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Martha Robles

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Nuestra deuda con Agustín Millares Carlo

August 20, 2020 Martha Robles
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Los beneficios que nuestra cultura debe al mejor exilio español son invaluables. Ejemplo de excelencia, México no ha formado un  filólogo, paleógrafo, bibliófilo y académico de la talla y fecundidad de Agustín Millares Carlo. Miembro de una familia liberal y en posesión de una enorme cultura, nació en Las Palmas de la Gran Canaria en 10 de agosto de  1893 y allí mismo murió en 1980, tras padecer décadas de peregrinaje. Aquí llegó como vicecónsul de la República en 1939 para encargarse de “Los niños de Morelia” y colaborar en la creación de La casa de España en México, entre otras tareas. Una de las mentes más apreciadas por el presidente Manuel Azaña, el triunfo franquista lo convirtió en expatriado. No obstante la obra que ya lo encumbraba en su tierra, aquí pasó página y como el memorable fray Luis de León en Salamanca, después de sufrir tres años en las mazmorras de la Inquisición,  seguramente susurró para sus adentros: dicebamos hesterna die. Así, en vez de lamentarse quizá pensó decíamos ayer, y de inmediato se aplicó a impartir clases de Paleografía y Lengua y Literatura Latina. En la UNAM se encargó de la edición de libros y, como si fuera poco, también de la sección bibliográfica de la Revista de Historia de América, editada por el Instituto Panamericano de Geografía e Historia.

Tan enorme humanista tuvo un destino peculiar: servir de enlace entre dos culturas para historiar la obra espiritual del Medievo y del Renacimiento europeo desde Hispanoamérica. Destacado miembro correspondiente de la Academia de la Historia en su España natal, a la que ingresó en 1935,  se doctoró en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid. Allí  continuó la hasta entonces casi solitaria obra de Marcelino Menéndez Pelayo, de cuyo magisterio oral y escrito procede el impulso inicial de la filología contemporánea. Quiso la suerte que en plena madurez y por la devastación causada por el franquismo, Millares Carlo empeñara su sabiduría en la noble tarea de enriquecer el castellano en Hispanoamérica. A pesar de su difícil situación en medio tan ajeno a su experiencia, jamás mermó su pasión por la enseñanza del latín medieval y la paleografía peninsular: temas que, junto a la bibliografía, lo distinguieron entre lo mejor de las humanidades clásicas.

Con hombres de tan grande valía como él, en México se abrieron las puertas al doble humanismo erudito y crítico que hasta hoy, en pleno siglo XXI y transcurridos más de 80 años del memorable exilio, sintetiza tres ejes de nuestra cultura: la obra de los evangelizadores del siglo XVI, el brote academicista y republicano del México del XIX y las aspiraciones democráticas de las generaciones actuales. Quizá por confinarse en cotos de especialistas, siempre minoritarios y aislados, la importante herencia de Millares Carlo no solo no ha sido divulgada ni apreciada, sino que apenas se conoce por unos curiosos. Hasta donde tengo noticia, no  hemos tenido la grandeza de honrarlo como se merece. Y me avergüenzo por ello, sobre todo por el montón de medianías que brincan para darse a notar con sus trabajitos menores.

Prestigiado conferencista, a sus treinta años de edad, en 1923, abandonó temporalmente España para sustituir a Américo Castro en la dirección del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires. Regresó al año siguiente para dirigir, hasta el fatídico 1938, el Archivo-biblioteca del Ayuntamiento de Madrid. En ese periodo fundó una revista y se concentró en una intensa actividad académica y editorial en francés y español que no le impidió declarar su compromiso moral con la República de Azaña. Era obvio que, al término de Guerra Civil , sería uno de los miles de expatriados avecindados en México.

A diferencia de otros connotados españoles, Agustín Millares Carlo no padece en principio la desesperación del exilio. Llega a México en julio de 1939 como cónsul adjunto de la Embajada de la República Española y en ese carácter forma parte de la recién fundada Casa de España -por invitación de Genaro Estrada, Alfonso Reyes y/o Daniel Cosío Villegas-, institución que, como primer deber, debía alojar a los de mayor prestigio y tradición universitaria en la península. En atención al portentoso surtidor de talentos que sobrepasó la aún pobre infraestructura cultural del país, se propuso que la Casa de España fuera un centro vanguardista de investigación y estudios superiores. Aunque con ajustes a los planes originales, el propósito de conservar la excelencia académica se ha logrado, a pesar de que el actual Colegio de México conserve escasas ligas espirituales con sus cofundadores hispanistas.

Miembro de la Unión de Profesores Universitarios Españoles en el Exilio, Millares Carlo no se incorporó al cuerpo de profesores de la Casa de España, pero mantuvo una estrecha relación con su desarrollo académico. Incluso participó con José Gaos en la selección y primer acervo de su biblioteca, mientras enseñaba a los hijos de sus compatriotas tanto en el Instituto Luis Vives, como en la Academia Hispano-Mexicana y en el Mexico City College: misión conmovedora si imaginamos a este sabio ante los niños de su patria quebrantada en un país que nada entendía ni valoraba su precioso saber. Imagino al  hombre de mediana edad, en la plenitud de sus capacidades, robando horas al día para estudiar los libros, la escritura y los libreros de la antigüedad. Tiempo y condiciones hallaba, a pesar de las limitaciones económicas, para además historiar la literatura española hasta fines del siglo XV, entre otras tareas de investigación.

Lo asombroso es que en esos años de intensa actividad intelectual pudiera participar como vocal en la Junta de Cultura Española. En la UNAM fue catedrático de paleografía española y de lengua y literatura latina, desde 1941. Allí dirigió, posteriormente, el seminario de lenguas clásicas, donde realizó una brillante e invaluable labor durante casi dos décadas que abarcarían desde la responsabilidad del aspecto lexicográfico y etimológico del Diccionario Enciclopédico de la UTHEA hasta la cofundación, con otros exiliados, de la aún notable Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana de la UNAM, que debería llevar su nombre.

 Civilizador infatigable, no me extraña que en 1959 abandonara el país.  Se trasladó a Venezuela para dirigir la Biblioteca General de la Universidad de Zulia. Becado por la Organización de Estados Americanos, allá continuó la enseñanza, el rescate bibliográfico de nuestras raíces americanas y la investigación de la paleografía, sin la cual sería imposible acceder a los documentos antiguos. Así como en México fueron pródigos sus estudios y traducciones de lenguas clásicas y humanistas, en Zulia emprendió temas venezolanos que habrían de distinguirlo con el doctorado honoris causa por las universidades de Maracaibo y Zulia, además de la distinción del “Fray Junípero Serra Award” por la Academy of American History.

Una mente de excepción, al repasar su obra y su magisterio no puedo menos que pensar que hay vidas, como la suya, la de Rafael Cansinos-Assens, Américo Castro o  la de Marcelino Menéndez Pidal que escapan a todos los referentes. Hombres de pura letra, llevaban la tinta en las venas y la pasión de saber en el corazón. Su universo era el de la palabra. Su interés absoluto: desentrañar conocimientos y mostrar lo oculto de nuestros mayores. De ahí su mérito y el asombro que me provoca el encuentro con biografías que encumbran la pasión por las humanidades.

Reconocido en otros países por su americanismo y sus afanes por recobrar la cultura clásica, no deja de asombrarme que la UNAM no lo hubiera distinguido con el doctorado honoris causa que sobradamente merecía.  Inclusive hoy vagan su nombre y su legado en solitario: una sombra benéfica en los estudios clásicos. Me estremece también la figura de este espíritu casi monacal que en plena madurez, viudo reciente y fiel a una extraordinaria disciplina, abandona su patria para cumplir una fugaz misión diplomática. Por orden ministerial recibe, en México, la noticia de que es dado de baja como miembro de la Real Academia de Historia de Madrid. Sosegado, entonces deja atrás cátedras, otras membresías académicas, un medio que lo respetaba y quería, archivos y fuentes medievales, distinciones y un ambiente propicio para el estudio en solitario en patria ajena. Sin lamentarse, amigo del silencio, comienza su labor como refugiado y, al darse cuenta de la escasísima bibliografía trabajada en nuestro país, inicia desde sus cimientos lo que, en justicia, sería fundamento del nuevo humanismo mexicano. Éste, para nuestra desgracia, prosperó a cuenta gotas y en nada se equipara al generoso legado de mi admirado Millares Carlo.

Además de una impresionante lista de traducciones que abarcan textos de Marco Tulio Cicerón o Tácito, poetas latinos y humanistas tales como Don Juan-José de Aguiara y Eguren y su Biblioteca Mexicana (1695-1763), hasta Tratados de fray Bartolomé de las Casas, escribió ensayos sobre el Quijote y Cervantes, archivos y bibliotecas o literatura antigua en ediciones críticas. Aquí reedita o publica por vez primera obras tan monumentales como, de 1941, Nuevos estudios de paleografía española, Antología latina (en colaboración inicial con Agustín Gómez Iglesias)  y Gramática elemental de la lengua latina. Dos años después, en 1943, con J.I. Mantecón, Ensayo de una bibliografía de bibliografías mexicanas; en 1945, Índice y extractos de los protocolos del Archivo de Notarías de México, D.F. En 1950, Investigaciones bibliográficas iberoamericanas, además de Literatura española hasta fines del siglo XV. Tres años después, en 1953, Historia de la literatura latina; y, Juan Pablos. Primer impresor que a esta tierra vino. Siguieron: Los promártires del Japón, ensayo bibliográfico (1954); tres volúmenes, con J. I. Mantecón, del Álbum de paleografía hispanoamericana de los siglos XVI y XVII y entre traducciones y ensayos, decenas de títulos que lo consagran como uno de los hombres mejor formados del siglo en lengua española.

Hermoso y aleccionador, su Introducción a la historia del libro y de las bibliotecas, editado por el FCE en 1971, es imprescindible para quienes amamos la fascinante trayectoria de la escritura. Exacto en sus datos, de prosa clara y pasión erudita, don Agustín fue un filólogo de pluma y curiosidad insaciables: como en su circunstancia dominicana Pedro Henríquez Ureña, él también fue maestro de niños “quizá porque de entre aquellos grupos saldría un escritor notable, un filólogo, un investigador u hombre de letras que depuraría su cultura nacional”. Así lo confió Enríquez Ureña a Ernesto Sábato, cuando éste lo encontró en el metro de regreso a casa, a mitad de la noche, concentrado en la corrección de las tareas de sus pupilos.

Millares Carlo nunca pudo ni quiso romper sus vínculos espirituales con España. A distancia enviaba colaboraciones y misivas a sus discípulos. Al concederle su repatriación, en noviembre de 1949, acepta viajar a Madrid hasta 1952, tras ser nombrado profesor de carrera de la UNAM, después de más de una década de servicios. Sin abandonar América, reinicia relaciones con la Península. De allá procede su fama de americanista y no, como debió ser, de aquí, de entre nosotros.  De allá también provienen los reconocimientos que lo destacan como si no el mayor, al menos uno de los más destacados representantes de los estudios clásicos contemporáneos.

No obstante la monumentalidad de su obra, son escasos, por no decir nulos, los testimonios biográficos y documentales sobre su estancia en México. Permanecen sus libros, prólogos, ensayos y traducciones, sin los cuales sería imposible escribir nuestra historia, desde el siglo XVI. Por eso es actual, por eso es nuestro. No se trata de un sabio distante, sino del estudioso que enlaza el saber antiguo al moderno para fincar las bases de nuestra identidad cultural, la pertenencia continental y los orígenes universales del helenocentrismo que podrían aliviar nuestro infecundo y estorboso complejo del vencido.

Don Agustín dio a conocer por primera vez en castellano, en impecable traducción latina, De unico vocationis modo de fray Bartolomé de las Casas, así como la edición crítica de los Tratados y la Historia de las Indias, sin los cuales sería inaccesible el conocimiento de la obra mayor del obispo de Chiapas. Recordarlo aquí, con estas líneas, es un mínimo, por modesto, acto de gratitud. Desde que empecé a estudiarlo, a partir de la lectura de Libros y Bibliotecas… medí nuestra deuda moral con él, empezando por un justo y público reconocimiento. Sería ingrato también olvidarse de nombres tales como el de José Gaos, Eduardo Nicol, José Ignacio Mantecón, Rafael Altamira…. Baste afirmar que a ellos debemos las actuales generaciones el entendimiento de un nuevo humanismo indiviso de la conciencia crítica, sin cuyos vínculos con la Antigüedad jamás podríamos aspirar a una América libre y embellecida por el ensanchamiento de nuestra lengua.

Don Agustín, ya viejo, accedió a volver a su patria. Murió en su tierra natal y entre su gente en 1980, con la doble satisfacción de haber enriquecido con una obra monumental a una España ya inclinada a la democracia y, a la par, haber dejado en América un inapreciable legado espiritual que deberíamos recuperar para hacernos mejores personas en vez de dejarnos llevar por la bajeza que nos rodea.

¡Cuánto hubiera dado por conocerlo, por atender sus lecciones y hablar con él! Éste sin duda era un hombre y un sabio..

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Alfonso Reyes, otra mirada

August 13, 2020 Martha Robles
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Cuidó en sus diarios la memoria del escritor menos expuesto, celoso de su intimidad: nada infrecuente en miedosos de la apariencia y el qué dirán.  Vanidoso, dejó sin embargo huellas del hombre  detrás de sus libros. Su archivo es una siembra de signos velados, datos de su carácter depresivo y cartas, muchas cartas. Apuntó claves históricas y personales de la monumental figura paterna que tanto padeció, hasta quedar abatido en la Ciudadela el 9 de febrero de 1913, durante la llamada “Decena trágica”. A su madre dedicó un casi clínico y sentimental libro de recuerdos el día que él cumplió sus 68 de edad. Si en Parentalia trazó la semblanza del México porfirista como retrato de familia, en los entresijos de su trato con las mujeres  proyectó el perfil del conservador que difiere de la figura en bronce que estamos habituados a enaltecer. Abundan infiltraciones contrapuestas entre el personaje público y el privado. En este sentido, solo las miradas resignadas, cómplices o impotentes conocieron  al licencioso que no se privaba de goces, a pesar de que decir Alfonso Reyes y fervor por las letras ha sido y es prácticamente la misma cosa.

“Una razón mediadora”, escribió María Zambrano. Lo evocó en Las palabras del regreso al referir que él llegó por ahí cuando, en Pátzcuaro, ella lloraba frente al lago con el dolor del transterrado. Lo llamó  “hombre sosegado, dueño de sí, consolador, de esos hombres que hacen falta siempre, de esos que se hacen imprescindibles en determinadas ocasiones”. Amigo y colaborador de Genaro Estrada y otros  protagonistas en la doble historia del exilio –la de España por lo que perdió y la de México por lo que ganó-, nunca han faltado agradecimientos por participar de esta noble misión de la que varias generaciones salimos beneficiadas. Sin embargo, no sería México la tierra de acogida que elegiría esta enorme filósofa, pero no dudó en llamarlo sabio, como él mejor gustaba ser reconocido.

Unas dos décadas atrás, cuando al llegar a Buenos Aires como embajador conoce al portento femenino de libertad, inteligencia y fervor por la cultura, cuya pasión por las letras le daba el quién vive, Reyes la describe el 17 de octubre de 1927, con estas  cursis palabras: Victoria Ocampo, diosa colosal, volante, en manto de plata, como en Rubens sin carnes flojas, en esta catarata de síes. Políglota, viajera, cosmopolita, heredera y mecenas, promotora, ensayista, intelectual fuera de serie, casi de su edad y cofundadora de la emblemática revista Sur, tanto su obra como su vida  son un hito en la historia argentina. Consciente de que su personalidad opacaba a sus coetáneos, lo invitaba de tanto en tanto a tomar el té en su famosa casa, convertida en centro de cotilleos y de cultura. Presidía el ambiente tertuliano que el mexicano no dejó de disfrutar ni de aprovechar, aunque gustaba quejarse de su activa vida social. En realidad, en sus diarios se exhibe como  un melindroso. Sobre cuán útil le era Victoria Ocampo para relacionarse con los connotados, escribió en 18/10/28: Los hombres me hubieran servido de poco. Las orientaciones que yo necesitaba, solo de una mujer podrían venir: y de una superior, como ella. Durante periodos intercalados de proximidad y distancia mantuvieron una  amistad literaria, inclusive por correspondencia. A su muerte, en 1959, en una especie de obituario Victoria  reconoció con largueza las virtudes intelectuales del mexicano.

Reyes se carteó con Gabriela Mistral y con la infortunada y doliente Juana de Ibarbourou.  Testimonios de  cortesía,  las cartas  no comparten la camaradería que lo hacía sentirse a sus anchas con sus pares masculinos. Bajo su formalidad mantuvo intacto al libidinoso sutilmente descrito por Carlos Fuentes cuando, en Cuernavaca, “se sentaba a florear a las muchachas que pasaban por la plaza que entonces lo era de laureles y no de cemento”.  Reconocido mujeriego, este es el Reyes menos explorado y lleno de detalles desagradables que confirma lo que sabemos: el ámbito intelectual no se sustrae del machismo ni de la vulgaridad.

Las coetáneas del escritor regiomontano eran menos que invisibles. Las intrépidas o adelantadas, si acaso, asomaban la cabeza o algo más aun a sabiendas de que “a la que asoma la cabeza, se la cortan”. Eternas ninguneadas, cabe decir que lo que no se ve no se puede nombrar. Por eso esta reveladora omisión dota de sentido  lo que  aún brilla por su ausencia. La evidencia pone de manifiesto la escasísima presencia social de las mexicanas en el pensamiento, las letras, las artes, las ciencias y la cultura en general. Más ostensible es la inadvertencia si consideramos que nuestro escritor cumplía sesenta años de edad cuando, a propósito de la profusa publicación de El segundo sexo, las mentes más avezadas  comenzaron a repetir, con Simone de Beauvoir, que no se nace mujer sino que se llega a serlo. Indiferente a las reacciones internacionales sobre este importante hallazgo, la visión del mundo y de la mujer  fue el ejemplo opuesto en la personalidad de Reyes: el machismo.  Hay que agregar que tanto en lo individual como en lo colectivo el hombre –o la idea del hombre- es asimismo el producto mejor logrado de una cultura, un país y un credo específico. A excusa de la religiosidad el credo fomenta prejuicios en detrimento de la justicia y la dignidad. Las excepciones, en ambos casos –el del hombre y la mujer-, confirman la regla. La relación de Alfonso Reyes con las mujeres demuestra que se puede pertenecer a los más altos estratos, gozar de una educación privilegiada o ser un hombre de letras y de manera simultánea, dejar intacto el machismo que se encarniza donde escasea la  educación emocional. Esto significa que es y ha sido tan potente la supremacía del patriarcado que ni siquiera el saber adquirido elimina la inercia deformante de lo recibido.

A la voz “a tu mujer no la alabes, que lo que vale tú lo sabes”, Reyes añadió para sí una advertencia asegurada: “no te cases con mujer que te gane en saber”. Con estos y otros refranes como telón de fondo, a partir de que en 1911, a sus 21 de edad, desposó a Manuela Mota ya embarazada,  aplicó la consigna: “a fraile no hagas cama ni a tu mujer ama”. Dicho lo cual, mantener mujer y hacer del matrimonio un mal necesario fue norma no declarada, aunque cumplida hasta el fin.  La conservación convencional del matrimonio y la paternidad sería trámite del “buen esposo” para sortear con ella y el único hijo malos y buenos tiempos. Templada por su educación porfirista, gracias a la tolerante complacencia de Manuela, nuestro memorable escritor tuvo el ánimo y las condiciones para vivir a plenitud como mejor disfrutaba. 

Los períodos de “la grata compañía” que celebrara el comelón don Alfonso, tan amigo de la conversación como de los buenos platillos, no solo fortalecieron su perspectiva intelectual en Madrid y París sino que contribuyeron a hacer de él, en plena madurez, lo que Unamuno definió “un carácter”. Así, con una obra que ya en España lo acredita como una figura en el ámbito de las letras, emprende en principio a regañadientes y cuando no cumplía sus cuarenta de edad, el que será durante algo más de una década un fecundo y placentero servicio diplomático en Argentina y Brasil.

Con especial visibilidad en la próspera sociedad argentina, que durante la segunda y tercera décadas del siglo XX tuvo un gran auge económico y social que repercutió tanto en la europeización de los criollos como en un fuerte impulso a las actividades culturales, en Sudamérica compartió su pasión por las letras con goces menores y por demás transitorios. Prefería deslices con mujeres casadas y a la sazón tertulianas, como indican  indicios en su correspondencia o en sus Diarios. No que lo supusiéramos un gran amante o siquiera un amador caballeresco, a la manera  de modelos medievales que transitaron por sus lecturas; más bien don Alfonso, quien ya era don Alfonso en sus cuarenta, se entretenía con encuentros furtivos: ninguna hoguera digna de mencionar; ni siquiera vislumbres del romanticismo que tanto admiró de Goethe; ninguna constancia de desgarramiento a lo Werther o siquiera algo parecido a los dramones de Stendhal, Flaubert o tantos más, de cuyas novelas algo brincó hasta sus ensayos sobre autores y letras.

Amante de Grecia, reconoció  la señal del destino. Mantuvo fidelidad a la palabra e hizo de ella su única y verdadera patria: la patria del idioma. Supo desde edad muy temprana que el Hado no le había deparado pasión mayor a la pasión por el saber y las letras, que no es poca cosa. La circunstancia, sin embargo, no le impidió disfrutar del affaire de peau o sin compromiso, como el que sostuvo en su casita cercana a Buenos Aires, La Pascuala, en Tandil, con  Nieves Gonnet, a partir de 1928, de quién él mismo describiría su perfil: Nieves Gonnet de Rinaldini es una de las mujeres más notables de Buenos Aires (…) Tiene cenáculo literario, y Pedro Henríquez Ureña la adora a su manera. Su esposo es un hombre agradable e inteligente, muy discreto. Su casa ha sido posada familiar de todos los mexicanos ilustres (sólo de esos) que han pasado por las tierras del Plata (…) sería perfecta si fuera francesa (…). Y es metálica, gritona, acerada, como buena argentina y buena catalana. Pero vale mucho, y en ella la constancia sustituye del todo a la ternura.

