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Martha Robles

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Nuevos tiempos oscuros

February 22, 2022 Martha Robles

Eichmann en Jerusalén. Un ensayo sobre la banalidad del mal

Es difícil que la persona con escrúpulos, compasivo, con un alto sentido del respeto y la dignidad y educado con estándares éticos sea indiferente al compromiso moral de la inteligencia. Al destacar lo importante que es oponerse a políticas abyectas, Hannah Arendt, como judía perseguida en la Alemania de Hitler, señaló que el pensamiento no solo necesita inteligencia y profundidad, sino coraje. Coraje sí, no para impedir el mal, sino para cuestionarlo, rebelarse y no repetir el destino de los doblegados. Es más posible que el ser pensante viva como inconforme en rebeldía a que se transforme en dictador, tirano, populista, ejecutor o representante de la frecuentada costumbre de creerse Mesías redivivo, fundador de una nueva era o cualquiera de las patrañas discurridas por el sujeto ordinario que se hace con el poder. 

Es de considerar que entre el dominador durante un tiempo oscuro y el ser pensante con capacidad crítica, prospera un personaje de extrema peligrosidad: el hombre “normal”: individuo común y corriente que, irreflexivo, es insensible al dolor de los demás. Incapaz de pensar la consecuencia de sus actos, está dispuesto a participar de cualquier cosa, lo que la ocasión ofrezca no por haber elegido, sino porque “así le tocó”: arrojar personas a las cámaras de gas, confinarlos en campos de exterminio, participar en narco bandas, convertirse en secuestradores, feminicidas, correligionarios tramposos, enemigos del saber, perseguidores… El ser intermedio, el que considera que el Mal carece de importancia, pertenece al grupo de sujetos oscuros u opacos que ni son alguien ni pretenden serlo, pero “ejecutan” de manera eficaz las encomiendas y las monstruosidades más inverosímiles.

Tras participar como testigo en el juicio que a principio de los años sesenta condujo a la horca a uno de los mayores criminales de la historia, Hannah Arendt examinó en Eichmann en Jerusalén, la mediocre personalidad del acusado, su contexto sociopolítico y la relación entre legalidad y justicia: lo que más se debe considerar cuando se alega que una infamia es legal, aunque injusta. En este caso, era más que legal participar en la organización del Holocausto, con todo lo que conllevaba ejecutar un crimen de lesa humanidad. Adolf Eichmann, interventor de la “logística” de la solución final, era un hombre sin atributos: un pobre diablo, padre de familia “común y corriente”; mediocre entre los mediocres, no cuestionaba las órdenes “de arriba”. Hacía lo que lo mandaban y lo hacía bien, como “cualquier” burócrata o soldado que jura lealtad a su bandera. Protagonista de un fenómeno que implica al hombre ordinario que transmuta en monstruo sin conmoverse, Eichmann reveló a la filósofa la hondura de “la banalidad del mal”. Con estremecedora claridad escribió sobre la dramática posibilidad de que, propio de la condición humana, no se requieren características especiales para atreverse con lo peor. Tuvo el acierto de notar que Eichmann era cualquier Eichmann, un López, González, García, Smith o lo que fuera: un Fulano de tal que, uniformado, ascendió a teniente coronel “a cargo” de violentar Polonia y transportar en tren a judíos a los campos de exterminio. Allí, según las normas del régimen nazi, se asesinaría a unos seis millones de judíos y otras minorías entre polacos, gitanos, húngaros y disidentes en general. No que ignorara Eichmann el destino de las víctimas, es que “era su trabajo”.

Cuando los de abajo obedecen, los opacos de arriba camuflajean sus propósitos de dominio. Así se atrae al hombre medio, al “común y corriente” susceptible de ceder, conceder y endiosar al que lo manipula. El dominador oscuro provoca sufrimiento y desesperación, fomenta la injusticia, el odio y el ultraje, por decir lo menos. Turbio, es ciego al dolor y a los derechos de los demás.  Desdeña la inteligencia. Si el soldado y/o burócrata fiel es peligrosamente oscuro, más dañinos son los gobernantes oscuros, sus jefes.  A excusa de mantener los mandos en un puño -sean éstos con uniforme (el ejército) o sin el, como los congresistas, jueces, sindicalistas, correligionarios, subalternos, etc.- violentan los derechos de los demás. 

Son notables y actuales las cabilaciones de Arendt no únicamente a propósito del Juicio de Jerusalén y la cuestión judía, también por lo que sucede en tiempos oscuros, como los nuestros: se aniquila el compromiso moral de la inteligencia y se convierte en “legal” lo que éticamente es injusto e inadmisible.  Por cada triunfo de los hombres oscuros, se retraen logros y mentes que podrían enorgullecernos. Obediente y solo apto para cumplir con eficiencia las tareas que le encomiendan, el mediocre Eichmann que la mayoría lleva adentro asciende “por sus méritos” en la escala de la burocracia. Es “reconocido” por las instancias superiores y llega a volverse uno de los protagonistas mejor realizados del régimen que lo acoge, sea como “gobernador”, funcionario, diputado, arribista, lambiscón o lo que resulte.

Al desentrañar el carácter del responsable directo de la solución final, la autora de Los orígenes del totalitarismo descubrió el revés del operario que, carente de juicio propio, como tantos, se sujeta a lo “legal”. Lo demás carece de importancia. Simplemente se coloca “el uniforme” y vigila el orden puntual en la aplicación de la política de extermino. Sin el uniforme es un don nadie, nada. Para entender el alcance de este fenómeno hay muchos espejos no solo en el gobierno, también está la estructura de la delincuencia organizada para demostrar hasta dónde el pobre diablo es una criatura tremendamente peligrosa. Es el tal por cual que no es simpático ni listo ni se reconoce por nada. Es el Eichmann sin atributos que prolifera como “estilo de gobernar” o cual miembro de una sociedad desestructurada. Es el sujeto que, sin conmoverse, se supedita a lo que le toque o le llega. Burócrata al fin, cumple con lo “que hay”, según el empuje de la política de ascensos y/o recompensas de la ideología. 

La historia es la gran maestra de la infamia, la gran desatendida y empeñada en repetir, reinventándose. Es persistente al renovar bajezas y yerros; por ello, es el mejor registro de la condición humana. Basta mirar atrás e inclusive a nuestro alrededor para confirmar  los aciertos directos e indirectos de Arendt  al acuñar, definir y tipicar “la banalidad del mal”: concepto también aplicable al “tiempo de oscuridad”, comandado por mentes perversas disfrazadas de redentores o defensores del “pueblo”; pueblo obediente que no requiere ser un pozo de maldad. Basta con que actúe conforme a lo que sus dirigentes le marcan. Basta plegarse al modelo de no-persona fomentado por la propaganda para que de Fulanito de Tal pasen a ser  parte del batallón de Eichmanns que, a fin de cuentas, no son nada. Más bien son representantes de la condición humana a los que no interesa el beneficio de la virtud ni de la razón.

Reflexionar no es cualidad de la mayoría. Lo común es ignorar la consecuencia de los propios actos, cual corresponde a la banalidad del mal; es decir, el mal es intrascendente, sin  importancia, algo superficial. Si los soldados fueran críticos y reflexivos no habría ejércitos ni guerras ni invasiones ni  oprobios. Tampoco narcopoderes ni dominios monstruosos. Bastante sabe el mundo de este indeseado fenómeno que se repite con terquedad. Pensemos, por añadidura, que la burocracia es una estructura que parece diseñada para aniquilar el espíritu porque  supedita el comportamiento a lo indicado por las instancias superiores.  

El hombre oscuro prolifera en cualquier modelo político porque carece de principios; le importa un bledo si se trata de populismo, dictadura, militarismo, comunismo… No necesita ni le interesa cuestionar si su proceder es justo o injusto, humano o inhumano, bueno o malo. Burócrata al fin, cumple sin conmoverse, sin inmutarse siquiera. Eichmann era inclusive despreciado por muchos de sus colegas y jefes que “lo veían menos”. Los testigos decían que en su ropa de civil parecía inofensivo y hasta tonto, al grado de creer que “los actos malvados” no eran su responsabilidad. Eran órdenes de “arriba”, las instancias superiores.

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A propósito del infierno

February 8, 2022 Martha Robles

El grito. Edvard Munch

Concentrada en descifrar uno de los mitos más ricos e incesantemente renovados, descubro que no es el ave Zu de los remotos sumerios el amo del terror. Tampoco son las feroces Irinias las que discurren castigos pavorosos para sancionar las faltas cometidas ni creo efectiva a la muchedumbre de demonios que intimidan desde la noche de los tiempos, de preferencia  para fortalecer el poder de las religiones. La realidad supera cualquier ficción porque cada uno de nosotros puede crear un averno a medida: pensarlo intimida, pero experimentarlo en carne propia induce a los penitentes a suicidarse antes que seguir padeciendo aguijones tan lastimosos como la melancolía, la depresión, la sensación de vacío, el sinsentido, el absurdo, la desesperanza, el dolor extremo, el terror y la angustia por encima de todo.

No sabemos si es de llamas, monstruos y tridentes el reino de Satanás y su cohorte  de torturadores.  Lo que sigue a la muerte puede ser nada o cualquier cosa ya que, a fin de cuentas, la existencia se encarga de prodigar sufrimientos sin necesidad de amenazas a perpetuidad localizadas en espacios virtuales o físicos; de entre las causas íntimas del dolor, las enfermedades mentales arrojan pesares concretos y tanto o más tremendos que las figuraciones de Dante. Reales o imaginarios aunque invariablemente espantosos, los infiernos interiores pueblan la gran literatura no por su poderosa escenografía ni su riqueza de recursos fabulosos, sino porque son inseparables de la vida. Si Kafka y su escarabajo abrieron las puertas de la pesadilla, con “Una temporada en el infierno” Rimbaud demostró que no se necesitan geografías sofisticadas ni ejércitos de torturadores sobrenaturales para que un Verlaine trasmutado en monstruo convirtiera en relámpagos y soles negros la pasión compartida. No menos mortificado por su monstruo interior, Gérard de Nerval sería otro “sol negro” inmerso en el submundo sombrío regentado por su Hades particular.

Y de demonios supo como pocos Edgar Allan Poe, un legítimo y verdadero residente de la noche.  Rodeada de atribulados y personajes sombríos, Djuna Barnes aprendió a jugar esgrima con la angustia para envejecer y convertirse en relatora de aquel “Bosque de la noche” que arrojaba en París sus frutos podridos. Otro averno nocturno estuvo frecuentado por Lowry, Salgari y Anne Sexton entre un listado tan enorme de escritores que no faltan quienes confunden el amor a las letras con la locura y el desprecio a la vida, con la costumbre de la fuga y -en más ocasiones de las que nos gusta aceptar-, con la incapacidad de armonizar las emociones con la razón. De ello podrían informarnos cabezas tan avezadas como Yukio Mishima, la propia Woolf, Hemingway, mi querida Remedios Varo, Alfonsina Storni, Silvia Plath, un temerario Horacio Quiroga, Paul Celan o Sandor Márai. Cada vez que releo a Alejandra Pizarnik no puedo evitar imaginarla en el vértigo del alcohol sazonado con una buena dosis de barbitúricos para deslizarse hacia la muerte lentamente, como en un sueño, como al parecer también hicieron Pavese y Lugones.

La bestia negra se adueñó de todo un régimen y, deshumanizado, el fascismo torturó, asesinó e hizo del sufrimiento emblema de la demonización del poder.  Eso, sin descontar lo que Stalin discurrió por su cuenta en relación con los infiernos de este mundo que, sobre sus crímenes, provocaron suicidios tremendos entre pensadores, artistas y los que se oponían a su averno oficial. Es que a nuestra especie le fascina construir infiernos y protagonizar a las más indignas criaturas para irse con todo contra sí mismos y sus semejantes. Hay dominios que, además de especializarse en tortura física, son maestros devastadores de espíritus. De eso dejó tomos enteros de historias de locura y bajezas la “Santa” Inquisición, experta en aniquilar cerebros y, si no en matar de la manera más cruel, dejar a los infortunados que acosaba como muertos vivos. Una más, entre millones de víctimas sobrevivientes de los campos de exterminio, al ser rescatado por los aliados como esqueleto de lo que fue, un brillantísimo Primo Levi escribió sus dudas en Si esto es un hombre. Tras dejar obras cuya lectura nos arranca la piel, el fantasma de Auschwitz lo empujó al vacío desde el cubo de la escalera de su vivienda. La paz que la vida les negó a los supervivientes y perseguidos que vagaban como reales almas en pena también fue buscada por Arthur Koestler, Walter Benjamin, Stefan Zweig y cientos de judíos o no judíos que, con el alma quebrantada, eligieron la muerte antes que continuar arrastrados por la pesadilla que, de tiempo atrás, se había adueñado de sus días.

A propósito de conmemorar el 140 aniversario de su nacimiento, no solo repasé lecturas relacionadas con la depresión y el suicidio de Virginia Woolf en el río Ouse, a sus 59 años de edad, también retomé la antigua inquietud que he tenido por las enfermedades mentales. A mis quince años de edad tuve que darme cuenta de lo que se trataba y lo que ocultaba el suicidio cuando nuestro vecino, estudiante de la preparatoria militarizada, se pegó un tiro cuando jugaba a “la ruleta rusa” con cuatro compañeros suyos. No solo nos tocó en suerte a mi hermana y a mi acompañar al moribundo en la ambulancia de la Cruz Roja, también tuvimos que corroborar que uno tras otro, y con pocos meses de diferencia entre sí, hicieron lo propio los demás miembros del grupo. Abrí los ojos a partir de entonces, y de cerca y de lejos advertí que los infiernos privados campeaban con peligrosidad alrededor de nuestros días, con la salvedad de que nadie, bajo ninguna circunstancia, podía ni debía revelar ESA verdad “vergonzosa”. No tuve que cavilar demasiado para darme cuenta de que el atraso de la neuropsiquiatría y de las terapias especializadas guardan una temible y terrible correspondencia con los prejuicios que indican que las enfermedades del alma son una mancha familiar que muy pocos están en aptitud de soportar.

Es fascinante repasar la inmensa galería de infiernos discurridos por los pueblos, desde la antigüedad remota. La imaginería que en el pasado mesopotámico podía matar del susto a quienes creían que aquél “que lleva rápido”  “tenía un cuerpo negro como la brea y su rostro era como el de un zu; llevaba una capa roja; llevaba un arco en la mano izquierda y una espada en la derecha; con su pie izquierdo pisaba una serpiente...” Aquel bisabuelo del demonio era visible y tangible, lo que indica que los monstruos, por íntimos que parezcan, andan todavía sueltos como aves de rapiña o perros rabiosos. Amo del terror, aquel de los orígenes personificaba el mal y  la fealdad. Se anunciaba con un grito violento. Encarnaba la crueldad reconcentrada y el placer de desencadenar penalidades en seres inferiores a sus verdugos: sospecho que el ave Zu algo sabía de los que sufren en silencio su propio infierno. Apareció sin embargo el psicoanálisis y proliferaron los nombres para clasificar a los monstruos particulares a partir del árbol de la angustia. Aunque la literatura nunca abandonó su apego a lo sombrío, se multiplicaron las maneras de entender e interpretar el sueño y la pesadilla. 

Desde Sócrates y Safo, Séneca o personajes trágicos como Antígona hasta literarios como Anna Karenina o Mme. Bovary el suicido demuestra que, como dijera, Camus, es el único problema verdaderamente filosófico. Pienso en Virginia, en Alfonsina, en Safo, en Anne, en Silvia… y en el dolor insondable que las habitó antes de decidir despacharse. Pienso, además, en los miles y miles de enfermos del alma, en los atenazados por la depresión y la angustia, en los atrapados en la noche oscura y me duele el atraso de la psiquiatría. Me duele el abandono y la incomprensión que rodea las no-vidas de los atormentados por el demonio interior. 

No queremos chamucos ni diablos de cola ardiente: la angustia es suficiente para sustituirlos. Tampoco hay necesidad de más fantasmas porque el infierno es el yo y la pesadilla. El infierno está en el alma desmembrada, en la mente rota, en la emoción herida. 

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Decir no o dejarse caer

January 25, 2022 Martha Robles

Sabemos que las crisis carecen de fondo, pero no somos obnubilados para no darnos cuenta de que en los últimos meses hemos ido a peor, a más bajo, a más perverso. Sabemos que la historia de México poco, muy poco tiene para enorgullecernos y que la mayor parte de la población desconoce lo que, en términos idílicos, se llama “estado de bienestar”, pero quien diga que lo que estamos padeciendo es ejemplo de superación sociopolítica, de desarrollo con progreso, de fomento a la obra pública, de inteligencia estratégica, de rectificación de errores pasados y/o enquistados y de talento en los modos hiper personalizados de gobernar es, de menos, un ignorante o un enchufado. 

Nuestra sociedad está en bastante mal estado. Tanto, que el sufrimiento evitable se ha incrementado de manera escandalosa en la población. Hay que decirlo alto, para que se escuche y no seamos cómplices: crear, encubrir y fomentar conflictos y daños a terceros desde el poder es una forma innegable de terrorismo de Estado.  Lastimar deliberadamente a otros no puede ni debe ser tarea de las políticas públicas. Aberraciones como estas pretenden pasar ante la opinión pública como recursos políticos para sabe Dios cuáles propósitos, pero callar agrava la humillación.

No es suficiente chocar con los acontecimientos cada mañana, hay que sumarse a los que dicen que no.  Si ya lo decíamos de tiempo atrás, hay que repetirlo a viva voz: no al crimen; no a los feminicidios; no a los asesinatos de periodistas; no al odio a la libertad de expresión; no al robo de niños y de adolescentes; no a los encubrimientos delictivos; no a la farsa del Poder Judicial; no al empeño oficial de acabar con el deber moral de la educación pública, por pobres que fueran sus logros (o precisamente por eso); no a la contaminación; no al descrédito de la cultura; no a la destrucción de las instituciones democráticas; no a la autocracia; no a la batalla oficial contra los recintos académicos; no a nombramientos espurios ni a la protección gubernamental de acosadores, violadores y delincuentes; no al vituperio como máscara política; no a las imposturas de “el otro es el culpable”; no al encubrimiento ni la complicidad delictuosa; no a la violencia disfrazada de logro político; no a repudiar energías limpias y propuestas ecológicas; no a la inversión en más gasolinas y productos contaminantes; no a la destrucción del campo; no al descenso general del país que pretende remontar el siglo XIX… 

Sobre todo decir no a la presión para igualarnos hacia abajo. No confundir la manipulación de las masas como instrumento de “transformación”. No aceptar que uno tras otro, día con día y sin que falte ninguno, se repitan asesinatos -y concretamente asesinatos contra periodistas y mujeres-.  No al horror como el del cadáver del bebé robado para dejarlo en un basurero del penal. No a la venta de niños ni al comercio sexual forzado; no aceptar la excusa de que el pasado es el hoy y el ahora es presa de su ignorancia, de su irresponsabilidad y del enamoramiento del poder absoluto.  No por favor, no más esta farsa que presume democracia cuando ni siquiera existe conciencia ciudadana, ni se ha cultivado la capacidad electiva de las personas.

