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Martha Robles

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De mis diarios. Más de memoria

April 3, 2021 Martha Robles
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El día en que el Cantar de los cantares apareció en mis pesquisas caí en estado de fascinación: “gravedad del alma”, lámpara de luz… Busqué más y más. El futuro cabía en un puño y el pasado era pobre de memoria. Leía sin orden ni guía, como mejor me he orientado hacia la palabra esencial. No tuve nadie a mi alrededor. Supe cuán desconcertante y sutil puede ser la expresión de lo humano. Supe, también, que la respuesta es que no hay respuesta; empero, hay que atreverse con la oscuridad, con lo innombrado, con la vida / viva. Primero me concentré en mis diarios: había que templar la mano y no ceder a la tentación de la violencia exterior. Luego, pensar el sentido de las palabras y su dibujo en el ser interior. Contemplaba en silencio de tiempo atrás. Me aterrorizaban los gritos. Descubrí en la música y su belleza sin letra esa felicidad que desde entonces me envuelve como ángel guardián.

Cuando puse la pluma por vez primera sobre la página blanca, comprobé que el mundo literario era cosa de hombres, igual que las academias y la magia que abre cerrojos, los reconocimientos y desde luego, la muy precisa forma de mirar y comunicarse con los demás. Ni qué agregar si se trata de ella, “la otra”, en el exclusivo club de las publicaciones. Todo adquiría forma de tiniebla aquí, donde ese mundo infranqueable se apretaba en el Altiplano donde ser vista, oída, leída, respetada y reconocida era prácticamente impensable a condición de andar en la procesión, repicar las campanas y cumplir con los requisitos establecidos por leyes no escritas, aunque selladas a hierro y fuego en la costumbre del acomodo.

Me pareció horrendo el desparpajo de una o dos aplaudidas por su ingenio ruidoso y escasas ideas en los entonces importantes suplementos culturales: nada qué ver con la cultura refinada y la inteligencia avezada de Alejandra Pizarnik, Virginia Woolf, Isak Dinesen, Victoria Ocampo, Rosa Chacel , Marguerite Yourcenar, María Zambrano, Susan Sontag, Hannah Arendt… Ningún parentesco con tantas cabezas femeninas excepcionales que a duras penas, pero en ritmos distintos, florecían en el mundo de afuera. Había que buscar con lupa bajo las sombras largas porque la medianía había refundido a las más talentosas en el mexicanísimo ninguneo. Preferí voltear a otro lado y no participar en las batallas de quienes harían cualquier cosa con tal de ser vistos. 

No bien estudié las obras que en su hora me llevarían a escribir La sombra fugitiva para comprobar que, aunque sobraran alardes, faltaba mucho trabajo en esta cultura. Pasé página. Elegí leer a mis mayores sin renunciar a los que ya apreciaba de tiempo atrás. Me sentí ahogada aquí adentro: demasiados obstáculos, suspicacias y murmuraciones. Inhalé y exhalé. Para vivir miré afuera con la consigna de concentrarme en lo mío y no detenerme en lamentos ociosos. Así me apliqué a crear una voz propia en un medio cerrado y a burlar el panteón masculino como aprendí de las extranjeras, no obstante con desigual fortuna. El saldo de tanta y tan poca vida apretada en “un baúl lleno de gente” –como diría Antonio Tabucchi-, quedó inscrito en la primera línea de La condena: Mi memoria se balancea sobre el abismo…

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Retorno a los años oscuros

March 29, 2021 Martha Robles
Pío XII. Noticias del Vaticano

Pío XII. Vatican News

Yo no había nacido cuando Simone de Beauvoir, iluminada al lado de Jean Paul Sartre, observa a su alrededor y reconoce en carne propia que su situación no es igual a la de sus coetáneos varones. Publica entonces El segundo sexo como quien clava un hacha bajo el Arco del Triunfo. Decir que no se nace mujer sino que se llega a serlo provoca tal escándalo que tres, cuatro y más generaciones después su nombre sigue agitando  los santuarios feministas.  Ocupada en controlar la mente y condenar los pecados de la carne, la Iglesia católica hace la vista gorda mientras Pío XII, reconocido conservador y anticomunista, mantiene secretas ligas con Mussolini y la Alemania de Hitler.  No obstante las exigencias de los aliados para que fijara una postura crítica, el silencio del Vaticano confirma el antisemitismo papal. Solo los católicos pasan por alto que en 1933, como secretario del Vaticano, el aún llamado Eugenio Pacelli propició un concordato entre la Santa Sede y la Alemania nazi para que “a cambio de no intervenir en política”, el régimen de Hitler “respetara los derechos de la Iglesia”. Las consecuencias de tan vergonzosa actitud nos afectarían inclusive a los no nacidos aún.

Ni de lejos estaba previsto que yo fuera concebida cuando Virginia Woolf, depresiva vitalicia, llenó con piedras los bolsillos de su abrigo, tiró su bastón  y paso a paso, desesperada aunque decidida, se adentró en río Ouso para que la corriente la arrastrara hasta el fondo. Tampoco estaba en el mundo cuando ocurrió la mayoría de  sucesos negros del siglo XX, incluidos los asesinatos de García Lorca y Miguel Hernández. Crecí sin que nadie citara las bombas arrojadas a Hiroshima y Nagasiki. Nadie nos instruyó sobre la fundación de Israel y el drama palestino. Tampoco existieron Gandhi, la independencia de India y la desobediencia civil en el imaginario mexicano. Jamás oí comentarios sobre el Holocausto, los campos de concentración y los crímenes cometidos tanto por el fascismo alemán como por el estalinismo. Distraídos con los primeros culebrones radiofónicos y televisivos, quienes me precedieron estaban más interesados en Jorge Negrete, Cuco Sánchez, Consuelito Velázquez y en el batallón de nutrientes que, a la par, encumbró “la época de oro del cine nacional”.

Hasta descubrir su invaluable aportación a nuestra cultura, el exilio español era una entidad etérea, ajena al interés de las escuelas que, por descontado, no estaban enteradas de nada. Nadie, nunca, se refirió al genocidio cometido por los belgas en el Congo. En vez de abrirnos los ojos, las monjas de mi escuela ponían al frente la alcancía de “un negrito” de barro, arrodillado con las manos en actitud de oración. Cada mañana depositábamos una moneda en su espalda, “para las misiones en África”.  Rezábamos para que se acabara el comunismo. Se daban por sentadas las dictaduras en América Latina, las guerrillas y los levantamientos campesinos. México era una burbuja en la que no había problemas sociales ni persecuciones, solo “gente perversa o revoltosa”. No existían la lucha de clases, la miseria con ignorancia ni la violencia.  Cuando una hija de familia “salía con la novedad” de estar embarazada, el padre, enfurecido, ponía el grito en el cielo (cuando había padre). Tras el consabido “¿cómo me has hecho esto?”, se iba contra la madre por no haber cumplido “con la única obligación que tenía”: vigilar el himen de las hijas. Lo que seguía es la historia de nuestros días.

Inmersos en la Guerra Fría y de espaldas al historial de infamias, millones de mexicanos venimos al mundo al filo o durante la segunda mitad de uno de los siglos más decididos a acabar con nuestra especie y la vida en el planeta. Mientras Europa se levantaba con brío de sus cenizas y los Estados Unidos se convertían en la mayor potencia internacional, aquí enseñaban a leer con resabios de las Rosas de la infancia. Martín Luis Guzmán  diseñaba y revisaba “los textos únicos” que NO distribuía la SEP en colegios privados en los años sesenta, aunque tampoco estaban al día respecto de las ciencias, la política, la sexualidad y las artes de la hora. Antes de que el ’68 levantara el tapete de la hipocresía mexicana, la intolerancia religiosa, aunada al nacionalismo exacerbado y al falso laicismo, sometía a la sociedad entrampada en su pasado. Pasado al fin, arrastraba la imposibilidad de construir un gran país. Enajenados por el síndrome de la derrota, ahora “todo se agita para que todo vuelva a su lugar”. Correr hacia atrás con la ilusión de avanzar es el prejuicio mejor divulgado por la facción reaccionaria que nos “gobierna”. MORENA o 4t, que más da: solo cambia la insignia. Sea al través del repudio a las energías limpias, por el odio a la cultura, a las libertades, a la inteligencia educada o al progreso, la consigna es una sola: remontar los años oscuros con moralinas renovadas.

Como nosotros ayer, los escolares de hoy ignoran todo respecto de los sucesos de su tiempo: la realidad mexicana, la tragedia siria, Afganistan, las inhumanas corrientes migratorias… No tienen idea de lo que ocurre en el Medio Oriente ni a su alrededor. Carecen de complementos formativos en el arte, la política y la ciencia. Sus lecturas, su interés musical, su formación cívica, su curiosidad, la historia, la filosofía, la gramática… La condena sigue sobre nuestras cabezas como la espada de Damocles: mismos o peores acarreos políticos,  resignación, miedo, lambisconería, complicidad, bajeza… No te expongas… No digas, no critiques, no hay ninguna necesidad… Y la culebra no cesa de reptar, tal como lo anticiparon en Tenochtitlan los remotos, remotísimos presagios. Sin embargo, aturrullados, impera la misma indiferencia de lo que hay en o más allá de nuestras narices.

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De los días de "prende el radio"

March 21, 2021 Martha Robles
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Al amanecer mi padre encendía la radio. El Telefunken de bulbos con teclas para seleccionar estaciones era un lujo que alguien le había traído “del otro lado”. La luz “se iba” con frecuencia, inclusive durante horas, y el agua no siempre salía limpia del grifo.  A pesar de que la SEP a cargo de Jaime Torres Bodet recomendaba otros textos, en mi colegio de monjas las niñas seguíamos leyendo las historias, fábulas, relatos y fantasías en la añosa y muy católica serie Rosas de la Infancia, de María Enriqueta Camarillo de Pereyra: lectura indispensable “para que aprendiéramos a escribir y redactar bien, sin apartarnos del camino correcto”.  Pasado el medio siglo no había mucho de donde escoger: nuestro mundo era pequeño, el atraso social inmenso y el progreso, cosa de gringos. Así que solo teníamos acceso a la XEW y poco más. A solas yo movía la perilla a derecha e izquiera con invariable e inútil expectación porque, como mucho, solo encontraba la XEQ con lo mismo de siempre. El chirriar aflautado era infaltable. Atesorado en su mesa de noche, el aparato encabezaba la tecnología de punta antes de que, de manera tardía, hubiera lavadoras eléctricas y televisión en mi Guadalajara natal.

Las lluvias torrenciales eran el único reloj de los cambios. Las corrientes cargadas de basura anegaban calles y patios; los niños chapoteaban y los vivos tendían tablas, huacales o sillas de palo enfiladas para que se pudiera cruzar a cambio de una propina. Me despertaba “La hora del granjero” con “el que madruga Dios lo ayuda” en voz de Héctor Martínez Serrano que leía cosas, daba consejos y entretenía “a la gran República Mexicana”, hasta tener que salir corriendo a la escuela. Igualados por la única oferta de distracción masiva, pobres y ricos canturreaban boleros y canciones rancheras, trasmitidas también por la XEQ.  Adueñadas de los espacios domésticos, a hurtadillas las sirvientas seguían con fidelidad los episodios de las radionovelas que, con gran sentido, en el futuro se les conocería como “culebrones”. 

Ni grandes ni chicos se perdían unos chafísimos concursos nocturnos, encabezados por el memorable y “culto” Doctor IQ quien, pegado al micrófono, ponía en evidencia la ignorancia “enciclopédica” de los asistentes. ¡Pero, qué pendejos! –gritaba mi padre-, mientras el culto cultísimo Doctor IQ lanzaba preguntas como ésta a los concursantes elegidos allá, “arriba a mi derecha” o “abajo a mi izquierda”:

-Fue indio zapoteca, pastor y abogado. Nació en Guelatao, Oaxaca, en 21 de marzo de 1806 y casó con la hija de su patrón. Defendió la soberanía combatiendo y haciendo fusilar a Maximiliano…”

Y el concursante elegido, después de quebrarse la cabeza durante una larga pausa que ponía de nervios a los escuchas, respondía: “¡el padre Hidalgo, doctor!”. “No, no fue el cura Hidalgo –interponía el doctor IQ con admirable paciencia-. Le daré otras pistas, fíjese bien:

-Se le conoce como el Benemérito de las Américas, fue liberal y presidente de la República durante varias etapas, entre 1857 y 1872. Fue autor de la célebre frase ‘Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz’...

-¡Sor Juana, doctor!

Las carcajadas no se hacían esperar, sobre todo porque, a gritos que llegaban hasta mi oído, le ayudaban los del “respetable público” con la respuesta correcta: “¡Benito Juárez! ¡Benito Juárez!”. La XEW marcaba las horas “del acontecer nacional” y de hecho, creo que desde entonces comenzamos a escuchar los domingos por la noche “La hora nacional”. No había más: ni teatro ni conciertos ni exposiciones ni librerías, salvo la Font, frente al despacho/notaría de mi abuelo Emiliano, en la calle López Cotilla.

Para amedrentar a los niños se les amenazaba con la aparición del “coco”, con los “robachicos” y ni qué decir de la tremenda peligrosidad de los intimidantes gitanos, que solían acampar en las afueras de la ciudad.  Aborrecidos más que discriminados, los gitanos, húngaros o robachicos sentaban fama de ladrones, timadores y secuestradores de infantes sin ningún fundamento. Sin embargo, así nos enseñaban a discriminar. Como no fueran los supersticiosos que voluntariamente se hacían leer la mano o las cartas por aquellas mujeres vestidas con blusón, faldones floreados, pañuelos y muchos collares y pulseras baratas, nunca supe de nadie que se hubiera acercado a los campamentos proscritos. Pero de eso estaban hechas las creencias populares, de aborrecimientos a lo distinto y ajeno y  de conductas tan primitivas que al residir en la ciudad de México, a partir de los sesenta, tuve la gratísima impresión de haber llegado al ombligo del mundo.

Cuesta creer que mientras que los Estados Unidos se convertían en la mayor potencia mundial, a pesar de que décadas atrás estaban en situación igual o peor a la de los mexicanos, aquí nosotros seguíamos empeñados en llegar al siglo XXI atornillados al XIX, como si el XX fuera solamente una cuneta en el atraso y espacio natural de la incivilidad que tanto, tantísimo disfrutamos.

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Metamir: mirar lo oculto

March 14, 2021 Martha Robles
M.C. Escher

M.C. Escher

Sin la gracia de “ver” más allá de lo aparente no habría ciencia, tampoco política de altura ni gran literatura. Lograrlo requiere una óptica refinada para percibir el flujo y reflujo de lo consciente e inconsciente; es decir, más que plegarse a las leyes de la  óptica tradicional, Primo Levi tuvo el acierto de definir metamir a la suerte de “espejo metafísico (…) que reproduce tu imagen tal como es vista por quien está frente a ti.” Lo hizo en una obra que releo con frecuencia: The Mirror Maker: Stories and Essays  (1989), traducido del italiano por Raymond Rosenthal.

Se trata de atinar con el ser que es o subyace detrás del personaje y que con frecuencia lleva a los lectores a preguntarse si Fulano no es en realidad un retrato de Zutano. Yo misma he dado vueltas al secreto de más de un impostor en política y no se diga respecto de la duda de si no era la propia Yourcenar la que se mostraba en boca de Adriano o si Nabokov prefirió trascender como el cazador de mariposas de la fotografía en vez de aceptarse en el alias y pederasta Humbet Humbert de su Lolita.

Fascinada con el hallazgo de Primo Levi, Nadine Gordimer, ganadora del Nobel en 1991, reiteró que no hay ficción sin un sustento de realidad porque el escritor, al reunir rasgos recurrentes para conformar al personaje ficticio, “selecciona y mezcla diferencias que la imaginación adopta para sus propósitos”. Cuanta más avezada esta  mezcla más acertado el perfil del observado. Me refiero al don de  descifrar lo oculto, lo que no se ve ni se sabe pero atina con lo esencial de una situación o un carácter. Por extensión, el fenómeno vale en la habilidad del médico para diagnosticar mediante unos cuantos destellos o al talento del artista al pintar al retratado. Asimismo se expresa el genio del escritor ante el tirano enmascarado de redentor, la embaucadora bajo el disfraz de dulce paloma, al embustero, una historia…

 ¿Qué artista o pensador no provoca especulaciones sobre el rostro expuesto pese a la máscara, el criminal revestido de seductor, el dictador, el cobarde, el simulador y, en suma, cuanto desnuda al ser que es aunque enmascarado de lo que no es? Sin la óptica del  General Patton  no se habrían discurrido estrategias para conocer y abatir al enemigo.  Por estar en posesión de un metamir singularísimo, Churchill llegaría a afamarse como uno de los estadistas más brillantes del siglo XX.

Cuando lo es en verdad, el escritor que está frente a ti te ve, te ve tal cual sin importar lo que aparentas. Y con esta claridad lo explica Nadine Gordimer: de la colección siempre incompleta de destellos de lo que el individuo es, “el escritor retiene uno o dos, quizá, para uso futuro en la personalidad de alguien totalmente distinto (…) Una de sus pocas certezas es que la inconsistencia es la consistencia del carácter humano.” La virtud del metamir consiste de eso, precisamente: recibir lo que no se dice cuando el otro habla; leer la furia en los ojos del que niega una sonrisa; interpretar mensajes amordazados, descifrar gestos, cruzar recuerdos con señales en boca de otros…

 “Ver” lo que no se sabe o se esconde, aunque los demás no lo noten: tal la gracia de los llamados a descifrar, además de la identidad de una criatura ficticia, signos mágicos o crípticos. Al abundar en la sinrazón del odio nazi contra los judíos, Primo Levi ilustró esta visión interpretativa a propósito de Timoteo, un fabricante de espejos que, en pos del cristal perfecto, gastaba sus horas diseñando azogues. Tras mucho probar, Timoteo halló un pequeño cristal, adhesivo y flexible, que al ponerlo en la frente de alguien hacía que el otro lo viera –lo leyera- no como era ni como creía ser, sino tal y como era percibido. Para una víctima de los nazis, como el propio Primo Levi, la analogía enfatiza destiempos y distancias entre vencedores y vencidos no solo respecto de lo que unos y otros decían, sino de sus diferencias entre saber y creer, entre ser y estar.

