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Martha Robles

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Yourcenar, otra vez: De la verdad y lo bello

January 9, 2019 Martha Robles

Cómo se salvó Wang-Fo. elbarrionuevo.com

Enero avivó mi nostalgia del instante en que Marguerite Yourcenar me hizo partícipe de los misterios del ser. Primero tendió el puente hacia la noche. Dispuso después un lienzo con las claves del mundo y, dueña del arte de la palabra, me permitió ver por primera vez lo tantas veces visto sin ser mirado. Era el Hombre y lo mucho por descubrir, empezando por su drama existencial: no Alexis ni el imperial Adriano, sino un atormentado en el revés del poder; no el alquimista Zenón, sino el de la vida errante; no la vengadora, sino la trágica Clitemnestra y así más, hasta dar con la hija del peculiar cincuentón Michel-René Clenewerck de Crayencour, experta en un si no mostrarse en su Laberinto del mundo. Decisivas en mi vida y en mi formación, en sus obras disfruté la comunión entre escritora y lectora. A vuelta de páginas experimenté, en toda su plenitud, el milagro de la literatura.

Al tiempo diría Amos Oz a José Gordon que hay momentos pasajeros en que se caen las máscaras, y podemos vernos uno al otro. “Algunas veces a través de la literatura, algunas veces a través del amor, algunas veces a través de la curiosidad.” He frecuentado las tres vías. El prodigio de la comunión es como el rayo: estruendo fugaz, raya en el firmamento, deslumbramiento; y después, lámpara de luz en el alma.

Por su mansa intensidad supe que enero era ideal para recobrar sensaciones, recobrándome, en sus Cuentos orientales. Releí lo que he publicado  sobre Yourcenar y confirmé que una historia no tiene principio ni fin, solo estaciones que se anudan a golpes de vida. Quedé tentada a reescribir pasajes de mi ensayo sobre esta autora, incluido en mi libro Mujeres del siglo XX.   Reconocerla en el anciano pintor Wan-Fô me estremeció:  Que erraba por los caminos del reino de Han acompañado de su discípulo Ling. Durante la noche contemplaba los astros y en el día caminaba con lentitud para mirar las libélulas. Llevaba en su ojo la palabra esencial. Al nombrarla la convertía en trazo, en figura de luz y paisaje de fundación. Amaba la imagen de las cosas, no las cosas en sí, y ningún objeto le parecía digno de poseerse a no ser pinceles, tarros de laca y rollos de seda o papel de arroz, en cuya superficie cabían la bóveda celeste, montañas nevadas, ríos en primavera o la luna en verano.

Silencioso, descubrió la contemplación. Al alcanzar la vejez supo que la poesía subyace donde la mirada común no penetra y lo intocado y puro permanece. Él vislumbraba un rayo oblicuo, hendiduras que atesoraban matices, colores o sombras que desplegaban un mundo distinto al mundo ordinario. Abominaba lo aparente que empequeñece a los hombres hasta borrarlos. Como el taciturno artista que exploraba el gesto de los borrachos, Marguerite usaba el lenguaje como si el silencio fuera pared y las palabras colores destinados a embadurnarla. Representaba lo real e irreal, fiel a señales que pedían ser nombradas. Hilaba historias donde el paisaje era el alma y su pincel el Verbo.  En su fervor por lo sagrado relacionaba el principio y el fin.  Era alto su sentido de la creación: dar a luz, iluminar la tiniebla y la vida. Tal el portento del Verbo como recuento de olvidos.

Wang-Fô y Marguerite absorbían el esplendor y la sombra. Apuraban hasta el último aliento la geografía del espíritu y ella consagraba el lenguaje. Análoga al efecto que causaba el anciano, su luz proyectaba destellos magníficos en seres y objetos opacos. Mujeres borrosas, hombres que en soledad cavilaban sobre el destino, huellas del sufrimiento, la sorpresa que Fortuna reserva a quienes se prueban en el amor, en el desamor, en la esclavitud, en el poder o entre afanes de libertad: todo adquiría en sus páginas tonalidades vivificantes.

No que el avezado pintor ni la pluma sutil que lo recreó inventaran un mundo distinto al mundo de hormigas, pájaros, árboles u hombres y mujeres sumidos en la costumbre del ocaso y la aurora; es que los dos percibían el resplandor y el susurro. Calculaban la intensidad de una pausa o el sigilo abultado.  Afinaban la sutileza en la turbiedad: justo lo que depura la vista o el oído del verdadero artista. Inclinada como Wang-Fô al arte del retrato, ella soñaba con la figura ideal. Al descubrirla en la levedad de la joven esposa de Ling, el viejo pintor provocó que su vida se marchitara. También la escritora causaba reacciones insospechadas en sus lectores. Criatura frágil, creyente en los presagios, la muchacha murió frente al lienzo recién pintado. Su natural  supersticioso no resistió mirarse como hada entre las nubes del poniente, porque sabía que las hadas estaban reservadas a los muertos. Y Marguerite también congregaba símbolos, mitos y voces que distinguían al modelo. Elaboraba historias, relatos y poemas biográficos que resaltaban la esencia del ser en su lucha contra el misterio del tiempo. Esto transcurría durante procesos en los que sus personajes comenzaban con la agonía y concluían en la muerte. La memoria era lienzo y el pensamiento guía en etapas de penumbra y claridad.  Así homologaba trayectos equivalentes al embate  de la flor contra el viento: una de la sutilezas mejor logradas de Wang-Fô al significar el dolor tras la pérdida de un gran amor.

El anciano oriental subsistió gracias al comedimiento de Ling: un alma pura que, aun sin comprender la ventura de la creación, apreciaba lo sublime de su maestro. Así, en tanto el inexperto discípulo renunciaba al pasado para seguir por el reino de Han al artista cansado de una ciudad donde las caras ya no podían enseñarle ningún secreto de belleza o fealdad, Marguerite Yourcenar aceptó la amorosa y terrible solicitud de Grâce Frick para vagar libremente por donde pudiera rescatar su carga de olvidos.

La fama de Wang-Fô avanzó más rápidamente que sus pies. No tardó en convertirse en leyenda por la magia de sus pinceles.  Con ellos iba extrayendo la humedad de las lluvias, el temblor del rocío o el resplandor colorido que anticipaba el amanecer. Daba vida a sus temas con un último toque de color que añadía a los ojos de sus retratos. Los sacerdotes lo honraban como un sabio y el pueblo lo temía como a un brujo. Él se alegraba por suscitar controversias y aprovechaba el río de opiniones para estudiar gestos de gratitud, de miedo o veneración. Un día los agentes del poder imperial irrumpieron en su aislamiento. Acosado, el viejo intuyó que algo tremendo estaba por suceder. Cuando los soldados ataron sus manos para llevarlo frente al Hijo del Cielo, el anciano gastó sus últimos ratos de libertad para contemplar el leve rayo de luz que se atravesaba en su sombra. Parado frente al único ser cuya jerarquía obligaba a los súbditos a bajar la vista, advirtió que la perfección del silencio que reinaba en el palacio prohibido era tan sugerente como los colores y la sapiencia de los antepasados reales.

Su delito: hacerle creer al emperador que el reino de Han no era el más hermoso de los reinos; asimismo que él, aunque sentado en su trono de jade, tampoco era el emperador, sino una figura ensombrecida por retratos y paisajes extraídos de lados ignotos. Wang-Fô escuchó en voz del monarca el relato de cómo, desde su niñez, supo que el único imperio que valía la pena reinar era aquel donde penetraba el artista por el Camino de las Mil Curvas y los Diez Mil Colores. Un mundo irreal, al que llegó a aficionarse porque su padre reunió para él una colección de sus pinturas en la estancia más escondida de su palacio. “En aquellas salas me educaron a mí”, agregó lamentándose. En su presencia, los retratados nunca bajaban los ojos. Así lo obligaban a ser mirados. Agregó además el emperador que su padre dispuso una gran soledad a su alrededor para permitirle crecer. Y para evitarle las salpicaduras humanas, alejaron de él las agitadas olas de sus futuros súbditos.

A nadie se le permitía pasar ante su puerta, por miedo a que la sombra de cualquier hombre o mujer se extendiera hasta su cuerpo consagrado. Así descubrió que los colores pintados se reavivaban con el alba y palidecían con la caída del sol. Inspirado por el paisaje cambiante de Wang-Fô, el heredero imperial quiso conocer sus provincias. Empero, sacudido en su litera por los caminos de barro y piedras, nunca encontró jardines poblados con mujeres parecidas a las luciérnagas ni había belleza en los arrozales. Nada se parecía a la perfección de verdes y amarillos que se mecían por el prodigio de tan amados pinceles. Ni siquiera vio algo cercano al rojo granada con  que el artista pintaba la sangre de sus soldados muertos. Con desaliento comprobó que el arte nada tenía que ver con el charco pastoso bajo cuerpos putrefactos. “El mundo es un amasijo de manchas confusas”, le increpó al anciano sin contener su furia. “Sólo tú reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan.”

Y por haber logrado que el infeliz gobernante se asqueara de lo que poseía y deseara cuanto jamás podría poseer, decidió quemarle los ojos y cortarle las manos porque los primeros eran dos puertas mágicas que abrían su reino idílico, y las manos dos caminos divididos en diez bifurcaciones misteriosas. Wang-Fô corroboró hasta dónde podía ser odiado por hacerse amar. Sintió en su corazón que la muerte sellaba su búsqueda de perfección. Al verlo amenazado, saltó Ling contra el emperador y desenfundó su cuchillo en un acto de devoción. Amagado por los soldados, el valiente discípulo fue decapitado a los pies de Wang-Fô. El artista admiró la hermosa mancha escarlata que dejaba la sangre sobre el pavimento de piedra verde.

Antes que permitirle llorar, el Hijo del Cielo le ordenó reservar lo que le quedaba de luz para concluir una pintura que superara al resto de su gran colección. En ella consumaría su dolor. Le trajeron una compleja pintura que el artista no pudo concluir en su juventud, porque el paisaje reflejaba su frescura de alma. Entonces era inexperto. No habían descendido hasta sus pinceles el sufrimiento, el desaliento de la vejez ni la proximidad de la muerte. Al observarlo, Wang-Fô comprobó que si, al lienzo le faltaba impregnar tristeza en las piedras tendidas en los flancos desnudos del mar.

Absorto en su arte, tiñó de rosa el borde de una nube que se alejaba. Añadió unas pequeñas arrugas al mar para disminuir su serenidad. Suavizó el oleaje con trazos azules y blancos, mientras se iba mojando la superficie en la que estaba sentado. Delineó la frágil embarcación que apareció en un primer plano de aquel rollo de seda y, al ritmo de pinceladas extraídas del fondo del corazón, se oyó en el recinto el ruido acompasado de remos sobre las olas causadas por su visión. Unas gotas temblaban en el borde de la madera sostenida por el barquero. Reinaba el sigilo. Estupefactos, los testigos no atinaban si contemplar o moverse. Hacía tiempo que el hierro con el que  iban a quemarle los ojos se había apagado.  El agua cubría los hombros de los nobles y funcionarios que lo rodeaban. El silencio era tan profundo que podía oírse el caer de las lágrimas. El paisaje pintado cobraba vida, se adueñaba del universo y todo allí, en el cuarto del trono, se modificaba por el prodigio del genio. El pintor mojaba con seguridad y con prisa el pincel en la sangre del joven que poco a poco se iba espesando.

En la escena recién transformada el remero era Ling, en efecto, aunque luciendo una extraña bufanda roja en su cuello. Aproximándose a la orilla pintada, desde el lienzo el joven tendió la mano al maestro para ayudarlo a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba en el agua mientras el anciano observaba, tal y como le indicaba el discípulo, que había bastante mar en la seda para ahogar un imperio. Todos perecerán, alcanzó a decir Ling, “aunque el emperador conservará un poco de amargor marino en su corazón”. “Partamos, maestro, al país más allá de las olas.”

Wang-Fô se hizo del timón y Ling se inclinó sobre los remos. Su cadencia llenó de nuevo la estancia. En tanto y los dos se perdían en el lienzo, disminuía la humedad en el recinto imperial. Algunos charcos brillaban en el pavimento de jade. Disipados sus rostros, la barca, el surco y todo volvió a cerrarse sobre el mar inmóvil. Luego  desaparecieron los dos, borrados por la distancia, en aquel océano de jade que Wang-Fô pintó para ser absorbido por su obra maestra.

Yourcenar también creó su mar de jade, su barca y su espacio sagrado.  Discurrió  palabras distintas a las comunes para oídos de barro. Buscó la belleza y atinó con el hombre. Retrató ciertas vidas y encontró que el espíritu es el mar cambiante de las edades que concluye en la muerte. Leyó el tiempo como carta para navegar el espíritu. Eligió el penumbroso y solitario Maine para fusionarse al paisaje. Allí, en su mítica isla de los Montes Desiertos, encontró con Grâce Frick la naturaleza en su máxima desnudez y un santuario ideal para reinventar el pasado. Era una artista.

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Izquierdas personalizadas

January 1, 2019 Martha Robles

alainet.org

Tambaleamos sin brújula entre un fin incómodo y el principio redentor de a saber qué. El ánimo alterado me recuerda las décadas exageradas del Boom, cuando se despreciaba el pasado y se iluminaba el porvenir con la exigencia de derechos y libertades. Sin embargo, además del estallido creador en la música, las letras, el arte en general, la ecología y la ciencia e inclusive en la comida, protagonistas y contenidos políticos de ayer eran en fondo, sueños y forma  muy distintos a los iluminados que hoy, enemigos de la cultura, se creen  dueños de la pura verdad.

De la bipolaridad que radicalizó al mundo durante casi medio siglo de tentaciones totalitarias quedan izquierdas encenizadas. No sobrevivieron ni los entusiastas  del comunismo que nació entre estallidos y murió infecundo, sin descendencia doctrinaria y sin conocer la vejez. El eje de la dictadura del proletariado murió a golpes de piqueta. Su propaganda dejó tras de sí un saldo de frustración y persecuciones, tortura, asesinatos, espionaje y un estalinismo acaso peor  a la inhumanidad de los nazis.

No deja de llamar mi atención el hecho de que, contrario al pregón marxista respecto de la autotransformación anunciada,  el comunismo no maduró porque repudió los procesos de evolución crítica. Desde su nacimiento hasta la fecha, en cambio, el capitalismo continúa avanzando entre ajustes, objeciones, yerros y desigualdades. Sigue vivo y  aguantando inclusive defensores y posturas tan disímiles entre sí como Roosevelt, Reagan, Tatcher, Trump, Merkel, etc. Poderoso en el tiempo y las economías y a diferencia de su rival, el capitalismo evolucionó hacia la globalización por ser, en lo esencial, una sociedad abierta, según los términos de Popper. Asombrosamente logró que aun los cerrados chinos –maestros de la imitación- se aplicaran a asimilar y superar las mieles del monetarismo.  Al ritmo en que la economía de consumo comandaba los deseos mayoritarios, se desprestigiaba el tema de la lucha de clases, el combate a la pequeña burguesía y el abultado lenguaje justiciero que juraba barrerlo todo y barrerlo bien. 

Poco y más distorsionado que confiable dejaron en cambio las facciones que dotaban de fe, identidad, promesas y sentido al proletariado y a los que, desde su trinchera  clasemediera,  gritaban consignas procomunistas durante el hervidero de la Guerra Fría. Se respiraba una suerte de pertenencia emocional a lo que se creía régimen de justicia social, hasta que los hechos demostraron lo contrario. Cuando la historia rasgó los velos de la verdad, se acabó el tiempo del delirio ideológico y quedaron a la deriva –en el mundo de silosupe nomeacuerdo- las banderas rojas.

Nunca como durante las décadas de la posguerra fue más furibunda la propaganda en ambas vertientes. Estar en uno u otro lado de los modos de producción llegaría a ser aval de fe, seña de identidad, prueba de superioridad sobre el resto de los mortales y juramento religioso.  La dupla revolución y literatura congregaba, en nuestras tierras, a los miembros de la Nueva Novela Latinoamericana, hasta que la desilusión y las evidencias apagaron varias hogueras. Hay que aclarar que todo esto era cosa de hombres porque la mujer era menos que sombra. Así que en el mundo en general y Latinoamérica en particular, unos cuantos escritores consagraban la figura incierta del intelectual oportunamente redefinido por Sartre y Gramsci.

Elevados a sumo sacerdotes de izquierdas, por consiguiente, tronaron la voz para indicar rumbo y posiciones respecto del poder, las letras y las aspiraciones políticas e ideológicas: todos sin excepción se equivocaron, aunque no todos tuvieron el valor de reconocerlo y el doble valor de rectificar, aun a sabiendas que defendían lo indefendible (especialmente el estalinismo). En cada orilla se consagraron figuras emblemáticas pero, tratándose de una terca devoción, nada igualó el poder propagandístico de la izquierda para mover gente y hacer creer a los esperanzados bobos que el paraíso estaba a la vuelta de la esquina.

Lo que había, por desgracia, eran guerrillas, dictaduras, movimientos migratorios, terrorismo, sindicalismo espurio, luchas y más luchas, problemas demográficos, ignorancia, miseria, sufrimiento, explotación sin distingo de color, lugares comunes, consignas…   Así la vida de todos los días. Había más horror que soluciones y la aún vigente evidencia de que no son las doctrinas la causa ni la solución de los problemas; es el Hombre.  Eso es lo que hay que modificar desde la raíz mediante la obra de la cultura: justo la cultura aborrecida por los sistemas totalitarios que paradójicamente son los que más atraen a la mayoría.

Son muchísimas las diferencias entre el ayer estaliniano y la no menos fanatizada, aunque huérfana de estructura e ideas, facción de izquierda, ya desprendida de sus orígenes. Perdura entre el radicalismo de ayer y el de hoy un agresivo antiintelectualismo que agrava la improvisación de sus representantes en el poder. A pesar de que durante la bipolaridad se respirara una creatividad inusual, se cultivaba una fe ciega por los totalitarismos de cualquier signo e igualmente aniquilantes de las libertades. Así las paradojas. Socialismo, comunismo, marxismo leninismo y trostkismo eran los principales abrevaderos de jóvenes universitarios, sindicatos discrepantes, luchadores sociales y de quienes se ostentaban intelectuales. El lenguaje vanguardista arrojaba términos tales como  revolucionarios, grupos de avanzada, intelectuales comprometidos, pensadores en situación, luchadores, anticapitalistas, etc.  

Era tan intransigente la lucha ideológica que sin dudar podemos calificar las décadas de la Guerra Fría como la era de persecuciones e irracionalidad por excelencia.  En situación tan aciaga e irrespirable no cabía dudar respecto de quiénes merecían ser  izquierdistas de cepa y quiénes eran los reaccionarios. Quiénes los dignos de repudio y cuáles los de consideración y respeto.  Los más activistas llegaban a cumplir con tal “devoción religiosa” el dogma, el mandato o lo que la dirigencia determinaba que no hay más que releer al emblemático José Revueltas para refrescar no sólo el absurdo de aquel infecundo fanatismo colectivo, sino para probar cuán peligrosas pueden ser las manipulaciones ideológicas, especialmente en pueblos atrasados, como los nuestros.

Desacreditadas a partir de la caída del Muro de Berlín, las izquierdas quedaron a la deriva, sin asideros teóricos, carentes de simpatías, afinidades y/o vínculos continentales de referencia. No sin entusiasmo, surgió en Europa la social democracia que ahora tambalea entre denuncias graves de corrupción que no auguran buen fin. Es del siglo XXI el ascenso de “izquierdas personalizadas” y expuestas a vientos y poderes tan caprichosos que no hay modo de establecer directrices razonables. Ya no totalitarismos sino autoritarismos, lo que se está imponiendo con claridad en nuestra América son fracasos económicos, bandazos en cuestiones de desarrollo y políticas laborales; y, en medio de una tremenda demagogia paternalista, la obvia anticultura disfrazada de populismo mesiánico.

Así resulta que de la dinastía Castro a Chávez, de Lula y Dilma a Maduro, de Evo Morales, a Cristina Fernández, Ortega, Correa o López Obrador, por citar algunos representantes, las izquierdas individualizadas  en las que no faltan ejemplos de horror, pueden ser literalmente cualquier cosa, inclusive conservadoras y contrarrevolucionarias, menos respetuosas de los principios doctrinarios de las que pretenden descender. Desiguales en estilo personal de gobernar, estos regímenes autodenominados “de izquierda” (a saber por qué) únicamente tienen en común su agresiva anticultura, su repudio al pensamiento crítico, su combate a la ciencia y a las artes y, en suma, a lo que la “inteligencia educada” significó para generaciones que anhelaron el “socialismo con rostro humano” y la social democracia.

En lo que a nosotros respecta, la anticultura del lópezobradorismo no puede ser más obvia… Y también peligrosa. Su revelador proteccionismo económico a las masas ninis (ni estudian ni trabajan), es una reaccionaria manera de abatir lo que queda de la  meritocracia distintiva de una época de movilidad social.  Si nada se rescata de los ideales de las izquierdas originales, en suma, tampoco de lo que generaciones pacifistas soñaron con la democracia, la filosofía del trabajo y un mundo mejor.  

Con el siglo desaparecieron las voces autorizadas que comandaban líneas, ideas y fervores a seguir. Y eso está bien, aunque a cambio no se cultivó el razonamiento crítico, sino que proliferó la comentocracia insulsa y el lugar común, típicos de los medios electrónicos. No hay más escritores como los que determinaban el qué, el cómo y el quién del intelectual “comprometido y en situación”, según la normativa sartreana.  Sin una responsable y creativa fuerza intelectual –que no ideológica-, no nos queda, por consiguiente, más que remontar la muy útil y orteguiana circunstancia para recuperar lo que nunca debimos perder de vista: nuestro deber ciudadano para configurar, defender y hacer valer las instituciones políticas.

La democracia, con sus limitaciones, es el único antídoto contra el mesianismo, el poder personal, el populismo y los caprichos dictatoriales. Sólo el confiable funcionamiento de las instituciones controla a los dominadores malos e incapaces. Sólo ellas consiguen los menos daños posibles –sin derramamiento de sangre- cuando son ostensibles los caprichos y los bandazos al gobernar.

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La memoria y su relato. Fragmento autobiográfico.

December 15, 2018 Martha Robles

Mnemosine. Tercer cuarto del siglo II d.C. Mosaico hallado en 1996, Villa Els Munts (Altafulla, Barcelona). Museu Nacional Arqueològic de Tarragona.

La memoria construye nuestro vocabulario interior. Chapucera como es, esconde o recobra a discreción lo inofensivo o terrible, lo rutinario que agrada o lo  recóndito que hiere. Experta en lanzar olvidos como puñetazos, es la maga que aparece/desaparece hilos de una historia –la propia-, y de todas las historias irremisiblemente unidas. Sin embargo, deja “en presente” lo que a capricho tiembla y se niega a desaparecer o a manifestarse del todo. Quizá este filtro, a veces benéfico, sea como los viajes  reducidos a estampa y alimento de nuestro ficcionario. Evocamos la imagen del mar agitado, una tormenta, el viento helado, un puente, un edificio hermoso, al hombre que miraba absorto una vidriera… Y lo significamos por la palabra que la nombra. La música, una fragancia o la luz, en cambio, son sustancia ondulante, poesía pura, lo sagrado.

Cuando pregunto a memoristas sobre la naturaleza de los recuerdos, responden que su “archivo personal” está poblado de instantáneas, inclusive respecto de lo que consideramos narrable: unos zapatos de hombre, algunos rostros de ansiedad en la multitud, una fugaz sensación amorosa, cierta  mirada furtiva, alguien que aguarda con las manos en los bolsillos, el muñón en las pesadillas de Borges… Chispazo o relato, todo es unidad y fragmento porque, a fin de cuentas, All is always now, como cantara Eliot. En mi repertorio reconozco una piedra tallada por Nogguchi, el tacto de la seda, el sabor de la miel, el aleteo de un colibrí, inscripciones milenarias que rocé en China con la punta de los dedos,  el Sol gigantesco en el horizonte de Puri, la belleza del Adriático frente al Duvrobnic de madrugada, una raya de luz en la oscura tumba de Agamenon y otras levedades que me llenan de sentido. Aun estando dormida veo de golpe una cara asomada con timidez a la ventanuca de Amsterdam, aquella tarde/cifra en que el viento helado me rasgaba las mejillas… Imágenes, sonidos, emociones y, en lo esencial, alfabetos para nombrarlos. Sin recuerdos, pues, careceríamos de relato.

 Con la muerte y la idea de la muerte, razón y memoria han sido para mí misterios tan inescrutables como la palabra, lo sagrado, el tiempo, el sueño, la imaginación y las emociones. Me pregunto qué es eso que nos define mediante omisiones, presencias, asociaciones y registros, inclusive insólitos. Y luego está lo otro: “recuerdo que sufrí” o “el dolor era terrible”, “no he vuelto a ser tan feliz”, sin embargo, aunque lo nombramos, evocar no replica la sensación, a pesar de que al reinventarla vuelva a estremecernos. Entonces me pregunto si lo que se nombra se siente. Y es que no basta recordar para repetir cómo dolía cuando dolía el dolor. Acudimos al conjunto  almacenado para aparejar palabra y representación mediante el poder del relato. Sabemos que fueron malos los tiempos del sufrimiento o del pesar  porque  les ponemos nombre: los singularizamos cuando memoria y lenguaje se fusionan hasta  formar lo que llamamos carácter.

En su lucha contra recuerdos incisivos que lo atormentaban, Max Ferber, uno de los “emigrantes” de W. G. Sebald, decía que mientras el dolor físico tiene un límite porque eventualmente se olvida o se mitiga, el mental es ilimitado y reiterativo por ser  aguijón y sombra. No hay analgésicos, polvos ni sueros para sosegar las penas del alma. Las hay malas y peores.  Así, por ejemplo, las de las víctimas del fascismo o de  otros sobrevivientes de actos de crueldad, tortura y/o violencia extrema: una de las pruebas mayores de que la imaginación para el mal es casi infinita. No solamente el dolor involucra a las guerras, a los levantamientos armados o a los actos terroristas, también, con saña singular, encuentra nichos domiciliarios, oficinas, calles, aulas, templos o recintos de enfermedad, aislamiento y dominio. Ese tipo de recuerdos/daga quebranta la arquitectura interior al separar la aflicción profunda de todo lo demás. Al aislar la experiencia, se aisla también al que la padece, lo que desencadena nuevos motivos de sufrimiento.

He vivido con el ojo en alerta sobre las huellas de tales  aflicciones sombrías. Los relatos de Primo Levy rasgaron el velo de la crueldad y la perversidad de que es capaz cualquier ser humano por obediencia, imitación, imbecilidad moral o porque el mal es inherente a nuestra naturaleza. El bien y lo bueno no son cualidades innatas. La historia demuestra que no nacemos buenos, sino determinado a absorber  peculiariades de lo que carecemos o lo que nos rodea. De ahí la dificultad para vencer al monstruo o al gran salvaje que llevamos dentro: una de tantas verdades que, antes que cualquiera en Occidente, supieron los orientales. Al respecto, leo y releo  evocaciones autobiográficas de Octavio Paz y en especial Pasado en claro me sacude hasta el hueso. Pienso en sus intratiempos, en el ayer y su porvenir, en la vigencia del always de Eliot en su historia y el montón de contrastes que separa al joven que recoge la pedacería del padre alcohólico sobre las vías, del poeta encumbrado con el Nóbel, causa de envidias y maledicencias. Como quien pudiera borrar espacios entre líneas, concluyo que Paz sólo es Paz en los entresijos de sus remembranzas.

