Video de la entrevista realizada por Román Polainas sobre la mujer. Este es el link que reite a youtube:
https://www.youtube.com/watch?v=9go7A0-hmso&feature=youtu.be
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Nietzsche y Lou, por Grau Santos
Nunca tengo un último encuentro con la desconcertante Lou Andreas-Salomé. Desde la lectura de Mirada retrospectiva, vuelve a mi vida en cualesquiera de sus formas: su correspondencia con Freud; el estudio crítico de H.F. Peters sobre su vida; sus propias páginas en Aprendiendo con Freud durante el 1912 mágico para ella y del que saldría reconocida como psicoanalista (única mujer entonces en el Círculo y el memorable Seminario de Psicoanálisis de Viena); la minuciosa biografía de Stéphane Michaud que la presenta como una seductora capaz de desquiciar y animar a los hombres que se cruzaban en su complicada vida; además, referencias ocasionales, como las minuciosas de José Antonio Marina y la película de Liliana Cavani Más allá del bien y del mal (1977), que daría de qué hablar durante décadas por enfatizar el legendario y peculiar mènage á trois protagonizado con Nietzsche y su discípulo Rée.
Ahora, gracias a una nota en El País, me entero del filme biográfico realizado en 2016 por la alemana Cordula Kablitz-Post, que desde luego buscaré. Con seguridad la visión actualizada y testimonial de esta directora tratará mejor que su antecesora Cavani la dificultad de ser, actuar y relacionarse de una mente femenina singular. Contradictoria y pensante, Lou dejó su inocultable huella en la obra de Freud y en el superhombre de Nietzsche, donde un lector avezado puede hallar vestigios de su voz; ni qué decir de su vitalidad en la poesía de Rilke, de cuya intensa relación, marcada por los 20 años que ella le adelantaba, surgió más de un fruto poético, empezando por el ajuste del nombre del poeta peregrino: Rainer. Lou Andreas-Salomé, por consiguiente, fue pródiga consigo misma y un surtidor de ideas para quienes, entre finales del XIX y principios del XX, cambiaban radicalmente el rumbo del pensamiento.
Libre, calculadora e inconmovible, desde niña tuvo el arrojo de ser ella misma, de probar con sus compañeros privilegiados –incluido el “patético” marido que le dio el apellido Andreas- un golpe de “nueva moral” que seguramente contribuyó a depurar su visión psicoanalítica. Empecinada en cumplir una vocación de saber sin restricciones, aspiró a la idílica libertad total, no obstante los convencionalismos en boga. Nada la arredraba, y menos su relación con los hombres, condicionada por términos establecidos por ella: algo que no sólo desconcertaría, sino que causaría inevitables conflictos de rivalidad, celos y confrontación como los documentados, hacia sus veinte de edad, entre Nietzsche y Rée. Pionera del feminismo moderno, logró para sí lo que para numerosas escritoras y científicas en pleno siglo XXI sigue siendo aspiración incumplida: unificar pensamiento, autosuficiencia y acción en un estilo de vivir consecuente con los derechos, las oportunidades y las libertades propias no de las políticas de su hora, sino de las democracias avanzadas del siglo XXI. Su pasión intelectual, aunada a una tremenda autoestima sin la cual no hubiera accedido al masculinizado universo de la razón, fue eje de su vida. Antepuso la fuerza de las ideas al deseo sexual e hizo valer, aun en las circunstancias más arriesgadas, su decisión de persistir en el conocimiento elegido en vez de caer en las infecundas redes del matrimonio o de las demandas comunes entre parejas.
No es la primera ni la única mujer dotada que deja una marca en la historia, pero Lou Andreas-Salomé es una de las reflexiones obligadas sobre la cultura del siglo XX desde la doble perspectiva de la mujer aventurada en rupturas y de las mentes de excepción. Más que la propia Simone de Beauvoir, Virginia Woolf, Hannah Arendt, Marguerite Yourcenar, Susan Sontag o Alma Mahler por otras causas–, esta psicoanalista pionera y escritora original representa el poder de la palabra como vía de salvación, encumbra el concepto de la libertad ante la presión de los tabúes, acentúa con el testimonio de su vida la correlación entre sexualidad y pasión intelectual y demuestra que la influencia de las individualidades en la transformación de las culturas es innegable: síntesis nada menor cuando se trata de entender el drama y el desafío que marca a las mujeres geniales (recordemos a Sor Juana).
El talento es difícil de definir, fácil de reconocer y muy problemático de sobrellevar. Es como tener encendida una lámpara interior. Flecha del pensamiento, intuición abierta, motor en activo, sensibilidad a flor de piel, entendimiento de golpe, asociación veloz, inferencia pronta, memoria viva, juicio ágil, inadaptación y correspondencia entre la palabra y la idea. Las entrelíneas biográficas de las mentes de excepción dejan huellas en clave para que “los otros”, los que vamos atrás, exploremos su “carta de pensar” o mapa de lo inescrutable para que podamos bucear, no obstante con límites, en este enigma del ser sin el cual no existirían las ciencias, la filosofía, las artes ni las obras mayores de la palabra y la música, de las matemáticas, de la física, la arquitectura, etc.
Perturbadoras, las genialidades no han sido bien acogidas por sus coetáneos; peor si mujeres. La mayoría desea el talento para sí, pero le inquieta el ajeno hasta grados enfermizos: los observan, los enjuician y se afanan en escudriñar hasta en pormenores su intimidad. Y por ser distintas, las mentes brillantes se vuelven amenazantes, a veces ariscas, difíciles de comprender y de tratar por su inadaptación natural. Deben aislarse para sobrevivir. Nos beneficiamos de sus frutos y el mundo es mejor gracias a sus logros, pero sus vidas están lejos de ser sencillas. Así la de Lou: de ahí que, por su notable singularidad, no decline la curiosidad por desentrañar más y mejor este peculiar ejemplo de feminista consumada e inteligencia fecunda a pesar de su circunstancia y del yugo fascista, pues murió a los 76 de edad en Gotinga, Alemania, el 5 de febrero de 1937.
Por la vía de las letras y el pensamiento siempre estarán Nietzsche, Freud y Rilke para dar cuenta directa o indirecta de lo que representó su nada convencional relación con esta notable rusa. A la historia del feminismo, por otra parte, ha correspondido rescatar el signo de su inteligencia judía como emblema de devoción por el saber. Agréguese que llevó la libertad como segunda piel y la voluntad de desarrollar su genio sin ataduras amorosas, sexuales, maternales ni de ninguna otra índole. Y precisamente por sus peculiaridades no faltan estudios que la consideran modelo genuino del superhombre de Nietzsche, pues tras unos diez años de tentativas, el filósofo pudo consumar esta obra gracias a su benéfica influencia.
Con las licencias literarias de rigor, es fácil imaginar el deslumbramiento del muy neurótico y misógino autor de Más allá del bien y del mal y de Así hablaba Zaratustra al conocer a esta sagaz y hermosa muchacha, naturalmente crítica e inquisitiva, nacida Luíza Gustánova Salomé en el San Petersburgo imperial de 1861. Quizá por sus delirios de sobra conocidos, sus episodios amorosos, encabezados como se sabe por la inaccesible Cósima Wagner, Nietzsche es el nombre que invariablemente se infiltra entre la realidad ficticia teñida de dependencias familiares y la ficción verdadera, cifrada por su locura genial.
En su crítica a la biografía de Stéphane Michaud, José Antonio Medina hizo de la persona de Lou, en unas líneas, el personaje que ha trascendido durante generaciones por provocar, indistintamente, muestras de admiración extrema y reacciones de repudio por su supuesta inconsistencia, un egoísmo excesivo, su incapacidad de vincularse a nadie y esa crueldad que, al decir de sus conocidos, fuera causa de grandes sufrimientos. Los contrastes de su personalidad no disminuyen el misterio de su enorme talento. Y eso, junto al enigma del lenguaje, sigue siendo uno de los interrogantes humanos que nadie, nunca, ha podido esclarecer.
Por lo pronto, vale transcribir unas breves líneas de Marina para dejar en claro que en tratándose de una genialidad femenina, nada, absolutamente nada -incluida la parte oscura-, la hace distinta a los hombres, por una causa: la condición humana es una y no reconoce géneros. Así, Freud le reconoció “una frialdad sorprendente. Nietzsche estuvo a punto de suicidarse por ella. Paul Rée tal vez lo hizo. Su marido -una figura patética- lo intentó en su presencia. Rilke expresa en un poema esta contradicción: “Tú fuiste la sublime que me bendijo/ y te convertiste en el abismo que me devoró”. Su gran amiga Frieda von Bölow le dice en una carta: “Como la araña, tejes la malla de tu fina tela, desde ti misma y te instalas en su centro, feliz y sorprendida, atrapando moscas y mosquitos para devorarlos. No te tomes a mal la comparación. Pues eres hermosa, resplandeciente y calurosa como un sol”.
Que el fascismo no se define por el número de sus víctimas, sino por la manera en que las mata, decía Jean-Paul Sartre. Entonces, ¿cómo se define la brutal manera en que se mata en México? ¿Cómo el número? De algún modo se debe clasificar lo que está más allá del fascismo o más acá del totalitarismo nacionalista, pero no parece acuñado el término, todavía. Nos balanceamos entre la mascarada democrática, su correspondiente partidocracia, el terrorismo criminal, la desaparición del Poder Judicial, el fin de las ideologías y la infamia como divisa del único poder verdadero: el poder de matar.
He sabido de pueblos que caen sin rendirse a manos del invasor y de atacantes dispuestos a todo para saquear, mancillar y adueñarse del sitio ocupado. También de los que luchan hasta morir y hacen de la vergüenza y el orgullo sus mejores armas. De pocos tengo noticia, en cambio, que se empinan hasta auto destruirse. Así México y así su voluntad de caer, de hundirse y no parar hasta revolcarse en lo más bajo. Parece una burla de la historia, pues el país era apenas tentativa republicana en el XIX y proyecto social durante el XX; y como resultado de esa larga carrera de desaciertos, en la segunda década del XXI nos balanceamos sobre el abismo.
Imposible negar que Fortuna ha anunciado las derrotas, los fracasos y los riesgos de caer más y peor; sin embargo, a pesar de obviedades y advertencias los mexicanos confirman, una y otra vez, su asombrosa y persistente capacidad de errar. No hay ni ha habido lección que valga. Ciegos, sordos y de preferencia ofuscados, entre dos opciones –la buena y la mala- invariablemente el pueblo elige la peor. Hay una obvia fascinación por la irracionalidad, la medianía y la ausencia de grandeza. Quizá sea cierto, como tanto se ha dicho, que no tenemos remedio: ha de ser cosa de malos karmas, de maldiciones ancestrales o de magia negra porque tanta fidelidad al fracaso no es explicable por vías racionales. Inclusive el entusiasmo de las masas se desborda ante los anuncios fatídicos y, fanatizadas, se tiran al abismo detrás de su pastor.
Cuando no se tiene la voluntad de ser digno y libre, toda abyección está permitida. Eso es lo que nos ocurre a los mexicanos: aprendemos a convivir con lo despreciable y lo vil, en vez de combatirlo con energía. Desde que conocí los vestigios de Numancia entendí de golpe el significado de la dignidad. La sola idea de vivir bajo el yugo de Roma era inconcebible para sus valerosos residentes. Cuando las tropas a las órdenes de Publio Cornelio Escipión Emiliano (El Africano Menor) sitiaron la ciudad durante trece espantosos meses en el 133 a.C., la población en pleno –ya mermada por el hambre, la sed y la enfermedad- prefirió suicidarse antes que rendirse al feroz soldado, nieto adoptivo del vencedor de Cartago. Aún estremece el alcance “la resistencia numantina”: símbolo de dignidad y respeto absoluto por la libertad.
El episodio viene al caso porque de tantos ejemplos de bajeza y valor que han abultado la historia antigua o reciente, no encuentro nada equivalente a lo que aquí sucede ni con cuáles episodios aparejar la abyección de los mexicanos. Campea la infamia y la perversidad se derrama sin que nadie ni nada las contengan. Decenas de miles de asesinados en menos de diez años y no se cae el techo del cielo. La crueldad nos acecha en cada esquina. El sufrimiento es el signo, nuestra divisa. Como reacción, si acaso, nos acosa una batería de frases estúpidas y la complacencia del tonto que ríe ante el peligro. La sociedad no pasa de estar enojada contra esa ridícula, necia y peligrosa calificación de la mafia del poder. En todo caso, la mafia está en todas partes, también en la partidocracia, en los procesos electorales, en los negocios espurios, en las calles, en los vendedores ambulantes, en los sindicatos. ¿Dónde no?
Si la sociedad se encuentra en plena descomposición, lo demás no puede ser diferente: Las instituciones son absolutamente incapaces de cumplir con su deber. La Constitución ni siquiera sirve para garantizar el Artículo primero; mucho menos los que le siguen. Por costosos que sean y supeditados a la cultura del espectáculo, los procesos electorales no son garantes de nada ni nada puede esperarse, sean cuales fueran los resultados, para subsanar el estado de indignidad que nos tiene subyugados. Sólo en enero de este 2018 se registraron más de 2,500 asesinatos. La cuenta de muertos por arma de fuego y/o de forma violenta arroja una cifra de entre 3 y 4 personas cada hora en el país. La criminalidad, pues, rebasa con creces el efecto corrupción que, como respuesta al vocerío popular, tanto ocupa a la propaganda electorera, aunque nada efectivo y confiable se vislumbre más allá de lo aparente.
Cada caso peor al anterior, el de los infortunados estudiantes de cine ya no deja espacio para más indignación. Acaso tuvo razón Borges al decir que las crisis no tocan fondo porque el fondo es infinito. Sin embargo, debemos insistir en poner límites a este infierno. La descomposición social es tan pavorosa que no se ha inventado la máscara capaz de encubrirla. Sin justicia no hay Estado. Sin libertad no hay democracia. Sin derechos el hombre es un esclavo no ya de las tiranías, sino de los poderes e intereses dominantes en su propia tierra; peor si están en manos de la delincuencia. Aniquilada en fondo y forma, de la República no queda ni siquiera la aspiración. Del ideal nadie se acuerda. Tanta ignominia inclusive borró el rastro de lo que pudo haber sido.
Tras inscribir en la memoria los ideales de tres revoluciones –la de Independencia, la de Reforma y la social de 1910-, México ha pasado de ser el sueño de un gran país a un pobre territorio bañado en sangre, dominado por criminales y devastado por políticos y depredadores que a diario contribuyen a extinguir especies animales y vegetales. No es accidente del destino decir que aquí “la vida no vale nada”. Es tan rigurosamente cierto en nuestra realidad que mueren más de siete mujeres al día víctimas de la violencia machista y, según El País, han sido asesinadas más de 23,800 en los últimos 10 años. Agréguense los robos de niños, las violaciones, la explotación sexual, la pederastia, el trato inhumano a los inmigrantes, la inmoralidad de los policías que a todas luces se dedican a extorsionar…
No hay, pues, por dónde creer que el paraíso está por abrirnos sus puertas gracias al milagro de las urnas. Escribió Albert Camus que “si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo”. Hay que vivir y padecer hoy en México para valorar esta verdad en toda su magnitud. Sin justicia no puede haber sociedad: es el eje que sostiene todo lo demás. Con un Poder Judicial de porquería es imposible suponer que el Ejecutivo y el Legislativo sean confiables en un sistema fundado en componendas, impunidad y complicidades. Sin justicia tampoco puede prosperar un régimen económico porque, por necesidad, abre las puertas a la corrupción. Así lo demás: sindicatos, empresas, partidos políticos.
Cuánta, cuánta falta hace a este pobre México esa grandeza, ese temple maravilloso de los que no se dejan destruir. Nunca hemos probado la voluntad de superarse y vencer la adversidad. Me refiero a ese “algo” vital, al orgullo esencial que levanta a los pueblos que, inclusive a efecto de sus errores garrafales, parecían aniquilados para siempre. Aquí, al parecer, no existe el síndrome del Ave Fénix. Más bien seguimos atados a la maldición de culebra y, la verdad, es fatigante esta necia inclinación a la derrota. ¿Qué hay que hacer para que el mexicano abra los ojos y la conciencia? ¿Qué para que de una vez por todas salga de su sopor ancestral y deje de ser un vencido?
Esta bien equivocarse una, dos, tres veces; pero, ¿siempre?
"La violación", José Clemente Orozco
El mexicano marrullero y prepotente, arquetipo del macho que ha sabido burlarse del tiempo, de la justicia, del lenguaje, de la razón y las letras sigue tan campante, sin toparse con la pluma que lo exhiba como al rey desnudo. De tanto en tanto sus víctimas le arrancan la máscara, pero por más que se bosqueje y se denuncie no acaba de descubrirse su verdadera naturaleza. Pasa el tiempo, la población envejece y la tecnología se refina, pero el machismo sigue evolucionando, agarrado a sus propias leyes y en un si no atreverse con el mundo de las letras.
De vez en cuando lo tiñe la tinta. Lo reconocemos mediante un poderoso lenguaje de gestos, bravuconerías y violencia, como en Par de reyes o en La casa que arde de noche. Y aunque arroja al lector a los rechimales del México bronco, donde el escarnio está permitido, el macho/macho que tan bien conociera Ricardo Garibay, no da con la voz recóndita, cifra de su carácter. Tampoco se halla lo que aglutina a los golpeadores con mando en una inmensa unidad intransferible. El macho mexicano tiene todo para sentarse con los grandes personajes siniestros, pero huidizo a pesar de su condición pedestre, algo sustancial le falta para que no parezca caricatura ni roce lo esperpéntico, como le ocurriera al Carlos Fuentes más fascinado con la difícil mancuerna Juan Orol y Valle Inclán.
Poderoso, inaccesible y fantasmagórico, Pedro Páramo reina aún en solitario en la Comala de los muertos, que es tanto como decir el oscuro universo del machismo rural. Se esperaría que después de Rulfo surgiera el dominador vivo capaz de sintetizar la avidez de poder, la falta de escrúpulos y el drama del anonimato que habita a quien se cree y se ostenta como “un verdadero hombre”. Al parecer, sin embargo, estamos atrapados en el puente donde lo real supera con creces a la capacidad de reinventarnos para entendernos. La manera machista de ser y estar en el mundo está de tal modo enquistada en el inconsciente colectivo que su lenguaje provocador y agresivo no consigue deslindarse de lo cotidiano para acceder a los libros. Y no se trata de abundar hasta el hartazgo, como parecer estar de moda, en el submundo de los narcotraficantes y del crimen: esto es otra cosa, la propia de un talante inmerso en la cultura de la máscara.
Es tan bajo el nivel cultural y educativo de la mayoría que no hay con qué sustituir esta infame manera de ser o de no-ser y creerse algo distinto y superior a la insignificancia lograda. Así de fuerte es la identificación del poder patriarcal con el señorío remanente en la intrincada psicología del vencido. Por eso no se ha podido convertir en relato, porque el miedo a mirarse y reconocerse en la verdad verdadera paraliza la mano, seca la tinta y hace voltear para otro lado cuando, a punto de hincar el diente en el arquetipo del macho, hasta el mismísimo Rulfo lo presenta muerto, bien muerto y sin palabra ninguna. Es interesante observar que del puñado de machos que ha asomado la cabeza en las letras ninguno tiene un perfil definido ni un discurso articulado: pueden hablar, vociferar, insultar, agredir, zaherir, pero carecen de ideas, de juicio, de sustantivos. No dicen nada ni abandonan su lenguaje de gestos. ¿Será, después de todo, que en eso consiste el machismo? ¿En la nostalgia del ser? ¿En la imposibilidad de acceder al estado de palabra?
Es innegable que hombres y mujeres, en México, llevan el machismo como segunda piel. De ahí que generación tras generación se renueve a sí mismo, con dominios agregados y sin renunciar a su prepotencia primigenia. Majadero, desafiante, sin escrúpulos, echador, procaz y simplonamente ingenioso y seductor, el macho es colérico, embustero y malvado, aunque poco original: es y actúa como adolescente caprichoso, moldeado por mamá. Se vale de la socarronería y del sarcasmo para disfrazar sus limitaciones. Le “echa bronca” a los que no “piensan” como él o se salen de su esfera de dominio. Odia lo que no comprende y lo que no logra someter. Se ignora la causa de la ancestral fascinación popular por esta conducta encumbrada por caciques, dictadores y matones que con igual fortuna han transitado de la delincuencia a la política o al revés, de la cantina al braguetazo, del sindicalismo al poder y de la vida privada hasta el último rincón de la vida social. Lejos de horrorizarse, el pueblo/pueblo celebra a los machos desafiantes “porque es gente como uno”, y consagra sus defecciones en el altar de “lo mexicano”, donde la piñata, la pistola, el desafío, la calavera, el tequila, el sombrero, “El grito” y el 12 de diciembre enarbolan el orgullo nacionalista.
Los pocos ejemplares que han ascendido a la literatura arrojan rasgos, gestos y hasta la traza de un complejísimo modo de ser, de creerse y de ofender; sin embargo, ninguno sirve de estereotipo quizá porque, de suyo, el machismo no tiene nada qué decir ni sabría cómo decirlo. No nos cansamos de ver reproducido este carácter tan estrictamente mexicano que, con ser parte de un fenómeno que no reconoce fronteras, no se parece a ninguno. El multicelebrado Pedro Páramo es el siembra hijos cruel, inalcanzable y mujeriego; cacique matón y padre/padre que impone su ley en un llano polvoriento, carente de vida y de palabra, aunque sobrado de locura. Artemio Cruz es el trepador oportunista, braguetero, curtido en la revuelta armada y fiel retrato del “hombre del sistema”: corrupto, malhablado, desleal y sin escrúpulos. “Le hizo justicia la revolución” en plena contrarrevolución. Se sumó a las filas de los “nuevos ricos” que desposaban remanentes del abolengo en desgracia. Todo parece cuidadosamente reunido en la traza del modelo: el poderoso Artemio Cruz insulta, agrede, vocifera; sin embargo, su dibujo final es tan impreciso como el de la tribu procedente del levantamiento armado que se enchufa al poder. Y fue el alemanismo, precisamente, el fundador de la nueva edad y del sistema contrarrevolucionario: chabacanería con capacidad de dispendio en esta vertiente cosmopolita o capitalina del machismo.
