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Martha Robles

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Me acuerdo, me acuerdo

February 17, 2020 Martha Robles

Remedios Varo. Visita al pasado, 1957.

A propósito de lecturas y de la curiosidad de rebote o en cadena, como suele ocurrir entre asiduos a las letras, el comentario de Enrique Vila-Matas sobre el abultado volumen publicado por las ediciones Joseph K, en el que Mireille Ribière reúne textos de Georges Perec, trae a cuento el dato de cuando Perec, en 1970, leyó I Remember, de Joe Brainard, lo cual, como Je me souviens, daría pie a la escritura de un libro y de una forma novedosa de aproximarse al pasado.

Mientras leía el texto de Vila-Matas, se me apareció ¡Habla, memoria! con la insistencia de Nabokov sobre jamás olvidar los detalles. Por asociación recordé que la sola frase me acuerdo, me acuerdo también ha actuado en mí más de una vez como llave para abrir gavetas recónditas y, desde cualquier punta, estirar la escritura hasta donde quiera llevarme una sola palabra. Me refiero a la dualidad olvido/reminiscencia que, a capricho, permanece oculta durante meses o décadas quizá a la espera de ser rescatada. Je me souviens es una fórmula casi mágica para desvelar enredos en los que lo percibido, lo sucedido, lo recibido o atestiguado se entremezcla a los muy hábiles y tramposos juegos de la memoria para crear una historia a su manera.  

Más allá de completar algún puzzle y de dar visibilidad a lo invisible al evocar sucesos o impresiones, hay que decir que la voz recordar es una de las más bellas y sugestivas de nuestra lengua. Lo confirmé el día en que conocí su significado: Re es un prefijo latino que quiere decir otra vez. Cordar desciende de cordio y cardio, corazón. Etimológicamente, por tanto, recordar es volver a pasar por el corazón o volver al corazón. Y nadie mejor que María Zambrano para emplear el término como puntal de su “razón poética”, pues el saber cordial es la guía para acceder y desentrañar al ser que permanece en penumbra, a donde  no “llegamos” mediante la razón discursiva. Esta capacidad dual del conocer –la cordial y la discursiva-  llevó a filosofar a la muy singular y fascinante discípula de Ortega y Gasset hacia un saber del alma. Del fondo oculto del saber del corazón, donde subyace la poesía pura, queda su más alta constancia en obras maestras de la literatura, muchas de las cuales, por cierto, suelen burlar el cerco limitante de los géneros.

Se acordó Proust de su mundo entero a partir del olor de las magdalenas que -hilo conductor en los inicios de su obra-, le permitió “buscar” el tiempo “perdido” y después repasar el “recobrado”: dos figuras tan insondables como poéticas y cargadas de un saber propio y/o apropiado que aún nos atrapa y permite vislumbrar partes ocultas bajo apariencias banales. El surtidos de imágenes y voces se desencadenó –según relata él mismo en Por el camino de Swann-, cuando abrumado por la tristeza probó una magdalena mojada en té y súbitamente “regresó” a su infancia durante los veranos en Combray, un pueblito situado al  noroeste de Francia. Un solo destello causó una de las mayores obras literarias del siglo XX.

Siempre advertiremos con asombro y como arrancada del re-cuerdo, la galería de  atribulados de Djuna Barnes, en El bosque de la noche.  Pessoa recordó como quien abre no una sino muchas y muy hermosas cajas chinas. Lo hizo desde sus varias cabezas, recuerdos y nombres que lo habitaban y nos legó una obra múltiple y diversa, que a la fecha no podemos soltar. Malraux inventó el envidiable género de las antimemorias al falsear remembranzas con tal habilidad que, gracias a su mitomanía formidable, borró fronteras entre la historia, la ficción por la ficción pura, la geografía, el arte, la política y la autobiografía, solo para situarse en el ónfalo griego u ombligo del mundo, a excusa de contar sucesos extraordinarios.

Al decir Je me souviens, Marguerite Yourcenar discurrió un incomparable y corpulento  Laberinto del mundo que no solo invita a viajar de Grecia a Roma, de Flandes a Maine o de la Villa de Adriano al oriente profundo, sino que re-cuerda la historia, la fábula y el tiempo en sí de manera tan original que todo cobra sentido desde la perspectiva que se lea: al través de su Opus nigrum o por referencias que merodean el relato sin desdoro de la historia en Archivos del Norte o desde Qué, ¿La eternidad? hasta Una vuelta por mi cárcel. Inclusive en sus ficciones casi puras y siempre verosímiles el saber del alma se fusiona a la razón lógica, retórica o estructurada. Tiene la gracia de atraer al lector al través de sus vericuetos memoriosos para continuar una travesía medieval que no cesa hasta anudar su origen belga, su pasión oriental, la convivencia con Grace en la Isla de los Montes Desiertos, su encuentro con un Adriano tan vivo que pudo ser ella misma o el rescate de papeles abandonados en baúles. Supo lo que supo no por su conocimiento discursivo sino desde el corazón y sus chispazos –como las magdalenas/cifra de Proust-, como le ocurriría mientras caminaba en pos del emperador romano por la playa helada y siempre en penumbra de Maine…

I remember evoca, por otra parte y de maneras distintas, los tránsitos de aventureros, biógrafos, exploradores, poetas y escritores de diarios que, en lengua inglesa, han cimentado una de las literaturas más ricas, sólidas y diversas de nuestra civilización. Imposible desdoblar el importante listado de memorias, poesías y relatos que consagran ese verbo prodigioso en el que cabe el tiempo y la idea del tiempo, la geografía, la fábula y hasta un catálogo de todas las emociones. De los angloparlantes es justo decir que además de que han hecho un extraordinario oficio de sus relaciones con la memoria, desde siglos atrás se han dedicado a atesorarla hasta en pormenores. Qué otra cosa podría ser sino pasión por el pasado, su culto a las bibliotecas y su no poco delicuencial afán de hacerse de cuanta piedra, pliego, libro, testimonio, pintura, tablilla u objeto que sirva de recuerdo y/o testimonio, sin importar origen ni procedencia. En ese sentido, no hay más que ir a unos cuantos recintos emblemáticos de Londres para encontrarse con lo que es y ha sido el Hombre de punta a punta, desde lo inmemorial hasta su imaginación futurista. Y qué decir de la Biblioteca del Congreso o del Museo Instituto Smithsoniano en Washington, verdaderos sagrarios de la memoria en sí y de la memoria y la curiosidad por todo y de todos.

Me acuerdo, me acuerdo, en nuestra lengua, adquiere connotaciones muy distintas a las de hablantes en inglés, italiano o francés. De la multitud marginada de árabes, orientales, africanos, etc., nada o poco sabemos, a pesar de que los antepasados dejaron constancias todavía insuperables, como Las noches árabes o Las mil y una noches, sin cuya presencia en nuestras vidas no nos habríamos apropiado del símbolo de Sherezade ni la propia y encarnada Isak Dinesen, desde su cuna en Dinamarca, se habría adueñado de su gracia.

Decir, pues, me acuerdo, me acuerdo  equivale al abracadabra de la mítica cueva de Alí Babá, donde los insaciables ladrones ocultaban tesoros inimaginables y en tal cantidad que a  mi no solo me costaba imaginar las dimensiones de la gruta, sino abundar en el sinsentido de acumular tanto y tan de continuo, nada más que para mantener la riqueza  encerrada de manera intemporal. Aquel recuerdo se ligó al absurdo de K. y demás parientes literarios. A partir de entonces me dio por  reflexionar sobre la función de despojos condenados a permanecer en la oscuridad, sin destinatarios ni uso definido: precisamente la imagen divulgada por Disney durante mi infancia, cuando nos tatuaron en la mente la figura infecunda y más que idiota de un Tío Mac Pato tan millonario como tacaño.  Su único placer y su única actividad consistían en “bañarse” a solas sentado en el centro de su foso atiborrado de monedas y billetes: un anticipo del monetarismo inseparable del individualismo y del impulso autodestructivo de nuestro tiempo.

Me acuerdo, me acuerdo me ha inclinado, otra vez, sobre la tentación de la página vacía que siempre resulta emocionante.  Así que ya me apresuro a levantar el velo para re-cordar y tratar de entender, desde la oscuridad del pasado, el hoy sangriento y envuelto en imbecilidad moral.

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Kafka, a la vuelta de la esquina

February 4, 2020 Martha Robles

Franz Kafka, 1922

Kafka me reveló el misterio de las mutaciones. Mezcla de metáfora, símbolo y retrato al natural del irracionalismo de la modernidad, su Gregor Samsa anticipó desde su publicación, en 1915, el complicado carácter de nuestro tiempo. A partir de que sus primeros párrafos llegaron a mi vida, este escritor me atrapó para siempre. Aunque no todas tan obvias como la del infortunado Gregor, sus metamorfosis ensombrecieron las  transformaciones de Zeus, quizá porque las del portador del rayo fueron tan indiferentes al sufrimiento como  solo enredadas a devaneos sexuales, tan caros a los griegos.

Por ser todos los hombres o ninguno, los antihéroes kafkianos escapaban de las páginas para que yo les pusiera rostro, nombre y apellido. Sin sus vislumbres proféticos mal y poco entenderíamos esta reinvención de lo humano que nos atormenta. El proceso, por ejemplo, me metía en las carnes de K. y, al través de él, veía sin ver el alcance tremendo del poder, también padecido en El castillo; cada referencia canina  me remitía a la emblemática escena en que el comerciante Block se arrodilla ante la cama del abogado “como una especie de perro”; el padecer del agrimensor me dejaba en vela… Absorbí sus diarios hasta leer entrelíneas y descubrir su interés por los animales diminutos. Inclusive al través de Steiner y Elías Canetti me he dejado llevar por la sensación “de estar interrumpiendo en donde precisamente no debía penetrar".  En suma, Kafka es y ha sido estilete y pasión como referente y lectura.

Arquetipo de la perturbación, cada retorno a sus páginas me lleva contra mi voluntad a repetir los tránsitos angustiosos que comienzan con ansiedad, encumbran la humillación y rematan en desesperanza y horror. La cifra/fuerza del absurdo es una sola: ningún afán consigue desentrañar el secreto, ponderado como única causa del irracional tribunal de El proceso; y, a la par, el absurdo en sí hace evidente la culpa que campea en tan significativa galería de humillados. Aprendí en sus historias que el poder, para el que no hay escapatoria posible, nos hace sentir expuestos y a la vez insignificantes. También agrava el peculiar desamparo que, parecido al que causa el ojo de dios, nos persigue hasta cuando nos ignora. Decisivo para medio entender lo que desearíamos no ver ni padecer, a él debo una infatigable búsqueda de claridad y de sentido, que al menos me permita disminuir el sufrimiento evitable.

Su vínculo con Felice me recuerda lo desastrosas que pueden ser las relaciones humanas. Original aun en la tentativa matrimonial y su anticipada derrota amorosa, el contenido de unas 500 misivas demostró que su escritura era el verdadero vínculo/espejo que necesitaba para ser y sentirse él. Tal suerte de dependencia trascendía su incapacidad de ver en ella otra cosa  que un móvil concreto y completamente real para escribir sus cartas. Era la “elegida” para “adorarla” y esperar o recibir de ella aceptación y una suerte de guía que inevitablemente visualizo como fábula a la inversa de la irreal Dulcinea: “En ocasiones pienso –Felice-, que dispones de tal poder sobre mi, que deberías  convertirme en una persona capaz de realizar todo lo que es natural.”

Su entrañable amistad con Max Brod me conmueve, y la figura del padre facilitó la comprensión del mío. Kafka, pues, ha sido letra, revelación, espejo de lo humano, metáfora del espantoso y tremendo siglo XX e incesante exploración del miedo que lo habitó. Cuando menos me di cuenta, los libros de él y sobre él se habían adueñado de un espacio significativo de mi biblioteca y de mi vida.  Recuerdo el preciso día en que, al voltear descuidadamente desde mi escritorio hacia el anaquel que fue haciendo suyo a fuerza de expulsar a sus vecinos, vi algo como una hebra tendida entre mis ojos y sus páginas. Dos, tres veces parpadeé y dije si, esto también es absurdo.

Cada libro leído o releído es un viaje. Al advertir que este hombre lleno de inseguridad, neurótico y experto en describir sus debilidades, en realidad exploraba “la impotencia espiritual” que ya se encaminaba hacia su engendro monstruoso.  Mediante las posibilidades múltiples del absurdo que tipificó tan maravillosamente, entendí cuán frágil y trágico es el destino humano. Me refiero al destino en sí y a cada destino: el explorado por la curiosidad de los griegos y el interpretado en el surtidor inagotable de las letras; el reinventado entre la memoria y los sueños, el que nos singulariza y del que pretendemos huir, el que compartimos con otros durante algunos lugares y estaciones de nuestra vida o el que desdeñamos por insustancial, a pesar de que, como los demás, también nos sorprende por su capacidad de arrojar incógnitas. El destino –o la idea del destino-  demuestra cuán semejantes somos ante el poder e insignificantes, como Gregor, cuando el miedo, una escasa piedad para valorarnos y vernos a nosotros mismos y la indefensión real o imaginaria nos convierte en la cucaracha moldeada por la perversidad del tirano.  De ahí el inimitable genio de Franz Kafka al atinar con la sustancia mítica  de una era plagada de situaciones intimidantes,  relacionadas con el poder: “(…) uno se encuentra constantemente con todo lo que caracteriza: indecisión, temerosidad, frialdad de sentimientos, minuciosidad en la descripción de una ausencia de amor, un desvalimiento de tales proporciones que solo resulta creíble por la hiperexactitud con que se lo narra. Pero todo está formulado de tal forma que al instante se convierte en ley y conocimiento. (Cartas a Felice, Junio 1913).

Después de los griegos y por encima del hallazgo de la novela intimista, faltaba llevar a las letras otro aspecto de lo humano para situar un tremendo y violento siglo XX, en el que con abierta impudicia la maldad, la crueldad y una absoluta ausencia de escrúpulos estallarían en crímenes sin cuento, revoluciones como la rusa y la mexicana, dos guerras mundiales, el nacionalsocialismo y el estalinismo, hambrunas pavorosas… Y Kafka, como tantos coetáneos suyos y aun sin sospechar sus alcances, no ignoró las señales del antisemitismo, aunque ni él pudo prever el desenlace de un proceso que aún estremece.

La tuberculosis se lo llevó antes de ver cómo desaparecía su familia, su historia y la de millones de judíos en los hornos de la infamia. Se anticipó, sin embargo, a ilustrar la figura del aniquilamiento, la disminución del ser humillado, la reducción del hombre a insecto repugnante...; es decir, sintetizó los nutrientes del absurdo que en modo alguno pudo ser contemplado en la circunstancia griega, aunque trascendiera al través de sus mitos.  Y sería Kafka quien, a partir de un antihéroe como Samsa,  emprendería la aventura de desvelar de qué materia están hechos los dominios de la Gorgona contemporánea; es decir, la metamorfoseó para actualizarla.

No que careciera de símbolo el mito del cisne violador de Leda, sino que cada edad se identifica con la destreza de sus ficciones.  El genio checo reunió todos los nutrientes para una mitología contemporánea. Incluyó en el irracionalismo las metáforas de la enfermedad, de la escritura y la soledad. Atrás quedaron el toro apasionado de Europa, el águila que raptó al bello Gamínedes, la copia exacta del rey  Anfitrión para yacer con su esposa Alcmene y engendrar a Heracles. Frente al significado del enorme insecto arrinconado en una habitación familiar, ni qué decir sobre la fantasía del padre del cielo al trasmutar en ardilla, cuco, codorniz o en la poética lluvia de oro  para consumar violaciones. Las artimañas infaltables en los remotos mitos nos ayudan a incursionar en el inconsciente, pero atreverse de frente con lo sombrío y no hallar más que sin razón y desvalimiento de lo humano es la verdadera hazaña del universo kafkiano. Aquellas historias de héroes que realizan proezas extraordinarias, como el triunfo de Perseo sobre Medusa, son indispensables para comprender nuestros lados oscuros; sin embargo, Kafka tocó el hueso más humano de lo humano al ilustrar, de la manera más real y dolorosa, cómo el sufrimiento determina nuestras vidas y cómo el lujo de la razón no suele caminar a la par de nuestro destino.

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De mis diarios: Auschwitz y Trzebini

January 27, 2020 Martha Robles

Auschwitz

Lo recuerdo hoy, al conmemorar el 75 aniversario de la liberación de Auschwitz. Me propuse hace años ir a lugares significativos en pos de respuestas. Hoy se que no todo se puede soportar ni mucho menos comprender.  Con la guía de algunas lecturas sobre el horror de que han sido capaces los hombres, imaginé que sería llevadero un recorrido por los emblemas del sufrimiento. No sospeché el shock que me causarían un pañuelo bordado preciosamente con cabellos humanos, algunos trastos de fierro, fotografías lastimosas, cientos de lápidas fechadas casi al fin de la guerra, trapos, patios sombríos, galeras, papelitos escritos, mensajes de amor y de duelo, listas de nombres, muchos nombres que parecían vagar cual fantasmas por un verdadero infierno.

Creí que la lectura de testimonios en libros, diarios, revistas, entrevistas y documentales, me habían preparado para asimilar la experiencia. Nada, sin embargo, evitó el golpe de la pura verdad. Ante la derrota y en fuga, los alemanes trataron de destruir la cámara de gas, pero en ese escenario de dolor y de muerte, las ruinas también hablaban... Acompañada de un queridísimo amigo suizo, recuerdo el sonido de nuestros pasos al caminar. Las palabras de Primo Levi cobraban vida en cada piedra y, como si me susurrara, reconocía o reconstruía las causas por las que nunca se recuperó de lo sufrido en su cautiverio. Por Si esto es un hombre y muchas páginas más supe cómo los nazis obligaban a prostituirse a las mujeres y los más fuertes, como él, cavaban las fosas a donde arrojaban cientos de cuerpos diarios. Sobrevivir, entonces, se cobraba una feroz dosis de culpa y de un sentimiento de ser algo menos que un ser indigno.

Caminaba absorbiendo cada detalle. Miraba sin parpadear. Tronaban gemidos ausentes. El sinsentido adquiría una presencia atroz: regaderas letales, fierros, corredores sombríos, zapatos, bolsas de cuero, cuartos encementados donde hacinaban a los prisioneros, literas…  Más allá, las casas de los verdugos, contrastes entre el amo y el esclavo, entre el adentro y el afuera, entre la rutina criminal y un encierro forzado, amenazado, golpeado, humillado… Auschwitz y Trzebinia me espetaron el dolor insondable y el mal por excelencia. Nombres como los de Edith Stein, Primo Levi, Danilo Kîs, Waldo Frank o Charlotte Delbo adquirían entre sombras una presencia insólita, entremezclada de evocaciones que me hacían recordar a la familia de Kafka, a Paul Celan y a su gente, a Max Jacob, a la inaudita cifra de millones de personas sustraídas de sus pueblos, obligadas a llevar la estrella amarilla en el pecho y transportadas hasta los campos de exterminio en vagones para el ganado…

No una, sino muchas veces me he preguntado qué es el hombre. Y no solamente por esta infamia; también por el terco silencio que aún envuelve a las purgas de Stalin y al inabarcable memorial de crueldades que no cesan desde los remotos relatos bíblicos. Son las brutalidades que, de todos los modos posibles, demuestran que nada supera a la imaginación más oscura; es decir, la aplicada a humillar, zaherir, lastimar y matar. En eterna desventaja, los logros del bien y la compasión no son suficientes para contrarrestar el daño causado por la perversidad.

Me lloraba la piel. Sentía el alma en carne viva. Me quedé sin palabras. Un temblor jamás repetido me recorría desde la nuca hasta la punta de los pies. Durante horas permanecimos en silencio: Trzebinia y Auschwitz podrían variar en tamaño y en su respectiva geografía, pero no en la memoria del infierno que alojaban.  Compartían el sufrimiento palpable, un grito que continuaba vibrando, el dolor/dolor que enmudece, borra distancias y nos sitúa no en la muerte en sí, sino en el espanto del cómo, en cuáles circunstancias y a manos de quién ser humillado y morir. Esta no es de las que puedan asimilarse como el resto de las demás, inclusive las de ataques armados como los que, tiempo después, me tocaría padecer en el Medio Oriente. Ni siquiera es de las situaciones que puedan entenderse por más que, por preguntar algo, lo que sea, caigamos en el lugar común del por qué: ¿Por qué no opusieron resistencia los judíos? ¿Por qué no tuvieron una fuerza armada y organizada? ¿Por qué no huyeron los advertidos a tiempo?  ¿Por qué ningún gobierno los defendió? ¿Por qué el hombre es el peor enemigo del hombre? ¿Por qué el Holocausto? ¿Y la actitud del Papa Pío XII y del Vaticano? ¿Y el poder de un demente como Hitler y sus huestes…?

Hay monstruos en poder del destino. Tiranos que determinan millones de vidas y  muertes. Gobernantes que administran la triste  situación de pueblos enteros, hasta hacer legendario el sufrimiento, por ejemplo, de ucranianos, kurdos y de tantísimos más. Desde la perspectiva de lo humano, no hay diferencia entre las hogueras de la Inquisición, el Holocausto, las purgas del terror de Stalin, los crímenes a cargo de los gorilatos, el asesinato masivo de armenios y más atrocidades incontables…

Si la crueldad intimida, la barbarie con poder es el arma más tremenda de destrucción masiva. Lo asombroso es corroborar que el mal encuentra mayores recursos para imponerse, justificarse y continuar impune, como si la justicia y el bien no existieran. La razón ha sido insuficiente o demasiado débil para frenar ocurrencias perversas. Éstas prosperan con entusiasmo, quizá porque la tentación de la bajeza es más propia de la condición del hombre que la inteligencia, el amor, la compasión o la bondad. El Mal atrae más a las masas que el arte, la belleza, la armonía o las conquistas del conocimiento. A la mente hay que educarla con disciplina sostenida. La grandeza solo es posible mediante un largo, acumulativo y laborioso proceso que suele sucumbir con facilidad. La cultura no es garantía de nada ni nos protege de nada, como lo demuestran la historia y cientos de evidencias sobre las terribles bajezas de que son capaces las mentes torcidas, a pesar de su formación. Y la Alemania nazi dejó constancia de eso.

