Parejas extraordinarias León y Sofía Tolstoi

Sofía Tolstoi solo habría pasado a la historia como la controversial esposa del célebre novelista de no haber sido reconocida después de su muerte en Sobre mi padre,  reveladora biografía escrita por su hija Tatiana. Confidente y hasta cierto punto víctima de la telúrica relación de los Tolstoi en el enredado universo tribal en que se convirtió la casona Yásnaia Poliana. Tanitchka echó mano de los respectivos diarios de sus padres, así como de cartas, fotografías y recuerdos desde luego para tributar a su adorado padre, pero también como un desagravio de la memoria de Sofía, su madre.

Con trece hijos de los que ocho alcanzaron la edad adulta, Sofía nunca logró que el testarudo y autócrata conde Lev Nikoláyevich Tolstoi, 16 años mayor que ella, aceptara el uso de métodos anticonceptivos. Tampoco estaba en la naturaleza del hombre más encumbrado de su tiempo reconocer que, tras copiar a mano y “con buena letra” siete veces el manuscrito de Guerra y Paz, existir a su sombra y ser autora de un diario notable, a Sofía sobraban razones, talento y habilidades para brillar con luz propia…  Invisible e indotada a los ojos de los demás, solo podía ser notada a través del hombre que la investía de presencia, nombre, títulos y significación social.  

El caprichoso Conde Tolstoi era el eje de su vida. Inclusive lo fue durante el trágico desenlace de una intensa relación que aún reserva secretos sin descifrar. Las cosas adquirían o perdían sentido en función de sus exigencias, sus ideas cambiantes, su animosidad y su literatura. A su lado ningún día podía ser como el anterior porque una mañana podía amanecer persiguiendo a la mujer con la pasión al rojo y a la siguiente decidir que sería casto. 

Consagrada a servirlo, como se esperaba en el XIX de toda mujer educada y de buena cuna, al casarse a sus 18 años con un ya destacado Tolstoi de 34, no sospechó que, sin tardanza, tendría que soportar las intemperancias del hombre que, presa de imparables contrastes y devaneos sexuales, no solo engendraría cuando menos un hijo fuera del matrimonio, sino que, consecuente con su distintiva inestabilidad,  transitaría hacia la vejez entre desvaríos filosóficos, religiosos, nutricionales y pacifistas. 

Invariable matrona y guardiana de la despensa, se olvidó de la joven ingenua que fue y se convirtió en una gobernanta implacable, mandona y robusta.  Llevaba las llaves de Yásnaia Poliana colgadas del cinturón, con todo lo que implicaba: educar a la prole, administrar los bienes, resguardar las finanzas, controlar criados y siervos, cubrir las exigencias domésticas de la muchedumbre que habitaba la finca legendaria, amamantar, cuidar e instruir a sus niños, que adoraba, y padecer enfermedades rematadas con cinco duelos que la dejarían devastada. Eso, sin descontar la inusual entrega con la que cuidó, celó y amó al hombre que “escribía frenéticamente durante todo el invierno, lleno de emoción y con lágrimas en los ojos.”

El 12 de enero de 1867, en plena factura de la monumental novela Guerra y paz, que de tanto copiarla seguramente acabaría memorizando como Anna Karenina, Sofía describió en su diario una escena típica de su estrecha colaboración que sostenía con el escritor: “Todo lo que me lee me emociona tanto que casi se me saltan las lágrimas. Y no se si eso se debe a que soy su mujer –es decir, obedece a mi simpatía- o a que es realmente bueno. Creo que más bien a esto último. A nosotros, a la familia, lo único que nos reporta son les fatigues du travail, a mi me muestra una impaciente irritación, y últimamente he empezado a sentirme muy sola.”

Recia, decidida, era “un carácter”, como diría Unamuno cuando “cada uno es cada uno”.  Ninguna con un dejo de debilidad podría haber sobrevivido al egoísmo protagónico del patriarca. Y agobiada por los excesos delirantes de su deidad domiciliaria, Sofía fue perdiendo la fe en la medida en que la religiosidad de Tolstoi se exacerbaba. Con el ojo en alerta sobre descubrimientos que abrían paso a la modernidad, desde 1887 se fascinó con la fotografía. Más de mil placas de su autoría y de no desdeñable factura dan cuenta de la Rusia zarista, de la vida familiar, y especialmente de la pasión que la unió a su esposo. 

Debió discurrir un orden preciso para darse tiempo de llevar un diario durante casi sesenta años, desde octubre de 1862 hasta su muerte, en 1919, a los 75 años de edad, habiendo atestiguado la Primera Guerra Mundial, descubierto tardíamente la música y sufrido de manera directa la agitación revolucionaria. Que estaba cansada, escribió; fatigada de sufrir agitados resabios matrimoniales, conflictos familiares, la muerte de cinco de sus trece hijos; cansada de ser sistemáticamente ignorada, devaluada, humillada… 

Los escasos periodos de silencio escritural coinciden con estados de depresión, fastidio o desaliento. Invaluables, sus anotaciones sobre las transformaciones anímicas del monstruo sagrado que debió ser insoportable en la intimidad, en nada desmerecen aciertos de Tolstoi sobre los penares del alma. Ninguno de los fieles y fanatizados devotos que lo tenían por “santo” e iluminado conseguiría integrar, como ella, un registro biográfico y psicológico tan completo y profundo. 

