• Perfil
  • Blog
  • Libros
  • C.V.
  • PODCAST
  • Contacto
Menu

Martha Robles

.
escritora

Your Custom Text Here

Martha Robles

  • Perfil
  • Blog
  • Libros
  • C.V.
  • PODCAST
  • Contacto

Página del diario. “Lo correcto es largarse”

July 19, 2023 Martha Robles

Como en la Edad Media, irse es arriesgado

Hay un filón de Enrique Vila-Matas que me es especialmente afín. No es todo él ni todo el tiempo. Me refiero al ensayista que evoca fechas o escritores. Distinto al narrador (que suele aburrirme), creo que el que piensa la escritura y cede a la memoria el rumbo exacto de la palabra es el mejor Vila-Matas. En un reciente artículo en El País recordó  que  Joyce decía “cambiemos de conversación” y también, “lo correcto es largarse”: expresiones, ambas, que algunos llevamos durante décadas en la punta de la lengua, de la pluma o de los dedos como  divisa para “romper con todo y romperlo bien”, según el querido y por desgracia desatendido Albert Camus (uno de los que si se fue).

Había que irse como hicieran Joyce, Kundera, Marai, Paz, Fuentes, Cortázar, Vargas Llosa  y tantísimos más para huir, salvarse, refugiarse, imaginar o ser, hacer y decir  de otro modo lo mismo, pero  en un paisaje y una cultura diferentes. Irse era consigna obligada a partir de los veinte de edad no solo durante lo más apretado de la Guerra Fría, sino inclusive después y de manera continua hasta nuestros días, según observamos entre los más jóvenes. Cuanto más temprano y lejos mejor. Jamás regresar era propósito coreado por dos grupos opuestos entre sí, pero igualados por la insatisfacción y la certeza de estar fuera de lugar: los creativos y mejor formados que se sentían atrapados en un México hostil y sin oportunidades y, en el extremo opuesto, la muchedumbre de analfabetos o apenas alfabetizados que se jugaban la vida para sumarse al “sueño americano”.

A unos por saber y no poder y a otros por no saber y poder, el país echaba fuera a su población trabajadora, quizás porque en el día a día del mal llamado “orden social” solo se acomodaba la medianía. Sobre lamentos y frustración, a cuenta gotas la minoría cambiaba de pasaporte, idioma y aspiraciones. Los que sin visa se atrevían a ciegas con la ruptura se iban en masa burlando obstáculos. Eran los “braceros”, hoy indocumentados, cuyas remesas millonarias -¡quién lo dijera entonces!- se convertirían en la mayor fuente de ingresos a nivel nacional. Los que no se iban, aunque lo hubieran tratado, quedaban atados a la sensación del “pudo ser” o “hubiera insistido”, en mezcla de frustración y nostalgia: sentimientos tan generalizados que perduran fusionados al ambiente como un mal olor.

Los tiempos del acoso y la ausencia de oportunidades no desaparecen, solo cambian  las etiquetas de las mismas infamias que impiden una sana movilidad socioeconómica y la convivencia armoniosa. Las primeras lecciones que aún reciben los dominados por poderes oscuros indican que unos persiguen y lastiman a los demás; otros son lastimados y sometidos por torceduras judiciales y expresiones de desprecio.  Total, ¡pura infelicidad!

Se haga lo que se haga, estamos condenados a plegarnos sin opción a  elegir y defendernos. Eso explica que para el que sufre, es perseguido o fantasea la vida estará “en otra parte”, como indicó Kundera al fusionar existencia y política.  Desde el día en que el checo-francés convirtió en texto y revistió de personajes el espíritu de una, dos o tres generaciones hartas -o más que hartas- de la intolerancia comunista, así como de sus lenguajes, manías expansivas y fanáticos que no daban respiro ni ocasión de probarse en lo distinto y ajeno, la otrora feligresía comunista abrió los ojos, se inconformó y, al desobedecer, pasó a las filas de los perseguidos que se van en busca de una tierra de acogida. ¿Qué cómo es eso? Pues como padecieron las víctimas de “las izquierdas” que dejaron de aglutinarse alrededor del marxismo-leninismo o de la dictadura del proletariado desde que, con el muro de Berlín, cayó el velo que ocultaba la pura verdad. Hoy, los procomunistas que únicamente veían el mal en “los otros” quedaron calladitos, sin nada que defender y a la caza de nuevas promesas, aunque aferrados al mismo desprecio a las libertades democráticas que cultivaron sus antecesores, fuera de derechas o izquierdas.

Cierto: también quise marcharme del pavoroso machismo local y lo intenté. Al no conseguirlo me tranquilicé porque la escritura y el propósito de entender no tienen fronteras.  Las letras sirven, como ningún otro remedio, de vía de salvación. No se dice a la ligera que la verdadera patria es la del idioma porque fecundas y en movimiento, las palabras bien dispuestas hacen que casi todo sea posible: desde la creencia de hablar con Dios, aunque se carezca de credo, hasta consagrar la soledad. Lámpara y luz, rezan los Salmos, la palabra ilumina. Nombramos lo que se ve, se oye, se imagina, se sueña o se piensa.  Inclusive el silencio adquiere una gran significación cuando términos tales como claridad, sentido, belleza, murmullo o descubrimiento comandan nuestro vocabulario personal.

A diferencia del pasado más o menos reciente, cuando se hablaba de los escritores como inteligencias vivas en un pueblo sin gente, hoy padecemos una explosión de autores en ciernes. Todos geniales, autopromocionados, autocomplacidos y decididos a convencernos de su originalidad sin par, se reproducen como mala yerba al ritmo en que disminuyen las opciones editoriales para publicar sus obras maestras. La oferta de supuestos talentos crece mientras los lectores se vuelven especie en extinción. Y todo esto  cuando ya no tenemos a dónde ir y quedarse significa aceptar que era justificado el antiguo temor de envejecer en un país regido por el desprecio y dominado por la delincuencia.

Comment

La atracción del Mal

July 4, 2023 Martha Robles

Alegoría del mal gobierno.

Estudiar la vida entera no sustituye el saber de experiencia. Desearía negarlo y creer en la grandeza humana, pero la verdad es un necio golpeteo que no coincide con las posturas victimistas o entusiastas de los teóricos porque la violencia se vuelve costumbre. Imposible negarlo: la mentira y el daño deliberado existen; el autoritarismo disfrazado de mesianismo es una fatalidad victoriosa y endémica; la chapuza prospera y se afianza porque alienta al vencido; lo execrable atrae e iguala hacia abajo y, como se sabe, a los incautos les produce la satisfacción de haber consagrado a su semejante. Hay países tan inclinados a la humillación y al resentimiento que, como los matrimonios infames, se vuelven codependientes. Por no saber qué hacer con su libertad ni cómo subsanar la desgracia del atraso en complicidad, los marginados se asimilan al vasallaje mediante la ley del más despreciable poder del Mal.

Desde los relatos bíblicos, el Mal y las vejaciones consensuadas no solo fascinan a los más, también aplauden su situación uniéndose en rebaño, sin juicio ni voluntad, para seguir al jefe de la tribu.  El perverso con poder es insensible al dolor y al sufrimiento ajeno. Es  incapaz de sentir empatía. Se encarama como guía divinizado porque la multitud manipulable lo inventa y lo sostiene, aunque es tan falso y perverso como su lenguaje. Su dominio se consolida y crece por las componendas y la satisfacción colectiva que lo habilita: bastan  los hechos para comprobarlo.

Todo el Mal y todos los malignos se parecen entre sí, aunque se camuflen en vano. No  olvido que hasta mi intimidad llegaba el griterío entusiasta de los cubanos que, bajo un sol de justicia, aclamaban al loro de Fidel que hablablablabla como un dios durante horas y horas y horas en La Habana… ¿Y Hitler? ¿Y Mussolini? ¿Y tantos más? Las plazas atiborradas a los pies del UNO, como las que adora el López local, son evidencia de la enfermedad social más execrable: la autocracia fomentada por el espíritu de la tribu. Si el individuo es lo que es, es peor la muchedumbre que inventa a su becerro de oro.

El Mal en complicidad es un fenómeno que existe desde la noche de los tiempos. Lo inconcebible es que siga sucediendo en pleno siglo XXI: cuando los peores se hacen del poder y fusionan política y bajezas la masa vocifera, aplaude, emula las expresiones de desprecio de su líder y los endiosan cuando los induce a atreverse con cosas peores. La muchedumbre, por su miseria moral, legitima las perversiones de quien los “gobierna”. Tiranos y autócratas no serían nada sin la irracionalidad del apoyo popular.

Como sus homólogos nefastos, México tiene un gobernante insensible ante el dolor que provoca e incapaz de conmoverse por cientos de miles de asesinados y desaparecidos. Puede haber millones de votos, pero sin demócratas no hay democracia.  Se elige por número y los hijos de la incivilidad eligen al supuesto Mesías que causa milagros. De educación y cultura, nada. La formación de las personas no cabe en la mentalidad perversa: se trata de deformar, no de formar a la mayoría.  Tal el drama del síndrome de la derrota, condenado a repetirse.

El triunfo del Mal abolió la cultura de las máscaras, por innecesarias. Lo actual es el cinismo: vejar y menospreciar a discreción. Humillar, zaherir… y ser aplaudido por ello. Todo está permitido cuando se avala este lugar común: el otro; el otro es el culpable.  Traslado de la muy sartreana expresión el otro es el infierno, se trata de eludir la responsabilidad. Por consiguiente, lo que es, es como es. Así como hay individuos moldeados por su derrota, también hay países condenados al fracaso. El Mal es fecundo, persuasivo y de amplio espectro. Es terrible tener que aceptar que hay pueblos, como el nuestro, amancebados con la perversidad y el fracaso y que no pase nada… La prueba: según datos oficiales, se comete un asesinato o hay un desaparecido cada 15 minutos. Eso, sin contar feminicidios, asaltos, inseguridad y ausencia de garantías en total impunidad.

Las democracias se fundan en demócratas e instituciones civiles  o no lo son. De ahí la necesidad del proceso civilizador. La mayoría adora a los dictadores, a los tiranos, a los populistas, a los farsantes y a los autócratas. Bajo la falsa acepción del líder en general se oculta un monstruo. No entiendo por qué la gente repite que lo que falta es un líder. Al escuchar tantas sandeces, me aterro. Líderes eran Hitler, Mussolini, Franco, Videla, Perón, Calles, Porfirio Díaz, Papa Doc, Castro… La lista es tan inmensa como diabólica. Empezando por Haití, convertido en basurero, donde las almas pululan invocando a los muertos mediante el apego popular a la magia negra, nuestra América es un catálogo de perversiones, ignominias, deshonras y cuanta maldad se puede imaginar: Nicaragua, Venezuela, Bolivia, Cuba…. Y qué decir de México, ¡nuestro pobre México sembrado de   criminales, narcotraficantes, bribones y acomodaticios que, en su carácter de narcoamigos, contribuyen a arraigar la narcocultura que, por fin, ha conseguido subyugarnos al través de la inseguridad y el miedo. Y en este infierno, hay que aceptar el imperio del Mal como hecho cotidiano.

Pienso, con pena, que millones de nacidos en el siglo XX moriremos en el XXI sin haber conocido un México digno, civilizado y consciente del Mal que marcó su historia.

Comment

Ya no se espera a los bárbaros

June 21, 2023 Martha Robles

Esperando a los bárbaros, muy juntos todos

“Esperando a los bárbaros” puso nombre a mi despertar. Por él supe que un texto literario expresa el conflicto humano, su limitación y la frecuente imposibilidad de aceptar lo que cada uno hace de sí mismo a causa de negar su sujeción o de asimilarla, como hace el vencido. Quizá por eso, por el poder que tienen las letras de pormenorizar lo real, los bárbaros temían y temen ser exhibidos por los pensantes. Es verdad que mucho antes de que yo naciera, y antes también de que pudiera leer al poeta Kavafis; antes inclusive de que la poesía me mostrara dos o tres lados de la vida, los bárbaros se habían instalado no solo a mi alrededor, sino que tenían bajo su control las partes altas del mando. Quizás por eso, por tanto estar y hacer a sus anchas, llegaron a fusionarse a la rutina de los demás y, si eran notados, los inconformes miraban como miran ahora para otro lado.

Experta en hacer valer un lenguaje tramposo y de cometer bajezas sin cuento, la estirpe de bárbaros iba multiplicándose a su aire de generación en generación. Persuadieron al pueblo bobalicón de que eran los esperados. Redentores de los caídos, prometeos redivivos y salvadores de los más pobres entre los pobres, además de que fueron creídos sin dar nada a cambio, los bárbaros  multiplicaron sus máscaras y sus fueros, gracias al inamovible espíritu de la derrota que habita en el Altiplano.

Los mandatos, siempre los mismos: no legislar ni mover un solo papel sin que lo ordene el gran jefe. Y, lo infaltable: imponer caprichos y normas en el acontecer cotidiano.  Para los bárbaros no tienen valor las palabras porque intimidan, mienten y hacen y deshacen a voluntad. Por descender de los chichimecas aborrecen su propio origen y no consiguen crear un rostro propio. Por sus venas no solo no fluye una sola gota de la sangre tolteca, sino que ignoran su legado de alta cultura. Tribales en lo esencial, obedecen de abajo arriba al mero principal. Carecen de criterio, de rebelión, de juicio, de virtud y de crítica. Por ellos y los semejantes a ellos desaparecieron los tlamatinime y su noble forma de perpetuar la recordación del pasado, sin lo cual es imposible la identidad: justo lo que persiguen y conviene a los bárbaros.

En medios bárbaros la pleitesía se paga con acceso a las nóminas y favores circunstanciales.  Para los más aguerridos, trepadores, leales y aptos para desempeñarse en las peores gestiones, se garantizan recompensas, beneficios, posiciones y canonjías. Agrupados en batallón de invasores, los bárbaros se desplazan y actúan según instrucciones.  Los apodan las fuerzas vivas, porque obedecen en bloque, los movilizan en bola y los mantienen en reserva, según la consigna de alborotarse o aplaudir, vitorear o asaltar espacios públicos o privados. Carne de mítines y alabanzas al jefe, asombra la facilidad con que aceptan igualarse y mantenerse hacia abajo creyendo que triunfan mientras más se hunden en la derrota.

Aborrecer al distinto, a quien no pertenece al rebaño y a los insatisfechos dejó de ser lo que lo que se temía cuando, sin ver a su alrededor, se esperaba a los bárbaros. Lo ayer fantaseado fue leve sospecha del infierno de hoy; infierno donde matar, extorsionar, asaltar, vejar, zaherir o amparar la injusticia, equivale a cultivar el atraso y a reducir a la patria a una pobre, lastimosa e infecunda tumba  furtiva. Tierra miserable la nuestra, bañada con la sangre derramada por los criminales protegidos por los bárbaros.

Kavafis me hizo ver la barbarie de muchas formas.  Kavafis muestra la costumbre de arremeter y destruir: Qué esperamos congregados en el foro?/ Es a los bárbaros que hoy llegan… Esperar, si, como si lo grave y lo peor no ocurriera, todavía:

-¿Por qué nuestro emperador madrugó tanto
y en su trono, a la puerta mayor de la ciudad,
está sentado, solemne y ciñendo su corona?
Porque hoy llegarán los bárbaros.
Y el emperador espera para dar
a su jefe la acogida. Incluso preparó,
para entregárselo, un pergamino. En él
muchos títulos y dignidades hay escritos.

Antes pues, mucho antes de que nos diéramos cuenta de que los bárbaros no llegarían porque ya se habían adueñado de nuestras vidas, no los veíamos porque no los quisimos ver. A sus anchas impusieron un modo de ser, de estar, de gobernar, de aborrecer, de odiar, de multiplicarse y de arrastrar a los súbditos por debajo de sí mismos; abajo, sí, hasta donde el hombre deja de ser hombre y acepta de buen grado su condición inferior. Que todos y especialmente los Senadores, aguardaban sentados a que llegaran los bárbaros (aunque ellos mismos ya eran también bárbaros)…: ¡Qué cerca y qué lejos se siente el diabólico furor del poder!  ¡Qué difícil, para el invadido, reconocer la naturaleza del invasor! Los bárbaros de Kavafis no eran distintos a los bárbaros que hoy desacreditan, mancillan y borran de la memoria el legado de los  tlamatinime. Hay que reconocer, a pesar de todo, que en todo tiempo y lugar son iguales los bárbaros  que carecen de virtud y de patria y los que impiden rescatar el pasado para construir un mejor y cada vez más luminoso presente. 

Comment

Elegir. Lo que queda después del libro

June 9, 2023 Martha Robles

Paisaje oriental de inspiración taoísta

Se alcanza una edad, cualesquiera que ésta sea,  en que lo común se vuelve ajeno: la lámpara, las calles, el vicio de la gente por repetir y repetirse, el vocerío, los perros del vecino que no cesan de ladrar, la sartén impregnada de memoria, las miradas de los que no se creen adivinados, recuerdos que supusimos pegajosos, insomnios adheridos a la piel, lunas rojas asociadas a los mitos, sensaciones que supusimos propias y cargadas de mensajes, los huéspedes de paso,  las palabras/pausa y la luz alucinante,  la muchedumbre de medianas o muy pequeñas letras que escupe bodrios con aspiración de eternidad, los que dicen que debemos cambiar, el mercado de autoayuda, los que aúllan a excusa de cantar, la necedad, la profusión de anuncios que prometen goces y una vida extraordinaria, el montón de aparadores y tiendas abarrotadas de rehenes del consumo, telefonemas de extorsionadores y vendedores de servicios que nos pretenden enganchar con el señuelo de  que “fuimos elegidos”…

“Elegida”, susurro allá,  donde el silencio es pura luz y vocablo interior. Estoy pensando en lo sagrado mientras el ring ring suena como mensajero del destino. Solo por oír, espero que la voz del tipo recite su chorizo, el que también a él se le hace estúpido. Cuelgo la bocina sin dejar que estalle, fulminante, la promesa de ser afortunada por desembolsar por algo que no quiero y carece de sentido.  “Elegida”,  deletreo, y la palabra/llave abre la memoria. Me dejo invadir por el vocablo/río y consigo vislumbrar recuerdos, saldos de lecturas integradas al carácter, imágenes apropiadas al paso de la edad y de las páginas, pocas páginas, cuya magia revela un misterio, la historia que estremece, una confesión que toca el alma, el cuento más hermoso, un verso como el agua o el gratificante encuentro con dioses portadores de lo bello y lo tremendo.

Nítido, evoco el instante en que el Wang-fô de Yourcenar se salva del emperador que ordena quemarle los ojos por hacerle creer, al través de la contemplación en solitario de sus lienzos, que el mundo era tan maravilloso como el pintado por el anciano. Por culpa del artista creyó también el Hijo del Cielo  que “las mujeres se abrían y se cerraban como las flores”, y que “el único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang-fô, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez Mil Colores”. Imperdonable, al descubrir la realidad decidió infligirle el peor de los suplicios.

“Elegida” no es cualquier palabra, por más que la profanen. Elegir es juntar. Por  Yourcenar supe que hay universos elegidos y mundos que eligen a sus autores. Me sentí aliviada cuando saberlo significó reconocerlo. Su elección descifró millones de instantes vividos por hombres que supieron maravillarse frente al destino. Confesó que caminaba a la orilla del mar poseída por Adriano. Entendía sus dolores, su goce o la belleza que lo incitaba a crear obras monumentales. Comprendió sus dudas sobre el amor, el poder, la agonía, el movimiento de los días y de las cosas que lo hicieron pensar en lo fugitivo hasta que, al filo de la muerte, ambos se fusionaron al secreto.

No sabría si lo que queda después del libro y del tiempo del libro es lo propio o lo que nos deja el autor, a la manera de Wang-fô. Lo cierto es que, con la mutua elección, algo se crea:  miradas que leen leyéndose y haciendo del lienzo/texto un torrente. Es el surtidor por el que el elegido se va, se pierde para encontrarse en sí mismo. Ella confesó que la palabra oscilaba entre los dos, creador y criatura, y halló su palabra más allá de la voz. Advirtió que Adriano, el hombre detrás del nombre, la remitía al sentido cambiante de actos y pensamientos que dan o quitan valor a la desesperación causada por las penas del mundo. Como sus monumentales Adriano y Zenón, pensó en lo transitorio, en los chispazos de vida, en el embate de aceptación y rechazo ante lo real que puede prescindir de todo, salvo de la Palabra, el Verbo esencial.  Por su apego a lo sagrado persiguió la Voz primera, la que funda el lenguaje. Fiel a la contemplación y la escritura, se preguntó por el libro detrás del Libro, el referente divino.

Elegir y elegirse mediante la Palabra remonta el enigma del lenguaje/cifra de la existencia. Ahí lo visto, leído, soñado o figurado se fusiona a la intuición pura del saber que, además de dirigir el acto creador, permite desentrañar lo no dicho, la parte jamás nombrada, lo que hila con silencio el movimiento de la vida. El hallazgo se manifiesta cuando lo común se vuelve ajeno. ¿Estado del espíritu? ¿Temperatura del alma? Tal vez. Inseparable de lo sagrado, es un estado que se cultiva y que aguarda. Es, asímismo, camino y poesía en forma de aliento. Es la gracia anhelada: algo que, por sus propias leyes, facilita la unidad con el ser detrás del ser. Intuyo que eso es lo que tanto intrigó a Marguerite Yourcenar: una de las inteligencias más notables, complejas y sugestivas del siglo XX.

Para ella, la escritura era eco de ecos de la fuente sutil que llevaba en la mente antes, mucho antes de adquirir forma de libro. La elección era traza insinuada por el destino. Elaboraba al personaje con testimonios y genio creador. Retomaba, años después, los temas/guía no solo de sus obras mayores, sino su autobiografía, su estilo y su concepción del universo.  Le fascinaba el enigma de la palabra y de cuantos significados del estar y del saber se alojan en el ser.  En eso consiste elegir y ser elegida, en coincidir en un mismo camino. Al encaminarse, la historia elegida debe concordar con lo que anima al resto de la humanidad: amor, poder, rencor, sueño y la pasión que  rige la virtud y las bajezas, la invención y el descubrimiento.

Que lo común enajene o se nos vuelva ajeno también podría ser virtud. Evitar el barullo y las repeticiones ociosas allana el camino. Y si algo se aclara al paso de las edades es que destino, silencio y camino son una y la misma cosa. 

Comment

Memoria infiel. De la cuna a la tumba

May 30, 2023 Martha Robles

Fotografía antigua de niño muerte. De internet.

El rayo cayó de madrugada cuando Juan Nepomuceno, mi hermanito más pequeño, el octavo, murió de neumonía en un hospital, a los tres meses de haber nacido. El rostro de la muerte nos sorprendió al despertarnos y encontrar al bebé tendido sobre la mesa de la sala “como un Niño Dios”. El estupor empeoró al observar enlutados de arriba abajo y en rigurosa línea paterna, la imponente llegada de la bisabuela, los abuelos y los tíos que, en medio de un silencio que calaba hasta el hueso, dramatizaban la escena tocando forzadamente nuestra mejilla infantil para dejarnos la huella obligada de su compasión. Tan iguales y tan distintos, uno tras otro se iban sentando  alrededor del difunto que apenas llegamos a conocer. El aroma de nardos y azucenas cercando al bultito inerte y amortajado, se dispersó por la casa que, para disgusto de papá, mi madre había hecho pintar de rojo en pleno embarazo. Adherido como dulzor punzante, el olor abría mis  sentidos para situarme en el espectáculo funerario como testigo invisible: observaba sin ser vista; pisaba sin dejar huella, sin nada que me relacionara con gente que solo el apellido identificaba como familia, “la huella de sangre”. Solo era “alguien” que andaba por ahí deambulando: “una de las hermanitas, si, la tercera”. Y yo, sin saber qué hacer, escuchaba susurros, frases aisladas,  voces que no paraban de repetir: un angelito, el más hermoso de todos; tan rubio y rosado… Apenas lloraba. Luego, recomendaciones ociosas: hay que ponerle una cinta negra a las niñas para llevarlas al camposanto vestidas de blanco. Tráiganlas aquí, para que se despidan de Juanito. Yo no quería mirarlo. Me asomé de reojo hacia el cuerpecito mientras unos brazos masculinos lo depositaban en su féretro blanco, envuelto en un lienzo blanco, con su carita blanca y tan poderosamente presente que trasmitía lo tremendo que solo consigue sellar el primer individuo que nos coloca frente a la muerte.  Yo no era yo: era la niñita  que merodeaba entre el portal y la sala de la casa diseñada y construida por Luis Barragán, mientras que el inconsciente se atareaba en recoger pormenores que quedarían entallados en la memoria que, débil y caprichosa, tiene el poder de formar carácter.  Sentí que algo pedía ser dicho y no había palabras. Mi vocabulario interior estaba sobrepasado por el suceso. ¿De dónde, cómo obtener vocablos para nombrar miradas, gestos, sensaciones, espacios, signos de miedo o pausas que me situaban frente a la muerte? Vi rostros adultos en riguroso luto, pero en ninguno encontré respuestas que requería con urgencia. No era el murmullo lo que acentuaba la lobreguez, era el sigilo como soplido helado lo que se alojaba en el alma.