A partir de aquella experiencia atroz, he leído montones de testimonios de cómo un nazi “sensible” podía llorar escuchando a Wagner y conmoverse con Goethe, antes o después de haber torturado, humillado hasta la ignominia y asesinado a cientos de personas no solo indefensas, sino a todas luces superiores a sus verdugos. He pensado en la dualidad de Heidegger, en su grosera indiferencia frente a los judíos expulsados de Friburgo y otras universidades alemanas; en su cobarde reacción ante Hannah Arendt, quien pese a todo vivió amándolo, admirándolo y vigilando la divulgación de su obra, lo que durante muchos años me pareció  una suerte de secreta sumisión femenina ante la que, quizá sin aceptarlo, creyó inteligencia superior. He sufrido con cada frase de Primo Levi. He estudiado la diáspora de la Escuela de Frankfurt, el infortunio de Walter Benjamin, la trayectoria accidentada de la familia Mann, de Paul Celan, de Stefan Zweig… Las décadas posteriores a la II Guerra Mundial han arrojado novelas, ensayos, reflexiones, películas, denuncias, diarios y documentales sobre “la banalidad del mal” tan bien examinada por Arendt, pero las atrocidades siguen sin servir de advertencia… Y yo sigo sin entender el Mal.

Piedad, compasión, el bien y la nobleza son atributos tan poco frecuentes como la ética, la razón y la moral. Su ausencia se vuelve pavorosa  en mundos donde “Dios desaparece”; es decir, donde imperan intransigencia, ideologías,  nacionalismos y la infaltable xenofobia. Entonces la depravación se desliza sobre actitudes devastadoras, egocéntricas y en general terroríficas. Jamás me atrevería a regresar a aquellos recintos del infierno. Conocer dos campos de exterminio me llevó a probar hasta cuáles honduras  soy capaz de conmoverme por el trágico destino del hombre. Y también, en lo inmediato, me lleva a repudiar las bajezas y a quienes se vanaglorian de su capacidad de lastimar a los demás.

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De mis diarios. Conferencias

January 14, 2020 Martha Robles

No es infrecuente que aparezcan personas extrañas –y por añadidura que nos sigan-  cuando impartimos conferencias, tanto en la ciudad de México como en el resto del país. No que el extranjero esté vacunado contra el absurdo, sino que nuestro territorio es propicio para el surrealismo, como proclamó André Breton cuando el carpintero al que encargó una mesa la fabricó “en perspectiva”, tal y como la vio en el dibujo. Por experiencia concluyó que el surrealismo no es ni un movimiento artístico ni una corriente filosófica para los mexicanos, sino “un ingrediente de su genética cultural”.

Los escritores podríamos describir experiencias y encuentros “raritos” sobre nuestras apariciones en público. Me han tocado desde un recinto pestilente y sin luz, con pordioseros y prostitutas acarreados, y después recompensados con el ambigú, hasta un asalto a mano armada. Entre tales extremos valdría citar el jardín de un hotel, en Querétaro, donde para un peculiar congreso o encuentro de cientos de maestros estatales me incluyeron en el programa con un payaso, un relator de chistes groseros y cierta banda de narcocorridos tan, pero tan alegre, que todos se pusieron a cantar, a beber y bailar a cielo abierto. Ya tenía razones para saberlo, pero esa tarde, no se si surrealista o kafkiana,  confirmé lo que es “estar fuera de lugar”.

La diversidad que aparece en cualquier auditorio es impredecible. Quiénes y cómo convocan a supuestos interesados en la cultura y las letras ha sido incógnita sin resolver. También recuerdo aciertos tan gratificantes como las varios participaciones en Pachuca gracias a la inteligente promoción cultural de Lourdes Parga y su equipo, y cuatro tardes continuas y dedicadas a Yourcenar, sobre ella misma y el contexto de  Memorias de Adriano y Opus nigrum. Sucedió en un auditorio del Centro Nacional de las Artes.  El espacio fue tan insuficiente que los que no pudieron entrar permanecieron afuera, con las puertas abiertas, sin hacer el menor ruido. Inclusive las preguntas y comentarios se extendieron hasta que, ya noche, fue necesario poner fin. Buena parte del público había leído a Marguerite,  por lo que el evento fue beneficioso para todos. Es innegable que entre lectores, desconocidos entre sí, la palabra se vuelve luminosa y vivificante.

No ha sido infrecuente la recomendación oficiosa de quienes, apagando la voz hasta el  susurro, me piden “bajarle al nivel”. “Usted ya sabe, maestra, cómo es la gente…” Así como a Gustavo Sainz le gustaba clasificar la lectura entre libros gordos y flacos –algo que jamás olvido-,  otros ilustran sus peticiones con paradojas sobre el discurso y su temor al conocimiento, para evitar lo “elevado y profundo”. Ésta, una de las expresiones más frecuentadas, puede referirse a un texto, a una charla o a cualquier conversación. “Bajar el nivel”, como si de un elevador se tratara, y mejor distraer al “respetable” con chistoretes intercalados a confesiones personales y comentarios banales, como tanto hemos padecido durante mesas redondas, presentación de libros y conferencias que han dado en organizarse con dos, tres y más participantes.

Los ingleses son maestros históricos de las conferencias y presentaciones públicas. Quizá desde antes, pero con gran popularidad a partir del siglo XIX, la gente no especializada comenzó a acudir a salones, museos y sedes de asociaciones, para escuchar a historiadores, exploradores, geógrafos, artistas, biógrafos, científicos y desde luego a escritores que tenían qué decir y sabían cómo hacerlo. Hay que leer, por ejemplo, cómo se amontonaban para escuchar al orientalista Sir Francis Richard Burton. Y como a él, a tantísimos que han enriquecido la cultura inglesa. Es memorable el día en que Borges habló en Oxford. No servía el sonido, y apenas eran audibles algunas sílabas. Tal era la sacralidad del momento, sin embargo, que nadie se atrevió a interrumpirlo. Con apenas susurros como silbidos, concluyó su intervención no escuchada.  Los allí congregados alrededor del silencio dirían que fue una de las experiencias más intensas de sus vidas.

Extendida a universidades y espacios comunitarios, la costumbre de impartir conferencias continúa viva en muchos países, a pesar de las nuevas tecnologías. Además de que temas y culturas son más diversos, los asistentes disfrutan el contacto con los autores y aún esperan enterarse mejor y de manera directa sobre lo que les  interesa. Se trate de biodiversidad, de la actualidad de Shakespeare, del infaltable Borges o de Alejo Carpentier y lo real maravilloso, con suerte se crea un  ritual en torno de la palabra.  A pesar de todo, el lenguaje estructurado mantiene intacta su magia. Lejos de esta tontería de “bajar de nivel”, hay que elevar la palabra hasta lo posible y destacarla también: es lo que corresponde y lo que se espera escuchar de quien sabe lo que sabe o expresa de otra manera un conocimiento específico.

En contrapunto, he llegado a creer que, en México y a falta de interés organizado y consecuente, hay una población flotante en presentaciones y conferencias: de preferencia son personas maduritas o mayores que escapan de la soledad y, de paso, disfrutan del mal llamado “vino de honor”. Como es de suponer, los jóvenes predominan en medios académicos, aunque también tienen sus peculiaridades. No olvido mi estupor cuando, invitada al IPN, acarrearon empleados a falta de público. En vez de paga (de preferencia nula o bajísima en todos los casos) recibí una dotación de libros publicados por la institución. Uno de ellos era sobre la cría de cerdos: surrealismo puro, otra vez. Las anécdotas son infinitas. Nunca faltan, por cierto, quienes me aguardan a la hora del adiós con confidencias, invitaciones personales, poemas, retratos a lápiz o a color, manuscritos, carpetas privadas, peticiones de orientación vocacional, tutorías, solicitudes de trabajo y/o cartas de recomendación para no se qué y uno que otro arreglo de citas a ciegas con Fulanito de tal: “debería conocerlo, está que ni mandado a hacer para usted…”

Y está, finalmente, el capítulo de los reporteros que van “por la nota” sin la menor idea de quién es o qué hace su “entrevistado”, lo cual abona la observación de Breton sobre la supuesta genética cultural. De que algo provocamos en el imaginario popular los escritores, no tengo la menor duda, pues, fasto o nefasto, casi nunca he salido de estos eventos sin un incidente digno de recordar. Si bien no ha faltado la psicóloga “al calor de la estufa” –como diría Reyes- que a voz en pecho declaró que mi disciplina es producto de mis frustraciones, el contraste corre a cargo de los que, con sinceridad conmovedora y sin haberme leído ni conocerme de nada, piden algo tan inaudito como que les enseñe a escribir como yo. Todo esto y más, sin olvidarme de los “escritores” que no son, pero que sin formación ni gramática quieren serlo o están “en vías de” para contar sus tribulaciones familiares…

Si las letras interesan con seriedad a minorías, en abstracto alimentan fantasías populares sobre el destino y/o el quehacer intelectual. Cuando la gente común o ajena al medio se entera de que éste o el otro es escritor o escritora, su reacción suele ser de admiración y extrañamiento: a saber qué imaginan; sin embargo, no dan el salto a la lectura. Es como pisar terrenos ignotos, aunque largamente fabulados. Respiramos las consecuencias de ese drama en todos los aspectos de nuestra vida en común. Ignoro por qué la mayoría de mexicanos es tan reacia a acceder al conocimiento y tan cerrada a la curiosidad intelectual. Hay una relación de amor/odio al saber: se desea, se invoca, se celebra de modos distintos, pero nada se hace por alcanzarlo ni participar de sus beneficios; nada para ascender y vivir a plenitud la experiencia.

La presencia social del pensante ha disminuido, no lo que se fantasea de él ni lo que se le atribuye sin fundamento. Nada importan la obra en si ni la historia que hay detrás de la página impresa; tampoco la vida empeñada entre las tapas de los libros, porque lo que se inventa a nuestra costa es casi inverosímil. Hay quienes creen que se es escritor por generación espontánea, por obra del Espíritu Santo, por “tener la vida resuelta” o a efecto de un deseo causado. Este revelador galimatías es una de las partes colaterales de las letras que menos llega a la página impresa, a pesar de  su peculiaridad. Ya debemos levantar el tapete para mostrar otras facetas de nuestra realidad cultural.

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84, Charing Cross Road

January 7, 2020 Martha Robles

Ya nadie escribe cartas, y es una pena. Disfruté recibirlas tanto como escribirlas. Fueron años deliciosos. Rellenábamos ausencias con envíos. Intercambiábamos rituales y secretos, y yo aguardaba el silbato del cartero como a alguien querido. Inclusive mandaba quejas al servicio postal por su pésimo servicio, pero mis querellas caían en la omisión o el olvido. No obstante y aunque retrasados, sobres y paquetes, con timbres sellados, me traían buenas noticias y libros del extranjero.  Ahora los buzones, también en extinción, son basureros para cuentas del predial, de la luz, del agua o del teléfono; y a veces ni eso, pues ya todo está domiciliado. No faltan anuncios ni pedigüeños de Navidad,  Año Nuevo, Reyes, Guadalupana y “el día de”: esa penosa “gorra” del mexicano que se entromete con la insolencia del invasor.

Practiqué la escritura de ida y vuelta con amigos que amaban la cocina, el arte y las letras. Intercambiábamos autores, recetas y confidencias con la certeza de que lo privado comienza y concluye entre dos que se entienden. Antes de conocer la efímera brevedad del whatsapp, uno tras otro se fueron del mundo y yo me quedé sin la palabra que durante años tuvo respuesta y continuidad. La tristeza por esas pérdidas todavía me acompaña. Revisar catálogos y reseñas bibliográficas completaba el ritual de encargar títulos y clásicos a Oxford, París, Londres, Nueva York o Berkeley, vigente hasta las compras online.  Disfruté, sin embargo, el privilegio de esperar noticias y que otros esperaran las mías con idéntico entusiasmo. Durante las pausas  discurríamos encuentros tan gratos y literarios que sedimentaron la legítima amistad amorosa que no acepta intromisiones de nada ni de nadie. Ese vínculo vitalicio de afinidades fue obra del ejercicio epistolar que practicamos con tanta naturalidad que nunca imaginé que pudiera tener fin.

No llegué al extremo de la peculiar neoyorquina Helene Hanff de establecer ligas epistolares tan estrechas primero con Frank Doel y, a poco, también con los demás libreros de Marks % Co., -establecimiento londinense de libros antiguos y de segunda mano-, e inclusive con sus familias. Habría olvidado esta hermosa historia de culto al libro de no ser por la nota que recién recibí de un amigo queridísimo.  Que estaba leyendo 84, Charing Cross Road –me escribió- y la “yo” aún activa en sus recuerdos le brincaba al paso de títulos y/o ediciones a pedir y recibir. Solo imaginar que alguien puede reconocerme en una obra como ésta, o en otra cualquiera, selló el 2019 con una gran alegría. Al parecer, la memoria de mi amigo asoció mi nombre y sabe cuánto más con la excéntrica autora de esta obrita que reúne su correspondencia londinense, prolongada durante veinte años. Imaginé que al reconstruir a Helene al través de detalles, como ocurre en las mejores lecturas, algo le despertó a él en paralelo, pues de lectores pasamos a ser protagonistas, inclusive al través de figuraciones ajenas. Supuse, además, que entregado a las breves y reveladoras misivas, mi amigo fue construyendo en su mente una historia en la que se cruzaba algo de la mía.

Corrí a la librería por un ejemplar. De haber revisado la contraportada  me habría percatado de que había leído 84, Charing Cross Road, pero en otra edición. Desde las primeras páginas caí en cuenta de cuánto me simpatizaba esta original y generosa autora de guiones para la televisión, libros infantiles, ensayos históricos y políticos y colaboraciones en el New Yorker y Harper´s,  que persistió sin ser reconocida, hasta que se publicaron sus cartas. Mandaba títulos a buscar y dólares a acumular -a sabiendas de que jamás entendería su conversión a libras-, para hacerse de libros “que se abren por aquella página que su anterior propietario leía más a menudo”.

Autodidacta, solitaria, trabajadora formidable y entregada a la pasión de leer y escribir, jamás consiguió subsistir sin sobresaltos económicos. Decía que “un escritor no puede prever, de un mes para otro, cómo pagar el alquiler”. Sus penurias, sin embargo, no le impidieron enviar regalos a los libreros de  Marks & Co., para alegrar a sus familias con carne, huevos, medias de nylon y otros objetos, aún racionados en el Londres de la posguerra. Empezó el contacto epistolar con Frank Doel, en 1949, sin sospechar que 30 años después, en 1987, se convertiría en obra de teatro y película de culto, “la más bella sobre libros que jamás se ha filmado”, con Anne Bancroft y Anthony Hopkins, dirigidos por David Jones. 

Desparpajada, encantadora y según ella misma “tan elegante como una mendiga de Broadway”, Helene preguntaba a sus amigos desconocidos lo que deseaba saber de los británicos. A su vez dejaba caer gestos reveladores de su carácter como que vestía jerseys apolillados y pantalones de lana, porque “en el edificio de ladrillo donde vivía no encendían la calefacción durante el día”.

Al recibir el aviso de la muerte de su entrañable Frank Doel, ocurrida el 22 de diciembre de 1968,  cambió la historia de Helene. Acumulada en un cajón, la correspondencia se salvó milagrosamente de su costumbre de tirarlo todo. Con permiso de la familia y sin ordenarlas ni definir aún su destino, las confió a un amigo quién, a su vez, las llevó a un editor. “Esa misma tarde –leemos en el Post scriptum- “el editor llama personalmente a Helene Hanff y le anuncia: ‘Publicamos 84, Charing Cross Road.’ Helene, sorprendida, le pregunta.’ ¿Bajo qué forma?? ¡’En forma de libro, por supuesto’!, replica el editor. ‘¡Está usted loco!’, exclama ella.”

De golpe, en unos meses, la Helene que contaba centavos, se convirtió en una autora de éxito y conoció el prodigio de recibir regalías, al menos por unos años. Inclusive el libro se publicó también en Inglaterra y, en 1971,  por fin pudo viajar a Londres por primera vez.  Allí se lamentó de la muerte de Frank Doel, y de que las puertas de  Marks & Co. hubieran cerrado para siempre. Quedaron los familiares y algún propietario de la pequeña y encantadora librería; pero, sin Frank, sin la correspondencia ni el lenguaje construido entre ellos, nada era igual. Este tipo de historias, tan gratas a la mentalidad inglesa, no alteró radicalmente la rutina de esta mujer que continuó viviendo en su pequeño departamento neoyorquino de la calle 72 Este, “donde los tesoros bibliográficos de Marks & Co. cubren toda una pared desde el suelo hasta el techo. El centro de su biblioteca está presidido por el rótulo de la librería, robado para ella por uno de sus admiradores.”

Murió sola y pobre, a los ochenta años de edad, en una casa para ancianos en Manhattan, que pagaba con restos de sus regalías. En su memoria existe una placa de cobre con su nombre en donde estuviera la librería. “Sigo pensando –confesó al final de sus días- que soy una escritora sin cultura ni demasiado talento, pero a pesar de todo ¡me han dedicado una placa en un muro de Londres! Quizá jamás advirtió hasta dónde es cierto que “la belleza está en los detalles”.

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Gobernantes a la baja

December 28, 2019 Martha Robles

Entre lo que somos, lo que nos creemos y nos inventan existen distancias insalvables. No se diga en lo individual, que por desenmascarar identidades y rescatar olvidos los divanes, en proceso de extinción, quedaron llenos de agujeros. No son de fiar las apariencias ni las engañifas de individuos, parejas y/o familias que por diversas causas moldean la impostura hasta creérsela o hacerla creer a los demás, aunque medio vivan con el hígado y la mente hechos trizas. Más grave es el drama cuando se trata de gobernantes atropelladores, embusteros y enemigos del derecho.

No es de ahora la costumbre del engaño. Lo nuevo es haber refinado mañas y  mecanismos para hacer efectivas las tomaduras de pelo. Tampoco inventamos la resistencia a  aprender de los errores; sin embargo, se repiten con terquedad las invenciones destinadas al hombre-masa hasta persuadirlo de que el mensaje es tan acertado o verdadero como su capacidad electiva. Nunca me cansaré de insistir en cuán vigente sigue estando –para derechas o izquierdas- el axioma del nazi Göbbels, maestro de la propaganda y uno de los artífices de aquella monstruosidad: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Y vaya si no. Los ejemplos sobran.

Las consecuencias del dolo se potencian geométricamente cuando el uno –elegido en las urnas o no- se hace con el poder.  Entonces, como obra de magia, “legitima” a su personaje, con todo y  “mensaje”. Una vez afianzada la torcedura entre el neurótico que es, el actuante que se cree y el caprichoso que decide, aplica el “proyecto” a su aire con los riesgos implícitos allí, donde la población es más vulnerable porque no son sólidos sus sedimentos culturales.

Si el gobierno cae en manos de embusteros, vengadores, hipócritas, simuladores, oportunistas, ineptos y tocados por el delirio del ungido, el tirano, el justiciero o el mesías, los resultados son incalculables. Los gobernados son los afectados en primera instancia, pero los últimos en aceptar que el retroceso arrastra consigo durante décadas y a veces siglos la capacidad reparadora de las culturas.  Dictaduras y tiranías son las lecciones que más pronto se olvidan y desatienden, de ahí que reaparezcan con más o menos ferocidad y atavíos renovados: véanse los casos vigentes de Venezuela, Nicaragua... Los males avanzan, la gente sufre, la inercia de la degradación continúa y tardan décadas o a veces siglos los remedios cuando en casos extremos, como Haití, la población desamparada cede a la derrota.

Nuestra América y el Caribe son laboratorios permanentes de cómo se pervierte el Estado y cómo se sobrevive a los malos gobernantes. En continuidad y desde las independencias, siempre hay ejemplos monstruosos que nos hacen creer en una suerte de maldición sobre nuestros pueblos. Si algo es cierto es que no hemos podido construir Estados dignos ni estables. A la vista, y atornillados al poder, están Maduro, Ortega y la lista de etcéteras que deberían ser estudiados al detalle para que las nuevas generaciones entiendan de qué se tratan y cómo se traman las tentaciones dictatoriales. No se puede negar que estos engendros espejean los medios que los anidan y sostienen.

Quizá porque a las masas es fácil distraerlas y convencerlas con actitudes teatrales, es tan difícil dar con un hombre de Estado; más difícil aún si consideramos que la publicidad y su correlativo “manejo de imagen” se han antepuesto a la política. Así que una y otra vez saltan al ruedo los audaces y mediocres que, fortalecidos por su falta de escrúpulos y formación elemental, se van con todo para quitar del camino cualquier obstáculo.

Que un solo sujeto pueda causar un sinnúmero de errores es posible porque los lenguajes propagandísticos “crean” un personaje artificial a medida de las expectativas.  Las campañas electorales en realidad son manipulaciones dolosas que atarantan esperanzas infundadas e ilusiones populares. Las democracias tienen muchas deficiencias por reparar. Para empezar, deben existir  requisitos a cumplir por los candidatos, sin descontar exámenes clínicos y psiquiátricos. Las organizaciones ciudadanas y profesionales son, como las instituciones, de primera necesidad en la vigilancia del poder. Nunca desaparecerán los riesgos de padecer malos y peores gobiernos, pero depurar instrumentos de control es tan indispensable como mejorar la educación popular y las  instituciones.  Hasta ahora, no hay más vacunas contra estos males.