Escribió además que el metamir en la frente de una madre la hizo verse como ángel a los ojos del hijo. Un hombre feo y sin atributos pudo reconocerse guapo y deseable en el espejo de la amada. El criminal se descubría tras la apariencia de bondad, y así sucesivamente. Los conquistadores no veían personas detrás del aspecto distinto, solo veían en los naturales idólatras, bárbaros, pecadores, monstruos hijos del demonio cuyos bienes codiciaban. A su vez, los naturales en principio veían al extranjero con sus arreos como dioses o seres extraordinarios; luego quedó entre ambos la verdad de su derrota.

Nunca igual ni para todos la misma, la imagen reflejada en el metamir mostró a Timoteo que hay tantos yoes cuantas personas los perciban desde su propia perspectiva. Los ejemplos abarcan la vida misma. También el fabricante de espejos descubrió que su metamir poseía la virtud de reforzar sentimientos recónditos y de dotar a quien lo veía de una mirada más penetrante o al menos diferente del observado. Su enfoque provenía de una óptica distinta que, reinterpretada por la escritora Nadine Gordimer, utilizó para explicar su propio  proceso creador: Their reactions to his affliction will be a Metamir's report on how each of those people perceives him. En el caso del novelista, más da en el blanco cuanta más aguda su aptitud para mostrar “lo que es y hay en verdad bajo máscaras, gestos o aliños con que pretendemos simular que somos mejores de lo que ven los demás.” A fin de cuentas,  “Nada es verdad ni mentira, todo depende del cristal con que se mira”.

El ojo que ve, los sentidos que perciben, el oído que oye e interpreta y la lectura del fondo encubierto  participan al descifrar, etiquetar e interpretar al otro, así como al elaborar una versión más amable de sí mismo. En posesión de su metamir, el hombre primitivo se autodescubre bajo la tutela de sus dioses. El metamir extrae el fondo de la forma, la fuerza de la debilidad aparente, la belleza de la fealdad… Esopo vio el lado oculto, el carácter recóndito y humanizado en los animales de sus Fábulas. Homero y Shakespeare, por su parte, vieron mejor y antes lo que a los demás no les estaba dado  percibir. De tal óptica además surgieron relatos fabulosos en los que un héroe podía batirse con monstruos alados, con minotauros invencibles o con la cabeza de la Hidra coronada de serpientes que, como el mal, se reproducían cuanto más se las cortaba. 

Esta peculiaridad atiende los reclamos de la mente. Tiene la gracia de ver, descifrar y ajustar para representar el mundo de modos distintos. En tal agudeza, a fin de cuentas, se oculta en primera instancia el arte de las letras, pero también  el del lector que descifra la historia más allá de la historia, al hombre detrás del personaje, lo real más allá de la ficción.

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Hipocresía y violaciones sexuales

March 1, 2021 Martha Robles
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Durante años y décadas han sido miles, millones de mujeres y niñas  atacadas por psicópatas impunes, orgullosos de su bajeza e imparables en sus acosos, inclusive durante la vejez. Es tan tremendo el impacto de la agresión sexual que las víctimas se debaten entre el deseo de morir y el impulso de sobrevivir. La vejación sexual está entre las torturas extremas. Saña por excelencia, soldados, invasores y la más baja ralea violan como sello de supremacía para anular al derrotado. El pene es el arma que sigue matando después de atacar: penetra, desgarra el alma y abre una herida tan honda que el dolor dura hasta después del dolor.

Si la situación de la mujer y su prole es en el mundo medida de la realidad social,  la indefensión femenina lo es del atraso de la cultura. Maltratar, zaherir, someter, acosar, usar a la mujer distingue a organizaciones tribales, sin instituciones democráticas. En eso consisten las grandes contradicciones del México contemporáneo: avanzar económicamente en ciertos aspectos, fomentar la partidocracia, simular gobernabilidad y, mientras se enmascara el machismo, dejar que la criminalidad marque el paso a la ciudadanía intimidada. Dada la ínfima calidad cívica y judicial del país es posible violar, esclavizar, secuestrar, asesinar y ejercer cualquier tipo de violencia contra la mujer, inclusive con la complicidad de partidos políticos y gobernantes que, de menos, hacen mutis ante el espectáculo dantesco.

No es casualidad que las causas femeninas encabecen las grandes reivindicaciones de los derechos humanos en el mundo. Al Estado mexicano, sin embargo, le tiene sin cuidado la extrema indefensión de las mujeres y su prole. Por eso los delitos se agravan. Por eso la historia ha sido una y la misma: todas calladas, todas arrastrando la indignación y el secreto deseo de desenmascarar a los agresores, exhibirlos y exhibir donde las miserias ocultan su prerrogativa. Todas conscientes de la inexistencia de derechos. Y todas aun contra su voluntad y en detrimento del imperativo moral por su natural indefensión, al callar encubren la barbarie del agresor a causa del miedo teñido de íntima vergüenza. 

Todas, todas las mujeres sabemos que se protege a los criminales y que se les ampara a la sombra del erario. Sean niñas, adultas, niños e inclusive jóvenes -como los violados y/o abusados por curas-, las víctimas quedan irremisiblemente paralizadas de terror, impotentes y mordiendo la humillación. Amenazadas, intimidadas y conscientes de que no ha habido dios, autoridad ni justicia a quién acudir ni confiar, quedan marcadas de por vida. Sin distingo de edad, el agredido sabe exactamente en qué clase de país vive porque, por donde mire reina el desamparo.

Todas las víctimas tenían y aún tienen que "aguantar" en este México donde los hombres son tan buenas personas que “ayudan” a las mujeres: así la ley del machismo. Eso, sin contar decenas de miles de feminicidios impunes. Eso, sin agregar golpes, violencia ciega y sorda, humillaciones públicas y privadas, controles, vejaciones, acosos, amenazas, explotación sexual…

Que nadie se atreva a decirnos que ésta no es una sociedad enferma. Que nadie nos hable de democracia ni de justicia social. Que la porquería de la 4t, experta en embustes, bajezas y complicidades que solo nos avergüenzan, no se atreva a pregonar que “le interesan las causas de las mujeres”. Pueden “interesarse” en mujeres, pero jamás en nuestros derechos. Jamás en la salud mental ni física ni sexual ni política ni familiar ni de ninguna índole. Que nadie presuma de "liberal", "comprensivo", "respetuoso de las mujeres, de todos los seres humanos...", como dice el cínico pregón de la mañanera. Los machos todos y sin excepción son el peor producto del más rancio, infecundo y feroz conservadurismo: nada de máscaras ni engaños. Los hechos hablan por si mismos: este de la 4t es un gobierno reaccionario, ultraconservador si los ha habido.

¿Dónde están? ¿Quiénes son los verdaderos liberales? ¿Dónde está el espíritu republicano?

Basta de cuentos para bobos. Solo y solo la justicia equivale a madurez política. Solo y solo mediante el respeto irrestricto a los derechos humanos se puede hablar de democracia. Solo y solo con un sistema de salud digno se demuestra la decencia de los gobiernos. Solo y solo mediante una política laboral e institucional razonable se puede hablar de avance respecto de la equidad de género. Solo y solo con la protección irrestricta de las madres y los niños se puede creer que el gobierno cumple el derecho fundamental de todo ser vivo: derecho a la salud, al alimento, al trato digno, a la educación, a la vivienda, a la equidad…

Solo la justicia habla y dice lo que hay que decir.

Maestros, parientes, políticos, intelectuales, empresarios, obreros: no hay rechimal libre de psicópatas, violadores, abusadores ni enfermos. Hay que celebrar la valentía de esta generación de feministas por atreverse con todo, por denunciar lo que diario se repite en este muladar. Muchas llevamos décadas luchando sin descanso, pero la realidad ha sido más feroz que nuestra capacidad. Otro “día de la mujer” se nos viene encima. Otro más con escándalos sexuales, feminicidios, burlas de gobernantes. Injusticia y más injusticia.

Hay que apoyar a quienes se atreven a denunciar. Hay que ser solidarias, compasivas, tolerantes con su enojo: tienen razón. Tenemos razón. Basta de payasadas e ironías que solo avergüenzan. Hay que decirlo y decirlo alto, para se se escuche bien:

El peor, el peor y más peligroso conservadurismo es el enmascarado de liberal: “comprensivo”, “cariñoso con las mujeres”, “respetuoso de las mujeres, de todos los seres humanos…”  Cinismo puro de los enamorados del poder, autócratas, inhabilitados para la compasión, la justicia, el gobierno y la solidaridad. Entronizados en la hipocresía, en la palabrería se amparan quienes se atribuyen el derecho de disponer de la libertad y hasta de la vida de las mujeres. Cualquier vertiente feminista estalla y cae en el sinsentido al toparse con el enmascarado de liberal. Qué, no lo entienden? ¿Es tan difícil la obviedad?

Nunca, nunca debería sentirme obligada a escribir páginas como ésta. Yo amo las letras por sobre todo, pero más amo a la justicia. Todos sabemos cuán pavorosa y bajuna es nuestra realidad. La tenemos encima. No miremos para otro lado. ¡No seamos cómplices de tanta y tan corrompida barbarie! ¡Acabemos juntos y de una vez con tanta infamia!

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De la memoria, esa incansable

February 20, 2021 Martha Robles
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A la mente le disgustan los nubarrones. Son peores las ráfagas de sensaciones siniestras que después de estremecernos con una “muerte chiquita” (como decíamos de niños al salir de la piscina), nos ponen los ojos pelones frente a la memoria que se activa de golpe. El desfile de olvidos que creíamos refundidos nos para los pelos de punta: algún déjà vu en tercera dimensión, una que otra figura ingrata, el gesto iracundo del que gritaba, imágenes fugaces, un acoso sexual que nos dejó temblando, días comprimidos en instantes, versos alejados de su origen, prosas que se pegan, afectos en cenizas, el tracataca industrial que me atormentaba día y noche cuando vivía en Berkeley…

Los recuerdos gratos nos hacen sonreír, como el alborear y la aurora. Pero, a diferencia de lo mal que funciona para los pueblos y en la historia, la memoria personal puede ser tremenda. Lo confirmó Freud al comprobar que su intervención merodeaba en muchos padecimientos. ¡Y vaya que se deleita arrojando recuerdos durante el confinamiento! A solas, nada la perturba y se expresa en libertad. No me extraña que en lugares públicos aturrullen a la gente con ruido sobre ruido disfrazado con melopeas y canciones horrorosas. No vaya a ser que a Mnemosine se le ocurra distraernos con una libre asociación. Por el hervor del crecimiento y a diferencia de los jóvenes de la Antigüedad que memorizaban como esponjas para espabilarse y aguzar sus atributos, ahora los adolescentes se atarantan con altos decibeles.

El otro extremo también es sugestivo porque cuando el silencio está en su nivel más recio se desatan los demonios. A ratos se deja venir la tristeza tal vez porque tenemos recuerdos como humos negros: hay que liberarlos para evitar una explosión. Y a la par de su tarea recóndita, hay un terco impulso por recobrar reminiscencias. Se siente mucha ansiedad al explorar lo extinto o feo, en especial cuando, atizada por el furor del insomnio, la noche se gasta removiendo la cabeza poblada con fantasmas. La recompensa al practicar la arqueología mental es el asombro. Al atinar siquiera con un rasgo de tantos mundos desaparecidos lo revisamos como tesoro, lo repasamos y, sin dejar de examinarlo, le inventamos una historia. Con razón decía Paz que desvelar el pasado es la profecía del revés. Si adivinar el atrás indica quiénes somos, de dónde venimos y por qué estamos donde estamos, hurgar hacia delante, como ha pretendido el hombre de todos los tiempos, equivale a anticiparse a la memoria por venir. Es como si “al recordar” lo que vendrá remodeláramos la guía de lo que ha sido. Sea de ida, de regreso o en el cruce de ambas direcciones, lo cierto es que la identidad se finca en la memoria y que sin ella la vida se va, se adelgaza, se pierde y al final se vacía de sí misma.

Se habla de prodigios y de hazañas. Y claro que los hay; pero el gran portento para mi está en la memoria con sus chapuzas, con sus trampas selectivas y su población de sombras, subterfugios y revelaciones. La memoria nos mantiene vivos. Es el motor que bien aceitado enriquece el lenguaje, ajusta el cerebro y pone todo en circulación, como si fuera un milagro. Cuando falla y se degrada, en cambio, deja a las personas en un estado que nadie, todavía, atina a comprender: sin habla ni palabras, sumidos en sabe cuáles honduras, donde ya no se percibe a los demás, donde las emociones se desvanecen, los relojes dan lo mismo, los deseos y la identidad desaparecen. La desmemoria es lo más temido. Enfermar de ausencias es el anticipo de la muerte. Alzheimer le pusieron al cerebro en off; sin embargo, los pueblos no temen la ignorancia ni el olvido,

 Durante estos meses aciagos he comprobado que en vez de recordar y prevenir, hace tiempo elegimos la violencia ciega y la muerte subsecuente. Muy pocos advertimos que no había nada peor en un país que descender a niveles infrahumanos por no atender el llamado de Mnemosine y aprender del pasado. Sabíamos que los criminales mataban y las autoridades volteaban para otro lado. Se publicaba que por miles se sumaban cadáveres de torturados y humillados; sin embargo, la rutina continuaba como si la normalidad fuera de matar y dejar que Dios, el diablo, nuevos violadores u otro cártel se encargara de impartir justicia “a su manera”. Hay algo espeso en estos depósitos unidos a capricho y que sin ser oídos, inscritos o evocados escriben el relato decisivo. La memoria es la autora de la historia, de cada historia y la de todos.

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Del poder y los locos

February 13, 2021 Martha Robles
Apenas una fotografía del colonialismo belga. La realidad aún nos quita el aliento

Apenas una fotografía del colonialismo belga. La realidad aún nos quita el aliento

Solo en los cuentos infantiles hay gobernantes sabios y rodeados de consejeros y funcionarios aún más sabios que ellos. Por tales regentes ficticios, cuyos logros jamás se citan, crecemos sin preguntarnos por qué los infames, los ineptos y los necios abundan y hasta son aclamados y confundidos con dioses. Si la historia fuera un inmenso costal estaría repleto de locos y excéntricos adueñados del destino de los pueblos. Los demócratas, en cambio, cabrían en una cabeza de alfiler. Un solo hombre, de preferencia desquiciado, puede hacer, deshacer y someter a capricho a decenas, miles e inclusive a millones de personas sin que nadie ni nada lo detenga, hasta que las evidencias trasciendan lo que nuestra humanidad es capaz de soportar.  

La ficción palidece ante  la megalomanía de un Qin Shi Huang creador, en el s. III aC. del primer imperio fundado en el estado de Qin, con las provincias que aún integran a la China monumental. Fue el precursor de la Gran Muralla que costó cuando menos dos millones de muertos. Autócrata y conquistador, unificó la escritura y el sistema de pesos y medidas; reformó el sistema feudal para mejor controlar a cortesanos y súbditos; creó la primera red de caminos en el territorio y, con otros testimonios de su crueldad y  apetito de eternidad, dejó en el mausoleo de la moderna Xian (Shaanxi) 8 mil guerreros de terracota que lo acompañarían en su viaje infinito. Los arqueólogos han desenterrado cientos de réplicas de artesanos, concubinas y sirvientes, carros, caballos…   Sin embargo, falta descubrir la cámara real: modelo del cielo y la tierra con ríos de mercurio, luces y maravillas fabulosas.  Evocado con asombro, Qin Shi Huang demuestra que la realidad supera la ficción. 

Aunque la Antigüedad esté sembrada de relatos sobre hazañas y perversiones de quienes han querido igualarse y superar a los dioses, acaso solo el universo faraónico compita con la aspiración de inmortalidad de los chinos. De Ciro a Darío o de Filipo y Alejandro a César, Aníbal y hasta Carlo Magno y cuantos puedan agregarse al memorial de dominadores, una sola característica iguala a los grandes con los pequeños: la ambición de poder.  Sea domiciliaria o universal, esta avidez se trasmite de generación en generación como santo y seña de la condición humana.

 Antes que cualquiera lo imaginara, la persa Schahrasad tuvo la genialidad de descubrir el antídoto contra la infamia: la palabra. Dedicado a decapitar muchachas para vengarse de una supuesta infidelidad, el misógino, cruel y loco Schahriar transfería su insoportable insatisfacción a cuanta mujer pasaba por su lecho. La ignominia encontró un límite a partir de que la hija del visir se dedicó a contarle fragmentos de la gran aventura humana. Confiada en el poder sanador y de seducción del Verbo, la supuesta relatora de Las mil y una noches se salvó a sí misma y salvó a las que podrían haber sido víctimas del opresor por la magia del arte de narrar. Aunque otras Schahrasadas en tiempos distintos, como Isak Dinesen, hayan compartido la gracia de embelesar, nada ha impedido la proliferación de monstruos como el belga Leopoldo II, mal llamado “conquistador del Congo” y por añadidura hermano de Carlota, la dizque emperatriz de México, cuya maldad no merece perdón.