Sin desdoro de la importante aportación de Martín Luis Guzmán con La sombra del Caudillo, cuya ficción verdadera dotó de una gran fuerza al realismo social de la Revolución, los grandes ejemplares del machismo proliferaron, con modalidades, tanto en el campo como en las ciudades, gracias a “los gobiernos de la Revolución”. El feroz asesino y castigador Francisco Rosas de Los recuerdos del porvenir, que con indudable acierto Elena Garro presentó uniformado como única muestra literaria del machismo militar, es el único prefigurado desde la perspectiva femenina. Lo cierto es que sigue vigente la certeza de Octavio Paz de que el mexicano de todos los tiempos es una perfecta incógnita, aunque su móvil permanezca intacto: penetrar con escarnio a la mujer. Ser penetrado por otro macho o al menos desearlo.
Al ondear hacia el medio siglo por todo lo alto su “nuevo lenguaje de la novela”, Carlos Fuentes se creyó en posesión del Mediterráneo americano. “La denuncia, el escarnio…” La gesticulación grotesca y burlesca del machismo daría la bienvenida a la mayoría de edad de las letras mexicanas, y latinoamericanas por añadidura. Pasaron el ruido, la auto celebración, el bombo y el sueño. El Caribe endulzó las ficciones con el novedoso realismo mágico al que Carpentier añadió un toque barroco que parecía sacado de surrealismo. Llegaron los narcos con sus atavíos singulares, sus corridos, “sus viejas”, sus camionetas y sus armas doradas o de oro. Se entronizó la corrupción y, durante los primeros capítulos del siglo XXI, la narrativa del machismo todavía brilla por su ausencia. En este galimatías, una cosa es innegable: los mexicanos no sabemos cómo somos, pero detestamos lo que somos. Evadir los espejos, he ahí la raíz del complejo ancestral: no mirarnos, no reinventarnos mediante el prodigio de las letras ni reconocernos sin las máscaras cambiantes que con tanto celo ostentamos como el trofeo de una gran mentira: la misma que nos define y jamás nos abandona.
Pasado el rifirrafe del 68, cuando Javier Barros Sierra se detenía a hablar con alumnos al término de algún concierto dirigido por Eduardo Mata, alguien le preguntó cómo es que la UNAM, bajo su rectorado, la había otorgado la incorporación a la Universidad Autónoma de Guadalajara. Que si reaccionaria, que si indigna de emparentarse a nuestra inmaculada “casa de estudios”, que si infectada por la Iglesia y la iniciativa privada, que si fundada por tecos y emblema del conservadurismo…
El cuestionador, encarnado de justiciero y orgulloso representante de la santa izquierda, que a poco no sería ni polvo de aquellos lodos, apuntaba el índice al pecho enfermo del ex rector. Con tono amenazante, típico de los agresivos grillos que asolaban las aulas, se encumbraban como fósiles sin siquiera cubrir las materias del tronco común y cometían tantos atropellos cuantas bajezas pudieran imaginar, se esforzaba por exhibir superioridad no nada más ante don Javier y sus acompañantes, sino especialmente ante nosotros, grupito de estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, convertidos en depositarios de una retahíla de insultos, por “burgueses y aliados del sistema” (¡gulp!).
Sin alterarse, don Javier le dio una respuesta ejemplar que me marcó para siempre. Aunque no lo recuerdo textualmente, dijo algo así: “Mire usted: México tiene una deficiencia educativa atroz. Somos un país muy atrasado y lleno de limitaciones. La población ha sobrepasado la capacidad del Estado para atender la demanda de profesionales y gente preparada. No estamos en condiciones de rechazar y menos aún discriminar a ninguna institución de enseñanza. Conservadores, marxistas o libre pensadores…, no importa, porque urge educar. Lo que tenemos que hacer es abrir aulas y puertas a la ciencia, la técnica, las artes, al saber todo. La ignorancia no sirve a nadie, salvo a los tiranos. Ya llegará la hora en que no se califiquen las escuelas con prejuicios ni ideologías. El que estudia y piensa forma su propio criterio y puede elegir. Eso es lo importante, no estar desacreditando a quienes se esfuerzan por educar.”
Más de 40 años han pasado desde entonces. Aquellos grillos ya pertenecen al INSEN y, aferrados al mismo discurso, aunque con intransigencia agregada, los sobrevivientes siguen siendo parásitos. El déficit educativo no se ha resuelto en el país. Tampoco hay suficientes técnicos, creadores, pensadores, economistas, sociólogos, actuarios, políticos capaces ni científicos, etc. Carecemos de recursos humanos, materiales y ecológicos para contrarrestar nuestra dependencia del extranjero. Tampoco existe la necesaria cantidad de inteligencia educada para participar, con talento y obras, en el desafío de situar al país entre los más avanzados, pues ya sabemos de qué se trata seguir igualados con los de abajo.
Pasan décadas, cambia el siglo y escuelas y universidades son aún insuficientes en todos los niveles, desde párvulos hasta grados superiores y especialidades. La calidad de la enseñanza está muy por debajo de la media internacional. Ni el sacrosanto IPN, al que debemos tantos técnicos que a diario aceitan la “maquinaria del progreso”, ha podido elevar el nivel cultural de su comunidad. Tampoco la benéfica ola fundadora de instituciones privadas –con cubrir parte del inexcusable deber del Estado- ha conseguido satisfacer la inmensa demanda de una formación de calidad, no digamos a nivel nacional, sino siquiera bastante para responder a los intereses de las clases que pueden o no pueden, aunque pagan las colegiaturas. Así que lo que tenemos son déficits y “no estamos en condiciones” –como diría don Javier-, de creernos por encima de quienes trabajan con el mismo empeño por alcanzar idénticas metas; es decir: salir de la ignorancia atroz, de la criminalidad y del atraso que están acabando con lo que queda de nuestro infortunado país.
Sin importar que la noticia fuera de ayer o del 2016, hay afirmaciones que caen, salpican, reaparecen y sirven de advertencia de cuán peligrosa puede ser la intolerancia. Y si la personal es de suyo grave y tremendamente dañina, la intolerancia política es peor por su natural efecto multiplicador. En su hora, creo que a propósito del nombramiento de José Antonio Meade en la Secretaría de Hacienda, leí tanto el twitter como sus rebotes, en el que López Obrador calificaba al ITAM de “escuela de tecnócratas neoporfiristas que han dañado la economía de la gente y de la nación”. Los agregados verbales y posteriores a prejuicios como éste no son más que reveladores de un temperamento más cercano a los exabruptos que a la prudencia.
Con la imagen en mente de la cáfila de grillos que “boteaban”, presionaban, irrumpían a media clase, desacreditaban, insultaban, increpaban y se ostentaban en posesión de la pura verdad, advertí que ese lenguaje permanecía tan intacto como el estilo de irritar con alocuciones absurdas y por demás descabelladas, como ésta y lo que le sigue: “¿Escuela de tecnócratas neoporfiristas…?”
En el mejor de los casos, decirlo sería una tontería. Pero hay demasiada historia y muchas evidencias en actitudes así para considerarlas inofensivas. Si en lo personal he creído que la intolerancia es de suyo un peligroso semillero de injusticias, fanatismos y daños morales irreversibles, la intolerancia en política se exacerba en quienes son incapaces de soportar a los que piensan distinto. Como se sabe, la intolerancia política tiene en el populismo su más alta expresión. Despotricar, fustigar, lanzar juicios incendiarios, desacreditar al adversario para autoencumbrarse y prodigar fórmulas vejatorias son técnicas de los sectaristas incapaces de respetar lo distinto y ajeno, lo que no comprenden ni pueden controlar.
Nada más peligroso, por tanto, que la intolerancia política cuando comandada por un líder de masas fanatizadas. La historia está llena de lecciones tremendas en este sentido. Desde sus primeras manifestaciones, conlleva el riesgo de convertirse en un modo aplaudido de coaccionar y/o fustigar a sectores de la sociedad hasta derivar en actos excluyentes y condenatorios que atentan contra los derechos y libertades. El terrorismo no sólo se expresa mediante ataques armados, letales y sorpresivos. También se impone mermando la confianza, sembrando suspicacias, debilitando las estructuras, arrojando motivos de inseguridad y violencia donde debería imperar una lucha pacífica y civilizada, como debería ser, por ejemplo, la electoral.
Considero oportuno recordar una de las definiciones de terrorismo: “una forma violenta de lucha política, mediante la cual se persigue la destrucción del orden establecido o la creación de un clima de terror e inseguridad susceptible de intimidar a los adversarios o a la población en general.” Pues en eso estamos: en la más pura banalidad que nadie se atreve a llamar por su nombre: Vivimos bajo un régimen de terror. Miro atrás, repaso a mi alrededor, pienso en la historia y me pregunto, otra vez, si acaso tenemos remedio.
Octavio Paz en Mixcoac, donde creció
Sin Ogro filantrópico ni laberinto de soledades ni otras metáforas con que Octavio Paz iluminó su visión de México y su historia: así nos quedamos, con las letras vacías. El gobierno ya no golpea con una mano y premia con la otra porque cedió al desgobierno el poder de mandar. Nadie le pide peras al olmo porque del árbol caído todos hicieron leña. El neblumo sobrepasó al tiempo nublado. Del compromiso social de la revolución no quedó ni sombra de su memoria; y del laberinto… Pues que en el laberinto no hubo Minotauro, ni Ariadna, ni Teseo, ni virgencita de Guadalupe: sólo víctimas hacinadas en corredores oscuros, a la espera del campeón que descubra la salida de todos los males.
El México en movimiento que Octavio observó al través de la mirada de su abuelo Irineo, inspiró los versos de su inigualable y tremendo “Pasado en claro”. Tiempo en filo, higuera, prodigio y enredo de vivos y muertos que lo vieron crecer, encumbrarse y morir durante un siglo XX atribulado, aunque tuvo sus indicios de luz. Su mundo acabó fechado, como acaban los que sueñan la heroicidad y sólo pasan del vómito a la sed, como fuera la vida del hombre habitado por demonios que lo engendró. Por él conoció de lo que se trata el abismo que ahora nos alcanza. Lo padeció desde la violencia que parece pegada al hueso ancestral de nuestra gente. Infernal designio el de su padre, su hora, su origen, su manera de agredir, de ofender, de encumbrar al macho, el gran chingón… Y valiente manera de Paz, el hijo, de ponerle nombre a una realidad que ahora nos devora. Veo el país que nos tocó. Veo a su padre y pienso en las infamias que nos cercan.
atado al potro del alcohol,
mi padre iba y venía entre las llamas.
Por los durmientes y los rieles
de una estación de moscas y de polvo
una tarde juntamos sus pedazos.
Pedazos de memoria alimentada en los “criaderos de alacranes” que suyos, míos, de tantos nosotros que caminan sobre escombros aguardando ser alguien en tierra de vencidos y derrotas. Machos como el padre abonaron la semilla del mal que reina en nuestros días. Hombres como Octavio nos dejaron la palabra para deletrear el mundo de cactus, de espinas, de serpientes, de volcanes y de espejos tan oscuros que más y peor nos muestran el subsuelo de la muerte. Las cosas, es cierto, son las mismas y son otras porque el delirio colectivo las transforma. Abro los libros, sigo su línea de luz, aguardo el instante en que la Palabra se instaure donde solo la voz es Voz y pienso que sí: acaso nos está dado a los mexicanos alguna vía de salvación. Acaso exista un Logos claro, secreto y tan fecundo que con él podamos abatir la ancestral postración que nos define. Acaso sea posible, sí, descubrir el enigma del Verbo o atinar con alguna revelación que nos preserve del averno que nos cerca. El acaso es el azar, así que al invocarlo, el deseo nos reduce a espectro, otra vez.
Prendida a la voz de Paz, pienso en su pasado, en el mío, en el presente que nos ata al horror de esta borrosa patria de los muertos. Unos aúllan, otros matan, muchos roban, los más se engañan y la mentira se instaura a sus anchas porque aquí a pocos, muy pocos, nos gusta la claridad. A Octavio lo salvó la palabra, su incondicional devoción por La Palabra. Con una madre casi analfabeta y la borrascosa sombra del abogado zapatista, político y Adán de barro que no lo deletreó, pero se infiltró en su obra como referente innominado del autoritarismo explorado en su Laberinto de la soledad, el poeta supo desde pequeño que no veía con los ojos, que las palabras eran sus ojos y que el agua no se bebe: se lee. Supo, pues, lo que a muy pocos está reservado: que no existe lo que no tiene nombre y que él, para ser, tenía que ser nombrado.
Cada vez que veo a mi alrededor, cuando me aturrulla el vocerío y me parece insoportable la dolorosa procesión de crímenes, atrocidades y razones para creer que México ha quedado reducido a inmenso lodazal, vuelvo a Paz, a la luz de la lámpara que alumbra mis noches con poesía, a las preguntas de Jabès, a las lecciones de Mairena, a los cuentos de Chacel, a los versos de Kavafis y con suerte y tiempo, a los tránsitos de nombres y universos de un Pessoa que imagino discurriendo identidades y lenguajes como Novo hallara voces/dardo cuando empeñado en dejar sin fama, honor ni cara a quienes eligió como enemigos.
Nunca he creído que el pasado fuera mejor. Tampoco que el presente sea un augurio nefasto del porvenir. Somos la versión más reciente de una historia malograda. Gracias al talento empeñoso de unos cuantos las cosas no son peores. A veces creo que, como pueblo, somos una palabra sin revés, lenguaje romo, sin sustancia, movido por vientos de dos filos, sin la fuerza que transcurre entre las ideas y la poesía. Pueblo sin letra, sin palabra, sin texto ni contexto, no sabe deletrearse ni nombrarse y tampoco conoce las letras que componen su patria.
Agua turbia, infértil territorio abandonado por sus dioses, vientre dentado, nopalera hiriente: en eso se redujo la ficción de patria que cuando niños sabe Dios quiénes nos hacían creer que era tierra venturosa, entretejida de esperanza y abierta al porvenir, como las vides remotas, fundadoras de culturas prodigiosas. Vuelvo, sí, como de tanto en tanto y siempre celebrando cada imagen, letra a letra y la voz que serpentea entre sombras adobes, pozos insondables y puertas que se abran y se cierran, a Pasado en claro. Pienso en Paz, en su dolor al desdoblarse en sílabas de lodo y sangre, en las horas dedicadas a la escritura que lo nombraba, que lo inscribía, lo desgarraba y construía al mojar la tinta en el subsuelo del país que jamás logro cambiar.
Yo no se los demás, pero en lo que a mi respecta, en esta aridez tenebrosa, donde sobra medianía, se impone el sello del crimen y se nota la ausencia del impulso creador, me hace falta Paz. Demasiada bajeza a nuestro alrededor y poco, muy poco talento que nos permita creer que es posible un futuro mejor. Faltan las voces que se alzaban a pesar de la penumbra y ponían sin temor el dedo en la llaga. Elevaban el verso, la palabra y la crítica por encima del vocerío que a fin de cuentas se enredaba a la fiesta, a la canción de protesta y al desenfado natural de la gente quizá porque aún no era tanto el descenso ni los ánimos se atizaban como armas letales.
Salvarse sí, salvarse por la palabra: no hay más. En el lenguaje esta todo. Sin sustancia no hay nada. Y eso es los que más desalienta: el vacío, la vulgar superficialidad del palabrerío que nos acosa, nos invade, nos agrede, lastima el alto concepto que debemos tener de nosotros mismos y de lo que merecemos en una realidad que tuvo todo para ser más digna, pero que por sus complejos el pueblo eligió descender, igualarse hacia abajo.
A la economía de consumo le desagradan los viejos. Para desgracia de la consagrada y efímera juventud, en unas décadas los mayores de 60 años pasarán de los 605 millones existentes al iniciar el siglo a unos dos mil millones en el futuro inmediato. Para contrarrestar las fobias contra la tercera edad, la industria del rejuvenecimiento y conservación de una apariencia intemporal ha desarrollado un complejo y costoso sistema reconstituyente que, de adentro afuera y de afuera adentro, compite con la obra de Dios. Desde cirugías estéticas hasta dietas, suplementos, ejercicios, terapias y auxiliares cosméticos y farmacéuticos, la lucha contra el tiempo no ha dejado recurso clínico ni totalizador sin probar. Lo curioso, sin embargo, es que en tanto y todos avanzamos hacia una vejez mejor o peor llevada, el antifeminismo y el sin fin de repudios a lo distinto y ajeno siguen virulentos y discriminadores. Veo a mi alrededor y me pregunto si de veras los intolerantes creen que atesoran el secreto de eternidad pues, hasta donde se, mañana serán uno de los otros que aborrecen.
Como nunca antes hubo, hay y habrá adultos mayores con padres vivos. El número de octogenarios y nonagenarios en activo ya no es rareza. Pobres o ricos, hay abundancia de ancianos improductivos con bisnietos. Según sus antecedentes, varía la apariencia entre ellos, pero la crecida de tal muchedumbre anticipa un futuro de costosos servicios asistenciales que pagarán los jóvenes. Lo interesante es que las mujeres viven en promedio entre 6 y 8 años más que los hombres. No obstante su fortaleza implícita, continúan discriminadas en este imperio neoliberal de la ilusión y del apego a lo fugaz.
Gracias a la medicina y a mejores condiciones de vida, abuelos y envejecimiento han dejado de ser sinónimos; pero, viejos al fin, no se libran del desprecio general. La distancia achicada por la web me permite observar a detalle el curso de los otrora transgresores, ocurrentes, libérrimos y hippiosos boomers: ya sin minifaldas, sin melenas al aire ni pantalones de campana y alejados de las arengas airadas y manifestaciones pro derechos civiles horneadas con porros, los protagonistas de los geniales sixties se han igualado a los ancianos reaccionarios que tanto detestaban.
Ayer hippies, izquierdosos, antiestablishment, pacifistas, antirracistas, pro Beatles, ecologistas, espiritualistas, feministas, sartreanos, anticapitalistas, anticlericales, pro unión libre, psicodélicos y defensores de cualquier causa libertaria y justa, ahora sólo son ancianos que día con día ponen a prueba su capacidad de resistencia en un mundo que, sin duda, contribuyeron a trasformar. Un mundo de necios y sordos que no cesa de activar su tendencia a dar cuatro pasos adelante y otros para atrás.
Y mejor que en otros que nunca se distinguieron por nada, en este ejército de boomers sembrado de solteras, divorciados, algunos casados o quizá rendidos por el tedio y todos con las huellas del tiempo en su apariencia, se nota lo perdido y lo ganado por una generación que apostó por transformar al mundo y a poco tuvo que aplicarse a resistir. No más vanguardias ni experiencias lúdicas; tampoco aventuras colectivas en pos de la estética del “fondo es forma” ni estallidos musicales y artísticos que “durarían para siempre”. El fin del siglo los obligó a plegarse a los términos de un nuevo lenguaje, el del “pensamiento único”, que no tardaría en ostentarse como democracia neoliberal, economía de mercado y/o modelo global; es decir, una dizque democracia que ha dividido al mundo en mayoría de miserables y pobres sin destino y la aplastante minoría de los dueños del dinero, de los bienes y del determinismo que se cierne sobre la población mundial.
Y en todo este galimatías enmascarado con etiquetas rimbonbantes para consagrar el consumismo, la juventud y la banalidad de un sistema de poder que más y peor se ufana de su corrupción, su desprecio a la razón, a las artes y a los altos atributos, los Boomers se quedaron en Nobody’s land o, mejor aún: la generación de rebeldes empeñosos que soñó un mundo posible maduró entre embates ideológicos, se estremeció con la caída del Muro de Berlín y se hizo vieja/vieja cuando la realidad le mostró el espejo en el curso del XXI. Supo en un golpe de vista que, incluido su idealista lenguaje de la flor, ya carecía de presencia social y de sentido; pero sobre todo, que ancianos y marginados en el actual reino global del consumismo y del combate sin tregua a las canas y a las arrugas, les vino a ocurrir lo mismo que a Moctezuma y a los macehuales, porque se quedaron neplanta: en punto muerto, en ninguna parte. Despojados de lo suyo, avergonzados de su origen, con la fatalidad de la derrota en la frente, aferrados a una sabiduría propia y marginados hasta la muerte.
Y toda esta cosa de la intolerancia sin fronteras, del repudio a lo distinto, la marginación a mujeres, indios, ancianos, extranjeros, candidatos que no son el mío, religiones aborrecidas, ideas que no comprendo y cuanto suscita el furor implacable y efectivo del fanatismo, del sectarismo y a fin de cuentas de la más pura y agresiva imbecilidad moral, me hizo recordar que “nepantla” era el único estado que definía la situación de los indios, subyugados por la supremacía de los españoles. Único estado que ellos mismos podían nombrar desde la íntima conciencia de su cabal confusión, quedaron en su patria, como los viejos de hoy, “en ningún lugar”.
Es a fray Diego Durán a quien debemos el registro del término nepantlismo, recogido del habla de uno de los naturales quien, al ser reprendido por continuar practicando la idolatría, le respondió que eso ocurría porque allí todavía estaban nepantla. El relato está en Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme, escrita por Durán hacia 1579. Lo dicho por el indio al oído del fraile define a plenitud la circunstancia reinante en la actualidad:
(…) Padre no te espantes pues todavía estamos nepantla y como entendiese lo que quería decir por aquel vocablo y metáfora que quiere decir estar en medio torné á insistir que en medio era aquel en que estaban me dijo que como no estaban aun bien arraigados en la fe que no me espantase de manera que aun estaban neutros que ni bien acudían á la una ley ni a la otra ó por mejor decir que creían en Dios y que juntamente acudían a sus costumbres antiguas y ritos del demonio y esto quiso decir aquel en su abominable escusa de que aun permanecían en medio y estaban neutros…
Estar en medio… Estar neutros, sí: esto es lo que aguarda a las poblaciones envejecidas. Ni en una ley ni en la otra, con el sueño quebrantado y el dios foráneo globalizando modos de vivir y no vivir supeditados al monetarismo, a la explotación abyecta de los recursos naturales y a la presión artificiosa de tener que ajustarse al dictado del miedo no a morir, sino a hacerse anciano –peor si mujer- en este monumental mercado que, entronizado sobre toneladas de basura, hace creer a las nuevas generaciones que consumir es vivir y que, con tal de vivir, todo está permitido.