Burlas tales como realizar “consultas” sin ton ni son  para disfrazar caprichos y  abusos de poder son posibles porque no hay ley ni instituciones que detengan la arbitrariedad creciente de López Obrador. Al haber degradado al Estado, no hay quién pueda ni se atreva a detenerlo porque automáticamente es ninguneado, condenado a la muerte civil o despojado de su empleo. Las tretas para afinar el poder absoluto son tan elementales como las prácticas dictatoriales de sobra conocidas en países atrasados: humillar o discriminar públicamente y a discreción a quienes no se doblegan. Formar gobierno con validos. Degradar las instituciones hasta despojarlas de autoridad y función. Descalificar mediante adjetivos y expresiones chocarreras a discrepantes y opositores.  Controlar al Congreso y al Poder Judicial. Autoencumbrarse sobre la extinción real de partidos políticos y de grupos o personas con presencia social que en el pasado solían ser respetadas y/o reconocidas por su autoridad moral…

En suma: cuanto más débil un Estado, más sobrevaloradas las falacias democráticas y peores los atributos del poder personal. Dar “gato por liebre” acusa el triunfo de la propaganda al convertir en verdad la mentira repetida mil veces. 

Hay que reconocer que, a partir de que “la tercer vía” anticipara una edad de libertades y derechos globales, etiquetada como democracia moderna, lo que en realidad se favoreció, ante la debilidad de la figura del Estado, fue el ascenso de la injusticia, el monetarismo y la mediocridad en el mundo. En estos procesos “liberadores”, los ahora llamados “países emergentes” han sido los más afectados ante el imparable declive de la inteligencia crítica y el ascenso generalizado de gobernantes de pocas luces, pero muchas engañifas bajo la manga.

Hay que temerles a los electores más que a los candidatos: éstos, a fin de cuentas, son los que saltan al ruedo porque les atrae el toro, no porque sean toreros. Enamorados del poder, dicen a las masas lo que quieren oír como, a la letra, indica el populismo. En realidad, deberíamos creer en el acierto de las elecciones del revés. Si la mayoría aclama a Fulanito de Tal y hasta lo consagra como nueva deidad, por salud mental o cuestión de vida o muerte, hay que quitarlo cuanto antes porque con seguridad va a ser un chasco y dará al traste con el país.

La historia no se equivoca: en las derrotas políticas no hay sorpresas. Lo novedoso sería que los gobernados aprendan a exigir y enderezar el rumbo de sus gobiernos, si es que en verdad existe la democracia.

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De mis diarios. Egos monumentales

December 18, 2019 Martha Robles

Cuando me planteaba quedarme en definitiva en el extranjero, quiso el destino probarme y me trajo a México.   Sin tardanza me lanzó en esta tierra a los dominios de la Gorgona para templar mi carácter.  A diferencia de Perseo, sin embargo, no tuve guía ni ayuda para sortear sus embates. Tampoco un saco para esconder la cabeza del monstruo, ni espada y mucho menos algo que me acercara a los atributos del héroe, pero me armé de ánimo, me concentré en lo mío y sobreviví como pude en un ámbito que no me pertenecía.

Mi relación con la política y las letras comenzaba y concluía en las lecturas. Ni siquiera en la Facultad, donde había priístas y aspirantes a serlo a puños, me interesaron los intríngulis del poder, a pesar de que fueran visibles sus alforjas rellenas de mañas.  Tampoco conocía a ningún escritor, pero tenía muy  claras mis simpatías, diferencias y antipatías por estas o aquellas obras.  Al caer en este universo supe de qué se trataba la verdadera complejidad, lo sombrío y contradictorio del ser. También, desde mi trinchera, observé de qué son capaces los chapuceros, los codiciosos, las máscaras del miedo y el desesperado afán de trascender que empuja a algunos a hacer lo que sea para asomar la cabeza.

Situada frente lo desconocido, no tuve para dónde arrimarme: no se si elegí porque la mente es complicada, pero el destino tenía sus planes.  Curiosidad me sobraba, igual que el afán de conocer cómo era el mundo más allá de mi pequeña esfera; en este caso, el de los que, a duro que dale, se apiñaban bajo el rubro de intelectuales, cuando serlo o creerse era una categoría tan superior y codiciada que hasta había una “República de las letras”.  Así que tras descubrir que dondequiera hay jerarquías, exclusiones, intrigas y clases, y más aún donde se presumen de izquierda, decidí mantenerme con el ojo en alerta, abrir mi diario, escribir y ser  testigo participante.

Como en los viajes sin ruta, todo fue nuevo: las cofradías, los rebaños, envidias, plagios  y malas leches, las frustraciones, los enredos y las patadas en los tobillos, una incesante y angustiosa maledicencia y, desde luego, el oscuro manejo de la prensa. Comprobé cuán peligrosa y hasta letal puede ser la palabra, peor cuando se dispara con imaginación. La mayoría crecemos en cotos cerrados, y aunque las lecturas y el cine pongan a nuestro alcance historias ajenas a la experiencia, al enfrentar lo real  adquirimos los verdaderos aprendizajes. Transitar por un medio donde la mayoría de menos me doblaba la edad y algo más me permitía no solo ver de otro modo lo mismo, sino ser vista con recelo o deseo. Mi situación, por ser “distinta”, me permitía estar sin pertenecer allí donde cada uno se creía superior al otro, a saber a cuenta qué.

A diferencia del club de notables que hablaban, presidían y caminaban como Sócrates redivivos, nunca antes supe de nadie que anduviera a los empujones para ser notado o, al menos, para sentirse o demostrar a sabe Dios quién que su lugar, su verdadero lugar, era el Panteón de los Inmortales.  Aquí se respiraba un sentimiento de pertenencia al Olimpo. “Será porque todavía no se dan cuenta de que por fuerte que sea o se crea un hombre o un dios, siempre llegará otro más poderoso que él -me decía para mis adentros-”.

Salvo escasas y muy efímeras excepciones que apenas dejaron huella, “el duro deseo de durar”, que dijera Paul Eluard, no era extensivo a las tentaciones femeninas. Accesorias en su totalidad, a ellas se las veía como “medida” del cónyuge, si acaso útiles para la infraestructura social y doméstica. Entre la inmensidad de la supremacía masculina en posesión del pensamiento, el poder, la prensa, las editoriales y las artes y el esfuerzo de abrir fisuras selladas a piedra y fuego, las mujeres del último tercio del siglo XX, sin distingo de edad, formación u oficio, estábamos lejos de sentir el inocultable apetito de eternidad de hombres de estatura  y cabeza desigual. Solo la  “China” Mendoza tenía la osadía de ir de aquí para allá tratando de medirse a su manera con Virginia Woolf.   Abrumadora, hablaba en demasía y, entre burlas y veras, brincaba a terrenos pantanosos al grado de autoproclamarse acreedora del Nobel, con todo el garigoleo verbal  de que era capaz.

Juanito Rulfo, a quien el silencio se le daba tan bien como el ensimismamiento, era de los pocos –por no decir el que más- que quizá por andar entre fantasmas no padecía la enfermedad de “sí mismo”, que afectaba a  los “cráneos privilegiados” de Valle-Inclán. En cambio, y a diferencia de los infaltables “hombres del sistema”, los escritores y periodistas  de la talla de un Julio Scherer no dudaban en declararse “dueños de la información estratégica”. Al calor de las copas gustaban desacreditar a discreción a éste o aquél que “sufría vértigo de altura cuando  trepado en la banqueta”. Mutuamente se atraían, se procuraban y disfrutaban las mieles del poder desde sus respectivas tribunas, dando y tomando ventajas que cada uno atesoraba. El espectáculo era invaluable: se veía con claridad quién tenía la destreza de preparar la victoria y asegurar el poder, cuáles eran las condiciones de las lides y quiénes y cómo estaban dotados no para controlar por la fuerza, sino por ingenio o astucia. Y el intercambio de favores era inequívoco. Todos dominaban las reglas no escritas: se cobraban y se pagaban bien, como saben hacerlo de ida y vuelta los conjurados.

Si los funcionarios tenían la opción de “caerse hacia arriba” para salvarse por los pelos de la desgracia o de situaciones críticas, a los escritores se les aplicaba el ninguneo o la burla más cruel cuando caían de la gracia de los administradores de famas e infamias. Eran años de mucha actividad social; pero, sobre todo, de mucho poder: poder tangible, esquinado o sutil, inclusive extensivo a terrenos movedizos. Poder de poder, de hacer o de no hacer y de tener. Durante cenas y comidas interminables  escritores, artistas, periodistas y políticos que pululaban entre la política y las letras se aplicaban a encantarse mutuamente, inclusive con diplomáticos y jerarcas del clero, que nunca faltaban.  Si Paz –el supremo Zeus- estaba presente, la cosa se complicaba, pues era difícil que los demás rivalizaran con él, a pesar de tremendos esfuerzos para atraer su atención.

Era un deleite observar cómo se hinchaban los muros por la presión del montón de egos que cerraba filas para que ninguna mujer se infiltrara en sus conversaciones. Interesada, observaba a  distancia a éste o aquél aguardando si no una revelación, siquiera que los demás lo tomaran en cuenta. Dos o tres se alejaban para intercambiar confidencias que a poco podían infiltrarse a  las noticias o adquirir importancia porque no se publicaban, aunque se susurraban durante el muy frecuentado correo de secretos: ya se sabe que la discreción no es virtud mexicana. Ésta y la muy singular costumbre de hablar “en corto” fue la vía más directa para sostener una estructura piramidal tan ceñida y eficiente que, como “sistema”, se sostuvo durante décadas. Hay que aclarar que en aquel torneo de agudezas, conversaciones brillantes no faltaban. Diverso, múltiple y sorpresivo, a pesar de las repeticiones, existía este recurso que desvelaba el nervio del poder. Algunas cabezas singulares entendían la importancia de acceder al  misterio y lo aprovechaban de maneras distintas. Casi nadie, sin embargo  y como el avezado Paz, conoció al detalle la guarida y las tretas del Ogro filantrópico: allí está su obra monumental para probarlo y testimoniar, para todos los tiempos, que no hay saber desdeñable.

No pasaba demasiado para que se diera a notar el quién es quién y, si con algún presidente en turno, el rito del poder tambaleaba entre la seducción de la palabra y la absoluta capacidad de mandar: dos orillas mutuamente atractivas que competían entre sí por el pedestal en sus campos.  Algunas figuras emblemáticas destacaban en ambos bandos. Era el tiempo en que la inteligencia y la cultura se apreciaban casi tanto como el poder. Había hombres notables de pensamiento y acción como don Jesús Silva Herzog, Jesús Reyes Heroles, José E. Iturriaga, Arturo Gonzáles Cosío  o algún otro de talla similar que ahora no nos cansamos de extrañar.

El medio, sin embargo, era feroz. Había que refinar una forma particular de inteligencia o prudencia astuta para no ser aniquilados por aquella aplanadora. Aunque la mayoría estaba enfermo de sí mismo y de donjuanismo, era prácticamente imposible que una mujer, cualquier mujer, obtuviera algo más que las impostadas, abominables y cursis cortesías caballerescas. De equidad, ni la sombra. Esposas, “compañeras” o convidadas, nosotras éramos prescindibles.

Con la explicable autodestrucción del “sistema” y de su peculiar estilo de seducir, la alternancia entró a saco para abolir no sus defectos –que eran muchos y monumentales-, sino lo que de valioso había procurado el PRI en la vida cultural del país. Desaparecidos aquellos intelectuales, más y peor ha venido a triunfar el signo de lo anodino, lo burdo, lo infecundo, común y carente de imaginación. ¡Cuánto echamos en falta a Octavio Paz y aquellas voces que se alzaban y eran atendidas! Siempre es mejor un soberbio con talento que el batallón de egos mediocres, sin gracia ni ideas.

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Los huesos de Montaigne

December 9, 2019 Martha Robles

Ahora que los bordeleses están atareados en la busca de los restos de Montaigne, lo imagino en su torre, pluma en mano, cavilando sobre él mismo en su esencial desnudez, sin máscaras, contención ni artificio. Casi lo veo en su torre aledaña al castillo familiar, añorando al entrañable Étienne de la Boétie: espejo y complemento de si, de cuyo fallecimiento prematuro nunca se recuperó.  Evoco también al padre que vio morir en edad temprana a cinco de sus seis hijas; o al esposo de una mujer piadosa en extremo y al hombre maduro embelesado con la brillantísima Marie Le Jars de Gournay, de cuyo talento y juventud sin duda se enamoró y a quien, al expirar, confió el destino de su obra.

Por sobre sus viajes en la madurez, más allá de los padecimientos físicos y de su habilidad conciliatoria en las confrontaciones políticas y religiosas que asolaban su tierra, veo por sobre todo al hombre en la soledad reflexiva que encumbra su tiempo y la escritura al través de sus páginas. Sin embargo y aunque tanto tuvo en mente la idea de la muerte, no se le ocurrió comentar ni reparar en el añoso y frecuente correo de difuntos y de féretros, en Europa, quizá por tanto jaleo que había a su alrededor entre hugonotes y católicos.

Desde los días de los cruzados era común hacerse de reliquias y, algo peor: decapitar cadáveres y desaparecer las cabezas desprendidas por las causas que fueran, incluida la supuesta “curiosidad científica” de los menos. Inclusive su coetáneo Shakespeare describió a Hamlet con la mano sobre una calavera en el famoso monólogo sobre “ser o no ser”; y empezando con la tantas veces representada cabeza de Juan el Bautista, a los pintores renacentistas les gustaba simbolizar la vanidad, la sabiduría o lo efímero de la vida con testas pulidas bien visibles junto a sus retratados.  Si en su memorable retrato san Jerónimo casi habla al través de un cráneo, no podemos pensar en  multitud de santos, ermitaños, ascetas y pensadores,  como santo Tomás de Aquino, sin la respectiva calavera a su lado o a modo –nunca mejor dicho- de naturaleza muerta.

Y esto viene a cuento porque, al parecer, también Montaigne estaría  vinculado a una calavera después de su muerte. A partir de que él mismo recomendara el convento de los Feuillants para “su reposo eterno”, quizá en atención a la férrea religiosidad de su esposa, su féretro fue removido de aquí para allá por causas diversas –incluido un incendio- hasta permanecer, acaso, en un refundido hueco que, desde hace varios meses, no ha dejado de inspirar todo tipo de especulaciones. Sobre creencias fundadas de especialistas urgidos en desentrañar el enigma que lo envuelve, nunca falta la suspicacia o el hallazgo que hace que el destino se imponga, aún tras siglos si no de olvido, al menos de separación entre los vestigios materiales de un creador y la significación de su obra que, casi medio milenio después, continúa arrojando frutos. La señal de tal contribución del Hado se dejó notar, hace meses, detrás de un muro en el sótano del Museo de Aquitania, en Burdeos, en sendos nichos tapiados justo en el helado almacén de piedras medievales.

Ante la inminente posibilidad de abrir el ataúd de madera y un par de objetos más que estuvieron ocultos, Laurent Védrine, director del Museo, publicó que hasta donde han podido asomarse a través de un pequeño agujero, lo que allí sigue sin examinarse con suerte se trata del inventor del ensayo como género literario. Así que, ante la inminente necesidad de identificar el adn y confirmar que sí, algo material hay en nuestros días  del hombre que en 59 años de vida, de 1533 a 1592, compartió en su infancia la vida de los campesinos para conocer a profundidad la región y los problemas de su gente; el que, bajo la vigilante tutela paterna se educó según los dictados del mejor humanismo renacentista, y tras conocer  los entresijos de la política eligió la libertad para escribir y entregarse al cultivo del pensamiento,  estamos cerca de descifrar el final de su historia o, al menos, el contenido de su último mensaje.

Aunque es antigua la sospecha de que los restos del que fuera alcalde de Burdeos se encontraban debajo de la sala donde, en el pasado, se expuso su cenotafio o escultura funeraria, no ha habido evidencias que comprueben su ubicación, salvo que en noviembre pasado vieron el féretro dentro de un sarcófago de plomo, muy deteriorado, y gracias a la introducción de una cámara, también un fémur y un hueso de la pelvis en su interior. Por fuera e intacto, sigue aún a su lado un cilindro metálico alrededor de un botella con un documento en su interior y, en el nicho contiguo, un cráneo y una mandíbula: objetos más que sugerentes que con seguridad tienen mucho qué revelar.

Para agregar algo tétrico a la historia del “Señor de la Montaña”, Michel Eyquem de Montaigne, originario del Castillo de Montaigne, Saint-Michel-de-Montaigne, cerca de Burdeos, fue el residente de la región más connotado desde el siglo XVI y el que reunía antecedentes familiares más contrastantes. No es ningún secreto que su esposa, Françoise de la Chassaigne, quisiera conservar su corazón para lo cual hizo serrar la caja torácica del yacente: dato que servirá para identificarlo dentro de poco, dependiendo del estado de lo que allí  encuentren los investigadores.

Montaigne fue y sigue siendo una figura singular, cuya historia fascina especialmente a los escritores. Concentrado en el yo explorador de la existencia, pensó al hombre en sí y en sus vicisitudes desde la observación de sí mismo.  Él, que tan cerca estuvo de la muerte tras caer de un caballo y que tanto sufrió el dolor de las pérdidas, especialmente la de su queridísimo amigo Étienne de la Boétie, mantuvo el ojo en alerta sobre la significación de la muerte y el miedo esencial que paraliza a quienes no están preparados para enfrentarla.   Que hay que aprender a morir para liberarnos de toda sujeción y obligación y vivir sin ataduras, insistió. Y ya que la muerte nos llega por igual a todos, al menos deseó que lo encontrara plantando sus coles, “despreocupado por la imperfección de jardín”. Aquejado de múltiples males y el de piedra el peor de todos, no se fue como le hubiera gustado. Se llevó en los riñones los minerales que tanto lo hicieron sufrir y que, de seguir intactos, pronto permitirán identificar sus restos, en caso de confirmarse las lucubraciones sobre el hallazgo del Museo.

No deja de ser curioso que en cabeza tan avezada el tema del culto y transporte o el desprecio a los muertos se le escapara, a pesar de que, como asiduo de los clásicos, más de una vez tropezó con relatos funerarios tan fascinantes como el de Heródoto, donde describe que en los banquetes de los principales egipcios se hacía pasar ante los convidados un pequeño ataúd con una estatua de madera tan perfecta “que en el aire y color remeda al vivo un cadáver”. Al enseñarlo a cada uno de los comensales el portador les decía: “¿No lo ves? Mírale bien: come y bebe y huelga ahora, que muerto no has de ser otra cosa que lo que ves.”

Sin embargo, aunque en su tiempo también se desenterrara, movilizara y perseguía hasta la extenuación los restos de viejos difuntos para honrarlos o deshonrarlos, esta peculiar costumbre no tuvo cabida en la amplitud de sus Ensayos. De la mano de los latinos y griegos que gracias a su padre moldearon su espíritu, aprendió a aceptar la inminencia de la muerte no solo porque es inevitable y a todos nos llega por igual, sino porque de suyo inspira el miedo esencial que impide desapegarnos y vivir el tiempo que nos queda.

Dudoso de todo, entre escéptico y pesimista, su urgencia de ser libre y auscultar la verdad lo hizo descreer de religiones, ataduras administrativas y presiones culturales. Y aunque fuera difícil sustraerse de enfrentamientos en plena segunda mitad del siglo XVI, su actitud conciliadora fue un ejemplo inequívoco de equilibrio e inteligencia. Católico él mismo y con dos hermanos protestantes, en su vida  convergen los extremos de la Contrarreforma, aunque supo ganarse el respeto y la consideración tanto del católico Enrique III como del protestante Enrique IV.  Si no fuera peculiar que por la línea materna proviniera de judeoconversos documentados en la Judería de Calatayud, los aragoneses López de Villanueva, y que tres de ellos fueran quemados por la Inquisición, incluido su bisabuelo Pablo López en 1491 o que su hermana Juana de Montaigne casó con Richard de Lestonnac, nada menos que tío de la santa Juana Lestonnac, Montaigne personificaría, con siglos de anticipación, a los librepensadores franceses que supieron sustraerse de los yugos y prejuicios doctrinarios de su época.

Interesada yo misma en seguir las huellas de mi querido Michel, por casualidad encuentro el dato de que también en la Chartreuse, como él en uno de sus tránsitos, estuvo enterrado Francisco de Goya, muerto en Burdeos, en 1828. Casi un siglo después el memorable pintor español fue trasladado a San Antonio de la Florida de Madrid. Y, ¡oh sorpresa!: al abrir su tumba descubrieron que le faltaba la cabeza: coincidencia que me hace recordar el único relato que he disfrutado de Carlos Fuentes, “Viva mi fama”, incluido en Constancia y otras novelas para vírgenes.  

Muchas y muy fascinantes historias pueden escribirse sobre cabezas desmembradas y cuerpos que no cesan de trasladarse u ocultarse, como el reciente removido de Francisco Franco del mausoleo que en su delirio él mismo hizo construir o el caso del poeta amado y asesinado, Federico García Lorca, que por más empeños por lograrlo, él persiste en permanecer oculto, quizá para mayor brillo de su memoria y de sus letras. Si no fueran suficientemente feroces los Tzomplantli o altar precocolombino –en especial de los aztecas- hechos de cráneos decorados quizá de enemigos o sacrificados a sus dioses,  la historia europea nos aventajaría con creces en episodios de empalados, decapitados, desmembrados, quemados y desollados, cuyas historias bien valdría la pena rescatar. Ayer, como hoy, la muerte nos recuerda los alcances más oscuros de nuestro espíritu indómito. Por lo pronto, aguardamos con enorme curiosidad las noticias sobre la identidad de los huesos, el cráneo, la botella y un documento que se supone pertenecen a Michel de Montaigne: ¿qué podrán revelarnos más allá de sus páginas?

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De mis diarios. Deleites perdidos

November 15, 2019 Martha Robles

Tempus fugit. Así los tranvías.

