watson examinó esta realidad desde distintas perspectivas, a cual más aleccionadoras. Relató, por ejemplo, que al sufrir el rechazo de su tesis doctoral, en 1903, nada menos que a Spengler le fue vedado su acceso al más alto escalofón académico. Víctima de una crisis nerviosa a causa del alto nivel de exigencia de una sociedad que establecía sus miras en todos los ámbitos, empezando por el rigor de las aulas, pasó un año sin dejarse ver y, a su pesar, se vio obligado a cambiar de residencia para ejercer la docencia en escuelas medias hasta convertirse en escritor a tiempo completo. Autor de un libro decisivo hasta la fecha –La decadencia de Occidente-, Spengler fue una de las mentes que con mayor claridad entendieron que “la Zivilisation  no era producto final de la evolución social, como opinaban los racionalistas al respecto de la civilización occidental, sino el estado de decrepitud de la Kultur(…)”; es decir, “de la experiencia interior de todos nosotros” que, en conjunto, orienta el carácter colectivo: una postura que si bien refleja el arrojo pertinaz de los que no se resignan y aspiran a la superación constante, no basta para comprender la complejidad de las muy embrolladas sociedades contemporáneas.  

Las tesis de Spengler fueron determinantes en su hora, al grado de influir en el rumbo del vitalismo que, para desgracia de una Alemania en crisis y en especial de sus víctimas, declinó en la fundación del Nacionalsocialismo con sus consecuencias históricas. Tras analizar el ascenso de potencias como Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, Peter Watson reparó en las directrices liberales para valorar la importancia que ejercen los grandes logros intelectuales, artísticos, científicos y económicos en el progreso que, para serlo en términos de civilización, deben cimentar logros compartidos de previsión, moralidad, prudencia y cálculo. Sin ellos –insistió-, los pueblos no pueden proveerse de energía ni suministros alimentarios; tampoco,  –como señalara el economista Keynes- “pueden reorganizar el equilibrio de poder de manera que favorezca los intereses propios”.

Y de definición de intereses propios, entre otros dramas que han puesto de cabeza a la política, las religiones y a la integración lingüística y social, es una de las cuestiones a debatir y resolver en nuestro país. Nutrición, vivienda, energía, salud e ignorancia agravan un atraso que imposibilita la acción dirigida y colectiva a favor de los propósitos democratizadores. Empezando porque carecemos de capacidad para resolver nuestra demanda alimentaria, tanto la riqueza como el sistema de producción interna están supeditados al control y beneficio extranjero. A diferencia de las sociedades punteras la educación, el trabajo y la correlativa salud social no están siquiera en los primeros peldaños de competitividad internacional.  

Basta el recuento de intelectuales destacados y aportaciones individuales en momentos y pueblos aptos para vencer sus errores y sus crisis para medir cuán grave es nuestra desventaja, en todas sus manifestaciones. Dar la espalda a la inteligencia educada, impedir que la ciencia se democratice y que sus logros alcancen a la mayoría, no apoyar el cultivo del saber ni empeñarse en formar desde la infancia a hombres y mujeres pensantes empeora un secular estado de servidumbre, al que debe agregarse el doble efecto del incremento demográfico y la degradación urbana. Es cierto que la evolución es la traza de la historia de todos y cada uno de nosotros, pero también que el tipo de vida excluyente que se nos ha impuesto no ofrece esperanza ni buen fin.

Si bien la humanidad avanza de manera desigual y no desprovista de tintes trágicos, mal podríamos presumir que los mexicanos estamos preparados y en disposición de asumir el compromiso de enfrentar el desafío del futuro inmediato. El modelo de crecimiento elegido se contrapone a la convergencia social que podría preservarnos de la hecatombe y la sin razón anunciadas.

A diferencia de las culturas avanzadas, cuyos sólidos sedimentos pueden allanar el golpe de la crisis que amenaza al planeta, sobre nuestro pueblo se agrega la indefensión del ignorante que no sabe cómo ni puede participar de la rectificación necesaria. Desatentidas, las advertencias sobre la peligrosidad que nos acecha nos pueden reducir a formas de esclavitud innimagidas. Quisiera creer, como predijo, J. D. Bernal en 1992, que el hombre del siglo XXI será capaz de dirigir su propia evolución. Ojalá que en su búsqueda de una humanidad mejorada la conciencia y la razón consigan situarse entre las prioridades.

Enojo y desconfianza: la obra del sistema

La vida humana no es prioritaria en política; tampoco la democracia ni la decencia. Bastaría examinar el oprobio para repudiar el estilo de gobernar. Los ciudadanos somos rehenes de la grilla organizada. Esto no debe seguir. Es hora de que la población actúe con cordura en un verdadero régimen de representación popular; y, ante todo, debe hacer valer su voluntad para elegir no mediante el control chapucero de partidos que avergüenzan, sino a traves de organizaciones civiles no subsidiadas ni envilecidas por las nóminas.  En suma, llegamos al límite en que, guste o no a los que se enriquecen a costa de la partidocracia, los candidatos deben ser independientes, avalados por sus comunidades y de probidad demostrada.