Silenciado por complicidad o ignorancia, los daños causados  por el primer genocida de la historia europea, fueron desenmascarados en varias lenguas hasta que Adam Hochschild publicó, en 1998, su aterradora e invaluable biografía: El fantasma de Leopoldo. Aunque Conrad había dado señales de los horrores que atestiguó en el Congo, y aunque las fotografías de una valiente inglesa fueron divulgadas por la revista Life, nada  abarcaría la destrucción humana, moral y territorial que esta bestia ocasionó durante décadas de dominio colonial (1908-1960).

Al compendio casi inabarcable de autócratas, tiranos, déspotas, conquistadores y opresores deben añadirse otros ejemplares del siglo XX de tan inaudita ferocidad que harían palidecer al mismísimo Goya, autor de “Los sueños de la razón”, cuyos dibujos de empalados y muertos todavía nos quitan el aliento. Hay que recobrar la importancia de las biografías para no confundirnos respecto de los cuentos alegres sobre la condición humana. No hay más que auscultar el revés y el derecho de Leopoldo II (a la sazón padre de Alberto I y abuelo de Alberto II), Mao Zedong y su inaudita esposa, Muamar el Gadafi, José Stalin, Nicolae Ceausescu, Hitler, Saparmurat Niyasov y ni qué decir del ejército de latinoamericanos y africanos de la talla de Videla, Rafael Leónidas Trujillo Idi Amin, Fidel Castro…, para que leamos de otro modo el revés de lo aparente.

Es cierto que la memoria del Mal se concentra en figuras como Gengis Kan, Aníbal, Eric el Rojo, Calígula, Nerón, César, Antonio… Sin embargo, la especie de excéntricos, perversos y crueles está lejos de desaparecer por la intervención de los demócratas. Inclusive la democracia sirve de excusa para encumbrar y legitimar a sujetos tan demenciales como Trump, Chávez/Maduro, Ortega y su inaudita esposa, Putin… En fin, que estamos rodeados y no queremos mirar a nuestro alrededor ni frente a nuestras narices. ¿Qué nos salva del poder del Mal, del abuso y de la locura en el poder? No lo se porque es uno de los grandes misterios. Lo que se es que es mucho más difícil someter, engañar y subyugar a los pueblos educados y, desde luego, a las inteligencias forjadas al calor de la crítica, aunque siempre nos sorprendan de lo que son capaces los locos.

 

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El libro: pasión de minorías

February 7, 2021 Martha Robles
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La mayor parte de la humanidad no lee libros. Inclusive muere sin haber caído en la tentación de hacerlo. La lectura es y ha sido pasión de minorías, a pesar de que la imprenta humanizara la voz que se decía revelada. Desde el siglo XV el libro ha estado al alcance del que quisiera o pudiera leer, pero no todos ni todo el tiempo se han  interesado en conocer cómo es el otro, de qué son capaces las ideas, a dónde van a parar los secretos, de qué se rellena la memoria, en qué consisten la dificultad y la aventura de la razón, hasta cuáles territorios ignotos conduce la fábula, qué desencadena una experiencia estética o su contrario, cuántas emociones se activan mediante la lectura, qué impacto causa la exploración del ser o de qué enredos está hecho el olvido. En síntesis, desde sus orígenes el libro ha sido indistintamente  sagrario del lenguaje, sustento de la fe, depósito del saber real e imaginario, objeto de culto de lectores, coleccionistas y/o editores a pesar de crímenes cometidos en su nombre y profanaciones tremendas. También es causa de envidia, robo frecuente y tesoro de brujos, hechiceros y mercachifles. En suma, hay de libros a libros al grado de también hallarlos como conjuro y/o advertencia contra fantasmas.

Borges afirmó que a diferencia de los instrumentos que el hombre ha creado como extensiones de su cuerpo, el libro es una extensión de la memoria y la imaginación.  Entre sus diversas funciones recoge la historia para prevenir la repetición de errores.  Además, al registrar quiénes fuimos, de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde apuntan las divagaciones sobre el porvenir esclarece no solo los propios límites, sino nuestra situación en el mundo, aun con divagaciones.  Al respecto, siempre estará Spengler en su Decadencia de Occidente para abundar en preciosas consideraciones sobre las posibilidades múltiples del libro que parecen anticipar la respuesta de Bernard Shaw cuando, en entrevista, le preguntaron si creía que la Biblia fue inspirada por el Espíritu Santo: Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu…, respondió. Y qué más alegato a favor del Libro que la Poesía que nos llena de sentido. Tal grandeza, salvaguardada por la minoría, nos protege de la invasión de poetitas y escribidores que, a punta de lugares comunes y esa  monstruosidad calificada de best sellers, invaden editoriales y librerías. El lector que lo es en verdad sabe reconocer el valor del libro. Sabe que el complemento del párrafo está en la emoción, en lo que no queda dicho o que puede ser leído entre líneas: de ahí también la peligrosidad que intimida a los gobernantes espurios. Para el lector verdadero nada consigue enturbiar la palabra inicial,  ni el barullo ni la basura impresa.

Los libros no han sido hechos para ser entendidos, sino para ser interpretados; es decir, para conectar con algo e ir más allá de la intención del autor, así se trate del Quijote, de Hamlet, de la República de Platón, de El proceso de  Kafka, de Los anillos de Saturno de Sebald, etc. De suyo activan algo tan humano, íntimo y creativo como la emoción, la curiosidad, el saber oculto, la intuición o la ruta del pensamiento. Depósito y espejo de sueños y sensaciones, de la grandeza o la bajeza de quienes los inspiran, los escriben, los leen e inclusive los fabrican, publicitan, distribuyen y venden, por su valor implícito no ha dejado de ser objeto de intimidación y de la codicia mercantil. Como cualquier otro producto, el capitalismo los ha banalizado; sin embargo el libro, cuando en verdad lo es, conserva su magia a pesar de todo. Así como hay autores intocados por el síndrome de la masa, también existen obras, editores y lectores que mantienen viva la secreta  dinámica de sus vasos comunicantes.

En contrapunto y por su natural perezoso, el hombre medio vive sin ser tocado por la pasión del libro. Gasta sus años sin responder al llamado, hasta que consigue apagar la curiosidad. La mayoría apaga sus sentidos a la intensidad múltiple de La Palabra y decide vivir a medias, sin el nutriente de la plenitud de adentro afuera, de la oscuridad a la luz. No deja de ser paradójica la atracción que provoca el universo dual de la escritura y el libro. Cuanto más ajena a la lectura más proclive es la gente a presumir sus no lecturas. Arrojan expresiones de entusiasmo respecto  de las letras que jamás han frecuentado, cuando en realidad no hacen sino fomentar el drama de identidad de quienes ni saben quiénes son ni a cuál personaje concreto pretenden imitar para ser valorados o reconocidos por el otro. Para probarse mejores, usan el libro a modo de máscara quizá  porque la escritura y la figura del escritor fascinan a las mentes oscuras a saber por qué.

A fin de cuentas, el universo del libro se parece al cautivo liberado en la alegoría de la caverna: por curiosidad ha descubierto la luz y se maravilla con ella: al fin es libre y está solo. Los demás esclavos no creen sus palabras. Se burlan de él y, encadenados hasta la muerte con la cara frente al muro, tampoco entienden nada más allá de su oscuridad.

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La magia del Cid campeador

January 30, 2021 Martha Robles
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Tumba del Cid. Catedral de Burgos

El pésimo manejo de la información sobre la supuesta enfermedad del Presidente me hizo recordar un montón de invenciones y chapuzas que antiguas o recientes, cercanas o lejanas, se inventan para manipular a la población. Las grandes fábulas, en cambio, ascendían a las letras. Vivimos situaciones tan pobres y vulgares que ya ni el mandatario consigue enfermar y convalecer con gracia. Hasta pudimos imaginarlo difunto al frente de sus huestes morenistas, pero solo hubo una descarga de mensajes propagandísticos, memes, necedades y muestras del peor servilismo rastrero. Este fenómeno me puso a Rodrigo Díaz de Vivar entre ceja y ceja porque ganó la más importante de sus batallas después de muerto.

A más la leo, la recuerdo y la recreo en función de los mitos fallidos, más me fascina la gesta del Cid Campeador. Obra maestra de la historia fabulada, la única copia quizá reinventada del manuscrito original apareció en el monasterio de San Pedro de Cardeña en el siglo XIII, unos dos siglos después de la Reconquista que encumbró a Rodrigo Díaz de Vivar, a fines del siglo XI. Según Alfonso X en su Historia de España,  el autor fue un monje que comenzó a divulgar el cantar con fines propagandísticos para atraer peregrinos y obtener donaciones. Tan exitoso sería su empeño que, a la fecha, el monasterio continúa atrayendo visitantes, dádivas y ficciones.

A partir de entonces y durante los 800 años siguientes el personaje del Cid, recobrado por Ramón Menéndez Pidal, ha sido inseparable tanto  de la curiosidad literaria y la tradición popular como del folclore del cristianismo español. Concentrada en las escenas  que con mucho anticiparon el realismo mágico, más de una vez me detuve frente a su tumba en la catedral de Burgos para pensar en la figura del héroe elegido, en los anuncios proféticos, en la versatilidad prodigiosa que se le atribuye a Santiago apóstol y en el guerrero que triunfa sobre el rival después de muerto sin soltar su Tizona: elementos envidiables para cualquier fabulador.

El lenguaje medieval de los primeros manuscritos de la que sería nuestra lengua, me enseñó que sin magia no hay literatura, y acaso tampoco política.  El Cid se ilumina cuando en sueños y en su lecho de muerte, se le aparece san Pedro para anunciarle que Santiago apóstol le ayudará a enfrentarse a Búcar, su rival, quien ya se adelantaba hacia Valencia  acompañado por otros 36 reyes moros.

Que para hacer efectiva la merced divina –añadió san Pedro-, debía comunicar esta revelación a sus fieles y comprometerlos a obedecer al pie de la letra las siguientes órdenes: que al expiar deberían lavarlo y embalsamarlo con ungüentos y mirras de la cabeza a los pies. Que Jimena evitaría las lágrimas y las manifestaciones del duelo para que la noticia de su fallecimiento no llegara a oídos de las tropas rivales. Que sus hombres de confianza, que le habían acompañado durante sus conquistas y destierros, atraerían a la población hasta las murallas de la ciudad haciendo resonar trompetas y tambores en señal de alegría. Cautelosamente harían cargar mulas y carros con todos los objetos valiosos para que, al término de la batalla de la que saldrían victoriosos, salvaran los tesoros valencianos.

Una vez muerto lo armaron con cotas de maya y yelmo de buen acero. Abrieron bien grandes sus ojos, asearon y acicalaron sus barbas y blandiendo la Tizona en la mano, lo fijaron a lomos de Babieca. Así salió a batallar a mitad de la noche, al frente de sus huestes y flanqueado por su portaestandarte Pero Bermúdez y el fiel Gil Díaz, un musulmán converso. El Campeador derrotó de este modo a los almorávides en tan brutal combate que los sobrevivientes huían hacia el mar, pero muchos ahogaban antes de subir a los barcos.

Tanto la gesta del héroe castellano como la prodigiosa intervención del “Matamoros” Santiago apóstol, se tienen por hechos verídicos en el imaginario popular. Uno y otro continúan enriqueciendo sus respectivos mitos con enorme efectividad. Y esto viene a cuento porque no he dejado de pensar en cómo se multiplican las ocurrencias inauditas durante tiempos aciagos. Crecí con el cuento de que Emiliano Zapata continuaba cabalgando con vida. Otros juraban que Juárez perdonó a Maximiliano y que murió de viejo refundido en sabe Dios cuál país olvidado. Que Hitler llegó con sus más cercanos a Argentina o que una tal Anastasia, hija y sobreviviente del Sar de Rusia, vagaba por Europa protagonizando su propia ficción; en su delirio Nicolás Maduro dijo que Chávez se le había aparecido trasmutado “en pajarito” ... Héroes y fábulas han caído en picada. La imaginación popular también está en crisis. A las huestes de MORENA deberemos una inmensa contribución a la imbecilidad moral. Sin desdoro de su planilla electoral, que no inspira más que vergüenza, un tal Jesús Estrada Ferreiro, alcalde de Culiacán, convirtió en prócer a su patrón López Obrador.  Lo exhibió en un cartel de por sí ridículo y controversial rodeado por Morelos, Hidalgo, Juárez y Cárdenas… Ante los horrores y las medianías que nos espetan, ¡cómo no voy a refugiarme entre los héroes verdaderos!

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Contracultura y fracaso educativo

January 22, 2021 Martha Robles
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 A punto de conmemorar el primer centenario de la SEP, en julio 21, no podía ser más lamentable el estado de la educación y la cultura en México. Conservador si los hubo, es inútil buscar un civilizador que lo supere o una figura pública que ensombrezca el legado, ya remoto aunque por desgracia incumplido, de José Vasconcelos. El proyecto fundador de la Secretaría de Educación Pública fue pionero, progresista, abierto y esperanzador en aquel harapiento, posrevolucionario y brutal 1921 mexicano. Así que el alegato de su conservadurismo resulta ocioso. Sin embargo y a pesar de ésta y alguna otra tentativa valiosa, han sido más poderosos el síndrome del vencido y la tentación de la derrota que la voluntad de salir de la postración ancestral. Fracaso tras fracaso nos alcanzó el futuro y, en pleno siglo XXI, vemos con vergüenza que el Estado no ha sido capaz siquiera de cumplir con el mandato del adelantado Artículo 3º. de la Constitución de 1917.  Para colmo, el gobierno vigente está empeñado en retroceder (y no a la Constitución de 1857, por cierto, sino a  los peores ejemplos latinoamericanos).

Telúrico y combativo ni Vaconcelos, siendo como era, pudo influir en las decisiones dictatoriales de Álvaro Obregón, uno de los artífices del vigente vicio de mandar “por sus reales…” Por capricho, por sostener sus políticas erráticas y amañadas, el implacable general Obregón se deshizo de Vasconcelos en 1923, a unos meses de iniciado el proyecto. A tono con la que también sería costumbre, se dejó a la deriva y en manos discrecionales la obra educativa.

Es impresionante comprobar cómo hay tiempos y circunstancias que se atraen. Así vale decir que en los años veinte del siglo pasado, como ahora, política sin inteligencia y sin cultura equivale a demagogia. Y la demagogia es la manipulación tramposa de la opinión pública y sostén del populismo. El demagogo desacredita a sus discrepantes al través de insultos, mentiras y acusaciones discriminatorios y, en contrapunto, se prodiga en halagos, falsas promesas, alianzas enmascaradas, mentiras… ¿suena conocido?

No es inexplicable el descenso de la sociedad. Tampoco son casuales el crimen organizado ni la bajísima calidad moral de la mayoría de quienes se suponen nuestros representantes: esto que vemos y lo que padecemos, incluidos los feminicidios, la pésima política sanitaria, la inexistencia del cuidado medioambiental, la falta de un plan regulador, la situación económica, el pobre estado de la agricultura, de la ciencia y la tecnología, así como la confrontación entre las clases y mucho más, pertenecen al conjunto más visible del garrafal, inadmisible y profundamente corrupto fracaso de una SEP que, década a década, ha reflejado con lamentable precisión la exacta medida de los sexenios presidenciales, con todo lo que eso implica en la historia contemporánea del país.

No mirar el pasado, no conocer de dónde venimos ensombrece el presente y enrarece el pensamiento crítico. No es accidente del destino ser uno de los más importantes generadores mundiales del narcotráfico. Tampoco es casual que se trafique con personas y órganos de manera impune. No es extraño que, sistemáticamente, se destruyan áreas naturales y se contaminen bosques, ríos, mares y espacios abiertos y cerrados. La falta de escrúpulos es parte de la incivilidad, de la incultura de seres agrestes, envilecidos. Hay que insistir en repetirlo para crear conciencia: los dantescos males que nos distinguen como sociedad tienen su origen allí donde deberían comenzar las soluciones: en las fuerzas formativas de las sociedad, lo que no excluye las aulas, en primera instancia.

A dosis delicuenciales de sindicalismo espurio, de gobiernos populistas y conformismo social, por consiguiente, nadie puede negar el atraso vergonzante y la inmoralidad acumulada durante 100 años de tentativas y fracasos de lo que debería ser prioridad: la formación irrestricta de las generaciones. Mientras Japón, Canadá, los nórdicos o Corea del Sur, entre tantos otros países, están preparando a los pequeños para vivir y ser mejores personas en culturas más ricas y diversas, aquí persisten condiciones indignas. Allá han entendido que los imperativos deben corresponder a las prioridades de la hora: cuidar y sanear el planeta, ser ciudadanos del mundo y personas responsables consigo mismas y con los demás. Aquí se  inculca la adoración al gran Tlatuani mientras los previsores extranjeros alistan a las nuevas generaciones para asumir un alto sentido de humanidad.

Esa verdad nos deja la cara roja de vergüenza: seguir arrastrando rémoras del peor siglo XIX agravadas con vicios de un XX que se negó a igualar a la población hacia arriba, empezado por la inmoral e inaceptable complicidad de sindicalistas y gobernantes. Por donde se lo busque, no hay modo de demostrar lo contrario. Y solo por citar más vergüenzas, siguen los privilegios de la impresentable Elba Esther Gordillo. ¿Qué agregar?