El cambio de sede diplomática dejaba atrás los amoríos a cambio de los nuevos. Así lo confirma a Nieves en estas líneas cercanas al final de su vida, que ilustran hasta dónde las pasiones se activaban de un solo lado y no del suyo, por cierto: Tu posees la naturaleza epistolar que yo perdí en la adolescencia. NO sé decirte nada que valga la pena ni equivalga a tus admirables efusiones, que tanto me interesan y me conmueven… Mientras buscaba las cartas entre ellos, no halladas en libro impreso, descubro hasta dónde vigiló este hombre que ninguna palabra propia o ajena quedara fuera del registro puntual en su archivo. Leo, por ejemplo, que hay 30 misivas a Gonnet y 45 de ella, cuya data abarca de noviembre de 1926 a la muerte de él, en 1959. Quiso la casualidad que encontrara esta importante confesión a la “Güerita”, de enero de 1932, escrita en Río de Janeiro:

La vocación de las letras ha sido una de las razones que me detuvo la mano cuando pensé seriamente en suicidarme.- Cuando yo tenía la edad de mi hijo, yo era un líder de estudiantes; tenía éxitos oratorios todos los días; una estupenda cabellera rubia; era campeón de esgrima francesa en la Escuela Preparatoria, y de esgrima italiana en el salón de Timperi; era futuro príncipe heredero (mi Padre iba a ser Presidente cuando le diera la gana, y era ya uno de los prestigios más poderosos, era un objeto de adoración mística). Yo, que me daba cuenta de lo que son las vanidades políticas y veía los resultados ya en la casa de mi hermano (que era el primer bufete de abogado de la República) no me dejaba marear con los éxitos. Además, me defendían dos cosas: mi melancolía enfermiza, natural, que de tiempo en tiempo subía a flote y me borraba todos los halagos de la vida,- yo entonces lloraba mucho a solas; y, por otra parte, mis amigos. Mis amigos se llamaban Pedro, Caso, Vasconcelos: me decían la verdad, no me dejaban envanecerme.- Me enamoré de un modo único, espantoso, asolador, indescriptible; pasé por todo, lo afronté todo. En mi casa había el respeto pánico a la autoridad de mi padre, y la reacción sagrada de la intangible voluntad de mi hermano mayor, en cuya casa yo vivía entonces. Nada me acobardó: me hice mi nido de amor aparte. Me encerré allá con la mujer y los libros. Me impuse a todo y a todos de tal manera, que nadie se dio cuenta, Fue como el aire: nadie lo siente, nadie lo ve, y nos rodea. No tuve que luchar: fui naturalmente libre. Eso me salvó. De otro modo, yo me habría matado: Pero como el amor trae consigo sus propios sufrimientos, yo quería morirme todos los días a causa del mismo amor. ¡A qué frágiles pretextos que agarraba mi vida, mi instinto de salvación! Mira: después de un día de estragos sensuales, de horribles tragedias de inconformidad, de lágrimas y violencias, cuando yo había pedido cien veces la muerte, me quedaba completamente exhausto. Eran las ocho de la noche. A esa hora yo tomaba el tranvía para volver, desde el lejano barrio, a la casa familiar de mi hermano. Era tal mi fatiga, que a veces me dormía en el tranvía, pobre criatura rubia de menos de veinte años! No tengo piedad cuando me acuerdo! Entonces sentía yo que mi vida se refugiaba en su mínima expresión, se aferraba a su egoísmo mínimo para no acabarse. Me daba yo cuenta de que, en ese instante, Ella no me importaba, de que ya sólo me interesaba sentir la sorda continuidad de mi respiración y mi sangre, el bienestar de mi máquina biológica que seguía funcionando. Y me decía yo a mí mismo, -sin duda porque me lo dictaba al oído mi ángel guardián-: "Puesto que hay horas del día en que ESO nada te importa, debes seguir viviendo: concibes la posibilidad de una vida sin ESO. Además ¡acuérdate qué feliz eres cuando haces versos!" Y de esto se prendía mi vida, Nieves, te lo juro.- No se lo he contado nunca a nadie. No sé cómo te lo estoy contando a ti. Perdóname que lo haya hecho. Quiéreme: Haces bien, porque me hace falta, me hace bien, Calla: no digas nada. Mi mano en tu boca. A.

Propio de su generación, la consigna en todos los casos, incluida la relación con la poeta brasileña Cecilia Meireles,  era una e inviolable: disfrutar las estaciones amorosas, como los marineros, y dejar los menos vestigios testimoniales posibles, como se esperaba de cualquier adulterio para no vulnerar la tranquilidad de su nombre o su rutina. No faltan curiosos que escudriñan los hábitos amatorios de don Alfonso  y arrojan luz sobre una intimidad que supuso resguardada. No obstante, es pertinente realizar “un deslinde”, entre las relaciones literarias con escritoras como María Zambrano, Victoria Ocampo, Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral o Cecilia Meireles y las huéspedes de paso o adulterios decantados por la amistad epistolar, cuando la abandonada así lo quisiera. En realidad,  Reyes cumplió con los usos de los casados en lo tocante a las infidelidades y las formas de utilizar a las mujeres. En el común entendido de que la esposa era la “catedral”  y las amantes las “capillitas”, el muy apreciado y no tan encubierto affaire de peau sería uno de tantos hechos que se daba por sentado, pues cuando se trataba de fuego la única hoguera que lo mantenía encendido era la atizada con papel y tinta para potenciar la escritura.

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Esther, un alma errante

August 1, 2020 Martha Robles
Esther Seligson: el instinto de la palabra - Youtube

Esther Seligson: el instinto de la palabra - Youtube

Era espigada desde niña, de movimientos felinos. Su rostro estaba surcado por unas cuantas líneas: dos profundas en el entrecejo.  Las de las comisuras completaban su natural ironía que comenzaba en sonrisa y estallaba en mordacidad. De cuerpo fibroso y cabellos rizados,  parecía que llevaba tatuado el pasado suyo y de su gente. Miraba al mar como quien mira a Dios: agua, agua y sal en su poesía. La sed la ahogaba, la incitaba a ir más allá, hasta el origen mismo, donde pudiera hallar la Voz, el Verbo, un vocablo esencial o el golem de sabiduría y santidad.  Aspiraba a encontrar la Luz en la claridad. Deseaba trascender el vacío y la turbulencia hacia “lo otro”, acaso el vocablo primero como algunos persiguen al Adán primordial. Errabunda,  anheló el Todo desde un hueco que nada pudo  llenar. Persiguió la divinidad innominada entre sus páginas, al Yaveh invocado en la inmensidad de su ausencia ya que, como dijera el poeta Jabès, para el judío el punto de partida y de llegada se confunden.  Los dos están en ese nombre solitario: Judío. Primera y última palabra de un libro donde todo lo demás se ha borrado.

Esperar fue su signo y una aspiración no tan secreta de lo absoluto. La espera también fue móvil de su desgarramiento interior y de la soledad insondable que línea a línea se abre y se cierra sobre sí misma, sin distingo de verso o prosa, sin fisura ni concesión. Su obra es un círculo escritural que la llevó de toda Luz al negro más insondable, de la pasión al desencanto, de la primera a la última palabra, de la simiente al duelo y al hijo suicida, de la Madre compasiva a la más pura orfandad; es decir, no hay fragmentos ni pausa sino un pensamiento continuo hacia el “libro total”. Es  la palabra que llama a la otra en busca del Verbo, del libro que subyace detrás del libro, de la pregunta que sólo se abre a otra pregunta. Así la confesión que atrae a la historia; el pasado que prefigura el presente, el yo al nosotros, el ser al estar… Su obra evoca el “libro total” prefigurado por Mallarmé como unidad del universo: un mismo texto y distinto según se lea de atrás a adelante, al revés o al azar.

Prefería el párrafo largo, más largo, musical, sembrado de metáforas y sucesivo cuanto más encaminado a lo divino, a lo trascendental y a una cabal abstracción. Y ése es el punto-cifra de una identidad conformada por la urgencia de lo sagrado  “como lo no percibido, lo disimulado, lo protegido, lo inefable”. Así lo descifra en voz de Edmond Jabès en su magnífica traducción de En su blanco principio: por eso escribir es la tentativa suicida de asumir el vocablo hasta su última desaparición, ésa donde deja de ser vocablo para ser sólo huella –herida- de una fatal y común ruptura: la de Dios con el hombre y la del hombre con la Creación.

 De riesgo en riesgo, ávida infatigable de luz, depredadora en sus relaciones, durante una estancia en Toledo en su juventud la deslumbró la cultura sefardí. Allí  remontó la tradición judaica al obedecer el llamado de La morada en el tiempo. Inclinada a la ruptura, supo que todas las historias se repiten, que el pasado es el presente y que, fiel a esa intuición o profecía temprana, en su hora, años, décadas, experiencias y libros después, dejaría que su corazón cesara de latir. No que el resto de su obra se apartara del círculo escritural que la distingue, es que al seguir sus huellas por entre Luz de dos, La fugacidad como método de escritura, Simiente, Negro es su rostro y concretamente en Todo aquí es polvo, la unidad anhelada se consuma mediante el acto de libertad radical de apagarse a su aire como si detuviera el tiempo, como si al fin congelara la errancia, su errancia. Morir de fatiga, de dolor, de orfandad, de culpa, de desamparo e inclusive de una valentía cercana a la heroicidad significaba atar el ovillo propio y de su gente. Algo misterioso había en su recóndito afán de sellar el sufrimiento: acaso dejar de ser vocablo para ser sólo huella –herida- de una fatal y común ruptura: la de Dios con el hombre y la del hombre con la Creación. De eso se trataba cerrar el círculo y saber, como indicaban los rabinos ficticios de Jabès, que todo fin es principio.  Hallar o no la Voz fue duda  que estalló ante la pena capital del desesperado que medita e inclusive acude a Buda acaso para aliviar el sufrimiento. Así como a Heracles sólo la muerte le haría soportable su dolor, a Esther la decisión de dejar de vivir con el corazón enfermo le permitiría saciar, de una vez por todas, la  sed de ser y amar y la “sed de mar”. Una sed que del mito a la espiritualidad o de la tragedia a la Biblia -sin desatender la importancia de Antígona en su propia biografía-, también la llevó a recrear a Ulises, a Penélope, a Euriclea la nodriza…: Dímelo Ulises, ¿habla el silencio? ¿Qué dice el silencio cuando calla?

La transparencia la envolvió como seña de identidad. No ocultó sus vínculos con Cioran (a quien también tradujo), con Rilke, Steiner, Juan de la Cruz o María Zambrano… y ni qué decir de Bachelard o de Edmond Jabès. De hecho, sembró epígrafes como mensajes cifrados en sus textos. Culta si las hubo, abierta a lo que su curiosidad indicara, abominó de límites, complacencias y comparaciones. Diestra en la discusión, su irritabilidad la perdía. Implacable en su enojo, nada ni nadie podría superar el rigor de su autocrítica. A solas esgrimía sus culpas y, otra vez, mascullaba la figura de la huida. Ninguna paciencia igualaba su devoción por la escritura: su patria, la Tierra Prometida. Perdió amigos por su ferocidad abismal, pero quienes practicaron el arte del equilibrismo desafiaron  su capacidad de amar. Su escritura era un mapa de territorios reales e imaginarios, de mitos y soñaciones, de juramentos y cuestiones de fe, de culpas, confesiones y confrontaciones, de lamentos, pérdidas y fundaciones, de preguntas, duelos y representaciones que completaban su temperamento con su pasión por el teatro.  Original, brillante, inimitable, su obra a nadie deja indiferente: fue, es una escritora fuera de serie.

Alma vieja, chamana, hechicera, bruja inevitable, supo cuanto había que saber  de escenarios mágicos, de rituales sagrados y profanos y fórmulas esotéricas. Enseñó el arte del teatro a mentes jóvenes e inclusive su segundo hijo se convirtió en actor.  Su suicidio la quebró en añicos, aunque ni así dejó de errar entre lenguas, textos y países hasta que, desgastada, regresó a explorar otra luz, otro espacio, otra ventana y “otra cortina al aire” que, cárcel del destino al fin, la enfrentaba al tiempo congelado. Traspasada de dolor, lo sobrevivió una década. Cada línea de Simiente (2004) -un largo lamento dedicado a Adrián-, toca la esencia del ser, lo irremisible, la pregunta que queda en la negrura donde se sella una historia con cinco mil años a cuestas:

Cristal de luz se me rajó el alma/ Y tu cuerpo volando astilla/ Cómo no se abrió la tierra urna/  Para hundirnos ambos aliento de agua/  Desnudados de dolor y de materia/ Cómo vine a quedar tan huérfana de ti/ En este otro parto.

Así era Esther: talento al rojo, flama que en segundos adquiría la condición de hoguera. Fue pasión que, iluminada, cedía a la soñación que la habitaba. Rehén del fuego que a poco trasmutaba en decepción, perseguía el sosiego inútil que por demás no conoció. Por una casualidad de las que sólo nos reservan las letras, al leer un ensayo de Luis de León Barga sobre Arthur Koestler pensé por analogía en el sentimiento de culpa, distintivo del pensamiento judío. A querer o no el judío se siente responsable del frío, del hambre, del calor, del sufrimiento ajeno, de la desgracia y aun del fracaso de la vida. Esto atormentó sin tregua ni vía de salvación a la escritora que huía de sí misma y de los que la querían aun como fiera herida. Y se fugaba  armada de libreta y tinta, de soledad teñida de dolor, de genio, sobre todo de la genialidad que la habitó.  El drama del hijo la llevó a desdoblarse en una estremecedora confesión titulada con el verso de Geney Beltrán, Todo aquí es polvo cierra el círculo de una vida/voz. En consecuencia, la mítica Tierra Prometida no fue, no es y nunca será otra cosa que la Palabra, el texto y la interpretación del libro que ha hecho de la inteligencia judía emblema de creatividad: categoría no solamente para mejorar sino “para pensar el-ser-en-el-mundo”, según observara Harold Bloom.

Tan lejos y tan cerca, a Koestler y Seligson la palabra errancia los ataba a la ansiedad, a la búsqueda perpetua. Moverse de aquí para allá, dispersarse como estigma de la égira,  viajar en pos de espacio o de lo que mitigara la aflicción por estar en el mundo y en la vida a ambos les sirvió de acicate para interesarse en varias disciplinas: filosofía, esoteria, psicoanálisis, cábala, parapsicología, misticismo, espiritualidad, doctrinas orientales… La curiosidad de Esther devino en una suerte de inteligencia escolástica, minuciosa y esencialmente talmúdica. Intolerante con los mediocres, no otorgaba tregua a quienes, de cerca o de lejos, exhibían ignorancia o imbecilidad. Es comprensible que su talento la hiciera atractiva por las misma causas que no pocos la rechazaban.

La tradición cabalística afianzó su ir y venir en los entresijos de la letra. Aspiraba a más de lo humano y a abarcar el tiempo como totalidad. Esperaba que la escritura compartiera la noción del aleph como el lugar desde el cual se pueden ver todas las cosas y todos los espacios. De ahí, acaso, su desigual pasión por los místicos, por  la poesía y el sueño del ser en el ser durante la errancia maldita que la llevó a abarcar su pensamiento judío, inclusive de manera paradójica. Extranjera desde el Génesis y peregrina sin asiento, el no lugar era su lugar, la nada y el silencio como surtidor de un decir luminoso. Desde la hondura de lo sabido o no sabido, la Palabra y sólo en la palabra reconoció su esencia. Intentó reescribir la Tora “como un Jeremías contemporáneo”, confesó en Toledo, cuando de golpe vislumbró La morada en el tiempo y como una posesa se concentró a recibir el Dictado.

Tenía el desierto tan adentro de los huesos que de sal y arena extrajo una poesía de toda luz.  Traslúcida era la palabra; traslúcida y entramada de soñaciones, de fragilidad y desamparo. Lo hacía y no como Jabès –siempre individual y a su manera-, porque las semejanzas los unían, “la sed del alma” en la lengua de Dios, en el libro detrás del libro y en los tránsitos de la memoria que la  llevó a decir que llevaba la infancia colgada del meñique. Había que verla sin parpadear porque hilaba más que revelaba un alfabeto a descifrar. No se parecía a ninguno; y a veces, ni siquiera a si misma.  Fue una mujer con la obstinación del libro, la ansiedad del alma y la sal en la punta de la lengua.  Sus manos parecían ofrendar cada ciclo y su final. Adoraba la liturgia. Ella misma, diestra en ceremonias, cumplía sin falta cada rito que afianzaba una remota relación entre Dios y el pueblo de Israel: bendiciones, santificación del pan, del vino, del comienzo de los días, de lo ordinario, de los cambios, de las velas… Lo creía con fervor: “Te ligas a lo que se desliga –a lo que en tu ligazón te desliga. Eres un nudo de correspondencias”. 

Nacer tocada por el deseo de lo absoluto fue recompensa y daga envenenada: de ahí su ambigüedad inconciliable. Siempre daga y siempre flama, el regalo-estigma no tardó en ser desasosiego. Mejor que otros lo saben los descendientes de Abraham, pues entre ser miembros del pueblo elegido y vagar en pos de la Tierra Prometida, el judío convirtió la morada en palabra y la palabra en pregunta. Kafka lo entendió desde el fondo y también lo aplicó de manera radical: “la palabra es una elección entre la muerte y la vida”. Errar, pues; errar y buscar equivale desde tiempos inmemoriales a resistir. En posesión de una gran literatura, Esther Seligson nos dejó, como Antígona, la sucesión de preguntas que se plantean hasta el fin.

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Lo mexicano: La vida no vale nada

July 19, 2020 Martha Robles
Pedro Infante

Pedro Infante

La chabacanería del Presidente me hizo tropezar, otra vez, con el móvil que inspiraba la narrativa de Carlos Fuentes: la insolencia del machismo. Al novelista le fascinaba lo mexicano no como culminación del barroquismo sino a modo de interrogación y escarnio, distintivos de su estilo. Tal el hilo conductor de “los días enmascarados”, como podría resumirse  su visión del poder, de la sociedad y del espectáculo.  Así lo trató en las fantochadas de los arribistas o en la “ingenuidad” agresiva “del peladaje” posporfirista y “revolucionario”.  Inclusive él mismo dijo que el nervio de lo mexicano  es la afrenta, el agravio, la bajeza, el vilipendio y la traición que elevó a cifra de su estilo.

Disfrutó como nadie el crecimiento de las clases medias y de ello nutrió sus ficciones.  La segunda mitad del XX anticipó el progreso con desarrollo, pero ni él mismo pudo imaginar que, en pleno siglo XXI, se diera una vuelta de tuerca hacia el retroceso. El hecho, al margen de las causas, es que pervive el estigma del gran Tlatuani, que el civismo sigue en pañales o lisa y llanamente, que aquí no gusta la democracia y cualquier indicio de madurez política saca lo peor de nuestro talante.

En cada época la naturaleza cerril fortalece la intemperancia. Lo mexicano consiste en eso: violencia nutrida de odio a sí mismo y a lo que se desea ser, pero no puede ni tiene con qué serlo. Envidia del otro, pues, con grandes dosis del complejo de inferioridad que, desde el acierto de Samuel Ramos, dejó de ser un enigma. De ahí que la inclinación a mentir y la función de las máscaras, examinadas por Octavio Paz, no dejen de actuar ni de reproducirse. Multifacética, pervive la crueldad innata desde los antiguos mexicanos, aunque agravada por la modernidad. Recuérdense a los desollados de ayer o de antier; o la feroz imagen de niños obligados a aspirar el chile ardiendo sobre el comal…  Luego lo demás, hasta las violaciones durante el levantamiento armado que erizan la piel, torturas, persecuciones, el perfil del “revolucionario” típico: desleal, traidor, depredador, embustero, artero, borracho, cínico, ratero, simulador, ignorante si los hay… Y ni qué decir de la monstruosidad de los narcos e inclusive de los policías. ¿Cuáles son las diferencias? En fin: imposible asociar lo mexicano a los derechos humanos. Quien se asome a la historia del país dará con un depósito de chapuzas, crímenes, impunidad, mentiras y corrupción total.

No que otras culturas carezcan de episodios feroces, es que hay que conocer lo mexicano para entender esta realidad. En ello subyace el por qué de la repulsa a la civilidad y a estados culturales superiores. Lo pienso a propósito de la inexistente empatía del Presidente respecto de la dignidad esencial de las personas o del infortunio femenino… No hay más que ver su actitud ante el cúmulo de muertos por el narcopoder, por la violencia o a causa de la pandemia, la impotencia de las familias de niños con cáncer, la desaparición de guarderías, el sentido de la justicia, su desprecio a la ciencia y a la crítica… Él mismo es un ejemplo vivo de lo mexicano que desearíamos abolido. Me estremece su cabal insensibilidad para con el medio ambiente, con la educación o su nulo respeto a  las instituciones, la inteligencia, el arte y el pensamiento. En fin, que en él reconozco el perfil del socarrón que, amparado por el poder, se burla y degrada a los demás como si fuera un chistorete. Es, llevado al extremo del cinismo, encarnación del escarnio que atrajera a Fuentes. Y podría ser uno de sus personajes.

Y, ¿qué es el escarnio?  Pues lo definido por la RAE: “burla cruel cuya finalidad es humillar o despreciar a alguien.”

A la letra, este tabasqueño lenguaraz, de pobre pensamiento y peores modales que lanza acusaciones infundadas, cumple con la definición, según pruebas cotidianas.  Su lista de adjetivos e insultos pueden formar un vocabulario de la autocracia a la mexicana. Su perfil da fe, además, de la sentencia que resume lo mexicano por excelencia: “la vida no vale nada”. El hallazgo de  José Alfredo Jiménez tocó la raíz de la archi conocida actitud popular, pero  solo Pedro Infante pudo elevarla a himno.  El primero por advertir que la vida “comienza siempre llorando. Y así llorando se acaba”; el otro por encarnar al macho bueno en tierra de jijos de la re tal madre, los dos hicieron una mancuerna perfecta al poner música, voz y letra al “alma del pueblo enmascarado”.  Y es “el pueblo”, su gente, el que año tras año desde el fatídico avionazo, en 1957, acude en masa a la tumba de Pedrito para honrar su memoria con buenas cantidades de alcohol, mariachis, fotografías, disfraces y clones caricaturescos del difunto. 

Con Agustín Lara en su propio universo y las películas dirigidas principalmente por Ismael Rodríguez, el intérprete de Ustedes los ricos, Los tres García, No desearás la mujer de tu hijo, Dos tipos de cuidado y otros melodramas con títulos semejantes no solo consiguen “robarse el corazón”  del México de los años cuarenta y cincuenta, sino encarnar uno de sus rasgos más cursis, agrestes y emblemáticos del machismo arraigado en el inconsciente colectivo: el escarnio. Imposible entender nuestra realidad actual sin las extravagancias del medio siglo, fomentadas por el culto a los estereotipos, la industrialización y el ensanchamiento de las clases medias; clases ahora combatidas por la 4t. En los cincuenta, la acumulación de capitales y las “sociedades anónimas”, el nacionalismo ramplón y la máscara antiyanqui  no ocultaban el deseo de ser y parecer  gringos. Sembrados de contrastes, proliferaron “representantes del pueblo” aupados por la vulgaridad y lenguajes patibularios que consagraron “la época de oro del cine nacional”, los clubes nocturnos, las danzoneras y “lo popular”. Más allá, los exclusivos bailes para presentar a las casaderas  con los nuevos ricos, para consumar el maridaje de la nueva burguesía, formada a la sombra del erario, y el abolengo empobrecido  por el levantamiento armado.  Las carpas, a su vez, sintetizaban la psicología de la garnacha aunada al dicho escarnio y personajes como  “Resortes”, “Clavillazo”, el emblemático “Cantinflas”, “Tin Tan”, “Capulina” o “Piporro” satirizaban la mezcla de sociedad en ascenso, política “revolucionaria” y atraso ancestral que encontró su escenario ideal en La familia Burrón…

Tiempo, además, de los cafés en el centro, allá por Balderas, donde se reunían exiliados españoles, periodistas y amigos “de izquierda”. Hora de funciones de box, de bares frecuentados por periodistas entre Reforma y Bucareli y restaurantes como el Passi, el Napoleón o el Cardini, donde era costumbre “hacer política” y periodismo en cotilleos que duraban horas, a veces hasta la media noche, si es que no se organizaban rondas en cabarets para estar “con las muchachas” y llegar a casa con la obligada excusa del trabajo duro y encontrar a la mujer con la cara torcida de furia. La vida estaba viva, cuando los salarios se estiraban a fuerza del chambismo y los figones ofrecían “comidas corridas” con sopa, arroz, guisado, pan postre agua fresca y café.

No todo Fuentes se respira en el espíritu de lo mexicano impuesto de manera tan burda y amañada por la 4t. Ni siquiera puede hablarse del ambiente de cabaret que tanto amaba el novelista, cuando se hacía acompañar de actrices y figuras en boga. Aquel espíritu festivo –ya inexistente- reflejaba el despunte falsamente liberador de los inconformes que aspiraban a un estilo cosmopolita de ser “intelectual”: algo correlativo al de ser o parecer para ser notados. En los centros nocturnos la nueva burguesía iba ataviada con una elegancia surrealista a la que no faltaban pieles en pleno verano, abundancia de joyas, zapatos picudos y trajes masculinos “acharolados”. En el extremo opuesto, en las “carpas” campeaba un permisivo lenguaje contra la clase política, cuya patanería sustituía a la crítica. Templados los ánimos al calor de las danzoneras, los “parranderos” continuaban su travesía burlesca con fantasías sexuales en aquel país que, pequeño y cerrado al fin, arropaba el poder absoluto encabezado por “los gobiernos de la Revolución”.