Ningún candidato se ha interesado en la cultura. Ni siquiera la mencionan. Acaso ignoran que la actividad intelectual y/o artística es naturalmente pedagógica y reparadora. Puede ser, también, que desdeñen una situación comprobada: que el descenso general de la sociedad, aunado al declive moral de gobernantes e instituciones, es correlativo al paupérrimo estado del proceso formativo e integral de las generaciones. Su indiferencia, por no decir desprecio a la capacidad transformadora del arte, la ciencia, el deporte y las ideas es pasmosa. Nada que se asemeje al imperativo ateniense: “mente sana en cuerpo sano”. Tampoco nada fundamente o nutra la democracia ya que, a excepción de un puñado de individualidades aisladas, todavía no hay demócratas.
Aquí, donde las desapariciones de personas, el robo de niños y jóvenes, la violación y asesinato brutal de mujeres y el que sin duda es terrorismo cotidiano se ventilan sin pudor las noticias del infierno. La bajeza ha tomado el destino de México por su cuenta. El miedo es el estado natural de la gente y la inseguridad causa de infartos, palpitaciones y mucha angustia. Asolados por la desconfianza y la inseguridad reinantes, derivamos al enojo y a la frustración una cantidad de energía que podría encauzarse al saneamiento de la pudrición. Por consiguiente, si atendemos no solo la pobre función de la Secretaría de Cultura, más los discursos y el bla bla bla agobiante de los contendientes, podemos suponer –o anticipar- que la esperanza en un país mejor, con mejores personas y más confiables propósitos, está de antemano cancelada.
Lo deseable sería encontrarnos con hombres de acción y de pensamiento, con mentalidades capaces de discurrir un proyecto de país y un modelo de mexicano que al menos, no nos pongan la cara roja de vergüenza. Sin embargo, las tendencias no sugieren ninguna vía de salvación. Tenemos que tener en cuenta, además, que los estilos de gobernar de las últimas décadas ya han arrojado sobradas evidencias de los que son capaces los acuerdos, los arreglos a la sombra y las negociaciones que sustentan el pragmatismo de quienes, en vez de comprometerse con la población, se arreglan con sus pares, por una causa compartida: no hay amor por el país, no se advierte lucha ninguna por elevar la dignidad de nuestro pueblo, no se respira ese impulso de “patria” que se manifiesta de manera inequívoca en países bien asentados; no existe en lo público y lo privado, en fin, esa fuerza interior que solo activa la cultura cuando dirigida a crear un gran espíritu.
Unos peores a los otros, tanto los candidatos como sus asociados y miembros de los clubes de fans hablan, se comportan y actúan como si el montón de boberas, defecciones, insultos y sin sentidos que espetan con impudicia tuvieran significado. Y eso, también es un lamentable síntoma de la pobreza de nuestra cultura: que las palabras carezcan de valor. Y nada más hay que oír a éste o al otro para corroborar hasta dónde el cancaneo sustituye groseramente la sagrada función del lenguaje: decir, esclarecer, comunicar…
Fanatismo sí que hay. Diría que sobran las manifestación de excitación y que son más airadas e intransigentes cuando más vacías de contenido, de ideas, de conocimiento, de rigor, de entendimiento y juicio crítico. Ese fenómeno se explica cuando los procesos de la cultura no favorecen vías para nutrir la presencia social de los individuos. Urge recobrar el derecho a la dignidad, al respeto y a la libertad verdadera, empezando por la libertad de elegir, sólo posible cuando saber y conciencia se juntan.
No somos “votantes” potenciales para engrosar la falacia estadística; tampoco borregos para encumbrar al pastor ni “consumidores” para consagrar el modelo económico: somos personas con derechos y obligaciones que debemos participar en la reconstrucción de un país que, en buena parte, se nos ha ido de las manos.
Hacerse del poder implica un compromiso ético ineludible. Aquí, no obstante, es cuestión de arrebatarse porque el desafío vital de las masas está anudado al triunfo de la rapiña. Son tan pobres, tan pobres de espíritu estos contendientes, que su lenguaje no se levanta un ápice del subsuelo. Así sus aspiraciones: apenas propósitos pedestres, efímeros, correlativos a la desintegración casi total de nuestra sociedad. No hay grandeza ni visión a futuro; tampoco claridad y mucho menos ideario para dejarnos saber cuál es su proyecto de país, cuál el modelo de hombre que se pretende formar desde sus perspectivas educativas y culturales en general y cuál la justicia que dizque va a acabar con el cáncer de la impunidad, el imperio del crimen y la libre ejecución de cualquier clase de delitos.
No debemos ni debemos pasar por alto que las grandes obras humanizan, dignifican, elevan a las personas sobre sus propias deficiencias y las hacen acreedoras de grandes logros y merecimientos. No nos engañemos. En lo que a mí respecta, estoy harta de la excusa del “síndrome de la derrota, del “pueblo de vencidos” y de victimizaciones ya agotadas en nuestra historia de fracasos. Si, estoy harta de agachados, de taimados, simuladores, trepadores, abusivos, sinvergüenzas y oportunistas. ¿Cómo confiar en cabezas tan elementales? ¿Cómo improvisarse hombre de Estado si nuestro Estado exhala pus por todos sus poros? ¿Dónde está el Hombre? Para ser un hombre de Estado se deben cumplir a plenitud cuando menos dos requisitos: entender qué es un hombre y cuál es el deber prioritario del Estado. Esa es la cuestión.
Ciegos y sordos, los candidatos se portan como si de una batalla de apostadores se tratara. Tenemos que insistir en que nuestra única vía de salvación está en forjar un gran espíritu colectivo. ¿Cómo? Con la obra de la razón, con la inteligencia creadora, con música, letras, ideas, conocimiento, arte, arquitectura mucha y buena literatura, ciencia… Es decir, mediante el efecto transformador del saber, el civismo y las bellas artes, inseparables del compromiso moral del hombre del acción y su respectiva tarea formativa.
Para salir del ya agobiante estado de postración es inaplazable apostar por el ejercicio comprometido de las ciencias, las artes, el pensamiento, las ideas, la crítica, la dignidad, el civismo, el respeto, la decencia: justo lo que se ha confinado hasta el subsuelo del desprecio y lo que la torpeza política supone prescindible, innecesario. Lo otro: el embate en pos de la igualdad social, el desarrollo con progreso, la justicia, el poder vivificante de la palabra, etc., jamás serán posibles sin la intervención de una cultura dinámica, atenta a la inteligencia educada y la acción de las individualidades, vigilante de los ideales y consciente de la responsabilidad ética de la razón.
Ninguna otra cosa más que nuestra incultura ha engendrado a esta sociedad pútrida. Así que hay que emprender la tarea a la inversa para empezar a curarnos, aunque sea lento, difícil y costoso el esfuerzo. El culto a la barbarie, a la crueldad y a la codicia son los brazos eternamente dinámicos de la ignorancia. No hay milagros. Hay que estudiar el pasado para comprobar que no hay un solo ejemplo en la historia que demuestre que, sin sustentos culturales, se logren la equidad, la justicia, la armonía, el respeto a uno mismo, a los demás y a su país, el saneamiento de la sociedad, la tolerancia e inclusive la superación material de los pueblos. Los mayores logros humanos son inseparables del cultivo sistemático y sostenido de los más altos atributos del hombre: su razón, su capacidad de observar, asociar y crear; su poder de subsanar, transformar, producir y mejorar su hábitat gracias a decisiones acertadas.
La prioridad es el Hombre, cada hombre. Lo demás es demagogia.
Gran Mezquita
La andalucí ciudad de Córdoba, en Sevilla, fue fundada bajo el nombre de Corduba en el 169 a.C., por el cónsul romano Marco Claudio Marcelo. Desde entonces y hasta la fecha su historia ha sido un reflejo fiel de la historia de España. Ante el fenómeno de las migraciones, de la exclusión de lo distinto y de las desgracias masivas provocadas por actos de intolerancia y enfrentamientos tan irracionales como sanguinarios, es bueno recordar que cuando se probó la apertura y “el otro” no era rival ni enemigo a los ojos de Dios, fueron posibles el bienestar, la riqueza y el progreso. Esto, hasta que la codicia decidió reemprender los ciclos del despojo y la devastación de los bienes y los credos ajenos.
Se dice que Córdoba superó en belleza, riqueza y cultura al atribulado mundo cristiano que atenazaba al Islam allí donde se hallara: en ambas orillas del Mediterráneo, en Italia… y, especialmente, en España. Tolerable, creativa y de notables aportaciones en la medicina, el arte, la filosofía y de toda suerte de sabiduría, la presencia islamita no solo no era del agrado de Roma, sino que desde el siglo XI el papado, encabezado entonces por el feroz Gregorio VII (inspirador de las Cruzadas), tomó por su cuenta la milenaria tarea de impulsar a príncipes, reyes y señores feudales para irse con todo a la tarea de la “reconquista” y así “purificar” Europa, no sin antes saquear a los poseedores del oro africano.
Toledo, Granada y Córdoba eran ciudades abiertas que además de distinguirse por la calidad de su comercio, acogían a traductores de obras griegas, a médicos que pasarían a la historia por sus notables hallazgos, a artistas, filósofos, poetas, arquitectos y a cualquier sabio o maestro que, sin importar que fuera judío, cristiano o musulmán, enriqueciera la fama bien ganada de la enorme cultura adquirida de estas urbes.
De antecedentes remotos, quizá bíblicos en la referencia a Tarshish, Córdoba fue quizá cartaginense en sus orígenes y en la memoria perduraría como ejemplo de la avanzada del Islam hasta los confines occidentales, más la subsecuente “conquista” y asentamiento que acabó cuando los reyes católicos, Isabel y Fernando, a nombre de la unificación cristiana de España, expulsaron en definitiva de la Península a judíos y musulmanes, en el emblemático año de 1492.
Colmada de símbolos y datos fascinantes, la historia de la grandeza y la ruina de las ciudades contiene datos aleccionadores que, en la actualidad, no deberíamos ignorar. Aunque Córdoba floreciera durante la ocupación romana, cayó en declive hacia los siglos VI y VIII durante la ocupación de los Visigodos y el avance medieval. Exactamente en el año 711, cuanto quedaba de la ciudad tras ataques furibundos, fue tomado y destruido por musulmanes que, armados hasta los dientes, llegaron en masa a la región. Tras someterse a numerosas y desgastantes rivalidades tribales el triunfo de Abd ar-Rahman I, miembro de la familia Umayyad, no solo asumió a partir de entonces el liderazgo del islam en la Península, sino que hizo de Córdoba su capital en el año 756, para serlo del califato, hasta su caída, en 1492.
Primero de una sucesión de constructores notables, Abd ar-Rahman I fundó la Gran Mezquita que aún puede admirarse, cuyo proyecto fuera ampliado por sus sucesores y concluido por Abu Amir al-Mansur hacia el año 976. Uno de los principales centros sagrados del islam, la Gran Mezquita descansa sobre un monumental rectángulo en el que subyace un santuario profundo, dividido por 19 naves laterales, sostenidas por 850 espléndidas columnas de mármol, cuyos tirantes en arco doble sostienen una impresionante cúpula preciosamente trabajada en oro, cristales y piedras labradas. Su minarete de siete lados, una de las joyas invaluables del mundo actual, fue realizado con oro y mosaicos de oro.
No obstante su importancia religiosa, durante la ocupación cristiana, en el siglo XVI, la Gran Mezquita fue convertida en Catedral, como ocurriría a numerosos templos de Oriente y Occidente, según se adueñaran cristianos o musulmanes de los bienes de los vencidos. De ahí que ostente, a la fecha, una alteración a su signo moro por el añadido de un campanario, un altar central y un coro con sillería en forma de cruz, además de numerosas capillas, nichos y altares menores.
No obstante las revueltas ocasionales, la hermosa ciudad de Córdoba, situada sobre el río Guadalquivir en la región noreste de la actual provincia de Sevilla, floreció rápidamente bajo el reinado de los Umayyad. Al proclamarse califa Abd ra-Rahman III, en el año 929, se convirtió en la ciudad más grande y seguramente la más culta de Europa. Afamada por sus laboriosos trabajos en seda, por sus brocados y su perfección en el dominio de la joyería y el cuero, sus productos fueron de lo más apreciados por los comerciantes no solo en Europa, sino también en el Este. De extraordinario refinamiento, las mujeres en nada desmerecieron respecto de la calidad de sus trabajos. Las cordobesas participaban en las labores más delicadas en todos los campos, incluída la caligrafía. Aquel islam, tan sensual como creativo, tolerante, abierto y tan ajeno a la actual realidad, no solo se enorgullecía de la calidad lograda por las copistas femeninas de textos sagrados, sino que incluso las mujeres musulmanas llegaron a rivalizar, ventajosamente para ellas, con las creaciones religiosas de los monjes cristianos.
A causa de los prolongados enfrentamientos civiles y armados ocurridos en la Península, el Califato sería desmembrado en el siglo XI. Baste recordar que, a tono con lo proclamado por Gregorio VII, el rey cristiano de Aragón, Sancho Ramírez, tomó por su cuenta el inicio de “la guerra de la reconquista” contra el sur islámico. Se declaró vasallo de la Santa Sede, y, además de protegerse de las ambiciones de su vecina Navarra, Sancho instauró en la Península el tema de la intolerancia religiosa que, lejos de sellarse en 1492, dejó en el espíritu de los creyentes el brote del odio étnico que, más de quinientos años después, no ha desaparecido del todo, a pesar de los empeños integristas de las democracias actuales.
Córdoba, a partir de ese Medioevo en el que el cristianismo se debatía entre la codicia, la corrupción, las guerras de ocupación y la espiritualidad, se convirtió en centro de disputas, inclusive entre los diversos dominios árabes que, inferiores en todo a la calidad alcanzada por los Umayyad, estaban dispersos en los varios reinos de España. Estas batallas incesantes serían determinantes en su caída definitiva. Inclusive en pleno siglo XX el rey Fernando III, en 1236, logró incorporarla a la España cristiana que al fin triunfaría en los albores del imperio, hacia el siglo XV, aunque en lo esencial conservara su sello de identidad y la calidad de sus actividades.
Confinada a base militar, Córdoba fue un estratégico sitio fronterizo con la ciudad de Granada. Al caer ésta a manos cristianas, también en 1492, el antiguo esplendor cordobés quedó reducido a una región reconocida por la paz de sus templos, sus edificios magníficos, palacios, monasterios y preferencias aristocráticas que no tardaron en lucrar con la calidad de sus caballos, la excelencia de sus vinos y viñedos y la graciosa soltura de sus mujeres. Sobre las bases de una reputación cultural bien cimentada, Luis de Góngora y Argote (1561–1627) a duras penas compitió, hasta pasado el siglo XVII, con la herencia poética de sus antecesores.
A partir de la salida de árabes y judíos, la otrora ciudad digna de envidia y admiración fue arrasada y saqueada en gran parte durante la ocupación francesa, en 1808: una forma brutal de amedrentamiento a sus habitantes por haber participado en los movimientos de independencia. Activa militarmente por tradición y de sólidas costumbres respecto del canto, el baile, la expresiones sensuales y las artesanías, resulta explicable que las fuerzas falangistas, a cargo de Francisco Franco, también la sometieran al yugo de los antirrepublicanos durante la guerra civil (1936–1939).
El perdurable carácter moro de los cordobeses, que por fortuna no ha desaparecido del todo, indudablemente nutrió el actual espíritu de la Península. El refinamiento de su arquitectura, especialmente consumado en la Gran Mezquita, continúa siendo una de las principales atracciones turísticas de la Provincia de Sevilla. Además del flamenco y de cuanto se identificara con “la morería”, la región sigue siendo local e internacionalmente reconocida por la calidad de sus textiles, por sus vinos, el cante, el baile flamenco y el arte de la torería.
La liberalidad cordobesa fue cuna del célebre Médico judío Moises Maimónides quien en 1135, en pleno apogeo de su ciudad natal, tuvo que exiliarse, a sus trece años de edad, debido a la conquista árabe. Dejó una obra filosófica de gran importancia y en nada inferior a la del también cordobés notable no obstante musulmán, Averroes. Murió en 1204, en El Cairo, donde vivió la mayor parte de su vida. Apodado “el águila de la sinagoga”, se esforzó en conciliar la Biblia y la obra aristotélica. Uno de los altos ejemplos de cómo Córdoba se erigió heredera y divulgadora de los clásicos griegos, Maimónides era invariablemente comparada a las apartaciones de los grandes filósofos árabes que le precedieron.
Rica en músicos, poetas, arquitectos… Desde sus orígenes la ciudad no dejó de arrojar motivos de admiración por sus mezquitas, bibliotecas, baños, plazas, fuentes, iluminación, alcanterillado y mercados. Hacia el siglo X, con casi un millón de habitantes, el Califato de Córdoba, durante la era musulmana, sentó fama de ser la ciudad más opulenta, grande y culta del mundo conocido. Fue capital de la Hispania Ulterior durante la ocupación romana y cuna de Séneca. Disminuída en la actualidad, quizá su población no supera los cuatrocientos mil habitantes. Entre ruinas, vestigios y escasos monumentos que se han librado del muy hispano espíritu devastador, aún puede percibirse en la región cordobesa una energía especial, un espíritu magnífico que se niega a desaparecer.
La describen alta, más alta que la media, de carácter firme, no bella ni fea, pero súper dotada desde pequeña. Tanto, que la inteligencia causó su infortunio. Laxos, tolerantes o no, rígidos o brutales, cada época impone sus peculiares modos de ser mujer. Transgredirlos desencadena consecuencias inimaginables. Más aún en la Edad Media, cuando la sexualidad y los arreglos matrimoniales eran asunto de la más alta y compleja consideración política, diplomática, económica, social y no se diga monárquica y religiosa. Amar, por consiguiente, no era estar en aptitud de elegir. Desoír este delicado eje de las negociaciones entre clanes, familias o intereses concretos significaba atentar contra los cánones establecidos.
Si a ninguna doncella se le permitía elegir esposo sin la anuencia del padre o sustituto, para las nacidas en buena cuna ese renglón era incuestionable. Agréguese que sobre el estrecho régimen conyugal recaía una ortodoxia intimidante, por ceñida a la idea del pecado y a cuanto de él se derivaba: aborrecimiento a la mujer, la condena a la sexualidad, el manejo de la confesión cual vía unívoca de atesorar secretos y, desde luego, el subsecuente poder de perdonar mediante los recursos del arrepentimiento, la penitencia, la expiación y la lucrativa venta de reliquias e indulgencias, promovidas desde la cabeza papal.
Sobre las ruinas del imperio romano, prolongadas durante siglos de ortodoxia y repudio a la razón, la cristiandad se fortaleció más como una cuestión de poder mundano que de espiritualidad. En tan impenetrable régimen de control de ésta y la otra vidas, infringir lo establecido significaba clavar una daga en el propio destino. Pedro Abelardo y Eloísa lo hicieron. Lo que sucedió por consumar un amorío prohibido fue tan enredado y tremendo que, 900 años después, continúa repitiéndose su infortunio entre los altos ejemplos no sólo de intolerancia, sino de lo que son capaces la sinrazón y la envidia.
De las consecuencias de tal estallido -breve no obstante intenso-, en primera instancia quedó el registro en la Historia Calamitatvm de Abelardo. A ésta se agregaron el célebre epistolario, la oración fúnebre de ella a la muerte del amado y las reglas monásticas –primeras pensadas y escritas estrictamente para mujeres- de la abadía del Paraclet, fundado por Eloísa (segunda abadesa en la historia de la cristiandad) a instancias y con la tutela de Abelardo, cuando fue confinada en la vida religiosa tras haberse casado en secreto y dar a luz a su hijo Astrolabio, quien quedó a cargo de una de las tías paternas. Es curioso observar que, no obstante inspirar numerosos relatos y novelas y a pesar de que además de sus dotes intelectuales, fuera reconocida por sus tempranas composiciones musicales, nada se conservara de su autoría.
Además de haber inspirado unos cien versos del Roman de la rose, curiosos y poetas no desaprovecharon el contenido de sus epístolas para alimentar la leyenda de los amores proscritos con invenciones atribuidas a los autores. Legítimas sin duda, al menos cuatro cartas que continúan publicándose se consideran joyas de la literatura medieval. Otras, compuestas o no por ellos, no obstante proceder de manuscritos copiados y en posesión d la biblioteca de Troyes en el siglo XIII (ciento cincuenta años después de los sucesos), tienen el valor de reflejar el interés medieval por las ficciones verdaderas. Lo que es indudable es que la correspondencia atribuida a la pareja funda la literatura francesa. Inclusive conserva el valor agregado de reflejar el espíritu de la hora, la singularidad de los protagonistas y los componentes de una tragedia que, ochocientos años después, aún resuena entre los ecos de un mundo feroz.
A diferencia de la postura de Abelardo, que nunca renuncia a su certeza de estar entre los filósofos más respetados y adelantados del siglo XII, el lamento doliente de Eloísa, confinada en la vida conventual por el propio amante y guía, nunca se resigna a la pérdida del amado y así comienza a dirigirse a él, a distancia: A mi único después de Cristo. / su única en Cristo. Es su palabra emblema del amor imposible, en el perfecto estilo del amor cortés, que sirve a las convenciones sin sanar las heridas infligidas a causa del pecado de amar, sin arrepentimiento posible:
¿Qué puedo esperar, ahora que te he perdido?¿Para qué proseguir este viaje terrenal del cual tú eras mi único sostén? (…) Ojalá pudiera gritar: ¡Dios no ha dejado de ser cruel conmigo! ¡Oh clemencia inclemente! ¡Oh fortuna infortunada! El destino me ha lanzado sus dardos asesinos, hasta el punto en que ya no queda un lugar donde golpear....
Desde el estallido del deseo compartido, todo está dispuesto para que la pareja atente contra el principio obediencia. Su transgresión sacude el medio y el medio los doblega hasta dejar al desnudo la intolerancia de un poder religioso más feroz e implacable cuantos mayores los desajustes impuestos a la feligresía entre instinto y pensamiento, razón y fe, entre obediencia y devoción y en primerísimo término, entre la idea de Dios y el odio a la más alta de sus creaciones: el Hombre en sí, marcado por el pecado original.