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Un mundo poscovid

January 12, 2021 Martha Robles
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Si buscamos entre los desiguales registros del pasado remoto o cercano, descubrimos que a grandes calamidades han seguido cambios sustanciales, aunque no por necesidad hayan sido beneficiosos. Así se infiere desde la gran pandemia que asoló a los atenienses y causó la muerte de Pericles en el siglo V ac,  hasta los avances científicos del siglo XX que respondieron a la gripe española, la tifoidea, la poliomelitis, el ébola, el cólera, la varicela, el sida, el hn1n1, etc. con medidas sanitarias, vacunas y/o fármacos cada vez más sofisticados (a partir de la penicilina), hasta rematar con el desafío de la actual covid-19, que aún estamos lejos de superar.

En ningún país se han establecido las prioridades que nos harán modificar de manera totalizadora las costumbres durante los años venideros. No hacerlo o hacerlo mal provocará declives irremisibles, como lo demuestra la historia. Aunque un mundo poscovid se anticipa con exigencias  ecológicas y de saneamiento socioeconómicas inaplazables, estamos más distraídos con el cambio de liderazgo entre las potencias –ayer supuestamente invencibles- y el ascenso de los nuevos ricos que están dictando los ritmos del orden mundial, sin que concentren la atención compartida en lo fundamental: la defensa y la continuidad de la vida, con todo lo que eso implica y compromete.  

Lo que ya se deja notar durante esta crisis, es que si antes de la covid ya eran claras las  distancias y las características de los países y las sociedades de primera, de segunda o de tercera, en el porvenir inmediato esas franjas irremisiblemente van a empeorar. En eso no hay discursos que valgan ni demagogias que convenzan de lo contrario porque no tardan en ser más dramáticas y visibles las distancias reales entre los símbolos del bienestar y “los condenados de la tierra” que dijera Fannon. Para nuestra desgracia los mexicanos, como el resto de la América Latina, no estamos entre los bendecidos por los dioses ni con los protegidos por el fruto de generaciones dedicadas a  construir un gran Estado republicano.

Es obvio que en el panorama global no se puede dejar a la deriva la tremenda polarización ideológica, social y económica destacada por la pandemia. Tampoco debemos aplazar una radical estrategia de saneamiento ambiental ni el cumplimiento universal de los derechos humanos, porque se acortan los plazos para aplicar estrategias de rectificación. Pero, a pesar de la tremenda amenaza que se cierne sobre nosotros, hay  países y gobernantes aferrados todavía a cultivar el atraso devastador mediante medidas obsoletas como el sostenimiento de las energías sucias, la destrucción de bosques y especies animales y vegetales, la contaminación de las aguas, el sostenimiento de prácticas agrarias y laborales vetustas y cuanta política ya se considera letal, adversa y/o proscrita en  regiones civilizadas. En este renglón, López Obrador se ha encumbrado y fortalecido como el amañado populista, campeón del retroceso, y el mayor enemigo de las decisiones oportunas, preventivas, inteligentes y convenientes.

Dada la ineficiencia demostrada durante la crisis actual, en cuya punta se ostentan los muertos y los yerros enchufados a la pandemia, no es aventurado suponer que la América Latina  -y México no es excepción- será de las regiones que descenderán grandes peldaños en la escala del atraso. Ante la irresponsable destrucción de las instituciones para concentrar el poder personal del Ejecutivo y privilegiar a las fuerzas armadas por obvias razones, no hay manera de esperar que, en nuestro mundo poscovid, México aporte frutos en educación, en los servicios asistenciales, en el desarrollo de la medicina, de la tecnología, de las ciencias, las humanidades, el arte, la industria y la cultura en general.  La evidencia indica que, por consiguiente, es improbable equivocarse respecto de lo que se vislumbra para el futuro inmediato cuando el presente es tan dramáticamente desesperanzador.

Las advertencias probadas sobran, pero como lo puso de manifiesto el demencial Donald Trump: nada es más peligroso que un desquiciado con poder ni más grave que el hecho de que sean débiles o se hayan destruido las instituciones democráticas, ya que en ellas descansa la única posibilidad legal de detener y/o contener a los gobernantes nefastos. A Trump le debemos haber mostrado cuán fácil es mover, agitar e incitar a la sedición a las hordas que a ciegas siguen a “su líder” y lo aclaman como al becerro de oro.

Hasta ahora, tales regustos antidemocráticos, tan caros a las masas huérfanas de “líderes”, “guías tutelares”, “hombres fuertes”, mesías o autoproclamados “redentores”, eran considerados parte de la geografía política de los bárbaros, a cuya mala –y extensa- fama hemos estado vinculados los latinoamericanos en general y los mexicanos en particular. A la luz de las crisis ambientales, de la bipolaridad agravada por el veloz fracaso neoliberal, así como de los dramas sin rumbo relacionados con los movimientos migratorios, la narcodelincuencia, la miseria con ignorancia, el desgaste de las tierras y la pésima distribución de las garantías vitales en el mundo, se ha allanado el camino para el ascenso y/o fortalecimiento nada sutil de fantoches, tiranuelos, gorilatos, “supremos”, “iluminados”… Me refiero al retorno, ahora avalado por la propaganda electoral, del tipo de engendros que de Mussolini a Franco, de Hitler a Stalin a Mao y sus “4 magníficos” a Ceaucesco a Castro, a Hussein, a Muamar el Gadafi… fueron encumbrados por masas de vociferantes en las plazas y dejados en libertad para realizar infamias sin cuento y sin límite. 

La historia es el espejo de lo que aún puede ser en función de lo que ya fue posible. Sin el invaluable freno de los derechos humanos y sin la intervención de las instituciones democráticas, que para nuestra desgracia eran de por sí débiles en México, todo, absolutamente todo puede esperarse en el México poscovid. Bien aseguró Popper –y no nos cansaremos de recordarlo- que sobre el inabarcable historial de infiernos y después de tanto padecer dominios brutales, la democracia, con sus derechos, alcances y libertades, es el menor de los males. Por eso hay que defenderla y madurarla a toda costa.

Acaso por lo atractivo que para muchos resulta el poder de un solo hombre, éste Único-uno aparece y reaparece bajo modalidades diferentes de tanto en tanto. Su sola ley y su palabra consagrada es y ha sido el gran referente del infernal  historial de tiranuelos, fantoches y enemigos jurados del derecho y de los avances civilizadores. Si el montonero Trump no quiso quedarse atrás en la danza de los orates encumbrados, sus ocurrencias no llegaron a peor gracias a lo que salva a cualquier país de sus propios yerros, de sí mimo y de sus malas elecciones: su orden legal, su fuerza institucional y la organización civil de los demócratas, sin cuya conciencia, decisión y patriotismo cualquier patán podría hacerse con las riendas del dominio.

Mala cosa esa de buscar culpables, esconder la mano y jugar al “yo no fui” para hacer de la hipocresía una máscara de la ineptitud y la inmoralidad. La primera condición de un buen gobierno es el respeto irrestricto por lo gobernados, lo cual implica patriotismo, defensa del derecho y honorabilidad.  Navegar armado de chivos expiatorios no salva a nadie del fracaso asegurado.

Los tiempos se acortan. La epidemia no da tregua a su paso devastador. En unos meses o años se amontonarán los restos del naufragio y no habrá farsante ni mesías ni populista que, a punta de abominables chistoretes y desafíos adolescentes, salven al país de una de las peores caídas de su historia. No atender este llamado de emergencia en situación tan aciaga es una decisión que debe ser condenada por la sociedad si es que existe algún sedimento de civilidad o, al menos, cierto instinto de supervivencia.

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Madre piedad: una deuda de amor

December 31, 2020 Martha Robles
Escudo de las Mercedarias Misioneras de Berriz

Escudo de las Mercedarias Misioneras de Berriz

Como en la actualidad en muchas comunidades, el destino de las mujeres estaba trazado de la cuna a la mortaja. Así el de las que me rodearon desde mi nacimiento. Hasta leer publicaciones extranjeras y experimentar yo misma la discriminación y el efecto feroz de una sociedad cerrada, comencé a examinar la situación femenina; en particular la de las invisibles y menospreciadas mexicanas. Monja, soltera, viuda, abandonada o casada, solo dos cosas igualaban a nuestras mayores en la jerarquía patriarcal: su no-lugar propio y su mordaza. En ningún caso se aceptaba el talento donde lo hubiera. Las mejor dotadas carecían de voz y no accedían al selecto club del pensamiento educado. Desde los días de sor Juana, el convento y la religiosidad eran las puertas falsas de la “verdadera” realización.

Nacida en 1893 en Autlán, en un medio señalado por su religiosidad extrema, no serían de extrañar sus estrechos vínculos familiares con Anacleto González Flores y el movimiento cristero que tanto influyó a esa generación. Como su hermano Efraín, a la manera de los destacados Antonio o Ricardo Gómez Robledo o Enrique Ochoa, con quien casó en 1919 y protagonizó el eje de su historia, Piedad González Luna estuvo no solo rodeada del selecto grupo  de intelectuales miembros de la revista Banderas de Provincias, también compartió el sello de la filosofía ignaciana que marcó a los hombres de las clases acomodadas de Jalisco. Por rebote familiar, las madres, esposas y hermanas de los educados por la Compañía de Jesús absorbían los principios de esa disciplina esencial, empezando por los Ejercicios Espirituales. Piedad no sería la excepción, a pesar de quedar a cargo de la congregación española de las Mercedarias Misioneras de Berriz –con Pilar Reynoso y Bertha Salazar-, fundada originalmente (quizá a fines de los cuarenta) en esta ciudad como parte de la de Berriz -creada por la beata Margarita de Maturena- por su hermano Víctor González Luna y Bernardo Corvera con la intención de abrir el Instituto de la Vera Cruz, donde cursé mis primeros años.

Cuando mi padre recorría caminos y pueblos de aquel Jalisco fundador de la oposición, mi madre se desgastaba en ciclos de gestación, rabia, desajustes, malos negocios e inconformidad. La vida oscilaba entre anuncios de vida nueva, tentativas políticas, asaltos electorales, problemas maternos y embates que trascendían el coto domiciliario. Pero desde sus rechimales en el convento, allí estaba siempre la madre Piedad, compasiva y solidaria con el infortunio de las casadas. Y mamá la adoraba.  Llegaban a casa recién nacidos al ritmo en el que las mayores salíamos para ser tuteladas por mujeres tan inusuales como ella, la hermana de Efraín González Luna, de quien se decía que al igual que su esposo se decidió por los hábitos –gracias a la licencia papal- para sobrellevar la muerte de su único hijo. Conmigo y dos o tres imprescindibles durante sus horas de asueto, en mi Guadalajara natal rellenaba como monja de las Misioneras Mercedarias de Berriz el vacío de su doliente maternidad. Y yo, aun sin saberlo, reconocí en ella la virtud de trabajar silenciosa, lenta y disciplinadamente que habría de convertirse en señal distintiva de mi carácter. Por detalles de su biografía espiritual, susurrados en pasillos dedicados a la oración, conocí de manera temprana los rigores antifemeninos de la intransigencia ideológica, pero de eso tampoco se hablaba. Solamente, desde muy pequeñas, absorbíamos las enseñanzas dirigidas para resistir las durezas que nos aguardaban al crecer e integrarnos “a la vida del siglo”. 

Vieja, viejísima desde mi perspectiva de parvulita, aunque quizá aún no fuera siquiera eptagenaria, la madre Piedad no se quejaba ni ocultaba las huellas de su hoguera interior. Aún en el modo desordenado de acomodarse la toca, de llevar el hábito  o de ostentar en plena mejilla algo como verruga peluda o protuberancia relacionada con su tormento, era distinta al resto de las monjas que poblaron mi formación. Regordeta, con un pasado de sufrimiento a cuestas, olía a mantequilla caliente o a pan recién horneado; hablaba entre sofocones cardíacos, tenía las manos rasposas, acariciaba con torpeza y espetaba su apariencia como divisa de sus batallas. Antes de dedicarse a reorientar matrimonios desavenidos y enseñar cocina en las tardes a casaderas adolescentes, se dedicó a rescatar y cuidar a víctimas infantiles del conflicto cristero.  Destinada después a las misiones en China, salvó a niñas abandonadas durante la guerra chino-japonesa. Torturada por las milicias de Mao, alguien me susurró al oído que ahí adquirió la cojera que la obligaba a arrastrar una dolencia solo tolerable con el soporte de su religiosidad. Con una historia varias veces entrecruzada a la de don Efraín González Luna, mi padre me aseguró que la madre Piedad también se destacó como rescatista de niños durante la Segunda Guerra Mundial. Por su condición femenina y ensombrecida por su actividad religiosa, por desgracia su verdadera biografía solo se conoce mediante indicios, por testimonios cruzados, fragmentos que se repetían en secreto y algunas versiones de familiares que, como sería de esperar, siempre son incompletas y de poco fiar. De documentos, por supuesto, no existe ninguno. Ni siquiera he encontrado fotografías.

Lo que a mi me tocó es lo que me formó, sin ruido y acaso sin proponérselo porque, a fin de cuentas, yo era una niña más de las rescatadas a corta edad. La bollería deliciosa salía de sus hornos y yo me escapaba de mis deberes para estar siempre con ella. Llegué a creer que nunca  abandonaba el salón/cocina  del primer piso del colegio de la Vera-Cruz sembrado de estufas, alacenas, cazuelas y largas mesas, donde sin parar elaboraba recetas y dulces que me dejaba probar. Quizá era tan amorosa porque entonces yo vivía en el internado del colegio y, como éramos pocas, las internas compartíamos ciertas rutinas del convento. Aún había panales y campo cultivado por las “hermanitas”, allá en Chapalita. Y las “hermanitas” se encargaban de los servicios porque entraban sin dote a la vida religiosa: eran las pobres.

Quise entrañablemente a la madre Piedad, a pesar de las púas que surcaban los dobleces en sus mejillas, de las greñas canosas que salían del rostrillo y de los silencios que intercalaba a la sesión de consejos que depuraba con preocupación política, distintiva de su apellido. Su bondad era infinita. En su nombre llevaba su condición. Años después entendí que al menos para algunos como ella que tan a detalle conoció el sufrimiento, el conservadurismo era y es todavía un escudo contra el infierno, porque la tristeza en algunos espíritus arrecia su tentación de inmovilidad. Y ella me parecía triste. Por eso, cuando oigo la descarada majadería con que López Obrador se refiere a “los conservadores”, sin tener idea de nada y menos aún de lo que es y ha sido en la historia la intolerancia para las mujeres, pienso en ella, en su destino, en las enseñanzas que trasmitió a tantas niñas y madres que nos levantamos de la postración, que aprendimos a decir no, así no, que abominamos de las ideologías sin distingo de signo y solo apreciamos la libertad, el respeto y la dignidad: lo que a todas luces ignora el Presidente.

 Practicaba una compasión tan antigua que no me costó comprender que hay seres que se preocupan por los demás, aun en detrimento de sí mismos. Quizá la madre Piedad, que tanto bien hizo a mujeres de Guadalajara, encontraba a Dios en los otros, a la manera oriental. Sabía de mi escepticismo y me respetó. Quizá en el servicio  discreto confirmaba su fe. Seguramente la tremenda experiencia en China dejó más de lo que se empeñó en transmitir desde una conciencia de ser a través del dolor y de la enfermedad. A su pesar la influyó aquel universo insultante por la desmesura de una imparable crueldad. Por ella me convertí en adepta vitalicia de la miel y la jalea real. Gracias a eso todavía disfruto de buena salud.

Cuando en 1982 visité China, los responsables de guiarnos y vigilarnos nos permitieron conocer algunos puntos geográficos de La Gran Marcha, previa complicada petición oficial. Palmo a palmo tuve a la madre Piedad en mente. La imaginé confinada en algún cobertizo entre aquellas hermosísimas montañas, mal comida y mal tratada y sin embargo maravillándose, como yo en ese momento, con los colores, la gente hacinada y la pureza del paisaje inabarcable, donde se aprietan historia y batallas de miles de años. Me pregunté qué sería de los niños rescatados, a dónde irían a parar. Y, más allá, qué pasaría con las alumnas de la única escuela de las Mercedarias en Wahu, China.

También recordé el Viaje al país de lo real de Víctor Segalen y sus evocaciones poéticas. Gracias a él pude ver y entender más sobre los monumentos funerarios que lo que nos decían los traductores en un perfecto español. Uniformados en riguroso “Mao”, nada quedaba de las exóticas vestimentas descritas por Segalen durante sus viajes, hasta 1910. Tampoco, aún entre aglomeraciones iguales, encontré escenas arrancadas del remoto pasado ni rostros, escenarios ni historias como los pintados por Wan-Fu, el artista prodigioso inventado por Marguerite Yourcenar, aunque algunos parajes podrían competir con el jardín del Edén. Por más que inquirí rastros emparentados a las “maravillas” descritas por Marco Polo, el comunismo rural se imponía ante mis ojos con saldos de la brutal “revolución cultural” comandada por la demencial Jiang Quing, esposa de Mao. Y a pesar de la Banda de los Cuatro y sus ferocísimas Guardias Rojas, algo muy hondo y vital palpitaba en mi mente. Lo no mencionado me hacía creer que por donde pisaba aguardaba un mundo urgido de desvelar mensajes, especialmente los del sabio Confucio, a quien me apliqué a leer con antelación.