Decir no es un derecho al que no podemos ni debemos renunciar. Una y mil veces lo repitió Marguerite Yourcenar: “sólo importan los que dicen no (…) Cuando los utopistas comiencen a ser la mala conciencia de los gobiernos, la apuesta está a medio ganar.” Aquí, por desgracia, se escribe en la arena, se protesta para oídos sordos y se defiende la democracia con la convicción de un artilugio prescindible. De ganar es poco lo que se obtiene aquí, donde los partidos políticos son un simulacro, la oposición un fantasma y la crítica apenas susurro al oído del puñado que aún confiamos en que no seremos un pueblo más en el historial de fracasos, retrocesos y descensos latinoamericanos.

No renunciar al beneficio de la crítica: repetirlo para creerlo y persistir. No menospreciar la inconformidad; sin ella no hay propuestas ni la sociedad se dispone a observar, a entender, a asociar, a proponer y a actuar. Hacer de nuestros días un combate de divergencias es una trampa mortal. Crear timos como “nosotros los transformadores, ustedes los conservadores” es una opción tan infundada y necia como autonombrarse de “izquierdas” aquí, en el imperio del surrealismo.  Zaherir a los discrepantes y confundir deliberadamente a la masa vulnerable son recursos perversos.  Desde la caída del muro del Berlín y los subsecuentes fin de la Guerra Fría y desaparición de la Unión Soviética quedaron en letra muerta las ideologías y la chapucera división del bien y del mal como sinónimos de las imprecisas y engañosas derechas e izquierdas. Los que se encapsularon en sus quimeras, desde Korea del Norte hasta Cuba y de Venezuela a Nicaragua, sin desdoro de ejemplos intermedios, la teatralidad de los ismos de ayer (marxismo, comunismo, socialismo, conservadurismo, clericalismo, triunfalismo…) declinó como otros ingenuos, desconsoladores y peligrosos chauvinismos, como mesianismo y populismo. 

Luchar por los derechos, la justicia, la conservación del planeta y las libertades. Eso, en el siglo XXI, resume las aspiraciones universales para lograr una vida digna y con los menos sufrimientos evitables posibles. 

Fortalecer la indiferencia con propaganga trae como consecuencia el descrédito de los que dicen no: no a la contaminación de la flora, la fauna, del aire, de los ríos, del mar, de los lagos; no a la violencia en todos los frentes (santo Dios: ¿Cómo es que hay tanta y tan espantosa violencia en el país?). Algo grave debe de estar ocurriendo desde que la defensa de la vida se sustituyó con la publicación cotidiana de estadísticas rojas: tantos asesinados, tantos desaparecidos, tantos violados, tantos secuestrados, tantos robados, tantos desmembrados, tantos feminicidios, tantos árboles destruidos, tantos animales en peligro de extinción, tantos funcionarios espurios, tantos acusados y refundidos en cárceles sin fundamento ni acceso a la justicia, tantas víctimas, pues, del horror cotidiano.

Triste y con una sensación de honda impotencia me han dejado las noticias recientes sobre los espantosos asesinatos de dos periodistas. Si alguien lo sabe, que por favor lo diga: ¿qué nos sucede a los mexicanos? ¿De qué es síntoma esta indiferencia? ¿Son la crueldad y la nula capacidad compasiva parte de nuestra naturaleza?

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Meditación sobre la tontería

January 10, 2022 Martha Robles

infobae.com

Sobre el misterio de los árboles y las flores, cuya belleza sobrepasa nuestra comprensión al ver cómo sus raíces se ramifican en el subsuelo, lo que más me intriga es de lo que es capaz nuestra especie: ruidosa, insaciable, chapucera, imprudente, perversa; pero sobre todo pueril, tonta, injusta, cruel… Tanto frecuenta y se deleita en el lado nefasto que no hay modo de negar que la humanidad sólo se salva y se ha salvado de yerros gracias a  contribuciones y aciertos de los mejores; es decir, avanzamos y sobrevivimos por la minoría. Una y mil veces lo demuestran la historia, la ciencia y las letras: la masa nunca nos ha sacado de apuros. Todo lo contrario: cuando la muchedumbre se junta, lo único sensato es optar por el rumbo opuesto, inclusive en cuestiones políticas. Mientras que el gentío arrolla, vocifera, condena, destruye, mata, se equivoca y sigue a los peores, los menos piensan, trabajan, crean, discurren, ordenan y sortean como pueden el caos y los embates rabiosos de las masas. 

Para no distraernos con el anecdotario brutal de saqueos, “revoluciones”, guerrillas, guillotinas, hogueras, luchas civiles, enfrentamientos políticos, persecuciones y matanza y media, no hay más que meditar sucesos como el ocurrido el  reciente 1 de enero en un templo hindú -el Vaishno Devi-, en la ciudad de Katra, en el norte de la India. En estampida, la gente aplastó a la gente cuando pretendía entrar a donde no cabía. La fórmula es obvia: hay que observar y calcular de antemano porque lo que no fluye se atora. Así de simple. La muchedumbre apelatonada pasaba encima de cuerpos caídos y más y peor trituraba cuanta mayor el ansia de librar el atolladero. En vez de asistir a una ceremonia religiosa de año nuevo, el desquiciamiento masivo dejó dolor, muertos y un montón de heridos. ¿Cuál fue el detonador? Pues lo más común y corriente: el altercado entre unos más vivos que otros, entre los que más empujaban, los que resistían y los que no cedían para no perder su lugar. ¿Cuál lugar? Pues ninguno: así es la irracionalidad. Así se pelea y se arrebata por sinsentidos. Así se fomentan los fanatismos y así, por imitación y “espíritu de la masa”, se encumbra al Fulano de Tal por suponerlo el Guía, el ungido, el elegido… Y vaya que en India, como en tantas sociedades con reminiscencias tribales y/o primitivas, campean los guías, los iluminados, los redentores, profetas, semidioses, avatares, “enviados”…

Aunque muchos templos en India suelen ser amplios y abiertos, también abundan sagrarios estrechos donde no son infrecuentes tales desastres. Pero la vida sigue y todo se repite… Si acaso, queda el registro de las cifras: tantos muertos caídos de los trenes, tantos atrapados en tal o cual hacinamiento, tantos cadáveres en los enfrentamientos de autobuses maltrechos; tantos “accidentados” en caminos que de verdad parecen  diseñados por Medusa; tantos atrapados en casinos, antros, salones y “lugares controlados”… No es que en India exista otra especie, es que son tantos que sirve de catálogo de lo humano, lo infrahumano y lo inaudito que anda repartido por todas partes.

Para quienes hemos estado en ese país durante periodos “suficientes”, el tema de las estampidas letales y acontecimientos insólitos no tiene nada de excepcional. Después de China, India es la región más poblada y contrastante del mundo; la más llena de analfabetos, testarudos, fanáticos y aferrados a prácticas retrógradas, a pesar de que, en contrapunto, matemáticos e ingenieros de excepción proceden de allá, donde lo que menos se espera es que la ciencia, lo bello, lo deslumbrante y la filosofía florezcan de manera excepcional sobre el manto de estiércol y podredumbre acumulada. 

Por sus logros, no es arriesgado creer que el uno es más que todos, especialmente porque cada segundo suceden cosas horribles y/o prodigiosas que, de menos, “nos paran los pelos de punta”. Reconozco que en India aprendí a ver al Hombre. A verlo, lo que se dice enfrentar su misterio, “por hallarse en la mano del Dueño del Cerca y del Junto”, como enseñaban los sabios toltecas.  Rodeada de enigmas, lo lejos me trajo a lo cerca, lo que me rodea y permanece en estas tierras, en el submundo que nada sabe de geografía, de justicia, de culturas ni de patrias o necedades que en vano pretenden clasificar lo inclasificable. Desde la tiniebla descubrí a México y la verdad de México: la costumbre de la bajeza, su apego a la mentira, al desprecio por lo distinto, su necedad, la inclinación a engañar porque sí…  

Entre hedores nauseabundos y escenas que se quedaron tatuadas en mi memoria vi más allá de lo aparente y me pregunté qué hay detrás del “espíritu de la masa” que aquí mismo, frente a nuestra mirada, se niega a romper sus ataduras nefastas; se niega a elevarse por sobre sí misma y acceder a un estado de dignidad.

Tan de cerca y tan frecuentes, las tragedias causadas por la estupidez en estado puro acaban por endurecernos la piel. Al principio la angustia se adueñaba de mis noches ante la pavorosa e insondable realidad concentrada en las niñas: niñas aborrecidas, negociadas, vendidas, esclavizadas, amaridadas. Niñas condenadas a la sujeción desde que son concebidas. Niñas/madres, violadas porque sí, porque es su karma… Niñas/viudas confinadas de manera vitalicia en casas malditas. Niñas, pues, que absorben el drama de todas las niñas de todos los tiempos y de todos los modos discurridos por la barbarie y la estulticia…  ¿Oaxaca? ¿Chiapas? ¿Hidalgo?...

Uno tras otro se sumaban ejemplos tan atroces que me dejaban “lacia”, sin aliento ni esperanza en el dizque homo sapiens, como el del padre que decapitó a su pequeño hijo en un altar consagrado a la diosa Kali, “para que con su sacrificio no le enviara calamidades”.  No ignoro que la mayoría de los estadios en el mundo están equipados con corredores de la muerte: pasillos diseñados para que se aplasten y se maten los aficionados que por cualquier causa se convierten en borregos.  En vez de correr  hacia el espacio abierto, las estampidas pretenden salir por las angosturas del averno, como la más tremenda ocurrida hace unos años en una estación de Bombay donde, con el apuro de llegar a una celebración religiosa, la multitud dejó una siembra de cadáveres. 

Bastante sabemos los mexicanos de lo que es capaz “el espíritu de la masa”. Cada vez que  un año comienza, inevitablemente recuerdo el día en que mi abuelo Emiliano me llevó a ver (de lejos) un desfile en Guadalajara. Sobre la Avenida Vallarta divisamos a la muchedumbre apostada a sendos lados de la calle. Yo era pequeña y él un gigante que me enseñó el vuelo de las cometas. A distancia prudente, sin acercarnos demasiado, me preguntó: ¿Ya viste, niña, a ese gentío? Pues tú para otro lado: apréndelo bien. Y vaya que lo aprendí porque su lección se convirtió en carácter.

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Olvido e ignorancia: misma desventura

January 2, 2022 Martha Robles

La memoria es nuestro golem particular, el motor del carácter. Aunque caprichosa y chapucera, es el hilo conductor entre lo que ha sido y lo que es. De ahí que la carga de recuerdos, emociones y sensaciones sea un poderoso reloj existencial: el engranaje mente/corazón que nos dota de sentido.  Ese precioso saber, por desgracia, es lo que destruye el Alzheimer. Entonces el olvido crea un doloroso estado de no-persona. Sin embargo y a pesar de sus dotes de gran maestra, la memoria es para muchos un aguijón indeseado, especialmente en esta cultura que cree que, si algo, ha elegido la ignorancia y/o el olvido para no reconocerse ni perturbarse. 

Si no hay identidad sin historia, tampoco justicia porque aún no se atreve a  definir lo que ha sido, lo que es y el pozo en el que se encuentra. Esta defección no se ha consumado de la noche a la mañana. A pulso se ha labrado este fenómeno poblado de taimados, abusadores, agachados, abusivos y simuladores que, a vuelta de página, ha impedido tanto la creación de un gran Estado como la acreditación de la verdadera educación, en lo individual y en lo colectivo. Y si el arriba no ha ocultado su (pobre) identidad, lo de abajo ha sido nutriente y reflejo. Habría pues que atreverse con la propia historia para enfrentar la verdad y subsanar un ambiente tan malsano como la costumbre del poder en complicidad entre gobernantes y gobernados.

A partir del tortuoso y en tantos aspectos quizá inacabado siglo XIX, cada gobierno ha absorbido y reflejado su pasado; es decir, lo que ha sido un país que ahora, en el año que comienza, se pretende exhibir como pendón de “otra” o alguna transformación. Así consta en la palabra, en la escritura, la política y en el día a día del México decidido a distorsionar por no mirarse, no recordar, no saber de dónde viene, qué lo define, cómo es en realidad  y cuál es su lugar respecto de sí mismo, de los demás y en el mundo. En suma, cuando la memoria falla o se la pretende manipular, sucede lo que a los mexicanos: culpar a otro de nuestros males y limitaciones, eludir la responsabilidad de nuestros actos, enmascararse para no reconocerse ni ser reconocidos y, en suma, tratar de ser otro para no-ser ni parecer el que se es o tal vez sólo negar para no perturbarse. 

No tolerar el propio relato borra la historia y envilece la identidad con expresiones groseras y acciones burdas. ¿Y qué otra cosa es el machismo, por ejemplo, que una ilusión de supremacía? Denigrar hace sentir o creerse más poderoso al que practica el vicio de humillar porque sí. Esa ausencia de empatía ha fortalecido una manera colectiva de ser miserables, como si se tratara de un acierto. Ya no es inusual aceptar la proliferación del insulto desde la tribuna hasta las redes sociales, en la calle y con más notoriedad en el lenguaje inocultablemente ordinario de gran parte de los “políticos”: una manifestación de la ignorancia aunada al olvido de lo que cada uno es, empezando por sí mismo.

Mediante el vicio de negar y distorsionar el contenido de la memoria se afecta la interpretación de lo real. Por este medio el culto a la mentira causó el sueño de cualquier autocracia: hacer creer a los subyugados que lo falso es verdadero y lo verdadero “invención de los enemigos del pueblo”. Justo lo que, ante nuestro ojos, se ha manifestado como un estilo personal de gobernar. A la par, se encumbra la distorsión como “programa de gobierno”: mentir para confundir, negar para desviar y entre sorna, agresión, majadería y parodia, asegurar con el índice en ristre que lo que es no es como es; tampoco es lo que ha sido porque lo que es y lo que será es “como lo digo yo”. Resulta así que, en galimatías tan expansivo, la realidad viene a ser el deseo de quien adora y ostenta el poder sin considerción por los demás; menos aún por las normas y las instituciones; es decir, al no atender el mensaje de la memoria el capricho personal vulnera lo que con tan prolongado y dificilísimo esfuerzo se ha logrado para civilizar. Se ha hecho creer a nuestra sociedad que civilización y cultura son perversiones “neoliberales” que hay que repudiar. En eso consiste el pitorreo del dominio sin Ley, en sumar sometidos y lambiscones en detrimento de ciudadanos dispuestos a ejercer sus derechos y obligaciones.

Es cosa sabida que hay pueblos que le dan la espalda a la memoria, pero ninguno se libra de las consecuencias: no hay más que repasar el pasado remoto o cercano para comprobarlo. Esto no significa que los memoriosos que han enriquecido el conocimiento de la historia estén exentos de cometer errores (el hombre es el hombre, es el hombre…). Sin embargo, mantener el ojo en alerta sobre la historia permite evitar linchamientos, persecuciones e injusticias. También ayuda a ordenar, a rectificar y a hacer valer la democracia. 

Dar la espalda a lo real no significa que no exista. Así la vileza, la crueldad y el infierno en que se ha convertido la parte del país que muchos no quieren mirar ni aceptar. Aunque se pretenda voltear para otro lado, sigue aterrorizando la cifra de tres mil mujeres asesinadas en México, únicamente durante el 2021 que recién concluyó. Se podrá hacer chunga del valor de la denuncia, pero la vileza no borra lo que significa que al 26 de noviembre de 2021, según datos del Comité de las Naciones Unidas contra la Desaparición Forzada, en este país que en las Mañaneras se presume paradisíaco, más de 95,000 personas estaban registradas oficialmente como desaparecidas. Durante su visita a 13 entidades en esas fechas, los miembros del Comité fueron informados de que 100 desapariciones se habían sumado en las últimas horas. Como si tales datos no fueran espeluznantes, la impunidad que los agrava es hecho sabido entre propios y extraños.  Que el Poder Judicial carezca de autoridad moral es innegable al grado de que se habla de impunidad y castigos discrecionales como de tantos lugares comunes que, por repetidos hasta la saciedad, han conseguido que la mayoría los de por sentado y acaso sin importancia. 

Así el aumento de niños, niñas y mujeres desaparecidas y/o secuestradas para fines diversos, especialmente para un forzado comercio sexual. Si gracias a la prensa aborrecida y vilipendiada por el Presidente y sus huestes se muestran aspectos de una verdad monstruosa, lo que se calla, se desconoce o se ignora es un pozo sin fondo. Casi ciento treinta millones de habitantes y una conformidad vergonzosa… ¿De qué materia estamos hechos los mexicanos? Ni qué agregar sobre la situación infrahumana de los migrantes, de los encarcelados sin juicio, de los perseguidos, los humillados… El submundo dantesco en el que estamos inmersos está lleno de escenarios estremecedores. No se diga de lo que son capaces los narcos, los secuestradores y los estafadores también disfrazados de “delincuencia organizada”. No olvidar, en fin, que hay más de 52,000 cuerpos de fallecidos no identificados. Y las fosas clandestinas…, madres y mujeres en busca de sus seres queridos; y las enfermedades mentales sin atención suficiente, sin el soporte indispensable de la investigación, así como la vigilancia de terapeutas y terapias mediante controles de calidad y recursos a la altura de la necesidad… El atraso, pues, es como la cabeza de la Hidra.

En fin que no podemos seguir abultando fechas y desgracias sin atrevernos con la verdad y con la crítica. Debemos saber y aceptar quiénes somos, a qué tenemos derecho y cómo hay que dignificar a esta pobre sociedad desarticulada. No olvidar el acierto de Svetlana Aleksievich: “Recordar asusta, pero no recordar es aún más terrible”.