Pertenezco a la minoría en extinción que cultivaba alianzas de viva voz y preguntaba   el nombre de árboles y plantas; la que leía en  los cafés y amaba la tinta, las libretas encuadernadas en piel y las plumas fuentes; la que iba por el mundo coreada por canciones de protesta. La que sentía el bullir de la sangre al repetir versos de éste o aquél poeta; la que percibía el ramalazo de la memoria a mitad de la noche y sin querer queriendo, en duermevela, se entregaba al fluir de un ritmo frenético adherido a sabe dios cuáles honduras del pensamiento. La que viajaba en tranvía y disfrutaba el paisaje de las palmeras en camellones  hermosos. La que creció con términos innovadores, como ecología y conciencia crítica.  También con las flores, las fuentes, los monumentos y la idea de ciudad de Uruchurtu. La que creyó en la cultura como vía de salvación. La que buscaba casetas con teléfonos públicos que funcionaran. La que leía periódicos, suplementos y revistas literarias y disfrutaba por aquí y por allá del teatro/teatro y las conversaciones sobre escritores, música, filosofía, historia, cine, arte y política. También fui de las que repetía sin querer párrafos cuya cadencia me atrapaba. Párrafos que me habitaban al dormir hasta despertar con la sonrisa prendida al susurro. Así supe que había un hilo de palabras que se fusionaba a mi vocabulario interior con ritmos como éste que, como otros igualmente pegajosos, reaparece todavía cuando espero un nombre frente a la página vacía:

…he said I was a flower of the mountain yes so we are flowers all a womans body yes that was one true thing he said in his life and the sun shines for you today yes that was why I liked him because I saw he understood or felt what a woman is and I knew I could always get round him and I gave him all the pleasure I could leading him on till he 1044 Ulysses asked me to say yes and I wouldnt answer first only looked out over the sea and the sky I was thinking of so many things he didnt know…

Cuando estudiaba en la UNAM los acosadores, los grillos y las huelgas estaban en auge. Con mucho pasado a cuestas, las mujeres no éramos tan arrojadizas ni vociferantes como las muchachas que hoy protestan sin que nadie las detenga. Ni siquiera éramos mayoría las inconformes y se nos apuntaba con desprecio a las rebeldes, pensantes y “difíciles”. Desde subsistir en medios cerrados, conquistar espacios propios, ser consecuentes con decisiones  “peligrosas” y liberarnos de ataduras enajenantes hasta empeñarnos en ser vistas, respetadas y reconocidas, nuestras batallas se concentraban en tirar obstáculos, abrir compuertas y abatir verdugos. Mientras se igualaban entre sí quienes requerían pancartas, uniformes y pertenencia a grupos para creerse arropados, para los menos el “mensaje” estaba en los diccionarios, en los libros de arte y en la Encyclopedia Británica: una fiel compañera que sabía de todo y nos llevaba a los más fascinantes lugares donde sobraba espacio para que convivieran Borges, García Lorca, Nietzsche, la Bauhaus, Sófocles, Trotski, Churchill, Sontag u Oriana Fallaci con personajes como la Abadesa, el Emperador Amarillo, Mrs. Dalloway, Adriano, Justine, u Oriane de Guermantes…

Al leer el otro día a Vila-Matas recordé que me  eran tan familiares la ficción verdadera y la posibilidad de ver más allá de lo aparente que podía dialogar con héroes y antihéroes  como si estuvieran a mi lado. Inquirir la crueldad en la fría venganza de Medea, disgustarme con Mme. Bovary, compartir la ansiedad de Antígona o el canto desesperado de Orfeo quizá me libró del efecto esperanza que confundió o dañó tantos destinos al filo del nuevo siglo.  No un día ni un año, tampoco una idea de grandeza sino un modo ser borroso se forjó a mi alrededor por la fe ciega en la quimera de la democracia. Quizá la filosofía me libró de caer en ése u otros idealismos sobre la condición humana. Contra esa tentación de la “bonanza por venir”, hice mía la gran máxima no reír, no llorar sino entender. Spinoza  me enseñó a distinguir y huir hasta lo posible del infierno, después de padecer en carne viva la certeza de Sartre: el infierno, el infierno son los otros, sentencia que no solo no pierde certidumbre, sino que empeora con el crecimiento demográfico.

A trancazos, como aprendemos casi todos, entendí que el hombre es el hombre, es el hombre… y que por su terca naturaleza se inventaron los milagros, pues de otra manera compartiríamos la fatalidad de Cioran, la misantropía de Shopenhauer, de Sherlock Holmes o de Diógenes Laercio. Y es que de que los hay los hay, por eso y aunque es imposible negar que el desaliento es como los humos invasores que se nos quedan impregnados en el olfato y en la piel, hay que evadirse del lugar común, del furor colectivo, de la estupidez exacerbada, de la ofuscación, de los dueños de la verdad y del ocre tufo de los necios.  Lector puntual de Spinoza y Shopenhauer, Borges supo hasta dónde es cierto que conocer y entender nos libra de fanatismos, idolatrías y esperanzas inútiles.  Probar sin embargo la fidelidad a uno mismo nos aparta por necesidad de espejismos, del vocerío de las masas y de la comodidad de elegir “lo de menos” o de la apariencia engañosa. Así que pensar y ser consecuentes con la individualidad –que no con el individualismo- conlleva el precio de la soledad –la soledad creadora-, lo cual no es nada despreciable, además de librarnos del acecho del tedio y ahorrarnos grandes dosis de la horrible sensación que dejan las frustraciones.

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De mis diarios. Lo que el Muro derrumbó

November 9, 2019 Martha Robles

De la memoria, apenas placa y un monumento. Mariscal/EFE

Incrédula, supe que con el muro caían las izquierdas y los grillos pro soviéticos que tanto fastidiaron en la UNAM. Cayeron décadas de enredos, corrupción, encubrimientos, persecuciones, intolerancia y mentiras. También fueron exhibidos los crímenes de Stalin. Imposible confundir los estertores de un siglo trágico. Que nada podría ser peor a lo padecido, repetían los optimistas al lado de los profetas: que seguía una era de luz, democracia y libertades. Que el mundo convulso, herido hasta el hueso y cubierto de harapos, vería sus mejores logros con el milenio que, en una década, prodigaría sus dones. Como siempre al fin de una catástrofe, no se vislumbraban indicios del destino. Tampoco era importante: la euforia duró hasta que los restos del naufragio traspasaron los cotos domiciliarios.

Las noches de aquel noviembre de 1989 serían como haber visto a Dios. ¡Cuánta felicidad! ¡Cuántas promesas! Se respiraba una embriaguez liberadora. Yo misma, desde mi natural escepticismo, creí que todo sería posible, inclusive que un régimen de hostilidad dejara el sitio a otro igual o peor. Berlín era un hervidero.  La escena iluminaba nuevas voces, otros uniformes y los mismos hombres repitiendo que el espanto había concluido. No más escritores proscritos ni libros ni vocabularios perseguidos. No más yugo ni espionaje ni amenazas… Aunque los exiliados podrían recobrar su patria y su memoria, permanecerían en sus países de acogida. El destierro les había dado un halo de significación meritoria, pero la libertad ya disipaba su magia. Del Berlín reunificado en adelante los discrepantes, para distinguirse, tendrían que hallar otros temas, nuevos fantasmas y distintas invenciones.  Intuíamos que la realidad se encargaría de activar otros demonios y que pronto se hablaría del hambre, pandemias, desempleo, injusticia, luchas religiosas y migraciones imparables.

Reducido al lento escarbar de los archivos, el comunismo se volvería papel impreso y la electrónica en ascenso eliminaría el poder  del secreto. Las letras tendrían que buscarse otro Belcebú y distintos atavíos. Sin “la causa”, el mundo quedaría expuesto a la competitividad desventajosa del mercado. Bajo el regocijo ascendía el signo teatral de la caída.  El drama se volvía comedia aún poblada de brujas y demonios que bailaban con sus víctimas. Voluptuosidad y nerviosismo… Todo se teñía con los colores de lo humano, hasta el concreto gris saturado de grafitis. El ombligo de Berlín se transformó en festín carnavalesco. Otra posibilidad se inauguraba: la del justo medio democrático, escondido aún tras una máscara sin rasgos definidos.

GGC estaba demudado. Miraba con incredulidad cómo la muchedumbre derrumbaba el muro: era él mismo -sus creencias, su certidumbre e ideales mancillados- el que caía entre piedras, púas, cemento y restos del grafiti. Adueñado de certezas que supuso “inconmovibles”, dudaba entre correr al teléfono, escribir una nota tronante o quedarse atónito hasta hallarle punta al amasijo que retumbaba en su mente. “¡Es el retroceso de la historia!”, gritaba desconsolado frente al televisor. Después aceptaría que “aquello” era inevitable.

Para quienes vivíamos aguardando este momento, fueron claros los signos del declive comunista:  huelgas, luchas internas y presiones laborales en Polonia; la disolución del Partido Socialista Obrero Húngaro y la creación reciente del multipartidismo; la agitación estudiantil durante la “primavera de Praga” o el ´68 simbólico del grito generacional en Occidente. Se percibía algo liberador –difuso aún- que estaba dando al traste con el régimen soviético. Que más prolongados habían sido el imperio romano, la dominación árabe en España, la colonización española en América o el yugo británico en la India, pensé al repasar la brevedad histórica de un régimen que se presumió invencible.  No proliferaron los reformistas ni sus ideas tenían el doble filo con que la comunicación masiva repartía denuncias en continentes y países. Sin web todavía, ignorábamos el efecto súbito de un estremecimiento a distancia que  modificaría nuestras vidas. Y eso era lo que hacía tan singular el suceso: ver en vivo desde el otro lado del planeta lo que también nos afectaba. Supe  que nada me era ajeno. Con ser obvio, me deslumbró el hallazgo.

Los huérfanos de Marx, de Lenin o de Stalin multiplicaban sus lamentos:  ¿qué seguía  después de “la hecatombe”? Que brotaría un nuevo imperialismo y probaríamos el yugo de una potencia dominante. Que la bipolaridad era necesaria, agregaban los dolientes inquiriendo fórmulas restauradoras para una izquierda moribunda. Yo pensaba en Grecia, en el Helenismo, en los dominios del Imperio: ascensos y descensos, tentativas y fracasos, lenguas perdidas, dioses derrotados y de nuevo reinventados, culturas desaparecidas para dar lugar a otras que, mejores o peores, enseñan que el hombre en esencia es movimiento.

Nos atosigaban analogías entre revoluciones e ideologías, rebeliones y dictaduras. El suceso rebasaba a quienes habían consagrado la  quimera soviética. ¿Qué sería de sus vidas? ¿Con qué sustituir su furor? Los vi desolados, con las esperanzas vacías. El suceso adquirió la gravedad de un credo perdido. Era como aceptar que Dios no existe, que la Virgen no es y el Espíritu Santo no ilumina a nadie con sus lenguas de fuego. ¿Qué hacer? ¿En qué creer? Quedaban Cuba y China, a pesar de sus indicios de descomposición y de que la memoria del junio fatídico en la plaza de Tian’anmen estaba fresca.  Nada, sin embargo, podría compensar tantos sueños  frustrados.

Leí que “esa inesperada cólera masiva” exacerbaba prejuicios que los fanáticos convirtieron en ortodoxia marxista. Aparecieron libros sobre el triunfo de la burguesía y la debacle de los nacionalismos. Lo cierto es que declinaba una edad de culto a personajes idílicos tan poco recomendables para los jóvenes como Mao Tse Tung, Ho Chi Minh o Fidel Castro. Era innegable que morían sueños abonados por Marx, Engels, Trotsky, Lenin, Sorokin… Y acaso para mitigar el sentimiento de orfandad, se invocaba a Duvcek, al “socialismo con rostro humano” y la renovación “lógica” del socialismo. Se publicaron cientos de denuncias  sobre cómo “la izquierda organizada” y los intelectuales encubrieron crímenes atroces, campos de concentración, abusos e incontables evidencias de corrupción, no solo en la Unión Soviética del peor estalinismo, sino en organizaciones sindicales y comunistas de otras geografías, Cuba incluida. Que todo proceso revolucionario tiene sus abyecciones, repetían como mantras los viudos del comunismo. Los lamentos abundaban entre exequias  mientras que para el recién fundado Parlamento Europeo, “el proceso de Berlín”  auguraba “otra forma de socialismo teñido de democracias nacionales”, según  indicaban los giros anticipados por la glásnost y la perestroika. Lo cierto es que al autoritarismo se le puso nombre y rostro mientras una larga sujeción quedaba reducida a polvo; con ella, se iban la Guerra Fría y el batallar de los antiimperialistas y sus complementarios nacionalistas a ultranza.

Al desvelar secretos y pudrideros acabarían las complicidades. Ni siquiera los Estados Unidos, “cabeza y cuerpo del nuevo imperio”, sería el de antes. Con reformas electorales y partidos antes proscritos, en México se determinó subsidiar a individuos y facciones para aparentar avances democráticos. Antes dizque progresistas e incluso venerados, los de la vieja guardia serían considerados reaccionarios. Lo ensalzado en las aulas quedó de un plumazo devaluado.

Con los “neoconservadores” y los representantes de una “advenediza generación de gerentes”, se entronizarían los ricos mundiales del “Nuevo orden”. A diario leíamos que presenciábamos los primeros pasos de un futuro democráticamente promisorio y que por el efecto dominó irían cayendo las dictaduras que faltaban. No más represión ni persecuciones políticas ni Guerra Fría. ¡Por fin libres! El capitalismo triunfaba enarbolando un extraño lenguaje global. Los del bando perdedor serían borrados de la historia, de las aulas superiores y aun de la memoria intelectual de quienes se creyeron “de avanzada”. Con preguntas como ¿quiénes frenarían a los agentes de la codicia? ¿Quiénes creerían en las voces críticas, en la fuerza de la razón? ¿Qué sería de los herederos de la Revolución? ¿A dónde ir?, cuando menos tres generaciones de revolucionarios se quedaban sin causa y sin destino. Les costaba aceptar que este suceso marcó el final del siglo XX y que nadie pararía los albores de otra edad.

En lo que a nosotros respecta, todo cambió con la caída del muro, pero no hubo milagros. Las izquierdas quedaron en ruinas y el triunfo se concentró en el monetarismo neoliberal. Comenzó entonces el estallido de un fenómeno estrictamente milenarista: el de las migraciones masivas, sin solución, sin tierras de acogida, sin esperanzas  vitales. Narcotráfico en México; violencia apocalíptica, terrorismo, una democracia espuria que apenas merece el nombre, corrupción como emblema de un siglo XXI horrendo y la cultura que declina como animal enfermo. Cayó el muro, si, cambió nuestras vidas y una vez más quedamos en la historia fuera de lugar.

 

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Judía y mujer: una cabeza incómoda

October 18, 2019 Martha Robles

Hannah Arendt. Fotografía pública en la web.

Hannah Arendt conoció el precio de ser pensante, judía, migrante e indocumentada: estigmas visibles al pensar la desobediencia civil y abominar del historicismo. Supo que la autobiografía no es privativa de las letras porque, desde el principio experiencia, cifró  sus razonamientos políticos, genéricos y sociales.  Durante el fatídico 1933 culminó  su único libro vinculado a temas femeninos. Concentrada en sus intereses fundamentales, incluso  conservó una clara incomodidad ante las reivindicaciones femeninas y  evitó el tema hasta lo posible.  Sin embargo, en su correspondencia con Mary McCarthy no se privó de opinar, aunque sin simpatía por el feminismo de los agitados años sesenta.

Es probable que al concluir su formación académica sintiera una identificación inconsciente con el destino de la legendaria Rachel Varnhagen.  De ella le atrajo el drama del talento castigado, el problema de género y la cuestión étnica, más allá del alegato  religioso. Por ella pensó los obstáculos interpuestos a mujeres talentosas en general y judías en particular, ensombrecidas por la supremacía masculina.  Por Varnhagen dedujo que el antisemitismo alemán ya era una ideología manifiesta desde el siglo XVIII, por no decir que desde antes. No obstante, sus conclusiones no la llevaron a simpatizar con el feminismo sino a reforzar el núcleo de su pensamiento filosófico/político: antisemitismo y sistema totalitario.

Como toda situación vigente aunque no se nombre de manera consciente en una sociedad, supuso que el odio histórico a los judíos estuvo inspirado por el antagonismo recíprocamente hostil de dos credos en pugna. Esta batalla no se limitó a extender una compleja red de discriminación cultural desde la Alemania de la escisión provocada por Martín Lutero porque, en lo esencial, estuvo enredada a rivalidades económicas, territoriales y tribales. La carga emocional del aborrecimiento entre grupos no se resolvió por la vía religiosa ni abandonó los prejuicios étnicos, más bien derivó a las consabidas presiones de la alta burguesía. Lejos de aligerarse, la intolerancia se complicó con la ininterrumpida sucesión de persecuciones, matanzas y expulsiones específicamente ensañadas contra herejes y judíos: un fenómeno relacionado con la furia cristiana, dirigida contra lo distinto y ajeno. Para Hannah, éste y cualquier ejemplo de intolerancia surge del odio encarnizado durante períodos de violencia cambiante, cuya primera etapa, clara y visible en gobiernos organizados, podría fecharse desde los días del fin del Imperio Romano hasta la Edad Media.

En la segunda etapa de agresiones declaradas, el fenómeno antisemita antecede al furor de la era moderna con las persecuciones desencadenadas durante la Contrarreforma europea. España no se quedó a la saga de la intolerancia consumada a hierro y fuego por la Inquisición. Su hoguera emblemática haría del Tribunal del Santo Oficio un brazo anterior, consagrado y complementario de los hornos de Hitler. Aunque abunden estudios sobre la discriminación, el expolio y el registro de crueldades, los archivos siempre sorprenden con nuevas y atroces revelaciones sobre lo que, “en nombre de la fe”, han discurrido los credos y los poderes civiles, militares y/o monárquicos. Como ahora ocurre respecto del fundamentalismo islamista,  durante siglos encaramados a la ortodoxia las Iglesias cristianas inocularon en los creyentes un  fanatismo tan perverso y eficaz que la doctrina trasmutó en predisposición cultural y vengadora de una feligresía que ha asociado la crucifixión de Jesús a vicios remotos e interesados del pueblo judío.

Tal irracionalidad agrava su carga de realidad: la superstición funciona tan eficazmente como la mentira asimilada en el inconsciente colectivo. Göbbels lo supo al asegurar el triunfo de su técnica propagandística: “Una mentira repetida mil veces se convierte en la verdad”. Y por anticiparse al examen de la mentira en política Hannah incluyó este capítulo entre lo fundamental de su interés por el poder. Insistió en que la sinrazón es un factor inseparable de los más atroces episodios de sujeción y dominio. Sin la mezcla de fe y arbitrariedad no habría sido tan dramático y expansivo el ascenso absolutista del cristianismo. Perduraron su ortodoxia y la supremacía del Papa a pesar de los cismas que derivaron tanto en el luteranismo como en el calvinismo, doctrinas que consolidaron los fundamentos capitalistas de los nuevos poderes. Credo y economía, así, se fusionaron al signo imperial que elevó a la jerarquía católica a poder omnipresente, encabezado por la política colonial de la corona española.

En el lado contrario y desde la visión del perseguido, Arendt contempló la diversidad implícita en  una larga e intrincada historia de odio en las relaciones entre judíos y los llamados gentiles: confrontación que afectó el desarrollo continuado de su historiografía. Inclusive señaló que el estudio organizado de este antiguo y vigente  problema, apenas se inició con rigor en el siglo XIX: una tardanza explicable por la furiosa reacción popular contra la judería que, en pequeñas comunidades, se avecindaba en diversas urbes europeas. Aclaró que todo debe estudiarse desde su trasfondo político y en su contexto cultural, no solamente los hechos ni los testimonios documentales  sino con especial énfasis en los irritantes estereotipos historiográficos que los prejuicios han inventado sobre el pueblo judío. Debe estudiarse la verdad aun en los excesos y contradicciones que indistintamente atribuyen defectos de índole étnico o religioso o que ponderan  la tolerancia secular de este pueblo perseguido. Centrada en alegatos fundados en hechos, se plegó a las enseñanzas de Spinoza; tanto, que hizo suya la expresión “no reír, no llorar sino comprender”.  Esta máxima templó su ánimo, pues se dio cuenta, sin ceder a los prejuicios, de que subyacen propósitos interesados inclusive en la superioridad que se atribuye a las conquistas culturales de la inteligencia judía. Al ponderar el apego a “la patria del libro” o al “libro que hay detrás del libro” –como dijera Edmund Jabès- se impide entender los verdaderos propósitos de la acción, sobre todo cuando solo se los ve desde la perspectiva racional. Así que, para entender, hay que deslindar lo fundamental de lo secundario y llegar a la raíz de la acción.

Por consiguiente, al estar asentado en antiguas manifestaciones de intolerancia arraigadas en la población, el fascismo alemán no hizo sino consumar a plenitud y con saña jamás practicada, los furores antisemitas latentes en el inconsciente colectivo. No obstante el estrépito mundial  que provocó la derrota bélica de Hitler, perduró en aquella cultura la tentación de discriminar: tendencia que no ha desaparecido a pesar de los progresos en los derechos humanos. Basta citar el repudio a los inmigrantes, compartido por numerosos países. Un fanatismo feroz se respira también en orillas religiosas, territoriales y/o culturales opuestas: las de los menospreciados de ayer y los repudiados de hoy. Respecto del pueblo de Israel, cabe pensar que el perseguido se transforma en feroz perseguidor. Arendt no vivió lo suficiente para darse cuenta de que, en pleno siglo XXI, xenofobia, discriminación, terrorismo y odio son expresiones tan cotidianas que quizá, por su intensa diversidad, habría modificado sus tesis sobre “la banalidad del mal”. Ejemplos de intolerancia sobran en el mundo actual, empezando por los fundamentalistas islámicos y sin descontar el furor xenofóbico desatado en Europa, los Estados Unidos, pueblos asiáticos y aun en regiones latinoamericanas.