Más fuerte sería aquella sensación de estar ante una profecía del revés, que me revelaba el pasado de golpe, al recorrer antiquísimos recintos funerarios y vestigios del primer asentamiento humano que me dejarían sin aliento durante varios días. Por encima de la emblemática Muralla, del Palacio de Verano o la Ciudad Prohibida, los guerreros de terracota del emperador Quin Shi Huang, en el extremo oriental de la ruta de la seda, me impresionaron a tal grado que a partir de ese día investigué pasajes saturados de tanta humanidad y tantas culturas apretadas en estas tierras. Y en todos esos hallazgos me acompañaba la sombra de la madre Piedad, mi verdadera referencia materna, aunque  durante años la dejara de frecuentar. China me provocó una mezcla de fascinación, distancia y espanto. La ausencia de libertades era tangible y tanto o más intimidante que en otros países comunistas que visité al concluir mis estudios de grado en Europa cuando, en coche y en medio de prohibiciones para no salir de caminos y poblados indicados, recorrí con mi amigo Hans en una camioneta Volvo desde Alemania oriental hasta el Medio Oriente. Si ya abominaba de las ideologías, conocer de primera mano esas realidades fortaleció mi repudio a los totalitarismos. La experiencia de 40 días en China me dejó demudada: una lección de vida y de muerte, de reflexión y asociaciones difíciles de asimilar desde mi experiencia occidental.

También gracias a la madre Piedad intuí que es trágico el destino del Hombre y tan arraigada su sensación de orfandad como indispensable el sustento de lo sagrado. Y lo sagrado está en la belleza. Es la poesía. De ahí mi vínculo con los mitos, el culto a la antigüedad, mi fervor por la búsqueda de unidad y el apetito de universalidad que me apartó de los dogmas. Como supieron los sabios de antes, en la verdad hay dos lados, uno del que la dice y otro del que la cree, lo que entraña la más ardua tarea de persuasión y convencimiento. Por eso me resultan conmovedores y desagradables los misioneros, porque llevan al grado del sacrificio un raro afán de persuadir a los otros de que poseen la verdad. Y eso me perturba pues, ¿qué es la verdad? ¿A quién le pertenece y a cuenta de qué hay que convencer a nadie de aceptar cualquier credo?

Lo importante, a fin de cuentas, es que mantuve una deuda de amor con la madre Piedad. Aparece su agitada respiración entre mis primeros recuerdos. Aún vislumbro su andar trabajoso al lado de mis propios pasos. Creo todavía en el poder vivificante de su sonrisa y al tiempo confirmo que, cuando se trata de símbolos, no existen casualidades.

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Un tiempo raro

December 19, 2020 Martha Robles
En pleno confinamiento en el centro de la CDMX. Foto de animalpolítico.com

En pleno confinamiento en el centro de la CDMX. Foto de animalpolítico.com

Con mascarilla, la cara se volvió rendija para sobrevivir sin movernos por el mundo. De marzo en adelante las ciudades se convirtieron en focos de contagio y las casas –grandes, pequeñas, inhóspitas o gratas- en refugios para, supuestamente, protegernos del virus adueñado del planeta. Ventana afuera, al menos en principio, las calles exhibieron un paisaje atípico, sin el run run de los transportes, sin voces, sin sirenas ni ruido de fierros y  motores. Como las vidas de los otros, también se enrarecieron las palabras. Sin dejar de pensar en lo que los espejos fueran para Borges, cualquier reflejo se hizo abominable. No más chismes ensanchando los lenguajes porque así como evitamos el contacto de los cuerpos y los trabajos presenciales, las letras también se encerraron en los libros. De la noche a la mañana y al menos para algunos, las páginas recobraron importancia.

Cada mañana exploro lo distinto en textos para no ceder al sopor expansivo de la murria. Si no asoma el síndrome de Bartleby, el Quijote delirante halla sitio entre los cuentos árabes; así surgen nuevos nombres, ideas y reflexiones sociológicas.  De no ser por los afectos perdidos, por los duelos a distancia y la cantidad de referencias que me espetan lo contrario, creería que los relojes se pararon y que quedamos atrapados en el muy borgeano “letargo infinito”. Tuvimos que llenar las horas con música, poesía y recetas de cocina. Recluidos, el tedio no tardó en manifestarse. La tv resultó repetitiva y el Zoom se hizo indispensable. La vastedad de google confrontó el vicio infame de consultarlo todo y, a querer o no, mientras nos resistimos a limpiar armarios o a depender de las escobas, por fin cedimos a una cabal incertidumbre.

Pronto la gente, por montones, se cansó y volvió a salir como si nada, como si el bicho no existiera. Los meses y las noticias transcurrieron con evidencias agravadas de lo que es vivir en países atrasados. Asolados por la crueldad de los hechos y una pésima administración, tuvimos que aplicar las propias normas y confiar en el juicio no de los políticos, sino de los mejor capacitados. El gobierno no se sustrajo del vicio de mentir para abonarse adeptos y, aun en lo más apretado de la crisis, el mismo Presidente se ha atrevido a asegurar que no empeora la pandemia, que “la curva” desciende y “el pueblo bueno” es feliz. Como en los cuentos negros, los peores no solo han dado rienda suelta a sus instintos, también han multiplicado los infiernos familiares.

Se perdió la cuenta de los feminicidios, así como de asesinatos cada vez más pavorosos, asaltos, robo de personas y crímenes a cargo de narcos, sicarios o parientes golpeadores. Ante el cúmulo de exigencias y denuncias, además se omitieron cifras de niños maltratados, ancianos desamparados y enfermos de cáncer sin acceso a medicinas.  Ante panorama tan brutal, el gobierno decidió negar el lado oscuro de lo real. Mientras tanto, los confinados nos balanceamos entre la espera y la esperanza, sin que por ello existan para nadie garantías de nada.

 El dramatismo pierde eficacia en una cultura que juega con la muerte desde tiempos ancestrales; y cuando no juega, le rinde culto o se pliega al prejuicio de que “la vida no vale nada”. Eso explica la naturalidad con que la mayoría desafía los riesgos. Cuando durante años los asesinados se han acumulado por decenas o cientos de miles sin tener siquiera el registro de sus nombres, la cuenta de caídos por Covid y la subsecuente deficiencia de recursos dejan de ser intimidantes para quienes se creen inmortales. Por eso “el pueblo bueno y sabio”, como lo califica el Presidente, no solo no acepta el confinamiento ni el uso de mascarillas y medidas sanitarias, sino que se aglomera en tiempo de posadas en plazas, mercados y en cualquier espacio frecuentado por la Parca.

Ya se sabe que esta es una cultura que tiene por patrona a la Calaca y que, a la par de la Guadalupana, la Santa Muerte es acreedora de devociones peculiares. Se puede suponer que la popularidad del Mandatario se debe a que él mismo –representante de quienes descreen del saber y la razón- se burla de las advertencias de los médicos, de la sensatez, de la democracia y de su deber de garantizar el bienestar de los gobernados. Así queda claro que, en tiempo tan raro, cada uno es responsable de su descuido o su cuidado, de su contagio y de curarse o morirse como pueda o “como le toque”.

Con tantos muertos y enfermos, trabajadores a la baja, negocios en quiebra, mascotas abandonadas, deserciones escolares, fracasos educativos y robos, muchos robos directos y mediante delitos digitales, se prefirió mirar para otro lado. Ya no sabemos qué es lo peor: si las deficiencias generales de la sociedad o el cúmulo de funcionarios ineptos en el momento más inadecuado. Saturados, sin medicamentos, sin personal sanitario ni equipos suficientes, en los hospitales se hacen cotidianas las escenas dantescas, especialmente cuando por falta de espacio o de recursos, los enfermos mueren en la calle o en sus coches porque no hay manera de ser atendidos. Y no se diga de lo que cobran los privados, pues no sueltan al difunto ni al convaleciente hasta corroborar que se ha despellejado por completo a los parientes. Aun así, la marca del atraso acumulado encuentra modo de exhibir sus miserias a la hora de las catástrofes, sin descontar inundaciones y otros daños provocados por el cambio climático.

Quizá no funciona en el aquí y ahora de México la vieja creencia de que las crisis anteceden a las grandes decisiones. Si se antoja terriblemente dramático escucharlo decir que la pandemia le cayó al Presidente “como anillo al dedo”, ya no resulta inaudito. No ha faltado la opinión de su esposa, quien agregó al todo está bien y demás sandeces que los que tienen que morir se mueren. En suma, todo ha sido muy raro en estos meses con principio y sin fin. Lo innegable es que son incontables los enfermos y que no hay camas, medicamentos ni hospitales suficientes.  

Como ratones asustados, la gente tuvo que esconderse y estar consigo misma: “soledad insoportable”, se repite, mientras que el wi fi y las pantallas demuestran que ni aulas ni espacios de trabajo ni prácticamente nada de lo que se tenía por insustituible eran en verdad indispensables. Pasada la novedad de los primeros días, las semanas se alargaron de más en los países pobres.  Quietos hasta lo posible, advertimos que el virus fatídico también ha creado nuevos lenguaje y distintas maneras de estar y relacionarse o no estar y dejar de relacionarse. Nos impuso otras rutinas y nos obligó a reparar en múltiples vicisitudes ya probadas por nuestros ancestros, sin descontar las consecuencias de las migraciones, las plagas, las hambrunas ni las guerras.

Obligados por añadidura a meditar el trasfondo del símbolo del burka, estamos aprendiendo a vivir con los ojos bien abiertos para mirar y ser mirados, aunque sea al través de la rendija. Descubro así que todo es paradójico: si la máscara ancestral ha ocultado nuestro verdadero rostro, por las mascarilla hemos descubierto el yo verdadero y el alma de las cosas. ¿Será este bicho el que además de todo lo demás, nos enseñe de una vez por todas a dejar de temerle a la verdad? Lo único cierto, hasta ahora, es que todo este tiempo es raro, muy raro.

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Meditación sobre la tristeza de nuestros días

December 9, 2020 Martha Robles
Muerte en Samarra

Muerte en Samarra

La pandemia nos impuso una relación extraña con la enfermedad, con los otros, con los cuerpos, con nuestro carácter y la manera de pensar o no pensar, de reaccionar y hasta de movernos, mantenernos quietos y comer o no comer. Alteró, además, la idea del tiempo y extrajo del pensamiento mítico la figura de la Muerte, con todos sus atavíos. De pronto cobró actualidad la imagen de la espada de Damocles que, atada a un solo pelo de la crin de caballo, se balancea peligrosamente sobre nuestras cabezas.

Confinados en un extraño estado del que todo ignorábamos y para el que solo los sabios están preparados, la mayoría sacó lo mejor o lo peor de sí.  A fuerza de sumarse, los días se volvieron espejo del declive amenazante que, en todos los flancos, comenzó a multiplicarse. Los violentos se escudaron en la adversidad para dar rienda suelta a sus demonios, los abusivos afilaron garras y colmillos porque mansos, autoridades y conformistas no reaccionaron a los cambios y los depresivos hallaron excusas para sumirse en el lado oscuro, en la melancolía, en la murria o en lo que se llamaba acidia en el Medievo. 

Observo a mi alrededor y confirmo que la situación es poco propicia para que los virtuosos asomen la cabeza. Con auxilio de estrategos diestros, ellos podrían contrarrestar la revoltura de desánimo, enojo, infecundidad, frustración, desesperanza y triunfo de los oportunistas que  nos invade. Es sin embargo tan escasa nuestra producción local de sabiduría como pobre la receptividad de la mayoría para aprovecharla o siquiera valorarla. En suma, que en estos meses eternos se nos metió la tristeza al cuerpo. Se agravó la melancolía porque no existen elementos para creer que puedan mejorar la expectativas. Es innegable que la desesperanza ya afecta nuestros modos de ser y de estar, al grado de creer que nos aguarda aún algo peor: el inminente triunfo del totalitarismo tan temido.

 Nunca estuvo tan a flor de piel el sentimiento de fragilidad. Cambiaron las costumbres, las distracciones, las rutinas y los duelos porque un virus nos forzó a deslindar lo fundamental de lo secundario, justo en pleno dominio de uno de los gobiernos menos confiables. Esto nos obligó a ser otros sin dejar de ser los mismos. También nos  empobreció y nos enseñó que era ilusorio lo que teníamos por sentado. La Muerte recobró su condición de inmensa sombra y, como en el remoto pasado, su presencia se encaramó a la supremacía de los dioses.  En mi caso, acudo a la literatura para sobrellevar  lo inexorable porque la de la guadaña se presenta donde y cuando menos la esperamos. Lo ilustra a la perfección “La Muerte en Samarcanda”, antiguo cuento persa que sigue inspirando a autores de todas las culturas. El asunto invita a pensar en la fatalidad del criado que, tras comprar provisiones en el mercado, regresa desencajado ante su amo, con la canasta medio vacía.  Empavorecido, le dice que una mujer se adelantó entre la multitud para hacerle gestos que lo dejaron sin aliento. “Cuando me volví vi que era la Muerte que me llamaba”.

-Amo –agregó sin contener la angustia-, quiero que me prestes tu caballo para irme a Samarra. Allí la Muerte no me encontrará.

A sabiendas de que nadie escapa a su destino, el amo le prestó su caballo y, sin tardanza, el esclavo salió huyendo a todo galope. Cuando el mercader regresó al bazar a vender sus tapetes divisó a la Muerte. Era la única mujer que no se perdía entre la multitud, aunque su presencia no le pareció intimidante.  Convencido de que no era su hora, le preguntó: “¿Por qué amenazaste a mi criado esta mañana?” “No, no lo amenacé –respondió. Más bien me asombró verlo aquí porque tengo una cita con él esta noche en Samarra”.

La fatalidad ha sido uno de los grandes temas no solo de las letras, también de la filosofía y las religiones. La frecuentan autores tan alejados entre sí como Po, Oscar Wilde, Kafka, Hemingway, García Lorca, Cortázar, Yourcenar o García Márquez.  El verdadero escritor sabe que no importa cómo, en dónde y cuándo nos aguarda la Muerte porque, hágase lo que se haga, el encuentro habrá de cumplirse. Es lo que griegos y persas remotos  consideraban inapelable o determinación del destino. Sea en Las bodas de sangre, Cita en Samarra, La muerte en Bagdag o en la brevedad de “La Muerte” de Somerset Maugham, la reflexión sobre el acto que sella la vida puede contarse de maneras mágicas, realistas, simbólicas e inclusive poéticas, pero como se ponga, la Muerte es lo ineludible. Lo que merece una consideración, sin embargo, es si en circunstancia como la que estamos padeciendo vale suponer que el destino no nos deja alternativas o si, por acaso, de veras los hombres podemos y debemos enmendarle la plana a lo que nos parece difícil de soportar.

A diferencia de la historia, la inflexibilidad del destino tiene su perfecta correspondencia con la visión trágica de la vida:  de antemano se sabe, porque se ha profetizado, que al héroe le ocurrirá una desgracia inmerecida,  algo tremendo e inevitable, difícil de resistir. Freud se valió de está dinámica justamente porque durante el cambio de fortuna hacia lo nefasto interviene un fallo, algún descuido o el error cometido por el propio personaje, inclusive sin mala intención. En tal fisura fundó su teoría del psicoanálisis.  A diferencia del móvil del inconsciente, los griegos creían en la realización inexorable de lo previsto y anunciado por los adivinos.  En casos como los de Edipo o Antígona, por ejemplo, no quedaba más que acatar el Mandato, sufrir la desesperación subsecuente y activar la cadena de desgracias que sobrevienen a la “decisión” del personaje trágico. Y es que, de todas maneras, estaba previsto que el drama ocurriera con yerro o sin él: algo similar, por cierto, a la idea cristiana de la voluntad divina y el libre albedrío, pues el Creador no ignora cuál será la decisión que nos lleva a perder o a salvarnos, pero igual “lo permite”.

Respecto de nosotros hoy o inclusive en los dramas de Shakespeare, podemos entender el sentido trágico como la torpeza que no calculamos en su momento, sino hasta sufrir las consecuencias.  El “mal paso”, la mala decisión, yerro o tropiezo nos llena de arrepentimiento a posteriori, cuando la idea del Destino cobra su total significación y, como los héroes, igual pedimos misericordia desde el fondo del alma. Solo entonces aceptamos nuestra incapacidad para componer la torcedura causada por nosotros mismos, para nuestra mayor desgracia. Ante la imposibilidad de evitar o siquiera modificar lo anunciado y el efecto de ese acto o elección equivocada, nos emparejamos con los desesperados de siempre: pedir misericordia y piedad a los dioses.

Aun estando lejos de sucesos portentosos y tramas tan simbólicas y representativas como las de Sófocles, Eurípides, Esquilo o más acá del invaluable Shakespeare,  nos ha tocado darnos cuenta de cómo funciona el movimiento trágico, enredado de manera inexorable a los juegos del destino. El Covid-19 nos ha metido en esa dinámica de los errores, de la confusión y los yerros que ponen en un primer plano nuestra tremenda vulnerabilidad. Edipo es el perfecto ejemplo de que el destino te aguarda a donde te muevas y hagas lo que hagas para evitarlo. Edipo, Casandra y qué decir de Antígona, la más moderna de los trágicos por su empeño en desafiar el Mandato. Nuestra realidad, por desgracia, no está abierta a la grandeza de los personajes griegos, sino más próxima a las pasiones, bajezas y conflictos genialmente logrados por Shakespeare.  Lo más terrible de esta tristeza que nos habita es que vemos que no hay previsión ni cierta solución razonable para contener el declive.

Aun en el pensamiento trágico es posible intervenir hasta cierto punto, cuando la humanidad hace uso de sus atributos para modificar o al menos conmover al mismo Padre del Cielo, como le ocurriera al muy desdichado Hércules. Nuestra racionalidad sirve, entre todo lo demás, para no facilitarle la tarea a la Parca, pero de cordura es una de las mayores carencias en nuestro medio. Esta verdad empeora la tristeza que nos habita porque, también frente al acecho del virus, tanto las acciones del gobierno como la tontería resignada de los gobernados convergen en el mismo yerro.  Ante lo prudente y lo desfavorable, ambos eligen lo nefasto.