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Del Kîs que escribe en mi memoria

December 15, 2021 Martha Robles

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Uno de los libros más perturbadores y perfectos que me ha acompañado es La enciclopedia de los muertos, de Danilo Kîs. Cada uno de sus relatos confirma que cada persona es intransferible. Este extraño pariente literario de Borges describía las peores aberraciones con un estilo tan refinado que provocaba la rabia comunista sin que identificaran por qué: genialidad que habría fascinado a Kafka. Y él, serbio cirílico que tuvo que huir tanto de la Hungría paterna como de su Yugoslavia natal para evadir las acusaciones que pretendían anularlo, respondió a distancia como mejor sabía: con una extraordinaria Lección de anatomía. Llevaba en la punta de los dedos historias de judíos aniquilados por los nazis en distintos campos de concentración, empezando por su padre y un montón de familiares y amigos húngaros. Sabía, pues, de lo que se tratan las guerras, las invasiones militares, las persecuciones, los infundios, la soledad y las ideologías; sobre todo las ideologías que, impuestas como dogmas de fe, condenan por herejes a los distintos y rebeldes.

Era tan feo como genial. Sabía dónde y cómo poner cada palabra para que, con apariencia de fábula, atinara con el realismo en la página. Libro a libro, su complejidad me ha cautivado: conoció la vida, el dolor, el acoso, las guerras, las pérdidas y más allá de la muerte, de tantos muertos, daba con el signo luminoso del Hombre y su conciencia; del Hombre y los secretos de su inconsciente. Cuando recorrí su geografía antes del pavoroso estallido bélico en la antigua Yugoslavia, caminaba despacio por donde suponía que el destino lo pondría frente a mi. Por más que lo imaginé, eso no ocurrió allí ni en el París de sus últimos años ni en ninguna otra parte. Cuando se lo llevó el cáncer de pulmón, en 1989, sentí que la literatura quedaba algo coja, algo opaca. Entonces mi memoria lo agregó a los imprescindibles con quienes dialogo en mis diarios. 

Tuvo el don de ver cómo se imponen mentiras y cómo, en su nombre, se crean infiernos a excusa de “la decencia política”: nada que no sepamos, salvo que su mirada trasmutaba en tinta, en tanto y los “iluminados”  se parapetaban tras el fascismo, el comunismo o la ideología que fuera surgiendo en la atormentada Europa del siglo XX.  Describía la verdad como literatura fantástica. A veces sueño con Kîs; a veces lo invento: traspasamos juntos el muro de los engaños. Quitamos trapos, discursos y máscaras a los embusteros y los dejamos como el rey desnudo. 

 El quehacer de las ideologías es repugnante, antinatural por donde se le busque. Las he visto pasar como promesas de gloria y justicia divina y caer de modos grotescos. Fábrica de fanáticos y tontos, hay que carecer de curiosidad o de juicio para convertirse en cruzado de falsificaciones libertarias. Narrarlo con arte, en cambio, convierte la parte oscura de lo humano en gran literatura. Releyendo el relato que da título al libro, recordé el drama de una de mis amigas más queridas, hija de un enardecido republicano o anarquista español que nunca bajó la guardia. Conociendo la intolerancia del padre, no me extrañó que siguiera a un idiota a la guerrilla de Nicaragua. Fue víctima de una violación multitudinaria, y cayó asesinada de manera tan cruel que aún me hierve la sangre al corroborar la historia del día después: la comandada por el fantoche Daniel Ortega y su impúdica cónyuge, artífices de la revolución/contrarrevolución que merecerían el final de los rumanos Nicolae y Elena Ceaucescu.

Conservado en Suecia para registrar las concisas no obstante elocuentes biografías de quienes carecieron de fama o cualquier reconocimiento, este único y peculiar documento secreto fue elaborado por sabe dios cuál secta de creyentes en la resurrección bíblica. Kîs, en voz de la narradora, describe la biblioteca insólita cuyas salas, alineadas e idénticas, correspondían a cada letra del alfabeto.  La penumbra polvorienta apenas iluminaba el estrecho corredor desde dónde se vislumbraban los gruesos tomos de tan singular Enciclopedia. Si una afanosa señora Johanson no se hubiera empeñado en enseñar a la protagonista “todo lo que como mujer podía interesarle”, ignoraríamos que existe un registro de gestos, encuentros, vestimentas de un día y pormenores que “recrean” la vida  de los muertos. Muertos que, por descontado, vuelven a latir por el prodigio de la letra impresa.

 No es descabellado suponer que la amiga, que desde la cuna absorbía las alharacas de su padre transterrado, podría ser rescatada del olvido en una indispensable “enciclopedia de los muertos” correspondiente a este feroz lado del mundo, donde ni siquiera los difuntos valen ni son tomados en cuenta. Al centro de la página pondría su mejor fotografía: la simpática universitaria de cabellos cortos y ojillos vivísimos que sonreía con gracia contagiosa. La reconocería a ella como complejo y ejemplar producto del tránsito de los años sesenta a los setenta. Indicaría sus ideales, sus relaciones, sus cigarrillos, los paisajes que le atraían, los chocolates que le encantaban, el cochecito que conducía por toda la ciudad para brincar de un trabajo a otro, para llevar a sus hermanos a donde tuvieran que ir, para pasear con las amigas o sacar de vez en vez a la calle a su madre, deprimida vitalicia… Aquí nada podría omitirse, ninguna edad, ninguna de sus lecturas, sus canciones favoritas o las flores que gustaba guardar entre páginas. Hallaría los sueños que no nos contó, los secretos que se llevó a la tumba y el llanto infinito que derramó cuando tuvo que renunciar, por no ser judía, al amor del Isaac que adoraba. En suma, leería con especial interés el episodio nefasto de Nicaragua y el sinfín de detalles que constituyeron su corta vida: si acaso se hizo de armas, si disparó y a quién,  si el Fulano que la arrastró a su desgracia sigue por ahí, entre las huestes de Ortega… 

 Recobrar la memoria de las vidas “borradas”: ¿qué más pedir? Enterarnos de las pequeñas anécdotas del cura de la parroquia de san Juan de los Palos, las de la meretriz que lloraba sobre una tumba sin nombre, las fantasías de la empleadita de medias rotas, alfiler en la falda y gesto ausente que viajaba en toda la ruta del “Sonora-Peñón”. Más que la muchedumbre fantasmal que ha pululado por estas regiones estigmatizadas por su afición a los sacrificios humanos, una hipotética enciclopedia mexicana de los muertos contendría el registro biográfico de miles y miles de mujeres violadas, asesinadas, descuartizadas, “desaparecidas” y humilladas al grado de que sus restos anónimos han acabado en cloacas o basureros…

Con tanta calamidad ensangrentada, hemos llegado al extremo de tener que elaborar un registro depurado de la violencia, de la crueldad y la perversidad extremos y no por el gusto literario, no, sino por una cuestión de decencia para mirar lo que somos, cómo somos y de lo que hemos sido capaces. Los datos podrían competir con una detallada “Historia universal de la infamia”, que Borges apenas dejó en leve traza. Ir al fondo de la que se presume ficción para desvelar la verdad del Mal anidado en nuestro territorio quizá maldito, quizá condenado a no superar una derrota ancestral: la del que no sabe ni nunca supo quién es. Me refiero al Mal en sí, al encumbrado  en la normalidad simulada. El Mal que, con máscaras o sin ellas, nadie puede negar.

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Jimena Canales: historiar para cambiar la historia

December 7, 2021 Martha Robles

Fotografía de la Ed. Arpa

A más avanzaba en la lectura de El físico y el filósofo. Albert Einstein, Henri Bergson y el debate que cambió nuestra comprensión del tiempo, más coincidía con Jimena Canales en que “para escribir la historia hay que cambiar la historia”. Lograrlo, sin embargo, requiere una gran cultura.  Por necesidad, ésta facilita la fusión de memoria, hallazgo y literatura: acierto que, según voy descubriendo, caracteriza a esta autora.  La perspectiva no solo depende de la agudeza, la circunstancia, la buena pluma y el género de quien escribe, también hay vertientes que atraen, modifican o discriminan a discreción las maneras de ver, entender, desentrañar e interpretar la vida, la naturaleza, el sentido de la razón e inclusive el universo. La recompensa consiste en dar en el blanco. La diana, en este caso, está en pensar y hacer pensar las bondades del conocimiento.

Para conocer la trascendencia de esta confrontación entre el mayor físico y el más destacado filósofo del momento, la autora de libro tan singular como atractivo y brillante se aplicó a ver más allá de lo conocido y reconocido para revelar, al final de su examen exhaustivo, “una historia del apogeo de la ciencia en un siglo dividido, una historia de desacuerdo y desconfianza y de las cosas cotidianas que nos desgarran.”

Auscultar un suceso o cualquier situación que se daba por sentada genera dudas, nuevos enfoques y otras respuestas que desafían supuestas verdades inamovibles. La contraposición de miradas entre el científico y el filósofo fue, de menos, una sacudida para el pensamiento bergsoniano que aseguraba que el empirismo verdadero es la verdadera metafísica, por lo cual no puede haber oposición entre los imperativos de la ciencia y la filosofía. Para él, tanto el frío racionalismo mecanicista cultivado por Descartes, como la división jerárquica del conocimiento establecida por Comte -que tanto influyeron en la deificación de la supuesta “objetividad” científica-, desatendían la importancia que en todos los actos tienen la emoción, la creatividad, la intuición, los sentimientos y la flexibilidad de los seres de carne y hueso. La rigidez de la ciencia, extendida a los espacios académicos como logros de la lógica y la matemática, constriñe la sutil sabiduría contenida en los recuerdos, el sueño y la risa porque no considera que el tiempo es acción.  

Que para saber la hora -reiteraba- no solo vemos un número en un instrumento: los relojes se fabrican para significar algo relacionado con nuestras vidas; marcan un momento, una rutina, una expectativa…  Cifra y signo, en las horas depositamos expectativas vitales y cargas subjetivas que, por descontado, fueron excluidas por el físico al escuchar la pregunta de qué nos llevó a supeditarnos a la condena del reloj y cómo podríamos “usar nuestro tiempo” para escaparnos de sus garras. Para el aquí y ahora, sojuzgados como estamos por el yugo de la tecnología y la manipulación amañada del “tiempo” y de la idea del tiempo, cabría como nunca antes considerar el valor de la sentencia del filósofo francés, no sin agregar la duda de hasta dónde, además, actúa como instrumento de enajenación -o excusa- que absorbe una compleja consideración del trabajo, de la economía y de la vida social: El tiempo es para mi lo que es más real y necesario; es la condición necesaria de la acción. ¿Qué estoy diciendo? Es la acción misma.

A partir de la desigual consideración del tiempo en sí y de la noción para sí, para uno mismo y para los demás, se manifiesta la necesidad de abarcar ambas posturas con una nueva metafísica o pensamiento totalizador por no decir unificador; es decir, dado el modelo de vida o de no-vida de la sociedad actual se hace cada vez más inminente conciliar un enfoque  incluyente de las ciencias y las humanidades, pues “sin una metafísica la ciencia sería abstracta y carecería de sentido”. Einstein, al igual que sus colegas, veía con más desdén que horror la perspectiva de Bergson.  Lejos de ceder o de conceder aun en los detalles, se opuso afianzando sus tesis sobre la dilatación del tiempo y su relación con el espacio. Únicamente concebía al tiempo como un cuerpo físico dividido en segmentos iguales y en movimiento, por lo cual, ante el entusiasmo de sus partidarios, no dudó en proclamar que “el tiempo de los filósofos no existe”. 

Aunque Bergson celebraba el acierto de la teoría de la relatividad, proponía que, para que fuera completa la noción del tiempo tendría que humanizarse. Fundó sus argumentos en la experiencia vital y existencial del tiempo, la conciencia y la libertad: temas que centraban su interés y que lo convirtieron en una celebridad ampliamente reconocida.  Sin embargo, no había tomado en cuenta o no con tal ahínco en sus escritos, hasta entonces, la pertinencia de que la filosofía se fusionara a la misma intuición o método que la ciencia en atención a que el hombre es una entidad cambiante y compleja. Lejos de cumplirse la original intención de armonizar lo hasta entonces inconciliable, la discrepancia provocó un choque tan tremendo que, a partir del memorable 6 de abril de 1922, en la sede de la Société Française de Phlosophie, en París, comenzó de manera pública e inocultable la veneración que actualmente se profesa por la ciencia en detrimento del arte y las humanidades.  

No es casual que aun habiendo sido distinguidos ambos con el Nobel con unos seis años de diferencia, Einstein fuera creciendo en prestigio y presencia social mientras que la obra y la figura del hasta entonces popular Bergson decrecían hasta reducirse a un nombre y un referente casi desconocido por las actuales generaciones. La explosiva discusión entre ambos iría más allá de la contundente sanción de Einstein de que su oponente no entendía la teoría de la relatividad ni la implícita “dilatación del tiempo” como un movimiento a velocidades rápidas relacionadas al espacio.  

Simpatizante de Bergson por ser más afín a mi modo de pensamiento, he releído varias veces el ejemplo de los dos relojes estacionarios que se fijan al mismo tiempo en el mismo punto.  Que si uno de ellos se separa y viaja a velocidad constante, ambos empezarán a marcar tiempos diferentes dependiendo de sus velocidades respectivas, se repetía en favor de Einstein. Cierto, este descubrimiento merece la importancia que acompaña al mayor avance del conocimiento científico de la historia; sin embargo, coincido con Paul Valery al creer que este grande affaire del siglo XX abrió para todas las disciplinas una caja de Pandora llena de dudas y preguntas sobre el hombre y su universo. 

Separar lo físico de lo metafísico, la razón de la intuición, lo femenino de lo masculino, las humanidades de las ciencias, el universo y el ser, etc., nos alejó de “la Edad de Oro” -como Valery ponderaba especialmente a la edad ateniense-, en la medida en que determinó las formas de percibir, de estar y comprender el mundo que nos rige. A casi un siglo de distancia del debate y considerando que ambos conocieron el fascismo y los extremos de que es capaz la deshumanización y el desprecio, se antoja irrefutable el principio de indeterminación y cambio contemplado por Bergson y, curiosa o paradójicamente, compartido por la posterior física cuántica que no llegó a conocer Einstein. 

Con timidez comencé su lectura y la concluí como si hubiera viajado a un mundo inexplorado y tan atractivo como pudo ser un debate de las ideas de tal envergadura durante el agitado puente entre las secuelas de la Primera Guerra Mundial y los prolegómenos de la tormentosa tercera década europea del pasado siglo.  Entre idas y venidas por capítulos que ocasionalmente me permitían reconocer algunos nombres, ideas y situaciones, avancé durante 500 páginas para concluir que mi limitado conocimiento de la ciencia empobrece la visión que ingenuamente supuse totalizadora de las humanidades. En todo caso, es tan inadmisible la brecha entre unas y otras como la absurda inequidad de género, el racismo, la discriminación o la prejuiciosa jerarquización de la inteligencia que en unos medios con más obviedad que en otros no consiguen asimilar la interacción del hombre y la naturaleza.

Física por el TEC de Monterrey, Doctora por la Universidad de Harvard, maestra de Historia de las Ciencias en la Universidad de Illinois y acaso la única mexicana visitante en centros académicos del prestigio de Princeton o del Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia de Berlín, cuanto más descubro la obra de Jimena Canales mayor respeto intelectual profeso por quienes, como ella, investigan con pasión cómo se ha formado el conocimiento. Ante el furibundo propósito gubernamental de igualarnos hacia abajo y degradar la obra del saber y de la crítica como si fueran enemigos “del pueblo bueno y sabio”, celebro doblemente la tarea de una intelectual mexicana que página a página agrega razones para defender el saber y de manera implícita repudiar la demagogia. Con enorme desaliento, no obstante, entiendo por qué vive en los Estados Unidos y por qué su obra es reconocida en el exterior entre lo mejor de esta disciplina tan desconocida en México. 

Recientemente ocupada en desvelar sombras y demonios, ya podemos leer en un nuevo título  esas historias que subyacen en el revés del conocimiento. El pensamiento científico es inseparable de la curiosidad, de la intuición, del juicio y de esa terca búsqueda de respuestas que llevó a los remotos abuelos a crear mitos para inventarse respuestas y nuevas preguntas sobre sí mismos y la naturaleza. Si examinamos el salto de la edad ateniense a la visión excluyente del monoteísmo el hombre aparece supeditado a su sentimiento de orfandad, y en posesión de unos cuantos hallazgos liberadores sobre su presencia en el mundo.  De Oriente a Occidente se fueron ampliando los triunfos de la razón sobre el pensamiento mítico, pero la batalla entre las amenazas infernales de la ortodoxia y los recursos de la inteligencia sería titánica durante los últimos y más fructíferos cuatro siglos de descubrimientos: justo el periodo estudiado por Jimena Canales en Bedeviled: A Shadow History of Demons in Science, libro tan original como prometedor, según leo en diversos medios. Gracias a Amazon comenzaré el difícil año que apenas asoma sus dientes afilados en este ámbito tan ensañado contra la razón y la inteligencia educada.

Concentrada en mejorar la comprensión que tenemos sobre el necesario equilibrio entre la ciencia, la tecnología, el arte y las humanidades, esta acuciosa investigadora mexicana-estadunidense aclara que Bedeviled: A Shadow History of Demons in Science “no es un trabajo de divulgación de la ciencia sino que se trata de aprovechar una perspectiva distante, histórica, para ver cómo se forma el conocimiento… Coincido con ella al creer que es el conocimiento lo que habrá de salvarnos inclusive de lo peor de nosotros mismos, de los prejuicios y supersticiones que anteponen lo más bajo y lo peor en detrimento de lo que más nos dignifica. Y, al respecto, agregó: Creo que es algo muy importante sobre todo en un momento como el actual donde todos tenemos dudas y quisiéramos saber más de medicinas, de los virus…” Así lo voy confirmando al conocer su quehacer, su independencia intelectual y su obra en su sitio web: www.jimenacanales.org

Agradezco a Rocío González el regalo de esta lectura que tanto he disfrutado.