A pesar de que sus diarios se publicaran décadas después de su muerte, siguen siendo tan fascinantes como imprescindibles para inquirir la complejidad de una excepcional, apasionada y en muchas ocasiones brutal relación de pareja. Con maestría describe el filón demencial de uno de los Inmortales de la literatura rusa y, con la aceptación de una maternidad cumplida como parte de su naturaleza, desvela sin darse cuenta “la pura verdad” de una mujer “peligrosa”, intimidante e incómoda a causa de su inteligencia.

Por su parte y a diferencia de quienes ascienden arañando el destino desde un pasado familiar lastimoso, Tolstoi nació en la finca familiar de Yásnaia Poliana y, aunque huérfano temprano a cargo de sus tías, creció rodeado de privilegios reservados a la nobleza. Allí escribió gran parte de su obra. Y desde  allí fue y vino por los contrastantes y disipados escenarios de la Rusia imperial hasta que, cansado de la ociosidad y la vida disoluta, “sentó cabeza”, guardó profundas discrepancias con la Iglesia ortodoxa y sufrió una gran conmoción al darse cuenta de la infortunada realidad de los campesinos. 

En su primera juventud probó el Derecho y los Estudios Orientales en Kazan, pero  en el frívolo mundillo de San Petersburgo y Moscú se cocinaban las mejores historias, donde él mismo resultaba protagonista. Al participar casi accidentalmente en una de las campañas de la Guerra de Crimea en la brigada de artillería en la que su hermano era suboficial, sufrió su primer golpe de conciencia y tanto en la memoria como en sus páginas el Sitio de Sebastopol perduraría como referente de heroicidad. 

Enamorada, ella era todo frente a él y nada para sí misma: oído, lectora, copista y crítica; correctora invariable, guardiana de la casa y de las cuestiones mundanas, amante sin horario, anfitriona, esposa a tiempo completo... Y él, que sabía escudriñar como pocos los entresijos del alma humana, era incapaz de tratar y valorar con justicia a su esposa. En sus fases más críticas, cuando las ideologías y sus adeptos se beneficiaban de sus desvaríos dejó que la violencia se metiera a la casa por la puerta grande. Abominó de la intimidad sexual, se declaró pacifista, vegetariano y víctima de los furibundos celos de una Sofía abandonada que no supo qué hacer con la profunda depresión que siguió a su sentimiento de fracaso.  

Apenas cubierto con un modesto sayal al uso de los campesinos de la región, se dejó crecer la barba, adelgazó y adquirió el aspecto del santón o gurú oriental, cuyas fotografías suelen reproducirse como testimonio de su “conversión”. En vano pretendió deshacerse de los bienes para “repartirlos” entre los siervos y no pocos oportunistas que lo cercaban, aislándolo de los suyos. Entonces huyó de casa, no sin antes dirigir a la desesperada Sofía esta reveladora despedida:

“Tú le has dado al mundo cuanto has podido: un gran amor maternal y un gran espíritu de sacrificio. Pero durante el último periodo de nuestro matrimonio, desde hace 16 años, nuestras vidas se han separado.”

Los testimonios coinciden en que las pasiones campeaban en Yásnaia Poliana, mientras llegaba toda clase de gente para ver al gurú. Lejos estaban los días de sus tránsitos ideológicos. Imbuido de piedad y ascetismo, al final de sus días renunció a la vida mundana, inclusive a sí mismo. En uno de sus habituales arranques autoritarios el “iluminado” conde, elevado a las alturas de la más inexpugnable espiritualidad, habría arrojado a las manos de la canalla y de los oportunistas que lo cercaban hasta el último pliego de su obra y la última semilla de sus tierras. Solo Sofía se lo pudo impedir, pero al precio de la tragedia que sellaría su memoria y su relación matrimonial.

La conflictiva muerte de Liev Nikolálevich Tolstoi en una estación perdida de ferrocarril, cercado como estuvo por su médico y el grupo de “oscuros” liderados por el fanático Chertkov, la dejaría desolada desde aquel fatídico 20 de noviembre de 1910. El final de la historia no pudo ser más dramático: él, aquejado de pulmonía, dejándose llevar por nadie hacia ninguna parte para acabar tirado en el catre del vigilante; ella, con el alma y el corazón heridos, clamando a distancia que la dejaran ver al marido agónico.

Contrapunto sombrío en la vida del novelista, según la versión de sus adversarios, ella lo sobrevivió nueve años. Para encumbrar a Tolstoi, el régimen soviético ensombreció la memoria de Sofía. Sus diarios y fotografías solo cobraron vida y sentido cuando declinó el comunismo. A casi un siglo de distancia de su muerte, ocurrida en noviembre de 1919, Sofía Tolstoi ofrece otra lectura, mucho más conmovedora, de su realidad femenina para dejarnos una certeza: la inteligencia de una mujer es un arma mucha más peligrosa y temida que una descarga de artillería.