Sebald fue un experto memorizador: clasificaba, reordenaba y entendía hasta dónde la agitación “provocada” del cerebro era capaz de crear “criaturas emocionales” o seres “atormentados”.  Las trampas de su memoria/hechicera no estaban bendecidas con el olvido. Oportunamente aceptó que en eso consistía el secreto de su escritura, en perseguir el hilo real o ficticio de la memoria. Sufría al arrancar el velo de lo tenebroso, pero al dirigir la tinta contra las sombras, aquella penumbra adquiría luminosidad, forma y sentido. Entonces caminaba; viajaba, evocaba y caminaba; otra vez viajaba y volvía a caminar para  enfrentar sus demonios en solitario. Así, de manera simultánea,  creaba su inventario de paisajes, lecturas, escenarios y personajes; es decir, él era el sustento de su memoria y a la vez la memoria lo sostenía, reinventándolo y enriqueciendo su vocabulario interior. De tan original procedimiento surgió una gran literatura poblada con huéspedes magníficos. Eso  lo llevó a innovar la ficción verdadera o la verdad ficticia que, a fin de cuentas,  nos define en estos tiempos de confusión.

En algún libro –o en varios- escribió además Sebald que para distraer el ramalazo que activa las células cerebrales relacionadas con los malos recuerdos acudimos a actividades tales como el estudio, el deporte, la televisión o a cualquier otro quehacer que nos saque de la angustia alojada en  el pozo de la memoria. En mi caso la música, leer y escribir, además de caminar, practicar el silencio, meditar y hacer yoga han sido recursos invaluables para rediseñar “la pausa” que me permite vislumbrar, gracias al sigilo sin barullos perturbadores. Caminar largas distancias o pasear al perro sacaba a Sebald del “hoyo”. Resulta irónico que, cuando al parecer aquel extraordinario escritor había dominado un diálogo asociativo con sus sombras, falleciera el 14 de diciembre de 2001, a los 57 años de edad, atropellado por un automovilista en Norkfold, donde había encontrado su verdadera patria. Cuando leí la noticia sentí el rayo: nadie, ni él, pudo triunfar sobre los juegos del recuerdo, la remembranza y el olvido. El murió, y yo me quedé sin uno de mis  más amados dialogantes “en sombra”, uno de los mejores entre los que suelo buscar páginas prodigiosas.

Coincido con él en que dejar atrás el pasado o al menos intentarlo exige una doble labor de reconstrucción interior y exterior para atinar con un ser intermedio entre lo rememorado, lo inventado y lo definido en presente. Los recuerdos suelen sellarse, al menos en principio, a fuerza de no mencionarlos para ir encimando -si así pudiera decirse-, lo mejor sobre lo indeseado. A nadie que le haya tocado resistir el mal de manera temprana le gusta reconocer la ciénaga que sirvió de cuna. A mí tampoco. Lo frecuente es toparse con relatos de infancias idílicas, padres y años que, de tan felices, iluminan la nostalgia por venir.  Si algo hay que apreciar en la diversidad literaria contemporánea es su ruptura con prejuicios que, hasta hace relativamente pocas décadas y salvo excepciones, mostraban lados a medida de los miedos. Al genio de Kafka debemos la voluntad de rasgar remembranzas hasta reducirlas al sin sentido.  Logró la máxima disminución del recuerdo/lenguaje respecto del padre y creó una literatura monumental mediante metáforas que desvelan las ataduras y nuestros modos de interpretarlas y contarlas. Gracias a él –y no necesariamente a Freud- sabemos que omitir o callar no significa olvidar, sino reelaborar un fondo con relatos/espejo lanzados al futuro. 

Quien, como el notabilísimo Sebald, camina largas distancias entregado al proceso de elaborar apuntes y/o copias de la memoria, consigue distinguir puntos de partida y de llegada. En aventura tan minuciosa se trazan estaciones de reposo, senderos engañosos y señales de advertencia que activan el potencial creativo al hacer  preguntas sobre el destino. Es decir que, concentrado en el paso a paso de afuera adentro y de adentro afuera, el caminante inquiere cuál y cómo es la carga que habrá de lanzar al impreciso futuro. Un futuro “situado”, según Sebald, en el no-lugar  (always, otra vez) donde podemos reconocernos o siquiera cobijarnos.

La pasión, el fuego, la incertidumbre, el miedo, el narcisismo, la lucha, el sufrimiento, la maldad… Todo sirve como caldero a historias y personajes que, a querer o no, están supeditados a las trampas mentales. Pienso en Penélope, que hacía y deshacía su telar sin ver “el revés” del relato y sin vencer el estigma de la abandonada, aunque “tejiera” pendiente del porvenir que debía llegarle por la ventana. Los griegos, exploradores sin par de mensajes herméticos, tuvieron el genio de ilustrar el lado oscuro de las personas primero en los mitos y después, revestidos de una belleza perturbadora,  mediante personajes trágicos que engrandecen a la perfección el poder del Destino. Por ellos me fascinó la Ananké, la Necesidad, el designio o lo ineludible que es, a querer o no,  nutriente insustituible tanto de la literatura como de la vida, sin el cual me sería imposible desentrañar contradicciones intransferibles de lo humano.

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Meditación frente al Xipe Tótec

December 10, 2018 Martha Robles

La explosión de fanatismo político/religioso que padecemos en este imperio surrealista ha reanimado inclinaciones devocionales de nuestros abuelos remotos.  Su  excluyente y no menos cerril  lenguaje anti fifí crece envuelto con promesas de una nueva era de abundancia, riqueza y amor, intercalada a la peculiar atracción por el gran Tlatuani, la caridad cristiana y los sacrificios humanos. Dicen que ofrecer no empobrece y en eso y por lo mismo nos hemos convertido en idílico cuerno de exuberancia: visas y empleos (¿?) sin ton ni son para los caravaneros, becas para ninis, nonos, madrecitas, amorcitos (¡uf!) y ñoños, el tren de la selva y los aviones de Santa Lucía, el denle a estos tanto, a los otros 25 mil, “y ustedes, súper delegados, ¿qué han hecho? ¡Dónde están sus encuestas? ¡Son unos flojos!” “No se haga esto o hágase  aquello porque lo digo yo” (cómo me recuerda al Patriarca de García Márquez), la payasada de las consultas y alegatos tribales, la consagración cotidiana del resentimiento social y la declaracionitis del Tata López Obrador (el doble apellido es importante) que por sabe Dios cuáles fijaciones se cree encarnación de Juárez…  Será por añorar el atraso del XIX y su carga de contradicciones.

Hay que decirlo cuantas veces sea necesario: aquí y respecto de la política, el siglo XXI apenas se abre paso entre rendijas. En realidad, lo que nos atrae a ciegas es el pasado: un pasado imaginado o acaso reconocido desde la entraña; un pasado más vivo cuanto menos estudiado; más atractivo cuanto más nos regrese al ceremonial no de los usos primitivos, sino al sincretismo y la teatralidad, que también distinguió al espíritu decimonónico.

Gran acierto aquél de Cosío Villegas al poner el índice, hace décadas y válido hasta la actualidad, en “el estilo personal de gobernar”. En ese aspecto, nunca ha sido pobre nuestro folclore; ahora, tampoco: desde la declaracionitis de AMLO -tan similar al infatigable Luis Echeverría, quien también gustaba madrugar y dar madruguetes, además de presidir tediosísimas e infecundas sesiones eternas, y de vigilar al jefe y al intendente-, hasta  su peculiar vocabulario personal, sin que falte nada de lo contemplado por Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México, el estilo del tabasqueño nos recuerda que la tentación del poder, en nuestra tierra, sigue más próxima a la ficción verdadera que a la democracia de nuestro tiempo. Y por eso, agobiada por la profusión de signos, regreso al pie del Xipe Tótec en pos de siquiera vislumbrar algo de lo que oculta el rostro bajo la máscara.

En este escenario de enredos y pasos de cangrejo no hay que olvidar que nuestro patriarcado desciende del señorío y éste, incrustado en el inconsciente colectivo, es nutriente magnífico para fortalecer la mancuerna  populismo/resentimiento social. Así renace un estado mágico/religioso, disfrazado de nueva era: ¿otra edad, otra gavilla de años? ¡No! Los augurios anuncian algo tan, pero tan inaudito como la mágica “Cuarta transformación”, ni más ni menos. La circunstancia me ha obligado, por consiguiente, a repasar peculiaridades del Quinto Sol en La historia de los mexicanos por sus pinturas, siquiera para estar a la altura e imbuirme del espíritu de esta recreación, este nuevo sol creador de una humanidad y un mundo más duraderos.

No cabe duda de que a una buena porción de coterruños no sólo les es ajeno el espíritu del siglo XXI sino que, irremisiblemente dependientes del paternalismo, mantienen vivo el síndrome del vencido con todas las peculiaridades tan bien descritas por Ramos, Octavio Paz, Jorge Portilla… Qué peculiar mestizaje éste –susurro para mis adentros- porque aferrado a la negación de sí mismo, no le bastan 500 años para asumirse real y alzarse sobre sus propias sombras. Desde los vestigios del Templo Mayor observo y oigo a mi alrededor, como caída de otro planeta. Ajena al modo popular de sentir y no pensar la política, me invade el vocabulario de excrecencias del habla que habla, hiere y no dice nada. Entre la abundancia de signos resguardados en el Museo, concluyo que el Xipe Tótec de los mexicas es el que mejor ilustra la complejidad  de un México cargado de máscaras, cruel en lo esencial y sólo arrojadizo en los móviles más bajos. Pero afuera… ¡Huuuy!, pues afuera palpita el México plural, multitudinario, intimidante e inescrutable que demuestra que lo que es, es como es.

Este reconocido dios rojo, castigador ejemplar de los que hurtan plata y alhajas,  es tan terrorífico como la Coatlicue, intimidante como la Coyolxauhqui desmembrada por su hermano Huitzilopochtli y tan misterioso como la cosmogonía mesoamericana abatida a punta de arcabuces, crucifijos, cañonazos, hogueras, cetros, catecismos y una poderosísima interpretación de la vida y la muerte supeditada al estigma del pecado original.  También protector de orfebres y plateros, invariablemente se lo representaba recubierto con la piel sangrante de una víctima humana recién desollada. De arriba abajo, esa suerte de segunda naturaleza lo cubría por completo, como de una nueva capa de tierra en primavera se tratara, salvo que en la mayor parte de las imágenes llevaba colgando  de las muñecas las manos de la víctima aún unidas a tiras de piel sanguinolenta.

Lo observo en ésta o aquélla manifestación y me estremezco: el dios, redivivo, habla aún y todavía se manifiesta. Compleja como es, inclusive inescrutable desde la perspectiva helenocentrista, reconozco que perviven vestigios de la cosmogonía nahua en el talante de nuestro peculiar mestizaje: mezcla que con “naturalidad” absorbió para sí lo mejor y lo peor de dos mundos inconciliables y dos modos de ser, estar y creer. La corrupción de los españoles, por ejemplo, tan adherida al talante y a su modus vivendi desde que Dios es Cristo, como bien se dice,   entró por la puerta grande a estas tierras de promisión -no obstante las costumbres aborígenes en contrario-, y consiguió fundirse al alma de los colonizados hasta lograr que, “independientes”, superaran a sus mentores.

En contrapunto, perdura el legado aborigen en tantas maneras de ser y expresarse, de simular  y de actuar que inclusive los extranjeros dicen reconocer quiénes somos casi a simple vista. Sin embargo, el ojo ajeno tampoco descifra la cara verdadera bajo tantas máscaras. Esto significa que en la mirada del otro se refleja una identidad engañosa que nos define sólo por lo aparente.  Tal interpretación, por desgracia, no nos ha sido favorable desde los días coloniales.  De hecho, si observan de fijo al Xipe Tótec les costará precisar al yo que se oculta bajo la piel del enemigo. El cuero externo que lo cubre como otra naturaleza, el que se pinta y repinta para agregar más elementos al engaño primordial. Así que, como todo lo demás, el dios también es engañoso.

Estremecida por el horror en estado puro y fiel a nuestra visión de las cosas, huyo de la energía tremenda que emana “Nuestro señor el desollado”. Su sólo aspecto haría palidecer a la mismísima y aterradora Medusa.  Empero, lo peor de su crueldad va más allá de lo aparente. Pienso que la piel muerta que lo envuelve no es en lo esencial distinta al hombre (dios o sacerdote) que vive en el interior, revestido o semi oculto bajo el caparazón del “otro” recién sacrificado. Miro al dios, miro a mi alrededor y, una vez más, hija de mi tiempo, me inquieta el alcance de lo humano: algo difícil de escudriñar en entornos tan revueltos.

En la plaza, mientras tanto, un grupo de danzantes disfrazados con plumas, colorines y no sé qué taparrabo, sin duda también mestizado “a nuestra manera”, realiza sus números alrededor del anafre con copal humeante. Decenas –por no decir cientos- de vendedores de toda clase de fuchinas y fritangas pestilentes, me recuerdan la maravillosa descripción de Cortés del mercado de Tlatelolco, aunque ésta del espacio aledaño a la Catedral es su versión más decadente o degradada. Un grupo familiar se acerca a la vendedora de patas de pollo. Los humores que salen de la lata inmensa donde hierven patitas pellejudas y  amarillentas, con sus uñas visibles y sus dedos  temblones, me causan náuseas, pero los que aguardan turno para comprarlas se relamen los bigotes. En cucurucho de periódico niños y adultos llevan su delicatessen como si cargaran algo precioso, y sin tardanza se apresuran a comer con singular deleite. 

Tantas y tan diversas imágenes insólitas anulan, en cosa de segundos, cualquier interpretación de la realidad que, no sin sonreír, me lleva a decir: ¿de qué te sorprendes? ¡Disfruta el surrealismo!

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¿Otra sociedad? ¡Educar a la mujer!

November 30, 2018 Martha Robles

Coatlicue, madre de los dioses

Toda verdad tiene cuando menos dos lados: una, de quien la divulga a voces y persuade aun sin razón; otra, de quien la oculta, la acepta y calla. Un lado es el del que la dice; otro del que la cree, sin que importe su validez. La verdad, pues, es discrecional hasta que se demuestre que lo que es no puede ser de otro modo; es decir, cuando se llega a la raíz y no acepta ninguna interpretación.

Sin logros feministas, jamás estaría escribiendo estas líneas. Tampoco defendería el valor de la dignidad ni dirigiría cada una de mis palabras hacia la conquista de un humanismo laico y a la altura del mejor siglo XXI. Luchar por derechos, equidad y libertades, sin embargo, no nos exime de la obligación de señalar lados oscuros; tampoco lo vergonzoso ni las realidades incómodas que suelen encubrirse para acentuar intereses discrecionales. En ese sentido y sin olvidar la degradación de las instituciones, no puedo negar que colecciono en la memoria un montón nada desdeñable de madres tóxicas, monjas, maestras, esposas y mujeres en general que, malas malísimas e insensibles como el que más, de menos merecerían ser exhibidas y denunciadas públicamente. Vientres y lenguas idóneos para reproducir súper machos y engendros monstruosos, sin su muy efectiva contribución jamás habríamos caído hasta el inframundo en el que nos encontramos. Gracias a sus nefastos excesos proliferan feminicidas, descuartizadores, torturadores, narcotraficantes, secuestradores, odiadores de toda ralea, prevadicadores, violadores, abusadores…

Desde niña he observado el contrapunto de las pasivas, oprimidas y devaluadas:  mujeres violentas y horrorosamente deshumanizadas que indistintamente tratan de manera infame a padres, esposos y vástagos. Golpean a rabiar a los menores, los arrean a punta de insultos tremendos, activan sus instintos más bajos y, de manera simultánea y contradictoria, los sobreprotegen aun cuando adultos ante el reclamo de sus fechorías. Inclusive tienen la cachiza de ocultarlos, mentir y hacer trampa y media cuando –convertidos en delincuentes-  salen a la luz pública. Nada pues, que ignoremos en estas tierras propicias a la ferocidad y reacias, todavía, a los dones de la grandeza.

Ante tanta infamia, zafiedad y crueldad enquistada en la vida en común debemos  preguntarnos si las madres, además de su fardo heredado, deben ser educadoras, aunque estén indotadas para cumplir esta misión.  Formar mejores personas y no peores enemigos es imperativo civilizador que no excluye la responsabilidad de los padres ni la del Estado. Cuando la cadena cultural se va degradando tan visible y radicalmente, sin embargo, hay que volver a las fuentes femeninas, ni modo. Eso es así y así ha sido desde los días de Eva, Gea, Metis, Yocasta, Olimpia, Medea, Clitemnestra, Isis, Cuatlicue, Durga…

Mientras la situación femenina no se subsane, no desaparecerán los inauditos índices de criminalidad en México ni la verdad que hay detrás de los feminicidas. Es indispensable investigar a fondo a las madres de “El pozolero”, “El Chapo”, “La Barbie”… Y a las del batallón de agresores y asesinos monstruosos que se han adueñado de la sociedad. El pueblo mexicano  está demasiado dañado moralmente para aceptar compromisos confiables, empezando por  la cultura: el machismo si es una cuestión femenina y no puede sustraerse del compendio de conductas aberrantes que permanecen intocadas e inmencionadas.  Madres bárbaras, oprimidas, maltratadas, mal nutridas, deformadas o humilladas que, violentas y violentadas o no, carecen de aptitud para contribuir a la superación moral y educativa de su prole.

El efecto devastador del machismo no es privativo de una clase social ni de analfabetos: está en todos los niveles de la cultura. Inseparable del concepto malogrado de lo femenino, ha sustituido con miedo e intimidación tanto el amor como el saber y el principio de autoridad. Las mujeres somos espejo y registro del estado que guarda una familia, una comunidad y cualquier país. Entre el imperio del narcotráfico, el crimen y la corrupción  que campean sin control en todos los órdenes de la vida –familias, iglesias, escuelas, calles, transportes y espacios públicos y privados-, el cáncer social comienza, se encumbra y concluye en la realidad femenina. La descomposición radical del Estado no ocurre por generación espontánea, es un proceso que, como la carcoma, destruye de adentro afuera; es decir, desde los vientres.  Y así debe sanearse, porque las madres son los ejes reproductores de la miseria con ignorancia y de la frustración con desprecio.

Desde esta fórmula perversa se multiplican geométricamente causas y consecuencias  extremas que degradan a los individuos, a los estratos y a las instituciones.  Humilladas dentro y fuera de su entorno, marginadas del sistema de oportunidades vitales y violentadas de todos los modos, millones de mexicanas (de-formadas) son o han sido las paridoras de feminicidas, maltratadores, delincuentes de toda ralea y del batallón de asesinos, corruptos y prevadicadores que nos han convertido en uno de los países más peligrosos e inseguros de nuestro tiempo.

Leer el domingo 25 de noviembre en El País el estremecedor artículo “América Latina, la región más letal para las mujeres”, firmado por Elena Reina, Mar Centenera y Santiago Torrado, nos obliga a asumir posiciones y compromisos concretos. A nadie deja indiferente esta verdad en cifras y aún sin solución porque la raíz no se transforma, no se denuncia ni se castiga. Es la verdad que debería gritarse en la Corte Internacional de Justicia. Indicadores del estado de la justicia y la educación pública, los feminicidios son la consumación última del odio a lo femenino y el producto extremo de lo más enfermo en la realidad social, que compromete a las propias madres: en 2017, únicamente en México, “murieron asesinadas 3,430 mujeres –nueve al día-, pero sólo 760 fueron investigados como feminicidio. En parte, porque en algunos Estados ni siquiera está tipificado este delito.”

Léase el artículo citado para visualizar este escenario que supera lo dantesco. Esgrimir los derechos femeninos debe comenzar por acciones educativas para cultivar otra manera de ser mujeres, madres y civilizadoras para que los hombres aprendan eso: ser hombres. Nada podrá transformarse ni democratizarse si la justicia y la educación no comienzan por el eje reproductor de la barbarie. Víctimas y victimarias a su pesar, no se les puede exigir a las humilladas que, además de las desgracias y la ignorancia que llevan a cuestas, deban formar moralmente a su prole y, por extensión, a la familia y grupo de pertenencia. Una sociedad desquiciada y envilecida no se inventa de la noche a la mañana. Más allá, los gritos femeninos de dolor, de denuncia o de propuestas han sido infructuosos hasta ahora, por una causa: estamos acosadas por sociópatas que, pese a todo, “tuvieron madres”, madres cuyos derechos y deberes no fueros atendidos y siguen retorcidos.

Hay que decirlo alto y con indignación porque la grilla imperante es una nube pestilente que enturbia la realidad y justifica, en los hechos, la incapacidad histórica de este pueblo para civilizarse y gobernarse: educar, siempre educar para transformarnos y ascender moralmente. Nada de cejar en el empeño de formar mejores personas, así como gobiernos y sociedades dignas.

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Soledad

November 19, 2018 Martha Robles

Soledad. Edvard Munch. Museo Thyssen-Bornemisza

Antes de que las redes sociales sirvieran para gritar al planeta lo que se susurraba en la intimidad, parecía inviolable la privacía. “Decoro” era una palabra/baúl que por igual servía de disfraz a la represión que como norma para comportarse con corrección; es decir, con disimulo y comedimiento de acuerdo a la moral imperante, lo cual implicaba tratar de aproximarse hasta lo posible al talante inglés, a pesar de que en tierras de sangre caliente la discreción fuera uno de tantos lujos proscritos, a cuya ausencia debemos el menosprecio de la virtud y la incapacidad de valorar la prudencia.

Lo cierto es que la soledad, como la pobreza y el sufrimiento, se llevaba con pudor quizá porque este padecimiento que ya encabeza los males del siglo, no había adquirido la hondura de la transgresión, donde todo está permitido.  El caos equivale a que la verdadera elección está eliminada donde el deseo y la necesidad se encuentran determinados por la psicología del consumo. Cuando aún era posible distinguir opciones, una “buena educación” enseñaba a no exhibir deficiencias propias, causar lástima ni se diga y en caso alguno ser sujetos de chismes y maledicencias. Ser educado significaba hacer lo posible por ser mejores personas y dirigir el pensamiento hacia el cultivo del entendimiento y la virtud.

Se sufría en silencio. Se lloraba “a solas”. Los atribulados adquirían la costumbre de hablar solos y la soledad aparecía/desaparecía enredada al barullo de las familias y/o  disfrazada con ropas del diario.  A diferencia de las cuestiones kármicas, en ocasiones  tan útiles en Oriente, en territorios colonizados por la cristiandad se sobrellevaba la soledad -en el mejor de los casos-, como “cruz enviada por el Señor”, especialmente  tratándose de mujeres: con dolor y resignación. Tiempos aquellos, por cierto no tan lejanos, en que la confidencia era bolsa reservada al secreto. Los estados oscuros se destinaban, por su orden, a la catarsis literaria, a la confesión purificadora y más acá, a partir del surtidor inaugurado por Freud, al oído de cualquier miembro del universo de la psicoterapia, hoy múltiple y diverso. Ya nos enteramos al minuto de las bajezas que, con nombre y apellido, se publican sin reserva en las redes sociales. Si bien eso desagrada profundamente, lo que duele hasta la médula es la evidencia de la soledad que aqueja al batallón de urgidos de ser notados, vistos y escuchados. Solos, solos de sí y de los demás, gastan sus horas buscando “compartir” lo que no piensan ni eligen por sí mismos, sino lo que dicen, discurren o inventan otros y cuanto en suma, ilustra el verdadero drama: no tener qué decir, ni saber cómo decirlo. Tampoco ser capaces de definir un espacio propio ni un lugar definido en este mundo loco, sin asidero ni capacidad electiva ni identidad.

Antes de que se volviera lugar común la desnudez airosa facilitada por la web, el sigilo otorgaba cierta grandeza y personalidad a los solitarios. De hecho y mucho antes de que la ciencia le hincara el diente a los misterios de la conducta,  la poesía ya exploraba el pozo del alma.  Inclusive se trataba con gracia y ritmo la fuente de las emociones: tristeza, alegría, abandono, amor, amargura… Escasamente nombrada en el remoto pasado, la soledad hallaba cabida en varios estados de la piedad, del miedo, del sentimiento de orfandad o de la incomprensión de las torpezas humanas. No había hombre más solo que el combatiente al filo de la batalla, el soldado atrincherado que, con los pies hundidos en el lodo helado, miraba la muerte entre el silbido de las balas.

Ahora, atenazados por la mensajería globalizada, la gente se hacina en un bar, en un estadio acondicionado con bocinas y utilería rockera, en una marcha sembrada de consignas o en un centro comercial. Gente, mucha gente que hablablabla y nada dice. Gente junta que no se mira aunque sus cuerpos sientan el calor del grupo. Gente, pues, que marcha en caravana, en masa, en “la bola” nunca mejor ilustrada que mediante la violencia desgobernada de Los de abajo. Avezado observador, Azuela se anticipó en nuestras letras al novelar la ferocidad y el desencanto del montón de solitarios “revolucionarios” que no tenían a dónde ir ni sabían qué elegir, como no fuera embriagarse, vociferar y disparar con mala puntería. Azuela es el narrador que mira sin ser mirado; que dice sin ser comprendido. Describe a los otros que dizque luchaban por su libertad sin que ninguno supiera, ni de lejos, qué cosa era esa de ser libres si allí todos andaban huyendo de algo, mientras la “guerra” cambiaba de móvil y rumbo. Nadie lo dijo mejor, ninguno percibió la soledad del que no tenía a dónde ir ni a dónde quedarse y, para “seguir siendo”, tenía que deshumanizarse. Su imagen ha sido y sigue siendo genial, reveladora, trascendental…: La revolución es el huracán, y el hombre que se entrega a ella ya no es el hombre, es la miserable hoja seca arrebatada por el vendaval…

Solo de los otros, de uno mismo y de los dioses que uno por uno y por su orden se fueron refundiendo en el olvido…  Desamparo, certeza de que aun lo más pequeño adquiere la inmensidad de la noche y como dice el Espantapájaros de Oliverio Girondo, al salir a la calle creer que hasta las farolas te echan a patadas… De esa soledad es de la que hay que reflexionar en esta era en que la marginación y la ausencia de solidaridad se ostentan como prendas del materialismo egocentrista, y no de la que el creador y el pensante requieren para trabajar en libertad.   

Safo miró desde su lecho la ausencia de estrellas; sin embargo, probó la soledad cuando, abandonada por el joven amante, sufrió la oscuridad absoluta al filo del abismo. Solos, con la inminente visión de la muerte, los guerreros de todos los tiempos ruegan protección, piden amparo y al ofrendar al Miedo, saben que la soledad es el no retorno, es el eco, es nuestra figura en el espejo, ausencia de respuestas, claridad inocultable al saber que eso, así, es lo que ya no acepta simulacro ni engaño posibles, porque la soledad es lo que es: la verdad que queda cuando toda justificación ha fallado, cuando por fin se sabe que no somos la invención de los otros, sino lo que queda de nosotros a pesar de los otros. Detrás del solitario hay un silencio expectante: largo como el terror, frío como los fantasmas de la memoria y oscuro, como las cuencas del ciego. La soledad, como la impotencia, puede representarse de muchas maneras, pero Girondo hace Que te crezca, en cada uno de los poros, una pata de araña; que sólo puedas alimentarte de barajas usadas y que el sueño te reduzca, como una aplanadora, al espesor de tu retrato.