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Mi pesadilla, nuestro infierno

November 17, 2021 Martha Robles

Ciudades perdidas

De todos los infiernos discurridos por el imaginario colectivo, no hubo uno solo que contemplara la sobrepoblación y sus efectos: gente aglomerada al ritmo en que disminuyen las demás especies. Cinturones de miseria y calentamiento global. Hambre; hambre irremisible de cientos de millones de personas. Marginados ávidos de guías. Hordas cada vez más infames que destruyen cuanto tocan. Negociantes rapaces, gobernantes corruptos. Urbes hacinadas en las peores condiciones. Depredadores sin escrúpulos. Cárteles, sicarios y matones que superan a las Moiras que prodigan castigos espantosos. Muchedumbre que vaga sin destino en el desierto o por mar y tierra en pos de lo que sea. Criaturas famélicas que contrastan el culto de los gourmets a “la cocina de autor…” Insuficiencia de servicios asistenciales. Viviendas que no merecen su nombre. Aire pútrido, aguas contaminadas, selvas aniquiladas, animales y plantas extintos. Niños que nacen, crecen y mueren abandonados a su suerte. En suma, el planeta ahogado en basura, víctima de los peores tratos del inquilino más depredador y autodestructivo de que se tenga noticia: el hombre mismo, criatura que, paradójicamente, se distingue de las demás por poseer atributos tan magníficos como el discernimiento, la palabra, la imaginación y el saber. Sin embargo, y aunque es la única especie que puede aprender cosas extraordinarias y realizar grandes hazañas, es imposible que deje de ser enemiga de sí misma, de la vida y de la armonía. 

La Antigüedad miró el inframundo de modos tan fríos y estériles como ardientes y atenazados por monstruos justicieros. Contempló el firmamento y creó a sus dioses: unos más terribles o protectores que otros.  Al darse cuenta de su sentimiento de orfandad depositó su debilidad, sus fantasías y su necesidad de protección en distintas teocracias.  Supo o intuyó, desde entonces, que sólo sobreviviría sometido a figuras intimidantes y a poderes sombríos. Si de la esperanza surgieron paraísos, promesas, redentores, recompensas y seres inauditos para hacer tolerable la existencia, el síndrome del amo y del esclavo se convirtió en aval de tiranías. 

Al probar el sinsentido el hombre vislumbró las sombras, pensó en la muerte y, ante la sospecha del vacío y la nada, discurrió la resurrección y las reencarnaciones. Auscultó el tiempo cuando nada se sabía del tiempo. Puso nombre y rostro al Miedo coronado con serpientes.  La sexualidad llamó al descubrimiento de los sentidos. Cuando soñó el futuro surgieron intérpretes, adivinos, prelados y profetas; luego, mandamases, jefes, guías, mesías, autócratas y gobernantes que en mayor o menor medida han pretendido competir con las entidades. Hacinado en condiciones infrahumanas, sin embargo, para “el condenado de la tierra” e hijo de la explosión demográfica no ha habidos dioses, credos, gobernantes, redentores ni milagros que rompan la condena en cadena, generación tras generación.

Muchas cosas horribles ocurrieron en el remoto pasado, durante la Edad Media y en épocas sin cuento, pero ningún infierno compite con el creado en algo más de un siglo. Antes de que el hombre matara a sus dioses y se deificara él mismo, la religiosidad se adueñó del ara de sacrificios y los mitos se adelantaron al hallazgo del inconsciente, al arte de las letras y a la reinvención de lo real.  El orden de las cosas y de la vida nunca unificó la dualidad entre el bien y el mal ni combatió la violencia asociada a la crueldad y lo abominable, a pesar de que, desde que hubo memoria, el dolor encabezó los padecimientos humanos: única condena de la que nadie se libra y la que, de manera absoluta, supera todas las creencias. Y aun repasando las bajezas de que han sido capaces los humanos, nunca hubo casi 10 mil millones de personas que, incompatibles con cualquier equilibro ecológico, muestran el rostro más terrorífico de la creación.

Por más que se empeñaran propios y extraños o antiguos y modernos en instituir reglas para relacionarse, mitigar causas evitables de sufrimiento y no matarse entre sí ni dejarse llevar por los peores instintos, nunca se ha conseguido civilizar la índole primitiva de los más. Está visto que el hombre no solamente es el peor enemigo del hombre, también lo es de todo lo vivo en el planeta. A diferencia de las aportaciones minoritarias que elevan la calidad general de la vida, la historia ilustra el lado nefasto de nuestra condición siempre e invariablemente con movimientos masivos. Imposible negar que el poder, en todas sus manifestaciones, transita de los templos a los báculos de mando con el mismo dominio del pastor que conduce a su rebaño. Gracias sin embargo a las individualidades cansadas de la tribu, el raciocinio, la imaginación, la sensibilidad, la creatividad y la voluntad de saber han facilitado los cambios que, paradójicamente, la colectividad asume como propios.  Ni siquiera se toma en cuenta que al distinto se le persigue, se le desdeña y se le margina por no ser ni actuar como los demás. La masa es rebaño en todos los tiempos y situaciones, aunque nunca como ahora estuvo superpoblado el mundo, con todas sus consecuencias. Lo vemos en las favelas, las ciudades perdidas, los slums que crecen y se multiplican como plaga espontánea. A diferencia de otras características humanas exageradas por héroes, antihéroes y seres extraordinarios, el pensamiento mítico previó una reacción estrictamente humana en la necedad de los aferrados a su ignorancia en el mito de la caverna. Mientras que el más avezado o más cansado de su condición se aventuró a romper sus cadenas y descubrir la luz, los demás defendieron la oscuridad, condenaron al distinto y continuaron cautivos. No creer que la claridad es liberadora y que atreverse con lo desconocido también contribuye a sacar a los demás de su postración es, todavía, característico de los sometidos.

Convertida en pesadilla, la figura del planeta en ruinas me deja sin aliento. Pienso en esto a propósito de la malhadada costumbre de los latinoamericanos a caer bajo los mismos yugos, a encumbrar a los peores y a no salir de su postración. Aunque desde los movimientos de independencia la población se ha multiplicado de manera escandalosa, conservamos nuestras cavernas a excusa de la autopiedad, de lo malos que han sido los otros o porque llevamos en la frente el estigma de los cautivos. No se si es falta de talento, de autoestima colectiva, de voluntad de superación, del complejo del vencido que aborrece a los que se adelantan y se atreven en solitario a vencer la inclinación a la derrota, pero es obvio que no levantamos cabeza. Con ser monstruosos los problemas que padecemos, los fantoches, populistas, dictadores y redentores se reproducen con inaudita fertilidad, ahora en países con enormes cantidades de habitantes que en nada se parecen a las sociedades prehispánicas ni a las coloniales. 

Hemos construido sociedades desarticuladas, enfermas de si mismas, sea por su estigma inescrutable, por la espada y el acero intimidantes durante la Colonia o porque, libre e independiente al fin, el latinoamericano no ha podido ni sabido  qué hacer consigo mismo. Nunca lo ha tentado la cultura del libro ni ha aprendido a  conducirse para superarse. Así que, en su infierno “inmerecido”, sistemáticamente se niega a crear Estados a la altura de sus ideales y gobiernos que siquiera no se presten al ridículo ni a la condena de repetir y repetirse en los errores que dicen redimir.

A los habituales fantoches que apenas se pretenden personajes de ficción o de mitos, se agregan consortes peculiares, como la que actúa de chamana o adivina que, según nos dicen, cogobierna un pobre país (un pobre país pobre) condenado a la postración como Nicaragua. No que el protagonismo femenino sea novedad, tampoco el culto a magos, brujos, charlatanes y sibilas en posesión de artes oscuras, es que la historia parece empeñada en superarse a sí misma cuando se trata de padecer episodios y personajes oscuros. 

Antes aparecían “líderes” a fuerza de empujones y dizque revoluciones, como la cubana eternamente consagrada. Siguieron los “movimientos populares” y la sucesión de gorilas a punta de golpes, fiestas de balas y pilas de cadáveres. ,Ahora los fantoches se incuban en las urnas; unas urnas más embarazadas que otras, más nutridas con la simiente populista o esparcidas donde las promesas fertilizan más que las aulas, mejor que las actividades agrícolas y laborales y con la seguridad de que el más codiciado capital político es la miseria con ignorancia. Hay esperpentos de todo pelaje en estas tierras donde se culpa de nuestros males a españoles del siglo XVI y a los que resulten (“el otro, el otro es el culpable”). Lo importante es tener al chivo expiatorio en la punta de la lengua para no asumir las propias faltas ni reconocer las deficiencias. 

Al margen de los índices acusadores se han multiplicado los dictadores y los fantoches aplaudidos por las masas, protegidos por las fuerzas militares, encumbrados por los narcos y endiosados por lambiscones y trepadores. Creadores de intrincadas redes de complicidad y componendas, no faltan iluminados que reciben mensajes del más allá al través de pajaritos, ni herederos de los herederos del libertador, como en la pobre Cuba convertida en una inmensa cárcel. Ungidos, pues, los autócratas son espejo y reflejo de los “votantes” que los eligen, los consagran y dejan que los “guíen”, los “protejan” y los liberen del mal encarnado en los enemigos y explotadores corruptos “del pasado”. 

Desde Río Bravo y hasta la Patagonia, además del Caribe, encontramos evidencias de hasta dónde las generaciones se han multiplicado geométricamente y de espaldas a los logros acumulativos de la cultura.  Los que no aceptan ni han aceptado ser parte del rebaño son señalados, menospreciados, ninguneados...  Ni siquiera el prodigioso Dante imaginó un averno emparentado al nuestro. Sus figuraciones se corresponden con la idea del pecado. Su distribución de castigos me parece casi infantil -sin desdoro de su genio- ante la realidad que nos ha tocado en suerte y que, convertida en pesadilla, me obliga a mirarla de frente en la oscuridad más profunda que antecede al insomnio.

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Los muertos. El otro relato, 1

October 24, 2021 Martha Robles

Tibio aún y casi como dormido, su color fue adquiriendo un tono verdoso hasta que, en cosa de minutos, estaba completamente muerto: un estuche vacío, acartonado, algo que fue alguien. De pronto, nada; un cadáver: apenas una historia en mi cabeza. Hubo sin embargo un instante en que la vida y la muerte colgaban de un hilo. Los dos perros ladraban allá afuera. Ladraban sin cesar en un tono distinto, entre aullido y gruñido. Eran las 6 en punto de la mañana. Estaba oscuro. Hacía rato que yo había llegado al pie de su cama. Me lo quedé mirando sin acercarme de más. Sentía y no sentía: era un vacío peculiar, el que aparece cuando se acaba lo que se acaba.  Abultado en su hora, allí tendido, sin continuidad ni futuro, comenzaba a trasmutar en palabras. Palabras pensadas, las mías. Traté de decir algo, lo que fuera en atención a los bardos en que creen los budistas. Bardos o no bardos, sólo advertí que algo pesado llenaba el cuarto que había sido de mis hermanos. Oía mi respiración en medio de la penumbra. Estábamos solos ahí, el difunto y yo. Entre creer que me percibía y saber que no era más que un cuerpo yacente, traté de decir lo que fuera a modo de despedida. Intenté ser amable, pero la sensación de levedad que iba poco a poco ascendiendo desde los pies hasta la cabeza me mantuvo en silencio. Sentí la necesidad de correr las cortinas. La intuición me decía que abriera de par en par la ventana. Todo ocurrió en un segundo: el alborear que atravesaba el fin de la noche, el silenció súbito de los perros, el golpe del amanecer fresco en la cara y un hálito extraño, denso, que salió de la habitación como si en verdad fuera el alma que ya se iba.

Inmóvil, entendí que a mí me reservó el acto último, el tránsito entre dos vidas según el budismo, el de la partida definitiva entre nosotros. El Oriente de siglos cabía en mi mente: sus rituales, sus libros sagrados, su certeza de las transmigraciones, los ritos funerarios, la rueda de la vida, mis lecturas y, otra vez, la figura de los bardos recién rescatada durante la relectura de El libro tibetano de la vida y de la muerte. Horas antes me preguntó ¿qué sigue? “Al menos esto -susurré como si me escuchara-, si yo supiera”.

Noticias así, tan de media noche aunque esperadas, a mi me hacen más lenta: me baño despacio para sentir el agua de punta a punta. Pienso en el fin del relato, en esto y aquello sin importancia. Hablo sola y, mojada, advierto que el agua es vida. Perfumada y peinada, evito el espejo. Mientras envuelta en la bata plancho mi uniforme de funerales, intento echar a andar la memoria, pero lo inmediato está a flor de piel y presiento que debo moverme no se para qué. En situaciones como ésta invariablemente apura la prisa para llegar a hacer nada o sólo para llenar el oído con lugares comunes. Prisa y letargo: todo se junta frente a lo irremisible. En tanto y yo me concentraba en darle salida por la ventana al espíritu del difunto, el más práctico o más sociable telefoneaba en el comedor de la casa para informar a medio mundo -como si les interesara- “que ya había descansado”. A distancia, yo oía y sonreía: ¿descansado? ¡Ni que hubiera sido un trabajador formidable! 

De manera espontánea se dividieron en grupos organizadores y organizados. Yo, como siempre, observaba a distancia: soy de las que registran voces, gestos, alguna frase furtiva, miradas que se cruzan o se evitan… En su oportunidad avisaron al médico y a los de la funeraria para realizar los trámites necesarios. El tiempo avanzaba al ritmo en que se va sintiendo la proximidad de la muerte. Vi a dos empleados de rostro siniestro subiendo por la escalera con una bolsa negra de plástico. Entraron al cuarto donde yacía el difunto y cerraron la puerta. A poco salieron cargando el bulto: uno sostenía los pies, el otro la cabeza. Ya con gente que llegaba a puños, al verlo pasar se impuso el silencio. Un silencio largo, de los que calan y hacen sentir, como ninguna otra cosa que “nada se parece a la muerte”.

 Nos informaron “que había que preparar el cuerpo”. Cosa curiosa: disfrazarlo para el sepelio e incinerarlo después para sellar el ciclo. Dolientes de primero, segundo, tercer y ningún grado, se reunían en corrillos en tanto y “llegaba” la hora de abrir una sala en la funeraria. Cada uno sabía más del difunto que el otro; cada uno era experto en su biografía.  Con la suma de pésames los atributos se iban inventando o multiplicando. Yo agradecía asintiendo. No faltó señalar que hay gente buena para cuidar y otras para curar; que los hay eficientes que se mueven de aquí para allá y en un santiamén resuelven desde el acta de defunción hasta la urna de tal material donde quedarán las cenizas. El registro es puntual hasta en pormenores. Y no se digan las cuestiones de herencia porque las espinas brotan por generación espontánea. Yo fui la encargada de traer al jesuita pues con todos menos conmigo, incluido el difunto, se había disgustado: es difícil conciliar opiniones donde los resentimientos apuntan a rumbos distintos.  Además, las cuestiones de fe nunca llegan a ningún acuerdo, menos aún desde que los escándalos sexuales y monetarios salpicaron al Vaticano.

Amigo de los que lo son desde que tenemos memoria, el jesuita y yo sonreímos con la complicidad habitual. “¿Y qué vas a decir en la misa?”, le pregunté. “Ya veré: el Espíritu Santo ilumina cuando más lo necesitamos” -respondió. Sólo se cauteloso con la retórica sobre la Resurrección… -le pedí. Cuando llegó la hora y se situó con sus atavíos frente al féretro, imaginé que se estremecería el ataúd al recibir el agua bendita. Con los ojos bien abiertos y los pensamientos dispuestos, atendí la misa a sabiendas que el jesuita estaba entrenado para salir bien librado. Algo logró, pues ya se sabe que la Iglesia es experta en acudir a generalidades.

Un sollozo grande se dejó oír entre los presentes. Desde luego, no era de ninguno de nosotros. Desde pequeños sabíamos que “en esta familia no se hacen papelitos”. Y, “sin papelitos ni papelazos” cumplimos con lo que había que cumplir. Al final del todo, cada uno se despidió con su carga de episodios negros, recuerdos oscuros y experiencias que de tan disímiles nos hacen pensar que, enfrente del muerto, ninguna historia se parece a la otra.

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Página del diario. Idea del desprecio

October 12, 2021 Martha Robles
imagen del desprecio de elcorreo.com

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Conocí de cerca a un profesional de la paranoia. En su fantasía, los demás vivíamos pendientes de su vida y de sus pensamientos. Autoritario, se sentía el ombligo del mundo aunque, en su impostada modestia, sería incapaz de reconocerlo. Si alguno me hablaba a mí, era para fastidiarlo a él, ¡faltaba más! Sus antipatías y diferencias estaban reguladas por las alteraciones de su ánimo. Nadie mejor que los huérfanos de criterio para celebrar su agilidad al enjuiciar y discriminar al distinto. Acumulaba desprecios en función de una complicada red de supuestos de lo que imaginaba que opinaban de él. A su ojo avizor, siempre en alerta, debía su habilidad de tejer historias a partir de cómo lo saludaba Fulanito o no lo saludaba, con qué entusiasmo Menganita lo buscaba, qué tan miserable era Perenganito por no decirle de frente lo que pensaba o cómo percibía un desencuentro.

Su ojeriza al que se atrevía a contradecirlo rozaba extremos intimidantes. No por nada acumuló enemigos públicos y privados que clasificaba en la categoría de “miserables”. Al darse cuenta de sus enemigos reales, que él mismo cultivaba,  alzaba la voz para que todos oyeran: “¿paranoico, yo? Pero no hay más que ver…” También se fijaba en los coches “de los otros”, en qué tipo de casas tenían, cuáles restaurantes o lugares frecuentaban o si se vestían de este modo o de otro; que si con joyas y cuáles o en el colmo de alegato, si viajaban, gastaban, a dónde y con quién. En su vocabulario personal no faltaban términos como convicciones, honradez, humildes,  pobres, corruptos, traidores… Vaya, que asombraba su cachiza para dictar lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto.

Aprendí que la paranoia no camina sola: hay que regarla con resentimiento y envidia para que este trastorno fructifique en un medio de por sí señalado por su profusión de prejuicios, falta de autoestima y lucha de clases.  También descubrí que creer que los demás nos ocupamos en perseguirlos, desacreditarlos y hacerles daño se agrava con el añadido del síndrome del vencido. Dejarse llevar por tanto y tan ostensible desprecio social en esencia refleja un peligroso complejo de inferioridad: nada que no hubiera atraído la atención, por ejemplo, de Samuel Ramos u Octavio Paz, pero que por ser tan obvio y a veces cercano no deja de ser intimidante.