De tan cíclicos y puntuales, los eventos racistas, según Arendt, parecen indivisibles de la condición humana. Sea cual fuere su raíz, es una de las peores expresiones de que son capaces los individuos, el Estado y las comunidades. Sea por peculiaridades culturales, por creencias excluyentes, movimientos migratorios, reminiscencias tribales, móviles de riqueza o pobreza, cuestiones étnicas o por la imperturbable excusa ideológica, las conductas discriminatorias avanzan con políticas vinculadas al terrorismo, aunque la consolidación internacional de los derechos humanos, incompleta y aún incapaz de contener la violencia, aparezca entre las mayores conquistas de nuestro siglo.

No obstante ostentar los mayores logros democráticos de la historia, nuestro tiempo arrastra el estigma del “aborrecimiento del otro”, y no nada más contra el pueblo judío. Africanos, asiáticos, árabes, musulmanes y latinoamericanos, búlgaros, gitanos o rusos: da igual de dónde provengan. Basta unirse a los movimientos migratorios del sur al norte o del este al oeste para experimentar el desprecio. El fenómeno de la pobreza y en particular de la miseria con ignorancia, arroja por miles a “los condenados de la tierra” que huyen de su patria en pos de oportunidades vitales en las tierras de promisión.

El mercantilismo global, con su individualismo característico, es otro factor vislumbrado por Arendt en  La condición humana que contribuye a fomentar el odio. Con excepción del Islam, cuya peculiaridad teocrática requiere un análisis independiente en el estudio del totalitarismo, el tema religioso ya no es  prioritario en las actitudes intolerantes contra pueblos enteros, a pesar de que, a partir del atentado del 11 de septiembre del 2001 a las torres gemelas de Nueva York, se concentró el furor internacional en contra del activismo, fundamentalismo y/o terrorismo islamista. Si las ajustamos a la circunstancia actual, sin duda las tesis de Arendt sobre el totalitarismo y la democracia son completamente vigentes. Como política de Estado destaca, además, el sufrimiento del pueblo checheno, el Timor oriental, la destrucción de Siria o la política de extinción aplicada indistintamente por turcos o iraquíes contra los kurdos: problema intrincado que, siempre sin resolver, se ha menospreciado ante la invasión militar Norteamericana a esa región. Sería difícil encontrar un solo país, en cualquier continente, en el que no estén ocurriendo enfrentamientos excluyentes contra minorías.

[*] Fragmento de mi ensayo inédito Hannah Arendt, una mujer de razón.

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Memoria. De mis diarios

October 11, 2019 Martha Robles

Mnemósine. Mitología griega. Diosa de la memoria

La memoria, ese difícil rompecabezas, construye a capricho su dibujo final. Como buena tramposa nos hace creer sus chismes y, hábil como es, elabora su relato. Hace y deshace cuentos con tal certidumbre que nos persuade de esto y lo contrario:  prodigio que pocos, muy pocos novelistas consiguen. Esta formidable creatividad, que le es dada hasta al más humilde de los hombres, solo compite en versatilidad con los sueños.  Nadie sabe cómo ni por qué funciona el ser interior que habla y dice cosas que difícilmente comprendemos. Lo cierto es que hagamos lo que hagamos, aun si los sueños se fugan, recordar o no hacerlo es el nutriente de una identidad que, de la cuna a la tumba, se niega a manifestarse en toda su plenitud.

Desde pequeños nos familiarizamos con la Mnemósine que llevamos en la mente y sea cual fuere su versión, caemos rendidos a sus cuentos. Inclusive nos hace descreer de las versiones de aquellos que aseguran poseer el paso a paso de cada cosa que es y ha sucedido en nuestras vidas.  A capricho elige  rostros, sucesos, nombres e inclusive fechas y escenarios para cimentar lo que fue o acaso no fue o no pasó como lo recordamos. Nos cuesta aceptar la ligereza con que elabora ficciones desde una lógica que no se parece a ninguna. Nos convence de haber sentido un dolor o un gusto inexistente y nos lleva a asegurar que reconocemos un estremecimiento/llave, la emoción de un día, el pensamiento olvidado de su origen, un río de ideas, la música sobrante del barullo, sabores, olores y palabras, muchas palabras que, aunque ajenas o apropiadas, nos envuelven y dan forma de interrogante al ser que un día, asido a la carga de olvidos y añoranzas, descubre que necesita un relato a medida para dar sentido a la existencia. Eso, en cuanto al pasado que atesoramos de manera individual, porque también se complican las historias de los pueblos con reminiscencias colectivas, evocaciones familiares, yerros y experiencias ilusorias que, de tanto repetirlas, se vuelven fidedignas. Todo indica, pues, que la memoria no es una ni propia, sino la guardiana rediviva de todos las cosas que dijeran los griegos: algo similar a un río vertiginoso en el que nos mojamos todos de modos diferentes.

Y luego están los sueños: la otra fábrica de vislumbres o ficciones tan fingidas que podríamos creer que de verdad existen éste y el otro lado de la vida. Perturbadora  como la experiencia de Alicia, la descripción del Emperador Amarillo me demostró que viajamos al través de espejos cargados de relatos. Historias cambiantes, ya se sabe, aunque nada se iguala a la narrativa interior; peor si se trata de construir versiones magníficas, pues pocos aceptan reconocerse en lo ingrato, lo mediano, vergonzoso o incómodo. Sospecho que el depósito de lo que nos afea es lo que hace chapucera a la memoria, especialmente a la histórica: la más acomodaticia y embustera de todas. Quizá engañar es su recurso para hacernos soportable la existencia o al revés: ciertas dagas cortan más porque hay recuerdos/saña  reinventados para peor y sus filos continúan hiriendo. Las remembranzas que perduran enquistadas en el alma lastiman no por lo que fue, sino por lo que hemos agregado a las llagas sin cerrar. Tampoco faltan ráfagas ardientes con sus saldos de cenizas. Gracias a tan misteriosa manera de rehacer lo que damos por sentado  sabemos que hay noches tan pobladas de relatos como los viajes apropiados o el más luminoso de los libros. Y es que los sueños son la pareja ideal de la memoria. Juntos elaboran cuentos inauditos, como hacernos creer que hay un yo completo e ignoto que, a falta de nombre, Freud llamó inconsciente. Como sea, este no-espacio del ser, simplemente es lo que es. Y ni quién lo dude, pues su natural palabrería funciona con pasmosa puntualidad, aunque sin ley, sin orden y sin reloj; de suyo carga, produce y descarga mensajes con tal puntería que, si de algo, deberíamos vivir azorados ante semejante habilidad para dar en la diana.

 Quizá con la secreta intención de balancearnos entre la añoranza y el olvido unos escribimos lo que escribimos y los mitómanos dicen lo que dicen como verdades fidedignas, a pesar de que sepamos que todo es puro cuento.  No existe certidumbre total  ni versión irrefutable; empero, adivinos, profetas, sibilas y ahora psicoanalistas o psicoterapeutas -atareados en remontar olvidos- han administrado con habilidad el poder de interpretar mensajes infiltrados en el silencio, en las pausas o en los sueños. Fueran éstos frutos del Destino o recados de los dioses, lo cierto es que nada se ha apreciado tanto ni durante tanto tiempo como los secretos que, por indescifrables, superan nuestra humana capacidad de entender y, como de paso, la de saber que hacer con lo vivido y fantaseado o con tantas remembranzas que perduran y forman o deforman un carácter, sea éste individual, político o social.

Es también probable que por el solo hecho de pasear entre éste y los otros lados de los sueños,  de la vigilia y del recuerdo elaboremos la ilusión de ser distintos sin dejar de ser los mismos. No es descabellado suponer que al memorizar, soñar e interpretar, nos aventuramos en la fabulosa geografía del alma o revés del ser, donde impera el lado oscuro, el del misterio, del miedo o del deseo. Cuando esa almagrafía se deja leer, entendemos que a pesar de que existir es caminar a ciegas por senderos no pisados, nunca falta el memorista  que alza el índice con una autoridad digna de mejores causas y entonces habla: habla, y habla con temeridad, convencido de saberlo todo y aun mejor del sujeto de quien habla. Habla apoderado del relato abultado con detalles de lo que han sido nuestras vidas y las vidas que se cruzan por las nuestras. Así  comprobamos que con la temeridad del chismoso, el metiche arreglavidas nos aclara quiénes somos, qué hicimos y hasta qué pensamos ayer o en la intimidad de la alcoba. Contrarias al arte de la palabra, por otra parte, las historias orales trasmitidas de boca en boca carecen del carácter sagrado que tuviera lo recordado en tiempos del movimiento trágico. Sin poesía y envilecila por las masas, la vertiente profana del imaginario colectivo ya no resguarda hazañas ni trasmite mitos, solo repite chillidos que nos obligan a desconfiar de la mal llamada memoria de todos.

Si vivir el instante y arrojarlo a los dominios de Mnemósine nos hace creer singulares, al contarlo nos reescribimos, aunque no por ello seamos distintos o semejantes al retrato idealizado. Nos desdoblamos en el otro que va siendo en la escritura y, como la rosa que al evocarla es otra rosa y otra más al escribirla y así hasta que la rosa confirma su condición de rosa, los recuerdos/vocablos se recrean en libertad hasta que atinan o no con su esencia. Lo distino entre la memoria y la rosa es que el núcleo de la memoria no es uno ni fijo ni estéril: se mueve transformándose; se representa imaginándose y se dice nombrándose. Aun el saber acumulado se somete a su condición tornadiza. Y con la multiplicación del acto de recordar, aprendemos no a sobrellevar lo ignorado, sino a cultivar un trato esperanzador con el Hado, con lo sagrado, lo inexplorado, con las deidades y con todo aquello que nos rodea. Así es como, al teclear estas líneas y mirar atrás para entender el hoy, vislumbro la flexible inmensidad que hay entre La historia, nuestra historia y lo que va quedando como saldo en abultado lecho de las voces.

 

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De libros y Los creadores

September 26, 2019 Martha Robles

The Library of Congress. Wikipedia

El puñado de libros y autores decisivos en mi vida nunca ha sido best-seller ni aparece   en las listas de “lo que hay que leer antes de morir” y boberas semejantes. Desde que recuerdo, la curiosidad es mi única guía.  Solo curiosidad, y la magia que activa “el llamado”; es decir, me he mantenido en alerta al instante en que un nombre, un título, párrafos al azar, un poema, una asociación, el tema o el chispazo piden ser atendidos. Suerte de puzzle del vocabulario esencial, busco la palabra-cifra y la visión del otro para completar mi dibujo interior. Hay quienes saben elegir personas, negocios, trapos, estrellas o vinos; yo me entiendo con los vocablos, las cazuelas, el silencio  y algunos animales.  Tal peculiaridad es inseparable de la duda de si el hombre es el que se abre al libro o éste responde a la inabarcable ignorancia humana.

Supe desde mis primeras lecturas que para incursionar en el devenir de preguntas tenía que educar la mente, los sentidos, la intuición y la punta de los dedos para ver más allá de lo que se toca y se percibe de golpe. La fidelidad a esta certeza no deja de arrojar recompensas con nuevas incógnitas. El mundo de los libros es diverso y misterioso. Mientras que a unos nos atrae su poderoso magnetismo, otros lo rehúyen por lo que ignoran de él. A diferencia del acto solitario de la escritura, leer solo tiene sentido por la mirada del otro. Nadie puede convencer a nadie de amar los libros porque, como bien lo definiera Borges, “el libro es una extensión de la memoria y la imaginación”.  Así que, antes de asombrarnos con la función que realiza y de profesar su culto, debemos valorar el potencial revolucionario de las palabras, tanto orales como escritas.

Veo en la página un quicio por el que se accede al inescrutable sagrario del Verbo. Entonces me dejo llevar por su rítmico ondular de significados.  Con suerte me espera el deslumbramiento. Sin tardanza recojo, infiero, interpreto, completo y continúo gozando del surtidor de vocablos.  De acuerdo a la tradición rabínica hay un libro eterno, sagrado e inalterable por descifrar; un libro en busca de sí mismo; el Libro detrás del libro, de todos los libros; un libro que es la perfección, la vida misma y el arte por excelencia: de ahí nuestra insaciable búsqueda mediante una sucesión de preguntas que se van complicando y completando ante la imposibilidad de abarcarlo todo y de entender la historia, la propia historia.

Así como el agricultor reconoce las propiedades de la tierra y el navegante los desafíos marinos, quien ama la palabra sabe lo que hay que saber sobre el vínculo intransferible entre el autor y su lector. Juntos completan un decir sugestivo e innovador.  Solo en la condición de binomio se alcanza la secreta recompensa del  libro: un dialogo intenso y esclarecedor. En el mejor de los casos, la voz-en-dos se vuelve “otro” y punto de partida por su carga de respuestas, dudas, espejos, revelaciones, imágenes y juegos adivinatorios. 

Hay libros y autores que no dejan ni rasgo de luz: no llaman ni son llamados. Los más grises ni siquiera consiguen ser apreciados en bulto. Empujadas por la medianía, las torpezas escriturales convierten las librerías en mercados de baratijas. No obstante, el lector de raza sabe que antiguo o coetáneo,  el que ha sido es. Gracias a la empatía, que se desea fecunda, el goce del texto no solo perdura al paso del calendario, sino que por su conducto se van manifestando grandes y pequeñas transformaciones que agregan un plus a lo disfrutado, descubierto y aprendido.

 Dispuesto entre mis imprescindibles, Daniel J. Boorstin llegó a mi vida por esa vía. Entonces no existía Amazon y era difícil adquirir ediciones originales. En cuanto vi Los creadores, solitario y refundido en una librería que amontona  en incierto orden alfabético, supe que con otras del autor, como Los descubridores y Los pensadores, esta obra me acompañaría para siempre. Aquella lejana tarde miré aquí, me fijé allá hasta que la portada de la Editorial Crítica me atrajo y para mi felicidad, vi que era el segundo título –ya traducido- de la memorable trilogía del que fuera, de 1975 a 1987, el XII  Bibliotecario (aquí lo llamaríamos director) de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Recuerdo la emoción con la que me entregué al ir y venir de páginas (casi 750) cargadas de un envidiable conocimiento sobre las más altas creaciones humanas: alfabetos, imágenes, lo sagrado, los templos, el teatro, las letras, la arquitectura, la música, las imágenes, los juegos con el arte, el color, la luz y el espacio…

Además de que su biografía intelectual es de las que merecen ser contadas, Boorstin es de los raros escritores que convierten el saber en un mundo colmado de maravillas que, de menos, opacan a la relativamente reciente literatura, fundadora de la novela. Conoce y no lo intimida el mundo ni el significado del libro; tampoco el Libro detrás del libro. Narrada con destreza gracias a la laboriosa y sostenida colaboración de su brillante esposa Ruth (ya difunta, también), este gran representante de la inteligencia judía nos hace creer que el Hombre es lo que es en su mejor versión por imaginar, escudriñar, descubrir, pensar y crear. Ajeno a la presión amañada de las ideologías, su pasión fue conocer, entender, enseñar y dejar su legado para que, ante el incremento de tantos  horrores, sus lectores no nos avergoncemos de ser humanos.

Inquiere al hombre que desde la noche de los tiempos descubre rutas, signos o el funcionamiento de las cosas; muestra al que experimenta, inventa artefactos, dioses, máquinas,  alfabetos, la ciencia, la filosofía, la política, la poesía, los carros o las ficciones. En suma, hasta sus casi 90 de edad vivió fascinado por la aventura creadora del espíritu. Sobre este trayecto casi insólito de superación cultural, Daniel J. Boorstin escribió a su manera una obra tan enorme que cada vez que retomo un capítulo lo imagino abducido desde la cuna por el genio del saber.

Recién leí De animales a dioses: una historia nada desdeñable de nuestra especie “desde los primeros humanos que caminaron sobre la Tierra hasta los radicales y a veces devastadores avances de las tres grandes revoluciones que nuestra especie ha protagonizado: la cognitiva, la agrícola y la científica”. No obstante la agilidad narrativa de Juval Noah Harari y sobre su apreciable y fresco conocimiento de los tránsitos culturales, continúo cediendo al atractivo de Boorstin (1914-2004) por su libre y muy sugestiva manera de explorar la imaginación, la curiosidad y los más altos logros humanos. Tuvo el tino de mantener intacto el Misterio que animó a nuestros antepasados a preguntarse  qué es el tiempo, qué la Naturaleza, la memoria, los cielos, los mares, la sociedad, las plantas o los animales e inclusive extender el enigma hasta lo oculto en páginas de Melville o de Virginia Woolf.

Siempre me pregunto cómo discurrió y realizó trilogía tan fascinante.  Cómo vio al curioso que inventó barcos, navegaciones, relojes, mapas, historias o calendarios; cómo fue el instante en que vio al remoto abuelo que  imaginó el subsuelo, inventó el lenguaje de la música y de las matemática, labró mensajes en las piedras o soñó con los planetas. Seguramente Boorstin sintió la mano que mojaba su pincel en la tinta recién creada para escribir su historia; conoció la túnica del estagirita, observó el parpadeo de algunos profetas y el palabreo de adivinos, el dolor de Job, los hallazgos de Hobbes, el antidestino de Malraux, los mundos de Spengler y de Toynbee… Vaya, que de tantos creadores y talentos que me han deslumbrado y enriquecido, nunca nos ha tocado uno de esta naturaleza aquí, entre nosotros, para bien de un México mejor. Sin embargo, ese el prodigio del libro: estar al alcance de nuestras manos y poder dialogar con alguno de ellos.

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La mediocracia, una pandemia

September 16, 2019 Martha Robles

Llevaba semanas pensando cuán dramático ha sido el salto de la meritocracia a la medianía cuando encontré notas en diarios extranjeros sobre la reciente publicación,  en España, de Mediocracia: otra deliberación sobre por qué  la mediocridad o mínimo nivel de competencia está  sobrerrepresentada a nivel global en las empresas, en las aulas y en el eje del poder. No he leído el libro del filósofo canadiense Alain Deneault; sin embargo, el tema no es nuevo y también creo que  la mediocridad es uno de los fenómenos más visibles, expansivos y peligrosos de nuestro tiempo.

Parecería innecesario aclarar lo fácil y redituable que es manipular y/o utilizar a los mediocres que gustan estar, reconocerse y ser jefaturados por otros mediocres con iniciativa; empero, estos capítulos de la sociología coinciden con algunos de los episodios más negros de la historia.  Amiga de omisiones y decisiones erráticas, la mediocridad es muy, muy corta de atributos, memoria  e ideas acertadas. Por eso hay que insistir en arrancarle su sonrisa para que no acabe destruyendo al planeta.

 Los mediócratas están convencidos de vivir en lo correcto.   Guardan las apariencias, no se salen “del carril” y cumplen  obsequiosamente con lo establecido.  Saben que para ser recompensados con ascensos y/o dádivas deben “seguir las reglas del juego”. Eso implica compartir y/o encubrir torceduras, patrañas, fatuidades, bajezas, gestecillos excluyentes, simulación, mentiras y actos de cinismo.  La grosería avalada por las urnas permite gobernar al insolente  Trump, por ejemplo, y esgrimir la incultura como sello de su mediocracia.

Infecundo por necesidad, el mediocre es enemigo del saber y de la individualidad creativa y pensante.  Etiqueta y aborrece a “los que se creen inteligentes”; es decir, a cualquiera “que se de a notar” por encima de la media. En la mediocracia se menosprecia a maestros y mentalidades notables por considerarlos “demasiado teóricos”, abstractos, “complicados” y tan “eruditos” que “no se bajan de nivel”. Los alumnos mediocres prefieren identificarse con el baquetón burocratizado que empobrece el espíritu y elimina la tentación del esfuerzo. 

Los mediocres adoran a bobalicones e insustanciales. Admiran a deportistas acríticos y a  actores de moda integrados a las falacias de la vida como espectáculo.  Celebran a los políticos que cínicamente ostentan su ordinariez, su mal gusto y falta de educación, pero en lo personal evitan juicios fundados u opiniones comprometedoras. Con la misma obviedad rechazan a quienes piensan, se cultivan y apoyan la inteligencia responsable. Consideran amenazantes a los que cuestionan, dudan, critican y señalan situaciones que a todos afectan. A la razón el mediocre responde con  burletas, suspicacias, lugares comunes, expresiones groseras, chistoretes y muestras de repudio compartidas con sus pares. 

El blanco favorito de los mediócratas son los científicos, pensadores, artistas, escritores, analistas, minorías cultas y quienes contribuyen a mejorar y dignificar la vida en común.  El ideal de la mediocridad consiste en igualar a los más hacia abajo: que nada destaque por su calidad, que no se noten la educación, el refinamiento, el talento ni el buen gusto. Que no se muestre ni se cultive el saber ni virtud alguna. Si algo hay que exhibir que sea dinero o la dicha medianía, la “popularidad” entre iguales, lo efímero, la superficialidad, lo anodino, lo ordinario y la estupidez moral…

La medianía es “lo poquito” u ordinario. Al cerrar filas, los mediocres apartan del camino tanto a los supercapaces como a los incompetentes debajo de ellos: ni arriba ni abajo, lo mediano es lo bueno. Algo monstruoso empezó a manifestarse cuando el afán de superación perdió vigencia en las aulas, en las academias, en las oficinas, en las empresas y en la política. Con el crecimiento de la población y la correlativa economía de consumo, el modo de gobernar se redujo a otro producto comercial.  Proliferó entonces esta barbaridad pandémica que abatió los verdaderos ideales vitales y democratizadores, pero sobrevaloró el resultado de las urnas. Se empezó a excluir impúdicamente a los mejores a excusa de “estar “sobrecalificados” o “alejados de nuestros estándares”. A poco quedó en claro que el aquí y ahora sin grandeza, sin atención al futuro ni vínculos con lo recibido amparaba la ley del menor esfuerzo.