La mascarada no ha terminado. Solo cambió ropajes y de protagonistas, ahora sin clase ni estilo. Ni siquiera tenemos algo equivalente a Agustín Lara para conmover a la muchedumbre entrenada en el "acarreo", la sumisión y la violencia socavada. Hoy nos atiborran de series en vez de radionovelas por entregas y culebrones de Televisa. Todavía se tiene por milagroso ser funcionario y regalo de la fortuna pertenecer a las nóminas, pero esta multitud ociosa carece absolutamente de gracia, de ingenio y de interés por su país.  Artemio Cruz acaso se modernizó, pero sigue representando al mexicano supersticioso, traidor y supeditado a los prejuicios por su ostensible ignorancia con violencia. Seguimos padeciendo al funcionario desmesurado y codicioso; ridículo por nuevo rico; insolente por llevar llena su billetera; lambiscón, para no perder el rumbo de los favores ni el connatural correo de influencias en un sistema de complicidad y componendas. Y por su machismo ancestral, colérico, majadero, dependiente velado de las mujeres y de preferencia golpeador, sigue a la vista el seductor opresivo “que sabe mandar”, oprimir y divertirse de manera ordinaria. En resumen, lo mexicano no ha engendrado en la vida pública ni en las letras a un personaje digno de ser reconocido por sus principios, respetable, con autoridad moral, comprometido y dotado con pensamiento educado.

Nunca me gustó la obra de Carlos Fuentes, pero lo he leído a la par de la historia para fundar mi crítica. Tampoco la realidad que satiriza me atrae. Sin embargo, me agrada menos  reconocer que lo mexicano sigue allí, redivivo y cada vez más dominante y caricaturesco. Lo mexicano como estigma: ¡qué fatalidad! Faltó crítica entre nuestros antecesores, cuando debieron señalarse estas peculiaridades; y falta ahora, más que nunca, porque solo la cultura habrá de salvarnos. La crítica y el conocimiento, sí, para ser libres, para saber ver y entender lo que vivimos y padecemos.  A fin de cuentas, la literatura, con más o menos talento, no es otra cosa que reflejo de la vida. Por eso me parece escandaloso el descenso de la cultura en nuestro país. ¿O es que aún no se han dado cuenta de lo que eso significa?

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Memoria de un cleptómano

June 25, 2020 Martha Robles
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Mis autores y hallazgos más queridos no se reeditan y, como los que de veras valen la pena, se convierten en libros raros. De preferencia los encuentro en otros países, en librerías parecidas a la descrita en Charing Cross Road. En esos sagrarios de la palabra hay libreros que se conservan vivos, casi intactos, como especies en extinción. Además de hallar lo imposible y distinguir a los bibliómanos de los bibliófilos, esta deliciosa comunidad de guardianes de libros, ilustraciones, mapas e impresos –que desgraciadamente he dejado de frecuentar- tiene la gracia de adivinar las preferencias de los lectores.  No está de más aclarar que se crea un vínculo afectivo con este universo, cuyo destino final es el anaquel reservado a nuestras afinidades electivas. Así que, si uno de estos representantes de la exclusiva minoría de elegidos desaparece tengo que obligarme a practicar el desapego, desde la perspectiva budista, porque de otra manera cada despojo me provocaría un inmenso dolor.

Es importante el antecedente, porque cuando un escritor ya fallecido robó dos ediciones tan bellas como raras de mi biblioteca -una de Pessoa, otra de Rilke-, sentí el rayo. También se despachó con varios títulos más, cuyas ausencias fui descubriendo con otros faltantes que di por irremplazables. Dónde y cómo los escondía al salir de casa es una de las incógnitas sin resolver que vuelve a inquietarme cada vez que alguien se echa a saco sobre algo de mi propiedad. Por cierto, a diferencia de los ladrones ordinarios, cleptómanos como éste en particular cargan con lo que más apreciamos. Esta peculiaridad me ha llevado a creer que intencionadamente sustraen lo que más amamos o que más significa para nosotros, lo que, para agravar la falta, implica una doble agresión.  

Al principio dudé de la identidad del truhán, como suele ocurrir, pero las evidencias acabaron por desenmascararlo. La calidad y el carácter de lo sustraído eran  santo y seña inconfundible. Al descubrir en dedo ajeno un anillo “conocido”, diseñado especialmente para mi por alguien muy querido, inferí que también practicaba la cortesanía mediante el tránsito de objetos de lujo. No está de más aclarar que me quedé pasmada al reconocerlo. Observaba aquel dedo portador de lo que tanto aprecié durante años, pero fui incapaz de reclamarlo por timidez o vergüenza. Después no solo me arrepentí de mi cobardía, también me sentí culpable por no haberlo denunciado, a pesar de que ya se sabe que, en México, eso es infructuoso. El Fulano en cuestión era miembro del servicio exterior y ostentaba prendas de intelectual superior a la media. Mitómano afamado, tenía su corte de contertulios que celebraban sus gracias y sus desgracias. Así que, en este imperio del machismo, él reinaba a sus anchas.  

Presumir de culto y melómano no le impidió, al calor de las copas, emular la bellaquería de su padre. Cuando venía a México me llamaba para visitarme, pero yo me hacía la remolona hasta que, sin previo aviso, se presentaba con flores o alguna otra cosa para avalar “su buena intención”. No conseguía eludirlo del todo. Si yo cambiaba de país, él me encontraba. Averiguaba mis datos y le daba por telefonearme a cualquier hora porque, según él, “nuestras conversaciones eran insustituibles”. Y cómo no iban a serlo, si luego supe que repetía como propias mis versiones sobre ciertos asuntos,  libros y autores. En alguna etapa intercambiamos cartas, largas y muy literarias que, para mi sorpresa y disgusto, plagió y editó a discreción en sus libros publicados. Echaba mano con impudicia de lo que le atraía y jamás se disculpaba, jamás se enmendaba y jamás reconocía sus faltas. Buen dialogante, aunque abrumador y enredoso, me di cuenta de que las bajas eran puntuales y sus embustes de pies ligeros, al grado de desencadenar desprestigios. Ganaba el perdón por su amor a las letras, pero nunca se corregía. Lo corté por lo sano y durante mucho tiempo lo evité por las buenas y por las malas.

Fiel a sus defecciones, cuando ni el plagio ni mis cosas ni yo, tampoco las cartas ni mi buena voluntad estuvimos más a su alcance, desapareció para cortejar, en medio de torceduras, a la que fue mi amiga/hermana desde la infancia. Me pareció deleznable, pero explicable, porque estaba en su naturaleza no solo ser simpático para aprovecharse de los demás, sino ceder a la tentación de presumir sus bajezas. La sedujo sin dificultad y en medio de promesas esperanzadoras para una mujer que, como ella, también valoraba las letras y la experiencia en el extranjero. Duró, pero no prosperó la relación, como sería de esperar. Inevitablemente, aquello dejó una siembra de daños colaterales. La suma de enredos imposibilitó la reconciliación entre nosotras, cosa que lamenté porque las amigas son y deben ser para siempre.  Solo con ellas ejercemos el legítimo derecho a compartir secretos y llamarnos a cuentas.

Pasaron los años. Abultamos nuestras respectivas historias. De vez en vez me enviaba recados e insinuaciones jamás atendidos.  Sin embargo, la casualidad nos juntó como conferenciantes en un importante evento internacional. Hasta no verlo ahí, ignoré que estaría presente.  Superada la tensión inicial, lo saludé “como decíamos ayer”. Me invitó a cenar. Me negué. No bien me preparaba para dormir en mi hotel, cuando volvió a aparecer, champagne en mano. Empecinado, intentó reanudar la amistad, pero ni nuestro respectiva pasión por las letras fue suficiente para sentirme cómoda. Su toxicidad parecía intocada. Hábil tejedor de engañifas su agilidad verbal, aunada a un histrionismo bien dominado, le permitió colarse en todos los foros. Así que planeaba dejar su carrera diplomática para integrarse a sabe dios cuáles proyectos promisorios en México. Cojeaba, lo noté enfermo. Se veía envejecido. Sentí accidentada su respiración y, sin requerirlo, me confesó que sufría un padecimiento degenerativo, lo cual era obvio.

Hablamos durante ocho o nueve horas de corrido. Me dio la impresión de que, después de tanto ajetreo, su vida era más complicada que la mía. Poseía una inteligencia aguda, de las que asimilan, asocian, infieren y dan en el blanco. En ese sentido, su conversación podía ser deliciosa, pero sin ocultar el filón de bellaquería que le llegaba de lejos.  Me dio la impresión de que, a diferencia de los engreimientos del pasado, ya no se empeñaba en disfrazar su lado oscuro con las imposturas del diplomático de carrera. Y es que la enfermedad es en el fondo y sin excepción, un obligado ejercicio de humildad. Nos despedimos en buenos términos, pero conscientes de que estábamos lejos, muy lejos de reanudar cualquier forma de relación, por convencional que ésta fuera. Aún mentía como respiraba, pero la verdad se le salía del cuerpo a su pesar. Noté que entraba en ese estado de espíritu que  anticipa un inminente examen de conciencia o algo equivalente.

A poco intentó reanudar los telefonemas desde Europa. Hablamos de Edward Zaid, de Antonio Lobo Antunes, de Alberto Manguel, de Saramago, de Octavio Paz, de Mahler…  Tan difícil era entender naturaleza tan compleja que cuando unos meses después me lo encontré frente a un parque comiendo en una terraza con varios amigos, todos hombres alcoholizados, me sorprendió al pretender que no me conocía y más aún: alcancé a oír los comentarios machistas y de pésimo gusto que, a mi costa, intercambiaban entre carcajadas. Me entristecí por él, por incurrir en tan fácil e innecesaria vulgaridad en tanto y yo solo me preocupé por haberle visto el zopilote en el hombro.

Murió no sin pagar el peaje de una dolorosa agonía. Los obituarios se redujeron a torneo de elogios y banalidades. Sus dolientes pretendieron elevarlo a poco menos que genialidad en posesión de todos o casi todos los atributos: justo como en México se consagra a ciertos muertos con o sin fundamento. Llovieron testimonios y anecdotarios que lo encumbraban. Así me enteré de pasajes reales o imaginarios de su biografía. Alguno hubo, más atrevido, que se aventuró con su capacidad de mentir, pero nadie mencionó su incontrolable compulsión por robar. ¡Ah, la vida!, pensé y pasé página.

Lo recordé durante este confinamiento a propósito de una carta hallada entre las páginas de la Guía de lugares imaginarios, de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi. Descansaba en el mapa de Pellucidar, un continente subterráneo “cuyos lados se curvan completamente hacia el cielo”. Leí. Sonreí y comencé a escribir estas líneas.

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Sobre el arte de la biografía

June 12, 2020 Martha Robles
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Coincido con Marcel Schwob en que el arte de la biografía consiste en destacar rasgos, manías y anomalías que, a diferencia de las generalidades de la historia, singularizan a la persona en su contexto. Como el oído del músico o el ojo del anticuario, el biógrafo tiene el don de reconocer la individualidad. Por la destreza de Diógenes o de Jenofonte sabemos que las polémicas de Suetonio eran  simples alharacas rencorosas o que Aristóteles caminaba con una bolsa de cuero con aceite caliente atada a la panza. Quizá fue Quinto Curcio Rufo quien escribió que Olimpia, la madre de Alejandro, copulaba con serpientes y que persuadió a Filipo de que no él, sino un dios egipcio la había preñado del que sería “rey del universo”. Campeones del arte de biografiar, los ingleses son el oro molido del género especialmente desde el siglo XIX.

Aseguró José Vasconcelos que no tenemos una gran literatura porque los mexicanos no nos atrevemos con la verdad. Nos falta cultivar la biografía: el filón más pobre de nuestras letras. De mandatarios para arriba y para abajo, sin descontar líderes sindicales, criminales, empresarios, intelectuales, artistas, mujeres y gente común hay decenas de imprescindibles que aguardan que alguien los escriba. Si yo inquiriera la vida del expresidente Echeverría, tan llena de manías cual corresponde al talante autoritario, no olvidaría describir su costumbre de desafiar entrecerrando los párpados para aparentar mirada de águila e intimidar al de enfrente.

Del montón de datos personales recogidos durante estas semanas y ya meses, leo que Joaquín Nin presumía públicamente la lujuria incestuosa que compartía con su hija Anais, que Carlos Fuentes tecleaba con el índice a toda velocidad, que la mañosa Isak Dinesen solo se alimentaba de ostras y champagne, que el pintor Hokusai esperaba llegar al ideal de su arte al cumplir 103 años de edad, que mi querido José E. Iturriaga fantaseaba sentarse en un cuarto en medio de cientos de naranjas, que Salvador Novo se vestía con la ropa y las alhajas de su madre, que Carlos Montemayor solo calzaba botas norteñas e infiel irrefrenable, nunca se apartaba de su pistola; otro Salvador, Elizondo, quemó su biblioteca en un arranque de celos… ¡El anecdotario local e internacional da para decenas de páginas!

La personalidad de Winston Churchill no cesa de arrojar extravagancias que se han convertido en la delicia de cineastas, escritores y lectores. Y no se diga del inagotable semillero de dictadores, mandatarios y “líderes” latinoamericanos que compiten con africanos del siglo XX en adelante en brutalidad, bajezas, delirios, crueldades y comportamientos ridículos. Casi inédito, este capítulo del revés del poder es un cuerno de abundancia que nos permitiría ver y entender con mayor claridad las  vejaciones y fracasos latinoamericanos. Pillar al hombre en la alcoba, al amador real, al simulador y nada respetuoso de la condición femenina, al resentido social, al de los pantalones arrugados, mal puestos y casi enrollados en los tobillos, al de los zapatos eternamente sucios, mal vestido, panzón, de modales repugnantes y lenguaje agreste.... Me refiero al rey desnudo que ha poblado la historia del poder, al hombre real, al gañán que desconoce la decencia y disfruta lastimando a los demás.

Qué tentación, la verdadera biografía del revés del poder... ¿Por qué no nos hemos atrevido con los miedos, el arrepentimiento por lo hecho y lo eludido, con lo no realizado, las venganzas, la cobardía, los daños causados, la taras, los vicios? Lo fundamental está pendiente: la vida/viva del individuo común que lucha por gobernar con tanto ahínco que al fin lo consigue y hace del dominio un arma de destrucción. Con esos sujetos sobre nuestras cabezas hemos crecido y nos hemos multiplicado, pero no los hemos rescatado para que su monstruosidad perdure en la memoria colectiva.  Unos a otros se repiten para demostrar que el tirano puede más que sus adversarios, que es  más que todos, que puede cobrarse con creces las ofensas… Qué tentación, pues, conocer a sus madres, la calidad de sus padres, su relación con los hermanos, sus deficiencias secretas, sus armarios…

 Mientras que el historiador clasifica y atiende hechos y situaciones, el biógrafo se concentra en lo único, lo privativo de cada quién, y en la significación de pormenores que enseñan más y mejor que el registro documental. Mucho antes de que como buen inglés y coetáneo de Shakespeare Ben Jonson reparara en que Hobbes se volvió completamente calvo en la vejez y que le costaba evitar que las moscas se posaran en su cabeza descubierta, Plutarco ya aseguraba que “no escribimos historias, sino vidas”. Gracias a que se interesaron a fondo en las peculiaridades, escritores tan distintos entre sí como  Diógenes Laercio, Jenofonte, Lytton Strachey, Marguerite Yourcenar, Doctorow, Vargas Llosa, Carpentier y por supuesto el gran Danilo Kîs en su Enciclopedia de los muertos, tenemos ideas más fidedignas sobre la naturaleza del ser, el efecto de las deficiencias, contradicciones, fantasías, sueños o virtudes personales. Este es el género que nos permite establecer correlaciones entre un conquistador, un dirigente o cualquier cabecilla y  la verdad que subyace detrás de la historia.

La explicación de la vida, por consiguiente, está en los detalles.  Hasta el más humilde de los mortales enseña algo sobre las relaciones humanas, los parajes que lo rodearon, los conflictos en los que participó, las personas que amó o despreció, los trabajos que disfrutó o detestó, los secretos que jamás reveló, las enfermedades, alergias o frustraciones que lo convirtieron en un vinagrillo miserable, en un criminal, en un santo o en un indiferente incapaz de comprometerse. Rellenar los faltantes del emperador Adriano y presentarlo como un hombre solo con su conciencia es lo que hace tan fascinantes las Memorias de Adriano. Una buena lectura de La enciclopedia de los muertos, por otra parte, nos incita a desentrañar lo cotidiano y el largo camino de los muertos que llevamos a cuestas.

Desde que tengo memoria atesoro pormenores. No deja de sorprenderme  el lenguaje de los gestos y, por supuesto, el uso de las palabras. Las biografías tienen respuestas que la historia ignora y las apariencias disfrazan. Durante este infinito confinamiento exploro vidas remotas y cercanas; vidas de escritores, aventureros, filósofos, pillos, políticos y tantos déspotas y autócratas que sus peculiaridades me hacen dudar de las virtudes de nuestra especie. Tan iguales y tan distintos, los tiranos comparten la obsesión por ser aceptados, temidos, adorados o auto considerados indispensables. Éste es un sentimiento tan pernicioso, que se convierte en detonante de sus peores decisiones. Confirmo, además, que el común impulso de combatir la libertad de expresión es el primer paso hacia el control de cuanto derecho, principio, institución o norma asocian al poder popular. El horror a  ser exhibidos, cuestionados y criticados los lleva a tejer una red de alianzas y complicidades para desacreditar el saber, deformar la justicia, evitar la armonía social y, en suma, a discurrir políticas restrictivas y persecutorias.

Todas las biografías coinciden en probar que el gran enemigo de los dictadores es el saber, la inteligencia crítica, el pensador avezado, la educación.  Lo que no entienden los rebasa, por lo que su ignorancia incrementa su paranoia en la medida en que acumulan poder y se sienten más vulnerables.  Sospechan del conocimiento, del que nos permite entender quiénes somos, de dónde venimos, de qué se tratan grandes cuestiones de la convivencia y la superación; es decir, la cultura se vuelve peligrosa. Gradualmente o de golpe, sus yerros agravan sus delirios. Y es que el tirano, cualquier tirano, se atormenta porque se siente engañado, espiado, traicionado, defraudado, humillado, ridiculizado, rechazado, amenazado u ofendido. Entonces, en vez de aflojar sus políticas restrictivas agrega más y peores sanciones, burlas, mensajes amañados y de desprecio contra quienes califica de “adversarios”, “enemigos”, “traidores”, “corruptos”, “vende patrias”…

La hermosa frase kantiana que dice que “el ser humano es lo que la educación hace de él”, también es aplicable en sentido contrario; es decir, “el ser humano es lo que la mala educación o su carencia hace de él”. No podemos explicar el largo camino de confrontaciones que desde el siglo XIX y hasta el presente, enturbia nuestra sociedad sin que nos hayamos atrevido a desvelar la clase de hombres que directa e indirectamente se han apoderado del destino de los pueblos. Es tiempo de mostrar a esos sujetos tal como son, con los pantalones mal cortados y arrugados sobre sus zapatos horrendos, siempre sucios quizá como indicio de su mal gusto y peor educación. Mostrar su indecencia, el desfiguro, la expresión del insulto, el gesto de la envidia, la mentira inclusive en la intimidad y los resentimientos que influyen en la historia. Conocer, en suma, lo que los historiadores no registran. Ir tras los detalles que explican más y mejor la realidad que, por necesidad, se hace parte inseparable de la nuestra.

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De la enfermedad, el sueño y los dioses

May 26, 2020 Martha Robles
Asclepio de Epidauro

Asclepio de Epidauro

La ciencia puede avanzar a la velocidad de la luz, pero no puede detener el pensamiento mágico. Sahumerios, amuletos, oraciones, elíxires, yerbas y deseos sirven para ahuyentar los males y atraer los bienes. Para eso hay un montón de artilugios, rituales, supersticiones, ungüentos o rezos, para mantener la ilusión de que se puede cambiar lo negativo y atraer la fortuna.   Los remedios portentosos nunca pierden vigencia.  Tribus que apenas tuvieron nombre ofrendaban a sus dioses para que conjuraran desgracias. La certeza de que no hay más que creer en la eficacia de un talismán para realizar lo imposible es tan antigua como el hombre mismo. El supersticioso no cambia porque, a pesar del progreso, sabemos cuán incapaces somos de controlar lo que desde siempre se atribuye a las fuerzas oscuras. Entre el crédulo actual y los antiguos griegos  no hay diferencia cuando se sufre un padecimiento. En ambos modelos de ser Hombre, y casi del mismo modo, prevalece un primitivo sentimiento de orfandad activado por el miedo y, con él, la necesidad de ser protegidos  por fuerzas superiores.

Entretenida con el anecdotario que crece en paralelo a la pandemia que ensombreció nuestros días, acudo a la historia  para confirmar que los procedimientos curativos  pueden variar con el saber acumulado durante miles de años, pero queda intacto el sentimiento de indefensión, propio de nuestra naturaleza. Ante el temor nada nos diferencia de los griegos del siglo VI a.C. Pedirle piedad a los dioses, sentir que la muerte se mete en el cuerpo y viajar por caminos inhóspitos en busca de cura, era lo que hacían los antepasados para internarse en santuarios diseñados para  aliviar el dolor, bajar la fiebre y, hasta lo posible, curar llagas, inflamaciones, nostalgia, tristeza, pérdida de energía y hasta lo que que hoy llamamos psicosis.

Me emociona imaginar la confianza con la que  los antiguos peregrinos se dirigían a los templos  en pos de remedios para todos sus males, fueran físicos, mentales o espirituales. Allí todos eran merecedores de cuidadosa atención a cambio de demostrar gratitud. Hipocondriacos y psicosomáticos eran asistidos con el mismo esmero que cualquier paciente con afecciones graves porque la concepción de la enfermedad era totalizadora y no establecía fronteras entre lo abstracto y lo concreto o entre la mente y el cuerpo. Aunque los rituales y las prescripciones variaran según los casos, los requisitos para acceder a los templos de la salud eran iguales para todos, lo que indica que la higiene y una dieta adecuada -aunque olvidadas durante la Edad Media-, ya eran recomendados, con el ejercicio físico, para alargar la vida en buenas condiciones. Antes siquiera de entrar al recinto sagrado, el consultante debía purificarse en un tholos que, según la región, podía ser un estanque, un manantial o alguna de las muy apreciadas aguas termales.  Este trámite inaugural agravaba o mitigaba las fiebres, lo que de antemano contribuía a esclarecer los síntomas, establecer las medidas emergentes y observar la evolución del padecimiento.

Sin parientes ni acompañantes, quienes debían aguardar en hospederías aledañas, después del baño purificador los consultantes pasaban al enkoimeterion o pórtico de incubación para pernoctar en cabal silencio en el abaton o sala de dormir. Allí, mediante una atenta introspección, recogimiento o incubatio, se tendían bajo techo o a cielo abierto a la espera de que “el dios les hablara”. Este indicio de diagnóstico por intuición, al través del sueño, por auto observación o revelación, se completaba con un oráculo. “Que el dios hablara” significaba descifrar las señales del cuerpo y sus modos de reaccionar al dolor: algo no muy diferente a la forma como los pacientes en la actualidad describen sus síntomas al médico. Con la información proporcionada por el dios en voz del enfermo, los asclepíadas o discípulos de Asclepio (Esculapio para los romanos), decidían el diagnóstico, aplicaban el tratamiento y vigilaban el curso de la curación.