No que el pasado fuera mejor. Sería estúpido defender el tiempo perdido y necio suponer que lo que ignoramos nos enriquece más de lo que sabemos. Tampoco se trata de pregonar bondades de la supuesta compañía o mera presencia –generalmente incómoda- de los que por las causas que sean se arriman a nuestras vidas como si fuéramos semilla pródiga, sombra bendita, ángel protector o causantes de milagros. Se trata de hacer notar que, lejos de comunicarnos, acercarnos, entender y valorar el sentido de humanidad, las redes sociales han servido de pantalla y foro para exponer el desamparo y un profundo sentimiento de impotencia, propios del Hombre contemporáneo.

A diferencia del decadente e inútil confesionario, donde apenas una malla separaba al prejuicioso confesor del doliente confesado,  la red social muestra en nuestros días, en  plenitud y sin miedo a la sanción que resulte de la confesión, del exhibicionismo, la impudicia o el atrevimiento inclusive de falsear un aserto, noticia o confidencia, un hecho innegable: somos víctimas de la incomunicación y del manipuleo de la publicidad y el consumismo. Rehenes de un modelo económico fundado en la mentira respecto de la concepción de lo bueno, lo útil, necesario, conveniente, bello e inclusive sano, los “beneficiarios” de la tecnología de punta y aparatos “inteligentes”, estamos descubriendo, no sin pesar y rodeados de tremendas enfermedades mentales, que la soledad es, en esencia, una reducción dramática y feroz de lo mejor de nuestra humana condición; es decir, la soledad cultivada por el neoliberalismo global, con su egocentrismo implícito, nos hace más infelices, más aislados y pobres de espíritu que nuestros antecesores, por agrestes y crueles que fueran.

Soledad, soledad verdadera es la pandemia del siglo XXI. Este producto de una sobrepoblación sin precedentes e ignorante del valor del nosotros, está demostrando que para que nuestra especie no agrave un proceso tan ferozmente  autodestructivo como el vigente,  debe regular tanto  sus índices de crecimiento demográfico como la actual relación –letal si las hay- con el medio ambiente y las demás especies.  Incluido un indispensable equilibrio poblacional, lo ideal sería valorar el verdadero significado de la solidaridad y el amor. Debemos incorporar la racionalización a los modos de vivir y valorar consideraciones éticas en su exacto significado. Sin embargo, el Hombre es el Hombre y es imposible desatender la lección de la historia: lo que nuestra especie ha hecho en todo tiempo y lugar, invariablemente, ha sido concentrar sus habilidades para matar y destruir. Inventar armas cada vez más sofisticadas, discurrir estratagemas para vencer y/o reducir a los débiles, invadir, saquear, humillar y, por encima de todo, encumbrar la supremacía del yo y lo peor de nuestra condición: justo lo que el actual modelo económico ha elevado a conquista del consumismo.

Tanta gente, tan mal repartida, tan dividida y expuesta al implacable dominio de los menos ha dado al traste a cualquier valoración del principio armonía. Y eso es lo que hace que, a diferencia de lo que la caracterizaba en medios menos complejos, la soledad sea en la actualidad la enfermedad del vacío, la no respuesta, la palabra hueca, el ojo que mira sin ser mirado y, a fin de cuentas, una verdadera tristeza de ser y de estar en el mundo.

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Y el Muro cae... Un capítulo de mi autobiografía inédita

November 9, 2018 Martha Robles

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La noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, el mundo se contagió de una extraña inquietud: desde Alemania Oriental, minuto a minuto, se expandía a todo el planeta el anuncio de una nueva era. Hacía unas horas que Günter Schabowski, miembro del Politburó del Partido Socialista Unificado, había anunciado al término de una tediosa mesa redonda televisada que las restricciones para viajar a Occidente se habían retirado. La noticia era confusa y mal difundida. Acostumbrados a resguardar la opresión del “telón de acero” que dividió una ciudad y dos mundos durante 28 años, los militares se mantuvieron en posición y con el ojo en alerta sobre la gente que se dejaba venir como marabunta a la muralla maldita. La oficialía no sabía cómo actuar. Con la ansiedad que pone a temblar cuando algo largamente anhelado está cerca,  decenas de miles de personas se fueron congregando a lo largo y en ambos lados del muro. Elementos del ejército, ignorantes de la situación, se preparaban “para lo peor”. La confusión era tan obvia como la agonía de la autoridad. Se complicaba la agitación en la calle y nadie comunicaba a los mandos las decisiones. Era tal el desconcierto ante las protestas en varias ciudades, que ningún representante de la fuerza pública se atrevió a reprimir a la muchedumbre. En medio de un caos que contrastaba la disciplina de piquetes uniformados, unos se disponían a matar o contener a las masas rebeldes; otros anunciaban que era el fin de la República Democrática Alemana y del bloque soviético; los demás abandonaban sus puestos  gritando, ondeando banderas y abrazando a los que se encontraran al paso. Al tiempo se sabría que Egon Krentz, a cargo desde la reciente renuncia de Eric Honneker, consideró la masacre como una opción, pero los manifestantes sobrepasaban los cálculos y por segundos se multiplicaba la mancha humana en torno del muro.

El comunismo soviético tenía sus horas contadas; las izquierdas también. Al menos las  que animaron el siglo XX, uno de las más violentos y agitados de la historia moderna. Cuando la CNN informó que se habían abierto las puertas hacia Occidente, se expandió una cadena de malentendidos. El ayer y el mañana se juntaron cuando, hacia las 21.10 horas locales, un policía abrió el paso del puente de Bornholmer y les dijo a los allí congregados: “pueden pasar”. Los germano-occidentales los esperaban con champán y, aunque persistía el temor, estallaron el júbilo, los abrazos, las lágrimas…

Para la débil memoria colectiva, parecían lejanos los días de 1956 en que Hungría fuera aplastada después de celebrar elecciones libres para emprender una senda socialdemócrata. Ni siquiera los más adelantados de mi generación, orgullosos de sus fantasías revolucionarias, previeron que el mundo daría un giro radical que nos dejaría atónitos pasado el entusiasmo. Era imposible prever lo que vendría con el poscomunismo. Más difícil era imaginar reacciones que provocarían una libertad súbita entre quienes, para sobrevivir, tuvieron que plegarse y aun colaborar forzosamente con el régimen con el que no estaban de acuerdo e incluso detestaban. Siempre seguirían  en la memoria Checoslovaquia y su primavera pisoteada en 1968. Y estarían también Polonia y su Solidaridad,  alejada del comunismo; y aquellos ciudadanos de la República Democrática Alemana que, a excusa de “veranear”, en realidad iban tras algunas vías expeditas para escapar  por Austria cargando equipajes voluminosos. En 2009, 20 años después de la “caída” emblemática continuaba la ola de venganzas y persecuciones a intelectuales que no colaboraron con aquel régimen.  Nombres como el de Milan Kundera serían utilizados para desacreditar moralmente a escritores y artistas. Václav Havel diría que en aquel ámbito policíaco la gente se sentía humillada por tener que decir lo contrario de lo que creía: “En la democracia, toda la ira y el odio acumulados despertaron y la gente se ha lanzado a buscar chivos expiatorios… A todos les cuesta aceptar que hubo quien no se plegó al régimen porque ese ejemplo les pone ante un espejo que refleja una imagen insufrible de sí mismos.”

En ese momento era imposible dar marcha atrás. Los protagonistas en cubierto del derrumbe –Mijail Gorbachov, Helmut Kohl y George Bush padre-, mantenían abiertas sus líneas telefónicas. Contra la oposición de Margaret Tatcher y François Mitterrand a la unificación alemana, Felipe González, desde España, sostuvo su apoyo irrestricto a los planes encabezados por Kohl. Aun los estallidos triunfales tienen algo de absurdo: la noche de la Guerra Fría, uniformes grises moviéndose en la niebla, el desbordamiento de berlineses exaltados y hasta ayer disciplinados, corrillos que bullían bajo una libertad de hablar y moverse que querían sentir por todos los poros… Y más allá, tres jefes de Estado moviendo por debajo las piezas de un ajedrez político que ya trazaba el paisaje de un planeta aún imprevisible.

Tantos años de susurrar con miedo, leer lo proscrito bajo la cama, padecer la rigidez de una vida anquilosada, de sentir el peso de ideas congeladas y lenguajes estereotipados; pero especialmente de sufrir una inmovilidad forzada, habían marcado los rostros de miles de manifestantes que pululaban frente a cimientos podridos del símbolo del pánico. Los dirigentes locales, defensores de la “línea dura”, se dieron cuenta de su derrota cuando, al pedir ayuda al Kremlin, Gorbachov dio la callada por respuesta: “El ejército soviético no actuará contra la población”. Entonces Egon Krentz entendió lo que entendió y al saber que la continuidad de la RDA no valía lo que una hoja de papel, quizá sintió que el hielo lo recorría de punta a punta.

Todos querían celebrar y nadie sabía qué hacer ni decir: ¡Muera éste! ¡Viva aquél! ¡Arriba tal! ¡Abajo el otro! Alguien recordaba la efímera revolución espartaquista de 1919. Un anciano entusiasta anunciaba que volvería el esplendor científico, cultural e industrial del Berlín de los años veinte. Otros observaban a su alrededor con escepticismo. Que no más extremismo rampante, clamaban los que vivieron enfrentamientos entre nazis e izquierdistas. Nunca más ejecuciones ni persecuciones ni torturas. Pronto se sabría que Alemania Oriental, supuesta joya económica del mundo mitificado detrás de la “cortina de hierro”, no era más que una urbe oprimida y atrasada: desdichada ilusión sembrada de máquinas, industrias y objetos ruinosos y apenas sostenidos con alambres. Demodée, pobre como sólo se podía ser pobre en las economías soviéticas. Allí la ropa, los coches, las tiendas, las costumbres, los alimentos y las calles mantenían intactos los sobrantes de décadas atrás, las modas ya olvidadas en el mundo del consumo y aun las expresiones y los gustos de los padres ahora envejecidos. Lo que se buscaba se tenía. La victoria popular estaba ahí; pero de tanto llevarlo adentro, el miedo tardaba en conjurarse.

¿Qué sigue? Se preguntaba un infeliz desconcertado; nada más que por viejo ya no le gustaban los cambios. Desde que nació sólo los vio para peores. Y repetía, en señal de advertencia, que es parte del alma europea una antigua tendencia a aceptar el Mal, cerrar los ojos y cooperar a ciegas con países autocráticos e incluso dictatoriales. La tensión se fusionaba a la incertidumbre y ésta al júbilo popular. De pronto, por una de esas acciones providenciales que determinan el rumbo de la historia, el panorama cambió. Sin saber cómo ni por qué los guardas fronterizos abrieron los puntos de acceso al Occidente proscrito, sin darse cuenta de que, por dar la vuelta a un picaporte, pasaban la página a la historia, al siglo y al milenio por venir.

Se hizo la luz en la oscuridad: tanto rigor, tanta persecución, tantos obstáculos, intimidaciones y sufrimientos desaparecían ante el simple hecho de abrir un cerrojo, una puerta, una reja. Cámaras, micrófonos, corresponsales y enviados de cuanta agencia informativa u organización política se interesara en conocer el minuto a minuto del alboroto, mantenían el ojo en alerta para trasmitir, en montones de lenguas, los pormenores de éste, uno de los más significados sucesos del siglo.  El momento era estremecedor: primero se veía revoltura de gente,  desplazamientos militares, los puestos de vigilancia aún resguardados y el amenazante fulgor de los reflectores; luego, sin explicaciones ni voces indicativas del mando, los berlineses acometieron con todo: picos, palos, martillos, gritos, uñas...

Hacía horas que el virtuoso de violonchelo, Mstislav Rostropovitch, no perdía detalle desde París. Proscrito en su patria desde 1970, conocía el dolor del exilio y la fuerza moral de un acto de valentía. No sólo defendió al escritor disidente Alexander Solshenizin, perseguido por el régimen soviético desde fines de los 60 y al fin expulsado del país en 1973, también se atrevió a cobijarlo durante cuatro años, con su esposa, en su dacha de las afueras de Moscú, cuando hasta respirar era motivo de persecución y recelo. Así que Rostropovitch, atento a los signos de los últimos meses, entendía el mensaje profético y por nada quiso perder su cita con la historia. Ese mismo día, 9 de noviembre, voló a Berlín. Sin dilación fue a apostarse en la orilla Oeste del muro para animar a la gente  a subir, unirse y seguir golpeando el concreto. Les pedía continuar liberándose y no parar hasta demoler el estigma que, durante 28 espantosos años, se constituyó en frontera de rebeldía, de opresión y de muerte.

Primer artista en llegar a la que fuera capital prusiana, y de la Alemania unida durante el primer imperio; capital democrática de la República de Weimar; urbe imperial de Hitler y finalmente ciudad dividida, su entusiasmo se contagiaba inclusive entre los televidentes en casi todo el planeta. ¡Slava!, ¡Slava!, aclamaban niños, jóvenes y viejos  a su alrededor. Y Slava –como llamaban al músico-, sentado en una silla sacada de quién sabe dónde y puesta entre los escombros, interpretó las suites de Bach para cello solo, en el punto de control llamado  Checkpoint Charlie. Gloria y perfección quedarían para siempre en la memoria del preludio de la suite #1. 

Todo se movía y nada se movía: ¿cómo representar mejor el estallido anhelado de la libertad? Parecía que levitaba al ritmo de las notas, que la magia reinaba y que estaba ocurriendo uno de esos milagros de justicia poética que se piden como plegaria. Cada instante era más luminoso que el anterior, más esperanzador y más bello. En un segundo se respiró unidad  en el mundo. Nunca tuve sensación más extraña. Nunca, como frente a las imágenes de la muchedumbre golpeando el concreto, sentí que el Hombre tiene remedio, a pesar de todo.

El tiempo o la justicia poética consagraría un símbolo de pureza estética y espiritual alargando las notas del violonchelo hasta el más remoto rincón de la Tierra. Sus manos, su gesto, las cuerdas, los acordes, la música... Un artista al pie del muro y en medio del ajetreo... La escena era insólita; y a la vez, señal de renacimiento. El mundo se había empequeñecido. Los camarógrafos se movían en busca de sabe dios qué, porque cada rostro, cada grito, una corneta aislada y aun las colas agitadas de los perros que acompañaban a sus amos, se fusionaban en una sola versión de victoria. Todos los gestos eran el gesto que perduraría en la memoria. Nada ensombrecía la grandiosidad del instante, ni los comentarios sosos de los atareados en transmitir en directo. Que pronto habría una radical transformación de poderes y modos de vida  que se deseaban pacíficos, dijo alguien como si leyera un informe. Tampoco tenían importancia las interpretaciones porque, al fin y al cabo, se carecía de perspectiva para entender lo que, desde el Este, engendraría la era poscomunista a partir de una sucesión de independencias, guerras civiles y nuevos enfrentamientos entre pueblos, credos, razas y naciones.

Ningún testigo podría negar que ese acto único, quizá el más apasionante del siglo, haría sentir en las horas, días y semanas subsiguientes el peso, la intensidad y el significado de la historia. Era de alegría la experiencia, pero también de asombro, de desconfianza y de miedo, porque en cualquier minuto podrían aparecer la contraorden y la balacera que desencadenaran otro episodio trágico. Los más aguerridos emprenderían la demolición de estatuas para que la efímera memoria en bronce se redujera al papel confinado en las bibliotecas. Ayer enaltecidos, los hombres hechos monumento, como Stalin, irían abultando poco a poco la insignificancia de los escombros. No más devoción forzada por los falsos héroes  ni espías agazapados, delatores al acecho en el trabajo, entre familias, en las aulas o al interior del Partido Comunista. No más torturadores ni dictaduras con nombres y apellidos; tampoco ideologías, castigos ejemplares, yugos ni mordazas. Cada voz era un oráculo, cada cabeza un anhelo y Berlín,  la esperanza tangible en la bonanza unificada por venir. El doble colapso de la Guerra Fría y de un sistema totalitario era inevitable: “qué importa lo que siga; nada puede ser peor al infierno que se acaba...”

Lo que seguiría entre los otrora satélites soviéticos, sin embargo, sería la transición hacia el capitalismo teñido de agresividad y desmoralización. No se sabe hasta que se sabe que la democracia es lenta, frágil y sensible a absorber vicios antiguos, ocurrencias y poderes limitantes. En los ajustes de cuentas lo distinto se acentúa, la corrupción inventa nuevos cauces, el conservadurismo renace con mayores bríos y la propaganda encuentra motivos para ajustar arremetidas ideológicas. Y ahí estaba el monetarismo al acecho: aguardado su dominio único, como panacea de la que pocos descreían.

Dividido el mundo, como siempre, algo ocurrió casi de manera imperceptible: el eje del planeta se inclinó por inercia a la derecha al reducir la carga del concreto, de hierros, armas, amenazas, de castigos y de piedras. Los más sensibles juraron haber percibido el cambio que anticipaba otra edad, otra manera de ser y un estilo distinto de someter  y dominar. Hubo quienes aseguraron haber escuchado algo parecido a un chirriar de huesos mientras se rompía la  tensión de la izquierda. En vez de Este/Oeste, surgía con prisa una zona limítrofe Norte/Sur que no tardaría en demarcar hemisferios de riqueza y pobreza, del dominio del dinero, del imperio del mercado y de la súbita movilización de millones de migrantes sin destino y sin empleo. Se sintió el tirón y hasta un leve mareo mientras el cuerpo era sacudido de manera misteriosa. Premonición o fantasía, el planeta se movió de cómo estaba. Desde entonces, casi de manera natural, se ve, actúa y subsiste  como agachado o yéndose de lado, lamentándose y tendiendo a la derecha, aunque siempre bajo el falso pregón de un progreso dirigido por la economía globalizada.

Sentí en la entraña que nada sería igual en adelante. También se caían con el muro las fábulas de las izquierdas latinoamericanas. El bla bla bla de los grillos pro soviéticos que tanto fastidiaron en la UNAM quedaba por fin en su sitio de nada, en su demagogia sin destino. Gracias al suceso radical, otros velos caían para dejar al desnudo y sin tardanza años y décadas de enredos, corrupción, delitos impunes, persecusiones, intolerancia y muchas, muchísimas mentiras, inclusive toleradas en nombre “de la justicia social” en otros continentes. Quedó al descubierto la vergonzosa defensa de los “puros” que se dedicaron a encubrir, en nombre de la ideología, los crímenes de Stalin, de Castro y sus secuaces. El capítulo del fanatismo pro soviético, en lo sucesivo olvidado o silenciado, fue uno de los hitos del fanatismo ideológico de “las izquierdas”.

Ninguna conciencia ni ser pensante eran insensibles a los estertores de muerte de un siglo trágico. Que nada podría ser peor a lo padecido, repetían como obsesos los optimistas de siempre, sin reparar en que la imaginación del poder supera las fantasías de las masas y la ingenuidad de los inocentes. Que el porvenir auguraba una era de luz, democracia y libertades y que ese mundo convulso, herido hasta el hueso y cubierto de harapos vería sus mejores logros con el milenio que, en sólo una década, comenzaría a prodigar sus dones. Eso y cosas más decían los comentaristas convocados por los medios, especialmente gringos. Como siempre al fin de una catástrofe, no se vislumbraba el destino, pero tampoco era importante. La euforia duraría hasta ver y padecer los restos del naufragio. De todo se diría, hasta sentir en carne propia y aun a nivel domiciliario el efecto de los cambios. Luego vendría lo demás, con la realidad que impone intereses para suscitar sufrimientos distintos y nuevos acomodos que vuelven al reajustarse al carácter de los pueblos y a la naturaleza contrastante del dominio.

Ajenos a los juegos del azar, indiferentes al mañana y sólo jubilosos por haber sellado ese capítulo de horror, las noches de aquel noviembre de 1989 sería para muchos como haber visto a Dios. ¡Cuánta felicidad! ¡Cuántas promesas! La memoria y el olvido se fusionaban en una embriaguez liberadora. Yo misma pensaba que si eso estaba ocurriendo, todo era posible. Un régimen de hostilidad dejaba el campo abierto a otro, todavía desconocido. Los allí congregados probaban un sentimiento de levedad. Al amanecer, la luz temprana dejaba de ocultar siluetas al acecho. Nuevas voces, otros uniformes y los mismos hombres se aprestaban a clamar que el siglo del espanto reclamaba su hora de justicia. No más escritores ni libros ni vocabularios perseguidos y proscritos. Aunque los exiliados podrían recobrar su patria y su lengua, permanecerían en sus países de acogida como signos de un tiempo que en un instante se incorporaba a la fugacidad de lo eterno. Si el destierro les otorgaba un halo de heroísmo, la libertad disiparía la magia que los situaba por encima de los otros. Del Berlín reunificado en adelante los discrepantes que había hecho de la izquierda un modo de vivir tendrían que acudir a otros temas, nuevos fantasmas y distintas invenciones.  La realidad se encargaría de activar a los demonios. Que las mascaradas son parte de lo humano, pensarían los pesimistas, y pronto se hablaría del hambre, pandemias, desempleo, injusticia, luchas religiosas, corrupción y migraciones imparables. Reducido al lento escarbar en los archivos, el comunismo transitaría a los recuentos en papel impreso y el poder de la electrónica eliminaría el otrora eficaz imperio del secreto. Cargada con los riesgos del olvido, las letras tendrían que buscarse otro Belcebú con distintos atavíos. Sin el encanto de lo proscrito, el mundo quedaría al desnudo, expuesto a la competitividad desventajosa del mercado. Detrás del regocijo ascendía el carácter teatral de la caída.  El drama se volvía comedia en una dualidad aún poblada de brujas y demonios que bailaban con sus víctimas. Voluptuosidad y nerviosismo… Todo se teñía con los colores de lo humano, hasta el concreto gris saturado de grafitis. De lejos y de cerca, el ombligo de Berlín se transformó en un festín carnavalesco. Otra posibilidad se inauguraba: la del “justo medio” que ofrecía la apertura democrática, escondida también tras una máscara sin rasgos definidos.

Para quienes vivíamos aguardando este momento, los signos del declive comunista resurgían en la memoria:  huelgas, luchas internas y presiones laborales en Polonia; la disolución del Partido Socialista Obrero Húngaro y la creación reciente del multipartidismo; la agitación estudiantil durante la “primavera de Praga” o el ´68 simbólico del grito generacional en Occidente. Era obvio el ascenso de un pensamiento que estaba dando al traste con el régimen soviético. Que más prolongados habían sido el imperio romano, la dominación árabe en España, la colonización española en América, el yugo británico en la India, evocábamos algunos para acentuar la breve duración de un régimen que se anunció mesiánico, como tantos en la historia.  En el pasado no proliferaron reformistas, por efectivos que fueran los que eran, ni las palabras tenían el doble filo con que la comunicación masiva repartía denuncias a lo largo y ancho de continentes y países. Y eso era lo que hacía tan singular el suceso: verlo en vivo desde el otro lado del planeta con la certeza de que lo que también nos afectaba. Con ser tan obvio, me deslumbró el hallazgo: ser parte de un todo del que nadie se sustrae, ni siquiera del efecto de la música.

Los huérfanos de Marx, de Lenin o de Stalin multiplicaron sus lamentos ideológicos con la duda de qué sería de nuestra América Latina después de “la hecatombe”. Que se impondría un nuevo imperialismo y conoceríamos el poder incontrolable de una potencia dominante. Que la bipolaridad era necesaria, agregaban los dolientes inquiriendo fórmulas restauradoras de una izquierda despojada de argumentos para redimir “a los pueblos subyugados”. No pude evitar pensar en Grecia, en el Helenismo, en los dominios del Imperio. Ascensos y descensos, tentativas y fracasos, lenguas perdidas, dioses derrotados y de nuevo reinventados, culturas desaparecidas para dar lugar a otras que, mejores o peores, nos enseñan que el hombre en esencia es movimiento.

No faltaron analogías entre ésta y aquélla revoluciones o entre ideologías, rebeliones y dictaduras sin darse cuenta de que, en realidad, el suceso rebasaba a los que encontraron en la quimera soviética un asidero para dar sentido a su existencia. Para la mayoría, adaptarse a los cambios no sería sencillo. El suceso adquirió la gravedad de un credo perdido. Era como si se hubiera demostrado que Dios no existe, que la Virgen no lo era y el Espíritu Santo no ilumina a nadie con sus lenguas de fuego. Hasta entonces la izquierda, como la Iglesia de Roma, era para los creyentes “una e intransferible”: ¿Qué hacer ahora? ¿En qué creer? Aún quedaban Cuba y China, a pesar de sus respectivos indicios de descomposición, porque la memoria del junio fatídico en la plaza de Tian’anmen estaba fresca, pero aun los más fervososos sabían que, en adelante, nada sería igual.  Ni la utopía de una democracia socialista podría instaurarse aún para coronar el sueño de los visionarios del pasado.

Leí que “esa inesperada cólera masiva” exacerbaba prejuicios que los fanáticos convirtieron en ortodoxia marxista. No faltaron anuncios sobre el triunfo de la burguesía y “la debacle de los nacionalismos”. Declinaba una edad devota de personajes idílicos tan poco recomendables para las jóvenes generaciones como Mao Tse Tung, Ho Chi Minh o Fidel Castro. Morían sueños abonados por Marx, Engels, Trotsky, Lenin, Sorokin… Y acaso para mitigar el sentimiento de orfandad, se invocaba a Duvcek, al “socialismo con rostro humano” y la renovación “lógica” del socialismo..., en medio de trapitos al sol como que “la izquierda organizada” de una parte y los intelectuales de otra encubrieron crímenes, campos de concentración, abusos e incontables evidencias mayúsculas de corrupción, no sólo del estalinismo, sino en organizaciones sindicales y comunistas de otras geografías, sin descartar a Cuba. Que todo proceso revolucionario tiene abyecciones, decían con repugnante seguridad para justificar brutalidades denunciadas que se negaban a aceptar como actos perversos ya que, según rezaba el fanatismo reinante, el sistema mismo, al consolidarse, aplicaría su régimen de autocrítica y corrección. En fin, que los discursos llovieron entre exequias en todas sus versiones como política de Estado. Mientras tanto, el recién fundado Parlamento Europeo, quizá auguraba “otra forma de socialismo teñido de democracias nacionales”, como podría desprenderse de los giros anticipados por la glásnost y la perestroika. Lo cierto es que al autoritarismo se le puso nombre y rostro mientras la marca de una larga sujeción quedaba reducida a polvo; con ella, se iban también la bipolaridad enmarcada por la Guerra Fría y el batallar incesante de los antiimperialistas y sus complementarios nacionalistas a ultranza.

Al publicarse secretos y pudrideros externos e internos acabaría la complicidad que mantenía unidos a los simpatizantes del comunismo. Ciertamente nada sería igual a partir de entonces. Ni siquiera los Estados Unidos, “cabeza y cuerpo del nuevo imperio”. Mediante reformas electorales y legalización de partidos antes proscritos, en México se determinó subsidiar a individuos y facciones con fondos del Estado para enmascarar supuestos avances democráticos. Antes progresistas e incluso venerados, los de la vieja guardia serían considerados reaccionarios. Lo que nos enseñaron en las aulas durante años quedaba de un plumazo confinado en el pasado. Con los “neoconservadores” se entronizarían los ricos mundiales, encarnarían la intransigencia, el autoritarismo, la descomposición de las aspiraciones del desarrollo y una perspectiva cada vez más sombría, en nuestro caso, de “la modernización del México independiente”.