Heloísa, Eloísa, Elysa, Heloissa o Héloïse, como los “anticuarios” la fueron llamando según la lengua de referencia, nació fuera de matrimonio quizá el 1 de diciembre de 1092, en Montléry. Era, por consiguiente, hija ilegítima de un influyente noble, aliado de los Montmorency. Unos dicen que del senegal de Francia, Gilbert de Garlande, y otros que del hijo de un miembro del séquito de la Dama de Montlhéry, convertido en cura a poco del nacimiento de la niña. Al margen de la identidad paterna, es indudable que pertenecía a la más alta alcurnia y que gozó de privilegios nada comunes, como la atención otorgada a su temprana curiosidad intelectual. Noveladas a veces por exceso de admiración, las versiones aseguran que Heloíse vivió rodeada de doncellas y que, desde los siete años de edad, miembros de la orden benedictina de Argenteuil se encargaron de su formación, con especial énfasis en la Gramática, música y lectura, más griego, latín, su francés natal, y quizás hebreo; lenguas que, con la filosofía que la llevaría a enamorarse de Abelardo, le permitieron abarcar tanta y tan inusual cultura que se encumbró como “la mujer más sabia de su tiempo”: algo nada difícil de creer en un ámbito tramado de situaciones absurdas, en el acomodo religioso y social de feudos y reinos germano franceses.
De su madre, una tal Hersenda, se dice que fue huérfana, dama, dos veces casada, viuda y monja a partir de 1096: mezcla nada inusual en la Edad Media, pues en la fiebre de la Iglesia por fundar y multiplicar conventos y abadías el requerimiento de la castidad era tan laxo que los casados podían dejar de serlo para entregarse “al servicio de Dios” en estado de hipotética abstinencia. De este modo la propia Hersenda, que sentó fama de ser “una caverna de fornicación”, pudo colocarse entre las fundadoras de la Abadía de Fontevrault, fechada en el período 1101 y 1115.
El de la carne era (es) el pecado más aborrecido por un clero al que sobraba autoridad y escaseaba congruencia. La carne avivaba los encendidos discursos antifemeninos y llenaba mamotretos sin cuento con deliberaciones doctrinarias que se iban al traste con más efectividad que los castigos susurrados en confesionarios. Poco y mal se sabe de esta Hersenda que deja a la niña a cargo de uno de sus dos hermanos para tomar los hábitos e incorporarse a una orden religiosa, acaso sin renunciar a la potencia sexual que le atribuyeron. Por la abundancia de testimonios sobre la disipación semi oculta en las órdenes religiosas, podemos suponer que ni la castidad ni el celibato, vigorosos en el posterior lenguaje de la Iglesia, no eran requisitos entre la expansiva población conventual.
Es fama que de Cluny para arriba y para abajo, abundaban las noticias francesas sobre desbordamientos y escándalos sexuales de la clerecía. Así que no sería nada excepcional que la madre de Heloíse “facilitara la entrada de hombres en el convento”. Cabe recordar, sólo por asociación, que muchos siglos después, al hacer excavaciones arqueológicas en el convento de las Jerónimas, al que perteneció Sor Juana Inés de la Cruz en México, los especialistas del INAH encontraron en fosas ocultas muchos restos de fetos y recién nacidos, acaso producto de abortos, de malos partos y muertes de niños engendrados entre hábitos y sotanas.
Así era el enredo de sexualidad desbordada y confinamiento conventual, tal y como ocurriera a uno o ambos padres de Eloísa cuando, aún con niños pequeños, tomaron los hábitos cada uno por su lado, tal y como también lo harían Abelardo y Eloísa tras el dramático nacimiento de su hijo, al que bautizaron con el nombre de Astrolabe o Astrolabio. Lo propio hizo Hersenda cuando decidió confiar a su hermano Fulberto, canónigo de París, la tutela de la muchacha –su ahijada- cuando Eloísa aún con concluía su infancia.
Considerada sabia y primera mujer de letras, desde su tumba comenzó a ampliarse la leyenda de Heloíse hasta elevarla a uno de los personajes más sugerentes y representativos de una Alta Edad Media que todavía tambalea entre la ficción y la realidad. Su amplísimo conocimiento, en especial de autores antiguos, no solo la expuso a ser reinventada a capricho, sino a ser admirada, envidiada y repudiada por las mismas causas. Sea Hipatía de Alejandría, Safo, la reina de Saba, Leonora de Aquitania, Sor Juana Inés de la Cruz, Santa Teresa, la propia Eloísa o cualquier otro gran talento femenino, sin distingo de época, quebranta los cánones y suscita reacciones encendidas. Y es que el saber con genio, cuando de mujeres se trata, es un hachazo a los convencionalismos y el golpe más desafiante para el orgullo masculino.
Es de creer que Fulberto no fue indiferente al genio de la sobrina y ahijada, pues mientras Abelardo vivía en su misma casa le confió el cultivo de su orientación filosófica en el 1118, cuando ella recién cumplía 17 años de edad y él 38. Es decir, él era 21 años mayor y en posesión de toda la experiencia que a Eloísa le estaba vedada: mecha y fuego, el drama estaba servido. Además de su fama, Abelardo era admirado por su noble cuna y cuanto de ella se derivaba: refinamiento, galanura y gusto por la música y lo bello. Sus confesiones al respecto en Historia calamitatvm, no tienen desperdicio:
No dudaba de mi éxito: yo brillaba por la reputación, la juventud y la belleza; mi amor no temía ser rechazado por aquella mujer. Heloísa –pensaba yo- ofrecía menos resistencia en cuanto poseía una sólida instrucción y deseaba extenderla aún más. A pesar de que a veces estuviéramos separados, podríamos, por la correspondencia, estar presentes el uno en el otro. Además, las palabras que se escriben suelen ser más ardientes que las que se pronuncian por la boca. El júbilo de nuestras conversaciones no conocería interrupción.
Inflamado de amor por esta joven (…) me hice presentar a su tío por amigos comunes, que le propusieron tomarme en pensión (…) Fulberto no solo era avaro; también estaba preocupado por facilitar el progreso de su sobrina en las artes literarias (…) Él cedió a su amor por el dinero (…) y confió a Heloísa a mi dirección soberana (…) La ingenuidad del viejo me dejó estupefacto…
“Confiar así una tierna oveja a un lobo hambriento”, según reconociera en su arrepentimiento posterior, facilitó la ocasión para que la pareja explorara “todas las fases del amor y la pasión”. Más allá de los límites contemplados por el amor cortés, instaurado en el siglo, Eloísa se entregó por entero y de por vida al estallido del amor-pasión que Tristán e Isolda, en contrapunto, consagraron al idilio al renunciar a la entrega y elegir la muerte antes que el adulterio. Cercano a los cuarenta de edad y dedicado al estudio, la voluptuosidad dominó por entero a un Abelardo al que cegaba el amor al grado de abandonar sus quehaceres, dejar de lado su inspiración y, si de escribir se trataba, no hacer otra cosa que versos dictados por su hoguera interior.
Como no hay enamoramiento sin riesgos, la pareja se atrevió con el peligro en pleno milenarismo. Más allá de la intervención de la Iglesia, hay que agregar el escándalo en sus respectivas familias ilustres, el afán de venganza de Fulberto, la diferencia de edad entre los amantes y la sucesión de desdichas que no descontó la ira del tío. Nada podría superar lo descrito por el propio Abelardo:
Fulberto y los suyos buscaban siempre una ocasión para vengarse de mí. Empezaron a divulgar nuestro matrimonio, violando así la fe que me habían prometido. Heloísa protestaba violentamente sosteniendo lo contrario, juraba que nada era más falso. Fulberto, exasperado, la maltrató muchas veces. Cuando lo supe, envié a mi esposa a una abadía de monjas, en Argenteuil, cerca de París. Allí había sido educada en su infancia y recibió la instrucción elemental. Le hice hacer y la vestí con los hábitos correspondientes a la profesión monástica, excepto el velo.
Cuando la noticia fue conocido por su tío y la familia, imaginaron que yo la había engañado y que mi propósito era desembarazarme de Heloísa. Cediendo a la indignación y a la cólera, tramaron una conjura contra mí. Una noche, uno de mis servidores, a quien habían comprado a precio de oro, los introdujo en la cámara retirada donde yo dormía y me hicieron sufrir la venganza más cruel, la más vergonzosa y que el universo conoció con estupefacción: me amputaron las partes del cuerpo con las cuales había cometido el delito del que se quejaban. Luego, huyeron. Dos pudieron ser detenidos; fueron condenados a la pérdida de la vista y a la castración. Uno de esos desgraciados era el sirviente del que antes hablé y que, ligado a mi persona, se había dejado corromper por codicia.
Dotada como él con cualidades superiores, a Eloísa se reservó, sin embargo, la peor parte del desenlace. Él por su parte, herido en lo más profundo y sin embargo reconocido entre los pensadores más destacados del Medioevo, no abandona su postura crítica ni, aún en su carácter de abad, deja de ser perseguido inclusive por los benedictinos, compañeros de orden, hasta el último día de su vida, a causa de sus postulados críticos en la teología, incluida la gracia divina.
Así fue como se mantuvo el ensañamiento de la razón contra una inteligencia en libertad, pues si Abelardo estuvo dispuesto a asumir las consecuencias de su elección, Eloísa en cambio aparece como la figura desvalida, la despojada de voluntad, aunque no de entendimiento, desde el momento en que todos determinan por ella y contra ella, cada paso en su vida: su juventud entre monjas, su pasión por Abelardo, la renuncia a su maternidad, su posterior confinamiento conventual, el apartamiento definitivo de su amado esposo y la condena de padecer una constante ausencia, al grado de decir que el hueco de Abelardo, más que ningún otro suceso, llenó absolutamente su vida.
Eloísa, más que el amante, es la figura a observar. Eloísa y su pasión mutilada; Eloísa enamorada y sin embargo atacada por el sentimiento de culpa, mientras Abelardo, en su perfecto papel de amado, se deja querer y recomienda encauzar su fuego al camino de salvación. Y ella, en sus cartas, nunca cesa de reclamar Dios su penar:
Allí hacia donde me vuelvo aparecen ante mis ojos y aquellos deleites despiertan otra vez mi deseo... Aun durante las solemnidades de la misa, cuando la plegaria debería ser más pura que nunca, imágenes obscenas asaltan mi pobre alma y la ocupan más que el oficio. Lejos de gemir por las faltas que cometí, pienso suspirando en aquellas que no puedo cometer más...", le escribe a Abelardo decidida a desacralizar la vida religiosa en el que él mismo la confinó, sin darse cuenta que, al profanar una religiosidad que no experimentaba absolutamente ella sin embargo consagraba su verdadera pasión.
La historia es fascinante. Lo suficiente para abundar más y más, hasta atinar con el hueso de una verdadera tragedia medieval. En lo que a estas líneas respecta, Abelardo, como monje de la orden de San Benito apela al Papa Inocencio II, en Roma, para resolver las confrontaciones que lo condenan. Enfermo de gravedad, es recibido en la Abadía de Cluny por Pedro el Venerable, hasta su muerte, ocurrida en 1142, a los 63 años de edad.
Enterrado en principio casi en secreto en el cementerio del Père-Lachaise, en París, de inmediato Eloísa, acude al conde de Champaña Thibaut IV de Blois para negociar con Pedro el Venerable el traslado de los restos a la Abadía del Paraclet, situada en Ferreux-Quincey. Eloísa lo sobrevive 22 años y muere en 1164, a los 72 años de edad. A cambio de su petición de ser enterrados juntos y de que pusieran su cuerpo boca abajo, encima del amado, aceptó que la Abadía del Paraclet fuera incorporada a la orden de Cluny. Tal filiación no sería aceptada por Roma hasta el año 1198.
Los desdichados amantes comparten tumba en el cementario del Père-Lachaise desde el siglo XIX.
Reservadas al secreto o al cotilleo, las historias privadas son el mejor registro del espíritu de los tiempos. La intimidad atesora la sal de la vida. En parte, el exterior determina la conducta porque presiona, conforma y deforma; lo oculto, sin embargo, es la tablilla donde se inscribe el relato incómodo de la existencia. Al desvelar lo que se calla o se confina en corredores oscuros estalla el escándalo y, con él, un surtidor de versiones que, literarias en el mejor de los casos, retratan la temperatura del ser ante la imposibilidad de modificar el destino. Historias/espejo como ésta perduran en la memoria como referente de las diferencias entre géneros y culturas a los ojos de Dios. Fresco aún en el historial de infamias, Pedro Abelardo y Eloísa protagonizaron uno de los amoríos más sonados justo cuando, desde el papado y entre toda la cristiandad, se atizaba el delirio redentor agravado con mortificaciones del cuerpo, mandas, sacrificios, abstinencias forzadas y horas interminables entregadas a la oración.
Nada mejor que las acciones proscritas para exacerbar demonios, miedos, prejuicios y supersticiones de creyentes fanatizados. En ese sentido y por encima de los legendarios Tristán e Isolda, lo padecido por Abelardo y Eloísa en el París del siglo XII congregó todos los ingredientes para ilustrar, cual ficción verdadera o verdad ficticia, un régimen de dominio tan brutal y perverso como solo puede serlo el de la intolerancia fomentada en nombre de Dios.
En tanto y la más erótica y sensual literatura islámica endulzaba la sensibilidad andalusí, desde una agitada ciudad de Córdoba, los amplísimos intereses papales sufrían las consecuencias del gran cisma (año 1054) que desde entonces y de manera definitiva separaría geográfica, dogmática y doctrinariamente la Iglesia en romana y bizantina. Tal ruptura, en medio de tremendas sacudidas políticas, económicas y sociales que imposibilitaron la aplicación de cualquier estrategia de concordia en ambos lados del cristianismo, provocó el endurecimiento tanto del control de la creatividad como del principio obediencia entre la feligresía.
El primer gran efecto de tal división fue la intransigencia extrema del clero que, imbuido de autoridad para condenar a las almas en éste y el otro mundos, administró con idéntica irracionalidad lo prohibido y lo permitido. La subsecuente cancelación absoluta de libertades, “en nombre de la fe”, dio paso franco al imperio de la superstición, el comercio indiscriminado de indulgencias y reliquias, la superchería espiritual y la arbitrariedad hasta instaurar la costumbre de condenar a discreción cualquier brote o gesto de rebeldía, pues no se podía aspirar a nada que no fuera la santidad, a la supeditación a la autoridad inviolable y a la salvación de las almas.
Tanto para el cristianismo como para el aún joven Islam sería difícil y accidentado superar resabios dispersos de la caída del Imperio Romano, fechada en definitiva en el siglo V. Parte de la Antigüedad se respiraba en la vida cotidiana durante la Alta o temprana Edad Media, aunque predominaba la urgencia de aniquilar cualquier vestigio de paganismo. Una desenfrenada necesidad de autoafirmación religiosa incurrió en tremendas injusticias y calamidades en lo público y lo privado. El historial de acosos y persecuciones, tramado de órdenes religiosas recién fundadas, plegarias y agrupaciones de caballeros “defensores de la fe” era inseparable del gusto por las intrigas, las invasiones territoriales y de una cabal ausencia de escrúpulos entre miembros mayores y menores de un clero ciego para sus faltas y de mano dura contra los pecadores.
El belicismo y la intransigencia imperantes en la geografía de los monoteísmos no impidió al Islam crear obras artísticas de una notable libertad, incluida la colección de relatos populares en varias lenguas posteriormente reunidos en árabe en Las mil y una noches. Expuesto a cismas y confrontaciones internas, el cristianismo en cambio selló con furia su clericalismo, se concentró en la creación de un arte litúrgico auxiliado con vidas de santos a cual más de exaltadas y típicamente escatológicas y cerró filas en la producción monacal de mamotretos –principalmente tratados, misales y libros de horas- para abundar en temas filosóficos y arengas a favor de la humildad, el ascetismo y la penitencia. A esa tradición, en la que destacarían San Agustín, Anselmo de Canterbury y Tomás de Aquino, pertenecería Pedro Abelardo, celebrado entre sus pares por sus tratados sobre teología y filosofía.
Imposible equiparar la sensualidad oriental, distintiva de la riquísima cultura árabe, con la austeridad monotemática del Medievo europeo. En un panorama dominado por la severidad cristiana, el desplazamiento de los cruzados abrió una ventana a la creación de novelas y relatos de caballería: verdadera exaltación de logros y fantasías masculinas, invariablemente coronadas con la figura casi sagrada de la Dama. Para una fogosa Eloísa que descubre a los diecisiete años de edad la pasión potenciada por la sexualidad fusionada a la atracción intelectual, aquél entorno sobrecogido con amenazas de hoguera o condenación eterna, con cantos a la pureza y al sacrificio y proclive al culto del martirologio, debió representarle al verdadero y tangible infierno. Así consta en sus misivas, todas ellas marcadas por reclamos a Dios y protestas emitidas al pie del altar por haberla despojado de su amor “hasta reducirla y sacarla del siglo”.
Si el placer coronaba el horror cristiano, se reprimía hasta la más sutil expresión de erotismo, sexualidad, goce de los sentidos y curiosidad intelectual. La tremenda psicología del pecado no era otra cosa que odio a lo femenino. Tal la causa por la que floreció el amor cortés o “amor tras la cortina”, y la costumbre trovadoresca de cantar las florituras del cortejo en plazas o entre damas encerradas en castillos o en sus torres y caballeros partícipes en torneos, aventuras de conquista y batallas triunfales en tierra de infieles.
Como no fueran el filón poético reservado al misticismo o unión mística con Dios y el cultivo del canto monódico, simple, llano o gregoriano, el arte también quedó supeditado a la infame y perdurable figura del pecado: fuente fecunda del desprecio absoluto e intimidante a las más altas virtudes humanas. La feligresía medieval, de tal modo, tuvo que plegarse a la generalmente calificada “época de oscuridad” de un cristianismo teñido de corrupción, espiritualidad, rebatiñas por el poder, saqueos, crímenes y severas contradicciones que afeaban la propaganda de humildad, caridad y amor al prójimo. El saber proscrito, por otra parte, significaba un claro contraste en la política de fundaciones de monasterios, abadías, universidades e instituciones encargadas de unificar y divulgar no solamente la expansiva escolástica, sino principios doctrinarios que encumbrarían el poder papal, cabeza de la Iglesia de Roma para Occidente.
Si bien el rigor piramidal de la Iglesia sirvió para sujetar al villano agreste y de pobre experiencia urbana, la población educada, principalmente captada por la vida monacal o destinada a crear los órdenes y administraciones feudales, militares y/o civiles, era la que más padecía el determinismo religioso. No había otro margen de acción que el concedido por la gracia –invariablemente arbitraria- de los dueños de la verdad absoluta en su carácter de representantes de Dios en la Tierra.
Como sería de esperar y sobre la gran división de la poderosa cristiandad que daría vida propia a la ortodoxia oriental, el agitado siglo XI declinó en el territorio europeo en medio de embates feudales y militares, campañas contra el poder del Islam, peregrinajes violentos a Jerusalén y la profusión de robos, asesinatos, emigraciones masivas, enfrentamientos entre turcos y cristianos y no pocas persecuciones públicas y privadas que arrasaban con fama, fortuna y la vida misma. Triunfó el fanatismo de un clero aún sin unidad que oscilaba entre la disipación, la intransigencia, el control del conocimiento, la enseñanza, la prédica cerrada, la prédica y la corrupción. Apoyado en el alegato de la defensa de la fe contra los blasfemos y la liberación armada de Jerusalén y los Santos Lugares, el papa Urbano II se prodigó en arengas hasta convocar, en 1095, el Concilio de Claremont para movilizar a la feligresía en contra del dominio musulmán en los recintos y territorios sagrados: con esta fecha puede decir que el signo de la Alta Edad Media se había puesto en alto.
Tal era el ánimo reinante cuando Pedro Abelardo nació, en 1079, en una aldea próxima a Nantes. Además del declarado interés de los señores feudales de no renunciar a sus privilegios ni responder en primera instancia al mandato papal contenido en el grito “¡Dios lo quiere!”, la Alta Bretaña estaba imbuida del fervor religioso atizado con ánimo expansionista que inauguraría, en 1096, el fenómeno más importante del milenarismo: las Cruzadas. Liderada por mayoría de nobles medios provenientes del reino de Francia y del Sacro Imperio Romano Germánico, la Primera Cruzada fue el fenómeno inaugural de la migraciones masivas del pueblo-pueblo que caracterizarían al milenarismo. Integrada por caballeros, soldados y muchedumbre de artesanos y campesinos tan fanatizados como ignorantes y deseosos de acceder a la doble recompensa terrenal y eterna, la fuerza invasora era inflamada por el clero con una mezcla de fe, codicia y un implacable afán de dominio. Así, al avanzar por el Sultanado de Rüm cometiendo rapiña y media en los años inaugurales del siglo XII y dejar tras de sí una mortal siembra de brutalidad, violaciones, crímenes y despojos, este desplazamiento de “cruzados” iba construyendo fortalezas, templos y sagrarios en sus rutas consagradas. A su paso dejarían los guerreros de la fe sobrada constancia de lo poco piadoso, cristiano y compasivo que era credo en todas sus partes: desde el dominio papal hasta sus más modestos defensores armados.
Radicalizada sin remedio y llevada a su máxima expresión de brutalidad durante los siglos siguientes, la brecha entre el Islam y el cristianismo dejó para la historia del Medio Oriente un horrendo surtidor de sangre, ciudades arrasadas y cuerpos desmembrados. El fenómeno de las cruzadas con las migraciones que provocó, con enriquecimientos provenientes de saqueos tremendos, con el surgimiento de cotos de poder que deben ser estudiados para conocer a fondo los alcances deshumanizados de que son capaces las religiones cuando se fanatizan, estremeció hasta la raíz dos mundos inconciliables. Desde entonces, el cristianismo y el Islam quedaron para siempre enfrentados y mutuamente cargados de odio, hasta ahora irremisible.