A la fecha se tributa a Asclepio, el hombre/dios que podía devolver la vida a los muertos, gracias a que su virtud trascendía los límites humanos. Representado con una vara en la que se enrolla una serpiente, el mítico fundador de la medicina fue educado por el Centauro Quirón, pero su padre Apolo le trasmitió el arte de la medicina y la adivinación. Tal privilegio lo convirtió en el arquetipo del médico, pues sus lecciones y principos ejemplares se mantienen vigentes hasta nuestros días. No solo sabía todo lo referente a las propiedades curativas de las plantas,  también supo desarrollar las aptitudes de sus discípulos y familiares y se encargó de crear las primeras condiciones hospitalarias. Gracias a ello su esposa Epíone se hizo famosa por calmar dolores. Con destrezas distintas y complementarias,  podría decirse que su descendencia creó las especialidades: Higea se convirtió en símbolo de la prevención; Panacea era insuperable al administrar tratamientos; Telésforo se afamó por llevar la convalecencia a buen fin y Macaón y Podalirio a su vez se convirtieron en dioses protectores de los cirujanos y los médicos en general. Se cree que de ellos procede la exigencia de incluir teatro, poesía, danza, biblioteca, posadas para el hospedaje de corto, mediano o largo plazo y el indispensable gimnasio en los  templos de la salud como complementos indispensables para la sanación. El principio griego de mente sana en cuerpo sano se aplicaba en todos los órdenes de la vida, por lo que la medicina no podía ser indiferente al efecto benéfico de las artes. 

Los templos consagrados a la salud estaban sujetos a las más rigurosas reglas; por ejemplo, estaba estrictamente prohibido parir o morir en su interior, ni siquiera en el pórtico de incubación se aceptaba pacientes terminales y mucho menos en el área reservada a la convalecencia, por considerarse contaminantes y ofendían a los dioses.  A pesar de que el Destino determinara cuánto y cómo correspondía a cada quién estar en el mundo, la medicina daba al enfermo la oportunidad de modificar lo imponderable. La combinación de remedios y adecuada asistencia contribuía a que el propio enfermo, con ayuda de su ingenio, retrasara el cumplimiento del Mandato o que al menos su agonía transcurriera con el menor sufrimiento posible.

Se llamó agonía a este pasaje extraño entre la vida/viva y la proximidad la muerte.  Puente, pasaje o estado intermedio entre los dos extremos, lo importante era entender que agón –o agonía- significaba lucha, desafío o contienda; es decir: se agonizaba  donde se conjuntaba la habilidad de los médicos o asclepíadas y el descenso del paciente.  Considerado un proceso de crisis, el agónico se debatía entre  distraer a la muerte o rocobrar la salud, aunque al final triunfaba el Dictado. Sostenidos con donaciones asequibles, los recintos que inspirarían la creación de los modernos hospitales en absoluto lucraban con la enfermedad ni con la esperanza de los consultantes.  

Entre el mito, la herbolaria, la ficción verdadera, la ciencia, la superstición y lo que cada cultura va conservando entre sus creencias trasmitidas de generación a generación, el arte de curar se fue diversificando hasta dar un salto mortal de la mitología a la ciencia y de ahí al mundo de los negocios vinculados a la salubridad, a la clínica e investigación y al complejísimo sistema hospitalario.  Enfermo él mismo de melancolía Orfeo, por ejemplo, se valía de la música y la poesía para aliviar los males del alma; Trofonio se confinaba en las cuevas para curar con serpientes. Melampo, uno de los discípulos de Asclepio, trataba en Argos  a las mujeres locas con eléboro negro, mientras que Anfiarao solo confiaba en la incubatio o incubación para diagnosticar casi de manera infalible. Ser médico, desde sus orígenes y hasta que la química y tecnología aplicada se interesaron en prolongar la vida de los agónicos y los viejos unas cuantas semanas, “las más caras y deshumanizadas de su vida”, solían ser   mensajeros de la piedad suprema e instrumentos de la empatía y la compasión.

El enfermo, en todo tiempo y lugar, desciende en su penar hasta probarse en la condición de desvalido. De ahí su clamor de piedad y misericordia a los dioses.  Sabe que la muerte acecha, pero resiste esperanzado mientras avanza su  deterioro. Entre la conciencia de lo que no tiene regreso y el afán de superar lo inevitable, se tambalea  entre la espera y la esperanza. En ese estado de cabal indefensión no hay diferencias en el tiempo ni en las culturas porque ayer, como hoy, el desesperado a todo va.

Atenazados por el bicho que nos obliga a incubarnos en soledad, meditamos con la esperanza de que “el dios hable y diga algo”. Así pasamos los días entre la impotencia, la cordura, el miedo, los pensamientos mágicos y la esperanza en un porvenir mejor. Así también, tan confiados como impotentes ante la fatal supremacía del “Invisible” que los griegos llamaron Hades,  debemos hacer uso de nuestra metis o mayor argucia siquiera para distraer la decisión del Señor del Inframundo, y continuar de este lado de la luz, donde a diario debemos celebrar el milagro de estar vivos.

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Fragmento de autobiografía inédita

May 17, 2020 Martha Robles
Fotografía publicada por Donnie Darko. Guadalajara, Ave. 16 de septiembre

Fotografía publicada por Donnie Darko. Guadalajara, Ave. 16 de septiembre

En mi Guadalajara natal se hablaba alto, con rudeza y majaderías.  Durante la segunda mitad del siglo XX, la modorra superaba el influjo del capitalismo atizado por la posguerra mundial. Ciegos y sordos a la proliferación de dictaduras,  cuya brutalidad hacía del atraso emblema del subdesarrollo latinoamericano, en vez de tener alguna inquietud política, cultural o social, los adultos se dedicaban a reproducirse como conejos lo que, de manera temprana y para asombro de las buenas personas que obedecían el mandato divino, me causaba un enorme estupor. “Creced y reproducirse” fue la voz que despertó mi conciencia sobre el horror que aguardaba al  mundo superpoblado. Mi repudio vitalicio a autócratas y nacionalistas procede del fanatismo imperante que, como un mal olor, se  impregnaba en la piel en aquel ámbito aún enturbiado por las sotanas. No que  fuera nuevo el culto a las máscaras, pero quizás nací durante uno de sus múltiples apogeos: se aparentaba con descarada naturalidad ser algo o alguien que ni era ni parecía serlo; tampoco tenía con qué aproximarse o siquiera prefigurar un modelo, especialmente en medios repletos de buenas y muy decentes personas: ser otro acaso ha sido el más oscuro y recóndito deseo del rehén del Altiplano, a saber desde cuándo. Tuve que reconocer que por ser tan grosero al obviar su falsedad, ha resultado tan fácil caricaturizar al mexicano, y mucho más simple herir sus sentimientos al ponerle un espejo. Que no le gusta que le digan nada feo ni contrario a su fantasía porque se violenta y reacciona con rabia machista; eso es también algo que se debe atender para no sufrir las consecuencias. Si, hay que tenerlo en cuenta y no cuesta aprenderlo; así que debo decirlo de una vez y tomar las precauciones pertinentes: si la crítica es ejercicio imposible, la autocrítica, impensable. Algo de esta verdad debe andar mezclada en nuestro atraso ancestral, pues pasan siglos y décadas y se mantiene intacta la autocomplacencia del vencido. Lo supe por la mirada del otro, del extranjero o distinto, pues ser visto por el ojo ajeno primero desnuda y después coloca atavíos exagerados al observado, como indica la obvia y por demás ridícula figura con la que nos representan del ensombrerado envuelto en sarape y con cacles lastimosos que habla como idiota. Los del pueblo no se quedaban atrás pues, desde la Colonia, se volvieron tan taimados que ni la propia Academia ha podido abarcar, en la  definición del término, el carácter esquivo, mañoso, simulador, engañoso, perverso, abusivo y mal intencionado que oculta la máscara de quien parece dócil, servil y tan humildito que cancanea y apenas se le oye la voz; sin embargo, en un descuido podría clavarnos un cuchillo en la espalda. 

Algunas cabezas muy bien amuebladas, como Samuel Ramos y Octavio Paz, se atrevieron a arrancar el velo de la hipocresía al mostrar lo que no se quería o no se podía nombrar sobre este complejo drama de identidad. Ambos insistieron en que el mexicano no solo no sabe quién es; tampoco quiere saberlo.  De esa realidad cavernosa, Rulfo extrajo su emblemático Pedro Páramo y Ricardo Garibay la versión ruidosa de la violencia machista que cursa su obra. Mucho han cambiado las comunicaciones y los modos de ver la vida, pero los estigmas permanecen envueltos en prejuicios que se niegan a desaparecer.

En aquellos territorios donde aún se mordía el polvo,  la gente era tosca y se vanagloriaba de su grosería, como transcribió el genio de Rulfo.  Nada les divertía tanto como burlarse de los demás: una forma primitiva de disfrazar lo que ocultaba su corazón. Esos modelos nunca me han sido ajenos. No dudo de que por haber nacido mujer me tocó en suerte observar y padecer en carne propia de lo que es capaz la lengua, la mano y la perversión indivisible del machismo que, en esencia, es una de las expresiones más pedestres de la incivilidad. Quienes me rodeaban se  creían graciosos, pero solo eran hirientes.  Leer, lo que se dice leer, no era parte de sus vidas, pero se consideraban “cultos” y superiores a los demás. Por una extraña razón, degradar al débil o al distinto aseguraba popularidad al maledicente. Humillar fortalecía la masculinidad ilusoria; mejor si con gestos y expresiones vejatorias a costa de las mujeres. Urgidos de darse a notar, los adultos y pobres diablos repatingados buscaban audiencia para gritar y los niños los imitaban con naturalidad. Repetitivos hasta la extenuación, actuaban anécdotas bobas que suponían espectaculares por vejatorias. Al tiempo entendí que la escasez de curiosidad intelectual encarecía la rutina provinciana al grado de que hasta una niña prácticamente invisible, como yo entonces, podía darse cuenta de  cuán insulsa e intimidante podía ser la vida en común. El ondulante efecto del lenguaje dependía de hallar términos para fluir, atacar, mantenerse a la defensiva o acentuar la insignificancia de quienes, como las mujeres disminuidas al susurrar, llevaban el cuerpo como signo de interrogación. Del entrenado hábito de oír y observar procede mi tendencia a jamás dar algo por sentado, con excepción de las cuestiones biológicas relacionadas con el nacimiento, la enfermedad, el dolor, el envejecimiento y la muerte, según aprendiera del budismo, muchísimos años después.

No recuerdo cuándo comenzaron a reclamarme por no celebrar boberas ni reírme de las bajezas que tanto fascinan al oído del mexicano. En realidad, anidé un disgusto tan inocultable que quizá se convirtió en rasgo indiviso de mi carácter, hasta que me reconocí enojada y dejó de importarme el señalamiento adjetivado. Yo amaba las lenguas, todas las lenguas. Escuchar a un trío de huicholes en el centro de Guadalajara me causó tal estupor que durante días jugué a descifrar sus vocablos.  El inglés comenzaba a darse a notar gracias al aún escaso turismo que nos mostraba gente distinta, peculiaridades, gestos y vestimentas ajenas a nuestras maneras pueblerinas de interpretar el mundo. Todavía sin televisión, y supeditados a una estación dominante de radio –la XEW-, ignorábamos cómo era y de qué estaba hecho el mundo exterior. Ese aislamiento real, correlativo al temperamento insular de nuestro territorio mexicano, hacía que las generaciones se sucedieran sin romper la burbuja cultural que impedía el establecimiento de vasos comunicantes con otros países. Tardío y sangriento, el estallido de 1968 nos sacó del encierro a todos en el país, aunque fuera por las malas y de manera caótica, como dicta la costumbre local. De toda avidez y apetito creador, mi generación –o al menos su franja universitaria- quedó marcada con una cicatriz de fuego.

No es extraño, por consiguiente, que yo soñara viajes fantásticos a lugares reales y de preferencia lejanos y extravagantes. Recogía voces y nombres como otros coleccionaban conchas, sellos, estampas o mariposas.  Buscaba palabras impresas en páginas, en etiquetas, en anuncios y donde aparecieran para formar con ellas “historias de lo nunca dicho”. Me preguntaba de dónde salían los vocablos, qué cosas significaban y por qué se usaban términos de un modo en los libros y de otro en el hablablablablablabla que abrumaba. Atrapada en un medio hostil, mi pasión por el lenguaje me hacía libre, distinta, visible a ratos, rebelde, pero ante todo amenazante. “Esta niña es una monserga”, decía mi padre con el fastidio que iba empeorando con el nacimiento  de hijos que nunca supo querer ni aceptar. Y yo abría tamaños ojos tratando de entender que cosa era “monserga”, “monasabia”, “pendeja” o “jodona” pues, orgullosamente “formado” por jesuitas, inclusive para ofender y discriminar su vocabulario era tan amplio, no obstante excluyente y cargado de arcaísmos, que no había modo de no fascinarme con el poder y la diversidad de palabras que salían de su boca.

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Confinamiento y silencio. Página del diario

May 7, 2020 Martha Robles

Pentecostés. Copiado de Pinterest

Eremitas por necesidad, los solitarios saldremos de ésta iluminados, locos de atar, un poco más sabios, bastante más tontos y peor vestidos, lacónicos, atarantados, quizás compasivos, memoristas, purificados o ariscos, aunque conciliados con la tendencia a aislarnos que no nos atrevíamos a confesar. Los acompañados enfrentan muchos y con frecuencia tremendos retos, pero no el de ser invisibles, como quienes sobrellevamos el confinamiento entre el nihilismo, la contemplación y la certeza de que, dóciles ante lo desconocido, todo lo que suceda es posible. Sola, lo que se dice sola y reducida a lo esencial, advierto que el mundo no es “ancho y ajeno”, como Ciro Alegría les hiciera decir en su novela a los despojadores de tierras. Es más bien producto de nuestro proceso evolutivo que no podemos o no queremos enderezar. Se me ocurren cosas absurdas, como aquello de que “el hombre está condenado a ser libre”, que Jean Paul Sartre tanto gustaba decir.  Le quito el “ser libre” y me quedo con la verdad de Sísifo, válida para todos. Observo al detalle las estanterías donde permanecen decenas de diarios y pienso que en esa montaña de párrafos -con o sin sentido- he ido desenredando un ovillo, como el de Ariadna, para explorar laberintos y no quedar atrapada en ninguno. Entre sacudida y limpieza también deslindo lo fundamental de lo secundario mientras mis sentidos se aguzan al ritmo en que se aclara un raro sentimiento de quietud.  Lo comparto con Brahms, con Ralph Vaughan Williams, con Mahler... Hay momentos en que advierto que el tiempo rompe sus ligas con los relojes y que sin causa ninguna releo a los medievalistas y a mis autores más entrañables. Todo es extraño y, sin embargo, me dejo llevar por la inmediatez y en definitiva, renuncio a cualquier clase de expectativa.

Antes precisa, la disciplina rompe reglas que supuse inseparables de mi carácter. Es curioso, pero no me interesa buscar series ni películas. Prefiero la música, libros o nada.  Se siente el silencio en muros y en ventanas, en los peldaños, al cocinar, al releer a Isak Dinesen o al ir descalza por casa. Todo se llena de una ausencia que es presencia y poesía interrumpida. Al amanecer y en la tarde escucho pájaros a montones. En casas cercanas ladran los perros. Se dejan oír sirenas de patrullas y de ambulancias porque la violencia también está enchufada a las cuarentenas. A ratos percibo el yugo del tedio, pero lo dejo pasar: que fluya hasta dejar de sentirlo. Lo importante es conservar la actitud. Inclemente, empeora el insomnio: no ayudan el yoga ni las respiraciones espaciadas que voy practicando mientras me relajo de pies a cabeza. Discurro recursos alternativos: un baño caliente, leche con miel, la infusión de hierbas, melatonina, valeriana, el aceite esencial de lavanda que tanto me gusta… Entre que si y entre que no, dormito y despierto. Quizá ya es manía.

Meditar es pausa y remanso. Es inútil tratar de desenmarañar nudos recónditos porque, haga lo que haga, invariablemente triunfan las Moiras, las Erinias y los fantasmas que acechan como el virus que determina a capricho quién vive, quién se salva o quién muere. Así de arbitrario es el desfile de ausencias y mensajes no bienvenidos; sin embargo, no los rechazo porque –otra vez- en esta situación lo fundamental es la actitud, la buena actitud. En esta cabeza superpoblada con sabe Dios cuántas cosas, voluntarias e involuntarias, requeridas o no pedidas, aflora un saber que no sabía que sabía. Me pregunto de qué materia está hecha la especie humana, pues al toparnos con los asuntos del   cerebro o del corazón no hay explicaciones que valgan. De eso se trata el maravilloso misterio  del ser: de mostrar y hacer valer su prodigio sin revelar su secreto.

Entre que cavilo obviedades y repaso páginas en pos de respuestas, me doy cuenta de que veo de otro modo lo mismo y que, desprovista de resistencias, los que supuse sellos inviolables de la memoria no lo son tanto ni los recuerdos proscritos que refundí en el olvido son tan difíciles de soportar; al menos ahora, porque se asoman por donde menos espero. Veo, además, lo que no vi ni comprendí en su momento. Así, de golpe también, reaparecen párrafos y versos que aprendí hace miles de años y al deletrearlos deletreo también a la niña que jugaba con las palabras. Como ráfaga reconozco sensaciones, algún rostro, olores, sueños que di por perdidos. Todo vuelve -susurro-, y con optimismo me dispongo a recobrar historias que, escritas a vuela pluma al estrenar hace siglos mi primer ordenador, desaparecieron en el infinito por no saber cómo grabar, todavía.

No hay que refundirse en cuevas ni fantasear un idílico Shambala o Shangri-la para explorar las múltiples posibilidades de la soledad y el silencio. La casa es más que  símbolo y resguardo, también se parece a la caja de Pandora cuando libera imágenes y palabras en espacios que, por darlos por sentado, dejaron de percibirse.  Parada en cierto cuarto antes habitado, susurro que cada quien se lleva consigo el vacío y la visión del mundo, su mundo, que otros van recobrando en fragmentos. Esto es un tránsito incesante. No que yo sea de los que hablan solos, pero de repente digo algo, como fuga del alma, y calculo cuánto aliento contienen las palabras. No por nada los remotos abuelos recomendaban prudencia pues  los vocablos curan, dañan, enferman o matan por las mismas causas.

A veces me abrumo con las noticias y con la necia costumbre de repetir necedades. No me da por ordenar cajones ni me tienta el apetito insaciable. Entiendo que los días y las noches se suceden en ritmos que siendo más o menos iguales, varían por la luz o la oscuridad, por la lluvia o la sequedad y por el sentido o el sinsentido que proyectamos desde la nuca hasta la punta de los pies. Y por eso de distraerme con los asuntos de la luz y la oscuridad no podía faltar en la hora de los rescates insólitos lo que me marcó para siempre, a partir del momento en que leí sobre el día de Pentecostés: era el estruendo que descendía de los cielos en medio de un vendaval que sacudía la casa. Lo sagrado cobraba forma a la vista de todos: podía sentirse, inclusive tocarse.  Acaso sentados en círculo, los discípulos quedaron estupefactos cuando las lenguas de fuego se posaron sobre sus cabezas. El silencio dispuso el advenimiento de La palabra: un portento, envidiable si los hay. Leer que cada apóstol recibió la palabra esencial, el logos del Espíritu Santo que les permitió hablar en diversas lenguas, me estremeció hasta la médula. No dormí esa noche ni las que siguieron. Ese fuego sagrado, transmisor de las voces para que los hombres hablaran como se hablaba en diversas naciones, sería desde entonces divisa de esa terca pasión por lo sagrado, por su manifestación en la luz, en el fuego, la palabra y la claridad.

 No es que tanta y tan honda entrega al silencio en este confinamiento siquiera se compare a la subida de Moisés al Sinaí ni a otras cuarentenas que ya pasan de cincuentena, es que el silencio dota de sentido absoluto a  la Palabra y, con ella, a la vida. Por eso confío en que no será infructuosa esta experiencia. Menos burros, más atarantados, iluminados o un poco sabios, lo importante es que podamos descifrar los secretos e insospechados mensajes que nos tiende el destino.

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María Zambrano. Palabras del regreso

April 22, 2020 Martha Robles

Foto de rtve

Jesús Moreno Sanz se fue a buscarla a Ginebra el 18 de noviembre de 1984. Dos días después, María Zambrano es recibida en Barajas por un grupo de amigos y parientes, y solo un receptor oficial, por deseo expreso suyo: Jaime, el hijo de su amigo Pedro Salinas, entonces Director General del Libro.

Alegría de vida adentro, poco podrá disfrutar la intensidad madrileña; pero Madrid entra a casa de María. La vigila una médica de cabecera, Olga Fano. Desde el primer día hay una asistenta, Mari Paz, luego sustituida por otra. El caudal de visitas no impide su renacer. Su inteligencia deslumbra, como su capacidad de trabajo. Ya se sabía que había nacido para escribir. Por la palabra alboreaba. Se concentra en escribir del escribir. Congrega sueños realizados. Recuerda a la “Generación del Toro”. Remonta espacios sagrados. Piensa en la metamorfosis, el misticismo y la palabra abismática. Tiene arrestos para colaborar semanalmente en Diario 16, El País y ABC. Con “Notas para una autobiografía”, Mercedes Gómez Blesa reúne artículos y otros textos en Las palabras del regreso (1995). Es la memoria conciliada. María lo confirma en el prólogo: “Y esa palabra nos trae la memoria. Es memoria. Memoria que rescata el pasado del olvido, de las tinieblas del no-ser. Pues no recordar lo sido, no dar entidad a lo que fue por miedo a que se repita, por temor a despertar viejos odios, conlleva no asumir la historia, no recuperar su continuidad, sino vivir anclados en la discontinuidad del presente bajo la sombra siempre recurrente del fantasma del pasado.”

Y, agregó: “Solo este ponerse al día con la historia permite despertar del sueño de aquella tragedia, posibilita que la vida siga, fluya, continúe, sin permanecer estancada en las aguas del pasado, en las aguas del olvido.” Confirmaba así que hay vidas-voz que, al modo de Unamuno, transcurren por el cauce mayor de la palabra. A propósito del ser/palabra recuerdo la anécdota del periodista que, asombrado al conocer la la rutina intelectual de don Miguel en Salamanca, quiso desentrañar su “vida-secreta”: “Y usted, don Miguel..., ¿solo escribe?”, preguntó. “Le parece poco?”, repuso Unamuno con su peculiar ironía. “No busque más: la vida del escritor es la escritura. Seguramente mi biografía le parecerá aburrida”.

Y es que la oscuridad, el alba y la aurora transcurren a su ritmo en el mundo interior. No es siempre visible ni del mismo modo para los demás. María conoció la tormenta y la ceguera. Tuvo también episodios de clara-luz. Durante los últimos años de su vida, la intensidad se concentró entre las paredes de la que seguramente fue su hogar, la casa del espíritu. Veía los destellos mostrándose apenas. 1985 es fecha inaugural de cosechas: honores, fundaciones, homenajes. Su nombre se fusiona a la academia, a los asuntos femeninos, al filosofar desde su rumbo transformado, a las rectificaciones ante los rigores del exilio. Ella, mientras tanto, procura concentrarse en la actividad literaria. Moreno Sanz la ayuda a ordenar y editar escritos para integrar De la aurora. Fernando Muñoz realiza con ella una revisión completa de El sueño creador. En ocasiones accede a descansar en la casa de campo de algunos amigos. A uno de ellos, el economista Carlos Manuel Fernández –según evoca Moreno Sanz- le encargó enterrar ahí, bajo un cedro en Galapagar, a sus dos gatas. Primero, en 1985, a Tigra (19 años); y en el verano de 1987 a Blanquita (15 años). Irredenta, luego aceptó el regalo de dos gatitas hermanas (Lucía y Pelusa) que la acompañarían hasta el final.