En mi falta de experiencia supuse hace miles de años que este era un modelo común entre “las felices familias mexicanas” o, si acaso, característico de los Mussolini, Hitler, Stalin, Franco y demás especímenes de la jungla dictatorial. Empero, bastó arrancarle páginas al calendario para corroborar que creerse el Único-uno acosado por los demás nada tiene de caso aislado: mi entorno ha estado sembrado de odiadores de lo que los supera en aspecto  físico, talento, posición social, gracia, obra, simpatía, ingenio, inteligencia, logros académicos, educación, refinamiento o reconocimientos. Es decir, el dizque perseguido ha sido  un perseguidor envidioso e implacable que no duda en dar rienda suelta a sus exabruptos cuando sospecha que “alguien trata de ponerlo contra la pared”.

Y luego, en mi experiencia, seguía lo demás: que si ése lo veía feo; si el artículo tal se refería a él sin atreverse a poner su nombre; que si el político tal por cuál estaba tratando de contradecirlo; que si los empresarios eran entreguistas vendepatrias y los conservadores, burgueses abominables; las mujeres, “de cuidado…” Y así sucesivamente, hasta abarcar un modo de ser y no-ser con el que el sujeto en cuestión -representante de una nutrida tribu de absolutistas paranoicos- hacía valer sus complejos “hasta sus últimas consecuencias”. De hecho, al percatarme de que el desprecio del paranoico y concretamente su desprecio social se había convertido en lenguaje oficial pensé, con desaliento, que el Onfaló u ombligo del Anáhuac no es una piedra labrada, tampoco un mito paternalista del Mediterráneo ni una figura retórica: es el estigma que, con el machismo, nos impide salir de la postración.

Con poder o sin él, el odiador de referencia revelaba con idéntica autoridad el pasado del país y de las personas. La legitimidad de su juicio dependía de la animosidad que le provocaban. Prefiguraba el porvenir, separaba a los buenos de los malos, a los reaccionarios de los revolucionarios, a los miserables de los (escasos) confiables… Su índice en ristre era vara de la justicia y su lengua el rayo con el que pretendía igualarse al Padre del Cielo. Si de algo tuve que darme cuenta al dar por concluido mi estado de inocencia sería de lo comunes que son estos individuos y de lo fácil que es tolerar sus desplantes ofensivos.

Con frecuencia debemos acudir a otras perspectivas para llegar al núcleo de la cuestión: ¿que hay en los que se sienten el ombligo del mundo? Tuve que remontar hasta el pensamiento mítico para esclarecer estos vericuetos.  Recordé que omphalós llamaban en Delfos al ombligo del mundo. Cargado de referencias sugestivas, el centro del todo estaba representado por el sagrado betilo o monolito de forma cónica hermosamente labrado.  Según versiones del mito, era nada menos que la mismísima piedra que, envuelta en pañales, Rea le hizo engullir a Cronos para salvar a Zeus del  infortunio de sus hermanos: haber sido tragado por su padre para que no se cumpliera el designio de que -ley de vida- sería destronado por uno de ellos. Rey del universo y padre de dioses, de héroes y hombres desde entonces, Zeus presidió el Olimpo, una nueva edad y un machismo tan caprichoso que, como millones de consultantes en la Antigüedad, tuve que acudir hace tiempo al santuario del Oráculo para preguntar por qué en mi tierra, tan cerca de Huitzilopochtli y tan alejada de la herencia ateniense los pequeños Zeus han superado en crueldad, lujuria, mañas, celos y capacidad de desprecio nada menos que al Olímpico portador del rayo.

Hay varias respuestas tanto al curso de la paranoia implícita en el machismo, como al desprecio social como instrumento del poder. Empero, todas son tan intrincadas como la historia y el presente de México. Lo que nadie me ha podido explicar es por qué, en lo público y lo privado, engendramos, toleramos y hasta endiosamos a estos monstruos hasta extremos demenciales.

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Cuando me da por pensar en Lobo Antunes

October 1, 2021 Martha Robles
foto: escultural.com

foto: escultural.com

En su lucha contra la desesperación, a António Lobo Antunes le dio por escribir cartas: muchas y largas misivas desde la Angola ocupada, a donde fue llamado a filas y reclutado como médico de las fuerzas portuguesas, en 1970, con veintiséis años de edad. Disciplinado, acumuló recuerdos traumáticos de la guerra que lo acompañarían de por vida, porque hay sucesos que nos persiguen todo el tiempo.  Cargado de  imágenes de la corrupción, la violencia, la crueldad, el poder, el dilema moral y la destrucción que campeaban tanto en Portugal como en el campo de batalla, creó un universo con voz propia que lo convertiría en uno de los autores contemporáneos más reconocidos. 

Hay que  aclarar que eso de los premios no está en sus prioridades, pero la distinción y el reconocimiento le agradan inclusive a él, el más reacio de los escépticos que habla como escribe y al revés: directo, sin esquivar la confesión y lanzando frases como dardos, acaso dirigidos a aliviar al ser interior. 

Aunque con puntualidad dice que nunca dudó en ser escritor, su forma de vivirse como tal está lejos de ser placentera. Si entendemos que la autobiografía es sustancia, su convicción de cuán difícil es escribir encaja en su aparente propósito de sobrellevarse y sobrellevar el mundo para no morir o mejor aún: para estar vivo. Se lo que dice cuando dice que escribir exige una vida para aprender, pues comparto la sensación de que la experiencia es como un pliego que se escribe desde el trapecio, mientras se inscribe a sí mismo: En este trabajo, uno no sabe nada. Y, entonces, por cuanto más escribes, más humilde te vuelves…

Con la memoria y la atención en ristre,  ha dejado correr la pluma sobre el papel a la espera de aliviar el horror alojado en su alma, como “una especie de espiral autodestructiva”. No por nada reconoce sentirse a sus anchas en el psiquiátrico donde trabaja como en casa. Allí convive con los internos aunque “ya no practica su profesión”, y con naturalidad se ajusta a la medida de quienes, siquiera una vez, han viajado al fondo del infierno. Con sus infaltables Conrad o Gogol, cuyas obras sacan a la superficie el lodo de la vida, Lobo Antunes sabe que “vive mirándose en un abismo” y que sin autobiografía no existirían las letras. A fin de cuentas, no se trata de disfrutar la escritura, sino de trabajar; de comenzar no sabiendo y seguir como el trapecista que, habitado por el miedo, se balancea sin parar sobre el vacío: esa incertidumbre y esa angustia se parecen a lo que siento frente al libro que escribo: no sabes si lo vas a conseguir…

Es obsesivo. Sin necesidad de preguntárselo, lleva el sello de los que trabajan sin parar en la frente. Que a fuerza de insistir todo se consigue, le escucho por accidente en la radio extranjera: Cada vez tengo más miedo… De tanto mirar muerte, pobreza y dolor, el psiquiatra ya encaminado en las letras conoció el revés y el derecho del colonialismo, desde el aquí del colonialista y el allá del colonizado: dos lados como dos caras tiene la libertad, según se encuentre quien la anhele. Quizá desde entonces se le metió al cuerpo el absurdo de que son capaces los hombres. Dejó que anidara en su alma esa mezcla de escepticismo malhumorado y pesimismo activo y, tan lisboeta como el fado, aunque no podría haber nacido más alejado del mundo obrero, sus respuestas trasmiten una melancolía gráfica, de bulto, como sólo podría hacerlo el que canta bajo un rayo de luz en la oscuridad, acompañado por la guitarra tradicional.  

Al escucharlo o leerlo tengo la sensación de que podría tocar las paredes ruinosas que, apenas mediante trazos ornamentados, dan cuenta del esplendor perdido del Portugal que sabe que fue, pero aún no aprende a aceptarse como es. Viajo por sus letras como Antonio Tabucchi por las calles sinuosas de Lisboa. Como Tabuchi, también percibo la incapacidad de Lisboa por vencer su reconcomio y, aun así, caigo rendida a los giros de su lengua y al decaimiento arquitectónico que, como el emblemático estilo manuelino, no le faltan recovecos ni vestigios de glorias antiguas.

Tengo una relación de amor lejano con Portugal y un dialogo nunca real y siempre vivo con António Lobo Antunes. Leo sus libros como el que reencuentra al amigo.  Siento algo parecido a fray Luis de León cuando regresa a su cátedra en Salamanca, después de padecer durante años las mazmorras de la Inquisición: Como decíamos ayer…

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Ironías de la historia: seguimos nepantla

September 23, 2021 Martha Robles
Ilustración del Código Durán

Ilustración del Código Durán

El símbolo de trascendencia del mítico Quetzalcóatl fue quebrantado por la Conquista. Triunfó el mestizaje étnico (no exactamente cultural), sobre la población huérfana de dioses a partir de que los súbditos de Moctezuma quedaron nepantla: ni aquí ni allá, en punto muerto, en ninguna parte. Despojados de lo suyo, avergonzados por su origen y con la derrota en la frente, los vencidos carecieron de opción a madurar un saber propio no más pobre ni más rico, sólo distinto al traído por mar. La “nueva” autoridad impuso su jerarquía excluyente para asegurar la continuidad del sistema de privilegios que perdura  en todos aspectos: saber, riqueza y poder para los españoles de entonces. Beneficios discrecionales a la población criolla. Cuenta gotas a los mestizos en expansión y  esclavitud, epidemias y trabajo para castas y etnias condenadas a nacer, reproducirse y morir con su evolución mancillada.

El conquistador dividió las comunidades agrícolas en reparticiones y encomiendas. La repartición de suelo era la cruel verdad; la encomienda de almas, el eufemismo sangriento. No sin contradicciones, la Iglesia decide a la par “proteger” a los sometidos: cuida sus tierras y junta en el atrio a las familias espantadas. De tanto “cuidar tierras y familias” acaba por quedarse con ellas. Convierte en huerta todo el campo y se alza como un señor más que desafía inclusive a la autoridad virreinal.

La rebatiña tiraba para el lado de Dios, de los amos armados o de la insaciable Corona. A la par, el idioma se ensanchaba con ajustes fonéticos, sintácticos, regionalismos y neologismos. Las razas hacían lo propio mezclándose de cualquier modo, a condición de dejar a negros importados e indios abajo. Los españoles arriba y en medio del todo, sin desdoro de la soberbia criolla, los avezados mestizos que con más sutileza que ruido  engendraban el carácter hispanoamericano. Condenada en su nepantlismo, la enorme no obstante mermada población de  macehuales era arrojada gradualmente y con violencia a sus últimas trincheras: las peores  tierras para el cultivo, donde no llegaban voces nuevas ni el eco de sus antiguas deidades. En la deformación del olvido se iban perdiendo la dualidad sagrada, las aves preciosas, los pasadizos calendáricos hacia la cuenta del Destino, las ataduras de los años, el fuego en las piedras, historias pintadas, el sagrado juego de pelota, sus jerarquías, el Calmecac o sistema escolar y las lecciones de los tacuilos o sabios ancianos.

En el centro y las urbes el fluir de lenguajes era imparable.  Se entremezclaban tantas hablas locales cuantas colonias había en las islas y en tierra firme. Entre el universo de la escritura y el predominio de la tradición oral un abismo separaba al vencido del amo. Reinaban la confusión, cotos infranqueables, la intolerancia y las subsistencias en pugna. Mientras avanzaba el olvido disminuía la esperanza de un porvenir digno para los nativos. El ayer y su anhelo de otra edad quetzalcoatliana desaparecían bajo el conflicto de identidad. Pueblos sin voz y sin rostro, el mítico legado tolteca se perdió antes de crear culturas comunicantes.

Como gran obra sustentada por una lengua propia fue poco lo realizado, como no fuera  “enseñar en cristiano” en las escasas escuelas para indios a cargo del clero. Los  escogidos para castellanizarse aprendían “primeras letras y un oficio” en tres años; en seis, “las letras divinas y humanas”. En realidad, diría Justo Sierra, los indígenas que bogaban en sus largas canoas planas henchidas de verduras y flores, “oían atónitos el murmullo de voces y el bullaje de aquella enorme jaula, en la que magistrados y dignidades de la Iglesia regenteaban cátedras concurridísimas, donde explicaban densos problemas teológicos, canónicos, jurídicos y retóricos, resueltos ya, sin revisión posible de los fallos, por la autoridad de la Iglesia.” En aquella urdimbre de conceptos teológicos, no había nada accesible al oído del indio. Sólo palabras huecas y un universo que ni entonces ni después pudiera fertilizar en su habla.

A fray Diego Durán debemos el término nepantlismo, recogido de un natural quien, al ser reprendido por continuar practicando la idolatría, le respondió que eso ocurría porque allí todavía estaban nepantla, según lo relata en Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme, escrita hacia 1579: (…) Padre no te espantes pues todavía estamos nepantla y como entendiese lo que quería decir por aquel vocablo y metáfora que quiere decir estar en medio torné á insistir que en medio era aquel en que estaban me dijo que como no estaban aun bien arraigados en la fé que no me espantase de manera que aun estaban neutros que ni bien acudían á la una ley ni á la otra ó por mejor decir que creían en Dios y que juntamente acudían a sus costumbres antiguas y ritos del demonio y esto quiso decir aquel en su abominable escusa de que aun permanecían en medio y estaban neutros (…)

Los mexicanos no concebían el universo sin el eje humano sostenido por sus dioses y sus creencias. Descubrirlo escandalizó a los evangelizadores. Les parecía inconcebible y “mera idolatría” la dualidad “humanizada” de su pensamiento. Opusieron el catecismo al legado náhuatl fundado en la continuidad energética del adentro hacia afuera, desde el corazón hacia el Cosmos. Desasidos y enajenados, aún sin sedimentos sólidos para civilizarse, perdieron el equilibrio que mantenían con la naturaleza. Quizá por eso alcanzó tal hondura el conflicto de identidad. La mayoría, excluida de la educación y del logos, fue trasmitiendo a su descendencia el vacío que sustituyó a la mentalidad mítica que trasladaba a lo material el ser sustancial de sus creencias. De que perduró su religiosidad singular, no hay duda. Lo interesante sería examinar qué tan cristianos serían los conversos analfabetos en dos lenguas, la materna y la tartajeada. Es indudable que la Palabra se continúa trasmitiendo de manera oral entre la población marginada, que ha sido y es mayoría que tambalea entre el analfabetismo y una elemental y hueca aproximación a la lectura.

No es que varíen los modos del pensamiento, sino las concepciones de lo real y lo que constituye la circunstancia. Portador del libro y de la escritura con resabios de la Edad Media desconocida en estas tierras –y no se diga del Renacimiento en boga-, el de la Conquista fue un  embate desigual entre dos versiones de la vida y de la muerte; de la verdad y lo sagrado; de lo humano y lo divino; del hombre integrado a la naturaleza, los dogmas y cuestiones de fe teñidos de escolástica, neoplatonismo y un sinfín de prejuicios que perduran hasta nuestros días.

Estar nepantla significaba imposibilidad de sintetizar fe  y ortodoxia porque se enredaba la idea de la gloria eterna, el más allá o un no-lugar identificable en su propia cosmogonía y la verdad/verdadera, infernal, de todos los días. Si los predicadores pregonaban resignación “por amor a Dios”, los indios trasladaban su ancestral espiritualidad y su esperanza de ser comprendidos a la incondicional madrecita guadalupana: una idolatría por otra, a partir del traslado de Nuestra Señora Tonantzin, para dejar intacto el pensamiento mágico y primitivo. No cristianización, sino sustitución de devociones mediante el sincretismo. Tampoco hispanización en su sentido cabal, sino imposición de un vocabulario para servir a los amos, desprovisto de elementos para ascender al juicio, al criterio histórico, a la lógica, a la crítica, a la idea de justicia y a la disposición transformadora hacia el porvenir de una identidad bien lograda.

De haber realizado una verdadera castellanización otro, civilizado y con instituciones, habría sido el movimiento de independencia. Tan no hispanizaron, en el pleno sentido, que los hispanohablantes o tartajeantes se multiplicaron sin un discurso lógico y sin razón de ser, aunque su lengua fuera apropiada. Al independizarse, el faltante impidió a los novohispanos  gobernarse bajo principios y normas generales en bien de un orden individual y común, acorde a la aspiración de las republicas en ciernes en el siglo XIX. Empezando por imperativos de justicia, en el orden social no cabía otra lógica que la de la obediencia y el sometimiento teñido de resentimiento. Sembrado de contradicciones, el lenguaje dejó huecos en lo inefable y la sabiduría, entre el saber de experiencia y los términos liberadores y entre la comprensión razonable de los actos y la irracionalidad de los mandatos. De espaldas a  los libros, la lengua se constriñó con la preeminencia de la oralidad vigente.

Y así seguimos: arrastrando atavismos y cada vez más nepantla, más entrampados en la irracionalidad agravada por el resentimiento social, la ignorancia sobreprotegida y versiones caprichosas  que pretenden hacernos creer que era glorioso  el pasado y abominable lo que tanto respecto del ayer como el hoy dignifique nuestras vidas con el cultivo del saber, de lo bueno y lo bello.

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Lo feo. Su falsa reivindicación

September 13, 2021 Martha Robles
Así la estatua que sustituirá a la de Colónfoto: politica.expansión.mx

Así la estatua que sustituirá a la de Colón

foto: politica.expansión.mx

Lo feo comienza con un golpe de vista. Se mete a los sentidos y produce una sensación entre el desagrado, la hilaridad, el miedo, el estremecimiento, el morbo y la curiosidad. Esta reacción múltiple hace que la fealdad, por variable según los puntos de vista, sea uno de los móviles menos resueltos de la interpretación. No ha nacido el listo que defina la fealdad en sí, pero varios autores la describen con ejemplos, detalles y asociaciones supeditados a las maneras de apreciar o repudiar lo distinto y ajeno, propias, apropiadas o inducidas por poderes e intereses vigentes. 

Del demonio, la perversión y las aberraciones para arriba, se espanta a la gente con adefesios y versiones grotescas que relacionan lo oscuro con la maldad y lo innoble con lo chocante. Empezando por Medusa y las Grayas, en la Antigüedad lo horripilante cumplía una función moral. Lo exquisito, el refinamiento, el equilibrio y lo armonioso, en cambio, daban cuenta de  los avances culturales y del bienestar que redundaba en la población orgullosa de sus logros. En contrapunto con los referentes históricos y religiosos, el comunismo elaboró su estética política para imponerla en todas las expresiones del arte y del pensamiento.  No hay más que dar una vuelta por los espantajos arquitectónicos que aún se mantienen en pie para corroborar cómo se materializaba el desprecio “al arte de vivir”. No se diga del culto a los monumentos, la pintura, la literatura, el teatro, la música, la danza o la poesía: nada escapaba al dictado de lo siniestro cual reacción al prejuicio de que la belleza es repudiable. La gran demagogia consistía y consiste aún en hacer creer a la muchedumbre de incautos que lo sombrío, gris, carente de gracia, burdo y lleno de mensajes propagandísticos es el summun de la justicia social y del triunfo de las izquierdas.