Si bien el caso de Eloísa no puede ni debe abordarse sin estas consideraciones, el entorno en el que creció Abelardo era también, por consiguiente, del más puro fanatismo a pesar de que a los hombres estaba reservada la posibilidad de pensar, actuar y elegir no obstante los límites señalados. Su padre Berengario trazó para él y sus hermanos un modelo de educación ajustado a las más altas exigencias, propias de su nobleza. Destinado a la vida militar en la que se destacó Berengario, el niño repudió las armas y condenó la violencia. Dotado con un talento de excepción, se caracterizó en cambio por cultivar el estudio, la música, la retórica, la filosofía y el canto. Ante el disgusto paterno por elegir las humanidades, tuvo que renunciar a su herencia y a los derechos de su primogenitura para concentrarse en el ejercicio del pensamiento, lo que por necesidad estrechó sus vínculos con el clero.
Presionado por su circunstancia familiar y a la sombra de los alborotos religiosos, se hizo viajero constante en pos del saber que no se oponía del todo a su realidad doméstica, pues sus padres eran tan devotos y cumplidos cristianos que cada uno por su lado, en plena madurez, renunciarían a sus bienes, tomarían los hábitos y se dedicarían a la vida contemplativa. Pedro Abelardo, en cambió, descubrió que nada en el mundo era más disfrutable y digno de una entrega cabal que el culto al saber. Simpatizó con los peripatéticos y hacia los veinte años de edad se integró a la célebre escuela episcopal de París, dirigida por el archidiácono Guillermo de Champeaux, donde obtuvo el título de Magister in artibus. Orgulloso de su dominio de las disciplinas atesoradas por la Iglesia en la formación medieval -retórica, gramática, dialéctica, aritmética, geometría, astronomía y música-, fue cediendo a la soberbia de un modo no tan secreto, hasta pagar con creces lo que la religión condena como pecado de orgullo.
Amante de los debates y en posesión de atributos que sin esfuerzo lo hacían brillar ante los más destacados maestros, el joven y refinado Abelardo, con modales propios de la nobleza, se desplazaba en busca de los mejores para probarse y probar en público sus habilidades dialécticas. Una de las poquísimas autobiografías medievales conocidas en nuestros días, su Historia Calamitatum (Historia de mis calamidades) refiere en misiva dirigida a un amigo -desde luego a su favor-, el cúmulo de desdichas que lo elevaron a figura/cifra del Medievo.
Allí describe cómo él mismo forzó a discutir en París a su maestro Guillermo de Champeaux, “en cuyos círculos florecía la dialéctica”. Tras ridiculizarlo “por su realismo ingenuo”, lo convirtió en su enemigo vitalicio. No contento con disminuirlo, hizo que lo abandonaran sus alumnos para incorporarlos a su propia escuela: Mi fama se acrecentaba día a día: la envidia se encendió contra mí. En fin, presumiendo en exceso de mi genio y olvidando la debilidad de mi edad, yo aspiraba, a pesar de mi juventud, a dirigir, a mi vez, una escuela. Establecida en la prestigiada Melun, ciudad real, pronto estalló el conflicto entre discípulo y maestro, a resultas de lo cual Abelardo trasladó escuela y discípulos a Corbeil –cerca de París- mientras que, humillado, Guillermo abandonó la enseñanza, tomó los hábitos y se retiró a la soledad de Saint-Víctor, hacia 1112 o 1113, aunque nunca dejó de denostar al rival.
Mitificada o no; convertida en paradigma de los infortunios amorosos de una pareja singular y colmada de detalles para conocer dos destinos distintos que solo se cruzaron para acentuar su signo trágico, lo cierto es que las varias versiones que enriquecieron durante unos ocho siglos esta historia de amor, desamor, fanatismo, ensañamiento familiar y hasta de un grito femenino desesperado y vuelto contra el poder divino, no ofrecen desperdicio. Tanto Pedro Abelardo como Eloísa merecen, cada uno por su cuenta, una mirada acuciosa para leer las entrelíneas de un determinismo que no se ha abolido del todo; no, al menos respecto de la realidad femenina, pues aunque el talento de la joven era un hecho tan estorboso socialmente como admirable e indiscutible, para su maestro e inevitable amante, el torneo intelectual significaba probar su superioridad sobre los notables. Hay que entender, por consiguiente, lo que le representaba el descubrimiento totalizador de una muchacha ajenada en casa del tío como traída de otro planeta. No se trató únicamente del estallido de la pasión, era además el fuego compartido del saber entre dos inteligencias atípicas. Para el gran vencedor de lides verbales, ella representó el trofeo inequívoco que a poco se transformaría en regalo envenenado.
(Continuará)
Desde que Rimbaud escribió que “la vida es la farsa sostenida entre todos”, la mitología redujo su función de espejo de anhelos, temores y sueños extraordinarios para ceder a la novela el arte de mostrar a los hombres en su cabal desnudez. Grotesca y aterradora en ocasiones, desde entonces la realidad, protagonizada por gente como uno, sitúa en su exacta dimensión a aquellos monstruos, más ficticios que verdaderos. Medusa misma se paralizaría ante el alcance de la bajeza y la hondura de la maldad que nos circunda. No más hazañas extraordinarias, ni fábulas ni historias insólitas; tampoco héroes que desafiaban a los dioses mediante embates contra criaturas y situaciones magníficos. Nos basta observar lo que hay para repetir, con Albert Camus, que "cada hombre engendra un monstruo". Para confirmarlo, el siglo XX creó un nutrido batallón de antihéroes para ilustrar la violencia, la falta de escrúpulos y de cuanta brutalidad es capaz nuestra especie. En paralelo al universo literario que presenta y representa la vida, la cultura del espectáculo se encargaría de abolir hasta el último reducto de sugerencia para fomentar, exhibir y explotar comercialmente y en toda su crudeza, lo que –paradójicamente-, oculta la desnudez; es decir, el alcance ilimitado de la perversión.
Mediante personajes transgresores, contradictorios y desmesurados, la literatura moderna se deslizó hacia un realismo tan tremendo que arrancó el velo a lo que la sociedad se negaba a aceptar y, en apariencia, no podía soportar: violaciones, crímenes, dolor, servidumbre humana, crueldad: el mal en sí y por sí mismo. Los narradores se atrevieron con lo que sus antecesores tuvieron por proscrito: la verdad oculta, la verdadera y tan tremenda que provocó complicadas heridas de conciencia que al tiempo se agravaron, lejos de subsanarse. Así, desde la perspectiva literaria comenzó a hablarse con familiaridad de “los grandes mitos modernos” como paradigmas identificables por la mayoría. De pronto proliferaron figuras reales, con nombre y apellido, en la que ya es, sin duda, una nueva mitología. En ella ocupa un lugar destacado el personaje de una novela hiperrealista como Lolita que, de menos, deja al descubierto uno de los dramas que más lastiman la dignidad. No faltan entre los nutrientes del imaginario colectivo actrices tan monumentales como Marilyn Monroe o Sofía Loren, “divas” a la manera de María Callas, famosos del espectáculo, boxeadores, atletas o futbolistas... En esta clara tendencia a “mitificar” tanto personas de carne y hueso como personajes de novela, fantasías, deseos, bajezas, situaciones e inclusive fenómenos políticos o religiosos se imponen la obviedad, la crudeza y el compendio de signos que espejean la complejidad que nos ha tocado en suerte.
Hay que reconocer, sin embargo, que en el inconsciente colectivo subyacen las mismas peculiaridades que inspiraron a los griegos la creación de las vengadoras Irinias; persisten los móviles que los llevaron a discurrir a Medusa como símbolo petrificante del Miedo o del tremendo sentimiento de culpa que, insoportable a pesar de esfuerzos monumentales por abatirlo, hicieron que Hércules se arrojara a la hoguera para “purificarse”. Aun así, ni siquiera su espantosa manera de buscar la muerte en las llamas lo libró del dolor insoportable de la culpa. El hombre pues es el hombre, es el Hombre… Lo que varían son los modos de manejar las respuestas circunstanciales a los mismos y viejos yerros.
Los hombres y su montón de secretos son los mismos para los hijos de Adán que para un recóndito profesor y pederasta que, como el Humbert novelado con maestría por Vladimir Nabokov, se enamora apasionadamente de una niña de doce años cuya perversidad compartida parece gritar, con Baudelaire, que “la humanidad tiene como primer instinto hacer daño”. La diferencia que separa a unos seres de otros subyace en la inocencia aparente con que los ancestros remotos cedían a sus impulsos bajo la mirada implacable de los Inmortales. Si algo destaca en el “mito” o más bien en el ya sin temor a equivocarnos podemos definir el “complejo de Lolita” (en términos psicoanalíticos) es precisamente que la indiferencia es la forma más refinada de la crueldad social que a todas luces nos ha obligado a ver la violencia y la degradación como si fueran hechos naturales, casi obligados e inevitables.
Despojada de la fuerza vivificante de los mitos clásicos, la humanidad ha quedado desasida, como legión de sombras o seres en tinieblas. Somos la única especie supeditada a su sentimiento de orfandad, aunque ahora sin la visión tutelar y vigilante de los antiguos dioses, con los que sin duda en el pasado podía dialogar o cuando menos relacionarse. Cuando una sociedad se ha empeñado en matar a sus entidades y acabar con sus héroes, descubre que la humanidad al desnudo y por sí misma, tiene poca originalidad, mucho aburrimiento y más y peores bajezas y tendencias devastadoras que las que pueden reconocerse. De ahí que, bajo el imperio de la crudeza, las historias extraordinarias se fusionen al universo de la pequeñez cotidiana, donde brilla la estupidez y la necia costumbre de repetir los errores. Y en eso estamos. No hay grandeza ni hazañas en medios dominados por el Mal, el individualismo, la autocomplacencia, el tedio y la inclinación al ridículo. El erotismo, la brutalidad, la sinrazón y la indeclinable costumbre de tropezar con las mismas piedras son iguales ahora que para los descendientes de Abraham o para la de aquellos griegos que veían la señal del destino en todos sus actos. Sin embargo, en cada cultura varían las reglas, los estilos de utilizar el poder de la palabra. Varían la civilidad, la fuerza moral del derecho, la proyección artística y el atractivo que por ejemplo en los griegos, ejercían aquellos relatos cargados de poesía en los que andaban mezclados hombres e inmortales, monstruos castigadores y pegasos voladores, flores del molu que hacían olvidar la patria, Minotauros, Ariadnas, Clitemnestras, Heracles y más de una Helena capaz de desencadenar sucesos inauditos.
Las normas modifican los juegos entre lo prohibido y lo permitido. A querer o no, las ficciones verdaderas fincan su propio atractivo donde las culturas más y peor se degradan por una visible tendencia autodestructiva. Ahí es donde, desde la primera transgresión, aparece la novela como si fuera escalpelo. Su cruda verdad rasga la hipocresía de “las buenas conciencias” para dejar al desnudo la brutalidad de lo real que ya no podemos dejar de ver. No más Tiresias chismosos ni Casandras anunciando la fatalidad con voz temblorosa y condenada a no ser creída. No más inframundos donde las sombras piden a Ulises que las reanime con sangre para volver a la superficie, donde habitan los vivos. No más medusas coronadas de serpientes para petrificar a los hombres ni Ícaros o Teseos, unicornios o sirenas. Lo de hoy es lo que es en su versión pura y dura: el hecho de vivir en permanente estado de crueldad, con el ojo en alerta sobre el peligro y, de manera paradójica, en tal comodidad que la ley del antiguo esfuerzo tiende a reducirse a su máxima robotización.
La verdad verdadera ya no se oculta en mitos ni en fábulas ni en pregones religiosos envueltos en invenciones deliciosas. Tampoco el secreto mantiene su antiguo poder de atracción. Ahora el yo, desde los días de su creador Montaigne, se desdobla mediante el recurso expansivo y esclarecedor del ensayo. Se ilustran el mundo y la existencia en los reflejos de la ciencia ficción. Se canta la vida en la poesía o se presenta la realidad, nítida y tremenda como es, en el arte de la novela.
En la escritura actual, como antes en voz de poetas o rapsodas, se expresan los nudos de que está hecha la vida. Así y entonces, entre las frases que van saltando de la página hasta el ojo y la mente de los lectores, se va causando el prodigio que muestra a un Humbert que va relatando su tétrica historia desde la cárcel. Al describir suceso a suceso el drama que no deja de estremecernos vuelve, como en el pasado remoto, a manifestarse el horror con una tensión interna que todo devora, inclusive la curiosidad del lector. Así es como vuelve a experimentarse el estallido de las pasiones que sin piedad agitan hasta a los mismos dioses.
En ese filón de lo que ha sido común y ordinario brillaría la pluma de Vladimir Nabokov. Acusado de pornográfico, ningún editor en los Estados Unidos advirtió en los archiconservadores años cincuenta que Lolita sería una de las más influyentes e irritantes novelas de nuestro tiempo. Lolita saltaría de las páginas impresas a la mitología de nuestros días. No como heroína, sino como víctima más que representativa de la perversidad y del antifeminismo que aún nos alcanza.
Centrado en las relaciones sexuales entre la disipada niña de doce años de edad, y el maduro y no menos retorcido profesor Humbert, Nabokov arrancó el velo a la pedofilia que solía encubrirse con hipocresía, de preferencia entre sacerdotes, o al menos sobrellevarse con la indiferencia social que de tantas infamias es también responsable. Son recientes y aisladas, aunque ineficaces en mayoría, las legislaciones que condenan la pedofilia en buena parte de mundo. Lo común es voltear la cara para no ver la infamia extendida hasta el lucrativo negocio de la prostitución infantil.
Lolita parte de una ficción verdadera o de un hecho verosímil novelado como pura ficción. Antes que Nabokov hiciera del tema una obra clásica del siglo XX, otros autores se habían probado con la atracción que ejercen las niñas y adolescentes en hombres de mediana e inclusive de edad avanzada, pero ninguno logró la aguda penetración emocional, sexual y totalizadora que haría de Lolita el verdadero referente de la pedofilia y la humana degradación. Como en todos los mitos, la trama es mero escenario para destacar la señal de un horror que se aloja en la consciencia antes de mostrarse en el cuerpo. Y ahí, en los Estados Unidos del medio siglo XX, como podría ser en cualquier otro lugar, aparece un profesor a quien atraen las niñas entre nueve y doce años de edad a causa de un suceso –el destino- que determina su historia. Para conseguir el favor de la niña, Humbert desposa a la viuda y solitaria Charlotte, su madre, y fantasea con matarla para cumplir su propósito. Fortuna hace que ella muera antes atropellada por un automóvil y durante un año él, en su carácter de padre sustituto, emprende con Lolita una odisea sexual por todo el país hasta establecerse otro año en el lado Oeste y comenzar de nuevo el viaje con la joven adolescente. Durante la huida aparece otro hombre enamorado de Lolita y la rapta.
Tres años después Humbert, en su abandono, descubre su identidad y asesina al rival. El desenlace rompe la estructura de lo que podría ser un verdadero mito al enfrentar la justicia y mostrar a una Lolita preñada. Tras el final marcado por la muerte sugerida de los protagonistas quedaría el signo de la pedofilia encarnado en la perversidad compartida e idealizada por un adulto entrampado en sus fantasías neuróticas y la violencia que entraña la aparición de la culpa.
Al cerrar el libro aparecen en la visión del lector las Lolitas y los Humbert que pueblan la realidad en medios cuyo arquetipo, más allá de la fábula como ocurriera en la tragedia de Edipo, dibuja el quebranto de miles de historias que no consiguen ennoblecerse ni con el arte de la palabra. ¡Y vaya si Nabokov fue un escritor más que dotado!
Vivir es como escribir sin corregir, se lo he leído dos o tres veces a Lobo Antunes. Tiene razón. Pienso en el guión mal dispuesto y al fin entregado al azar que determina nuestras vidas. Compatible en lo esencial con mi talante, su relación con el silencio, la soledad y muy especialmente con la literatura ha sido eje de una estrecha, muy estrecha conexión de-un-solo-lado, siempre al través de la lectura. No pierdo de vista que, desde Memoria de elefante, advertí que en su sensibilidad y su peculiar estética finca su identidad dubitativa y el nervio de su obra, una falsa dualidad que, en apariencia, aún lo sostiene al filo de la vejez.
En el modo peculiar de ver y entender el mundo de este portugués que dejó el tiempo completo de la psiquiatría para consagrarse a las letras descubrí el filón poético que a tantos contemporáneos ha sido negado. Para no apreciarlo demasiado tuve que separar al António Lobo Antunes que supuse real del autor en posesión de un finísimo estilete para escudriñar recodos del alma. De preferencia oscuros, estos recovecos que al parecer tanto lo atraen, obligan al lector a meditar sobre los misterios de la existencia. Así en Tratado de las pasiones o en El orden general de las cosas. Con la figura de la muerte en perspectiva, despliega los dones refinados de su profesión inicial para bucear en las vilezas y las embrolladas razones que mueven la conducta, tanto de los individuos como del Estado.
Uno de nuestros contemporáneos más notables, este gran novelista lisboeta no duda en zambullirse en el pozo inescrutable de la complejidad psicológica. Precisamente donde las frustraciones, los gozos y en general “las pasiones” van desnudando –de preferencia en primera persona- esa cosa extraña y con frecuencia enojosa que llamamos “condición humana”. Cuando pienso en la trillada “nuestra condición” inevitablemente recuerdo el pasaje casi inicial de las Antimemorias de André Malraux. Me refiero a unas breves líneas que sintetizan la vida entera en voz del futuro capellán de Verçors, su dialogante en la Resistencia quien, en 1940, entregaba partidas de nacimiento a manos llenas para salvar de los nazis a los judíos. Que después de unos quince años de confesar, “nada le había enseñado la confesión”, salvo que “la gente es mucho más desdichada de lo que pensamos…. “Y, además, lo que pasa es que, en el fondo, no hay gente madura”.
Ese mutuo afán de especular sobre la vida –acerca de la vida frente a la muerte- me llevó a establecer vasos comunicantes entre el complejísimo Malraux y el no menos complicado Lobo Antunes. No obstante la distancia entre sus edades, sus mundos, sus biografías y sus respectivos modos de abordar la aventura humana, ambos convergen al forzarnos a reflexionar en nuestras propias interrogaciones.
Coincido con el capellán y con el padre y el abuelo de Malraux en que el hombre es un mísero montón de secretos. En lo fundamental, el hombre está hecho de olvidos, de lados oscuros, de muchas frustraciones y de esas pasiones en las que el portugués bucea dudando de si él mismo es en verdad el gran escritor que los demás creemos que es. A diferencia del autor de La condición humana y fundador del Museo del Hombre, Lobo Antunes suele preguntarse cómo es que los lectores de tantos países se interesan por sus libros. En contrapunto de las dudas e inseguridades confesas del lisboeta, el colega francés murió entronizado en un ego monumental.
Él era él en lo público y lo privado, en el amor y en el desamor, en la gloria y en el dolor. Vivió como el gigantesco Malraux de las letra de la V Republique: un hombre de su tiempo que supo a la perfección quién era en la historia, en la cultura, en las letras e inclusive en el aprecio que le profesó Charles de Gaulle. Hay que releer Los robles que se abaten y La hoguera de encinas para comprender el trasfondo de la monumentalidad de su dialogante Charles de Gaulle, quien a su vez colmaba los días y la imaginación popular al afirmar sin pudor: ¡¡¡Je suis la France!!!!, especialmente al encumbrarse como un gran estadista, a partir de 1958.
Claro que la literatura es la vida y una pasión, acaso la más intensa de todas. De suyo desciende de la vida y se regresa a la vida. La voz, las voces de Lobo Antunes, rítmicas y hermosas, traspasan lo aparente y donde menos se lo espera, detienen el aliento. En su estilo caben la pausa y la fuerza vital del silencio. A diferencia del ensoberbecido e inalcanzable Malraux, aunque no menos talentoso, este peculiar escritor/psiquiatra portugués y protagonista él mismo de guerras internas y externas, se aventura a cruzar el otro lado, como gustaba a Borges y al mismísimo Lewis Carroll; es decir, António Lobo Antunes es un explorador magnífico del revés del alma/espejo.
Coincido con él en que muchas veces es preferible fascinarse con los escritores a través de sus libros que desilusionarse al conocerlos. Sólo son gente como el resto del mundo, salvo que el talento los distingue. Él mismo suele decir que si vemos a quienes leemos con admiración, con seguridad nos van a parecer horribles en su vida cotidiana, aburridos o soberbios insufribles. Aseguró que sus verdaderos amigos son los que tenía antes de sus libros. Por consiguiente, son los que te quieren como eres y a pesar de la obra. Para ilustrar esta distancia entre el hombre del diario y la celebridad relató que cuando un hombre encontró en una calle de París a la admiradísima actriz, le preguntó: “¿Es usted Sarah Bernhardt”?, y ella contestó: “Lo seré esta noche”. Yo misma he conocido a numerosos escritores que me harían coincidir en que “Ni siquiera Balzac era Balzac.”
Miedo, dolor, inseguridad, falta de autoestima, desesperación ansiedad, dudas, tendencias autodestructivas… Ese ramillete oscuro e inspirador de lo humano que como psiquiatra enseñó al portugués a ver el alma desde otras orillas es por necesidad nutriente de la gran literatura. Lo supo Tolstoi, lo exploró Yourcenar; con esa materia Flaubert dio vida a su insuperable Mme. Bovary y no se diga del estilete de Shakespeare que no dejó emoción sin tocar. Y eso es lo que se descubre en la obra de Lobo Antunes: al hombre en sí que ya no puede ocultarse ni de sí mismo, como ocurre en el cuento falsamente infantil “El traje del emperador”.
La obviedad del carácter de Malraux, a pesar de su natural mitomanía, impidió que las excelentes biografías que de él he leído me sorprendieran con la revelación de algún secreto. Convencido de que todo en su vida era trascendental para la historia y/o las letras, acaso nada tuvo tan recóndito que no se descubra en su vastísima obra. Si los tuvo, los secretos de Malraux trasmutaron en verdades ficticias. No así Lobo Antunes, quien sabe cuál es el hombre portador de un historia privada que vive más allá de sus libros y cuál el escritor inseparable de sus obras. De hecho y quizás como mecanismo de defensa, entrevista tras entrevista sigue neceando con que no sabe por qué se venden sus libros. Que si no sabe si es escritor. Que si hay cosas que le interesan más que su notoriedad o su fama, “como la forma en que el libro te lleva consigo cuando empieza a existir”, según consta en sus Conversaciones con María Luisa Blanco.