Mariposas negras

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Un aleteo seco, como en sordina, anunció su llegada. No quise ver, pero sabía que era ella: terror de mi infancia, herencia materna, anuncio de muerte y augurio nefasto.  La miré de reojo. No fuera a ser que, como en la peor de mis pesadillas, viniera a posarse en mi cara. Casi en sigilo retrocedí para que no me notara. E inmóvil, como mejor se enquistan en la memoria las figuras nocturnas, allí estaba: parda, enorme, con las alas extendidas allá arriba, donde ni plumero ni escoba conseguirían alcanzarla. Un temblor cargado de adrenalina ascendió en espiral desde los pies hasta la coronilla.  “Debo sacarla”, pensé, pero el pavor me paralizó. 

Entregada a mi lucha contra el pasado, me mantuve a resguardo. La mariposa negra era más poderosa que yo y más convincente que la razón o el sentido de realidad: bastaba sentirla para que los recuerdos cobraran vida y me situara en el espacio de las premoniciones insospechadas. Todo empezó cuando una de ellas apareció pegada en la pintura barata que, sin ninguna razón, las mudanzas transportaban de casa en casa, como si de algo de valor se tratara. Aquella “marina” horrenda completaba las historias de la familia y nadie la quiso cuando nos hicimos adultos. De suyo simbolizaba tormentas que atraía o reflejaba su oleaje vertiginoso. El grito de mi madre reveló la gravedad del suceso: alguien cercano y pronto, iba a morir. Lo comprobamos a la mañana siguiente: mi hermanito enfermo, de apenas tres meses de edad, llegó difunto del hospital. 

Cumplidos cada uno en su oportunidad, los anuncios adversos antecedieron a la merma de los parientes. Por absurda que se antojara, la superstición se enquistó en mi conciencia. Era inminente que, con cada mariposa furtiva, alguien cercano se iría del mundo. De nada servían los escobazos para ahuyentarla. Tampoco los trapos la espabilaban ni hubo remedio, oración, sahumerio, estrategia o consejo que evitara lo inevitable. En ciclos más largos o más cortos llegaba el insecto odiado a repetir el ritual funerario hasta que un día me atreví a hacer un trato con ella: “tú cesas de anticipar ataúdes en el interior de mi casa y yo te dejo el camino franco para que te poses en libertad al lado de la ventana abierta”. Durante un tiempo desaparecieron difuntos y mariposas negras. Recobré la confianza y volví a ventilar la casa sin padecer el acecho del huésped incómodo.

Era una noche de luna llena, apenas hace unas semanas, cuando advertí que la misma u otra más grande e intimidante reaparecía de la nada. Empavorecida, me atreví a susurrarle: ¡shu, shu… fuera, fuera de aquí! La mariposa siguió sin embargo quieta, adueñada no solo de la pared, también de mis miedos, de mis recuerdos más negros y de la remota voz de mi madre que repetía desde no se dónde aquel desconsuelo hiriente que me dejó en el alma una cicatriz de fuego. Basta de trucos, me dije: esto no tiene sentido. Y me senté frente a ella a observarla como si secretamente aguardara el ring ring del teléfono con el aviso de que alguien insospechado se nos había adelantado.

El insomnio me perturbó entremezclado de pesadillas. Me sentí removida por lutos viejos y penas anticipadas. Decidida a vencer el estigma salté de la cama y busqué una toalla deshilachada. “Te equivocaste de casa”, le dije asestando el primer golpe de trapo. La mariposa aleteó con su ruido en sordina y cambió de lugar. Así una vez y otra vez. Volví a arremeterla, solo para agitarla. Tras un vuelo torpe y en círculos vino posarse en uno de los libreros, donde guardo fotografías. Inhalé y exhalé. “No te detengas”, me dije temblando y sin dejar de ahuyentarla. Encaramada en el escritorio cercano a los anaqueles extendí la tela y con suavidad, lentamente, logré cubrirla en toda su envergadura. En vano luchó batiendo sus alas porque por fin conseguí atraparla mediante varios dobleces. Incapaz de aniquilarla a palos como hubiera deseado, me dirigí al balcón con el envoltorio, no sin antes cerrar la puerta para evitar que me sorprendiera con un giro hacia adentro. Sacudí la toalla y la mariposa negra desapareció de mi vista fusionada a la oscuridad.

Convencida de que al fin había triunfado sobre la superstición y el destino, tiré el trapo en el basurero. No fuera a ser que me pegara la tiña, como los mayores advertían en mi infancia. Me lavé las manos. Me vi al espejo y, en penumbra, algo parecido a una sombra me sorprendió parada a mi lado: “la soledad es aliada del miedo”, susurré. Sin ceder a la tentación del espanto, regresé a dormir plácidamente. Horas después, desde Guadalajara, me telefoneó Olga mi prima: “mi padre ha muerto”, me dijo… Y yo, prendida al recuerdo infantil del día en que creí ver a la bisabuela reflejada en una de las tres lunas del ropero mientras exhalaba su último aliento, también repasé los signos que precedieron un largo listado de despedidas: mi abuelo, mi abuela, mi padre, mi sobrino, mi hermana, mi madre… Y ahora, mi tío. 

Al igual que mi hermanito pequeño, de cuyo rostro ni siquiera quedó un retrato, ninguno de mis parientes se fue de este mundo sin que alguna mariposa negra apareciera previamente en mi casa. Pasmada, entendí que lo sobrenatural tiene sus propias leyes y que no hay escoba, consigna ni trapo que le impida al destino determinar el estilo de hacernos saber cómo se habrán de trasmitir sus designios.