Que presenciábamos los primeros pasos de un futuro democráticamente promisorio y que por el efecto dominó irían cayendo, una a una, las dictaduras que faltaban. No más represión ni persecuciones políticas ni Guerra Fría. ¡Por fin libres! El capitalismo triunfaba enarbolando un extraño lenguaje global. Los del bando perdedor serían borrados de la historia, de las aulas superiores y aun de la memoria intelectual. ¿Quiénes frenarían a los agentes perversos? ¿Quiénes creerían en las voces críticas, en la fuerza de la razón? ¿Qué sería de los herederos de la Revolución? Cuando menos tres generaciones de “revolucionarios” se quedaban con las manos vacías. Y yo observaba, escuchaba y recogía contrastes convencida de que, ocurriera lo que ocurriera, el símbolo del Muro marcaba el verdadero final del siglo XX. Supe, además, que mi vida también sería distinta en adelante. Lo que no confirmaba, todavía, es que el Hombre es el Hombe, es el Hombre…

Si, pero no ocurrió el milagro ni se cumplieron las maravillosas promesas de libertad, derechos humanos y justicia. Las izquierdas quedaron en ruinas. Se concentró el monetarismo neoliberal que, en vez de Guerra Fría, arrojaría la división de ricos mundiales, adueñados del dinero y mayoría de pobres, protagonistas de la escatología milenarista: migraciones masivas, sin solución, sin tierras de acogida, sin esperanzas  vitales… El supremo poder del narco y de las mafias, una democracia espuria que apenas merece el nombre, corrupción y la cultura que declina como animal en extinción. Cayó el muro, si, y una vez más quedamos en la historia como fuera de lugar, sin asidero y sin sentido.

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Mirar el mundo. Vivir es de bravos

November 3, 2018 Martha Robles

Miguel Ángel, La tentación de Adán y Eva y la expulsión del Paraíso. (Fresco de la Capilla Sixtina).

Vivir no es cosa fácil. Si lo fuera no habría filósofos, religiones ni adivinos; tampoco  psicoanalistas, psiquiatras, médicos ni terapeutas. Aunque nadie se libra de la sanción divina, las dificultades no son las mismas para todos. El factor social es tan importante que ya no es un secreto afirmar que la desdicha es más recurrente en regímenes opresivos. La realidad es dura, demasiado dura y con frecuencia difícil para ser soportada. Hay que reeducar el pensamiento y la conciencia de nuestra situación en el mundo para no doblegarnos al miedo, a la violencia y la agresión que constantemente recuerdan que la muerte está al acecho, en manos de enemigos furtivos.

Aunque varían la intensidad y los modos de administrar ramalazos de la mente, de las emociones, los sentimientos y el cuerpo, la presión externa existe realmente y en varios aspectos supera nuestra destreza para vencer obstáculos. Cada época discurre sus estilos de prodigar y experimentar desdichas. La nuestra añade la publicidad y la manipulación del deseo para incrementar la frustración y el sentimiento de fracaso. La infelicidad, sin embargo, es inseparable del destino. A partir del estigma del pecado original el sufrimiento cifró ésta, una tantas amenazas cumplidas  del Padre del cielo cuando castigó a las criaturas por querer  igualarse a Él. Existe la duda, no obstante, de si el mal que se aloja en el alma humana fue incluido por Lucifer para que, al tener que valerse el Hombre por sí mismo, fuera por siempre imperfecta la obra de Dios. ¡A saber!

Íntimas y externas, entre las causas del sufrimiento destacan el Mal, las pasiones y sus derivados: violencia, terror, explotación, injusticia, codicia, celos, envidia, enfermedad, frustraciones carencias, duelos, desamor, abandono y fatalidad. Su poder devastador es incuestionable: desesperanza, confusión, tristeza, miedo, inseguridad, falta de autoestima, impulso de muerte…  Sufrir, y sufrir varias veces por las causas que sean, es una de las condenas de nuestra condición, lo cual contradice “estar hechos a Su imagen y semejanza”. Hasta donde el conocimiento y la razón permiten inferir, el Creador, el Padre, el Único Uno o la divinidad no padece los males que a nosotros nos aquejan precisamente por no ser como Él. Así que, puesta a comparar nuestra desventaja vital, no hallo imagen ni parentesco  o semejanza posibles entre Dios y la humanidad.

Era parvulita cuando una monja, en riguroso hábito blanco y negro y con la autoridad de la inconmovible Iglesia preconciliar,  narró al grupito de niñas el episodio de la Caída. Horrorizada con el ángel rebelde, el dedo de Dios, la serpiente y con la realidad que aguardaba a la primera pareja y su descendencia, supe de qué estaban hechas las pesadillas. Desde entonces, la expulsión del Edén encabezó el listado de sucesos que, esencialmente humanos por sus numerosas bajezas, no solamente fueron consagrados por el Antiguo Testamento, sino repetidos y superados, generación tras generación, para demostrar que ser arrojados de la patria, entre otras crueldades,  es costumbre arraigada y fundamento de la historia.  Sufrir y causar infelicidad es tan inherente a nuestra naturaleza que inclusive los pequeños se desafían entre sí, se lastiman, se humillan y se provocan aflicción  deliberadamente al incluir el conflicto como parte de sus juegos.  Para mi, lo más difícil de entender ha sido el ensañamiento de los humanos con sus semejantes y con cuanto esté vivo en general.

Mucho antes de interesarme por la mitología, La Biblia me hizo pensar el sin sentido del sufrimiento, no obstante existir como parte de la Necesidad: primer peldaño del absurdo, nutriente de la fe religiosa y cuestión indivisa del filosofar. La infamia de Caín, la frustrada aspiración de Menrod y la subsecuente destrucción de la Torre de Babel, el sacrificio de Abraham, el éxodo, la ferocidad de David y no se diga del sinfín de infidelidades, traiciones, engaños, deslealtades, abusos, mentiras, invasiones y despojos son apenas antecedentes lo que se volvería rutina y motivo de guerras y enfrentamientos en Oriente y Occidente. Con la vara divina glorificando el mando, la vida ha transcurrido en el mundo dividida entre víctimas y victimarios.

Decisiva en mi manera de entender el enredo de luchas perversas y consternaciones de preferencia evitables, la literatura apareció como regalo profano para contrastar la suprema idea del castigo. Sin embargo, en vez de equiparar la mitología y la ficción  a las obligadas lecciones de Historia sagrada, éstas me enseñaron el significado de la retorcida omnipotencia del padre como causante de la desdicha y del dolor humano. De golpe tuve que aceptar que lo tremendo y supremo era ineludible, como el sufrir. Tal aprendizaje, inseparable de la obcecación religiosa que dominaba ésta y la otra vida, facilitó mi comprensión del Poder –un poder cerrado y masculino- y la inevitabilidad del feminismo como vía de acción liberadora, a pesar de los obstáculos reales y casi infranqueables que limitan la voluntad de las mujeres.

Fanatismo religioso, verdades inamovibles, totalitarismos, padres autoritarios, dictadores, tiranos, amantes, esposos y regímenes opresores, comunidades y sistemas cerrados, el poder de pillos y criminales y la vasta gama de portadores de desdichas ancestrales se han reproducido, multiplicado y sofisticado desde las organizaciones tribales.  Nunca ha desaparecido el impulso de lastimar, vejar, degradar ni aniquilar al otro.  Sin embargo, milenios de historia no sirven de escarmiento porque nuestra especie tiene el vicio de repetir sus errores y repetirse en sus bajezas. No hay pasado mejor, sólo más información del Mal en la actualidad. Varía el estilo de verdugos y torturadores, no el dolor de las víctimas. Veo a miles de migrantes que avanzan por territorios inciertos y pienso en las destrucciones causadas por los persas, los egipcios, los romanos, los cruzados, los colonialistas e invasores de todos los tiempos. Leo cuán dramáticos son los informes del hambre en regiones del África, de  Asia, en Haití o nuestra América y vuelvo a sentir la misma y profunda tristeza causada por el repaso de genocidios, violaciones y agresiones tan despiadados como los cometidos por Aníbal o Gengis Khan y, más acá,  por los regímenes de Hitler, Stalin y el inacabado desfile de dictadores y tiranos.

No hay ni ha habido poderes inofensivos, de ahí las batallas por los derechos y libertades. Tanto en lo público como en lo privado,  la historia del sufrimiento es inabarcable. Quizá tenemos un íntimo registro sutil y finísimo que anticipa algo adverso aún innombrado, pero a poco estalla en ansiedad, dolor, angustia o tristeza profunda, aun en tratándose de cuestiones políticas. La mente y el cuerpo intuyen cuando eso está por venir; sin embargo, sólo los más avezados leen sus entrelíneas y saben cómo dirigir emocional y racionalmente la avanzada de la consternación.

Cuando la desventura se adueña de nuestra indefensión se acentúa la dificultad de  hacer casi cualquier cosa. Me refiero a la depresión, pero cuando se trata de los pueblos, el conflicto exige pensamiento y acción para no caer en la violencia tantas veces repetida. En lo individual, los sentimientos se alteran con  dolor, aflicción, tristeza, sufrimiento, ansiedad, desesperación, melancolía; es decir, la desdicha  inmoviliza e incrementa la certeza del fracaso.  Es un compendio de emociones negativas que, concentradas en el vientre, se disparan hacia arriba y a los lados para zumbar en el oído, alterar la respiración, bajar la temperatura corporal, soltar lágrimas enredadas a la congoja, incrementar el desaliento y “el nudo en la garganta” mientras crece la impresión de haber perdido el piso y el norte vital. En casos agudos aparece un cosquilleo intenso en la nuca acompañado de cefaleas, insomnio, pérdida de apetito y/o tendencia a la falta de autoestima. Ni insomne ni despierta el estado es apto para razonar porque el abatimiento nos disminuye. Si esto es en lo individual, la desdicha es el perfecto instrumento de dominio de los pueblos subyugados.

Hay que agradecer la invención de remedios terapéuticos y farmacológicos para mitigar el sufrimiento. Respecto de lo social, las curas exigen remedios mayores, como la educación. Lo que nos hace mejores personas o sociedades es la monumental concentración de energía, razón, inteligencia emocional y voluntad dirigida que se requiere, primero, para soportar la situación infernal; luego, para sobreponerse a las consecuencias inseparables de cualquier flagelo y retomar el rumbo y la acción positiva.  Sufrir es tan horrible que sólo se explica como castigo divino y el Mal como obra de Belcebú. Penar por uno mismo no es más ni menos ventajoso que penar por otro u otros.  

La edad, el conocimiento de ciertas cosas o la experiencia nos dotan de una extraña capacidad para darnos cuenta no solamente de cuán difícil es vivir, sino del montón de torpezas, ofuscaciones y estupideces que causan mucho sufrimiento. Una buena cantidad de causas de desdicha son evitables, pero el hombre es el hombre, es el hombre...  Por ejemplo, siempre, siempre me ha conmovido la imposibilidad de nuestra América para levantarse de su postración, pero el dolor que me causan México y su historia de derrotas es a veces insoportable e inclusive enojosa.  No puedo dejar de asociar un ancestral espíritu de sacrificio colectivo al complejo de derrota de  los vencidos que, en su ofuscación, se ufana de su incapacidad para valorar y hacer suya la grandeza.

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La inmigración en masa

October 21, 2018 Martha Robles

Fotografía: www.sinembargo.com.mx

Un hombre solo es el Hombre. Cuando reunidos por miles se modifican la idea de lo humano, el carácter del ser y la concepción social de la pertenencia a una cultura, a un territorio e inclusive a una comunidad. Si la muchedumbre está en movimiento se vuelve amenazante. Por ajena e incomprendida, la masa humana es una de las figuras de terror por excelencia y lo más cercano a la escatología que, desde el Medievo, ilustra la devastación y el fin de los tiempos.  La gente abandona su patria por varias causas: desgaste de tierras, violencia armada, invasiones, persecuciones, epidemias, hambre, aridez, miseria o afán de cambio. En cantidades proporcionales a la sobrepoblación actual,  los desesperados se desplazan del este al oeste y del sur al norte, en pos de bienestar. Con asombrosa temeridad, miles y miles de desamparados se atreven con lo desconocido y todos, sin excepción, demuestran que vale más la libertad que la vida. Aunque por montones  mueren en el intento, los más animosos emprenden su odisea como Ulises redivivos, salvo que desprovistos de la protección de los dioses. Imparable, la multitud navegante, en transportes o a pie arrastra un pasado más o menos homogéneo, pero su presente y su futuro son tan inciertos como la geografía política que, a pasos agigantados, está desafiando los dominios globales del neoliberalismo.

Al margen de declaraciones ociosas y buenos propósitos, los países del sur y del este  expulsan a su gente y no hacen suyos a los ejércitos de desvalidos que tocan  sus puertas. Más aún: puente entre dos realidades extremas e inconciliables, no es la geografía del atraso lo que interesa a los que huyen de la miseria desesperanzada ni su tránsito, por difícil que se antoje, frena la atracción del sueño americano. Habituados a discriminar a los “mojados” del sur y a voltear hacia otro lado cuando se trata de la complicada historia protagonizada por  indocumentados propios o extranjeros, los mexicanos, en mayoría y a diferencia de lo que ocurre en países de acogida, por primera vez se enteran de lo que se trata una migración en masa.  No es lo mismo recibir cifras regulares de quienes desafían el cerco fronterizo que ver en directo y por todos los medios una caravana imparable; es decir, ver en acción a miles de personas decididas a modificar su destino.

Al cambiar radicalmente las técnicas migratorias y los correlativos cercos en las fronteras, los miles de hondureños que avanzan hacia los Estados Unidos están poniendo de manifiesto prolegómenos de una revolución de los pobres, engendrada y exacerbada por el neoliberalismo del siglo XXI: un modelo económico que, lejos de formar ciudadanos y democracias como presume, ha dividido al mundo en extremos de esclavitud, miseria y riqueza; desesperanza letal para las mayorías y sistemas de privilegios reservados a minorías cada vez más cerradas, irracionales y deshumanizadas.

Migrar ha sido un fenómeno natural, inseparable de procesos evolutivos. Animales y grupos humanos se han movido de una región a otra y de un continente a otro desde los días del Edén. Expulsados del Paraíso, Adán y Eva fueron con seguridad los primeros desposeídos. La Biblia está sembrada de huérfanos, viudas y desvalidos sin tierra que, encabezados por el éxodo judío liderado por Moisés,  hacen del migrante una de las figuras infaltables no sólo del Antiguo y el Nuevo Testamento, sino de  la memoria histórica.

¿Quién no se estremece con la desgracia de Abraham, el extranjero perpetuo? ¿Cómo permanecer indiferente ante la bestial expulsión de árabes y judíos en la España imperial de 1492? La “Santa Inquisición” ¿cómo justificarla? ¿Y la hégira o migración de musulmanes de la Meca a Medina, ocurrida en el año 622? Para no concentrarnos en temas político-religiosos del pasado, hay que valorar la abultada lista de intelectuales, artistas y perseguidos durante el siglo pasado por el franquismo, el fascismo, el leninismo, el comunismo, etc., etc. En términos ideales y en proporción a la calidad educativa de los migrantes, cuanto se pierde en civilización y cultura en la tierra que se deja, lo gana en diversidad la patria de acogida. Desde los días de Persia, Grecia, Roma y Alejandría, ya se sabe que no es lo mismo recibir letrados y estudiosos en varias lenguas que a las hordas de bárbaros y cruzados descritas por historiadores y cronistas de todos los tiempos. El saldo de sangre de los migrantes armados revelado por Norman Cohn es estremecedor.

A diferencia de otras migraciones numerosas, los  españoles en fuga de la Guerra Civil dieron un impulso cultural sin precedentes a numerosas generaciones de mexicanos e hispanoamericanos. Los desplazamientos masivos de inteligencias educadas  fertilizan la tierra de acogida y, a su vez, se nutren de lo nuevo. Al menos en México, hay un antes y un después del exilio español. Hay que insistir, además, en que no hay un solo científico distinguido con el Nobel o académico, artista y/o escritor, al menos en los Estados Unidos, que no sea un inmigrante él mismo o descendiente de inmigrantes.

Pero ahora, a propósito de los temas humanitarios y de los migrantes en masa comandados por hondureños y en ruta hacia los Estados Unidos, México se ha convertido en puente entre la dramática realidad sudamericana y la brutal presión económica y diplomática del intolerante gobierno de Donald Trump. Es decir, no enfrentamos un problema particular ni típico de los indocumentados, sino que nos encontramos enfrascados en un dilema interncional de desafíos múltiples que, de menos, requiere de una excepcional inteligencia política.

Antes de que el capitalismo comandara la política discriminatoria, los credos y los fanatismos provocaron más estallidos migratorios que los ataques civiles y militares. No hay capítulo de la historia sin desplazamientos humanos. Baste repasar los éxodos causados por la Segunda Guerra Mundial; luego, a los “mojados” dispuestos a peligros sin fin para llegar “al otro lado”  o la odisea de los que, con lujo de brutalidad, pusieron a los Balcanes en la mira internacional a fines del siglo pasado, para confirmar que los movimientos migratorios forzados son el hecho más frecuentado, cruel, significativo e irresoluble de nuestra era. Si el de las pateras cargadas de africanos representa para Europa una de las más intimidantes y dantescas figuras cotidianas, ahora sumamos el triste espectáculo de refugiados sirios y el de miles de hondureños que avanzan en masa en pos del bienestar proscrito para las mayorías. Esto significa que el mundo es una nerviosa esfera en movimiento donde el clima, la propia presencia humana, la política o los fenómenos naturales están moviendo a numerosísimas poblaciones en situaciones cada vez más inciertas, complejas y deshumanizadas.

Que pocos se interesen en analizar la complejidad migratoria no significa que no sea uno de los fenómenos más importantes, graves y reveladores del siglo. Por su vulnerabilidad implícita se presta a reacciones extremas, desde los exaltados actos de demagogia y sus complementarias y arriesgadas actitudes mesiánicas, como la improvisada oferta de López Obrador de otorgar visas de trabajo a la muchedumbre de hondureños en tránsito hacia el país vecino, hasta feroces muestras de discriminación y yerros políticos y diplomáticos. Sendos casos no son más que muestras de la ignorancia que existe al respecto de la movilizaciones humanas y sus circunstancias.

México nunca ha tenido sus fronteras abiertas ni nuestras reglas son incondicionales para los pobres vecinos del sur de nuestra América. Nunca hemos mirado al sur con espíritu de igualdad y justicia. Tampoco, desde la Independencia, México ha resuelto sus propios conflictos respecto de la justicia social, la inseguridad, la violencia, el desarrollo, la miseria, la gobernabilidad, la infraestructura, las políticas demográficas, sanitarias y laborales, la creación de infraestructura, el sistema de oportunidades vitales y, desde luego, la democracia. Así que, cuidado con la demagogia y la palabrería: estamos ante un problema internacional tremendo en todas direcciones: económico, social, político, diplomático, educativo, cultural y demográfico.  Es de tal modo complejo que más que agradecer su ingenua “buena voluntad” indigna la ignorancia del virtual mandatario de México. Más aún: el drama apenas comienza. Lo que está por venir es, de menos, imprevisible en términos socioeconómicos, diplomáticos, cívicos y políticos. De ahí el riesgo de hacer ofertas al aire, pues en cosa de horas la muchedumbre de hondureños ha engrosado el número de la calificada de “caravana”.  Y no se hable de la violencia local existente, de los narcos, de los crímenes, los feminicidios, las violaciones… Es decir: aquí no hay justicia ni seguridad de ninguna índole. Eso no se cambia por decreto ni de la noche a la mañana ni se mejora con actos humanitarios de caridad religiosa, por cierto también valiosos pero no suficientes ni necesariamente adecuados y oportunos. Menos aún se subsana el desafío con una educación tan precaria como la media mexicana.

Por otra parte y respecto del fenómeno del que ningún pueblo se sustrae, no hay un ser vivo ajeno a alguna migración masiva y por demás lastimosa. Sea de sur a norte, de este a oeste, por tierra, por mar, entre desiertos, en cubierto, a cielo abierto… las cifras de muertos se refunden en la estadística mientras por decenas de miles los marginados o “condenados de la Tierra”, como los calificara Franz Fannon, continúan huyendo, con las manos vacías, en busca de una vida mejor. No son los primeros ni los protagonistas de la peor tragedia migratoria, pero los sirios huyen desesperados y masivamente de la carnicería comandada por la confrontación entre el estado islámico, Bachar el Asad y otras facciones en pugna. Esta destrucción ha puesto de relieve un hecho sin discusión: no hay un solo conflicto interno en el que no estén involucrados intereses, capitales y armas extranjeros. Por consiguiente, todo fenómeno migratorio entraña un problema internacional que debe resolverse así, mediante políticas, estrategias y normas globales.

Brasil, México, Honduras, Venezuela, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Perú, Ecuador, Bolivia… Nuestros países son una fábrica de migrantes, de dolor, problemas  y sufrimiento evitable. La presión de los desplazados está superando la resistencia de los pueblos a aceptarlos. Ya no se puede ni se debe mirar hacia otro lado: cambiamos de raíz este malhadado neoliberalismo o las masas enardecidas, como en la Edad Media, se encargarán de imponer sus propias reglas; es decir, el caos definitivo.

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Desvivirse

October 11, 2018 Martha Robles

Que sepa, ninguna otra lengua ha discurrido un verbo equivalente a este de desvivirse. Más allá de Julián Marías, tampoco se de filósofo alguno que asocie y explore la ilusión en sí y el ilusionarse con tan extrañísima expresión de vehemencia que, de menos, acusa una manera de esforzarse con tal ahínco que en el camino de morirse por, desear algo o a alguien con exageración o volverse loco quizá de aflicción se pierde o se renuncia a la conciencia de sí y, en esencia, a la libertad en cualesquiera de sus formas.

Sensible desde pequeña al poder de las palabras, hacia mis diez años de edad oí que Fulanita se desvivía en atenciones por agradar al marido y él, desdeñoso, “ni cuenta se daba”.  Por vueltas que le diera a mi vocabulario limitado, no hallaba modo de entender que alguien pudiera des-vivirse, como si des-vestirse se tratara.  Sacarse de la vida para llenarse de vida era una figura de tal modo inabarcable que me dio por preguntar a mi alrededor, pero sólo tuve la risa por respuesta. Ante la obviedad advertí, sin embargo, que mientras ella se desvivía quizá secándose de adentro afuera por la frustración de no obtener lo esperado, él seguía tan campante e inclusive envanecido, quizá por el prejuicio de creer que satisfacerlo a costa de sí misma era deber de la mujer.

Así fue como des-vivirse se convirtió en una palabra baúl llena de asociaciones.  Distintos significados y referentes culturales se entrecruzaban hasta desvelar el lado menos visible aunque más sustancial de un carácter.  Tal contraposición de contenidos y actitudes, inseparable de nuestra compleja  herencia mestiza,  desencadenaba en el día a día un drama que finalmente fue inocultable: desvivida, la anhelante –supeditada a la esperanza de ser correspondida o al menos gratificada- quedó desasida, como sin rumbo y vacía hasta andar como muerta viva. Quedó sin ilusión ni confianza en sí misma porque tal interés desmesurado, solicitud o supuesto amor que empeñó por alguien en realidad implicaba una actitud privativa;  es decir, al des-vivirse renunciaba a sí misma en función del otro. Esta experiencia, tan sugestiva como el hecho de que exista un verbo tan raro en nuestro idioma, me incitó a pensar, a partir de entonces, en el por qué de la peculiar dificultad de vivir y de vivirse hacia delante, distintiva de nuestra cultura.

Hasta presenciar el desfile de des-vividos durante las para mi vehementes –y desde luego intimidantes- procesiones de la Semana Santa, en España,  entendí la estricta congruencia del verbo desvivir con un modo de ser no siendo que se eleva hasta el misticismo de Juan de la Cruz y a su siembra de paradojas espléndidas. Carente de místicos y de misticismo, en cambio, la cultura mexicana se desvive con cuestiones más a flor de piel: las figura de la muerte, del sacrificio y del sufrimiento, la fiesta exacerbada ya vista por Octavio Paz y más recientemente aunque no menos cargado de significación, el culto a la Santa Muerte, con todo lo que implica en su relación con lo que se es más allá de lo aparente.

Inclinados desde los abuelos remotos a negarnos a nosotros mismos y por añadidura  impulsados por una religión cifrada por la renuncia esencial –porque su sacrificio implícito es contrario a la significación en sí de la vida-viva-, los hispanohablantes llevamos el estigma de afirmar y negar a un tiempo la misma cosa. No es infrecuente, por eso, oír como lugar común algo tan absolutamente absurdo por sugerir lo opuesto como morirse de hambre, de amor, de deseo, de antojo, de pena, de felicidad… Y se enfatiza cuando, en realidad, queremos decir que estamos en situación de vivir o, con más exactitud, de vivirse: término por cierto  inexistente en español, lo que tampoco  deja de asombrar.

Tal contradicción entre desvivirse y vivirse subyace en el inconsciente colectivo y no dudo de que determine nuestro carácter, poco dado a valorar los tres ejes del vivir y del vivirse en armonía: la libertad, la razón y las emociones. Lo propio vale para entender una también rareza que dice  esto no es vivir, cuando indica, según Julián Marías,  “que el hombre está fuera de sí, de su asiento, de sus casillas… de su morada”.   Y decimos que algo no es vida o que esto no es vivir justamente cuando eso que motiva la afirmación nos hace creer que no vivimos, cuando naturalmente no se trata de ninguna otra cosa que de vivir o de estar viviendo nuestro estado de humanidad. De este modo, el habla popular, movida por su inclinación a la renuncia y a la negación de sí, “invierte los términos y dice que ese vivir no es cosa que lo valga, sino al contrario, que se está desviviendo.”

Así viene a ocurrir en este universo de desvividos que, por desvivirse, el desvivido se disminuye a cambio de nada, renuncia a la vida y cae en tal absurdo que, de menos, nos lleva a reflexionar lo que de cultural y religioso entraña la paradoja de Teresa de Jesús: Vivo sin vivir en mí/ y tan alta vida espero/que muero porque no muero… Observar ejemplos del morir por no morir o de morir sin morir en cierta forma determinó mi pasión por el misterio de las palabras. Tanto en la vida como en las letras auscultar el idioma me permitió adentrarme en el dramatismo implícito en mi cultura.  Esa búsqueda también me llevó a preguntarme por la raíz de la humana imposibilidad implícita en la tragedia. Por consiguiente, tuve que mirar a Grecia, a sus dioses y a sus héroes para entender el poder de lo ilusorio y la ilusión que determina no solamente nuestra presencia en el mundo, sino nuestra relación con la idea del destino y el anhelo de abarcar lo inabarcable.  

Empujados por el marketing y más recientemente por la estúpida creación de modelos  de ser inalcanzables, situaciones artificiosas, “figuras de éxito” y “logros idílicos” que fomentan el popular repudio al anonimato, se consagraron las redes sociales y el mundo del espectáculo como forjadores del nuevo culto al no-ser anhelando ser. Distinto al ejemplo de mi infancia, ahora se desvive el hombre-masa  por pretender ser una figura ilusoria. Se desvive por el temor de ser “alguien” ajeno a la ilusión que nos domina, no como Teresa de Jesús, por morir sin morir al esperar tan alta vida, sino por volverse un ente de ficción a la medida del objeto de consumo.

Aglutinados en batallones de desvalidos que esperan sin saber que esperan en tanto y hacen de la esperanza una justificación semi existencial, se multiplicaron el las urbes superpobladas los desvividos por ser notados y/o queridos. Atrás quedó la figura de  los devenidos (o convertidos en lo que se expresa) y las asociaciones del término con la piedad, la compasión y el orígen de la tragedia.