No es casualidad que ninguna sociedad relacionada con el marxismo-leninismo haya aportado obras significadas al arte moderno y contemporáneo. Los enredos entre el conflicto de clase, el repudio al “gusto aburguesado”, la depuración cultural que de suyo impone, excluye, discurre y añade concepciones de lo feo tienen el propósito de ideologizar el gusto y la sensibilidad. El culto a la fealdad se ha convertido en indicador del carácter de nuestro tiempo. De hecho, entre  la presión de economías y estilos de gobernar, los gobernados estamos cada vez más marginados de los beneficios de la belleza y del pensamiento adelantado. Para entender esta complicación no hay más que reparar en el gusto amañado y dirigido al hombre-masa por la publicidad; sin embargo, no podemos negar que la sensibilidad existe y que basta que caigan dictadores, demagogos, autócratas, populistas y regímenes dominantes para que, más pronto que tarde, tras ellos caigan estatuas, monumentos espantables y la cantidad  ingente de ejemplos de su impostura.

A Karl Rosenkrans se le considera el padre de esta preocupación desde que publicó, en 1853, su Estética de lo feo;  sin embargo, ni él pudo descifrarla, a pesar de  reconocerle cierta comicidad  que, a querer o no, espanta o hace reír al que se para ante lo grotesco, desajustado, bizarro, desproporcionado, monstruoso, siniestro y cuanto se aleja de la armonía elevada a condición primera de lo bello que atrae y complace a los más. No poder definir lo feo, aunque pegue sólo de verlo, se volvió motivo de reflexión al toparme con la fotografía de una falsa cabeza olmeca que, a criterio de sabe Dios quién, habrá de plantarse como un pegote en el cruce del Paseo de la Reforma y la Avenida de los Insurgentes, donde estuvo Cristóbal Colón en un hermoso conjunto.

No es cosa de darle vueltas a la filosofía cuando la evidencia se impone: la tal Tlali de Pedro Reyes es fea, diría horrorosa y carente de sentido y de contexto.  Su autor debió “romperse la cabeza” (valga la redundancia), para discurrir “algo” evocador, simbólico o relacionado con la población prehispánica. Como  representante del indigenismo actual es un despropósito. Vaya, ni siquiera Quetzalcóatl, héroe mítico de varios pueblos mesoamericanos, podría  convertirse en figura reivindicadora de los vencidos.  La cabeza no guarda ningún parentesco que pudiera enaltecer a las comunidades monolingües que, no obstante mestizadas en grados diversos, tienen  su propia manera de mirar, de mirar al otro y de mirarse. Así que habría que preguntarles a los supuestamente aludidos qué tanto los honra y representa el monolito (¿es monolito?) que las malas lenguas y los peores memes asocian al retrato de “la maestra Elba Esther.”  A saber.

 El extrañísimo monumento fue encargado a un escultor desconocido no sólo por la población indígena aludida, sino por más de cien millones de mexicanos hispanohablantes que andamos como perdidos respecto del enredo étnico cultural de nuestros verdaderos orígenes, a los que también debemos añadir la sangre negra y el montón de mezclas raciales de maravillosos nombres. “Horrible”, pues, dicta el consenso. En suma: la figura no agrada, no produce alegría, no enriquece el carácter de la ciudad, no encarece la memoria de los olmecas que caricaturescamente pretende imitar.  Recuérdese que la olmeca es una cultura extinta desde antes de la Colonia y de la cual sólo conocemos algunos rasgos, como sucede con tantas desaparecidas. Tlali no nos identifica, no nos reconocemos; tampoco engalana el cruce de caminos donde se pretende plantar contra la voluntad de la mayoría. En suma y a  todas luces está fuera de lugar, de su circunstancia y de significación.

Tlali o Tlalli en náhuatl, Tierra en español, de pretensiones olmecas no obstante semiasiática y de intención moderna, no es otra Cabeza Colosal, como las extraídas de la Sierra de los Tluxtlas, en Veracruz, que fueran labradas en basalto en los orígenes del período preclásico (1500-1000 a.C). Sacada de la manga, Tlali es un batiburrillo condenado a convertirse en hazmerreír. Lo será, sin duda, hasta que en el futuro incierto de la sin duda efímera 4t,  “otras autoridades” no mejores ni peores a las que estamos acostumbrados, confirmen su fidelidad al síndrome de la pirámide y determinen sobreponer, cubrir o quitar esta herencia bizarra.  Para nosotros continuará mancillado el pedestal que ocupara Cristóbal Colón desde antes de que naciéramos.  Un conjunto escultórico que aprendimos a asociar con los monumentos del Paseo de la Reforma, mismos que, por su orden, también han sido menospreciados, robados  y/o agredidos en gobiernos anteriores.

Decían los abuelos que el tiempo pone todo en su lugar. Tenían razón, aunque también  quita todo del lugar y nos deja sin referentes, con las manos vacías.

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Del huésped incómodo y sus obsequiosos anfitriones

September 4, 2021 Martha Robles
Santiago Abascal en la Villa de Guadalupe, eluniversal.com.mx

Santiago Abascal en la Villa de Guadalupe, eluniversal.com.mx

No: Vox y PAN no son lo mismo como cree el Presidente, aunque en el pobre y desarticulado PAN haya desvariados en busca de tutela e identidad ideológica, que no doctrinaria. Lo correcto es indicar que, acaso movidos por un infantil sentimiento de orfandad, 13 senadores panistas y uno del PRI simpatizan con el rostro más impresentable de VOX: un partido antifeminista, islamofóbico, antiaborto y contra matrimonios homosexuales que promueve “la cultura de la vida y la familia” en los términos (inclusive políticos y económicos) de los “señoritos” amantes de la caza y la tauromaquia de la España rancia, descritos magistralmente en las novelas de Miguel Delibes.

Defensor de “los valores tradicionales y la unidad española”, VOX fue creado en plena democracia con resabios franquistas que perviven en la España cercada por el más retrógrado e intolerante clero; un clero estancado y nostálgico de sus privilegios que se negó a aceptar los cambios no se digan actuales, sino desde los establecidos por el Concilio Vaticano II, en 1962-3. Considerado ultraconservador inclusive por los conservadores miembros del Partido Popular que lo engendró,  VOX obtuvo su registro en diciembre de 2013 y desde entonces, presidido por Santiago Abascal, comenzó a adquirir notoriedad y posiciones electorales, gracias al “desencanto” tanto de populares como de socialistas.

Desde que tengo memoria, en México los fanatizados de cualquier facción alegremente acusan  de fascistas a quienes no se supeditan a sus preferencias ideológicas, políticas o autoritarias. Protagonistas de esa tendencia excluyente y sin fundamento, los seguidores de MORENA señalan sin ton ni son como fascismo y/o fascistas a opositores y discrepantes, sin considerar cuán peligroso es lanzar acusaciones que tienen a Mussolini, Hitler y Stalin como sus referentes más criminales y documentados. Tiemblo al escuchar el vocabulario propio o apropiado del Mandatario y sus secuaces porque su estilo condenatorio indica que para Morena, 4t o como guste identificarse, las palabras carecen de valor y trascendencia; es decir, a excusa de desacreditar “al otro” que no se supedita ni se pliega a sus exigencias lanzan vocablos como dardos envenenados quizá porque, ajenos a sus consecuencias, creen que términos tan cargados de sangre, brutalidad, injusticia e irracionalidad son inofensivos, irónicos o chistositos. Las palabras, quiérase o no, si importan. Tanto y de manera tan directa que hay que recordar que maldición es lo mal dicho y que cualquiera tiembla y hasta se enferma cuando se le mal-dice. Y si esto enferma y lastima lo contrario, la bendición, conlleva el mensaje sanador y bien-dicho que a todos consuela, reconforta y agrada.

El fascismo tiene sus muy particulares características que, como saben los que saben, están ampliamente identificadas desde sus orígenes tanto con sus representantes como por sus consecuencias históricas. Recordarlo es oportuno y necesario: los fascistas detestan a los migrantes y a las minorías, son monolíticos y centralistas, persiguen a los discrepantes, a los intelectuales y libre pensadores; pero especialmente aborrecen a los críticos. Movilizan a las masas a excusa de cualquier propósito, sus propósitos; aferrados al poder mediante un costoso programa propagandístico, exaltan “valores” como la patria, la raza, la honestidad, la lealtad y la presencia militar… Vaya, que no hay más que leer para saber, observar para entender y mantener la cabeza en alerta para no contagiarse de la confusión reinante.

También es oportuno recordar no hay una derecha, sino una gama amplia de conservadurismo que va de lo moderado a lo ultra. Lo propio vale para las mal llamadas “izquierdas”, que sólo los necios y los ignorantes emplean como sinónimo de comunismo. Así como se echa mano del fascismo como adjetivo también se emplea el término comunismo para combatir o defender, atacar, esgrimir o desacreditar posturas e intereses relacionados con el marxismo-leninismo, la dictadura del proletariado y, en nuestros días, con cualquier autoritarismo o totalitarismo que, con o sin sustento doctrinario, se presume “de izquierda” y contrario al capitalismo que ha devenido en neoliberalismo.

De cualquier índole, las inclinaciones ideológicas deben situarse en su circunstancia. En cualquier caso, las reducciones al vuelo son arriesgadas. Más arriesgadas y tendenciosas donde, empezando por una deficientísima educación mayoritaria, supeditada a intereses sindicales, sexenales, facciosos y con paupérrimo sustento bibliográfico –por decir lo menos-, la población más vulnerable parece entusiasmarse ante el efecto súbito y devastador del insulto. Etiquetar de fascista a una facción de la facción discrepante, entraña una intención maniquea.  De por si es complicada la historia política del país porque es más lo que se ignora que lo que se sabe; luego, porque ha sido pobre su estudio documental y comparado. Fundar un partido del oposición al cardenismo, sin un vigorosa doctrina social, hizo de Acción Nacional un bando de contrapunto que funcionó en términos relativos hasta que tanto las clases medias como las instituciones civiles fueron madurando.

Desde 1939 y a pesar de sus iniciales simpatías sinarquistas, el PAN fue el puntal discrepante y el principal  contrapeso del partido único que se ostentaba portador del “compromiso social de la Revolución”. Sin embargo, con el declive priísta y el ascenso de nuevos partidos organizados y con registro, por necesidad primero se “extinguió” el Partido Comunista en tanto y el PAN, sin ideario sólido ni moderno, se fue desestructurando, alejando del ideal político de sus fundadores -ya por cierto extemporáneos-, y quedando acéfalo (como el PC) al grado de carecer en nuestras días de dirigentes a la altura de una necesaria derecha moderada, sólida, confiable y capaz de contender en las modernas y difíciles circunstancias políticas.

De la infortunada bienvenida de 13 panistas a Santiago Abascal queda una obviedad que ni propios ni extraños pueden negar: no hay polvos de aquellos lodos; es decir, no hay cabezas a la altura de sus antecesores más destacados. El PAN que hoy ostenta tales siglas no se va a levantar ni con genios de la botella. A nadie importa lo que firmen o cómo lo firmen con VOX; menos aún en tratándose de una “Carta”/armadura contra el demonio del “comunismo” (¡pero qué despropósito tan fuera de lugar!).  Las derechas están tan huérfanas en México como desorientado el conservadurismo, inclusive en el interior la Iglesia que, como institución, también y de suyo ha sido golpeada por la pederastia y los abusos de poder.

La conclusión, por consiguiente, es obvia: se crea un nuevo partido con ideario, inteligencia democrática y fundamentos laicos o asistiremos a los últimos estertores de una oposición otrora organizada y representativa de un sector de la sociedad. No puede ser más grave la posibilidad de remontar la desgracia del unipartidismo, con todas sus consecuencias, como se está perfilando.

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Velocidad: la tentación del abismo

August 21, 2021 Martha Robles
Último viaje de Isadora Duncan. (De la web)

Último viaje de Isadora Duncan. (De la web)

La imagen de la muchacha ávida de una vida excesiva y aparatosa que quedó  embarrada en el pavimento me recordó a Isadora Duncan quien, a tono con “los felices años veinte”, cedió a la tentación del abismo y se encontró con la muerte.  Con la distancia de un siglo entre ambas y cada una a su manera,  las dos copilotas sucumbieron al vértigo de la velocidad y el desenfreno: la joven en motocicleta, a todo rugir en la carretera México-Cuernavaca; en la Costa Azul, la otra iba artificialmente feliz a bordo de un lujoso Bugatti descapotable cuando el larguísimo foulard rojo de seda que ondeaba graciosamente desde su cuello se enganchó en los radios de la rueda trasera. Sin que el apuesto conductor italiano se percatara, la vaporosa bufanda la estranguló de un tirón y no sólo la hizo saltar al Paseo de los Ingleses, en Niza, sino que fue arrastrada grotescamente hasta que los gritos empavorecidos de los testigos fueron más altos que el run run del cochecito.

Con nada qué ver entre sí, las dos mujeres encarnaron el espíritu de su hora respectiva: frustración, desencanto y sexualización excesiva al menos para sentir algo, sentirse… Sin un proyecto de vida más allá del aquí y ahora, como no fuera el delirante y dispuesto a romper todas las convenciones, la joven viajaba de paquete en el palomar de la motocicleta, abrazada al piloto: larga melena negra; ropa ajustada para marcar los pechos abultados, la cintura arqueada y el trasero ancho y bien alzado. Cualquiera puede enterarse  en la web de que “La Negrita”, una de las supuestas novias del clan Unión Tepito, a sus veintitrés años de edad vendía armas en las redes sociales, sin nadie que lo impidiera. No es nueva la fantasía femenina con el machismo motorizado; lo nuevo es la forma de fabularlo y llevarlo al extremo del riesgo; en este caso, a unos 250 km/h.

A cielo abierto lo han repetido los miembros –hombres y mujeres- del ejército del diablo asociado a la delincuencia mexicana: jóvenes que prefieren una vida breve de lujos y emociones fuertes que la pobreza sin estilo y sin futuro. A la vuelta de un siglo, los años veinte vuelven a poner en la palestra la hipersexualización femenina como reacción a un pasado inmediato marcado por la desolación, la violencia y la ausencia de esperanzas activas. En la Europa de hace un siglo se radicalizó el estallido femenino a consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Feroz si las ha habido, la experiencia dejó la muerte y la idea de la muerte atravesadas en el alma de los que sobrevivieron. Su reacción fue el estallido, un estruendo enmascarado de glamour y avidez de probarlo todo hasta que, a partir de 1929, la ilusión, la futilidad y el ánimo festivo  reventarían frente al inesperado golpe de realidad que inauguró, para todos, otro capítulo de la historia.

En el México de las décadas recientes ha sido devastadora la impotencia aniquilante provocada por la desintegración social, por la manera con la que se priva a los jóvenes de futuro y garantías vitales: narcotráfico, feminicidios, secuestros, prostitución forzada, desempleo, ignorancia, pedofilia tolerada, impunidad delictiva y el general y prolongado estado de violencia que ha incrementado el impulso de muerte aupado a la certeza de transitoriedad.   En las redes sociales se lucen  las “novias” del narcotráfico: cuerpos a lo Barbi, mejor si reforzados con cirugías.  A cielo abierto erotizan su participación en el peligro. Su actitud se corresponde  con sus vestimentas, el lenguaje y la intrepidez con la que inclusive conducen ellas mismas enormes motocicletas o vehículos de lujo. No faltan las encarceladas ni reinas de belleza cuya fatalidad podría identificarlas como “reinas de la muerte”.

En “los locos años veinte” llamaban “mujeres de la vida” a las asiduas a espacios de esparcimiento principalmente en París, Berlín, Nueva York o Niza, donde intercambiaban fantasías artistas, flappers, bohemios, poetas y librepensadores. En ámbitos forzadamente artificiosos y de preferencia con ayuda del alcohol o de las drogas se reinventaba tanto lo femenino como la estética tramada con fantasmas eróticos sembrados de hombres “rotos”. Ejemplo redondo de ese ánimo transgresor, Isadora Duncan trascendió a plenitud  a su propio personaje.  Revolucionó el arte de la danza y protagonizó un destino trágico que la hundió en el pozo del sufrimiento. Desquiciada, se empinó en la autodestrucción durante los últimos años de su vida.  Y, ataviada en rojo de punta a punta, lo consiguió para añadir a su leyenda una original y espantosa manera de morir.

Los años veinte de hoy no se inclinan por una estética liberadora ni creativa; todo lo contrario: el desenfreno y la ausencia de rumbo entrañan una profunda ansiedad que roza el vacío. Es la nada. Nos cerca la confusión desesperada. Así el ritmo del regatón, los perreos, el artificio festivo en altos decibeles, el gusto por lo grotesco y por las armas,  la ostentación, las expresiones vejatorias y el roce con la crueldad que parecen gritar una desmoralizada necesidad de sentir, de ser notados, de balancearse en el abismo y, a fin de cuentas, de evitar la confrontación con esa nada que pese a todo quiere formar parte de algo, ser algo y con alguien.

Los residentes de la noche durante “los locos años veinte”  arrastraban las sombras de millones de caídos, mutilados y atormentados en la guerra de trincheras. No obstante la música, la literatura, las artes gráficas, el diseño,  la arquitectura, la danza -y el Art Nouveau en suma- respondían con aportaciones deslumbrantes a la parte oscura que persistía como un mal olor, el olor de la muerte. El talento florecía como deseo de vida, de la esperanza oculta en algún recóndito escondite. Al final del día los protagonistas del desenfado se hallaban habitados por una desoladora incertidumbre. Lo captaron escritores tan talentosos como Scott Fitzgerald, André Gide, Pirandello y nada menos que Kafka:  genio que habría de enseñarnos de que se tratan la sinrazón, el vacío, el miedo y el absurdo. Siempre está la maravillosa novela de Djuna Barnes, El bosque de la noche, para exhibir la realidad de los atribulados mientras que, grácil, aún esbelta y talentosa, Isadora era adorada como una diosa en los grandes escenarios de Europa. Descalza, sin maquillaje, el largo cabello al aire y apenas cubierta con una sutil túnica evocadora de su pasión por Grecia, improvisaba sin reglas, sin posiciones ni estereotipos, al ritmo de cualquier sinfonía. Implacable como es contra algunos, el destino la hizo probar con anticipación y en carne propia el sufrimiento que aguardaba a las generaciones por venir.