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Página del diario. El virus del desasosiego

November 23, 2020 Martha Robles
genial.com

genial.com

La imaginación es un cruel verdugo: lanza preguntas sobre lo improbable y el tiempo que no es; nos hace añorar cosas, personas y situaciones que no existen y hasta atiza las emociones que más afligen por lo que suponemos que pudo ser. Por eso, mientras los publicistas se valen de la avidez del deseo para lucrar con la desgracia de no ser otro ni lograr lo improbable, los budistas atribuyen a la ilusión la causa del sufrimiento. No aceptar que lo que es como es desencadena un sinfín de padecimientos. 

Como Kafka a su manera, Pessoa me recuerda en su Libro del desasosiego los mediostonos del alma que, desde la raíz del absurdo,  nos hacen sufrir por lo incumplido, lo fantaseado y deseado… Todo lo que no es en sí adquiere forma, peso y sentido por el poder de lo figurado. Y nada parece más propicio al cansancio anticipado de los esfuerzos malogrados que esta prueba del destino que llaman confinamiento o aislamiento que puede o no serlo del todo, pero desde sus inicios tiene el carácter de una condena para abrazar la supervivencia. Entregada sin dramatismo a mi soledad, la sensación de ver cómo se suceden las noches y los días me recuerda el penar culpable de K que no sabe por qué ni de dónde le viene la “acusación” o causa de su tormento. Absurdo puro, pues, aunque no es la mentalidad culpable la que lastima la conciencia del confinado, sino el Covid del que poco o nada sabemos salvo que algo imperceptible está activando los sentimientos que más duelen durante una experiencia que nos sobrepasa, al término de la cual solo aparece la muerte.  

Con frecuencia me llegan quejas airadas por la obligada alteración de las costumbres.  Otros acusan síntomas de depresión o, de vez en vez, llegan noticias alarmantes sobre enfermos y muertos entre nuestros conocidos. Respecto de los sanos y salvos que se molestan por no hacer lo que hacían antes de la pandemia, en vano les digo que es propio de lo humano repetir y repetirse para no aceptar lo nuevo y mucho menos lo distinto. La capacidad de adaptación es tan valiosa y difícil como la respectiva de resistencia: guerras, hambrunas, presidios, conventos, etc., dan sobrada cuenta de ello. A la mayoría le disgusta que le saquen de su rutina, sin importar lo monótona y tediosa que ésta sea.

Me incomodan los llorones sin causa, los que no saben qué hacer ante los imponderables. Al caso tengo varias anécdotas.  Una, cuando sin deberla ni temerla, me quedé encerrada en un ascensor atascado con dos hombres. Por el desquiciado que iba conmigo, las dos horas de espera parecieron infinitas. Semejante a caja mortuoria, el estrecho elevador se detuvo ruidosamente de golpe y se quedó balanceándose, como colgado de un cable, entre el séptimo y el octavo pisos. Siguió un tirón  que nada más me permitió decir ¡qué barbaridad!  Además del escritor bastante mayorcito, reconocido bravucón, iracundo y de pleito pronto que dizque me acompañaba (“acompañar” es una presunción improbable), nos tocó en suerte un desconocido cuarentón oficinista que parecía entrenado en la obediencia.

Apoyada en un esquina, me mantuve en pie y en cuanto pude pulsé el timbre de emergencia, pero no había luz ni modo de salir.  Atorados entre pisos, la escena se fue haciendo  dantesca. El escritor perdía la calma por segundos. Enmudecido, el burócrata palidecía con sus manitas cruzadas. Tanto y con tanto riesgo se agitaba el bravucón acobardado que le ordené aquietarse porque estaba a punto de provocar una tragedia. Paralizado, el cuarentón me observaba suplicante, como si de mí dependiera la solución. No había aún teléfonos celulares ni modo de comunicarnos con nadie. Era obvio que teníamos que esperar a que los usuarios se dieran cuenta del desperfecto y llamaran a quien fuera. El problema es que el escritor “mayorcito” estaba completamente desquiciado, justo como los que, en situaciones críticas, desencadenan desgracias irremisibles. Imposible hacerle entrar en razón: manoteaba, gritaba, golpeaba la puerta, se agitaba, nos amenazaba… El burócrata, en cambio, más y peor se paralizaba. No tuve más remedio que darle un bofetón que me salió del alma para hacer reaccionar al apanicado mayorcito que ya se aprestaba a mandarnos a todos al mismísimo infierno. Sorprendido con el tremendo cachetón que le dejó huella varios días, el Fulano de tal, que ya me tenía harta, ante la sorpresa se sentó con la cara entre las manos y se dedicó a decir incoherencias mientras chillaba. En cuanto se movía sospechosamente y volvía a subir la voz le advertía que volvería a darle otra hostia si no se  aplacaba. Como sería de esperar, el ascensor estaba roto y nos rescataron manual y muy cuidadosamente dos o más horas después. Al cuarentón solo le conocí la voz al despedirse con un ¡Vaya hembra… mis respetos! Me reí durante semanas. En adelante, el escritor mayorcito, para encubrirse, solía hacerse el gracioso al decir, como en una oración: “Líbreme Dios de la cólera de los mansos”.

La cuestión es que, sin necesidad de agregados, la vida es dura para todos, pero los melindrosos esgrimen su disgusto ante cualquier cambio indeseado por no hallar qué hacer consigo mismos.  Las historias de quienes nos antecedieron no eran tan diversas ni sus quehaceres tan falsamente complicados.  No recuerdo que mi abuelo hablara del pasado; del futuro tampoco, ni se quejaba por no haber hecho esto o aquello.. Vivir al día y sin fantasías confesas era común en la provincia. La religiosidad ayudaba, quizá, a aceptar “lo que Dios dispusiera”. No era compleja la economía y la sociedad no estaba viciada por lo ilusorio e inalcanzable. Intolerante en lo esencial, mi padre en cambio añoraba una juventud idílica y abominaba del presente, aunque sin referirse jamás al porvenir. Se imaginaba campeón del donjuanismo, emprendedor en política y un deportista consumado. Entre la voz del abuelo plantado en su tiempo, el padre inconforme con su destino y los coetáneos que sin memoria ni capacidad para gobernar su presente no consiguen adueñarse de su días confirmo, en el silencio de mi soledad, que la sabiduría del desapego es lo que en verdad funciona para evitar frustraciones  y seguir adelante con lo que hay, no con lo que nos imaginamos que es o que puede ser.

El confinamiento, por consiguiente, es la gran lección que necesitábamos para entender que no dominamos nada ni controlamos a nadie y mucho menos debemos estar supeditados a fantasías y falsas expectativas. Solo podemos mitigar el sufrimiento evitable y aceptar que lo que es es como es, aunque a veces, muy a veces, podamos influir, si no para mejorar, al menos para que no sea peor lo que es a nuestro pesar, como me ocurriera en aquel ascensor.  

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José Revueltas, peldaño de la denuncia*

November 14, 2020 Martha Robles
terceravia.mx

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Pasó el tiempo en que las letras tuvieron impacto social. No entre todos ni todo el tiempo, solo entre la población intelectualmente activa. Sin esta contribución hubieran sido imposibles la cultura de la denuncia y la nueva narrativa. En ese aspecto, José Revueltas fue un grito contra el autoritarismo concentrado en combatir derechos y libertades. Él, con valentía, desenmascaró la ferocidad contra disidentes y expresiones contrarias a intereses dominantes.  Ante el poder de acallar, someter y reducir hasta  extirpar la dignidad, fue de los pocos “mártires” que convirtió en literatura su lucha por la justicia.

El apogeo de la denuncia coincidió con dictaduras y gobiernos espurios. Además del analfabetismo y la miseria con ignorancia, los obstáculos editoriales y geográficos eran absolutos, equivalentes a los prejuicios y la censura política y religiosa. Los escritores mal vivían de “trabajos alimentarios”. Condenados a la precariedad, también los periodistas se amañaban para burlar la paga ínfima y la nula libertad de expresión. Discrepar significaba persecución, encarcelamiento o el mexicanísimo “ninguneo” o muerte civil. Al peor de los casos se reservaba el exilio, la desaparición, la tortura o la muerte.  Ante el apogeo internacional de las izquierdas,  las luchas contra autoritarismos y totalitarismos se concentraron en demandas obreras, campesinas y  estudiantiles. Lo más radical, sin embargo, estaría encabezado por líderes sindicales como Demetrio Vallejo y Valentín Campa quienes, entre 1958 y 1959, fueron perseguidos y encarcelados durante años o décadas por exigir mejoras salariales y mínimos derechos para sus agremiados.

Pocos escritores, como Revueltas, fusionaron letras y activismo político. A los 15 de edad comenzó a pagar el precio de su discrepancia en las Islas Marías, la legendaria cárcel de alta seguridad, donde compartió infortunio con los primeros militantes trotskistas. Su combatividad lo convirtió en asiduo de presidios inmundos. Revolucionario “a su manera”, dogmático y empecinado desde fines de los años veinte, tras unos quince de militancia fue expulsado la primera de dos veces del Partido Comunista Mexicano, en 1943, por criticar su burocratización y denunciar errores, como la archiconocida intolerancia de dirigentes y correligionarios. Imprescindible para entender la ideología que dividiría al siglo XX, Ensayo de un proletariado sin cabeza, publicado en 1962 y seguido, dos años después, de su novela Los errores, continúan siendo las denuncias mexicanas más valientes contra el furor estalinista que también alcanzó a nuestra tierra. A partir de entonces, solo se llamaría “de izquierda” la facción no comunista, aunque también ideologizada e intolerante de los otrora comunistas pro soviéticos.

Por los vasos comunicantes entre la utopía comunista y la literatura entre los aún jóvenes miembros del Boom, hay mucho que desentrañar si es que deseamos entender por qué a partir de la caída del muro de Berlín, en 1989, y con total claridad durante el siglo XXI, la defensa de los derechos humanos desplazó al imperio de la denuncia. Los antecedentes son importantes: el infatigable y terco Revueltas, tras ser expulsado del PCM, fundó la Liga espartaquista de filiación bolchevique. Adoptó los cerrados lineamientos marxista-revolucionarios establecidos al término de la Primera Guerra Mundial, en Alemania, por sus principales fundadores: Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Ante cambios del socialismo no se atrevió a reblandecer sus posturas, pero tuvo que aceptar la imposibilidad de ser escritor con autonomía moral y miembro disciplinado de cualquier partido.

Por su conflictiva desobediencia también sería expulsado del Partido Popular Socialista de Lombardo Toledano. Eje de su biografía y sello de su obra, nunca pudo resolver la empecinada contradicción de desear ser correligionario comunista y pensador en libertad. En ese aspecto también fue singular, pues puso en evidencia los contrapuntos entre la psicología o sometimiento del afiliado y la imprescindible independencia del escritor que, para serlo en verdad, requiere un mundo y una voz propia. Asimismo, tal dilema sitúa al lector en una postura sin salida, como si la obra estuviera rasgada por el activista o quizá a su vida en las letras le hubiera faltado  síntesis y/o rumbo propio; es decir, durante su trayectoria atormentada, Revueltas no pudo avanzar como escritor activista ni ejercer su radicalismo desde su condición de escritor templado por la libertad. De hecho, la totalidad de su literatura está supeditada a la ideología. Por analogía, cabe recordar que cuando Neruda se atrevió con una poesía “comunista”, el resultado fueron sus peores creaciones: un horror del que ni él mismo hubiera querido acordarse.

Discurrió la “Autogestión académica” como  respuesta pedagógica al ostensible fracaso educativo a cargo del Estado. Como Revueltas, autodidactas también fueron Juan Rulfo y Juan José Arreola quienes, enemigos de fanatismos e ideologías, cultivaron la literatura por la literatura misma: uno de los caminos y el más solitario, que tras de la tormenta cubana y de haberse probado en escalas de la izquierda, irían eligiendo la mayoría de los protagonistas del Boom. Recordemos que García Márquez, Cortázar, Onetti, Roa Bastos, Fuentes y Vargas Llosa formaron parte de la vertiente ideologizada que tendría en Revueltas un antecedente importante. No obstante y a pesar de que por su radicalismo exacerbado y sus experiencias carcelarias en nada podría equipararse el autor de El apando, Los Muros de agua, Dios en la tierra o Los días terrenales con estos escritores privilegiados, esta generación dejaría en claro que  se pueden tener inclinaciones o simpatías de izquierda, pero la atadura doctrinaria es absolutamente inconciliable con la autonomía del creador.

Siempre aparte, inquietante e incómodo por su intransigencia, inclusive en el ámbito universitario José Revueltas hizo de su mala e incendiaria prosa una daga para rasgar la mentira del régimen totalitario. No revolucionó el lenguaje, a pesar de que, entre autobiografía y denuncia, creó su vertiente en las letras de la hora. Sus novelas, guiones cinematográficos, conferencias y clases en la Universidad compartieron un tono al rojo que, al tiempo, haría más comprensible la lectura del escritor ruso Alexander Solzhenitsyn, autor de Archipiélago Gulag, porque uno y otro, desde sus circunstancias respectivas, iban realizando el gran testimonio de la brutalidad a cargo del Estado.

Siempre será José Revueltas un precursor del cambio. En la historia de la cultura Latinoamérica aparecerá su nombre como el escritor de izquierda radical,  solitario y acosado –como sus hermanos geniales- por el demonio del  alcohol, marginado de beneficios académicos o intelectuales y condenado al ostracismo. Paradójicamente y como un acto característico de nuestra realidad kafkiana, su cuerpo sería trasladado a la Rotonda de los Hombres (ahora Personas) Ilustres, cinco años después de su fallecimiento, ocurrido a los 61 de edad, en abril de 1976. Convertir oficialmente en “ilustre” al hombre y la memoria perseguida de uno de los más infatigables impugnadores del Estado que lo consagra, no es extraño en tierra de populistas y “ogros filantrópicos”. De hecho, este episodio pone en evidencia el absurdo característico de la historia mexicana del poder. Escritores comunistas hubo en abundancia en la Hispanoamérica del siglo XX -Pablo Neruda o Alejo Carpentier-, pero quizás fuera Revueltas el último y más emblemático modelo de radicalismo duro, “un rojo” que murió sin ceder ni conceder.

Salvo en Cuba y desde México hasta Argentina se fueron debilitando los partidos comunistas. Legalizados, acabarían absorbidos en facciones de la “izquierda unificada”. Las simpatías de quienes rechazaban tanto el radicalismo de una post estalinización como “los intereses burgueses”, encontraron rumbo en una izquierda no comunista. “Izquierda” que no solo no es una ni “roja”; tampoco de izquierda,  porque aglutina discrepancias y trepadores. Por tal fisura los huérfanos del radicalismo accederían al populismo ascendente de nuestros días. De este modo, “la izquierda” evolucionó no como ortodoxia marxista, sino hacia el enredo de mesianismo antiimperialista y anticapitalista o “contra el neoliberalismo” y de espaldas a “los conservadores”, que son “los otros” (¿?).

En tanto y la política no abandonó su curso heterogéneo e interesado, lo que entre escritores comenzó en denuncia derivó en literatura. Así son los juegos del azar. La paradoja es que no se reconociera a escritores activistas, como José Revueltas y Elí de Gortari, como pioneros marginados de la “nueva conciencia” atribuida al efecto Boom. Cuando se escriba este capítulo de la historia moderna se confirmará cuán decisivas fueron sus respectivas obras, ideas y ejercicios docentes en la formación de un sentimiento latinoamericanista, al que contribuyó, hasta su muerte, el filósofo Leopoldo Zea: primer “latinoamericanista” señalado como tal, quizá desde los años cincuenta. A la fecha suele repetirse que “la nueva conciencia latinoamericana” se debe a los narradores vinculados al “estallido”: es probable que esta falacia provenga de la propaganda editorial y que, como lo demás en la historia, se de por hecho porque, de tanto repetirlo, ya todos lo creen. Lo cierto es que sin el peldaño de la denuncia no habrían atinado con voz propia las siguientes generaciones de escritores en nuestra América.

Lo innegable es el agónico o grisáceo estado de nuestra literatura, después de que, durante décadas, las voces de nuestros antecesores fueran incendiarias.  Sus letras, inmersas en un torneo de hallazgos y agudezas, espejeaban el apremiante deseo de cambio, un impulso por ir más allá, hacia lo que supuestamente aguardaba un tiempo de derechos y libertades, ajeno al pasado tormentoso que teñía sus historias. Pienso en Octavio Paz y  su capacidad de ver más allá al titular Tiempo nublado, uno de los libros/cifra para entender los galimatías de nuestro tiempo. ¿Tiempo nublado? Mejor me vienen a la memoria versos de La canción de la vida profunda de Porfirio Barba Jacob:

(…) Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,

como la entraña obscura de obscuro pedernal;

 

la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,

en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal (…)

 

*Fragmento de mi libro inédito Voces de su tiempo.

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De mis diarios. Entre toros y Covid-19

October 29, 2020 Martha Robles
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Las crisis sacan lo peor y lo mejor de las personas. Mientras que los dotados aciertan con remedios o innovaciones, los ineptos multiplican geométricamente los yerros. El Covid no entiende de moral; tampoco sabe nada de  populismo ni tiene ideología: su naturaleza es letal y su presencia un desafío arbitrario que en el peor de los casos, previa agonía espantosa, conduce a la muerte. Lo suyo es acometer y atacar; lo nuestro, impedirlo hasta lo posible. Hasta ahora y a falta de alternativas para aniquilarlo, el cubrebocas es la armadura frente al temido contagio. Dada a discurrir por observación, asociación e inferencia, advierto que las noticias sobre los enfermos coinciden en que les faltó precaución y dos condiciones indispensables: argucia y prudencia, justo lo que los toreros requieren al jugarse la vida contra el instinto animal. En este combate se extreman las estratagemas para sortear, prevenir y/o contener el peligro o el problema se complica hasta límites incalculables. Lo que no se puede ni debe hacer  es disimular su gravedad haciéndose el chulo con gestecillos, comentarios y actitudes imbéciles, como con lujo de cinismo ha hecho  durante meses López Obrador.