Amistades líquidas

Zygmunt Bauman

Zygmunt Bauman

La encarnizada lucha por la vida ha castigado severamente el vínculo más perdurable, sano y sagrado de las relaciones: la amistad. Al advertir que la conveniencia, el acomodo o el interés personal se sobreponían al nexo entre dos o más personas, Aristóteles aclaró que sin virtud no se puede crear una amistad verdadera. Si con ella la vida establece compromisos emocionales que facilitan las experiencias satisfactorias, generosas y gratificantes, sin ella se corre el riesgo de ceder a la ansiedad, a la incertidumbre, al desamparo y la confusión que desencadenan deseos conflictivos.

 La amistad es un eslabón que dota de sentido, esperanza, certidumbre y solidez al resto de las relaciones. Por ella son menos graves las situaciones adversas y sin ella la soledad puede ser insoportable. Lo sabemos quienes hemos cultivado este sentimiento de confianza, libertad, comunidad y aceptación que nos inclina a agradar y a hacer un bien al amigo. Inclusive el amor de pareja exige este lazo que mitiga el miedo a ser rechazado o excluido de la unión voluntaria.  Aunque cargado de riesgos, el amigo busca y encuentra el hilo que articula e identifica en vez de separar un destino coincidente entre criaturas inteligentes.

Todo ha cambiado, sin embargo, con la apresurada tentación de pasar de una relación a otra, de un tema a otro, de un objeto de interés a otro y de un mensaje a otro, propios de la “modernidad líquida”, ilustrada en títulos reveladores por el intelectual y sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Premio Príncipe de Asturias 2010, empleó la figura de la veloz transitoriedad impulsada por la desregulación de los mercados, su complementaria revolución tecnológica y el subsecuente descrédito de vínculos firmes y duraderos para referirse a la tragedia autodestructiva de nuestro tiempo.

No es casual que durante el último cuarto de siglo, con el ascenso del consumismo y el poder del dinero, hayan proliferado la deshumanización de los vínculos afectivos y el desafecto de las cuestiones vitales. A cambio de presencias perdurables estamos a la vera de “amistades virtuales” que actúan como espejo y pantalla de nuestra fragilidad en sociedades sin modelo, sin seguridad ni estructura, cuyo mejor producto disolvente se multiplica en las redes sociales.

 Tiene razón Bauman al indicar que en una sociedad privatizada e individualista el amor, los otros y las relaciones se hacen flotantes, volátiles, prescindibles y siempre cambiantes.  Así el extinto estado de bienestar, cuyos valores de “solidez”, permanencia y seguridad que sustentaban el esfuerzo constructor de un futuro con certezas han desaparecido. Las falsas libertades implícitas en la modernidad líquida impiden ejercer el derecho a la felicidad, mientras que la endeble y arbitraria cultura laboral nos obliga a asumir miedos y angustias existenciales que arruinan la previsión del porvenir y traen consigo consecuencias nefastas en la condición humana.

Según sus tesis, tanto el individuo como la familia y las instituciones perdieron rumbo y respeto por la vida, la dignidad, el amor y el contexto vital de nuestra especie. Protagonizado por la rápida aceptación del Facebook, la impaciencia de un mundo global ha encontrado el nicho idóneo en la web para dar cabida y rostro a lo momentáneo en tránsito hacia ninguna parte y a la multiplicidad de mensajes que hacen que el protagonista/consultante, fiel al factor sorpresa, no sepa a dónde ni para qué ir, a pesar de compartir  direcciones con amigos virtuales que también se asoman a ver qué, lo que sea sobre el otro, para fantasear una vía de acceso a su intimidad.

Sin embargo y haga lo que haga, “el amigo” no podrá satisfacer la necesidad de sentirse cerca y aceptado por las demás “amistades”. Pero no ser excluido en recinto tan frágil alimenta la ilusión de estar comunicado. Tampoco podrá librarse del efecto aleatorio de la selección y el destino de mensajes generalmente efímeros que reflejan la urgencia de decir, de hacer y ser atendidos. Ante la casi imposibilidad de consolidar compromisos y vínculos reales, en realidad los recintos virtuales demuestran que los episodios pasajeros se corresponden al sentimiento de frustración y vacío derivado de la veloz desintegración de la vida social.

La economía de mercado impone sus leyes no para hacernos partícipes de una mejor calidad de vida, sino para asimilarnos a los rigores de un mundo sin futuro donde el trabajo/basura, los pobres y marginados del falso concepto del “éxito” o de libertad, se consideran prescindibles.  En eso consiste la regla excluyente del individualismo, en hacer del yo el centro de un universo que sucumbe a la presión consumista.

Con el recurso de “úselo y tírelo”, las relaciones de número –no de calidad- se contagian del síndrome de la impaciencia que se entromete en nuestras más íntimas aspiraciones. La sensación de vacío transitoriedad depresiva, así como el miedo al compromiso real explican la supremacía de ofertas superficiales de “superación personal” y de éxito en una globalidad sin asidero ni identidad confiable.  Se teme al fracaso personal, económico y social, por lo que hay que “estar” a la vista y en el deseo del otro: un nombre convertido en referente del “secreto arte de ser aceptados”, inclusive por una población anónima.