Horas después, al pie de la tumba,  mi madre lloraba, ¡cómo lloraba! ¡Y cómo habría de llorarlo de ahí en adelante! Yo no dije palabra ese día ni los que siguieron. La memoria continuó procesando el suceso hasta volverlo recuerdo vivo del niño muerto: un episodio que lejos de perdurar en imágenes fijas que vuelven de golpe, sería evocado como un fantasmal filme mudo durante mis años de crecimiento. En esa “película” sin color ni final, ni sonido ni guión reaparecían los mismos dolientes e iguales gestos, salvo que en mis versiones nocturnas cada uno se convertía en guía que mostraba otra escena, otra historia ligada al entorno que llegué a sentir asfixiante. Aquel México cerrado era profundamente anodino y negado para las fábulas, como no fueran las del universo rulfiano. Del episodio del niño muerto a las vísperas de la salida definitiva de Guadalajara, la memoria trasmutó en agujero negro, aferrado al olvido.

Cierto, la memoria es infiel, pero recordar el funeral del pequeñito Juan Nepomuceno, precisamente en la casa que yo tanto amaba por su diseño, me permitía descifrar el lado oculto de cosas y gente en espacios que veía como un todo inseparable de la historia, del padre y del medio que lo engendró y consagró su palabra.  De ahí mi costumbre de abrir  la gaveta de un armario donde permaneció guardada su canastilla entera, regalo de sus padrinos sin hijos propios: toquillas tejidas y sabanitas de opal bordadas, su medalla de oro, una sonaja de plata a juego con plato y cuchara, biberones y ropita preciosa cosida a mano, un rosario perfumado de palo de rosa con las bendiciones del Papa “traídas especialmente del Vaticano…”: Prendas de una memoria de dolor diferido. Objetos de culto saturados de aliento lúgubre. Fetiches de un medio cerrado, dominado por el clero que se infiltraba hasta el hueso en las casas no religiosas. Eran tiempos en que la Iglesia era dueña y señora de vivos y muertos, a pesar del laicismo. Un manjar, pues, para la imaginación freudiana.

Comment

Envejecer

May 19, 2023 Martha Robles

Leonardo da Vinci

Simone de Beauvoir vivía orgullosa de su figura. Hacia los cuarenta descubrió que los turbantes de seda redondeaban a la perfección la imagen de seductora y pensante que le gustó cultivar.  A esa edad aprendió a cubrirse. Convirtió en estilo el disimulo: ser sin parecer. Hablaba a la velocidad del rayo. Atarantaba a quienes, atónitos, la escuchaban más con la ilusión de entenderla que con la capacidad de esquivar su artillería verbal. Imposible seguirle el ritmo. Cuando se refería a sus amantes, tenidos en paralelo a la relación abierta con Sartre (que practicaba lo propio), a mi pesar la imaginaba en control de coitos a tres velocidades. Con seguridad evitaba la tentación de la sensualidad y el erotismo: no fuera a ser que incurriera en obviedades burguesas.

Desde la popularidad adquirida por El segundo sexo, las feministas la elevaron a santa patrona de la causa. Fiel a mi autonomía, crecí a mi aire, sin contagiarme del fervor que la gente suele profesar por políticos o figuras públicas que más pronto que tarde muestran su verdadera naturaleza. Rescatarla en entrevistas accesibles en youtube me remonta a los años en que tenía que abrir ojos, oído y entendimiento para capturar sus palabras. Me aturrullaba. Llegué a apodarla “lengua de hacha”, hasta decidir que jamás volvería a atreverme con videos suyos. Leerla, en cambio, me permite hacer pausas para elegir párrafos y aciertos a discreción. Así La vejez: uno de sus mayores logros.

Como hiciera en 1949 respecto de las mujeres, en 1970, a sus 62 años de edad, reunió datos estadísticos, fisiológicos, sociales, económicos, históricos, anecdóticos, psicológicos y culturales en general para abundar en el fenómeno de la vejez.  Lo consiguió con brillantez. Como observara respecto de la mujer, concluyó que la del viejo es también una condición impuesta por la sociedad a la que pertenece. Leído cuando yo florecía a la sombra de necios seniles que daban una guerra espantosa por su incapacidad para aceptar la realidad, la perspectiva del libro, entonces, era para mi la del Everest  en las faldas nepalíes. Pese a la propia distancia existencial que confirmaba que siendo yo misma, a futuro la vejez “me convertiría en otra”, nada me impidió absorber el contenido de punta a punta.

Nunca lo releí, pero mantengo pasajes frescos en la memoria. Disfruté especialmente la profusión de ejemplos magníficos, referencias reales, literarias e históricas, así como anécdotas tan invaluables como la que, con todo detalle, cuenta el día en que caminaba por el barrio árabe a paso firme.  Sentía los pasos de un hombre joven que la seguía. Ella fantaseaba que no sólo lo atraía sexualmente, sino que en cualquier momento la abordaría de manera directa. Sabía que su cuerpo era turgente y atractivo, que gustaba a hombres y mujeres.  El joven avanza; se le adelanta, la rebasa y voltea a mirarla de frente… “¡Ah, es una vieja…!”, dice el marroquí desencantado al observar las arrugas en su rostro.  Simone se queda pasmada. En ese momento, supo que su juventud era cosa del pasado. Este pasaje que buscaré en una próxima lectura, me permitió saber de manera temprana que la vejez aparece, en primerísimo término, en la mirada del otro.

Hoy descubro que, a sus cuarenta de edad, sufrió el primer golpe de espejo, el indicio en la arruga, en la decrepitud física por venir. Curiosa experiencia la suya porque los cuarenta, ayer como hoy, nada tienen de fecha de caducidad, pero su sensación confirmaba la premisa de cómo afecta el medio al asimilarte al modelo, al marginarte o encumbrarte, al desafiar la presión que se ejerce sobre los años vividos o inclusive al hacer caso omiso de los ejemplos de frustración y/o acabamiento que te empujan a creer y “aceptar” que has llegado al callejón de las cachetadas, donde al final del túnel te aguardan la enfermedad, el dolor y la muerte.

De pronto, de la noche a la mañana y aunque algo en ti te indique que la energía se te derrama por las orejas y te permite saltar de la cama al amanecer como si fueras a conquistar el mundo, sabes que “has llegado”, sí, al estado del que fue y ya no es “a los ojos de los demás”: sombra de una misma, referencia de un tiempo ajeno al de “los otros”; residente del “no lugar” en el que los privilegiados gozan de una inteligencia afilada como cuchillo, gracias a décadas de cultivar la razón; es el susurro íntimo y compartido de Chateaubriad quien, como se sabe, detestó abiertamente su edad desde los treinta. Chateaubriand, sí, el que aseguró que “la vejez es un naufragio”: Desgraciado de mí que no puedo envejecer y sigo envejeciendo. Y están los ejemplos de Gide, de Tolstoi, de Flaubert…

Unos con mayor conciencia de humanidad que otros, a los viejos aguarda el momento en que en las bodas y en las fiestas los sientan en la última mesa. aislado, es “el imprescindible”, un convidado (a) de piedra. Peor si mujer, con seguridad se va a tropezar y  “alguien” le coge del brazo como si estuviera condenado a repetir y repetirse en la caída. Hora fatídica, la del viejo y no se diga la vieja de la casa, en que  si habla u opina, los demás siguen hablando  por encima, sin pausa, sin percatarse de que ese “alguien” ha adquirido el don de la invisibilidad y la insignificancia.

Mantenerse en la vida y no fuera de ella es de sabios.  Estamos rodeados de ejemplos lamentables de quienes, perdidos para sí mismos, son una tortura para los demás: ahuizote detestable que para hacerse presente molesta e irrita sin piedad. Necio, exigente, irracional y majadero que insulta, maltrata, humilla, exige y se vuelve depredador. En ninguna literatura he encontrado a un personaje que acepte la vejez con complacencia. Coincido con Beauvoir en que la de Miguel Ángel, abrumado de dolor y preocupaciones, es una de las descripciones más crueles que hombre alguno haya hecho de sí mismo: Estoy roto, agotado, dislocado por mis largos trabajos, y la hostería a donde me encamino para vivir y comer en común es la muerte… En un saco de piel lleno de huesos y de nervios retengo una avispa que zumba y en un canal tengo tres piedras de pez. Mi cara parece un espantajo. Soy como esos trapos tendidos los días de sequía en  los campos y que se bastan para espantar a los cuervos. En una de mis orejas corre una araña, en la otra un grillo canta toda la noche. Oprimido por el catarro, no puedo ni dormir ni roncar.

Autorretratos feroces como éste he leído algunos. Recuerdo el de las últimas páginas de Sandor Marai, antes de suicidarse al filo de los noventa de edad, viudo y ciego. No quiero ni pretendo compartir tal desencanto; me pica el deseo, en cambio, de escribir y buscar otra manera de aprender a envejecer. Si eso fuera posible.

Comment

Maestros, ¿maestros?

May 8, 2023 Martha Robles

“Feliz día del maestro”. Gobierno de México

Dar la palabra, el silencio o la señal adecuada en el momento oportuno hace al maestro. Su gran atributo es tener intuición para abrir camino y facilitar la virtud y el entendimiento. Si no hay coincidencia entre el que otorga y el que recibe es difícil que fructifique el encuentro.  Lo demás es lo demás: lecciones peregrinas, batallón de medianías, competitividad y rebatiñas, frustración y esperanzas perdidas, horas gastadas entre el tedio y lugares comunes, pobreza de ideas, rutinas obligadas, tiras de materias, fantasías de superación y, con suerte, requisitos cumplidos para liberarnos de una existencia sin certificados ni títulos ni documentos comprobatorios del paso por las aulas.

Son escasas las felices correspondencias entre dos mentalidades, dos generaciones o dos personas que siendo distintas encuentran un punto en común, sea en la  forma de entender la vida, en la pasión por el arte, por  la ciencia o el pensamiento. La curiosidad de quien recibe y la intuición del que da son extremos de un puente donde se  sabe lo que no se sabía y se afianza o transforma lo que se sabía.  

Los encuentros benéficos son imborrables. Entre tantos huéspedes de paso y salvo la feliz ocasión, en el extranjero, de asistir como oyente al curso de un discípulo de Heidegger, llevo en mi vocabulario interior a mis verdaderos maestros: los libros, unos cuantos autores, personajes, pasajes memorizados  y momentos tan decisivos como la infortunada Dido, aterrada ante su hado; Antígona desafiando al tirano; el instante en que Alonso Quijano agoniza y Ve, ve la distancia entre la locura y la lucidez; la sabiduría de Yourcenar al descubrir al hombre detrás del emperador… Nunca son muchos los nombres para poder olvidarlos ni tan pocos para suponer que somos hechura de alguien: Calasso, Borges, Kafka, Pessoa, Dante, Virgilio, Steiner…   Mi escritura es suma de lo descubierto, lo aprehendido y lo recibido. Adquirí uno de mis más preciados valores, la compasión, gracias al Quijote: lloré cuando aporreaba a los molinos de viento; lloré más cuando pidió al ventero que lo nombrara caballero. Lloré con Gregorio Samsa, con la caída de Constantinopla… La compasión me trajo el sentido de humanidad. Cuando imagino al cautivo liberado de la caverna pienso en mi deslumbramiento al ver, por primera vez, una obra de teatro: Edipo rey, de Sófocles. Después nada sería igual porque estaba despertando.

 Hubo que fijar una fecha para premiar los oficios de los maestros: marcar un día al año para inventar héroes anónimos o apuntar con el índice a éste o aquél, a saber por cuáles méritos. Día dedicado a inventar testimonios de agradecimiento a quien, supuestamente, nos enseñó algo tan trascendental que lo llevamos tatuado en el alma. No es mi caso. De la primaria solo recuerdo el instante, a mis tres años de edad o algo así, en que con el biberón en la boca me levanté de la sillita donde esperaba a mi hermana mayor, cogí un gis y, a mi pequeña altura, escribí la palabra CIEN en el pizarrón que cubría la pared de piso a techo. ¿Cómo, por qué? Mientras que para los demás fue algo gracioso, para mí el suceso inauguró mi memoria.

Desde la secundaria hasta la UNAM, sólo conocí de malos a peores profesores, que se sentían tocados por el dedo de Dios. Una escritora, cuya narrativa ha sido varias veces premiada, fue la “seño” de literatura en mi preparatoria de monjas. Pasar de noche  y jamás darse cuenta de que existían Petrarca, Shakespeare, Cervantes, Las mil y una noches, Rulfo, Paz, Martín Luis Guzmán, Rilke, López Velarde, Proust o José Gorostiza fue una y la misma cosa. De no ser por mi temprana pasión por la lectura yo sería una más de los millones de mexicanos que han pasado por las aulas sin informarse ni formarse pues, ¿qué otro deber tiene un maestro que el de formar a otro ser humano?

Hasta ser adulta no supe que Comala y el condado de Yoknapatawapha eran lugares tan ficticios como Liliput y Macondo. Nunca supe dónde estaba Madagascar ni jamás nadie me enseñó lo que es una monarquía parlamentaria. Ningún profesor me explicó en qué consistía el destino trágico del Hombre ni me hablaron de la desobediencia civil; sin embargo, al leer a sir Richard Francis Burton, a Faulkner, a Nietszche, a Malraux o a Camus surgieron tantas preguntas que una respuesta trajo a otra y ésta condujo a nuevas revelaciones sobre el cómo, el cuándo y el por qué de las cosas. Según mis calificaciones, yo aprendía más y mejor que mis compañeros gracias a mis lecturas, pero era una muchacha tan indefensa que ignoraba cómo resolver problemas básicos.  La causa era clara: no tuve quién me formara. Carecí de maestros dentro y fuera de las aulas; es decir,  en parte alguna tuve al maestro que enseña o guía para ser mejores personas.

No tener maestros que forman como primerísimo e insustituible deber moral es terrible y de gravísimas consecuencias. Desde pequeña yo leía mucho más que mis conocidos; abiertamente, sin embargo, era más débil, indefensa e incapaz de sortear obstáculos. Tardé décadas en vencer el miedo y en administrar el dolor, en aprender a defenderme de abusadores, autoritarios, manipuladores y embusteros.  Tardé en aprender a leer; digo leer, verdaderamente leer para descifrar, por ejemplo, la selva oscura donde se encontraba Dante, porque “su ruta había extraviado”.

“Callar y aguantar” era consigna divina.  Sanción obligada para no preguntar ni rebelarse, ni ser una misma, ni exigir, ni  “romper con todo y romperlo bien”. Un solo maestro me habría bastado para hallar “la guía” y caminar con pie firme. Uno solo, un hombre verdadero que, como Virgilio a Dante, me sirviera de guía en el infierno y el purgatorio.

Comment

Príamo. El dolor del vencido

May 1, 2023 Martha Robles

El cortejo de madres dolientes que buscan restos de hijos desaparecidos, me hace sentir la misma piedad que, desde la noche de los tiempos, sintió Homero al cerrar el último canto de la Ilíada: el viejo Príamo, arrodillado y lloroso frente a Aquiles, le ofrece “enormes rescates” y le besa las manos “terribles y homicidas”, a cambio de que le entregara el cuerpo de Héctor, su hijo amado, para “que lo contemplaran su esposa, su madre, su hijo (…) y sus huestes, que pronto lo habrían incinerado al fuego y le habrían tributado exequias fúnebres”.  

Para quien  ya había perdido todo en esa malhadada guerra, causada por la lascivia, este acto tremendo sella su más alto deber paterno: darle al difunto una sepultura digna. El suplicante Príamo le ruega nada menos a quien, tras matarlo, había uncido el cuerpo de Héctor bajo el carro para ultrajarlo arrastrándolo varias veces alrededor del túmulo de Patroclo. Reducido por el dolor, el anciano se prodiga en un dramático llamado a la compasión para recordarle a Aquiles lo que  él significa para su supuesto padre, que “espera cada día que vuelva de Troya”.

Reconozco la congoja de Príamo en el gesto encenizado de mujeres armadas con pico y pala, para escarbar en la tierra yerma con la esperanza de hallar los restos de sus hijos. Igual que Príamo, ellas saben que deben despedirse de sus muertos y darles una sepultura digna. Imaginar las infamias padecidas a manos de criminales, antes y después de muertos, siempre estará asociado al cadáver de Héctor, atado y  arrastrado bajo el carro tirado por caballos. Veo a las madres dolientes y las comprendo al través de la lectura y de las muchas relecturas que ofrece una escena tan honda y conmovedora como ésta: dos hombres que, desde sus respectivas orillas, lloran por lo mismo: la muerte de lo más amado. El héroe vencedor sufre por su Patroclo entrañable, que cayó atravesado por la lanza del valiente Héctor. Príamo, despojado de descendencia y de mando, suplica in extremis al destructor de su prole y su patria, porque la dignidad es lo único que rescata el sentido de ser Hombre.

¿Qué queda a quien, en su despojo absoluto, escarba en el inframundo, donde corre más sangre que fuego, y donde yacen los huesos de miles y miles de hijos e hijas asesinados, ultrajados y al final arrojados al pozo de los peores desprecios? Además del dolor agregado al máximo sufrimiento, queda la certeza de pertenecer a una patria que no protege ni ama ni cuida ni respeta a su gente. Patria del Huitzilopchtli que se niega a abandonar su reino de tinieblas. Patria infame, enemiga de la justicia. Patria donde se encumbra la maldad y se continúan practicando sacrificios humanos. Patria de olvidos, región del vencido.

Los mexicanos no aprendemos nada de nadie: ni de nosotros mismos, ni de nuestro pasado, ni de las lecciones de los otros, mucho menos de los libros. Aprender está sobrevalorado. Por eso del Presidente para abajo se desacredita la inteligencia, se menostrecia la razón, se insulta al que piensa y se encumbra la imbecilidad moral. Es obvio por qué los peores gobiernos se niegan a cumplir con el alto deber de educar a la población: a mayor ignorancia mayor dominio absoluto. A más injusticia, a más mentiras repetidas, peor y más cruel el estado de inhumanidad que nos domina. Sólo gobiernos espurios se atreven a despojar a la población del derecho  a saber, pensar y entender para no repetir errores. Conocer más y mejor sirve para ser mejores personas; pero, ¡por qué habríamos de ser mejores personas? ¿Para qué luchar por un país digno?

No olvido a la madre suplicante y arrodillada ante López Obrador. Incrédula, pensé en las peores bajezas de la historia. Las de la historia sepultada, como ésta, la de los “desaparecidos” en el subsuelo infranqueable. Sentí la cara roja de vergüenza. Que la “ayudara” a encontrar a su hijo. “Que le ayudara”, rogaba… Suplicaba en vano… Como las que escarban convertidas en topos… Todo en vano, sí, porque si aquí “la vida no vale nada”,  la muerte vale mucho menos.   

La memoria está condenada a desaparecer en los rechimales de la (in) justicia mexicana. Rogar, suplicar, como si la justicia fuera dádiva. Suplicantes arrodilladas: ¿hay peor imagen de humillación?  Y no solamente rogar por los muertos. Hijas y madres también se arrodillan clamando “justicia”,  aun a sabiendas de que la justicia es la virtud menos frecuentada en esta patria que devora y mancilla a sus hijos. Al sentimiento de piedad que me invadió al ver una mujer arrodillada siguió la indignación. Entre Príamo y Aquiles había compasión. Antes, ni los soberbios persas o los griegos se sustraían de padecer el mismo sentimiento de piedad por haber provocado tanta desdicha en los vencidos.

Cambian los escenarios, nunca la desdicha. La esencia del Hombre es la misma en Troya que en Guerrero, en la Tebas de Antígona o en la Sinaloa de las “Rastreadoras”. Tanto ha sido el sufrimiento evitable que debemos celebrar la más alta conquista de la razón: el establecimiento de los derechos humanos y, con ellos, el deber moral de gobernantes y gobernados para cumplirlos y hacerlos cumplir. Sólo así evitaremos que las víctimas continúen arrodilladas clamando justicia.

Comment

De viudas y herederos

April 8, 2023 Martha Robles

Fotografía de internet, O Globo

Viuda, albacea, destino apropiado y problema asegurado: en tantos casos documentados, esta fórmula equivale a conflicto anunciado. Cuando salen a la luz viudas, herederos y beneficiarios de autores y obras lucrativas pienso en el inconsciente como móvil desatendido en las biografías. ¿Qué hay en el fondo del que cede y en el del que recibe o se apropia del fruto ajeno? Amante del laberinto y la pesadilla, Borges dejó este enigma sin resolver a propósito de María Kodama: personaje autodefinido en breves rasgos que no la mostraban a ella en sí, sino al hombre de cuya memoria se decía guardiana.  

María Kodama no es la primera ni la única  viuda/nadie que, tras vivir bajo su palio, deja al garete el legado del intestado. Cercano y por fortuna resuelto en favor del Estado veinticinco años después de muerto, el caso de Octavio  Paz nos dejó boquiabiertos. Inteligente era, ni duda cabe, pero cuando se trata de “distribuir los dones” hasta el más pintado se ofusca. A Marie Jo no se le conocieron talentos, pero como el medio es untuoso no le faltaron lambisconerías ni elogios por ser la consorte. Y ella, tan presente en los eventos sociales y no tan sociales, se fue de este mundo abandonando a su suerte el legado:  archivo, obras, ediciones, bienes artísticos, traducciones, cartas, propiedades, documentos insustituibles…: todo lo relacionado con el cónyuge le importó un bledo. Como buen parásito, dejó a su suerte el santo y seña del Premio Nobel. ¿Revancha póstuma y secreta, acaso? Sólo quienes lo viven saben lo que se cocina en la intimidad.

En España todavía fluyen comentarios adversos entre editores, críticos, cercanos, lectores y conocidos de Alberto Bolaño porque, muerto al lado de la amante de años, con el divorcio en proceso y muchos confilctos entre ellos, la ex mujer, madre de sus dos hijos, sin tardanza se echó a saco a la hora de los funerales y se constituyó en dueña implacable del autor de Los detectives salvajes. El tema de las herencias se amplía a los que trabajan de hijos: otra especie de beneficiarios del trabajo ajeno. La lista de historias conocidas después de los funerales debería servir de advertencia a los que creen en “la pequeña eternidad personal”. Ésta se reduce al hecho duro y puro de las cuestiones materiales y financieras.