Las tonterías y abyecciones de los mediocres se cuentan por montones. Solo hay que echar un vistazo al régimen de Maduro para saber a qué nos referimos. La “carne” electoral  o engranaje de la idiosincrasia es el soporte de la mediocracia; mejor si echando mano de  ninis y validos. Las aspiraciones de la mediocridad corresponden a su naturaleza: políticas, proyectos y cultura de medio pelo, educación pública a tono, delincuentes tolerados, justicia discrecional, instituciones destruidas y la fórmula evangélica gente humilde.

El votante medio del establishment celebra las ramplonerías de uno de los presidentes más mediocres de la historia del capitalismo. En Venezuela el gran mediocre tiraniza, persigue y golpea sin que le tiemble la voz ni la mano.  En nuestro maltrecho, tartajeante y humillado país, la mediocridad se evangeliza y se afianza entre arbitrariedades, con arriesgados actos anti laicismo y promesiánicos. Predominan el abuso de adjetivos, los castigos enmascarados, el acoso a periodistas, una sucesión de errores obvios y la omisión de las leyes.  A fin de cuentas, la mediocracia encumbra el retroceso como supuesto ángel exterminador del Mal y la corrupción.

La mediocracia es multifacética, prejuiciosa y reflejo fiel del medio que la fertiliza. Aquí su nutriente es el resentimiento social como estilo de gobernar.  Un modelo de improvisaciones que polariza y violenta a la sociedad a partir de las limitaciones del mandatario. Intérprete de sí mismo, no se detiene al lanzar expresiones tan nocivas como fifís y prensa fifí, mafia del poder, pirruris, señoritingo, Ricky riquín canallín, me canso ganso, pueblo bueno y sabio, rayarse; mezquinos o canallas (sus oponentes), ternuritas, ecoloco, gente humilde, fuchi, guácala, piensen en sus mamacitas… Boberas nada inofensivas que ilustran los riesgos de la medianía en el poder.

De pronto, el mundo cambió: tanto la estructura gubernamental como el dominio empresarial coincidieron en propósitos y procedimientos: debilitar al Estado y desdeñar lo que no represente la medianía. El triunfo del “hombre promedio”, “hombre de a pie”, “hombre del pueblo”, “hombre-masa”, “prototipo del consumidor” o votante, cliente o “usuario de servicios” consiguió consolidarse.  El mediocre fue devorado por el conformismo y aun el declive del planeta quedó en manos de estos bárbaros de la modernidad. Peor porque, creyéndose defensores de la democracia y la vida, en realidad los mediócratas evitan “complicarse” con ideas acertadas, lecturas “difíciles”, compromisos, amistades o relaciones perturbadoras, reflexiones, decisiones, intereses o lenguajes, presencias y obras inteligentes.

El mediocre cree que lo “sencillo” es lo soso, lo anodino, lo carente de fundamento, lo común y ordinario, lo “chistosito” y aparente, lo que no se presume arrogante y se hace pasar como “buena gente” que, cuando inspirado, discurre necedades o trastoca estupidez con ingenio. El mediocre, en suma, es incapaz de entender y asumir la consecuencia de sus actos y sus torpezas: de ahí su extrema peligrosidad cuando tiene poder y sin ton ni son impone veleidades a costa de la economía, del desarrollo, del medio ambiente, de la justicia y, en suma, de la cultura y la calidad de la sociedad.

Es vieja esta táctica de dominio y seguro el control de la ignorancia practicada por populistas, tiranos y dictadores que tienen al mundo en vilo. Aunque los hay con más o menos poder, no existen mediocres inofensivos en Washington, Venezuela, Brasil, Irán, México, Nicaragua, Argentina, España, Austria, Polonia... Varían sin embargo los niveles de resistencia social, pero lo evidente demuestra que lo mejor de la cultura no está logrando ningún avance significativo para contener esta pandemia.

Se repite como lugar común que la medianía, en su avance triunfal, está dando una tremenda batalla a la presencia social de la inteligencia educada, al vanguardismo, a la individualidad pensante y al proceso transformador de la alta cultura.  En México hemos padecido secularmente este mal en casi todas sus expresiones, aunque la debilidad social –como sería de esperar con más de 125 millones de habitantes- se ha agravado por  la ignorancia acumulada generación tras generación, por la violencia amparada por instituciones degradadas y  la mínima resistencia del pensamiento crítico.

Ser mediocre es ser y querer ajustarse a un estándar social: pura conformidad autosatisfecha. Mediocres han existido siempre pero nunca vulneraron tanto  la legitimidad del Estado. La mediocracia ya es un fenómeno asimilado, y algo peor: es el “valor agregado” de las masas  al elegir a sus representantes. Tan penosa realidad no augura buen fin no digamos para la calidad de la vida, sino para la vida misma.

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De mis diarios. Con Elizondo en el CME

August 29, 2019 Martha Robles

www.proceso.com.mx

Durante la agonía del Centro Mexicano de Escritores, del que fui becaria en uno de sus peores capítulos, le oí decir a Salvador Elizondo que a él todo le importaba un bledo. Que hubo una época en su vida en que podía escapar del mundo escribiendo novelas; y que después, ni eso. Sin dejar de estar con “los que eran”, no se sintió parte de una generación ni de un país ni de nada. No aclaró si su afición por los chinos y algunos  clásicos lo situó en un horizonte intelectual que solo él distinguía, pero ostentaba su formación como pendón de singularidad. Y la tuvo. Ataviado con obligado sweter, saco y corbata, parecía extemporáneo de un internado extranjero. Fumador empedernido, a pesar de su aspecto nunca reprimió su tentación de lanzar juicios demoledores sobre éste o aquél escritor, político o periodista. Indiscreto, no se limitaba al ponderar su afición a la marihuana con Roberto Vallarino. Intercambiaban comentarios casi adolescentes sobre las bondades de la yerba sin reparar en que, al menos allí, no escandalizaban a nadie. Aquellas sesiones eran cosa de hombres. Su inocultable repudio a las mujeres creó un abismo entre nosotros, aunque mi obligada invisibilidad no impidió que yo reconociera la calidad de su escritura ni que a solas descifrara cuánto, dónde y cómo estaba absorbido por Joyce, por Rulfo, De Quincy, Schwob, Borges, el I Ching... Lo leía y al punto lo adivinaba. Disfrutaba su prosa, pero no su presencia.

Su conservadora candidez lo agraciaba. Era feo, su voz horrible y peor su manera de comprimir palabras desde la garganta. Todo cambiaba cuando a veces su coheterío se disipaba y dejaba en libertad una fusión de talento y lecturas. Su trato efímero me enseñó que debemos relacionarnos con los libros, no con sus autores. Aun así, lo leía y lo observaba.  Que le horrorizaba ver cómo se paraliza la ciudad ante un juego de fútbol porque “es sintomático del espíritu de la masa…” Tuvo razón: ninguna hazaña intelectual ni un premio Nobel compiten con un futbolista en el imaginario popular. “Nada qué esperar de esta civilización”. Además –agregaba en tono doctoral con su  voz gangosa y desagradable-, “el trato que se da al escritor en esta tierra es deplorable”; y peor si escritora. La condición femenina le tenía sin cuidado, al grado de que no camuflaba sus raptos de ira contra otra mujer que por sabe dios qué razones sustituyó al becario que fue expulsado por defender a puñetazos sus bodrios porno de las burlas de Vallarino. Las reuniones semanales llegaron a balancearse entre la comicidad y lo grotesco. No obstante, persistí hasta el final: eran lecciones del revés y, en cierta forma, me divertía aunque me enojara su ambiente adverso. Sin que mediara amistad entre nosotros, pues la mutua antipatía era obvia, oír a Salvador  me situaba en la posición del testigo participante: una oportunidad para asomarme a la materia de que estaba hecho un escritor que, a pesar de la propaganda izquierdosa de la hora, agitaba el banderín de “la literatura por la literatura misma”.

El trío de “tutores” no podía ser más desigual ni inútil, por descontado: Juan Rulfo, Francisco (“don Panchito”) Monterde y el propio Elizondo. Juanito fumaba sin alterar su silencio emblemático.  El senil don Panchito, autor de un texto sobre el emperador de la silla de oro, asentaba o negaba con la cabeza; a veces, se atrevía con comentarios  insustanciales. Ni falta que hacía “crear” una ilusión de taller literario porque Elizondo, de la llegada a la despedida, no paraba de increpar ni denostar. Concentrado en su tema favorito –él mismo-, apostaba por la literatura pura y yo, mientras tanto, pensaba en Schwob y sus relatos prodigiosos. No obstante, gracias a Elizondo supe de qué se tratan los corredores por los que se somete y humilla a los escritores. Abominaba de los trabajos alimentarios por las mismas causas que decía detestar las manifestaciones de lo popular y la cultura de masas. Su indeclinable intención de escandalizar con anécdotas y adjetivaciones sexuales mentalmente me remitía a Malraux: “Lo que pasa, es que no hay madurez…”

Eran meses para mi difíciles. Consideré mi acceso al CME como buen augurio: conocer a Rulfo, conversar con Elizondo, compartir intereses con quienes pertenecían al exclusivo club del arte de la palabra… Temor y temblor: nada que ver con la realidad. No tardé en regresar al continente que yo deseaba habitar. Línea a línea Char, Malraux, Dinesen, Yourcenar, Borges, los trágicos, etc., me jalaban a lejanías inconciliables con aquel entorno. Necesitaba entender lo que bien sabía la peculiar Baronesa Karen Blixen: “En verdad llevamos máscaras según vamos envejeciendo, las máscaras de nuestra edad, y los jóvenes creen que somos como parecemos, lo cual no es el caso”.  A juego con transformaciones anímicas y su extravagancia implícita, Karen/Isak/Sherezade también declaró algo que nadie, hasta hoy, se atrevería a refutar: “Tengo tres mil años y he cenado con Sócrates”. Su gracia me hacía sonreír y su anecdotario me parecía tan delicioso como su narrativa: todo lo contrario de la inexistente levedad de mis coterruños. Por contraste de mi búsqueda de biografías clandestinas,  confirmé que la máscara es la segunda piel de los mexicanos. Ocultar el rostro tras la mueca es un hecho tan insoslayable, antiguo y cotidiano que tenía que entender para aventurarme en esta cultura. Y el azar me ponía al autor de Farabeuf y de su Antología personal nada menos que al lado de Rulfo para que me balanceara entre sus extremos inconciliables.

En cierta forma, Elizondo prescindía de máscaras o mejor aún: su yo aparente coincidía con el hombre antifemenino y grosero que anidaba en su alma y disfrutaba exhibir.  Sospecho que cultivaba a su propio personaje y que hacía lo posible por convencernos de su originalidad. En realidad, era aburrido.  Creo que no logró un modelo tan acabado como el de Elena Garro,  autoengendrado a costa de Octavio Paz. Provocador, desafiante, cínico y de frases lapidarias, Elizondo ventilaba repudios como hallazgos intelectuales: insuficiente para ser “un carácter”, como diría Unamuno.  Se afanaba en exhibir su conservadurismo. Por su actitud supuse que el malogrado Vallarino deseaba para sí un destino similar, pero murió joven.

En contrapunto del anodino don Panchito y del silencioso Rulfo, quien mordía frases ininteligibles con el eterno cigarrillo encendido, sin fijarse en donde caía la ceniza, Elizondo era locuaz y majadero con las mujeres. Consideré teatral su impudicia y su reiterada descripción de cómo había quemado su biblioteca en un arrebato de celos. No obstante, aprecié su amor por las letras. Al menos estuvimos de acuerdo en la admiración por Pedro Páramo y el cariño que profesábamos por Rulfo. Mis antecesores becarios tenían por fundamental el CME en su formación, pero a mi me tocó su decadencia. Años después recordé la experiencia y en particular a Elizondo durante un largo viaje a la India y Nepal. En Delhi o Jaipur, de Puri a Kerala o de Bombai al sagrado Lago Pushkar advertí que mientras el porvenir para Rulfo era repetición fabulada del pasado, el tiempo de Elizondo iba de aquí para allá en giros impredecibles, como reloj sin hilo conductor.

La distancia ayuda a ver de otro modo lo mismo. Hay que alejarse para adquirir perspectiva. Desde aquellas regiones gobernadas por múltiples deidades, fuerzas oscuras, energías kármicas, misterios, voces, castas, doctrinas y mensajes crípticos, la compasión se infiltra al doble sentido de lo humano y lo inhumano. Asumir la extranjería nos permite deslindar y entender a los otros. Comprendí que aquel subcontinente trasmite una energía tan densa como la mexicana. Cuando menos lo esperamos un nuevo sentimiento nos sorprende. Así la piedad. Allá vi de golpe la dificultad de ser escritora en este ámbito tan adverso al conocimiento como a la condición femenina. Y en eso tuvo mucho que ver aquella difícil iniciación comandada por Elizondo en el CME.

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Narciso, otro símbolo de Borges

August 22, 2019 Martha Robles

Caravaggio, Narciso (1599)

Desde el mítico día en que Narciso se enamoró de su reflejo, la literatura tuvo al espejo por símbolo de fascinación y secreto supremo. Se supo, desde entonces, que en él cabían la idea de luz y el guiño de la muerte, el contenido de la verdad, el signo del tiempo, el destino y el misterio del universo. Allí también, en el espejo o en la idea del espejo, se alojarían el sueño y el miedo, siempre imprecisos. Narciso personifica la fugacidad de la imagen invertida y el estallido de una ilusión aparejada a lo real.  Su naturaleza dual representa la certidumbre y la magia de ser el otro que está sin estar. Es una forma sustanciada de la forma. Por él sabemos que en el espejo se mira más que lo que da la sombra y menos de cuanto se puede resentir en vida. Allí se leen la unión y su ruptura y por su pureza reflejante, el modelo inquiere en lo pulido el fundamento de la oscuridad y de la luz manifestada.

Es de Borges el hallazgo de este símbolo de rigor y ambivalencia. A él, también, pertenece la hazaña de insinuar un doble creador no solo de todas las apariencias del mundo, sino de invocaciones, quimeras, calendarios, conjuros, virtudes e infamias que pueblan la imaginación de los hombres.  En ocasiones, esas figuraciones los reducen a sombra de su sombra, a sueño de su sueño o trasmutan en pesadilla atroz, cuando la crueldad se infiltra a las visiones y por el espejo surgen castigos o máscaras que exhiben el lado oscuro del destino.

Es precisamente el destino, de todos los misterios que inquietan al hombre, el que mejor se fusiona a la ilusión del tiempo y a la repetición del espejo. Dual como la historia, inescrutable como el azar, su principio es tan incierto como el lenguaje y la vida. Nada sabemos de él y, por eso, jamás declina el poder del oráculo. Así como solo nos está dada la idea del tiempo, del destino en sí conocemos indicios o apenas reflejos, como ocurriera a Narciso.  Lo supieron los griegos al inventar la tragedia y dejar el Dictado en manos supremas: Fortuna da menos cuando más se le pide y más cuando nos sorprende, pero lo que mejor disfruta es engañarnos con simulacros. Incapaces de gobernarlo, los dioses  infiltraron sus atributos entre la esperanza y la incertidumbre y, si acaso, reservaron a la memoria  destellos que nos hacen saber “de un solo vistazo” no lo que vendrá, sino al menos lo que suponemos que fue.

Sumido él mismo en la tiniebla que tanto abominó, tuvo el doble don de escudriñar la luz y un espectro de claridad. Recompensó su ceguera con la visión del revés e hizo de las palabras espejo del Narciso que vio lo que los muertos han visto más allá de la oscuridad. Vio, por ejemplo, el viaje de Ulises al Hades. Interpretó el infierno de Dante. Compartió el arte de traducir que tanto admiró del Capitán Sir Francis Richard Burton. Vislumbró en su agonía el doble sueño que confundió a Alonso Quijano y por él cursó la aventura de una identidad que podía transitar de la duda de ser un sueño de Cervantes o don Quijote, la fantasía del hidalgo. Cursó los recuerdos de magos inexistentes, de forjadores de espadas, de falsos poetas y vengadores remotos. Postuló una realidad solo posible para el Emperador Amarillo e historió la eternidad con metáforas que enlazaron la ficción y la realidad. Todo eso en estaciones de sueños soñados y espejos imaginarios. Desveló el sueño de Coleridge y la visita inesperada de las voces que, casualmente leído, procedió a germinar y multiplicarse en un poema de unos trescientos versos. Encareció el culto a los libros y él mismo reinventó su destino a salto de pesadilla y deslumbramientos, en ciclos fechados y mediante artificios secretos y crónicas sobre reyes, traidores, filósofos, gauchos y aventureros.

Cursó tantos y tan variados laberintos que años después de su muerte, ocurrida en Ginebra el 14 de junio de 1986, a sus 86 de edad, algunos continúan ocultando su memoria en una falsa identidad que nadie, ni él mismo, podría desentrañar. Fusionado al reflejo de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, nacido en Buenos Aires en 24 de agosto de 1899, su destino quedó en el misterio.  Escritor en el cabal sentido del término, fue autor de un relato sobre los ecos de un hombre como Narciso. Él también forjó su leyenda fundada en ecos y reflejos e hizo de un nombre, el suyo propio, referente del arquetipo de biblioteca. Por él supe que la Antigüedad era un enigma similar al Destino, y comprendí mi propio terror al espejo y al laberinto cuando descendí los peldaños que conducían al Aleph, al espejismo enceguecedor o al abismo. Otra vez, en su alfabeto de símbolos, descubrí la magia de las palabras, la brújula del Fénix y el acecho que multiplica el limitado contenido de la suerte.

Si hace milenios en Oriente descubrieron aquellos hombres rasgos recónditos del ser y del saber en el prodigio reflejante del espejo, en Occidente se reprodujeron historias sobre éste y aquél lados del azogue. Tal la idea de vacuidad, contrapuesta a la tarea de especular, que desde entonces deja el tiempo retenido en el afán de eternidad que enamoró a Narciso antes de conducirlo a la muerte y antes de que Borges afirmara que, “ante el agua incierta o por el cristal que dura, es inútil estar ciego”. Narciso buscó en su reflejo la perfección y no halló sino un retrato sin fondo, una belleza sin acabar y la caída en las aguas de una vanidad que lo sacó de su mundo y lo ahogó en el terror.

Y terror provoca el cristal cuando separa, aísla al que lo observa; cuando se sabe visto, aunque no se vea. Por Borges conocemos también que el espejo aparta al yo del yo, hace otro del uno y se adueña de una verdad que, fuera de sí, resplandece en  plenitud tenebrosa. En él lo cercano se aleja y lo distante se integra a una suerte de claridad que repite la imprecisión del espejo en penumbra; ése, curiosamente, que asoló las noches de Borges con la certeza de que, después de muerto, el espejo copiaría a otro, y luego a otro, a otro y a otro, al modo de la abominable costumbre humana de reproducirse, hasta caer en esa infinitud que selló su obsesión del tiempo y lo hizo pensar en la forma de eternidad en que el instante es olvido.

“Realmente es terrible que haya espejos”, dijo Borges, un profesional del pánico al universo de las duplicaciones. “Hay otro. Hay el reflejo que arma en el alba un sigiloso retrato.” “Hay ese rostro que mira y es mirado”. Cierto: es raro que haya espejos. Raro que existan superficies vigilantes, instrumentos que todo reciben en silencio: así sea lo mágico y lo extraño, lo común y lo aparente o la inmovilidad y el movimiento. Por sobre su sello de no ser lo que es, sin dejar de reflejar lo que está, la visión del espejo hizo a su vez creer a De Quincey que el mundo está hecho de correspondencias y que en las cosas pequeñas está la cifra de las mayores. Tal idea germinó en Borges hasta desentrañar los misterios del destino, el espejo y el laberinto o del sueño y la pesadilla.

Puestos uno frente al otro, dos espejos crean el laberinto y allí se van, se pierden en una suerte de infinito, el reflejo, la figura y el hueco que la aloja. Borges, ciego inmemorial de nuestra época, vio la Luna, el destello de la Luna cercada por los astros y su sueño transformado en pesadilla al evocar un mundo del revés, habitado por la lógica invertida. Experto en paradojas, vislumbró entre sombras el embeleso especular y murió sin ver lo que como nadie describió: el color de sus olvidos, la luz que queda en torno de las cosas cuando su apariencia se ha perdido.

Soñador formidable, transformó sus episodios nocturnos en vigilia constante. Al igual que a los místicos, a él le ocurrió lo que en Alarcón fue metáfora: su vida fue un sueño. Un sueño de todo posible, hasta la pesadilla de saberse atrapado en el sueño. Sueño tramado de verbos radiantes, vigilias formidables y pesadillas que a veces coincidían con la infamia que se repite en el calendario como un laberinto puntual, como una maldición del espejo.

Dijo que entre sus dos delirios recurrentes, sufrió la pesadilla del laberinto. Cuando pequeño, lo descubrió en un grabado y hasta creyó que si tuviera una lupa suficientemente poderosa, podría mirar por una de sus grietas al Minotauro atrapado en su centro. La otra fue la del espejo: otra versión de lo mismo. Peor si soñaba la casa de Dora de Alvear, en Belgrano, donde había una habitación circular cuyas paredes y puertas eran de espejo porque, al entrar, quedaba apresado en el centro de un laberinto infinito.

“Vivimos descubriendo y olvidando esa dulce costumbre de la noche. Hay que mirarla bien, puede ser la última”. Lo escribió en “La cifra”, pero practicó la certeza de su fin definitivo al grado de repetir en voz baja el puñado de símbolos que hacen al hombre acreedor de su “pequeña eternidad personal”. La suya, inscrita en caracteres de un idioma hecho de ecos, de memorias rescatadas, de  instantes tan breves como el nombre del tedio, como la intuición del azar, el sabor de las frutas, las fechas buscadas, las alegrías más recónditas y la recurrencia de sueños iguales, perdura en los otros como el misterio en sus laberintos.