En un medio agreste como el mexicano, la actitud del Presidente y su cohorte de zoquetes fue de chanza y/o dejar a su aire el Covid, hasta que la verdad los rebasó. De golpe quedó en claro que, costosísima e insuficiente, tanto la la medicina privada como la pública están por debajo de la potencia del virus. A pesar de que la mentira en política es el nervio del poder, hay circunstancias en que, por su trascendencia, resultan indispensables tanto la sinceridad del gobernante como la confianza de los gobernados. Empero, en vez de valorar la decencia y la vida misma en abono de su credibilidad, el Mandatario eligió insultar, degradar, burlarse, dividir y exhibir el poco o nulo aprecio que siente por la cultura, el conocimiento y muy especialmente por la razón educada.  

Ante evidencias irrefutables, nadie en su sano juicio podrá negar que el caos que provocó –con muertes evitables subsecuentes- demostró la ineptitud de su administración en casi todos los frentes: políticas públicas, salud, educación, justicia, legislación, sector agrícola, obra pública, energías limpias, feminicidios, narcotráfico, medicamentos, industria, desaparición de personas, desempleo, etc. Sin embargo y sobre el cúmulo de errores que han hecho retroceder décadas y décadas al país, haber banalizado la pandemia en vez de apurarse con medidas precautorias es de una inmoralidad imperdonable.  Tuvieron que descontrolarse el número de enfermos y de muertos para que el engendro llamado 4T se diera cuenta del rebote económico, político, social y psicológico de ésta, la peor organización sanitaria del México contemporáneo. Inmersos en un panorama dantesco, los mexicanos perdimos rumbo, esperanza y  seguridad a cambio de vivir con miedo, incertidumbre, sin dinero, frustrados y con un obvio repudio al modo de gobernarnos.

Consecuente con su inocultable desprecio al saber, el Presidente desoyó a los científicos. Soberbio, dejó a su suerte una enfermedad gravísima, cuya política de prevención debió someterse a un solo amo desde sus indicios: la cordura. Las consecuencias, a casi ocho meses de andar payaseando,  solo benefician a los especuladores que se enriquecen a costa del dolor ajeno, como la medicina privada, los funerales, la venta a domicilio y lo relacionado con los seguros y los servicios básicos y asistenciales.

 Por alguna extraña asociación con el casi infinito confinamiento pensé en el clásico matador Juan Belmonte, “el pasmo de Triana”, cuyos hallazgos aún se repiten como lugares comunes.  Fue él quien destruyó el multicitado “axioma “lagartijo”, vigente hasta las primeras décadas del siglo pasado: Tú te pones allí. O te quitas tú o te quita el toro. Infaltable en artículos de y sobre España, además de volverlo personaje en cuando menos un par de novelas, Hemingway le profesó a Belmonte una gran admiración. Contemporáneo de Joselito y de Rodolfo Gaona, el “pasmo de Triana” creó el “moderno arte de torear”. Demostró que el arte consiste en meterse al ruedo y ponerse cara a cara con la bestia. Una vez allí, ni te quitas tú ni te quita el toro porque el torero es el único ser inteligente en la arena. Ése –entender que significa ser el único inteligente en la arena- es el quid, por analogía, para lidiar inclusive con un bicho que, como el toro, no tiene terreno, no piensa ni cuenta con indicaciones para calcular sus demarcaciones, pero ataca de manera irremisible, especialmente cuando encerrado; por consiguiente, todo debe quedar a cargo del que piensa. De ahí que se requiera talento para no exponerse ni convertirse en víctima.

Ensalzado en biografías, anécdotas, relatos y películas, Belmonte decía que entraba en el ruedo “como un matemático que va a la pizarra para probar un teorema.” Si eso hiciéramos con las políticas sanitarias y las medidas de prevención (actuar como un matemático), la crisis no sería tan dramáticamente expansiva y descontrolada ni el temible Covid se habría adueñado de nuestras vidas.  Para quienes todo ignoramos del mundo del toro, no es en absoluto difícil entender el hallazgo del matador: no te quita el toro si sabes cómo torear. Al caso cabe recordar que el arte de gobernar también tiene su ciencia y su recompensa.

La cautela corre por nuestra cuenta, a pesar de que, como se sabe de sobra, la vida es riesgo. Más aún si tenemos en cuenta que el Covid es, además de todo, un empecinado reproductor de daños colaterales: acaba con los ahorros familiares, exhibe las deficiencias individuales y del sector público, enriquece a los especuladores, multiplica el desempleo, agrava la economía,  desencadena toda una gama de enfermedades mentales, empeora las perturbaciones psicológicas y sociales y en todas sus manifestaciones pone a prueba la capacidad y los recursos del Estado. 

Para rematar las desgracias, no es infrecuente enterarnos de que tal o cual maestro, escritor, actor o miembro de la comunidad cultural carece de recursos para cubrir los tremendos gastos de la enfermedad. Puestos en la necesidad de pedir ayuda económica mediante las redes sociales, esta pandemia está mostrado el verdadero rostro del mexicano. Me refiero al ancestralmente escondido bajo las máscaras para pretender parecer lo que no es. Exhibidos todos en nuestra precisa desnudez, con nuestras carencias, prejuicios y debilidades; y también con atributos donde los hay, quiero creer que de esta tremenda experiencia que desconoció diferencias y privilegios, al menos aprenderemos a vivir con algo más de sinceridad, raciocinio y prudencia. Vivir con menos apego a la simulación, a los prejuicios y a las apariencias que tanto y tan largamente nos han impedido crear un país adelantado y digno.

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Página del diario. Alfabetos soñados

October 10, 2020 Martha Robles
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Reales o imaginarios, a los alfabetos les gusta pillarme dormida. Una de las compensaciones del insomne es la costumbre de soñar durante la brevedad del sosiego. Por añadidura, recordar el fugaz relato del maldurmiente nos hace partícipes del privilegio de unos cuantos “despiertos”, tocados por el dedo de Dios: vivir con los ojos abiertos y el corazón atento a la revelación del misterio. Esta invaluable disposición del Destino nos permite acceder a los lados menos visibles del ser; del ser sin estar.

Ver lo oculto en el revés de lo aparente fue proeza de héroes como Perseo, vencedor de la Medusa que no conoció de frente, sino únicamente por su reflejo, lo que no hizo menos portentoso su triunfo sobre la insignia del Miedo.  Así Moisés, que en el momento decisivo percibió la libertad en la ruta imposible de las aguas separadas; y al ver lo que solo a él estaba dado emitió la Palabra para hacerse seguir por los hebreos hacia la Tierra prometida.  Solo un Dante soñador pudo vislumbrar al detalle el acontecer  de la vida después de la vida.  Al ver lo ignoto pudo nombrarlo. Y qué decir de las aventuras nocturnas de un Kafka que trasladó a la ficción la verdad más intimidante de todas: trasmutar en cucaracha. Más próximo a nuestras horas convulsas, está el Borges creador de argucias tan insondables como las del espejo y su laberinto infinito. Figuraciones como la memoria de Funes  y el símbolo de “El golem” trascienden el modus operandi del texto que subyace en las escrituras ignotas del alma.  Al hacer visible lo invisible, Borges dijo en unas cuantas líneas “que el golem es al rabino que lo creó, lo que el hombre es a Dios; y es también, lo que el poema es al poeta”. Así pues, regresamos al paisaje del principio, donde Dios juega a los dados y lanza vocablos como promesa, gracia o advenimiento del Verbo.

No es que haya mejores o peores exploraciones oníricas, es que a quienes nos toca lo que nos toca se manifiesta de maneras e intensidades intransferibles. Me gusta pensar que si puedo pasear por los entresijos de los vocablos, siquiera estando dormida, es porque algo, alguien o cierta potencia indescifrable me ha puesto en la antesala del Verbo, donde esperan ser vistas grafías que pueden serlo pero no son palabras, todavía.

Nunca mejor expresado por el poeta Jabés, lo mío consiste en vivir la escritura como “la dificultad de respirar al ritmo del libro”. El ritmo comienza al entrever caracteres que piden ser descifrados. Lo supe desde que a la remota infancia poblada de hermanos llegaron a casa  cubos de madera con letras labradas. Imagino que entonces hubo una noche en que descubrí que mi lugar era el de la Palabra: nada que me espantara, pues gracias a los dados los primeros vocablos adquirieron  forma y sentido.  Lo supe o supuse porque en esos días el insomnio temprano comenzó a separar el misterioso lenguaje de la noche del ruido ajeno que enturbiaba mi vigilia. Como sea, transitar como el pájaro que se cuela por la ventana por esos complicados espacios del durmiente me convirtió en la vitalicia devota del lenguaje que soy y del enigma que nutre mi vocabulario desde el universo del libro.

Afincado en sabe cuáles honduras del subconsciente, hay un sueño al que le gusta reaparecer cuando más entregada estoy al silencio.  Me inclino a creer que el mensaje indica que encierra tantos sentidos cuantas lecturas puedan hacerse de algo cifrado: un santuario de todos los alfabetos reales, perdidos e imaginarios, sin excepción esculpidos en lápidas monumentales. Separadas entre sí, las lozas están colocadas con la obvia intención de exhibir los fundamentos de la escritura. En ellas destacan la raíz de la letra y su evolución silábica. Blanco sobre blanco, el signo, cada signo, está tan laboriosamente tallado que me paro a admirarlo como si dominara el arte de la traducción. Antiguos y nuevos, de preferencia desconocidos, aun estando dormida o acaso en tránsito hacia la duermevela me digo que el sagrario de todos los alfabetos tiene algún parentesco con el Panteón romano. Inclusive agrego que el mismo Adriano no podría haber ideado un templo más adecuado para resguardar el testimonio de lo humano por excelencia: su palabra y, con ella, el prodigio del lenguaje.

Eso es lo fascinante de recordar algo tan fugaz como un sueño: re-cordar o capturar desde el corazón un mensaje expuesto al olvido. Antes siquiera de abrir los ojos procuro “rescatar” la palabra para que su “relato” no se vaya con la primera espantada del cuerpo. Inmóvil aún, busco la última imagen para desenredar el ovillo que con frecuencia se niega a mostrar lo que más desearía saber: “¿qué sigue, qué sigue?”   Como en susurro repito que por algo la voz latina recordari formada de re, otra vez, y cordis, corazón, no indica otra cosa que “volver a pasar por el corazón” o rescatar algo que estaba en el corazón.  Al despertar nunca dejo de considerar que antes, mucho antes de ser una de las voces más hermosas de nuestro idioma,  Platón ya proclamaba que conocer es recordar. Así que me distraigo creyendo que el alma sería la página donde todo está escrito y que mi memoria encaramada al sueño atrae el saber alojado en mi corazón. A fin de cuentas, esta visión nocturna que subyace en a saber cuáles depósitos inescrutables se empeña en mostrar un enigma que no soy capaz de aclarar.

Pienso en lo fascinante que es creer con Edmond Jabès –poeta del vocablo y del libro detrás del libro-, que la esperanza es la siguiente página: lo desconocido por venir. En ese grandioso misterio de lo no dicho y del silencio que antecede a la gracia de la escritura, aguardan el hombre y su vocablo, el pasado y el instante de la creación. Entonces aparece la voz de Paz para re-cordar en “El fuego de cada día” que…

Su lenguaje es un grano apenas,

Pero quemante,

                        En la palma del espacio.

Sueño inclusive el reverso del sueño. Ausculto el relámpago y el tiempo. Persigo enigmas de la voz, de la vida, de la memoria y de la muerte. Durmiendo inscribo historias exentas de vigilia: allí las vivo, las junto o las rescato del olvido. Con ellas vislumbro páginas tendidas como vados, sombras, letras o calendarios. La fugacidad y lo perecedero, todo concurre ahí, en el territorio nocturno donde se consagran fábulas y mitos. Imposible olvidar el más hermoso mensaje de los Salmos:

Lámpara de luz es tu palabra…

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1968: memoria imperfecta

October 1, 2020 Martha Robles
Proceso, fotoarchivo en internet

Proceso, fotoarchivo en internet

1968 fue el rayo. Dejó una cicatriz al rojo que continúa quemando con solo evocar sus ascuas. Comenzó con una llovizna helada. Concluyó con dolor. No hubo día parecido al anterior ni lógica en el acontecer a veces ondulado, a veces en punta. Los meses pasaron de prisa. Todo era intimidante e incierto alrededor de las que serían exposiciones deslumbrantes antes, durante y después de los Juegos Olímpicos, incluida la del cohete que viajó a la Luna. Desde el año anterior, la actividad cultural bajo la rectoría de Javier Barros Sierra era una fiesta: teatro, cine, conciertos, conferencias, poesía en voz alta, programas de radio.... Hacia la tarde-noche se improvisaban tertulias en cafés de la Zona Rosa o en casas que exhalaban un repugnante tufo a marihuana, sobaco, pies sucios y semen. El año escolar se perdió. Las conversaciones eran vivísimas: mezcla de política y letras, desparpajo, fantasías de cineastas y pintores de café. Algunos no alcanzábamos los 20 de edad pero, sin distingo de edad, nadie dudaba de haber nacido para las grandes acciones.  Sin embargo, se respiraba un aire de extrañamiento, como si algo se estuviera gestando. Aunque se simpatizara con “la causa”, era tedioso  el discurso del Comité de Lucha. Y no se diga del lenguaje gubernamental, que persiste como mal endémico. Mal se diferenciaban los “líderes” de los “grillos” que irrumpían para lanzar consignas, pedir dinero y repartir volantes.

Las marchas cifraban “el Movimiento”. Cuando en septiembre formábamos parte de un contingente que coreaba consignas, se dejó venir un piquete de “cerdos” armados.  Por grupos se fueron con todo para agredirnos. La vida era frágil y el desamparo absoluto. No había a quién recurrir. El miedo podía tocarse.  Solidario, el portero del cine frente a la Diana, al ver nuestro espanto en el rostro, no solo no nos impidió la entrada sino que apuraba a mi grupo para entrar y repartirnos entre el público. Protegidos por la penumbra, buscamos dónde sentarnos. No bien nos acomodábamos cuando una caterva de uniformados se dejó venir entre gritos amenazantes. Nadie nos denunció. Las luces se encendieron. Comenzó la rechifla, mientras la gente ayudaba a entremezclarnos para pasar desapercibidos. Siguieron las mentadas de madre y entre “¡bajen las armas, asesinos!” y “represión… represión…”, se impuso el pánico colectivo porque los soldados apuntaban al frente y a los lados de manera indiscriminada. Milagrosamente, el “cácaro” discurrió apagar la luz y seguir con la película: solución idónea para que los de la tropa salieran sin llevarse a nadie, al menos en esa ocasión que dejó chorreando adrenalina y algo más en las butacas. Durante las horas que siguieron un sudor helado me estremeció de punta a punta. No pude hablar durante días. Imposible recordar cómo o con quién regresé.  Cuando tenía que salir no hallaba qué era peor: tratar de escabullirme por entre calles más solitarias o atreverme en las vías principales. Si ser “estudiante” era motivo para ser agredido o detenido, a ser mujer se añadía el riesgo de ser violada.

Se gastaban los días entre trifulcas, desafíos, amenazas, gritos y noticias intimidantes. Cuando no había marchas, hervían las asambleas y de “célula” en “célula”, se multiplicaban altercados, capturas, desaparecidos y pintas. Si aburrían los discursos, se organizaban reuniones… Siguió la inquietud hasta el fatídico día, también de septiembre, en que se dejaron venir tanques, camiones y batallones en calles aledañadas a la Universidad.  La Avenida de los Insurgentes quedó “tomada” por el ejército. En la madrugada nos enteramos de que estaban detenidos funcionarios, maestros y alumnos que se negaron a abandonar oficinas o escuelas. Con la trágica ocupación militar de la UNAM los hechos se agravaron hasta el descrito por todos los modos 2 de octubre.  El Movimiento fue finiquitado a balazos en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlaltelolco, por órdenes del odiado presidente Díaz Ordaz.