Si la amistad entraña una conexión afectiva, fraternal y solidaria fundada en la persistencia y en la certeza de que al llenar un vacío individual ofrece un aliado para los malos momentos, su ausencia multiplica el efecto de la “individualización” de la vida moderna.  Aunque fuera ideada por su creador para consolidar nexos afectivos, la amistad virtual cambió de propósito al “diluir” los vínculos humanos. Todo es contradictorio, hasta ahora, en la funcionalidad afectiva y comunicadora de la web: permite establecer lazos, pero suficientemente “flojos” para ser desanudados. Lo peor, respecto de la psicología de rechazo, es someterlos al golpe de una tecla –delete-, que los desaparece del registro “amistoso” del Facebook, de la “conexión” entre parejas  “conectadas” o de “las relaciones de bolsillo”. Nombres, “amigos”, “parejas o encuentros virtuales” y mensajes  se pueden excluir, revisar o sepultar a conveniencia, y no pasa nada.  Su permanencia está sujeta al señuelo del atractivo, como los productos comerciales o las inversiones que primero crean expectativas, en su momento rinden y en cierto punto declinan.

 “Vivir juntos y separados” en relaciones cuyo compromiso ya no tiene sentido ni futuro es consigna de la modernidad. Estamos expuestos a aproximaciones temporales cifradas por la velocidad.  No arriesgarse ni otorgar sostén afectivo es ideal  en el cambio incesante, por lo que las emociones implícitas en la amistad no llegan a cuajar ni a perdurar. Si bien las parejas  deben ser laxas, ligeras, sin complicaciones y dispuestas a deshacerse en cualquier momento, las amistades virtuales también se rigen con el principio de “entrada por salida”.

  No renunciar al compromiso afectivo es nuestra verdadera vía de salvación. El mundo se diluye y nos envuelve en un caos intimidante, pero todavía no hay quien no desee, por sobre todo, ser amado, acogido y aceptado. Esta necesidad real, alojada en la raíz del ser, nos hace creer que por el carácter sagrado de los vínculos amistosos la humanidad podrá rescatar dos principios indispensables para recuperar nuestro contexto vital: fraternidad y confianza solidaria.

La tristeza de un genio

Giacomo Taldegardo Francesco di Sales Saverio Pietro Leopardi

Giacomo Taldegardo Francesco di Sales Saverio Pietro Leopardi

De tanto repetirla con ligereza, la soledad del escritor se ha convertido en una figura casi anodina, sin sustancia. Hay que leer biografías para conocer el revés de los libros, la parte de la vida que se empeña en la pasión de saber. Recién concluí Hacia el infinito naufragio, en cuyas páginas el español Antonio Colinas, con una intensidad estremecedora, describe las durezas padecidas por Giacomo Leopardi, “el otro Dante”, célebre autor de Canti y –cosa curiosa en su vasta obra-  también de una original historia sobre los errores humanos.  Fue uno de los clásicos del romanticismo y de la poesía italiana del siglo XIX aunque, por encima de todo, estuvo dotado con una inteligencia excepcional y una pésima salud que desde su nacimiento determinó su breve destino. Víctima de una agonía lastimosa durante la epidemia del cólera que él no padeció, aunque algunos biógrafos así lo afirmaran, no llegó a cumplir los cuarenta de edad, pero dejó una obra que deslumbró a los notables de la hora e inclusive en nuestros días atrae aún la atención de filólogos, poetas y estudiosos de la literatura.

         Si el genio creador es un misterio, más inexplicable se antoja el don de ver y mostrar el lado oculto de la vida, como lo hiciera el poeta italiano. La pesadumbre desesperada, característica del conde Giacomo Taldegardo Francesco di Sales Saverio Pietro Leopardi, nacido durante el apogeo napoleónico el 29 de junio de 1798 en su palacio de Recaneti, tuvo mucho que ver con su mala salud y malformación ósea, pero sus testimonios sobre la severidad de sus padres y el catolicismo cerrado que lo formó sellarían una tristeza profunda que lo hizo desear la muerte. En su Zibaldone o diario de pensamientos, dejaría en unas frases –elegidas por Colinas- la imagen que tuvo de su madre, Adelaida Antici: “Yo conocí una madre que consideraba la belleza como una verdadera desgracia, y viendo a sus hijos feos o deformes, daba gracias a Dios por ello; es más, pretendía que, en vista de tales males, renunciaran enteramente a su juventud.” “Eran los tiempos –apostilla su biógrafo- en los que Leopardi –joven aún, pero ya deforme- huía de las pedradas y de las burlas de los chicos de Recanati.”

         Sólo por el peso religioso de la obediencia en su naturaleza vulnerable se entiende el control que sus padres ejercían sobre él al grado de que ni a sus 21 años de edad podía salir a pasear fuera del palacio sin la compañía de sus hermanos o sus sirvientes. Mientras que su inteligencia era un hervidero de pasión e imágenes e ideas volcadas en su poesía, solo anhelaba la libertad de moverse, comunicarse con sus pares y conocer un mundo más allá de los límites impuestos por las lecturas domesticas.