Que hay gente escribiendo sobre su obra y que está haciendo un gran esfuerzo por comprender “lo que yo no comprendo muy bien”. Y, más allá aclara el hombre de las contradicciones ostensibles que sólo lamentaría morir por dejar de escribir, “porque es el único sentido de mi vida. Mi vida sin la escritura no tiene sentido […] Sin libros me sentiría perdido […]” En sus ires y venires entre el yo doméstico y el yo público que se ostenta como creador de ficciones, para el Lobo Antunes que no abandonó del todo la psiquiatría cobra un gran sentido lo que Freud decía: que nuestra vida es un combate contra la depresión. “Y yo creo que eso es verdad –asegura António. Uno intenta atenuar la depresión con el trabajo, con el amor, con los amigos… Cada uno busca sus antídotos. Para Freud el objetivo de psicoanálisis es intentar cooperar con la depresión, transformarla en algo creativo. Jung, por su parte, decía que no envidiaba ni a los escritores ni a los pintores, porque quienes no crean tienen la fortuna de poder crearse a sí mismos, lo cual es mucho más importante”.
“Crearse a sí mismos…” Dilemas y afirmaciones así son los que nos dejan como al rey desnudo.
No obstante haberse jubilado hace años de la consulta, todos los días se va a trabajar en lo suyo al psiquiátrico. Allí, en ese universo y con esa población que tanto quiere y con la que dialoga hasta escudriñar el alma, lee, se relaciona y escribe lo fundamental de sus crónicas, sus ficciones, sus páginas todas. Con otros nombres que frecuento con similar simpatía, hubo un tiempo en mi vida en que me hubiera gustado iniciar la que creí que sería una gran amistad con Antonio Lobo Antunes. Al observar con detenimiento sus fotografías e inferir aquí y allá lo que podría haber más allá del silencio, no dudé en retomar sus libros y regresar al invaluable espacio que, inagotable, se tiende entre el creador y su lectora.
Y ése, entre otros, es el prodigio liberador de las letras: imaginar, escudriñar el inagotable espacio de lo sutil y posible mientras vamos leyendo historias y juegos del destino que, a querer o no, nos exhiben de cuerpo entero.
M. C. Escher
Hubo momentos en que la literatura y la vida eran una y casi la misma cosa; una era, más bien, extensión de la otra. Inclusive la música, la pintura, las protestas sociales, el teatro y el diseño gráfico parecían inseparables del estallido creador. Aunque breves, eran esperanzadores los instantes de alegría, consuelo y confianza en el poder transformador de la cultura. Y la cultura se abría y avanzaba como río vertiginoso, como si diera al traste con siglos de cerrazón y miedo a los cambios. Lectores y escritores tenían presencia social. No que fueran un montón equivalente al lleno de los estadios, pero hacían sentir la fuerza formidable de la palabra en medios balbuceantes y timoratos. Una, dos, tres voces se elevaban por encima de los demás. Se dejaban oír. Se reconocía la autoridad moral. Empresarios, uniformados y políticos temblaban cuando los figurones esgrimían índice y verbo contra las malas acciones.
Esto de los liderazgos –y especialmente de los intelectuales- era privativo de los hombres, ya se sabe. Pero al menos quedaba el consuelo de que, en otras geografías, algunas mujeres “incómodas” arrojaban obras y reflexiones tan deslumbrantes que, como hachas clavadas en terrenos pedregosos, no dejaban lugar a dudas sobre el alcance transformador y crítico de sus voces. Voces tan esencial y simbólicamente femeninas como las de Oriana Fallaci, Susan Sontag, Marguerite Yourcenar, Lillian Hellman, Simone de Beauvoir… Unos cuantos nombres en no más de cinco lenguas sacudían a las generaciones. En un remolino de ideas y transformaciones, las más jóvenes supieron que, por vez primera en la historia, no repetirían el destino de sus madres.
Esto sucedió en el siglo pasado. No durante todo el siglo, no. Fue cuando en nuestra América las ficciones y las letras adquirieron prestigio. De la costumbre de relatar boberas y enaltecer mundos tediosos y vidas pacatas, las plumas comenzaron a atreverse con los muertos, con desafíos a los dictadores, con disidentes trasmutados en palomas, con perseguidos que se refugiaban en salas de concierto, con el pasado barroco que uniformaba con lana gruesa y colores afrancesados a negros aún tocados con el síndrome de la servidumbre. Las ficciones verdaderas se entremezclaban a las verdades ficticias en una espiral de voces que hacían decir a los lectores que ya nada sería igual, que en adelante nadie dudaría del poder transformador de la cultura. En medio de un entusiasmo que dio en considerarse “realismo mágico”, aparecieron caribeños que derramaban sudor con la intensidad de las fuentes. Las mujeres, con libros entre manos, entendieron que servían para algo más que para procrear. Un tratado sobre ciegos quitaba el sueño y con soledades de cien años y más, las novelas hacían sonreír aun a los más tiesos. Las letras también le perdieron el miedo a la crítica, al ensayo y a la poesía quebradora de viejas métricas. Inclusive por la radio y la televisión resonaban las voces de intelectuales que democratizaban el saber y, con temor o sin él, demostraban que la política compromete a quien la ejerce, pero que el compromiso político compromete más a todo un pueblo.
Eran pues, años en que las historias consagraban la palabra y las palabras hacían mejores a las personas. Lenguas y muchas palabras vivificantes se sentían en el ambiente como el agua fresca en primavera. Una llamaba a la otra; algunas se traducían y lo nuevo hacía sentir que el vocabulario esencial, que hasta entonces se ignoraba o se daba por sentado, era tan grande, tan grande y en pleno ensanchamiento que las voces avanzaban como cohetes abriendo el universo. No que el mundo fuera ancho y ajeno, no, es que los autores lo jalaban hacia sí para dotarlo de una dimensión manipulable, al alcance de la vista, a la altura de lo que era posible comprender en dosis adecuadas de asombro, verdad y revelación.
Durante los años en que los intelectuales eran vistos, atendidos y temidos, inclusive los remisos aceptaron que el saber, la creatividad y las búsquedas no eran delirios ociosos, sino maravillosos instrumentos de salvación de personas y sociedades. En esos días de gloria, cuando las letras dotaban de sentido la existencia, hasta se llegó a creer que lo imposible no lo era tanto, que el porvenir sería mejor y que los Baby Boomers, hijos de la masa, portadores de rebeldía, de nuevas utopías, de música que hacía mecer el alma, de protestas consagradas como signos de los días y del lenguaje de la flor, encabezarían una edad de luz y de su anhelada democracia.
Eran los años en que los sueños se correspondían con actos cumplidos. Al menos eso se creía. Y ¿cómo no creer si el hombre pisó la luna y los anticonceptivos se podían comprar como aspirinas? El piso se sentía bajo los pies. Se caminaba como en estado de flotación. Las mujeres se aplicaban a abrir, abrir el asfixiante espacio del prejuicio para ganarle al tiempo lo que el tiempo les negó durante siglos. Ninguna ignoraba que arrastraban milenios de sufrir la mordaza como emblema de virtud. No más resignación abyecta ni toda esa costumbre de aguantar y llenar con lágrimas domiciliarias cubos y cubos de frustración y sueños fallidos. Claro, el puñado de pioneras llegó a creer que el feminismo, como milagro de la noche a la mañana, barrería con todo y lo barrería muy bien, empezando por las esperanzas frustradas y la condena discurrida por la imbecilidad moral.
Ilusiones. Muchas ilusiones, pero las mentes, el mundo se movía.
Un día amanecimos atenazados por la puritita verdad. ¿De qué panza salieron tantos sapos y culebras? Paridos con horror, los hijos de los cambios anunciados espetaron su “golpe de oreja” a los cófrades de la flor. Se impuso el pensamiento único durante la hora del rojo y el negro. Murieron o se marginaron las voces consagradas, respetadas, admiradas. Publicidad y comercio ensombrecieron las ideas. No necesitaron gritarlo, bastó demostrar que individualismo y pragmatismo encabezaban el progreso. Que nadie dudara de que el saber, el arte, las letras y el pensamiento crítico eran más peligrosos que las banda de criminales, la impunidad absoluta y la corrupción adherida a la vida social. Mediatizar la cultura, igualar hacia abajo, fomentar la indiferencia enfermiza de los vencidos: eso define al México moderno, al México actual, el de las conquistas democráticas.
El siglo cambió aferrado a los signos del Ave Fénix. Desplumada y caduca, el Ave no renació. Anidó el huevo podrido de la miseria moral, de la mentira, del abuso abyecto y de la infamia disfrazada de política liberadora. A cambio de la autoridad moral que ejercían los intelectuales, hoy los de dizque avanzada publicitan el insulto, el enojo acedo y los adjetivos necios. Esto es lo que aporta la “ciudadanía” al modelo de país que sustituirá los logros de las palabras que, por desgracia, ni fueron eternas ni llegaron a viejas ni consiguieron meter ideas en la cabeza hueca del hombre/masa.
Y en eso estamos: dominados por la medianía del hombre sin nombre ni cara. Estamos bajo el yugo sanguinario del crimen. No feminismos, sino feminicidios, desapariciones y robos para el comercio sexual. Estamos teñidos con el negro de la abyección, con el tartajeo de los vicios del consumo y del dominio aceptados como muestras de una fatalidad administrada por extraterrestres.
Muertos los días de la autoridad mítica, de las voces consagradas, de los compromisos con la verdad, aunque la verdad poco saliera de sus linderos utópicos, quedó a su aire la certeza de que todo está permitido: el absurdo de la vida burguesa, la degradación del arte de gobernar, la política reducida al juego de Juan Pirulero y la costumbre del chapulín, la mudez selectiva, la danza de monstruos cuyas atrocidades harían palidecer a Atila, a Stalin y a los malos malísimos dictadores africanos, asiáticos y latinoamericanos.
Las palabras quedaron partidas por la mitad. Perdieron sustancia, unidad, sentido, alegría y esperanza. Partidas y repartidas, las voces no dicen, aúllan y muestran un mundo despiadado, desalentador. Los lobos acechan. El amor está pervertido o aniquilado. El engaño impera y el cinismo exhibe su miseria moral con descaro. Hoy no hay voces equivalentes a las de ayer. Y si las hay, ni siquiera se notan. Y si, hay que insistir: la cultura y los intelectuales importan. Sin su fuerza moral sólo nos queda lo que hay: crimen, corrupción, impunidad…
sinembargo.mx
Un torneo de medianías. A eso se reduce el espectáculo de las contiendas, sin descontar el capítulo de las esposas/sucesoras: conjunto de nadie, mujeres sacadas de la nada que no sirven para nada. Sin ideas ni proyecto nacional; sin patriotismo, sin sensibilidad cultural ni estructura política; sin propuestas innovadoras ni visión del desarrollo con progreso; sin biografía que avale probidad y congruencia en sus aspiraciones: un desfile, en suma, de las peores características del realismo mexicano que cada sexenio renace y se reinventa con si el pasado no existiera. Cada sexenio seguir con fidelidad la tendencia a descender, a no saber qué hacer en presente para dejar el porvenir en manos del azar o para "vivir al día, como la lotería...", como cantara Ramón López Velarde.
Los candidatos nos acosan con veleidades cada vez más obvias y pagamos mucho, muchísimo dinero, esfuerzo y costo social para que el puñadito que va tras el Ejecutivo federal o estatal, tras una curul, una recompensa plurinominal o cualquier otra denominación vinculada al hueso protagonice un simulacro de democracia. No hay seriedad. Tampoco nada que esperar de la contienda que ya es feroz, bajuna, carente de ideas. Una mal llamada precampaña electoral sin signos comprometedores y sobrecargada de señales que indican que siempre se puede ir a peor; siempre se puede descender más y más y cínicamente demostrar que amar al país no es requisito para gobernarlo ni es necesario aplicarse para dar lo mejor de sí mismos en bien de la dignidad que tanta falta hace.
Muerto el nacionalismo a golpes de odio a las ideologías, México quedó sin nada porque, a decir verdad, era muy poco lo creado como sedimento para el futuro. Tras aquella pantalla de desmesurada pasión por “nuestro país”, que se mantuvo viva y “disciplinada” durante casi siete décadas, resulta que ni había patria ni sustento cultural para construir la democracia. Tampoco se formó la población para que entendiera, valorara y defendiera el significado de pertenencia responsable a un territorio y a un Estado específico. Esa es la desgracia, que por el peso ancestral del paternalismo el mexicano no tenga la iniciativa ni el espíritu de superarse. Siempre está con la mano tendida a la espera de que el padre otorgue, de que el padre premie, reconozca, bendiga, maldiga o castigue. ¿Cómo cambiar esa naturaleza dependiente?
Vacíos, pues, de responsabilidad moral, de decencia y de compromisos: así nos quedamos cuando, a la muerte del PRI histórico y con el subsecuente estrechamiento de las clases medias, quedó a la vista la inexistencia de estructuras políticas, sociales, educativas y económicas suficientemente sólidas para que las nuevas generaciones construyeran el México del siglo XXI. Al respecto, todavía falta llamar a cuentas al sindicalismo charro, que tanto daño hizo a la población. Dos décadas han transcurrido desde que el presidencialismo se autodestruyera y nada, absolutamente nada digno de reconocimiento ha surgido de los polvos de aquellos lodos. Como no sea una partidocracia espuria, subsidiada y carente de ideario y principios no hay evidencia de que la vida política, la propia ciudadanía y el sistema de gobernar hayan superado los vicios de sus antecesores; antes bien podría asegurase, dadas la injusticia social, la impunidad, la delincuencia descontrolada y una corrupción totalizadora y sin antecedentes, que el México “antipri”, el de los parásitos dizque forjados a la luz de la democracia, es moral, social y culturalmente mejor al que lo engendró en las postrimerías del siglo pasado. Y eso es precisamente lo que, con impudicia, se ha puesto de manifiesto en este torneo de deslealtades partidistas, acomodos y tales arribismos que sujetos tan abiertamente descarados como el tal Lozano pueden brincotear vociferando de una facción a otra sin siquiera un poco de discreción a la hora de presumir sus traiciones. ¿Algún compromiso de Meade con este tipo?
¡Pobre México! y pobres mexicanos tan incapaces de echarse palante. Pobre pueblo de vencidos y agachados, tan fácil de convencer con tan poco… ¿Y que sigue después de proferir tantos insultos? ¿Cuál es el país a construir? ¿Cuál el modelo, el ideal a seguir?
Ninguno de los candidatos siquiera imagina que las personas, cuyo voto es lo único que requieren y pretenden con avidez rayana en lo neurótico, somos sujetos sociales y políticos. Los electores tenemos pasado y pretendemos prefigurar un futuro menos desalentador. Ansiamos motivos para enorgullecernos. Requerimos razones para no avergonzarnos. Necesitamos país. Urge justicia, decencia, confianza. Deseamos patria y, en suma, estamos hartos de la chabacanería tercermundista que encumbra la mala vida y la marginación como sinónimo de buena gente. De eso ya está agotado el discurso mesiánico y más que probada su infecundidad.
Los adjetivos son lancetas hirientes, no alegatos. Ningún insulto sustituye al indispensable proyecto sociopolítico que no se ve, no se intuye, no se discurre en cabeza alguna. Y no lo hay porque los contendientes carecen de apegos partidistas, ignoran lo que es el patriotismo. No hay en sus antecedentes lealtades precisas ni convicciones definidas. Lo mismo sirven para un barrido que para un trapeado. Da igual inclinarse a la derecha, a la izquierda, vociferar, tambalear en el centro o dar vueltas sin sentido, como la burra alrededor de la noria.
De hecho y por donde se los vea, los partidos políticos están muertos. Ahora se presumen “ciudadanos”. De idearios y de partidos no quedan ni las divisas, tampoco cenizas ni sombra de compromiso. Mucho menos la vieja y necesaria formación de cuadros que encumbrara al IEPES. A cambio de ideas deslumbran los dispendios económicos de los que también estamos hartos los mexicanos; pero sobre todo, estamos avergonzados. Estamos atenazados, pues, por una banda de mediocres y ambiciosos de poder que, bajo ninguna circunstancia, parece dispuesta a comprometerse con el pensamiento y la acción. Pensar los males obliga a discurrir remedios. El problema es que la mayor crisis que padece el país es precisamente de inteligencia, de ideas, de calidad y congruencia moral.
Por todos los medios campea la demostración del descenso general de la sociedad. Y los contendientes, cada uno en lo suyo, son ejemplos representativos de la miseria cultural que, a querer o no y década a década ha jalado hacia abajo a la población. Allí está sumida la mayoría de miserables, de pobres y clasemedieros: en el pozo de la rabia, donde los males colectivos mejor se complican y resuena con nitidez el grito airado de millones de atrapados. Ése, así, es el saldo de décadas de degradación en el modo de gobernar. Si la clase política asimila para sí logros, vicios y aspiraciones de ciudadanía mancillada, la ya abultada criminalidad comanda el desafío de aniquilar resabios de orden e institucionalidad y la muchedumbre que pulula sin rumbo ni garantías facilita, con su actitud infecunda, que el caos se expanda de lo público a lo privado y al revés.
¡Qué impotencia sufrimos lo que aún creemos que México es un país con reservas éticas y culturales! Qué sensación de tristeza tan profunda atestiguar todos los días y minuto a minuto que la política se ha reducido a carrera imparable hacia el retroceso y la traición a los grandes ideales de los fundadores de la República!
¿Qué hacer con tal desaliento?
Asclepios, fundador de la medicina. Circa s. VIII ac.
Cuando la enfermedad me toma por asalto, procuro distraerme con lecturas sobre la fragilidad de la existencia. Un mal pasajero, aunque no menos perturbador, entremezcla lo vivido y lo aprendido en la relación del médico con el paciente. A fuerza de acompañar enfermos y gravedades en varias estaciones de mi vida, comprendí el valor de Ser médico: una pequeña joya del sabio y añorado Eduardo Césarman, que debería ser texto obligado en la profesión. Allí asegura y con razón, que “la mala muerte es la que se deja en manos de los médicos”. No obstante sus prodigios, la medicina ha elevado de tal manera su costo que, inaccesible para los más, aun los seguros se cotizan a partir de privilegios millonarios. Y no es ningún secreto que se puede prolongar la vida de los viejos, de los padecimientos degenerativos y de los desahuciados unas cuantas semanas, pero serán “las más caras de su vida”. Esta realidad lacerante, impensable en el pasado inmediato, es otro producto del monetarismo neoliberal en el complejo universo de la salud y la enfermedad.
Las contradicciones del modelo económico/social y del acoso fiscal que atenaza por tener o no tener, por ahorrar o por gastar y así sucesivamente, son insalvables y no dejan rincón sin afectar: mientras que de una parte el Estado favorece las condiciones para el incremento de ancianos en la población, de otra los margina bajo el principio que demuestra que envejecer es empobrecer. Mientras los pobres mantienen su desamparo en el último peldaño de las garantías vitales, la clase media sufre el hachazo de la tercera edad cuando se da cuenta de que al que tuvo, lo fastidiaron la devaluación y las corruptelas y al que apenas retuvo no le queda con qué costear el “privilegio” de ser un anciano atenido a su suerte.
Entre el oneroso sistema hospitalario, los medicamentos, laboratorios, tratamientos, terapias y los honorarios inmorales de los médicos he visto cómo se adelgaza el presupuesto de familias que, por deseo o pensamiento mágico, suponen que la salud de su enfermo depende de su fatídico empobrecimiento. Y claro que la mayoría se enfrasca en esta aventura porque, además de que no hay demasiadas opciones electivas, observamos curaciones asombrosas gracias a que el siglo XX desencadenó una sucesión de logros científicos, electrónicos y nucleares sin precedentes. Sin embargo, cuando ya no hay carteras, bienes ni préstamos para cubrir la vida artificial y las exigencias clínicas, la “ética” del régimen privado desaparece donde el lucro afianza su nombre.
Las cajas hospitalarias son el penúltimo eslabón de la desgracia. Con una cuenta de metros y varios dígitos en mano, al familiar insolvente le aguardan otros corredores del pánico a cargo de los agentes de “seguridad”. Atrapado por la deuda, no puede dejarlo adentro ni sacar a su paciente, porque se convirtió en rehén de la factura sin cubrir. Lo interesante es que nadie considera este abuso como un secuestro, a pesar de que las cuentas abundan en rubros insólitos e imposibles de comprobar o siquiera descifrar. En suma, respecto de la medicina privada, todo es cuestión de gastar y no parar hasta que los bolsillos quedan vacíos. Sin embargo y tomando en consideración que los seguros médicos son escandalosamente caros y limitados, la medicina privada es la única a la que gran parte de la población tiene acceso (y me incluyo).
Todo es comenzar el peregrinaje en un consultorio para depositar en un desconocido medio recomendado, una confianza ciega. Lo demás es una moneda al aire porque no hay modo de valorar sus atributos profesionales, su aptitud o sus verdaderos conocimientos. Al ojo pues, y obedecer la intuición porque tampoco hay referentes oficiales para considerar su confiabilidad, ya que la mayoría carece de obra significada y/o calificada. Así que esperanza y buena fe nos igualan a los remotos sumerios que iban a los templos de la salud para curarse mediante la gracia divina.
El hombre actual valora la salud y la libertad tanto como el habitante de la edad de piedra. No obstante apreciar en lo esencial estos dos pilares de la vida, mucho, muchísimo ha cambiado nuestra civilización respecto del conocimiento de los males, la intervención del médico y la supeditación del enfermo, pues en unas cuantas décadas la medicina privada se ha convertido en un negocio inhumano, a pesar de sus maravillosos logros. Gracias a la investigación sostenida de grandes talentos, a las políticas sanitarias, a los antibióticos, a la medicina social y las vacunas, el siglo XX fue el del gran salto de las muertes masivas a la conquista de una mejor calidad de vida que trajo consigo algo desconocido en el pasado: el envejecimiento de la población y las consecuentes enfermedades degenerativas de las que apenas tuvieron noticia los abuelos.