Tuvo la rara habilidad de estar rodeada de gente elegida, que además le ayudaba. Su magnetismo lograba que sus colaboradores se sintieran honrados de poder hacer algo por ella, de participar en la organización final de su obra. El mundo de nombres que se van enlistando a su alrededor, en la España dedicada a distinguirla, se expandía como una maquinaria formidable. De este modo María se institucionalizaba. Impedida de la vista, también Elena Gómez, de la editorial Antrophos, se suma a la diaria jornada de reunir sus artículos. J. M. Ullán graba en cintas sus entrevistas que posteriormente publica. A él comenta que el mundo está horrible: “No hay un rostro de verdad, un rostro, puro o impuro, pero un rostro. El mundo está perdiendo figura, rostro, se está volviendo monstruoso...”

Asida a Juan de la Cruz, lo evoca, lo invoca. Pondera como nunca el silencio y, con Ortega, repetía con cierta nostalgia: “Bebe en el pozo y deja tu sitio a otro”. Quizá lo intentaba; pero era tanta la gente pululando en su casa que nos parece admirable que reservara espacios para sus propias tareas. Con frecuencia estaba indispuesta. Sus enfermedades la forzaban a aislarse en estaciones de retiro, trabajo y ánimo para continuar las reuniones. J. C. Marsé la ayuda con la publicación de Notas para un método y, en el amplio proyecto de reediciones destaca la intervención de Rogelio Blanco. Intentar comunicarse con ella es una aventura: la multitud la cerca. Cada uno es más dueño que el otro de su vida, de su obra y de su tiempo. Cada uno dispone, niega o acepta entrevistas. Las habitaciones comienzan a ocuparse con parientes. Ante la inútil tentativa de hablar con ella, no obstante viajar desde México para verla, todos se llaman sobrinos, primos, vigilantes, depositarios de su palabra, de sus manuscritos, sus decisiones. Extraño ambiente el que la cerca. Ruidoso y autoritario. Consigo sin embargo unos minutos con ella. Solo al teléfono: quiso el destino –los imponderables de siempre- que mi temporal residencia en España en esa ocasión me llevara a atender la agonía de un familiar cercano. Pero, inédito aún, me pide leer Delirio y destino; luego, fragmentos del que sería Los sueños y el tiempo. Entonces advierto que, no obstante su obra, hay en el fondo un dejo de inseguridad que no la abandona. Y la prefiero en sus libros. Me abruma el gentío.

Tal el movimiento que la habita al ser distinguida con el Premio Cervantes, en 1988. El jurado estuvo constituido por escritores de los dos continentes: Jorge Semprún, Rafael Lapesa, Pablo Antonio Cuadra, Emilio Alarcos, Alfredo Bryce Echenique, Alfredo Conde, Montserrat Roig, Carlos Fuentes, Juan Manuel Velasco y José María Merino. Exhausta, debilitada y sobre todo perpleja, no puede escribir su discurso. “Sabia y piadosamente”, aseguran que un poeta amigo suyo compone un collage con fragmentos de antiguos ensayos, especialmente los extraídos de “Lo que le sucedió a Cervantes”, de 1955. La cifra del alba que lo inicia sería contribución del amigo, aunque a tono con su estilo. Ella encuentra la calma.

Mejor que nadie María sabe que son las glorias del adiós. La Fundación que lleva su nombre había sido creada el año anterior. El Ministerio de Cultura contribuye a completar sus necesidades personales. Osborne, fiel a su natural generoso, no abandona los envíos económicos. En su casa se realiza, en 1987, la investidura del Doctorado Honoris Causa, acordado en 1982 por la Universidad de Málaga. También les son otorgados el Premio Extraordinario Pablo Iglesias y la Medalla de Oro de Madrid. De este modo, la España socialista paga cumplidamente su deuda con quien, durante cuarenta y cinco años, se conservó asida a su razón hispana.

Por eso su obra puede difundirse al ritmo de sus metáforas de luz; por eso María, tránsfuga del rayo, es reconocida por dos o tres generaciones que descubrieron que no era Ortega y Gasset el único pendón del vitalismo ni su representante más apasionado. Cuidada en el destiempo de su larga enfermedad, María fue celebrada en su agonía como los peninsulares suelen solemnizar un hallazgo de esta envergadura.     

Pasada la tormenta, se entregó a la calma. Se movía en silla de ruedas. Trabajaba como podía, con los auxilios de rigor. Abominaba del espanto del mundo, de la guerra en el Golfo Pérsico. Consigue ver publicado Los bienaventurados y, copiado por Rosa Mascarell, deja listo para su publicación póstuma Los sueños y el tiempo.   Nada mejor que la descripción de un testigo para conocer su final. Así lo narró Jesús Moreno Sanz: “Pocos días antes de que la llevaran, por primera vez, al Hospital de la Princesa, María Zambrano le dijo por teléfono a su amigo Edi Simons “Estamos en la noche de los tiempos, Edison Simons, hay que entrar en el cuerpo gloriosa”. Y colgó. A mediados de enero de 1991 hubieron de llevarse al hospital a Mariano Tomero, su primo. María creyó que él iba a morir, y literalmente se descompuso. Hubo que ingresarla aquejada de una infección respiratoria severa que provocó su desajuste global. Pero se recuperó lo suficiente para volver a casa. Se reprodujo la infección. Vuelta a la Princesa, habitación compartida, noches delirantes. Pero se recuperaba. La tarde del 5 de febrero estuvo muy serenamente charlando con Javier Ruiz, recordando amigos y secreteándoles sus amores más ciertos. A mediodía del 6, mientras intentaba comer, le comenzó, de nuevo el (final) ahogo. Unos instantes angustiosos. Pero, una eliminación por medios mecánicos del exceso de secreciones, hizo que lentamente su corazón se detuviese sin perceptible agonía. Estaban con ella Fernando Muñoz, Rogelio Blanco, Jesús Moreno Sanz, Teresa Gracia, Esther Blázquez, Antonio (hermano de su gran amigo Alfredo Castellón). Al día siguiente de su muerte, se la trasladó a su pueblo, Vélez-Málaga, donde yace, entre un naranjo y un limonero, en una casita –que ella quiso en vida se le construyera- en el cementerio local. En la lápida, por previo deseo suyo, está inscrita la leyenda del cantar de los Cantares: Surge amica mea et veni. A su tumba acuden –quizá porque allí les echan de comer- decenas de gatos de todos los colores. Allí también han sido trasladados los restos mortales de su madre y su hermana Araceli”.

Al filo de la muerte, acaso reparó en el silencio radical. Quizá cayó en la cuenta de que Antígona le hablaba. La oyó que susurraba. Sintió un lamento trágico. Se interesó en los tránsitos de una muerta viva que por fin atina con la voz que la consuela. La miró a su lado. Encontró a una Antígona tan natural que tardó en reconocerla. Estremecida, alguna vez  escribió el recuerdo indeleble de aquellas, sus primeras palabras: "nacida para el amor he sido devorada por la piedad". Las hizo suyas. Y como Antígona, quizá se consumió también por la piedad. Una piedad poética, bañada con el mejor cristianismo, de donde vino a confirmar el origen sagrado del Verbo, el carácter luminoso de la palabra. 

De su vasta herencia, destaca el temblor de humanidad. Temblor que clama, que llama la aurora. Desnacer y renacer incesante, distintivo de los combatientes de los dioses. Con el doloroso resabio de las penurias del transterrado, María volvió a su España amada al declinar noviembre de 1984. Seis años después -a dos meses de cumplir los 87 años de su edad (nació el 22 de abril de 1904)-, murió vaciada de su germen, desustanciada de su latente oscuridad, como la palabra clara, la palabra-luz que emana mansamente de su espíritu poético.

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A propósito del FONCA

April 18, 2020 Martha Robles

Todo trabajo debe ser remunerado. Es un derecho universal sin discusión, a pesar de que continúa incumplido, disfrazado, torcido o abusado en buena parte del mundo. Para eludir este deber, desde la posrevolución los gobiernos fueron discurriendo ayudas, componendas, chapuzas como la “economía paralela”, ambulantes, “informales”, ñoños, ninis o nonis, becarios, entenados, amantes, validos, ahijados, protegidos, mordidas, extorsiones, cortas, enchufes, vales, bonos y un inabarcable etcétera para falsificar este deber y mantener así el control sobre los gobernados.

En el específico caso de los intelectuales, cuya rebeldía implícita y capacidad crítica establecieron una relación desigual y conflictiva con el Poder, los honorarios o su omisión quedaron sujetos al azar, al capricho o a la buena o mala voluntad  del pagador o contratante. A diferencia de los profesionistas,  nunca se ha creado un tabulador justo, actualizado y oportuno para publicaciones, conferencias, asesorías, escritos, orientación y dirección de proyectos, etc.  La causa por la que no se puede subsistir con el propio oficio  es obvia: solo lucrativo para un puñado de afortunados, el quehacer intelectual y artístico, al margen de cómo y cuánto contribuye a enriquecer la identidad y la calidad de la cultura, indistintamente se considera producto de la ociosidad burguesa, hobbie de espíritus bohemios o  instrumento de presión o controversia política y social.  Por consiguiente, el pensante y/o artista e intérprete ha sido tan marginal en nuestra sociedad como arbitraria la distribución oficializada de recompensas y castigos.

La abultada historia del poder y la gran cultura  -sin la cual no se entienden el siglo XX mexicano ni la enredada relación de amor/odio o mutua atracción y repudio entre políticos y escritores, principalmente-, estuvo teñida de figuras mimadas, influyentes y apareamientos casi insólitos. Relaciones que, fuertes y estrechas de por sí, avanzaron entremezcladas de acosos, persecuciones, ninguneo y muertes civiles para silenciar, amedrentar, acabar o quitar del paso a los incómodos. Peor si además algunos ejercían el periodismo, cuando la prensa era importante.

Con el muralismo a la cabeza, la gran cultura contemporánea floreció por encima o a pesar de los obstáculos en años anteriores al FONCA. Tanto la Universidad como la diplomacia acogieron sin demasiadas exigencias pero con buen sentido a numerosos autores y artistas. De Contemporáneos para arriba y para abajo y sin descontar a los  emblemáticos Alfonso Reyes y Octavio Paz,  el Servicio Exterior fue instrumento invaluable de los vasos comunicantes con otras culturas. Gracias a este acierto, aunque masculino en su totalidad, nuestro mundo se amplió y las generaciones siguientes crecimos sobre el enriquecimiento de las bases construidas por nuestros mayores.

A pesar de circunstancias adversas, las obras artísticas y los escritores más importantes proliferaron curiosamente durante aquellos “gobiernos de la revolución” a los que, por añadidura, no se les puede ni debe negar el benéfico acierto agregado de acoger al exilio español, al que tanto debemos. Contemporáneos, narradores del realismo social, Reyes, Paz, Rulfo, Fuentes… Y, posteriormente: Ibargüengoitia, Carballido, Luisa Josefina Hernández, Rosario Castellanos, Inés Arredondo, Tita Valencia, Esther Seligson… (Por citar algunos) fortalecieron la diversidad y el nervio de nuestra moderna literatura. Es decir: no había FONCA que distrajera la fecundidad, pero si apertura de la  Universidad, del servicio exterior y de algunas revistas,  suplementos culturales, teatros, establecimientos aislados y subsidios públicos.

Entre varias y nada sutiles maneras de controlar la crítica y la inconformidad se instituyó la costumbre, aún vigente, de pagar con bajísimos honorarios o sustituirlos con la gracia o el “honor” de ser invitados a participar de manera gratuita en conferencias, publicaciones, presentaciones, trabajos varios, representaciones, etc.. También en el sector privado las políticas editoriales y sus usos discriminatorios eran y son feroces. Tanto, que todavía agravan la situación económica de los autores, sin distingo de especialidad, con regalías leoninas y ausencia de divulgación. Así como la compensación  económica determina que “no se golpea la mano que te da de comer” –con todas y nefastas consecuencias-,  lo opuesto -pobreza, marginación, ninguneo y precariedad- funciona para doblegar a las voces perturbadoras.  Ni qué añadir en abono de la valentía de  las mentalidades independientes, solo sostenidas por amor al oficio. Sin salario, pero con obligaciones fiscales, carecemos de ingresos regulares, seguro médico y servicios asistenciales.

 Ante este panorama, el FONCA surgió como la gran promesa para jóvenes en formación y mayores con obra y trayectoria significada. Que de ahí saldría lo mejor de la cultura mexicana del próspero siglo XXI y el pasado palidecería ante la producción sin presiones del inmenso talento de los protegidos por el Estado, sin exigir nada a cambio, como no fuera su obra sostenida. Se agregó el capítulo de proyectos y espectáculos de calidad y se consagró la cima económica con eméritos y vitalicios: ¡todos felices,  bien alimentados y hasta paseados y reconocidos! Sin embargo, no tardó en comprobarse que cuando a la medianía se le da la varita mágica para elegir, enjuiciar, discriminar, recompensar, ningunear u omitir, el resultado es de ¡válgame Dios! Y eso ocurrió sin tardanza y lo que tantas ámpulas levantó, pues en tanto y escritores y artistas en activo, con obra comprobada y seguramente sin enchufes ni palancas ni influencias ni amoríos ni padrinos eran rechazados sistemática e injustificadamente, Mambrú, Nobody, Whom, Regularcito de tal o Cualquiera como sacado de la secundaria brillaban lujosamente, inclusive en el exclusivo Sistema Nacional de Creadores.

En mi caso y a pesar de contar sobradamente con los requisitos  y el trabajo comprobado, unas seis o siete veces fui rechazada si más y sin explicación, hasta que desistí y, por supuesto, acabé comprendiendo por qué no soy candidata a cualquier reconocimiento oficial. ¿Quiénes, por qué y amparados en qué juicios o dictámenes  cometieron tan obvia  cantidad de arbitrariedades y yerros? ¿Dónde está la gran obra prometida y realizada por sus elegidos? No veo, no veo… No veo a los sucesores de Paz, de Reyes, de Rulfo… tutelados por el FONCA: una organización bajo sospecha, ahora en explicable extinción o absorbida por la Secretaría de Cultura. En estricta justicia y sin ánimo de debate, pues es inevitable que exista una buena cantidad de afectados con o sin causa, esta decisión se veía venir, era inevitable, aunque también lamentable y controversial por todo el fracaso que implica y por las esperanzas  y frustraciones que se lleva consigo. 

En suma, la política cultural nomás no da una.

Luchar por el pago justo es lo que procede. No prebendas, no dádivas ni simulaciones, sino ingresos correctos, transparentes y permanentes. Trabajo justo y pagado. Nada justifica el maltrato y menos aún la manipulación por la vía del dinero.. Distinciones oportunas y no en los funerales. Inclusive obras por encargo, ¿por qué no? Esa sería una política inteligente. Hay demasiados faltantes en nuestro registros culturales, en todos los campos, que deben atenderse con agudeza e imaginación. Protección absoluta a los artistas, pensadores y creadores jubilados, ancianos y desvalidos, eso si, cual corresponde al preciso agradecimiento de una vida de entrega al trabajo y a su aportación a la cultura. Ampliación de actividades accesorias para que actores, escritores, músicos, etc., vivan dignamente, como en cualquier país que se respete y en bien de las actuales y nuevas generaciones. Actividades de extensión cultural en apoyo de la educación. Servicios asistenciales, empezando por un seguro médico para todos sin excepción y cuidados a domicilio a quienes lo requieran. Puertas y mano abierta, imaginación, conocimiento de la historia de nuestra cultura y raciocinio en vez de la burocratización que ha entronizado la infecundidad, el disimulo y la medianía.

Puede doler la verdad. Pero lo que es, es como es.

Cuando la sociedad en pleno –incluidos los gobernantes- entienda qué es la cultura y cual es su papel en la formación, en la calidad de la vida y en el fortalecimiento de la identidad y la dignidad de las personas y los países, entonces otra, muy distinta y respetable, será la actitud de tantos ciegos, sordos y necios que nos rodean.

 

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Página del diario. A propósito de Alberti

April 9, 2020 Martha Robles

EFe. El Mundo

Tanto dar guerra con su sexualidad desordenada, para acabar como anciana ojerosa, con la papada en caída libre, pelos por aquí y por allá en el rostro flácido, mal vestido, fea su voz, desaliñado y mal peinadas sus ralas mechas blancas. Así como en sus setenta Marguerite Yourcenar trasmutó en algo parecido a un clérigo medieval, hay  hombres que envejecen mal, como mujerucas que en vez de confirmar un pasado a la altura de sus pretensiones, exhiben el declive más temido por los donjuanes-de-salida: acabar con un físico mujeril. Faltos de agilidad, sus cuerpos mal trabajados se degradan de forma blanda, cascada y triste. Con la testosterona mermada y exagerando cortesía con las muchachas, al actuar la que suponen “jovialidad” caricaturizan una lascivia distintiva de quienes han cruzado la frontera de los sesenta con algo de fama,  alguna influencia o medios para pagar su delirio. La reacción contra la senectud que detestan ciertos hombres se va potenciando año tras año mediante detalles, hasta completar el modelo del que se empareja con una incauta considerablemente más joven. Ella, de preferencia, con complejo de orfandad, escasa autoestima, presa de fantasías sobre su realización por venir o sabe dios aquejada de cuáles enredos psicoanalíticas más.

Al ver la escena construí la historia de la pareja: esa mala costumbre mía de andar con un pie en la verdad ficticia y el otro en la fantasía... Como quien aumenta la velocidad de una película, inclusive agregué soliloquios imaginarios al cuento y ella, más que él, me dio qué pensar. Caer en el corredor de lo que más se aborrece y no saber cómo salir de él y tampoco poder hacerlo provoca una íntima impotencia que se va hinchando como pústula dolorosa.  Es la vergüenza por estar fuera de lugar y sin moverse; enjaulada y , como pájaro mutilado, incapaz de tirar a empujones la reja. No hay sensación más espantosa que la de estar dónde y con quién más se detesta y no tener las agallas para escapar. Es el deseo de romperlo todo y romperlo bien y, de manera simultánea, una triste imposibilidad de conseguirlo a causa del miedo. Todo esto y más desfiló en mi cabeza al ver a ese hombre en el vestíbulo de los Apartosuite Príncipe Pío, en Madrid, cuando yo llegaba de México y él salía muy acaramelado con María Asunción Mateo, quien ya hacía suya la tarea de encargarse de pagos, decisiones y trámites relacionados con el anciano poeta. Lo vi, los observé con el  malestar de quien de golpe reconoce una verdad oculta, pero me mantuve a distancia, consciente de que atestiguaba algo incómodo. Internamente repasaba otros episodios relacionados con escritores y/o algunos políticos.  Fue inevitable entretenerme con asociaciones conocidas de cerca o de lejos, quizá por esa tendencia mía a tener despierta entre ceja y ceja la misteriosa cifra del destino.

Tuve que esperar algo más de una hora para que la (dis)pareja saliera en definitiva del edificio. Él hablaba alto, como para darse a notar, y con la actitud distintiva del vejete que ya se ha hecho con la muchacha. Al punto y sin dudar lo reconocí. Al verla a ella pasó como ráfaga por mi memoria el relato no contado sobre las relaciones desiguales, y abominables a los ojos de los demás. Inclusive recordé algunos versos suyos, el ritmo, la sensación del agua, el referente de los ángeles y pasajes biográficos de su esposa, la infortunada y talentosa María Teresa León, ya enferma de Alzheimer y desde hacía unos años confinada en un hospital allí mismo, en Madrid. Pensé lo que siempre he creído y confirmado: el vínculo entre la obra y el hombre casi nunca es congruente ni de fiar.  Esta orilla –la de la ilusa que “cae” con viejo mañoso-, amerita examen aparte, porque hay que hilar muy delgado para entender el enredo y eso, pues eso es tema para otro capítulo.  Primero hay que averiguar por qué funciona la manipulación del seductor, y por qué encarna, en ocasiones vulnerables, lo que la seducida desea o imagina quizá sin saberlo ni confesarlo. Luego, abundar en la complejidad de la contraparte y las peculiaridades del medio que empuja a las mujeres, aun de manera inconsciente, a elegir estos horrores ante situaciones que podrían ser peores. En casos así, hay que realizar un deslinde de la neurosis de uno y la otra para hallar el manjar del psicoanalista o, en contrapunto, el peso del patriarcado que suele aplastar a la condición femenina, no obstante excepciones que también campean en el mundo del espectáculo.

Con el ojo y la mente en alerta sobre un fenómeno que por cierto no es infrecuente, fui observando cada detalle en vez de hacer lo que debía y quería hacer: salir corriendo. Todos, en ocasiones, somos testigos accidentales de algo que rebota en la propia historia o en biografías cercanas.  A mi pesar me ha tocado ver y reconocer el revés y el derecho de la lujuria senil, las sonrisas babobas, el lenguaje amañado del “protector”, al cortejador que no se cansa de repetir “cuán potente” es “a pesar de su edad”… En fin, que el destino –siempre el destino- me ha puesto frente a narcisistas que creen que su sexualidad está por encima de la ley natural y  del cerco de la vejez. 

Y ellos allá, y yo cavilando: la mayoría ve con desagrado a los “cebollones” o “rabos verdes” que a excusa de piropear alardean que a ellos “no les gustan las viejas feas”. “Abueletes lujuriosos”, pensaba para mis adentros mientras recordaba que Benito Pérez Galdós gustaba frecuentar los barrios más populosos para novelar el  Madrid enmascarado por el clero y atiborrado de vidas oscuras. Prefería concentrarse en los rechimales  que atesoraban las mejores (o peores) historias. Mientras repasaba pasajes de sus Episodios Nacionales imaginaba la sonrisa del muy amañado y viejo novelista al oír cómo las mujeres, unas desde los balcones otras sentadas ante el portal, se burlaban de los libidinosos seniles, que estaban “más quemados que el palo de un churrero”. 

Y como una historia llama a la otra, no me podía olvidar de un Alberto Moravia que avanzaba hacia la muerte entregado a su propia degradación. Recién había leído cómo quedó reducido a monigote y voyerista por aquella ruidosísima Carmen Llera, orgullosa de su perversidad transgresora, decidida a convertirse en leyenda al casarse con él y dedicada a detallar cada una de sus aventuras amorosas, más pornográficas que eróticas.  Le fascinaba exhibir públicamente sus excesos sexuales con éste o aquél amante furtivo que –según aseguraba sin recato- “excitaban” en Roma al ya muy acabado  novelista. Está de más aclarar que la descripción de aquellos sucesos hacían temblar a la España más pacata, aferrada a hierro y fuego a los saldos franquistas. Que los juegos infernales  de ésta amiga del escándalo, 47 años menor que él, “alimentaban las fantasías fálicas de los italianos”, comentaban algunos escritores españoles que, sin atreverse ellos mismos a transgredir como fuera, celebraban los desmanes físicos y verbales de esta aragonesa, hija de la transición, que acaso solo porque sí se aventuró a desafiar todos los convencionalismos. 