Los difuntos que descuidan las obligaciones testamentarias protagonizan uno de los capítulos con más miga y menos desarrollado de las letras. Ejemplos tenebrosos de rebatiñas y ambición hay por montones. Hasta mayordomos entran al ruedo, como leímos sobre la muy, muy nonagenaria propietaria de L’Oreal que, en su delirio senil, aplicaba de manera íntima y quasi franciscana su rebelión contra el capitalismo. Se sabe de un empleado doméstico de Picasso que resultó “propietario” de una inaudita cantidad de pinturas que, supuestamente, le “heredó” el patrón… Cosas de la vida y de las historias de parásitos e infecundos que buscan la vida fácil…

Curiosa he sido, ni duda cabe. Cuando logradas, las biografías superan con creces a la novela. En la vida/viva se esconde la respuesta de “¿qué es el hombre?”, que tanto intrigó a Malraux. El anecdotario sobre los que mueren confiados en la buena fe de parientes o mercenarios merece un trabajo puntilloso y disciplinado. Recuerdo, por ejemplo, el delirante mal vivir de los últimos años de un muy envejecido y alborotado Alberto Moravia. Con la brújula perdida acaso desde su ruptura con Elsa Morante (quien murió abandonada y enferma en un hospital), y de otra relación encimada y posterior con Dacia Maraini, el muy afamado y próspero  excomunista  no dejó de escandalizar a nivel internacional por sus arrojos tardíos. La puntilla, a sus 78 de edad y a cuatro años de su muerte, recayó en su matrimonio abierto, en 1986, con la entonces jovencísima y libre de prejuicios Carmen Llera, quien no dudaba en ventilar sus distracciones sexuales mientras él se contentaba observándola. Ruidosa si las hubo a la sombra del “que nadie escribía como él” -según respondió a pregunta del por qué de matrimonio civil tan desajustado-, a partir de sus funerales el nombre de la navarra  se fue extinguiendo. La curiosidad de los lectores  de El conformista, La romana y Los indiferentes…  no se limitó a conocer y valorar su obra, pues la biografía gradualmente desvelada abonó a lo conocido un rico historial que incluía el obligado capítulo sobre la heredera.  Aun para estos autores monumentales, la memoria es cosa vana…

Y más allá de esposas y cónyuges solícitas, están los que “trabajan de hijos”: la otra especie archi conocida de infecundos benditos. Sin el tema de los herederos no hay biografía completa ni confiable. Este es el capítulo más interesante y menos explorado de las relaciones, porque corresponde a los lados menos visibles.  En las celadoras del lecho funerario se aloja el secreto, el que deseamos conocer. Por su enorme complejidad el asunto de las herencias está más cerca del psicoanálisis que de la narrativa. Con Harvard, Cambridge, Oxford y cuanto monumento cultural estuvo dispuesto a arroparlo, ¿por qué Borges habría depositado en María Kodama "su pequeña eternidad personal"? ¿Por qué Octavio haría la propio con alguien tan impropio como Marie Jo? Nunca lo sabremos. Ambos gigantes tenían, como se dice, “el mundo a sus pies”, pero eligieron mirar a los pies.

Lo que si se sabe es de qué se trata vivir de prestado y cómo es fuerte y mezquina la tentación de  inventarse un destino a costa del otro. Vivir a su sombra y morir dejando todo el legado al garete... ¿Hay mayor manjar para el psicoanalista que la muerte de María Kodama, en su carácter de viuda?

Comment

Calcinados en las puertas del infierno

March 29, 2023 Martha Robles

Infobae en la web

El infierno está aquí y los condenados ya no son los otros. Somos todos, empezando por los migrantes.

La única democracia es la de la infamia: miles y miles de feminicidos. Cifras sin cuento de desaparecidos. Encarcelados a capricho, rehenes de un régimen discrecional de injusticia. Noticias de uno y otro y otro mutilado, asesinado, extorsionado, maltratado, humillado, violado, vejado y reducido a piltrafa… Listas así, que nos dejan la cara roja de vergüenza, son el nutriente cotidiano del mexicano. Mentira, burla, grosería y menosprecio, en contrapunto, son la argamasa envenenada que el poder nos arroja cada mañana desde la tribuna del Mesías. Nuestro país, paraíso del tonto,  es un pobre territorio mancillado, explotado y maltratado hasta la ignomínia. Aquí todos nos igualamos en el odio a la vida y la insensibilidad rspectiva: bosques, selva, llanos, aire, especies animales y vegetales, ríos, lagos, pantanos y mares y desde luego y a la cabeza, también las personas y las no-personas; es decir, los migrantes.

Unos más que otros conocemos el sufrimiento. Los que emigran como último o único recurso de supervivencia, aunque imaginaria, son sin embargo las más grandes víctimas de este tiempo en el que todo es posible, especialmente lo más bajo e infrahumano. Llegar al extremo de ver cómo se calcinan decenas de hombres encerrados tras las rejas y no abrir las puertas, no tiene nombre. Luego, trasmitir el video a nivel mundial: presea de la bajeza de un régimen que confunde autoridad con indignidad y derecho a la vejación absoluta. Ser uniformado y quedarse ahí; hacerse a un lado o atestiguar cómo se calcinan los atrapados sin salida ni posibilidad de defensa… Eso, entre tantas infamias, es tocar fondo en esta farsa restauradora.

Los crímenes que se cometen en México deberían ser juzgados por la Corte Internacional de Justicia, en La Haya. Éste último además exige ser condenado y señalado por todos los seres pensantes que hay en este mundo; pensantes y respetuosos de la justicia.

Emigrar es la última trinchera del condenado al hambre. La trayectoria del miserable es la rifa de la fortuna. Atrapados unos en trailers sellados; otros “levantados” por narcos o sabe Dios quiénes; ahogados en pateras infames; marcados por el horror de “la Bestia”; hacinados en la frontera durante semanas, meses o años, sin tener a dónde ir, sin regreso, sin visa ni dios que los pase pal otro lado. Resecos cual fiambres en las arenas del desierto; madres desamparadas; mujeres y hombres violados, saqueados, extorsionados… Niños prostituidos.  Si algo faltara y a excusa de que mendigar “afea” la ciudad, los “detenidos” en espacios oficiales  vienen a sumarse a las cifras del averno administrado por “los guardines del orden y la rectitud” por haber muerto calcinados en un centro de “refugiados” en Ciudad Juárez, fronterizo de El Paso, Texas.

Emigrar. Romper con todo y dejarlo mal. Sobrevivir en condiciones inhóspitas. Perseguir quimeras. Esperar. Probarse en el infierno y soñar… Atreverse con la adversidad y seguir soñando en la condición del héroe que triunfa sobre los poderes oscuros.  Imaginar que el mundo dejará de cargarse sobre los hombros. Toparse con el muro, con las rejas de la verdad, con la mendicidad y la falta de oportunidades, con uniformados justicieros, con acuerdos perversos… Y aun así, esperar. Mal comer, peor vivir, sufrir vejaciones sin cuento, enfermar. Seguir esperando. Creer que el inframundo es de paso y que, al triunfar en “la caja mágica” de Houdini, llegarán al paraíso de los bienaventurados.

Nunca fueron amables las migraciones. Las invasiones, tampoco. Las imágenes de Goya sobre los ahorcados y los empalados por los invasores franceses son causa de mis pesadillas más persistentes. Nunca, pueblo alguno, aceptó al “bárbaro” o al extranjero con agrado. Avanzada en su tiempo, Grecia también fue cerrada al distinto y ajeno. Persia, Troya, Egipto, China, Japón... No hay época ni nación de puertas abiertas. Estremecen los registros medievales sobre desplazamientos masivos de hambrientos y desalmados dispuestos a lo peor para hacerse con lo que pudieran. Cuando la muchedumbre iba a por todo, lo cogía. No había diferencia entre mujeres, animales, tierras, joyas o alimentos. Los vivos pregonaban el fin de los tiempos y los vivales miraban al cielo en nombre de Dios.

Ante la verdadera y persistente “historia universal de la infamia” -como diría Borges-, no hay mayor conquista que la de los derechos humanos: honra de nuestro tiempo. Que los reconozcan en buena parte del mundo está aún en la categoría de los milagros. México es de los que van en la retaguardia. Y no sólo van con los de atrás, sino que el gobierno presume de su pasión por “avanzar hacia atrás y para atrás”.  Con los feminicidios, el narcodominio, la inseguridad y la desestructuración de la sociedad, el tema de los movimientos migratorios abulta el drama de los derechos humanos. Si a esa realidad se agrega la ausencia de medidas ante el cambio climático y su tragedia subsecuente, la población ya debería despertar y reaccionar para empezar a contener y salir de este infierno.

Comment

No soy yo, tampoco el otro

March 14, 2023 Martha Robles

Fotografía de autor desconocido, publicada en la web

“No soy yo”, “yo no fui”: apareció en letras grandes al pie de una fotografía archiconocida. Era Ovidio, el tristemente Ovidio y multicitado “Chapito”, suelto una vez por la gracia divina y cogido de nuevo por la mano que no perdona. En su carita tan de bobalicón, taimado, simulador o sinvergüenza “que desde niño quiso ser narco”, se adivina la pasión por las máscaras del mexicano. Con un par de relicarios de trapo colgando del cuello, al ser retratado parecía dejar en manos de Dios o de sus santos representantes el montón de horrores que le atribuyen: liderar a “los Chapitos” del cártel de Sinaloa, controlar con su hermano la Organización Criminal Transnacional Guzmán López, poseer lucrativos laboratorios de metanfetamina de amplia distribución nacional e internacional, ordenar la aniquilación de informantes, de algún enemigo o rival y hasta de un cantante que se negó a actuar en su boda. En suma, una peligrosa sabandija a imagen y semejanza de su padre, encarcelado a perpetuidad en Estados Unidos, donde quizás permanezca imposibilitado de repetir el escapismo que lo afamó por huir aparatosamente de prisiones de alta seguridad.

Por fin detenido al inicio de 2023, durante el violentísimo culiacanazo que según la prensa dejó 10 soldados y 19 “presuntos” delincuentes muertos, con celeridad inusual siguió al “operativo” el anuncio de extradición: lo más temido por el narcopoder “de acá, de este lado”. Así que el “Chapito”, al que por su destreza también apodan “Ratón”, acudió al recurso de lo que mejor se hace en su tierra, desde generaciones atrás: simular, pretender ser otro o al menos parecerlo mediante las tretas de no-identidad atribuidas al repudiado mestizaje. Imposible no asociar el fenómeno con el de los pachucos, inventores de una identidad efímera que trasmutó en la narcomoda, con todos sus atavíos y gustos por el espectáculo: desde las camionetas y cadenas de oro, hasta las camisas coloridas, las “novias” operadas y ataviadas a tono, consumidoras de prendas de firma y jaladoras a dónde y para lo que se requiera, sean narcofiestas con músicos en vivo, viajes o resguardos en tiempos de riesgo.

Para desgracia de Ovidio y de los protagonistas del “no-soy-quien-soy”, el drama de auto negarse y desear ser otro o al menos parecerlo fue una de las dianas de Octavio Paz. Hoy no es lo mismo, aunque persista lo igual: ya sabemos que de eso se trata nuestro surrealismo. Se podría creer que el pachuquismo no tuvo descendencia, pero es indudable que todo evoluciona a tono con los tiempos. La caracterología delicuencial no es excepción, especialmente si reparamos en la manera como se dan a notar los estilos y sus lenguajes que, al través de la violencia y la intimidación, imponen en nuestro entorno las organizaciones criminales. Provenientes ambos de bajos fondos y de preferencia analfabetos o casi, así como los narcos son de su tierra los pachucos se hacían tras haberse asentado como inmigrantes en las zonas fonterizas de Estados Unidos. Ambos se forman su propia “identidad a medida”, ajena absolutamente a la aceptación del yo.

Para empezar a descifrar este enigma que el propio Chapito ha retomado con la intención de zafarse del entuerto que lo identifica a su pesar, recordé las observaciones de Paz. Comenzaban los deslumbrantes años cincuenta, cuando el pachuco ni era de aquí ni se confundiría con los norteamericanos de allá.  Párrafos como éste, en El laberinto de la soledad, son actuales: su dandismo grotesco en vano disfrazaba al clown impasible y siniestro, que no intenta hacer reír y que procura aterrorizar. Esta actitud sádica se alía a un deseo de autohumillación, que me parece constituir el fondo mismo de su carácter: sabe que sobresalir es peligroso y que su conducta irrita a la sociedad: no importa, busca, atrae la persecución y el escándalo. Sólo así podrá establecer una relación más viva con la sociedad que provoca: víctima, podrá ocupar un puesto en este mundo que hasta hace poco lo ignoraba: delincuente, será uno de sus héroes malditos.

No es ningún misterio que el pachuco está extinto y superado por diversas tribus urbanas y chicanas. Ante la evolución de la canalla su peligrosidad amañada nos parece ridícula.  Por rica y extravagante que fuera su “identidad” adquirida ya no interesa a nadie, ni siquiera a los escritores. Los parentescos respecto del fondo son sin embargo innegables. Lo de hoy es otra forma, más radical y peligrosa. Es la hechura fuertemente armada de los narcos, la narcocultura, la inteligencia artificial, la ingeniería, la química, el sobrevalorado metaverso, los acuerdos políticos, las negociaciones, las complicidades y las componendas, el lavado de dinero y las inversiones de miles de millones de dólares.  Los padrotitos pachucones eran de navaja, disfraz y bronca pronta; los dueños y comerciantes de la droga, aunque igualmente forjados  en el peor y más desalmado machismo, suplen su falta de identidad con el pragmatismo del dinero, los vehículos, las armas y el uso de alta tecnología.  Agréguese la exigencia de discurrir tretas para ocultarse a discreción y, de manera simultánea, hacer sentir su inmenso poder a gran escala.  Su gusto por gastar, ostentar, azuzar y lucirse en corto no difiere en lo esencial de estos dos productos del ancestral y todavía sin resolver problema de identidad de un tipo peculiar y obligadamente acomplejado de mexicano.

Así que, al menos en apariencia, el destino del “Chapito” que según él es pero no es quien parece ser está en el aire. Esta faramalla me ha llevado a la conclusión que la era digital ha dado al traste con las máscaras. Cada individuo puede dudar de quién es en realidad, pero siempre e invariablemente la mirada del otro lo descubre y lo identifica. Así que a su pesar, Ovidio el de Culiacán -que no el poeta de Las metamorfosis y El arte de amar-, es el que reconocemos en la única fotografía que no disfraza su lado oscuro, por más relicarios que se cuelgue y por más que se diga que, en su infancia, pasó por las aulas del CEYCA, de los Legionarios de Cristo.

Comment

Feminismos, espejo de lo real

March 5, 2023 Martha Robles

Fotografía: SemMéxico. Tomada de internet.

Ser feminista es una condición existencial y mecanismo de defensa en medios hostiles. Impulso liberador en sus orígenes,  se vuelve manera de ser.  La urgencia de equidad es una reacción contra la asfixia. No se piensa, no se elige: fluye en las venas. Las grandes batallas han comenzado así, con el basta en la punta de la lengua. Me pregunto  cómo ha sido tan largo el patriarcado y por qué las de abajo, apabulladas en “la caverna”, lo hemos tolerado. La rebeldía es incómoda para una misma y los demás; sin embargo, a pesar de sus consecuencias, sirve de antídoto para la opresión.

Todo comienza cuando el dolor se manifiesta con impotencia (preguntar a las iraníes). El dolor de las mujeres propias y ajenas me hizo feminista cuando el feminismo ni siquiera se nombraba: estaba en mi naturaleza. Antes de razonar abrí los ojos y afiné el oído. La verdad entró por los sentidos. Fue cosa de realidad, no de conciencia. La palabra justicia no existía. Tampoco se pensaba. Lo que era, era como era: sometimiento, fatiga, resignación, “aguante”, resistencia, silencio, espíritu de sacrificio y buen modo obligado: “las mujercitas no crean problemas, los resuelven”. Se trataba de que aceptáramos, desde la cuna, que la ruta de vida era apagamiento en continuidad. Se nos encaminaba hacia un ir muriendo entre vejaciones públicas y privadas. Nada de cultivar la inteligencia, nada de intervenir en “cosas de hombres”; nada, en suma, de ser “una de esas señoras incómodas o ‘especiales’”. Así cada vez más complejo, hasta que la muerte/muerte triunfara sobre la represión, la indignidad vitalicia, la marginación y la ausencia de libertades. ¿Qué significan equidad y/o  libertad?, se preguntarán hoy mismo iraníes, afganas, africanas, latinoamericanas… La pregunta es válida para miles de millones de mujeres, cuya situación ilustra el subdesarrollo esencial y/o el estado de inhumanidad que impide democratizar la vida en común.

Mientras yo crecía, mi idea del mundo era estrecha y pequeña. Los vocabularios eran limitados,  intensos, cargados de agresividad, sembrados de escondrijos y de máscaras, como las sotanas y los hábitos, como los políticos, como las películas del Indio Fernández y sus coetáneos y sucesores. ¿Libros?, eran rareza. ¿Idiomas? Tampoco había quién hablara de “grandes influencias”, las que artistas y pensadores extranjeros reconocen imprescindibles en su formación. El ambiente era áspero, anodino, infestado de intolerancia  social y religiosa, de corrupción teñida de policías y burócratas extorsionadores. La mentira era seña de identidad nacional; igual que el abuso. (¿Cambios en el aquí y ahora?) Imposible no advertir que algo muy grave funcionaba mal. Ya había en el aire algo hiriente, lastimoso y premonitorio de la criminalidad que domina un México completamente desarticulado, bañado en sangre, coreado por madres dolientes que escarban en llanos y lodazales en busca de los huesos de sus hijos asesinados, de sus hijas desmembradas, de sus nietos desaparecidos…

¿Cómo no ser feminista?  Una se hace feminista como hacerse adulta en este imperio del embuste, la hipocresía, el dolor y el machismo.  Es instinto de supervivencia.

Al convertirme en universitaria y en madre era imposible no percibir el sufrimiento de millones de mujeres y sus niños. Madres abandonadas a su suerte; padres en fuga que ejercen el pisa y corre. ¿Pagar pensión alimenticia? “Pues qué, se cree que soy su pendejo? ¡Puta!” Había pordioseros y habitantes de la calle por montones; tantos, como jaurías de perros callejeros. Pasan los años: nada cambia/todo cambia. Ese dolor añejo es mucho peor, teñido de crueldades pavorosas. Hay más drogadictos y “niños de la calle”; más enfermedades mentales; mayor desamparo, pero menos perros pululando sin dueño. La piedad popular comenzó a manifestarse en bien de los animales, gracias a lo cual proliferaron los felices perrhijos. La injusticia es lo único que todos compartimos en este reino del crimen y la impunidad. La mujer es la universalmente desclasada. Nadie se libra. Únicamente son variables las dosis personalizadas de inequidad.  De pronto se dejaron ver las tribus de mujeres enardecidas. ¿Aquí? ¿No que las mujeres eran tan aguantadoras?  ¿No que tan mansitas? Pues no, porque el enojo asomó la punta del iceberg y, como de magia negra, mostró a la amenazante cabeza de la Hidra.  

Cierto: mientras las mentes “civilizadas” aguardábamos equidad y cambios civilizados, se dejó venir contra la autoridá y lo que resulte un batallón de gritonas malportadas con el puño enfurecido, guante negro y rabia, mucha rabia: rabia de muchachas cargadas de energía y malos modales que, a diferencia de sus madres o sus abuelas, dicen “no más” a golpes y truenos. Montón de peleoneras que pegan e intimidan; sin embargo y aunque su ferocidad remonte a la Hidra, no tumban muros, no despiertan conciencias dormidas ni modifican el yugo de un poder sólidamente instaurado, arraigado inclusive en el inconsciente colectivo. Cosas de estilo y reflejos de la cultura que nos engendra y engendra  los modos de nacer, amar, crecer, acatar, protestar, obedecer o rebelarse, comer, pensar asustarse, intimidar y al final del todo morir con estricta fidelidad al propio tiempo.

 Hay que decirlo de una vez, porque la demagogia gusta amargar o endulzar los actos con ideologías. en mi caso y sin lugar a duda fue el sufrimiento propio y ajeno lo que me hizo rebelde, inconforme.   El sufrimiento me hizo desobediente y escritora en tierra de machos intolerantes. En casa, en las calles, en los mercados, en los pueblos o con o sin micrófono  los hombres hablaban alto, mentaban madres como ríos empedrados, exigían, amenazaban y/o prometían a discreción lo que jamás cumplían.  La violencia campeaba y campea: nada que no anticipara el infierno del crimen instaurado como poder absoluto… Sin embargo, hay modalidades como estilos de gobernar, pues ahora resulta que a las mujeres se las encarcela o se las usa para presionar a los hombres.

Propio de países maltrechos, el dolor en México es de bulto, tangible. Flota en el ambiente. Hay dolor y no únicamente a causa de decenas de miles de asesinado y desaparecidos, también “invisibles”. Se nos distrae con veleidades para no centrarse en lo fundamental: la justicia. La verdad es lo que es: ni las mujeres ni los muertos producimos sombra.

El tema es complejo, como la realidad. Vendrán otras páginas sobre el espejo de los días.

Comment

Haití y el síndrome del vencido

February 16, 2023 Martha Robles

Fotografía de Unicef, en la web

Observo fotografías de Haití y pienso, aterrorizada, hasta dónde es capaz de caer un país empeñado en aniquilarse desde dentro. Condenado a las tentativas malogradas, triunfó el síndrome del vencido del que nosotros no somos ajenos. Por allí pasó Alejo Carpentier  en 1943 y, de golpe, vio los dos lados de esa isla antillana dominada por la superstición, los prejuicios, el vudú, los demonios y los uniformes ridículos de su corte de fantoches… Al reinventar un episodio de su historia, por demás insólita, eligió la versión “de una inesperada alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada (…), de una iluminación inhabitual o singularmente favorecida de las riquezas inadvertidas de la realidad…”

Portadores de la magia africana, los “libres e independizados” al tiempo agregaron a los suyos remedos de dioses y demonios estremecedores, locales y meneados a ritmos convulsos.  En vez de signos reparadores, lo único que prospera son los rituales integrados a la intensidad colorida que pocos artistas, en el pasado, convirtieron en pinturas magníficas.  La que fuera población de creyentes en trasmutaciones y sucesos supranaturales, devino en pobre tribu de mayoría de descendientes negros importados para sustituir a los nativos extintos. Sometidos a crueldades sin nombre, los esclavos cultivaban café, cacao, índigo, tabaco y caña de azúcar en plantaciones “paradisíacas”. De padres a hijos han cambiado de amos, pero no de servidumbre. Inacabada, su historia antecedió a la ignominia de Leopoldo II en el Congo Belga: ejemplos, ambos, de cuán monstruoso puede ser el ser humano, cuando ciego de codicia.

Carpentier miró aquella realidad desde su expresión “maravillosa”. Caracterizado por un barroco inseparable de su historial francés acunado en el Caribe, se fascinó con esos lares antillanos olvidados del dios de los cristianos y hasta del interés de los países que no le dejaron ni agua limpia.  Sin duda conoció  las páginas de Pompèe Valentín sobre las infamias cometidas en las plantaciones. Baste citar que de casi medio millón de esclavos, mal sobrevivieron unos 170 mil. Después de la revuelta, Francia, para colmo, exigió 30 millones de francos más 6 de intereses para “compensar” a los dueños de la tierra… Más de 120 años arrastraron la deuda con el complementario préstamo leonino de los Estados Unidos. En resumen: desde su “independencia”, Haití quedó condenado a la derrota.

Fogueado con aires caribeños, Carpentier halló otro rostro a la miseria. Interpretó la trascendencia de la fe en la realización de lo insólito que definió real maravilloso:  “Pisaba yo una tierra donde millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes de Mackandal, a punto de que esa fe colectiva produjera un milagro el día de su ejecución.” Entonces prevalecía la indefensión del colonizado que le permitía creer que lo imposible era posible; tan posible, como la profusión de figuras sagradas o profanas fusionadas a sus ritos. Sustento “espiritual” del estado proclive a “las maravillas”, aún prosperan las trasmutaciones, el culto a la adivinación y las iluminaciones. Los días con sus noches se gastan en participar en estados de trance y de cualquier manifestación de simbiosis y/o metamorfosis. Más respetados que las figuras políticas, sus sacerdotes, chamanes, brujos o profetas ejercen poderes capaces de modificar el orden, las vidas y las cosas. Los muertos “hablan” y dicen lo que dicen en boca de elegidos. Así, en el enredo de zombies, espíritus y vivos como muertos, transcurren las horas teñidas de sucesos sangrientos. Así nacen, crecen, se reproducen y mueren en el país más pobre, abandonado y atrasado del mundo. La intensidad de lo “real maravilloso” percibido por Carpentier, sin embargo, absorbió más energía negativa y popular que la positiva en pos de una realidad/real que pudiera sacarlos de su ancestral abatimiento.   