Entre las heridas de guerra, accidentes, partos complicados y ciertos males, durante milenios el promedio de vida mal podía rebasar los 35 o 40 años de edad. Ser ancianos, por tanto, es cosa nueva. Desde esa perspectiva, la historia se extiende como un arco en tensión entre los modos de nacer, curar, abatir el dolor y retrasar hasta lo posible la fatalidad de morir. Del diagnóstico y la curación mediante oráculos, sueños para recibir el recado del dios y enseñanzas básicas de los asclepíadas o médicos de la remota Babilonia a la era de la tecnología de punta que no deja parte del cuerpo sin escudriñar y/o modificar, las civilizaciones han dado un salto tan inaudito como el de la ingeniería genética, los trasplantes de órganos y la conquista del espacio.
Me emociona imaginar la confianza con la que, durante varios siglos antes de nuestra era, los peregrinos en busca de cura seguían los rituales asignados para cada enfermedad: primero, purificarse en el tholos, el estanque o manantial asignado. Pernoctar en el abaton o sala de dormir donde mediante una atenta introspección, recogimiento o incubatio, aguardaban a que el dios les hablara. Este indicio de diagnóstico por intuición se completaba con el oráculo y/o prescripción de los discípulos de Asclepios, el hombre/dios fundador de la medicina, llamados asclepíadas: elóboro negro para las locas de Argos; ungüentos y yerbas varias contra las fiebres; cuevas de confinamiento pobladas con serpientes seguramente para los más incautos y música, mucha música y poesía para curar a todos desde el alma. Antecedentes remotos de los hospitales de hoy, en ninguno de aquellos recintos estaba permitido parir o morir, ni siquiera en el pórtico de incubación y mucho menos en el de la convalecencia. Sostenidos con donaciones asequibles, aquellos complejos templos de la salud eran de una sofisticación fascinante.
No deja de ser verdad que, con tecnología de punta o sin ella, el hombre es lo que ha sido. En el fondo de su ser continúa aguardando el recado del dios y, con escandalosa asiduidad, de manera simultánea se practican la superchería, la magia, los oráculos y cuanto enredo se discurre para curarse con mediación de poderes oscuros. Así me quedó en claro al ver un hermoso documental sobre un connotado cirujano que con auxilio de la robótica y a través de su computador dirigió desde Boston una cirugía como de ciencia ficción: un tumor enorme entre la cara y parte del cerebro de un niño en la India que pudo ser intervenido después de peripecia y media.
En tanto montones de especialistas y recursos de lo más sofisticado se congregaban para realizar una hazaña intercontinental, parientes y aldeanos auscultaban “el otro lado” para “proteger” al niño con sahumerios, amuletos y cuanto artilugio se pueda una imaginar. Y si que ocurrió el milagro, a partir de que se pudo obtener el financiamiento gracias a algunas fundaciones internacionales. Se sumó la generosidad del talentoso cirujano de prestigio mundial que además de no cobrar honorarios, contribuyó a formar médicos de la India y hasta habilitar las condiciones hospitalarias requeridas en Nueva Delhi.
Mejor que nadie Einstein supo que cuando ciencia y humanismo se fusionan ocurren milagros. Y así lo afirmó: “Hay dos formas de ver la vida: una es creer que no existen milagros; la otra, que todo es un milagro.” Hay que creer, pues, que algún día será posible abatir el lucro en la medicina para democratizar el acceso a la curación. Mientras tanto, sin embargo, roguemos no enfermarnos de gravedad a la Guadalupana, porque eso es es para ponerse a temblar.
Elvira Gascón
Tiempo de relecturas. A salto de autores, se unifica lo real. Sea Shakespeare, Cervantes, Pessoa, Neruda o mi voz interior, cuando se trata de amores generalmente triunfa la fantasía, por lo que de antemano está servido el conflicto, el enredo o la frustración. La pareja ideal se prefigura al filo de la adolescencia. Con suerte madura; si no y a partir de entonces, la visión idílica del amor sigue sus propias leyes, sin conciencia de lo real, sin autocrítica ni disposición de ver y aceptar que lo que es es como es. Así se impone con facilidad el intruso y desencadena el infierno: infierno a veces más bien anodino, otras tedioso, loco o violento cuando rozamos lo peor. Y lo dejamos pasar, en las páginas y en la vida. Cedemos y concedemos. Remember Mme. Bovary, Anna Karenina, Julian Sorel, Philip Carey, en La servidumbre humana… Unos ejemplos peores a otros, la lista es antigua e interminable. Y hasta donde recuerdo, nadie acaba bien, ni siquiera los héroes.
La gente va creciendo en casi todo, salvo en inteligencia emocional: si no fuera así no existirían la literatura, las religiones ni el psicoanálisis. Tampoco el alcohol y las drogas serían panacea de ingenuos que creen en el Paraíso, en el arte de la fuga y en los prodigios. Mientras que a la sombra del indeseado el desamor tiñe lo cotidiano de divergencia instintiva, la novela, la vida, el teatro o la poesía coinciden al ponderar al amante perfecto: es la ficción –su poder insustituible- a la que se acude para hacer soportables los días. Es también el relato de lo anhelado el que divide en dos la existencia, nada más que para convertirnos en esquizofrénicos o equilibristas. Esos dos lados, tan infaltables y juguetones, tan tramposos el uno y el otro, tan mentirosos ambos y frecuentados por los amantes.
Sin la invención del porvenir promisorio que nos aguarda con quien, por descontado, no existe, nos sentiríamos como desnudos, como sin rumbo, sin sentido y a la deriva. Al menos así lo espejean los grandes autores. Pienso en Stendhal, en Baudelaire, en Tolstoi, en Dovsteievski, en Cervantes… Vaya, pienso en el drama, en la tragedia y la infelicidad que, según lo demuestra Sandor Márai, se van tejiendo desde el mero principio, con las elecciones e intenciones equivocadas. Lo demás llega solo y se escribe con dificultad porque duele; duele de cerca cuando acerca, y de lejos porque espejea, advierte y desenmascara al errático y débil que llevamos adentro.
Distante del común de los mortales, el amante fabulado se va refinando en nuestras cabezas al ritmo en que lo que hay, lo que conocemos y se toca está lejos, muy lejos de parecerse a nuestra ficción amorosa. Sin embargo ahí nos quedamos, en la primera, segunda y tercera estación del error. Y si damos el salto, Anna Karenina asalta, Mme. Bovary nos espanta, Ekaterina Máslova, la seducida abandonada y encarcelada de La resurrección, obra tremenda de Tolstoi sobre los prejuicios y la hipocresía de la sociedad y la Iglesia, nos infunde terror. Y de ahí en adelante, hasta abarcar decenas y centenas de destinos femeninos arrasados por la sinrazón y la barbarie patriarcal. Esa barbarie tremenda que por más instruidas, creativas y autosuficientes que seamos algunas mujeres, se nos aparece en la intimidad para revelarnos el verdadero secreto que nadie nos dice: no es Medusa, es Meduso el monstruo que paraliza. Es el hombre coronado de serpientes; es el depositario del veneno letal que hacia fuera se muestra paternal, protector y sabe dios cuánto más y muros adentro se arranca la máscara para dejar en libertad sus culebras.
Presentimos que “algo” falla todos los días. Algo recóndito no nos acaba de contentar. Falta o sobra de todo: un tirano domiciliario, demasiado machista para nuestras ansias de libertad: violento, celoso, egocéntrico, con visos de envidia de sabe Dios qué, no tan brillante como presume, indolente, miedoso, un alma agreste… El catálogo de peros y observaciones calladas brilla en nuestro interior o administra el silencio brutal que Márai transforma en obra maestra en El último encuentro. Hecha para sufrir, hay que aguantar. Y yo, tú, ella, nosotras aguantamos. No darse por vencida, es la consigna: a fin de cuentas, todo va a mejorar. Para eso está la emoción perturbada, para construir destinos a dosis de deseo, inexperiencia, dolor y presión social. De todas maneras, siempre quedaremos mal.
Lo sabemos: los fracasos se anuncian por todo lo alto, pero mejor no moverse. ¿Qué sería de las letras si los amores tuvieran finales felices? No es que los dioses cieguen a quienes quieren perder: es que paralizan, más bien. Es la Medusa/Meduso la culpable. En medio del ir y venir de la ficción al recuerdo, del libro a la evocación, de sueño a la vigilia y del deslinde entre la verdad ficticia y la ficción verdadera, se impone a mi pesar un momento en que la voz de Pessoa retumba allá adentro. Traída de lejos, cada palabra pega, como una denuncia: Soy quien no acerté a ser.// Todos somos quienes nos supusimos.// Nuestra realidad es lo que no logramos nunca. Y más allá, el tic-tac restallante, lo inevitable y la urgencia de arrancarse la máscara, porque el sabio Pessoa, otra vez, lo probó con razón y nos lo espeta, otra vez:
Todos tenemos dos vidas:// la verdadera, esa que soñamos en la infancia// y seguimos soñando, adultos, en un sustrato de niebla,// y la falsa, esa que vivimos en convivencia con los otros,// la práctica, la útil,// esa en la que acaban por meternos en una gran caja.
Y en esa suma/resta entre lo ficticio y lo real me queda claro que hay un momento en nuestras vidas en que le asignamos al intruso o enemigo domiciliario virtudes. Inclusive le disminuimos defectos y a su alrededor construimos un futuro llevadero a pesar de que la realidad resuene como campana de catedral. Fabuladores somos, pues, aun sin páginas de por medio. Y lo somos de punta a punta, como si de una enfermedad congénita se tratara.
Así es el Dictado, la Necesidad: hay que iniciarse sexual y socialmente en pareja, para lo cual se aprende a no mirar más allá de la frente. Eso, porque hay un momento extraño o un mandato secreto en que por cuestión cultural, deformación del prejuicio adquirido, comodidad o incapacidad de entender dividimos en partes inconciliables el mundo deseado del mundo tangible, el que aguardamos como se espera la lotería y el que todos los días se presenta como agenda a cumplir: hacer esto y lo otro, ir por aquí y por allá, contestar a éste, procurar a aquél o aceptar que hay cosas que tenemos que hacer.
Tolstoi, ese santurrón y demonio que se cansó de hacer trabajar y reescribir a Sofía, la esposa al final repudiada, tuvo el acierto de iniciar su Ana Karenina con una verdad de a kilo: “Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”. Y vaya que él abundó en su vida en motivos para hacer sufrir a los más cercanos. Mucha, muchísima gente está condenada a la infelicidad. Los que descubren o persiguen el codiciado secreto de amar, ser amados, vivir sin sobresaltos y sin que las pasiones los desborden, no suelen ascender a las letras. Tampoco se dan a notar ni en general nos parecen tan atractivos para siquiera desear una biografía similar.
Entre anodinos, buena gente y almas felices permanece un estado de flotación que contrasta y mantiene en vilo a los equilibristas tan maravillosamente descritos por Kafka. Kafka: santo de mi devoción, cucaracha bendita, pluma si par, odiador de su padre, genio de tempestades, incapaz hasta de amarse a si mismo, perplejo si los hay. Los “otros”, los torturados de la tierra, los que suelen poblar el teatro y la novela y tarde o temprano se convierten en manjar del psicoanalista, son los problemáticos que han hecho pensar a filósofos, prelados y poetas sobre el sentido del ser y del sufrimiento. Por ellos tengo por sagradas a las letras, por ellos creo en la redención y gracias a la fusión de dolores propios y ajenos sigo creyendo que no hay libertad que se paladee mejor que la que se conquista cuando se ha sido rehén de un tiranuelo mayor o menor. Siempre estarán Antígona, Sócrates, Wan Fo y Galileo, por ejemplo, para probarlo.
De los motores que mueven al espíritu humano, sin duda el poder y el amor se cuentan entre los más potentes. Múltiple, diversa, expuesta al juego engañoso de la interpretación, la idea del amor es tan ambigua que acepta cualquier interpretación. De ahí su riqueza, su insondable capacidad de inspirar páginas deslumbrantes.
Hay que tener un gran espíritu, cuerpo de acero, curiosidad y voluntad sin par, valentía y un apetito de saber fuera de serie para atreverse de por vida con las doctrinas, los signos, lo cotidiano y la espiritualidad de Oriente, inaccesibles aún para los occidentales en la primera mitad del siglo XX. Esta belga-francesa tan fuera de serie, bien pudo haber sido extraterrestre. Hija única de maestro –perdedor de la fortuna familiar en pésimas inversiones-, y madre ultrarreligiosa, al nacer en Saint-Mandé, en 24 de octubre de 1868, nadie habría imaginado que arrullaban a una pionera feminista con tales visos de anarquía que, por vanguardista, ningún editor se atrevió a publicar su manifiesto ni sus primeras páginas entre el fin del XIX y principios del XX.
No bien hablaba y caminaba cuando, a los dos años de edad, abrió la verja y huyó de casa. A los cinco repitió el numerito, pero en esta ocasión y en vez del parque cercano, se internó en el Bosque de Vicennes, en las afueras de París. Las fugas se volvieron rutina, sólo que cada vez más largas, peculiares e internacionales, hasta irse al extremo del mundo para encumbrarse como la mayor orientalista del siglo. Lectora formidable, fascinada con el estoicismo, a los quince cogió el tren a Londres y, sin más equipaje que la lectura de Epícteto, allí se quedó a pesar del impotente asombro de sus padres, hasta agotar una pequeña herencia. Se dice que antes viajó a España o a Suiza en bicicleta. En sus escritos autobiográficos, la franco-belga Alexandra David-Néel, bautizada Louise Eugénie Alexandrine Marie David, se probó en el canto, el teatro, el periodismo y con la ópera en Europa, Indochina y Atenas, de donde partió a Túnez hacia 1900, en vista de que el lirismo “no era lo suyo”.
Como le picaba la urgencia de responder al llamado de Oriente, se disculpó con Philippe Néel por haber cedido en Túnez a la abominable tentación del matrimonio en 1904, a pesar de que el amasiato entre ellos había funcionado durante cuatro años, con altas apasionadas y bajas marcadas por el desaliento. A fuerza de enormes misivas y un lenguaje dirigido a cultivar la amistad por encima de todo, desde París le escribe, a poco de haberse desposado, para abundar en cuán horribles le parecen los prejuicios que, por demás, a nadie hacen mejores personas: …Para ser feliz no es necesario tener una compañera anodina, sentimental y sin voluntad. Junto a esta apatía que la masa vulgar toma por la expresión de la dicha, está la dicha activa, que actúa con más fuerza y más eficacia (…) Formamos un matrimonio singular; nos casamos más por malicia que por ternura. Fue una locura, sin duda, pero ya está hecha. La verdadera sabiduría sería organizar ahora nuestra vida en consecuencia, tal como puede ser apropiada para unos seres de nuestro temperamento. Y eso fue lo que hicieron, en definitiva, a partir de 1911: sostener una amistad amorosa que, con el agregado del apoyo financiero sin el cual hubieran sido imposibles sus andanzas, duró hasta la muerte de él, en 1941.
Viajera por naturaleza o por karma, se disfrazó de mendigo tibetano en 1924 para ser la primera mujer occidental no solamente en acceder a la proscrita Lhasa, sino en avecindarse durante meses en Tíbet para estudiar su cultura. Lo que siguió fue una larga vida de exploradora, escritora, meditadora, yoguini y budista. Llevó el desapego al extremo de renunciar a la comodidad, al canto, a la actuación, a la relación de pareja, al trabajo convencional y a cuanto le representara cualquier obstáculo a su libertad, por leve y simbólico que fuera.
Leer Diario de viaje. Cartas desde la India, China y Tíbet, me dejó deslumbrada. Marie-Madeleine Peyronnet, su secretaria durante sus últimos años en Samten Dzong (“Fortaleza de la Meditación” en tibetano), en Digne-les-Bains, en los Alpes franceses, se dio a la tarea -conforme a las instrucciones póstumas de Alexandra- de seleccionar, ordenar y publicar 600 páginas con detalles de países, viajes, credos y personas, extraídas de 40 años de correspondencia con su generosísimo y también peculiar marido Philippe Néel, a quien sobrevivió 28 años.
Nada ni nadie la detuvo. Algo como un resorte interior la impulsaba a buscar, a ir más y más allá, a tocar lo imposible y hacerse de maestros espirituales que localizaba en cuevas o en los más afamados monasterios de China, India, Nepal, Sikkim, Ceilán... Su obra, vastísima y rigurosamente documentada, se convirtió en imprescindible entre orientalistas desde que, a partir de 1911 y hasta después de su muerte, ocurrida en 1969, comenzaron a divulgarse títulos tan atractivos como Le Modernisme bouddhiste et le bouddhisme du Bouddha, Voyage d’une Parisienne à Lhassa, Mystiques et magiciens du Tibet y quizá una treintena más, a veces anticipados en artículos y conferencias, a veces en cartas que se sumarían por miles de cuartillas o mediante dictados a su secretaria, inclusive cuando Alexandra, sin rasgos seniles, ya era centenaria. Ahora me doy cuenta –decía ya al final- de lo poco que se, de lo que me falta por hacer….
Durante sus exploraciones observaba, con cierta tranquilidad, cuán maravillosas son aquellas culturas remotas pues por más que los conquistemos, los engañemos y los robemos, los asiáticos continúan viviendo en un mundo de belleza y grandeza cuya puerta permanece cerrada a Occidente (…) Vivió la Gran Marcha, la independencia de India, la ocupación del Tíbet y, en medio de sucesos a cual más de extraordinarios o peligrosos y a pesar de carencias y dificultades tremendas, seguía “su viaje” a pie, en andas, en burro, en carretas destartaladas, elefante o a lomo de algún nativo sin que hubiera obstáculo o prejuicio que la detuviera. Además de porteadores ocasionales, se hizo de un sirviente llamado Yongden que le servía de lo que fuera, desde cocinar y dialogante hasta preparar la pequeña tina donde se bañaba todos los días sin importar clima ni dificultades geográficas.
“Lámpara de sabiduría”, la llamaban los lamas en los monasterios, porque además de su enorme intuición entraba a fondo en las enseñanzas hasta desentrañar sus secretos. Si del cristianismo absorbió cuanto tenía que saber para renunciar a la fe, el Corán y el judaísmo cerraron su interés por el monoteísmo. Oriente, en cambio, le dio hasta lo no buscado. Aun al filo de su muerte decía que su obra seguía incompleta. Además del dominio de la telepatía, del manejo de los sueños vívidos y otras prácticas reservadas a iniciados, probó una, especialmente secreta y en posesión de unos cuantos, que consiste en la creación mental de una especie de robot llamado tulpa o fantasma tan fusionado al “amo” que, “materializado”, puede usarse como esclavo por el monje que lo genera. Y Alexandra tuvo el suyo hasta que con enorme dificultad pudo librarse de él, pues “ya se le había rebelado”.
Sus libros se harían tan imprescindibles para la Generación Beat, que Jack Keruac, Allen Ginsberg y el muy influyente Alan Watts se constituyeron en voceros del orientalismo. En pocos años las doctrinas orientales fueron emblema de las generaciones siguientes. Empezando por las comunidades hippies, escritores y vanguardistas hicieron suyas sus enseñanzas. Las librerías de Berkeley, Big Sur, Santa Cruz y prácticamente de toda la costa californiana se adelantaron en la venta de traducciones, en tanto y los miembros del Baby Boom se vanagloriaban de ser los más entusiastas lectores y divulgadores de la obra de Alexandra. El orientalismo influyó poderosamente el espíritu del ‘68. Fue tan significativo su efecto que no era posible referirse a California ni a los años sesenta sin considerar las literaturas y el budismo zen, el interés por el tao, la súbita multiplicación de escuelas de yoga y el deseo de cultivar otra forma de pensamiento mediante estados meditativos para experimentar diversos estados de conciencia.
Su lectura es un pozo insondable. La descripción de cómo tuvo que amarrarse a la espalda a Yongden, tibetano 30 años más joven que ella, cuando se rompió la pierna en una ruta dificilísima de los Himalaya, no tiene precio. Ella, entonces de sesenta años de edad, siguió sorteando el camino de nieve, los ríos, las piedras, el hambre y lo que se presentara durante semanas con el hombre a cuestas hasta llegar al poblado donde pudiera convalecer.
Superar presiones por ser mujer, proveerse de fondos, crear y sostener vínculos institucionales y editoriales para divulgar su obra en Francia y por añadidura, distinguirse como una de las más avezadas especialistas en filosofías, doctrinas y religiones orientales no solo la acreditaron dentro y fuera de Europa, también fue especialmente acogida y reconocida por el Dalai Lama. Cuenta su secretaria que la muerte de Philippe fue decisiva en su aventura. Gradualmente se fue despidiendo de Asia y acercándose a los Alpes para entregarse a la escritura febril. De allí, a partir de entonces y durante la década siguiente, salieron títulos, ensayos, artículos y conferencias. Siempre estuvo acompañada por su fiel Yongden, hasta que él murió en 1955 en Digne, donde nunca dejó de practicar sus disciplinas.
En abono de su poderosa personalidad, Marie-Madeleine Peyronnet recordó que en 1969, la víspera de su 101 cumpleaños y unos meses antes de su muerte, Alexandra acudió a las oficinas municipales para renovar su pasaporte. “Nunca se sabe”, dijo a los demudados funcionarios. En lo que a mi respecta, suelo tenerla en mente. Lección tras lección, su lectura me permitió entender que unos exploran de afuera adentro; otros se van en pos de iluminación a las cuevas, y los menos combinan la acción con el pensamiento y la espiritualidad. En todos los casos, sin embargo, hay algo que nos conduce a lo que nos corresponde. Así lo entendí cuando, de madrugada en Benarés, un día recordé que en 1973 quizá su sobrina con la propia Marie-Madelaine arrojaron al Ganges las cenizas de Alexandra y de Yongden para que todo siguiera su curso o tal vez para que allí concluyeran sus ciclos en la rueda de la vida, como lo hubiera deseado.
Sir Francis Richard Burton
Volver con ojos de intrusa a las páginas de los propios diarios, desvela un yo que en realidad es “el otro”: el que al escribir deja en libertad la palabra y, con ella, lo que se sabe sin saber que se sabe. Por pereza o temor a descubrir a la que transcribe un mundo casi personal, casi literario y de visos filosóficos, evité releer mi dilatado registro puntual del camino recorrido. Espinoso en ocasiones, en mayoría fascinado con la luz, con lo sagrado, las lecturas, la música, la ficción verdadera, los sueños, el silencio y el lenguaje, el contenido de ayer o de hace décadas, mantiene una asombrosa fidelidad a la niña que un día, sin imaginar cómo ni por qué, decidió probar cuál de tantos misterios que la habitaban podría desvelar por el prodigio de la escritura.