Intrépidas, hipersexualizadas, arrojadizas, con melenas largas y prendas mínimas,  sus fotografías en la web ilustran lo poderosa que puede ser la atracción del lado oscuro.  Carecemos de testimonios de calidad sobre el desarrollo y transformación de las jóvenes portadoras de su propia concepción de la sexualidad, lo femenino y la mujer en el México hostil de nuestros días. Las enormes motocicletas a toda velocidad, sin embargo, no pueden separarse del machismo intimidante que crece afianzado en la fantasía del poder, el Poder que inclusive se atreve con la muerte propia y la de los demás.

Isadora se describió a sí misma en Mi vida, aunque de vez en vez surgen más biógrafos y nuevos datos que amplían su significación en la memoria de la dizque feliz despreocupación de los años veinte.  Emprendió al anochecer del 14 de septiembre de 1927 su último viaje al grito de “adiós mis amigos, voy al amor; voy a la gloria”. El joven  empleado del garaje, Benoît Falchetto, más interesado en  venderle el automóvil que en ser recordado como su último amante, se ofreció para llevarla a  su hotel a sabiendas que no podría escapar a un encuentro acaso no tan apasionado. A sus cincuenta de edad la histriónica bailarina estaba atrapada en la decadencia física y mental. Con un sobrepeso que no se molestaba en combatir, ya no bailaba ni quedaban rasgos de la Duncan largamente ovacionada. Arrastraba una  historia de pérdidas, dolor, excesos, deudas, transgresiones, mal vivir y extravagancias que contrarrestaba su leyenda de revolucionaria en la danza. Ningún rasgo de sus días de gloria ni de la belleza de su juventud. No conoció la desolación de la vejez, pero años y ocasiones tuvo para padecer la hondura de la depresión, el pozo del desaliento.

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El zoquete por venir

August 7, 2021 Martha Robles
Marx Arriaga. El Unversal.com.mx

Marx Arriaga. El Unversal.com.mx

La “reconstrucción nacional” ha elevado al zoquete a modelo de bueno, sabio y capaz de transformar su propio destino con nada intelectual ni gustoso en su haber. A diferencia de una mente educada, el zoquete tiene dificultad para entender las cosas, aunque sean sencillas. Ajeno a los beneficios del conocimiento, vive de lo que le dan o consigue con lo elemental. Es un individuo en bruto -si tal fuera posible-, a pesar de considerarlo “honesto y con mucha capacidad”, como diría quien repudia la diversidad y el refinamiento tanto como los logros de la razón, de la ciencia, del arte, del pensamiento y del civismo. “Buen gente” y manipulable desde la perspectiva oficial, el zoquete recibe sin aportar ni retribuir. En su condición de hombre-masa no requiere letras ni gusta de ellas porque es uno de los productos más elementales (y costosos) de los peores procesos “educativos”.

Esto viene a cuento porque en días pasados el  amañado funcionario que paradójicamente publicita la lectura aborreciéndola se atribuyó el derecho de aclarar, en nombre de la educación pública, que  “leer por goce es un acto de consumo capitalista”. Afirmación tan pujante sólo pudo ser de un tal Marx Arriaga durante un discurso sin pies ni cabeza, en la Escuela Normal de San Felipe del Progreso. Por el cúmulo de barbaridades que identifican a este protegido del régimen, es indispensable que aclare qué clase de “filología”  dizque estudió en la Universidad Complutense de Madrid, pues una de dos: era el más burro del salón o es un farsante infiltrado en las políticas educativas a saber por cuáles prendas.

Hay que insistir que el zoquete nunca ha experimentado un goce tan sagrado y fecundo como el de la lectura. Tal complacencia enriquece el saber,  el entendimiento y la capacidad de elegir. No más privilegio de escribas, monjes, escolapios y laicos a cuenta gotas porque las culturas modernas han puesto a la disposición de quien pueda y quiera leer todo lo que ha discurrido el hombre en cualesquiera de las lenguas. Por las Scherezadas emblemáticas sabemos que lo más disfrutable no es la ideología ni la grilla, sino los relatos, mejor si cuentos, anécdotas o mitos sobre dioses, genios, comerciantes, reyes, magos, animales... Prueba de ello es la felicidad de los pequeños  cuando acceden al universo del libro en voz de los padres, los abuelos o de quienes hayan probado la magia de ésta, una de las más altas, nobles y luminosas invenciones del hombre. No por nada Borges definió el libro como extensión de la memoria, del sueño y la imaginación. Eso de que la lectura es para “emanciparse” y no para gozarse es una  tontería  de los “grillos” que no se bajan de la prédica de los sesenta. Qué hacer con lo leído no es ni debe ser atribución gubernamental porque el lector, a diferencia del zoquete, descubre quién es, cuáles son sus límites, su situación en el mundo y en lo que puede convertirse.

 Pareciera que como no es suficiente la cantidad de zoquetes que pululan en nuestra sociedad superpoblada, este peculiar cráneo de la 4t ha decidido multiplicarlos mediante dislates sin fin.  Sembrado de prejuicios acaso extraídos caprichosamente del Manifiesto Comunista de 1848 (no de los tres tomos de El Capital), el elegido para rellenar los “contenidos educativos" de los textos de la SEP se presume “filólogo”. ¡Ah, caray!, estamos ante ese quehacer de “burgueses” desde los días de la Biblioteca de Alejandría… Así las paradojas… Sin la máscara, este individuo está más cerca, obviamente, de los grillos que interrumpían las clases en la UNAM para espetar peroratas contra la burguesía, los burgueses y los pecados capitalistas que de los filólogos clásicos o amantes del saber, de todo el saber y las palabras, a los que tantos hallazgos debemos desde los remotos días del Museion alejandrino hasta nuestros días. Para colmo y como si fuera broma valleinclanesca, este fantoche arrastra el estigma de llamarse Marx Arriaga. No Max Estrella, no: Marx, como el que aun siendo uno de los escritores menos y peor leídos y/o estudiados es de los más “adivinados” por la feligresía anticapitalista.

Hay que reconocerle a nuestro Marx del Altiplano su alto concepto de sí mismo pues impúdicamente se enseñorea lanzando galimatías y haciendo del zoquete un ideal educativo. Un zoquete que a cambio de no se qué ni cómo combatirá la cultura que sus afines califican de fifí. Que alguien por favor me explique ¿qué es ese idiotismo? Por sus indicios es de suponer que los “contenidos educativos” son una caja de Pandora. Sus primeras calamidades remontan el realismo social de las dictaduras comunistas. Aún se ven los engendros monstruosos de que fueron capaces esos regímenes en la arquitectura, el teatro, la poesía, la política… Vaya, que abominar de lo bello, lo bueno, lo gozoso y lo diverso a estas alturas no puede ser más retrógrado ni más peligroso como política educativa.

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Añoro la risa

July 21, 2021 Martha Robles
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Extraño la risa. No cualquiera, sino la risa feliz que se dejaba venir con la sacudida del cuerpo, cuando comíamos pizza mirando viejísimas películas de Chaplin y del Gordo y el Flaco en una pizzería. Las  carcajadas bobas eran reparadoras: no había propaganda sobre dietas saludables ni el ejercicio se publicitaba como obligación para distraer el envejecimiento. Tampoco abrumaba la abundancia en las tiendas; las marcas no eran motivo de ostentación ni teníamos que usar  prendas, zapatos, gorras ni objetos especiales para movernos o practicar deportes. Se crecía de cualquier modo, sin perrhijos, sin gimnasios ni entrenadores personalizados. Los cumpleaños no se calculaban con la adicción a clínicas de belleza. No existían teléfonos “inteligentes” ni términos como cardio, boxing, spinning, cycling, siclo o fitness. Lo adelantado eran, todavía, los radios de transistores, los cassettes y los primeros cd’s, las fotocopias, los cinturones de seguridad en los coches automáticos, las librerías italiana y francesa que nos abrían el mundo y las escaleras eléctricas que se multiplicaban a la velocidad de los centros comerciales. Si acaso, las calles servían de canchas; triciclos y bicicletas se heredaban de los mayores y al embarazarnos usábamos ropa y utilería de las primas, las amigas y las hermanas. Y entre la abundancia de signos del subdesarrollo, lo infaltable en pueblos y ciudades: perros callejeros de inaudita capacidad reproductiva.

Estábamos conscientes de las limitaciones que había que sortear especialmente tratándose de mujeres que, como algunas amigas y yo, nos habíamos atrevido con estudios universitarios y con trabajos donde, inclusive en este siglo XXI, éramos irremisiblemente acosadas sexualmente por la cáfila de pobres diablos y machines que, por supuesto, cobraban salarios superiores a los nuestros. Sin embargo, todavía no nos atenazaban el SAT, el predial ni el pago de vigilancia obligada en casas y apartamentos. Aún era posible librarse de asaltos a mano armada, robos furtivos y noticias escalofriantes. No conocíamos tan de cerca el yugo del consumismo, de las “mañaneras”, de los comentócratas ni del narcodominio. Ni de lejos podríamos imaginar que los feminicidios serían el santo y seña de un México  controlado por el crimen organizado, y lo mejor: cultivábamos la amistad en mesas bien servidas en las que nunca faltaban conversaciones inteligentes, anécdotas divertidas, lecturas,  música, ocurrencias y presencias tan inesperadas como intocadas por el resentimiento social elevado a postura política.

Capitalismo al fin, era visible la contaminación. Las advertencias de los ecologistas eran tan desoídas como imparables la producción industrial y el “me vale” distintivo del mexicano. Tocados por el sentimiento de eternidad, minas, fábricas, talleres y cualquier individuo arrojaban, con idéntica irresponsabilidad, tóxicos, cadáveres y basura donde mejor dispusieran: en lagos, canales y ríos, en solares de riesgo, en el mar, en las aceras… Sucios y destartalados, taxis, autobuses y camiones inauguraban el tercer milenio como el “avío avío” cargado de humos pestilentes; y yo, mientras tanto, leía por aquí y por allá que si el terrorismo, el ébola o alguna pandemia similar a la peste negra arrasaría con buena parte de la población mundial si no cambiábamos nuestros impulsos depredadores.

Sin embargo y hasta que la brutalidad cometida contra las Torres Gemelas demostró que nuestro mundo era una bomba de tiempo y que la covid y su tridente pandémico estaban a la vuelta de la esquina, la vida emergía al que supusimos “su ritmo”. El destino de cada uno se iba cumpliendo con mayor o menor resistencia a condición de ser medianamente indiferentes al destino compartido. Pero, para todos, por fin llegó la ocasión de saber que entre la memoria y el presente se tendía un abismo, sin importar cuántos años o décadas quedaran en medio.

 Si, añoramos los detalles felices. Echo en falta la alegría que nos causaba un gesto idiota, el empujón obligado, cualquier torpeza o la huida en falso del par de perdedores nos hacían sentir que nada o casi nada faltaba en nuestras vidas. Eran días en que el olor del pomodoro, albahaca y mozzarella salía del horno hacia la Avenida de los Insurgentes en aquella pizzería que asocio a momentos radiantes. Nos han cercado la enfermedad, el odio y la muerte. Para sobrevivir nos aislamos. Extrañamos momentos perdidos, los no vividos y lo que no tenemos. Yo extraño la risa.  Extraño el estado que nos permitía reír con el Gordo y el Flaco. Extraño la amistad espontánea.

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Más de esperpentos y tiranos

July 5, 2021 Martha Robles
Don Ramón de Valle Inclán, genial creador del esperpento, siempre frente a mi escritorio. Por Alberto Gironella (1986).

Don Ramón de Valle Inclán, genial creador del esperpento, siempre frente a mi escritorio. Por Alberto Gironella (1986).

García Márquez tuvo el acierto de observar que el dictador es el único personaje nuevo que hemos creado en América Latina. Imagino que su siniestra originalidad encarna al esperpento que no deja de cometer bizarrías. Intérprete de sí mismo, ridículo hasta la locura, dota de vida y voz propia a su caricatura. El proceso es igual para todos: en su delirio crea un cerco de aduladores, recompensa de más a las fuerzas armadas y fortalece la propaganda. Hay un momento en que, por sus excesos, borra al hombre y cede el lugar al mito. Ahí cree y hace creer que lo insólito es posible como en toda mitología, con una salvedad: su personaje es lo contrario del héroe y sus acciones el revés de la heroicidad. Fantoche en lo esencial,  es el antihéroe que, indotado para las grandes hazañas, saca  lo peor de sí mismo y de quienes lo sostienen: de ahí la intensidad de su verdad ficticia, aunque ya se sabe con cuáles resultados.

Con atavíos diferentes, el número de dictadores y tiranuelos supera en nuestras tierras al de los demócratas y a los escasos líderes de digna o regular memoria. Esto es algo para tener en cuenta pues, arrastrada desde el siglo XIX y de manera continua o discontinua, la tendencia a repetir y repetirse  revela algo muy grave de  estos pueblos que, malogrados por su baja autoestima o su ineptitud para adueñarse de su destino, no dejan de engendrar y reproducir tales monstruos.

Comparto con Carpentier, García Márquez, Roa Bastos, Vargas Llosa y Valle Inclán la fascinación por las biografías y los anecdotarios de esta abultada galería de fantoches y criminales. Cada generación halla cómo encumbrar al “elegido” que habrá de asumir la histórica dualidad amor/odio enquistada en  nuestro carácter.  Odioso de por sí, el dominador igualmente odia al que lo exhibe o lo cuestiona. Su repudio a lo distinto es correlativo a la certeza de ser aborrecido; y ante la imposibilidad de ser reconocido, intimida y refuerza su arbitrariedad al menos para ser temido. Quizá sea un atavismo, una extraña genética aún sin investigar o un drama social que empeora por la ignorancia y la incivilidad, pero no se puede negar que, aun en el siglo XXI que deseábamos adelantado,   los fantoches todavía se reproducen como malas yerbas.

No se por qué este personaje mesiánico, redentor, uniformado o civil, populista e invariablemente peligroso e irrisorio, cifra el santo y seña de nuestra historia política; sin embargo, es imposible negar que existe porque la población se deja engañar y pone su destino en manos de los peores. Los tiranos pueden o no ascender al través de las urnas, pero la debilidad del Estado los hace todopoderosos: más omnipotente y manipulador cuanta mayor la conformidad acrítica: algo parecido al envilecimiento del mítico Fausto tras pactar con el diablo.

Es tan enredada la realidad esperpéntica que solo un puñado de escritores ha conseguido elevarla a literatura. De hecho, entre el Tirano Banderas de Valle Inclán y el insólito Ti Noel de Alejo Carpentier  en El reino de este mundo, hay un inmenso hueco que, sin merma de tres o cuatro títulos de otros autores con desigual fortuna y también del siglo pasado, solo La fiesta del Chivo conseguiría encarecer el género al fusionar la ficción con la realidad arrolladora.  El logro de Vargas Llosa confirma que  si “la realidad supera la ficción” novelarla con buena pluma la enriquece, aclarándola. Lo entendió Marguerite Yourcenar en sus espléndidas Memorias de Adriano porque lo que fuera válido para los griegos o para Shakespeare también lo es para nuestras letras: las obras maestras surgen de lo real y ahí regresan con mayor visibilidad.

Los pueblos subyugados temen, admiran, aborrecen e idolatran en igual proporción a sus opresores. Sin embargo, el “iluminado” siempre aguarda la ocasión de reaparecer con bríos renovados. Al respecto, García Márquez tuvo la agudeza de observar que la gran mayoría de los dictadores latinoamericanos ha muerto en su cama o han sido asesinados por su rivales. Sin importar que los vengadores sean caudillos liberales o cabecillas de guerras civiles, acaban instaurando ellos mismos otras dictaduras, salvo que aún más sanguinarias y crueles.  Y no lo dijo el Gabo, acaso por su controversial amistad con Fidel Castro, pero tanto su ejemplo en la “Cuba revolucionaria”, como el de Ortega en la infortunada Nicaragua no solo lo confirman, sino que ponen de manifiesto que, no obstante sus limitaciones, la democracia es el menos malo de todos los modos de gobernar. Por eso debemos insistir en que los pueblos que renuncian a sus derechos están condenados a repetir su infortunio en ciclos de sujeción y liberación.

El esperpento odia a los intelectuales, la crítica, los periodistas, los opositores y a los pensantes. Su esquizofrenia paranoide llega al extremo de hacer hogueras con libros no sin antes fortalecer la propaganda mediante su cohorte de lambiscones: medida de su debilidad.  Aunque no hay un perfil del personaje “total”, de preferencia surge del caos, de un medio rural, de pocas o ningunas letras, de asonadas en las que se da a notar o de medios vulnerados. Cultiva el prejuicio del elegido, el redentor o el populista frecuentado en nuestros medios. Encarna la figura del  iluminado, como el “filósofo” Doctor Francia que tuvo el arresto de cerrar el Paraguay entero y solo dejar la rendija del correo, “para estar comunicados”. Salvo por la significativa muralla china, esta orden de aislar a hierro y fuego al país se volvería lugar común  en Cuba, en Libia, en la Cortina de Hierro o, de manera no menos agresiva, en la actual Corea del Norte, lo que recuerda que no hay diferencias entre derechas e izquierdas porque toda sujeción persigue lo mismo: imponer la ley del uno, del único, del Partido, del caudillo o del líder, según los usos locales.

Con leyes y sanciones a medida, lo primero que destruye el autócrata es el blindaje constitucional para imponer su cerco de “legitimidad”. Entre que va combatiendo “restos del pasado corrupto” y remanentes institucionales, aplica poco a poco o de golpe su compendio de excentricidades bajo la fórmula de una nueva Constitución y otro concepto de “justicia”, con la intervención de “sus incondicionales”. Además del unívoco narcisismo paranoide que los distingue, los fantoches son mentirosos patológicos, padecen una inocultable avidez de poder, son sádicos en mayor o menor grado y desconocen la compasión. No dudan en hacerse con el control de las fuerzas armadas y, con el poder en el puño, arremeten contra los medios de comunicación, la crítica, el pensamiento educado, el orden económico y la “educación” a cambio del “modelo” que no tarda en agravar el atraso.