Encauzar un proceso civilizador y la estructura del Estado no se concibe. En ese paisaje de violencia, desolación, tabúes, magia negra y posesos endemoniados se aloja el infierno. Y magia negra o de cualquier tonalidad persiste en el Haití más intimidante y sumido en el cascajo y la basura; de ahí que la supremacía de potencias oscuras se imponga a la par del crimen, las confrontaciones, la rapiña, la saña y el sufrimiento de la mayoría abandonada a su (mala) suerte y a su peor talante.

Fue isla de taínos nativos “conquistada” por Colón en su primer viaje, en 1492. Renombrada, sirvió de asiento a piratas ingleses, holandeses, franceses y cuanto bribón pasó buscando bajezas. La verdad de “la perla de las Antillas” cayó en los registros de las más altas tasas de mortalidad, sadismo y explotación. Se explica por qué, reducidos por los blancos, las víctimas solo confiaran en espíritus, en magia negra y en los poderes que inspiraron al escritor a escribir la única novela que puso la isla en la gran literatura.

Se ostentaba con orgullo que fue la nación inaugural de las independencias en América Latina y, después de los Estados Unidos, la república más antigua de Occidente. Hazaña  gracias a la única revuelta de esclavos negros que ha sido exitosa en la historia universal. Al paso de vilezas, el otrora paisaje idílico codiciado por reyes y tiranos devino en entraña de una violencia añeja, feroz y dividida en bandos decididos a no parar hasta aniquilarse los unos a los otros. Paraíso en sus orígenes, la isla ha quedado reducida a vertedero sanguinolento, maloliente y tan ruinoso como el palacio de cantería habitado alguna vez por Paulina Bonaparte.  

Más allá de fotografías de hombres y mujeres enfurecidos, niños hambrientos, cuerpos famélicos y escenas infrahumanas en las que no faltan animales y harapos colgados al sol, la prensa ya no se detiene a describir despojos,  casuchas que no merecen su nombre ni muestras sin fin de la cólera masiva. Lo dantesco ilustra el síndrome del vencido como  autodestrucción irremisible: verdad terrible, despojada de la magia de las ficciones. En miseria más extrema que la extrema, con su entorno devastado, ajenos al movimiento reparador de la cultura, inmersos en la violencia, los haitianos pasarán a la historia como la primera población de las américas que, tras dejar árboles encenizados con el polvo de los muertos, arrastró hasta sus últimas consecuencias las secuelas autodestructivas del colonialismo.

Nada parece quedar de tentación de grandeza, de lucha contra el destino, de ánimo reparador ni urgencia de dejar de ser el vencido que, en nuestras tierras, insiste en dar paso a la crueldad, al delito, a las máscaras y a la superstición. Allá, la bestia negra rugiendo tras el eco del tam tam de los tambores del Petro y del Rada; acá, el dominio de los narcos, gobiernos espurios, crímenes feroces y desaparecidos por miles, injusticia,  agresividad, desprecio a la vida y lo bello, apego a la mentira: lo propio del complejo de inferioridad que encumbra, para mal, al vencido empoderado, al revanchista prepotente, al rencoroso ejemplar que encarna la menor valía del agachado, el aplastado, el “poquito”. Hay que afinar los sentidos para entender que lo real maravilloso celebrado por Carpentier es recreación mejorada de los círculos infernales, siempre en crecimiento. He releído varias veces El reino de este mundo.  En cada ocasión encuentro claves para interpretar recursos de la fuga y de la máscara con los que se refugian los vencidos. Pobre Haití, tan olvidado de dioses y de hombres; pero pobres también los países que en vez de levantarse ceden al impulso de retroceder y autodevorarse.

Comment

Ricardo Garibay, escalpelo en ristre, 4

February 6, 2023 Martha Robles

Fotografía de El Informador

Lo mexicano, su mundo

Construyó un gigantesco espejo colmado de reflejos conocidos y jamás reconocidos, poblado con multitud de episodios que han moldeado nuestro espíritu colectivo. Parados de golpe frente a tal monstruosidad social, verídica y vigente, cualquier tentativa crítica queda paralizada por la perplejidad. Los pormenores temáticos de Garibay, por otra parte, descubren los secretos hilos de su mundo, el mundo áspero del escritor que se desgarra en cada párrafo como en un rito catártico, así como lo sugiere su drástica y significativa metáfora de abrirse en canal, como las reses, tal vez porque el volcán que lo habitaba se mantiene  en actividad constante desde su tumba. Y marcadas como están sus páginas por una colérica conciencia católica del pecado, disparaba estados fulminantes de expiación, actos redentores y sublimatorios para acallar sus tormentos o combatir al "fantasma que provoca la angustia ".

Su mundo, ceñido con el símbolo del orgullo, es el de los actos rasposos que calan hondo en la percepción y poco requieren de voces porque se trata -y así la recreó con habilidad singular- de una situación mítica en la que, por el prodigio de los gestos y las actitudes, los débiles adivinan y refuerzan a los fuertes y entre ellos se trama un complicado juego de amos y siervos, de alianzas y complicidades a muerte, intrigas, conjeturas y nudos sexuales tan apretados que no hay vida, paciencia ni razón que puedan desanudarlos. Sin excluir al "Púas" (su admirado boxeador), o mejor aún: desde ese monarca de la barbarie que atesorara glorias con los puños, sus personajes son campeones del protagonismo viril: erguidos donde deben, vehementemente ignorantes, bien temperados por la mala vida, instintivos, elementales y sin pasiones de más. Nada piden, nada buscan, jamás preguntan ni aclaran porque en las suertes de su laberíntico silencio se fincan los términos de su supuesto poder. Para eso está la mirada, para enseñar cómo se lleva el mando en los ojos. También en la calma demuestran su resistencia y aun en su modo de andar ostentan una sospechosa soberbia que si bien algunos la creen distintiva de los machos rurales o de los verdaderos padrotes, las mujeres sabemos que su influjo abarca también los resquicios urbanos, incluso entre quienes se precian de intelectuales. Ellos asisten al mundo sin inmutarse. Espectadores monótonos de la vileza, de la crueldad y de la extrema violencia, es preferentemente en las cloacas y en las ratoneras en donde concentran su poderío ilusorio. Desde allí controlan codicias y vicios, negocian de pura palabra y las cuentas se ajustan a señas, sin rogativas que valgan, porque ya se sabe que "el que no cumple se muere".

Aguantadores de veras, su indudable acicate es el regusto del mando, ese probarse macho, golpeador y perdona vidas con las mujeres, colérico a discreción, bebedor respetable y autoridad por encima de leyes, gendarmes o instituciones. Se trata, en fin, de un deslinde cultural del mestizaje mexicano del siglo XX que se perfila primero con el criollismo, asienta los fundamentos de su estilo con el poderío de los hacendados, se expande con el desdén de "La Bola"; crece, se multiplica y establece su jerarquía con la tolvanera, porque allí se miden los hombres, se juegan la vida durante el levantamiento armado y se definen, en todos los frentes de la existencia, las condiciones últimas del dominio. Finalmente, el machismo que hoy padecemos se asienta a plenitud en el México de los años veinte para consolidarse en el “sistema” y fusionarse a la demagogia que envuelve los mitos de la democracia, la justicia social y la equidad entre clases y géneros.

No deja de asombrar que en esta cultura bravía, cifrada con el estigma del macho y bronca en los queveres de la existencia, sea tan escasa una respectiva expresión literaria. Esto quizá se deba a que los mexicanos no se han sentido seguros en el manejo de las palabras y si bien son prontos para proferir insultos, afilados al esgrimir adjetivos y procaces con el doble sentido, se vuelven tímidos, tartamudos y groseros, lerdos o en extremo ceremoniosos frente a los espejos; con mayor razón al pretender recrear artísticamente los episodios de su existencia. Se puede incurrir en la procacidad, como Carlos Fuentes. Se puede inclusive novelar asuntos escabrosos, como la homosexualidad, la miseria o la violencia política, pero no se toca todavía con inteligencia creativa, el hueso de una verdad que aún impide no se diga aceptarla, sino siquiera precisarla para reconocerla.

Caso peculiar, por todo eso, el de Ricardo Garibay: su poderosa individualidad asalta en cada página, se fortalece entre los párrafos y rebelde como fue acaso hasta el último de sus días, hiriente y sin prejuicios, rasga en su obra con impudicia la pasividad de sus lectores para encarar lo duro que es el oficio de vivir en nuestra tierra mexicana. Levantado en la prosa, cabal y valiente, en cada uno de sus párrafos van quedando las evidencias de cómo se forja un estilo semejante al accidentado paisaje del altiplano. Perseguidor de los recovecos cordiales, él vivió como hablaba. Habló como escribió y escribió como un modesto, a veces humilde y deslumbrante en páginas memorables, vigilante del alfabeto, ciertamente enamorado de la palabra.

 “Fiera palabra”

Irreverente donde según él debiera, peleonero indeclinable y dueño de un aspecto salvaje que recuerda a los gauchos, serenos y machos entre los machos. Evocador de un  Hemingway desbordado. Familiarizado con los valientes del universo de Jack London, tuvo además algo de Kipling o del Horacio Quiroga cruel que hace esgrima con la muerte. Cuesta sin duda entender su complejidad, porque era de los que de veras conocieron la materia de la escritura, el goce incomparable de la creación. Eso explica su afirmación de que únicamente ante el lenguaje se inclinaba con humildad, porque "nunca acaba uno enseñoreando a las palabras". Así lo afirmó en la que sin duda ha sido la más aguda, por penetrante, entrevista realizada, en cualquier tiempo o circunstancia, a un escritor mexicano: "Ricardo Garibay, fiera palabra" (El Nacional Dominical, junio 2 de 1991), por su sobrina Norma Garibay. Hasta para celebrar el lenguaje era bronco,  "engallado" y “maloso”, inclusive cuando le rendía tributo a su herramienta de trabajo: "las palabras son estas viejas putas que no llegan a entregarse nunca."

Si creemos que fondo es forma y que el tema determina al género, entonces es explicable que en esta entrevista, sin precedentes en nuestro medio por sus desgarradoras revelaciones confesionales, Ricardo bien podría representar con genio al autor de su propio protagonista. Allí se descubrió él, definiéndose por sí mismo, como un hombre sensible y entregado al arte de las letras. Tal vez, en nuestra tradición misteriosa, haya sido el único autor que combatía a sus demonios con otros demonios igualmente fieros. Allí mostró, de manera descarnada, al escritor, al hombre detrás de la pluma que exhibía en el entrecejo la  cólera con impudicia. Fumador empedernido, inventor de su multidifundida imagen de boxeador, infatigable rencoroso. Pero también tuvo la vanidad para desplegar al apasionado del idioma que fue. Alzado y orgulloso en  este medio atroz, sembrado de bajezas y recubierto de sombras míticas, religiosas y particularmente barrocas, nunca tuvo la debilidad de bajar la cabeza ni permitir comentarios adversos que dañaran su autoestima.

Y es que Garibay, chaparro, feo y regordete como fue, un “indio güero”, como se dice groseramente, transformó el complejo del mexicano en móvil de dominio al través de las palabras. Proveniente de un medio hostil, representativo de la vulgaridad con violencia que subyace en nuestro pueblo, provinciano si los hubo, como su Hidalgo natal, decidió asestar golpes literarios a los disfraces verbales. Y lo consiguió con largueza. Por eso se desnudó en su peculiar zaga autobiográfica, para mostrar la índole ardiente de quien cumple a diario, década tras década, su destino creador en una sociedad acrítica, dispuesta a infligir dolorosas persecuciones a los que sostienen contra viento y marea su talentosa originalidad.

Brillante en ocasiones, no obstante su índole intratable y siempre empecinada, Ricardo se empeñó en mostrarse orgulloso de su inconformidad, celoso de su vigor selectivo y, otra vez, conocedor del significado preciso de las palabras. Que por eso era soberbio, “porque no hay otro modo de sobrevivir aquí”: "una soberbia insobornable ante los demás. Una humildad de perro delante de mi propio trabajo. Hay que ser levantado, hay que tener dignidad y orgullo. No pedir, dar. No andar buscando las limosnas que otorgan los grupos, y las camarillas y las mafias. Hay que escupirles a la cara, soberbia ante toda esta gente, desde el jefe del Estado hasta el gendarme último, y una abismal humildad frente al trabajo porque el trabajo, si se es escritor de veras, es un motivo de constante humillación."

 Salvarse por el lenguaje

Autor de Par de reyes, una de las obras de arte en la novelística mexicana, en cada línea de su vasta bibliografía se empeñó en curtir el lenguaje como se curte la piel, para meterse en los resquicios de una realidad penumbrosa. De allí sus contrastes y la clave de un estilo  laborioso y colérico; rotundo, fascinado con el curso creciente de expresiones recias, frases cortantes. Un estilo prendido a imágenes sugestivas, dramáticas y confesionales, de las que se antojan sentencias en la orilla de la muerte. Sobre todo se conservó fiel a las situaciones directas, a la decisión de rasgar los duros o leves recubrimientos de la verdad para exhibir el fondo del alma. Implacable, mantuvo el ojo en alerta y la atención dispuesta, en todos los casos, para encender agrediendo conciencias, para acometer la verdad y pelear sin tregua, aun en contra de su propia sombra y por cuanto pudiera representarle una buena causa. Atareado en la "cacería de las emociones", anduvo metido en la peligrosa aventura de desafiar y zaherir con el arma afilada del alfabeto. Asestado el reflejo de lo real y doliente, imagino que se sentaba a fumar, a esperar su efecto de remolino para después atizar nuevas hogueras verbales. Así, tal vez, se sacudía el malestar, con un poderoso "diccionario personal", extraído de las coladeras del México siniestro, para después incorporar sus términos y filiaciones al exigente universo literario de quien sabía lo que hacía, sin las pretensiones publicitarias de los miembros del “Boom”: "una propuesta diferente".

Lejos de conformarse con reescribir la violencia, él inventó un huizachero espiritual con todo y protagonistas. Lo trabajó, lo moldeó "sin alma de por medio" mordizqueando la existencia, sin piedad; explorando sus espinas en los territorios de la ira cruel o de la culpa desventurada. Bien sabía que es ahí, justamente en el intimo huizache, en donde las cosas se aclaran o se enturbian porque sí, porque así es el oficio de vivir, porque la fortuna lo dispone o simplemente porque a algunos voluntariosos se les da la gana ser así: malditos, vengativos, crueles, desolados, cabrones o matones “hijos de la Chingada”.

Mancuerna también en solitario de José Clemente Orozco, Ricardo, en el de por sí estrecho panorama de nuestras letras, se significó por ser uno de los escasos escritores que sin miedo, a pesar de las tradiciones, de las cofradías y del gusto circunstancial, se empeñó en dirigir su pasión idiomática a la búsqueda de una voz, la suya propia, capaz de contener el tono preciso, la modulación coloquial, el desdén de los levantados y aun la melodía correspondiente al paisaje de aridez y abundancia emocional. Su obra es semejante al  Altiplano reseco y ardiente, desde cuyos vericuetos se iba apoderando del mundo, arrancando secretos, descarnando la ira, pelando sin tregua las costras del alma.

Su dureza es la del México de grietas resecas, semidesértico y atroz que, a querer o no, todos llevamos dentro porque corresponde al país de las erosiones espirituales, el de la crueldad o el griterío que arde de noche en los burdeles. Mundo esquivo, calculador a la mala, brutal y retador de la muerte, al modo de los pistoleros. País de madres monumentales, mujeres de apariencia insignificante, poderosas y chantajistas, como la voz de un destino que, para nuestra desgracia, carece del sentido griego de la tragedia. Esa voz tan suya, mezcla de luminosidad y puñetazo, es la de un carácter que presintió Martín Luis Guzmán al describir, por ejemplo, a un matón como Rodolfo Fierro, pero que no recreó plenamente, no obstante sus indudables aciertos. También se respira en el universo garibayano el influjo, lejano por cierto, de la barbarie que tramada de autoritarismo, figuras cacicales y desprecio por la vida, proliferó a sus anchas durante el levantamiento armado. Pero no se encuentra en las obras de Garibay, pese a su envoltura de ostensible violencia, el universo revolucionario de Mariano Azuela, porque es otro el realismo social que lo habitó y otro el tiempo político y social de un mismo sentimiento de dominio.

Pedro Páramo por su parte, arquetipo del machismo criollo, es cúspide cultural del cacique petrificado, propietario de la tierra y su destino: todo reverdece con su presencia omnipresente; la vida es vida por él y junto a él; sin él arde el llano como el más claro signo de aridez y muerte. Con ser significativa esta figura que reine entre los muertos, no abarca el mundo del otro macho de nuestro tiempo, el que aún campea en ranchos y cantinas, hombres sueltos por los cuatro rumbos que crecen cobijados por sus madres consagradas y, desdeñosos de la nobleza, los que se alimentan de odio para intimidar y golpear. Estos y los criollos son los que habitan el mundo literario de Garibay. Éstos y su fecundo surtidor de máscaras para encubrir la ficción de una virilidad a toda prueba, la que rezuma malignidad para que nadie se les acerque, la prepotencia simuladora y siempre indiferente a los intereses de los demás y la que, como los erizos, sobrevive con su revestimiento de espinas.

Cierto: el estilo es triunfo del diccionario personal, su fondo/guía. El suyo, desde este universo atroz, resulta nítido, intempestivo, hincado en la angustia de quien, con idéntica intensidad, asimilaría la pasión de vivir y la dolorosa hondura de su religiosidad cerrada, colmada de signos amenazantes, de restricciones y señales de muerte. Estilo equivalente al mexicano harto de laberintos que en vez de balas dispara frases/daga, y a cambio de máscaras prodiga espejos. Indudable conocedor de nuestra cultura, evocó al país que surge del levantamiento armado, el de los "bragados" y las mujeres "entronas", al México de las horas crueles, el de las batallas individuales y un doloroso vacío infiltrado a la angustiosa búsqueda de identidad, que jamás se consigue en el machismo.

Es curioso que Garibay reconociera en Alfonso Reyes, quien no podía ser más opuesto, una de sus influencias significadas. Curioso es, también, que en uno de sus arranques críticos se hubiera atrevido a desacralizarlo, a mirar “al bueno de don Alfonso” como un escritor cobarde, en la orilla de sí mismo, sin arrojo ni reciedumbre. Curioso y revelador que él, a quien le hubiera gustado -según lo afirmara con ostensible gozo- "ser un padrote verdaderamente famoso... o un campeón de peso welter... un verdadero salvaje..." haya establecido su filiación espiritual justamente con su antípoda y no con quien más se identificaba su índole exacerbada, su afligida religiosidad que anduvo atrás de su necesidad de redención: el Vasconcelos autor de memorias notables e inconforme profesional, hasta la hora de su muerte.

Ejemplos de escritores de raza verdaderamente mexicanos, Vasconcelos creó un ánimo, dispuso un tono para la creación literaria, pero no dejó un universo en las letras, ni un carácter o voz distintiva en nuestra cultura, salvo en el caso peculiar de su autobiografía en la que encarna de manera notable la historia del país. Garibay, en cambio, apretó un mundo para meter en él la circunstancia que vivimos: esa realidad colérica, esencialmente bárbara y sin escrúpulos; huizachero que nos atiza el rostro y espejea una verdad que duele, que incita a la batalla civilizadora, la que nos hace gritar a unos de indignación o a otros, como a Garibay, afilar la pluma para clavarla a mitad de una máscara tan desolada y desoladora que ni siquiera ha podido apropiarse del signo trágico. Una realidad de tal modo doliente, impotente e imprecisa, que para sobrevivirse a sí misma, debe conformarse con su clamor de piedad y misericordia.

Comment

Ricardo Garibay, escalpelo en ristre, 3

February 1, 2023 Martha Robles

Excélsior

La condición del buitre

La débil crítica de nuestra literatura nos hizo creer que el lúgubre universo rulfiano, su llano poblado de espectros y de murmullos desoladores, era la gran metáfora del mundo mexicano. Nada más falso. El machismo cruel, abierto, cotidiano y en complicidad es lo mexicano vivo y tangible, “en llamas”. Lo mexicano es ese corredor de tinieblas domiciliarias y gritos intimidantes. Es violencia de vivos/vivos, tan procaz como quebradiza y arraigada a los símbolos, no exactamente a la tierra, como se ha pretendido en medio de tantos engaños para reivindicar al “pobrecito”, al “infeliz desamparado” que habita el campo o que se refunde en las ciudades perdidas. De ahí la fuerza de Ricardo Garibay y la revelación de una obra fundamentalmente urbana que, sin atenuantes ni concesiones, arranca de golpe su máscara al mexicano común y lo deja desnudo en su universo de signos efímeros, sin asidero confiable, tembloroso y tan exacerbado en su ánimo que solo las grandes descargas de brutalidad, el súbito estallido de cólera o un grito pueden contrarrestar su desasosiego, su cobardía, su miedo a morir, su temor a vivir y reconocerse en una insondable orfandad.

Antípodas del mismo infierno, lo que Rulfo narró atrás del espejo, desde el llano estéril, al través del polvo y de la doble realidad del dominio y del vacío de ser, es grito de dolor en Garibay, voluntad de vivir aunque fuera a golpes, a puñetazos, a base de insultos. Es la muerte y resurrección del mito de la virilidad y se sitúa allí donde reinan la cabal inseguridad y una angustiosa nostalgia de Dios. Cacique sin par de este territorio literario, Ricardo Garibay extiende a sus fantasías el señorío que recrea con semejanzas fonéticas del habla respectiva y un señalado talento para hacer de sus personajes seres tan odiosos como abominable su misoginia. Mexicana por los cuatro costados, su obra destila el acre sabor del barro y un olor pegajoso, parecido al mezcal en tarde de estío que no tarda en revolverse como basilisco, en coquetear con la muerte, en ironizar y burlarse o en ir y venir de la mordacidad a la lucidez desgarradora, de la descripción calculada en frío a la hondura emotiva que convierte al padre en todos los padres, al fantasma materno en toda la sombra, a su infancia en La Infancia de un pueblo engendrado para sufrir y perpetuar el dolor. Es ahí donde descansa el peculiar sentido heroico que persiguió un hombre armado de palabras, el del combatiente de símbolos que supo mermar el poderío del dragón desde la trinchera de la página blanca. De suyo fue, además, el entendimiento de una cultura apuntalada para aguantar toneladas de humillación y una indignidad, la decisiva, que a él le colmó la paciencia, pero sin renunciar a su signo vejatorio. Tal la causa por la que día tras día, cólera tras cólera, Garibay se imbuía de la que dijera "la condición del buitre", para mojar su tinta en el patrimonio del demonio con la intención de desacralizarlo, para mostrarlo en su ridícula prepotencia, en su lastimosa y bárbara realidad.

Únicamente él, templado como estuvo por una Fiera infancia –seguramente la propia-, heredero del México bronco, nieto de militar, orgulloso de sus agallas, retador porque sí, porque no le bastaron los miles de páginas publicadas en más de cuarenta libros, guiones cinematográficos, crónicas, reportajes, artículos y cuanto pliego mojara con su tinta ardiente  para provocar a los demás o enrostrarles la absurda religiosidad pacata de las familias comunes. Le fastidiaban los inútiles, los miedosos, los lerdos e ineficaces tanto como los torpes, los desobedientes y “faltos de pantalones”. Detestó la suavidad aunque presumiera admirar la finura espiritual. Decía que era así “y qué”. Era así, lisa y llanamente, “porque se le pegó la gana”. Se mantuvo fielmente como un rudo con la pluma y en la vida. Se atrevió a confesar a voces -o en entrevista, lo que equivale a lo mismo-, que siempre había envidiado al hombre que es hombre y sólo eso: "un gran padrote, un gran peleonero, un gran borracho, o un gran amante, un hombre que viola todas las normas de la moral tradicional...”