Clavada en las extravagancias de mi vocabulario personal, reparé en que ni la sabia María Moliner –quien más que los doctos académicos desmenuzó con claridad y realismo el significado de las palabras- abundó en los misteriosos trasfondos del alma española. Tal el caso del popular desvivirse, o en el más complicado neologismo de la también discípula de Ortega y Gasset  María Zambrano: des-nacer para ser.  Metáfora emparentada al renacer en vista de que la complejidad de nuestro tiempo  carece de “guía” no sólo capaz de orientar el comportamiento, sino de otorgar certezas con las cuales arraigarse cuando la vida “no está iluminada por la razón”.

Es maravilloso que este verbo exista -escribió Julián Marías-, porque, para él, desvivirse equivale a la forma plena y positiva de tener ilusión: “es la condición de que la vida, sin más restricción, valga la pena de ser vivida”.  ¿Será?

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Dolor

October 4, 2018 Martha Robles

Dolor. Käthe Kollwitz

Detrás del dolor sólo hay dolor: pozo insondable, herida abierta y un padecer terco, vehemente. Es lo tremendo por incomprensible e indistinta semilla del misticismo o del desvarío.  Dardo ardiente, túnel, la noche oscura del alma que dijera Juan de la Cruz.  Estigma de la Caída, desde la expulsión del Edén la mujer lo lleva  como cifra de su condición: parir con dolor, dolerse por los demás, condolerse. No que sea sólo femenina la sensación, sino que la maldición bíblica señala a la mujer como causante, portadora y víctima primera del dolor que humaniza a nuestra especie.

Sabemos cuándo comienza y cuánto o cómo lastima, no lo que depara su trance adverso. De suyo es el lamento, una aflicción en sordina, el hueco que desespera y la fatiga que horada lenta e inexorablemente de adentro afuera, igual que la carcoma.    Sólo quien lo padece conoce su hondura. El propio es el peor, por intransferible e inconmensurable.  Que el dolor fortalece, dicen los inclinados al sacrificio: pamplinas. El dolor sólo es dolor, una congoja teñida de angustia, vulnerabilidad absoluta y sensación de ahogo emparentado a la muerte. Totalizador e implacable, afecta al sistema nervioso, altera los ciclos del sueño y la alimentación; lesiona la estabilidad emocional, perturba la mente y según los casos, fortalece, aniquila, activa o pone en tela de juicio la fe religiosa quizá porque es una de las mayores pruebas de nuestra fragilidad.

Lo definen cual sensación de padecimiento en alguna parte del cuerpo; el del alma, sin embargo es peor porque hacer dudar al ser de ser. Tormento, daño, aflicción, pena, sentimiento extremo causado por un mal trato, por daño moral, físico o psicológico, por ver padecer a un ser querido, por una pérdida irremisible… Por su intensidad, sólo es tolerable el dolor ajeno. Considerado entre los castigos divinos por el pecado original, su descripción es prácticamente imposible, aunque todos en algún momento lo hayamos experimentado física, psicológica o espiritualmente.

Desde los días de Job, cuyo dolor se convirtió en emblema de sufrimiento extremo y prueba de amor a Dios, la humanidad soñó con remedios para mitigar sus efectos. Tras el uso de yerbas, elíxires, masajes, acupuntura, digitopuntura, aplicación de piedras y minerales, aguas milagrosas y un sinfín de pócimas, ritos, sacrificios, saumerios y panaceas reales o imaginarios, la invención de los analgésicos revolucionó la farmacología y la ancestral relación del hombre con el sufrimiento. Desde entonces no sólo el psicoanálisis y la terapéutica, sino la investigación científica no han cesado de buscar soluciones para atemperar y/o desaparecer los síntomas de dolor, en cualesquiera de sus manifestaciones. Cada vez más avanzadas, eficaces y sofisticadas, las clínicas del dolor están entre lo más apreciado de la ciencia moderna. Tanto, que ya hay innumerables recursos para combatir desde el ahora frecuente dolor de muelas, la migraña, contracciones y el parto mismo o los malestares físicos, hasta la fatídica sensación psicológica por tensión, ansiedad, depresión, tristeza, pena y neurosis inseparable del sufrimiento. El empleo de drogas duras o blandas como el opio, la marihuana o la morfina no se desdeña en el vasto catálogo de medicinas, narcóticos y técnicas con fines analgésicos. Algunos tipos de cáncer, lupus, herpes, alergias, artritis, problemas musculares, lesiones óseas y malestares orgánicos o psicológicos están dejando de ser una de las peores condenas, gracias a la expedita intervención de medicamentos o terapias que auguran un futuro inmediato si no del todo libre del dolor, al menos preparado científicamente para reducirlo hasta hacerlo llevadero.

La duda es si el hombre será, como anticipa la ciencia-ficción, un ser insensible, inalterable, que por añadidura también elimina la compasión en su batalla contra el sufrimiento físico o mental. Decían los antiguos chinos que para hacerse un hombre verdadero, el niño tenía que experimentar “un poco de frío, un poco de calor, el dolor necesario, un poco de hambre, algo de sufrimiento y la disciplina constante para moldear su carácter”. En todo caso, el dolor es parte de nuestra condición y ninguna especie, vegetal o animal, está exenta de sufrirlo siquiera una vez. De ahí a suponer que es requisito ineludible de crecimiento espiritual, de madurez y de sabiduría hay un gran trecho. Hasta hoy, el dolor es quizá controlable, pero no inevitable.

Otras consideraciones de índole doctrinaria o religiosa pueden añadirse al misterio del sufrimiento que inclina a los hombres al aprendizaje precoz de la tristeza. Y es que el dolor ha sido uno de los grandes móviles de la religiosidad y un explorador natural de las regiones inescrutables del alma. No obstante la dificultad para definirlo, todos ascendemos o descendemos alguna vez por sus peldaños siniestros. Incapaz de manifestarse solo, una cohorte de síntomas acentúa sus influjos en las penas recónditas del ser. Las más frecuentes: desesperación, aprehensión, incertidumbre, flaqueza, temor profundo, ansiedad, miedo y demás inquietudes profundas.

Pese a sus contrastes, el dolor es un aguijón  que provoca el suplicio físico y el desconsuelo del espíritu. Surge en general sin buscarlo, aunque son ambiguas las razones anímicas que participan del sufrimiento que, según dicen, sólo causa placer a los masoquistas. Tan diverso y depresivo como el duelo, la melancolía, la condolencia y otras formas de tristeza vinculadas al deterioro, a la postración o a la caída, su estruendo desencadena tal desfallecimiento que bien podría fusionarse a la agonía; y en casos graves, suscitar una atracción irresistible a la muerte. Aún cuando ráfaga deja su huella hiriente. Y aunque la memoria oculte su condición primitiva, más allá del olvido se presiente su sombra aberrante.  Por eso el sufriente acepta incluso remedios inescrutables, mágicos o ilusorios para evitarlo o combatirlo. Y es que a mayor intensidad peor la certeza de estar avanzando hacia  corrupción biológica al través de la enfermedad, en unos casos; y en otros, a la privación del bien o del goce que, por su ausencia de dolor, representan la perfecta salud/felicidad para muchas culturas.

Desagradable al ánimo y sombrío al grado de volverse delirio, la presencia prolongada del dolor afecta la vida entera. En el extremo, desaparecen indicios de risa y alegría a cambio de incrementar el “humor negro” y la desesperación. Nada se iguala al desamparo que produce ni a la sensación de orfandad que aqueja a quienes experimentan este estado de desajuste esencial. El doliente sabe que ha sido abandonado por Dios, que su sufrimiento rebasa su disponibilidad a la tolerancia y que nada común podrá remediar el furor que acaso sólo a un milagro corresponda curar.

Rebasados por la inútiles y deficientes explicaciones externas del sufrimiento, hay quienes creen que el padecer físico puede ser a su vez un mal depurativo que, en especial durante etapas críticas, contribuye no sólo al renacimiento espiritual de sus víctimas, sino a la búsqueda de estados no habituales de conciencia en nombre de la superación por la vía meditativa. Junto con otros elementos de incertidumbre también causantes de angustia, tribulación o desasosiego, la pesadumbre ha llevado a las naciones avanzadas a discurrir sofisticados ideales políticos en pos de un estado de bienestar, presidido por la técnica destinada a simplificar las tareas humanas y depurar la seguridad social, la educación y la medicina especializada para que, en conjunto, participen en la reducción gradual del sufrimiento. Sin embargo y a diferencia del propósito de armonizar estrechando las causas externas del dolor, el exceso de estímulos químicos, publicitarios y materiales ha alterado gradualmente las reacciones naturales del organismo al grado de desatar, en todos los frentes, una verdadera entropía que nos tiene atrapados en una era de turbulencia.

Cuando sus efectos perversos atacan las emociones son pocos los que resisten, por ejemplo, el desgarramiento del alma ajena o esa regresión psicológica a la zona de lo amorfo, donde brota la emotividad incomunicable que exagera el natural temor a la muerte, inseparable de la figura del sufrimiento. Es un temor que, no obstante disfrazado de necedad, resignación o desdén, nos obliga a retroceder ante la tristeza profunda cuando, expresada en su magnitud radical por la enfermedad o el descenso del espíritu, vulnera nuestra voluntad al reconocer que desestimamos el alcance de este debilitamiento en la potencia de existir, quizá porque nos recuerda cuán vulnerables y transitorios somos y hasta dónde es absurda la ilusión de suponernos al margen de la pesadumbre, de la melancolía o de la soledad amarga de los que experimentan dolencias.

Fuente unívoca de compasión, el dolor ha conservado en todo tiempo y lugar ese vínculo con lo tremendo y oscuro que si en principio incita a los hombres a clamar a los dioses piedad y misericordia, deriva después en asidero de una virtud dirigida hacia la clemencia, en cuya raíz se origina el deslinde entre la grandeza del humanismo y un falso concepto de debilidad que conduce a la intransigencia utilitarista. Al desvelar el trasfondo radical del sufrimiento y elevarlo a doctrina para sobrellevar la existencia, Gautama no solamente planteó las cuatro verdades sagradas o nobles de Buda, sino que precisó, de una vez y hasta nuestros días, que el eje divisorio entre razón y corazón es precisamente el dolor, cuya emotividad incomunicable conduce a la zona de lo amorfo donde no se atina con ninguna explicación aceptable, a pesar de que en todos los casos se relacione con el universo de la enfermedad, la caída o la muerte. En turbulencia enardecida por el temor, el proceso del sufrimiento suele manifestarse con desaliento, zozobra, desolación u otros efectos causados por ésta, la herida más poderosa de la existencia.

Violenta de por sí, su estridencia eslabona conflictos que invariablemente involucran negativamente a terceros. Provoca choques subsidiarios, arrecia la obstinación y empeora la unidad indiscriminada entre sujeto y objeto, lo que estimula el malestar y aleja de sí la bondad que paradójicamente y junto con la razón ceñida por la virtud, es la única medicina que existe para reducir el padecimiento enardecido por el dolor.

Sin dolor, carecería de sentido la esperanza típicamente cristiana.  Así la tendencia, mítica o literaria, a fabular soluciones súbitas que mitiguen una ansiedad radical en cuyo fondo se engendran el delirio, la compasión, el vértigo del suicidio o el apetito de inquirir lo absoluto. En sus extremos significados, el ansia de lo absoluto subyace en místicos y artistas, prelados, filósofos, médicos, curanderos, adivinos y en intérpretes del destino.  A la par de la ciencia o la fe, poetas y magos indagan formas de alivio para este tormento. Y es  que, por su natural corrosivo, conduce al desesperado hacia una pasión que, a diferencia del amor, la creatividad, el odio o el poder, se nutre de sí misma y así misma se destruye.

Lo dicho: detrás del dolor sólo hay dolor, un padecer que en su vehemencia arrastra a la profundidad del enigma, donde se roza lo sagrado y su indivisible experiencia de lo inexorable. De ahí que nadie mejor que el sufriente para reconocer una actitud bondadosa que en su función de otorgarle paz y armonía, únicamente podría actuar de manera incondicional. Por las tinieblas que han explorado ciertos portadores de la doctrina del sufrimiento, corroboramos que existe una Metafísica del Dolor que si bien ha inspirado procesos de conversión religiosa o despertadores del alma que, como el caso de Leo Bloy, llevan a demostrar que el Hombre tiene lugares incomprensibles que no existen en el corazón sino hasta que los toca el dolor y los hace manifestarse. El malestar ha llevado a las generaciones a investigar la aflicción como parte de las dolencias curables mediante analgesia farmacológica que reduce, ataranta o extingue temporalmente la dinámica del sufrimiento. El dolor, no obstante, persiste y crece de modos diversos y aun se funde a la conciencia del tiempo y/o de la pérdida, cuando en su vertiente reflejada en los miedos y el desquiciamiento, encuentra la pavorosa visión de la muerte.

Las obras y la destrucción de que somos capaces los hombres demuestran que no es la razón lo característico de nuestra especie, como tanto se ha dicho; es el dolor lo que toca al débil y al fuerte. El dolor aparece desde el instante del nacimiento y, en ondulaciones que abarcan desde el bienestar transitorio hasta la tristeza más honda, tarde o temprano se encuentra con la verdad que nos vincula al miedo a la vida y por ende a la muerte. Entender que la vida transcurre entre la angustia y la felicidad compromete a la sabiduría para aceptar nuestros propios límites.

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Djuna Barnes, 2

September 21, 2018 Martha Robles

Pintor, músico, polígamo y poeta fracasado en las tres disciplinas, Wald Barnes nunca sirvió para nada, salvo para procrear y ser mantenido. Le gustó el personaje del Judío errante y, reacomodado por su sonido,  lo eligió para nombrar a Djune. Del sin fin de enredos familiares, Djuna forjó su personalidad desajustada. Desde muy joven publicó en revistas connotadas, como Vanity Fair o The Little Review y reunió en A Book relatos, poesías y dibujos celebrados entre los éxitos literarios de 1925. Desde 1911, a sus escasos veinte años de edad, demostró su original agudeza introspectiva en A Book of Repulsive Women, también combinación de poemas y dibujos y quizá antecedente de Ryder, un extraordinario monólogo novelado, lleno de humor negro, sobre las triples relaciones de un hombre con su madre, la esposa y su amante (como su padre).

La influencia de los Barnes fue decisiva, al grado de borrar o cuando menos disminuir la huella materna, que tampoco era de desdeñar. En su infancia jamás pisó una escuela, pero su padre y su abuela se encargaron de formalizar su educación artística en el Pratt Institute y en el Arts Students League de Nueva York.

Como sus coetáneos Henry Miller, Gertrude Stein, James Joyce, Man Ray, Jane Bowles o Anaïs Nin, vivió y escribió sin máscaras ni prejuicios.  También viajo a Tánger en pos de la degradación, el infierno y el misterio. No permaneció en casa de los Bowles por la abundancia de ratas que pululaban en aquel ambiente de prostitución y bajeza; sin embargo, reconoció que Paul, atrapado por su belleza, se contuvo ante ella porque, a pesar de sus propios desbordamientos, consideró demasiado extravagante el maquillaje azul, púrpura y verde con el que Djuna alucinaba a los marroquíes, y peligroso el ritmo inalcanzable de su sensibilidad. A pesar de vivir intimidado por esa joven adelantada, nunca ocultó el novelista que admiraba su genio y la valentía introspectiva, propia de mentes superiores.

El tiempo y una enorme cantidad de registros dispersos han desentrañado el infierno de esta generación de náufragos, habitantes del abismo. Síntesis de la transgresión y el temor, hombres y mujeres decididos a “vivir fuera de lugar” compartieron la lobreguez que cifró lo mejor de la Barnes. Antes de un embarazo indeseado en Tánger y de correr en 1919 a París para abortar clandestinamente en un barrio bajo, trazó El bosque de la noche: un clásico imprescindible. Despreció la opinión de los demás, salvo las de su más alta estima intelectual, como Ezra Pound o T. S. Eliot. Ante la imposibilidad de separar vida y escritura, vació su propia tribulación en la de Robin, su alter ego, y como ella en El bosque de la noche, también se arrastraba rogando el amor de la amante que la desdeñaba.  Desde que conoció a Thelma Woods en el Hotel d’Anglaterre, en 1921, comenzó la sucesión de encuentros y desencuentros en un ciclo de unos ocho o diez años de intensidad tal que cuando la escultora la abandonó, Djuna regresó al mismo hotel para beber, llorar  y reunir sus fragmentos.

Asidua del grupo presidido por la millonaria Natalie Barney, quien le dejaría en su testamento una renta para aligerar las miserias de su vejez, la no menos legendaria Peggy Guggenheim diría que Djuna era “una mujer célebre que sólo entrevistaba gente célebre”. Y esto es lo que hacía cuando frecuentaban salones de moda en el escandaloso París de los años treinta.  Dinero, belleza o un carácter transgresor  eran requisitos para que una mujer, cualquier mujer y no necesariamente dotada, se librara del anonimato.  Salvo el dinero del que siempre careció por su disipación excesiva y de su natural caótico, la irónica Barnes tenía de sobra todo lo demás, que por cierto administraba con donaire tan singular que cuando le preguntaban si era lesbiana, por ejemplo, respondía “¿lesbiana? No, nunca, sólo amé a Thelma Wood (…)  Yo amo a las personas, no al género al que pertenecen”.

Entre la avanzada del fascismo y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, los que vivían al límite en los años veinte y treinta quedaron colgados en un limbo, sin pasado ni futuro. De hecho, cuando de vuelta a Nueva York, los nostálgicos de París trataron de recobrar las reuniones sexo-culturales. Así las organizadas por Mariane Moore en  honor de la poeta Hilda Doolitle, que serían legendarias por su capacidad de convocatoria y la atmósfera intelectual similar al “Templo de la Amistad” de Natalie Clifford Barney. Era el memorable salón de la parisina Rue Jacob al que “todos los que eran” querían  acudir cuando Colette, Renée Vivian, Janet Flanner y otras celebridades enmascaradas por la Barnes en su Almanaque de las mujeres —(Ladies’ Almanack, 1928)— hablaban de temas cultos sin aflojar su pasión ni dejar de intercambiar amores. Era la hora en que las mujeres, convencidas de su singularidad, se creyeron parte de una especie demasiado sutil para el Infierno y muy impetuosa para aspirar al Cielo.

Arrepentida del tiempo perdido, -confesó a Eliot-, una Djuna cuarentona y  desencantada se encerró en el decimonónico Patchim Place, un conjunto de apartamentos del Greenwich Village que solía albergar a inmigrantes vascos.  Allí emprendió la estación neoyorquina que duró hasta su muerte, en 1982.  Allí padeció la obsesión epistolar de Anaïs Nin que tanto detestaba porque Anaïs utilizó su nombre para uno de los personajes más turbios de sus novelas. Sin embargo Anaïs, indiferente al odio que le profesaba la Barnes, acuñó un elogio que perduraría para siempre: “Ve demasiado, sabe demasiado, es intolerable”.

El mundo de los treinta y cuarenta se pobló con mujeres excepcionales. Abundaron las obras de arte y a nadie interesó ocultar su gusto por lo proscrito. El tiempo de entreguerras tuvo una profusión de vanguardias protagonizadas por actrices, escritoras, bailarinas, pintoras, escultoras, biógrafas, amantes o disolutas, cuyas aventuras demostraron que sin rebeldía ninguna obra decisiva es posible. En este sentido, Djuna apostó por el terrorismo espiritual y atinó con una de las alusiones literarias más poderosas del siglo xx. Prosa poética, dijo T. S. Eliot del estilo embravecido de El bosque de la noche: gemido de la humanidad  más profunda y recreación descarnada de los atribulados. Reconstruyó su “noche oscura” para hacer más soportable la vergüenza no tan intima de los itinerantes tenebrosos y menos vil la miseria de quienes todo supieron de la degradación y de la noche, y nada del arrepentimiento y la contrición.

De obra escasa pero de gran aliento, a ella debemos uno de los más intensos paisajes literarios de la desgracia y la esclavitud humanas. Desenmascaró a los temperamentos “normales” que vagan con la miseria escondida. No la arredraron los convencionalismos ni se plegó a lo conveniente o provechoso. Padeció y disfrutó la vida, endureció su talento, enriqueció su cultura y hasta el final conservó la brillantez de su ingenio, el sentido del horror distintivo de los convencidos de que es trágico el destino del hombre y la fatalidad de los llamados a explorar el alma atormentada. Su biografía llena una época de decadentismo e impaciencia del corazón. Su obra, en cambio, permanece a la cabeza de los residentes descarnados, los que nacen tal vez como los demás, aunque se van deslindando por su trasfondo cenagoso. “Sin embargo”, como ella misma dijera, sobreviven por una estremecedora lucidez.

Desmitificó el mundo de la noche: dimensión tenebrosa, donde deambulan los atribulados. Estado espiritual lleno de pavor que comienza en el temor, sigue a través de las dudas, transmuta en figuraciones perturbadas por un crujido seco, de los que asaltan el sueño, balancean las pantorrillas y acaban fundidos a una identidad enajenada hasta enfrentarse con una muerte sin concesiones. El mundo de la noche, aseguró “Miss Barnes”, atrae a voluntades modificadas por un sufrimiento atroz, anónimo, que “duerme en una Ciudad de Tinieblas”. Hermandad secreta y oscuridad variable, perdura adherida a las profundidades del alma. A ella pertenecen los que se arrojan al dolor como si fuera el único pozo de la vida, de donde extraen el sentido de la sinrazón al rendir la cuenta de sus días.

Obsceno, inhóspito, duro de escalar y estéril es el tronco de la noche. Espejo puntual del deterioro, sólo él puede reflejar la gran incógnita del desasosiego errante. Desprotegidas por la ausencia de luz, dueñas únicas de su tormenta, tales víctimas de una ronda de muerte van descendiendo entre tinieblas, con la cara por delante, hasta beber aguas negras en el “abrevadero de los condenados”. Los perturbados nocturnos de Djuna no son de los que nacen tras el postigo de la vida ni envejecen con el cobijo de sus recuerdos. Sobreviven en un círculo de muerte, de cuyo centro proviene el impacto decisivo, la huella dolorida. Su existencia es un constante retroceso hacia la nada. Su oscuridad está en alerta, en el rincón del alba, al acecho de un quebranto, en la orilla del ser desesperado.

Los signos de la noche están en las calles maltrechas y vertederos recónditos. A veces se estacionan en cantinas malolientes, como les ocurriera en Tánger a los Bowles y a la propia Djuna, o transitan, impúdicamente, con las fantasías grotescas, como las de los travestidos o encuentra asiento entre desvaríos exagerados por las drogas. Pendones del dolor, se les mira en rostros de niños que lo mismo lavan parabrisas que cabrillean en las esquinas. Hay mujeres que ostentan su índole nocturna en reflejos demoniacos que se vuelven galardones de una imposible absolución y hay hombres atildados que procuran simular su talante atribulado. No hay edad, género o condición sin pobladores de este averno. Los hijos de la noche van por el mundo con la cabeza hundida en el crepúsculo y los sentidos esclavizados a su aflicción.

Nuestras ciudades tienen mucho de nocturnas. Djuna rasgó hipocresías. Desnudó la podredumbre y espíritus a la deriva. Exploró las cloacas y no salió airada, sino revestida de una segunda piel que la homologaba a sus personajes mejor logrados. En ese sentido, el fundamento autobiográfico fue semillero de su extraordinaria literatura: monólogos, diálogos, descripciones y el yo dominando un paisaje poético sembrado de tribulaciones. No deja duda de cómo abunda el tormento entre nosotros, a pesar del intenso sol que nos abruma. Los atribulados arrastran su condena como uniforme familiar. Drogadictos, depresivos, borrachos, pícaros o dolientes domiciliarios: de todo hay en la región existencial de la tiniebla, zona reservada a la impotencia, al grito mordido entre los dientes, a la profecía de una violencia irremisible y en la carcoma del alma. Si algo nos deja es que de tales avernos sólo los privilegiados se salvan.

Su fatídico bosque contiene las claves del lenguaje de la muerte. Sus pasajes remontan un infierno nombrado desde horas ancestrales. Es el miedo en la dimensión del terror, donde se sufre a solas y en posición horizontal. Pariente del insomnio, espeta su ráfaga de azufre. Perturba la emoción, no la lucidez. Encarna en sus víctimas y relabora con líneas siniestras sus movimientos y sus caras. Se trata, pues, del miedo insoportable, “porque sólo en sentido perpendicular puede enfrentarse con su destino el ser humano”. Víctima de esa tiniebla que recubre a la vez que afina el espíritu, ningún sosiego le está dado a esta especie de durmiente atormentado, al residente de una noche inacabable.

Desde muy joven,  participó en los vaivenes subversivos de la bohemia internacional. De ella extrajo los elementos macabros que ponderó Kenneth Rexroth, el gran poeta estadunidense y traductor de clásicos griegos y chinos, al definirla como “arquetipo de la mujer liberada”. Su prestigio como escritora se consolidó con las semblanzas apesadumbradas de El bosque de la noche: obra única, sin antecedentes ni continuidad, y consagrada por la fuerza poética de su expresión desbordada. Elevada a leyenda, aparece en los temas, cartas, diarios y novelas de Anaïs Nin, en los diarios de Henry Miller y en las evocaciones de Paul Bowles. La Nin, inclusive, confesó que nada deseaba más que escribir una novela poética como la de Djuna  o siquiera páginas al modo de Giraudoux. De hecho lo intentó. Rellenó diarios y páginas con el anhelo de aproximarse al talento de esta mujer observada, envidiada, admirada y temida. Anaïs tenía lo suyo, en cuanto al fondo cenagoso de sus más escandalosas colegas: “quiero drogarme de experiencia”, escribió mientras sostenía una correspondencia apasionada con Henry Miller, a tono con la lujuria y la perversión de ambos. Al conocer a June, una antigua prostituta desposada por Miller, que la introdujo en el safismo y el voyerismo, Anaïs, con un entusiasmo acaso tan exacerbado como el que acostumbraba al ponderar sus virtudes literarias, dijo de esa experiencia: “He descubierto el placer de gobernar mi vida como un hombre haciéndole la corte a June”.

Ejemplo de los extremos de aquellas mujeres arrojadizas es la suprarrealista La casa del incesto: “estoy influenciada por Transición, Breton y Rimbaud”. Así es como, según sus palabras, la propia Anaïs se encargó de relatar la obscena relación sexual que durante años sostuvo con su padre, el pianista Joaquín Nin, tras reencontrarse con él en París. Un hombre a la medida de tal inmoralidad que no dudaría en afirmar, de su propia hija, que era “la síntesis de todas las mujeres a las que he amado…” Seguramente sabía lo que decía ya que, de manera simultánea, Anaïs experimentaba un tórrido amasiato con Henry Miller y también con su psicoanalista. Esta era, pues, la materia exacerbada por el furor de entreguerras que se extendió en algunos como río contaminado.

El trasfondo poético de Barnes provenía del deseo de fusionar a las voces el misterio hechizante de la música. Algunos escritores estadunidenses inclusive exploraron analogías sinfónicas en prosa para armonizar, en una sola expresión, el canto y la lectura. Pretendían, como Djuna o Anaïs, que la cuartilla trasmitiera el ritmo melódico de una partitura para que las letras hicieran de la palabra un arte musical y metafórico,  sellado por la armonía sonora.