Bilingüe desde pequeño, aseguraba que supo de manera temprana que era, él mismo, espejo de la palabra, una presencia vigilante de lo que queda después del olvido. Eligió su propia imagen a costa de jamás librarse del otro, el que soñó en un espejo.  A su sombra se cobija la más bella expresión literaria en nuestro idioma; una expresión que, tras su sello de luz, oculta el dolor de la oscuridad y una puntual obsesión por la muerte. Su mejor herencia está en el remanso armonioso de sus ficciones. Nos libró de la estupidez, a pesar de creer que repetía lo mismo innumerables veces y de insistir en la formidable ilusión del azar y de la pequeña eternidad personal.

Confesó su imposibilidad de ejecutar un acto nuevo y dijo que no hacía sino tejer la misma fábula. “Cada noche la misma pesadilla, cada noche el rigor del laberinto. Soy la fatiga del espejo inmóvil o el polvo de un museo...” Sí, repetirse es la condena. La condena es el horror de habitar un cuerpo que envejece, una memoria que declina y deja tras de sí fragmentos de nostalgia. Pero hay condenas peores que otras y seres que se salvan por su luz, no obstante su ceguera. Borges encontró en la voz la luz y en la escritura su redención antes de hundirse en la muerte que anticipó el fin de un delirio.

“Vivimos descubriendo y olvidando esa dulce costumbre de la noche. Hay que mirarla bien, puede ser la última”. Lo escribió en “La cifra”, pero practicó la certeza de su fin definitivo. Georgi, como lo llamaban su madre y amigos, fue un trabajador formidable, según consta en el diario de su entrañable Bioy Casares. Fue, además, una presencia vigilante de lo que queda después del olvido. Eligió su propia imagen a costa de jamás librarse del otro, el que soñó su sombra: sin duda, la más bella expresión literaria en nuestro idioma. Tras la palabra luna ocultó el dolor de la oscuridad. Nos libró también de la violenta mediocridad de un siglo XX saturado de tiranuelos feroces, totalitarismos, guerras, asesinatos y actos de barbarie, a pesar de creer e insistir en que repetía innumerables veces la formidable ilusión del azar: “Cada noche la misma pesadilla, cada noche el rigor del laberinto. Soy la fatiga del espejo inmóvil o el polvo de un museo...” La misma repetición y siempre distinta… El mismo espejo, la ilusión del eco y ese inacabado laberinto

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Sobre La otra vida de Daniel

August 2, 2019 Martha Robles

La muerte es el rayo y el duelo un abismo. Allá abajo, en la hondura donde la vida ya  no es y lo que es nos obliga a sentir para ser otra vez, el sinsentido enfrenta la urgencia de decir para acallar el dolor y de callar para encontrar la palabra: una palabra. Una sola, la única, la que responda lo que nadie, nunca, ha descifrado. El doliente sabe que no existe ese vocablo milagroso, pero la angustia le hace creer que  una respuesta es posible. Y busca.  Busca al hijo en la Teoría de la Mente y en la Parapsicológica, en la Teoría del Todo o del Campo Unificado, en la Física cuántica o en el espiritismo.  Busca en su corazón, en su memoria y en fotografías. Ciencia, espiritualismo, metafísica o meditación…  

Del rayo se pasa al túnel: es la ausencia que teje y desteje minucias de lo perdido. Es el rostro, un gesto, la caricia suspendida en el punto en que el diálogo resumía una imposibilidad. Es lo no dicho, el secreto que anhelamos saber. El día a día  ansía el alfabeto capaz de descifrar el por qué del vivir o de morir. La madre busca en su propia aflicción al que decidió partir cuando lo inexplicable no sólo golpea, sino que la arroja a la absoluta impiedad, a lo más temido y de pronto probado: la pérdida del  más amado. Ruega, sí, ansía la voz que mitigue la certeza de lo que no tiene regreso.  Quebrados por la desolación, los vocablos se rompen también. Ahogado en lo inescrutable, el llanto seca en vez de mojar el rostro. La congoja no fluye: se abre y se cierra, como las ostras. Y con obsesión se persigue una palabra; una tan larga, tan larga, que reanime las fotografías impregnadas en la memoria.

Una mente educada, como la de Eva, no desperdicia recursos para entender o siquiera acallar al “opresor interno” que, ahora en posesión de ella, torturaba a Daniel. Sin embargo, como doliente confirma que el desesperado a todo va. Siente en la entraña el mordisco de una verdad que hiere, hiere y es tan inmisericorde que pensarla agrega dolor al dolor.  El suplicio no deja lugar a duda: no hay martirio que iguale al del suicidio de un hijo. Para sobrellevar esta pena, Eva Marcuschamer escribió La otra vida de Daniel, un libro inusual, desgarrador, amoroso, inteligente y colmado de observaciones sobre algunos de los temas más candentes de nuestro tiempo como la depresión, la carga social, la homosexualidad, la culpa, la intolerancia y las relaciones familiares que, en pleno siglo XXI, agravan la complejidad que nos impide definir, sin incurrir en conflictos graves, nuestra presencia en el mundo y respecto de los demás.

Quizás Eva no halló La respuesta, pero, inmersa en la tribulación, al escribir accedió a una forma de sabiduría reservada para quienes renuncian a todo, se disminuyen hasta sentirse nada por padecerlo todo, se perturban hasta la ofuscación y, ahogadas en el estado, desde lo más profundo emprenden la ruta hacia la claridad. Psicoanalista avezada, Eva reitera que nada es pronto ni sencillo: hay que explorar las pequeñas cosas; hay que “limpiar” y reganarse desde varias orillas; hay que experimentar la humildad y luchar por ser una misma, otra vez, aunque se arrastre el yugo de la culpa por no haber salvado al hijo. Así durante el proceso del duelo, hasta comprender que ni la madre, ni el prelado ni el psicoanalista ni los meditadores salvan a nadie de sí mismos.

En su carácter de madre, Eva repasa los dos planos de un hijo aparentemente dividido entre el científico logrado y el homosexual en pos de una relación estable; en medio de la que se antoja dualidad agravaba por lo que de los ancestros, los padres y la comunidad arrojamos a los hijos, destaca el eje insoportable de su padecimiento, la depresión. Terrorífico y con frecuencia letal, es el mal que repta en libertad a nuestro alrededor. Es el verdugo que se infiltra por las más insólitas fisuras, burla cualquier diagnóstico, trampea emociones y sentimientos, enturbia la mente, se enmascara, crea su propio lenguaje y trabaja con inusitada eficacia, como la carcoma, desmoronando de adentro afuera, cultivando el sinsentido y oscureciendo el espíritu hasta conseguir que el ser deje de ser…

 No hay culpables; sin embargo, especialmente en las madres se deposita culturalmente la administración del destino, la salud de la mente y hasta del buen o del mal fin de la sexualidad de sus vástagos. Y Eva, como madre con su historia a cuestas, desde su herida borra a la exploradora racional de subconsciente, de la conciencia y del “malestar de la cultura” hasta que consigue replantear los dilemas de la maternidad, especialmente la imposibilidad de controlar la determinación del otro. Por su orden, las tres partes de que consta el libro son un semillero de reflexiones que en este tiempo tan colmado de violencia, contradicciones y obstáculos, debemos considerar y comprender.

 Hay que insistir en que la culpa es la daga certera que, más o menos afilada, todos llevamos dentro. Es la pregunta que crea un vacío alrededor de ella. No hay comienzo ni final posible en la pregunta esencial sobre las culpas que atenazan de manera inexorable: sólo hay fatiga, laxitud, abandono hasta que las nuevas preguntas  permiten que nuestras vidas “se dejen leer”. Y “dejarse leer” al través del libro que inexorablemente habrá de conducirla a otro libro –como enseña Jabès-, es lo que ha hecho Eva en su batalla contra el dolor.

 El camino del duelo es arduo e imprevisible. Para ella fueron necesarios el silencio, la diaria necesidad de limpiar  y los lenguajes reparadores. Se aplicó rutinas, se entregó al proceso del sufrimiento, cultivó el amor de los más cercanos, recordó, estudió y en su hora escribió, cuando la claridad y el reposo le permitieron expresar su infinito desgarro. Se empeñó en aceptar la decisión de Daniel no sin repasar pormenores de su pasado y, en un admirable acto de compasión, retomó la tarea de ayudar a otros porque comprendió el valor del servicio.

Hay que ser valientes cuando de psicoanálisis se trata y temerarios para atreverse con lo inescrutable. No hay duda de que si el cerebro es el gran enigma que desafía a los científicos, la mente es el mayor de los misterios: la conciencia, el inconsciente, las emociones, los sentimientos y la razón que nos indica los límites del saber, la comprensión y hasta el sentido o sinsentido de la existencia: es la región del ser que, por sobrepasarnos, los griegos reservaron a los mitos, a la tragedia y a los poderes oscuros. Al doliente, sin embargo, no interesa descifrar los vericuetos de la mente, sino aliviar su penar. Hay que estar afligido para darse cuenta de que las emociones son ese temible timón que nos mueve y nos aturrulla, nos oscurece o nos ilumina y, en el peor de los casos, se convierte en verdugo.

Atravesada por el dolor, la madre queda “abrasada y al descubierto”. No hay piso. No hay palabra bendita; No hay lección aprehendida que nos enseñe cómo es la hondura del sufrimiento. sólo y fugaz, el silencio parece reparador. Un instante, pero el instante hiere como daga ardiente. El desamparo, sin embargo, es tan grande que por instantes se toca como la piel de un erizo. Los otros, a veces, ofrecen consuelo. Es el poder del amor. Sin embargo, la ausencia supera la sensación del vacío y el cuerpo enferma porque no hay suficiente espacio para alojar el dolor. Doblegada por la memoria, atenazada por la culpa que más y peor hiere cuanta menos razón se tenga para alojarla, la mente “explora espacios inexplorados” para agravar el tormento. Leo un párrafo y otro sin poder quitarme de la frente el rostro, la sonrisa, la frase acertada de mi querida Eva: la amiga de entre palabras con quien hace años empecé un dialogo para “entender” lo que la vida ni el psicoanálisis ni los mitos lograban esclarecer, como la función de la madre.

En medio del túnel, la obsesión de Eva se acerca de manera inconsciente a la de Kafka cuando éste confiesa a su amigo Janouch que “hablar es sopesar y delimitar”, que “la palabra es una elección entre la muerte y la vida”. Decidirse a escribir fue la doble apuesta por vivir y esclarecer un tormento.  Es la más alta expresión amorosa de la psicoanalista que es. La otra vida de Daniel significa, por consiguiente, un paso más contra la batalla del oscurantismo que envuelve las múltiples formas de depresión que aún carecen de aceptación social y de cura efectiva. Y por este inmenso acto de amor, agradecemos su lectura.

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Esta curiosa pasión por las letras

July 23, 2019 Martha Robles

La magia de los libros

Como sucede con las personas, ignoramos qué nos deparan los libros. Por la prueba del error, debemos a los huéspedes de paso saber elegir y desechar sin sentimientos perturbadores. En el mejor de los casos encontramos una hebra que nos atrae o nos intriga y jalando, jalando el texto, de golpe se manifiesta el misterio o “eso” –el enigma-  que perseguimos desde la noche de los tiempos y que de suyo dispensa afinidades, vislumbres, sentimientos, satisfacciones y goces aun más allá de su revelación primordial; otras veces el tropezón con lo no buscado  nos hiere, nos confronta o nos irrita. Así me sucede con  personajes de Dovstoievski, de Pío Baroja o de Sandor Marai a los que vuelvo por la necia certeza de que la vida es así, aunque la deseamos distinta. 

Inclusive la buena Mrs. Dalloway con sus flores, su pachorra y la que imaginé vocecita entresacada de episodios inconclusos que por la maestría de Virginia me causaba no se cuál enojo, sienta sus reales en la memoria para advertirme que La vida es ansí, como escribiera Baroja. Y por ser así me han incomodado muchos destinos: el del angustiante K, sobre todo; y tras él El jugador, Mme. Bovary, Anna Karenina, la Justine del Cuarteto de Alejandría o la mujer justa, por citar a vuela pluma miembros de una  galería personal de personajes que más que ficciones me parecen retratos de la tía, de la prima, del vecino, del maestro que me parecía abominable, del matrimonio aquél o del tipo “que me sacaba de quicio”….

Me refiero al poder que ejerce sobre nuestro modo de ver y entender la existencia  el grupo de íntimos desconocidos que se fuga del papel para meterse a sus anchas en la autobiografía.  Eso es lo que entiendo por “ficción verdadera”: producto de los caprichos del binomio lectura/escritura que se integran a la existencia, a veces también  trasmutados en “verdades ficticias”, cuando ya no sabemos donde empezó lo real o dónde concluyó lo imaginario.  Entonces las cosas se complican porque los hechos confirman que la vida de los otros contiene un pedazo de la nuestra o al revés; es decir, que somos nosotros los que dotamos de sentido a lo insulso, ajeno o incomprendido que hay en los que consideramos ajenos.

En anaquel distante de mis filias puse mis fobias ya empolvadas aunque bien dispuestas, como Sylvia Plath, Jane Bowles o la Anais Nin de carne y hueso quienes, al lado de algunos nombres que me han hecho saltar de la silla, ni estando lejos me dejan indiferentes. Y están las obras de quienes he leído páginas tan empapadas del Mal,  del dolor y de las cosas terribles de que son capaces los hombres –crímenes,  persecuciones, fanatismos, venganzas, injusticias, el Holocausto o los campos del  Gulag-, que lloro desde los huesos pidiendo al cielo que, al cerrar el libro, desaparezca como de magia la parte más tenebrosa de nuestra especie. Habitar sin embargo en este país, donde con creces lo cotidiano  supera muchos y muy feroces alcances de la ficción, me obliga a dotar al arte y a las letras de otra cualidad para soportar el crudo realismo de nuestros días: su capacidad de refugio, esperanza y aliento vital.

Así, generoso, es el fulgor de una correspondencia noble entre un autor y su dialogante.  Como el plenilunio en la oscuridad, la palabra bien puesta entre ambos  alegra el espíritu y aclara la mente. Mejor si canta la prosa. Mejor si hay poesía. Aun durante episodios de desaliento o trayectos que no temen probarse en la tristeza, en el dolor o en las derrotas y fracasos que no cesan, el arte de la palabra no solo incita a ir más allá de lo insinuado, sugerido o escrito tal cual, sino que nos hace mejores personas. Oculto también en la música, el misterio anhelado se parece al de las dos soledades que se juntan que dijera Rilke al referirse al amor.  Comprender, valorar  y aun atrapar el instante de plenitud tiene no obstante sus condiciones y ritos de iniciación. Lo he aprendido al revés y al derecho no por el falso supuesto de que redunda en maestría lo que se hace diez mil veces, sino por fidelidad activa al don recibido; es decir, por persistir y no negarme a responder a la llama que llama y entibia la soledad.

De menos, acceder a lo hermético, a la claridad o a la estética exige la exacta convergencia de dos que coinciden en un mismo tono, dos al uni-sono: el autor y el lector. Dar con el núcleo que alberga una emoción y cobra su  forma en las notas o durante el curso de los vocablos es pues el nutriente de la pasión: justo la flama del arte, el secreto mejor guardado de la creación y lo que hace que lo bello sea bello y su contrapunto el hierro que agobia o que ciega al que ignora las propiedades del fuego.

Hay autores y títulos tan entrañables y hechos a nuestro modo que el decir, la pausa y el itinerario de sus silencios pierden fronteras entre lo propio y lo apropiado. Nos sabemos, nos comprendemos y nos acompañamos. En su fluir incesante, son los que rompen con el uno y el otro para crear en libertad otra voz o tercera entidad que podría ser “lo nuestro”, un nosotros: otra vez, y nunca mejor ilustrado, las letras se fusionan a las razones de amor. Sin renunciar a las empatías que perviven en el inconsciente, ante lo desconocido, empero, atendemos el llamado de la  intuición. La voz de un recién llegado puede o no dar en el blanco, pasar por alto o encontrar un sitio para hacerse presente: ese es el riesgo de acercarnos a ciegas al libro. A veces, conscientes de que hay páginas que se nos caen de las manos, nos sorprende la ventura de hallar un fragmento, una línea o alguna metáfora que consigue ajustarse a nuestro pequeño universo. Otros hay como los toques eléctricos que queman incluso al tratar de evitarlos o que por repudiarlos y ser incompatibles de punta a punta nos tocan oscuras fibras recónditas.  Ésos pueden sacer lo peor de nosotros mismos. Aventurarse, pues, con un autor que nos es por completo ajeno, incrementa el factor sorpresa que tan maravillosamente consiguiera en sus tankas la poeta Akiko Yosano.

Con más o menos acierto e intensidad, según el talento de cada quién, las palabras marcan el rumbo a las emociones.  Éstas aparecen, se entregan, reculan o desaparecen  para dejar en claro, al través del texto, si es de antipatía o simpatía el encuentro, si es breve o será prolongado y siquiera posible un diálogo.  El pathos es justo lo que heredamos de los griegos y lo que pervive en los amantes de las letras. Infortunados quienes  ignoran la gracia de este misterio.

¿Qué para qué sirven el arte, lo bello, leer y en general la cultura? Pues para hacer la vida más grata, menos dramática y vulnerable, y mejor apegada al misterio. Incluso durante las malas horas nos entregamos a ciegas a lo nuevo con saldos aún palpitantes de la lectura anterior.  Sin querer queriendo damos el paso franco al fenómeno migratorio, infaltable en los mestizajes, para confirmar que si lo peor en general se encierra en si mismo y es excluyente, lo mejor de nuestra especie proviene del  intercambio dinámico, del movimiento y los vasos comunicantes. Así lo confirmé, una vez más, a propósito de El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince.  Sus evocaciones me obligaron a remontar Carta al padre de Kafka, El primer hombre de Albert Camus y las Antimemorias de Malraux.   Invadida por los contrastes de la paternidad, dejé de interesarme en el estilo del colombiano –que no es de mis preferencias-, para reconocer cuánto me conmovían su relación con el padre y la sencillez con la que describe sus respectivos sentimientos: algo inusual, de menos, pues “me sacó de mí” para meterme en “otra parte”, acaso en el espacio de las emociones que por casualidad me recordó cómo, el genial Leonardo da Vinci murió dudando de sí y del valor de su obra. Se preguntó si algo había hecho que valiera la pena. Fue Leonardo quién me hizo pensar en que todo está conectado y, por consiguiente, cuán importante es la mirada del otro, la palabra del otro para completar la propia: algo que aquí se ha desvirtuado con saña porque la hostilidad trunca al otro y devalúa su voz.

Rodeada como estoy de libros, inmersa en el silencio, me pregunto cómo hemos dotado de tan tremenda visibilidad al mal, a lo bajo, la fealdad y lo nefasto. Miro a mi alrededor y no hallo respuestas.

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Primer recuerdo. Página del diario

July 12, 2019 Martha Robles

Casa Robles León. Guadalajara, Jal.

Cuando a pedido del psicoanalista leí el primer recuerdo de Julio Cortázar, el mío se manifestó de golpe: vívido, con olores, ruidos y sensaciones, durante segundos infernales fui espectadora y protagonista de una escena que me conmovió hasta los huesos. No sé si la memoria es una gran mentirosa o una notable inventora, pero cuando toma los relatos por su cuenta no hay quién la pare. Los roperos de tres lunas que había en la hermosa casa de mis abuelos paternos –una de las primeras de Luis Barragán en Guadalajara- parecían tan altos que no tenían fin. Me arrastraba en una agreste andadera de fierro por los cuartos que, alineados en cuadrado perfecto, se comunicaban entre sí alrededor del patio sevillano. Disfrutaba del sol ardiente yendo de aquí para allá con el biberón entre los dientes. Los adultos, mientras tanto, hablaban en la también inmensa habitación de la abuela, en cuya salita anexa a la cama, donde “de toda la vida” destacaban la cómoda y el tocador que nadie más que ella tocaba, acostumbraba recibir por turnos a la muchedumbre de hermanos, hijos, sobrinos y nietos que, hasta su lecho de muerte, le rendirían pleitesía como a la abeja reina que era. De pronto, en una de las alcobas más luminosas, adaptada por mi abuelo para fabricar las cometas que con buen viento echaba a volar en Chapala o en los descampados del barrio de Chapalita, vine a toparme de frente con una de aquellas lunas. El susto me dejó sin aliento. Casi paralizada, me quedé mirando mi reflejo en el ropero monumental. Todo ocurrió como el rayo: descubrir a “alguien” en el cristal me llevó a conocer el pánico: algo demasiado complicado para cualquiera, especialmente para una bebé que todo ignoraba de reflejos o espejos.

Al recordar la escena regresó la angustia que seguramente experimenté en aquella ocasión, acaso por no saber cuál de las dos era yo: la bebé del espejo, la que miraba, la de adentro, la de afuera… La confusión era total. No sabía nada, salvo que una intuida como yo estaba atrapada en una de las lunas que también me miraba. Grité. Luego lloré. Nadie escuchó. Me fui al comedor y regresé a mirar otra vez. El torpe rodar de la andadera metálica coreaba una profunda sensación de desamparo. Ignoro qué ocurrió después. Lo que permaneció encajado en los sótanos de la mente, a la espera de manifestarse, fue la imagen redonda y encapsulada, característica de la pesadilla. Supongo que fue tan intenso el pavor que, desde entonces, me dio por circular por el corredor aledaño al patio para no tener que pasar por "eso" que me había enseñado a conocer la angustia.