Desbordado por necesidad, porque de no serlo hubiera estallado como estallaron sus parientes suicidas, también evocados en su oportunidad. Vehemente y mal educado, como si de alguna raíz remota procediera su impulso de desafiar lo convencional, de atacar prejuicios, beaterías y cuanta servidumbre le saliera al paso, particularmente la espiritual. Maloso e iracundo, como el desfile de miserables que pasean a sus anchas en casi todos sus artículos, entrevistas, crónicas, cuentos, novelas y aun en páginas del diario porque, como él lo dijera, "no se me puede identificar con ninguno de mis personajes y yo soy todos y cada uno de mis personajes; si no, no sería novelista, no sería escritor a quien yo respetase"... Garibay, ciertamente, salió de su mundo en sombras para vislumbrar la expiación en su universo literaria.

Un alma herida

Inconforme apasionado, su hoguera se avivaba con viejos leños,  astillas resecas durante generaciones, años y años de desasosiego y una sola, inacabable angustia: hebra en tensión de una religiosidad con resabios trágicos que clama piedad, misericordia, mientras que, fiel al designio, consumaba línea a línea y hora tras hora el tormento de su destino. Por eso el yo del autor no es un yo ficticio o construido a base de ensambles figurativos, sino que procede de un sistema de equivalencias entre el yo verdadero y el de protagonistas que empeñan su voluntad de poderío tal vez para valer tanto como los demás que imagina o para demandar una atención o un cuidado en la misma sociedad que los ha engendrado con su estigma: un inamovible sentimiento de inferioridad que perdura en nuestra cultura y se robustece o enmascara con nuevas ficciones porque, a fin de cuentas, el mexicano es un ser en permanente huida de sí mismo.

Su obra es espejo y reflejo de recovecos menorvaluados, y sus cosas y gestos complementarios: espiral de actitudes intrincadas que, necesariamente, confluyen en una variedad de matices lingüísticos, en un código de supuestos valores que, solo en conjunto, pueden definir al machismo. Tan fuerte y totalizadora es esta actitud que no permite explicaciones parciales ni analogías fragmentarias: el macho es, ante todo, unidad cultural de modos de sujeción dirigidos hacia el sometimiento de los débiles. Tal es la semblanza literaria que Garibay creó mediante un método de interacciones frecuentes entre lo íntimo y el mundo exterior. Método que, además de cifrar su estilo en una estética inseparable del habla popular, aunque refinada por la calidad de su prosa, serviría para integrar en cuando menos tres novelas de gran aliento -Par de reyes, La casa que arde de noche y Beber un cáliz- una clara constancia de sí mismo, el testimonio de su circunstancia, el curso incendiario de su fe renegada y, mediante el trazo de temperamentos feroces,  auténtica persecución de emociones, de "entregas para ganar la vida", para después recrearla con imágenes apasionadas: "A retazos, a retoños, a jirones, va uno trabajando, apoderándose del mundo; a jirones apenas. Esto siempre es frustrante, siempre duele."

En esta dualidad descansa el principio de un estilo gozoso en cuanto que procede del enamoramiento indeclinable de las palabras y a la vez doloroso por su desgarramiento. La letra encadena al creador a sus contrastes y  esclaviza al que se mira para reconocerse  en el medio que lo formó. Doblega y a la vez libera al hombre que ausculta la sociedad para comprenderse, sobreponerse a ella y aun triunfar sobre el mito que lo engendró engendrándose en intrincadas sucesiones: aquí un eslabón blando, el padre que agoniza mientras el hijo fiero, hipersensible, descubre la vida en la fisura que va abriendo la muerte. Acá, distante de la piquera y también de la enfermedad en La casa que arde de noche, y de sus ardores ahogados con ruido arenoso, van surgiendo otras voces, nuevos nombres para una misma ficción mexicana, caracteres trazados en libros al rojo, descarnados y conmovedores... Más allá, entre páginas incendiarias, quedará para siempre Beber un cáliz, aliado del infatigable símbolo de cabalgar con la venganza en Par de reyes, suceso guiado por una sombra femenina, incitado por un espectro reseco, enardecido por el llano; luego el ímpetu rabioso, urgencia de destrucción, de puñetazos ensalivados con albures y mentadas de madre en Las glorias del gran Púas (1979). ¿sótanos de lo real? ¿Crónica de un boxeador emblemático? ¿Mera entrevista o metáfora de los sótanos de una realidad que le atraía?

James Joyce tenía un cierto afán de escandalizar, de exhibir obscenidades, de desnudar a jirones corredores secretos de la existencia. Cuando tal tendencia no camina en inglés ni se desliza por los laberintos prejuiciosos de los irlandeses sino que, pegada al machismo e indivisa del peladaje mestizo, se nos pone enfrente para rellenar los oídos con albures, imprecaciones y mexicanismos, situaciones atroces y tantos y tan variadas escenas del desolador mundo del humillado, entonces el idioma crea su propio cerco hasta hacer estallar los términos culturales del rechazo. No gusta Garibay al lector académico, quizá tampoco al lector medio, si es que pudiéramos suponer que existen lectores suficientes y categorías de exigencia literaria en México. Tampoco agrada su facilidad para ascender/descender sin rigor temático ni autoexigencia literaria; pero Garibay, sin tales contrastes, no sería el que fue: un escritor rudo, armado de escalpelo para mostrar nuestra realidad. Recia, vivísima y melódica siempre, su prosa es un vino demasiado fuerte, demasiado maloliente para paladearse de  golpe. Prosa trabajada con más emoción y signos coloquiales que respeto por la gramática, atractiva e intimidante, igual que los cactos en su paisaje desértico.

Comment

Ricardo Garibay, escalpelo en ristre, 2

January 27, 2023 Martha Robles

De la Web, en La Jornada

Fondo es forma

Por hendiduras escapan el grito hondo y una sensación cercana al ímpetu exacerbado de contrición, propio de mentalidades católicas, no obstante su índole renegada. En páginas autobiográficas se considera víctima y representante del machismo que  llevaba en la piel, aunque a la par se la arrancara a jirones para “abrirse en canal” y mostrar el nervio de su dolor.  Era el signo en la frente, cruz de una historia imborrable por su crueldad, por la dureza que día con día, hora tras hora, va moldeando el alma infantil en medios donde se respira la humillación, se bebe ira a puños, a toneladas, en trozos burdos. Cólera que se atraganta con tantos prejuicios… La amarga infelicidad que surca las venas de un país sin identidad ni memoria, sin destino propio ni virtud asimilada. Por eso el medio lo divide en sus páginas, lo arroja a una dualidad que anda vagando desde tiempos inmemoriales, igual que la máscara que por cierto no frecuentó porque lo suyo era mostrar la mueca de una verdad horrenda y abominada. Víctima y victimario; sádico y masoquista a dosis extremas: el machismo no permite situaciones intermedias. Así es el estigma del macho devoto a pesar suyo, así el talante del que, por vez primera en nuestras letras, puede leerse y reconocerse, puede sentirse y comprenderse desde su fragilidad, en sus cimientos terrosos y en su conmovedora ingenuidad.

Admiró Garibay a los batalladores, a los pistoleros aislados, a los aventureros borrachos y a los mujeriegos que pueden matar en un arranque de celos. Pero su actitud en nada se parecía a la de un Borges ante el “compadrito” e incluso observador del gaucho bronco que esgrime el cuchillo y participa en pendencias. Borges nunca dejó de pertenecer a la otra orilla, la del testigo que ad-mira al matón y aprecia la valentía. En cambio Garibay celebró al macho-macho, de preferencia serrano, mejor si jinete, pero maloso, arrojadizo y envalentonado; "entrón", feroz y dispuesto a pelear, a aparentar una inamovible naturaleza de toro salvaje que pega y castiga a los débiles, aunque sufra él mismo el efecto de su hondo arrepentimiento tardío. Y en eso va la prenda de una obra de notable originalidad; una obra de gran aliento: reinventar una situación abominable, una forma de ser que, en mayor o en menor grado dirige el destino de la serpiente que repta en el alma nacional. Se trata de la culebra que interviene en la educación cotidiana y se aloja en el espíritu popular como una carcoma voraz y, como la carcoma, todo devora, a excepción de la piel delgada de su apariencia: endeble memoria de lo que fue, semblanza de la propia e irremediable oquedad y, por sobre todo eso, el trazo de una suerte de máscara sin rostro. Ya se sabe que los mexicanos viven huérfanos de identidad, que buscan aquí y allí sin atinar con la cara que los serene, que los libere de su ninguneo desdichado, de su no ser,  de ser “ninguno” a los ojos de los demás, así como de su atroz carencia de individualidad que arrastran como fardo desde los días coloniales.

Así las mujeres. A la hora de las verdades descubren en silencio y resignadas cómo son malos amantes estos brabucones que no hacen sino alardear y gritar. De preferencia procaces y marginados de la sensualidad, sus coitos -vertedero final de represiones simples o complejas- espejean su primitivismo. Tentados por la bajeza, su verdadera excitación sexual obedece al estímulo de la agresión femenina, mejor si ésta los desafía emulando el desdeñoso desprecio del macho. De este modo se establece entre ellos un correo de mensajes latentes que perpetúa tan sofisticada trama de bestialidad y cólera manifiestas. Es el impulso de penetrarla y zaherirla. Agresión implícita que enciende la imaginación de sus protagonistas para discurrir nuevas maneras de sometimiento o de mantenerse "a las vencidas". Otra expresión del “boxeo de sombra” (que tanto disfrutó), con el único fin de ver quién puede más, cuál de los dos es el que dobla al otro en un sistema amenazante de falsificaciones sucesivas que, a fin de cuentas, no tiene más intención que la de fingir lo que no se es y actuar tal fantasía  como si fuese genuina.

 

Vaginas dentadas

Trono de la venganza femenina, en el lecho se multiplican las causas del resentimiento con el que las esposas o las madres alimentan la conciencia de los hijos varones. Más todavía: poseedoras del secreto de la torpeza amatoria, indivisa de una personalidad falsificada, las mujeres administran a discreción un callado dominio que sabe cobrarse cada una de las vejaciones visibles mediante sutilezas que van discurriendo a modo de contrarrespuesta y según se asiente un código definitorio entre ellos. Este proceso explica cómo, al paso del tiempo y por encima de su creciente resequedad, la mexicana se autoprotege con una impenetrable coraza que no deja de entrañar un proceso autodestructivo. Poco a poco trasmuta en mandurrona sufrida, aguerrida feroz, resistente al dolor y siempre maternal, como saben serlo las bestias. Quizás en este perverso nudo de mutuos engaños e íntimas complicidades se origine un matriarcado fundamentalista, teñido de prejuicios sociales y fanatismo religioso, que gustosamente acepta el duro precio del maltrato sexual, así como los complementarios golpes físicos y humillaciones verbales, a cambio de ejercer, en su oportunidad, una melodramática, intolerante y devastadora regencia domiciliaria.

Orgulloso de su incuestionable virilidad, el hijo/amante, por su parte, interpone en el juego de las pasiones y los celos la causa de las mujeres para rivalizar con hombres porque en el fondo de este fenómeno se encubre una actitud profundamente homosexual. De preferencia ante testigos, las usa para zaherirlas y así incrementar su machismo por  sobre una doblegada mansedumbre femenina. Si rebeldes, él las domestica hasta "amansarlas" y ejercer sobre ellas su dominio irreverente. Conquista a las más rabiosas para mostrar a los otros cómo es hombre al someter mañosas. Macho entre los machos, sola la propia madre es sagrada; las demás, "viejas", “pendejas”, prostitutas despreciables, putas o al filo de emputecerse. Él es un "gallito de estaca", rey del gallinero, levantado ante los gallos, arisco y rijoso para que no lo confundan; sujetador de indóciles y agresor temible.

Contraparte esencial del macho, la mujer ejerce una dualidad tenebrosa entre la sumisión y el autoritarismo; entre el símbolo de la feminidad doblegada y la omnipresencia materna, cuyo poderío trasciende la sexualidad y se consagra mediante el alto y claro signo del dolor del vencido histórico que lleva a cuestas con heroica resignación. La esposa aborrece veladamente al ser que obedece, al hombre que adivina y complace con repulsiva devoción. Lo atiende en lo mayor y menor, especialmente en el coto domiciliario. Lo sirve con devoción y hasta lo mantiene económicamente en innúmeras ocasiones. Ya lo decían las abuelas: “todo hombre es mantenido de mujer”. Se pliega incluso a sus exigencias a cambio de transformarse en fecundo surtidor de desprecios. Nada más parir al primer varón para entregarse al cumplimiento de su laboriosa trasmutación en mamota eficaz, madrota silente en lo cotidiano, protectora de vástagos, inspiradora de un inacabable régimen de venganzas. Regenta domiciliaria, la madre humillada gobierna a su modo al cónyuge. Moldea con destreza su herencia de prejuicios y supersticiones. Ella es golpeada física y moralmente; abierta o sutilmente, pero nadie se atrevería a discutir su derecho a reconvenir al descarriado cuando se embriaga, cuando dizque se “juega la vida” en pendencias, "se larga con viejas" o no cumple en la casa. Se trata de ejercer una remota dualidad que revela indicios del vasallaje y atavismos de los antiguos mexicanos, de su compleja cosmogonía y de su pensamiento mítico que ya han sido asimilados, y por tanto modificados en nuestra actual cultura, aún teñido de un hondo primitivismo.

Precisamente mediante esa maternidad tramada de ambigüedad se reproducen los signos distintivos del carácter mexicano. Por ejemplo en la relación padre/hijo, desde luego distante durante una infancia generalmente feroz como bien lo narrara Garibay en Fiera infancia y otros años (1982) y en la estremecedora novela Beber un cáliz (1962), en cuyas historias alcanza notables niveles de complejidad porque confluyen la admiración y el odio, otra vez la dualidad trasmitida por la madre durante años de destilar resentimiento, fomentar revanchas y nunca separarse del esposo, jamás exigir justicia ni hacer nada efectivo para finiquitar, de una vez por todas, el estado de brutalidad extrema que la inmoviliza en la sociedad. El hijo aborrece a su padre porque "chingó" a su madre, la mancilló, la violó, la maltrató y humilló cuanto pudo. Lo admira por las mismas causas y secretamente hace suyos los contrastes y rencores, su expresión de violencia, su manera de aborrecer la vida, la sensibilidad, las normas y la razón. En su hora, sin embargo, el hijo trasmuta en el padre y la historia se repite con dramática puntualidad

La madre, por su parte, asume con naturalidad su condición de poseída y “chingada”, con una salvedad: resignada y trabajadora, únicamente a ella corresponde, a plenitud, la propiedad y el verdadero no obstante velado control de los hijos. Ella es la guía; la que ningunea a las hijas y les fomenta su servidumbre para que, de ser posible, también ellas mismas sean la madre/cultural que repite un drama secular que muy lentamente, quizá a cuentagotas comienza, en el siglo XXI, a adquirir otras modalidades femeninas. Ella es, sin embargo y en la actualidad con mayor énfasis en medios de medias o ningunas letras, la transmisora de un secular y profundamente femenino afán de venganza. Ella, la que enseña a los varones a aborrecer, a ajustar cuentas y pelear, a imponerse aun por encima del padre y a celar su memoria, su “buen nombre”. Un nombre que crece en la memoria deformada de los vástagos cuando el tirano se convierte en difunto. Entonces, desde la hondura de la tumba se completa el proceso mutilador del Padre-padre, ahora proveedor de anécdotas graciosas y hasta intrépidas que se repiten con nostalgia durante las sobremesas. Se lo evoca con signos de admiración, aunque en el vocabulario de las víctimas no existan términos compasivos para comprender las bajezas que se congregan en tan enredada obra de demolición de la dignidad o siquiera del respeto a sí mismo.

Tal ambigüedad, confusa si las hay, ha dificultado el entendimiento de este fenómeno. Describirlo no basta. Hay que padecerlo para calar su secreto, para “sentir” la gravedad  de sus efectos. Por eso el estado perfecto de cualquier mexicana es la viudez: viuda y honrada, fiel y templada por la memoria del finado; reseca, como los llanos, pero briosa, alimentada de por vida con rabia, con desasosiego, con rencor incurable. Así lo entendió y lo recreó con destellos artísticos Garibay en Par de reyes (1983), novela de una venganza, de un mundo, de un talante y, particularmente, de una viuda. Esa viuda magnífica por arquetípica, cuya metamorfosis maligna comienza al mirar, inerte entre cuatro cirios, el rostro de “su finado”:  “...un navajazo en la sombra". "Como toro. Pero deveras como toro..." Pasado el entierro, aparece el prodigio de una transmutación cultural que en la misoginia consuma la cabal conquista de su rencor: ..."Desde aquella madrugada se hizo cargo. Se hizo bronca y dura como bestia de monte. Como colmillos eran sus ojos, que nunca se cerraban. Como llamitas de infierno sus miradas. La sostuvo una idea fija y nudosa que creció hasta alisarse y ennegrecerse con el tiempo."

Acaso situada entre los años veinte y cuarenta del siglo XX, Par de reyes es la historia de dos hermanos que no podrían ser más distintos entre sí, pero que se “aparejan” cuando ven morir a su padre, víctima de una emboscada. Reynaldo y Valente de Hierro crecen alimentados por la mano materna quien, bocado a bocado, consigue penetrarlos del afán de venganza que encarece su maternidad, su viudez sostenida por la obsesión de la muerte. Las llanuras desérticas del noreste mexicano son el escenario perfecto para aislar el signo del odio que Garibay disecciona como si una a una levantara capas del ser hasta atinar con el nervio de una realidad delirante. Obra maestra, Par de reyes trasciende el género de la novela por esa habilidad suya para presentar y representar el drama de una cultura que se antoja sin redención.

Comment

Ricardo Garibay. Escalpelo en ristre, I

January 24, 2023 Martha Robles

Fotografía de la web (sin autor)

De pasada, insolente, soberbio y bravucón, como el modo de su Eleazar para adueñarse  del Charco y de La Alazana en La casa que arde de noche, así se apropió el hidalguense Ricardo Garibay del desdén de los perversos, esquivos e implacables hombres que se dicen de ley. Se definió “un verdadero hijo de la Chingada”, y por sus desplantes –que a nadie sorprendían-, nada disfrutaba más que serlo en verdad; sobre todo al exhibir deslealtades y en su costumbre de pedir, exigir y jamás agradecer. Ni qué decir de su grosería emblemática con las mujeres...

Autor de cuentos, relatos, novelas, guiones para cine y artículos periodísticos, Garibay no descubrió a plazos ni enmascarado un mundo áspero, distintivo del “México bronco” que subyace en el inconsciente colectivo. Tampoco probó a tientas el violento trasfondo de nuestra realidad miserable. Transformó la rudeza radical en literatura, tal vez para sublimar su profunda religiosidad. Rasgó la verdad de golpe y a jirones coléricos, hasta dejarla al desnudo. Exhibió la crueldad y, desde ahí, creó su vocabulario personal. Para él, la vida se juega a navajazos, sin tregua ni emociones de sobra, en los precisos términos de las peleas de gallos, los pleitos sanguinarios, las apuestas y las mentadas de madre.

Machos broncos, mujeres silentes, despreciadas, agachadas o agazapadas, hasta hacerse imperceptibles; madres vengativas, padres autoritarios, prostitutas enardecidas, un boxeador: sus personajes proceden de la mísera vileza que se arrulla en la cuna y se prodiga como los cardos. Esta desgracia moral, manifiesta en los palenques, deslinda en sus obras una ácida territorialidad delimitada con palizadas. Toda esta acidez con la habilidad de abarcar, sacudir y comprometer hasta los más pasivos lectores.

Impúdicamente, con exhibicionismo culposo y católico, Garibay recreó en varios títulos los contrastes de espíritus irritados, quizás por el ancestral sentimiento de inferioridad. Maestro de la descripción, de prosa clara y creador de imágenes que hieren como clavo ardiente, sus expresiones golpean la conciencia. Incómodo en persona y en las páginas, fue marginado del medio literario. Y él, en lo suyo, modificó la infelicidad en alarido. Solo la literatura consigue tratar la grosería como recurso de redención. De allí su vehemencia y la permanente sospecha de que, atormentado, pudo sobrevivir y soportarse a sí mismo lanzando obras candentes a librerías. Libros en llamas, sí, porque sus párrafos turbulentos,  llenos de adjetivos y tramas agresivas fueron forjados, acaso como él mismo, a altísimas temperaturas.

Por su intensidad, sus temas y personajes dividen nuestra tradición literaria en el grupo de rudos e inconformes y los otros; es decir, el conjunto comandado por José Vasconcelos, quien fusionó su autobiografía a la historia híper adjetivada del México que agonizó con el antiguo régimen, el de Porfirio Díaz.  Lo hizo estallar, de manera convulsiva, para renacer más airado, más turbulento, procaz y sin descuidar el fanatismo nacionalista, que empeoraría con los “gobiernos de la Revolución”. Rencoroso, violento y desde del machismo encumbrado por la altanería de los hacendados criollos, Garibay tuvo el acierto de novelar la raíz de un talante, del mismo modo que Vasconcelos evocó el abuso del poder, el engaño y la corrupción. Mientras que el fundador de la Secretaría de Educación Pública selló su tiempo narrativo al de los cambios en la propiedad de la tierra y el establecimiento social del nuevo vasallaje, a Garibay, nacido en 1923 en Tulalcingo, Hidalgo, correspondió el de la revolución “institucionalizada”. En ambos casos es el país que resurge desde el despotismo mestizo, donde impera el ranchero tiránico, el padrote, el cacique y el abusivo impune. Arquetipo  del macho bravío, tirano y dominador, el personaje frecuentado por Garibay no pertenece a la política, sino a los bajos fondos sociales, donde se engendra la reciedumbre totalitaria. Desbarajustado con la tolvanera, mancillado como las mujeres, los bienes y las haciendas del amo, este exponente del machismo “puro” ostenta su sexualidad con escarnio y sin goce. El destino incierto de su antecesor histórico rueda de tropa en tropa durante las balaceras para deslindar, a partir de los años veinte, un carácter distintivo del mexicano vulgar y contemporáneo que transmuta en golpeador domiciliario, en político insolente y corrupto o en el protagonista cotidiano de la vida de la calle en los barrios indóciles.

Tal la especie literaria de Garibay, mancuerna de la inconformidad vasconceliana, voluntarista como él, irritado, conservador y religioso hasta la desesperación. Poseedor, también, de una prosa que modulada, rítmica y organizada entre percusiones, desciende del oído popular y en ocasiones sorprende por su eficacia. Prosa como guiada por una marcha que va más aprisa, más aprisa, hacia un clímax que, ostensible en sus últimos títulos, traslada su rebumbio a la intención de dejar sin aliento a sus lectores. El grupo de los otros, en nuestra tradición, consta de muchedumbre que cabalga en lo aparente en pos de lo anecdótico, sin atreverse con el escalpelo. Un escalpelo que “cala hasta el hueso”, como dijera Truman Capote para ilustrar la virtud de los grandes narradores. Voces diversas pero, en caso alguno, señaladas por el fuego liberador. Sus obras evocan un infierno que, como paisaje nacional, atiza sin piedad a los duros y desasosegados. Si Vasconcelos se explica a sí mismo en función del desquiciamiento cultural que le tocó en suerte, Garibay eligió la pavorosa metáfora de "abrirse en canal" y mostrar la entraña. Llama de viva expiación,  no oculta la intención de amedrentar a los indiferentes, a los descreídos y a quien fuera. Golpear, sí, con tal de que la agalla dejara abierta la herida causada por el Padre-padre, eterno regidor de los dobleces del México posrevolucionario. El padre monumental y odioso que marcó el carácter dominante del siglo XX, entre el premio y el castigo radicales.