Desde Los indiferentes hasta sus Cuentos romanos, y sin que me perdiera las adaptaciones de sus obras en las películas, Moravia fue uno de esos autores que se van quedando a sus anchas en los anaqueles de lecturas frecuentes. A partir de la aparición de Llera y hasta que sabe Dios quién lo encontró  muerto en el baño, en 1990, la lastimosa decadencia de Moravia era documentada al detalle en páginas de cultura y transcrita e interpretada con avidez por la prensa del corazón. Nunca volví a leerlo. No obstante anunciarse escritora a voz en pecho, ella desapareció al perder la sombra de sus múltiples protectores y quedar como “viuda de Moravia”. Seguramente su propio envejecimiento fue eliminando el interés de quienes la veían como revolucionaria sexual o arquetipo de la provocación. El olvido cayó sobre ella y no se si en España, entre su gente, algo quedó de aquellos desafíos, quizá infecundos en lo esencial, pero explicables dado el dominio que tuvo la Iglesia tanto en la vida española, como en la italiana.

 Hay de  acosos a acosos, pero es imposible negar que, cuanto más mañosos son los abuelos,  más fácil es caer en la trampa del “protector” promisorio, revestido de Santa Claus o figura pública. Agréguese que el poder, la inteligencia o el dinero no solo sustituyen las limitaciones de la edad, sino que las borran y aun contribuyen a nutrir las fantasías de muchachas con aspiraciones aplazadas. Así fue como la casualidad me puso por única vez frente a Rafael Alberti. Sacudí la cabeza como queriendo evitar observación tan maligna. Al firmar mi ingreso y atento a mi mirada,  el hostelero me puso al tanto: que después de habitarlo desde su regreso a España, y ante el lastimoso padecimiento de María Teresa León, el poeta dejaba la misma suite, frente al jardín real, que yo ocuparía durante los cuatro meses siguientes. A partir de entonces, él cohabitaría con María Asunción Mateo, al tiempo su segunda esposa.

Lo miré de fijo mientras cruzaba el umbral. Él también me miró. Intercambiamos un par de palabras: nada digno de recordar; pero al saber que yo ocuparía el mismo espacio que él impregnó de secretos, sentí que algo se tendía entre los dos. La escena del gato viejo con ratón joven palpitaba en mi mente. Ella firmaba, disponía; él aguardaba a sabiendas de que, por ser quien era, disfrutaría un por venir a la altura de sus fantasías.  Lo que callaba agitaba mis tripas mientras que, orgulloso de sus lances, quizá ya pensaba los versos para contar lo que la vida le regalaba. Pronto descubrí en una librería cercana su “Metamorfosis del clavel”, acaso su último título. Sonreí con malicia.

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Otra caverna, mismas sombras

April 1, 2020 Martha Robles

Fragmento de la cueva de Lascaux

Aceptar lo distinto nos dispone a hallazgos y sensaciones múltiples.  La estética aunada a grandes hazañas activa lo mejor de nosotros mismos.  Sobradamente lo experimentó una inteligencia dotada como la de André Malraux. Así consta en su obra, aunque particularmente en sus Antimemorias, libro que releo tanto y con tal gusto que puedo deletrear pasajes entrañables, como su aventura en pos del reino de Saba, sus preguntas sobre el hombre, la dolorosa realidad colonial de la Martinica, exhibida mediante el ridículo símbolo de la Marsellesa y los uniformes imperiales para disfrazar nativos hambrientos, la consulta a una vidente sobre el trozo de un manto que supuestamente perteneció a Alejandro de Macedonia; ni qué decir de su idea del budismo en la soledad de la selva, de India, China, Hanoi; de las referencias a la muerte o del mundo del arte y la condición humana, del simulacro de fusilamiento o sobre el dolor, pues “no es menos imposible volver del infierno que de la muerte”. Capítulo aparte merece la pieza maestra sobre la marcha de las cenizas de Jean Moulin para permanecer en los Inválidos: Esta es la marcha fúnebre de las cenizas. Junto a las de Carnot con los soldados del año II, las de Víctor Hugo con los Miserables, las de Juarès veladas por la Justicia, que reposen con su largo cortejo de sombras desfiguradas…

Esto viene a cuento porque lo nefasto nos acecha y la figura mítica de la caverna vuelve a nuestros días, mucho más poblada de cautivos en la oscuridad que durante la hora en el Hombre no lo era, todavía. Por el relato platónico sabemos que siempre hay uno que a pesar de los demás descubre la luz y “despierta”. Uno que da el aviso de lo que hay más allá y, aunque igual que Casandra esté condenado a no ser creído,  su palabra anticipa algo iluminador, un signo que al menos libere a unos cuantos de su esclavitud. Tal señal es el conocimiento, lo que nos hacer ver, entender e interpretar. Es destello que, a la par, conduce a la madurez para sortear necedades que proliferan en tiempos de oscuridad.

Esta reflexión me regresó a Malraux de manera inevitable. En destino tan abultado como el del Ministro de Cultura durante la V República, no podía faltar su cita, en Lascaux, con la asociación mítica de la caverna, “la capilla Sixtina de la prehistoria”, al final de marzo de 1944. Cuatro años atrás había sido descubierta por un muchacho intrépido que se aventuró en busca de su perro y tres o cuatro chicos que entraron después. Al ser informado de lo que allí descubrieron, Henri Breuil, entonces la mayor autoridad del paleolítico, se apresuró a documentar la importancia de esta joya y, a pesar de que Francia se encontraba bajo el yugo de la ocupación alemana, se concentró en protegerla con los recursos existentes.

Resguardada en secreto, la gruta subterránea de Lascaux, en Montignac, fue un escondite ideal para el armamento de la resistencia en Dordogne, localidad del suroeste francés donde abundan las cuevas. El coronel Berger, nombre de guerra de André Malraux en el frente de Alsacia, iba en esta misión a la cabeza del grupo de valientes guiados por dos o tres lugareños. Su medio hermano recién había sido capturado. La tensión era absoluta. Si el descenso hasta las cámaras pintadas fue tortuoso porque la entrada era estrecha y solo se cabía de costado, asegurar los pertrechos implicaba un tremendo desafío.  Cualquier esfuerzo, temor o incertidumbre desapareció sin embargo ante el espectáculo pigmentado en rojo y negro por el hombre de Cromañón, unos 20 mil años atrás. Maravillado y sin dejar de arrastrarse en el terreno accidentado, Malraux se las arreglaba, en medio de cajas amontonadas, para apuntar su poderosa linterna eléctrica hacia cientos de figuras intactas, cuya sola presencia acaso le hacía pensar que los dioses no habían nacido, que la idea de la creación no se había concebido y que el hombre se movía en la Naturaleza  sin preguntarse por la verdad, el bien o la crueldad. Todo estaba ahí, sin que nada faltara: un hombre con cabeza de pájaro, el caballo barbudo, ciervos, caballos, vacas, bisontes… Y la sala de los toros, cuya estampida parecía en movimiento por el reflector de su linterna. Era la aventura humana en toda la plenitud de su inocencia originaria: Ese lugar había sido sagrado, sin duda, y todavía lo era: no sólo por el espíritu de las cavernas, sino también porque un vínculo incomprensible unía esos bisontes, esos toros, esos caballos (otros se perdían más allá de la luz). Y esos cajones que parecían llegados allí por sí solos, vigilados por las ametralladoras vueltas hacia nosotros...

Nada, ni la sombra de la muerte, el sufrimiento o los riesgos a los que se enfrentaban los valientes voluntarios de la Resistencia, impidió el sublime goce de estar en contacto con el más antiguo testimonio artístico del hombre: otro de sus juegos con la eternidad, como solía definir su gusto por los relatos, sucesos y museos extravagantes. A pesar de la tensión que reinaba allá abajo, en la tumba verdadera a la que el bisonte daba un alma enigmática,  y sobre el angustiante temor a quedar sepultado por un derrumbe inminente, Malraux/Berger miraba cada detalle a sabiendas de que presenciaba algo único e invaluable. Pensaba en el pasado, en éste y otros tesoros escondidos, en la Vía real, en Indochina, en lo sagrado y en la grandeza de que ha sido capaz el hombre. Pensaba dejándose llevar y a la vez evocando otras cavernas, distintas sombras y tinieblas no menos intimidantes.

Por la singular mezcla de curiosidad, talento, aventura y pensamiento, con André Malraux no solo se acabó un modelo de ser fascinante, sino capaz de contribuir con su sola acción personal a las mayores transformaciones del siglo XX. T. E. Lawrence, Sir Francis Richard Burton y Alexandra David-Néel compartieron esa materia en desuso por escudriñar lo desconocido. Con la argamasa de un nuevo saber, confirmaron que el mito, el desafío del destino, el apetito de saber y la tentación de la historia están tan fusionados a la humana naturaleza como la espiritualidad, el poder o el no poder y el vano impulso de engañar a la muerte. Y pretender engañarla es lo que hacemos ahora ante la real amenaza de un bicho imperceptible, pero tan letal que para sobrevivir hay que renunciar a la que supusimos libertad, al menos respecto de lo cotidiano.

Malraux destacó por su intervención en grandes capítulos de la moderna cultura de Occidente. Hasta el último de sus días lo movió un peculiar apremio por estar en el lugar y la hora donde se fraguaba la historia. De ahí que, desde su juventud, acudiera a dónde y con quién suponía que algo trascendental estaba ocurriendo. Entregado a la creación literaria de meditaciones estéticas que asombraron a los lectores desde sus primeros títulos, fue criticado por lo que omitió, no por  lo que relató en sus Antimemorias publicadas 1967, cuando todavía era Ministro de Cultura. Deslumbrante, su relación con el lenguaje, la política y “la verdad” –sin merma de  verosimilitud- asestó un golpe a los prejuicios, inclusive ideológicos, al reinventar el pasado y el poder sin más fidelidad que la que profesó a la historia de la cultura. Esta manera suya de ver e interpretar la vida, el destino, lo inexplicable, la fábula, las dudas y aun la muerte que osciló entre la ficción pura y la verdad ficticia de menos desconcertó a quienes esperaban de él –a saber por qué- un relato sin reflexiones perturbadoras.

Al fusionar lo vivido a lo imaginado, deseado o reelaborado desde el mito de sí mismo, el lector queda literalmente prendido a su prosa.  Hay pasajes sublimes, como la estremecedora evocación de Jean Moulin, el heroico líder de la Resistencia escarnecido, salvajemente golpeado, con los órganos reventados.... Es tal su capacidad envolvente  que  no hay más que aceptar que el hombre no llega jamás al fondo del hombre, ni recobra su imagen a través de los conocimientos que adquiere. Si acaso, profundizamos nuestra propia interrogación. Lo escribió respecto del destino y la vida frente a la muerte: No hablo del hecho de que nos maten –que apenas supone un interrogante para quien tiene la trivial fortuna de ser valiente-, sino de la muerte que asoma en todo lo que es más fuerte que el hombre: en el envejecimiento y hasta en la metamorfosis de la tierra…

Mucho se ha dicho de cuán difícil es vislumbrar a André detrás de Malraux. Me pregunto por qué o para qué habríamos de hacerlo y en qué se funda el disgusto de los que todavía exigen fidelidad documental o doctrinaria a sus páginas. El autodidacta decidido a encontrar la imagen de si mismo en las preguntas que se hace no fue distinto al  pensador solitario que discurre Las voces del silencio. Tampoco el político  dialogante de De Gaulle, abandonó al militante aventurero que, además de embustero y conocido ladrón de arte en Indochina,  fundó un periódico de combate en Asia y atestiguó el ascenso del Kuomintang.  El protagonista de una tragedia familiar es el mismo creador de L’espoir en su carácter de jefe de la primera escuadrilla de la aviación  de la Segunda República Española. Escritor de raza, encumbrado en un ego monumental, es el patriota que se une a la Resistencia durante la ocupación alemana para realizar, al término de la Guerra, el sueño del gran civilizador elevado a Ministro de Cultura. La suma de todo ello y más era el Hombre, el que siendo como los demás de su especie, no se parecía ninguno. Tantas y tan apretadas experiencias en sus 75 años de edad parecen burlarse de quienes se quejan por la falta de tiempo para realizar lo esencial pues a él nada le impidió escribir sin parar obras notables hasta su muerte, ocurrida en noviembre de 1976.

De la muy envidiable y abultadísima biografía del prisionero de la Gestapo, víctima de un simulacro de fusilamiento, hijo de suicida, testigo y partícipe de los principales acontecimientos del siglo XX se deduce que cada instante es insustituible. Cuando lo distinto e inesperado nos saca del ámbito de lo conocido, nos descubrimos con temor presos en el estado que no sabíamos que ignorábamos o, algo peor: corroboramos que no somos capaces de estar en lo que, por no saberlo, ni siquiera podemos nombrar. Sea lo distinto, la soledad, el silencio, lo indeseado, el miedo o el aislamiento que en apariencia nos permitirá sobrevivir, en realidad un virus nos ha enrostrado que nada nos acostumbra a la idea de morir.  Lo verdaderamente humano, tarde o temprano, se da cuenta de que no se vive de acuerdo con lo que uno piensa de su propia vida,  sino aferrados a todo lo irremediable que a fin de cuentas atribuimos al destino.

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Escenas medievales

March 17, 2020 Martha Robles

Médicos venecianos durante la peste bubónica

Cuando hacia 1330 la peste bubónica saltó de Asia a Constantinopla  para después  asolar a la hermosa ciudad de Florencia, hacia 1345, nada pudo impedir su gradual expansión por el continente europeo durante algo más de quince terroríficos años.  Jóvenes, niños y viejos, ricos y pobres, incautos, creyentes o ateos comprobaban con espanto y no poco sufrimiento la letal aparición de bubas negras en sus cuerpos, resultado de hemorragias internas. Cuando menos tres de cada cinco enfermos no solamente estaban condenados a morir rápidamente y de fea manera sino que, en cosa de horas o de días, cada uno se llevaba consigo a otros tantos que  ingenuamente se creyeron protegidos por su ángel, por la gracia divina o por el infaltable pensamiento mágico que nada entiende de epidemias, de salubridad, de moralinas ni contagios. Barberos, médicos, sacerdotes y/o curanderos ilusoriamente se “protegían” con la máscara de pico que tanto ha nutrido la imaginación de los medievalistas, pero igual se enfermaban. 

La crisis empezó a contenerse no con rezos, ni con misas solemnes o procesiones cantadas; tampoco tuvieron qué ver las letanías, las mortificaciones del cuerpo ni las obligaciones indicadas en los devocionarios. Mucho menos sirvieron de algo los pavorosos castigos infligidos a inocentes “pecadores” o a mujeres impías. El principio de la solución se vislumbró al conocer que –procedentes del mar Negro- los mercaderes genoveses que atracaron en el puerto de Messina eran los portadores del mal provocado por el piquete de las pulgas que emigraban de las ratas muertas. Aunque el brote se inició entonces en regiones tan alejadas de Occidente como la cordillera de los Himalaya, quedó en claro que basta un solo portador para desencadenar un contagio masivo porque invariablemente ocurre por multiplicación geométrica. Y aunque siglos atrás y por situaciones similares los médicos judíos en Persia supieron que la cadena depredadora de ratas y pulgas provocaba la peste, los europeos tuvieron que redescubrirlo para emprender su propio combate contra la inmundicia donde anidan las plagas.

Fue larga, accidentada y dolorosa esta experiencia porque parecía inquebrantable el cerco  de ignorancia, ausencia de higiene y exceso de roedores cargados de pulgas que picaban a los humanos vivos. Tiempo sobró para que la Iglesia y los pueblos persiguieran con saña a chivos expiatorios, cómplices del Mal y supuestos agentes de  fuerzas oscuras. La infamia, en voz de monjes y malas lenguas, encendía hogueras, se aprovechaba de la injusticia y arreciaba la pugna por el poder que, de manera inmediata, recayó en el atraso de la vida cotidiana. Bienes, legados, títulos y tierras pasaron de unas manos a otras en medio de un caos tan  tremendo que cuando la Parca se hartó de llevarse a la tercera parte de las población europea, los sobrevivientes tuvieron que inventar otro orden social, modos distintos de crecer, producir y gobernarse para consolidar sus culturas. Tanta fue la urgencia de superar esta amenaza que acaso no fue fortuito que casi siglo después, a partir del XV, aparecieran los primeros frutos del formidable Renacimiento.

Adueñados de la divinidad y sus atributos, como sería de esperar, los miembros del clero extremaron amenazas intimidantes con métodos de ejecución para quemar vivos a los acusados de herejes o de practicar brujería. Ante el número de cadáveres que sobrepasaban la capacidad de transportadores y sepultureros, se radicalizó la lucha entre las dos cabezas de la cristiandad (oriente y occidente), para hacerse con un único e imposible liderazgo.  Mientras batallaban entre sí los jerarcas para administrar el reino de Dios en el mundo, a su vera crecía la anarquía de los feligreses  entre delitos y barbaridades cometidos en masa. Eran tantos y tan pavorosos los actos de rapiña  que, atrapadas entre el sufrimiento agravado por la intimidación religiosa o por la peste y la muerte,  las madres lloraban por haber parido hijos maldecidos.

 Cuando un tercio de la población ya estaba bajo tierra, los más avezados por fin se dieron cuenta de que no eran el pecado ni las hechicerías las causas de tan mortífero castigo. Tampoco Dios había dado la espalda a sus criaturas, como aseguraban los curas fanatizados. El imaginario popular de veras creyó en el fin de los tiempos. Así lo promulgaban los prophetae quienes indistintamente considerados herejes, adivinos, ungidos o iluminados, atolondraban a la multitud con mensajes mesiánicos o tremendistas, entreverados de infundios manipuladores y promesas redentoras. Sin dificultad se exacerbaba el ánimo de cientos o miles de peregrinos que, tras la guía de predicadores errantes que todo sabían de la energía depredadora del resentimiento social, saqueaban, aterrorizaban, fornicaban, parían, peleaban y morían a cielo abierto.

A diferencia de otras epidemias de raíz oriental, acaso olvidadas o ignoradas, como la peste justiniana del siglo VI d.C., en Europa estallaban las crisis aupadas al agotamiento de las tierras, desórdenes demográficos, graves periodos de sequía y  a la brutal ignorancia que, desde los días de Babel, demuestra que nuestra especie es la más imperfecta y peligrosa de la creación.

En tanto y el fantasma de la muerte rondaba en las ciudades, donde mejor se aseguraba el contagio, algunos aprendieron a sortear el peligro mediante el aislamiento voluntario o algo parecido a nuestra cuarentena.  Imbuido de hedonismo y decidido a vivir a plenitud lo que le quedara de vida, Boccaccio fue uno de los que no le facilitó la faena a la Parca. Por intuición o ventura huyó de Florencia, en 1348, con un grupo de diez jóvenes (siete mujeres y tres hombres) cargados de vitalidad y de historias. Es de suponer que de sus vivencias y sus cuentos en una villa apartada de la ciudad surgiría el célebre Decamerón, escrito en el vernáculo dialecto florentino, entre 1351 y 1353, que a la fecha leemos con inmenso deleite. Fue el terror a la peste bubónica el original trasfondo de esta obra maestra integrada por cien relatos que oscilan entre la burla, la tragedia, el erotismo, la ironía y el ingenio: algo que, ante la pandemia que nos ha tocado en suerte, me recuerda cuán sanadora puede ser la palabra y cuán aleccionadora es la literatura en cualquier tiempo, pero especialmente durante confinamientos forzados y ensombrecidos por el temor de convertirnos en cifra estadística durante la suma de los muertos.

En contraste con el humor picante de Boccaccio, también recuerdo la congoja de Petrarca por haber perdido a su amada, la inaccesible e idealizada Laura, víctima precisamente de esta horrible peste negra, como él mismo refirió en sus cartas. Convertida en móvil central de su Cancionero, siempre he asociado a Laura con la Beatriz de Dante, aunque en las páginas y entre versos cada una de ellas sea intransferible.  Refugiado en la religión y de natural melancólico, nada impidió a Petrarca dejar una inmensa constancia poética sobre el amor irrealizado y la tristeza insondable de la ausencia: algo que también adquiere una enorme significación entre nosotros  porque según  estos dos enormes escritores lo vivieran, en nuestra circunstancia entendemos de qué se trata el absoluto poder de un bicho microscópico, imperceptible, sorpresivo y de conducta tan caprichosa que para vivir nos obliga al aislamiento.

No son las pulgas sino el actual coronavirus lo que pone de manifiesto algo válido hoy mismo o en la Edad Media: nadie se libra del azar, cuando el que elige es el Hado; hay sin embargo modos no tan sutiles de distraerlo, pero para ello es necesario acudir a  la fuerza vital del silencio en soledad: volver a ser para ser, practicar el recogimiento reparador y aceptar, desde su sentido y su función radical, que la inteligencia debe fortalecerse durante situaciones críticas, porque en la bonanza y el bienestar todos somos ocurrentes y listos. Y en eso estamos… quizá aguardando secretamente otro Renacimiento.

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La confesión. Página del diario

February 29, 2020 Martha Robles

Estos días se me han hecho inmensos y llenos de agujeros. Los gritos, ayer  domiciliarios, ahora serpentean por todas partes: rebotan en los muros, se pintan en grafitis o amenazan como dagas. Tuvieron que matar a miles con saña para que las mujeres ya fueran distintas, como no eran y ni siquiera se imaginaban. Sin el batallón de las “aguantadoras” que todo callaban, el medio se enrareció. Hoy lastima el ruido, quizá porque la conciencia pugna por soltar palabras atoradas. No todas las  palabras, nada más las que sostienen la cabeza, el corazón y el cuerpo. Trizadas de silencios, son palabras largas, achatadas, saturadas del pasado y con dificultad aún para darle voz al  porvenir que ya nos pisa, pero que todavía no es porque no sabe cómo ni con qué manifestarse. Eso es lo que avergüenza: no poder, no haber podido arrancar las palabras que nos atan de raíz, como yerbas espinosas. Asusta, asusta mucho el ruido que, de la noche a la mañana, golpetea donde esas manos no pegaban, esas bocas no gritaban ni en esos rostros asomaba nada que no fuera la mordaza. Mirarlas a ellas, tan aguerridas y desafiantes, me regresa a los días en que la protesta de una era equivalente a ninguna, cuando en montón se discriminaba hasta la ignominia a la que se atreviera a ser diferente: días de callar o de escribir condenadas a no ser vistas y, si acaso, a ser medio leídas a condición de hacer como si no existieran, como si su palabra no valiera ni transformara absolutamente nada.

A nosotras, las de antes, nos hincaban en un confesionario para susurrar enojos, fantasías y las que se tenían por faltas que ameritaban penitencia. Con la cara pegada a una rejilla y las manos que no hallaban acomodo, balbuceábamos lo que nadie, absolutamente nadie podía saber, salvo el hombre sentado al otro lado, madera de por medio. Percibido apenas, él inclinaba la cabeza para dormitar o para oír la confesión de niñas como yo que, sin remedio, seríamos evas vitalicias, causa irremisible del pecado original. Supongo que su atención mejoraba cuando voces adultas se desprendían de culpas más sustanciosas o trasmitían experiencias  que, entre dificultades y escollos, eran parte de un mapa vital o de la traza del propio destino.

Al comienzo de la misa, en sendos lados del templo, los confesores tomaban su lugar con aires de saberse depositarios del secreto consagrado. Yo seguía con la mirada a uno u otro preguntándome qué tanto guardarían esas cabezas que poco o nada me impresionaban; pero encarnaban el símbolo. Y de símbolos nos llenamos cuando escasean las certezas. Al iniciar el ritual todo cambiaba: encerrado en el confesionario, dejaba de ser el tontón con sotana arrugada que discurría boberas y seguramente se burlaba de mis dudas existenciales. Escucha semi oculto, él dejaba de ser él mientras yo hablaba. Y si yo hablaba es que algo decía: eso me maravillaba.