Las condiciones actuales son insostenibles. No es posible que, en pleno siglo XXI, en numerosas regiones del país, como Baja California, aunque no solo ahí, continúen vigentes la esclavitud y la semi esclavitud, mientras la sociedad y las autoridades voltean para otro lado. Las víctimas de agravios mayores y menores exigen justicia y se les da desprecio. Jornaleros, indios y millones de explotados hasta la ignominia piden dignidad salarial y se les arroja atole con el dedo, por no añadir baños inmundos de propaganda electoral. Se demanda justicia y a cambio campea el estado deplorable del Poder Judicial, empezando por la elección amañada del ministro de la Suprema Corte, Eduardo Medina Mora. En este sistema de poder, que se degrada más y peor a la vista de todos, a las supuestas autoridades no les importa carecer credibilidad porque mantienen su dominio abyecto con alianzas, componendas y mediante la partidocracia. Es más importante rematar el país que amar, cuidar y mejorar la vida.

El infeliz Santa Anna se queda corto frente a los arrestos de los “reformistas” que nos han dejado con las manos vacías, la boca abierta y el corazón amojamado por el espanto. Éramos poco, ahora no somos nadie: ya no es el problema de identidad que arrastramos desde la Conquista lo que nos aqueja, además añadimos la evidencia de que podemos ser burlados, desaparecidos, asesinados, ultrajados, abusados, despojados, engañados no ya por extranjeros ni los otrora invasores, sino por los de adentro: “gobernantes”, “representantes del pueblo”, vigilantes de las instituciones, “autoridades” y, en suma, políticos de un pueblo tan humillado como miserable.

¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo? La “legalidad” del dispendio electorero es humillante. Subsidiar con nuestros impuestos batallas por el poder y arrebatarse a los pobres por considerarlos la mejor clientela de la partidocracia debería ponerles la cara roja de verguenza. No somos las personas y nuestras necesidades las que contamos en un régimen en que la utilidad privilegiada sustituye a la necesidad. Con demagia y costosísima propaganda se pretende distraer esta verdad embarazosa, inocultable.

Con la fresca el montón de partidos nos ha convertido en recipendarios de 50 millones de costosísimos “mensajes” para dirigir la voluntad de los votantes. Mensajes de idiotas y para idiotas, reflejan no solo falta de inteligencia e imaginación política, sino de mínimo conocimiento de nuestra realidad. El dispendio fluye para publicitar facciones y candidatos espurios como si carencias tan primordiales como alimento, salud, trabajo, educación, vivienda, ecología, participación y justicia social no indicaran lo que ha sido, es y debe ser el compromiso de gobernar.

Lo fundamental está por hacerse: una revolución cultural y, en ella, la organización social. Solo así será posible modificar conductas y actitudes arraigadas. Hay que empeñarnos mediante una verdadera educación en revalorar al humillado, al que no puede ni debe seguir creyendo que es la ínfima criatura que nada merce, que no es digno de nada y que por sabe dios cual castigo oscuro merece la discriminación, las vejaciones y el desprecio que le prodigan propios y extraños.

Conscientes o no y con mayor o menor capacidad crítica, una cosa es común y segura: los mexicanos estamos abrumados, hartos de demagogia, saturados de bribones y validos. No existe facción ni partido confiable. Votar o no votar da lo mismo para escépticos que miran pasar la desgracia como sanción karmática; sin embargo, hay que acudir a las urnas para anular el voto y dejar constancia de nuestro descontento. Lo ideal sería eliminar a los partidos de las contiendas, desaparecer la corrupta fórmula del subsidio a la democracia, y dejar que la sociedad se organice para postular a sus legítimos representantes. No hay otro modo de aniquilar a esta cáfila de pillos; no, al menos en la circunstancia actual que ha hecho de la partidocracia el más bajuno de los negocios. La suma de engaños, abusos y el cáncer de la corrupción dio como resultado tal recelo mayoritario que, acumulado de manera progresiva, estalló en el  desaliento de una población maltratada sistemática y progresivamente.

Ninguna de las tres revoluciones –la de Independencia, la de Reforma y la de 1910- asimiló el espíritu republicano ni educó para gobernar y ser gobernados con principios insobornables. La política se encumbró como negocio, sin control de calidad; y, contagiados de la inmoralidad de los peores empresarios, se discurrieron nichos facciosos, a excusa de una incipiente y dolosa democracia. La batalla por las urnas, animada por el torneo de chapulines, tiene un solo propósito: acumular dividendos sin dar o dar muy poco a cambio del sustento social indispensable en cualquier régimen de representación popular.

Y en eso estamos: inmersos en promesas que se presumen venturosas mientras la vida/vida se deteriora, el agua se pudre y se pone a subasta, el petróleo se suma a las mascaradas nacionales, la tierra se degrada, los bienes se rematan y la brecha de la desigualdad social se amplía de manera abismal. De que somos pacientes, no lo dudo: aguantamos “mensajes” que nos atosigan a mañana, tarde y noche con una sarta de sandeces… y, como si fuera manda, apenas comienza el periodo de campaña que ya exhibe el verdadero descenso del país.