Lector de pocos asuntos y hábil discutidor, transitorio alumno en Facultad de Filosofía y Letras y en la de Derecho de la UNAM (1952-3), Garibay no fue un escritor culto ni de grandes reflexiones. Lo sabía, sin confesarlo jamás. Esta limitación le pesó al grado de abominar del universo académico o intelectual que tachó de “pedante”. Nunca se cansó de desdeñar a los otros ni de ponderar su propia naturaleza autodidacta, aunque quizá le costaba aceptar que lo suyo no consistía en interpretar, sino en contar mediante imágenes bien logradas. Era corto el desprecio manifiesto, comparado al que lo habitaba, especialmente dirigido contra colegas escritores y periodistas. Amó el periodismo, que practicó en diarios, revistas, la radio y la televisión como un traslado o vaso comunicante de sus letras. Inclusive en alguna estación de su vida fue jefe de Prensa de la Secretaría de Educación Pública. Tal era su pasión por el oficio que, con su énfasis distintivo, afirmó que “el escritor que hoy en día no es periodista no es nada ni nadie. El escritor que no navega en la piel de los días –el periodismo-, no sirve para nada”.

Misógino, autoritario, majadero, de baja estatura y vientre abultado, como tenía que ser. Caminaba echado palante y gustaba de discurrir metáforas groseras. En el talento fincó su orgullo. Se preciaba de su don y lo espetaba como divisa de su genio. Conocedor de la ferocidad distintiva de nuestra cultura, concentró su fortaleza interior quizá para batirse contra él mismo primero; y después contra la adversidad circundante. Nada lo pudo sosegar, ni siquiera su disciplinado fervor por la escritura. Atacado por un cáncer de próstata singularmente doloroso, murió presa del mismo tormento que lo meció desde la cuna. Dijo públicamente que la enfermedad lo había atacado “do más pecado había”. Pero Garibay, como se presentaba a sí mismo con su apellido, en realidad parecía desollado, indefenso, víctima del miedo: un escritor quizá de remoto origen vasco, armado de dagas y con el espíritu surcado de cicatrices.

Agazapado, como se sobrevive en el mundo de la pobreza, ataviado con aliños en donde lo que muerde no es el hambre sino el espectro de la amargura, el móvil de tan obvio impulso tosco, distintivo de su estilo, exhibe el sentimiento de menorvalía denunciado por  Samuel Ramos. Se trata de la actitud vitalicia engendrada a golpes de odio, a chorros de insatisfacción y en medio de inútiles aspavientos. Suerte de salvajismo nutrido con amargura desde el vientre materno, el ensañamiento que acompaña al machismo se gesta lenta y minuciosamente hasta conseguir la exacta mezcla de rencor, desconfianza y ausencia de escrúpulos que los convertirá, en especial a los hombres, en representantes de una cultura que "no se raja ni se achicopala". Tal carácter abomina de la legalidad, cultiva la autarquía y genera caciques y cacicazgos aun en los reductos domésticos o particularmente en ellos. Actitud que es astuta, no obstante carecer de raciocinio; sagaz, aunque torpe al manifestar su patanería; recelosa de los demás, empeñada, empero, en demostrar probidad personal: tendencia distintiva de su generación; burda, generalmente ridícula en sus gesticulaciones, a pesar de su impostado autocontrol. Es ante todo fiel al destino azaroso del equilibrista: prefiere abandonarse al riesgo en situaciones límite que ceder al mínimo acto de cordura o de compasión.

La lascivia es uno de los rasgos mayores del machismo, el que más se ramifica en conductas secundarias. Su activa insatisfacción sexual engendra alardes, cuentos donjuanescos y obcecaciones que, avivadas por una naturaleza soez, fomentan unívocas rivalidades masculinas, a excusa de las mujeres. Por necesidad grotesco, también su lenguaje está poblado de imprecaciones, picardías e insinuaciones, así como de dobles mensajes y una gran carga del salvajismo que alcanza, inclusive, la indiscreción de su mirada al paso de mujeres, esas amantes potenciales que nunca llegan a “poseer” a plenitud, aunque así lo alardeen. Son para ellos “prostitutas” -consabidas “putas”- que, conforme a sus múltiples prejuicios, viven según la fantasía machista a la espera de un indicio de aceptación, de cualquier señal seductora o del susurro de cierta palabra obscena que habrá de rendirlas ante ellos tras un juego de resistencia en la que lo femenino juega la peor parte.

En breves líneas o claves de un ceñido estilo, Garibay enseñoreó su dominio de la simbología machista, en una cruda semblanza femenina en Taíb, fechada 30 de agosto de 1985: "...la vuelve irresistible la fama de su putería, su cinismo, su maciza y sonriente inmoralidad y el poder que ha probado e irradia como seguramente lo hacía la Pompadour, por ejemplo. Casi se olvida uno de las indecencias que se le achacan ante la fantasía de abrirla, de poseerla, de esclavizarla..."  Síntesis de un arraigado menosprecio, esta forma de ver y relacionarse con lo femenino recrea con destreza el tono de quienes, incapaces de equidad sexual e inteligencia amatoria, se fortalecen entre sí, precisamente por esas tres pretensiones tiranizantes -poseer, abrir, esclavizar-, que en él completan una pasión por la violencia que trascendió sus libros. Ocurre también el caso contrario que confirma un fenómeno cultural vigente; es decir, que sus personajes femeninos sean tan sombríos que apenas se dejan sentir por su poquedad, su apagamiento irremisible, aunque en el fondo de su ser existan veladas y ocasionales reservas de venganza. Tal la madre y las hermanas, por ejemplo, que pueblan su autobiografía en Fiera  infancia y otros años (1982): espectros en las páginas, acaso presencias borrosas en los episodios de la memoria y generalmente, como también se advierte en sus últimos relatos o semblanzas y en el tono general de sus narraciones, seres accesorios, figuras sin carácter ni destino propios, satélites de la necesidad masculina, a pesar de que ésta sea de índole amorosa.

Predomina el enojo en su lenguaje. Su simpatía por las pendencias, los zafarranchos y la aparente reciedumbre viril, confluye en un vocabulario personal unívoco: es su voz la que asciende asida a un paisaje de aridez candente. Y es deslinde de un panorama cultural tan ceñido a su palabra que podría creerse que no fue Garibay quien buscó un tema, sino que éste lo encontró a él para trascender y trascenderse. Delirante, solo él pudo rasgar velos de la apariencia mexicana hasta dejar al desnudo en las letras no sus virtudes, sino las bajezas del talante nacional y profundamente nacionalista.

Tal la razón por la que su mundo herido no solo se deja sentir en su propia obra, sino al referir sus preferencias literarias y en observaciones a vuela pluma, como las de Pedacería en espejo y Tendajón mixto (1989): fragmentos narrativos, notas, apuntes, evocaciones y líneas que acusan la práctica del diario. Piezas para armar de un rompecabezas de autor, claves desordenadas de una bien temperada ferocidad.  En la Pedacería su crueldad se desplaza libremente en una prosa colmada de fibra, nítida y eficaz, por medio de la cual el Garibay social o domiciliario se integró a sus personajes. Y es que era indivisible de sus caracteres desencantados, violentos, con el puño crispado y la injuria rauda. Inusual en la tradición mexicana, no desperdició el valor de la confesión. A ella se atuvo para extraer lo mejor o peor de sí y convertirlo en literatura.

Comment

Those were (are) the days

January 18, 2023 Martha Robles

Fotografía de la web. Huelga UNAM, 1999. Eterna pregunta: ¿qué ha sido de esta gente?

La vida era (es) un rebumbio. El siglo XX se hundía en ciclos tormentosos, pero el machismo se encumbraba: único trofeo del orgullo cultural, maravillosamente encarnado por Mauricio Garcés. Todo temblaba en México, salvo Fidel Velázquez: impávido, de habla torpe,  amenazante, voluntarioso y arraigado a la CTM como sostén del gobierno y de “la patria”. El nacionalismo era una enfermedad que se presumía con el atraso, infaltable en “nuestras tradiciones”. El ’68, era (y es) herida abierta, cifra de la realidad enmascarada y de refinar la humillación y el desprecio ante la  imposibilidad de justicia. Las infamias eran (son) lugar común gracias a la indiferencia popular. Nadie, nunca, se interesaba en la mala salud del medio ambiente.  Hablar de ecosistemas era extravagancia de la que nos librábamos gracias a nuestros avezados gobernantes. Resultaban inútiles las amenazas de la Iglesia porque -harta de arengas, hipocresía y pecados- la feligresía se les iba a puños. De preferencia profesores  de ciencias sociales creyéndose misioneros, se presumían revolucionarios.  Su lucha se reducía a empujar por el poder y primeros puestos en las nóminas. Los chavales convencidos de corazón se unían a los veteranos para botear en calles y transportes. Interrumpían clases a la voz de “¡compañeros…!”; aupados entre sindicalistas, agraristas, anarquistas o lo que surgiera, grillaban cual loros mientras afianzaban su condición de “fósiles” y futuros funcionarios que “transformarían” al país.

Las peregrinaciones mesiánicas y/o células y “grupos de lucha” hacían escala en la Secretaría de Gobernación. Con ojos y oído en estado de alerta, nada se movía (mueve) sin el índice en ristre y la orden del Ejecutivo. Huelguistas y porros pululaban y no había (hay) manera de conocer sus propósitos “desestabilizadores”. A la vuelta de los días y de los meses, de esos caldos también surgieron los okupas del auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras. Por décadas y acaso generaciones los “habitantes” tolerados allí mismo nacen, crecen, hacen negocios, se reproducen y mueren a la vista de la “comunidad universitaria”, tan impotente como tolerante con lo peor.

 “Los compañeros” adoradores de Castro, de las guerrillas y/o de la occisa URSS, gustaban intimidar y doblegaban a las autoridades. Por lo bajo, los alumnos que si acudían a clases los llamaban  “parásitos” y “güevones”, pero todo se movía o no se movía para seguir igual. Los muros amanecían con pintas y no eran infrecuentes las bombas “molotov”, preferidas por los trostkistas. Los ahora “fifís” eran tildados de burgueses, aunque fueran unos mocosos que trabajaban con sueldos ínfimos y usaran transportes inmundos para “salir adelante”. Abundaba una cáfila que arbitrariamente irrumpía en las aulas y oficinas universitarias “para presionar”, “tomar las intalaciones” y destruir cuanto tuvieran a mano con tal de avalar “la causa”.  ¡Nadie, entonces, habría imaginado cómo cambiarían los papeles al convertirse en “dirigentes nacionales”! Así son las bromas de la política. Tanto gritar, organizar huelgas en la UNAM, vivir del cuento y dar lata les sería recompensado con creces a los fósiles que milagrosamente hasta títulos y ovaciones ganaron: el destino es generoso en estas tierras.

Generación tras generación, un libro imprimía carácter entre universitarias. Las mayores lo ponderaban como si descifraran arcanos. Pasaban las décadas y seguían invocando con reverencia El Segundo sexo.  Era la Biblia.  De un día para otro sus acólitas se hacían especialistas en liberación femenina y/o feminismo. Se referían a Simona para enfatizar su familiaridad con  “La Beauvoir”. Invariables donjuanes, algunos maestros se apuraban a convertir de oídas a los estudiantes al marxismo-leninismo, al trostkismo o a cualquier rama de las izquierdas que salvarían al mundo de los miserables explotadores del prolerariado. Se repartía gratis el libro rojo de Mao (¡un horror!) y a discreción, se daban becas a la URSS. Las que todo entendían del amor libre hablaban de los beneficios de la píldora para no volver a abortar en rechimales inmundos. Si acaso, los diarios de Virginia Woolf y Anais Nin se entremezclaban a la emancipación sexual de Erica Jong y su Fear of Flying. Más atractivo y promisorio que el confesionario, el diván del psicoanalista superaba en popularidad a las ideologías. Hay que aclarar que solo por correo que era y es pésimo se conseguían otras lecturas, de preferencia revistas o suplementos como el New York Review of Books, Harpers, Lire, The Paris Review…

En tanto y la literatura latinoamericana capturaba a la joven población de lectores, la gran minoría que salió del país para estudiar niveles de grado daba el salto a ensayos, poesías y novelas de autores que expulsados, perseguidos y maltratados, huyeron de los totalitarismos hacia Francia, Inglaterra, Israel o lo Estados Unidos, donde publicaban en varias lenguas. Nunca se diría mejor ni más alto que el totalitarismo era el infierno, aunque para sus defensores era y es el sueño del paraíso: un mundo de felicidad, donde los de abajo se trepan, prometen la armonía utópica y fundan una religión bajo el imperio de un dios único, bueno y verdadero. Grandes nombres e inmensas obras fueron enriqueciendo, a cuenta gotas, la curiosidad intelectual de la minoría.  En vez de enredarse en las sábanas voladoras de Remedios la Bella los menos buscaban la claridad gracias a Primo Levy, Sandor Marai, Hannah Arendt, Anna Akhmátova, Issaiah Berlin, Milan Kundera, Susan Sontag y decenas más que por innegables razones, contribuyeron al despertar que provocó la caída del muro de Berín en el significativo 1989: año en que, a la vez, se dio al traste con la Guerra Fría.

Si aquí se estudiara historia, otra sería la realidad. La ignorancia, sin embargo, es lo más apreciado por los autócratas. El día a día me recuerda lo que Kundera dijo en conversación con Joseph Roth: “la existencia humana transcurre entre dos abismos: a un lado, el fanatismo; al otro, el escepticismo absoluto.  Y cambiar para peor es consigna de quienes juran que el Shangri-la está a la vuelta de la esquina. Pues si, el deseo es más poderoso que la fe, pero ya se sabe que la ilusión es la fuente del sufrimiento, como enseñan los budistas.

Comment

Pasiones seniles

January 4, 2023 Martha Robles

Vargas Llosa, tras la ruptura y Mme. Bovary bajo el brazo

De mecha corta y mucha flama en la vejez, la pasión es una bomba de destrucción masiva. Ciego, sordo, obnubilado, el anciano atacado por el rayo cree que por sus venas corre el elixir de la juventud.  De un día para otro se vuelve arrojadizo, dispuesto a grandes hazañas, temerario, ocurrente, tenaz y, sobre todo, transgresor y dueño de una gran energía sexual. Nada ni nadie lo detiene; la realidad mucho menos. En su confusión se encumbra como un invasor agresivo, egocéntrico e implacable. Es tan grande el deseo que su mundo se empequeñece.  Se autoconvence de que el amor y el sexo están a su alcance y que los va a conseguir a expensas del otro, a como de lugar. Mejor si la diferencia de edad es enorme y si la contraparte se enreda a su fantasía, por las causas que sean. La obsesión lo domina en su  prisa por avanzar. Se asume en el lado activo, donde atisba la debilidad del contrario; confirmarlo lo fortalece. Cuando disminuye la flama, la furia se encarga de lo demás.

A partir de Boccaccio, que supo reírse de la lascivia sin ir más allá del tono burlesco, pocos escritores, incluido Benedetti en La tregua, se han atrevido a arrancarle la máscara a las locuras seniles. A los demás les atrae la anécdota, su lado ridículo, el cotilleo y la excusa para abundar en la situación. Por vergüenza se oculta el infierno que desata el delirio de quien, por su propia afectación, altera, daña y se entromete en la vida del objeto de su capricho. No baja la guardia cuando se trata de intimidar, de afianzar su despropósito.  Por mantener el ojo en constante alerta manipula la parte más débil de la sometida y, casi sin darse cuenta, acaba por amenazarla y reducirla a rehén hasta que ella reacciona y, con inusitado esfuerzo, consigue deshacerse del invasor, su acosador domiciliario.

Solo quienes lo hayan probado saben de qué materia está hecho este infierno. Quienes dicen  que con la vejez llega la sabiduría poco conocen la vida. Salvo excepciones, los viejos suelen ser exigentes, iracundos, brutales, violentos, abusivos, celosos, paranoicos y profundamente egocéntricos. La madurez nada sabe de democracia. Ahora Vargas Llosa se ha encargado de demostrar que, ante los errores, hasta los intelectuales pierden la cabeza. Lo describió él mismo en “Los vientos” como enamoramiento de la pichula, no del corazón. De esa pichula que ahora ya no me sirve para nada, salvo para hacer pipí… Y para “hacer pipí” en el mejor de los casos, porque la próstata no perdona cuando impone sus propias leyes.

El dislate, pues, tiene que ver con la pichula… Todo se reduce al machismo, a la fábula del pene sobrevalorado, del chile, del pajarito o como nombre el miembro masculino. Un pene que de repente se sube a la cabeza del anciano que se imagina Adán, el primer hombre, Dionisio redivivo, Aquiles, sátiro, Zeus portador del rayo… Lo cierto es que despierta su vena de acosador. Los desplantes de dominio, aun con apariencia de seducción, pertenecen a la psicología de la víctima y el verdugo o del amo y el esclavo, con lo que implica este nudo.

Cuando “el de la pichula” cree que se ha adueñado de la situación, surge la pura verdad: el viejo “enamorado” se siente ofendido, injuriado y menospreciado. Su paranoia se exacerba con la edad y sus chocheces. Mientras afuera presume a su presa como trofeo, crecen la hipocresía y el repudio interno. Cada vez con más grosería exige atención y en la intimidad extrema su ira. Lo enloquecen los celos y amenaza, insulta, agrede y al punto se victimiza. Enajenado, todo lo perturba.  Su delirio  se expande como nube tóxica. Si de natural mentiroso, crea conflictos cada vez más insalvables, peligrosos y violentos. Frente al espejo comprueba que el tiempo existe y su avance es inexorable.  Entonces lanza puñetazos a la pared, a las puertas, a los libros… Aunque pretenda aparentar superioridad, la locura se impone.  Inocultables, los estragos de la edad lo hacen vulnerable, pero se resiste agarrado a la cólera. Si la costumbre lo llevó a aborrecer lo acumulado en familia durante décadas de rutina, lo forzado en la actualidad crea episodios que lo atormentan. Vive en vilo. Sabe que es y ha sido un intruso, pero se moriría negándolo. Conoce los daños causados por sus abusos; sin embargo, antes culparía a la víctima de su desgracia que reconocer su responsabilidad. No hay solución. Está atrapado. El miedo lo paraliza.  Lo aguijonan la juventud que a su pesar atestigua; peores son el fracaso y la culpa, pero se muerde la lengua. Elude la confesión. Llora en el baño. Habla solo. Añora lo perdido y solo gana lo nuevo para su caos.

Eso, en cuanto a los episodios nefastos entre el anciano y la muchacha, que nunca tienen buen fin, como demostró durante sus últimos años el peor Alberto Moravia: ejemplo que no deja de horrorizarme.  Otros delirios seniles tienen matices distintos, aunque suelen coincidir en un mismo infortunio. Si la literatura no acostumbra hincar el diente en esta jugosa trama, si lo hace -y con ventas millonarias- el periodismo “del corazón”, la prensa del espectáculo y la industria del chisme. El gran negocio consiste en enganchar a protagonistas y lectores  cuando, escandalosas y desiguales, las relaciones muestran su lado oscuro. Su situación deja de ser manjar de psicoanalistas para nutrir la fantasía de los que “viven de ajeno” y actúan de expertos en revelar secretos, relaciones peligrosas y deslices humillantes.

El mundo del espectáculo se ha enriquecido gracias a Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa. Su atractiva des-unión ha puesto en bandeja uno de sus capítulos más publicitados desde que, al cumplir sus ochenta de edad -hace seis-, el escritor se declaró enamorado. Se de quienes han coleccionado el relato por entregas  del idilio, la sospecha y la ruptura de la pareja imposible. Egos consumados son la socialité y el intelectual. “La reina de corazones” hispano-filipina y el peruano distinguido con el Nobel: dos de dos inconciliables.  Luminarias que no aceptan ser opacados por el otro. Ella, unos quince años menor que él, lo aventaja en habilidades de seducción. Su oficio de encantadora de hombres no tiene rival. De las letras, en cambio y por buenas que sean, no puede decirse lo mismo. El fecundo historial amoroso de ella y los premios del autor ofrecían, en principio, una novedosa versión del realismo mágico. Otra manera de ser Mme. Bovary y Flaubert, redivivos en la formación del escritor. El que es, sin embargo, es como es. Y Vargas Llosa es Vargas Llosa: un modelo forjado a sí mismo y reelaborado por sus lecturas. Así la Preysler en femenino y en su ámbito.  Afectado por el nerviosismo de su pichula, el viejísimo escritor cayó rendido a los encantos de esta modernísima geisha que marca tendencia en la moda, en la imaginación burguesa y en las actividades sociales.  En vez de atraerla a lo suyo, él cayó en su cancha.  Perdió el estilo, la calma y el tipo. Absorbido por el espectáculo y la trivialidad, (eterna Emma Bovary) se volvió un octogenario desfasado de sí mismo.

Entre la disciplina intelectual y la frivolidad; entre la ostentación y el dispendio no hay intimidad asegurada. Quienes saben mirar más allá de lo aparente supieron que era una aventura condenada  al fracaso. Aun así, ambos lo intentaron hasta que la convivencia se hizo tan insoportable como los horrores físicos y psicológicos que afean la senectud. Así es estar fuera de lugar: un hombre a sus 86 de edad que se exhibe atrapado en el bon vivant que deja en ridículo al intelectual. Obnubilado o no por el espejismo, Vargas Llosa no pudo engañarse ante la sucesión de conflictos. Por miedo, terquedad o vergüenza permaneció en la trampa que él mismo creó. Así son estos dramones. Escritor al fin, lo publicó hace meses, pero su confesión disfrazada pasó inadvertida: se le soltaron “Los vientos” con malos augurios… La obviedad se afianzó cuanto más pretendía negarla. Como sería de esperar, fue ella quien anunció el fracaso. Ella quien, sin perder el estilo, demostró que hay delirios,  aunque ninguno como el delirio senil: caprichudo, celoso, irritable, exigente e insoportable.

Imagino el fin del prolífico escritor, del hombre que, desde sus primeras letras, quiso todo para sí: talento, poder, gloria, amor…  La eternidad. No me extraña que, en la senectud, probara la pasión de la pichula. Y al despertar, arrepentimiento, culpa, la obviedad: medio siglo compartido con la prima/esposa/secretaria y madre de sus hijos.

El culebrón está servido. La verdad es lo que es, diría san Agustín.  Tarde o temprano, el destino nos sitúa en nuestro lugar.

Comment

Larga sombra del Maximato

December 20, 2022 Martha Robles

Plutarco Elías Calles, el “Jefe Máximo”

Álvaro Obregón amaba el poder. Y lo tuvo todo; pero quería más... Para los autócratas  nunca es suficiente. En su ambición  vino a pillarlo la bala certera de León Toral. Sobre su cadáver comenzó la otra historia del siglo XX mexicano, que ahora palpita sobre los distraídos. Entre tumbos y tambos y a fuerza de inventar partidos políticos, figuras mesiánicas, elecciones, “tapados”, dedazos, hombres del sistema, vengadores, madruguetes, repartos agrícolas y una larga lista de ardides, ascendió de la mancuerna entre sonorenses y militares  Plutarco Elías Calles, quien también amaba el poder... Y lo consiguió.

Su función: servir de puente en la presidencia (1924-1928) mientras el “carismático” jefazo -Obregón-  aguardaba para reelegirse al final del cuatrienio, el 1 de diciembre del fatídico `28. Quiso el destino, sin embargo, que unos meses antes, el 17 de julio de ese año, pasara lo que pasó en La Bombilla y que, ante el “estupor” nacional y por disposición de Calles, Emilio Portes Gil fungiera como interino durante unos agitados 13 meses, hasta febrero de 1930. Todo era caos entre las secuelas del obregonato y de la guerra Cristera, ante el fin del abatido movimiento vasconcelista y como no podía ser de otro modo, por la andadura del Maximato que, desde 1924, duraría diez horrorosos años. Digo horrorosos, como si los previos y los posteriores no lo fueran, pero al menos en esta página hay que fechar y deslindar las partes del todo.