Ya desde entonces me atraía el misterio de lo que solo puede ser dicho como arrancado del alma. Para lograrlo debía disponerme con tiempo, pues con seguridad nunca entendí bien a bien de qué se trataba la confesión, a pesar de que, rodeada de monjas y cercada por curas en un medio cerrado, mi educación religiosa fue muy deficiente. Mientras aguardaba mi turno buscaba palabras que, por el prodigio de lo que subyace aún sin nombrarse, pide de pronto ser mencionado. Tal revelación es lo que entendí por milagro. Me fascinaba la idea de sorprenderme, yo misma, con el hallazgo de lo que pudiera decir: algo parecido a sentir la voz como dictado automático de lo imperceptible y velado.

Sin tardanza hacían fila montones de mujeres de todas las edades: unas, a la derecha; otras a la izquierda. Al frente, apenas dos o tres hombres: únicos privilegiados por la Iglesia para hablarse de frente con el confesor. Era un hecho jamás cuestionado que las mujeres estábamos marginadas de los asuntos de Dios y que nuestra voz no contaba. A todas luces notaba, desde pequeña, que la confesión no valía igual para todos.  Imagino que mientras las señoras depositaban sus cuitas, sus dudas o su necesidad de consuelo, ellos afianzaban la tradición de hacer lo que mejor se sabía y se esperaba del patriarcado.

Fuera quien fuera el emisor o el destinatario, lo importante era creer que de por medio estaba la fe en la doble indulgencia del perdón y la redención. Voluntad, pecado, intención, arrepentimiento y contrición, de este modo, eran voces/baúl que imbuían de misterio el mensaje de ida y regreso. A fin de cuentas, yo no tenía más certeza que  la de la gracia sanadora de las palabras ni mayor confianza en el poder de la confesión que su capacidad de “vaciar” un relato refundido, como la memoria y los sueños, en la región de lo inmencionado. En eso consistía mi religiosidad: en aguardar con recogimiento la venida de la primera palabra, la palabra inicial. El tiempo no ha conseguido disminuir la emoción de ese hallazgo entrañable, elevado a cifra de mi escritura. Sabía que al hincarme en la dura y gastada tablita del maloliente  confesionario necesitaba el silencio, siquiera un instante. Cerraba los ojos sin adivinar el rostro del confesor. Al escuchar el cerrojo de su ventanilla aislante,  se manifestaba algo que ni yo misma identificaba, pero podía decirlo, gracias al impulso de lo sagrado. Ignoro cómo percibía el que aún considero portento del lenguaje, pero era tan poderoso que me preservaba del influjo nefasto de la habladuría que, como mujer, me negaba.

¿Qué y cómo decía lo que con-fe-saba? Imposible saberlo ahora. Lo indudable es que la experiencia se fusionó al hallazgo de mi destino. En una sola ocasión, la que selló mi ruptura con la costumbre de aguardar lo no dicho, me exasperó la voz del escucha quien, con ostensible impaciencia me conminó a seguir el ejemplo de la pureza de la Virgen María, ahora que yo alcanzaba la edad en que “las tentaciones” entran por la puerta grande y el arrepentimiento no conoce salida. “Pero si la Virgen no hablaba”, -le dije. “¿Cuál ejemplo a seguir si a mi no se me aparecen los ángeles ni voy a ser la madre de Dios?” El confesor se inclinó con fuerza y asomó la cabeza para mirarme mejor. Yo me puse de pie porque por primera vez entendía que en ese recoveco oscuro “el otro” entorpecía más que avivar  mi vínculo con el lenguaje. Pero en algo tuvo razón este pobre hombre entrenado para repetir y repetirse de qué se trataba el destino de las mujeres: ya era notorio que había llegado al fin de mi infancia. A partir de entonces entendí que nada libera tanto ni tan de raíz como el dardo de la palabra. Eso es lo que, en cualquier dictadura y derivado de tiranías, se procura evitar impidiendo o manipulando la “educación” de los más: impedir que el marginado hable y nombre su realidad. Que el siervo lo sea por su oscuridad y que la mujer calle pues, a fin de cuentas, la violencia comienza cuando el habla habla y habla y no dice nada, como se hacía en aquellos confesionarios.

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Me acuerdo, me acuerdo

February 17, 2020 Martha Robles

Remedios Varo. Visita al pasado, 1957.

A propósito de lecturas y de la curiosidad de rebote o en cadena, como suele ocurrir entre asiduos a las letras, el comentario de Enrique Vila-Matas sobre el abultado volumen publicado por las ediciones Joseph K, en el que Mireille Ribière reúne textos de Georges Perec, trae a cuento el dato de cuando Perec, en 1970, leyó I Remember, de Joe Brainard, lo cual, como Je me souviens, daría pie a la escritura de un libro y de una forma novedosa de aproximarse al pasado.

Mientras leía el texto de Vila-Matas, se me apareció ¡Habla, memoria! con la insistencia de Nabokov sobre jamás olvidar los detalles. Por asociación recordé que la sola frase me acuerdo, me acuerdo también ha actuado en mí más de una vez como llave para abrir gavetas recónditas y, desde cualquier punta, estirar la escritura hasta donde quiera llevarme una sola palabra. Me refiero a la dualidad olvido/reminiscencia que, a capricho, permanece oculta durante meses o décadas quizá a la espera de ser rescatada. Je me souviens es una fórmula casi mágica para desvelar enredos en los que lo percibido, lo sucedido, lo recibido o atestiguado se entremezcla a los muy hábiles y tramposos juegos de la memoria para crear una historia a su manera.  

Más allá de completar algún puzzle y de dar visibilidad a lo invisible al evocar sucesos o impresiones, hay que decir que la voz recordar es una de las más bellas y sugestivas de nuestra lengua. Lo confirmé el día en que conocí su significado: Re es un prefijo latino que quiere decir otra vez. Cordar desciende de cordio y cardio, corazón. Etimológicamente, por tanto, recordar es volver a pasar por el corazón o volver al corazón. Y nadie mejor que María Zambrano para emplear el término como puntal de su “razón poética”, pues el saber cordial es la guía para acceder y desentrañar al ser que permanece en penumbra, a donde  no “llegamos” mediante la razón discursiva. Esta capacidad dual del conocer –la cordial y la discursiva-  llevó a filosofar a la muy singular y fascinante discípula de Ortega y Gasset hacia un saber del alma. Del fondo oculto del saber del corazón, donde subyace la poesía pura, queda su más alta constancia en obras maestras de la literatura, muchas de las cuales, por cierto, suelen burlar el cerco limitante de los géneros.

Se acordó Proust de su mundo entero a partir del olor de las magdalenas que -hilo conductor en los inicios de su obra-, le permitió “buscar” el tiempo “perdido” y después repasar el “recobrado”: dos figuras tan insondables como poéticas y cargadas de un saber propio y/o apropiado que aún nos atrapa y permite vislumbrar partes ocultas bajo apariencias banales. El surtidos de imágenes y voces se desencadenó –según relata él mismo en Por el camino de Swann-, cuando abrumado por la tristeza probó una magdalena mojada en té y súbitamente “regresó” a su infancia durante los veranos en Combray, un pueblito situado al  noroeste de Francia. Un solo destello causó una de las mayores obras literarias del siglo XX.

Siempre advertiremos con asombro y como arrancada del re-cuerdo, la galería de  atribulados de Djuna Barnes, en El bosque de la noche.  Pessoa recordó como quien abre no una sino muchas y muy hermosas cajas chinas. Lo hizo desde sus varias cabezas, recuerdos y nombres que lo habitaban y nos legó una obra múltiple y diversa, que a la fecha no podemos soltar. Malraux inventó el envidiable género de las antimemorias al falsear remembranzas con tal habilidad que, gracias a su mitomanía formidable, borró fronteras entre la historia, la ficción por la ficción pura, la geografía, el arte, la política y la autobiografía, solo para situarse en el ónfalo griego u ombligo del mundo, a excusa de contar sucesos extraordinarios.

Al decir Je me souviens, Marguerite Yourcenar discurrió un incomparable y corpulento  Laberinto del mundo que no solo invita a viajar de Grecia a Roma, de Flandes a Maine o de la Villa de Adriano al oriente profundo, sino que re-cuerda la historia, la fábula y el tiempo en sí de manera tan original que todo cobra sentido desde la perspectiva que se lea: al través de su Opus nigrum o por referencias que merodean el relato sin desdoro de la historia en Archivos del Norte o desde Qué, ¿La eternidad? hasta Una vuelta por mi cárcel. Inclusive en sus ficciones casi puras y siempre verosímiles el saber del alma se fusiona a la razón lógica, retórica o estructurada. Tiene la gracia de atraer al lector al través de sus vericuetos memoriosos para continuar una travesía medieval que no cesa hasta anudar su origen belga, su pasión oriental, la convivencia con Grace en la Isla de los Montes Desiertos, su encuentro con un Adriano tan vivo que pudo ser ella misma o el rescate de papeles abandonados en baúles. Supo lo que supo no por su conocimiento discursivo sino desde el corazón y sus chispazos –como las magdalenas/cifra de Proust-, como le ocurriría mientras caminaba en pos del emperador romano por la playa helada y siempre en penumbra de Maine…

I remember evoca, por otra parte y de maneras distintas, los tránsitos de aventureros, biógrafos, exploradores, poetas y escritores de diarios que, en lengua inglesa, han cimentado una de las literaturas más ricas, sólidas y diversas de nuestra civilización. Imposible desdoblar el importante listado de memorias, poesías y relatos que consagran ese verbo prodigioso en el que cabe el tiempo y la idea del tiempo, la geografía, la fábula y hasta un catálogo de todas las emociones. De los angloparlantes es justo decir que además de que han hecho un extraordinario oficio de sus relaciones con la memoria, desde siglos atrás se han dedicado a atesorarla hasta en pormenores. Qué otra cosa podría ser sino pasión por el pasado, su culto a las bibliotecas y su no poco delicuencial afán de hacerse de cuanta piedra, pliego, libro, testimonio, pintura, tablilla u objeto que sirva de recuerdo y/o testimonio, sin importar origen ni procedencia. En ese sentido, no hay más que ir a unos cuantos recintos emblemáticos de Londres para encontrarse con lo que es y ha sido el Hombre de punta a punta, desde lo inmemorial hasta su imaginación futurista. Y qué decir de la Biblioteca del Congreso o del Museo Instituto Smithsoniano en Washington, verdaderos sagrarios de la memoria en sí y de la memoria y la curiosidad por todo y de todos.

Me acuerdo, me acuerdo, en nuestra lengua, adquiere connotaciones muy distintas a las de hablantes en inglés, italiano o francés. De la multitud marginada de árabes, orientales, africanos, etc., nada o poco sabemos, a pesar de que los antepasados dejaron constancias todavía insuperables, como Las noches árabes o Las mil y una noches, sin cuya presencia en nuestras vidas no nos habríamos apropiado del símbolo de Sherezade ni la propia y encarnada Isak Dinesen, desde su cuna en Dinamarca, se habría adueñado de su gracia.

Decir, pues, me acuerdo, me acuerdo  equivale al abracadabra de la mítica cueva de Alí Babá, donde los insaciables ladrones ocultaban tesoros inimaginables y en tal cantidad que a  mi no solo me costaba imaginar las dimensiones de la gruta, sino abundar en el sinsentido de acumular tanto y tan de continuo, nada más que para mantener la riqueza  encerrada de manera intemporal. Aquel recuerdo se ligó al absurdo de K. y demás parientes literarios. A partir de entonces me dio por  reflexionar sobre la función de despojos condenados a permanecer en la oscuridad, sin destinatarios ni uso definido: precisamente la imagen divulgada por Disney durante mi infancia, cuando nos tatuaron en la mente la figura infecunda y más que idiota de un Tío Mac Pato tan millonario como tacaño.  Su único placer y su única actividad consistían en “bañarse” a solas sentado en el centro de su foso atiborrado de monedas y billetes: un anticipo del monetarismo inseparable del individualismo y del impulso autodestructivo de nuestro tiempo.

Me acuerdo, me acuerdo me ha inclinado, otra vez, sobre la tentación de la página vacía que siempre resulta emocionante.  Así que ya me apresuro a levantar el velo para re-cordar y tratar de entender, desde la oscuridad del pasado, el hoy sangriento y envuelto en imbecilidad moral.

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Kafka, a la vuelta de la esquina

February 4, 2020 Martha Robles

Franz Kafka, 1922

Kafka me reveló el misterio de las mutaciones. Mezcla de metáfora, símbolo y retrato al natural del irracionalismo de la modernidad, su Gregor Samsa anticipó desde su publicación, en 1915, el complicado carácter de nuestro tiempo. A partir de que sus primeros párrafos llegaron a mi vida, este escritor me atrapó para siempre. Aunque no todas tan obvias como la del infortunado Gregor, sus metamorfosis ensombrecieron las  transformaciones de Zeus, quizá porque las del portador del rayo fueron tan indiferentes al sufrimiento como  solo enredadas a devaneos sexuales, tan caros a los griegos.

Por ser todos los hombres o ninguno, los antihéroes kafkianos escapaban de las páginas para que yo les pusiera rostro, nombre y apellido. Sin sus vislumbres proféticos mal y poco entenderíamos esta reinvención de lo humano que nos atormenta. El proceso, por ejemplo, me metía en las carnes de K. y, al través de él, veía sin ver el alcance tremendo del poder, también padecido en El castillo; cada referencia canina  me remitía a la emblemática escena en que el comerciante Block se arrodilla ante la cama del abogado “como una especie de perro”; el padecer del agrimensor me dejaba en vela… Absorbí sus diarios hasta leer entrelíneas y descubrir su interés por los animales diminutos. Inclusive al través de Steiner y Elías Canetti me he dejado llevar por la sensación “de estar interrumpiendo en donde precisamente no debía penetrar".  En suma, Kafka es y ha sido estilete y pasión como referente y lectura.

Arquetipo de la perturbación, cada retorno a sus páginas me lleva contra mi voluntad a repetir los tránsitos angustiosos que comienzan con ansiedad, encumbran la humillación y rematan en desesperanza y horror. La cifra/fuerza del absurdo es una sola: ningún afán consigue desentrañar el secreto, ponderado como única causa del irracional tribunal de El proceso; y, a la par, el absurdo en sí hace evidente la culpa que campea en tan significativa galería de humillados. Aprendí en sus historias que el poder, para el que no hay escapatoria posible, nos hace sentir expuestos y a la vez insignificantes. También agrava el peculiar desamparo que, parecido al que causa el ojo de dios, nos persigue hasta cuando nos ignora. Decisivo para medio entender lo que desearíamos no ver ni padecer, a él debo una infatigable búsqueda de claridad y de sentido, que al menos me permita disminuir el sufrimiento evitable.

Su vínculo con Felice me recuerda lo desastrosas que pueden ser las relaciones humanas. Original aun en la tentativa matrimonial y su anticipada derrota amorosa, el contenido de unas 500 misivas demostró que su escritura era el verdadero vínculo/espejo que necesitaba para ser y sentirse él. Tal suerte de dependencia trascendía su incapacidad de ver en ella otra cosa  que un móvil concreto y completamente real para escribir sus cartas. Era la “elegida” para “adorarla” y esperar o recibir de ella aceptación y una suerte de guía que inevitablemente visualizo como fábula a la inversa de la irreal Dulcinea: “En ocasiones pienso –Felice-, que dispones de tal poder sobre mi, que deberías  convertirme en una persona capaz de realizar todo lo que es natural.”

Su entrañable amistad con Max Brod me conmueve, y la figura del padre facilitó la comprensión del mío. Kafka, pues, ha sido letra, revelación, espejo de lo humano, metáfora del espantoso y tremendo siglo XX e incesante exploración del miedo que lo habitó. Cuando menos me di cuenta, los libros de él y sobre él se habían adueñado de un espacio significativo de mi biblioteca y de mi vida.  Recuerdo el preciso día en que, al voltear descuidadamente desde mi escritorio hacia el anaquel que fue haciendo suyo a fuerza de expulsar a sus vecinos, vi algo como una hebra tendida entre mis ojos y sus páginas. Dos, tres veces parpadeé y dije si, esto también es absurdo.

Cada libro leído o releído es un viaje. Al advertir que este hombre lleno de inseguridad, neurótico y experto en describir sus debilidades, en realidad exploraba “la impotencia espiritual” que ya se encaminaba hacia su engendro monstruoso.  Mediante las posibilidades múltiples del absurdo que tipificó tan maravillosamente, entendí cuán frágil y trágico es el destino humano. Me refiero al destino en sí y a cada destino: el explorado por la curiosidad de los griegos y el interpretado en el surtidor inagotable de las letras; el reinventado entre la memoria y los sueños, el que nos singulariza y del que pretendemos huir, el que compartimos con otros durante algunos lugares y estaciones de nuestra vida o el que desdeñamos por insustancial, a pesar de que, como los demás, también nos sorprende por su capacidad de arrojar incógnitas. El destino –o la idea del destino-  demuestra cuán semejantes somos ante el poder e insignificantes, como Gregor, cuando el miedo, una escasa piedad para valorarnos y vernos a nosotros mismos y la indefensión real o imaginaria nos convierte en la cucaracha moldeada por la perversidad del tirano.  De ahí el inimitable genio de Franz Kafka al atinar con la sustancia mítica  de una era plagada de situaciones intimidantes,  relacionadas con el poder: “(…) uno se encuentra constantemente con todo lo que caracteriza: indecisión, temerosidad, frialdad de sentimientos, minuciosidad en la descripción de una ausencia de amor, un desvalimiento de tales proporciones que solo resulta creíble por la hiperexactitud con que se lo narra. Pero todo está formulado de tal forma que al instante se convierte en ley y conocimiento. (Cartas a Felice, Junio 1913).

Después de los griegos y por encima del hallazgo de la novela intimista, faltaba llevar a las letras otro aspecto de lo humano para situar un tremendo y violento siglo XX, en el que con abierta impudicia la maldad, la crueldad y una absoluta ausencia de escrúpulos estallarían en crímenes sin cuento, revoluciones como la rusa y la mexicana, dos guerras mundiales, el nacionalsocialismo y el estalinismo, hambrunas pavorosas… Y Kafka, como tantos coetáneos suyos y aun sin sospechar sus alcances, no ignoró las señales del antisemitismo, aunque ni él pudo prever el desenlace de un proceso que aún estremece.

La tuberculosis se lo llevó antes de ver cómo desaparecía su familia, su historia y la de millones de judíos en los hornos de la infamia. Se anticipó, sin embargo, a ilustrar la figura del aniquilamiento, la disminución del ser humillado, la reducción del hombre a insecto repugnante...; es decir, sintetizó los nutrientes del absurdo que en modo alguno pudo ser contemplado en la circunstancia griega, aunque trascendiera al través de sus mitos.  Y sería Kafka quien, a partir de un antihéroe como Samsa,  emprendería la aventura de desvelar de qué materia están hechos los dominios de la Gorgona contemporánea; es decir, la metamorfoseó para actualizarla.

No que careciera de símbolo el mito del cisne violador de Leda, sino que cada edad se identifica con la destreza de sus ficciones.  El genio checo reunió todos los nutrientes para una mitología contemporánea. Incluyó en el irracionalismo las metáforas de la enfermedad, de la escritura y la soledad. Atrás quedaron el toro apasionado de Europa, el águila que raptó al bello Gamínedes, la copia exacta del rey  Anfitrión para yacer con su esposa Alcmene y engendrar a Heracles. Frente al significado del enorme insecto arrinconado en una habitación familiar, ni qué decir sobre la fantasía del padre del cielo al trasmutar en ardilla, cuco, codorniz o en la poética lluvia de oro  para consumar violaciones. Las artimañas infaltables en los remotos mitos nos ayudan a incursionar en el inconsciente, pero atreverse de frente con lo sombrío y no hallar más que sin razón y desvalimiento de lo humano es la verdadera hazaña del universo kafkiano. Aquellas historias de héroes que realizan proezas extraordinarias, como el triunfo de Perseo sobre Medusa, son indispensables para comprender nuestros lados oscuros; sin embargo, Kafka tocó el hueso más humano de lo humano al ilustrar, de la manera más real y dolorosa, cómo el sufrimiento determina nuestras vidas y cómo el lujo de la razón no suele caminar a la par de nuestro destino.

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De mis diarios: Auschwitz y Trzebini

January 27, 2020 Martha Robles

Auschwitz

Lo recuerdo hoy, al conmemorar el 75 aniversario de la liberación de Auschwitz. Me propuse hace años ir a lugares significativos en pos de respuestas. Hoy se que no todo se puede soportar ni mucho menos comprender.  Con la guía de algunas lecturas sobre el horror de que han sido capaces los hombres, imaginé que sería llevadero un recorrido por los emblemas del sufrimiento. No sospeché el shock que me causarían un pañuelo bordado preciosamente con cabellos humanos, algunos trastos de fierro, fotografías lastimosas, cientos de lápidas fechadas casi al fin de la guerra, trapos, patios sombríos, galeras, papelitos escritos, mensajes de amor y de duelo, listas de nombres, muchos nombres que parecían vagar cual fantasmas por un verdadero infierno.

Creí que la lectura de testimonios en libros, diarios, revistas, entrevistas y documentales, me habían preparado para asimilar la experiencia. Nada, sin embargo, evitó el golpe de la pura verdad. Ante la derrota y en fuga, los alemanes trataron de destruir la cámara de gas, pero en ese escenario de dolor y de muerte, las ruinas también hablaban... Acompañada de un queridísimo amigo suizo, recuerdo el sonido de nuestros pasos al caminar. Las palabras de Primo Levi cobraban vida en cada piedra y, como si me susurrara, reconocía o reconstruía las causas por las que nunca se recuperó de lo sufrido en su cautiverio. Por Si esto es un hombre y muchas páginas más supe cómo los nazis obligaban a prostituirse a las mujeres y los más fuertes, como él, cavaban las fosas a donde arrojaban cientos de cuerpos diarios. Sobrevivir, entonces, se cobraba una feroz dosis de culpa y de un sentimiento de ser algo menos que un ser indigno.

Caminaba absorbiendo cada detalle. Miraba sin parpadear. Tronaban gemidos ausentes. El sinsentido adquiría una presencia atroz: regaderas letales, fierros, corredores sombríos, zapatos, bolsas de cuero, cuartos encementados donde hacinaban a los prisioneros, literas…  Más allá, las casas de los verdugos, contrastes entre el amo y el esclavo, entre el adentro y el afuera, entre la rutina criminal y un encierro forzado, amenazado, golpeado, humillado… Auschwitz y Trzebinia me espetaron el dolor insondable y el mal por excelencia. Nombres como los de Edith Stein, Primo Levi, Danilo Kîs, Waldo Frank o Charlotte Delbo adquirían entre sombras una presencia insólita, entremezclada de evocaciones que me hacían recordar a la familia de Kafka, a Paul Celan y a su gente, a Max Jacob, a la inaudita cifra de millones de personas sustraídas de sus pueblos, obligadas a llevar la estrella amarilla en el pecho y transportadas hasta los campos de exterminio en vagones para el ganado…

No una, sino muchas veces me he preguntado qué es el hombre. Y no solamente por esta infamia; también por el terco silencio que aún envuelve a las purgas de Stalin y al inabarcable memorial de crueldades que no cesan desde los remotos relatos bíblicos. Son las brutalidades que, de todos los modos posibles, demuestran que nada supera a la imaginación más oscura; es decir, la aplicada a humillar, zaherir, lastimar y matar. En eterna desventaja, los logros del bien y la compasión no son suficientes para contrarrestar el daño causado por la perversidad.