De la tarde nefasta recuerdo cierta neblina con llovizna que ensombrecía la atmósfera. La memoria real, al tiempo, se fusionaría a la de todos porque se impone en la  mente la verdad ficticia sobre la verdad comprobable. Se divisaba una mancha humana, colorida y en movimiento. Apostados en el edificio Chihuahua, miembros del Comité de Lucha y/o de Huelga “calentaban” la plaza con arengas y lances contra el gobierno: nada que no hubiéramos oído hasta el hartazgo, incluido el “Pliego petitorio” que leído a la distancia de las décadas, era casi infantil. En realidad, todo era una suerte de agitación hasta que supimos de qué se trata la tragedia. Éramos unos mocosos sin ninguna experiencia, pero con fantasías reivindicadoras o cuando menos transgresoras. Mal se entendían los discursos allá abajo, en la Plaza, a pesar de los altavoces. Nada grave: una sola frase bastaba para adivinar lo demás. La multitud espejeaba la vitalidad juvenil. Infrecuente aún, el pantalón femenino era acampanado en los bajos y ajustado a la altura de la cadera.  Dominaban los rojos, los rosas, azules, amarillos…, blusones floreados, minifaldas en línea, camisetas ajustadas, melenas, boinas, diademas, ojos maquillados, anillos, pulseras… Durante un rato, sin atender el blablabla de líderes en posesión del micrófono, reparé en la sensación de ser y no parte de la multitud. Permanecí a distancia en una de las orillas para salir corriendo quizá hacia la Avenida Insurgentes, ya que desde el día anterior se anunció que el mitin sería reprimido. Nunca ni nadie, sin embargo, imaginó el alcance de la agresión. No vi la luz de Bengala que según se diría después sirvió de señal al Grupo Olimpia para iniciar el ataque; tampoco me enteré de la presencia de Oriana Fallaci. Herida en la nalga por una ráfaga de metralleta, fue dada por muerta y trasladada a la morgue. Mientras repartía extremauciones a diestra y siniestra, un cura se dio cuenta de que la intrépida periodista italiana continuaba con vida. A poco, desde el hospital, la activista florentina, que recién había renunciado a su corresponsalía en Vietnam por cuestiones políticas, declaró a la prensa internacional que la de Tlaltelolco fue “una masacre peor de las que he visto durante la guerra”. Agregó que los soldados le robaron su cámara fotográfica, su grabadora y las notas que enviaría a su periódico. Puso a las autoridades del asco y cumplió con la promesa de jamás regresar a México. Fallaci colmaba mis fantasías: corresponsal de guerra de L’Europeo, nada la arredraba. Publicaba en numerosos diarios y revistas. Realizaba entrevistas y crónicas espléndidas. Su prestigio crecía como espuma y yo la leía con admiración. Desde el desierto mexicano, donde un par de periodistas  se alzaban como logros del ingenio, nombres como Fallaci y Susan Sontag marcaban la diferencia femenina e inclusive intelectual. Por el reconocimiento que le profesé me llevaría una gran decepción al leer, en 2002, su irracional respuesta al ataque de las Torres Gemelas en Rabia y orgullo. No obstante, nada enturbia lo que debemos a esta mujer de excepción.

La Plaza de las Tres Culturas en Tlaltelolco era una olla idónea para quedar atrapados. Aunque a mi alrededor reconocí rostros de la Facultad, no había modo de protegerse en grupo.  Únicamente percibí el caos bajo el silbido de las balas. Como no fuera la ley de “sálvese quien pueda y como pueda”, hubiera sido imposible salir librados de aquella locura. Con la balacera sentí el rayo. Al divisar a distancia a una embarazada traté de aproximarme, pero en un parpadeo desapareció de mi vista. El gentío comenzó a correr por los cuatro rumbos. Todo era difuso, terrible. Vi cuerpos tirados quizá por los empujones y otros que caían o tambaleaban ensangrentados. Supe al tiempo que mucha gente no advirtió lo que sucedía, mientras la bola se dispersaba entre callejuelas. En situaciones así formamos una sucesión de instantáneas en cámara lenta que se van procesando después. Esto ocurrió a partir de que el boca a boca fue construyendo una historia sin sucesión y sin lógica, cuyos retazos formaron una incoherente memoria colectiva que sin duda también me influyó. Imposible reconstruir con precisión los hechos. Me di cuenta del horror cuando comenzó la desbandada. Por uno de esos milagros que ocurren cuando el instinto nos hace actuar con insólita agilidad, corrí con rumbo a la Alameda, donde un taxista me llevó, sin cobrarme, hasta la Casa del Lago, en cuya entrada estaba el entonces Director de Difusión Cultural, Gastón García Cantú. Allí le dije, casi sin aliento: “Don Gastón, los están matando en Tlaltelolco…” Ni él, ni el Rector Barros Sierra ni ninguno de los funcionarios de la UNAM allí reunidos estaban todavía enterados.

Días después, cumplida la “limpieza”, Díaz Ordaz inauguró los Juegos Olímpicos entre loas periodísticas y muestras de solidaridad, tanto del Congreso bajo sus órdenes como de Fidel Velázquez, líder vitalicio del sindicalismo charro. No faltó el apoyo incondicional de la jerarquía eclesiástica y de quienes, como numerosos empresarios y la cáfila de lambiscones, se sumaron a las fuerzas más encarnizadas que dieron en afirmar que estudiantes eran sinónimo de delincuentes de alta peligrosidad. Siguió el oropel de la mascarada. Para los universitarios, en cambio, sería el principio de otra manera de ser, de conocer los alcances del autoritarismo y de orientar la propia vida, con lo que se pudiera. El trágico octubre de 1968 fechó con sangre el final de los ardientes sesenta mexicanos. También  rompió algo muy hondo y de tajo en nuestro profundo ser. Al menos en lo que respecta a esta generación, el ’68 fue un golpe tan demoledor que destruyó el espíritu y la confianza de los más. Los palos, la cárcel, la amenaza latente, las malas y peores decisiones aunadas a la carga de los muertos dejaron a miles de boomers como sin rumbo, como perdidos, como sin identidad y apesadumbrados por los recuerdos.

Los problemas no tendrían término, al menos aparente, hasta que sobre sangre, fracaso, anécdotas y ceniza se reabrió la Universidad, después del Movimiento Estudiantil, tras la ocupación militar entre sacudidas pre y posolímpicas. Hacia diciembre ya nadie era como antes. Tampoco el país…

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Los diarios: su fondo misterioso

September 12, 2020 Martha Robles
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La existencia ni es llana ni clara.  Es un enigma. Hay una vida-viva en apariencia, otra imaginaria y la que se manifiesta y cobra sentido en la escritura íntima. En la primera nos movemos con soltura, la nombramos y es visible, aunque azarosa. En ella fluye lo que decimos: el habla que habla y de preferencia no dice nada o dice poco. La segunda corresponde a los sueños, es idílica; nada controla, con todo está de acuerdo y roza la perfección, lo insondable. La tercera es la región inexplorada; espejo del genuino escritor de diarios. Está reservada a la tinta en libertad. Su espacio es tan de repente y caprichoso que acepta lo que sea, desde poesía e ideas brillantes hasta banalidades como ésta: “Remolona, accedí a visitar a X. Su biblioteca es un muladar: tazas sucias, periódicos, papeles amontonados, libros tirados, basura, botellas, fetidez… No lo soporté. Salí huyendo. Jamás lo volveré a leer.” Otro día, cosas así: “En Valle de Bravo, el expresidente llegó pavoneándose a la piscina con un calzoncillo mínimo. Su cuerpo era horrible, pero se creía atleta y don Juan. La impostura es lo suyo. Observé lo que había que mirar. En realidad, lo exhibía. Pura simulación. Entendí por qué fracasó al gobernar. La política tiene sus puntos de vista.”

Creo que mi padre fue el primer muerto que vi tan de cerca, tan a detalle. De rosada su piel cambió a verdosa en segundos, cuando abrí la ventana. “¡Quién lo hubiera creído! Tan guapo él, tan eterno y pagado de sí mismo”. De persona pasó a estuche vacío. Esa madrugada escribí que la mortalidad es una sombra que nos persigue desde la cuna. Todo Freud estaba tendido ahí. Lo entendí de golpe.  No pude más que pensar que, en un suspiro, todo pierde su gravedad; pero al releerlo, el pasado cobró sentido.

El diario íntimo es como el soliloquio o la revelación de un secreto: atrae mensajes recónditos, sin orden ni congruencia. Insomne, su lenguaje interior pide ser registrado. Su murmullo absorbe una imagen, una sensación o la taquicardia que retumba hasta hacer saltar los ojos. Cuando la mano se suelta sobre la hoja, las palabras nos burlan, se mandan solas.  Voz perturbadora y la más pujante, llevó a Freud a fundar el psicoanálisis. Esta vida del revés es la que se expresa en los diarios, en la escritura automática y en tropiezos confesionales, donde  todo es real e irreal. Únicamente allí, entre la letra/libre y la letra/abierta, resuena a su aire T. S. Eliot: And all is always now, mientras escribo all is just fleetingness y comprendo todo, aunque no me lo explique. Fugacidad es su signo. Voz profunda, disipa lo que creemos saber a cambio de decir lo que ni siquiera creemos ni pretendemos mostrar. Es necia esa vida-en-papel. Invariablemente agita a las Furias. Nos despierta en el mejor de los casos; en el peor, por espontánea, abunda en párrafos que nos meterían en problemas.

Al inmiscuirme en diarios ajenos, a pesar de estar publicados, he llegado a creer que montones de descripciones y pasajes a vuelapluma actúan como moiras de nuestro tiempo: provocan remordimientos y hacen pagar las faltas de sus autores con culpas y tormentos. Abundan dudas, lamentos, contradicciones, filias y fobias: los peores jueces de si mismo. Así la dura afuera y quebradiza adentro Susan Sontag. Con facilidad se llora no por lo padecido, sino por lo no hecho ni decidido o permitido: una íntima vergüenza se pone a prueba en cada línea, igual que la difícil generosidad de perdonarnos. En fin, que la parte sombría que nos habita fluye en la escritura de los diarios. Por eso nos atraen y nos espantan, porque son la puerta que nos lleva al otro lado, el que se calla, el que sólo los avezados traspasan. Me refiero al mundo oculto, al reservado a los diarios/diarios, no a registros  amañados ni a cuadernos de notas, como tantos hay que esconden más de lo que muestran y sirven de excusa para quienes fantasean su “pequeña eternidad personal”.

Único reducto en el que todo es posible, allí la verdad es ficticia y la ficción verdadera. En este recoveco cabe un Kafka empeñado en la claridad, el que se niega a trasmutar en cucaracha. Lo frecuenta también un F. R. Burton tan lúcido y sobrio que se convierte en otro. El diario es un ir y venir, avanzar y retroceder; abatir, construir y destruir. Deja de ser vaivén cuando la voz interior se transforma en signo. Confesionario, lamento, mirador y santuario; irracionalidad, emoción y sabiduría. Inclusive las partes más negras del ser nos remiten, compasivas, al sentimiento de humanidad. No es extraño que Virginia Woolf  fuera a cabalidad Virginia en sus cahiers, a pesar de que ni en ellos se atreviera con su “secreto”, la cifra de su tormento. Se llevó a las marismas ese algo suyo que desearíamos saber, lo que ninguno de sus libros subsanó, pero avivó su misterio. Y también es revelador el Thomas Mann del journal, donde no temía abundar en indicios de homosexualidad ni en su pasión por los púberes. Visconti no habría logrado tanta ni tan intensa belleza en su adaptación de La muerte en Venecia de no haber escudriñado las páginas íntimas: el lado contrario de la novela. Es explicable que se publiquen estos reductos privados tras la muerte de sus creadores. Tal la materia y el valor de los diarios: dejar que todo se nombre, ceder al absurdo o a lo ignoto y aun atreverse con el vacío sin vaciarlo, sin decirlo como algunos esperarían al leerlo.

Todo cabe en su vecindad arbitraria: lo razonable y lo absurdo; lo necio y lo luminoso; la confesión, las fantasías, lo voluptuoso, el miedo, el lamento o las represiones. Allí gusta darse a notar  un desfile personajes que algo remueven, aunque sean irreales. Me asombra la muchedumbre que circula en mis páginas. Unos cuantos se instalan como si nada y se adueñan de mi estancia en el mundo. Así el frecuentado W. G. Sebald, el puntilloso Proust, el amado Pessoa o la adelantada Alexandra David-Néel,  experta en deshacerse de estorbos para reinar en su autonomía. Tenía razón: los prejuicios que hacen infernales las relaciones deben desaparecer. Le bastó un ratito de matrimonio para salir huyendo hasta las cumbres de los Himalaya. Ella, como María Zambrano, supo que un día se impone la levedad y comienza el alborear. No que, como el alba, de pronto estalle la aurora y la belleza nos ilumine o nos posea. No, es que los tránsitos de luz se parecen a las palabras cuando en lo más apretado de la oscuridad un rasgo anticipa la claridad; entonces, sin sospecharlo, experimentamos lo sagrado.  Es un instante, el decisivo, el que nos llena de felicidad y sentido.

Estaba esta mañana por cierto dispuesta a escribir no se qué bobera en mi diario, cuando a mi lado vi el libro abierto de Wislawa Szymborska en “El sueño de la vieja tortuga”. Sonreí: “Difícil saber quién es quién por fragmentos…” Difícil saber quiénes y para qué somos lo que somos. Así la fugacidad, el sinsentido o el sentido de la vida, según se la quiera mirar. Observo por la ventana el nerviosismo del colibrí y confirmo que sí: la fugacidad es hermosa, más bella aún cuando atrapada en un instante de luz.

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    • Apr 9, 2020 Página del diario. A propósito de Alberti Apr 9, 2020
    • Apr 1, 2020 Otra caverna, mismas sombras Apr 1, 2020
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    • Feb 17, 2020 Me acuerdo, me acuerdo Feb 17, 2020
    • Feb 4, 2020 Kafka, a la vuelta de la esquina Feb 4, 2020
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    • Feb 14, 2014 Amistades líquidas Feb 14, 2014
    • Feb 7, 2014 La tristeza de un genio Feb 7, 2014
  • January 2014
    • Jan 30, 2014 EL CENTRO HISTÓRICO Y LA VERDAD DE MÉXICO Jan 30, 2014
    • Jan 21, 2014 Enero 21 Jan 21, 2014

Culpas viejas, mujeres nuevas. Entrevista. https://youtu.be/9go7A0-hmso

En Huellas de la Historia, con Francisco (Paco) Prieto y Blanca Loolbe, Alejandro el Grande. Los pasos del héroe”, Radio Red, México, https://podcasts.apple.com/mx/podcast/alejandro-magno/id1243780697?i=1000431633702

Entrevista sobre los pasos del héroe, lunes 11 de marzo, 2019, 2019, Fabián Vázquez y Rafael de la Lanza; Revista Gandhi Lee+

https://www.facebook.com/mascultura/videos/451974625342403/

“Del amor a las letras y otras pasiones” en Poéticas de las inteligencia, programa de radio coordinado por Patricia Galeana y Beatriz Saavedra. Conductora Lourdes Enríquez, IMER, CIUDADANA, 660 am, jueves 27 de agosto de 2020. https://www.mixcloud.com/MujeresalaTribuna/po%C3%A9ticas-de-la-inteligencia-del-amor-a-las-letras-y-otras-pasiones/

A partir de septiembre 2020, colaboraciones en La noche es joven, programa de radio de Enríque García Cuéllar, Tuxtla Gutiérrez, Chis.:

Octubre 2, https://www.facebook.com/MuseodelaMujerMexico/videos/325674728612136/

Octubre 10, Casandra en la mitología, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/362463818454782/

Octubre 16, Las migraciones en el mundo, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/2675104412742380/

2020

- https://www.facebook.com/757213191075830/videos/3443483862406877 , “intelectuales y poder”, programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Oct. 26, 2020.

- “Helenismo en Alfonso Reyes”, video conferencia organizada por la Sría de Cultura, el Dep. de Literatura del INBA y la Capilla Alfonsina. Con Javier Garcíadiego (director de la Capilla Alfonsina) y la traductora del griego Natalia Moroleón. Moderadora Beatriz Saavedra, Trasmitido en vivo por Facebook, noviembre 5, 2020. https://www.facebook.com/283189608464004/videos/654522281924283/

“Intelectuales, prensa y poder”, en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., Nov. 6, 2020. https://www.facebook.com/757213191075830/videos/1034311790327823

“Mujeres y otras penas”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/286419819321195 en el video programa La noche es joven dirigido por Enrique García Cuéllar desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., , Nov. 13, 2020

“Gobernar con sermones”, https://www.facebook.com/757213191075830/videos/815646722545743, Ibid., Nov. 27, 2020

“La amistad entre Alfonso Reyes y José Vasconcelos”, Capilla Alfonsina, con Javier García Diego y el dr. Hurtado, Capilla Alfonseca, junio 30 de 2021. https://www.facebook.com/watch/?v=357786745726168

 “Actualidad de Marguerite Yourcenar” , Julio 8 de 2021, en el programa La noche es jocen de Enrique García Cuéllar. https://www.facebook.com/100063493035749/videos/834712267158793


Debate 22, entrevista con Javier Aranda, Octubre 10, 2022, Canal 22. (https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=jl5UKjczBPPI52y91C_now&s=03)

https://twitter.com/MarthaRoblesO/status/1579661774965866496?t=LNgpCJXplWwnHJVKfBU9EQ&s=08

“Las palabras, espejos de la vida”, conferencias, Noviembre 9, 16, 23 y 30 de 2023, Plataforma ZOOM, dos horas por semana, Instituto dde la Cultura y las Artes, Cancún, Quintana Roo. Disponibles en YouTube con este enlace: https://www.youtube.com/playlist?list=PLOOto7Tr4g7IWZRngC2m_3zwvuTIrqE4H

Agosto 7, 2024 A medio siglo del fallecimiento de Rosario Castellanos. Capilla Alfonsina. Coordinación Nacional de Literatura. Sigue en directo la charla especial en honor a Rosario Castellanos. Acompáñanos y explora su impacto en la literatura. Una oportunidad única para reflexionar sobre su legado. Participan: Martha...

www.facebook.com.

https://www.facebook.com/share/v/nw26bULtQ6sooEGs/?mibextid=jmPrMh

“Martha Robles”, entrevista de Beatriz Saavedra para el Diario de Madrid, Noviembre 27, 2024. Entrevista a Martha Robles - https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/critica-literaria/entrevista-martha-robles/20241127090423084011.html?utm_medium=social&utm_source=whatsapp&utm_campaign=share_button

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Enero 16 de 2025, Alfonso Reyes y el exilio, Ateneo Español de México, A.C

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