         Vivir con personas que pensaban de manera completamente distinta a la suya lo llevó a decir, más de una vez, que “toda vida intelectual resulta infructuosa sin el fértil diálogo”. Que moriría si no cambiaba su condición de esclavo ya que “la soledad no está hecha para los que arden y se consumen en sí mismos (... ) Si al menos pudiera cambiar de vida..”, escribiría entre lamentaciones cuando planeaba la primera de sus huidas infructuosas de casa, hacia los dieciocho años de edad,  en una de sus misivas a su amigo entrañable,  el escritor Pietro Giordani quien, al parecer, redactó la inscripción que se le puso a su tumba en la iglesia de San Vitale, en el camino de Pozzuoli, que decía así:

Al Conde Giacomo Leopardi, recantés,

filólogo admirado fuera de Italia,

escritor altísimo de filosofía y poesía,

digno de parangonarse solamente con los griegos,

que  falleció a los XXXIX años de edad

a causa de continuas y míseras enfermedades.

Lo hizo Antonio Ranieri,

durante siete años y hasta la última hora unido

a su amigo adorado. MDCCCXXXVIII.

El primero en advertir que había engendrado un talento fuera de serie fue su padre, el erudito y archiconservador conde Monaldo, cuyo linaje se remontaba a los orígenes del siglo XIII, uno de los más antiguos de la península italiana, aunque sus prendas de nobleza no le impidieron dilapidar su herencia hasta rozar la pobreza. Sería su esposa Adelaide, descendiente de los marqueses de Antici y afamada por imponer a los hijos una severidad que rallaba en la humillación, quien se encargaría de abatir los errores administrativos del marido a fuerza cicatear hasta rehacer una parte de la fortuna de la familia, cuando Giacomo ya era adulto y a distancia, por fin independiente, en vano les rogaba apoyo financiero para subsanar “una miseria que a cualquiera avergonzaría”. No solamente jamás recibió el apoyo requerido sino que ni muerto conseguiría un gesto amoroso por parte de sus padres.

         Bibliófilo él mismo y dueño de una de las bibliotecas más ricas y diversas de la hora, misma que aún puede apreciarse en su casa-museo de Recanati, un pequeño poblado de la costa adriática, en la región de las Marcas de Ancona en la provincia de Macerata, Monaldo discurría cualquier artimaña para hacerse de libros a espaldas del celo neurótico de la esposa, quien no soltaba ni el dinero ni el afecto ni las llaves. La condesa accedió sin embargo a poner en manos de los más ilustres mentores a sus hijos Giacomo, Carlo y Paolina, quienes no tardaron en llamar la atención de Sebastiano Sanchini, su primer preceptor, bajo cuya mirada Giacomo escribió sus primeras composiciones literarias, a los ocho años de edad.  En su concepto de educación, sin embargo, no había cabida para valorar la libertad de pensamiento ni ninguna acción que estuviera fuera del coto de las prohibiciones religiosas, fusionadas a las familiares.

         En tanto Giacomo aprendía griego y hebreo y hacia los quince de edad componía una Storia dell’Astronomia de notable erudición, se iban sucediendo los maestros para instruir a los hermanos con lo mejor de las ciencias y las humanidades. Convencido de que nadie aprovecharía mejor sus libros, el expulso jesuita mexicano José Torres -de quién aprendió el español- los heredó al morir al acervo de los Leopardi, no sin antes reconocer que poco era lo que podía enseñar a Giacomo, pues en todo su saber y su dominio de lenguas lo superaba. Y no se equivocó ya que entre traducciones tempranas del griego y del latín, ensayos filológicos y primeros poemas antes de cumplir los veinte y con daños severos a la vista a causa de dedicar más de quince horas diarias al estudio disciplinado, este sin par hombre de letras acudió al recurso de las misivas para ampliar el cerco que lo asfixiaba; sin embargo, ni en eso fue libre ya que su padre le sustraía la correspondencia para impedir que “tan malas influencias” lo sacaran de su estricto control.

         Luego de tentativas fallidas de huida y no sin enfrentar enormes obstáculos familiares y económicos, pudo viajar un mes a Roma, donde conocería a sus primeras y decisivas amistades literarias. Dueño de una fecundidad admirable, una tras otra sumaba obras  como las veinte primeras Operetti Morali, las diez primeras Canzoni y las Annotazioni, publicadas en Bolonia. Gracias a la invitación del editor Stella partió de Recanati hacia Milán y de ahí a Bolonia, a Florencia y a Pisa. Picado de melancolía, regresaba a casa, aunque la tensión con sus padres se fuera extremando al grado de que tenía que acudir a la ayuda de los amigos toscanos para sobrevivir y atender su creciente gravedad. En la cuarta y última carta que dicta en su vida –la del 27 de mayo de 1837, unas semanas antes de morir el 14 de junio en Nápoles, al amparo de sus protectores-, le habla a su padre de “su enfermedad, del asma que le impide caminar, descansar, dormir”. Sabe que su fin está próximo e invoca el eterno reposo, “no por heroísmo, sino por el rigor de las penas que sufro.”

         Enamorado de lo imposible, según consta en Zibaldone di pensieri –traducido espléndidamente por el propio Colinas como Cantos y Pensamientos- de las tres mujeres que literal y casi accidentalmente cruzaron por su vida quedaría el motivo para escribir algunos de los poemas más bellos de la lengua italiana.