Djuna y Anaïs fueron amigas durante una época. Parecía casi imposible sustraerse de aventuras y encuentros cruzados. Su medio era el mismo e iguales los asiduos a sus reuniones profanas, en los Estados Unidos o París. De pronto el mundo se les hizo pequeño para abarcar un desenfreno enmarcado por el supuesto aliento creativo. Las dos bucearon en el alma perturbada; ambas fueron rebeldes, inconformes y ávidas de construir un mundo interior resistente a las acometidas devastadoras que ingenuamente hicieron creer a Jean Paul Sartre que el infierno era el otro, cuando en realidad lo engendraba la propia tiniebla. Lo supieron estas representantes de una especie a cuyos nombres podríamos sumar, con peculiaridades, los de Virginia Woolf, Alma Mahler, Zelda Fitzgerald, Misia Zert, Gertrude Stein, Vita Sackville-West o a la propia Jane Bowles, la más decadente y estremecedora de todas.

El estilo deslumbrante de Djuna obcecó al Henry Miller autor de los Trópicos y creador de Primavera negra, entonces amante de Anaïs, quien en uno de sus arrebatos comunes a su vez mantenía unas complicadas relaciones con su psicoanalista Allendy, con su marido el banquero Hugo Guiller, con el idílico Antonin Artaud y, secreto entre secretos, también con el compositor catalán Joaquín Nin, su propio padre según dijimos. , De ahí Incesto: aterradora confesión que permaneció inédita cincuenta años  hasta 1995, según instrucciones previstas.

Barnes influyó a Nathanael West y a Nelson Algren al crear la atmósfera del horror existencial y la pesadilla que crece con el apogeo capitalista. Entre Djuna Barnes y Anaïs Nin hubo más de una coincidencia. Vidas paralelas, estuvieron orientadas por el empeño emancipador y regidas por una voluntad liberadora. No es casual que ambas adquirieran el “pozo personal” de los residentes de la noche entre afanes desesperados. A diferencia de su rival, sin embargo, Anaïs sucumbió a la tentación de la vorágine y mucho de sí misma fue agravado por el incesto que la llevó a decir públicamente: “soy neurótica, pervertida, destructiva, ardiente y peligrosa”.

Más que el nuestro, su tiempo, hasta el medio siglo, dio la espalda a la inteligencia femenina, pero se impusieron sus obras por el vigor y la fuerza del estilo, no obstante la ola de repudio que ensombreció las biografías femeninas. Djuna significó el tiempo  de entreguerras: melancolía y conciencia frente a la muerte; Anaïs, el descenso del alma hasta donde no era posible caer más porque la imaginación, el cuerpo o la circunstancia habían dado de sí hasta caer en su fondo insondable.

Las feministas de los años sesenta, ávidas de pendones y guías, exaltaron a Anaïs e ignoraron a Djuna. Inmune al ruido pasajero, el universo de la Barnes acabaría por imponerse en la década finisecular, en la que concurren lo mejor y lo peor del siglo. A más se exploran los recovecos de este delirio más y más destaca la duda de si existe una responsabilidad moral de la inteligencia. Las crisis bélicas, posbélicas y sociales son proclives al estallido de personalidades tan desquiciadas como el ámbito urbano  que las engendra. De pronto a la vida se funde el vértigo de la velocidad y no es La náusea ni el nihilismo puro lo que aparecen como divisas, sino la pesadilla que arrasa como un huracán el sentido de humanidad.

La hondura del desasosiego se manifiesta cuando lo sagrado se ha eliminado y queda la existencia tan descarnada e instintiva que desnuda la pureza exacta del dolor, la aflicción de Matthew O’Connor, eje en El bosque de la noche, lo demuestra a plenitud. Casi se toca su ridícula peluca de mujer. Casi lo miramos enfundado en su camisón con mugre entramada con encajes, reinando con impiedad su caos. Y allí, en cada sucesor de la tiniebla, perdura Matthew O’Connor afligido aún, con su olor a cuerpo vencido por la fuerza del absurdo. Nora y él representan los extremos de la pasión que pernocta. Ambos podrían encabezar un almanaque de atribulados. Si Robin es peregrina de una pasión confusa, Nora encarna el vacío. El afán de posesión, forma divagada del deseo de ser al través del otro, es lo único permanente y firme en la naturaleza de quienes se han olvidado de la propia cara, a cambio de viajar hacia el día, después de explorar el oráculo nocturno.

La vida, a veces, se parece a la literatura. La de Djuna Barnes es como la de sus caracteres mejor logrados. Suyos fueron el ánimo viajero, la tormenta y una pasión insaciable por inquirir el lenguaje de la noche. Murió sumida en el silencio, con la lucidez distintiva de los ciegos, furiosa, amargada y sin importarle el agitado caudal que removió al crear la gran metáfora de nuestro siglo atribulado: una asfixia ávida de aliento, añoranza del orden y una tristeza que duele hasta el hueso.

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Djuna Barnes, 1

September 13, 2018 Martha Robles

Fotografiada por Man Ray

Fue precoz, talentosa y arrojadiza hasta los cuarenta de edad, cuando la abandona en definitiva su gran y conflictivo amor Thelma Woods, con quien se enganchó apasionadamente en los cenáculos femeninos diez años antes, cuando una muy experimentada Thelma tenía 19 y Djuna 30.  En contrapunto de su legendaria disipación en el París de entre guerras, se volvió casi monástica, amargada y tan ciega como astuta, agarrada al dolor, al desengaño, a la soledad y al alcohol durante los cincuenta que siguieron hasta morir,  a los 90, refundida en su pequeño y sucio departamento de Nueva York, donde no aceptaba a prácticamente nadie. Inaccesible, hostil y con la lengua tan afilada como su pluma, no dudaba en agredir a periodistas, investigadores o curiosos, a pesar de que autoras como Carson McCullers hicieran lo que fuera para ser atendidas, como llamar incesantemente a su puerta, a pesar de saber de que, salvo excepciones como Isak Dinesen o Susan Sontag, cuya inteligencia reconoció,  Djuna Barnes menospreciaba a las escritoras.

Gracias a la intervención de  mecenas como la más generosa Peggy Guggenheim o Samuel Beckett, quien no dudó en cederle parte de sus regalías por Esperando a Godot, su economía y su mala salud de hierro no descendieron a la indigencia, como sería de esperar en una naturaleza extrema como la suya. Aseguraba que era mejor permanecer creativa, podre y sola en su apartamento deteriorado que refundirse en un asilo de ancianos donde, por encima de la anhelada muerte, estaría condenada a la desesperación infecunda y al fatal espectáculo de la senectud.

La furia que conservó apretada entre los dientes contribuyó a nutrir su leyenda. La describen alta, elegante, digna y emblemática cuando se dejaba ver en el entonces extravagante Greenwich Village, aunque procuraba pasar inadvertida durante sus escasas y cortas salidas por el barrio. Hermosa a su pesar, Djuna se resecó tanto al envejecer que la autodestrucción la habitó al grado de que “su departamento apestaba a anciana” y “las cucarachas corrían en fila desde la cocina para ocultarse en las noches bajo su cama”. Ninguno de sus personajes la superó en acritud, lo que ya es decir sobre quien dominó el arte de la oscuridad. Hija del vago, bígamo y mantenido Wald Barnes y Elizabeth Chappell, también con inclinaciones artísticas, Djuna compartió la cama y las noches con su excéntrica abuela Zadel hasta rozar la adolescencia y absorber sus inclinaciones intelectuales que, con mucho, superaron lo que pudo aprender de haber asistido a alguna escuela.

Lo que ya se sabía del atroz anecdotario de su experiencia infantil se infiltró al contenido de The Antiphon (1958):  que Zadel era una feminista inglesa que fomentó la libre enseñanza de los nietos mientras mantenía a la tribu bajo su caótica tutela en la granja Huntington, en Long Island. La disipación de los adultos indica que la abuela no conoció límites, pues no sólo inició a Djuna en el lesbianismo sino que, acaso apegada a su filosofía del amor libre, pasó por alto la brutal violación cometida contra la joven por su propio padre o por el hermano de su amante, con quien Wald procreaba bajo el mismo techo. Algo parecido a la posterior experiencia hippie, aquello parecía una comuna sin ley ni control hasta que cierta mañana la abuela decidió que ya era suficiente y obligó al pobre diablo pero fecundo Wald a elegir a una entre ambas madres de sus hijos. Allí, en cosa de horas, nadie se ocupó de los arrojados y, adolescente aún, la diestra Djuna puso a prueba sus habilidades para contribuir al sustento de la madre y sus hermanos.

No obstante su reticente costumbre de evitar el tema de su infancia, la propia Djuna escribió que perdió su virginidad a los dieciséis, cuando su padre trajo a casa a un vecino de edad madura “para introducirla formalmente a los placeres del boudoir”. Imprecisa, dejó caer la duda de haber sido él mismo el violador o de haber participado con su “invitado” en una escena tremendamente grotesca. Lo cierto es que tan atroz agresión la amargó de por vida y no sólo no consiguió sobreponerse, sino que, desde que decidió abandonar los Estados Unidos, rompió para siempre con su familia nuclear y extensa y ni siquiera dejó de ellos algún un testimonio amable.

Desdeñada por el marido y por la suegra, Elizabeth fue arrojada de la granja con su prole. A partir de entonces Djuna y sus hermanos conocieron la pobreza, la necesidad de medio estudiar en alguna escuela y la urgencia de trabajar para sobrevivir. Autodidacta, Djuna no tardó en destacarse como ilustradora. Ejerció el periodismo en Nueva York hasta 1930, cuando se  embarcó para Europa. Supo entonces que la vida podía ser un verdadero infierno y que la muerte era la tentación que más la atraía.

Apasionada, genial, desquiciada: Djuna Barnes rompió todos los moldes. Ni en el feminismo ni en las letras se daría tal ejemplo de transgresión aunada al fastidio frente a la estupidez.   Quiso probarlo todo aun a sabiendas de que cada paso abría más y peor las puertas de su infierno. Sola o acompañada, sobria o ebria, no la arredraba la vida ni la muerte. Apostó por el riesgo y entregada a relaciones inestables no obstante apasionadas, eligió el espinoso camino que comienza en lo efímero y conduce al deslumbramiento, a lo bello y/o lo triste, lo placentero y al desasosiego aunado a la  locura distintiva de los atribulados habitantes de la noche. Cualquier frontera le era pequeña y absurda cualquier aventura, pero se entregaba al dolor sin cortapisas y sólo por abolir convencionalismos. Arrastró a nuestro siglo el espíritu decadente del fin de siècle y, ante su total indiferencia sobre lo que opinaran de ella, fascinó a las lesbianas que frecuentaban los Salones en boga.  Destacó por sus baterías de genialidad y desparpajo que descargaba a favor de lo proscrito en una de las expresiones más logradas de las letras estadunidenses.

Fue novelista, periodista, dramaturga, dibujante, ilustradora, pero especialmente un personaje que podía trasladarse de la autoría al protagonismo, a condición de no renunciar a la perversidad: única aceptación, según lo hiciera decir al protagonista de El bosque de la noche, el doctor Matthew O‘Connor, por la que se aprehende el sentido del pasado: “¿Qué es una ruina sino el Tiempo liberándose de la resistencia? La corrupción es la edad del Tiempo… El crimen mismo es la puerta hacia una acumulación, una forma de sentir el temblor de un pasado que aún vibra.” Dueña de un estilo inimitable, creó un género en sí mismo, algo entre el realismo, la recreación y la realidad ficticia que trasciende la novela. Se trata de una expresión original que no acepta calificarse de prosa poética ni cabe situarla en la ficción ni en la narrativa convencional. El bosque de la noche es una obra “opresivamente real”, como observara T.S. Eliot.  Allí Nora/Djuna  desnuda su dolor, rasga su espíritu y le pregunta al amigo qué sabe de la noche  “para hacer más soportable su vergüenza y menos vil su miseria.”

La más célebre de las desconocidas, admirada por Joyce, Eliot, Ezra Pound, Faulkner, Hemigway e inclusive por Susan Sontag, Djuna Barnes destacó entre las estadunidenses más controvertidas, independientes y sensibles de la generación de nacidos a fines del XIX. Encarnó un arquetipo de mujer bella, liberada, culta, irónica, sufrida, mordaz, insolente y creativa que décadas después se consideró modelo de inconformismo social y agresividad feminista. Coetánea de Anaïs Nin, Jane Bowles, Alma Mahler y Gertrude Stein, eligió París por su vorágine transgresora, aunque El templo de la amistad, en la Rue Jacob la absorbería por sus atrevimientos licenciosos y destellos de genialidad: un modelo femenino al rojo que dotaría de sentido una época identificada con el furor que declinó con el ascenso del fascismo.

Peinaba cabellos cortos, muy cortos, y sus ideas eran largas: contraposición al prejuicio de Schopenhauer, a propósito de su tonta, aunque célebre sentencia “Cabellos largos, ideas cortas”. Antes de abandonar Nueva York, donde nació en 1892, publicó en 1911 una mezcla de dibujos y poemas: A Book of Repulsive Women. Luego, en 1923, A Book, reeditado en 1929, con tres relatos agregados, poemas, y escenas teatrales bajo el título A Night Among the Horses, donde ya eran visibles la excepcional calidad de su prosa, su extraordinaria penetración psicológica y una habilidad nada común para asociar conductas humanas y animales.

Autodestructiva, no obstante refinada por sus lecturas, nunca aspiró al modelo de escritora disciplinada, inofensiva o doméstica que se gestaba en su patria en un siglo XX en el que las estadunidenses parecían determinadas a no dejarse opacar por la opresora presencia de sus colegas masculinos. Cuenta su biógrafo Philipp Herring que, angustiada al enterarse del tremendo final de Sylvia Plath, no dudó en decir que Ted Hughes y no ella debió meter su propia cabeza en el horno. Contrapunto existencial de la Woolf, abominaba de quienes cuidan las apariencias y se convierten en rehenes del “qué dirán”. Como otras coetáneas quizá talentosas, aunque menos deslumbrantes, Djuna absorbió para sí todos los extremos del melting pot: intrepidez, temeridad, voluntarismo y cuanto cifrara la dureza del inmigrante avecindado en una tierra de promisión con libertades, salvo que se mantuvo fiel a su cabal desinterés por el desarrollo  de la inteligencia femenina.

Con otras estadunidenses, también picadas del afán de tragarse el mundo, agitó al París de los años treinta, de por sí proclive a la disipación y aún enfermo de melancolía enmascarada de obnubilación: peculiaridad con la que los europeos conjuraban el saldo de sangre de la primera Guerra Mundial. No dejó experiencia sin probar ni anomalía sin tipificar en ese universo sellado por la perversidad, el furor y el dolor. Se creería que persiguió situaciones límite entre mentalidades culpables. Cedió a la fascinación dramática de una época que, para los creadores y artistas más connotados, osciló entre el desbordamiento poético, el apetito de lucidez y la aventura de irrealidad. Como ella, sus compañeros de aventura rozaron profundidades del infierno. Quizá aspiraban a una forma de humanidad ennoblecida por cierto ímpetu, más novelesco que realista. De la imprescindible bohemia que arrastraría el prejuicio de que el escritor, para serlo en verdad, debía explorar los recovecos del autodesprecio, se engendraron estilos y corrientes del pensamiento, incluido el existencialismo ateo, al calor de la candente animosidad de los años treinta. El arte y la vida se encontraron, así, en la región del absurdo: frontera más allá del nihilismo, donde acechaba la muerte disfrazada de figura de la noche. Se vivía un absurdo activo, diferente al kafquiano, que se ensañó desde la propia existencia hasta dejar al desnudo los convencionalismos y la conformidad.

Después de casi tres años de residencia accidentada en Europa, se estableció indistintamente en París o Londres hasta fusionarse a la vorágine de los “atribulados”. Consiguió editar Spillway en Inglaterra, durante episodios de verdadera turbulencia. Allí, Joyce –quien la admiraba profundamente- le regaló el manuscrito del Ulises. Participó de la escena ultrafeminista y decadente que otras novelistas, artistas, vivants, burguesas en busca de experiencias y casadas fastididas extremaron hasta el delirio en salones de mujeres, bares de lesbianas y largas jornadas de adicción al alcohol, al sexo y las drogas. Insólita por su precocidad, por su formación clásica y su resistencia física, Djuna pudo ser el mejor de sus personajes, el más descarnado habitante de su existencialismo nocturno y un ser tan sutil en su refinamiento intelectual que, hija fidelísima de la “teología de la crisis”, resulta explicable el ostracismo que practicó durante buena parte de su vida.

Gracias la curiosidad de sus biógrafos, que en vez de disminuir amplía la evidencia de su genialidad con los años, poco sabríamos sobre su largo retiro en el Village neoyorquino donde, enferma pero sin bajar la guardia, célebre y olvidada logró consumar un absoluto desapego de los demás y de sí misma. Conservó el espíritu guerrero hasta su muerte, en abril de 1982, una semana después de cumplir los noventa de edad. Odió “la boca común y el veredicto de lo vulgar”. Le aburrió la estupidez y descreyó de las buenas conciencias.  Al prologar Nightwood, T.S. Eliot aseguró que  Djuna era “el genio más grande de nuestros días” y su Bosque de la noche de tal modo excepcional “que sólo las sensibilidades educadas en poesía pueden apreciarlo por entero”.  

CONTINUARÁ

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Desde la UNAM, otra vez la advertencia

September 8, 2018 Martha Robles

Ya están a punto la paja y la mecha; falta el diablo que sople.

Ningún gobierno aprende porque ningún gobernante, desde la Independencia, ha estado dispuesto a garantizar el bien de los gobernados. Ninguno, tampoco, valora el significado de las normas porque de antemano las violan en lo personal para alcanzar  sus propósitos. Esta es una cultura del deshonor donde la barbarie, la codicia, el primitivismo espurio y la crueldad triunfan invariablemente sobre las tentativas civilizadoras. Todo ha sido y sigue siendo posible aquí, donde sea cual sea el régimen de poder, el resultado es el mismo: la prevalencia del matrimonio indivisible entre la corrupción y la impunidad. Sin derechos, sin libertades ni instituciones confiables, esta democracia que dizque logramos al cambiar el siglo es un vulgar trámite electoral, indiferente al compromiso esencial de la República.  

Observo la dinámica del conflicto en la UNAM y nada me sorprende; es más, a cada paso, cada minuto, a ritmo de golpe y porrazo y tras el vocerío estudiantil al que no faltan porros, víctimas, las archisabidas "asambleas", líderes incendiarios, protestas, discusiones, pliegos petitorios, silencios acusadores, evidencias de querer y no querer ni intentar frenar  el estado de delito triunfa lo mismo: el síndrome de la derrota. Nos marean con ires y venires teñidos de ineptitud y señuelos de todos los modos y simulacros posibles, pero jamás aparece la decisión que resuelva las causas del problema. Jamás se cumple lo correcto. Jamás se desnuda la verdad de una vez por todas y jamás se hace lo que debe hacerse. Así que, para quien quiera atreverse con la lógica del volcán, ya podemos prever el ultraconocido "qué sigue".

Y lo que sigue es lo que es: agarrar porros como primera intención de “justicia” y soltarlos sin más a los cuatro vientos; hacer mutis frente a las agresiones, allanamientos, transgresiones, fechorías y crímenes recientes, acumulados y enquistados dentro y fuera de la UNAM. Lo innegable es lo que es, lo que ha sido:  el miedo de las autoridades a cumplir su deber. Así la indignación popular, dentro o fuera del campus.  Lo visible es la cabal descomposición de la sociedad a causa de las infamantes gestiones de las mal llamadas autoridades. Y, para no abundar en la obviedad de los círculos viciosos de las historias que repiten y se repiten como maldición de los vencidos, ya sabemos que aquí no hay más que de dos sopas, y una ya se acabó; es decir, se acabó o se está acabando la paciencia popular.  No hay Justicia ni voluntad de los tres poderes para resolver la gravísima causa de la criminalidad que nos mantiene atenazados a todos los ciudadanos, no solamente a los estudiantes. Así que, señores, a considerar el drama que se avecina porque los universitarios de ayer, los de hoy y aun los no universitarios estamos igualmente hartos e indignados a causa de la corrupción, de la ingobernabilidad, de los crímenes, de las fosas clandestinas, de los sicarios, de los porros, de los huéspedes malditos del Justo Sierra, de los narcos, de las complicidades espurias, de los contratos arreglados, de los negocios sucios y de la “beneficencia” establecida entre constructores insaciables y funcionarios voraces… En fin, que es demasiada la paja, excesiva la calentura y muy corta la mecha para que estalle el coheterío.

Para quien sepa leer, no hay misterio: estamos, una vez más, ante el nudo de las correspondencias supeditadas a los problemas no resueltos y gravosamente acumulados en todos, absolutamente todos los campos de la vida en común. Y la Universidad, ya se decía desde el sangriento 1929, es el termómetro de la fiebre social del país. A esta certeza se  agrega, en la circunstancia actual, que además de termómetros los estallidos juveniles ponen de manifiesto el trasfondo de nuestra ancestral incapacidad para construir un país digno, con normas e instituciones respetadas y respetables; con gobernantes y funcionarios decentes, pues como bien ilustra el conocido aforismo de Lord Acton: “Si el poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente”.  De ahí la importancia de actuar a dosis de prudencia y oportunidad; en armonía con las normas y apego irrestricto al imperativo de la justicia: algo, señores, que parece rareza en nuestra cultura mexicana.

Si algo exhibe con precisión la diversidad de una sociedad tan extremadamente desigual como la mexicana es precisamente la dolorosa situación de la juventud: los universitarios son jóvenes que, en mayoría, aún confían en el principio esperanza y están en ello. Los sicarios son jóvenes  sin moral, sin esperanza y sin conciencia. Jóvenes también, los narcos extreman la patología social, enaltecen con su crueldad el poder de la transgresión y demuestran que, corrompidos absolutamente, ejercen sin más el poder en si, que no es otro que el Poder de Matar. Y están además los jóvenes de la calle, los ninis, los “condenados de la tierra” que emigran perseguidos por la  Parca, los olvidados al filo de las fronteras… En fin, que ser joven y mexicano es una costosa lotería amañada que nunca se puede ganar, como el Melate.

Veo más allá y confirmo que no declina la mexicana costumbre de esperar que “el otro” resuelva lo que a cada uno corresponde, tal y como lo han entendido tantos países abatidos que después de guerras, fenómenos naturales y derrotas brutales se levantan piedra a piedra, en lo individual y colectivo, con la responsabilidad indiscutible que a cada uno toca. Se llora como se debe llorar, se asume el duelo y se comienza a trabajar “como decíamos ayer”, tal y cual enseñara fray Luis de León al regresar a su cátedra en Salamanca, tras haber padecido cinco años en la cárcel, condenado por la Inquisición a causa de las envidias de los dominicos. Según interpretara Unamuno siglos después, esta frase debe entenderse como la intención de borrar lo que nunca debió ocurrir; es decir, la gran injusticia cometida, en este caso y como nos viene al dedo, contra el alto sentido moral del saber.

 La cultura mexicana es pobre en anecdotarios cívicos, éticos y aleccionadores y muy abundante en bajezas, horrores, crímenes y hechos que nos ponen la cara roja de vergüenza. Nos faltan personajes como el Quijote y personas de carne y hueso que encarezcan la virtud, la honorabilidad, la decencia, el arrojo, la valentía, el patriotismo. Veo lo que ha surgido a propósito de la UNAM y de nuevo pienso con obvio desaliento en la insana mancuerna pueblo/gobierno/partidospolíticos/grillos y oportunistas en la enquistada costumbre del paternalismo para enfrentar conflictos.

Todo está amarrado, irremisible y fatalmente porque todo lo que nos sucede se debe a que no se enfrentan, no se aclaran y no se solucionan correctamente los problemas. Imposible no razonar con criterio sociológico, inclusive ante las dramáticas secuelas materiales y culturales de los sismos que no cesan ni sirven de escarmiento para normalizar construcciones y elaborar planes urbanos, organizaciones ciudadanas de trabajo comunitario y normas de construcción. Con pena corroboro la anárquica y muy evidente traza impuesta por la corrupción en las numerosísimas construcciones de edificios (incluido el aledaño a la UNAM, en Copilco), centros comerciales y viviendas, donde impera el tanto por ciento. En fin, que en este “criadero de alacranes”, como bien diría Octavio Paz, no son esperanzadores los augurios. Todo, pues, está atado a todo.

Desde la UNAM, una vez más, vuelven a sonar las alarmas. No vaya a ser que caiga sobre nosotros el nubarrón y la tempestad nos encuentre dormidos.

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Mujer en tiempos sin género (o de muchos géneros)

August 30, 2018 Martha Robles

En ángeles, en eso nos convertiremos

Las mujeres de vanguardia decidieron repudiar los dictados de la cultura que las engendró. No más dominio del hombre ni esclavas de sus caprichos; tampoco marcar en formularios la casilla del “género”, a menos que ésta indique “No-género”.  Templadas en la insumisión, nada de seguir siendo la eterna invisible ni el objeto de los deseos masculinos.  Autosuficientes de verdad, se acabó el modelo de la que no piensa por sí misma, la renunciante, la marginada, silenciada, golpeada, humillada, confinada, menospreciada, obrera domiciliaria… Es más: no ven compasivamente a las subyugadas ni quieren saber de las pasivas ante la vejación. La proclama no puede ser más simple (o más compleja): no al matrimonio, no a las relaciones, no a la maternidad, no a los compromisos sexuales ni a cuanto represente  atadura. Ser libre, libre total de culpas, acosos, deberes y amenazas.  Destacar en el trabajo, acumular dinero y ciertos objetos, vivir al día y experimentar lo que se ofrezca: tal la consigna.

Que el futuro de las culturas está en riesgo, dicen los conservadores. Que qué será de los pueblos, de la moral, de la humanidad por venir. Leo en ensayos cada vez más frecuentes similar preocupación por el porvenir y, aunque aplastados por una sobrepoblación pavorosa que hace pedazos la convivencia y el medio ambiente, hasta se dice que los que no quieren reproducirse atentan contra la continuidad de la especie. Bien visto, lo novedoso no es que las mujeres estén hartas del destino forzado; lo nuevo es que sean temidas y que sean escuchadas o siquiera notadas, aunque sea por su negligencia. Incluida la antigüedad y de manera sistemática desde la Edad Media los conventos eran el reducto de la muchedumbre que no se desposaba ni se reproducía (en apariencia), a pesar de que, sobre la forzada y sobrevalorada  castidad femenina, en especial los curas hacían con abierta impunidad tanto o más de lo que ahora se les acusa a los cuatro vientos.

Si los feminismos del XX propiciaron el estallido de este fenómeno que abre puertas a  una híper diversidad de géneros, el monetarismo global lo hizo posible mediante algunas máximas, consagradas por la “democracia”: “la competitividad es el secreto del éxito”, “por el dinero y la guerra, todo se vale”, “que gane más quien más empuje”, “si no me salvo yo nadie me salva”, “no quiero cargas, tengo el derecho a elegir”, “sólo yo soy dueña de mi cuerpo”,  “primero mi libertad, mis ingresos y mi bienestar”, etc.  Ejercer la autonomía existencial en los términos que cada una disponga, es uno de los mayores logros de las democracias, aunque vale decir que ha habido tiempos más licenciosos que otros y más hipócritas que otros.  Logro o no, se está cumpliendo lo más temido y más condenado en cualquier patriarcado acaso porque, a su vez, ha sido  lo más anhelado por quienes han aborrecido su suerte  abierta o secretamente. ¿Qué más ventura que atentar contra el yugo de lo establecido? ¿Qué queda después de que la mujer deja de ser lo que los demás hacen de nosotras desde la cuna y lentamente?