 Según se sabe y por aquello de que quien no esté conmigo y con la “revolución” está contra mi, Calles (gran estratego, como dicen) aplicó en el mando lo aprendido por “Mi General Obregón”. Con el agregado de su “estilo personal de gobernar” fundó el PNR en 1929 y afianzó la costumbre de exprimir a los gobernados hasta dejarlos “agradecidos”, con los ojos pelones y las barrigas tan vacías como las de sus ancestros. Reconocido y venerado “Jefe Máximo de la Revolución”, ordenaba lo grande y lo chico, disponía a capricho “el acontecer nacional” y ponía/quitaba gobernadores, miembros del gabinete y “presidentes” tan impresentables como el dicho Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, peleles con historial propio. Esto y más, hasta que otro “Mi General” -Lázaro Cárdenas- apareciera en escena en 1934, para darle donde más le dolía al que se creía (y era) intocable.  Sería pues “el Tata”, a la sazón fundador del presidencialismo y del Partido de la Revolución Mexicana (PRM), el llamado a romper y dar al traste -con su paternalismo de gran Tlatuani y michoacano-, la supremacía de los norteños.  Como de paso, le demostraría a Calles que aunque se desee, se crea y lo parezca por su cohorte de achichincles, el poder absoluto nunca es de uno solo ni para siempre. Así que, además de cambiar su gabinete de punta a punta, lo hizo abordar un avión y lo despachó del país, del influyentismo, del mando y de lo que pudiera surgir en adelante. Y  los otrora validos y pelagatos… pues en adelante calladitos y dóciles a “nuestro presidente Cárdenas”.

Para medio entender el hoy a grandes rasgos, recordemos que como militar orgulloso de sus hazañas, Obregón fue el primer “revolucionario” en concluir un periodo presidencial, entonces de cuatro años. Sabía que en el Centro, al Norte y hacia el Sur caudillos, caciques y generales andaban dispersos, entre asonadas y presiones y a la caza de “cuotas” de dominio. Un estorbo, pues qué otra cosa podría ser la andanada de cabecillas armados o no tan armados que, después del Constituyente de 1917, del carrancismo y del subsecuente y escandaloso asesinato de Carranza, arrastraban sobrantes de la Revolución. Así que, matador de montones de generales y cabecillas, el monumental sonorense alzaba el muñón de la mano volada por una granada en 1915 para ordenar la limpia de presencias incómodas, por numerosas que fueran. Sagrada si las hay o si las hubo, su memoria sería objeto de culto durante décadas  en el Ejército Mexicano. Ahora, como salta a la vista, nadie se acuerda de él ni de nada, acaso porque los mexicanos nos volvimos de generación espontánea, sin pasado, sin porvenir y sin memoria.

Por vueltas que demos a la muy enredada y sangrienta historia política de México, tropezaremos con la incapacidad para crear un verdadero Estado. Sin el rebumbio de la asonada y lo subsecuente al Plan de Agua Prieta no entenderíamos el atolladero/eje que impediría crear una verdadera democracia, empezando por el imprescindible régimen de derecho y un Poder Judicial confiable que aún no existen.  Baste  mirar la diarquía Obregón/Calles y el consecuente Maximato para medio entender el galimatías actual y la desgracia de repetir y fortalecer errores.

Todo indica que “a su manera” se está fantaseando otro Maximato a casi cien años del original, desde los corredores del Palacio Nacional. Me pregunto cómo algo tan obvio se pasa por alto entre politólogos, opositores, historiadores y mentes educadas. Cada vez son menos las personas y las instancias capaces de contener los excesos de ilegalidad  promovidos por el Ejecutivo. No hay máscaras en los indicios del riesgo. Él mismo los exhibe en su lenguaje, en su afán de dividir a la sociedad, en su tendencia a insultar y desacreditar a los insumisos…  

Ver, hay que ver qué propósito conllevan el debilitamiento y la destrucción de las instituciones.  Es hora de examinar por qué se mima al Ejército mientras desaparecen las fuerzas/voces opositoras y discrepantes. Hora, además, de pensar la insustituible democracia y luchar por ella, por nuestro bien. Por encima de todo, hay que insistir en nuestros derechos y en la gravedad del poder absoluto.

No es riesgo menor darnos cuenta de las trampas implícitas en las penosas “corcholatas” y en las de un Congreso al servicio del poder personal del Presidente.  Con otro “Jefe Máximo” México regresaría a sus peores experiencias políticas. Hacer mutis redundaría en un atraso brutal.  Lo único claro en tanta turbiedad, violencia social e ilegalidad es que sólo autócratas y dictadores “fundan” o destruyen instituciones por decreto y a capricho.  En situaciaciones así la ciudadanía, el progreso con equidad y la aspiración de bienestar social se vuelven cuestiones prescindibles. Si algún sentimiento patrio existe que demuestre que no participamos de la derrota ni de la cultura de los vencidos ése sería el de la defensa irresticta de la democratiación.