         Con Hacia el infinito naufragio Antonio Colinas pone de manifiesto que la vida detrás de los libros puede ser tanto o más rica y sorprendente que el legado de cualquier escritor.  Leopardi es más Leopardi, más melancólico y desesperado al grado de impugnar a Dios y abominar de la religión, después de conocer esta espléndida biografía.

 

 

EL CENTRO HISTÓRICO Y LA VERDAD DE MÉXICO

Foto por:  http://www.fotosimagenes.org

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Todo está ahí, en el Centro de la Ciudad de México, sin congruencia ni hilo conductor: vestigios de nuestro pasado mexica, huellas de la colonización, edificios y sueños truncados desde la Independencia hasta el porfiriato, los gobiernos de la Revolución y la pesadilla de nuestros días, incluidos defecaderos y orinales a cielo abierto, ratas, comederos insalubres, teporochos tumbados a discreción, estatuas de la Santa Muerte engalanadas en el mejor estilo kitsch, efigies de la Guadalupana en banquetas y comercios atiborrados de luces y baratijas, San Judas de cualquier tamaño, tendajones, prostitutas y padrotes, vecindades y jonucos, niños que juegan con basura, pordioseros y ladrones, iglesias, mercados, fritangas y conventos que despiden olores putrefactos…  Lo insólito se aprieta en esa zona, inclusive nuestro amor/odio por una Capital en la que vida, supervivencia y muerte se entremezclan a la repugnancia, al placer y al asombro.

Tan cabal imagen de nuestra sociedad desestructurada ilustra la historia el poder. Una república maltrecha engendra esperpentos, falsos redentores, ángeles exterminadores y protestas cada vez más anárquicas y consecuentes con la ilegalidad de la costumbre amañada de gobernar: justo lo que, con desnudez impúdica, hace del Centro un laboratorio invaluable para desenmascarar la verdad de México. Sin descontar nombres de las calles ni recintos que atesoran memoria y olvidos de quienes nos precedieron, lo mejor  y peor logrado de la complejidad política de nuestro pueblo  se congrega en este paisaje urbano.  Abrumador y excesivo: así es el saldo de una larga jornada dedicada a recorrer  desde el área de La Merced hasta la iglesia de la Concepción, aledaña al Teatro Blanquita.

En realidad, nada falta para conocer las bajezas ni las aspiraciones de que son capaces los hombres. Lo demuestra el extraordinario Museo Memoria y Tolerancia: el más alto ejemplo de lo que se puede lograr cuando talento, cultura, compasión, dinero y conciencia se activan con el sentido de fraternidad indiviso de la esperanza. Lo escribió André Malraux, y no se equivocó: “Como los unidos por el amor, los hombres unidos por la esperanza y la acción alcanzan  dominios que no alcanzarían por sí solos”. Y lo contrario, también. No es casualidad que, sobre las ruinas del temblor de 1985 y embellecido por la plaza y los diseños de Legorreta, Arditti+RDT Arquitectos construyeran una obra de arte para testimoniar, encabezados por el exterminio nazi, tanto el alcance del mal y la locura como del dolor y la irracionalidad.

Los contrastes, pues, son inagotables. Si el ímpetu devastador de generaciones insensibles al legado de nuestros abuelos no es ajeno a la degradación de la Justicia que se respira en cada metro, tampoco la incivilidad que campea en las calles puede sustraerse de la corrupción cultivada en la vida pública como si fuera inseparable del talante mexicano.

La revoltura de edificaciones ruinosas, plazas y edificios espléndidos está poblada por una muchedumbre que subsiste entre la rapiña, el ingenio, la improvisación y una vasta gama de actitudes que oscila entre las tentativas de orden al caos intimidante. En aproximadamente 57 mil metros cuadrados se concentra el rostro de un país que a cuentas gotas –y no siempre con éxito- desafía el estigma de la derrota que los mexicanos llevamos en la frente. La profusión de máscaras que pretende ocultar la verdad de un pueblo que se niega a aceptar su dualidad, exhibe aún la necesidad de sostener una mentira viva, no obstante vieja y artificiosa, con la que se cree aliviar la cruda realidad.

Es el ocurrente recurso de los disfraces, precisamente, el que mejor revela la enquistada costumbre del poder que acude a la promesa, al alarde, al timo, a la simulación y al engaño para golpear una verdad que, a su pesar, se impone  con más dramatismo cuanto mayor la pretensión de ocultarla. Al modo del machismo pródigo en inventos para continuar aplicando la máxima que dicta “te quiero, te golpeo”, el Poder castiga al incauto y al desvalido tras la fórmula de leyes reformadas y dictados irrefutables que, lejos de subsanar la miseria con ignorancia que incrementa la tragedia mexicana, acelera el proceso de depauperación que envilece a los indignados en la proporción en que enriquece a los privilegiados. Sin embargo, el “desvalido” sabe cómo vengarse al enrostrar su condición lumpenizada.