Mientras que en el Tercer Mundo esto es inimaginable, en Europa lo llaman desafío, equidad en Canadá o Estados Unidos  y en  países como Corea del Sur, “cambio cultural preocupante”.  Al margen de etiquetar un fenómeno cada vez más visible en sociedades prósperas, hay que aclarar que la libertad total, sin ataduras externas como no sean las laborales, requiere independencia económica, carácter enérgico, instituciones confiables y leyes laxas, pues no es lo mismo vivir en Irak, Afganistán o Arabia Saudita, Bolivia o India que en Gran Bretaña, Estados Unidos o Francia.  Aunque aún se trate de minorías inferiores en número a los liderazgos masculinos, el perfil de mujeres o de “no-géneros” con  altos salarios y puestos de dirección política o empresarial no difiere, en lo esencial, de sus pares masculinos. Ambos son de preferencia profesionistas graduados, agresivos, altamente competitivos y eficaces, individualistas, consumidores de artículos y servicios de lujo,  viajeros, obsesivos con sus cuerpos y la acumulación del dinero, enemigos del envejecimiento y, ante todo, dispuestos a toda costa a mantener el control del propio destino mediante un modelo a medida.  Así que ser, sólo ser por extravagante que parezca, tiene un solo propósito:  “ser yo misma y a mi manera”.

Más allá de ideologías relacionadas con la sexualidad, del inagotable y terrible tema del maltrato y del feminicidio o de simpatías y diferencias respecto de las vertientes  en pos de equidad, quienes han probado el éxito laboral, el hartazgo de los convencionalismos y/o la autosuficiencia económica, repudian abiertamente lo que las mayorías –y durante siglos- han identificado con lo femenino.  Ya ni los genitales son determinantes del género pues nada puede ni debe darse por sentado.  Hasta en las Naciones Unidas se analiza esta cuestión. A modo de ejemplo de hasta dónde se está institucionalizando el hecho, según la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de Nueva York ya no es válido referirse a uno, a dos ni a tres “géneros” porque, hasta donde las clasificaciones más depuradas indican, existen cuando menos 31 tipos de identidad sexual diferentes y clasificadas con términos acordes al uso popular. Para  evitar actos de discriminación, bullying, tipificaciones ociosas o cualquier otro yerro que lastime a los defensores de la diversidad, el Daily Caller ha publicado una lista que, en lo sucesivo, debemos tener en cuenta para evitar susceptibilidades, faltas de respeto y los eternos prejuicios que se multiplican entre quienes gustan segregar e insultar:

1) Bigénero: persona que se mueve entre dos géneros, ya sea masculino o femenino, neutro y semi-femenino, etc.  2) Cross-Dresser: se viste con prendas del sexo opuesto en momentos específicos. 3) Drag-King o Machorra, en español, mujer que se viste y actúa como hombre. 4) Drag-Queen: hombre que se viste o actúa como mujer.  5) Andrógino: individuo que reúne los dos sexos.  6) Femme (chica): persona que se identifica con la feminidad convencional. 7) De chica a chico o al revés: nacidas con sexo femenino, pero con identidades o apariencia masculina (o al revés). 8) Gender Bender o Doblador de género: el que cambia, mezcla o combina los géneros masculino y femenino. 9) Tercer sexo: no se definen desde lo masculino o femenino ni con los sin género. 10) Genderqueer o Intermedio: sin identidad de género de hombre ni de mujer.  11) De chico a chica: nacidos con sexo masculino, pero con identidad y apariencia femenina (y lo inverso). 12) No Op: transexual no operado. 13) Hijra (de origen indio): miembros de un tercer sexo, intermedio entre los géneros masculino y femenino. 14) Pangénero: persona cuya identidad de género consta de muchas identidades genéricas. 15) Transexual: adquiere las características físicas del sexo contrario mediante tratamiento hormonal o quirúrgico. 16) Transpersona: término aplicado en comunidades específicas para diferenciar a las personas cuya identidad de género difiere de la asignada en su nacimiento, muxes, por ejemplo. 17) Mujer: persona de sexo femenino. 18) Hombre: persona de sexo masculino.  19) Buch o Marimacho: generalmente mujeres identificadas con hombres/machos sea física, psicológica, mental, social o emocionalmente. 20) Two-Spirit o Espíritu de dos: de origen norteamericano, encarna atributos masculino y femenino, tiene géneros distintos a sus roles sociales y viste con una mezcla de ropa  masculina y femenina. 21) Trans: voz/paraguas derivada de transgénero.  22) Agender, no-género o sin género: no se identifica con ningún género. 23) Género fluido: un mix dinámico entre los dos géneros. 24) Transgénero no binario: ha cambiado de género, pero no se identifica con ninguno. 25) Hermafrodita: individuo que reúne en sus genitales los dos sexos. 26) Género dotado: persona cuya capacidad de género supera la binaria. 27) Transgénero: quienes se diferencian de las identidades de género hombre-mujer. 28) Femme Queen o chica reina: mujer transexual que toma hormonas y puede o no tener una intervención quirúrgica de cambio de sexo. 29) Persona de experiencia transgénero: ha sufrido un cambio, pero ha vuelto al original.

Sin desdeñar las aportaciones recientes al vocabulario vinculado a la sexualidad y al tema de los géneros, vale recordar que en varias culturas han existido de manera natural travestis, transexuales, transgénero o personas distintas y asimiladas en la comunidad. Vale citar a los muxes  del Istmo de Tehuantepec: nacidos hombres con características y vestimenta femeninas, que en la mayoría de los casos se les educa en lo femenino convencional desde pequeños, aunque en la muxeidad caben varios modos de expresión y de conducirse. Algo similar al Mahu (hombre-mujer en lengua maorí), existente desde tiempos inmemoriales en las culturas del Pacífico y que ni la ferocidad amenazante de los misioneros católicos y protestante consiguió eliminar de sus tradiciones. Si Gauguin dejó numerosos testimonios y retratos pintados durante sus nueve años de vida en Tahití y en las Marquesas, Vargas Llosa, en El paraíso en la otra esquina, dejó al respecto algunas de sus páginas mejor logradas.

En suma, tanto las cuestiones de género como las concepciones ideológicas que se daban por sentadas, quizá hasta el cambio del siglo, reflejaban el carácter de las culturas, inseparables de creencias, dominios y religiones.  Sin margen de tolerancia, durante siglos se clasificó lo femenino y lo masculino en base a intereses creados.  Se prescribieron normas para determinar lo prohibido y lo permitido según móviles  concretos, como la familia vinculada a la herencia, a la propiedad, al poder y a disposiciones circunstanciales de clase, raza, realeza, etc.

Todo, de pronto, cambió de golpe. Aun las feministas más osadas han sido ensombrecidas por las máximas de los (las) no-genero:  individualismo y repudio al matrimonio. Rechazo absoluto a la maternidad. No a las relaciones de pareja. Ninguna atadura sexual y mejor si asexual. No a presiones directas ni indirectas del patriarcado. Jamás ceder a consignas sociales, religiosas o institucionales que encasillen la conducta con criterios de género. Ningún compromiso que atente contra la propia capacidad de actuar, elegir y decidir y ni siquiera identificarse con otra cosa que no sea el No-género.  Se trata de ser libre de una vez por todas, sin el yugo de la sujeción ni el aval de las costumbres. Esta es la aventura liberadora más radical de la historia en lo que respecta a los individuos. En cuestiones fundamentales, las feministas formadas en el convulso siglo XX hemos sido rebasadas por esta locomotora del ser que se niega a ser clasificado. 

Todo o casi todo es posible en la que Bauman llamó sociedades líquidas: se puede ser heterosexual en ocasiones, bisexual, homosexual esporádicamente, asexuado, travesti, transgénero, etc., sin que a nadie deba importarle y sin que “el otro” deba o pueda intervenir en el lugar o la actitud que transitoria o permanentemente cada uno  disponga en su entorno. No más estar expuestas al maltrato domiciliario o laboral, no más exigencias de terceros. Lo que rige es ser dueños del propio tiempo, de la soledad, de los espacios elegidos y de los modos de relacionarse y comunicarse.  Las tesis de Simone de Beauvoir, que hicieron de El segundo sexo una Biblia sobre la cuestión femenina, quedaron confinadas en el subsuelo de la memoria.  Envueltas en corrientes vertiginosas, las demandas de equidad y derechos civiles y/o humanos se modificaron sustancialmente al traspasar el umbral del XXI. El mundo, los lenguajes y las posturas relacionadas con el sentido o el sin sentido de ser y de estar son flotantes, cambiantes, inasibles, impredecibles…  Lo real, lo imaginario, lo posible, lo ideal, lo igualitario, lo existencial, la presencia y/o los derechos de las personas son cuestiones tan relativas como las “perspectivas de género”, como las concepciones democráticas, como las libertades y los derechos y, a fin de cuentas, tan imprecisas como el perfil del ser humano a corto y mediano plazo pues futuro, lo que se dice futuro es algo tan vago  como los ángeles y el concepto de eternidad.

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1968, tan lejos y tan cerca

August 17, 2018 Martha Robles

newsimg.bbc.co.uk

Hay fechas cifra en todas las historias. 1968 es una de ellas, aunque en unos países más que en otros y de maneras y por causas y consecuencias diferentes. Asociado a cambios trascendentales, a partir de que el año se selló con una siembra de sangre, de represión y de cadáveres, la memoria juvenil comenzó a incorporar el Movimiento Estudiantil a la lucha por la democracia mexicana, empezando por la defensa de la autonomía universitaria, correlativa a la libertad de expresión.

Cargado como estuvo de ingredientes reales, circunstanciales e imaginarios, 1968 comenzó a mitificarse después del estallido de dos fuerzas inconciliables: la urgencia de derechos y libertades, representada por la primera generación de una sociedad de masas que avanzaba hacia la vida adulta carente de oportunidades y garantías vitales  y, desde el extremo opuesto, el poder absoluto, conservador e intransigente, de un régimen presidencialista con más capacidad represora que imaginación política y con mayor apego a técnicas dictatoriales que sensibilidad para percibir el curso transformador de los tiempos.

Dado el atraso nacional imperante y la supeditación de sindicatos, empresarios, prensa y “fuerzas vivas”  al Sistema, era impensable no se diga un diálogo –como se pidió reiteradamente a los representantes del Mandatario-, sino cualquier solución civilizada al conflicto, por sencilla que fuera, porque según el estilo aún inamovible de gobernar cualquier “concesión” significaría ceder a las presiones y exigencias estudiantiles: algo que, por descontado, se consideraba “un signo de debilidad de la autoridad del Ejecutivo”. Ésta, en realidad, no era más que una muestra extrema del  autoritarismo, legitimado por la estructura del Partido “revolucionario institucional”. Un partido único y sin sombra de discrepancia, no obstante la oposición limitada, que paradójicamente avalaba el desarrollo contrarrevolucionario y evitaba el curso benéfico de las instituciones.

Nunca, por consiguiente, quedó más clara la contradicción esencial del  moderno Estado mexicano. Así pues, lejos de garantizar el compromiso social de la Revolución durante el agitado 1968,  los tres poderes de la República se concentraron en contravenir los principios que lo dotaban de sentido. La reacción oficial, fiel a la costumbre, en vez de fluir hacia adelante ante los grandes conflictos reactivaba el efecto paradójico de “avanzar hacia atrás” o “ascender cayendo”: característica de lo que con buen tino, años después, Mario Vargas Llosa definiría como “dictadura perfecta”.

Eso, por sobre la complejidad que distinguió al mayor estallido de inconformidad juvenil de nuestra historia, es lo que considero más valioso del ’68:  su vitalidad implícita, ya que todavía pervive en la memoria colectiva como divisa de ruptura con el carácter cerrado de nuestra sociedad. Más que democratizador, hay que reconocer que el ’68 dejó sin síntesis posibles las contradicciones del Poder. Un poder que, desde el autoritarismo, se ostentaba “revolucionario institucional”.  Un Poder impune con el poder absoluto de matar. Un poder sexenal aferrado a su eje fijo y habituado a cerrar filas con lujo de violencia alrededor del modelo contrarrevolucionario de gobernar. Un modelo que se iría autodestruyendo en la medida en que la población crecía en número y  disminuía en capacidad para satisfacer su explicable exigencia del desarrollo con progreso.

Este choque de posturas inconciliables culminaría casi treinta años después del Movimiento Estudiantil con el declive –ahora irremisible- del PRI y el ascenso de la partidocracia.  

Confrontadas a la luz de los inminentes Juegos Olímpicos, las partes en pugna extremaron su respectiva pujanza en  el forcejeo entre una juventud heterogénea, no obstante unificada por su antigobiernismo aunado a  la necesidad de apertura,   y la estructura piramidal del Estado, bajo el irrestricto control del presidente Díaz Ordaz. Prolongado si los hubo en el turbulento siglo XX mexicano, el ‘68 no solamente superó en significación y trascendencia al también sangriento conflicto por la autonomía en 1929, sino que exhibió lo que ya era imposible ocultar, aunque no se podía o no se quisiera aceptar: de una parte, que el Sistema carecía de recursos para satisfacer demandas que exigían agudeza, visión, imaginación sociológica y aptitudes para comprender, planificar y activar la inaplazable ingeniería social; de otra, que ya pesaban las evidencias de que tanto la presión como la influencia del exterior –y en especial de los Estados Unidos- afectaban varios aspectos de la vida en común:

1) Las aspiraciones inmediatas de las generaciones en ascenso,

2) La creciente industrialización, con el correlativo fortalecimiento de la iniciativa privada y el desarrollo de las clases medias y,

3) un desmesurado y caótico crecimiento de las ciudades, encabezado por la centralización económica y política del Distrito Federal. Agréguense a las contradicciones del Régimen el imparable fenómeno del Mass Media; es decir, la comunicación inmediata de lo que ocurría, se descubría y/o se cuestionaba en cualquier parte del mundo, gracias a los medios masivos de comunicación: recurso de concientización prodigioso que el autoritarismo, en México, se apuró a sujetar, controlar, perseguir y corromper con la torpe pretensión de conducir su efecto crítico y el apetito democratizador de las masas.

Represión, pues, como alternativa del diálogo y sustituto de cambio razonable que hubiera regulado el crecimiento  del país, sin las desigualdades extremas y la corrupción que ya nos ahoga. Ante el dramático desenlace del Movimiento Estudiantil, por lo tanto, la agresiva y no menos estúpida y filicida  reacción del gobierno de Díaz Ordaz y su cohorte de validos contribuyó a mitificar el suceso. De suyo, cual corresponde a los mitos, el construido popularmente alrededor de 1968 se diversifica y enriquece en el tiempo gracias al vox populi, inclusive como divisa de la democracia por venir. Así se atribuyó al Movimiento el eje generatriz del gradual, pero inevitable, declive del régimen presidencialista. Así también se confirmaba la inminente caída del estilo personal de gobernar, inclusive, en la medida en que se dificultaba cualquier expresión democratizadora en una sociedad de pobres recursos cívicos y más precarias aptitudes para consolidar la ciudadanía.

Dada la ineficacia institucional, la corrupción sindical y su alianza con el Sistema como  “brazo electoral del PRI”, parecía imposible encauzar cualquier lucha liberadora, salvo mediante el ejercicio crítico de intelectuales, universitarios y periodistas, a pesar de las consecuencias de sobra conocidas.  Al ´68 siguieron, por consiguiente, los años del ascenso de la prensa politizada, aun por encima del control oficial tanto del papel como de la prensa y la distribución de publicaciones.  Aunque las “oficinas de prensa” se encargaran de intimidar, amedrentar, corromper, “persuadir”, disuadir, perseguir, “desaparecer”, “sugerir”, golpear, causar “muertes civiles”, ninguneos, difamaciones, etc, a nombre de la defensa del Estado ninguna acción represora consiguió frenar a las sin embargo amenazadas voces críticas. Así pues, puede decirse que el ’68 fue un factor importante a favor de la democracia, pero en caso alguno determinante ni único, ya que esta larga, accidentada e incompleta batalla civil comenzó en el siglo XIX y, a costa de grandes sacrificios populares y personales de muchos valientes, continúa sin atinar con algo más que soluciones electivas en las urnas, carentes de madurez institucional.

 Sin embargo y como en todo mito, hay que insistir en que el construido y abultado en torno de 1968 tiene un fondo de verdad, incluidas sus múltiples versiones. Éste, inseparable de las características intransferibles de los Baby Boomers, está colmado de interpretaciones, sucesos extraordinarios, hazañas fastas y nefastas, poderes oscuros, héroes más ficticios que reales, monstruos, manipulaciones oscuras, protagonistas que se inventan o  reinventan y sueños, muchísimos sueños que revelan las aspiraciones incumplidas de una población largamente subyugada. Hay que agregar, finalmente, que además de su significado social, psicológico y político, el ’68 contiene una enorme carga emocional que ha dotado de identidad no a una sino a varias generaciones.

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Tropezar con las mismas piedras

August 10, 2018 Martha Robles

laotraopinion.com.mx

 Obvio y controversial después de que el mundo probó liderazgos tan diferentes entre sí como los protagonizados por Churchill, Roosevelt, Mussolini, Hitler, Stalin, Castro,  Franco, etc., en las mayorías menos civilizadas perdura una suerte de nostalgia por el caudillismo y/o el poder personal.  De preferencia donde no hay parlamentos fuertes percibimos, todavía, un inocultable apetito de líderes, mejor si autoritarios, caprichosos y con mano dura. Aun a pesar de que el marxismo muriera de marxismo, como señalara Popper, y aunque la historia esté plagada de secuelas de las atrocidades cometidas por el poder personal y/o absoluto, pervive el clamor de la muchedumbre para ser controlada por el elegido, el ungido, el redentor, el guía.

Cuba fue la tierra prometida y Castro y el ‘Che’, héroes idílicos para una generación huérfana de padres y de figuras reales en tiempos oscuros. La segunda posguerra mundial dejó supeditado al planeta a dos poderes rivales que competían por tutelar el neoimperialismo desde sus respectivas ambiciones e ideologías. Sin alternativa intermedia, comunismo y capitalismo se constituyeron en fuerzas contrapuestas, aunque coincidentes en sus propósitos de dominio. Si bien hacia el fin del siglo el capitalismo no murió de capitalismo como ocurriera a la contraparte marxista, quizá porque en la democracia subyace su capacidad de rectificar y transformarse, al menos dejó en claro que, no obstante su tremenda imperfección, los sistemas capitalistas están abiertos a las reformas, están incluso ávidos de reformas, como tantas veces y de modos varios demostrara Karl R. Popper, el gran representante de la filosofía social.

Al menos durante algo más de tres décadas de jaleos políticos, rivalidades intimidantes y amenazas mutuas, Moscú y Washington invadían países vulnerables, instigaban a su antojo, prohijaban gobiernos/títeres, caudillismos y regímenes dictatoriales. En detrimento de una educación cívica, indispensable para la formación de demócratas, el predominio de las ideologías fortaleció los sistemas de sujeción, a su vez enaltecidos mediante cruzadas proselitistas que en nada desmerecían a los fanatismos religiosos. De este modo y ante el fracaso del laicismo y  las doctrinas sociopolíticas, resurgieron con ferocidad renovada los fanatismos que, en vez de las otrora guerrillas, aportaron al siglo XXI el recurso del terrorismo, con una obvia finalidad: administrar el poder del miedo que  estuviera en las exclusivas manos de las dos potencias mundiales. Entonces, en posesión de las armas más letales, los regentes del destino universal mantenían a la humanidad con el alma en un hilo. En plena “Guerra Fría”, mientras tanto, la gigantesca China y la pequeñita Cuba ajustaban a su manera  sus versiones dictatoriales de un comunismo no soviético, no obstante totalitario y de intolerancia tan inquebrantable que aún a la fecha se resienten sus consecuencias. En medio de saldos sangrientos y amenazas de ataques nucleares, el siglo XX pasaría a la historia como uno de los más violentos y contradictorios de los tiempos modernos.

Consecuentes con el efecto divisorio de la bipolaridad reinante, las generaciones de la segunda mitad del siglo pasado, por consiguiente, nacimos y crecimos atenazadas por dos lenguajes y dos modelos tan extremos como amenazantes, disímiles e inconciliables. Creadoras de sus propias mitologías,  derechas e izquierdas se constituyeron en sustitutos del Mal y del Bien, con una salvedad: no obstante su propaganda agresiva por los derechos y libertades, el capitalismo no arrojó héroes a imitar ni referentes inspiradores; tampoco provocó fidelidades ciegas ni autoinmolaciones apasionadas como observamos entre la feligresía comunista.

En contrapunto, las varias vertientes de izquierda fueron pródigas en fomentar figuras (masculinas)  ensalzadas con exageración  en sus orígenes. Sus pregones consagrados  se asimilaban como en una oración y ni pensantes como Sartre y sus camarillas tenían la decencia de aceptar los inauditos crímenes del estalinismo. Luego, ante errores fatídicos y ya inocultables como la Revolución Cultural, en China, el posterior desencanto del castrismo y el irremisible caos de la más cercana “Revolución Sandinista” (por citar algunos ejemplos), comenzaron las justificaciones, el arrepentimiento de los fanáticos y una suerte de silencio acusador de la estupidez de quienes adoran a supuestos redentores y, a la hora de las verdades, se quedan sin argumentos, como hoy ocurre con el chavismo venezolano y  su engendro monstruoso, Nicolás Maduro. Ni qué decir de la infortunada Nicaragua o de la Cuba dictatorial de los Castro, y así sucesivamente, sin desmerecer historias pavorosas como la de Saddam Hussein y de países reducidos a harapos como el propio Irak, Paquistán, Afganistán…., y tantísimos más que siguen siendo víctimas de lo provocado a corto y largo plazo por el dominio personal de sus caudillos, sus líderes, sus dictadores que fueron o no elegidos en las urnas.

Imperfecta como es, no hay mejor invento de la historia que la democracia, a condición de que existan demócratas, ciudadanos y ciudadanía; derechos y libertades. De no contar con estos requisitos, como en México y tantos países, el régimen electoral funciona como mera pantalla de las sociedades cerradas y su falsas instituciones. Lo que se encumbra con el hígado tarde o temprano queda exhibido como ejemplo de la degradación de lo que es capaz el poder absoluto. Los días de los monarcas deificados no acabaron con el régimen faraónico; más bien se trasformaron a partir del dominio ptolemaico y al paso de los siglos engendraron modalidades no menos brutales como Gengis Kan, los emperadores romanos, Carlo Magno…, y el colonialismo inacabado.  

La afirmación de Karl Popper es la mejor síntesis crítica a los regímenes totalitarios y, con ellos, a la deificación de personajes mesiánicos:  Quien promete el paraíso en la tierra nunca ha producido nada, salvo un verdadero infierno. En nombre de las sociedades abiertas y sus correlativas libertades y derechos, este paladín del racionalismo crítico desenmascaró los sueños de la razón moderna y sus construcciones de grandeza que suplantan la realidad, además de nutrir la ofuscación popular y la intolerancia deificando a quienes suponen dotados con cualidades mesiánicas.

Y en eso estamos, porque las advertencias no son alimento para las masas. Tampoco sirve experimentar en cabeza ajena, porque ya se sabe que, invariablemente, somos más listos que todos. Sin contención parlamentaria; sin oposición ni discrepancia organizada; con resabios de una partidocracia espuria;  supeditados al proclamado redentor de este territorio de culebras; sin pensamiento crítico y carentes de una poderosa presencia intelectual que razone los riesgos del poder personal, ya comenzamos a observar el poder del Único Uno. Rodeado de viejitos y empleados obedientes, nuestro santo mandatario electo ya ordena quitar y poner instituciones, obras, Estado Mayor, refinerías, aeropuertos… Todo, pues, exactamente como el personaje de El otoño del Patriarca:  

Allá arriba, lejos de las ficciones del pueblo, los gobernantes hacían lo que el Patriarca: “resolvía problemas de estado y asuntos domésticos con la misma simplicidad con que ordenaba que me quiten esta puerta de aquí y me la pongan allá, la quitaban, que me la vuelvan a poner, la ponían, que el reloj de la torre no diera las doce sino a las dos para que la vida pareciera más larga, se cumplía...” Era la rutina simple y a la vez compleja y espantosa de una América ciega y sorda a su diversidad y también incapaz de adueñarse de su destino (…)

Incapaces de adueñarnos de nuestro destino, si; así somos. Si en el pasados no quisimos ni pudimos crear un Congreso digno, un Poder Judicial confiable y un Ejecutivo respetuoso de los valores democráticos, ahora el carro completo ya anticipa los duros caminos que nos aguardan por agachados, por no atrevernos a ser, en verdad, una República a la altura de los mejores.

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Literatura: escalpelo del drama humano

August 2, 2018 Martha Robles

John Steinbeck

Steinbeck estuvo excepcionalmente dotado para explorar el lado más oscuro de la naturaleza humana. Cuando observo a mi alrededor, pienso en De ratones y hombres o en Las uvas de la ira y, por contraste, repaso la joven cultura literaria mexicana, tan ciega al bestiario que nos habita y tan urgida de notoriedad en esta tierra de tartajeos y sin lectores. Aunque el implacable Harold Bloom se llenara de gozo al decir que no puede leer tres párrafos “sin pensar en un Hemingway mal escrito”, el californiano perteneció a la especie de escritores incorruptibles que exhiben con crudeza lo que a los devotos del bienestar no les gusta mostrar. 

La carga de animadversión que  marcó al controversial Steinbeck hasta su muerte, ocurrida en Nueva York en 1968,  no consiguió disminuir la fidelidad creciente de sus lectores ni eliminarlo de entre los grandes de las letras estadunidenses del siglo XX. Sus detractores tampoco impidieron que recibiera el Nobel en 1962, a pesar de que  fuera considerado “uno de los mayores errores del Comité”.  Los que durante años fueran rumores sobre las  presiones de EU a la Academia Sueca, se confirmaron cincuenta años después, hasta 2012, cuando se abrió y publicó el archivo secreto sobre los criterios electivos.  Entonces el mundo supo que ante una distinguidísima lista de candidatos como  la danesa Karen Blixen (Isak Dinesen), los británicos Lawrence Durrell y Robert Graves y el dramaturgo francés Jean Anouih, antepusieron a  Steinbeck. De menos, los críticos escribieron que era algo menos que sombra de aquellos autores monumentales. Y si, cualquiera de ellos era de Nobel para arriba, pero como ocurriera a Borges, jamás recibieron tan codiciada presea. Como “lo que se susurra en los sótanos se grita en las azoteas”, tanto la obra como su difícil biografía quedarían señalados como “una opción de compromiso”  en la más alta y eternamente discutida distinción internacional.

Al margen de intereses y enredos que invariablemente se cruzan en el reparto de premios mayores y menores, lo importante es llamar la atención sobre  el papel que la literatura ha tenido en la democracia estadunidense. No ha habido mejor semillero de  conciencia crítica entre la enorme población de lectores. Al margen de objeciones ociosas, es indiscutible que la mirada tanto de Faulkner como la de Steinbeck fue sustento de posteriores y trascendentales luchas civiles. No por nada y, además de su indudable calidad artística, ambos siguen siendo referentes del revés de la prosperidad capitalista. Infaltables en la abultada lista de “clásicos”, hay que agregar que de Poe a Melville, de Dashiell Hammet a Lillian Hellman, Susan Sontag o Hannah Arendt, por citar ejemplos a vuela pluma, nuestro país vecino es envidiablemente pródigo en obras y autores monumentales. No obstante el padecer de sus vidas privadas, tarde o temprano la sociedad los reconoce, los encumbra e incorpora a su simbología. Es cierto que en la cultura del esfuerzo abundan biografías tremendas, llenas carencias y obstáculos que nos hacen celebrar doblemente el triunfo del talento.  Para pocos escritores la vida ha sido sencilla en el reino de la competitividad, donde nunca faltan animadversiones, envidias, tropezones y frustraciones, pero tarde o temprano encuentran su lugar y son reconocidos por ello.