Comment
← Newer Posts Older Posts →

ÍNDICE

Click para ir

  • January 2026
    • Jan 28, 2026 Meditación sobre el desaliento Jan 28, 2026
    • Jan 8, 2026 USA quita. USA pone: herencia nefasta Jan 8, 2026
  • December 2025
    • Dec 17, 2025 Furor decembrino, mi disgusto Dec 17, 2025
    • Dec 1, 2025 De la violencia, el secreto y las Furias Dec 1, 2025
  • November 2025
    • Nov 13, 2025 Paul Auster, su invención/mi invención del padre Nov 13, 2025
  • October 2025
    • Oct 18, 2025 TIEMPO DE TIRANOS Oct 18, 2025
    • Oct 2, 2025 Tlaltelolco: una cicatriz de fuego Oct 2, 2025
  • September 2025
    • Sep 14, 2025 Djuna Barnes: un destino Sep 14, 2025
  • August 2025
    • Aug 3, 2025 De la violencia y el olvido Aug 3, 2025
  • July 2025
    • Jul 24, 2025 Tántalo, del deseo insaciable Jul 24, 2025
    • Jul 15, 2025 De razas, apariencia, discriminación y desprecio social Jul 15, 2025
    • Jul 7, 2025 La piedad, de ayer y de hoy Jul 7, 2025
  • June 2025
    • Jun 23, 2025 El país: historial de sueño y pesadilla Jun 23, 2025
    • Jun 3, 2025 Ser de izquierda. Y eso, ¿qué diablos es? Jun 3, 2025
  • May 2025
    • May 19, 2025 Página del diario. Caos, signo de nuestro tiempo May 19, 2025
    • May 5, 2025 Insignificancia del Mal May 5, 2025
  • April 2025
    • Apr 17, 2025 De MVL e izquierdas y derechas Apr 17, 2025
    • Apr 5, 2025 De la pasión por los diarios Apr 5, 2025
  • March 2025
    • Mar 27, 2025 De la dificultad de ser distinto Mar 27, 2025
    • Mar 2, 2025 De la ansiedad al sectarismo Mar 2, 2025
  • February 2025
    • Feb 7, 2025 Robert Tsuovas (De mis Biografías Clandestinas aún inéditas) Feb 7, 2025
  • January 2025
    • Jan 28, 2025 Auschwitz, ¿hablamos de lo humano? Jan 28, 2025
    • Jan 7, 2025 Ninguneo Jan 7, 2025
  • December 2024
    • Dec 28, 2024 Legado de Alfonso Reyes. A 65 años de su fallecimiento Dec 28, 2024
    • Dec 20, 2024 La gran dignidad de Gisèle Pelicot Dec 20, 2024
    • Dec 10, 2024 Siria: su fatalidad ancestral Dec 10, 2024
  • November 2024
    • Nov 21, 2024 Alfonso Reyes, su cortesía Nov 21, 2024
    • Nov 8, 2024 Santa Muerte Nov 8, 2024
  • October 2024
    • Oct 30, 2024 Pobre, muy pobre democracia Oct 30, 2024
    • Oct 10, 2024 Sin modelo de país Oct 10, 2024
  • September 2024
    • Sep 26, 2024 El estigma de Emma Bovary Sep 26, 2024
    • Sep 11, 2024 Las Torres: el atentado del siglo Sep 11, 2024
    • Sep 4, 2024 Pliar Donoso. El riesgo de los diarios Sep 4, 2024
  • August 2024
    • Aug 20, 2024 Escribir sobre el padre: nueva tendencia Aug 20, 2024
    • Aug 7, 2024 Medio siglo sin Rosario Castellanos Aug 7, 2024
  • July 2024
    • Jul 25, 2024 Diarios. Otra vez los espejos Jul 25, 2024
    • Jul 13, 2024 La sociedad y sus letras Jul 13, 2024
  • June 2024
    • Jun 17, 2024 Del Padre/padre Jun 17, 2024
  • May 2024
    • May 30, 2024 Malas decisiones May 30, 2024
    • May 14, 2024 El tiempo del desprecio. Herencia innombrable May 14, 2024
  • April 2024
    • Apr 24, 2024 Del libro y la memoria Apr 24, 2024
    • Apr 2, 2024 Memoria y tatuajes en el alma Apr 2, 2024
  • March 2024
    • Mar 16, 2024 Entrevistas ficticias Mar 16, 2024
  • February 2024
    • Feb 29, 2024 Truman Capote, el siempre vivo Feb 29, 2024
    • Feb 13, 2024 Menopausia, el tsunami Feb 13, 2024
    • Feb 1, 2024 El arte no paga facturas; el saber tampoco Feb 1, 2024
  • January 2024
    • Jan 25, 2024 De la memoria. Bibliotecas Jan 25, 2024
    • Jan 12, 2024 Sobre las malas relaciones Jan 12, 2024
    • Jan 3, 2024 Del diario y la memoria Jan 3, 2024
  • December 2023
    • Dec 18, 2023 ADIÓS MARIO. ADIÓS BOOM Dec 18, 2023
    • Dec 7, 2023 Otra vez vencidos: no leer, no contar… Dec 7, 2023
    • Dec 1, 2023 Raro, ¿no? Eso de ser  mujer por estos rumbos Dec 1, 2023
  • November 2023
    • Nov 11, 2023 Veleidad de los premios Nov 11, 2023
  • October 2023
    • Oct 31, 2023 Acapulco, la puntiilla Oct 31, 2023
    • Oct 10, 2023 COVID. Pasos en la azotea y confesión obligada Oct 10, 2023
    • Oct 2, 2023 Página del diario. De sueños prestados Oct 2, 2023
  • September 2023
    • Sep 11, 2023 Javier Marías, un carácter Sep 11, 2023
  • August 2023
    • Aug 31, 2023 El Mal en tiempos del desprecio Aug 31, 2023
    • Aug 14, 2023 Ser lector (a): una pasión Aug 14, 2023
  • July 2023
    • Jul 31, 2023 El madruguete Jul 31, 2023
    • Jul 19, 2023 Página del diario. “Lo correcto es largarse” Jul 19, 2023
    • Jul 4, 2023 La atracción del Mal Jul 4, 2023
  • June 2023
    • Jun 21, 2023 Ya no se espera a los bárbaros Jun 21, 2023
    • Jun 9, 2023 Elegir. Lo que queda después del libro Jun 9, 2023
  • May 2023
    • May 30, 2023 Memoria infiel. De la cuna a la tumba May 30, 2023
    • May 19, 2023 Envejecer May 19, 2023
    • May 8, 2023 Maestros, ¿maestros? May 8, 2023
    • May 1, 2023 Príamo. El dolor del vencido May 1, 2023
  • April 2023
    • Apr 8, 2023 De viudas y herederos Apr 8, 2023
  • March 2023
    • Mar 29, 2023 Calcinados en las puertas del infierno Mar 29, 2023
    • Mar 14, 2023 No soy yo, tampoco el otro Mar 14, 2023
    • Mar 5, 2023 Feminismos, espejo de lo real Mar 5, 2023
  • February 2023
    • Feb 16, 2023 Haití y el síndrome del vencido Feb 16, 2023
    • Feb 6, 2023 Ricardo Garibay, escalpelo en ristre, 4 Feb 6, 2023
    • Feb 1, 2023 Ricardo Garibay, escalpelo en ristre, 3 Feb 1, 2023
  • January 2023
    • Jan 27, 2023 Ricardo Garibay, escalpelo en ristre, 2 Jan 27, 2023
    • Jan 24, 2023 Ricardo Garibay. Escalpelo en ristre, I Jan 24, 2023
    • Jan 18, 2023 Those were (are) the days Jan 18, 2023
    • Jan 4, 2023 Pasiones seniles Jan 4, 2023
  • December 2022
    • Dec 20, 2022 Larga sombra del Maximato Dec 20, 2022
    • Dec 1, 2022 Alfonso Reyes: el perfil del hombre Dec 1, 2022
  • November 2022
    • Nov 19, 2022 Proust: conversar con los difuntos Nov 19, 2022
    • Nov 7, 2022 Memoria y escritura Nov 7, 2022
  • October 2022
    • Oct 25, 2022 De la memoria y la carta de un difunto Oct 25, 2022
    • Oct 9, 2022 Lo de hoy: profanar el lenguaje Oct 9, 2022
  • September 2022
    • Sep 21, 2022 Sep 21, 2022
    • Sep 8, 2022 A propósito de Vila-Matas Sep 8, 2022
  • August 2022
    • Aug 20, 2022 Del diario: la posteridad y la fama Aug 20, 2022
    • Aug 4, 2022 El dolor de Virginia Aug 4, 2022
  • July 2022
    • Jul 19, 2022 Memoria y olvido Jul 19, 2022
    • Jul 10, 2022 Mediocridad como mérito Jul 10, 2022
  • June 2022
    • Jun 30, 2022 Con las manecillas al revés Jun 30, 2022
    • Jun 12, 2022 De la belleza de la imperfección Jun 12, 2022
    • Jun 3, 2022 De mujeres, hoy: escribir como sea, de lo que sea Jun 3, 2022
  • May 2022
    • May 24, 2022 Diarios perdidos May 24, 2022
    • May 11, 2022 Atrapada por los selfies May 11, 2022
  • April 2022
    • Apr 21, 2022 No se nace Grinch, lo hacen Apr 21, 2022
    • Apr 5, 2022 De mis diarios. Fidel, otra mirada Apr 5, 2022
  • March 2022
    • Mar 24, 2022 El escritor y la edad Mar 24, 2022
    • Mar 7, 2022 Marginadas desde la Colonia: espejo de la verdad Mar 7, 2022
  • February 2022
    • Feb 22, 2022 Nuevos tiempos oscuros Feb 22, 2022
    • Feb 8, 2022 A propósito del infierno Feb 8, 2022
  • January 2022
    • Jan 25, 2022 Decir no o dejarse caer Jan 25, 2022
    • Jan 10, 2022 Meditación sobre la tontería Jan 10, 2022
    • Jan 2, 2022 Olvido e ignorancia: misma desventura Jan 2, 2022
  • December 2021
    • Dec 15, 2021 Del Kîs que escribe en mi memoria Dec 15, 2021
    • Dec 7, 2021 Jimena Canales: historiar para cambiar la historia Dec 7, 2021
  • November 2021
    • Nov 17, 2021 Mi pesadilla, nuestro infierno Nov 17, 2021
  • October 2021
    • Oct 24, 2021 Los muertos. El otro relato, 1 Oct 24, 2021
    • Oct 12, 2021 Página del diario. Idea del desprecio Oct 12, 2021
    • Oct 1, 2021 Cuando me da por pensar en Lobo Antunes Oct 1, 2021
  • September 2021
    • Sep 23, 2021 Ironías de la historia: seguimos nepantla Sep 23, 2021
    • Sep 13, 2021 Lo feo. Su falsa reivindicación Sep 13, 2021
    • Sep 4, 2021 Del huésped incómodo y sus obsequiosos anfitriones Sep 4, 2021
  • August 2021
    • Aug 21, 2021 Velocidad: la tentación del abismo Aug 21, 2021
    • Aug 7, 2021 El zoquete por venir Aug 7, 2021
  • July 2021
    • Jul 21, 2021 Añoro la risa Jul 21, 2021
    • Jul 5, 2021 Más de esperpentos y tiranos Jul 5, 2021
  • June 2021
    • Jun 21, 2021 Las palabras, esos espejos... Jun 21, 2021
    • Jun 3, 2021 Mme. Bovary y yo Jun 3, 2021
  • May 2021
    • May 24, 2021 México entre vacunas May 24, 2021
    • May 14, 2021 De la Biblioteca de Alejandría y otras pasiones May 14, 2021
  • April 2021
    • Apr 29, 2021 Recordar, otra vez: de las madres de ayer Apr 29, 2021
    • Apr 12, 2021 Alaíde Foppa. Su signo trágico Apr 12, 2021
    • Apr 3, 2021 De mis diarios. Más de memoria Apr 3, 2021
  • March 2021
    • Mar 29, 2021 Retorno a los años oscuros Mar 29, 2021
    • Mar 21, 2021 De los días de "prende el radio" Mar 21, 2021
    • Mar 14, 2021 Metamir: mirar lo oculto Mar 14, 2021
    • Mar 1, 2021 Hipocresía y violaciones sexuales Mar 1, 2021
  • February 2021
    • Feb 20, 2021 De la memoria, esa incansable Feb 20, 2021
    • Feb 13, 2021 Del poder y los locos Feb 13, 2021
    • Feb 7, 2021 El libro: pasión de minorías Feb 7, 2021
  • January 2021
    • Jan 30, 2021 La magia del Cid campeador Jan 30, 2021
    • Jan 22, 2021 Contracultura y fracaso educativo Jan 22, 2021
    • Jan 12, 2021 Un mundo poscovid Jan 12, 2021
  • December 2020
    • Dec 31, 2020 Madre piedad: una deuda de amor Dec 31, 2020
    • Dec 19, 2020 Un tiempo raro Dec 19, 2020
    • Dec 9, 2020 Meditación sobre la tristeza de nuestros días Dec 9, 2020
  • November 2020
    • Nov 23, 2020 Página del diario. El virus del desasosiego Nov 23, 2020
    • Nov 14, 2020 José Revueltas, peldaño de la denuncia* Nov 14, 2020
  • October 2020
    • Oct 29, 2020 De mis diarios. Entre toros y Covid-19 Oct 29, 2020
    • Oct 10, 2020 Página del diario. Alfabetos soñados Oct 10, 2020
    • Oct 1, 2020 1968: memoria imperfecta Oct 1, 2020
  • September 2020
    • Sep 12, 2020 Los diarios: su fondo misterioso Sep 12, 2020
    • Sep 4, 2020 Fernando VII. Realidad que supera la ficción Sep 4, 2020
  • August 2020
    • Aug 20, 2020 Nuestra deuda con Agustín Millares Carlo Aug 20, 2020
    • Aug 13, 2020 Alfonso Reyes, otra mirada Aug 13, 2020
    • Aug 1, 2020 Esther, un alma errante Aug 1, 2020
  • July 2020
    • Jul 19, 2020 Lo mexicano: La vida no vale nada Jul 19, 2020
  • June 2020
    • Jun 25, 2020 Memoria de un cleptómano Jun 25, 2020
    • Jun 12, 2020 Sobre el arte de la biografía Jun 12, 2020
  • May 2020
    • May 26, 2020 De la enfermedad, el sueño y los dioses May 26, 2020
    • May 17, 2020 Fragmento de autobiografía inédita May 17, 2020
    • May 7, 2020 Confinamiento y silencio. Página del diario May 7, 2020
  • April 2020
    • Apr 22, 2020 María Zambrano. Palabras del regreso Apr 22, 2020
    • Apr 18, 2020 A propósito del FONCA Apr 18, 2020
    • Apr 9, 2020 Página del diario. A propósito de Alberti Apr 9, 2020
    • Apr 1, 2020 Otra caverna, mismas sombras Apr 1, 2020
  • March 2020
    • Mar 17, 2020 Escenas medievales Mar 17, 2020
  • February 2020
    • Feb 29, 2020 La confesión. Página del diario Feb 29, 2020
    • Feb 17, 2020 Me acuerdo, me acuerdo Feb 17, 2020
    • Feb 4, 2020 Kafka, a la vuelta de la esquina Feb 4, 2020
  • January 2020
    • Jan 27, 2020 De mis diarios: Auschwitz y Trzebini Jan 27, 2020
    • Jan 14, 2020 De mis diarios. Conferencias Jan 14, 2020
    • Jan 7, 2020 84, Charing Cross Road Jan 7, 2020
  • December 2019
    • Dec 28, 2019 Gobernantes a la baja Dec 28, 2019
    • Dec 18, 2019 De mis diarios. Egos monumentales Dec 18, 2019
    • Dec 9, 2019 Los huesos de Montaigne Dec 9, 2019
  • November 2019
    • Nov 15, 2019 De mis diarios. Deleites perdidos Nov 15, 2019
    • Nov 9, 2019 De mis diarios. Lo que el Muro derrumbó Nov 9, 2019
  • October 2019
    • Oct 18, 2019 Judía y mujer: una cabeza incómoda Oct 18, 2019
    • Oct 11, 2019 Memoria. De mis diarios Oct 11, 2019
  • September 2019
    • Sep 26, 2019 De libros y Los creadores Sep 26, 2019
    • Sep 16, 2019 La mediocracia, una pandemia Sep 16, 2019
  • August 2019
    • Aug 29, 2019 De mis diarios. Con Elizondo en el CME Aug 29, 2019
    • Aug 22, 2019 Narciso, otro símbolo de Borges Aug 22, 2019
    • Aug 2, 2019 Sobre La otra vida de Daniel Aug 2, 2019
  • July 2019
    • Jul 23, 2019 Esta curiosa pasión por las letras Jul 23, 2019
    • Jul 12, 2019 Primer recuerdo. Página del diario Jul 12, 2019
    • Jul 2, 2019 Vasconcelos: un antihéroe consagrado* Jul 2, 2019
  • June 2019
    • Jun 22, 2019 Cultura, un privilegio. ¡Claro que sí! Jun 22, 2019
    • Jun 7, 2019 Noa Pothoven. Del pene y la llaga Jun 7, 2019
  • May 2019
    • May 31, 2019 Larga noche oscura May 31, 2019
    • May 10, 2019 Museo de la Mujer May 10, 2019
    • May 2, 2019 De mi ficción verdadera May 2, 2019
  • April 2019
    • Apr 25, 2019 Lo sagrado y las urbes Apr 25, 2019
    • Apr 16, 2019 Apr 16, 2019
    • Apr 8, 2019 De mis diarios. La maldición de la culebra Apr 8, 2019
    • Apr 1, 2019 Reinvención del pasado Apr 1, 2019
  • March 2019
    • Mar 22, 2019 Sin máscaras. Resentimiento social Mar 22, 2019
    • Mar 15, 2019 Entrevista sobre Los pasos del héroe Mar 15, 2019
    • Mar 7, 2019 De la dificultad de ser mujer donde todo lo impide Mar 7, 2019
  • February 2019
    • Feb 26, 2019 Sin metis, solo mediocridad Feb 26, 2019
    • Feb 19, 2019 Páginas del diario. La mirada del otro Feb 19, 2019
    • Feb 12, 2019 Populismo para el hombre-masa Feb 12, 2019
    • Feb 5, 2019 Ni los dictadores son lo que eran Feb 5, 2019
  • January 2019
    • Jan 29, 2019 Saldos de enero y el fin del asombro Jan 29, 2019
    • Jan 20, 2019 La palabra y las libertades Jan 20, 2019
    • Jan 9, 2019 Yourcenar, otra vez: De la verdad y lo bello Jan 9, 2019
    • Jan 1, 2019 Izquierdas personalizadas Jan 1, 2019
  • December 2018
    • Dec 15, 2018 La memoria y su relato. Fragmento autobiográfico. Dec 15, 2018
    • Dec 10, 2018 Meditación frente al Xipe Tótec Dec 10, 2018
  • November 2018
    • Nov 30, 2018 ¿Otra sociedad? ¡Educar a la mujer! Nov 30, 2018
    • Nov 19, 2018 Soledad Nov 19, 2018
    • Nov 9, 2018 Y el Muro cae... Un capítulo de mi autobiografía inédita Nov 9, 2018
    • Nov 3, 2018 Mirar el mundo. Vivir es de bravos Nov 3, 2018
  • October 2018
    • Oct 21, 2018 La inmigración en masa Oct 21, 2018
    • Oct 11, 2018 Desvivirse Oct 11, 2018
    • Oct 4, 2018 Dolor Oct 4, 2018
  • September 2018
    • Sep 21, 2018 Djuna Barnes, 2 Sep 21, 2018
    • Sep 13, 2018 Djuna Barnes, 1 Sep 13, 2018
    • Sep 8, 2018 Desde la UNAM, otra vez la advertencia Sep 8, 2018
  • August 2018
    • Aug 30, 2018 Mujer en tiempos sin género (o de muchos géneros) Aug 30, 2018
    • Aug 17, 2018 1968, tan lejos y tan cerca Aug 17, 2018
    • Aug 10, 2018 Tropezar con las mismas piedras Aug 10, 2018
    • Aug 2, 2018 Literatura: escalpelo del drama humano Aug 2, 2018
  • July 2018
    • Jul 19, 2018 Sin educación: el infierno tan temido Jul 19, 2018
    • Jul 13, 2018 Carlos Fuentes: el demonio de la prisa Jul 13, 2018
    • Jul 5, 2018 Vida y literatura: un viaje extraño Jul 5, 2018
  • June 2018
    • Jun 21, 2018 Pasión por la lectura Jun 21, 2018
    • Jun 8, 2018 Páginas del diario. El Sistema redivivo Jun 8, 2018
  • May 2018
    • May 31, 2018 El huevo de la serpiente May 31, 2018
    • May 24, 2018 Fin de la máscara, hora del esperpento May 24, 2018
    • May 10, 2018 Páginas del diario. Insomnio y memoria May 10, 2018
    • May 7, 2018 Video/ entrevista. Culpas viejas, Mujeres nuevas May 7, 2018
    • May 4, 2018 Lou Andreas-Salomé May 4, 2018
  • April 2018
    • Apr 26, 2018 La pura verdad: Sin justicia no hay Estado Apr 26, 2018
    • Apr 19, 2018 Del machismo y sus miserias Apr 19, 2018
    • Apr 5, 2018 Del ITAM y otros prejuicios Apr 5, 2018
  • March 2018
    • Mar 29, 2018 Ni peras ni olmo ni escritura que nos nombre Mar 29, 2018
    • Mar 26, 2018 Quedarse nepantla, así los Boomers Mar 26, 2018
    • Mar 17, 2018 Sin cultura, sólo degradación Mar 17, 2018
    • Mar 16, 2018 Córdoba en la memoria. Dios en la tierra Mar 16, 2018
    • Mar 3, 2018 Abelardo y Eloísa: una tragedia medieval Mar 3, 2018
  • February 2018
    • Feb 25, 2018 Parejas extraordinarias. Abelardo y Eloísa, I Feb 25, 2018
    • Feb 8, 2018 Lolita: mito y realismo puro Feb 8, 2018
    • Feb 1, 2018 António Lobo Antunes en mis diarios Feb 1, 2018
  • January 2018
    • Jan 25, 2018 De aquellos días y de hoy Jan 25, 2018
    • Jan 18, 2018 El descenso de México Jan 18, 2018
    • Jan 11, 2018 De la enfermedad y los doctores Jan 11, 2018
  • December 2017
    • Dec 28, 2017 De amores y errores Dec 28, 2017
    • Dec 21, 2017 De mis diarios. Alexandra David-Néel Dec 21, 2017
    • Dec 14, 2017 De mis diarios y Sir Richard Francis Burton Dec 14, 2017
    • Dec 9, 2017 Fanatismo o milagro Dec 9, 2017
  • November 2017
    • Nov 30, 2017 Nuestra ciudad, un infierno Nov 30, 2017
    • Nov 17, 2017 Romance del Moro (Cuento) Nov 17, 2017
    • Nov 9, 2017 Silencio Nov 9, 2017
    • Nov 2, 2017 La ceguera de los que quieren perder Nov 2, 2017
  • October 2017
    • Oct 26, 2017 Eco y Narciso Oct 26, 2017
    • Oct 19, 2017 Machismo y abuso sexual Oct 19, 2017
    • Oct 12, 2017 Parejas extraordinarias. Hannah Arendt y Martin Heidegger, II Oct 12, 2017
    • Oct 5, 2017 Parejas extraordinarias. Hannah Arendt y Martin Heidegger, I Oct 5, 2017
  • September 2017
    • Sep 28, 2017 El día después Sep 28, 2017
    • Sep 21, 2017 La ira de los dioses Sep 21, 2017
    • Sep 14, 2017 Tiembla, duele, llora la patria Sep 14, 2017
    • Sep 7, 2017 Desencanto y mentira social Sep 7, 2017
  • August 2017
    • Aug 24, 2017 Alberto Manguel, otra vez Aug 24, 2017
    • Aug 18, 2017 Mundo de ayer y de hoy Aug 18, 2017
    • Aug 10, 2017 Dalí, surrealista inagotable Aug 10, 2017
    • Aug 3, 2017 Miguel León-Portilla: otra mirada Aug 3, 2017
  • July 2017
    • Jul 27, 2017 Culebras, ratas y caníbales Jul 27, 2017
    • Jul 20, 2017 Shambhala o Shangri-la Jul 20, 2017
    • Jul 13, 2017 ¿Burlas y corruptelas? Democracia, no hay más Jul 13, 2017
    • Jul 6, 2017 Idea del destino Jul 6, 2017
  • June 2017
    • Jun 29, 2017 Del habla y memoria del sistema, II Jun 29, 2017
    • Jun 22, 2017 Lenguaje del sistema. Su pequeña eternidad, I Jun 22, 2017
    • Jun 16, 2017 Redes sociales, espejo de nuestro ánimo Jun 16, 2017
    • Jun 8, 2017 Carlota, su cetro envenenado Jun 8, 2017
    • Jun 1, 2017 Plaza Comercial Artz Pedregal: Otra arbitrariedad Jun 1, 2017
  • May 2017
    • May 25, 2017 Embarazos de adolescentes May 25, 2017
    • May 18, 2017 De la abyección a la infamia May 18, 2017
    • May 5, 2017 Del mito de la caverna May 5, 2017
  • April 2017
    • Apr 28, 2017 Mucha gente. Poco mundo Apr 28, 2017
    • Apr 20, 2017 Del uno y del otro méxicos Apr 20, 2017
    • Apr 13, 2017 Idea del mal Apr 13, 2017
  • March 2017
    • Mar 30, 2017 Marcel Schwob: la obra perfecta Mar 30, 2017
    • Mar 23, 2017 ¿Cómo llegamos a esto? Mar 23, 2017
    • Mar 16, 2017 Actualidad de los mitos Mar 16, 2017
    • Mar 9, 2017 Del polvo y la memoria. Juan Rulfo, 2 Mar 9, 2017
    • Mar 2, 2017 Del polvo y la memoria. Juan Rulfo, 1 Mar 2, 2017
  • February 2017
    • Feb 23, 2017 Feminismo, en la nave va Feb 23, 2017
    • Feb 16, 2017 (In) cultura en tiempos del Bad Hombre Feb 16, 2017
    • Feb 2, 2017 La Gorgona, su reality show Feb 2, 2017
  • January 2017
    • Jan 27, 2017 México, chivo expiatorio Jan 27, 2017
    • Jan 26, 2017 Bienvenida a mi bibliografía Jan 26, 2017
    • Jan 19, 2017 Llegó el lobo Jan 19, 2017
    • Jan 12, 2017 Ave Fénix Jan 12, 2017
    • Jan 5, 2017 Malos signos Jan 5, 2017
  • December 2016
    • Dec 15, 2016 De fiesta con Rubí Dec 15, 2016
    • Dec 8, 2016 Intelectuales y Fidel, II. El Gabo, amigos por siempre Dec 8, 2016
    • Dec 1, 2016 Intelectuales y Fidel. Fin del idilio, I Dec 1, 2016
  • November 2016
    • Nov 25, 2016 Ablación genital femenina Nov 25, 2016
    • Nov 18, 2016 Plan B. Actuar sin miedo Nov 18, 2016
    • Nov 11, 2016 Malos tiempos, grandes retos Nov 11, 2016
    • Nov 3, 2016 Parejas extraordinarias. Will y Ariel Durant Nov 3, 2016
  • October 2016
    • Oct 21, 2016 El futuro no es lo que era Oct 21, 2016
    • Oct 13, 2016 De la hispanidad y la red de agujeros Oct 13, 2016
    • Oct 7, 2016 Con Kafka, ¿a dónde huir? Oct 7, 2016
  • September 2016
    • Sep 30, 2016 Señor Presidente: aquí mi piedra Sep 30, 2016
    • Sep 23, 2016 Cultura del descenso Sep 23, 2016
    • Sep 16, 2016 Símbolo de Hidalgo: La patria sin cabeza Sep 16, 2016
    • Sep 9, 2016 El síndrome de Bartleby Sep 9, 2016
    • Sep 3, 2016 Kawabata: arte puro Sep 3, 2016
  • August 2016
    • Aug 25, 2016 Presidente sin suerte Aug 25, 2016
    • Aug 18, 2016 El mal, ese misterio Aug 18, 2016
    • Aug 11, 2016 Narcocultura de arriba abajo Aug 11, 2016
    • Aug 5, 2016 Familia en extinción Aug 5, 2016
  • July 2016
    • Jul 29, 2016 La caída: desintegración social Jul 29, 2016
    • Jul 22, 2016 Noticias del infierno Jul 22, 2016
    • Jul 14, 2016 Angry Young Men Jul 14, 2016
    • Jul 8, 2016 Más polis y menos poder Jul 8, 2016
  • June 2016
    • Jun 23, 2016 De la SEP y su memorial de derrotas Jun 23, 2016
    • Jun 16, 2016 La eternidad Jun 16, 2016
    • Jun 9, 2016 Alternancia no es democracia Jun 9, 2016
    • Jun 2, 2016 Biografías clandestinas. Un hombre del sistema Jun 2, 2016
  • May 2016
    • May 21, 2016 En Londres, otra vez May 21, 2016
    • May 13, 2016 Binomio mexicano: injusticia y violencia May 13, 2016
    • May 4, 2016 Yoísmo y humanidad residual May 4, 2016
  • April 2016
    • Apr 22, 2016 El Quijote en la cueva de Montesinos[1] Apr 22, 2016
    • Apr 14, 2016 Fuera de lugar Apr 14, 2016
    • Apr 8, 2016 Caos, neblumo y la pura verdad Apr 8, 2016
    • Apr 1, 2016 Mismo laberinto: de la soledad al delito Apr 1, 2016
  • March 2016
    • Mar 25, 2016 Lo sagrado en Benarés Mar 25, 2016
    • Mar 18, 2016 De bribones y guaruras Mar 18, 2016
    • Mar 11, 2016 México: el estigma de su derrota Mar 11, 2016
    • Mar 4, 2016 La UNAM, su nudo gordiano Mar 4, 2016
  • February 2016
    • Feb 26, 2016 Del festín, Dinesen y Babette Feb 26, 2016
    • Feb 18, 2016 Los signos y el Papa Feb 18, 2016
    • Feb 12, 2016 Mutilación genital femenina Feb 12, 2016
    • Feb 5, 2016 De esperpentos y tiranos, 2 Feb 5, 2016
  • January 2016
    • Jan 29, 2016 De esperpentos y tiranos, 1 Jan 29, 2016
    • Jan 22, 2016 El malecón de Tajamar: otra bofetada Jan 22, 2016
    • Jan 15, 2016 Comedia de sangre y vergüenza Jan 15, 2016
    • Jan 7, 2016 El Quijote en la cueva de Montesinos Jan 7, 2016
  • December 2015
    • Dec 18, 2015 ¿Reforma educativa? Dec 18, 2015
    • Dec 11, 2015 Del secreto Japón confesional Dec 11, 2015
    • Dec 4, 2015 Pablo Neruda Dec 4, 2015
  • November 2015
    • Nov 27, 2015 De mujeres y violencia, otra vez Nov 27, 2015
    • Nov 20, 2015 INCERTIDUMBRE ARMADA Nov 20, 2015
    • Nov 13, 2015 ADRIANO: UN SUEÑO CREADO Nov 13, 2015
    • Nov 6, 2015 Marguerite Yourcenar: Toda sabiduría es paciencia Nov 6, 2015
  • October 2015
    • Oct 22, 2015 El México del horror Oct 22, 2015
    • Oct 16, 2015 Autobiografía Oct 16, 2015
    • Oct 9, 2015 El símbolo del muro Oct 9, 2015
    • Oct 2, 2015 Crónicas oscuras, 2 Robert Tsuovas Oct 2, 2015
  • September 2015
    • Sep 25, 2015 Crónicas oscuras. Muñecos sexuales. Sep 25, 2015
    • Sep 18, 2015 Migraciones: acicate del cambio Sep 18, 2015
    • Sep 11, 2015 Robo Sep 11, 2015
  • August 2015
    • Aug 28, 2015 Siempre Rulfo, siempre entre los muertos Aug 28, 2015
    • Aug 21, 2015 Alberto Manguel Aug 21, 2015
    • Aug 14, 2015 Burocracia cultural Aug 14, 2015
    • Aug 7, 2015 VIVIR EN TIEMPOS HORRIBLES Aug 7, 2015
  • July 2015
    • Jul 31, 2015 Más consumo y menos mundo Jul 31, 2015
    • Jul 24, 2015 IGNORANCIA Y BARULLO Jul 24, 2015
    • Jul 17, 2015 RELEYENDO A PAZ Jul 17, 2015
    • Jul 10, 2015 COLECCIONISTA Jul 10, 2015
    • Jul 3, 2015 Del poder y la cultura Jul 3, 2015
  • June 2015
    • Jun 26, 2015 Bosque pintado de Oma Jun 26, 2015
    • Jun 19, 2015 Escritores y genialidades: Un deslinde Jun 19, 2015
    • Jun 12, 2015 El mundo bajo los párpados Jun 12, 2015
    • Jun 5, 2015 Maestros: El pasado nos alcanza Jun 5, 2015
  • May 2015
    • May 29, 2015 El otro es el culpabl May 29, 2015
    • May 22, 2015 Crier au loup May 22, 2015
    • May 15, 2015 (In) decencia de Marcelo May 15, 2015
    • May 1, 2015 El lenguaje es el mensaje May 1, 2015
  • April 2015
    • Apr 23, 2015 La otra verdad: niños y adolescentes Apr 23, 2015
    • Apr 17, 2015 Dulcinea, éste es gallo Apr 17, 2015
    • Apr 9, 2015 Advertencias desatendidas Apr 9, 2015
    • Apr 2, 2015 Enojo y desconfianza: la obra del sistema Apr 2, 2015
  • March 2015
    • Mar 27, 2015 Don Quijote: El esqueleto de un sueño, 2 Mar 27, 2015
    • Mar 20, 2015 Don Quijote: El esqueleto de un sueño, 1 Mar 20, 2015
    • Mar 13, 2015 Teresa de Jesús Mar 13, 2015
    • Mar 5, 2015 Crónica del cambio, 5 En el mismo barco Mar 5, 2015
  • February 2015
    • Feb 27, 2015 Mexicanización Feb 27, 2015
    • Feb 19, 2015 Crónica del cambio, 4 Feb 19, 2015
    • Feb 12, 2015 Crónica del cambio, 3 Feb 12, 2015
    • Feb 6, 2015 Crónica del cambio, 2 Feb 6, 2015
  • January 2015
    • Jan 30, 2015 Crónica del cambio, 1 Jan 30, 2015
    • Jan 23, 2015 Intolerancia y libertad Jan 23, 2015
    • Jan 16, 2015 ¿Merecemos esto los mexicanos? Jan 16, 2015
    • Jan 9, 2015 Julio Scherer Jan 9, 2015
    • Jan 2, 2015 Annus Horribilis Jan 2, 2015
  • December 2014
    • Dec 19, 2014 Belisario Domínguez: Memoria oportuna Dec 19, 2014
    • Dec 12, 2014 En pos del milagro Dec 12, 2014
    • Dec 5, 2014 Oráculo de Delfos Dec 5, 2014
  • November 2014
    • Nov 28, 2014 José Revueltas: el último idealista Nov 28, 2014
    • Nov 21, 2014 Desobediencia civil Nov 21, 2014
    • Nov 14, 2014 Fin del sistema Nov 14, 2014
    • Nov 7, 2014 Pessoa: un mundo lleno de nombres Nov 7, 2014
  • October 2014
    • Oct 31, 2014 México en vilo Oct 31, 2014
    • Oct 24, 2014 Enlutadas, las madres se mueven Oct 24, 2014
    • Oct 17, 2014 El laberinto de la crisis Oct 17, 2014
    • Oct 10, 2014 Huitzilopochtli, hoy Oct 10, 2014
    • Oct 6, 2014 DIATRIBA Oct 6, 2014
    • Oct 3, 2014 50 años de Tláloc y el Museo Nacional de Antropología Oct 3, 2014
  • September 2014
    • Sep 26, 2014 Camino de Santiago, 2 Sep 26, 2014
    • Sep 18, 2014 Camino de Santiago, 1 Sep 18, 2014
    • Sep 11, 2014 Noticias del infierno Sep 11, 2014
    • Sep 5, 2014 Entrevista al hombre de la historia Sep 5, 2014
  • August 2014
    • Aug 29, 2014 Yerro del director del FCE Aug 29, 2014
    • Aug 22, 2014 De Gutenberg al blog: Pasión por la palabra Aug 22, 2014
    • Aug 14, 2014 Pachanga panista: advertencia oportuna Aug 14, 2014
    • Aug 8, 2014 Donjuanismo Aug 8, 2014
    • Aug 1, 2014 De la grilla y otras voces Aug 1, 2014
  • July 2014
    • Jul 25, 2014 La “Gran familia”: retrato social Jul 25, 2014
    • Jul 18, 2014 Del origen de las palabras: La Torre de Babel Jul 18, 2014
    • Jul 11, 2014 Analfabetos y el sistema Jul 11, 2014
    • Jul 4, 2014 Niños migrantes: víctimas de la injusticia Jul 4, 2014
  • June 2014
    • Jun 27, 2014 Detrás de las páginas Jun 27, 2014
    • Jun 20, 2014 Sixties… ¿Qué es eso? Jun 20, 2014
    • Jun 13, 2014 Francisco: con la Iglesia te has topado Jun 13, 2014
    • Jun 6, 2014 Clitemnestra Jun 6, 2014
  • May 2014
    • May 30, 2014 El último libro May 30, 2014
    • May 23, 2014 De seños, damitas y madrecitas May 23, 2014
    • May 16, 2014 Felicidad May 16, 2014
    • May 9, 2014 10 de mayo: de la memoria involuntaria May 9, 2014
    • May 2, 2014 De premios, distinciones y otras mañas May 2, 2014
  • April 2014
    • Apr 25, 2014 ¡Qué recuerdo! Una experiencia única Apr 25, 2014
    • Apr 18, 2014 Gabriel García Márquez* Apr 18, 2014
    • Apr 11, 2014 Una difunta singular Apr 11, 2014
    • Apr 4, 2014 Nuestras ciudades: moradas desamoradas Apr 4, 2014
  • March 2014
    • Mar 27, 2014 Paz en la cultura Mar 27, 2014
    • Mar 21, 2014 Misterios del amor Mar 21, 2014
    • Mar 14, 2014 El poder del Padre Mar 14, 2014
    • Mar 7, 2014 Parejas extraordinarias: Elena Garro y Octavio Paz Mar 7, 2014
  • February 2014
    • Feb 28, 2014 Parejas extraordinarias León y Sofía Tolstoi Feb 28, 2014
    • Feb 21, 2014 Mariposas negras Feb 21, 2014
    • Feb 14, 2014 Amistades líquidas Feb 14, 2014
    • Feb 7, 2014 La tristeza de un genio Feb 7, 2014
  • January 2014
    • Jan 30, 2014 EL CENTRO HISTÓRICO Y LA VERDAD DE MÉXICO Jan 30, 2014
    • Jan 21, 2014 Enero 21 Jan 21, 2014

Culpas viejas, mujeres nuevas. Entrevista. https://youtu.be/9go7A0-hmso

En Huellas de la Historia, con Francisco (Paco) Prieto y Blanca Loolbe, Alejandro el Grande. Los pasos del héroe”, Radio Red, México, https://podcasts.apple.com/mx/podcast/alejandro-magno/id1243780697?i=1000431633702

Entrevista sobre los pasos del héroe, lunes 11 de marzo, 2019, 2019, Fabián Vázquez y Rafael de la Lanza; Revista Gandhi Lee+

https://www.facebook.com/mascultura/videos/451974625342403/

“Del amor a las letras y otras pasiones” en Poéticas de las inteligencia, programa de radio coordinado por Patricia Galeana y Beatriz Saavedra. Conductora Lourdes Enríquez, IMER, CIUDADANA, 660 am, jueves 27 de agosto de 2020. https://www.mixcloud.com/MujeresalaTribuna/po%C3%A9ticas-de-la-inteligencia-del-amor-a-las-letras-y-otras-pasiones/

A partir de septiembre 2020, colaboraciones en La noche es joven, programa de radio de Enríque García Cuéllar, Tuxtla Gutiérrez, Chis.:

Octubre 2, https://www.facebook.com/MuseodelaMujerMexico/videos/325674728612136/

Octubre 10, Casandra en la mitología, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/362463818454782/

Octubre 16, Las migraciones en el mundo, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/2675104412742380/

2020

- https://www.facebook.com/757213191075830/videos/3443483862406877 , “intelectuales y poder”, programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Oct. 26, 2020.

- “Helenismo en Alfonso Reyes”, video conferencia organizada por la Sría de Cultura, el Dep. de Literatura del INBA y la Capilla Alfonsina. Con Javier Garcíadiego (director de la Capilla Alfonsina) y la traductora del griego Natalia Moroleón. Moderadora Beatriz Saavedra, Trasmitido en vivo por Facebook, noviembre 5, 2020. https://www.facebook.com/283189608464004/videos/654522281924283/

“Intelectuales, prensa y poder”, en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Nov. 6, 2020. https://www.facebook.com/757213191075830/videos/1034311790327823

“Mujeres y otras penas”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/286419819321195 en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., , Nov. 13, 2020

“Gobernar con sermones”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/815646722545743, Ibid., Nov. 27, 2020

“La amistad entre Alfonso Reyes y José Vasconcelos”, Capilla Alfonsina, con Javier García Diego y el dr. Hurtado, Capilla Alfonseca, junio 30 de 2021. https://www.facebook.com/watch/?v=357786745726168

 “Actualidad de Marguerite Yourcenar” , Julio 8 de 2021, en el programa La noche es jocen de Enrique García Cuéllar. https://www.facebook.com/100063493035749/videos/834712267158793


Debate 22, entrevista con Javier Aranda, Octubre 10, 2022, Canal 22. (https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=jl5UKjczBPPI52y91C_now&s=03)

https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=LNgpCJXplWwnHJVKfBU9EQ&s=08

“Las palabras, espejos de la vida”, conferencias, Noviembre 9, 16, 23 y 30 de 2023, Plataforma ZOOM, dos horas por semana, Instituto dde la Cultura y las Artes, Cancún, Quintana Roo. Disponibles en YouTube con este enlace: https://www.youtube.com/playlist?list=PLOOto7Tr4g7IWZRngC2m_3zwvuTIrqE4H

Agosto 7, 2024 A medio siglo del fallecimiento de Rosario Castellanos. Capilla Alfonsina. Coordinación Nacional de Literatura. Sigue en directo la charla especial en honor a Rosario Castellanos. Acompáñanos y explora su impacto en la literatura. Una oportunidad única para reflexionar sobre su legado. Participan: Martha...

www.facebook.com.

https://www.facebook.com/share/v/nw26bULtQ6sooEGs/?mibextid=jmPrMh

“Martha Robles”, entrevista de Beatriz Saavedra para el Diario de Madrid, Noviembre 27, 2024. Entrevista a Martha Robles - https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/critica-literaria/entrevista-martha-robles/20241127090423084011.html?utm_medium=social&utm_source=whatsapp&utm_campaign=share_button

https://www.facebook.com/share/p/1B5yZYd17r/

Enero 16 de 2025, Alfonso Reyes y el exilio, Ateneo Español de México, A.C

Powered by Squarespace