Inquirir secretos ha sido el móvil de mi obra: nombrar lo que se observa y no se dice, lo olvidado o velado y lo que se reserva al silencio. Las historias, el saber y las voces me atraen por lo que ocultan, no por lo que muestran. Así lo concerniente al revés del libro, lo que se pierde en el tiempo, lo enmascarado en recuentos autobiográficos y lo que Edmond Jabès consignó en su Libro de las preguntas. Al enterarme cómo sus diarios y parte “peligrosa” de la obra de un espíritu esencialmente libre como Sir Francis Richard Burton fueron quemados por su muy católica y metiche esposa, por añadidura aterrorizada por la mala imagen que de ella quedaría en las páginas, empecé a interesarme por las contradicciones de nuestra especie.
Este mismo explorador, genial aventurero, vanguardista y curioso inglés que en todo superó al memorable Thomas Edward Lawrence (el de Arabia), circula con frecuencia, como si de un amigo se tratara, por un medio centenar de libretas rigurosamente encuadernas y ordenadas en un mueble especial. Por él me interesé en el Medio Oriente y sus vericuetos, así como por manuscritos extraviados, cónyuges/espías de diarios, víctimas o campeones de sus fantasías, verdugos que actúan de corderos y una amplia variedad de simuladores, vividores, abusadores, trepadores y sufrientes: el mundo de gente que ha pasado de largo, de cerca o de lejos o que se ha entrometido en mi existencia por similares causas a las que el escandaloso “Dick el rufián” o el “Blanco negro”, tropezó con la pareja equivocada.
Por la riquísima biografía de Burton también abrí los ojos y la curiosidad para entender algo de lo que es capaz la envidia, ese acto doliente del infecundo que tanto padeció Petrarca: “Cuando nada explique la agresión del otro, es envidia”, decía Boccaccio sobre los ataques al poeta. Mediante biografías estupendas que iban esclareciendo el laberíntico universo del escritor, vislumbré el lado oscuro de los envidiosos, los que destruyen páginas ajenas o se dan a la oficiosa tarea de editarlas, los que darían lo que fuera por tener talento, pero saben que la naturaleza se los negó. De este modo, repasar un par de diarios de la prehistoria me recuerda que el secreto es, en suma, un espacio vital tan amplio, abultado y diverso que allí se gesta lo mejor y lo peor de las personas, sea la complejidad del poder o la no menos complicada expresión del amor o de las pasiones, como ilustrara el genio de Shakespeare.
Al desentrañar algo largamente escondido, experimento la alegría de encontrar la pieza decisiva de un rompecabezas. Entonces se aclara un carácter que, como el de Sir Richard Francis Burton, echaba mano de lenguas y disfraces para mimetizarse con árabes, musulmanes e hindúes. La facilidad con la que dominaba idiomas y dialectos europeos, asiáticos y africanos, hacía más verosímil al personaje que se infiltraba en espacios proscritos, como en La Meca, donde a la menor sospecha de que se trataba de un intruso lo habrían matado. No bien entraba en un rechimal de matarifes, políticos, especuladores o grupos armados cuando al punto, casi de manera milagrosa, se daba a la tarea de describir costumbres, intrigas, negocios, actitudes y/o conductas que lo afamarían unas veces por antropólogo, otras por explorador, cónsul, traductor, diplomático, espía, militar… Y casi siempre bajo etiquetas que él se sacudía con el desparpajo que mantuvo hasta el final de su días, creyéndose en posesión de una excelente salud. Se desmoronó sin embargo durante sus últimos años en Trieste, donde un montón de padecimientos mal cuidados le pasaron factura. Corroído por la gota, angina de pecho, achaques circulatorios y secuelas de cuanto se pueda una imaginar, murió en 1870, a los 70 años de edad.
Atípico de nacimiento, viajero desde la cuna, se dice que cuando la familia vivía en Venecia él, adolescente, se hizo amante de un gitana para aprender romaní. Educado por tutores en estricta tradición clásica, ni de niño podría decirse que hubiera sido el inglés característico. No bien se instalaba en el prestigioso Trinity College cuando lo expulsaron los mismos que, años y logros después, celebrarían sus aportaciones monumentales a la cultura. Que su conducta no simpatizara con los convencionalismos victorianos no evitó que sirviera a la Corona. Los puritanos lo denostaban por extravagante, por publicar observaciones orientales sobre la longitud de los penes, poligamia, sexualidad femenina, pederastia, prostitución u homosexualidad, pero la moralina pasó y aún continúa asombrando legado tan extraordinario. Nada, ni sus propios repulgos, le impidió ser cofundador, con James Hunt, de la Sociedad Antropológica de Londres. Tampoco desdeñó la real distinción que lo armó caballero en 1866 ni dejó de aprovechar las ventajas de su nombramiento como cónsul británico en la isla africana de Fernando Poo; luego, en Santos, Brasil; en Damasco, Siria y en Trieste, Italia.
En suma, un hombre y una vida tan formidables que no me extrañó su admiración vitalicia por Luis de Camoens. Más allá de mis notas, acumuladas durante años en mis diarios con la intención de biografiar siquiera alguna de sus etapas que con justicia lo encumbraban como un personaje de ficción, ahora contrasto lo recogido en Wikipedia y con asombro compruebo lo que aún desconozco de su obra, no obstante los títulos que me han acompañado: 43 volúmenes de viajes y expediciones. Dos libros de poesía. Cien artículos y una autobiografía de 143 páginas que no continuó porque fue plagiada. Notas por miles, títulos y títulos ahora indispensables para conocer India, el Islam, tribus nómadas, las Fuentes Azules del Nilo…
Tradujo al inglés las Mil y una noches en dieciséis tomos rigurosamente anotados, así como seis obras de literatura portuguesa, incluido Os Lusiadas, el clásico poema de Luis de Camoens; dos de poesía latina (las Elegías de Catulo y los Priapeos), más cuatro de folklore napolitano, africano e hindú. Abundó en el Kama Sutra… No está de más insistir en que, sin excepción, todos sus trabajos contienen el inmenso soporte de las notas que testimonian su monumental erudición, genialidad y capacidad de trabajo.
Gracias al dialogo de simpatías y diferencias, que con maestría han practicado los ingleses en beneficio del conocimiento, sus exploradores, viajeros y estudiosos en general llenaron de hallazgos valiosísimos el British Museum, sus bibliotecas y el montón de sociedades científicas, navales y de conferencias que prosperaron con el espíritu de descubrimiento que floreció durante el siglo XIX. Entre la muchedumbre de nombres que, empezando por Darwin, hacía las delicias de los londinenses que acudían en masa a escucharlos, el de Francis Richard Burton sacudía como si de un actor popular o un deportista de nuestros días se tratara. Amado y odiado por arrojadizo y singular, el ánimo victoriano no sabía qué hacer con él: demasiado sabio para menospreciarlo; irreverente de más para aborrecerlo. Ningún académico estirado, por añadidura, podría competir con su fecunda originalidad. Por eso y a pesar de lo destruido por Isabel Arundell (con quien mantuvo un irregular matrimonio de idas y venidas, de repudio y distancia, y al final inexplicable cercanía), su legado continúa a la cabeza de los orientalistas, sin que faltaran aportaciones sobre ocultismo y sufismo.
Veo los míos y reconozco que los diarios son reflejo y espejo comunicantes del autor: el dialogante ideal, una forma de pensamiento y guía de la propia escritura. Sean de Burton, de Kafka, de Thomas Mann, de Virginia Woolf y de tantos escritores que me han acompañado, las páginas del día son el semillero capaz de fertilizar las letras con ficciones verdaderas. A vuela pluma y acaso por la implícita libre asociación, se escapan revelaciones invaluables. En los diarios van quedando el santo y seña de las biografías más jugosas, sueños frustrados, héroes destrozados por las culpas, aventuras malogradas e inclusive, rasgos de bibliotecas desparecidas: justo lo que, de punta a punta, nutre mi curiosidad por lo que el hombre es, lo que quiere y no puede ser o en lo que se convierte cuando mira de frente a la Medusa. Acumulamos temas y biografías clandestinas, en suma, que tarde o temprano y a fuerza de leer más allá de lo aparente, nos muestran al ser esencial, sus fortalezas y debilidades, lo oscuro que moldea no exactamente un carácter, sino lo que se rinde a los caprichos del destino.
Reconozco por esta vía mi larga fidelidad al genial explorador, aventurero, distinguido espadachín vitalicio, orientalista, políglota, cónsul, traductor, escritor originalísimo e inclusive espía, Sir Richard Francis Burton. Por si no fueran bastante mérito sus tres volúmenes sembrados de relatos sobre sus viajes y expediciones, incluido el descubrimiento al lado de John Hanning, nada menos que del lago Tanganica, tiempo y ánimo tuvo para completar los mapas de la región fronteriza del Mar Rojo para habilitar el comercio inglés.
Era imparable. Cada una más fascinante que la anterior, sus hazañas bibliográficas son tan espectaculares como sus aventuras. Se batía y montaba como árabe con tal maestría que ni los nativos descubrían su identidad. Más de una vez se salvó de morir de manera atroz. Se atrevió con éxito a entrar en Harar, la capital somalí, de la que se decía que si un cristiano la pisaba se degradaría el sitio hasta destruirse. A cual más de atrevido, durante sus inusitados diez días de estancia en esa región proscrita, intercambió conversaciones con el Emir.
Si las primeras noticias en Occidente sobre la costumbre musulmana de la clitoridectomía o ablación genital femenina se debían, en 1799, a los hallazgos del explorador William George Browne, a “Dick el rufián”, debemos no sólo descripciones detalladas de esta brutal agresión, sino el correspondiente análisis sobre lo más prohibido del África profunda, del Medio Oriente y no se diga de la India, donde llegó a hablar con fluidez hindi, guyarati, maratí, persa y árabe. Escribió que sus estudios de la cultura antigua y moderna alcanzaron tal profundidad que su profesor hindú le permitió vestir el janeu o cordón brahmán…
Inabarcable, pues. Biografiarlo exigiría seguir sus andanzas y sus páginas durante más de dos vidas. Me basta continuar inquiriéndolo y disfrutándolo desde mis diarios. Allí lo imagino con su montón de monos domesticados. Lo veo cabalgando en el desierto, sin perder su turbante verde, con una lanza atravesada de una a otra mejillas que le dejó una gran cicatriz. Lo reconozco en los Estados Unidos, donde examinó a la comunidad mormona en su libro The City of Saints. Insomne vitalicio, caminaba en las montañas apoyado en un bastón de hierro “más pesado que un rifle”. Tercer espadachín del imperio británico, desayunaba a las cinco de la mañana y practicaba esgrima una hora todos los días; durante el verano, agregaba la natación y en todas las estaciones era el mismo entusiasta disciplinado que, inclinado sobre la página, escribía cuartilla tras cuartilla como si desenredara un ovillo infinito, acaso depositado por los dioses en alguna de sus encarnaciones pasadas.
Así las cosas...
Se espera uno de los procesos electorales más hostiles y menos esperanzadores, desde el sangriento 1929. La suma de búsqueda de justicia, rencor acumulado y el sueño de rebelarse contra un aparato estatal asfixiante ha corroído el ánimo colectivo. Sin ideario ni modelo de país, sabe no obstante la mayoría ofendida que el régimen de poder no le garantiza bienestar ni satisfacción. Lo que no sabe, no acepta o no quiere saber es que tampoco se procura el bien a sí misma. Y a pesar de su furia, no se transforma ni sabe elegir: pueblo cansado de sí mismo, sin salir de sí mismo. Hastiado de su desaliento rancio y, de lo más preocupante: su inconfesada incapacidad para vencer sus yerros, sus defecciones, su violencia y sus obstáculos reales e imaginarios.
Ante el panorama electoral, enfermo de antemano, el desafío es ceder a la tentación del fanatismo o atreverse a mirar y reconocer a la sociedad desde dentro. Vociferar contra los síntomas de la enfermedad agrava el entorno y no alivia la causa. Desde el siglo XIX y hasta la fecha, el drama se repite. Los mexicanos se niegan a entenderlo, porque el malhadado paternalismo pervive enquistado en el inconsciente colectivo. Se espera que “el otro, “el de arriba”, actúe de Gran Tlatuani, raíz del por fortuna vulnerado presidencialismo. En lo grande y lo pequeño, sin embargo, se resisten a creer que para volverse adultos hay que soltar al padre, y al revés. No obstante, eterno menor de edad, el promedio espera que el Presidente, el Gran Padre y/o gobierno abominado y adorado por las mismas causas, adivine, atienda y resuelva la vida común o individual.
La historia lo enrostra una y otra veces. Y no se equivoca: si no cambia la sociedad, sus errores se repiten, potenciados. El espíritu de 1929 resurge como lección desatendida... Y empeorada. Dada la realidad entonces y ahora, no podía ser de otro modo: la actitud popular es la misma, pero con una demografía más abultada y más compleja. ¿Cuál es la causa del rechazo invariable a estudiar nuestro pasado? ¿Qué hay en las mentes de un pueblo que se niega a saber, a mirarse y reconocerse? ¿De dónde este tenaz repudio al conocimiento, empezando por el de sí mismo, de su país, de sus orígenes, su entorno y peculiaridades?
La máscara, el machete, el insulto, la violencia, el abuso y el chanchullo; las agresiones, una degradación incesante de uno mismo y de los demás; la procacidad infaltable en el lenguaje, en los gestos y en los actos, no son accidentes del destino. Tampoco es cierto que “el otro es el culpable”, como diría Sartre al referirse a la evasión de la propia responsabilidad. Culpar al otro es lo sencillo. Asumirse agente y sujeto del propio destino es obra mayor de la razón, de la inteligencia educada. Las conductas y actitudes vejatorias corresponden al carácter agreste, inmaduro, que se niega a mirarse y reconocerse para superarse. En ese sentido y para nuestra desgracia –ya es hora de decirlo- la sociedad mexicana todavía no está por encima de sus gobernantes: éstos son producto de la sociedad que primero los engendra “a su imagen y semejanza”, y después los repudia porque también se odia a sí misma.
En la actualidad, a la manera también de 1929, el electorado busca espejos de sus deseos. De hecho, lo semejante llama a lo semejante y cada conglomerado deposita su fe en lo que espera o fantasea, no en lo que fundamenta. Al margen de la ilusión, la verdad es lo que es. Entre el mesianismo redentor, la partidocracia espuria y la tecnocracia neoliberal, las ofertas actuales, como la sociedad/espejo que las creó, están lejos de ser civilizadoras. Los vasos comunicantes entre candidatos y sus simpatizantes son tan claros que no hay manera de no darse cuenta de sus respectivas correspondencias, empezando por el redentor, sus acólitos y una feligresía tan fanatizada y ajena a la cultura que está dispuesta a llevar su fanatismo al extremo con tal de consagrar a su justiciero emblemático.
El monetarismo promete orden, aunque sin cultura, sin artes, sin libros, sin la virtud del saber… Pragmatismo puro, gerencias, escalafones y jerarquías sí, pero otra vez: ¿cómo estructurar una sociedad enfurecida, desarticulada, violenta, carente del ímpetu protestante del capitalismo, del do it yourself weberiano que mueve a los líderes de la globalización? Aceptemos que nadie ha podido cambiar el mundo, pero si podemos aspirar a que con mejores personas, sea un poco menos miserable y desesperanzador.
Con dos candidatos en punta, fiel reflejo de la extrema división social, se hace aún más ostensible la vaguedad de una partidocracia costosa y sin sustancia; pero sobre todo infecunda, como el vasto sector de una población que ignora su presencia social, que no sabe qué decir ni cómo decirlo, aunque anhela “un lugar” que lo identifique, que lo dote de visibilidad, aun a costa de seguir sin voz y sin argumento.
Agréguese que, sobre las mismas bases de la sociedad desarticulada, los contendientes carecen de los contrastantes atributos de un Calles o un Vasconcelos, ambos engendrados en un medio caótico, dominado por caciques, caudillos y tales rebatiñas por el poder, que en ese escenario de violencia las demandas populares carecían de importancia. Inmersos en un circunstancia tanto o más aciaga por la corrupción, el imperio de la delincuencia y la impunidad, donde la verdadera cultura está en el subsuelo, tendría que ocurrirle un milagro a la justicia, otro al desarrollo con progreso y uno más al ascenso cívico de la población enfurecida.
Y si de milagros se trata, hace tiempo deseo el más grande de todos: la formación de una población activamente consciente de sus derechos y responsabilidades, que hiciera expeditas a las instituciones y se aplicara a superar sus rémoras ancestrales. Lo ideal sería, pues, que hiciera suya la cultura del esfuerzo para abatir el síndrome de la derrota, la atadura del vencido y su incapacidad de entender que la gente es el núcleo del Estado, su meta y su punto de partida. Es decir: todos integramos al Estado. Cada quién debe preguntarse por qué, después de tantas batallas armadas y políticas, iniciadas en el siglo XIX, no tenemos un Estado con poderes confiables ni la sociedad que lo haga posible.
No podemos ni debemos voltear hacia otro lado mientras la intolerancia y su complementario fanatismo están creciendo. El hartazgo sin conciencia cívica ni cultura es el perfecto acicate para una confrontación peor a la anticipada. En 1929, la mayoría estaba insatisfecha, analfabeta y miserable. No habían garantías vitales, sólo un modelo subdesarrollado de producción. En el superpoblado y globalmente neoliberal 2017, con 52 millones de pobres y un puñado de dueños de la riqueza, protagonizamos una democracia espuria. Hay urnas, aunque nos dominan la delincuencia de arriba abajo, la impunidad, un Poder Judicial supeditado al Ejecutivo y degradado por la impunidad; saldos del sindicalismo charro, deuda exterior, la paupérrima educación pública, destrucción del medio ambiente…
Vaya, pues si: requerimos sociedad; sociedad consciente y sólida. Requerimos proyectos sexenales y a largo plazo. Urgen, en fin, cultura general e inteligencia política. ¡Pobre, pobre México!: estar una y otra veces entre el fanatismo y la espera de un milagro…
Culpas viejas, mujeres nuevas. Entrevista. https://youtu.be/9go7A0-hmso
En Huellas de la Historia, con Francisco (Paco) Prieto y Blanca Loolbe, Alejandro el Grande. Los pasos del héroe”, Radio Red, México, https://podcasts.apple.com/mx/podcast/alejandro-magno/id1243780697?i=1000431633702
Entrevista sobre los pasos del héroe, lunes 11 de marzo, 2019, 2019, Fabián Vázquez y Rafael de la Lanza; Revista Gandhi Lee+
https://www.facebook.com/mascultura/videos/451974625342403/
“Del amor a las letras y otras pasiones” en Poéticas de las inteligencia, programa de radio coordinado por Patricia Galeana y Beatriz Saavedra. Conductora Lourdes Enríquez, IMER, CIUDADANA, 660 am, jueves 27 de agosto de 2020. https://www.mixcloud.com/MujeresalaTribuna/po%C3%A9ticas-de-la-inteligencia-del-amor-a-las-letras-y-otras-pasiones/
A partir de septiembre 2020, colaboraciones en La noche es joven, programa de radio de Enríque García Cuéllar, Tuxtla Gutiérrez, Chis.:
Octubre 2, https://www.facebook.com/MuseodelaMujerMexico/videos/325674728612136/
Octubre 10, Casandra en la mitología, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/362463818454782/
Octubre 16, Las migraciones en el mundo, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/2675104412742380/
2020
- https://www.facebook.com/757213191075830/videos/3443483862406877 , “intelectuales y poder”, programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Oct. 26, 2020.
- “Helenismo en Alfonso Reyes”, video conferencia organizada por la Sría de Cultura, el Dep. de Literatura del INBA y la Capilla Alfonsina. Con Javier Garcíadiego (director de la Capilla Alfonsina) y la traductora del griego Natalia Moroleón. Moderadora Beatriz Saavedra, Trasmitido en vivo por Facebook, noviembre 5, 2020. https://www.facebook.com/283189608464004/videos/654522281924283/
“Intelectuales, prensa y poder”, en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Nov. 6, 2020. https://www.facebook.com/757213191075830/videos/1034311790327823
“Mujeres y otras penas”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/286419819321195 en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., , Nov. 13, 2020
“Gobernar con sermones”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/815646722545743, Ibid., Nov. 27, 2020
“La amistad entre Alfonso Reyes y José Vasconcelos”, Capilla Alfonsina, con Javier García Diego y el dr. Hurtado, Capilla Alfonseca, junio 30 de 2021. https://www.facebook.com/watch/?v=357786745726168
“Actualidad de Marguerite Yourcenar” , Julio 8 de 2021, en el programa La noche es jocen de Enrique García Cuéllar. https://www.facebook.com/100063493035749/videos/834712267158793
Debate 22, entrevista con Javier Aranda, Octubre 10, 2022, Canal 22. (https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=jl5UKjczBPPI52y91C_now&s=03)
https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=LNgpCJXplWwnHJVKfBU9EQ&s=08
“Las palabras, espejos de la vida”, conferencias, Noviembre 9, 16, 23 y 30 de 2023, Plataforma ZOOM, dos horas por semana, Instituto dde la Cultura y las Artes, Cancún, Quintana Roo. Disponibles en YouTube con este enlace: https://www.youtube.com/playlist?list=PLOOto7Tr4g7IWZRngC2m_3zwvuTIrqE4H
Agosto 7, 2024 A medio siglo del fallecimiento de Rosario Castellanos. Capilla Alfonsina. Coordinación Nacional de Literatura. Sigue en directo la charla especial en honor a Rosario Castellanos. Acompáñanos y explora su impacto en la literatura. Una oportunidad única para reflexionar sobre su legado. Participan: Martha...
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“Martha Robles”, entrevista de Beatriz Saavedra para el Diario de Madrid, Noviembre 27, 2024. Entrevista a Martha Robles - https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/critica-literaria/entrevista-martha-robles/20241127090423084011.html?utm_medium=social&utm_source=whatsapp&utm_campaign=share_button
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Enero 16 de 2025, Alfonso Reyes y el exilio, Ateneo Español de México, A.C