¿Algo les parece familiar? Ya lo dijo Spinoza, pero su actualidad no deja de ser preocupante: “no reír, no llorar, sino entender.”

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Las palabras, esos espejos...

June 21, 2021 Martha Robles
asociacioneducar.com

asociacioneducar.com

La palabra es lo vivo, el retrato de la vida, de los hablantes y del medio. Santo y seña de identidad, sin ella el hombre no sabe quién es; tampoco los pueblos. Aunque de suyo es robusto por la imparable invención de nombres, nuestro vocabulario se parece a los ríos que en ciertos tramos apelotonados se convierte en basurero. Al hablar y decir algo o al no decirlo, en la boca resuena el carácter actual y el eco de nuestros antepasados. La lengua es espejo, pantalla y bocina que lanza al exterior hasta lo más recónditos rasgos del ser, de lo que no se quiere reconocer y del conglomerado cultural que representa. 

Son tan sutiles los vasos comunicantes del lenguaje que ni siquiera nos percatamos, por ejemplo, de que en el uso y el abuso del diminutivo, que en su exageración llega a abarcar adverbios –adiosito, arrocito, hijito, virgencita, ahorita, al ratito, poquito…-,  pervive el mundo nahua que la mayoría desprecia o cuando menos ignora.  Todo absorben las voces: las luces, las sombras, el tartajeo y un dolor añejo que, indescifrable porque a millones de hablantes faltan palabras para comprenderlo y  nombrarlo, se vuelven expresiones del rencor, grito de odio y del resentimiento social que ya no requiere máscaras para manifestarse con aparente libertad.

Sucede pues que el habla popular campea de forma vertiginosa, hiriente y cargada de revelaciones y espejos rotos. Mal entenderíamos la historia del país sin considerar la influencia del furor verbal que, ya sin pudor, golpea de afuera adentro y de adentro afuera como cola de culebra. El vocerío que damos por sentado conlleva la costumbre de agredir, vejar, insultar y degradar que se trasmite desde la cuna o mejor aún: está en el aire que respiramos. También se absorben con naturalidad las versiones que tienen las  personas de sí mismas y de las demás. No es de extrañar, por consiguiente, que durante la prolongada supremacía de la Chingada o violada emblemática del peor mestizaje, los meros machos se chingaran a la que fuera o lo que fuera con tal de sentirse chingones. Se iban de chinga en chinga mentando madres y cometiendo chingaderas con abierta insolencia. Su palabrería arrojaba un chingo de ultrajes, en tanto y su lengua no cesaba de fomentar una enredada virilidad vejatoria, cargada de deslices homosexuales y chingaderas que, curiosamente, deslindaban a las mujeres en general de las maneras de hablar consideradas “masculinas”.  Me refiero a que no era frecuente y que hasta estaba “mal visto y peor oído” que las mujeres hablaran con “malas razones”, como se les decía a estas voces esencialmente antifemeninas y portadoras del complejo del vencido, indiviso de “los hijos de la Malinche” o “hijos de la Chingada”.

Ya se sabe, pero hay que recordarlo, que la Chingada es y ha sido la gran madre violada por el padre admirado y a la vez aborrecido. Si él encarna al que triunfa sobre el débil y lo abandona a su suerte, ella es la única mujer digna de consideración no por el esposo ni por los hombres en general, sino por sus hijos varones que la veneran por encima de todo. Aunque se la miente para maldecir, bendecir, impostar o remarcar el imprescindible sentimiento de orfandad y abandono del sometido por el colonizador, es la única mujer que se libra de ser calificada de puta, al menos por su prole. Todas las demás, menospreciadas por el machismo secular, son las que el macho, bajuno por naturaleza, considera que puede poseer, zaherir, subyugar y penetrar, de preferencia con violencia y en cabal impunidad.  

Con ser tan característica la mancuerna machismo/chingar en nuestra realidad social, es indudable que las cosas y las voces están cambiando y no, por cierto, para igualarse hacia arriba ni en bien de una mejor concepción de sí mismos y de los demás, sino para abrirle otras rutas al sentimiento de fracaso. No que la Chingada y sus derivados desaparezcan del inconsciente colectivo, claro que no; es que el surtidor verbal que se auto fortalece entre hablantes que mucho hablablablan y poco o muy poco tienen qué decir, ha añadido con indudable éxito otras formas de degradar, exhibirse y degradarse. Estas expresiones espejean con fidelidad la desintegración social; a su vez gustan de frecuentar tatuajes que a todas luces sustituyen o a veces completan con esta suerte de estética pintoresca a las máscaras, quizá para hacer más notable el drama de identidad que no acaba de resolverse.  

En el laberinto de voces que la pluralidad milagrosamente convierte en continente de conductas desparpajadas, por vez primera en la historia se hace visible algo insólito en el pasado inmediato: ponerle nombre al secular sentimiento de inferioridad sobrellevado como realidad vergonzante. Me refiero a decir “me vale verga” como el mayor acto de reconocimiento de la menorvalía masculina. El habla que habla lo dice y lo dice con claridad: el otrora sobrevalorado pene ha perdido supremacía, aun entre quienes lo tenían por objeto de omnipotencia.  Un solo sustantivo, no obstante empleado con todas sus posibilidades existenciales y/o imaginativas, pese a su popularidad no ha podido elevarse a verbo ni a voz/baúl equivalente a chingar. Esta limitación lingüística contrasta la riqueza interpretativa que ha caracterizado tanto a la figura como a las voces relacionadas con  la mujer violada. El uso vejatorio de la verga, sin embargo, completa la ferocidad arraigada en el inconsciente colectivo. Basta enunciarla para fusionar palabra, sonido y acción pues, por sí mismo es un vocablo generalmente despreciable. De este modo, no es el pene devaluado, sino la lengua la que agrede el oído y la sensibilidad del que recibe la carga ancestral del autodesprecio y del desprecio por el otro.

Quizá esta degradación del ilusorio encumbramiento del miembro masculino sea uno de los más visibles efectos del feminismo en el submundo de hablantes urgidos de un habla que hable y diga  lo que no sabe ni tiene qué decir. Lo innegable es que no podemos hacer como si la transformación social no existiera. Es obvio que el pene está perdiendo –o al menos disminuyendo- su condición de bastón de mando, báculo consagrado, instrumento de dominio y/o arma de penetración esgrimida por el violador que se repudia públicamente con mayor celeridad.  Lo interesante es observar que el tránsito de la Chingada al uso verbal y vejatorio del pene se comparte por hombres y mujeres en los mismos términos hirientes, acaso porque estas voces/daga están  fusionadas al machismo fútil o sin valor que ya no quiere asociarse  como el que penetra, el que viola, abusa y posee. Sea cual sea la raíz semántica o antropológica de este uso oral tan horroroso, no podríamos negar que el habla popular ya lo asimiló.  Así que estamos ante otra expresión del autodesprecio y su correlativa menorvalía. Piensen en todo lo que conlleva el grito de  “¡Me vale verga, güey!...” Ni qué añadir respecto de sus fieles complementos  populacheros: “no mames, ser muy verga, la neta, muy chido...”

A querer o no, nos guste o no, en las palabras y los modos de decirlas están las verdades que ninguna máscara ni simulación, por efectivas que se presuman, son capaces de ocultar o transformar.

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Mme. Bovary y yo

June 3, 2021 Martha Robles
MadameBovary01.jpg

Detesté a Emma desde las primeras líneas, pero no dejé de seguirla hasta el final. Su deseo de ser otra y no tener con qué ni poder serlo, me mostró que la libertad tiene límites, y mejor todavía: que la libertad ilusoria esclaviza. La miraba tal cual, como si la conociera. En su ambiente abigarrado, nada era inexplicable. Imaginó el paraíso en los brazos de dos amantes sobrevalorados, pero la desilusión la sumió en tal insatisfacción que el deseo malogrado empeoró su infierno. Perturbada por las novelas que leía con avidez, nunca supo quién era. La precisa descripción lograda por su creador remató el romanticismo que la cegaba con el golpe financiero que determinó su suicidio. Con su publicación en 1859, este drama inauguró el realismo literario que, con ciertos añadidos, aún persiguen los novelistas.

Solo una gran obra se infiltra en nuestro modo de ver el mundo. El día a día de Emma Rouault y luego Mme. Bovary, retrata el afán de idealizar, poseer y sentir sin estar dispuesto a pagar el precio. Más viva que nunca, el consumismo le pone otro nombre y distintos rostros a la imposibilidad de aceptar que lo que es es como es y no como la neurosis lo inventa. Flaubert tuvo el genio de demostrar que ni el tedio ni los modos de fantasear envejecen. Y desde la frustración que nos habita, Mme. Bovary renace con más ilusiones que en vez de llenarnos van haciendo más insoportables nuestras vidas. Cada roce de sus vestidos me recordaba a la tía, a la mamá de, a la Fulanita de tal, a la esposa de o a la compañera que desde la secundaria iba al salón de belleza cada semana porque no toleraba verse tal cual en el espejo: mujeres que, como ella, ignoraban quiénes eran, pero sabían todo sobre la moda,  las telas, las joyas… En suma, gente que en su deseo de ser otra atesora conductas e imita a quienes figuran  por encima de los demás.

Sobre el disgusto que me causaba este retrato del vacío encaminado a la fatalidad, no  dejé de releerla ni de pensarla. Odiaba la ceguera de Emma, sus tropezones, su ingenua creencia en que Charles, el esposo fiel, sería capaz de lograr algo en la medicina.  Lo detestaba a él y a su medianía, aunque la exhibiera como trofeo; sufría porque ese hombre pequeño no se igualaba al tipo inventado por ella; es decir, Charles era un modesto médico de provincia y le bastaba con eso.  Me parecía abominable Rodolphe, el infeliz amante que sabía bailar vals, porque encarnaba a los pobres diablos que, a la caza de ingenuas, son tan incapaces de amar y comprometerse como de hacer algo digno de sí mismos. Ninguno mejor al otro, los habitantes de tal galería de personas comunes me indicaba que la vida es así y que por creerla distinta yo también fantaseaba. Cerrado el libro, aparecían en mi mente el espejo y otra manera, acaso más cruel y transparente, de reconocer a alguien que escapaba de los párrafos y asomaba la cabeza.

Solos o en boca del coro de chismosas, a los protagonistas de la novela les dio por caminar a mi alrededor. Modernizados, veía por doquier a las criaturas de “el idiota de la familia”, como apodaron al pequeño Flaubert.  Mi enojo fue desapareciendo al valorar el logro literario de Emma y sus ficciones, del cura acomodaticio,  del esposo sin atributos, del boticario calculador, del amante indiferente, del prestamista abusivo, de  la hija abandonada, de la criada típica.

La provinciana burguesita francesa que a mediados del siglo XIX se casó con un viudo y soñó una existencia de glamour e intensidad, gastó sus días creyendo que podría ser, ella misma, una de las heroínas del romanticismo. Lejos de conseguirlo, acabó entre sus mayores víctimas. A diferencia de Alonso Quijano, asiduo lector de novelas de caballería, que se convertiría en el inmemorial Quijote, Emma no trasmutó en nada ni fue capaz de darle un sentido al espantoso aburrimiento que la perturbaba. Contrapunto del caballero reinventado Quijote, ella fue tan infecunda que solo al consumir el veneno halló salida a la nada que la habitaba. A diferencia de la del caballero andante, su ilusión carecía de sentido o peor aún: al través de otros perseguía una razón de ser. En eso consiste la genialidad de Flaubert: en exhibir al detalle a las emmas multiplicadas. Tal era su fervor por la existencia idílica que la realidad se le fue metiendo a sus días como río vertiginoso. Al darse cuenta de que el agua ya le llegaba al cuello, la infortunada se dio cuenta de que no solo no sabía nadar, sino que tampoco tenía habilidad para pedir auxilio.

Los culebrones lacrimosos que en el siglo XIX perturbaron a Emma cambiaron de atavíos y algunas fantasías, pero la incapacidad de enfrentar y asumir la realidad es la misma. Encumbrados y lucrativos hasta el ridículo, los excesos logrados con maestría por Flaubert  cambian de escenario y protagonistas, pero se fortalecen cada vez que alguien, con voz temblorosa, se lamenta porque “no ha vivido su vida”, que ha desperdiciado sus mejores años al lado de un fulanito o fulanita de tal que se achicó  en vez de crecer. Emma está viva en la fantasía de que “el otro” debe sacarnos del aburrimiento, rellenar con un modelo del vida idílico el propio vacío y elevarnos a la altura de lo imaginario. “El otro” nos debe dotar de sentido. “El otro” debe apegarse al relato apasionado de la verdad ficticia.

En suma, el espejo de Flaubert, quien en una de sus cartas llegó a confesar: “Mme. Bovary soy yo”,  me ha llevado a entender hasta dónde la gran literatura se va transformando en una suerte de guía existencial que más y mejor aclara lo obtuso de las vidas, aunque no nos agrade reconocerlo… O precisamente por eso.

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    • Dec 31, 2020 Madre piedad: una deuda de amor Dec 31, 2020
    • Dec 19, 2020 Un tiempo raro Dec 19, 2020
    • Dec 9, 2020 Meditación sobre la tristeza de nuestros días Dec 9, 2020
  • November 2020
    • Nov 23, 2020 Página del diario. El virus del desasosiego Nov 23, 2020
    • Nov 14, 2020 José Revueltas, peldaño de la denuncia* Nov 14, 2020
  • October 2020
    • Oct 29, 2020 De mis diarios. Entre toros y Covid-19 Oct 29, 2020
    • Oct 10, 2020 Página del diario. Alfabetos soñados Oct 10, 2020
    • Oct 1, 2020 1968: memoria imperfecta Oct 1, 2020
  • September 2020
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    • Sep 4, 2020 Fernando VII. Realidad que supera la ficción Sep 4, 2020
  • August 2020
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    • Aug 13, 2020 Alfonso Reyes, otra mirada Aug 13, 2020
    • Aug 1, 2020 Esther, un alma errante Aug 1, 2020
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    • Apr 1, 2020 Otra caverna, mismas sombras Apr 1, 2020
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    • Sep 16, 2019 La mediocracia, una pandemia Sep 16, 2019
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    • Aug 2, 2019 Sobre La otra vida de Daniel Aug 2, 2019
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Culpas viejas, mujeres nuevas. Entrevista. https://youtu.be/9go7A0-hmso

En Huellas de la Historia, con Francisco (Paco) Prieto y Blanca Loolbe, Alejandro el Grande. Los pasos del héroe”, Radio Red, México, https://podcasts.apple.com/mx/podcast/alejandro-magno/id1243780697?i=1000431633702

Entrevista sobre los pasos del héroe, lunes 11 de marzo, 2019, 2019, Fabián Vázquez y Rafael de la Lanza; Revista Gandhi Lee+

https://www.facebook.com/mascultura/videos/451974625342403/

“Del amor a las letras y otras pasiones” en Poéticas de las inteligencia, programa de radio coordinado por Patricia Galeana y Beatriz Saavedra. Conductora Lourdes Enríquez, IMER, CIUDADANA, 660 am, jueves 27 de agosto de 2020. https://www.mixcloud.com/MujeresalaTribuna/po%C3%A9ticas-de-la-inteligencia-del-amor-a-las-letras-y-otras-pasiones/

A partir de septiembre 2020, colaboraciones en La noche es joven, programa de radio de Enríque García Cuéllar, Tuxtla Gutiérrez, Chis.:

Octubre 2, https://www.facebook.com/MuseodelaMujerMexico/videos/325674728612136/

Octubre 10, Casandra en la mitología, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/362463818454782/

Octubre 16, Las migraciones en el mundo, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/2675104412742380/

2020

- https://www.facebook.com/757213191075830/videos/3443483862406877 , “intelectuales y poder”, programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Oct. 26, 2020.

- “Helenismo en Alfonso Reyes”, video conferencia organizada por la Sría de Cultura, el Dep. de Literatura del INBA y la Capilla Alfonsina. Con Javier Garcíadiego (director de la Capilla Alfonsina) y la traductora del griego Natalia Moroleón. Moderadora Beatriz Saavedra, Trasmitido en vivo por Facebook, noviembre 5, 2020. https://www.facebook.com/283189608464004/videos/654522281924283/

“Intelectuales, prensa y poder”, en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Nov. 6, 2020. https://www.facebook.com/757213191075830/videos/1034311790327823

“Mujeres y otras penas”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/286419819321195 en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., , Nov. 13, 2020

“Gobernar con sermones”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/815646722545743, Ibid., Nov. 27, 2020

“La amistad entre Alfonso Reyes y José Vasconcelos”, Capilla Alfonsina, con Javier García Diego y el dr. Hurtado, Capilla Alfonseca, junio 30 de 2021. https://www.facebook.com/watch/?v=357786745726168

 “Actualidad de Marguerite Yourcenar” , Julio 8 de 2021, en el programa La noche es jocen de Enrique García Cuéllar. https://www.facebook.com/100063493035749/videos/834712267158793


Debate 22, entrevista con Javier Aranda, Octubre 10, 2022, Canal 22. (https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=jl5UKjczBPPI52y91C_now&s=03)

https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=LNgpCJXplWwnHJVKfBU9EQ&s=08

“Las palabras, espejos de la vida”, conferencias, Noviembre 9, 16, 23 y 30 de 2023, Plataforma ZOOM, dos horas por semana, Instituto dde la Cultura y las Artes, Cancún, Quintana Roo. Disponibles en YouTube con este enlace: https://www.youtube.com/playlist?list=PLOOto7Tr4g7IWZRngC2m_3zwvuTIrqE4H

Agosto 7, 2024 A medio siglo del fallecimiento de Rosario Castellanos. Capilla Alfonsina. Coordinación Nacional de Literatura. Sigue en directo la charla especial en honor a Rosario Castellanos. Acompáñanos y explora su impacto en la literatura. Una oportunidad única para reflexionar sobre su legado. Participan: Martha...

www.facebook.com.

https://www.facebook.com/share/v/nw26bULtQ6sooEGs/?mibextid=jmPrMh

“Martha Robles”, entrevista de Beatriz Saavedra para el Diario de Madrid, Noviembre 27, 2024. Entrevista a Martha Robles - https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/critica-literaria/entrevista-martha-robles/20241127090423084011.html?utm_medium=social&utm_source=whatsapp&utm_campaign=share_button

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Enero 16 de 2025, Alfonso Reyes y el exilio, Ateneo Español de México, A.C

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