Durante una vida olvidé o reprimí el episodio. De no ser por la lectura de Cortázar quizá se habría quedado en las honduras punzantes de lo inescrutable; es decir, en esa mano/baúl intangible que pega y hiere, que nos saca del sueño o nos perturba sin manifestarse ni lanzar señales identificables. Creo que el recuerdo/cifra que “vuelve” sin ser llamado pertenece a las piezas clave de la memoria/azote que nos dibuja desde el profundo ser. Raya en el agua, sin embargo, el olvido recobrado señala lo que hay que mirar o leer desde la raíz de una historia o del autorrelato en proceso incesante. Quizá equivalente al separador de un libro, indica la página, el párrafo, el episodio o la palabra/puente entre el pasado y el presente que un día decide revelarse por muy secretas causas. Recuerdo/cifra –ahora lo se-, su impacto inauguró la vitalicia costumbre de evitar los espejos.

Muchos años después, al leer Habla, memoria, entendí cómo, en su infancia, a Nabokov se le metió el espanto en los huesos al ver la película hecha en casa de sus padres antes de su nacimiento: él no estaba, no era aún, su ausencia estaba marcada por un cochecito de bebé que había en la veranda… “vacío… como un ataúd”, escribió. Tal experiencia de  muerte estaba fusionada a la de no-ser. Y creo que también la mía: como Nabokov, aunque de manera distinta, yo “no era todavía” a pesar de que ya había nacido. Y “no era” porque nunca me había visto ni en rigor había sido vista por otros: condición esencial para re-conocernos. Una más entre aquel familión nada ajeno a la costumbre de “soltar a los niños” para que no dieran lata mientras despiertos, seguramente pasaba de la cuna al piso o a la andadera con la que aprendíamos a caminar de forma independiente. Lo revelador es que, al filo del primer año de edad, no me conocía. Tampoco los demás me “regresaban” la imagen que me permitiera reconocerme o cuando menos no espantarme con mi propio reflejo.

A partir de que este recuerdo me estremeció, mi memoria comenzó a fluir hacia atrás tal vez –salvo que en sentido inverso- a como fluía en Delfos el sagrado kashma para dictar el oráculo o adivinación hacia adelante. Eso es lo que hace tan fascinante soñar o recordar: hacer visible lo invisible y verosímil lo espectral e inaudito. No dudo de que por eso me haya cautivado la mente de Borges, su manera única de “ver”, “saber” y “entender” desde el misterio del sueño y sin desdoro de las jugarretas de la memoria. Desde niña esperaba con ansia el momento de dormir solo para soñar, como si “alguien” eligiera mis películas nocturnas.  Antes de entregarme al universo de la lectura y durante mucho tiempo después de veras creía que los sueños eran relatos secretos, historias tras bambalinas o mensajes en clave que había que atender y descifrar, hasta lo posible.  La imagen/llave del canto de un gallo que aterrorizó al Cortázar bebé abrió mis olvidos para aclararme, con una nitidez asombrosa, que mi certeza o conciencia de lo real,  quedaría marcada por esta impresión excluyente.

La niña que mordía el biberón no hablaba aún. Se desplazaba entre habitaciones y corredores absorbida por el chirriar de su andadera y mirando las lozas brillantes que una mujer trapeaba todos los días con verdadera fruición. El goteo de una fuente central rodeada de macetones con aroma a jazmín, las voces viajando por los pasillos que rodeaban el patio, el pregón callejero entrando por ventanales de grandes puertas de aquella casona luego convertida en escuela y ahora en monumento histórico…, el ruido de las cazuelas en la cocina, los olores agridulces del chocolate, el nixtamal, los frijoles, el arroz y el perol con verduras… Todo quedó en mi mente como un paisaje vital, grabado especialmente para que supiera no solamente quién soy, sino que había cosas bellas a pesar del olvido y de los episodios que, apenas por un indicio que se negó a borrarse, aún estremecen como ráfagas de dolor. Esta casa era de luz,  como el canto de los canarios allá atrás. El universo de los abuelos contenía mi verdadera infancia, la belleza que nunca borré, la que reconozco por sus símbolos en un ámbito de sonidos y reflejos que se multiplicaban en ecos y duplicaciones extrañas que sí y no me pertenecían. Eran tan sugestivas y misteriosas las repeticiones como las sombras largas que poblaban el piso cuando más calentaba el sol. Seguirlas, pisarlas, fascinarme con el juego de refulgencias y siluetas oscuras, despojadas de gestos y rasgos, se convirtió en surtidor del conocimiento de la criatura que fui y nutriente de la que soy.

La historia de  cristales, laberintos, ecos, repeticiones o sombras con que el genial Borges habría de fascinarme con seguridad es inseparable de esta impresión primitiva que, como otras, conlleva invariablemente el nombre siempre querido de Luis Barragán. El hecho es que esa experiencia del espejo no pudo ser más angustiosa. Caso distinto al del Cortázar/nene porque, ante su terror por el canto del gallo, aparecieron su madre y su abuela para arroparlo. En mi caso solo hubo un grito que para siempre me llevaría a repudiar los espejos. Un grito que, al manifestarse y “hablar”, cobraría sentido por el prodigio de la escritura, por la fuerza curativa de la palabra. Así me di cuenta de que el recuerdo “habla”: habla como entresacado de los vapores secretos del khasma distintivo del oráculo de Delfos. Habla por fin, sin renunciar al enigma de su primera absorción, sin romper la raíz de un dolor que queda después del dolor. Dilucidarlo o mejor aún, descifrarlo, remonta su impresión primordial; pero hay que decirlo o interpretarlo para poder soportarlo y, luego, sumarlo al bulto más o menos congruente de nuestra ficción verdadera.

Reconstruir el instante del pasmo inicial esclareció signos que salpican mis páginas con mensajes recónditos. Mi indeclinable deseo de entender acaso surgió del balbuceo de la nena que no se comunicaba, pero que aprendió a leer antes de los cuatro años de edad, acaso por necesidad de ser y de estar a la vista de los demás. La lectura fue  desde entonces  una pasión, la más perdurable de todas.

 

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Vasconcelos: un antihéroe consagrado*

July 2, 2019 Martha Robles

Un rayo de punta a punta: así fue José Vasconcelos. Al conmemorarse 60 años de su fallecimiento (junio 30 de 1959), sus devotos de las últimas generaciones lo enaltecen con tanto o más entusiasmo que sus coetáneos. ¿Por qué? Pues por lo que pudo ser un país educado de haber realizado su ideal; por encarnar al Ángel exterminador y haber sido derrotado en todas sus empresas; porque, Mesías promisorio, encendía con discursos y arengas al rojo la esperanza de una muchedumbre sin esperanza; porque se lo creyó un hacedor de milagros, pero estaba condenado al fracaso; porque pretendió redimir “a este pueblo que no tiene remedio”; porque primero exaltó a  la “raza” por la que hablaría su espíritu y después del ´29 la aborreció  por permitir el “triunfo” de su enemigo en vez de levantarse en armas tras la experiencia del ´29; porque creyó en el sueño de Madero y, tras vaivenes que siguieron al golpe huertista, se unió a Obregón en el Plan de Agua Prieta para desconocer a Carranza y denigrarlo con su apasionamiento habitual;  por sus ires y venires de la simpatía al odio y al revés; porque, fundador de la SEP en octubre de 1921 y al sentar fama de civilizador en México e Hispanoamérica, sus crecientes diferencias con Obregón recayeron sobre su proyecto educativo y se extendieron, aun durante otro de sus exilios, hasta Calles en su campaña para la Presidencia, en 1929…

Los por qués del rojo y el negro de figura tan controversial, apuntan a una sola y reveladora dirección: sobre sus coetáneos, en especial miembros del Ateneo de la Juventud reconocidos además de por sus obras por crear las grandes instituciones del México moderno, el “Maestro de América” encarnó el espíritu de su tiempo: temperamental, misógino, egocéntrico, amante del poder, intolerante, panamericanista, inspirador del  “antiimperialismo reaccionario”, definido por García Cantú en Las invasiones norteamericanas en México; conservador exacerbado especialmente al final de su vida;  escritor, ideólogo de la derecha, conferenciante, idealista, weberiano, seductor si los hubo y hombre de acción y de pensamiento… En suma, su compleja y accidentada biografía  sintetiza la sentencia de Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”, publicada en 1914 en sus Meditaciones del Quijote. De tal modo y consciente de la hazaña anhelada, se dio a la tarea de salvar de la ignominia al país y de paso o ante todo, salvar al mestizaje y salvarse a sí mismo en nombre de la memoria por venir.

Vasconcelos fue él y su talante telúrico en una circunstancia tan revuelta y violenta que, por sí misma, era propicia para encender a las masas con mensajes mesiánicos y juicios lapidarios. Nada de lo que hacía o decía atemperaba su naturaleza. Y a nadie  dejaba indiferente: de ahí que inspirara, con idéntica intensidad,  aborrecimientos jurados y devociones al rojo. Contrapunto de Alfonso Reyes, no solo cultivó su propio mito, sino que consideró necesarios los extremos que cada uno representaba en nuestra cultura, según consta en sus cartas. Incapaz del punto medio emblemático del cauteloso Reyes, Vasconcelos vivió convencido de ser “el elegido”; de su adorada y religiosísima madre  proviene su certeza de haber nacido para algo grande. Empezando por cómo lo influyó doña Carmen, cuya muerte  lamentó hasta el final de su vida, trayectoria, carácter y creencias se ajustan con precisión al aforismo orteguiano.

Su memorable absorción del súperhombre nietszcheano, redondeó el poder del voluntarismo: características/guía de las dos aventuras que lo consagrarían como un verdadero antihéroe[1]: la del monumental proyecto educativo, a la fecha inconcluso e inaplicable en nuestro régimen de poder, y la otra “cruzada”, la electoral de 1929, también teñida de espiritualidad. Quetzalcóatl redivivo, se enfrentó a Huichilobos/Calles creyendo que era hora de legitimar las bondades de un “filósofo rey”, en los términos platónicos.  No obstante los mártires caídos, a pesar de su pregón voluntarista y de las movilizaciones de los clubes vasconcelistas en varios estados, sobre las prendas de redentor que ofrecían sacar al pueblo de su ancestral postración, quedó en claro que, en cuestiones políticas, el pragmatismo de Calles carecía de rival.

De hecho, no fue casual que su contendiente/títere, Pascual Ortiz Rubio, a quien las malas lenguas apodaban “El nopalito” (por baboso), inaugurara el Maximato en su carácter de fugaz mandatario sin poder y que ese mismo 1929, el avezadísimo y estratego de cepa, Plutarco E. Calles, “institucionalizara” la revolución mediante la creación del Partido Nacional Revolucionario: obra maestra del poder absoluto y del manejo de las masas. Inclusive al someter la Cristiada y determinar el rumbo de las “fuerzas vivas”, Calles “legitimó” el dominio político del Ejecutivo en una sociedad maltrecha.  Con ajustes y cambios de nombre, el Partido Nacional Revolucionario consumaría, con Cárdenas, el poderoso presidencialismo fundado por él y amparado por el renombrado Partido de la Revolución Mexicana, previo al que fuera, en los términos por todos conocidos, Partido Revolucionario Institucional, a partir del sexenio de Miguel Alemán. Y en toda esta trama, de cerca y de lejos, anduvo mezclado el nombre de Vasconcelos, inclusive en la inaudita aventura de pretender aliarse en sus respectivos “exilios” con su archienemigo Calles para darle un golpe de Estado a Cárdenas…

“Para bien y para mal, somos lo que somos porque él contribuyó a hacernos así”, diría en su oración fúnebre Jaime Torres Bodet, su joven secretario particular en la SEP y él mismo Secretario de Educación primero, durante el gobierno de Ávila Camacho, y después con López Mateos, de donde vino a crear el Plan de Once Años, también abatido por sindicalistas y detractores, no obstante sus enormes aciertos.  Con mal pie desde sus orígenes, por desgracia la SEP nunca ha formado una sola generación capaz de enorgullecernos. Su historia de quebrantos, tentativas, “reformas” y ocurrencia y media espejea en parte la biografía de su ilustre fundador.

Mejor que ninguna otra figura pública, Vasconcelos encarna el enredo simbólico de ignorar la historia, encumbrar la emoción religiosa y buscar héroes, mesías, vengadores y redentores para avalar su mensaje. Entendió el valor del mesianismo en una cultura sin sedimentos sólidos, pues creyó inminente subsanar mediante la educación el  sentimiento de orfandad creado durante la Conquista y exacerbado a partir de la Independencia. Antihéroe venerado por las izquierdas ciegas, encumbrado por la ultraderecha y elevado a Redentor por el pueblo desasido, se constituyó en el santo idóneo para ser adorado por todas las facciones.

Todavía queda bajo sospecha aquél que se atreva a dudar de su monumentalidad, a pesar de que en su hora y aún después se convirtió en un controversial representante del México de entretiempos: la pre y la pos revolución. De única figura trágica en nuestra historia, como pretendió asumirse, pasó a convertirse en nombre de calle, de bibliotecas, revistas y escuelas. Su nombre asegura éxito si se lo cita al inaugurar monumentos o referirse a sacrificios cívicos o apóstoles de la democracia. Y es que con Vasconcelos no hay fallo: tirios y troyanos saben que ponderar su obra educativa es mantener vivo el anhelo del ave Fénix que renace de sus cenizas. Crecen sus luces ante el panorama sombrío del México actual y, por desagradables que fueran, sus sombras se disipan porque nuestra cultura tiende a consagrar antihéroes porque fracasan frente a los poderes supremos y malogran sus tentativas. No que no haya mérito en la búsqueda y prueba de algunos cambios, es que llama la atención nuestra preferencia por figuras desafiantes que son vencidas abierta o simbólicamente, aunque siempre, siempre, dejando tras de sí la obra inconclusa y, de ser posible, acompañada de anecdotarios grotescos: Hidalgo, Madero, Vasconcelos, Zapata…

Ante la obvia escasez de héroes y grandes hazañas, los mexicanos rendimos culto casi a ciegas y con un fervor más propio de la fe religiosa que del civismo a hombres que aún aguardan una justa revisión de sus actos. El “Maestro de América” se fue encumbrando porque la historia no ha alcanzado la madurez que requiere el deslinde para entender quiénes somos, de dónde venimos, por qué actuamos de ésta u otra manera y cuáles son las circunstancias que nos hacen como somos. El culto al personaje mitificado no guarda correspondencia con el hombre de contrastes que fue y el que se va perfilando  más y mejor en la medida en que nos atrevemos a mirar más allá de lo aparente.

A petición expresa suya, sus restos descansan en la capilla de Guadalupe de la Catedral Metropolitana. Él mismo, encendido por la animosidad que movió su pluma en La flama, último título de su saga autobiográfica, escribió su revelador epitafio: Nunca sabrán las generaciones venideras, lo que perdieron perdiéndome.

 


[1] Recordar que los héroes lo son, desde los días de Grecia, precisamente por triunfar sobre las fuerzas oscuras, algo que él no logró.

  • Si les interesa tengo dos libros sobre el tema: Entre el poder y las letras, Vasconcelos en sus memorias, FCE, 2a. ed. 2002; y Entre la concordia y el rayo, Reyes y Vasconcelos, Dir. Gral. de Publicaciones, Conaculta (Sello Bermejo), 2005.

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    • Nov 15, 2019 De mis diarios. Deleites perdidos Nov 15, 2019
    • Nov 9, 2019 De mis diarios. Lo que el Muro derrumbó Nov 9, 2019
  • October 2019
    • Oct 18, 2019 Judía y mujer: una cabeza incómoda Oct 18, 2019
    • Oct 11, 2019 Memoria. De mis diarios Oct 11, 2019
  • September 2019
    • Sep 26, 2019 De libros y Los creadores Sep 26, 2019
    • Sep 16, 2019 La mediocracia, una pandemia Sep 16, 2019
  • August 2019
    • Aug 29, 2019 De mis diarios. Con Elizondo en el CME Aug 29, 2019
    • Aug 22, 2019 Narciso, otro símbolo de Borges Aug 22, 2019
    • Aug 2, 2019 Sobre La otra vida de Daniel Aug 2, 2019
  • July 2019
    • Jul 23, 2019 Esta curiosa pasión por las letras Jul 23, 2019
    • Jul 12, 2019 Primer recuerdo. Página del diario Jul 12, 2019
    • Jul 2, 2019 Vasconcelos: un antihéroe consagrado* Jul 2, 2019
  • June 2019
    • Jun 22, 2019 Cultura, un privilegio. ¡Claro que sí! Jun 22, 2019
    • Jun 7, 2019 Noa Pothoven. Del pene y la llaga Jun 7, 2019
  • May 2019
    • May 31, 2019 Larga noche oscura May 31, 2019
    • May 10, 2019 Museo de la Mujer May 10, 2019
    • May 2, 2019 De mi ficción verdadera May 2, 2019
  • April 2019
    • Apr 25, 2019 Lo sagrado y las urbes Apr 25, 2019
    • Apr 16, 2019 Apr 16, 2019
    • Apr 8, 2019 De mis diarios. La maldición de la culebra Apr 8, 2019
    • Apr 1, 2019 Reinvención del pasado Apr 1, 2019
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    • Mar 15, 2019 Entrevista sobre Los pasos del héroe Mar 15, 2019
    • Mar 7, 2019 De la dificultad de ser mujer donde todo lo impide Mar 7, 2019
  • February 2019
    • Feb 26, 2019 Sin metis, solo mediocridad Feb 26, 2019
    • Feb 19, 2019 Páginas del diario. La mirada del otro Feb 19, 2019
    • Feb 12, 2019 Populismo para el hombre-masa Feb 12, 2019
    • Feb 5, 2019 Ni los dictadores son lo que eran Feb 5, 2019
  • January 2019
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    • Jan 20, 2019 La palabra y las libertades Jan 20, 2019
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    • Jan 1, 2019 Izquierdas personalizadas Jan 1, 2019
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    • Nov 19, 2018 Soledad Nov 19, 2018
    • Nov 9, 2018 Y el Muro cae... Un capítulo de mi autobiografía inédita Nov 9, 2018
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    • Jan 21, 2014 Enero 21 Jan 21, 2014

Culpas viejas, mujeres nuevas. Entrevista. https://youtu.be/9go7A0-hmso

En Huellas de la Historia, con Francisco (Paco) Prieto y Blanca Loolbe, Alejandro el Grande. Los pasos del héroe”, Radio Red, México, https://podcasts.apple.com/mx/podcast/alejandro-magno/id1243780697?i=1000431633702

Entrevista sobre los pasos del héroe, lunes 11 de marzo, 2019, 2019, Fabián Vázquez y Rafael de la Lanza; Revista Gandhi Lee+

https://www.facebook.com/mascultura/videos/451974625342403/

“Del amor a las letras y otras pasiones” en Poéticas de las inteligencia, programa de radio coordinado por Patricia Galeana y Beatriz Saavedra. Conductora Lourdes Enríquez, IMER, CIUDADANA, 660 am, jueves 27 de agosto de 2020. https://www.mixcloud.com/MujeresalaTribuna/po%C3%A9ticas-de-la-inteligencia-del-amor-a-las-letras-y-otras-pasiones/

A partir de septiembre 2020, colaboraciones en La noche es joven, programa de radio de Enríque García Cuéllar, Tuxtla Gutiérrez, Chis.:

Octubre 2, https://www.facebook.com/MuseodelaMujerMexico/videos/325674728612136/

Octubre 10, Casandra en la mitología, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/362463818454782/

Octubre 16, Las migraciones en el mundo, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/2675104412742380/

2020

- https://www.facebook.com/757213191075830/videos/3443483862406877 , “intelectuales y poder”, programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Oct. 26, 2020.

- “Helenismo en Alfonso Reyes”, video conferencia organizada por la Sría de Cultura, el Dep. de Literatura del INBA y la Capilla Alfonsina. Con Javier Garcíadiego (director de la Capilla Alfonsina) y la traductora del griego Natalia Moroleón. Moderadora Beatriz Saavedra, Trasmitido en vivo por Facebook, noviembre 5, 2020. https://www.facebook.com/283189608464004/videos/654522281924283/

“Intelectuales, prensa y poder”, en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Nov. 6, 2020. https://www.facebook.com/757213191075830/videos/1034311790327823

“Mujeres y otras penas”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/286419819321195 en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., , Nov. 13, 2020

“Gobernar con sermones”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/815646722545743, Ibid., Nov. 27, 2020

“La amistad entre Alfonso Reyes y José Vasconcelos”, Capilla Alfonsina, con Javier García Diego y el dr. Hurtado, Capilla Alfonseca, junio 30 de 2021. https://www.facebook.com/watch/?v=357786745726168

 “Actualidad de Marguerite Yourcenar” , Julio 8 de 2021, en el programa La noche es jocen de Enrique García Cuéllar. https://www.facebook.com/100063493035749/videos/834712267158793


Debate 22, entrevista con Javier Aranda, Octubre 10, 2022, Canal 22. (https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=jl5UKjczBPPI52y91C_now&s=03)

https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=LNgpCJXplWwnHJVKfBU9EQ&s=08

“Las palabras, espejos de la vida”, conferencias, Noviembre 9, 16, 23 y 30 de 2023, Plataforma ZOOM, dos horas por semana, Instituto dde la Cultura y las Artes, Cancún, Quintana Roo. Disponibles en YouTube con este enlace: https://www.youtube.com/playlist?list=PLOOto7Tr4g7IWZRngC2m_3zwvuTIrqE4H

Agosto 7, 2024 A medio siglo del fallecimiento de Rosario Castellanos. Capilla Alfonsina. Coordinación Nacional de Literatura. Sigue en directo la charla especial en honor a Rosario Castellanos. Acompáñanos y explora su impacto en la literatura. Una oportunidad única para reflexionar sobre su legado. Participan: Martha...

www.facebook.com.

https://www.facebook.com/share/v/nw26bULtQ6sooEGs/?mibextid=jmPrMh

“Martha Robles”, entrevista de Beatriz Saavedra para el Diario de Madrid, Noviembre 27, 2024. Entrevista a Martha Robles - https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/critica-literaria/entrevista-martha-robles/20241127090423084011.html?utm_medium=social&utm_source=whatsapp&utm_campaign=share_button

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Enero 16 de 2025, Alfonso Reyes y el exilio, Ateneo Español de México, A.C

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