Inocultable en el “corazón de la Capital”, el arco en tensión entre la pobreza y la riqueza, entre la tolerancia y el abuso, entre el horror y lo bello que consiguen burlar el efecto “mano de hacha” que tanto la furia lumpen como la codicia burguesa esgrimen con lenguajes diferentes, deja en claro lo innegable: de la globalización del despojo no habrán de surgir ni el equilibrio social y mucho menos los medios para amparar la dignidad de las personas. 

Enero 21

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Mi vida entera cabe entre la hoja en blanco del cuaderno escolar y el sofisticado laptop, donde escribo estas líneas. En medio de estos objetos no solo está a completo mi biografía, también la más asombrosa historia del hombre. Si la aspirina era de suyo un milagro, antibióticos y vacunas ostentaron el primer triunfo de la ciencia sobre la muerte temprana. Cuando mi primera Sheaffer dejó atrás el lápiz Mirado y la IBM eléctrica a la Olivetti portátil pensé que el reloj se movía con rapidez. Tanto, que en cosa de meses aparecieron en mi biblioteca un fax, un modem y una copiadora. Comencé los ochenta aventurándome con una computadora que a punta de susto y teclazos aprendí a manejar. No bien concluía un libro cuando los supersónicos avances de la tecnología ya me sobrepasaban con ofertas tan seductoras como inauditas. Música, literatura, comunicación, memoria, técnicas de edición… Todo se transformó en unas décadas para conseguir que lo más simplificado y pequeño fuera a la vez lo más eficiente. Con los tránsitos de lo grande a lo pequeño y de lo complicado a lo simple advertí que también en mi escritura debían reflejarse los cambios.

Dos cosas aprendí al ver cada viernes impreso mi nombre en la Primera Plana de Excélsior: lo fascinante que resulta escribir un artículo a vuela pluma y lo efímero que es el ejercicio periodístico. Dado el control burdo y grotesco que ejercía el Gobierno sobre lo publicado u omitido en la prensa, tuve que aprender a ejercer la crítica de modo que, sin renunciar al dictado de la inconformidad, expresara ideas o denuncias sin exponerme a recibir, a la mañana siguiente, la “comedida” visita o el telefonazo del funcionario de la Presidencia.

No que sus predecesores se distinguieran por sus luces o que, más allá de consumarse como “chuchas cuereras”, dejaran un legado siquiera digno, pero ni con la mejor voluntad podían reconocerse atributos, sagacidad, imaginación o talento en Vicente Fox. Llegó a la Presidencia por la puerta falsa, mientras la sostenían nuestros comedidos vecinos del Norte. Ciertamente, el país era un pudridero y la sociedad el caldo infeccioso que no tardaría en reproducir los virus letales que aún nos atacan. Inclusive, en su hora, analicé el fin de “El Sistema” como un suicidio gradual del priísmo. Pesó más su propia degradación que el “hartazgo” a que se refiriera Monsiváis. No obstante la infortunada presencia política de los relamidos y muy conservadores recién llegados, el cambio trajo consigo un aire refrescante para la libertad de expresión que, por supuesto, ni levemente existía.

Por desgracia, cuanto se ganó en apertura se perdió en calidad, cultura y presencia crítica. Escritores y plumas que semana a semana contribuían a crear conciencia desaparecieron a cambio del ascenso de “informadores”, “comentaristas” y “comunicadores”, que tanto en la prensa escrita como en la radio y la televisión reflejan con puntualidad la tendencia dominante para igualarnos hacia abajo, como gustara decir don Alfonso Reyes. Así que somos libres -¡qué libres somos!-, pero para andar en tinieblas y a expensas de diarios y publicaciones periódicas que temen a las ideas en la misma proporción con la que atiborran de imágenes y naderías sus páginas. Los anuncios superan a las noticias y cada mañana el lector corrobora que la muerte del periodismo tradicional es un hecho tan irreversible como el triunfo de la banalidad y el consumismo consagrado por el modelo neoliberal.

La tecnología, por fortuna, es el nuevo paraíso a alcanzar. Ningún periódico en el mundo, por popular y prestigiado que fuera, conseguiría en un año el número de lectores que un activo y seductor usuario de las redes sociales puede sumar en un solo día. Ya se sabe que la popularidad también depende de las leyes de la publicidad y el mercado, pero nadie podrá negar que si para todos este es un recurso de comunicación inmediato e invaluable, para el escritor representa la posibilidad de sortear exitosamente los obstáculos que a diario enfrenta no solamente en editoriales, sino en un medio paradójicamente cada vez más cerrado, excluyente y temeroso de las individualidades, que no del individualismo.

Así que, al emprender esta nueva aventura nada me impedirá abrir mi escritura no exactamente a un nuevo lenguaje “de ida y vuelta”, sino a una expresión más próxima a la circunstancia que la inspire o la requiera. Es decir, podré transitar en el blog del análisis político a una reflexión sobre la historia de la cultura; de un párrafo extraído de mi diario a la crítica literaria y, de ahí, al ensayo, al relato, al artículo periodístico o al comentario sobre autores, lecturas y situaciones que lo ameriten.

Siempre estará el recurso del contacto para cultivar una relación viva y permanente con los lectores. Así que, con su ayuda, mis páginas no estarán condenadas al confinamiento de la hemeroteca que nadie o casi nadie consulta. Gracias al poético recurso de la nube, además, podré decir que en adelante, por la Web he probado el dulce sabor del vuelo y las alturas.