Pese a las tremendas dificultades para publicar y distribuir la obra; luego, atraer y conservar la curiosidad de los lectores y realizar la diaria hazaña de subsistir con el trabajo intelectual, un hecho es irrefutable: las buenas plumas son las que desvelan  la realidad, donde mejor se manifiestan las bajezas, los sueños, la frustración y las debilidades; es decir, se concentran en el nervio de la sociedad, su verdad verdadera. Conocemos más a los Estados Unidos o a cualquier país europeo por sus narradores y ensayistas que por las noticias o los discursos políticos. Sin literatura se vive a ciegas, expuestos a los prejuicios y a la estupidez moral. Tuvo razón Arthur Miller al afirmar que las confesiones se logran mejor en los personajes de ficción. Tal es el prodigio de las letras: crear universos donde lo común parece extraordinario y lo excepcional, parte de una lógica que es la de la propia existencia. Y es que, cuando recreada como ficción verosímil, la vida se muestra en su desnudez y todas las cosas, incluido el absurdo, encuentran el lugar preponderante o secundario que ocupan en la sociedad.

¿Cómo entender la enajenación del trabajo inútil sin el Mito de Sísifo de Albert Camus? ¿Cómo ver al hombre contemporáneo sin el genio de Kafka? ¿Y las Emmas Bovary o Annas Kareninas, perdidas en fantasías devastadoras? Gracias a Faulkner y Tennessee Williams entendí la violencia y las confrontaciones sociales. Por los libros confirmé que en México son peores y más crueles los sucesos diarios que aquellos dramones gringos que, en su hora, nos parecieron casi insoportables.  Aunque el mundo es más mundo cuando lo vemos desde la locura o el vagar de los muertos, como en el caso de Rulfo, hay culturas, como la nuestra, que se resisten a incorporarse con toda su complejidad a la gran literatura. Es como si el mexicano temiera los espejos. Como si, por odiar o temer la confrontación con su verdadero rostro, se pega a la máscara y allí se queda, refundido en su no/ser, pero anhelando ser otro. Y por eso no entendemos esta complejidad ni sabemos cómo movernos en este criadero de culebras enredado a altares de Dolores y extraños cultos, como el de la Santa Muerte.

Los mexicanos hemos estado inmersos en una turbulencia social extrema; tanto, que la damos por rutinaria, normal. La furia colectiva encontró acomodo en la frustración, pero no abrió puertas a la palabra crítica, creadora y creativa de las grandes obras vivificantes. La gran literatura es la de la identidad, la que nos muestra y nos define.  La correlación es precisa: sin identidad no hay literatura; sin letras, es imposible identificarse. El poder del lenguaje transforma la realidad, la raíz de las cosas y la fuente de significados.  Donde las letras son pobres, las culturas también lo son. La correspondencia entre la visibilidad de grandes escritores y grandes culturas es tan fecunda como las libertades y los trayectos reparadores de esas libertades.

Tenemos a un Luis Spota que se atrevió con la costumbre del poder, a un José Revueltas que exhibió las miserias de la persecución vinculadas al Partido Comunista, a una Rosario Castellanos que narró horrores de su Chiapas natal, a un Fuentes que, sobrepasado por la complejidad, acudió a lo esperpéntico y a la caricatura para no perderse en la maldición ancestral de la culebra. Pero las ausencias son aún más poderosas en este llano. En fin, que joven como es, incompleta todavía, a nuestra literatura le falta mucho por recorrer en esos canales misteriosos que atesoran lo recóndito y todavía indecible.

Toda esta meditación sobre la función vital y expansiva de las letras viene a cuento porque, al repasar la gran riqueza de la literatura inglesa y norteamericana del siglo XX, veo de golpe su efecto benéfico en los ámbitos y políticas que de una parte las engendran, y de otra las absorben para enriquecer el entorno. Veo a José Revueltas, pero en nada se acerca al universo de Steinbeck, a pesar de que ambos merodearon dramas humanos similares. Por su capacidad de abarcar desde la Gran Depresión hasta el padecer de migrantes, trabajadores, campesinos y quienes vagan con la eterna necesidad de encontrar un lugar en el mundo, el autor de A un Dios desconocido me descubrió más de los granjeros sureños y sus luchas que toda la grilla que me aturdió desde mis días estudiantiles hasta el reciente y muy revelador proceso electoral. No el galimatías político que nos ha tocado en suerte, sino mi formación literaria es la que me permite abundar en este pozo de incertidumbre, violencia, ilegalidad y fantasía en el que nos encontramos los mexicanos.

El sufrimiento, las pasiones y los sueños carecen de nacionalidad, no así el genio de mostrarlos, presentarlos, examinarlos y recrearlos. Desde su natural antisocial, Steinbeck decía que lo mejor es siempre lo más simple, pero no aclaró que para conseguir la sencillez hay que escarbar, buscar, deslindar y trabajar hasta dar con el hueso de las ideas y de las cosas. Además de las biografías, los mitos  nos enseñan a ver y a entender el drama de nuestra condición. La literatura es la gramática del corazón humano. Por ella atinamos con la estructura vital que nos sostiene y nos define. Sin ella estamos condenados a seguir Nepantla, en ninguna parte, asidos a las máscaras, al vocerío y a este diario penar que, como maldición ancestral, nos sigue caracterizando por nuestra inclinación a la ceguera, a la sordera y a la derrota.

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Sin educación: el infierno tan temido

July 19, 2018 Martha Robles

En Las Margaritas, Chiapas. Un aula/escuela para todas las edades.

Formar integralmente a la población nunca ha sido prioridad del Estado mexicano. Tampoco imperativo ético. Mucho menos cuestión de seguridad nacional ni requisito para elevar al país a la altura de los mejores. Entre ignorantes es fácil fomentar el nacionalismo y acostumbrarse a la barbarie. Lo difícil es hacer patriotas porque el patriotismo exige conciencia cívica, honor y responsabilidad.  Tema infaltable en los cambios de gobierno a partir del incumplido Artículo 3º. de la Constitución, se podrían apilar leyes, programas, “reformas”, ajustes y proyectos condenados al pozo de tentativas y fracasos.  La vergonzosa actuación de las organizaciones sindicales arrastra la responsabilidad del atraso acumulado.  Gradualmente, desde los días de la diarquía Obregón-Calles, los dirigentes se fueron asimilando a los intereses del sistema. Crearon sus mafias, sus cotos y sus lenguajes de toma y daca. Indivisos del “Sistema”, no tardaron en convertirse en sostén y brazo complementario de la corrupción oficializada. 

Como tantos aspectos enredados a la historia del poder, el complejísimo,  burocratizado e intimidante capítulo de la Secretaría de Educación Pública está más cerca de la novela negra que de la sociología de la cultura.  Sin valorar ni cumplir su alto deber moral, a su vera la organización sindical se constituyó en omnipotente y diversificado reflejo del cáncer social que alcanzó su clímax más tenebroso con Elba Esther Gordillo. No deja de ser una advertencia su reaparición como amiga solidaria del virtual Presidente López Obrador: cosas veredes... Ante el triunfo electoral de MORENA, nos falta ver el rumbo y desenlace de la Coordinadora en la sufrida Oaxaca. Allí, desde la más obvia falta de responsabilidad y conocimientos, la cáfila de dizque maestros ha despojado a sabe Dios cuántas generaciones de  niños desvalidos social y económicamente, de la oportunidad de modificar su destino.  

Lo inexplicable –o injustificable- del atraso educativo del país debe interpretarse a la luz del pragmatismo circunstancial, pues tan largo y sombrío historial de componendas, alianzas, encubrimientos y complicidades cultivados desde los días de Calles e incrementados de manera expansiva hasta reventar la costumbre del poder,   no ofrece un porvenir inmediato esperanzador. La pregunta obligada es cómo se piensa reestructurar esta complejísima y enferma institución.  Para el régimen gubernamental es un dolor de muelas. Los intereses sindicales siguen siendo el monstruo a vencer. Sin embargo, para un país de casi 130 millones de habitantes tremendamente afectado por conflictos propios de sus desigualdades extremas, la educación en particular y la cultura en general son asunto de vida o muerte.

Salvo dos proyectos fallidos a causa de la corrupción política –el de Vasconcelos fundador de la SEP en 1921 y el de 11 Años de Torres Bodet, en 1958-, ningún proyecto, reforma o “ley” se ha discurrido y/o aplicado a partir de un principio de realidad. Tampoco se ha sostenido. El efímero “Sistema Nacional de Compromisos” de Porfirio Muñoz Ledo, duró lo que la lectura, en Los Pinos, de su presentación. Despedido ese mismo día por el presidente José López Portillo, Fernando Solana lo sustituyó en la SEP y, a pesar de su intención de “modernizar” las relaciones entre sindicato y gobierno, ganó el peso del sistema, como sería de esperar. A pocos días del infortunado suceso que cambió para siempre el destino político de Muñoz Ledo, pregunté directamente al Presidente, durante una cena privada en casa de amigos, cuál fue la causa de reacción tan radical. La respuesta fue del tamaño de su megalomanía: “No era un proyecto educativo. Porfirio me presentó un programa de gobierno. ¡Y aquí, el único que gobierna soy yo!”

 Pues si, de eso se trata: educar no es solamente un programa de gobierno; en lo sustancial es un proyecto de vida, de país, de futuro... Se trata de conducir las fuerza formativas de la sociedad, de sustentar un gran compromiso cívico, de elevar la calidad material, física, moral y espiritual de la población. Significa depurar aptitudes, imaginación e inteligencia para el mejor desempeño de la vida en común, del trabajo y de las estructuras del desarrollo. Si la vanidad de López Portillo no lo hubiera cegado quizá, en tan tremendo crecimiento demográfico, los problemas no resueltos no habrían radicalizado las desigualdades hasta los extremos actuales. De haber educado a esas y a las siguientes generaciones seguramente no habría tal criminalidad ni  habríamos descendido hasta los niveles espantosos que ahora padecemos.

Sólo la educación dignifica el porvenir de los pueblos.

Los países más evolucionados lo son porque invirtieron ayer en la formación, en la ciencia, en las humanidades, el arte y la tecnología. No hay magia, sólo educación sostenida e inteligente.  Si ignorancia afianza el cáncer social, la miseria con ignorancia engendra monstruos. No hay más que mirar a nuestro alrededor: vivimos presas de terror, atenazados por la criminalidad y la degradación urbana, en estado permanente de ansiedad. Si la formación cabal es el primer acto de inteligente supervivencia personal y social, elevar la calidad de la cultura es condición inaplazable para el desarrollo, la dignidad y el bienestar no sólo del individuo, sino de la población en su conjunto. Entender la superación como fuerza vital, creadora y comunicante implica un deber compartido. Este deber se ha ignorado desde los días coloniales. Sólo los pueblos corruptos y atrasados creen en la supuesta conveniencia de torcidas alianzas políticas, componendas sindicales y farsas dizque educativas. El costo de tan imperdonable fraude se calcula por décadas y ya siglos de atraso y daños masivos colaterales.

Con el sistema político en ruinas y la sociedad completamente desestructurada, nuestra suerte está echada: nos aventuramos con un sistema educativo inteligente y de calidad, complementado con investigación científica a la altura de la demanda, más  humanidades bien sustentadas y una formidable secretaría de cultura o nos resignamos a continuar atizando este infierno de todos tan temido.  

La verdad es inocultable: desde la Independencia, no construimos un gran país; tampoco una república capaz de enorgullecernos. Hemos arrastrado durante generaciones y ya siglos el complejo del vencido, el síndrome de la derrota y, ante todo, la sostenida incapacidad de ser y comportarnos como patria adelantada, digna y capaz de enorgullecernos. Es hora de atrevernos a romper las ataduras del pasado. Es hora de probar que no nacimos para ser los eternos perdedores.

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Carlos Fuentes: el demonio de la prisa

July 13, 2018 Martha Robles

elmundo.es

La velocidad fue su infierno, condena encenizada de su voz. Atraído por los esperpentos de Valle Inclán, cedió al espejismo grotesco y al vocerío sarcástico. Sin embargo, su mundo se pobló con caracteres y situaciones sobreactuados y, en ocasiones, fuera de foco. A color o en blanco y negro, eligió un lenguaje delirante, correlativo a su claro deseo de satirizar lo que odiaba y amaba en iguales dosis. Persiguió todo, desde el vacío hasta la plenitud; el saber y el no saber; el ser y el no ser; el poder, la vulgaridad, la violencia, la bufonada... Todo, menos la suavidad, el silencio y la pausa, tan caros por ejemplo a Rulfo, a quien sin duda admiró. Cifrada por una prisa ruda, cercana a la ansiedad, su obra creció en solitario en la tradición literaria mexicana.  Hasta donde sabemos, nadie ha trazado semejante espiral de máscaras y aliños, engaños, desengaños y enigmas que pretenden desvelar el rostro bárbaro de una burguesía fechada a partir del alemanismo, sin asidero histórico ni verdadera presencia social.

Amante del cine, lector avezado, Carlos Fuentes utilizó acercamientos, representaciones de conjunto y disolvencias, como si manejara una cámara.  Tales recursos, curiosamente, no lo condujeron a depurar contrastes, salvo en el magistral ejemplo de Aura (1962), su obra maestra. Si bien sus ficciones transcurren en las décadas como ríos vertiginosos, el pasado, el muralismo y la sombra tanto de Frida Khalo como de Artemio Cruz peregrinan por Los años con Laura Díaz (1999) en pos de su eternamente buscada, aunque no lograda, “novela total”. Discurrió un modelo exagerado de inteligencia perversa para tipificar al avezado y cabrón chapucero del siglo XX mexicano que no excluye al sindicalista ni al político, al militar, al trepador ni al entreguista. Es el fantoche masculino que se reinventa, nace y des-nace con la figuración onírica; luego se destruye con desprecio criollo y, como diría Alejo Carpentier de su Henri Christophe: "renace de sus cenizas" para adaptarse a los acomodos del sistema. Correlativo al estereotipo del mexicano divulgado por las películas de los años cincuenta, introdujo en las letras el modelo del nuevo rico y el macho urbano, ambos irremisiblemente tramposos y caricaturizados por la mentalidad norteamericana, ahora tipificado con el Bad hombre de Donald Trump.

Urgido de liderar el salto de la narrativa latinoamericana que encumbraría a los autores del Boom, desde sus primeras publicaciones estableció los imperativos de su estética: profanar, denunciar, arrancar la máscara de la hipocresía, zaherir… Quizá su anhelado "nuevo lenguaje", fundado en el escarnio, comenzó a prefigurarse con las disertaciones de Rodolfo Usigli sobre el machismo, contenidas en el Epílogo de El gesticulador. Profanación y modo de exhibir al mexicano con desdén deben al ascenso de “lo mexicano” y en particular al análisis de Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México, los principales hallazgos que, además, sustentarían las tesis de El laberinto de la soledad.  Temas innovadores como el síndrome de la derrota, los juegos con la muerte, devociones exacerbadas y la falta de identidad de los vencidos fueron integrando un vocabulario indispensable para descifrar lo que, en voz de Octavio Paz primero y después asimilado por Fuentes, sería en toda su plenitud El hijo de la Malinche o, mejor aún, El hijo de la Chingada. De ahí que antes de ascender a las letras y prefigurar perfiles y personajes, las reflexiones sobre nuestra compleja  caracterología  revolucionarían los modos de ver, aproximarse y entender esta cultura durante varias generaciones.

Más que “nuevo”, por consiguiente, el estilo de Fuentes fue una respuesta a la exploración circunstancial del mexicano que cifró con furor el rumbo de las artes y el pensamiento desde los días del muralismo hasta los años sesenta. Privaba en torno del medio siglo un estado de ánimo que, al parecer, coincidió con su historia y su temperamento. Es cierto que su sustancia narrativa se concentró en la confesa necesidad de zaherir e incurrir en burletas degradantes mediante expresiones ingeniosas y tocadas por la velocidad; pero, además, este singular escritor estuvo dotado con una suerte de brújula para leer los vientos propicios, peculiaridad que se confirma en el rumbo elegido de cada una de sus novelas. Así, decisivo para él desde La muerte de Artemio Cruz, El laberinto de la soledad, publicado en 1950, arrojaría claves de lo que, definitorio para los mexicanos, también se ajustó con facilidad al estilo de Fuentes:

Toda la angustiosa tensión que nos habita se expresa en una frase que nos viene a la boca cuando la cólera, la alegría y el entusiasmo nos llevan a exaltar nuestra condición de mexicanos: -Viva México, hijos de la chingada!... la acción corrosiva y difamante implícita en el verbo que les da su nombre.

La verdadera protagonista en la narrativa de Fuentes es la palabra, la voz mutante que se enreda y tuerce como si fuera caracol. Ni Aura/Consuelo, Regina o la desigual Laura Díaz, con ser los personajes femeninos mejor logrados respecto de la idea del tiempo o de la pasión, pueden desprenderse de esta vorágine de signos, de la dualidad geométrica que se desdobla a sí misma una y otra veces hasta confirmar su no-identidad o su fondo móvil: único elemento que perdura y que a sí mismo se va modificando. La palabra y no el sujeto que la emite es, desde La muerte de Artemio Cruz y quizá con claridad en la personalidad de Ixca Cienfuegos, clave de una espiral de dinamismo infatigable que envuelve, disfraza, enmascara, asciende y serpentea hasta impregnar su signo bífido en el rostro mexicano:

Tú la pronunciarás: es tu palabra: y tu palabra es la mía; palabra de honor: palabra de hombre: palabra de rueda: palabra de molino: imprecación, propósito, saludo, proyecto de vida, filiación recuerdo, voz de los desesperados, liberación de los pobres, orden de los poderosos, invitación a la riña y al trabajo, epígrafe del amor, signo de nacimiento, amenaza y burla, verbo testigo, compañero de la fiesta y de la borrachera, espada del valor, trono de la fuerza, colmillo de la marrullería, blasón de la raza, salvavida de los límites, resumen de la historia: santo y seña de México: tu palabra:

-Chingue a su madre

-Hijo de la chingada...

"...Hijos de la palabra. Nacidos de la Chingada..." Mundo de imprecación, universo ambiguo donde la palabra del vencido se transforma en "trono de la fuerza", aunque el vocabulario real del mexicano común, pobre como es y ha sido en sustantivos, apenas sobrepase un centenar de voces. Voces que no sólo se repiten con acepciones distintas, sino que transmutan en neologismos aplicables a las más contrastantes situaciones. Con desasosiego angustioso y siempre abrumador, el suyo es un incesante peregrinar del verbo-espejismo en pos de la voz real, de la sustancia equivalente a la difusa identidad. Su narrativa es caja de Pandora donde aparece de todo en el más intrincado desorden: la evocación sugerente, el enredo desmitificador, la caverna onírica, una dualidad sucesiva y multiplicadora, la foto fija, la película accidentada y sobre todo su predilección por el escarnio, por la rasgadura de la piel, por un Cambio de piel que deje al desnudo, sin resguardo, lo que él mismo estereotipó como impostura: la índole reptante –serpentina- del mexicano, su mexicano.

El antiesperpento de Fuentes, no obstante su simpatía por los efectos ópticos del reflejo desfigurado, no gesticulan con naturalidad ni se representan conforme a cierta lógica, como en el caso de Valle Inclán.  Entre los imperativos de su estética deslindó, en sentido estricto, una línea de correspondencia entre la tendencia vasconceliana a esgrimir la espada del ángel exterminador y la vitalidad plural de una cultura que, a pesar de sus limitaciones lingüísticas, burló su capacidad interpretativa.  Lejos de estereotiparse, la que mal podríamos unificar como mexicanidad es profundamente diversa, plural, desconcertante y colorida.

De modo similar a la dualidad que separa al ensayista del narrador, dos Fuentes hiperdinámicos se desarrollaron con su auscultación del “mundo de la vida”: uno es el que, escritor mexicano, accedió a lo universal mediante el instrumento del idioma para recrear la conducta o las zonas oscuras de la existencia. Éste es el que se vislumbra en pasajes memorables de La muerte de Artemio Cruz, Aura y fragmentos   de Constancia y otras novelas para vírgenes. Se trata, como queda en claro en la hermosa novela corta Viva mi fama, del artífice de sueños, inventor de intrincados laberintos que desde el absurdo vigila el rigor de la prosa en función de una fidelidad a su propia sentencia: "El arte propone un enigma, pero la solución del enigma es otro enigma".

El otro Fuentes perduró entre efectos de una inacabada pesadilla que comenzó durante sus años de estudiante en Washington.  Es al que, como “fantasía cruel”, los estadunidenses le enrostraron el estereotipo vejatorio del mexicano: tramposo, indolente, incapaz de abstraer, patibulario y bárbaro, más que primitivo. Como en su oportunidad le ocurriera también a Paz durante su residencia infantil en las escuelas norteamericanas, Carlos sufrió a diario el estigma del prejuicio: pre-definición determinista de México y los mexicanos que aguzó su temple competitivo y, según afirmaciones autobiográficas, también moldeó su “disciplina calvinista”, de la que dejó sobrada constancia. Entre el nacionalismo de su padre, diplomático a la sazón, la saludable influencia intelectual de Alfonso Reyes y la desafiante presión de una sociedad gringa en donde "las cosas funcionaban" y los horarios eran tan sagrados como el rendimiento productivo, Fuentes forjó una poderosa individualidad egocentrista no desprovista de ambigüedades. Así, cuando domina la vertiente de su enseñanza en lengua inglesa, brota el Fuentes hollywoodesco, ángel exterminador de bárbaros e irredentos que "no lo merecen" (“aquí nos tocó. Ni modo”). Como José Vasconcelos, su capacidad creadora, su talento y su visión del mundo estuvieron por encima de esta índole brutal que constituye el mundo del novelista. Tal es el hombre que describe, desde sus primeras novelas, al México vencido que, según él, divaga por la historia en una sucesión de fracasos, desmemoriado y tan perverso que no deja de partir de un folklorismo excesivo tal vez para remarcar, con la bribonería indispensable, el complemento del importamadrismo que colma las figuraciones comunes en torno de nuestro complejísimo y aún inabarcable talante.

Cuando, por el contrario, como ensayista emplea la herramienta del lenguaje como escritor sin prejuicios determinantes ni procacidad deliberada, el resultado es uno mismo: su acceso a lo universal mediante el poder esclarecedor de la palabra; es decir, reconocida su pertenencia a una cultura, marginado del conflicto íntimo que ésta le provoca, puede explorar “el mundo de la vida” como lo que realmente es: diversidad de conductas y no estereotipos forzados para nutrir sus ficciones. Quizá por eso Aura y Viva mi fama, por su unidad armónica, crean un estilo de ruptura consigo mismo, una distancia radical del Fuentes constructor de supuestas desmitificaciones revolucionarias que, a fin de cuentas, no dejan de ser tentativas jactanciosas. En estas novelas cortas, de manera sostenida, él sí conservó su fidelidad al poder creador de la palabra en vez de incurrir en su habitual afán de representar signos prefabricados y, por lo tanto, tediosos y poco convincentes.

(Fragmento de “Carlos Fuentes”, en mi libro inédito Voces de su tiempo).

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Culpas viejas, mujeres nuevas. Entrevista. https://youtu.be/9go7A0-hmso

En Huellas de la Historia, con Francisco (Paco) Prieto y Blanca Loolbe, Alejandro el Grande. Los pasos del héroe”, Radio Red, México, https://podcasts.apple.com/mx/podcast/alejandro-magno/id1243780697?i=1000431633702

Entrevista sobre los pasos del héroe, lunes 11 de marzo, 2019, 2019, Fabián Vázquez y Rafael de la Lanza; Revista Gandhi Lee+

https://www.facebook.com/mascultura/videos/451974625342403/

“Del amor a las letras y otras pasiones” en Poéticas de las inteligencia, programa de radio coordinado por Patricia Galeana y Beatriz Saavedra. Conductora Lourdes Enríquez, IMER, CIUDADANA, 660 am, jueves 27 de agosto de 2020. https://www.mixcloud.com/MujeresalaTribuna/po%C3%A9ticas-de-la-inteligencia-del-amor-a-las-letras-y-otras-pasiones/

A partir de septiembre 2020, colaboraciones en La noche es joven, programa de radio de Enríque García Cuéllar, Tuxtla Gutiérrez, Chis.:

Octubre 2, https://www.facebook.com/MuseodelaMujerMexico/videos/325674728612136/

Octubre 10, Casandra en la mitología, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/362463818454782/

Octubre 16, Las migraciones en el mundo, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/2675104412742380/

2020

- https://www.facebook.com/757213191075830/videos/3443483862406877 , “intelectuales y poder”, programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Oct. 26, 2020.

- “Helenismo en Alfonso Reyes”, video conferencia organizada por la Sría de Cultura, el Dep. de Literatura del INBA y la Capilla Alfonsina. Con Javier Garcíadiego (director de la Capilla Alfonsina) y la traductora del griego Natalia Moroleón. Moderadora Beatriz Saavedra, Trasmitido en vivo por Facebook, noviembre 5, 2020. https://www.facebook.com/283189608464004/videos/654522281924283/

“Intelectuales, prensa y poder”, en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Nov. 6, 2020. https://www.facebook.com/757213191075830/videos/1034311790327823

“Mujeres y otras penas”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/286419819321195 en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., , Nov. 13, 2020

“Gobernar con sermones”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/815646722545743, Ibid., Nov. 27, 2020

“La amistad entre Alfonso Reyes y José Vasconcelos”, Capilla Alfonsina, con Javier García Diego y el dr. Hurtado, Capilla Alfonseca, junio 30 de 2021. https://www.facebook.com/watch/?v=357786745726168

 “Actualidad de Marguerite Yourcenar” , Julio 8 de 2021, en el programa La noche es jocen de Enrique García Cuéllar. https://www.facebook.com/100063493035749/videos/834712267158793


Debate 22, entrevista con Javier Aranda, Octubre 10, 2022, Canal 22. (https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=jl5UKjczBPPI52y91C_now&s=03)

https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=LNgpCJXplWwnHJVKfBU9EQ&s=08

“Las palabras, espejos de la vida”, conferencias, Noviembre 9, 16, 23 y 30 de 2023, Plataforma ZOOM, dos horas por semana, Instituto dde la Cultura y las Artes, Cancún, Quintana Roo. Disponibles en YouTube con este enlace: https://www.youtube.com/playlist?list=PLOOto7Tr4g7IWZRngC2m_3zwvuTIrqE4H

Agosto 7, 2024 A medio siglo del fallecimiento de Rosario Castellanos. Capilla Alfonsina. Coordinación Nacional de Literatura. Sigue en directo la charla especial en honor a Rosario Castellanos. Acompáñanos y explora su impacto en la literatura. Una oportunidad única para reflexionar sobre su legado. Participan: Martha...

www.facebook.com.

https://www.facebook.com/share/v/nw26bULtQ6sooEGs/?mibextid=jmPrMh

“Martha Robles”, entrevista de Beatriz Saavedra para el Diario de Madrid, Noviembre 27, 2024. Entrevista a Martha Robles - https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/critica-literaria/entrevista-martha-robles/20241127090423084011.html?utm_medium=social&utm_source=whatsapp&utm_campaign=share_button

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Enero 16 de 2025, Alfonso Reyes y el exilio, Ateneo Español de México, A.C

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