Me lloraba la piel. Sentía el alma en carne viva. Me quedé sin palabras. Un temblor jamás repetido me recorría desde la nuca hasta la punta de los pies. Durante horas permanecimos en silencio: Trzebinia y Auschwitz podrían variar en tamaño y en su respectiva geografía, pero no en la memoria del infierno que alojaban.  Compartían el sufrimiento palpable, un grito que continuaba vibrando, el dolor/dolor que enmudece, borra distancias y nos sitúa no en la muerte en sí, sino en el espanto del cómo, en cuáles circunstancias y a manos de quién ser humillado y morir. Esta no es de las que puedan asimilarse como el resto de las demás, inclusive las de ataques armados como los que, tiempo después, me tocaría padecer en el Medio Oriente. Ni siquiera es de las situaciones que puedan entenderse por más que, por preguntar algo, lo que sea, caigamos en el lugar común del por qué: ¿Por qué no opusieron resistencia los judíos? ¿Por qué no tuvieron una fuerza armada y organizada? ¿Por qué no huyeron los advertidos a tiempo?  ¿Por qué ningún gobierno los defendió? ¿Por qué el hombre es el peor enemigo del hombre? ¿Por qué el Holocausto? ¿Y la actitud del Papa Pío XII y del Vaticano? ¿Y el poder de un demente como Hitler y sus huestes…?

Hay monstruos en poder del destino. Tiranos que determinan millones de vidas y  muertes. Gobernantes que administran la triste  situación de pueblos enteros, hasta hacer legendario el sufrimiento, por ejemplo, de ucranianos, kurdos y de tantísimos más. Desde la perspectiva de lo humano, no hay diferencia entre las hogueras de la Inquisición, el Holocausto, las purgas del terror de Stalin, los crímenes a cargo de los gorilatos, el asesinato masivo de armenios y más atrocidades incontables…

Si la crueldad intimida, la barbarie con poder es el arma más tremenda de destrucción masiva. Lo asombroso es corroborar que el mal encuentra mayores recursos para imponerse, justificarse y continuar impune, como si la justicia y el bien no existieran. La razón ha sido insuficiente o demasiado débil para frenar ocurrencias perversas. Éstas prosperan con entusiasmo, quizá porque la tentación de la bajeza es más propia de la condición del hombre que la inteligencia, el amor, la compasión o la bondad. El Mal atrae más a las masas que el arte, la belleza, la armonía o las conquistas del conocimiento. A la mente hay que educarla con disciplina sostenida. La grandeza solo es posible mediante un largo, acumulativo y laborioso proceso que suele sucumbir con facilidad. La cultura no es garantía de nada ni nos protege de nada, como lo demuestran la historia y cientos de evidencias sobre las terribles bajezas de que son capaces las mentes torcidas, a pesar de su formación. Y la Alemania nazi dejó constancia de eso.

A partir de aquella experiencia atroz, he leído montones de testimonios de cómo un nazi “sensible” podía llorar escuchando a Wagner y conmoverse con Goethe, antes o después de haber torturado, humillado hasta la ignominia y asesinado a cientos de personas no solo indefensas, sino a todas luces superiores a sus verdugos. He pensado en la dualidad de Heidegger, en su grosera indiferencia frente a los judíos expulsados de Friburgo y otras universidades alemanas; en su cobarde reacción ante Hannah Arendt, quien pese a todo vivió amándolo, admirándolo y vigilando la divulgación de su obra, lo que durante muchos años me pareció  una suerte de secreta sumisión femenina ante la que, quizá sin aceptarlo, creyó inteligencia superior. He sufrido con cada frase de Primo Levi. He estudiado la diáspora de la Escuela de Frankfurt, el infortunio de Walter Benjamin, la trayectoria accidentada de la familia Mann, de Paul Celan, de Stefan Zweig… Las décadas posteriores a la II Guerra Mundial han arrojado novelas, ensayos, reflexiones, películas, denuncias, diarios y documentales sobre “la banalidad del mal” tan bien examinada por Arendt, pero las atrocidades siguen sin servir de advertencia… Y yo sigo sin entender el Mal.

Piedad, compasión, el bien y la nobleza son atributos tan poco frecuentes como la ética, la razón y la moral. Su ausencia se vuelve pavorosa  en mundos donde “Dios desaparece”; es decir, donde imperan intransigencia, ideologías,  nacionalismos y la infaltable xenofobia. Entonces la depravación se desliza sobre actitudes devastadoras, egocéntricas y en general terroríficas. Jamás me atrevería a regresar a aquellos recintos del infierno. Conocer dos campos de exterminio me llevó a probar hasta cuáles honduras  soy capaz de conmoverme por el trágico destino del hombre. Y también, en lo inmediato, me lleva a repudiar las bajezas y a quienes se vanaglorian de su capacidad de lastimar a los demás.

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De mis diarios. Conferencias

January 14, 2020 Martha Robles

No es infrecuente que aparezcan personas extrañas –y por añadidura que nos sigan-  cuando impartimos conferencias, tanto en la ciudad de México como en el resto del país. No que el extranjero esté vacunado contra el absurdo, sino que nuestro territorio es propicio para el surrealismo, como proclamó André Breton cuando el carpintero al que encargó una mesa la fabricó “en perspectiva”, tal y como la vio en el dibujo. Por experiencia concluyó que el surrealismo no es ni un movimiento artístico ni una corriente filosófica para los mexicanos, sino “un ingrediente de su genética cultural”.

Los escritores podríamos describir experiencias y encuentros “raritos” sobre nuestras apariciones en público. Me han tocado desde un recinto pestilente y sin luz, con pordioseros y prostitutas acarreados, y después recompensados con el ambigú, hasta un asalto a mano armada. Entre tales extremos valdría citar el jardín de un hotel, en Querétaro, donde para un peculiar congreso o encuentro de cientos de maestros estatales me incluyeron en el programa con un payaso, un relator de chistes groseros y cierta banda de narcocorridos tan, pero tan alegre, que todos se pusieron a cantar, a beber y bailar a cielo abierto. Ya tenía razones para saberlo, pero esa tarde, no se si surrealista o kafkiana,  confirmé lo que es “estar fuera de lugar”.

La diversidad que aparece en cualquier auditorio es impredecible. Quiénes y cómo convocan a supuestos interesados en la cultura y las letras ha sido incógnita sin resolver. También recuerdo aciertos tan gratificantes como las varios participaciones en Pachuca gracias a la inteligente promoción cultural de Lourdes Parga y su equipo, y cuatro tardes continuas y dedicadas a Yourcenar, sobre ella misma y el contexto de  Memorias de Adriano y Opus nigrum. Sucedió en un auditorio del Centro Nacional de las Artes.  El espacio fue tan insuficiente que los que no pudieron entrar permanecieron afuera, con las puertas abiertas, sin hacer el menor ruido. Inclusive las preguntas y comentarios se extendieron hasta que, ya noche, fue necesario poner fin. Buena parte del público había leído a Marguerite,  por lo que el evento fue beneficioso para todos. Es innegable que entre lectores, desconocidos entre sí, la palabra se vuelve luminosa y vivificante.

No ha sido infrecuente la recomendación oficiosa de quienes, apagando la voz hasta el  susurro, me piden “bajarle al nivel”. “Usted ya sabe, maestra, cómo es la gente…” Así como a Gustavo Sainz le gustaba clasificar la lectura entre libros gordos y flacos –algo que jamás olvido-,  otros ilustran sus peticiones con paradojas sobre el discurso y su temor al conocimiento, para evitar lo “elevado y profundo”. Ésta, una de las expresiones más frecuentadas, puede referirse a un texto, a una charla o a cualquier conversación. “Bajar el nivel”, como si de un elevador se tratara, y mejor distraer al “respetable” con chistoretes intercalados a confesiones personales y comentarios banales, como tanto hemos padecido durante mesas redondas, presentación de libros y conferencias que han dado en organizarse con dos, tres y más participantes.

Los ingleses son maestros históricos de las conferencias y presentaciones públicas. Quizá desde antes, pero con gran popularidad a partir del siglo XIX, la gente no especializada comenzó a acudir a salones, museos y sedes de asociaciones, para escuchar a historiadores, exploradores, geógrafos, artistas, biógrafos, científicos y desde luego a escritores que tenían qué decir y sabían cómo hacerlo. Hay que leer, por ejemplo, cómo se amontonaban para escuchar al orientalista Sir Francis Richard Burton. Y como a él, a tantísimos que han enriquecido la cultura inglesa. Es memorable el día en que Borges habló en Oxford. No servía el sonido, y apenas eran audibles algunas sílabas. Tal era la sacralidad del momento, sin embargo, que nadie se atrevió a interrumpirlo. Con apenas susurros como silbidos, concluyó su intervención no escuchada.  Los allí congregados alrededor del silencio dirían que fue una de las experiencias más intensas de sus vidas.

Extendida a universidades y espacios comunitarios, la costumbre de impartir conferencias continúa viva en muchos países, a pesar de las nuevas tecnologías. Además de que temas y culturas son más diversos, los asistentes disfrutan el contacto con los autores y aún esperan enterarse mejor y de manera directa sobre lo que les  interesa. Se trate de biodiversidad, de la actualidad de Shakespeare, del infaltable Borges o de Alejo Carpentier y lo real maravilloso, con suerte se crea un  ritual en torno de la palabra.  A pesar de todo, el lenguaje estructurado mantiene intacta su magia. Lejos de esta tontería de “bajar de nivel”, hay que elevar la palabra hasta lo posible y destacarla también: es lo que corresponde y lo que se espera escuchar de quien sabe lo que sabe o expresa de otra manera un conocimiento específico.

En contrapunto, he llegado a creer que, en México y a falta de interés organizado y consecuente, hay una población flotante en presentaciones y conferencias: de preferencia son personas maduritas o mayores que escapan de la soledad y, de paso, disfrutan del mal llamado “vino de honor”. Como es de suponer, los jóvenes predominan en medios académicos, aunque también tienen sus peculiaridades. No olvido mi estupor cuando, invitada al IPN, acarrearon empleados a falta de público. En vez de paga (de preferencia nula o bajísima en todos los casos) recibí una dotación de libros publicados por la institución. Uno de ellos era sobre la cría de cerdos: surrealismo puro, otra vez. Las anécdotas son infinitas. Nunca faltan, por cierto, quienes me aguardan a la hora del adiós con confidencias, invitaciones personales, poemas, retratos a lápiz o a color, manuscritos, carpetas privadas, peticiones de orientación vocacional, tutorías, solicitudes de trabajo y/o cartas de recomendación para no se qué y uno que otro arreglo de citas a ciegas con Fulanito de tal: “debería conocerlo, está que ni mandado a hacer para usted…”

Y está, finalmente, el capítulo de los reporteros que van “por la nota” sin la menor idea de quién es o qué hace su “entrevistado”, lo cual abona la observación de Breton sobre la supuesta genética cultural. De que algo provocamos en el imaginario popular los escritores, no tengo la menor duda, pues, fasto o nefasto, casi nunca he salido de estos eventos sin un incidente digno de recordar. Si bien no ha faltado la psicóloga “al calor de la estufa” –como diría Reyes- que a voz en pecho declaró que mi disciplina es producto de mis frustraciones, el contraste corre a cargo de los que, con sinceridad conmovedora y sin haberme leído ni conocerme de nada, piden algo tan inaudito como que les enseñe a escribir como yo. Todo esto y más, sin olvidarme de los “escritores” que no son, pero que sin formación ni gramática quieren serlo o están “en vías de” para contar sus tribulaciones familiares…

Si las letras interesan con seriedad a minorías, en abstracto alimentan fantasías populares sobre el destino y/o el quehacer intelectual. Cuando la gente común o ajena al medio se entera de que éste o el otro es escritor o escritora, su reacción suele ser de admiración y extrañamiento: a saber qué imaginan; sin embargo, no dan el salto a la lectura. Es como pisar terrenos ignotos, aunque largamente fabulados. Respiramos las consecuencias de ese drama en todos los aspectos de nuestra vida en común. Ignoro por qué la mayoría de mexicanos es tan reacia a acceder al conocimiento y tan cerrada a la curiosidad intelectual. Hay una relación de amor/odio al saber: se desea, se invoca, se celebra de modos distintos, pero nada se hace por alcanzarlo ni participar de sus beneficios; nada para ascender y vivir a plenitud la experiencia.

La presencia social del pensante ha disminuido, no lo que se fantasea de él ni lo que se le atribuye sin fundamento. Nada importan la obra en si ni la historia que hay detrás de la página impresa; tampoco la vida empeñada entre las tapas de los libros, porque lo que se inventa a nuestra costa es casi inverosímil. Hay quienes creen que se es escritor por generación espontánea, por obra del Espíritu Santo, por “tener la vida resuelta” o a efecto de un deseo causado. Este revelador galimatías es una de las partes colaterales de las letras que menos llega a la página impresa, a pesar de  su peculiaridad. Ya debemos levantar el tapete para mostrar otras facetas de nuestra realidad cultural.

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84, Charing Cross Road

January 7, 2020 Martha Robles

Ya nadie escribe cartas, y es una pena. Disfruté recibirlas tanto como escribirlas. Fueron años deliciosos. Rellenábamos ausencias con envíos. Intercambiábamos rituales y secretos, y yo aguardaba el silbato del cartero como a alguien querido. Inclusive mandaba quejas al servicio postal por su pésimo servicio, pero mis querellas caían en la omisión o el olvido. No obstante y aunque retrasados, sobres y paquetes, con timbres sellados, me traían buenas noticias y libros del extranjero.  Ahora los buzones, también en extinción, son basureros para cuentas del predial, de la luz, del agua o del teléfono; y a veces ni eso, pues ya todo está domiciliado. No faltan anuncios ni pedigüeños de Navidad,  Año Nuevo, Reyes, Guadalupana y “el día de”: esa penosa “gorra” del mexicano que se entromete con la insolencia del invasor.

Practiqué la escritura de ida y vuelta con amigos que amaban la cocina, el arte y las letras. Intercambiábamos autores, recetas y confidencias con la certeza de que lo privado comienza y concluye entre dos que se entienden. Antes de conocer la efímera brevedad del whatsapp, uno tras otro se fueron del mundo y yo me quedé sin la palabra que durante años tuvo respuesta y continuidad. La tristeza por esas pérdidas todavía me acompaña. Revisar catálogos y reseñas bibliográficas completaba el ritual de encargar títulos y clásicos a Oxford, París, Londres, Nueva York o Berkeley, vigente hasta las compras online.  Disfruté, sin embargo, el privilegio de esperar noticias y que otros esperaran las mías con idéntico entusiasmo. Durante las pausas  discurríamos encuentros tan gratos y literarios que sedimentaron la legítima amistad amorosa que no acepta intromisiones de nada ni de nadie. Ese vínculo vitalicio de afinidades fue obra del ejercicio epistolar que practicamos con tanta naturalidad que nunca imaginé que pudiera tener fin.

No llegué al extremo de la peculiar neoyorquina Helene Hanff de establecer ligas epistolares tan estrechas primero con Frank Doel y, a poco, también con los demás libreros de Marks % Co., -establecimiento londinense de libros antiguos y de segunda mano-, e inclusive con sus familias. Habría olvidado esta hermosa historia de culto al libro de no ser por la nota que recién recibí de un amigo queridísimo.  Que estaba leyendo 84, Charing Cross Road –me escribió- y la “yo” aún activa en sus recuerdos le brincaba al paso de títulos y/o ediciones a pedir y recibir. Solo imaginar que alguien puede reconocerme en una obra como ésta, o en otra cualquiera, selló el 2019 con una gran alegría. Al parecer, la memoria de mi amigo asoció mi nombre y sabe cuánto más con la excéntrica autora de esta obrita que reúne su correspondencia londinense, prolongada durante veinte años. Imaginé que al reconstruir a Helene al través de detalles, como ocurre en las mejores lecturas, algo le despertó a él en paralelo, pues de lectores pasamos a ser protagonistas, inclusive al través de figuraciones ajenas. Supuse, además, que entregado a las breves y reveladoras misivas, mi amigo fue construyendo en su mente una historia en la que se cruzaba algo de la mía.

Corrí a la librería por un ejemplar. De haber revisado la contraportada  me habría percatado de que había leído 84, Charing Cross Road, pero en otra edición. Desde las primeras páginas caí en cuenta de cuánto me simpatizaba esta original y generosa autora de guiones para la televisión, libros infantiles, ensayos históricos y políticos y colaboraciones en el New Yorker y Harper´s,  que persistió sin ser reconocida, hasta que se publicaron sus cartas. Mandaba títulos a buscar y dólares a acumular -a sabiendas de que jamás entendería su conversión a libras-, para hacerse de libros “que se abren por aquella página que su anterior propietario leía más a menudo”.

Autodidacta, solitaria, trabajadora formidable y entregada a la pasión de leer y escribir, jamás consiguió subsistir sin sobresaltos económicos. Decía que “un escritor no puede prever, de un mes para otro, cómo pagar el alquiler”. Sus penurias, sin embargo, no le impidieron enviar regalos a los libreros de  Marks & Co., para alegrar a sus familias con carne, huevos, medias de nylon y otros objetos, aún racionados en el Londres de la posguerra. Empezó el contacto epistolar con Frank Doel, en 1949, sin sospechar que 30 años después, en 1987, se convertiría en obra de teatro y película de culto, “la más bella sobre libros que jamás se ha filmado”, con Anne Bancroft y Anthony Hopkins, dirigidos por David Jones. 

Desparpajada, encantadora y según ella misma “tan elegante como una mendiga de Broadway”, Helene preguntaba a sus amigos desconocidos lo que deseaba saber de los británicos. A su vez dejaba caer gestos reveladores de su carácter como que vestía jerseys apolillados y pantalones de lana, porque “en el edificio de ladrillo donde vivía no encendían la calefacción durante el día”.

Al recibir el aviso de la muerte de su entrañable Frank Doel, ocurrida el 22 de diciembre de 1968,  cambió la historia de Helene. Acumulada en un cajón, la correspondencia se salvó milagrosamente de su costumbre de tirarlo todo. Con permiso de la familia y sin ordenarlas ni definir aún su destino, las confió a un amigo quién, a su vez, las llevó a un editor. “Esa misma tarde –leemos en el Post scriptum- “el editor llama personalmente a Helene Hanff y le anuncia: ‘Publicamos 84, Charing Cross Road.’ Helene, sorprendida, le pregunta.’ ¿Bajo qué forma?? ¡’En forma de libro, por supuesto’!, replica el editor. ‘¡Está usted loco!’, exclama ella.”

De golpe, en unos meses, la Helene que contaba centavos, se convirtió en una autora de éxito y conoció el prodigio de recibir regalías, al menos por unos años. Inclusive el libro se publicó también en Inglaterra y, en 1971,  por fin pudo viajar a Londres por primera vez.  Allí se lamentó de la muerte de Frank Doel, y de que las puertas de  Marks & Co. hubieran cerrado para siempre. Quedaron los familiares y algún propietario de la pequeña y encantadora librería; pero, sin Frank, sin la correspondencia ni el lenguaje construido entre ellos, nada era igual. Este tipo de historias, tan gratas a la mentalidad inglesa, no alteró radicalmente la rutina de esta mujer que continuó viviendo en su pequeño departamento neoyorquino de la calle 72 Este, “donde los tesoros bibliográficos de Marks & Co. cubren toda una pared desde el suelo hasta el techo. El centro de su biblioteca está presidido por el rótulo de la librería, robado para ella por uno de sus admiradores.”

Murió sola y pobre, a los ochenta años de edad, en una casa para ancianos en Manhattan, que pagaba con restos de sus regalías. En su memoria existe una placa de cobre con su nombre en donde estuviera la librería. “Sigo pensando –confesó al final de sus días- que soy una escritora sin cultura ni demasiado talento, pero a pesar de todo ¡me han dedicado una placa en un muro de Londres! Quizá jamás advirtió hasta dónde es cierto que “la belleza está en los detalles”.

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    • Feb 8, 2018 Lolita: mito y realismo puro Feb 8, 2018
    • Feb 1, 2018 António Lobo Antunes en mis diarios Feb 1, 2018
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    • Jan 21, 2014 Enero 21 Jan 21, 2014

Culpas viejas, mujeres nuevas. Entrevista. https://youtu.be/9go7A0-hmso

En Huellas de la Historia, con Francisco (Paco) Prieto y Blanca Loolbe, Alejandro el Grande. Los pasos del héroe”, Radio Red, México, https://podcasts.apple.com/mx/podcast/alejandro-magno/id1243780697?i=1000431633702

Entrevista sobre los pasos del héroe, lunes 11 de marzo, 2019, 2019, Fabián Vázquez y Rafael de la Lanza; Revista Gandhi Lee+

https://www.facebook.com/mascultura/videos/451974625342403/

“Del amor a las letras y otras pasiones” en Poéticas de las inteligencia, programa de radio coordinado por Patricia Galeana y Beatriz Saavedra. Conductora Lourdes Enríquez, IMER, CIUDADANA, 660 am, jueves 27 de agosto de 2020. https://www.mixcloud.com/MujeresalaTribuna/po%C3%A9ticas-de-la-inteligencia-del-amor-a-las-letras-y-otras-pasiones/

A partir de septiembre 2020, colaboraciones en La noche es joven, programa de radio de Enríque García Cuéllar, Tuxtla Gutiérrez, Chis.:

Octubre 2, https://www.facebook.com/MuseodelaMujerMexico/videos/325674728612136/

Octubre 10, Casandra en la mitología, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/362463818454782/

Octubre 16, Las migraciones en el mundo, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/2675104412742380/

2020

- https://www.facebook.com/757213191075830/videos/3443483862406877 , “intelectuales y poder”, programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Oct. 26, 2020.

- “Helenismo en Alfonso Reyes”, video conferencia organizada por la Sría de Cultura, el Dep. de Literatura del INBA y la Capilla Alfonsina. Con Javier Garcíadiego (director de la Capilla Alfonsina) y la traductora del griego Natalia Moroleón. Moderadora Beatriz Saavedra, Trasmitido en vivo por Facebook, noviembre 5, 2020. https://www.facebook.com/283189608464004/videos/654522281924283/

“Intelectuales, prensa y poder”, en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Nov. 6, 2020. https://www.facebook.com/757213191075830/videos/1034311790327823

“Mujeres y otras penas”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/286419819321195 en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., , Nov. 13, 2020

“Gobernar con sermones”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/815646722545743, Ibid., Nov. 27, 2020

“La amistad entre Alfonso Reyes y José Vasconcelos”, Capilla Alfonsina, con Javier García Diego y el dr. Hurtado, Capilla Alfonseca, junio 30 de 2021. https://www.facebook.com/watch/?v=357786745726168

 “Actualidad de Marguerite Yourcenar” , Julio 8 de 2021, en el programa La noche es jocen de Enrique García Cuéllar. https://www.facebook.com/100063493035749/videos/834712267158793


Debate 22, entrevista con Javier Aranda, Octubre 10, 2022, Canal 22. (https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=jl5UKjczBPPI52y91C_now&s=03)

https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=LNgpCJXplWwnHJVKfBU9EQ&s=08

“Las palabras, espejos de la vida”, conferencias, Noviembre 9, 16, 23 y 30 de 2023, Plataforma ZOOM, dos horas por semana, Instituto dde la Cultura y las Artes, Cancún, Quintana Roo. Disponibles en YouTube con este enlace: https://www.youtube.com/playlist?list=PLOOto7Tr4g7IWZRngC2m_3zwvuTIrqE4H

Agosto 7, 2024 A medio siglo del fallecimiento de Rosario Castellanos. Capilla Alfonsina. Coordinación Nacional de Literatura. Sigue en directo la charla especial en honor a Rosario Castellanos. Acompáñanos y explora su impacto en la literatura. Una oportunidad única para reflexionar sobre su legado. Participan: Martha...

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“Martha Robles”, entrevista de Beatriz Saavedra para el Diario de Madrid, Noviembre 27, 2024. Entrevista a Martha Robles - https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/critica-literaria/entrevista-martha-robles/20241127090423084011.html?utm_medium=social&utm_source=whatsapp&utm_campaign=share_button

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Enero 16 de 2025, Alfonso Reyes y el exilio, Ateneo Español de México, A.C

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